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Los miserables - Tomo 1 (de 2)

LIBRO SÉPTIMO LA CAUSA CHAMPMATHIEU (continued 2)

J. A. R. translation

La hermana, que no tenía la menor idea de las distancias, respondió: —¡Oh! Ya lo creo que podrá estar aquí mañana.

—¡Mañana! ¡Mañana!—dijo Fantina.—¡Veré á Cosette mañana! Veis, buena hermana del Dios bueno, ya no estoy mala. Estoy loca. Y creo que si quisiera, bailaría.

Cualquiera que la hubiera visto un cuarto de hora antes, no se hubiera dado cuenta de lo que veía. Estaba sonrosada, hablaba en voz clara y natural, todo sonreía en ella. Á veces se reía hablando en voz baja. Alegría de madre, es casi alegría de niño.

—Bien, bien,—repuso la religiosa;—toda vez que sois dichosa, obedecedme y no habléis más.

Fantina dejó caer la cabeza sobre la almohada, y dijo á media voz:

—Sí, échate, sé prudente, que vas á ver á tu hija. Tiene razón sor Simplicia. Todos en esta casa tienen razón.

Después, sin moverse, sin menear la cabeza, se puso á mirar á todas partes, abiertos sus grandes ojos, con aire complacido y sin decir una palabra más.

La hermana corrió las cortinas creyendo que se dormiría.

Entre siete y ocho llegó el médico. No oyendo el menor ruido, creyó que Fantina dormía, y entró con cuidado, acercándose de puntillas á la cama.

Llegó, separó las cortinas, y á la luz de la lamparilla, vió los grandes y serenos ojos de Fantina que le contemplaban.

Díjole ella:—Señor, ¿no es verdad que se me permitirá que la acueste á mi lado en una camita?

El médico creyó que deliraba. Ella añadió:

Vedlo, hay justamente el sitio necesario.

El médico llamó aparte á sor Simplicia, que se lo explicó todo; esto es, que el señor Magdalena se había ausentado por uno ó dos días, y que en la duda no habían creído deber desengañar á la enferma, que estaba en la creencia de que el señor alcalde había ido á Montfermeil, pues que estaba en lo posible que lo hubiese adivinado. El médico aprobó. Y al volver á acercarse á la cama, Fantina añadió:

—Ya veréis, cuando despierte por la mañana le daré los buenos días á mi pobre niña, y por la noche, como yo no duermo, la veré dormir. Su tranquila y dulce respiración me hará un gran bien.

—Dadme la mano,—dijo el médico.

Alargóle el brazo, y exclamó sonriendo:

—¡Ah! Es verdad; ¡no lo sabéis! Ya estoy buena. Cosette llega mañana.

El médico se quedó sorprendido. Estaba mejor. La opresión había disminuido. El pulso había recobrado fuerza. Una especie de vida ficticia reanimaba aquel pobre ser desfallecido.

—Señor doctor,—repuso ella.—¿La hermana os habrá dicho que el señor alcalde ha ido á buscar el ratoncillo?

El médico recomendó el silencio, y que se procurase evitar toda emoción penosa. Prescribió una infusión de quina pura, y para el caso de repetirse la calentura por la noche, una poción calmante. Al marcharse dijo á la hermana:

—Esto va mejor. Si tuviéramos la suerte de que en efecto llegase mañana el señor alcalde con la niña, ¿quién sabe? Hay crisis tan asombrosas, se han visto curas producidas por grandes alegrías... y aunque sé que es ésta una enfermedad orgánica, ya muy adelantada; ¡hay tanto de misterioso en todo! Que, entra en lo posible que se salve.

VII El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse

Eran cerca de las ocho de la noche cuando el calesín que hemos dejado en camino, entraba por la puerta-cochera de la casa de Postas de Arras. El hombre á quien hemos seguido hasta este momento, se apeó, respondió con aire distraído á las atenciones de los criados de la posada, despidió al postillón con su caballo de refuerzo, conduciendo por sí mismo el caballito blanco á la cuadra; después empujó la puerta de una sala de billar que estaba en el piso bajo, y se sentó, apoyando los codos sobre una mesa. Había empleado catorce horas en aquel trayecto que creía recorrer en seis. Hacíase la justicia de creer que no era por culpa suya, aunque en el fondo no le disgustase.

Entró la posadera:

—¿Va á pasar aquí la noche el señor? ¿Va á cenar?

Él hizo un signo de cabeza negativo.

—El mozo de cuadra ha dicho que el caballo del señor está muy cansado.

En esto rompió el silencio:

—¿Es que no podrá el caballo emprender la vuelta mañana temprano?

—¡Oh, señor! Necesita á lo menos dos días de descanso.

Y él preguntó:

—¿No está aquí la administración de postas?

—Sí, señor.

La posadera le acompañó al despacho; manifestó allí su pasaporte y se informó de si había medio de volverse aquella misma noche á M* sur M* con el coche correo. Justamente el único asiento al lado del conductor estaba desocupado; y lo tomó, pagándolo inmediatamente.

—Caballero,—le dijo el encargado,—no faltéis para salir puntualmente á la una.

Hecho esto, salió de la posada y empezó á andar por la ciudad.

No conocía Arras; las calles estaban obscuras; caminaba al azar. Sin embargo, parecía obstinarse en no preguntar á los transeuntes. Atravesó el riachuelo Crinchon, y encontróse en un dédalo de calles estrechas, en que se perdió. Pasaba un artesano con un farol. Después de vacilar bastante, decidióse á preguntar al artesano, no sin haber mirado antes á su alrededor como temeroso de que fuése oído lo que iba á preguntar:

—Señor,—dijo;—¿el palacio de Justicia, si os place?

—No sois de la ciudad, señor,—respondió el hombre, que era un buen anciano.—Seguidme si gustáis. Yo voy también allá, es decir, á la prefectura, que es donde ahora se reúnen provisionalmente los jueces, mientras se están reparando las salas de justicia.

—¿Y es allí,—preguntó,—donde se reúnen también los jurados?

—Sin duda. Lo que es hoy la prefectura, era el palacio episcopal antes de la revolución. El señor Conzié, que era obispo en 1782, hizo construir una gran sala. Y es en esta gran sala donde se juzga.

Siguiendo su camino, le dijo el artesano:

—Si se trata de un proceso, es ya algo tarde. Generalmente las vistas concluyen á las seis.

Sin embargo, al llegar á la plaza mayor, le enseñó el artesano cuatro grandes ventanas iluminadas en la fachada de un vasto y tenebroso edificio.

—Á fe mía que llegáis á tiempo,—añadió;—habéis tenido suerte. ¿Veis esas cuatro ventanas? Ahí está el tribunal de los jurados. Hay luz; luego no han concluido todavía. Será negocio largo, y habrá sido preciso continuar la audiencia de noche. ¿Tenéis interés en la causa? ¿Es tal vez un proceso criminal? ¿sois acaso testigo?

El forastero respondió:

—No vengo por causa alguna, tengo sólo que hablar á un abogado.

—Eso es distinto,—dijo el artesano.—Mirad, señor, la puerta es aquella ahí donde está el centinela. No tenéis más que subir por la escalera principal.

Bastáronle las indicaciones del artesano, y pocos minutos después se hallaba en una sala donde había mucha gente, y mezclados en los grupos varios abogados con toga, cuchicheando acá y allá.

Es siempre una cosa que oprime el corazón, ver esos grupos de hombres vestidos de negro murmurando entre ellos en voz baja á la puerta de las salas de justicia. Es muy raro que de todas aquellas bocas salgan palabras de caridad y lástima. Lo que sí sale con bastante frecuencia son condenas anticipadas. Semejantes grupos se presentan al observador, que pasa y raciocina como otras tantas colmenas sombrías, ó como espíritus zumbadores que fabrican en común toda especie de edificios tenebrosos.

Aquella sala, espaciosa y alumbrada por una sola lámpara, era una antigua galería del palacio episcopal, que servía de antecámara. Una puerta de dos hojas, cerrada en aquel momento, la separaba de la gran sala donde estaba reunido el tribunal de jurados.

La obscuridad era tal, que no temió él dirigirse al primer abogado que encontró.

—Caballero,—le dijo;—¿en qué están?

—Ya han concluido,—respondió el abogado.

—¡Concluido!

Esta palabra fué repetida con un acento tan singular, que el abogado se volvió.

—Perdonad, señor mío: ¿sois acaso algún pariente?

—No. No conozco aquí á nadie. ¿Ha habido condena?

—Sin duda. No podía ser otra cosa.

—¿Presidio?...

—Para toda la vida.

—Y,—repuso él, con voz tan débil que apenas se le oyó:—¿Se ha probado entonces la identidad?

—¡Qué identidad!—replicó el abogado.—No había identidad alguna que probar. El asunto era claro. Esa mujer había matado á su hijo, y se ha probado el infanticidio. Desechado por el jurado el cargo de premeditación, ha sido condenada de por vida.

—¿Pero es una mujer?—dijo él.

—Ciertamente: la joven Limosin. ¿De qué me habláis entonces?

—De nada, pero toda vez que han concluido, ¿por qué está todavía la sala iluminada?

—Para otro proceso, que ha comenzado hace unas dos horas.

—¿Qué otro proceso?

—¡Oh! Es otro proceso muy claro también: un truhán, un reincidente, un presidiario que ha cometido un robo. No sé á punto fijo su nombre; pero tiene cara de verdadero criminal. Sólo por tener la cara que tiene, le mandaba yo á presidio.

—Señor,—preguntó él.—¿No hay medio de entrar en la sala?

—No lo creo; hay mucha gente. Sin embargo, se ha suspendido la audiencia y han salido afuera muchos. Tal vez al volverse á abrir la puerta podáis penetrar. Probadlo.

—¿Por dónde se entra?

—Por esa puerta grande.

El abogado se separó.

En algunos instantes, casi á un mismo tiempo, había experimentado todas las emociones posibles. Las palabras de aquel indiferente le habían, atravesado alternativamente el corazón como agujas de hielo y como hojas de fuego. Cuando supo que aún no había terminado la causa, respiró; pero no hubiera podido decirse si era ello manifestación de alegría ó de dolor.

Acercóse á varios grupos para oir qué decían.

Habiendo gran número de causas pendientes, el presidente del tribunal había señalado, para aquella noche, dos de las más sencillas y breves. Se había comenzado por la de infanticidio, y se estaba ahora en la del presidiario, el reincidente, el «caballo de retorno». Este individuo había robado unas manzanas; pero no parecía el hecho bien probado, pero lo que sí lo estaba era que había sido presidiario en Tolón, y ello era lo que daba mal aspecto á su causa. Había terminado el interrogatorio y la declaración de testigos; pero faltaban todavía la acusación del fiscal y la defensa del abogado, lo cual no terminaría antes de las doce de la noche. El acusado saldría probablemente condenado: el fiscal era de los buenos, y no se le escapaba ninguno de sus reos; era un chico de provecho que hacía versos.

Un ujier estaba de pie junto á la puerta que daba entrada á la sala de los jurados. El viajero preguntó al ujier:

—¿Se abrirá pronto la puerta?

—No se abrirá ya,—dijo el ujier.

—¿Cómo? ¿No se volverá á abrir cuando continue la audiencia? ¿Pues no se ha suspendido?

—Se ha suspendido y ha vuelto á continuar,—respondió el portero;—pero no se abrirá la puerta.

—¿Por qué?

—Porque está llena la sala.

—¡Y qué! ¿No hay sitio alguno?

—No, señor. La puerta está cerrada. Nadie puede entrar ya.

El ujier añadió después de un instante de silencio:—Hay todavía dos ó tres sitiales detrás del señor presidente; pero no son admitidos allí sino los funcionarios públicos.

Y esto diciendo volvió la espalda.

Retiróse el forastero cabizbajo; atravesó la antecámara y bajó la escalera lentamente, como vacilando á cada peldaño. Es probable que tuviese consejo consigo mismo. La lucha violenta que se verificaba en su interior desde la víspera, no había terminado, y á cada momento surgía una nueva peripecia. Al llegar á la meseta de la escalera se arrimó á la baranda y se cruzó de brazos. De pronto desabrochó su levita, sacó su cartera, tomó el lápiz, arrancó una hoja, y escribió rápidamente en ella, á la luz del farol, este renglón: Magdalena alcalde de M* sur M*. Volvió á subir después á grandes pasos la escalera, atravesó la muchedumbre, se dirigió al ujier y le entregó el papel, diciéndole con autoridad:

—Entregad esto al señor presidente.

El ujier tomó el papel, le miró, y obedeció enseguida.

VIII Entrada de favor

Sin él imaginárselo, había adquirido el alcalde de M* sur M* cierta celebridad. Hacía siete años que su reputación de virtuoso llenaba todo el bajo Bolonesado, y había acabado por traspasar los límites de aquella pequeña comarca, extendiéndose por dos ó tres departamentos vecinos. Además de los grandes servicios que había prestado á la capital, reformando la industria de los abalorios negros, no había uno solo de los ciento cuarenta y un municipios de aquel territorio, que no le debiese algún beneficio, habiendo contribuido también á favorecer las industrias de otros varios distritos.

Así es como hubo una época en que sostuvo con su crédito y sus fondos la fábrica de tules de Bolonia, la de hilatura mecánica de lino de Frevent, y la manufactura hidráulica de lienzos de Boubers sur Canche. En todas partes se pronunciaba con veneración el nombre del señor Magdalena. Arras y Douai, envidiaban su alcalde á la pequeña y dichosa población de M* sur M*.

El magistrado del tribunal superior de Douai, que presidía á la sazón el de los jurados de Arras, conocía, como todo el mundo, aquel nombre tan profunda y universalmente respetado. Cuando el ujier, abriendo discretamente la puerta que comunicaba de la sala del consejo con la de la audiencia, se inclinó detrás del sillón del presidente y le entregó el papel en que estaba escrito el renglón que acaba de leerse, añadiendo: Este señor desea asistir á la audiencia, el presidente hizo un vivo ademán de atención, y tomando una pluma, escribió algunas palabras en el mismo papel, que devolvió al ujier, diciéndole: «Hacedle entrar».

El desgraciado personaje cuya historia vamos narrando, había permanecido junto á la puerta de la sala en el mismo sitio y en la misma actitud en que el ujier le había dejado, parecióle oir, al través de sus meditaciones, que alguien le decía:—«Señor, ¿queréis hacerme el honor de seguirme?». Era el mismo ujier que poco antes le había vuelto las espaldas, quien le saludaba inclinándose hasta el suelo. El ujier, al propio tiempo, le entregó el papel. Desdoblólo, y como estaba allí cerca la lámpara, pudo leer:

«El presidente del tribunal de los jurados, presenta sus respetos al señor Magdalena».

Estrujó el papel entre sus manos, como si aquellas palabras tuviesen para él un sabor extraordinario y amargo.

Y siguió al ujier.

Algunos minutos después se hallaba solo en una especie de gabinete artesonado, de aspecto severo, alumbrado por dos bujías colocadas sobre una mesa con tapete verde. Aún resonaban en su oído las últimas palabras del ujier, que acababa de dejarle diciendo: «Señor, ésta es la sala del consejo; no tenéis más que dar media vuelta al botón de cobre de esa puerta, y os hallaréis en la misma sala del tribunal detrás del sillón del señor presidente». Estas palabras se mezclaban en su pensamiento á un recuerdo vago de los corredores estrechos y escaleras obscuras que acababa de recorrer.

El ujier le había dejado solo. El momento supremo había llegado. Procuraba recogerse en sí mismo sin poder conseguirlo. Precisamente en el momento en que más necesidad hay de reunir á las realidades de la vida todos los hilos del pensamiento, es cuando éstos se rompen dentro el cerebro. Se encontraba allí mismo donde los jueces deliberan y condenan.

Miraba con tranquilidad estúpida aquella cámara silenciosa y temible, donde tantas existencias habían sido quebrantadas, donde su nombre iba á resonar en breve, y que su destino atravesaba en aquel instante. Miraba á las paredes, luego se miraba á sí mismo, asombrándose que aquéllas fuesen las de aquella cámara, y de que aquel hombre fuése él.

Hacía veinticuatro horas que no había comido, estaba rendido por las sacudidas del calesín; pero no lo sentía, parecíale no sentir nada.

Acercóse á un cuadro negro pendiente de la pared en el que se guardaba bajo el cristal una antigua carta autógrafa de Juan Nicolás Pache, alcalde de París y ministro, y fechada, sin duda por equivocación, el día 9 de junio del año II, y en la cual enviaba Pache, á la municipalidad, la lista de los ministros y diputados arrestados en sus propias casas.

Cualquiera que hubiese podido verle y observarle en aquel momento, habría imaginado sin duda que aquella carta le interesaba mucho, pues no apartaba de ella los ojos, y la leyó por dos ó tres veces. Sin embargo, la leía sin fijarse en ella, y sin propósito alguno. Pensaba en Fantina y en Cosette.

Así pensando, volvióse; y sus ojos se fijaron en el botón de cobre que le separaba de la sala de audiencia. Había casi olvidado aquella puerta. Su mirada, tranquila al principio, se detuvo y quedó como clavada en aquel botón; después apareció azorada é inmóvil, impregnándose poco á poco de espanto. Desprendíanse de entre sus cabellos, gotas de sudor que inundaban sus sienes.

Hubo un momento en que hizo con cierta autoridad, mezclada de rebeldía, ese gesto indescriptible que quiere significar y que dice tan bien: ¡Pardiez! ¿Quién me obliga á ello? Después volvióse vivamente, y vió delante de sí la puerta por donde había entrado, dirigióse á ella, abrióla y salió.

Ya no estaba en aquella cámara; se hallaba fuera: en un corredor largo, estrecho, cortado por escalones y postigos, que formaban toda clase de ángulos, alumbrado aquí y allá por algunos faroles parecidos á lamparillas de enfermo. Era el corredor por donde había entrado. Respiró, escuchó, no percibió el menor ruido ni delante ni detrás de sí, y huyó como si alguien le persiguiese.

Cuando hubo recorrido varios recodos de aquel pasillo, volvió á escuchar de nuevo. Siempre el mismo silencio y las mismas sombras á su alrededor. Estaba sofocado, vacilaba, tuvo que apoyarse en la pared. La piedra estaba fría, el sudor se le había helado en la frente, y se enderezó temblando.

Entonces, solo allí, de pie, en la obscuridad, temblando de frío y de algo más tal vez, meditó.

Había meditado toda la noche, había meditado todo el día; no oía dentro de sí mismo mas que una voz que repetía: ¡Ay!

Así se le pasó un cuarto de hora. Al fin, dobló la cabeza, suspiró con angustia, dejó caer los brazos, y retrocedió sobre sus pasos. Andaba lentamente y como abrumado. Parecía que alguien le hubiese alcanzado en su fuga, y le hiciese volver atrás.

Entró de nuevo en la cámara del consejo, y lo primero que distinguió fué el botón de la puerta. Aquel botón redondo de cobre pulimentado, brillaba para él como una estrella horrible. Mirábale como podría mirar un cordero el ojo de un tigre.

Su vista no podía apartarse de él.

De cuando en cuando daba un paso, y se aproximaba á la puerta.

Si hubiera escuchado, habría oído como una especie de murmullo confuso, el ruido de la vecina sala; pero no escuchaba ni oía.

De pronto, sin saber cómo, encontróse junto á la puerta, cogió convulsivamente el botón; la puerta se abrió.

Estaba en la sala de audiencia.

IX Lugar en el cual van formándose las convicciones

Adelantó un paso, cerró maquinalmente la puerta tras sí, y permaneció de pie, contemplando lo que estaba viendo.

Era un vasto recinto iluminado apenas; ya silencioso, ya murmurante, donde se desarrollaba todo el aparato de un proceso criminal, con su mezquina y lúgubre gravedad, entre la multitud.

Á un extremo de la sala, en el cual se encontraba él, estaban algunos jueces con aire distraído, con toga ya usada, mordiéndose las uñas ó cerrando los párpados; al otro extremo había una muchedumbre andrajosa, abogados en toda clase de actitudes, soldados de semblante honrado y duro, entablamentos viejos y manchados, un techo sucio, mesas cubiertas de sarga, más amarilla que verde, puertas ennegrecidas por las manos; en clavos, suspendidos en el artesonado, quinqués de taberna, que daban más humo que claridad; sobre las mesas algunas velas en candeleros de cobre; la obscuridad, la fealdad, la tristeza; y de todo aquello se desprendía una impresión austera y augusta, porque se sentía allí esa gran cosa humana que se llama la ley, y la gran cosa divina llamada justicia.

Nadie, entre aquella multitud, se fijó en él. Todas las miradas convergían hacia un solo punto, hacia un banco de madera inmediato á una puertecilla, á lo largo de la pared, á la izquierda de la presidencia. En aquel banco, alumbrado por algunas velas, había un hombre sentado entre dos gendarmes.

Este hombre, era el hombre.

Él no le buscó, pero le vió. Sus ojos se le fueron, naturalmente allí, como si hubieran sabido de antemano dónde encontrarían aquella figura.

Creyó verse asimismo, envejecido; no absolutamente parecido en cuanto al rostro, pero semejante en actitud y aspecto, con sus cabellos erizados, su pupila fosca é inquieta, con su blusa tal como iba el día en que entró en D*** lleno de odio y ocultando en el alma aquel repugnante tesoro de pensamientos horribles que había ido guardándose por espacio de diez y nueve años, cogidos en los suelos del presidio.

Y díjose á sí mismo estremeciéndose:—¡Dios mío! ¿debo volver á verme así?

El otro parecía tener lo menos sesenta años. Había en su semblante algo de rudo, estúpido y espantado.

Al ruido de la puerta, los que allí estaban se habían estrechado para dejarle sitio, el presidente había vuelto la cabeza, y creyendo que el personaje que acababa de entrar era el alcalde de M* sur M*, le había saludado. El fiscal que había visto al señor Magdalena en M* sur M*, adonde le habían llamado más de una vez las funciones de su ministerio, le reconoció y saludó igualmente. Sin advertirlo apenas, se hallaba bajo el peso de cierta alucinación, y sólo veía:

Los jueces, el escribano, los gendarmes y la multitud de cabezas cruelmente curiosas; había ya visto otra vez lo mismo, en otro tiempo,, hacía veintisiete años. Volvía nuevamente á encontrarse con todas aquellas cosas funestas; que estaban allí, que allí se movían, que existían allí. No era un esfuerzo de su memoria, un reflejo de su pensamiento, no; eran verdaderos gendarmes y verdaderos jueces, verdadera multitud y verdaderos hombres de carne y hueso. El hecho era evidente; veía aparecer de nuevo y revivir en torno de sí, con todo el aspecto formidable de la realidad, los monstruosos espectros del pasado.

Todo aquello estaba palpablemente ante sus ojos. Cerrólos horrorizado, exclamando para lo más profundo de su alma: ¡Jamás!

Y por un azar trágico del destino, que hacía temblar todas sus ideas, volviéndole casi loco, era otro él allí presente: ¡Aquel hombre á quien juzgaban y á quien todos llamaban Juan Valjean!

Tenía delante de los ojos «visión inaudita» una especie de representación del momento más horroroso de su vida, personificada en un fantasma.

Todo era lo mismo, el mismo aparato, la misma hora de la noche, casi las mismas figuras de los jueces, de los soldados y de los espectadores. Solamente que colocado sobre la cabeza del presidente había un crucifijo, cosa de que carecían los tribunales del tiempo de su condena. Cuando se le juzgó, no estaba Dios allí.

Había una silla detrás de él, en la cual se dejó caer aterrado por la idea de que pudieran verle. Una vez sentado, se aprovechó de un gran legajo de papeles que había sobre la mesa de los jueces para ocultar su rostro á los espectadores. Así podía ver él sin ser visto. Poco á poco fué recobrando el sentimiento de la realidad, llegando hasta aquel punto de calma en que es posible oir.

El señor Bamatabois era del número de los jurados.

Buscó á Javert, pero no le vió. El banco de los testigos quedaban fuera de sus miradas por la mesa del escribano. Y luego que, como hemos dicho, la sala estaba poco alumbrada.

En el punto en que entró, el abogado del acusado terminaba su defensa.

La atención del concurso estaba excitada hasta el más alto grado; hacía tres horas que duraba el debate; tres horas, durante las cuales la multitud veía doblegarse poco á poco bajo el peso de una semejanza terrible un hombre, un desconocido, una especie de ser miserable, perfectamente estúpido ó perfectamente hábil. Era el tal hombre un vagabundo á quien se había encontrado en un campo, llevando una rama cargada de manzanas maduras, arrancada de un manzano en un cercado vecino, conocido con el nombre de cercado Pierrón. ¿Quién era aquel hombre? De la investigación que había tenido lugar, de los testigos que acababan de oirse, unánimes todos, de las luces que se desprendían del debate, tomaba apoyo la acusación. Y la acusación decía: «No tenemos aquí solamente un ladrón de fruta, un merodeador; tenemos en nuestras manos un bandido, un relapso, un antiguo presidiario, un criminal de los más peligrosos, un malhechor llamado Juan Valjean, á quien la justicia anda buscando hace ya mucho tiempo, y quien, hace ocho años, al salir del presidio de Tolón, cometió un robo en camino real á mano armada, en la persona de un niño saboyano llamado Gervasillo, crimen previsto en el artículo 383 del Código penal, y por el cual nos reservamos perseguirle ulteriormente, cuando la identidad haya quedado comprobada judicialmente. Acaba de cometer un nuevo robo, lo cual prueba su reincidencia. Condenadle por el hecho nuevo, más tarde será juzgado por el antiguo». Ante esta acusación, ante la unanimidad de los testigos, el acusado parecía, antes que todo, asombrado. Hacía gestos y signos que querían decir no, ó levantaba los ojos y miraba al techo.

Hablaba con trabajo, respondía con embarazo, pero de pies á cabeza era toda su persona una negativa. Estaba como un idiota en presencia de todas aquellas inteligencias ordenadas en batalla á su alrededor, era como un extranjero en medio de aquella sociedad que le asediaba. No obstante, de allí podía resultar para él el porvenir más amenazador, y la verosimilitud de ello iba creciendo por minutos, y toda aquella multitud veía con mayor ansiedad que él mismo, aquella sentencia llena de calamidades que iba precipitándose sobre su cabeza. Dejábase entrever, asimismo, una eventualidad; la de que, además del presidio, era posible la pena de muerte, si llegaba á reconocerse la identidad, y si el asunto de Gervasillo terminaba más tarde con una condena. ¿Qué es lo que era aquel hombre? ¿Qué clase de apatía era la suya? ¿Era imbecilidad ó astucia? ¿Comprendía demasiado, ó no comprendía nada absolutamente? cuestión era ésa que dividía á la multitud, y que parecía igualmente dividir al jurado.

Había en aquel proceso algo que espantaba, y algo engañoso; el drama no era solamente sombrío, sino obscuro.

El defensor había hablado bastante bien en ese lenguaje de provincia que ha constituido por mucho tiempo la elocuencia del foro, y que usaban antes todos los abogados, lo mismo en París que en Romorantin ó Montbrison; pero que hoy día habiéndose hecho clásico, le usan solamente los oradores oficiales del ministerio público, á quienes conviene por su grave sonoridad y aire majestuoso; lenguaje por el cual se le llama al marido esposo, y á la mujer, esposa; á París, el centro de las artes y de la civilización; al rey, el monarca; á monseñor el obispo, un santo pontífice; al fiscal, el elocuente intérprete de la vindicta; á los alegatos, los acentos que se acaban de oir; al siglo de Luis XIV, el gran siglo; un teatro, el templo de Melpómene; la familia reinante, la augusta sangre de nuestros reyes; un concierto, una solemnidad musical; al señor comandante general del departamento, el ilustre guerrero que, etc.; á los alumnos del seminario, esos tiernos levitas; los errores imputados á los periódicos, la impostura que destila su veneno en las columnas de esos órganos, etc., etc.—El abogado, pues, había empezado por hablar del robo de las manzanas—cosa no muy á propósito para ese elevado estilo; pero el mismo Benigno Bossuet se vió obligado á hacer alusión á una gallina en lo mejor de una oración fúnebre, y lo hizo elocuentemente.—El abogado había partido del principio de que el robo de las manzanas no estaba materialmente probado. Su cliente, á quién en su calidad de defensor persistía en llamar Champtmathieu no había sido visto escalando la pared ó arrancando la rama.

Se le había cogido llevando aquella rama (que el abogado se complacía en llamar ramo), pero que él decía haber encontrado y recogido del suelo. ¿Dónde estaba la prueba de lo contrario? Indudablemente había sido aquella rama arrancada y sustraída después del escalamiento, y arrojada enseguida por el ladrón asustado; había habido, sin duda, un ladrón. Pero, ¿dónde estaba la prueba de que ese ladrón fuése Champmathieu? Una sola cosa: su cualidad de antiguo presidiario. El abogado no negaba que esa cualidad dejase de estar desgraciadamente bien comprobada; el acusado había residido en Faverolles; el acusado había sido allí podador; el nombre de Champmathieu podía muy bien tener por origen el de Juan Mathieu, todo esto era verdad: en fin, cuatro testigos reconocían sin vacilar y positivamente á Champmathieu por el presidiario Juan Valjean; á semejantes indicaciones y á tales testimonios, el abogado no podía oponer sino la negativa de su cliente, negativa interesada; pero suponiendo que fuése el presidiario Juan Valjean, ¿probaba esto que fuése el ladrón de las manzanas? Existía, pues, á todo extremo una presunción, no una prueba. Es verdad que el acusado, y el defensor «en su buena fe», no dejaba de convenir en ello, había adoptado «un mal sistema de defensa», obstinándose en negarlo todo, el robo y su cualidad de presidiario. Una confesión sobre este último punto habría valido mucho más seguramente, y le hubiera granjeado tal vez la indulgencia de sus jueces. Así se lo había aconsejado el abogado; pero el acusado se había negado obstinadamente, creyendo sin duda salvarlo todo no declarando nada. Era esto un error; pero, ¿no se había de tener también en cuenta aquella escasez de inteligencia? Aquel hombre era visiblemente estúpido. Su larga permanencia en presidio, y su prolongada miseria fuera de él, le habían embrutecido, etc., etc. Defendíase mal; pero ¿era ésta una razón para condenarle? En cuanto al asunto de Gervasillo, el abogado no tenía necesidad de discutirlo, no entrando para nada en la causa. El abogado concluía suplicando al jurado y al tribunal que si la identidad de Juan Valjean les parecía evidente, le aplicasen las penas de policía que corresponden al trasgresor ordinario de un bando, y no el castigo espantoso que recae sobre el presidiario reincidente.

El fiscal replicó al defensor. Estuvo violento, y florido, como suelen serlo generalmente los fiscales.

Felicitó al defensor por su «lealtad», y se aprovechó hábilmente de esa lealtad, atacando al acusado con todas las concesiones hechas por su abogado. El abogado parecía conceder que el acusado era Juan Valjean. El fiscal tomó de ello acta. Aquel hombre era, pues, Juan Valjean. Éste era un hecho demostrado para la acusación, y sobre el cual no cabía ya debate. Y aquí, por una hábil antonomasia, remontándose al origen y á las causas de la criminalidad, el fiscal tronó contra la inmoralidad de la escuela romántica, en su aurora á la sazón, bajo el nombre de escuela satánica, que le habían dado los críticos de la Quottidienne y del Orifiamme, atribuyó no sin verosimilitud, á la influencia de esa literatura perversa, el delito de Champmathieu, ó, por mejor decir, de Juan Valjean. Agotadas estas consideraciones, pasó á hablar del mismo Juan Valjean.

¿Qué es lo que era Juan Valjean?

Descripción de Juan Valjean: un monstruo vomitado, etc. El modelo de esta clase de descripciones se halla en la relación de Teramenes, la cual, si no sirve de nada á la tragedia, presta, cuando menos diariamente, grandes servicios á la elocuencia forense. El auditorio y los jurados «temblaron». Terminada la descripción, el fiscal prosiguió, con un giro oratorio, á propósito para excitar hasta el más alto punto, al día siguiente, el entusiasmo del periódico de la prefectura. ¡Y es un hombre semejante, etc., etc., vagabundo, mendigo, sin medios de subsistencia, etc., etc., acostumbrado por su vida pasada á las acciones culpables, y poco corregido por su estancia en presidio, como lo prueba el crimen contra Gervasillo, etc., etc., es tal ese hombre que, encontrado en la vía pública en fragante delito de robo, á cortos pasos de un muro escalado, llevando aún en la mano el objeto robado, niega todavía el delito, el robo, el escalamiento, lo niega todo, niega hasta su nombre, niega hasta su identidad. Además de cien otras pruebas, que no hemos de repetir, cuatro testigos le reconocen: Javert, el íntegro inspector de policía Javert, y tres de sus antiguos compañeros de ignominia, los presidiarios Brevet, Chenildieu y Cochepaille. ¿Qué opone él á esa unanimidad fulminante? Su negativa. ¡Qué endurecimiento! Vosotros haréis justicia, señores jurados, etc., etc.».

Mientras hablaba así el fiscal, oíale el acusado con la boca abierta, con una especie de asombro, en el cual había buena parte de admiración.

Estaba evidentemente sorprendido que un hombre pudiese hablar de aquella manera.

De cuando en cuando, en los momentos más «enérgicos» de aquella requisitoria, en esos momentos en que la elocuencia, que no puede detenerse, se desborda en un flujo de epítetos sonrojantes y anega al acusado como un torrente, movía el infeliz lentamente la cabeza de derecha á izquierda y de izquierda á derecha, especie de protesta triste y muda con la que se había contentado desde el principio de la vista. Dos ó tres veces, los espectadores que estaban más cerca de él le oyeron decir á media voz: ¡Véase lo que resulta de no haber preguntado al señor Baloup. El fiscal llamó la atención del jurado sobre aquella actitud atontada, fingida á no dudarlo, y que revelaba, no la imbecilidad, sino la maña, la astucia, la costumbre de engañar á la justicia, y que revelaba con toda claridad «la profunda perversidad» del acusado. Terminó reservándose para ocasión mejor, el asunto de Gervasillo, y pidiendo una sentencia ejemplar.

Ésta era, por de pronto, cadena perpetua.

Levantóse el defensor; empezando por cumplimentar al «ministerio fiscal» por su «admirable palabra»; después replicó como pudo, pero ligeramente; el terreno en que estaba su hundía bajo sus pies.

X El sistema de negativas

Llegó el momento de cerrar el debate. El presidente mandó levantar al acusado, y le dirigió la pregunta de costumbre.

—¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa?

El hombre se levantó, dando vueltas entre sus manos á una mala gorra, pareciendo no entender lo que se le decía.

El presidente repitió la pregunta.

Esta vez el hombre entendió, pareció comprender. Hizo un movimiento como de quien despierta, paseó la mirada en torno suyo, se fijó en el público, en los gendarmes, en su abogado, en los jurados, y en el tribunal; puso su enorme puño sobre la baranda colocada delante de su banco, volvió á mirar, y de repente, fijándose por fin en la persona del fiscal, comenzó á hablar.

Aquello fué una especie de erupción. Parecía según se escapaban de su boca, las palabras, incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas, que se apresuraban todas ó la vez para salir á un tiempo mismo. Dijo así:

—Tengo que decir. Que he sido carretero de París y que trabajaba en casa del señor Baloup. Es dura profesión; en el oficio de carretero hay que trabajar siempre al aire libre, en los patios ó debajo de algún cobertizo en casa de los buenos maestros, pero nunca en talleres cerrados, porque, ya veis, se necesita mucho espacio. En invierno se pasa tanto frío, que se golpea uno con los brazos para calentarse, pero los maestros no lo consienten, diciendo que así se pierde el tiempo. Manejar el hierro cuando están heladas las piedras es muy pesado. Pronto se gasta así un hombre. En este oficio llega uno á viejo siendo joven. Á los cuarenta años ya no hay hombre. Yo tenía cincuenta y tres, pero lo pasaba muy mal. Y luego ¡son tan malos los obreros! Cuando un pobre no es bastante joven, le llaman viejo tonto y topo viejo. Yo no ganaba más que treinta sueldos diarios; me pagaban lo menos que podían; los maestros se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía á mi hija, que era lavandera en el río. Ella ganaba por su lado, y aunque poco, reuniéndolo todo vivíamos. Su trabajo era muy pesado también. Todo el día en una banca metida hasta la mitad del cuerpo, con lluvia, con nieve, con un viento que corta la cara; cuando hiela, es preciso lavar también; hay personas que no tienen mucha ropa, y que aguardan á la lavandera para mudarse. Si no se lavara, se perderían los parroquianos. Las tablas de las bancas están mal ajustadas; entra el agua por todas partes. Los vestidos se les mojan por fuera y por dentro; la humedad penetra. Ella lavó también en el lavadero de los Niños Expósitos, donde el agua llega por medio de caños; allí no hay bancas. Se lava junto al caño y se aclara en el estanque. Como está cerrado, se tiene menos frío en el cuerpo. Pero se respira un vaho de agua caliente, que es terrible y que ataca á los ojos hasta dejaros ciego. Mi hija volvía á las siete de la tarde, y se acostaba enseguida; estaba muy fatigada. Su marido la pegaba. Se murió. Fuimos muy desgraciados. Era muy buena muchacha; no iba al baile; era muy amiga del reposo. Me acuerdo de un martes de carnaval que se acostó á las ocho. Y ahí tienen ustedes. Digo la verdad. No tienen más que preguntar. ¡Ay! Sí, preguntar. ¡Qué torpe! París es un torbellino. ¿Quién conoce allí á Champmathieu? Por esto cito al señor Baloup. Preguntad en casa del señor Baloup. Después de eso, no sé qué me queréis.

El hombre se calló, quedándose de pie. Había dicho aquello con voz alta, rápida, áspera, dura y ronca, con cierta ingenuidad airada y salvaje.

Una vez se había interrumpido para saludar á uno de los concurrentes. Aquellas afirmaciones que parecía lanzar á la ventura delante de sí, venían como movimientos de hipo, y á cada una de ellas acompañaba el gesto de un leñador que hiende un tronco. En cuanto terminó, el auditorio se echó á reir. Él miró al público, y no comprendiendo por qué, púsose á reir también.

¡Aquello era siniestro!

El presidente, hombre atento y benévolo, habló á su vez.

Recordó á los «señores jurados» que al señor Baloup antiguo maestro carretero, en cuya casa decía el acusado haber trabajado, se le había citado inútilmente. Estaba en quiebra y «no había podido ser habido». Después, volviéndose hacia el acusado, le aconsejó que oyera bien lo que iba á decirle, y añadió:

—Estáis en una situación en que es preciso reflexionar. Pesan sobre vos las presunciones más graves y que pueden traeros fatales consecuencias. Acusado, en interés vuestro, os interpelo por la última vez; explicaos claramente sobre estos dos hechos: Primeramente, ¿habéis saltado, sí ó no, la tapia del cercado Pierrón, tronchado la rama y robado las manzanas; es decir, cometido el crimen de robo con escalamiento? Segundo, ¿sois el presidiario cumplido Juan Valjean? ¿sí ó no?

El acusado movió la cabeza con aire de inteligencia, como hombre que ha comprendido bien y que sabe lo que va á responder. Abrió la boca; se volvió hacia el presidente, y dijo:

—En primer lugar...

Después miró su gorra, miró al techo y se calló.

—Acusado,—repuso el fiscal con voz severa,—estadme atento. No respondéis á nada de lo que se os pregunta. Vuestra turbación os condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu; que sois el presidiario Juan Valjean, oculto primero bajo el nombre de Juan Mathieu, que era el apellido de su madre; que estuvisteis en Auvernia; que nacisteis en Faverolles, donde fuisteis podador. Es evidente que habéis robado con escalamiento manzanas maduras en el cercado Pierrón. Los señores jurados apreciarán estos hechos.

El acusado había acabado por sentarse; pero se levantó rápidamente en cuanto terminó el fiscal, y exclamó á su vez:

—¡Vos sois muy malo, señor! He aquí lo que yo quería decir; pero no se me ocurría al pronto. Yo no he robado nada. Yo soy un hombre que no come todos los días. Venía de Ailly, iba por el camino después de un turbión que había asolado el campo, tanto, que los pantanos se habían desbordado, y de las arenas apenas salía otra cosa que algunas matas de hierba á orillas de la carretera. Encontré en el suelo una rama tronchada que tenía algunas manzanas, y la cogí sin saber ni pensar que me traería un castigo. Tres meses hace que estoy preso, y que me llevan de aquí para allá, y yo no sé qué decir. Hablan contra mí, y me dicen: ¡Responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el codo, y me dice por lo bajo: ¡Responde, hombre! Yo no sé explicarme, no he hecho estudios, soy un pobre hombre. Y es un gran error no querer verlo. Yo no he robado, he cogido del suelo una cosa que encontré en él. Habláis de Juan Valjean, de Juan Mathieu! No conozco á semejantes hombres; serán tal vez aldeanos. Yo he trabajado en casa del señor Baloup, en el boulevard del Hospital. Me llamo Champmathieu.

Sois muy mal intencionados creyendo adivinar dónde nací. Vosotros lo decís, pero yo lo ignoro. No todos tienen casa dónde venir al mundo. Muy cómodo sería si así fuése. Creo que mi padre y mi madre eran gentes que andaban por los caminos, y no sé más. Cuando era muchacho me llamaban el Pequeño, ahora me llaman el Viejo; y ésos son todos mis nombres de bautismo, tomadlo como queráis.

He estado en Auvernia, he estado en Faverolles. ¡Pardiez! ¿Qué tiene esto de particular? ¿No se puede haber estado en Auvernia y en Faverolles sin haber estado en presidio? Os digo que no he robado y que soy el tío Champmathieu. He trabajado en casa del señor Baloup, y he estado domiciliado.

¡Me fastidiáis con vuestras barbaridades! ¿Por qué razón os encarnizáis todos contra mí?

El fiscal había permanecido de pie, y dirigiéndose al presidente, dijo:

—Señor presidente, en vista de las negaciones confusas, pero muy hábiles, del acusado, que querría pasar por idiota; pero que no lo logrará—se lo advertimos—os pedimos y requerimos al tribunal para que se sirva mandar comparezcan de nuevo en este recinto los condenados Brevet, Cochepaille y Chenildieu, y el inspector de policía Javert, para que se les interpele por última vez acerca de la identidad del acusado con la persona del presidiario Juan Valjean.

—Debo advertir al señor fiscal,—dijo el presidente,—que el inspector de policía Javert, llamado por sus funciones á la cabeza de partido de un distrito inmediato, ha salido de esta audiencia, y hasta de la ciudad, después de prestar su declaración. Le hemos autorizado para ello, de conformidad con el mismo señor fiscal y el defensor del acusado.

—Es verdad, señor presidente,—repuso el fiscal.—Pero en ausencia del señor Javert, creo deber recordar á los señores jurados lo que él mismo ha dicho hace pocas horas. Javert es un hombre estimable, que honra, por su rigurosa y estricta probidad, las funciones que ejerce, si bien inferiores, muy importantes. Véase en qué términos ha declarado el señor Javert:

«No tengo necesidad alguna de presunciones morales ni de pruebas materiales que desmientan las negativas del acusado. Le reconozco perfectamente. Ese hombre no se llama Champmathieu, es un antiguo presidiario muy malo y muy temido, llamado Juan Valjean. Se le puso en libertad al terminar su condena con gran temor. Ha sufrido diez y nueve años de trabajos forzados por robo calificado. Probó cinco ó seis veces de escaparse. Además del robo de Gervasillo y del robo de Pierrón, creo que cometió otro robo en casa de su ilustrísima el difunto obispo de D***. Le veía frecuentemente en la época en que era yo auxiliar de guardachusma en el presidio de Tolón. Repito que le reconozco perfectamente».

Esta declaración tan terminante pareció producir una nueva impresión así en el público como en el jurado.

El fiscal terminó insistiendo en que á falta de Javert, los tres testigos, Brevet, Chenildieu, y Cochepaille, fuesen oídos de nuevo é interpelados solemnemente.

El presidente dió la orden á uno de los ujieres, y á poco se abrió la puerta de la sala de testigos. El ujier, acompañado de un gendarme dispuesto á auxiliarle, introdujo al condenado Brevet. El auditorio estaba suspenso, y todos los pechos palpitaban como si todos juntos no tuviesen más que un alma.

El antiguo presidiario Brevet llevaba el traje negro y ceniciento de las prisiones centrales. Era un personaje de unos sesenta años, que tenía cierto aspecto de hombre de negocios, con aire de pícaro, cosas ambas que van juntas algunas veces. En la cárcel, adonde le habían llevado nuevos delitos, había llegado á ser algo como calabocero. Era hombre de quien decían sus jefes: Procura hacerse útil. Los capellanes tenían buen concepto de sus costumbres religiosas. Hay que tener presente que esto pasaba en tiempos de la restauración.

—Brevet,—dijo el presidente,—habéis sufrido una pena infamante y no podéis prestar juramento.

Brevet bajó los ojos.

—Sin embargo,—repuso el presidente,—aún en el hombre degradado por la ley, pueden restar, cuando la misericordia divina lo permite, sentimientos de honor y de equidad. Apelo á estos sentimientos en este momento decisivo. Si, como espero, existe en vos aún, fijaos por una parte en ese hombre á quien una palabra vuestra puede perder, y por otra en la justicia, la cual una palabra vuestra puede esclarecer. El instante es solemne, y es tiempo todavía de retractarse, si creéis haberos equivocado. Acusado, levantaos. Brevet, mirad bien al acusado, reunid vuestros recuerdos, y decidnos por vuestra alma y conciencia, si persistís en reconocer á ese hombre por vuestro antiguo compañero de presidio Juan Valjean.

Brevet miró al acusado, volviéndose después al tribunal.

—Sí, señor presidente. Yo soy quien le reconocí primeramente y persisto en ello. Este hombre es Juan Valjean, que entró en Tolón en 1796 y salió en 1815. Yo salí un año después. Ahora tiene el aire de un bruto, pero puede ser le haya embrutecido la edad; en presidio era muy taciturno. Le reconozco positivamente.

—Podéis sentaros,—dijo el presidente.—Acusado, continuad en pie.

Introdujeron á Chenildieu, condenado á cadena perpetua, como lo indicaban su chaqueta roja y gorro verde. Cumplía su condena en el predio de Tolón, de donde le habían sacado para declarar en esta causa. Era un hombrecillo de unos cincuenta años, vivo, arrugado, feo, pálido, descarado y nervioso, que en todos sus miembros y en toda su persona tenía cierta debilidad enfermiza, y en la mirada una fuerza inmensa. Sus compañeros de presidio le habían puesto por mote Niega-á-Dios[6].

El presidente le dirigió aproximadamente las mismas palabras que á Brevet. En el momento en que le recordó que su infamia le quitaba el derecho de prestar juramento, Chenildieu levantó la cabeza mirando descaradamente al público.

El presidente le indicó que debía reflexionar, y le preguntó, como á Brevet, si persistía en reconocer al acusado.

Chenildieu se puso á reir.

—¡Pues no he de reconocerle! Hemos estado juntos cinco años, atados á la misma cadena. ¿Te desagrada que lo diga, viejo amigo?

—Id á sentaros,—dijo el presidente.

El ujier condujo á Cochepaille, otro condenado á perpetuidad, venido de presidio y vestido de rojo como Chenildieu, era un campesino de Lourdes, un medio-oso de los Pirineos. Había guardado rebaños en la montaña, y de pastor había pasado á bandolero; no era menos salvaje, y parecía más estúpido aún que el acusado. Era uno de esos infelices que la naturaleza empieza en bestias feroces, y la sociedad termina en presidiarios.

El presidente intentó conmoverle con algunas palabras patéticas y graves, y le preguntó, como á los otros dos, si persistía, sin vacilar ni turbarse, en reconocer al hombre que estaba de pie delante de él.

—Es Juan Valjean,—dijo Cochepaille.—El mismo á quien llamaban Juan el Gato, por su fuerza extraordinaria.

Cada una de las afirmaciones de estos tres hombres, evidentemente sinceras y de buena fe, había suscitado en el auditorio murmullos de mal agüero para el acusado, murmullos que crecían y se prolongaban más y más, cada vez que una nueva declaración venía á corroborar la anterior. El acusado los había oído con el semblante admirado, que, según la acusación, era su principal medio de defensa. Á la primera, los gendarmes sentados á su lado, le habían oído murmurar entre dientes: ¡Bien! ¡ya tenemos uno! Á la segunda, dijo un poco más alto y con aire satisfecho: ¡Muy bien! Á la tercera exclamó sin contenerse: ¡Famoso!

El presidente le interpeló:

—Acusado, ¿habéis oído? ¿Qué tenéis que decir?

Él respondió:

—Repito que ¡famoso!

Estalló en el público cierto rumor, que llegó casi al jurado. Era evidente que aquel hombre estaba perdido.

—Ujieres,—dijo el presidente,—imponed silencio. Va á cerrarse el debate.

En aquel momento hubo un gran movimiento hacia la presidencia junto á la cual se oyó una voz que gritaba:

—¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! Mirad hacia acá.

Cuantos la oyeron se quedaron como helados, tan lamentable y terrible era su acento. Volviéronse los ojos hacia el punto de donde había partido. Un hombre, colocado entre los espectadores de preferencia sentados detrás del estrado, acababa de levantarse, había empujado la puertecilla de la baranda que le separaba del tribunal, estaba de pie en medio de la sala. El presidente, el fiscal, el señor Bamatabois, veinte personas, le reconocieron y exclamaron á un tiempo:

—¡El señor Magdalena!

XI Champmathieu más y más asombrado

Efectivamente era él. La lámpara del escribano iluminaba su rostro. Tenía el sombrero en la mano, no había el menor desorden en su traje, su levita estaba perfectamente abotonada. Estaba muy pálido y ligeramente tembloroso. Sus cabellos, grises todavía al llegar á Arras, aparecían completamente blancos. Había encanecido en aquella hora de estar allí.

Todas las cabezas se levantaron. La sensación fué indescriptible. Hubo en el auditorio un instante de vacilación. La voz había sido tan penetrante, el hombre que estaba allí parecía tan sereno, que al primer momento nadie se explicaba que era aquello. Preguntábanse quién había gritado. Nadie podía creer que fuera aquel hombre tan tranquilo quien hubiese dado un grito tan horroroso.

Aquella indecisión duró solamente algunos segundos. Aún antes de que el presidente y el fiscal pudieran decir una palabra, antes que los gendarmes y porteros hubiesen podido hacer un gesto, el hombre, que en aquel momento seguían todos llamando señor Magdalena, se había adelantado hacia los testigos Cochepaille, Brevet y Chenildieu.

—¿No me reconocéis?—les dijo.

Los tres continuaron admirados, é indicaron con un movimiento de cabeza que no le reconocían. Cochepaille, intimidado, hizo el saludo militar. El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y hacia el tribunal, y dijo con acento tranquilo:

—Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor presidente, mandad que se me prenda. El hombre á quien se busca no es él sino yo. Yo soy Juan Valjean.

Ni una sola boca respiraba. Á la primera conmoción de asombro había sucedido un silencio sepulcral. Sentíase en la sala esa especie de terror religioso que sobrecoge á las multitudes cuando se está verificando algo grandioso.

Sin embargo, el rostro del presidente aparecía cubierto de simpatía y tristeza; había cambiado un signo rápido con el fiscal, y algunas palabras en voz baja con los jueces asesores. Y dirigiéndose al público, preguntó con acento que fué comprendido por todo el mundo:

—¿Hay por aquí algún médico?

El fiscal tomó la palabra:

—Señores jurados, el incidente tan extraño como inesperado que suspende la audiencia, nos inspira, lo mismo que á vosotros, un sentimiento que no es necesario expresar. Todos vosotros conocéis, al menos por su fama, al honorable señor Magdalena alcalde de M* sur M*. Si hay algún médico entre el auditorio, unimos nuestra voz á la del señor presidente para rogarle se sirva asistir al señor Magdalena y acompañarle á su domicilio...

El señor Magdalena no dejó terminar al fiscal, interrumpiéndole con un acento lleno de mansedumbre y autoridad. He aquí las palabras que pronunció, trasladadas literalmente, tal cual fueron escritas inmediatamente después de la audiencia por uno de los testigos de aquella escena, tales cuales permanecen todavía en el oído de los que las oyeron hace cuarenta años.

—Os doy muchas gracias, señor fiscal; pero no estoy loco. Vais á verlo. Estábais próximos á cometer un gran error, dese libertad á ese hombre; cumplo con mi deber diciéndoos que yo soy ese desgraciado criminal. Yo soy el único que ve claro aquí, y digo la verdad. Dios, que está allá arriba, mira lo que yo hago, y esto basta. Podéis prenderme, puesto que me tenéis aquí. Yo, sin embargo, he obrado lo mejor que he podido. Me he ocultado bajo un nombre supuesto: me he enriquecido, he llegado á ser alcalde; he querido mezclarme entre las gentes honradas. Pero, por lo visto, esto no es posible. En esto hay muchas cosas que no puedo decir, pues no he de referir aquí mi historia; algún día se sabrá. Robé al señor obispo, es verdad; robé á Gervasillo, es verdad también. Hay razones para decir, como habéis dicho, que Juan Valjean era un miserable, malvado; pero quizá no sea suya toda la culpa. Atendedme, señores jueces: un hombre tan envilecido como yo no puede quejarse de la Providencia, ni debe dar consejos á la sociedad, pero advertid que la infamia, de la cual había procurado salir, es verdaderamente nociva. El presidio hace al presidiario. Haceos cargo de esto, si queréis. Antes de ir á presidio, era yo un infeliz aldeano, muy poco inteligente, casi un idiota; el presidio me cambió. Era estúpido, me volví perverso; era un leño, me volví tizón. Más tarde, la indulgencia y la bondad me salvaron, de igual manera que la severidad me había perdido. Pero perdonadme, pues no podéis vosotros comprender lo que os estoy diciendo. En mi casa se encontrará, entre las cenizas de la chimenea, la moneda de cuarenta sueldos que robé hace siete años á Gervasillo. No tengo nada que añadir. Prendedme. ¡Válgame Dios! El señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: Magdalena se ha vuelto loco. ¡No se me cree! Lo siento á fe. ¡No condenéis al menos á ese hombre! ¡Y qué! ¡Estos no me reconocen! Yo quisiera que estuviese aquí Javert. ¡Él sí que me reconocería!

No hay palabras con que expresar toda la melancolía benévola y sombría del acento con que acompañó esta exclamación.

Volvióse hacia los tres presidiarios, diciendo:

—¡Pues bien! ¡Yo os reconozco á vosotros! ¡Brevet! ¿No os acordáis?...

Interrumpióse, vaciló un momento, y luego dijo:

—¿Te acuerdas de aquellos tirantes de punto, labrados á cuadros, que llevabas en presidio?

Brevet experimentó cierta sacudida de admiración, mirándole asombrado de pies á cabeza.

Él continuó:

—Chenildieu, tú que te llamabas á ti mismo Niega-á-Dios, tienes el hombro derecho quemado profundamente, porque te recostaste un día sobre un brasero encendido para borrar las tres letras T. F. P. que se descubren todavía á pesar de ello. Responde: ¿es cierto?

—Es cierto,—dijo Chenildieu.

Dirigióse entonces á Cochepaille.

—Tú, Cochepaille, tienes cerca de la sangría del brazo izquierdo, una fecha grabada en letras azules con pólvora quemada. Esta fecha es la del día del desembarco del emperador en Cannes, 1.º de marzo de 1815. Levántate la manga.

Cochepaille se arremangó, y todas las miradas se dirigieron para ver aquel brazo desnudo. Uno de los gendarmes acercó un farol; la fecha se leía perfectamente.

El desgraciado volvió la vista hacia el auditorio y hacia los jueces con una sonrisa, que enternece todavía á los que la presenciaron cuando la recuerdan. Era, á un tiempo mismo, la sonrisa del triunfo y de la desesperación.

—Ya veis,—dijo,—como soy realmente Juan Valjean.

No había ya en aquel recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; no había mas que ojos fijos y corazones emocionados. Nadie se acordaba del papel que estaba obligado á representar; el fiscal se olvidaba de que estaba allí para requerir, el presidente de que estaba allí para dirigir, el abogado que se estaba allí para defender. Y es por cierto digno de notarse, que no se hizo pregunta alguna, ni intervino ninguna autoridad. Es condición de los espectáculos sublimes la de apoderarse de todos los ánimos, y convertir los testigos en espectadores. Nadie alcanzaba quizás á darse cuenta de lo que pasaba por él; nadie se explicaba, de seguro, que estuviese viendo en aquello, una gran luz, y todos, sin embargo se sentían interiormente deslumbrados.

Era evidente que tenían delante á Juan Valjean. Esto resplandecía. La aparición de aquel hombre había bastado para llenar de luz aquella aventura tan obscura pocos momentos antes. Sin que fuése ya necesaria otra explicación, toda aquella multitud, como por una especie de revelación eléctrica, comprendió inmediatamente, y de un solo golpe, aquella simple y admirable historia de un hombre que se entregaba para que otro hombre no fuése condenado en su lugar. Los detalles, las vacilaciones, las pequeñas y naturales dificultades, se perdían en aquel vasto hecho luminoso.

Impresión que pasó rápidamente, pero que de momento fué irresistible.

—No quiero molestar más á la audiencia,—repuso Juan Valjean.—Me voy, puesto que no se me prende. Tengo mucho que hacer. El señor fiscal sabe ya quien yo soy y á donde me dirijo; él hará que me prendan cuando quiera.

Dirigióse á la puerta de salida. No se levantó una sola voz, ni se extendió un brazo para detenerle. Todos se retiraron. Brillaba en él, en aquel instante, ese algo divino que hace que las muchedumbres retrocedan y se inclinen delante de un hombre. Atravesó por entre la multitud á paso lento. No se ha sabido jamás quién le abrió la puerta, pero es cierto que la puerta estaba abierta cuando él llegó; desde allí volvióse y dijo:

—Señor fiscal, estoy á vuestras órdenes.

Después se dirigió al auditorio:

—Tantos cuantos estáis aquí me creéis digno de compasión, ¿no es verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso en lo que iba yo á hacer, me creo, en verdad, digno de envidia. Sin embargo, hubiera preferido que no hubiese pasado nada de esto.

Salió, y volvióse á cerrar la puerta, de igual manera que se había abierto; porque aquellos que hacen algo grande, están siempre seguros de hallar alguien que les sirva entre la multitud.

Una hora después, el veredicto del jurado descargaba de toda culpabilidad al llamado Champmathieu; y Champmathieu puesto inmediatamente en libertad, marchábase estupefacto, creyendo locos á todos los hombres, y no explicándose nada de aquella visión.

NOTAS:

Notes in this chapter

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