LIBRO SÉPTIMO LA CAUSA CHAMPMATHIEU
J. A. R. translation
I Sor Simplicia
Los incidentes que vamos á leer no han sido todos conocidos en M* sur M*. Pero lo poco que se ha sabido de ellos dejó en la población tales recuerdos, que quedaría en este libro un gran claro si no los diésemos á conocer en sus menores detalles.
En los tales detalles encontrará el lector dos ó tres circunstancias inverosímiles, que respetamos por consideración á la verdad.
En las primeras horas de la tarde que siguieron á la visita de Javert, el señor Magdalena fué á ver á Fantina, según costumbre.
Antes de llegar hasta Fantina, mandó llamar á sor Simplicia.
Las dos religiosas que tenían á su cargo la enfermería, lazaretistas como todas las hermanas de la caridad, se llamaban sor Perpetua la una, y la otra sor Simplicia.
Sor Perpetua era como si dijéramos el tipo de una aldeana cualquiera; una hermana de la caridad sencillamente tosca, que se había puesto al servicio de Dios como en otro cualquiera. Era religiosa como hubiera sido cocinera. Tipo que no es del todo raro. Las órdenes monásticas aceptan gustosas este grosero barro provinciano, que toma fácilmente la forma de capuchina ó de ursulina. Estas rusticidades se aprovechan para las tareas bastas de la devoción. La transformación de un boyero en carmelita no es difícil; se pasa de lo uno á lo otro sin gran trabajo; el fondo común de ignorancia de la aldea y del claustro, viene á ser una preparación, ya hecha, que introduce á pie enjuto al campesino en el claustro. Agrandad un poco la blusa y ya tenéis el hábito. Sor Perpetua era una robusta religiosa de Marines, cerca Pontoise, que hablaba en patois, psalmodiaba y murmuraba, azucarando las tisanas de conformidad con la devoción ó hipocresía del acogido, brusca con los enfermos, áspera con los moribundos, dándoles casi con el cristo en la cara, martirizando á los agonizantes con plegarias coléricas, atrevida, honrada, robusta y colorada.
Sor Simplicia era blanca como la cera. Junto á sor Perpetua, era el cirio al lado de la vela de sebo. Vicente de Paul ha delineado perfectamente la hermana de la caridad en estas admirables palabras en las que mezcla tanta libertad como esclavitud: «No tendrán, dice, más monasterio que las casas de los enfermos, más celda que un cuarto de alquiler, más capilla que la iglesia parroquial, más claustro que las calles de la población y las salas del hospital, más clausura que la obediencia, más rejas que el temor de Dios ni más velo que la modestia». Este ideal estaba encarnado en sor Simplicia; nadie hubiera podido fijar la edad de sor Simplicia; jamás había sido joven, y parecía que no había de ser vieja nunca. Era una persona—no nos atrevemos á decir una mujer—amable, austera, simpática, delicada, fría, y que no había mentido jamás. Era tal su amabilidad, que parecía frágil, siendo, no obstante, más fuerte que el granito. Tocaba á los desgraciados con sus hermosos, finos é inmaculados dedos. Tenía, por así decirlo, palabra silenciosa; no hablaba más que lo necesario, y era su acento tal, que hubiera á la vez edificado en un confesionario y encantado en un salón. Aquella delicadeza se había amoldado perfectamente al hábito de estameña encontrando en aquel rudo contacto, un continuado alerta del cielo y de Dios. Insistimos en este detalle particular. No había mentido jamás, ni había dicho nunca, por cualquier interés ni por indiferencia, una cosa que no fuera verdad; la verdad santa, éste era el rasgo característico de sor Simplicia, éste era el acento de su virtud. Era casi célebre en la congregación por su imperturbable veracidad.
El padre Sicard, hablando de sor Simplicia en una carta al sordomudo Massieu, dice: Por sinceros y puros que seamos, tenemos todos en nuestro candor, la mancha de alguna mentirilla inocente. Ella estaba limpia de semejante mancha. Mentirilla, mentira inocente, ¿existe por ventura? Mentir, es lo absoluto del mal. Mentir poco, es imposible; el que miente dice toda la mentira; mentir, es el modo de ser mismo del demonio; Satán tiene dos nombres, se llama Satán y se llama Mentira. He aquí lo que ella pensaba. Y como pensaba, así obraba. De ello resultaba aquella blancura de que hemos hablado, blancura que brillaba igualmente en sus ojos que en sus labios. Su sonrisa era blanca, su mirada era blanca también. No había la menor tela de araña, ni un solo grano de polvo, que empañase el cristal de su conciencia. Al tomar el hábito de San Vicente de Paul, había adoptado el nombre de Simplicia, por elección especial. Simplicia de Sicilia, como sabe todo el mundo, es aquella santa que prefirió dejarse arrancar los pechos que responder, habiendo nacido en Siracusa, que había nacido en Segesta, mentira que la hubiera salvado. Semejante modelo se ajustaba perfectamente á esta alma.
Sor Simplicia, al entrar en la orden, tenía dos defectos, de los que se había ido corrigiendo poco á poco; gustaba de manjares delicados, y de recibir cartas. No leía jamás otro libro que uno de oraciones, impreso en grandes caracteres y escrito en latín. No sabía el latín, pero entendía el libro.
La piadosa hermana había tomado afecto á Fantina, adivinando quizás, una virtud latente, dedicándose casi exclusivamente á su cuidado.
El señor Magdalena llamó á parte á sor Simplicia, y le recomendó á Fantina con singular acento, del que se acordó después la hermana.
Después de haber hablado á la hermana, se dirigió á Fantina.
Fantina esperaba diariamente la llegada del señor Magdalena, como se espera un rayo de calor y de alegría, diciendo á las hermanas:
—No vivo sino cuando está aquí el señor alcalde.
Aquel día tenía mucha fiebre. En cuanto vió al señor Magdalena, le preguntó:
—¿Y Cosette?
Él contestó sonriendo:
—Luego.
El señor Magdalena estuvo con ella como de ordinario. Solamente que hizo la visita de una hora, en lugar de media, con gran contentamiento de Fantina. Hizo mil súplicas á todo el mundo para que nada le faltase á la enferma. Pudo notarse que hubo un momento en que su semblante apareció sombrío. Pero esto se explicó al saber que el médico se le había acercado y dicho al oído:—Pierde muchísimo.
Volvió luego á la alcaldía, y el chico de la oficina le vió examinar un mapa, itinerario de Francia, colgado de la pared del gabinete, y luego escribir con lápiz algunos números en un papel.
II Perspicacia de maese Scaufflaire
De la alcaldía pasó al extremo de la población, á casa de un flamenco, maese Scaufflaer, afrancesándolo Scaufflaire, quien alquilaba caballos y «cabriolés á voluntad».
Para ir á casa de Scaufflaire, el camino más corto era el de tomar por una calle muy poco frecuentada, en el cual vivía el cura de la parroquia del señor Magdalena. El cura era, al decir de las gentes un hombre digno, respetable y sesudo. Al momento en que el señor Magdalena llegaba frente la casa del cura no había en la calle más que un transeunte, y este transeunte advirtió lo siguiente: El señor alcalde, después de haber pasado la casa, se paró de súbito; permaneció un momento parado; después volviendo sobre sus pasos, deshizo el camino, hasta la puerta de la vicaría, que era una puerta ordinaria, con llamador de hierro. Puso vivamente la mano en el picaporte, y lo levantó; después volvió á pararse nuevamente, quedando como dudoso y pensativo; y después de algunos segundos, en lugar de dejar caer bruscamente el llamador, bajólo suavemente, volviendo á emprender su camino con cierta prisa que no llevaba antes.
El señor Magdalena encontró á maese Scaufflaire, en casa, ocupado en recoser un arnés.
—Maese Scaufflaire,—preguntóle:—¿tenéis un buen caballo?
—Señor alcalde,—dijo el flamenco,—todos mis caballos son buenos. ¿Qué entendéis vos por un buen caballo?
—Entiendo por bueno, un caballo que pueda recorrer veinte leguas en un día.
—¡Diablo!—exclamó el flamenco,—¡veinte leguas!
—Sí.
—¿Arrastrando un cabriolé?
—Sí.
—Y ¿cuánto tiempo podrá descansar después de la jornada?
—Es preciso que pueda, en caso de necesidad, volver al día siguiente.
—¿Recorriendo la misma distancia?
—Sí.
—¡Diablo! ¡diablo! ¿Son veinte leguas?
El señor Magdalena sacó del bolsillo el papel en el que había escrito con lápiz algunos números, el cual manifestó al flamenco. Eran éstos: 5, 6, 8-1/2.
—Veis,—le dijo.—Total diez y nueve y media, que vale tanto como decir: veinte.
—Señor alcalde,—respondió el flamenco,—puedo serviros. Mi caballito blanco, debéis haberlo visto por fuerza pasar alguna vez, una jaca del bajo Boulogne. Lleno de fuego. En vano se le quiso hacer caballo de silla. ¡Á él con ésas! Derribaba á cuantos intentaban acercársele. Creyósele viciado, y cuando no sabían qué hacer de él, lo compré yo. Púsele al cabriolé. ¡Señor mío! ¡esto era lo que él quería! Es dócil como una niña, y corre más que el viento. Pero guárdese nadie de montarle, porque no quiere de ninguna manera ser caballo de silla. Cada cual tiene sus ambiciones. Tirar, sí llevar no; es preciso creer que éste es su lema.
—Pero, ¿hará el trayecto?
—Recorrerá al trote largo las veinte leguas en menos de ocho horas. Pero escuchad antes las condiciones.
—Decid.
—En primer lugar, dejaréis que descanse una hora á mitad del camino; le daréis de comer; cuidado de que alguien vigile mientras coma, evitando que el chico de la posada robe la avena; porque tengo observado, que en las posadas, suele ser la avena bebida con mayor frecuencia por los mozos de cuadra, que comida por los caballos.
—Se vigilará.
—En segundo lugar... ¿Es para el señor alcalde, el cabriolé?
—Sí.
—¿Sabe el señor alcalde guiar?...
—Sí.
—Está bien. ¿El señor alcalde viajará solo y sin equipaje, al objeto de no cargar demasiado el caballo?
—Convenido.
—Pero, señor alcalde, no yendo nadie con vos, tendréis que tomaros el trabajo de vigilar que no se le quite la avena.
—Por supuesto.
—Me abonaréis treinta francos por día, incluso los de descanso. Ni un ochavo menos, corriendo, naturalmente, de cuenta del señor alcalde, la manutención del caballo.
El señor Magdalena sacó de su bolsillo tres monedas de oro de veinte francos, y las dejó sobre la mesa.
—He aquí dos días adelantados.
—En cuarto lugar, por una carrera semejante, un cabriolé sería muy pesado y fatigaría al caballo. Será preciso, por lo tanto, que consienta el señor alcalde, en viajar en un pequeño tílburi que tengo.
—Consiento.
—Es muy ligero, pero está descubierto.
—Me es igual.
—¿Ha calculado el señor alcalde que estamos en invierno?
El señor Magdalena no contestó;—el flamenco repuso:
—¿Que hace mucho frío?
El señor Magdalena guardó silencio.
Maese Scaufflaire continuó:
—¿Que puede llover?
El señor Magdalena levantó la cabeza, y dijo:
—El tílburi y el caballo estarán á la puerta de mi casa mañana á las cuatro y media de la madrugada.
—Entendidos, señor alcalde,—dijo Scaufflaire. Después, rascando con la uña del pulgar una mancha que había en la mesa, repuso con aquel aire indiferente que los flamencos saben mezclar también á su finura:
—¿Sabéis en lo que estoy pensando? en que el señor alcalde no me ha dicho á dónde se dirige... Y... ¿á dónde va el señor alcalde?
No tenía él en la cabeza otra cosa desde el principio de la conversación, pero, sin saber por qué, no se había atrevido á hacer la pregunta.
—¿Tiene vuestro caballo buenas piernas delanteras?—dijo el señor Magdalena.
—Sí, señor alcalde. Le retendréis un poco en las pendientes. ¿Hay muchas en el camino que vais á recorrer?
—No olvidéis que debe estar á la puerta de mi casa á las cuatro y media de la madrugada precisamente,—respondió el señor Magdalena, y salió.
El flamenco se quedó hecho un bestia, según decía él de sí mismo después.
El señor alcalde había salido hacía cinco ó seis minutos, cuando volvió á abrirse la puerta; era el señor alcalde.
Su aire era como antes, impasible y preocupado.
—Maese Scaufflaire,—dijo,—en cuánto estimáis el caballo y el tílburi que vais á alquilarme, llevando el uno al otro.
—Tirando el uno del otro, señor alcalde,—dijo el flamenco soltando una carcajada.
—Sea. ¿Cuánto?
—¿Es que el señor alcalde me los quiere comprar?
—No, pero, os los quiero garantir á todo evento. Á mi vuelta me devolveréis la cantidad. ¿En cuánto estimáis el caballo y el tílburi?
—En quinientos francos, señor alcalde.
—Aquí están.
El señor Magdalena dejó sobre la mesa un billete de banco; luego salió, sin entrar ya de nuevo.
Maese Scaufflaire se arrepentía en alto grado de no haber dicho mil francos. Sin embargo, caballo y tílburi juntos no valían más que cien escudos.
El flamenco llamó á su mujer, y le explicó el caso. ¿Dónde diablos querrá ir el señor alcalde? Ambos tuvieron su consejo.—Irá á París,—dijo la mujer.—No lo creo,—contestó el marido.
El señor Magdalena se había dejado olvidado sobre la chimenea, el papel en el cual había escrito algunos números.
El flamenco tomó el papel, y empezó á calcular.—¡Cinco, seis, ocho y media! éstos serán los relevos de posta... Volvióse luego á su mujer.—He dado en ello,—dijo.—¿Cómo?—De aquí á Hesdin median cinco leguas, seis de Hesdin á Saint-Pol, ocho y media de Saint Pol á Arras. Va á Arras.
Entretanto, el señor Magdalena había vuelto á su casa. Para regresar de casa maese Scaufflaire, había tomado el camino más largo, como si la puerta de la vicaría fuése para él una tentación, que hubiese querido evitar. Había subido á su habitación, y se había encerrado en ella, lo cual no tenía nada de extraño, porque solía recogerse temprano. No obstante, la portera de la fábrica, que era al mismo tiempo la única criada del señor Magdalena, observó que su luz se había apagado á las ocho y media, lo cual participó ella al cajero, cuando entró, añadiendo:
—¿Está tal vez enfermo el señor alcalde? he advertido en su semblante algo de nuevo.
El cajero, habitaba un cuarto, situado precisamente debajo de el del señor Magdalena. Sin fijarse en las palabras de la portera, acostóse enseguida, y se durmió. Á eso de media noche, despertó bruscamente; había oído entre sueños un ruido extraño sobre su cabeza. Púsose á escuchar. Eran pasos que iban y venían, como si alguien se pasease en el cuarto de arriba. Fijó más su atención, y reconoció los pasos del señor Magdalena. Esto llamó su atención; generalmente no se oía en aquel cuarto el menor ruido antes de la hora en que acostumbraba á levantarse el alcalde. Un instante después, creyó oir el cajero algo parecido á un armario que se abre y vuelve á cerrarse. Luego como si arrastraran un mueble, y pasado un momento de silencio, volviéronse á oir los pasos nuevamente. El cajero, se sentó sobre la cama, despertando por completo; observa, mira, y al través de los cristales de la ventana, vió en la pared de enfrente, el reflejo rojizo de una ventana iluminada. Por la dirección de los rayos, no podía ser aquella otra ventana que la del cuarto del señor Magdalena. El reflejo oscilaba como si procediese antes de una llama que dé una luz. La sombra de las vidrieras no se advertía, lo cual indicaba que la ventana estaba abierta de par en par. Dado el frío que hacía, era sorprendente el que estuviese abierta la ventana. El cajero volvió á dormirse de nuevo. Una hora ó dos más tarde, despertó otra vez. Los mismos pasos, lentos y regulares, seguían yendo y viniendo sobre su cabeza.
El reflejo seguía dibujándose en la pared, pero era entonces pálido y tranquilo, como el de una lámpara ó bujía.
La ventana continuaba abierta.
Vamos á ver ahora lo que pasaba en el cuarto del señor Magdalena.
III Una tempestad bajo un cráneo
El lector ha, sin duda, adivinado que el señor Magdalena no era otro que Juan Valjean.
Hemos ya examinado otra vez las profundidades de aquella conciencia; ha llegado el momento de examinarlas de nuevo. No lo haremos sin emocionarnos y sin temblar. No existe nada más terrible que esta clase de consideraciones. Los ojos del espíritu no pueden encontrar en ninguna parte, más luz ni más tinieblas, que en las interioridades del hombre; ni pueden fijarse en cosa alguna que sea más formidable, más complicado, más misterioso y más infinito. Existe un espectáculo más grande que el del mar, el del cielo; pero hay otro más grande que el del cielo, es el del interior del alma.
Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no sea más que á propósito de un solo hombre, á propósito del más insignificante de los hombres, sería fundir todas las epopeyas en una sola epopeya, superior y definitiva.
La conciencia, es el caos de todas las quimeras, de todas las ambiciones, y de las tentaciones todas; el horno de todos los delirios, el antro de todas las ideas; es el pandemónium del sofisma, el campo de batalla de todas las pasiones. Penetrad á ciertas horas al través del lívido semblante de un ser humano que reflexiona, y mirad detrás, mirad en el interior de aquella alma, en el fondo de aquella obscuridad. Hay allí, bajo el silencio del exterior, combates de gigantes como los de Homero, luchas de hidras y dragones y nubes de fantasmas como en Milton, y espirales ilusorias como en Dante. Nada tan sombrío como el infinito que lleva todo hombre dentro de sí mismo, y al cual somete con desesperación, y á su pesar, las voluntades de su cerebro y las acciones de su vida.
Alighieri encontró un día cierta puerta siniestra ante la cual dudó. He aquí igualmente, otra ante nosotros, á cuyos umbrales dudamos también. Entremos sin embargo.
No tenemos gran cosa que añadir á lo que le pasó á Juan Valjean después de la aventura de Gervasillo. Desde aquel momento, como hemos visto, fué ya otro hombre. Lo que el obispo había querido hacer de él, esto fué. No fué aquello una transformación, sino una transfiguración.
Resolvió desaparecer, vendió la plata del obispo, no guardándose más que los candeleros como recuerdo; deslizándose de población en población, atravesó la Francia, llegó á M* sur M*, tuvo la idea que hemos dicho, realizó lo que hemos consignado, logró hacerse inasible é impenetrable; y establecido desde entonces en M* sur M*, satisfecho por sentir su conciencia entristecida por el pasado y la primera mitad de su existencia desmentida por la última, vivió pacífico, sereno y esperanzado,, no teniendo más que dos pensamientos: ocultar su nombre y santificar su vida, escaparse á los hombres y encontrar á Dios.
Estos dos pensamientos, se encontraban tan estrechamente unidos en su espíritu, que no formaban más que uno solo, siendo ambos por igual imperiosos y absorbentes, dominando sus acciones más insignificantes. Ordinariamente estaban de acuerdo para regular la conducta que debía seguir, ambos le llamaban hacia la obscuridad, haciéndole bueno y sencillo y aconsejándole lo mismo. Algunas veces había divergencia entre ellos. En este caso, veíase al hombre que toda la comarca de M* sur M* llamaba el señor Magdalena, no vacilaba un instante en sacrificar la primera idea á la segunda, ó sea, su obscuridad á su virtud. Así, á despecho de toda reserva y de toda prudencia, había conservado los candeleros del obispo, vestido luto, llamado é interrogado á cuantos saboyanos había visto pasar, tomado informes de su familia en Faverolles, y salvado la vida al viejo Fauchelevent, á pesar de las mortificantes insinuaciones de Javert. Parecíale, como hemos indicado ya, pensar, á semejanza de los sabios, santos y justos, que su primer deber no estaba en complacerse á sí mismo.
No obstante, es preciso decirlo, jamás le había pasado nada parecido á lo presente.
Nunca las dos ideas que imperaban en el hombre desgraciado, de cuyos sufrimientos estamos dando cuenta, habían sostenido una lucha tan seria. Comprendíalo él confusamente, pero á fondo, desde las primeras palabras pronunciadas por Javert, al entrar en su gabinete. En cuanto oyó pronunciar aquel nombre que había sepultado entre las sombras, quedó sobrecogido de estupor y como desvanecido por aquel inesperado y siniestro golpe de su destino, y al través de su admiración sintió el estremecimiento que precede á los grandes sacudimientos; doblóse como se dobla la encina al aproximarse el huracán, como el soldado al aproximarse al asalto. Sintiendo venir sobre su cabeza, sombras llenas de rayos y centellas. Al oir á Javert, lo primero que se le ocurrió fué correr á Arras, denunciarse, sacar de la cárcel á Champmathieu y sustituirle; este pensamiento era doloroso y punzante como una incisión en carne viva, pero pasada la primera impresión, se dijo: ¡Veamos! ¡veamos! Reprimió este primer impulso de su generosidad, y retrocedió ante el heroísmo.
Sin duda hubiera sido mejor que después de las santas palabras del obispo, después de tantos años de arrepentimiento y de abnegación, en medio de una penitencia admirablemente comenzada, aquel hombre, en presencia de tan terrible coyuntura, no hubiera dudado un instante y hubiera continuado andando al mismo paso hacia el precipicio abierto ante sus ojos y en cuyo fondo se encontraba el cielo; esto hubiera sido magnífico, tal vez, pero no fué así. Es preciso dar cuenta exacta de todo cuanto se acumulaba en aquella alma, diciendo lo que era y lo que en ella había. La primera victoria fué de momento para el espíritu de conservación; reunió sus ideas; ahogó sus emociones; pensó en la personalidad de Javert; su gran peligro; retardó toda resolución con la firmeza del espanto, aturdióse ante lo que venía obligado á realizar, recobrando luego su calma de igual manera que volvía al gladiador romano á recoger su escudo.
El resto del día siguió en el mismo estado, éste era un torbellino en el interior, la más perfecta calma exteriormente, no hizo otra cosa que tomar lo que podrían llamarse «medias conservadoras». Todo andaba aún confuso y chocándose en su cerebro; era tal su turbación, que no alcanzaba á ver clara la forma de una sola idea, y ni él mismo hubiera podido decir nada de sí mismo, sino que acababa de recibir un gran golpe.
Acercóse, según tenía ya por costumbre, al lecho del dolor de Fantina, prolongando la visita por instinto de bondad, diciéndose que debía obrar así, recomendándola mucho á las hermanas por si llegaba el caso de que tuviese de ausentarse. Presentía vagamente que tendría que ir tal vez á Arras; y sin estar de mucho decidido á hacer el viaje, decíase que estando, como estaba, al abrigo de toda sospecha, no podía haber inconveniente alguno en que fuése testigo de lo que pasase, y alquiló para ello el tílburi de Scaufflaire, al objeto de estar prevenido para lo que pudiere sobrevenir.
Comió con bastante apetito.
Volvió á su cuarto, y se concentró.
Examinó la situación; y la encontró inaudita, en grado tan superlativo, que en medio de sus delirios, por no sé qué impulsión de inexplicable ansiedad, levantóse de su asiento cerrando la puerta con llave. Y temiendo que aún pudiese entrar alguien, echó la aldaba, á fin de parapetarse lo posible.
Un momento después mató la luz. Le estorbaba.
Parecíale que aún podían verle.
¿Quién?
¡Ay! aquello á lo cual cerraba la puerta, había entrado ya; aquélla que él quería cegar, le estaba ya mirando: su conciencia.
Su conciencia, es decir, Dios.
No obstante, en el primer momento se hizo la ilusión de estar solo y seguro; bien cerrada la puerta, se creyó inaccesible; apagada la luz, juzgábase invisible. Entonces tomó él posesión de sí mismo; apoyó los codos sobre la mesa; dejó caer la cabeza entre sus manos, y empezó á meditar entre tinieblas.
¿Dónde estoy? ¿Es cierto que no estoy delirando? ¿Qué es lo que me han dicho? ¿Es verdad que he visto á Javert y que me ha dicho todo aquello? ¿Quién será ese Champmathieu? ¿Es verdad que se me parece? ¿Es esto posible? ¡Cuando pienso que ayer yo estaba tan tranquilo, bien ajeno de dudar de nada! ¿Qué es lo que hacía yo ayer á estas horas? ¿Qué es lo que se encierra en este incidente? ¿Cómo se desenredará? ¿Qué haré?
He aquí su tormento.
Su cerebro había perdido la fuerza necesaria á retener las ideas; éstas pasaban por él como las olas, á pesar de que procuraba detenerlas sujetando su frente con ambas manos.
De aquel tumulto que trastornaba su razón y su voluntad, y entre el cual buscaba una evidencia y una resolución, nada podía arrancar en definitiva más que angustias.
Su cabeza ardía. Acercóse á la ventana, y abrió sus hojas de par en par. No se veía una estrella en el cielo. Volvió á sentarse junto á la mesa.
Así se pasó la hora primera.
Poco á poco, no obstante, algunas líneas vagas empezaron á fijarse y á tomar cuerpo en su imaginación, y pudo entrever entonces con los rasgos de la realidad, no el conjunto de situación, pero sí algunos detalles. Empezaba á reconocer que por extraordinaria y crítica que fuése su situación, era, por completo, dueño de ella.
Su estupor no hizo, con semejante descubrimiento, más que acrecentarse.
Independientemente del objeto severo y religioso que se propusiera en sus acciones, todo lo que había hecho hasta aquel día, no había sido otra cosa que un hoyo para esconder su nombre. Lo que había temido siempre en sus horas de recogimiento en sí mismo, en sus noches de insomnio, era oir pronunciar su nombre; decíase que en este caso habría terminado todo para él; que el día en que su nombre reapareciese, se desvanecería en torno de sí su nueva vida, y, quién sabe si también con ella su nueva alma. Estremecíase á la sola idea de semejante posibilidad. Y si en tales momentos alguien le hubiese dicho que llegaría la hora en que su nombre resonaría en sus oídos, con la odiosa frase «Juan Valjean», saldría súbitamente de entre las sombras irguiéndose ante él, donde aquella luz formidable creada para disipar el misterio en que se envolvía resplandecería instantáneamente sobre su cabeza, y que aquel nombre no le amenazaría ya; que aquella luz no produciría sino más espesas tinieblas; que aquel velo rasgado aumentaría el misterio; que aquel temblor de tierra consolidaría su edificio, y que aquel prodigioso incidente no tendría otro resultado, si él así lo quería, que el hacer más despejada y más impenetrable su existencia, y que de su confrontación con el fantasma de Juan Valjean, el bueno y digno industrial Magdalena resultaría más honrado, más digno y más considerado que nunca;—si alguien le hubiese dicho esto, hubiera meneado la cabeza compadeciéndole y teniendo sus palabras por insensatas. ¡Pues bien! todo ello acababa de realizarse, toda aquella balumba de imposibles era un hecho, y ¡Dios había permitido que aquellas locuras se convirtiesen en realidades!
Su desvanecimiento continuaba despejándose. Íbase, paso á paso, dando cuenta de su verdadera situación.
Parecíale que acababa de despertar de un sueño extravagante, y que se encontraba deslizándose por una pendiente, en plena noche, de pie, temblando, retrocediendo en vano sobre el peligroso borde de un abismo. Divisaba perfectamente entre las sombras á un desconocido, un extraño á quien el destino tomaba por él y le empujaba al precipicio en su lugar. Era indispensable para cerrarse el precipicio, que alguien cayese en su fondo, él ó el otro.
No había sino dejar al tiempo.
Hízose por completo la luz, y conoció entonces:—Que su puesto estaba vacío en el presidio; que por más que hiciese cuanto quisiera, le seguiría aguardando; que el robo de Gervasillo le llamaba allí; que aquel vacío le estaría esperando y atrayendo hasta que fuése de una manera fatal é inevitable.—Además, decíase él:—Que en tal momento había quién le reemplazaba, que parecía ser un tal Champmathieu la víctima de semejante error, y que mientras le representase en presidio la persona de Champmathieu y siguiese en la sociedad bajo el nombre de señor Magdalena, nada tenía que temer si no impedía que los hombres sellaran sobre la cabeza de Champmathieu la piedra de infamia que, como la losa del sepulcro, cae una sola vez para no levantarse jamás.
Era todo esto tan violento y tan extraordinario, que produjo en él una de estas sacudidas indescriptibles que ningún hombre ha experimentado más de dos ó tres veces en toda su vida, especie de convulsión de la conciencia que remueve cuantas dudas encierra el corazón cuyo conjunto está formado por la ironía, el gozo y la desesperación, y que podría llamarse un estallido de risa interior.
Encendió de nuevo y precipitadamente la bujía.
—¿Y bien?—se preguntó—¿de qué me asusto? ¿Á qué pensar en esto? ¡estoy salvado! ¡todo ha concluido! No veía más que una sola puerta entreabierta, por la cual mi pasado pudiese penetrar en mi vida; esta puerta queda ahora tapiada, ¡para siempre jamás! Este Javert que viene acosándome hace tanto tiempo, ese temible instinto que parecía haberme adivinado, y ¡que me había adivinado en realidad! que me seguía á todas partes, este espantoso perro de caza, siempre de parada sobre mí, está ya derrotado, ocupado en otra parte y completamente despistado! ¡Está satisfecho, y ya me dejará tranquilo, puesto que tiene á su Juan Valjean! ¡Quién sabe también, y ello es lo más probable, si querrá alejarse de esta población! ¡Y todo esto se ha hecho sin mí! ¡No he intervenido para nada! ¡Y luego! ¿qué mal hay en ello? ¡Quiénes así me vieran, creerían que soy víctima de una catástrofe! Y, sobre todo, si resulta algún daño para alguien no es á buen seguro por culpa mía. Es la Providencia quien lo ha hecho todo. ¡Es que quiere que así sea indudablemente! ¿Tengo yo el derecho de estorbar lo que ella ordena? ¿Qué es lo que estoy pidiendo? ¿En qué voy á mezclarme? Esto no es de mi incumbencia. ¿Cómo no estoy contento? ¿Qué es lo que me falta entonces? El fin á que espiro hace tantos años, el sueño de mis noches, el objeto de mis oraciones, mi seguridad, ¡yo la espero! Dios lo quiere. Nada debo hacer contra la voluntad de Dios. ¿Y, por qué lo querrá Dios? Para que yo prosiga en lo comenzado, para que haga bien, para que sea yo un poderoso y vivo ejemplo, para que se diga, en fin, que ha habido su parte de ventura unida á esta penitencia que he sufrido, y en esta virtud á la que he vuelto. En verdad que no alcanzo á explicarme porqué he tenido miedo de entrar en casa de este buen cura y de explicárselo todo como á un confesor, pidiéndole consejo, cuando es evidente que me hubiera dicho lo mismo. ¡Estoy decidido á dejar que sigan las cosas su curso natural! ¡Dejemos que obre Dios!
Hablábase así, allá en las profundidades de su conciencia, inclinado hacia lo que pudiéramos llamar su propio abismo. Levantóse de su asiento y se puso á pasear la estancia. Vamos, dijo, no debo pensar más en ello. ¡Ya tengo hecha mi resolución! Pero no sintió, sin embargo, la menor alegría.
Al contrario.
Pretender que el pensamiento no vuelva á una idea, es como pretender que el mar no vuelva á la playa. Para el marinero se llama esto marea; para el culpable se llama remordimiento. Dios agita las almas como el océano.
Á los pocos instantes, por más que hizo, volvió nuevamente á su sombrío diálogo, del cual venía á ser orador y oyente á la vez, diciendo lo que hubiera querido callar, y oyendo lo que no hubiera querido saber; cediendo á aquel misterioso poder que le decía: «¡Piensa!», como había dicho él mismo, hace dos mil años, á otro condenado: «¡Anda!».
Antes de seguir adelante, y para ser plenamente comprendidos, insistimos en una observación muy necesaria.
Es cierto que se habla uno á sí mismo; no existe ningún ser pensador que no lo haya probado. Puede decirse igualmente que el Verbo nunca es más grande ni magnífico que cuando recorre el interior del hombre, desde el pensamiento á la conciencia, y que vuelve luego de la conciencia al pensamiento. En este sentido, solamente debieran entenderse las palabras empleadas frecuentemente en este capítulo, dijo, exclamó; decíase, hablábase, exclamaba en sí mismo, sin que el silencio exterior se rompiera. Hay grandes tumultos en que todo habla en nosotros menos la boca. Las realidades del alma, no por ser invisibles é impalpables, dejan de ser realidades.
Preguntábase, pues, en dónde estaba. Interrogábase acerca de su «resolución irrevocable». Confesóse á sí mismo que aquello que acababa de ordenar en su espíritu, era monstruoso, que «el dejar correr las cosas á la voluntad de Dios», era simplemente horroroso. Dejar que siguiese adelante aquel error del destino y de los hombres, sin detenerlo, contribuir á él con el silencio, no hacer nada en fin, ¡era hacerlo todo! era el último rebajamiento de la indignidad hipócrita! ¡Era un crimen bajo, cobarde, miserable, abyecto y repugnante!
Por la primera vez, después de ocho años, aquel hombre desventurado acababa de sentir el sabor amargo de un mal pensamiento y de una mala acción.
Y lo arrojó con asco.
Continuó interrogándose.
Y preguntóse severamente qué era lo que había entendido al dar «por conseguido su objeto».
Reconoció que, efectivamente, su vida tenía un objeto. ¿Pero cuál? ¿El de ocultar su nombre? ¿Engañar á la policía? ¿Y era por una cosa tan insignificante, por lo que había hecho cuanto había hecho? ¿No existía acaso otro objeto grande y verdadero? ¿Salvar, no su persona, sino su alma? Ser nuevamente honrado y bueno. ¡Ser un justo! ¿No era esto, por ventura, y esto sólo, lo que él únicamente había querido, lo que el obispo le había recomendado? ¿Cerrar la puerta á su pasado? ¡Pero no la cerraba de aquel modo, gran Dios! ¡no la cerraba! volvía á abrirla, con una acción infame. ¡Volvía á ser ladrón, y el más odioso de los ladrones! ¡robaba á otro su existencia, su vida, su paz, su parte de sol! Se convertía en asesino. ¡Mataba, mataba, moralmente á un miserable; le infería esa muerte espantosa de los vivos, esa muerte á cielo abierto, que se llama presidio!
Por el contrario, entregarse, salvar á aquel hombre víctima de tan funesto error, recobrar su nombre, aparecer otra vez por deber el presidiario Juan Valjean, eso era verdaderamente llevar á cabo su resurrección cerrando para siempre el infierno de que salía. ¡Caer aparentemente en él era en realidad salir de él! Y eso era lo que convenía hacer, y nada habría hecho no haciéndolo así. Toda su vida resultaba inútil, toda su penitencia perdida.
¡Pero qué! ¿Estaba dicho todo? No: sentía que el obispo estaba allí y que estaba tanto más presente cuanto que había muerto, y que le miraba fijamente, y que en lo sucesivo el alcalde Magdalena con todas sus virtudes le sería odioso, y que el presidiario Juan Valjean, sería á sus ojos admirable y puro.
Los hombres verían su máscara, pero el obispo veía su rostro; los hombres podrían ver su vida, pero el obispo veía su conciencia. Era preciso, pues, ir á Arras, libertar al falso Juan Valjean y denunciar al verdadero. ¡Ay! Ése era el mayor de los sacrificios, la más dolorosa de las victorias, el último paso que había que salvar; pero era preciso. ¡Destino cruel! ¡No poder entrar en la santidad á los ojos de Dios sin entrar en la infamia á los ojos de los hombres!
—¡Pues bien!—dijo.—¡Tomemos ese partido, hagamos nuestro deber! ¡Salvemos á ese hombre!
Pronunció estas palabras claramente, sin advertir que hablaba en alta voz.
Tomó sus libros, los comprobó y puso en orden. Arrojó al fuego un legajo de créditos de pequeños comerciantes atrasados.
Escribió una carta y la cerró, en cuyo sobre habría podido leer cualquiera que hubiese estado allí en aquel momento: Á Monsieur Laffite, banquero, calle de Artois. París. Sacó de un secreter una cartera que contenía algunos billetes de banco y el pasaporte de que se había servido aquel año para ir á las elecciones.
Quien le hubiera visto realizar todos aquellos actos en medio de tan grave meditación, no habría sospechado nada de lo que pasaba por él. Solamente á intervalos se movían sus labios; otras veces levantaba pausadamente la cabeza y fijaba su ávida mirada en un punto cualquiera de la pared, como si hubiera allí precisamente alguna cosa que quisiera aclarar ó interrogar.
Concluida la carta al banquero Laffite, metiósela en el bolsillo, lo mismo que la cartera, volviendo á pasear la estancia.
Su divagación no había variado. Continuaba viendo claramente su deber escrito en letras luminosas que resplandecían ante sus ojos y giraban con su mirada: ¡Anda! ¡di tu nombre! ¡denúnciate!
Veía igualmente, y como si se moviesen delante de él con formas sensibles, las dos ideas que hasta entonces habían sido la norma de su vida: ocultar su nombre, santificar su alma. Por primera vez se le aparecían absolutamente distintas, y comprendía la diferencia que las separaba. Reconocía que una de aquellas ideas era necesariamente buena, al paso que la otra podía llegar á ser mala; que aquélla era el sacrificio y ésta era la personalidad; que la una decía: el prójimo, y la otra decía: yo; que la una venía de la luz y procedía la otra de la noche.
Ambas se combatían. Él presenciaba ese combate. Á medida que él reflexionaba, ellas habían crecido á los ojos del espíritu y tenían ya estaturas colosales; parecíale verlas luchar dentro de sí mismo, dentro de ese infinito de que hablábamos antes, en medio de las tinieblas, diosa la una y gigante la otra.
Estaba lleno de espanto, pero le parecía que la buena salía triunfante.
Sentía que tocaba en el otro extremo decisivo de su conciencia y de su destino; que el obispo había marcado la primera fase de su vida nueva, y que aquel Champmathieu le marcaba la segunda. Después de la gran crisis, la gran prueba.
Entretanto, la fiebre, apaciguada por unos instantes, volvía á invadirle poco á poco. Mil pensamientos le asaltaban, pero fortificándole más en su resolución.
Díjose por un momento:—Que tomaba quizá el asunto con demasiado calor; que después de todo, aquel Champmathieu, no era tan interesante, pues al fin y al cabo, había robado.
Y se respondió: Si este hombre, en efecto, ha robado algunas manzanas, tiene un mes de prisión. Está, pues, muy lejos de presidio. Pero ¿quién sabe si en efecto ha robado? ¿Está probado por ventura? El nombre de Juan Valjean le abruma, y parece eximirle de pruebas. ¿Los procuradores del rey no obran habitualmente así? Le creen ladrón, porque saben que ha sido presidiario.
En otro instante se le ocurrió la idea de que cuando se hubiese denunciado á sí mismo, acaso tendrían en cuenta el heroísmo de su acción y su vida honrada durante siete años, y cuanto había hecho en favor del país, y que le harían gracia.
Pero esta suposición se desvaneció muy pronto, y sonrió amargamente al pensar que el robo de los dos francos á Gervasillo le hacía reincidente; que aquel crimen reaparecería de seguro, y que, según los términos precisos de la ley, incurría en la pena de cadena perpetua.
Prescindiendo de toda ilusión, iba alejándose más y más de la tierra, buscando consuelos y fuerzas en otra parte. Díjose que era indispensable cumplir con su deber; que tal vez no sería tan desgraciado después de haberlo cumplido, como lo sería eludiéndolo; que de dejar correr los sucesos, y quedándose en M* sur M*, su consideración, su nombradía, sus buenas obras, la deferencia, la veneración, su caridad, su riqueza, su popularidad y su virtud estarían impregnadas de un crimen, y ¿qué sabor habían de tener aquellas cosas santas unidas á una cosa tan indigna? Mientras que si llevaba á cabo su sacrificio, con el presidio, el potro, la cadena, el gorro verde, el trabajo sin descanso, y la vergüenza sin compasión, se mezclaría siempre una idea celestial.
En fin, díjose que era una necesidad, que su destino así lo exigía, que él no era dueño de desarreglar los arreglos de lo alto; que en todo caso, había que escoger: ó la virtud por fuera y la abominación por dentro, ó la santidad dentro y la infamia fuera.
Al remover tantas ideas lúgubres, no desfallecía su ánimo, pero se fatigaba su cerebro. Y comenzaba á pensar mal de su grado, en otras cosas; cosas indiferentes.
Las arterias de sus sienes latían fuertemente. Continuaba yendo y viniendo arriba y abajo. Dieron luego las doce en el reloj de la parroquia, y después en el del ayuntamiento. Contó las doce campanadas en ambos relojes, y comparó el sonido de las campanas. Recordó con este motivo, que no hacía muchos días había visto en un almacén de hierro viejo, una campana antigua para vender, en la que había grabado este nombre: Antonio Albin de Romainville.
Tuvo frío. Encendió un poco de fuego, sin acordarse de cerrar la ventana.
Sin embargo, volvió á caer en su estupor, y fuele preciso hacer un gran esfuerzo para recordar en qué estaba pensando antes de dar las doce. Recordóle por fin.
—¡Ah! Sí,—exclamó;—había tomado la resolución de denunciarme.
Y súbitamente recordó á Fantina.
—¡Es verdad!—exclamó.—¡Y esa pobre mujer!
Aquí se reveló una nueva crisis.
Fantina, aparecióndosele bruscamente en su delirio, fué lo que un rayo de luz inesperado. Parecióle que todo cambiaba de aspecto en torno suyo, y exclamó:
—¡Ah! ¡Sí! ¡Pero hasta ahora yo no he pensado más que en mí! ¡No he atendido más que á mi conveniencia particular! Si me conviene callar ó denunciarme,—ocultar mi persona ó salvar mi alma,—ser un magistrado despreciable y respetado, ó un presidiario infame y venerable,—es decir yo, nadie más que yo, y siempre yo. ¡Pero, Dios mío, todo ello no es más que egoísmo! Puede ser en diferentes formas, pero es siempre egoísmo. ¡Si yo pensase algo en los demás! La primera santidad es pensar en el prójimo. ¡Veamos, examinemos!
Exceptuado yo, borrado yo, olvidado yo, ¿qué sucederá? Si yo me denuncio, me prenden y sueltan á ese Champmathieu, se me vuelve á presidio, ¿y después? ¿Qué va á pasar aquí? ¡Ah! ¡Aquí hay un país, un pueblo, fábricas, una industria, obreros, hombres, mujeres, ancianos, abuelos, niños y desgraciados! Yo he creado todo esto, yo he hecho vivir todo esto; donde hay una chimenea que arroja humo, yo soy quien he puesto el tizón en la lumbre y la carne en el puchero; yo he creado la comodidad, la circulación, el crédito; antes de yo venir, no había nada; yo he despertado, vivificado, animado, fecundado, estimulado, enriquecido toda la comarca; faltando yo, faltaría el alma. Desapareciendo, todo muere.
¡Y esa mujer que ha sufrido tanto, que tantos merecimientos encierra en su caída, cuya desgracia causé yo sin querer! ¡Y esa criatura que quería yo ir á buscar, y que se lo he prometido á la madre! ¿No le debo yo por ventura algo también á esa mujer, en reparación del mal que le he causado? Si yo desaparezco, ¿qué sucederá? Muerta la madre, quedará la niña á la aventura. He aquí lo que sucederá si me denuncio.
¿Y si no me denuncio?
Veamos lo que puede suceder.
Luego de sentada esta cuestión, detúvose, y después de un momento de vacilación temblorosa, que duró muy poco, respondióse con calma:
—Y bien; este hombre va á presidio, es cierto; pero ¡qué diablos! ha robado. Por más que yo pueda imaginarme que no es ladrón, ¡ello es que ha robado! Me quedo aquí decididamente. En diez años habré ganado diez millones; los distribuyo en el país, no me guardo nada; ¿para qué lo quiero? ¡No es por mí por quien hago lo que hago! La prosperidad de todos va creciendo; las industrias se despiertan y emulan; las manufacturas y las industrias se multiplican; las familias, ¡cien familias, mil familias! son felices; la comarca se puebla; nacen poblaciones donde había granjas; nacen granjas donde no había nada; desaparece la miseria, y con la miseria desaparece el libertinaje, la prostitución, el robo, el asesinato, todos los vicios y todos los crímenes. Esa pobre madre cría á su hija; ¡y he aquí toda una comarca rica y honrada! ¡Oh! ¡sí! Yo estaba loco, yo soñaba en un absurdo al tratar de denunciarme. Es preciso reflexionar y no precipitarse. ¡Pues qué! Por habérseme ocurrido el hacer el grande y el generoso... ¡Sensiblerías melodramáticas al fin y al cabo! Porque yo haya pensado en mí sólo para salvar de un castigo, quizá algo exagerado, pero justo en el fondo, no se á quién, á un ladrón, á un pícaro evidentemente, ¡ha de perecer todo un país! ¡ha de morir esa pobre mujer en el hospital! ¡ha de quedar una criaturita abandonada en medio del camino! ¡Como perros! ¡Ah! ¡Esto es abominable! ¡Sin que la madre haya vuelto á ver á su hija, ni la hija haya casi conocido á su madre! ¡Y todo ello por ese pícaro viejo, ladrón de manzanas, que de seguro hubiera merecido ir á presidio por otra cosa, si no por ésa! ¡Lindos escrúpulos que salvan á un culpable y sacrifican á muchos inocentes, que salvan á un viejo vagabundo, que al fin y al cabo apenas tiene algunos años de vida, y que no será más desgraciado en presidio que en su miseria; escrúpulos que sacrifican á toda una población, madres, mujeres, niños! ¡Aquella pobre Cosette que no tiene más que á mí en el mundo, y que sin duda se halla en este momento tiritando de frío en el tabuco de los Thénardier! ¡He ahí otros nuevos canallas!
¡Y yo faltaría á mi deber en perjuicio de todos esos pobres seres! ¡Y yo iría á denunciarme! ¡Á cometer la más solemne tontería! Veámoslo por la parte peor. Supongamos que al obrar así cometo una mala acción, y que mi conciencia me lo reprocha algún día; aceptar en bien de otro, esos reproches que recaen sobre mí únicamente, esa mala acción que sólo á mi alma compromete, ése sí es sacrificio, ésa sí es virtud.
Levantóse y volvió á pasear. Esta vez le parecía estar satisfecho.
Así como los diamantes no se encuentran sino en las tinieblas de la tierra, no se encuentran las verdades sino en las profundidades del pensamiento. Parecíale que después de haber descendido á semejantes profundidades, después de haber andado á tientas por largo tiempo en lo más negro de aquellas tinieblas, acababa por fin de encontrar uno de aquellos diamantes, una de aquellas verdades, la cual tenía en su mano y le estaba deslumbrando al contemplarla.
—Sí, pensó él entonces. Esto es lo cierto. He dado con la verdad, tengo la solución. Hay que decidirse, y ya estoy decidido. ¡Dejemos hacer! No vacilemos, no retrocedamos, que tal es el interés de todos, aunque no el mío. Yo soy Magdalena, y Magdalena sigo siendo. ¡Desgraciado del que sea Juan Valjean! Yo no lo soy. No conozco á ese hombre, ni sé quien sea: y si existe al presente algún Juan Valjean, ¡que se arregle! Á mí no me importa. Es un nombre de fatalidad que flota en la noche; si se para y cae sobre alguna cabeza, ¡tanto peor para ella!
Miróse al espejo colocado encima de la chimenea, y dijo:
—¡Ah! Me alegro de haber tomado una resolución. Ya soy otro.
Dió todavía algunos pasos y parándose de repente dijo:
—¡Vamos! No debo vacilar ante ninguna de las consecuencias de la resolución tomada. Aún hay algunos hilos que me atan á ese Juan Valjean. Es preciso romperlos. En ese mismo cuarto hay objetos que me acusarían, testigos mudos; es preciso que desaparezcan.
Metió la mano en la faltriquera, sacó un bolsillo, le abrió, y tomó de él una llavecita.
Introdujo esta llave en una cerradura, cuyo agujero se veía apenas, disimulado entre los dibujos más oscuros del papel qué tapizaba las paredes. Abrióse un escondrijo, una especie de armarito practicado entre el ángulo de la pared y la cubierta de la chimenea. No había en aquel escondrijo más que harapos: una blusa de tela azul, un pantalón viejo, un morral viejo, y un garrote de espino con doble contera en sus extremos.
Los que hubiesen visto á Juan Valjean en la época en que pasó por D***, octubre de 1815, habrían conocido fácilmente todas las piezas de aquel miserable arreo.
Habíalas conservado él, como había conservado los candeleros de plata, para recordar siempre su punto de partida; solamente que ocultaba lo que procedía del presidio, y dejaba á la vista los candeleros que venían del obispo.
Dirigió una mirada furtiva á la puerta; como temeroso de que se abriera á pesar del cerrojo que la guardaba, y luego, con un movimiento rápido y brusco, de una sola brazada, sin dar siquiera una mirada á aquellos objetos por tantos años tan religiosa y peligrosamente guardados, lo cogió todo, andrajos, palo y morral, arrojándolo al fuego.
Volvió á cerrar el escondrijo, y redoblando sus precauciones, inútiles ya, puesto que estaba vacío, ocultó la puerta con un mueble, que colocó delante.
Después de algunos segundos, el aposento y la pared de enfrente se iluminaron con un gran resplandor rojizo y tembloroso. Todo ardía, el garrote chisporroteaba y despedía centellas hasta en medio del cuarto.
Al consumirse el morral con los inmundos harapos que contenía, había quedado al descubierto una cosa que brillaba entre la ceniza. Acercándose á ver, fácilmente se habría distinguido que era una moneda de plata; sin duda la pieza de cuarenta sueldos robada al niño saboyano.
Pero él no miraba al fuego, y continuaba yendo y viniendo al mismo paso.
De repente, fijáronse sus ojos en los dos candeleros de plata, que con el reflejo de la llama brillaban vagamente sobre la chimenea.
—¡Ah!—exclamó.—Todo el Juan Valjean está aquí todavía. Es preciso destruir eso aún.
Y cogió ambos candeleros.
Había aún bastante lumbre para desfigurarlos fácilmente y hacer una especie de lingote sin forma.
Inclinóse un poco sobre el hogar y se calentó un instante; esto le produjo un verdadero consuelo. ¡Ah! ¡Qué calor tan agradable! dijo.
Removió las brasas con uno de los candeleros.
Un minuto más, y estaban ya en el fuego.
En aquel instante le pareció oir una voz que gritaba en su interior: ¡Juan Valjean! ¡Juan Valjean!
Erizáronse sus cabellos, y se quedó como un hombre que escucha algo terrible.
—¡Sí, eso es, acaba! decía la voz. ¡Completa tu obra! ¡Destruye esos candeleros! ¡Aniquila ese recuerdo! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo todo! Pierde á Champmathieu. ¡Está bien! ¡Alégrate! «¡Conque es cosa convenida; está resuelto! ¡No hay más que decir! ¡ahí queda un hombre, un anciano que no sabe lo que se le quiere, que nada ha hecho, un inocente, tal vez, cuya desgracia es tu nombre, tu nombre que pesa sobre él como un crimen, que va á ser confundido contigo, que va á ser condenado, que va á concluir sus días en la abyección y el horror! ¡está bien! Y tú, hombre honrado. Sigue siendo el señor alcalde, honorable y venerado, enriquece á la población, alimenta á los necesitados, educa á los huérfanos, vive feliz, virtuoso y admirado, y durante todo ese tiempo, mientras tú estés aquí en la alegría y en la luz, habrá otro que lleve tu chaqueta roja, que lleve tu nombre ignominioso y que arrastre tu cadena en presidio. ¡Sí, todo estará así muy bien! ¡Oh! ¡Miserable!
El sudor inundaba su frente. Fijaba sobre los candeleros una mirada huraña. Sin embargo, lo que hablaba en él no había aún terminado. La voz continuó:
—¡Juan Valjean! Habrá en derredor tuyo muchas voces que harán gran ruido, que hablarán muy alto, y que te bendecirán y una sola que nadie oirá, y que te maldecirá en las tinieblas. ¡Pues bien! ¡Oye, infame! ¡Todas aquellas bendiciones caerán antes de llegar al cielo, y únicamente la maldición será la que suba hasta Dios!
Aquella voz, débil al principio, y que se había elevado desde lo más oscuro de su conciencia, había llegado á ser gradualmente ruidosa y formidable, y él la oía entonces perfectamente junto á sí. Parecíale que había salido de él, y que á la sazón le estaba hablando desde fuera.
Creyó entender las últimas palabras tan claramente, que miró dentro del cuarto con cierto terror.
—¿Hay aquí alguien?—preguntó en voz alta y todo azorado.
Después añadió con una risa que parecía la de un idiota:
—¡Qué torpe soy! ¡Si no puede haber nadie!
Alguien había en efecto; pero el que allí estaba no era de los que pueda ver el ojo humano.
Dejó los candeleros sobre la chimenea.
Y volvió á su paseo monótono y lúgubre que, al par que turbaba su sueño, despertaba sobresaltado al hombre dormido en el aposento inferior.
Aquel andar le aliviaba y aturdía al mismo tiempo. Á veces parece que en las ocasiones supremas se mueve uno para pedir consejo á todo lo que pueda encontrarse variando de lugar. Al cabo de algunos instantes no sabía dónde se encontraba.
Retrocedía á un tiempo con igual espanto ante las dos resoluciones que había tomado alternativamente. Las dos ideas que le aconsejaban parecíanle tan funestas la una como la otra.
¡Qué fatalidad! ¡qué encuentro el de aquel Champmathieu confundido con él! ¡Verse precipitado justamente por el medio que parecía haber escogido la Providencia para tranquilizarle!
Hubo un momento en que pensó en el porvenir. ¡Denunciarse, gran Dios! ¡Entregarse! Comparó con inmensa desesperación todo lo que sería menester abandonar, y todo lo que sería menester volver á tomar. Era preciso dar un adiós á aquella existencia tan buena, tan pura, tan radiante, de aquel respeto de todos, de la honra, de la libertad! ¡Ya no iría más á pasear el campo, ya no oiría más el canto de los pájaros en el mes de mayo, ya no daría limosna á los pequeñuelos! ¡Ya no sentiría la dulzura de las miradas de agradecimiento y cariño fijas en él! ¡Dejaría aquella casa edificada por él, aquel pequeño cuarto que habitaba! Todo se le presentaba bello en aquel momento.
¡Ya no leería más en aquellos libros, ya no escribiría más en aquella mesita de madera blanca! Su anciana portera, la única sirviente que tenía, ¡ya no le subiría el café por las mañanas! ¡Gran Dios! En vez de todo eso, el presidio, la argolla, la chaqueta roja, la cadena al pie, la fatiga, el calabozo, el cepo, todos aquellos horrores conocidos! ¡Á su edad, después de haber sido lo que era! ¡Si hubiese sido joven! ¡Pero viejo, y ser tuteado por el primer venido, ser registrado por el guardachusma, ser apaleado por el cabo de vara! ¡Llevar los pies desnudos en zapatos herrados! ¡Tender y someter su pierna mañana y tarde al martillo de la ronda que examina los grilletes. ¡Sufrir la curiosidad de los extraños á quienes se diría: Ése es el famoso Juan Valjean, que ha sido alcalde en M* sur M*! ¡Y por la noche, sudoroso y abrumado por el cansancio, con el gorro verde sobre los ojos subir de dos en dos, bajo el látigo del capataz, la escala del pontón flotante! ¡Oh! ¡Qué miseria! ¿Puede pues el destino ser malo como un ser inteligente y volverse monstruoso como el corazón humano?
Y por más que hacía, volvía siempre á caer en el doloroso dilema que constituía el fondo de su delirio: ¡Permanecer en el paraíso, y convertirse en demonio! ¡Entrar de nuevo en el infierno, y trocarse en ángel!
¡Qué hacer, gran Dios! ¡Qué hacer!
La tormenta de que creía haberse librado con tanto trabajo, volvía á desencadenarse en él. Sus ideas comenzaron otra vez á mezclarse, tomando cierto carácter estúpido y maquinal propio de la desesperación. El nombre de Romainville se le presentaba sin cesar á la imaginación junto con dos versos de una canción que había oído en otro tiempo. Recordaba que Romainville era un bosquecillo junto á París, á donde van los jóvenes enamorados á coger lilas en abril.
Vacilaba exterior como interiormente, caminando con la vacilación del niño que comienza á andar solo.
Había momentos en que, luchando contra su cansancio, esforzábase para alcanzar su inteligencia. Trataba de plantear por última vez y definitivamente, el problema ante el cual había caído en cierto modo rendido de fatiga. ¿Debía denunciarse? ¿debía callar? No conseguía sacar nada en limpio. Los vagos contornos de todas las razones dibujadas por su delirio temblaban y se disipaban unos después de otros como el humo. Sentía únicamente que cualquiera que fuése el partido que tomara, por necesidad, y sin poderlo remediar, encerraba algo que debía morir dentro de él, que entraba en un sepulcro, así fuése por la derecha, como por la izquierda; siempre era indispensable una agonía, la agonía de su felicidad, ó la agonía de su virtud.
¡Ay! Todas aquellas irresoluciones habían vuelto á apoderarse de él. No había adelantado nada desde el principio.
Así venía luchando en medio de la mayor angustia aquella alma desgraciada. Mil ochocientos años antes también, el ser misterioso en quien se resumen todas las santidades y todos los sufrimientos de la humanidad, mientras los olivos se agitaban impulsados por el viento cruel del infinito, rechazó con la mano un buen espacio el espantoso cáliz que se le aparecía derramando sombras y esparciendo tinieblas por entre las profundidades llenas de estrellas.
IV Formas que toma el sufrimiento durante el sueño
Las tres de la madrugada acababan de dar, y hacía ya cinco horas que paseaba por su cuarto casi sin interrupción, cuando se dejó caer en una silla.
Y así durmió y soñó.
Aquel sueño, como la mayor parte de los sueños, no se relacionaba con la situación, sino por algo inexplicable, funesto y doloroso, que le produjo grande impresión. Aquella pesadilla le hirió tan vivamente, que la escribió después. Éste es uno de los papeles que dejó escritos de su puño, y que creemos deber transcribir textualmente.
Fuése lo que fuere aquel sueño, quedaría incompleta la historia de aquella noche, si lo omitiésemos. Es la aventura sombría de un alma enferma.
Hele aquí. En el sobre había escrito este renglón: El sueño que tuve aquella noche.
«Estaba en el campo, en un gran campo triste, escueto, sin hierba. No me parecía que fuése ni de día, ni de noche.
«Paseábame con mi hermano, el hermano de mi infancia, en el cual, debo decir, que no pienso nunca, y á quien casi no recuerdo ya.
«Hablábamos y encontrábamos transeuntes; nos referíamos á una vecina que tuvimos en otro tiempo, la cual, cuando se mudó á una habitación que daba á la calle, trabajaba siempre con la ventana abierta. Y sentíamos frío á causa de estar abierta aquella ventana.
«No había árboles en el campo.
«Vimos un hombre pasar junto á nosotros. Era un hombre desnudo, de color de ceniza, montado en un caballo color de tierra. El hombre no tenía cabellos; veíasele el cráneo y las venas sobre el cráneo. Llevaba en la mano una varita flexible como un sarmiento y pesada como el hierro. Pasó el jinete sin decirnos nada.
«Mi hermano me dijo:
«—Tomemos el camino hondo.
«Había efectivamente un camino hondo, donde no se veía un matorral ni una brizna de hierba. Todo era de color de tierra, incluso el cielo. Andados algunos pasos, advertí que no me respondían cuando hablaba. Volví la cabeza, y vi que mi hermano no estaba ya á mi lado.
«Entré en un pueblecillo que encontré al paso. Supuse que era Romainville (¿por qué Romainville?)[5].
«La primera calle por donde entré estaba desierta. Entré luego en otra. Detrás del ángulo que formaban las dos calles, había un hombre de pie, junto á la pared. Díjele á este hombre:—¿Qué país es éste? ¿Dónde estoy? El hombre no respondió.
«Vi la puerta de una casa abierta y entré.
«La primera habitación estaba desierta. Entré en la segunda. Detrás de la puerta de la estancia había un hombre de pie junto á la pared. Pregunté á este hombre:—¿De quién es esta casa? ¿Dónde estoy? El hombre no respondió tampoco.
«La casa tenía un jardín. Salí de la casa y entré en el jardín. El jardín estaba desierto. Detrás del primer árbol vi á un hombre de pie. Díjele á este hombre:—¿Qué jardín es éste? ¿Dónde estoy?
«El hombre tampoco respondió.
«Vagué por la población, advertí que era una ciudad. Todas las calles estaban desiertas, todas las puertas abiertas. No pasaba un ser viviente por sus calles, ni se encontraba en sus moradas, ni paseaba sus jardines. Pero había detrás de cada esquina, detrás de cada puerta, detrás de cada árbol, un hombre en pie que estaba en silencio. Y no se veía nunca más que uno solo. Aquellos hombres me miraban pasar.
«Salí del pueblo y eché á andar por el campo.
«Poco después, volví la cabeza, y vi una multitud que venía siguiéndome. Reconocí á todos los que había visto en el pueblo. Tenían cabezas extrañas. Parecían no andar aprisa, y sin embargo caminaban más que yo. No hacían ruido alguno al andar. En un instante aquella multitud me alcanzó y rodeó. Los rostros de aquellos hombres eran de color de tierra.
«Entonces el primero, á quien yo había visto é interrogado al entrar en el pueblo, me preguntó:—¿Á dónde vais? ¿No sabéis por ventura que hace ya mucho tiempo que estáis muerto?
«Abrí la boca para responder, y advertí que no había ya nadie junto á mí».
Despertóse. Estaba helado.
Un viento, frío como viento de la mañana, hacía girar en sus goznes las hojas de la venta abierta.
El fuego se había extinguido. La bujía tocaba á su fin. La noche era obscura todavía.
Levantóse y asomó á la ventana. No se veían estrellas en el cielo.
Desde la ventana descubríase el patio de la casa y la calle. Un ruido seco y duro, que resonó de pronto sobre el suelo, le hizo bajar los ojos.
Vió debajo de él dos estrellas rojas, cuyos rayos se prolongaban y recogían caprichosamente en la sombra.
Como su pensamiento estaba medio sumergido todavía en la bruma de los sueños, exclamó:
—¡Calle!—y pensó.—¡No las hay en el cielo, pero sí en la tierra!
Disipóse, sin embargo, aquella turbación; un ruido semejante al primero acabó de despertarle; miró, y conoció que aquellas dos estrellas eran los faroles de un coche. Por la claridad que estos faroles despedían, pudo distinguir la forma del carruaje. Era un tílburi con un caballo blanco. El ruido que acababa de oir eran las patadas del caballo sobre el suelo.
—¿Qué carruaje es ése?—se preguntó.—¿Quién puede venir tan de mañana?
En aquel momento llamaron por lo bajo á la puerta de su cuarto.
Tembló de pies á cabeza, y exclamó en voz terrible:
—¿Quién llama?
Alguien dijo:
—Yo, señor alcalde.
Reconoció la voz de la vieja portera.
—¡Y bien! ¿Qué ocurre?
—Señor alcalde, van á dar las cinco.
—¿Y qué me importa?
—Señor alcalde, está ahí el cabriolé.
—¿Qué cabriolé?
—El tílburi.
—¿Qué tílburi?
—¿No ha encargado el señor alcalde un tílburi?
—No,—dijo él.
—El cochero dice que es para el señor alcalde.
—¿Qué cochero?
—El cochero de maese Scaufflaire.
—¿Maese Scaufflaire?
Este nombre le hizo estremecer, como si un relámpago hubiera cruzado ante sus ojos.
—¡Ah! sí,—repuso.—¡Maese Scaufflaire!
Si la vieja le hubiese podido ver en aquel instante, hubiera quedado espantada.
Siguió un prolongado silencio. Examinaba con aire estúpido la llama de la bujía, entreteniéndose en coger la cera hirviente alrededor del pábilo, arrollándola con sus dedos. La vieja esperó. Después, aventurándose á levantar aún la voz:
—Señor alcalde, ¿qué debo contestar?
—Que está bien; que bajo.
V Los rayos de las ruedas
El servicio de postas de Arras á M* sur M* se hacía todavía en aquella época en pequeñas malas del tiempo del imperio. Estas malas eran unos cabriolés de dos ruedas, forrados de cuero leonado por dentro, suspendidos por muelles, sin más que dos asientos, uno para el conductor y otro para un viajero. Las ruedas estaban armadas de esos prolongados cubos ofensivos que obligan á los demás carruajes á mantenerse á distancia, y de los que se ven todavía algunos en los caminos de Alemania. La mala de la correspondencia, inmensa caja oblonga, estaba colocada detrás del cabriolé, formando parte de él. Este cajón estaba pintado de negro y el resto del carruaje de amarillo.
Dichos carruajes, á los que en nada se parecen los de hoy en día, presentaban cierto aspecto deforme y jorobado, de manera que cuando se los veía pasar á lo lejos, y como arrastrándose por alguna carretera en el horizonte, podían compararse á esos insectos, que creemos se llaman «termitas», que con un cuerpo muy pequeño arrastran un gran bulto. Caminaban no obstante, con gran velocidad.
La mala, que salía de Arras todas las noches á la una, después de pasar el correo de París, llegaba á M* sur M* poco antes de las cinco de la madrugada.
Aquella noche la mala que bajaba á M* sur M* por la carretera de Hesdin, golpea, al doblar una calle, en el momento en que entraba en la población, un tílburi pequeño tirado por un caballo blanco, que venía en sentido inverso, en el cual sólo iba una persona, un hombre envuelto en su capote. La rueda del tílburi recibió un golpe bastante fuerte. El conductor gritó á aquel hombre que se parara; pero el viajero no le hizo caso, y continuó su camino al trote largo.
—He aquí un hombre endiabladamente apresurado,—dijo el conductor.
El hombre que así corría era el mismo á quien acabamos de ver luchar interiormente entre convulsiones dignas de lástima.
¿Á dónde iba? No hubiera podido decirlo.
¿Por qué se daba tanta prisa? No lo sabía. Caminaba el azar delante de él. ¿Á dónde? Á Arras sin duda; pero quizá iba también á otra parte. Iba conociéndolo por momentos, y se estremecía. Engolfábase en aquella noche como un remolino de tinieblas. Un algo le empujaba, otro algo le atraía.
Lo que por él pasaba nadie hubiera podido decirlo, pero todo el mundo puede comprenderlo. ¿Qué hombre no ha entrada alguna vez en su vida en la obscura caverna de lo desconocido?
Por lo demás, no había él resuelto nada, nada decidido, nada determinado, nada hecho. Ninguno de los actos de su conciencia había sido definitivo. Se hallaba, más que nunca, como en el primer momento.
¿Por qué, pues, iba á Arras?
Repetíase lo que ya se había dicho al tomar el cabriolé de Scaufflaire:—que cualquiera que debiese ser el resultado, no había de haber inconveniente en ver con sus ojos, en juzgar por sí mismo;—que era ello prudente, pues le convenía saber lo que pasare.—Que no podía decidirse, sin haber observado y escudriñado;—que de lejos todos los objetos se nos hacen montañas, y por último, que después de haber visto al tal Champmatieu, quien sería indudablemente algún miserable, su conciencia quedaría probablemente muy tranquila dejándole ir á presidio en lugar suyo;—que en verdad, allí estarían Javert y los antiguos presidiarios, Brevet, Chenildieu y Cochepaille que le habían conocido, pero de seguro ya no le reconocerían. Que Javert estaba ya fuera de toda sospecha.
Que las conjeturas y las suposiciones se fijaban solamente en aquel Champmatieu, y no hay nada más tenaz que las suposiciones y las conjeturas;—y que no había, por lo tanto, peligro alguno.
Que sin duda era aquél un momento tenebroso, pero que saldría de él; que, después de todo era dueño de su destino, por malo que fuése.
Y que, como dueño, podía disponer de él á su antojo.
Aferrábase á este pensamiento.
Pero en el fondo si hemos de ser sinceros, hubiera preferido no ir á Arras.
Y sin embargo, iba.
Así pensando, arreaba al caballo que corría con ese trote regular y sentado que hace dos leguas y media por hora.
Á medida que el cabriolé avanzaba, sentía en su interior algo que retrocedía.
Al rayar el día estaba en campo raso; la población de M* sur M* se hallaba á larga distancia detrás de él. Miró blanquear el horizonte; miró sin ver, cómo pasaban delante de sus ojos todas las frías figuras de una aurora de invierno.
El alba tiene sus espectros como el crepúsculo, mas él no los veía; pero sin saberlo, y como por una especie de penetración casi física, las negras siluetas de árboles y colinas acrecentaban el estado violento de su alma con algo aún más negro y más siniestro.
Cada vez que pasaba por delante de alguna de aquellas casas aisladas que á veces se encuentran junto al camino, se decía:—¡Y aquí hay gentes que duermen!
El trote del caballo, los cascabeles del arnés, las ruedas sobre la carretera, producían un ruido suave y monótono. Esas cosas resultan agradables cuando uno está alegre, y lúgubres cuando triste.
Era muy entrada la mañana cuando llegó á Hesdin. Paróse delante de un mesón, para dejar rehacer el caballo y darle pienso.
El caballo era, como había dicho Scaufflaire, de esa raza pequeña del Bolonesado, de gran cabeza, gran vientre y poco cuello, pero de pecho abierto, ancha grupa, piernas descarnadas y finas, y pie seguro; raza fea, pero robusta y sana. El excelente bruto había andado cinco leguas en dos horas, y no tenía encima una sola gota de sudor.
Él no había bajado del tílburi. El mozo de cuadra, que traía la avena, se bajó de repente y examinó la rueda izquierda.
—¿Vais así muy lejos?—preguntó el hombre.
Él contestó sin salir de sus meditaciones.
—¿Por qué?
—¿Venís de lejos?—repuso el mozo.
—De cinco leguas de aquí.
—¡Ah!
—¿Por qué decís: ah?
El mozo se inclinó de nuevo, permaneció un instante silencioso, fijándose en la rueda, y después se enderezó, diciendo:
—Es que veo una rueda que puede haber hecho cinco leguas, no lo dudo; pero que de seguro no va hacer ahora un cuarto de legua más.
El viajero saltó del tílburi.
—¿Qué estáis diciendo, amigo?
—Estoy diciendo que es un milagro que hayáis hecho cinco leguas sin ir rodando vos y vuestro caballo en cualquier precipicio del camino real. Mirad.
La rueda, en efecto, estaba muy estropeada. El choque de la silla-correo había roto dos de sus rayos y destrozado el cubo, cuya matriz había saltado de su centro.
—Amigo,—dijo al mozo,—¿hay algún carretero por aquí?
—Sin duda, señor.
—Hacedme el favor de ir por él.
—Está aquí á dos pasos... ¡Eh! ¡maese Bourgaillard!
Maese Bourgaillard, el carretero, estaba en el umbral de su puerta. Se acercó á examinar la rueda, é hizo el gesto de un cirujano que cree rota una pierna.
—¿Podéis componer esta rueda inmediatamente?
—Sí señor.
—¿Cuándo podré seguir mi camino?
—Mañana.
—¡Mañana!
—Hay un jornal largo de trabajo. ¿Tenéis mucha prisa?
—Mucho. Es preciso que vuelva á partir dentro de una hora á lo más.
—Imposible, señor.
—Pagaré lo que se quiera.
—Imposible.
—¡Pues bien! Dentro de dos horas.
—Hoy es imposible. Es preciso hacer nuevos los dos rayos y el cubo. No podéis salir antes de mañana.
—El caso es que no puedo esperar á mañana. ¿Si en vez de componer esa rueda se reemplazase con otra?...
—¿Cómo?
—¿No sois carretero?
—¡Sin duda!
—¿Y no tenéis una rueda que venderme? Así podría partir enseguida.
—¿Una rueda suelta?
—Sí.
—No tengo ninguna á propósito para esta clase de cabriolé. Dos ruedas constituyen un par, y dos ruedas no se juntan siempre á la ventura.
—En ese caso, vendedme un par de ruedas.
—Es que no todas las ruedas se ajustan á todos los ejes.
—Probadlo.
—Es por demás. No tengo para vender más que ruedas de carro. Es éste un país tan pobre.
—¿Tenéis un cabriolé para alquilarme?
El maestro carretero, al primer golpe de vista había conocido que era el tílburi carruaje de alquiler. Y se encogió de hombros.
—¡Cuidáis bien de los carruajes que se os alquilan! si tuviera yo alguno no sería quien os lo alquilase.
—Pero ¿me lo venderíais?
—No lo tengo.
—¡Cómo! ¿Ni un carrito ligero? Ya veis que no es difícil contentarme.
—Es éste un pobrísimo país. Tengo ahí,—añadió el carretero,—una carretela antigua que es de un señor de la ciudad que me la dió á guardar, y que se sirve de ella todos los seis y treinta de cada mes. Ya os la alquilaría, pues no me cuesta nada, pero sería preciso evitar que la viera su dueño; y luego que es, como os he dicho, una carretela, y se necesitan dos caballos para tirar de ella.
—Tomaré dos caballos de posta.
—¿Á dónde vais?
—Á Arras.
—¿Y el señor quiere llegar hoy?
—Precisamente.
—¿Con caballos de posta?
—¿Por qué no?
—¿Os es igual llegar esta noche á las cuatro de la madrugada?
—No, ciertamente.
—Es que, vea usted, hay algo que debe decirse, para encontrar caballos de posta... ¿Traéis pasaporte?
—Sí.
—Pues bien, tomando caballos de posta no llegaréis á Arras antes de mañana. Éste es un camino transversal. Los relevos se sirven mal, los caballos están en los campos. Nos encontramos, además, en época de labranza; se necesitan muchas yuntas, y se toman cuantos caballos se encuentran, así los de posta como los otros. Tendréis que esperar, á lo menos, tres ó cuatro horas en cada relevo. Y luego, no podréis andar sino al paso. Hay que subir tantas cuestas.
—Entonces iré á caballo. Desenganchad el cabriolé. ¿Se encontrará una silla en el pueblo?
—Sin duda, pero ¿sufre la silla este caballo?
—Es verdad, vos me recordáis que no la sufre.
—Entonces...
—¿Pero se encontrará fácilmente en la población, un caballo de alquiler?
—¡Un caballo para ir á Arras de una tirada!
—Sí.
—Es preciso un caballo como no se encuentran por aquí. Tendríais que comprarlo, porque no siendo conocido. Pero ¡Ca! ¡ni vendido ni alquilado, por quinientos ni por mil francos lo encontraréis!
—¿Qué hacer, entonces?
—Lo mejor que podéis hacer, y os lo digo á fe de hombre honrado, es que yo recomponga la rueda, y que dejéis el viaje para mañana.
—Mañana sería tarde.
—¡Diantre!
—¿No pasa por aquí el correo de Arras?
—¿Á qué hora?
—Por la noche. Los dos hacen el servicio de noche, así el que sube como el que baja.
—¿Y es indispensable emplear todo un día para componer esta rueda?
—Un día largo; como os he dicho.
—¿Y poniéndose á trabajar dos oficiales?
—¡Aún que se pusieran diez!
—¿Si atáramos los rayos con cuerdas?
—Los rayos sí, pero no el cubo. La llanta está echada á perder.
—¿No hay quien alquile coches en el pueblo?
—No.
—¿Hay otro carretero?
El mozo de cuadra y el maestro carretero contestaron á un tiempo moviendo la cabeza:
—No.
El viajero se alegró inmensamente.
Era que la Providencia le detenía, al parecer, en su camino. Ella había roto la rueda del tílburi. Sin embargo, no queriendo rendirse al primer aviso, acababa de hacer todos los esfuerzos posibles para continuar el viaje; había, leal y escrupulosamente, puesto cuantos medios tenía á su alcance; no había retrocedido ante los elementos, ante la fatiga ni los dispendios; nada tenía que reprocharse. Si no adelantaba más, no era culpa suya. No era suya la falta de su detención; era un hecho providencial.
Respiró. Respiró libremente á todo pulmón por vez primera, después de la visita de Javert. Parecíale que la mano de hierro que le oprimía el corazón hacía veinte horas, acababa de dejarle en libertad.
Y pareciéndole que Dios le protegía á sazón, díjose á sí mismo:
Que habiendo hecho cuanto había podido, no tenía más sino volver tranquilamente sobre sus pasos.
Si su conversación con el carretero hubiese tenido lugar en una de las habitaciones de la posada, si no hubiese habido testigos, si nadie la hubiese oído, todo habría tal vez terminado allí y es muy probable que no hubiéramos narrado ninguno de los acontecimientos que se van á leer; pero la conversación fué tenida en la calle. Todo coloquio en la calle produce inevitablemente un corro. Hay siempre gentes dispuestas á hacer de espectadores. Durante su conversación con el carretero, se habían detenido varios transeuntes alrededor de ellos. Después de haber estado escuchando algunos minutos, un muchacho, en el cual nadie se había fijado, se separó del grupo echando á correr.
En el momento en que el viajero, después de la deliberación interior que hemos indicado, tomaba la resolución de retroceder, volvió el muchacho. Venía acompañado de una vieja.
—Señor,—dijo la vieja,—me ha dicho el chico que queréis alquilar un cabriolé.
Estas simples palabras, pronunciadas por una vieja acompañada de un muchacho, le hicieron trasudar. Creyó ver en las sombras la mano que le había soltado, dispuesta á cogerle de nuevo.
Y díjole á la vieja:
—Sí, buena mujer, necesito alquilar un cabriolé.
Apresurándose á añadir:
—¿Pero no hay ninguno en este pueblo?
—Sí lo hay,—dijo la vieja.
—¿Dónde está?—repuso el carretero.
—En mi casa,—replicó la vieja.
Estaba temblando. La mano fatal le acababa de asir nuevamente.
La vieja tenía, en efecto, bajo un cobertizo, una especie de calesín cubierto de mimbre. El carretero y el mozo de la posada, temiendo que se les escapara el viajero, intervinieron.
—Es un mal carro;—Apoyado sobre el eje;—Es cierto que los asientos están suspendidos por correas;—Lloverá dentro de él como bajo una criba;—Las ruedas tomadas y enmohecidas por la humedad;—No iréis con él mucho más allá de lo que iríais con el tílburi;—¡Es una carreta!—¡Pues no se divertiría poco este señor, embarcándose en él!—etc., etc.
Todo aquello podía ser verdad, pero aquel carro, aquel calesín, aquella carreta, ó lo que fuése, tenía dos ruedas con que poder ir á Arras.
Pagó lo que quisieron, dejó el tílburi para que el carretero se lo tuviese arreglado á su vuelta, hizo enganchar el caballo blanco al calesín, y subiendo en él, emprendió nuevamente la ruta que venía siguiendo desde por la mañana.
En cuanto se puso en movimiento el calesín, confesóse que había sentido cierta alegría al pensar que no iría más allá. Examinó entonces aquella alegría con cierta cólera, y la encontró absurda. ¿Por qué había de alegrarse de retroceder? Puesto que, después de todo, hacía el viaje libremente. Nadie le obligaba á ello.
Y seguramente, nada había de acontecerle que él no quisiera.
Cuando salía ya de Hesdin, oyó una voz que le gritaba: «¡Deteneos! ¡deteneos!». Detuvo efectivamente el calesín, con un movimiento vivo y rápido en el que había aún algo de febril y convulsivo, parecido á la esperanza.
Era el chico de la vieja.
—Señor,—le dijo,—yo soy quien os ha proporcionado el calesín.
—¿Y qué?
—Que nada me habéis dado.
Él, que daba á todo el mundo fácilmente, encontró aquella pretensión exorbitante y odiosa.
—¡Ah! ¿eres tú perillán? díjole, ¡pues no hay de qué!
Y arreando el caballo, partió al trote largo.
Había perdido demasiado tiempo en Hesdin y quería ganarlo. El caballito era valiente y tiraba por dos; pero corría el mes de febrero, había llovido, y estaban los caminos perdidos. Además, aquello no era el tílburi. El calesín era más duro y pesado, y había muchas pendientes que subir.
Necesitó cerca de cuatro horas para ir de Hesdin á Saint-Pol. Cuatro horas para cinco leguas.
En Saint-Pol desenganchó en la primera posada que encontró, é hizo conducir el caballo á la cuadra. Como se lo había prometido á Scaufflaire, se estuvo junto al pesebre mientras comió el caballo. Pensando en mil cosas tristes y confusas.
La posadera entró en la cuadra.
—¿No quiere el señor almorzar?—preguntó.
—¡Y es verdad!—exclamó él;—tengo buen apetito.
Siguió á aquella mujer de figura agradable y airosa, que lo condujo á una sala baja en la que había varias mesas cubiertas de tela encerada en lugar de manteles.
—Despachad pronto,—dijo él;—es preciso que emprenda nuevamente la marcha; llevo mucha prisa.
Una gruesa muchacha flamenca le puso enseguida cubierto. Admiró en la joven la verdadera expresión del bienestar.
—Esto es lo que yo sentía,—pensó;—no haber almorzado.
Sirviósele, cogió el pan, tomó un bocado, volviendo luego á dejarlo sobre la mesa sin volverlo á tocar.
Un carretero estaba comiendo en otra mesa. Díjole nuestro viajero á este hombre:
—¿Por qué es tan amargo este pan?
El carretero, que era alemán, no entendió lo que se le decía.
El viajero se volvió á la cuadra con su caballo.
Una hora después había salido de Saint-Pol dirigiéndose á Tinques, que dista sólo cinco leguas de Arras.
¿Qué hacía él durante el trayecto? ¿En qué pensaba? Al igual, que la mañana, miraba pasar los árboles, los techos de las cabañas, los campos cultivados, y los cambios del paisaje, que variaba á cada curva del camino.
Es ésta una contemplación que satisface el alma muchas veces, disponiéndola á meditar. Ver mil objetos por primera y última vez, ¿puede haber algo más meláncolico y profundo? Viajar, es nacer y morir á cada instante. Tal vez en la región más vaga de su espíritu, hacía comparaciones entre aquellos mudables horizontes y la existencia humana. Todas las cosas de la vida son una huida continuada delante de nosotros.
Todas las cosas en la vida huyen perpetuamente ante nosotros. Después de un deslumbramiento, un eclipse; se mira, se corre, se alargan las manos para asir lo que pasa; cada evento es una curva del camino, y de súbito se encuentra uno viejo. Siéntese como una sacudida, todo es negro; se distingue una puerta obscura. El sombrío caballo de la vida, que nos arrastra, se para. Y vemos á alguno, velado y desconocido, que le desengancha en las tinieblas.
Empezaba á caer el crepúsculo en el momento en que unos muchachos, que salían de la escuela, vieron entrar al viajero en Tinques. Es verdad que se estaba todavía en los días cortos del año. No se detuvo en Tinques. Al salir por el otro extremo de la población, un peón caminero que engravaba la carretera, levantó la cabeza y dijo:
—¡Vaya un caballo fatigado!
El pobre animal, en efecto, no andaba sino al paso.
—¿Vais tal vez á Arras?—añadió el caminero.
—Sí.
—Siguiendo este paso no llegaréis muy temprano.
Detuvo el caballo y preguntó al caminero:
—¿Cuánto falta todavía de aquí á Arras?
—Cerca de siete leguas largas.
—¡Cómo! La guía de postas no marca más que cinco y cuarto.
—¡Ah!—respondió el peón.—¿Entonces no sabéis que se está componiendo el camino? Á un cuarto de legua de aquí le encontraréis cortado. No hay medio de seguir adelante.
—¿De veras?
—Tomad allí por la izquierda, el camino que va á Carency; pasaréis el río, y al llegar á Camblin, tomáis á la derecha; allí cruza el camino de Mont-Saint Eloy, que va á Arras.
—Pero viene la noche y me perderé.
—¿No sois del país?
—No.
—Y además, todo es camino de travesía. Atended, señor,—repuso el caminero:—¿queréis tomar mi consejo? Vuestro caballo va muy cansado, quedaos en Tinques; hay muy buena posada. Dormís en ella, y mañana podréis ir á Arras.
—Es preciso que llegue allí esta noche.
—Eso es otra cosa. En este caso, id de todos modos á la posada y tomad un caballo de refuerzo. El muchacho que le conduzca os servirá de guía.
Siguió el consejo del peón. Volvióse atrás, y media hora después pasó por el mismo sitio á trote largo, con un buen caballo que reforzaba al suyo.
Un mozo de cuadra, que se titulaba postillón, iba sentado en las varas del calesín.
Sin embargo conocía que perdía tiempo.
Había caído ya por completo la noche.
Entraron en la travesía. El camino era malísimo. El carruaje saltaba de un bache á otro. Dijo él al postillón:
—Siempre al trote, y doble propina.
En uno de los vaivenes rompióse el balancín.
—Señor, dijo el postillón, se ha roto el balancín, y no sé cómo enganchar mi caballo. Esta travesía es muy peligrosa de noche; si quisiérais volveros á dormir á Tinques esta noche, mañana muy temprano podríamos estar en Arras.
Él le respondió:
—¿Tienes un cabo de cuerda y un cuchillo?
—Sí, señor.
Cortó él entonces una rama de árbol é hizo un balancín.
Esto fué otra pérdida de veinte minutos; pero volvieron á partir al galope.
La llanura estaba tenebrosa. Una niebla baja, reducida y negra, parecía trepar por las colinas, desprendiéndose como el humo. Distinguíanse puntos blanquecinos entre las nubes. Un fuerte viento, que venía del mar, producía en todas las cavidades del horizonte un ruido semejante al de remover muebles. Todo cuanto entreveía se le presentaba terrorífico. ¡Cuántas cosas tiemblan al impulso de los soplos de la noche!
El frío le penetraba. Nada había comido desde la víspera. Recordaba vagamente su otro viaje nocturno por la gran llanura de las cercanías de D***, hacía ocho años, y le parecía cosa de ayer.
Oyó dar horas en un campanario lejano, y le preguntó al mozo:
—¿Qué hora es ésta?
—Las siete, señor; á las ocho estaremos en Arras. Ya no nos faltan más que tres leguas.
Por primera vez hizo entonces esta reflexión, pareciéndole extraño no se le hubiese ocurrido antes:
Que era quizá inútil tanta molestia como se tomaba; que no sabía siquiera á qué hora se veía la causa, que debería al menos haberse informado de ello; que era una extravagancia el seguir adelante, sin saber si aquello serviría para algo.—Después formó confusamente algunos otros cálculos en su espíritu:—Que ordinariamente las vistas del tribunal penal comenzaban á las nueve de la mañana; que el proceso no debía ser largo; que el debate sobre el robo de las manzanas sería muy corto; que lo más que habría luego sería cuestión de identificar la persona, cuatro ó cinco declaraciones y algunas breves palabras de parte de los abogados; ¡que llegaría tal vez cuando ya estaría todo terminado!
El postillón arreaba sus caballos. Habían pasado el río y dejado detrás á Mont Saint Eloy.
La noche aumentaba más y más su obscuridad.
VI Sor Simplicia puesta á prueba
Sin embargo, en aquel momento mismo, Fantina estaba alegre.
Había pasado muy mala noche. Tos horrible, recrudecimiento de fiebre, y delirio. Por la mañana, cuando la visitó el médico la encontró delirando, éste se alarmó y encargó que le avisasen en cuanto regresara el señor Magdalena.
Fantina estuvo triste toda la mañana, habló poco, y se entretuvo en hacer dobleces en las sábanas, repitiendo cálculos en voz baja que parecían como cálculos de distancias. Sus ojos estaban hundidos y fijos. Parecían casi apagados, pero brillaban á intervalos, resplandeciendo como estrellas.
Parece que al acercarse cierta hora sombría, la claridad del cielo inunda á aquéllos á quienes abandona la claridad de la tierra.
Cada vez que sor Simplicia le preguntaba cómo estaba respondía invariablemente:—Bien. Yo quisiera ver al señor Magdalena.
Algunos meses antes, en el momento en que ella acababa de perder el último resto de pudor, de vergüenza y de alegría, era aún la sombra de sí misma; á la sazón no era más que su espectro. El mal físico había completado la obra del mal moral. Aquella criatura de venticinco años tenía la frente arrugada, las mejillas lacias, la nariz afilada, los dientes descarnados, el color plomizo, el cuello huesoso, las clavículas salientes, los miembros demacrados, la piel terrosa, y sus cabellos rubios mezclados con algunos blancos. ¡Ah! ¡Cómo anticipan la vejez las enfermedades!
Al medio día volvió el médico, dió algunas prescripciones, preguntó si había el señor alcalde vuelto á la enfermería, y movió tristemente la cabeza.
El señor Magdalena acostumbraba ir diariamente á las tres á ver á la enferma; y como la exactitud era entonces bondad, era exactísimo.
Á eso de las dos y media, comenzó Fantina á manifestarse agitada. En el espacio de veinte minutos preguntó más de diez veces á la religiosa:
—¿Hermana mía, qué hora es?
Dieron las tres. Á la tercera campanada, Fantina se sentó en la cama, ella que apenas podía moverse dentro el lecho, cruzó convulsivamente sus descarnadas y amarillentas manos, y la hermana oyó salir de su pecho uno de esos suspiros profundos que parecen levantar un gran peso de angustia. Después Fantina se volvió y miró á la puerta.
Nadie entró; la puerta no se abrió.
Permaneció así un cuarto de hora, fijos los ojos en la puerta, inmóvil y como reteniendo el aliento. La hermana no se atrevía á hablarle. El reloj de la iglesia dió las tres y cuarto. Fantina se dejó caer de nuevo en su almohada.
No dijo una palabra, y volvió á hacer dobleces en la sábana.
Pasóse media hora, pasóse una, y nadie apareció; cada vez que el reloj sonaba, incorporábase Fantina y miraba hacia la puerta; después volvía á dejarse caer.
Adivinábase claramente su pensamiento; pero ella no pronunciaba nombre alguno, ni se quejaba, ni acusaba á nadie.
Solamente tosía de una manera lúgubre. Hubiérase dicho que algo obscuro iba descendiendo sobre de ella. Estaba lívida, y tenía los labios azulados, sonriendo á cada instante.
Dieron las cinco. Entonces oyó la hermana cómo decía en voz muy baja y dulce acento:—¡Ya que me iré mañana, hace mal en no venir hoy!
La misma sor Simplicia estaba admirada de la tardanza del señor Magdalena.
En tanto Fantina miraba al cielo de la cama, pareciendo como que quisiera recordar algo.
De repente se puso á cantar con voz débil como un suspiro. La hermana se puso á escuchar.
He aquí lo que cantó Fantina:
Compraremos muchas y muy bellas cosas Viendo de las calles lo más principal Azul es el lirio, rosadas las rosas, Azul es el lirio, que dulce es amar. La Virgen María con manto bordado Ayer vino á verme en mi pobre hogar, Y me dijo:—Mira, bajo el velo traigo El niño que un día viniste á implorar. —Á la ciudad pronto, corriendo, volando, Comprad lienzo, agujas, hilos y dedal. Compraremos muchas y muy bellas cosas Viendo de las calles lo más principal. Buena y santa virgen del manto bordado Arreglé una cuna, con cintas, sin par; Y aunque Dios la estrella de más vivos rayos Me diera prefiero lo que tú me das. —¿De todo este lienzo, señora, qué hago? —Al recién nacido hacedle el ajuar. Azul es el lirio, rosadas las rosas, Azul es el lirio, que dulce es amar. Lavad este lienzo.—¿En dónde?—En el río. Y haced sin mancharlo, romper, ni arrugar, Una hermosa falda con su cuerpecito, Que con muchas flores la quiero bordar. —¿Qué haremos, señora, faltando aquí el niño? —Haced mi sudario, llevadme á enterrar. Compraremos muchas y muy bellas cosas Viendo de las calles lo más principal, Azul es el lirio, rosadas las rosas, Azul es el lirio, que dulce es amar.
Esta canción era una antigua romanza de nodriza con que ella acostumbraba, en otro tiempo, dormir á su pequeña Cosette y que no había vuelto á presentarse á su imaginación en los cinco años que se habían pasado sin ver á su hija.
Cantaba esto con voz tan triste y con tan dulce acento, que era bastante á hacer llorar á la misma religiosa. La hermana, acostumbrada á cosas austeras, sintió asomar una lágrima.
El reloj dió las seis. Fantina pareció no oir, como parecía no prestar atención á nada de lo que pasaba junto á ella.
Sor Simplicia envió una criada de la enfermería á preguntar á la portera de la fábrica si había regresado el señor alcalde y si subiría luego. La muchacha volvió á los pocos minutos.
Fantina continuaba inmóvil, y parecía prestar sólo atención á sus ideas.
La criada contó, muy por lo bajo á sor Simplicia, que el señor alcalde había salido por la mañana antes de las seis, á pesar del frío que hacía, en un tílburi tirado por un caballo blanco; que iba solo, sin cochero; que ignoraba el camino que había tomado; que algunos decían haberle visto por la carretera de Arras, y otros aseguraban haberle encontrado en la de París. Que al despedirse había estado tan amable como siempre, y únicamente había dicho á la portera, que no se le esperase aquella noche.
Mientras las dos mujeres, de espaldas á la cama de Fantina, cuchicheaban, la hermana preguntando y conjeturando la criada, Fantina con aquella viveza febril propia de ciertas enfermedades orgánicas, que mezcla los movimientos libres de la salud á la espantosa demacración de la muerte, se había puesto de rodillas sobre la cama, con las manos crispadas, apoyándose sobre la almohada, y asomando la cabeza por entre la abertura de las cortinas; estaba escuchando. De repente exclamó:
—¡Estáis hablando del señor Magdalena! ¿Por qué habláis tan bajo? ¿Qué es lo que hace? ¿Por qué no viene?
Su acento era tan brusco y tan ronca su voz, que las dos mujeres, creyendo oir una voz de hombre, volviéronse asustadas.
—¡Respondedme!—exclamó Fantina.
La criada balbuceó:
—La portera me ha dicho que no podría venir hoy.
—Hija mía,—dijo la hermana,—estad tranquila, y volveos á echar.
Fantina, sin cambiar de actitud, repuso en voz alta, con acento imperioso y desgarrador á un tiempo:
—¿No podrá venir? ¿Y por qué? Vosotras sabéis el motivo, lo estabais cuchicheando entre ambas. Quiero saberlo.
La criada se apresuró á decirle al oído á la hermana:
—Decid que está ocupado en asuntos municipales.
Sor Simplicia se ruborizó ligeramente; lo que la criada le proponía era una mentira y por otra parte, le parecía que de decir la verdad á la enferma podría sin duda acarrearle un golpe terrible, lo cual era harto grave, dado el estado en que se hallaba Fantina. Este rubor duró poco. La religiosa levantó sobre Fantina sus ojos tristes y serenos, y la dijo:
—El señor alcalde se ha ausentado.
Fantina se incorporó y sentóse sobre sus talones. Sus ojos centellearon. Una alegría infinita se trasparentó en aquella fisonomía dolorida.
—¡Se ha ausentado!—exclamó.—¡Ha ido á buscar á Cosette!
Luego elevó sus dos manos hacia el cielo, y todo su rostro se mostró inefable. Sus labios se movían; oraban en voz baja.
Cuando acabó la oración, dijo á la hermana:
—¡Hermana mía!—exclamó,—voy á echarme de nuevo, y á hacer todo lo que me mandéis; ahora mismo he sido mala, he levantado la voz, y os pido perdón; es muy feo hablar alto, ya lo sé, pero mi buena hermana, ya lo veis, ¡estoy tan contenta! Dios es bueno, el señor Magdalena es bueno; figuraos que ha ido á buscar á mi niña, á Cosette á Montfermeil.
Volvióse á acostar, ayudando á la hermana á arreglar la almohada, y besó una crucecita de plata que llevaba al cuello, la cual le había regalado sor Simplicia.
—Hija mía,—dijo la hermana,—procurad ahora descansar, y no habléis.
Fantina cogió entre sus manos húmedas la mano de la hermana; ésta procuraba ocultar la pena que le causaba aquel sudor.
—Ha salido esta mañana para ir á París. En rigor, no tiene necesidad de pasar por París. Montfermeil está un poco á la izquierda viniendo hacia acá. ¿Recordad cómo me decía ayer, cuando yo le hablaba de Cosette: Pronto, pronto? Es una sorpresa que quiere darme. ¿Entendéis? Él me hizo firmar una carta para sacarla de manos de los Thénardier. No tendrán nada que decir, ¿no es verdad? Entregarán á Cosette puesto que se les ha pagado. Las autoridades no permitirían que se guardaran la criatura habiéndoles pagado. Hermana, no me hagáis señas para que deje de hablar. Soy tan extremadamente feliz; ya me siento muy bien, no tengo mal alguno, voy á ver nuevamente á Cosette; creo que tengo hambre. Hace más de cinco años que no la he visto. ¡Vos no podéis figuraros cuánto atraen los hijos! Y luego, ¡estará tan hermosa, ya la veréis! ¡Si supiérais, tiene unos dedos tan lindos y rosados! Ahora tendrá tan bonitas manos. De un año las tenía tan chiquitas. Ahora estará muy crecida. ¡Tiene ya siete años! Es una señorita. Yo la llamo Cosette, pero se llama Eufrasia. Mirad, esta mañana estaba yo mirando el polvo que hay sobre la chimenea, y se me ha ocurrido la idea de que vería pronto á Cosette. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Qué triste es dejar pasar los años sin ver una á sus hijos! ¡deberíamos reflexionar que no es la vida eterna! ¡Ay! ¡Qué bien ha hecho el señor alcalde yendo por ella!... ¿No es verdad que hace mucho frío? ¿ha llevado, al menos, su capote? Mañana estará de vuelta, ¿no es verdad? mañana será día de fiesta. Mañana por la mañana, hermana mía, os acordaréis de hacerme poner mi gorrita guarnecida de encajes. Montfermeil es un pueblo. He recorrido á pie este camino en otros tiempos. Es una gran distancia para mí. Pero las diligencias van muy aprisa. Mañana estará aquí con mi Cosette. ¿Cuánto hay de aquí á Montfermeil?