LIBRO CUARTO. (continued 3)
Bartomeu Pou i Puigserver translation
CXCIX. La región Cirenaica, que es la tierra más elevada que hay en la parte de la Libia poseída por los nómadas, logra todos los años tres estaciones muy dignas de admiración, pues viene primero la cosecha de los frutos vecinos a la marina, que piden ser antes que los demás segados y vendimiados: acabados de recoger estos tempranos frutos, están ya sazonados y a punto de ser cogidos los de las campiñas o colinas, como dicen, que caen en medio del país; y al concluir esta segunda cosecha, los frutos de la tierra más alta han madurado ya y piden ser cogidos: de suerte que al acabarse de comer o de beber la primera cosecha del año, entonces cabalmente es cuando se recoge la última; con lo cual se ve que los cireneos siegan durante ocho meses.
CC. Bastará ya lo dicho en este punto; y volviendo por fin a los persas, los vengadores de Feretima partidos de Egipto por orden de Ariandes, pusieron sitio a Barca, pidiendo luego que llegaron se les entregasen los autores de la muerte de Arcesilao, demanda a que los sitiados, que habían sido comúnmente cómplices en aquel homicidio, no querían consentir. Nueve meses duraba ya el asedio de la plaza, en cuyo espacio hicieron los persas minas ocultas hasta las mismas murallas, y dieron asimismo varios asaltos a la plaza, todos muy vivos y obstinados. Iba descubriendo las minas un herrero que se valía para dar con ellas de un escudo de bronce, el cual iba pasando y aplicando por la parte interior del muro: si escudo aplicado donde el suelo no se minaba, no solía resonar; pero cuando daba sobre un lugar que minasen los enemigos, correspondía el bronce con su sonido a los golpes internos de los minadores; y entonces eran perdidos los persas, a quienes con una contramina mataban los barceos en las entrañas de la tierra. Hallado este remedio contra las minas, se valían los barceos del de su valor para rebatir sus asaltos.
CCI. Pasado mucho tiempo en el asedio y muertos muchos de una y otra parte, y no menor número de persas que de barceos, Amasis, el general del ejército, acude a cierto ardid, persuadido de que no podría ver rendida la plaza con fuerza, sino con engaño y astucia. Manda, pues, abrir de noche una hoya muy ancha, encima de la cual coloca unos maderos de poca resistencia, y sobre ellos pone una capa de tierra en la superficie, procurando igualarla por encima con lo demás del campo. Apenas amanece otro día, cuando Amasis convida por su parte a los barceos con una conferencia, y los barceos por la suya, como quienes deseaban mucho la paz, la admiten gustosísimos. Entran, pues, a capitular estando encima de la hoya disimulada y se conciertan en estos términos: que se estaría a lo pactado y jurado mientras aquel suelo donde se hallaban fuese el mismo que era;[466] que los barceos se obligaban a satisfacer al rey pagando lo que fuese justo en razón, y los persas a no innovar cosa contra los barceos. Viendo estos firmadas así las paces y llenos de confianza en fuerza de ellas, abiertas de buena fe las puertas de par en par, no solo salían con ansia fuera de la ciudad, sino que permitían también a los persas acercarse a sus murallas. Válense los persas de la ocasión, y derribando repentinamente aquel puente o tablado falaz y oculto, corren dentro de la plaza y hacia los muros, de que se apoderan. Movioles a arruinar dicho suelo de tablas la especiosa calumnia y pretexto de poder decir que no faltaban a la fe del tratado, por cuanto habían capitulado con los barceos que las paces durasen todo el tiempo que durase el mismo aquel suelo que había al capitular, pero que arruinado y roto el oculto tablado ya no les obligaba el tratado solemne de paz.
CCII. Feretima, a cuya disposición y arbitrio dejaron los persas la ciudad, no contenta con empalar alrededor de sus muros a los barceos que más culpables habían sido en la muerte de Arcesilao, hizo aún que cortados los pechos de sus mujeres fuesen de trecho en trecho clavados. Quiso además que en el botín se llevasen los persas por esclavos a los demás barceos, exceptuando a los batiadas todos y a los que en dicho asesinato no habían tenido parte alguna, a quienes ella encargó la ciudad.
CCIII. Al retirarse los persas con sus esclavos los barceos, llegados de vuelta a la ciudad de Cirene, los moradores, para cumplir con cierto oráculo, dieron paso por medio de ella a las tropas egipcias. Bares, el general de la armada, era de parecer que al pasar se alzasen con aquella plaza; pero no venía en ello Ainasis, general del ejército, dando por razón que había sido únicamente enviado contra Barca y no contra alguna colonia griega. Con todo, después que pasó el ejército y se acampó allí cerca en el collado de Zeus Licio, arrepentidos los persas de no haberse aprovechado de la ocasión, procuraron, entrando de nuevo en la plaza, apoderarse de ella; pero no se lo permitieron los de Cirene. Hubo en esto de extraño y singular que cayese de repente sobre los persas, contra quienes nadie tomaba las armas, un miedo tal y tan grande, que les hiciera huir por el espacio de 60 estadios antes de atreverse a plantar sus tiendas.[467] Al cabo, después que allí se acampó el ejército, llegole un correo de parte de Ariandes con orden de que se le presentaran; para cuya vuelta, provistos los persas de víveres, que a su ruego les suministraron los cireneos, continuaron sus marchas hacia el Egipto. Durante aquel viaje, lo mismo era quedarse algún persa fuera de la retaguardia, que caer sobre él los libios y quitarle la vida para despojarle de su vestido y apoderarse del bagaje; persecución que duró hasta que estuvieron ya en Egipto.
CCIV. Este es el ejército persa que se haya internado más en la Libia, habiendo sido el único que llegó hasta Evespérides.[468] Los prisioneros barceos, traídos como esclavos al Egipto, fueron desde allí enviados al rey Darío, quien les dio un lugar después para su establecimiento de la región Bactriana. Dieron ellos a su colonia el nombre de Barca, población que hasta hoy día subsiste en la Bactriana.
CCV. Pero Feretima no tuvo la dicha de morir bien; pues vengada ya, salida de la Libia, y refugiada en Egipto, enfermó bien presto, de manera que hirviéndole el cuerpo en gusanos, y comida viva por ellos, acabó mala y desastrosamente sus días, como si los dioses quisieran hacer ver a los hombres con aquel horroroso escarmiento cuán odioso les es el exceso y furor en las venganzas. De tal modo se vengó de los barceos Feretima, la esposa de Bato.
FIN DEL TOMO PRIMERO.