LIBRO OCTAVO LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA (continued 2)
J. A. R. translation
Aquella casa era también una cárcel; y se parecía lúgubremente á la otra de que había huido; y sin embargo, nunca se le había ocurrido tal semejanza.
Veía allí rejas, cerrojos, barras de hierro. ¿Para qué? Para guardar ángeles.
Aquellas altas murallas que había visto cercando tigres, las estaba viendo cercando corderos.
Era un lugar de expiación y no de castigo; pero sin embargo era más austero, más tétrico y más inexorable que el otro. Aquellas vírgenes vivían más oprimidas que los presidiarios.
Un viento frío y rudo, el viento que había helado su juventud, atravesaba el foso enverjado y embarrotado de los buitres; una brisa más áspera y más dolorosa todavía soplaba en la jaula de las palomas.
¿Por qué?
Cuando pensaba en tales cosas, se abismaba su espíritu ante el misterio de la sublimidad.
En tales meditaciones el orgullo se desvanece.
Daba toda clase de vueltas sobre sí mismo, sintiendo su propia perversidad, y lloró muchas veces. Todo lo que había pasado por él hacía seis meses, le conducía nuevamente á las santas inducciones del obispo; Cosette por el amor, el convento por la humildad.
Algunas veces, á la caída de la tarde, en el crepúsculo, á la hora en que el jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del paseo que costeaba la capilla, junto á la ventana por donde había mirado la primera noche, de cara al sitio en que sabía estaba la hermana que hacía el desagravio orando prosternada. Rezaba arrodillado ante aquella religiosa.
Parecía que no osaba arrodillarse directamente delante de Dios.
Todo cuanto le rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores embalsamadas, aquellas niñas gritando de alegría, aquellas mujeres graves y sencillas, aquel claustro silencioso, le penetraban lentamente; y poco á poco su alma iba llenándose de silencio como el claustro, de perfume como las flores, de paz como el jardín, de ingenuidad como las monjas, y de alegría como las niñas. Después reflexionaba que precisamente dos casas de Dios le habían sucesivamente acogido en los momentos críticos de su vida; la primera, cuando todas las puertas se le cerraban y le rechazaba la sociedad humana; la segunda, cuando la sociedad humana volvía á perseguirle, y el presidio volvía á solicitarle. Sin la primera, hubiera vuelto á precipitarse en el crimen; sin la segunda, en el suplicio.
Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más y más.
Se pasaron así bastantes años; Cosette fué creciendo.
NOTAS:
TERCERA PARTE MARIO