LIBRO PRIMERO. (continued 2)
Bartomeu Pou i Puigserver translation
LXXXVIII. Libre Creso de prisiones, le mandó Ciro sentar a su lado, y le dio muestras del aprecio que hacía de su persona, mirándole él mismo y los de su comitiva con pasmo y admiración. En tanto Creso meditaba dentro de sí mismo sin hablar palabra, hasta que vueltos los ojos a la ciudad de los lidios, y viendo que la estaban saqueando los persas, «Señor, dijo, quisiera saber si me es permitido hablar todo lo que siento, o si es tu voluntad que calle por ahora». Ciro le animó para que dijese con libertad cuanto le ocurría, y entonces Creso le preguntó: «¿En qué se ocupa con tanta diligencia esa muchedumbre de gente?». «Esos, respondió Ciro, están saqueando tu ciudad y repartiéndose tus riquezas». «¡Ah no, replicó Creso, ni la ciudad es mía, ni tampoco los tesoros que se malbaratan en ella! Todo te pertenece ya, y a ti es propiamente a quien se despoja con esas rapiñas».
LXXXIX. Este discurso hizo mella en el ánimo de Ciro, el cual mandó retirar a los presentes, y consultó después a Creso lo que le parecía deber hacer en semejante caso. «Puesto que los dioses, dijo Creso, me han hecho prisionero y siervo tuyo, considero justo proponerte lo que se me alcanza. Los persas son insolentes por carácter, y pobres además. Si los dejas enriquecer con los despojos de la ciudad saqueada, es muy natural que alguno de ellos, viéndose demasiado rico, se rebele contra ti. Si te parece bien, coloca guardias en todas las puertas de la ciudad con orden de quitar la presa a los saqueadores, dándoles por razón ser absolutamente necesario ofrecer a Zeus el diezmo de todos esos bienes. De este modo no incurrirás en el odio de los soldados, los cuales, viendo que obras con rectitud, obedecerán gustosos tu determinación».
XC. Alegrose Ciro de oír tales razones, que le parecieron muy oportunas, las encareció sobremanera, y mandó a sus guardias ejecutasen puntualmente lo que Creso le había indicado. Vuelto después a Creso, le dijo: «Tus acciones y tus palabras se muestran dignas de un ánimo real; pídeme, pues, la gracia que quisieres, seguro de obtenerla al momento». «Yo, señor, respondió, te quedaré muy agradecido si me das tu permiso para que, regalando estos grillos al dios de los griegos, le pueda preguntar si le parece justo engañar a los que le sirven, y burlarse de los que dedican ofrendas en su templo». Ciro entonces quiso saber cuál era el motivo de sus quejas, y Creso le dio razón de sus designios, de la respuesta de los oráculos, y especialmente de sus magníficos regalos, y de que había hecho la guerra contra los persas inducido por predicciones lisonjeras; y volviendo a pedirle licencia para dar en rostro con sus desgracias al dios que las había causado, le dijo Ciro sonriéndose: «Haz, Creso, lo que gustes, pues yo nada pienso negarte».
Con este permiso envió luego a Delfos algunos lidios, encargándoles pusiesen sus grillos en el umbral mismo del templo, y preguntasen a Apolo si no se avergonzaba de haberle inducido con sus oráculos a la guerra contra los persas, dándole a entender que con ella daría fin al imperio de Ciro; y que presentando después sus grillos como primicias de la guerra, le preguntasen también si los dioses griegos tenían por ley el ser desagradecidos.
XCI. Los lidios, luego que llegaron a Delfos, hicieron lo que se les había mandado, y se dice que recibieron esta respuesta de la Pitia: «Lo dispuesto por el hado no pueden evitarlo los dioses mismos. Creso paga el delito que cometió su quinto abuelo, el cual, siendo guardia de los Heráclidas, y dejándose llevar de la perfidia de una mujer, quitó la vida a su monarca y se apoderó de un imperio que no le pertenecía. El dios de Delfos ha procurado con ahínco que la ruina fatal de Sardes no se verificase en daño de Creso, sino de alguno de sus hijos; pero no le ha sido posible trastornar el curso de los hados. Sin embargo, sus esfuerzos le han permitido retardar por tres años la conquista de Sardes; y sepa Creso que ha sido hecho prisionero tres años después del tiempo decretado por el destino. ¿Y a quién debe también el socorro que recibió cuando iba a perecer en medio de las llamas? Por lo que hace al oráculo, no tiene Creso razón de quejarse. Apolo le predijo que si hacía la guerra a los persas, arruinaría un grande imperio; y cualquiera en su caso hubiera vuelto a preguntar de cuál de los dos imperios se trataba, si del suyo o del de Ciro. Si no comprendió la respuesta, si no quiso consultar segunda vez, échese la culpa a sí mismo. Tampoco entendió ni trató de exterminar lo que en el postrer oráculo se le dijo acerca del mulo, pues este mulo cabalmente era Ciro; el cual nació de unos padres diferentes en raza y condición, siendo su madre meda, hija del rey de los medos Astiages, y superior en linaje a su padre, que fue un persa, vasallo del rey de Media, y un hombre que desde la más ínfima clase tuvo la dicha de subir al tálamo de su misma señora».
Esta respuesta llevaron los lidios a Creso; el cual, informado de ella, confesó que toda la culpa era suya, y no del dios Apolo. Esto fue lo que sucedió acerca del imperio de Creso y de la primera conquista de la Jonia.
XCII. Volviendo a los donativos de Creso, no solamente fueron ofrendas suyas las que dejo referidas, sino otras muchas que hay en Grecia. En Tebas de Beocia consagró un trípode de oro al dios Apolo Ismenio, y en Éfeso las vacas de oro y la mayor parte de las columnas. En el vestíbulo del templo de Delfos se ve un grande escudo de oro. Muchos de estos donativos se conservan en nuestros días, si bien algunos pocos han perecido ya. Según he oído decir, los dones que ofreció Creso en Bránquidas, del territorio de Mileto, son semejantes y del mismo peso que los que dedicó en Delfos.
Sin embargo, las ofrendas hechas en Delfos y en el templo de Anfiarao, fueron de sus propios bienes, y como primicias de la herencia paterna; pero los otros dones pertenecieron a los bienes confiscados a un enemigo suyo, que antes de subir Creso al trono había formado contra él un partido con el objeto de que la corona recayese en Pantaleón, hijo también de Aliates, pero no hermano uterino de Creso, pues este había nacido de una madre natural de la Caria, y aquel de otra natural de la Jonia. Cuando Creso se vio en posesión del imperio, hizo morir al hombre que tanto le había resistido, despedazándole con los peines de hierro de un cardador, y consagró del modo dicho los bienes ofrecidos de antemano a los dioses.
XCIII. La Lidia es una tierra que no ofrece a la historia maravillas semejantes a las que ofrecen otros países, a no ser las arenillas de oro provenientes del monte Tmolo; pero sí nos presenta un monumento, obra la mayor de cuantas hay, después de las maravillas del mundo, egipcias y babilonias. En ella existe el túmulo de Aliates, padre de Creso, el cual tiene en la base unas grandes piedras, y lo demás es un montón de tierra. La obra se hizo a costa de los vendedores de la plaza y de los artesanos, ayudándoles también las muchachas. En este túmulo se ven todavía cinco términos o cuerpos, en los cuales hay inscripciones que indican la parte hecha por cada uno de aquellos gremios, y según las medidas aparece ser mayor que las demás la parte ejecutada por las mozas. Lo que no es de extrañar, porque ya se sabe que todas las hijas de los lidios venden su honor ganándose su dote con la prostitución voluntaria, hasta tanto que se casan con un determinado marido, que cada cual por sí misma se busca. El ámbito del túmulo es de seis estadios y dos pletros o yugadas,[50] y la anchura de trece yugadas. Cerca de este sepulcro hay un gran lago que llaman de Giges, y dicen los lidios que es de agua perenne.
XCIV. Los lidios se gobiernan por unas leyes muy parecidas a las de los griegos, a excepción de la costumbre que hemos referido hablando de sus hijas. Ellos fueron, al menos que sepamos, los primeros que acuñaron para el uso público la moneda de oro y plata, los primeros que tuvieron tabernas de vino y comestibles, y según ellos dicen, los inventores de los juegos que se usan también en la Grecia, cuyo descubrimiento nos cuentan haber hecho en aquel tiempo en que enviaron sus colonias a Tirrenia;[51] y lo refieren de este modo.
En el reinado de Atis el hijo de Manes, se experimentó en toda la Lidia una gran carestía en víveres, que toleraron algún tiempo con mucho trabajo; pero después, viendo que no cesaba la calamidad, buscaron remedios contra ella, y discurrieron varios entretenimientos. Entonces se inventaron los dados, las tabas, la pelota y todos los otros juegos menos el ajedrez, pues la invención de este último no se lo apropian los lidios:[52] como estos juegos los inventaron para divertir el hambre, pasaban un día entero jugando, a fin de no pensar en comer, y al día siguiente cuidaban de alimentarse, y con esta alternativa vivieron hasta dieciocho años. Pero no cediendo el mal, antes bien agravándose cada vez más, determinó el rey dividir en dos partes toda la nación, y echar suertes para saber cuál de ellas se quedaría en el país y cuál saldría fuera. Él se puso al frente de aquellos a quienes la suerte hiciese quedar en su patria, y nombró por jefe de los que debían emigrar, a su mismo hijo, que llevaba el nombre de Tirreno. Estos últimos bajaron a Esmirna, construyeron allí sus naves, y embarcando en ellas sus alhajas y muebles transportables, navegaron en busca de sustento y morada, hasta que pasando por varios pueblos llegaron a los umbros,[53] donde fundaron sus ciudades, en las cuales habitaron después. Allí los lidios dejaron su nombre antiguo y tomaron otro derivado del que tenía el hijo del rey que los condujo, llamándose por lo mismo tirrenos. En suma, los lidios fueron reducidos a servidumbre por los persas.
XCV. Ahora exige la historia que digamos quién fue aquel Ciro que arruinó el imperio de Creso; y también de qué manera los persas vinieron a hacerse dueños del Asia. Sobre este punto voy a referir las cosas, no siguiendo a los persas, que quieren hacer alarde de las hazañas de su héroe, sino a aquellos que las cuentan como real y verdaderamente pasaron;[54] porque sé muy bien que la historia de Ciro suele referirse de tres maneras más.
Reinando ya los asirios en el Asia superior por el espacio de quinientos y veinte años, los medos empezaron los primeros a sublevarse contra ellos, y como peleaban por su libertad, se mostraron valerosos, y no pararon hasta que, sacudido el yugo de la servidumbre, se hicieron independientes, cuyo ejemplo siguieron después otras naciones.
XCVI. Libres, pues, todas las naciones del continente del Asia, y gobernadas por sus propias leyes, volvieron otra vez a caer bajo un dominio extraño. Hubo entre los medos un sabio político llamado Deyoces, hijo de Fraortes, el cual, aspirando al poder absoluto, empleó este medio para conseguir sus deseos. Habitando a la sazón los medos en diversos pueblos, Deyoces, conocido ya en el suyo por una persona respetable, puso el mayor esmero en ostentar sentimientos de equidad y justicia, y esto lo hacía en un tiempo en que la sinrazón y la licencia dominaban en toda la Media. Sus paisanos, viendo su modo de proceder, le nombraron por juez de sus disputas, en cuya decisión se manifestó recto y justo, siempre con la idea de apoderarse del mando. Granjeose de esta manera una grande opinión, y extendiéndose por los otros pueblos la fama de que solamente Deyoces administraba bien la justicia, acudían a él gustosos a decidir sus pleitos todos los que habían experimentado a su costa la iniquidad de los otros jueces, hasta que por fin a ningún otro se confiaron ya los negocios.
XCVII. Pero creciendo cada día más el número de los concurrentes, porque todos oían decir que allí se juzgaba con rectitud, y viendo Deyoces que ya todo pendía de su arbitrio, no quiso sentarse más en el lugar donde daba audiencia, y se negó absolutamente a ejercer el oficio de juez, diciendo que no le convenía desatender a sus propios negocios por ocuparse todo el día en el arreglo de los ajenos. Volviendo a crecer más que anteriormente los hurtos y la injusticia, se juntaron los medos en un congreso para deliberar sobre el estado presente de las cosas. Según a mí me parece, los amigos de Deyoces hablaron en estos bellos términos: «Si continuamos así, es imposible habitar en este país. Nombremos, pues, un rey para que le administre con buenas leyes y podamos nosotros ocuparnos en nuestros negocios sin miedo de ser oprimidos por la injusticia». Persuadidos por este discurso, se sometieron los medos a un rey.
XCVIII. Al punto mismo trataron de la persona que elegirían por monarca, y no oyéndose otro nombre que el de Deyoces, a quien todos proponían y elogiaban, quedó nombrado rey por aclamación del congreso. Entonces mandó se le edificase un palacio digno de la majestad del imperio, y se le diesen guardias para la custodia de su persona. Así lo hicieron los medos, fabricando un palacio grande y fortificado en el sitio que él señaló, y dejando a su arbitrio la elección de los guardias entre todos sus nuevos vasallos. Después que se vio con el mando los precisó a que fabricasen una ciudad, y que fortificándola y adornándola bien, se pasasen a vivir en ella, cuidando menos de los otros pueblos: obedeciéndole también en esto, construyeron los medos unas murallas espaciosas y fuertes, que ahora se llaman Ecbatana,[55] tiradas todas circularmente y de manera que comprenden un cerco dentro de otro. Toda la plaza está ideada de suerte que un cerco no se levanta más que el otro, sino lo que sobresalen las almenas. A la perfección de esta fábrica contribuyó no solo la naturaleza del sitio, que viene a ser una colina redonda, sino más todavía el arte con que está dispuesta, porque siendo siete los cercos, en el recinto del último se halla colocado el palacio y el tesoro. La muralla exterior, que por consiguiente es la más grande, viene a tener el mismo circuito que los muros de Atenas.[56] Las almenas del primer cerco son blancas, las del segundo negras, las del tercero rojas, las del cuarto azules y las del quinto amarillas, de suerte que todas ellas se ven resplandecer con estos diferentes colores; pero los dos últimos cercos muestran sus almenas el uno plateadas y el otro doradas.
XCIX. Luego que Deyoces hubo hecho construir estas obras y establecido su palacio, mandó que lo restante del pueblo habitase alrededor de la muralla. Introdujo el primero el ceremonial de la corte, mandando que nadie pudiese entrar donde está el rey, ni este fuese visto de persona alguna, sino que se tratase por medio de internuncios establecidos al efecto. Si alguno por precisión se encontraba en su presencia, no le era permitido escupir ni reírse, como cosas indecentes. Todo esto se hacía con el objeto de precaver que muchos medos de su misma edad, criados con él y en nada inferiores por su valor y demás prendas, no mirasen con envidia su grandeza, y quizá le pusiesen asechanzas. No viéndole era más fácil considerarle como un hombre de naturaleza privilegiada.
C. Después que ordenó el aparato exterior de la majestad y se afirmó en el mando supremo, se mostró recto y severo en la administración de justicia. Los que tenían algún litigio o pretensión lo ponían por escrito y se lo remitían adentro por medio de los internuncios, que volvían después a sacarlo con la sentencia o decisión correspondiente. En lo demás del gobierno lo tenía todo bien arreglado; de suerte que si llegaba a su noticia que alguno se desmandaba con alguna injusticia o insolencia, le hacía llamar para castigarle según lo merecía la gravedad del delito, a cuyo fin tenía distribuidos por todo el imperio exploradores vigilantes que le diesen cuenta de lo que viesen y escuchasen.
CI. Así que Deyoces fue quien unió en un cuerpo la sola nación meda, cuyo gobierno obtuvo. La Media se componía de diferentes pueblos o tribus, que son los busas, paretacenos, estrucates, arizantos, budios y magos.
CII. El reinado de Deyoces duró cincuenta y tres años, y después de su muerte le sucedió su hijo Fraortes, el cual, no contentándose con la posesión de la Media, hizo una expedición contra los persas, que fueron los primeros a quienes agregó a su imperio. Viéndose dueño de dos naciones, ambas fuertes y valerosas, fue conquistando una después de otra todas las demás del Asia, hasta que llegó en una de sus expediciones a los asirios, que habitaban en Nínive.[57] Estos, habiendo sido un tiempo los príncipes de toda la Asiria, se veían a la sazón desamparados de sus aliados, mas no por eso dejaban de tener un estado floreciente. Fraortes, con una gran parte de su ejército, pereció en la guerra que les hizo, después de haber reinado veintidós años.
CIII. A Fraortes sucedió en el imperio Ciaxares, su hijo, y nieto de Deyoces; de quien se dice que fue un príncipe mucho más valiente que sus progenitores. Él fue el primero que dividió a los asiáticos en provincias, y el primero que introdujo el orden y la separación en su milicia, disponiendo que se formasen cuerpos de caballería, de lanceros y de los que pelean con saetas, pues antes todos ellos iban al combate mezclados y en confusión. Él fue también el que dio contra los lidios aquella batalla memorable en que se convirtió el día en noche durante la acción, y el que unió a sus dominios toda la parte de Asia que está más allá del río Halis. Queriendo vengar la muerte de su padre, y arruinar la ciudad de Nínive, reunió todas las tropas de su imperio y marchó contra los asirios, a quienes venció en batalla campal; pero cuando se hallaba sitiando la ciudad vino sobre él un grande ejército de escitas, mandados por su rey Madies, hijo de Prototies, los cuales habiendo echado de Europa a los cimerios y persiguiéndolos en su fuga, se entraron por el Asia y vinieron a dar en la región de los medos.
CIV. Desde la laguna Mayátide hasta el río Fasis y el país de colcos habrá treinta días de camino, suponiendo que se trata de un viajero expedito; pero desde la Cólquide hasta la Media no hay mucho que andar, porque solamente se tiene que atravesar la nación de los saspires. Los escitas no vinieron por este camino, sino por otro más arriba y más largo, dejando a su derecha el monte Cáucaso.[58] Luego que dieron con los medos, los derrotaron completamente y se hicieron señores de toda el Asia.
CV. Desde allí se encaminaron al Egipto, y habiendo llegado a la Siria Palestina, les salió a recibir Psamético, rey de Egipto, el cual con súplicas y regalos logró de ellos que no pasasen adelante. A la vuelta, cuando llegaron a Ascalón, ciudad de Siria, si bien la mayor parte de los escitas pasó sin hacer daño alguno, con todo no faltaron unos pocos rezagados que saquearon el templo de Afrodita Urania. Este templo, según mis noticias, es el más antiguo de cuantos tiene aquella diosa, pues los mismos naturales de Chipre confiesan haber sido hecho a su imitación el que ellos tienen; y por otra parte los fenicios, pueblo originario de la Siria, fabricaron el de Citera. La diosa se vengó de los profanadores de su templo enviándoles a ellos y a sus descendientes cierta enfermedad mujeril. Así lo reconocen los escitas mismos; y todos los que van a la Escitia ven por sus ojos el mal que padecen aquellas a quienes los naturales llaman enareas.
CVI. Los escitas dominaron en el Asia por espacio de veintiocho años, en cuyo tiempo se destruyó todo, parte por la violencia y parte por el descuido; porque además de los tributos ordinarios, exigían los impuestos que les acomodaba, y robaban en sus correrías cuanto poseían los particulares. Pero la mayor parte de los escitas acabaron a manos de Ciaxares y de sus medos, los cuales en un convite que les dieron, viéndolos embriagados, los pasaron al filo de la espada. De esta manera recobraron los medos el imperio, y volvieron a tener bajo su dominio las mismas naciones que antes. Tomando después la ciudad de Nínive, del modo que referiré en otra obra,[59] sujetaron también a los asirios, a excepción de la provincia de Babilonia. Murió, por último, Ciaxares, habiendo reinado cuarenta años, inclusos aquellos en que mandaron los escitas.
CVII. Sucediole en el trono su hijo Astiages, que tuvo una hija llamada Mandane. A este monarca le pareció ver en sueño que su hija despedía tanta orina, que no solamente llenaba con ella la ciudad, sino que inundaba toda el Asia. Dio cuenta de la visión a los magos, intérpretes de los sueños, e instruido de lo que el suyo significaba, concibió tales sospechas que, cuando Mandane llegó a una edad proporcionada para el matrimonio, no quiso darla por esposa a ninguno de los medos dignos de emparentar con él, sino que la casó con un cierto persa llamado Cambises, a quien consideraba hombre de buena familia y de carácter pacífico, pero muy inferior a cualquier medo de mediana condición.
CVIII. Viviendo ya Mandane en compañía de Cambises, su marido, volvió Astiages en aquel primer año a tener otra visión, en la cual le pareció que del centro del cuerpo de su hija salía una parra que cubría con su sombra toda el Asia. Habiendo participado este nuevo sueño a los mismos adivinos, hizo venir de Persia a su hija, que estaba ya en los últimos días de su embarazo, y la puso guardias con el objeto de matar a la prole que diese a luz, por haberle manifestado los intérpretes que aquella criatura estaba destinada a reinar en su lugar. Queriendo Astiages impedir que la predicción se realizase, luego que nació Ciro, llamó a Harpago, uno de sus familiares, el más fiel de los medos y el ministro encargado de todos sus negocios, y cuando le tuvo en su presencia le habló de esta manera: «Mira, no descuides, Harpago, el asunto que te encomiendo. Ejecútale puntualmente, no sea que por consideración a otros, me faltes a mí y vaya por último a descargar el golpe sobre tu cabeza. Toma el niño que Mandane ha dado a luz, llévale a tu casa y mátale, sepultándole después como mejor te parezca». «Nunca, señor, respondió Harpago, habréis observado en vuestro siervo nada que pueda disgustaros; en lo sucesivo yo me guardaré bien de faltar a lo que os debo. Si vuestra voluntad es que la cosa se haga, a nadie conviene tanto como a mí el ejecutarla puntualmente».
CIX. Harpago dio esta respuesta, y cuando le entregaron el niño, ricamente vestido, para llevarlo a la muerte, se fue llorando a su casa y comunicó a su mujer lo que con Astiages le había pasado. «Y ¿qué piensas hacer?», le dijo ella: «¿Qué pienso hacer?, respondió el marido; aunque Astiages se ponga más furioso de lo que ya está, nunca le obedeceré en una cosa tan horrible como dar la muerte a su nieto. Tengo para obrar así muchos motivos. Además de ser este niño mi pariente, Astiages es ya viejo, no tiene sucesión varonil, y la corona debe pasar después de su muerte a Mandane, cuyo hijo me ordena sacrificar a sus ambiciosos recelos. ¿Qué me restan sino peligros por todas partes? Mi seguridad exige ciertamente que este niño perezca; pero conviene que sea el matador alguno de la familia de Astiages y no de la mía».
CX. Dicho esto, envió sin dilación un propio a uno de los pastores del ganado vacuno de Astiages, de quien sabía que apacentaba sus rebaños en abundantísimos pastos, dentro de unas montañas pobladas de fieras. Este vaquero, cuyo nombre era Mitradates, cohabitaba con una mujer, consierva suya, que en lengua de la Media se llamaba Espaco, y en la de la Grecia debería llamarse Cino,[60] pues los medos a la perra la llaman espaca. Las faldas de los montes donde aquel mayoral tenía sus praderas, vienen a caer al norte de Ecbatana por la parte que mira al Ponto Euxino, y confina con los saspires. Este país es sobremanera montuoso, muy elevado y lleno de bosques, siendo lo restante de la Media una continuada llanura.
Vino el pastor con la mayor presteza y diligencia, y Harpago le habló de este modo: «Astiages te manda tomar este niño y abandonarle en el paraje más desierto de tus montañas, para que perezca lo más pronto posible. Tengo orden para decirte de su parte, que si dejares de matarle, o por cualquiera vía escapare el niño de la muerte, serás tú quien la sufra en el más horrible suplicio; y yo mismo estoy encargado de ver por mis ojos la exposición del infante».
CXI. Recibida esta comisión, tomó Mitradates el niño, y por el mismo camino que trajo volviose a su cabaña. Cuando partió para la ciudad, se hallaba su mujer todo el día con dolores de parto, y quiso la buena suerte que diese a luz un niño. Durante la ausencia estaban los dos llenos de zozobra el uno por el otro; el marido solícito por el parto de su mujer, y esta recelosa porque, fuera de toda costumbre, Harpago había llamado a su marido. Así, pues, que le vio comparecer ya de vuelta, y no esperándole tan pronto, le preguntó el motivo de haber sido llamado con tanta prisa por Harpago. «¡Ah mujer mía!, respondió el pastor; cuando llegué a la ciudad vi y oí cosas que pluguiese al cielo jamás hubiese visto ni oído, y que nunca ellas pudiesen suceder a nuestros amos. La casa de Harpago estaba sumergida en llanto; entro asustado en ella, y me veo en medio a un niño recién nacido, que con vestidos de oro y de varios colores palpitaba y lloraba. Luego que Harpago me ve, al punto me ordena que, tomando aquel niño, me vaya con él y le exponga en aquella parte de los montes donde más abunden las fieras; diciéndome que Astiages era quien lo mandaba, y dirigiéndome las mayores amenazas si no lo cumplía. Tomo el niño, y me vengo con él, imaginando sería de alguno de sus domésticos, y sin sospechar su verdadero linaje. Sin embargo, me pasmaba de verle ataviado con oro y preciosos vestidos, y de que por él hubiese tanto lloro en la casa. Pero bien presto supe en el camino de boca de un criado, que conduciéndome fuera de la ciudad puso en mis brazos el niño, que este era hijo de la princesa Mandane y de Cambises. Tal es, mujer, toda la historia, y aquí tienes el niño».
CXII. Diciendo esto, le descubre y enseña a su mujer; la cual, viéndole tan robusto y hermoso, se echa a los pies de su marido, abraza sus rodillas, y anegada en lágrimas, lo ruega encarecidamente que por ningún motivo piense en exponerle. Su marido responde que no puede menos de hacerlo así, porque vendrían espías de parte de Harpago para verle, y él mismo perecería desastradamente si no lo ejecutaba.
La mujer, entonces, no pudiendo vencer a su marido, le dice de nuevo: «Ya que es indispensable que le vean expuesto, haz por lo menos lo que voy a decirte. Sabe que yo también he parido, y que fue un niño muerto. A este le puedes exponer, y nosotros criaremos el de la hija de Astiages como si fuese nuestro. Así no corres el peligro de ser castigado por desobediente al rey, ni tendremos después que arrepentirnos de nuestra mala resolución. El muerto además logrará de este modo una sepultura regia, y este otro que existe conservará su vida».
CXIII. Pareciole al pastor que, según las circunstancias presentes, hablaba muy bien su mujer, y sin esperar más hizo lo que ella le proponía. La entregó, pues, el niño que tenía condenado a muerte, tomó el suyo difunto y lo metió en la misma canasta en que acababa de venir el otro, adornándole con todas sus galas; y después se fue con él y lo dejó expuesto en lo más solitario del monte.
Al tercer día se marchó el vaquero a la ciudad, habiendo dejado en su lugar por centinela a uno de sus zagales, y llegando a casa de Harpago le dijo que estaba pronto a enseñarle el cadáver de aquella criatura. Harpago envió al monte algunos de sus guardias, los que entre todos tenía por más fieles, y cerciorado del hecho dio sepultura al hijo del pastor. El otro niño, a quien con el tiempo se dio el nombre de Ciro, luego que le hubo tomado la pastora fue criado por ella, poniéndole un nombre cualquiera, pero no el de Ciro.
CXIV. Cuando llegó a los diez años, una casualidad hizo que se descubriese quién era. En aquella aldea donde estaban los rebaños, sucedió que Ciro se pusiese a jugar en la calle con otros muchachos de su edad. Estos en el juego escogieron por rey al hijo del pastor de vacas. En virtud de su nueva dignidad, mandó a unos que le fabricasen su palacio real, eligió a otros para que le sirviesen de guardias, nombró a este inspector, ministro (o como se decía entonces ojo del rey), hizo al otro su gentilhombre para que le entrase los recados, y, por fin, a cada uno distribuyó su empleo. Jugaba con los otros muchachos uno que era hijo de Artembares, hombre principal entre los medos, y como este niño no obedeciese a lo que Ciro le mandaba, dio orden a los otros para que le prendiesen; obedecieron ellos y le mandó Ciro azotar, no de burlas, sino ásperamente. El muchacho, llevando muy a mal aquel tratamiento, que consideraba indigno de su persona, luego que se vio suelto se fue a la ciudad, y se quejó amargamente a su padre de lo que con él había ejecutado Ciro, no llamándole Ciro (que no era todavía este su nombre), sino aquel muchacho, hijo del vaquero de Astiages. Enfurecido Artembares, fuese a ver al rey, llevando consigo a su hijo, y lamentándose del atroz insulto que se les había hecho: «Mirad, señor, decía, cómo nos ha tratado el hijo del vaquero, vuestro esclavo»; y al decir esto, descubría las espaldas lastimadas de su hijo.
CXV. Astiages, que tal oía y veía, queriendo vengar la insolencia usada con aquel niño y volver por el honor ultrajado de su padre, hizo comparecer en su presencia al vaquero, juntamente con su hijo. Luego que ambos se presentaron, vueltos los ojos a Ciro, le dice Astiages: «¿Cómo tú, siendo hijo de quien eres, has tenido la osadía de tratar con tanta insolencia y crueldad a este mancebo, que sabías ser hijo de una persona de las primeras de mi corte?». «Yo señor, le responde Ciro, tuve razón en lo que hice; porque habéis de saber que los muchachos de la aldea, siendo ese uno de ellos, se concertaron jugando en que yo fuese su rey, pareciéndoles que era yo el que más merecía serlo por mis prendas. Todos lo otros niños obedecían puntualmente mis órdenes; solo este era el que sin hacerme caso, no quería obedecer, hasta que por último recibió la pena merecida. Si por ello soy yo también digno de castigo, aquí me tenéis dispuesto a todo».
CXVI. Mientras Ciro hablaba de esta suerte, quiso reconocerle Astiages, pareciéndole que las facciones de su rostro eran semejantes a las suyas, que se descubría en sus ademanes cierto aire de nobleza, y que el tiempo en que le mandó exponer convenía perfectamente con la edad de aquel muchacho. Embebido en estas ideas, estuvo largo rato sin hablar palabra, hasta que, vuelto en sí, trató de despedir a Artembares, con la mira de coger a solas al pastor y obligarle a confesar la verdad. Al efecto le dijo: «Artembares, queda a mi cuidado hacer cuanto convenga para que tu hijo no tenga motivo de quejarse por el insulto que se le hizo». Y luego los despidió, y al mismo tiempo los criados, por orden suya, se llevaron adentro a Ciro. Solo con el vaquero, le preguntó de dónde había recibido aquel muchacho, y quién se lo había entregado. Contestando el otro que era hijo suyo, y que la mujer de quien le había tenido habitaba con él en la misma cabaña, volvió a decirle Astiages que mirase por sí y no se quisiese exponer a los rigores del tormento; y haciendo a los guardias una seña para que se echasen sobre él, tuvo miedo el pastor y descubrió toda la verdad del hecho desde su principio, acogiéndose por último a las súplicas y pidiéndole humildemente que le perdonase.
CXVII. Astiages, después de esta declaración, se mostró menos irritado con el vaquero, dirigiendo toda su cólera contra Harpago, a quien hizo llamar inmediatamente por medio de sus guardias. Luego que vino le habló así: «Dime, Harpago, ¿con qué género de muerte hiciste perecer al niño de mi hija, que puse en tus manos?». Como Harpago viese que estaba allí el pastor, temiendo ser cogido si caminaba por la senda de la mentira, dijo sin rodeos: «Luego, señor, que recibí el niño, me puse a pensar cómo podría ejecutar vuestras órdenes sin incurrir en vuestra indignación, y sin ser yo mismo el matador del hijo de la princesa. ¿Qué hice, pues? Llamé a este vaquero, y entregándole la criatura, le dije que vos mandabais que la hiciese morir; y en esto seguramente dije la verdad. Dile orden para que la expusiese en lo más solitario del monte, y que no la perdiese de vista en tanto que respirase, amenazándole con los mayores suplicios si no lo ejecutaba puntualmente. Cuando me dio noticia de la muerte del niño, envié los eunucos de más confianza para quedar seguro del hecho y para que le diesen sepultura. Ved aquí, señor, la verdad y el modo cómo pereció el niño».
CXVIII. Disimulando Astiages el enojo de que se hallaba poseído, le refirió primeramente lo que el vaquero le había contado, y concluyó diciendo, que puesto que el niño vivía lo daba todo por bien hecho; «porque a la verdad, añadió, me pesaba en extremo lo que había mandado ejecutar con aquella criatura inocente, y no podía sufrir la idea de la ofensa cometida contra mi hija. Pero ya que la fortuna se ha convertido de mala en buena, quiero que envíes a tu hijo para que haga compañía al recién llegado, y que tú mismo vengas hoy a comer conmigo; porque tengo resuelto hacer un sacrificio a los dioses, a quienes debemos honrar y dar gracias por el beneficio de haber conservado a mi nieto».
CXIX. Harpago, después de hacer al rey una profunda reverencia, se marchó a su casa lleno de gozo por haber salido con tanta dicha de aquel apuro y por el grande honor de ser convidado a celebrar con el Monarca el feliz hallazgo. Lo primero que hizo fue enviar a palacio al hijo único que tenía, de edad de trece años, encargándole hiciese todo lo que Astiages le ordenase; y no pudiendo contener su alegría, dio parte a su esposa de toda aquella aventura. Astiages, luego que llegó el niño le mandó degollar, y dispuso que, hecho pedazos, se asase una parte de su carne, y otra se hirviese, y que todo estuviese pronto y bien condimentado. Llegada ya la hora de comer y reunidos los convidados, se pusieron para el rey y los demás sus respectivas mesas llenas de platos de carnero; y a Harpago se le puso también la suya, pero con la carne de su mismo hijo, sin faltar de ella más que la cabeza y las extremidades de los pies y manos, que quedaban encubiertas en un canasto. Comió Harpago, y cuando ya daba muestras de estar satisfecho, le preguntó Astiages si le había gustado el convite; y como él respondiese que había comido con mucho placer, ciertos criados, de antemano prevenidos, le presentaron cubierta la canasta donde estaba la cabeza de su hijo con las manos y pies, y le dijeron que la descubriese y tomase de ella lo que más le gustase. Obedeció Harpago, descubrió la canasta y vio los restos de su hijo, pero todo sin consternarse, permaneciendo dueño de sí mismo y conservando serenidad. Astiages le preguntó si conocía de qué especie de caza era la carne que había comido: él respondió que sí, y que daba por bien hecho cuanto disponía su soberano; y recogiendo los despojos de su hijo, los llevó a su casa, con el objeto, a mi parecer, de darles sepultura.
CXX. Deliberando el rey sobre el partido que le convenía adoptar relativamente a Ciro, llamó a los magos que le interpretaron el sueño, y pidioles otra vez su opinión. Ellos respondieron que si el niño vivía, era indispensable que reinase. «Pues el niño vive, replicó Astiages, y habiéndole nombrado rey en sus juegos los otros muchachos de la aldea, ha desempeñado las funciones de tal, eligiendo sus guardias, porteros, mayordomos y demás empleados. ¿Qué pensáis ahora de lo sucedido?». «Señor, dijeron los magos, si el niño vive y ha reinado ya, no habiendo esto sido hecho con estudio, podéis quedar tranquilo y tener buen ánimo, pues ya no hay peligro de que reine segunda vez. Además de que algunas de nuestras predicciones suelen tener resultados de poco momento, y las cosas pertenecientes a los sueños a veces nada significan». «A lo mismo me inclino yo, respondió Astiages, y creo que mi visión se ha verificado ya en el juego de los niños. Sin embargo, aunque me parece que nada debo temer de parte de mi nieto, os encargo que lo miréis bien, y me aconsejéis lo más útil y seguro para mi casa y para vosotros mismos». «A nosotros nos importa infinito, respondieron los magos, que la suprema autoridad permanezca firme en vuestra persona; porque pasando el imperio a ese niño, persa de nación, seríamos tratados los medos como siervos, y para nada se contaría con nosotros. Pero reinando vos, que sois nuestro compatriota, tenemos parte en el mando y disfrutamos en vuestra corte los primeros honores. Ved, pues, señor, cuánto nos interesa mirar por la seguridad de vuestra persona y la continuación de vuestro reinado. Al menor peligro que viésemos, os lo manifestaríamos con toda fidelidad; mas ya que el sueño se ha convertido en una friolera, quedamos por nuestra parte llenos de confianza y os exhortamos a que la tengáis también, y a que, separando de vuestra vista a ese niño, le enviéis a Persia a casa de sus padres».
CXXI. Alegrose mucho el rey con tales razones, y llamando a Ciro, le dijo: «Quiero que sepas, hijo mío, que inducido por la visión poco sincera de un sueño, traté de hacerte una sinrazón; pero tu buena fortuna te ha salvado. Vete, pues, a Persia, para donde te daré buenos conductores, y allí encontrarás otros padres bien diferentes de Mitradates y de su mujer la vaquera».
CXXII. En seguida despachó Astiages a Ciro, el cual llegado a casa de Cambises, fue recibido por sus padres, que no se saciaban de abrazarle, como quienes estaban en la persuasión de que había muerto poco después de nacer. Preguntáronle de qué modo había conservado la vida, y él les dijo que al principio nada sabía de su infortunio, y había vivido en el engaño; pero que en el camino lo había sabido todo por las personas que le acompañaban, porque antes se creía hijo del vaquero de Astiages, por cuya mujer había sido criado. Y como en todas ocasiones, no cesando de alabar a esta buena mujer, tuviese su nombre en los labios, oyéronle sus padres, y determinaron esparcir la voz de que su hijo había sido criado por una perra, con el objeto de que su aventura pareciese a los persas más prodigiosa, de donde vino sin duda la fama que se divulgó sobre este punto.
CXXIII. Cuando Ciro hubo llegado a la mayor edad, y por sus prendas varoniles y amable carácter descollaba entre todos sus iguales, Harpago, enviándole regalos, le iba solicitando contra Astiages, de quien deseaba vengarse; porque viendo que como persona particular no le sería fácil asestar sus tiros contra el monarca, procuraba ganarse un compañero tan útil para sus planes, supuesto que las desgracias de aquel habían sido muy semejantes a las suyas. Ya de antemano iba disponiendo las cosas y sacando partido de la conducta de Astiages, que se mostraba duro y áspero con los medos, se insinuaba poco a poco en el ánimo de los sujetos principales, aconsejándoles con maña que convenía deponer a Astiages del trono y colocar en su lugar a Ciro.
Dados estos primeros pasos, y viendo el asunto en buen estado, determinó manifestar sus intenciones a Ciro, que vivía en Persia; pero no teniendo para ello un medio conveniente, por estar guardados los caminos, se valió de esta traza. Tomó una liebre, y abriéndola con mucho cuidado, metió dentro de ella una carta, en la cual iba escrito lo que le pareció, y después la cosió de modo que no se conociese la operación hecha. Llamó en seguida al criado de su mayor confianza, y dándole unas redes como si fuera un cazador, le hizo pasar a la Persia, con el encargo de entregar la liebre a Ciro y de decirle que debía abrirla por sus propias manos, sin permitir que nadie se hallase presente.
CXXIV. Esta traza se puso por obra sin ningún tropiezo y con felicidad. Ciro abrió la liebre y encontró la carta escondida, en la cual leyó estas palabras: «Ilustre hijo de Cambises, el cielo os mira con ojos propicios, pues os ha concedido tanta fortuna. Ya es tiempo de que penséis tomar satisfacción de vuestro verdugo Astiages, a quien llamo así porque hizo cuanto pudo para quitaros la vida, que los dioses os conservaron por mi medio. No dudo que hace tiempo estaréis enterado de cuanto se hizo con vuestra persona y de cuanto he sufrido yo mismo de mano de Astiages, sin otra causa que el no haberos dado la muerte, cuando preferí entregaros a su vaquero. Si escucháis mis consejos, pronto reinaréis en lugar suyo. Haced que se armen vuestros persas, y venid con ellos contra la Media. Tanto si me nombra por general para resistiros, como si elige otro de los principales medos, estad seguro del buen éxito de vuestra expedición, porque todos ellos, abandonando a Astiages y pasándose a vuestro partido, procurarán derribarle del trono. Todo lo tenemos dispuesto; haced lo que os digo, y hacedlo cuanto antes».
CXXV. Noticioso Ciro del proyecto de Harpago, se puso a reflexionar cuál sería el medio más acertado para inducir a los persas a la rebelión; y después de meditado el asunto, creyó haber hallado uno muy oportuno. Escribió una carta según sus ideas, y habiendo reunido a los persas en una junta, la abrió en ella y leyó su contenido, por el que le nombraba Astiages general de los persas: «Es preciso, por consiguiente, les dijo, que cada uno de vosotros se arme con su hoz». Los persas son una nación compuesta de varias castas o pueblos, parte de los cuales juntó Ciro con el objeto de insurreccionarlos contra los medos. Estos persas, de quienes dependían todos los demás, eran los arteatas, los persas propiamente dichos, los pasargadas, los marafios y los masios. De todos ellos, los pasargadas eran los mejores y más valientes, y entre estos se cuentan los aqueménidas, que es aquella familia de donde vienen los reyes persas. Los otros pueblos son los pantialeos, los derusieos y los germanios,[61] que se dedican a labrar los campos, y los daos, los mardos, los drópicos y los sagartios, que viven como pastores.
CXXVI. Luego que todos los persas se presentaron con sus hoces, mandoles Ciro que desmontasen en un día toda una selva llena de espinas y malezas, la cual en la Persia tendría el espacio de dieciocho a veinte estadios. Acabada esta operación, les mandó segunda vez que al día siguiente compareciesen limpios y aseados. Entretanto, hizo juntar en un mismo paraje todos los rebaños de cabras, ovejas y bueyes que tenía su padre, y entregándolos al cuchillo, preparó una espléndida comida, cual convenía para dar un convite al ejército de los persas, proporcionando además el vino necesario y los manjares más escogidos.
Concurrieron al día siguiente los persas, a quienes Ciro mandó que reclinados en un prado comiesen a su satisfacción. Después del banquete les preguntó en cuál de los dos días les había ido mejor, y si preferían la fatiga del primero a las delicias del actual. Ellos le respondieron que había mucha diferencia entre los dos días, pues en el anterior había sido todo afán y trabajo, y por el contrario, en el presente todo descanso y recreo. Entonces Ciro, tomando ocasión de sus palabras, les descubrió todo el proyecto, diciéndoles: «Tenéis razón, valerosos persas; y si queréis obedecerme, no tardaréis en lograr estos bienes y otros infinitos, sin ninguna fatiga de las que proporciona la servidumbre. Pero si rehusáis mis consejos, no esperéis otra cosa sino miseria y afanes innumerables, como los de ayer. Ánimo, pues, amigos míos, y siguiendo mis órdenes, recobrad vuestra libertad. Yo pienso que he nacido con el feliz destino de poner en vuestras manos todos estos bienes, porque en nada os considero inferiores a los medos, y mucho menos en los negocios de la guerra. Siendo esto así, levantaos contra Astiages sin perder momento».
CXXVII. Los persas, que ya mucho tiempo antes sufrían con disgusto la dominación de los medos, así que se vieron con tal jefe, se declararon de buena voluntad por la independencia. Luego que supo Astiages lo que Ciro iba maquinando, le envió a llamar por medio de un mensajero, al cual mandó Ciro dijese de su parte a Astiages, que estaba muy bien, y que le haría una visita más presto de lo que él mismo quisiera. Apenas Astiages recibió esta respuesta, cuando armó a todos los medos, y como hombre a quien el mismo cielo cegaba, quitándole el acierto, les dio por general a Harpago, olvidando las crueldades que con él había ejecutado. Cuando los medos llegaron a las manos con los persas, lo que sucedió fue que algunos pocos a quienes no se había dado parte del designio, combatían de veras; los instruidos en él se pasaban a los persas, y la mayor parte de propósito peleaban mal y se entregaban a la fuga.
CXXVIII. Al saber Astiages la derrota vergonzosa de su ejército, dijo con tono de amenaza: «No pienses, Ciro, que por esto haya de durar mucho tu gozo». Después hizo expirar en un patíbulo a los magos, intérpretes de los sueños, que le habían aconsejado dejase ir libre a Ciro, y por último, mandó que todos los medos jóvenes y viejos que habían quedado en la ciudad, tomasen las armas, con los cuales, habiendo salido a campaña y entrado en acción con los persas, no solo fue vencido, sino que él mismo quedó hecho prisionero juntamente con todas las tropas que había llevado.
CXXIX. Cautivo Astiages, se le presentó Harpago muy alegre, insultándole con burlas y denuestos que pudieran afligirle, y zahiriéndole particularmente con la inhumanidad de aquel convite en que le dio a comer las carnes de su mismo hijo. También le preguntaba qué le parecía de su actual esclavitud comparada con el solio de donde acababa de caer. Astiages, fijando en él los ojos, le preguntó a su vez, si reconocía por suya aquella acción de Ciro. «Sí, la reconozco, dijo Harpago, pues habiéndole yo convidado por escrito, puedo gloriarme con razón de tener parte en la hazaña». Entonces respondió Astiages que le miraba como al hombre más necio y más injusto del mundo; el más necio, porque habiendo tenido en su mano hacerse rey, si era verdad que él hubiese sido el autor de lo que pasaba, había procurado para otro la autoridad suprema; y el más injusto, porque en despique de una cena había reducido a los medos a la servidumbre, cuando si era preciso que otras sienes y no las suyas se ciñesen con la corona, la razón pedía que fuesen las de otro medo, y no las de un persa; pues ahora los medos, sin tener culpa alguna, de señores pasaban a ser siervos, y los persas, antes siervos, venían a ser sus señores.
CXXX. De este modo, pues, Astiages, habiendo reinado treinta y cinco años, fue depuesto del trono; por cuya dureza y crueldad los medos cayeron bajo el dominio de los persas, después de haber tenido el imperio del Asia superior más allá del río Halis por espacio de ciento veintiocho años,[62] exceptuado el tiempo en que mandaron los escitas. Así que los persas en el reinado de Astiages, teniendo a su frente a Ciro, sacudieron el yugo de los medos y empezaron a mandar en el Asia. Ciro desde entonces mantuvo cerca de sí a Astiages todo el tiempo que le quedó de vida, sin tomar de él ninguna otra venganza. Más adelante, según llevo ya referido, venció a Creso, que había sido el primero en romper las hostilidades, y habiéndose apoderado de su persona, vino por este tiempo a ser señor de toda el Asia.
CXXXI. Las leyes y usos de los persas he averiguado que son estas. No acostumbran erigir estatuas, ni templos, ni aras, y tienen por insensatos a los que lo hacen; lo cual, a mi juicio, dimana de que no piensan como los griegos que los dioses hayan nacido de los hombres. Suelen hacer sacrificios a Zeus, llamando así a todo el ámbito del cielo, y para ello se suben a los montes más elevados. Sacrifican también al sol, a la luna, a la tierra, al agua, y a los vientos; siendo estas las únicas deidades que reconocen desde la más remota antigüedad, si bien después aprendieron de los asirios y árabes a sacrificar a Afrodita Urania;[63] porque a Afrodita los asirios la llaman Milita, los árabes Alitat, y los persas Mitra.
CXXXII. En los sacrificios que los persas hacen a sus dioses no levantan aras, no encienden fuego, no derraman licores, no usan de flautas, ni de tortas ni de farro molido. Lo que hacen es presentar la víctima en un lugar puro, y llevando la tiara ceñida las más veces con mirto, invocar al dios a quien sacrifican; pero en esta invocación no debe pedirse bien alguno para sí en particular, sino para todos los persas y para su rey, porque en el número de los persas se considera comprendido el que sacrifica. Después se divide la víctima en pequeñas porciones, y hervida la carne, se pone sobre un lecho de la hierba más suave, y regularmente sobre trébol. Allí un mago de pie entona sobre la víctima la teogonía,[64] canción para los persas la más eficaz y maravillosa. La presencia de un mago es indispensable en todo sacrificio. Concluido este, se lleva el sacrificante la carne, y hace de ella lo que le agrada.
CXXXIII. El aniversario de su nacimiento es de todos los días el que celebran con preferencia, debiendo dar en él un convite, en el cual la gente más rica y principal suele sacar a la mesa bueyes enteros, caballos, camellos y asnos, asados en el horno, y los pobres se contentan con sacar reses menores. En sus comidas usan de pocos manjares de sustancia, pero sí de muchos postres, y no muy buenos. Por eso suelen decir los persas que los griegos se levantan de la mesa con hambre, dando por razón que después del cubierto principal nada se sirve que merezca la pena, pues si algo se presentase de gusto, no dejarían de comer hasta que estuviesen satisfechos. Los persas son muy aficionados al vino. Tienen por mala crianza vomitar y orinar delante de otro. Después de bien bebidos, suelen deliberar acerca de los negocios de mayor importancia. Lo que entonces resuelven, lo propone otra vez el amo de la casa en que deliberaron, un día después; y si lo acordado les parece bien en ayunas, lo ponen en ejecución, y si no, lo revocan. También suelen volver a examinar cuando han bebido bien aquello mismo sobre lo cual han deliberado en estado de sobriedad.
CXXXIV. Cuando se encuentran dos en la calle, se conoce luego si son o no de una misma clase, porque si lo son, en lugar de saludarse de palabra, se dan un beso en la boca: si el uno de ellos fuese de condición algo inferior, se besan en la mejilla; pero si el uno fuese mucho menos noble, postrándose, reverencia al otro. Dan el primer lugar en su aprecio a los que habitan más cerca, el segundo a los que siguen a estos, y así sucesivamente tienen en bajísimo concepto a los que viven más distantes de ellos, lisonjeándose de ser los persas con mucha ventaja los hombres más excelentes del mundo. En tiempo de los medos, unas naciones de aquel imperio mandaban a las otras; si bien los medos, además de mandar a sus vecinos inmediatos, tenían el dominio supremo sobre todas ellas; las otras mandaban cada una a la que tenían más vecina. Este mismo orden observan los persas, de suerte que cada nación depende de una y manda a otra.
CXXXV. Ninguna gente adopta las costumbres y modas extranjeras con más facilidad que los persas. Persuadidos de que el traje de los medos es más gracioso y elegante que el suyo, visten a la meda; se arman para la guerra con el peto de los egipcios; procuran lograr todos los deleites que llegan a su noticia; y esto en tanto grado, que por el mal ejemplo de los griegos, abusan de su familiaridad con los niños. Cada particular suele tomar muchas doncellas por esposas, y con todo son muchas las amigas que mantienen en su casa.
CXXXVI. Después del valor y esfuerzo militar, el mayor mérito de un persa consiste en tener muchos hijos; y todos los años el rey envía regalos al que prueba ser padre de la familia más numerosa, porque el mayor número es para ellos la mayor excelencia. En la educación de los hijos, que dura desde los cinco hasta los veinte años, solamente les enseñan tres cosas: montar a caballo, disparar el arco y decir la verdad. Ningún hijo se presenta a la vista de su padre hasta después de haber cumplido los cinco años, pues antes vive y se cría entre las mujeres de la casa; y esto se hace con la mira de que si el niño muriese en los primeros años de su crianza, ningún disgusto reciba por ello su padre.
CXXXVII. Me parece bien esta costumbre, como también la siguiente: Nunca el rey impone la pena de muerte, ni otro alguno de los persas castiga a sus familiares con pena grave por un solo delito, sino que primero se examina con mucha escrupulosidad si los delitos o faltas son más y mayores que no los servicios y buenas obras, y solamente en el caso de que lo sean, se suelta la rienda al enojo y se procede al castigo. Dicen que nadie hubo hasta ahora que diese la muerte a sus padres, y que cuantas veces se ha dicho haberse cometido tan horrendo crimen, si se hiciesen las informaciones necesarias, resultaría que los tales habían sido supuestos o nacidos de adulterio; porque no creen verosímil que un padre verdadero muera nunca a manos de su propio hijo.
CXXXVIII. Lo que entre ellos no es lícito hacer, tampoco es lícito decirlo. Tienen por la primera de todas las infamias el mentir, y por la segunda contraer deudas; diciendo, entre otras muchas razones, que necesariamente ha de ser mentiroso el que sea deudor. A cualquier ciudadano que tuviese lepra o albarazos, no le es permitido, ni acercarse a la ciudad, ni tener comunicación con los otros persas; porque están en la creencia de que aquella enfermedad es castigo de haber pecado contra el sol. A todo extranjero que la padece, los más de ellos le echan del país, y también a las palomas blancas, alegando el mismo motivo. Veneran en tanto grado a los ríos, que ni orinan, ni escupen, ni se lavan las manos en ellos, como tampoco permiten que ningún otro lo haga.
CXXXIX. Una cosa he notado en la lengua persa, en que parece no han reparado los naturales, y es que todos los nombres que dan a los cuerpos y a las cosas grandes y excelentes terminan con una misma letra, que es la que los dorios llaman san, y los jonios sigma.[65] El que quiera hacer esta observación, hallará que no algunos nombres de los persas, sino todos, acaban absolutamente de la misma manera.
CXL. Lo que he dicho hasta aquí sobre los usos de los persas es una cosa cierta y de que estoy bien informado. Pero es más oscuro y dudoso lo que suele decirse de que a ningún cadáver dan sepultura sin que antes haya sido arrastrado por una ave de rapiña o por un perro. Los magos acostumbran hacerlo así públicamente. Yo creo que los persas cubren primero de cera el cadáver, y después le encierran. Por lo que mira a los magos, no solamente se diferencian en sus prácticas del común de los hombres, sino también de los sacerdotes del Egipto. Estos ponen su perfección en no matar animal alguno, fuera de las víctimas que sacrifican: los magos con sus propias manos los matan todos, perdonando solamente al perro y al hombre, y se hacen un mérito de matar no menos a las hormigas que a las sierpes, como también a los demás vivientes, tanto los reptiles como los que vagan por el aire. Pero basta de tales usos; volvamos a tomar el hilo de la historia.
CXLI. Al punto que los lidios fueron conquistados por los persas con tanta velocidad, los jonios y los eolios enviaron a Sardes sus embajadores, solicitando de Ciro que los admitiese por vasallos con las mismas condiciones que lo eran antes de Creso. Oyó Ciro la pretensión, y respondió con este apólogo: «Un flautista, viendo muchos peces en el mar, se puso a tocar su instrumento, con el objeto de que atraídos por la melodía saltasen a tierra. No consiguiendo nada, tomó la red barredera, y echándola al mar, cogió con ella una muchedumbre de peces, los cuales, cuando estuvieron sobre la playa, empezaron a saltar según su costumbre. Entonces el flautista volviose a ellos, y les dijo: Basta ya de tanto baile, supuesto que no quisisteis bailar cuando yo tocaba la flauta».
El motivo que tuvo Ciro para responder de esta manera a los jonios y a los eolios fue porque cuando él les pidió por sus mensajeros que se rebelasen contra Creso, no le dieron oídos, y ahora, viendo el pleito tan mal parado, se mostraban prontos a obedecerle. Enojado, pues, contra ellos, los despachó con esta respuesta; y los jonios se volvieron a sus ciudades, fortificaron sus murallas y reunieron un congreso en Panionio, al que todos asistieron menos los milesios, porque con estos solos había Ciro concluido un tratado, admitiéndolos por vasallos con las mismas condiciones que a los lidios. Los demás jonios determinaron en el congreso enviar embajadores a Esparta, solicitando auxilios en nombre de todos.
CXLII. Estos jonios, a quien pertenece el templo de Panionio, han tenido la buena suerte de fundar sus ciudades bajo un cielo y en un clima que es el mejor de cuantos habitan los hombres, a lo menos los que nosotros conocemos. Porque ni la región superior, ni la inferior, ni la que está situada al occidente, ninguna logra iguales ventajas, sufriendo unas los rigores del frío y de la humedad, y experimentando otras el excesivo calor y la sequía. No hablan todos los jonios una misma lengua, y puede decirse que tienen cuatro dialectos diferentes. Mileto, la primera de sus ciudades, cae hacia el mediodía, y después siguen Miunte[66] y Priene. Las tres están situadas en la Caria y usan de la misma lengua. En la Lidia están Éfeso, Colofón, Lébedos, Teos, Clazómenas y Focea; todas las cuales hablan una lengua misma, diversa de la que usan las tres ciudades arriba mencionadas. Hay todavía, tres ciudades de Jonia más, dos de ellas en las islas de Samos y Quíos, y la otra, que es Eritras, fundada en el continente. Los de Quíos y los eritreos tienen el mismo dialecto; pero los samios usan otro particular suyo.
CXLIII. De estos pueblos jonios los milesios se hallaban a cubierto del peligro y del miedo por su trato con Ciro, y los isleños nada tenían que temer de los persas, porque todavía no eran súbditos suyos los fenicios, y ellos mismos no eran gente a propósito para la marina. La causa porque los milesios se habían separado de los demás griegos, no era otra sino la poca fuerza que tenía todo el cuerpo de los griegos, y en especial los jonios, sobremanera desvalidos y casi de ninguna consideración. Fuera de la ciudad de Atenas, ninguna otra había respetable. De aquí nacía que los otros jonios, y los mismos atenienses, se desdeñaban de su nombre, no queriendo llamarse jonios; y aun ahora me parece que muchos de ellos se avergüenzan de semejante dictado. Pero aquellas doce ciudades no solo se preciaban de llevarle, sino que habiendo levantado un templo, le quisieron llamar de su mismo nombre Pan-Ionio, o común a los jonios, y aun tomaron la resolución de no admitir en él a ningún otro que los pueblos jonios, si bien debe añadirse que nadie pretendió semejante unión a no ser los de Esmirna.
CXLIV. Una cosa igual hacen los dorios de Pentápolis, estado que ahora se compone de cinco ciudades, y antes se componía de seis, llamándose Hexápolis. Estos se guardan de admitir a ninguno de los otros dorios en su templo Triópico, y esto lo observan con tal rigor, que excluyeron de su comunión a algunos de sus ciudadanos que habían violado sus leyes y ceremonias. El caso fue este: en los juegos que celebraban en honor de Apolo Triopio, solían antiguamente adjudicar por premio a los vencedores unos trípodes de bronce, pero con la precisa condición de no habérselos de llevar, sino de ofrecerlos al dios en su mismo templo. Sucedió, pues, que un tal Agasicles de Halicarnaso, declarado vencedor, no quiso observar esta ley, y llevándose el trípode, le colgó en su misma casa. Por esta transgresión aquellas cinco ciudades, que eran Lindos, Yáliso, Cámiros, Cos y Cnido, privaron de su comunión a Halicarnaso, que era la sexta. Tal y tan severo fue el castigo con que la multaron.
CXLV. Yo pienso que los jonios se repartieron en doce ciudades, sin querer admitir otras más en su confederación, porque cuando moraban en el Peloponeso, estaban distribuidos en doce partidos; así como los aqueos que fueron los que los echaron del país, forman también ahora doce distritos. El primero es Pelena, inmediata a Sición; después siguen Egira y Egas, donde se halla el Cratis, río que siempre lleva agua, y del cual tomó su nombre el otro río Cratis de la Italia; en seguida vienen Bura, Hélice, a donde los jonios se retiraron vencidos en batalla por los aqueos, Egio y Ripes; después Patras, Faras y Óleno, donde está el gran río Piro; y por último, Dime y Tritea, que es entre todas estas ciudades el único pueblo de tierra adentro.
CXLVI. Estas son ahora las doce comunidades de los aqueos, y lo eran antes de los jonios, motivo por el cual estos se distribuyeron en doce ciudades. Porque suponer que los unos son más jonios que los otros, o que tuvieron más noble origen, es ciertamente un desvarío; pues no solo los abantes originarios de la Eubea, los cuales nada tienen, ni aun el nombre de la Jonia, hacen una parte, y no la menor, de los tales jonios, sino que además se hallan mezclados con ellos los focidios, separados de los otros sus paisanos, los molosos, los arcades pelasgos, los dorios epidaurios y otras muchas naciones, que con los jonios se confundieron.
En cuanto a los jonios que, por haber partido del Pritaneo de los atenienses, quieren ser tenidos por los más puros y acendrados de todos, se sabe de ellos que, no habiendo conducido mujeres para su colonia, se casaron con las carianas a cuyos padres habían quitado la vida; por cuya razón estas mujeres, juramentadas entre sí, se impusieron una ley, que trasmitieron a sus hijas, de no comer jamás con sus maridos ni llamarles con este nombre, en atención a que, habiendo muerto a sus padres, maridos e hijos, después de tales insultos se habían juntado con ellas, todo lo cual sucedió en Mileto.
CXLVII. Estos colonos atenienses nombraron por reyes, unos a los licios, familia oriunda de Glauco, el hijo de Hipóloco; otros a los caucones pilios, descendientes de Codro, hijo de Melanto; y algunos los tomaban ya de una, ya de otra de aquellas dos casas. Todos ellos ambicionan con preferencia a los demás el nombre de jonios, y ciertamente lo son de origen verdadero; bien que de este nombre participan cuantos, procediendo de Atenas, celebran la fiesta llamada Apaturia, la cual es común a todos los jonios asiáticos, fuera de los efesios y colofonios, los únicos que en pena de cierto homicidio no la celebran.
CLXVIII. El Panionio es un templo que hay en Mícala, hacia el norte, dedicado en nombre común de los jonios a Poseidón el Heliconio. Mícala es un promontorio de tierra firme, que mira hacia el viento céfiro,[67] y pertenece a Samos. En este promontorio, los jonios de todas las ciudades solían celebrar una fiesta, a que dieron el nombre de Pan-Ionia. Y es de notar que todas las fiestas, no solo de los jonios, sino de todos los griegos, tienen la misma propiedad que dijimos de los nombres persas, la de acabar en una misma letra.[68]
CXLIX. He dicho cuáles son las ciudades jonias; ahora referiré las eolias. Cime, por sobrenombre Fricónide, Lerisas, Neontico, Temno, Cila, Notio, Egiroesa, Pitana, Egeas, Mirina, Grinia. Estas son las once ciudades antiguas de los eolios, pues aunque también eran doce, todas en el continente, Esmirna, una de aquel número, fue separada de las otras por los jonios. Los eolios establecieron sus colonias en un terreno mejor que el de los jonios, pero el clima no es tan bueno.
CL. Los eolios perdieron a Esmirna de este modo: ciertos colofonios, vencidos en una sedición doméstica y arrojados de su patria, hallaron en Esmirna un asilo. Estos fugitivos, un día en que los de Esmirna celebraban fuera de la ciudad una fiesta solemne a Dioniso, les cerraron las puertas y se apoderaron de la plaza. Concurrieron todos los eolios al socorro de los suyos, pero se terminó la contienda por medio de una transacción, en la que se convino que los jonios, quedándose con la ciudad, restituyesen los bienes muebles a los de Esmirna. Estos, conformándose con lo pactado, fueron repartidos en las otras once ciudades eolias, que los admitieron por ciudadanos suyos.
CLI. En el número de las ciudades eolias de la tierra firme, no se incluyen los que habitan en el monte Ida, porque no forman un cuerpo con ellas. Otras hay también situadas en las islas. En la de Lesbos existen cinco, porque la sexta, que era Arisba, la redujeron bajo su dominación los de Metimna, siendo de la misma sangre. En Ténedos hay una, y otra en las que llaman las cien islas. Todas estas ciudades insulares, lo mismo que los jonios de las islas, nada tenían que temer de Ciro; pero a los demás eolios les pareció conveniente confederarse con los otros jonios y seguirlos a donde quiera que los condujesen.
CLII. Luego que llegaron a Esparta los enviados de los jonios y eolios, habiendo hecho el viaje con toda velocidad, escogieron para que en nombre de todos llevase la voz a un cierto foceo, llamado Pitermo; el cual, vestido de púrpura, con la mira de que muchos espartanos concurriesen atraídos de la novedad, se presentó en su congreso, y con una larga arenga les pidió socorros. Los lacedemonios, bien lejos de dejarse persuadir del orador, resolvieron no salir a la defensa de los jonios; con lo cual se volvieron los enviados. Sin embargo, despacharon algunos hombres en una galera de cincuenta remos, con el objeto, a mi parecer, de explorar el estado de las cosas de Ciro y de la Jonia. Luego que estos llegaron a Focea, enviaron a Sardes al que entre todos era tenido por hombre de mayor suposición, llamado Lacrines, con orden de intimar a Ciro que se abstuviese de inquietar a ninguna ciudad de los griegos, cuyas injurias no podrían mirar con indiferencia.
CLIII. Dícese que Ciro, después que el enviado acabó su propuesta, preguntó a los griegos que cerca de sí tenía, qué especie de hombres eran los lacedemonios, y cuántos en número, para atreverse a hacerle semejante declaración, y que informado de lo que preguntaba, respondió al orador: «Nunca temí a unos hombres que tienen en medio de sus ciudades un lugar espacioso, donde se reúnen para engañar a otros con sus juramentos; y desde ahora les aseguro que si los dioses me conservaren la vida, yo haré que se lamenten, no de las desgracias de los jonios, sino de las suyas propias». Este discurso iba dirigido contra todos los griegos, que tienen en sus ciudades una plaza destinada para la compra y venta de sus cosas, costumbre desconocida entre los persas, que no tienen plazas en las suyas. Después de esto, dejando al persa Tabalo por gobernador de Sardes, y dando al lidio Pactias la comisión de recaudar los tesoros de Creso y de los otros lidios, partiose con sus tropas para Ecbatana, llevando consigo a Creso, y teniendo por negocio de poca importancia el acometer sobre la marcha a los jonios. Bien es verdad que para esto le servían de embarazo Babilonia y la nación bactriana, los sacas y los egipcios, contra los cuales él mismo en persona quería conducir su ejército, enviando contra los jonios a cualquier otro general.
CLIV. Apenas Ciro había salido de Sardes, cuando Pactias insurreccionó a los lidios, y habiendo bajado a la costa del mar, como tenía a su disposición todo el oro de Sardes, le fue fácil reclutar tropas mercenarias, y persuadir a la gente de la marina que le siguiese en su expedición. Dirigiose, pues, hacia Sardes, puso a la ciudad sitio y obligó al gobernador Tabalo a encerrarse en la ciudadela.
CLV. Ciro en el camino tuvo noticia de lo que pasaba, y hablando de ello con Creso, le dijo: «¿Cuándo tendrán fin, oh Creso, estas cosas que me suceden? Ya está visto que esos lidios nunca vivirán en paz, ni me dejarán a mí tranquilo. Pienso que lo mejor fuera reducirlos a la condición de esclavos. Ahora veo que lo que acabo de hacer con ellos es parecido a lo que hace un hombre que, habiendo dado muerte al padre, perdona a los hijos. Así yo, habiéndome apoderado de tu persona, que eras más que padre de los lidios, tuve la inadvertencia de dejar en sus manos la ciudad; y ahora me maravillo de que se me rebelen». De este modo hablaba Ciro lo que sentía, y Creso, temeroso de la total ruina de Sardes, «Tienes mucha razón, le responde; pero me atrevo, señor, a suplicarte que no te dejes dominar del enojo, ni destruyas una ciudad antigua que está inocente de lo pasado y de lo que ahora sucede. Antes fui yo el autor de la injuria, y pago la pena merecida; ahora Pactias, a quien confiaste la ciudad de Sardes, es el amotinador que debe satisfacer a tu justa venganza. Pero a los lidios perdónales, y a fin de que no se levanten otra vez, ni vuelvan a darte más cuidados, envíales orden para que no tengan armas de las que sirven en la guerra, y mándales también que lleven una túnica talar debajo de su vestido, que calcen coturnos, que aprendan a tocar la cítara y a cantar, y que enseñen a sus hijos el ejercicio de la mercancía. Con estas providencias los verás en breve convertidos de hombres en mujeres, y cesará todo peligro de que se rebelen otra vez».
CLVI. Tal fue el expediente que sugirió Creso, teniéndole por más ventajoso para los lidios que no el ser vendidos por esclavos; porque bien sabía que a no proponer al rey un medio tan eficaz, no le haría mudar de resolución, y por otra parte recelaba en extremo que si los lidios escapaban del peligro actual volverían a sublevarse en otra ocasión, y perecerían por rebeldes a manos de los persas. Ciro, muy satisfecho con el consejo, y desistiendo de su primer enojo, dijo a Creso que se conformaba con él; y llamando al efecto al medo Mazares, le mandó que intimase a los lidios cuanto le había sugerido Creso; que fuesen tratados como esclavos todos los demás que habían servido en la expedición contra Sardes, y que de todos modos le presentasen vivo delante de sí al mismo Pactias.
CLVII. Dadas estas providencias, continuó Ciro su viaje a lo interior de la Persia. Entretanto, Pactias, informado de que estaba ya cerca el ejército que venía contra él, se llenó de pavor, y se fue huyendo a Cime. Mazares, que al frente de una pequeña división del ejército de Ciro marchaba contra Sardes, cuando vio que no encontraba allí las tropas de Pactias, lo primero que hizo fue obligar a los lidios a ejecutar las órdenes de Ciro, que mudaron enteramente sus costumbres y método de vida. Después envió unos mensajeros a Cime, pidiendo le entregasen a Pactias. Los cimenos acordaron antes de todo consultar el caso con el dios que se veneraba en Bránquidas, donde había un oráculo antiquísimo, que acostumbraban consultar todos los pueblos de la Eolia y de la Jonia. Este oráculo estaba situado en el territorio de Mileto sobre el puerto Panormo.
CLVIII. Los cimenos, pues, enviaron sus diputados a Bránquidas, con el objeto de consultar lo que deberían hacer de Pactias, para dar gusto a los dioses. El oráculo respondió que fuese entregado a los persas. Ya se disponían a ejecutarlo, por hallarse una parte del pueblo inclinada a ello, cuando Aristódico, hijo de Heráclides, sujeto que gozaba entre sus conciudadanos de la mayor consideración, desconfiando de la realidad del oráculo y de la verdad de los consultantes, detuvo a los cimenos para que no lo ejecutasen hasta tanto que fuesen al templo otros diputados, en cuyo número se comprendió al mismo Aristódico.
CLIX. Luego que llegaron a Bránquidas, hizo Aristódico la consulta en nombre de todos: «¡Oh numen sagrado! Refugiose a nuestra ciudad el lidio Pactias, huyendo de una muerte violenta. Los persas le reclaman ahora, y mandan a los cimenos que se le entreguen. Nosotros, por más que tememos el poder de los persas, no nos hemos atrevido a poner en sus manos a un hombre que se acogió a nuestro amparo, hasta que sepamos de vos claramente cuál es el partido que debemos seguir». El oráculo, del mismo modo que la primera vez, respondió que Pactias fuese entregado a los persas. Entonces Aristódico imaginó este ardid: Se puso a dar vueltas por el templo, y a echar de sus nidos a todos los gorriones y demás pájaros que encontraba. Dícese que fue interrumpido en esta operación por una voz que, saliendo del santuario mismo, le dijo: «¿Cómo te atreves, hombre malvado y sacrílego, a sacar de mi templo a los que han buscado en él un asilo?». «¿Y será justo, respondió Aristódico sin turbarse, que vos, sagrado numen, miréis con tal esmero por vuestros refugiados, y mandéis que los cimenos abandonemos al nuestro y le entreguemos a los persas?». «Sí, lo mando, replicó la voz, para que por esa impiedad perezcáis cuanto antes, y no volváis otra vez a solicitar mis oráculos sobre la entrega de los que se han acogido a vuestra protección».
CLX. Los cimenos, oída la respuesta que llevaron sus diputados, no queriendo exponerse a perecer si le entregaban, ni a verse sitiados si le retenían en la ciudad, le enviaron a Mitilene, a donde no tardó Mazares en despachar nuevos mensajeros, pidiendo la entrega de Pactias. Los mitileneos estaban ya a punto de entregárselo por cierta suma de dinero, pero la cosa no llegó a efectuarse, porque los cimenos, llegando a saber lo que se trataba, en una nave que destinaron a Lesbos embarcaron a Pactias y le trasladaron a Quíos. Allí fue sacado violentamente del templo de Atenea, patrona de la ciudad, y entregado al fin por los naturales de Quíos, los cuales le vendieron a cuenta de Atarneo, que es un territorio de la Misia, situado enfrente de Lesbos. Los persas, apoderados así de Pactias, le tuvieron en prisión para presentárselo vivo a Ciro. Durante mucho tiempo ninguno de Quíos enharinaba las víctimas ofrecidas a los dioses con la cebada cogida en Atarneo, ni del grano nacido allí se hacían tortas para los sacrificios; y, en una palabra, nada de cuanto se criaba en aquella comarca era recibido por legítima ofrenda en ninguno de los templos.
CLXI. Mazares, después que le fue entregado Pactias por los de Quíos, emprendió la guerra contra las ciudades que habían concurrido a sitiar a Tabalo. Vencidos en ella los de Priene, los vendió por esclavos, y haciendo sus correrías por las llanuras del Meandro, lo saqueó todo, y dio el botín a sus tropas. Lo mismo hizo en Magnesia; pero luego después enfermó y murió.
CLXII. En su lugar vino a tomar el mando del ejército Harpago, también medo de nación, el mismo a quien Astiages dio aquel impío convite, y que tanto sirvió después a Ciro en la conquista del imperio. Luego que llegó a la Jonia, fue tomando las plazas, valiéndose de trincheras y terraplenes; porque obligados los enemigos a retirarse dentro de las murallas, le fue preciso levantar obras de esta clase para apoderarse de ellas. La primera ciudad que combatió fue la de Focea en la Jonia.
CLXIII. Para decir algo de Focea, conviene saber que los primeros griegos que hicieron largos viajes por mar fueron estos foceos, los cuales descubrieron el mar Adriático, la Tirrenia, la Iberia y Tarteso, no valiéndose de naves redondas, sino solo de sus pentecónteros o naves de cincuenta remos. Habiendo aportado a Tarteso, supieron ganarse toda la confianza y amistad del rey de los tartesios, Argantonio,[69] el cual ochenta años había que era señor de Tarteso, y vivió hasta la edad de ciento veinte; y era tanto lo que este príncipe los amaba, que cuando la primera vez desampararon la Jonia, les convidó con sus dominios, instándoles para que escogiesen en ellos la morada que más les acomodase. Pero viendo que no les podía persuadir, y sabiendo de su boca el aumento que cada día tomaba el poder de los medos, tuvo la generosidad de darles dinero para la fortificación de su ciudad, y lo hizo con tal abundancia, que siendo el circuito de las murallas de no pocos estadios, bastó para fabricarlas todas de grandes y bien labradas piedras.
CLXIV. Así tenían los de Focea fortificada su ciudad, cuando Harpago, haciendo avanzar su ejército, les puso sitio; si bien antes les hizo la propuesta de que se daría por satisfecho con tal de que los foceos, demoliendo una sola de las obras de defensa que tenía la muralla, reservasen para el rey una habitación. Los sitiados, que no podían llevar con paciencia la dominación extranjera, pidieron un solo día para deliberar, con la condición de que entretanto se retirasen las tropas. Harpago les respondió que, sin embargo de que conocía sus intenciones, consentía en darles tiempo para que deliberasen. Mientras las tropas se mantuvieron separadas de las murallas, los foceos, sin perder momento, aprontaron sus naves y embarcaron en ellas a sus hijos y mujeres con todos sus muebles y alhajas, como también las estatuas y demás adornos que tenían en sus templos, menos los que eran de bronce o de mármol, o consistían en pinturas.[70] Puesto a bordo todo lo que podían llevarse consigo, se hicieron a la vela, y se trasladaron a Quíos. Los persas ocuparon después la ciudad desierta de habitantes.
CLXV. No quisieron los naturales de Quíos vender a los foceos las islas llamadas Enusas, recelosos de que en manos de sus huéspedes viniesen a ser un grande emporio, y quedasen ellos excluidos de las ventajas del comercio. Viendo esto los foceos, determinaron navegar a Córcega, por dos motivos: el uno porque veinte años antes, en virtud de un oráculo, habían fundado allí una colonia, en una ciudad llamada Alalia; y el otro por haber ya muerto su bienhechor Argantonio. Embarcados para Córcega, lo primero que hicieron fue dirigirse a Focea, donde pasaron a cuchillo la guarnición de los persas, a la cual Harpago había confiado la defensa de la ciudad. Dado este golpe de mano, se ligaron mutuamente con el solemne voto de no abandonarse en el viaje, pronunciando mil imprecaciones contra el que faltase a él, y echando después al mar una gran masa de hierro, hicieron un juramento de no volver otra vez a Focea si primero aquella misma masa no aparecía nadando sobre el agua.[71] Sin embargo, al emprender la navegación, más de la mitad de ellos no pudieron resistir al deseo de su ciudad y a la ternura y compasión que les inspiraba la memoria de los sitios y costumbres de la patria, y faltando a lo prometido y jurado, volvieron las proas hacia Focea. Pero los otros, fieles a su juramento, salieron de las islas Enusas y navegaron para Córcega.
CLXVI. Después de su llegada vivieron cinco años en compañía de los antiguos colonos, y edificaron allí sus templos. Pero como no dejasen en paz a sus vecinos, a quienes despojaban de lo que tenían, unidos de común acuerdo los tirrenos y los cartagineses, les hicieron la guerra, armando cada una de las dos naciones sesenta naves. Los foceos, habiendo tripulado y armado también sus bajeles hasta el número de sesenta, les salieron al encuentro en el mar de Cerdeña. Diose un combate naval, y se declaró la victoria a favor de los foceos; pero fue una victoria, como dicen, cadmea,[72] por haber perdido cuarenta naves, y quedado inútiles las otras veinte, cuyos espolones se torcieron con el choque. Después del combate volvieron a Alalia, y tomando a sus hijos y mujeres, con todos los muebles que las naves podían llevar, dejaron la Córcega, y navegaron hacia Regio.
CLXVII. Los prisioneros foceos que los cartagineses, y más todavía los tirrenos, hicieron en las naves destruidas, fueron sacados a tierra y muertos a pedradas. De resultas, los agileos[73] sufrieron una gran calamidad; pues todos los ganados de cualquiera clase, y hasta los hombres mismos que pasaban por el campo donde los foceos fueron apedreados, quedaban mancos, tullidos o apopléticos. Para expiar aquella culpa, enviaron a consultar a Delfos, y la Pitia les mandó que celebrasen, como todavía lo practican, unas magníficas exequias en honor de los muertos, con juegos gímnicos y carreras de caballos. Los otros foceos que se refugiaron en Regio, saliendo después de esta ciudad, fundaron en el territorio de Enotria[74] una colonia que ahora llaman Hiele;[75] y esto lo hicieron por haber oído a un hombre, natural de Posidonia, que la Pitia les había dicho en su oráculo que fundasen a Cirno, que es el nombre de un héroe, y no debía equivocarse con el de la isla.[76]
CLXVIII. Una suerte muy parecida a la de los foceos tuvieron los de Teos, pues estrechando Harpago su plaza con las obras que levantaba, se embarcaron en sus naves y se fueron a Tracia, donde habitaron en Abdera, ciudad que antes había edificado Timesio el clazomenio, puesto que no la había podido disfrutar por haberle arrojado de ella los tracios; pero al presente los teyos de Abdera le honran como a un héroe.
CLXIX. De todos los jonios estos fueron los únicos que, no pudiendo tolerar el yugo de los persas, abandonaron su patria; pero los otros (dejando aparte a los de Mileto) hicieron frente al enemigo; y mostrándose hombres de valor, combatieron en defensa de sus hogares, hasta que vencidos al cabo y hechos prisioneros, se quedaron cada uno en su país bajo la obediencia del vencedor. Los milesios, según ya dije antes, como habían hecho alianza con Ciro, se estuvieron quietos y sosegados. En conclusión, este fue el modo cómo la Jonia fue avasallada por segunda vez. Los jonios que moraban en las islas, cuando vieron que Harpago había sujetado ya a los del continente, temerosos de que no les acaeciese otro tanto, se entregaron voluntariamente a Ciro.
CLXX. Oigo decir que a los jonios, celebrando en medio de sus apuros un congreso en Panionio, les dio el sabio Biante, natural de Priene, un consejo provechoso que si le hubiesen seguido hubieran podido ser los más felices de la Grecia. Los exhortó a que, formando todos una sola escuadra, se fuesen a Cerdeña y fundaran allí un solo estado, compuesto de todas las ciudades jonias; con lo cual, libres de la servidumbre, vivirían dichosos, poseyendo la mayor isla de todas, y teniendo el mando en otras; porque si querían permanecer en la Jonia, no les quedaba, en su opinión, esperanza alguna de mantenerse libres o independientes.
También era muy acertado el consejo que antes de llegar a su ruina les había dado el célebre Tales, natural de Mileto, pero de una familia venida antiguamente de Fenicia. Este les proponía que se estableciese para todos los jonios una junta suprema en Teos, por hallarse esta ciudad situada en medio de la Jonia, sin perjuicio de que las otras tuviesen lo mismo que antes sus leyes particulares, como si fuese cada una un pueblo o distrito separado.
CLXXI. Harpago, después que hubo conquistado la Jonia, volvió sus fuerzas contra los carios, los caunios y los licios, llevando ya consigo las tropas jonias y eolias. Estos carios son una nación que dejando las islas se pasó al continente; y según yo he podido conjeturar, informándome de lo que se dice acerca de las edades más remotas, siendo ellos antiguamente súbditos de Minos, con el nombre de léleges, moraban en las islas del Asia, y no pagaban ningún tributo sino cuando lo pedía Minos, le tripulaban y armaban sus navíos; y como este monarca, siempre feliz en sus expediciones,[77] hiciese muchas conquistas, se distinguió en ellas la nación caria, mostrándose la más valerosa y apreciable de todas. A la misma nación se debe el descubrimiento de tres cosas de que usan los griegos; pues ella fue la que enseñó a poner crestas o penachos en los morriones, a pintar armas y empresas en los escudos, y a pegar en los mismos unas correas a manera de asas, siendo así que hasta entonces todos los que usaban de escudo le llevaban sin aquellas asas, y solo se servían para manejarle de unas bandas de cuero que colgadas del cuello y del hombro izquierdo se unían al mismo escudo. Los carios, después de haber habitado mucho tiempo en las islas, fueron arrojados de ellas por los jonios y dorios, y se pasaron al continente.
Esto es lo que dicen los cretenses; pero los carios pretenden ser originarios de la tierra firme, y haber tenido siempre el mismo nombre que ahora; y en prueba de ello muestran en Milasa un antiguo templo de Zeus Cario, el cual es común a los misios, como hermanos que son de los carios, puesto que Lido y Miso, como ellos dicen, fueron hermanos de Car. Los pueblos que tienen otro origen, aunque hablen la lengua de los carios, no participan de la comunión de aquel templo.
CLXXII. Los caunios, a mi entender, son originarios del país, por más que digan ellos mismos que proceden de Creta. Es difícil determinar si fueron ellos los que adoptaron la lengua caria o los carios la suya; lo cierto es que tienen unas costumbres muy diferentes de los demás hombres y de los carios mismos. En sus convites parece muy bien que se reúnan confusamente los hombres, las mujeres y los niños, según la edad y grados de amistad que median entre ellos. Al principio adoptaron el culto extranjero; pero arrepintiéndose después, y no queriendo tener más dioses que los suyos propios, tomaron todos ellos las armas, y golpeando con sus lanzas el aire, caminaron de este modo hasta llegar a los confines calíndicos, diciendo entretanto que con aquella operación echaban de su país a los dioses extraños.
CLXXIII. Los licios traen su origen de la isla de Creta, que antiguamente estuvo toda habitada de bárbaros. Cuando los hijos de Europa, Sarpedón y Minos, disputaron en ella el imperio, quedó Minos vencedor en la contienda y echó fuera de Creta a Sarpedón con todos sus partidarios. Estos se refugiaron en Milíade, comarca del Asia menor, y la misma que al presente ocupan los licios. Sus habitadores se llamaban entonces los solimos. Sarpedón tenía el mando de los licios, que a la sazón se llamaban los termilas, nombre que habían traído consigo y con el que todavía son llamados de sus vecinos. Pero después que Lico, el hijo de Pandión, fue arrojado de Atenas por su hermano Egeo, y refugiándose a la protección de Sarpedón, se pasó a los termilas,[78] estos vinieron con el tiempo a mudar de nombre, y tomando el de Lico, se llamaron licios. Sus leyes en parte son cretenses, y en parte carias; pero tienen cierto uso muy particular en el que no se parecen al resto de los hombres, y es el de tomar el apellido de las madres y no de los padres; de suerte que si a uno se le pregunta quién es y de qué familia procede, responde repitiendo el nombre de su madre y el sus abuelas maternas. Por la misma razón, si una mujer libre se casa con un esclavo, los hijos son tenidos por libres e ingenuos; y si al contrario un hombre libre, aunque sea de los primeros ciudadanos, toma una mujer extranjera o vive con una concubina, los hijos que nacen de semejante unión son mirados como bastardos e infames.
CLXXIV. Los carios en aquella época, sin dar prueba alguna de valor, se dejaron conquistar por Harpago; y lo mismo sucedió a los griegos que habitaban en aquella región. En ella moran los cnidios, colonos de los lacedemonios, cuyo país está en la costa del mar y se llama Triopio. La Cnidia, empezando en la península Bibasia, es un terreno rodeado casi todo por el mar, pues solo está unido con el continente por un paso de cinco estadios de ancho. Le baña por el norte el golfo Cerámico, y por el sur el mar de Sima y de Rodas. Los cnidios, queriendo hacer que toda la tierra fuese una isla perfecta, mientras Harpago se ocupaba en sujetar a la Jonia, trataron de cortar el istmo que los une con la tierra firme. Empleando mucha gente en la excavación, notaron que los trabajadores padecían muchísimo en sus cuerpos, y particularmente en los ojos de resultas de las piedras que rompían, y atribuyéndolo a prodigio o castigo divino, enviaron sus mensajeros a Delfos para consultar cuál fuese la causa de la dificultad y resistencia que encontraban. La Pitia, según cuentan los cnidios, les respondió así:
Al istmo no toquéis de ningún modo. Isla fuera, si Jove lo quisiese.
Recibida esta respuesta, suspendieron los cnidios las excavaciones, y sin hacer la menor resistencia, se entregaron a Harpago, que con su ejército venía marchando contra ellos.
CLXXV. Más arriba de Halicarnaso moraban tierra adentro los pedáseos. Siempre que a estos o a sus vecinos les amenaza algún desastre, sucede que a la sacerdotisa de Atenea le crece una gran barba, cosa que entonces le aconteció por tres veces. Los pedáseos fueron los únicos en toda la Caria que por algún tiempo hicieron frente a Harpago, y le dieron mucho en que entender, fortificando el monte que llaman Lida; mas por último quedaron vencidos y arruinados.
CLXXVI. Cuando Harpago conducía sus tropas al territorio de Janto, los licios de aquella ciudad le salieron al encuentro, y peleando pocos contra muchos, hicieron prodigios de valor; pero vencidos al cabo y obligados a encerrarse dentro de la ciudad, reunieron en la fortaleza a sus mujeres, hijos, dinero y esclavos, y pegándola fuego, la redujeron a cenizas; después de lo cual, conjurados entre sí con las más horribles imprecaciones, salieron con disimulo de la plaza, y pelearon de modo que todos ellos murieron con las armas en la mano. Por este motivo muchos que dicen ahora ser licios de Janto son advenedizos, menos ochenta familias que, hallándose a la sazón fuera de su patria, sobrevivieron a la ruina común. De este modo se apoderó Harpago de la ciudad de Janto, y de un modo semejante de la de Cauno, habiendo los caunios imitado casi en todo a los licios.
CLXXVII. Mientras Harpago destruía el Asia baja, Ciro en persona sujetaba las naciones del Asia superior, sin perdonar a ninguna. Nosotros pasaremos en silencio la mayor parte, tratando únicamente de aquellas que con su resistencia le dieron más que hacer y que son más dignas de memoria. Ciro, pues, cuando tuvo bajo su obediencia todo aquel continente, pensó en hacer la guerra a los asirios.
CLXXVIII. La Asiria tiene muchas y grandes ciudades, pero de todas ellas la más famosa y fuerte era Babilonia, donde existía la corte y los palacios reales después que Nínive fue destruida. Situada en una gran llanura, viene a formar un cuadro cuyos lados tienen cada uno de frente ciento veinte estadios, de suerte que el ámbito de toda ella es de cuatrocientos ochenta. Sus obras de fortificación y ornato son las más perfectas de cuantas ciudades conocemos. Primeramente la rodea un foso profundo, ancho y lleno de agua. Después la ciñen unas murallas que tienen de ancho cincuenta codos reales, y de alto hasta doscientos, siendo el codo real tres dedos mayor del codo común y ordinario.[79]
CLXXIX. Conviene decir en qué se empleó la tierra sacada del foso, y cómo se hizo la muralla. La tierra que sacaban del foso la empleaban en formar ladrillos, y luego que estos tenían la consistencia necesaria los llevaban a cocer a los hornos. Después, valiéndose en vez de argamasa de cierto betún caliente, iban ligando la pared de treinta en treinta filas de ladrillos con unos cestones hechos de caña, edificando primero de este modo los labios o bordes del foso, y luego la muralla misma. En lo alto de esta fabricaron por una y otra parte unas casillas de un solo piso, las unas enfrente de las otras, dejando en medio el espacio suficiente para que pudiese dar vueltas una carroza. En el recinto de los muros hay cien puertas de bronce, con sus quicios y umbrales del mismo metal. A ocho jornadas de Babilonia se halla una ciudad que se llama Is, en la cual hay un río no muy grande que tiene el mismo nombre y va a desembocar al Éufrates. El río Is lleva mezclados con su corriente algunos grumos de asfalto o betún, de donde fue conducido a Babilonia el que sirvió para sus murallas.