LIBRO TERCERO. (continued 3)
Bartomeu Pou i Puigserver translation
CXLIII. Previendo Menandrio claramente que no había de faltar alguno que se alzara con el mando, en caso de que él lo dejase, mudó la resolución de abandonarlo que tenía antes formada; y para asegurarse más en el imperio, retirado a la ciudadela, hacía llamar allí uno por uno a los vasallos, con el pretexto de dar cuenta del dinero, pero en llegando los mandaba coger y poner en prisiones. En tanto que permanecían bien custodiados, asaltó a Menandrio una grave enfermedad, de la cual, creyendo Licareto, uno de los hermanos de Menandrio, que iba este a morir, con la ambiciosa mira de facilitarse la posesión del señorío de Samos, procuró la muerte a aquellos presos, que pensó no dejarían de querer en adelante la independencia y libertad del estado.
CXLIV. En esta situación se hallaban los negocios cuando los persas aportaron a Samos llevando consigo a Silosonte. Entonces no solo faltó quien les saliera al encuentro con las armas en las manos, sino que desde luego que llegaron allá capituló con ellos la tropa misma de Menandrio, mostrándose pronta a salir de la isla y a hacer que saliera juntamente su actual señor. Convino Ótanes por su parte en firmar el tratado, y compuestas así las paces, los oficiales mayores de la armada persa, haciendo colocar unos asientos junto a la ciudadela, estaban allí sentados.
CXLV. Sucedió entretanto un caso impensado. Tenía el gobernador Menandrio un hermano llamado Carilao, hombre algo atolondrado y furioso, quien no sé por qué delito estaba en un calabozo, desde donde, como informado de lo que pasaba, sacase la cabeza por una reja y viese delante sentados a los persas en paz y sosiego, púsose a gritar como un insensato pidiendo que le llevasen a Menandrio, a quien tenía que hablar, lo cual sabido por este mandó que le sacaran de la cárcel y se lo presentaran. Llegado apenas a su presencia, principió a echar maldiciones de su boca y cargar de baldones a su hermano, porque no caía de improviso sobre aquellos persas allí recostados. «¡Insensato!, le dice, ¿a mí, que soy tu hermano y que en nada tengo merecida la cárcel, me tienes aherrojado en un calabozo, y ves ahí a esos persas que van a sacarte del trono y de tu misma casa echándote a donde te lleva tu mala fortuna, y de puro cobarde no le arrojas sobre ellos? Teniéndolos ahí en tu mano, ¿cómo no los cazas y coges a tu placer? Si de nada eres capaz, ven acá, cobarde, confíame tus guardias, y con ellos les pagaré bien la visita que vinieron a hacernos, y a ti te aseguro que te dejaré salir libre de la isla».
CXLVI. Así dijo Carilao, y aceptó Menandrio el partido que su furioso hermano le proponía, no porque hubiera perdido de modo el sentido común que con sus tropas se lisonjeara de salir victorioso del ejército del rey, sino ciego de envidia, si no me engaño, contra la dicha de Silosonte, no sufriendo que este, con las manos limpias, sin pérdida de gente y sin el más mínimo menoscabo, viniera a ser señor de tan rico estado. Debió, pues, querer irritar antes a los persas para empeorar y turbar así el estado de Samos y dejarlo revuelto y perdido a su sucesor, pues bien veía que los samios, cruelmente irritados por su hermano, vengarían en los persas la injuria recibida. Por su persona nada tenía que temer, sabiendo que de todos modos tendría libre y segura la salida de la isla, siempre que quisiese, pues a este fin tenía ya prevenida una mina o camino subterráneo que salía al mar desde la misma ciudadela. Así, pues, Menandrio, embarcándose furtivamente, salió de Samos; y Carilao, haciendo tomar las armas a sus tropas, abiertas las puertas de las plaza, dejose caer de repente sobre los persas, descuidados y seguros de semejante traición, como que estaban del todo creídos de que la paz quedaba ya concluida y ajustada. Envisten los guardias de Carilao contra los persas que reposaban en sus asientos, y fácilmente pasan a cuchillo a todas las cabezas del ejército persa; pero acudiendo después lo restante de él a la defensa de sus caudillos, y cargando sobre las tropas mercenarias de Carilao, las obligaron a encerrarse de nuevo en la ciudadela.
CXLVII. Cuando el general Ótanes vio aquella alevosía, junta con tanto estrago de sus persas, olvidado muy de propósito de las órdenes de Darío, quien le había mandado al despedirse para el ejército que entregase la isla de Samos al dominio de Silosonte, sin muertes, sin esclavitud, sin otro daño ni agravio de los isleños, dio orden a sus tropas de que pasasen a cuchillo a todo samio que hallaran, sin distinción de niños, ni mozos, ni hombres, ni viejos; de suerte que, al punto, parte de las tropas pónese a sitiar en forma la ciudadela, parte va corriendo por uno y otro lado matando a cuantos se les ponen delante, así dentro como fuera de los templos.
CXLVIII. Entretanto, Menandrio, huyendo de Samos, iba ya navegando hacia Lacedemonia. Aportado allí felizmente, desembarcó todo el equipaje e hizo con los muebles preciosos que consigo traía lo que voy a referir. Coloca en su aparador la copiosa vajilla que tenía de oro y plata, mandando a sus criados que la limpien y bruñan primorosamente.[322] Mientras esto se hacía en su albergue, entreteníase Menandrio discurriendo con Cleómenes, hijo de Anaxándridas, a quien como rey de Esparta había ido a cumplimentar. Alargando de propósito la conversación, de palabra en palabra vinieron los dos hablando hasta la posada del huésped. Entra en ella Cleómenes, ve de improviso tan rica repostería, y quédase atónito y como fuera de sí. El cortés Menandrio, prevenido ya con tiempo, bríndale con ella, insta, porfía que tome cuanto le agrade. No obstante la suspensión de Cleómenes y la bizarría de Menandrio en ofrecerle segunda y tercera vez su magnífica vajilla, el severo espartano, mostrando en su desinterés un ánimo el más entero y justificado, nada quiso aceptar de todo cuanto se le ofrecía. Aún más, comprendiendo muy bien que el huésped, regalando a algunos ciudadanos, como sin duda lo hiciera, no dejaría de hallar protectores en el cohecho, fue en derechura a verse con los éforos, y les propuso que sin duda fuera lo más útil echar luego del Peloponeso al desterrado de Samos, de quien recelaba mucho que a fuerza de dádivas había de corromper sin falta o a él mismo, o a algún otro de los espartanos. Prevenidos así los éforos, publicaron un bando en que se mandaba salir de sus dominios a Menandrio.
CXLIX. Mientras esto se hacía en Esparta, los persas no solo entregaban al saqueo la isla de Samos, sino que la barrían como con red, envolviendo a todos sus vecinos y pasándolos a cuchillo, sin perdonar a ninguno la vida. Así vengados, entregaron a Silosonte la isla vacía y desierta, aunque el mismo general Ótanes la volvió a poblar algún tiempo después, movido, así de una visión que tuvo en sueños, como principalmente por motivo de cierta enfermedad vergonzosa que padeció.
CL. Por el mismo tiempo que se hacía la expedición naval contra Samos, negaron la obediencia a los persas los babilonios, que muy de antemano se habían apercibido para lo que intentaban. Habiéndose sabido aprovechar de las pertubaciones públicas del estado, así en el tiempo en que reinaba el mago, como en aquel en que los septemviros coligados recobraban el imperio, se proveyeron de todo lo necesario para sufrir un dilatado sitio, sin que se echara de ver lo que iban premeditando. Cuando declaradamente se quisieron rebelar, tomaron una resolución más bárbara aún que extraña, cual fue la de juntar en un lugar mismo a todas las mujeres y hacerlas morir estranguladas, exceptuando solamente a sus madres y reservándose cada cual una sola mujer, la que fuese más de su agrado: el motivo de reservarla no era otro sino el de tener panadera en casa, y el de ahogar a las demás el de no querer tantas bocas que consumieran su pan.
CLI. Informado el rey Darío de lo que pasaba en Babilonia, parte contra los rebeldes con todas las fuerzas juntas del imperio, y llegado allí, emprende desde luego el asedio de la plaza. Los babilonios, lejos de alarmarse o de temer por el éxito del sitio, subidos sobre los baluartes de la fortaleza bailaban alegres a vista del enemigo, mofándose de Darío con todo su ejército. En una de estas danzas hubo quien una vez dijo este sarcasmo: «Persas, ¿qué hacéis aquí tanto tiempo ociosos? ¿Cómo no pensáis en volveros a vuestras casas? Pues en verdad os digo que cuando paran las mulas, entonces nos rendiréis». Claro está que no creía el babilonio que tal decía que la mula pudiera parir jamás.
CLII. Pasado ya un año y siete meses de sitio, viendo Darío que no era poderoso para tomar tan fuerte plaza, hallábanse él y su ejército descontentos y apurados. A la verdad no había podido lograr su intento en todo aquel tiempo, por más que hubiese jugado todas las máquinas de guerra y tramado todos los artificios militares, entre los cuales no había dejado de echar mano también de la misma estratagema con que Ciro había tomado a Babilonia. Pero ni con este ni con otro medio alguno logró Darío sorprender la vigilancia de los sitiados, que estaban muy alerta y muy apercibidos contra el enemigo.
CLIII. Había entrado ya el vigésimo mes del malogrado asedio, cuando a Zópiro, hijo de Megabizo, uno de los del septemvirato contra el mago, le sucedió la rara monstruosidad de que pariera una de las mulas de su bagaje.[323] El mismo Zópiro, avisado del nunca visto parto, y no acabando de dar crédito a nueva tan extraña, quiso ir en persona a cerciorarse; fue y vio por sus mismos ojos la cría recién nacida y recién parida la mula. Sorprendido de tamaña novedad, ordena a sus criados que a nadie se hable del caso; y poniéndose él mismo muy de propósito a pensar sobre el portento, recordó luego aquellas palabras que dijo allá un babilonio al principio del sitio, que cuando parieran las mulas se tomaría a Babilonia. Esta memoria, combinada con el parto reciente de su mula, hizo creer a Zópiro que debía, en efecto, ser tomada Babilonia, habiendo sido sin duda providencia del cielo, que previendo que su mula había de parir, permitió que el babilonio lo dijese de burlas.
CLIV. Persuadiose Zópiro con aquel discurso ciertamente agorero que había ya llegado el punto fatal de la toma de Babilonia. Preséntase a Darío y le pregunta si tenía realmente el mayor deseo y empeño en que se tomase la plaza sitiada, y habiendo entendido del soberano que nada del mundo deseaba con iguales veras, continuó sus primeras meditaciones, buscando medio de poder ser él mismo el autor de la empresa y ejecutor de tan grande hazaña, y tanto más iba empeñándose en ello, cuanto mejor sabía ser entre los persas muy atendidos de presente y muy premiados en el porvenir los extraordinarios servicios hechos a la corona. El fruto de su meditación fue resolverse a la ejecución del único remedio que hallaba para rendir aquella plaza: consistía en que él mismo, mutilado cruelmente, se pasase fugitivo a los babilonios. Contando, pues, por nada quedar feamente desfigurado por todos los días de su vida, hace de su persona el más lastimoso espectáculo: cortadas de su propia mano las narices, cortadas asimismo las orejas, cortados descompuestamente los cabellos y azotadas cruelmente las espaldas, muéstrase así maltrecho y desfigurado a la presencia de Darío.
CLV. La pena que Darío tuvo al ver de repente ante sus ojos un persa tan principal hecho un retablo vivo de dolores, no puede ponderarse: salta luego de su trono, y le pregunta gritando quién así le ha malparado y con qué ocasión. «Ningún otro, señor, sino vos mismo, le responde Zópiro, pues solo mi soberano pudo ponerme tal como aquí me miráis. Por vos, señor, yo mismo me he desfigurarlo así por mis propias manos, sin injuria de extraños, no pudiendo ya ver ni sufrir por más tiempo que los asirios burlen y mofen a los persas». «Hombre infeliz, le replica Darío, ¿quieres dorarme un hecho el más horrendo y negro con el color más especioso que discurrirse pueda? ¿Pretextas ahora que por el honor de la Persia, por amor mío, por odio de los sitiados has ejecutado en tu persona esa carnicería sin remedio? Dime por los dioses, hombre mal aconsejado, ¿acaso se rendirán antes los enemigos porque tú te hayas hecho pedazos? ¿Y no ves que mutilándote no has cometido sino una locura?». «Señor, le respondió Zópiro, bien visto tenía que si os hubiera dado parte de lo que pensaba hacer nunca habíais de permitírmelo. Lo hice por mí mismo, y con solo lo hecho tenemos ya conquistada la inexpugnable Babilonia, si por vos no se pierde, como sin duda no se perderá. Diré, señor, lo que he pensado. Tal como me hallo, deshecho y desfigurado, me pasaré luego al enemigo; les diré que sois vos el autor de la miseria en que me ven, y si mucho no me engaño, se lo daré a entender así, y llegaré a tener el mando de su guarnición. Oíd vos ahora, señor, lo que podremos hacer después. Al cabo de diez días que yo esté dentro, podréis entresacar mil hombres, la escoria del ejército, que tanto sirve salva como perdida, y apostármeles allá delante de la puerta que llaman de Semíramis. Pasados otra vez siete días, podréis de nuevo apostarme dos mil enfrente de la otra puerta que dicen de Nínive. Pasados veinte días más, podréis tercera vez plantar otra porción hasta cuatro mil hombres en la puerta llamada de los caldeos. Y sería del caso que ni los primeros ni los últimos soldados que dije tuvieran otras armas defensivas que sus puñales solos, los que sería bueno dejárselos. Veinte días después podréis dar orden general a los tropas para que acometan de todas partes alrededor de los muros, pero a los persas naturales los quisiera fronteros a las dos puertas que llaman la Bélida y la Cisia. Así lo digo y ordeno todo, por cuanto me persuado que los babilonios, viendo tantas proezas hechas antes, por mí, han de confiármelo todo, aun las llaves mismas de la ciudad. Por los demás, a mi cuenta y a la de los persas correrá dar cima a la empresa».
CLVI. Concertado así el negocio, iba luego huyendo Zópiro hacia una de las puertas de la ciudad, y volvía muy a menudo la cabeza con ademán y apariencia de quien deserta. Venle venir así los centinelas apostados en las almenas, y bajando a toda prisa, pregúntanle desde una de las puertas medio abiertas quién era y a qué venía. Respóndeles que era Zópiro que quería pasárseles a la plaza. Oído esto, condúcenle al punto a los magistrados de Babilonia. Puesto allí en presencia de todo el congreso, empieza a lamentar su desventura y decir que Darío era quien había hecho ponerle del modo en que él mismo se había puesto; que el único motivo había sido porque él le aconsejaba que ya que no se descubría medio alguno para la toma de la plaza, lo mejor era levantar el sitio y retirar de allí el ejército. «Ahora, pues, continuó diciendo, ahí me tenéis, babilonios míos; prometo hacer a vosotros cuanto bien supiere, que espero no ha de ser poco, y a Darío, a sus persas y a todo su campo cuanto mal pudiere; que sin duda será muchísimo, pues voto a Dios que estas heridas que en mí veis les cuesten ríos de sangre, mayormente sabiendo yo bien todos sus artificios, los misterios del gabinete y su modo de pensar y obrar».
CLVII. Así les habló Zópiro, y los babilonios del congreso, que veían a su presencia, no sin horror, a un grande de Persia con las narices mutiladas, con las orejas cortadas, con las carnes rasgadas, y todo él empapado en la sangre que aún corría, quedaron desde luego persuadidos de que era la relación muy verdadera, y se ofrecieron a aliviar la desventura de su nuevo aliado, dándole gusto en cuanto les pidiera. Habiendo pedido él una porción de tropa, que luego tuvo a su mando, hizo con ella lo que con Darío había concertado, pues saliendo al décimo día con sus babilonios, y cogiendo en medio a los mil soldados, los primeros que había pedido que apostase Darío, los pasó todos a filo de la espada. Viendo entonces los babilonios que el desertor acreditaba con obras lo que les ofreciera de palabra, alegres sobremanera se declararon nuevamente prontos a servir a Zópiro, o más bien a dejarse servir de él enteramente. Esperó Zópiro el término de los días consabidos, y llegado este, toma una partida de babilonios escogidos, y hecha segunda salida de la plaza, mata a Darío dos mil soldados. Con esta segunda proeza de valor no se hablaba ya de otra cosa entre los babilonios ni había otro hombre para ellos igual a Zópiro, quien dejando después que pasasen los días convenidos, hace su tercer salida al puesto señalado, donde cerrando en medio de su gente a cuatro mil enemigos, acaba con todo aquel cuerpo. Vista esta última hazaña, entonces sí que Zópiro lo era todo para con los de Babilonia, de modo que luego le nombraron generalísimo de la guarnición, castellano de la plaza y alcaide de la fortaleza.
CLVIII. Entretanto, llega el día en que, según lo pactado, manda Darío dar un asalto general a Babilonia, y Zópiro acredita con el hecho que lo pasado no había sido sino engaño y doble artificio de un hábil desertor. Entonces los babilonios apostados sobre los muros iban resistiendo con valor al ejército de Darío que los acometía, y Zópiro al mismo tiempo, abriendo a sus persas las dos puertas de la ciudad, la Bélida y la Cisia, les introducía en ella. Algunos babilonios testigos de lo que Zópiro iba haciendo se refugiaron al templo de Zeus Belo; los demás, que nada sabían ni aun sospechaban de la traición que se ejecutaba, estuvieron fijos cada cual en su puesto hasta tanto que se vieron clara y patentemente vendidos y entregados al enemigo.
CLIX. Así fue tomada Babilonia por segunda vez. Dueño ya Darío de los babilonios vencidos, tomó desde luego las providencias más oportunas, una sobre la plaza, mandando demoler todos sus muros y arrancar todas las puertas de la ciudad, de cuyas dos prevenciones ninguna había usado Ciro cuando se apoderó de Babilonia;[324] otra tomó sobre los sitiados, haciendo empalar hasta tres mil de aquellos que sabía haber sido principales autores de la rebelión, dejando a los demás ciudadanos en su misma patria con sus bienes y haciendas; la tercera sobre la población, tomando sus medidas a fin de dar mujeres a los babilonios para la propagación, pues que ellos, como llevamos referido, habían antes ahogado a las que tenían, a fin de que no les gastasen las provisiones de boca durante el sitio. Para este efecto ordenó Darío a las naciones circunvecinas, que cada cual pusiera en Babilonia cierto número de mujeres que él mismo determinaba, de suerte que la suma de las que allí se recogieron subió a cincuenta mil, de quienes descienden los actuales babilonios.
CLX. Respecto a Zópiro, si queremos estar al juicio de Darío, jamás persa alguno, ni antes ni después, hizo más relevante servicio a la corona, exceptuando solamente a Ciro, pues a este rey nunca hubo persa que se le osase comparar ni menos igualar. Cuéntase con todo que solía decir el mismo Darío que antes quisiera no ver en Zópiro aquella carnicería de mano propia que conquistar y rendir no una, sino veinte babilonias que existieran. Lo cierto es que usó con él las mayores demostraciones de estima y particular honor, pues no solo le enviaba todos los años aquellos regalos que son entre los persas la mayor prueba de distinción y privanza con el soberano, sino que dio a Zópiro por todo el tiempo de su vida la satrapía de Babilonia, inmune de todo pecho y tributo. Hijo de este Zópiro fue el general Megabizo, el que en Egipto guerreó con los atenienses y sus aliados, y padre del otro Zópiro que, desertado de los persas, pasó a la ciudad de Atenas.