LIBRO PRIMERO WATERLOO (continued 2)
J. A. R. translation
Á la palabra de Cambronne, la voz inglesa contestó: ¡Fuego! Las baterías fulguraron, retembló la colina, de todas aquellas bocas de bronce salió el postrer vómito de espantosa metralla, levantóse una vasta humareda, vagamente blanqueada por la luna naciente. Cuando se hubo disipado el humo, ya no había nada. Aquel resto formidable acababa de ser aniquilado: la guardia estaba muerta.
Los cuatro muros del reducto viviente yacían destrozados, apenas se percibía aquí y allá algún sacudimiento entre los cadáveres. Así fué cómo las legiones francesas, más grandes que las legiones romanas, expiraron en Mont Saint Jean, sobre el suelo empapado de agua y sangre, entre los trigos sombríos, en el mismo lugar por donde pasa ahora á las cuatro de la madrugada, silbando y fustigando alegremente su caballo, José, el conductor de la valija-correo de Nivelles.
XVI ¿Quot libras in duce?
La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la ganaron como para quien la perdió. Para Napoleón fué un pánico[9]. Blücker no vió en ella sino fuego; Wellington no entendió nada. Véanse los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios embrollados. Éstos balbucean, aquéllos tartamudean.
Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero golpe de vista las principales y características líneas de aquella catástrofe del genio humano en lucha con el azar divino. Todos los demás historiadores se han deslumbrado más ó menos, y en medio de su deslumbramiento andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto, derrumbamiento de la monarquía militar que, con gran estupor de los reyes, arrastró á ella á todos los reinos; caída de la fuerza, derrota de la guerra.
En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobrehumana, la parte de los hombres es nula.
Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á Inglaterra y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta Alemania, son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo, los pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de la espada.
Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el interior de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania á Schiller, y sobre Wellington tiene Inglaterra á Byron. Un vasto nacimiento de ideas es el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen, así la Inglaterra como Alemania, esplendores magníficos. Ambas son majestuosas, porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas á la civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas mismas, y no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo XIX no tiene nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los pueblos bárbaros tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es la vanidad pasajera de los torrentes henchidos por la barrusca. Los pueblos civilizados, sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se elevan ni rebajan con la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso específico en el género humano es resultado de algo más que un combate. Su honra, á Dios gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no son números que los héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan poner á la lotería de las batallas. Frecuentemente batalla perdida, significa progreso conquistado. Á menos gloria mayor libertad. Calla el tambor, y toma la razón la palabra. Es el juego del gana-pierde.
Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos al azar lo que es del azar, y á Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo? ¿Una victoria? No. Un quinterno.
Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia.
No valía, de mucho, la pena de poner allí un león.
Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios. Dios, que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más sorprendente ni confrontación más extraordinaria.
Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia, la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría pertinaz, un método imperturbable, la estrategia que aprovecha el terreno, la táctica que equilibra los batallones, la matanza tirada á cordel, la guerra regulada reloj en mano, nada abandonado voluntariamente al azar, el antiguo valor clásico, la corrección absoluta; por la otra, la intuición, la adivinación, el capricho militar, el instinto sobrehumano, el brillante golpe de vista, un no sé qué, que mira como el águila y hiere como el rayo, un arte prodigioso dentro una impetuosidad desdeñosa; todos los misterios de un alma profunda, la asociación con el destino; el río, la llanura, el bosque, la colina, intimados y en cierto modo obligados á obedecer; el déspota llegando hasta tiranizar el campo de batalla; la fe en su estrella mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola y turbándola á un tiempo. Wellington era el Barême de la guerra, Napoleón el Miguel Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo.
Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto quien salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Wellington esperaba á Blücker, y acudió.
Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte, en su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La vieja lechuza había huido ante el joven buitre. La antigua táctica, no sólo quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel corso de veintiséis años, qué significaba aquel ignorante espléndido que, teniéndolo todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin municiones, sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado de hombres en frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa coligada, y ganaba absurdamente victorias imposibles?
¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento y con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno después de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando á Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre Wurmser, á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra con la atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar le excomulgaba huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del viejo cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada flamígera, y del tablero contra el genio.
El 18 de junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y debajo de Lodi, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo y de Arcole, escribió: Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se encontró ante Wurmser joven.
Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear los cabellos á Wellington.
Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de segundo.
Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que Inglaterra tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma. No fué su capitán, fué su ejército.
Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á lord Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de junio de 1815, era un «ejército detestable». ¿Qué pensará de ello esa sombría confusión de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo?
La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer tan grande á Wellington, es empequeñecerse.
Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos de Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt, aquella caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses tocando la gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt, aquellos reclutas enteramente bisoños, que apenas sabían manejar el fusil, haciendo cara á los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo grande. Wellington fué tenaz, éste es su mérito, y nosotros no se lo hemos de regatear; pero el último de sus infantes y de sus jinetes fué tan fuerte como él. El soldado de hierro bien vale lo que el duque de hierro.
Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra. La columna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo.
Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella conserva aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal, porque cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual ninguno aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como nación, no como pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y toma por cabeza un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que le apaleen. Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento, que según parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por lord Raglan, por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un parte á ningún héroe de grado inferior al de oficial.
Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de Waterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro de Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo al cañón, el guía de Napoleón que le engaña y el de Bülow que le dirige bien; todo este cataclismo aparece maravillosamente conducido.
En suma, debemos decir, que hubo en Waterloo más matanza que lucha.
Es Waterloo, de todas las batallas en regla, la que presentó la línea de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington, con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomeración vino la matanza.
Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente: pérdida de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento; rusos, treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento.
En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce.
En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta y cuatro.
En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce.
En Waterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta y uno. Total para Waterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento cuarenta y cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos.
Hoy día el campo de Waterloo presenta la calma que pertenece á la tierra, sostén impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras.
De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio en las funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe le domina. El horrible 18 de junio revive, la falsa colina monumental desaparece, desvanécese aquel león, y recobra el campo de batalla su realidad; ondulan en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos cruzan el horizonte; el espantado soñador ve el brillo de los sables, el resplandor de las bayonetas, el fulgor de las bombas, el entre cruzamiento monstruoso de los truenos; oye, como un estertor en el fondo de una tumba, el vago clamor de la batalla fantasma; aquellas sombras son los granaderos; aquellos fulgores los coraceros; aquel esqueleto es Napoleón; aquel otro Wellington; todo aquello ya no existe; pero choca y combate todavía; y los barrancos se enrojecen, y se estremecen los árboles, y están enfurecidas hasta las nubes: y en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas feroces, Mont-Saint Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit, aparecen confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se exterminan.
XVII ¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo?
Existe una escuela liberal muy respetable que no odia en lo más mínimo á Waterloo. Nosotros no pertenecemos á ella. Para nosotros, Waterloo no es más que la fecha asombrada de la libertad. Que tal águila nazca de semejante huevo, eso es seguramente lo inesperado.
Waterloo mirado desde el punto de vista culminante de la cuestión, es intencionalmente una victoria contra-revolucionaria. Es la Europa contra la Francia; es Petersburgo, Berlín y Viena contra París; es el statu quo contra la iniciativa; es el 14 de julio de 1789 atacado al través del 20 de marzo de 1815; es el zafarrancho de las monarquías contra el indomable tumulto francés.
Apagar, por fin, este vasto pueblo en erupción desde hacía veintiséis años; tal era el proyecto. Solidaridad de los Brunswick, de los Nassau, de los Romanoff, de los Hohenzollern, de los Hapsburgo con los Borbones. Waterloo lleva á la grupa el derecho divino. Es verdad también, que habiendo sido el imperio despótico, la realeza, en virtud de la reacción natural de las cosas, debía forzosamente ser liberal, y de ahí que de rechazo naciera de Waterloo, un régimen constitucional, con gran disgusto de los vencedores. Es que la Revolución no puede ser verdaderamente vencida, y que siendo providencial y absolutamente fatal, reaparece siempre; antes de Waterloo, en Bonaparte derribando los tronos caducos, después de Waterloo, en Luis XVIII otorgando y sometiéndose á la Carta. Bonaparte sienta un postillón en el trono de Nápoles, y un sargento en el trono de Suecia, empleando la desigualdad para demostrar la igualdad; Luis XVIII en Saint Ouen rubrica la declaración de los derechos del hombre. ¿Queréis daros cuenta de lo que es la Revolución? Llamadle Progreso. ¿Queréis daros cuenta de lo que es el progreso? Llamadle Mañana. El mañana hace siempre irresistiblemente su tarea, y la hace desde hoy; y siempre llega á su fin, de un modo extraño.
Se sirve de Wellington para hacer de Foy un orador, cuando no era éste más que un soldado. Foy caído en Hougomont, vuelve á levantarse en la tribuna. Así procede el progreso. No hay instrumento malo para tal obrero. Ajusta á su trabajo divino, sin desconcertarse, al hombre que ha atravesado los Alpes, como al buen anciano enfermo y vacilante del padre Eliseo. Sírvese del gotoso como del conquistador; del conquistador fuera, del gotoso dentro.
Waterloo deteniendo con la espada la demolición de los tronos europeos, no ha producido otro efecto que el de hacer continuar la obra revolucionaria por otro lado. Concluyeron los acuchilladores, y empezó el turno de los pensadores. El siglo que Waterloo quería detener le ha pasado por encima y continuado su camino. Aquella siniestra victoria ha sido vencida por la libertad.
En suma, é incontestablemente, lo que triunfaba en Waterloo, lo que sonreía detrás de Wellington, lo que le llevaba todos los bastones de mariscal de Europa, incluso, se ha dicho, el de mariscal de Francia, lo que hacía rodar alegremente los carretones de tierra llenos de huesos para elevar el terreno del león, lo que escribió en son de triunfo sobre aquel pedestal esta fecha, 18 de junio de 1815, lo que alentaba á Blücker acuchillando la derrota, lo que de lo alto de la meseta de Mont Saint-Jean se inclinaba sobre Francia como sobre su presa, era la contrarrevolución. Que fué la contrarrevolución quien murmuró esta infame palabra: Desmembración.
Al llegar á París vió el cráter de cerca, sintió que aquella ceniza abrasaba sus pies, y mudó de consejo, llegando á tartamudear una constitución.
No veamos en Waterloo más de lo que hay en Waterloo. Libertad intencional, ninguna. La contrarrevolución era involuntariamente liberal, lo mismo que, por un fenómeno relativo, era Napoleón involuntariamente revolucionario.
El 18 de junio de 1815, Robespierre á caballo fué desmontado.
XVIII Recrudescencia del derecho divino
Concluye la dictadura. Todo un sistema europeo se derrumba.
El imperio se hundió en sombras parecidas á las del mundo romano agonizante. Volvióse á ver el abismo como en los tiempos bárbaros. Sólo que la barbarie de 1815, á la que debemos llamar por su apodo la contrarrevolución, tenía escaso aliento, se fatigó enseguida y se detuvo. El imperio, confesémoslo, fué llorado, y llorado por ojos heroicos. Si la gloria consiste en la espada convertida en cetro, el imperio fué la gloria misma. Había derramado sobre la tierra toda la luz que la tiranía puede dar; luz sombría. Digamos más: luz obscura. Comparada al día verdadero, es la de la noche. Esta desaparición de la noche produjo el efecto de una eclipse.
Luis XVIII regresó á París. Los bailes del 8 de julio borraron los entusiasmos del 20 de marzo. El corso se trocó en antítesis del bearnés. La bandera de la cúpula de las Tullerías fué blanca. Entronizóse el destierro. La mesa de pino de Hartwell colocóse delante del sillón flordelisado de Luis XIV. Hablóse de Bouvines y de Fontenoy como de ayer, habiendo envejecido Austerlitz. El altar y el trono fraternizaron majestuosamente, una de las formas menos disputadas de la salud de la sociedad del siglo XIX establecióse en Francia y en el continente. La Europa tomó la escarapela blanca. Trestaillon se hizo célebre.
La divisa non pluribus impar reapareció entre rayos de piedra, figurando un sol, sobre la fachada del cuartel del muelle de Orsay. Donde había habido una guardia imperial, hubo una casa roja. El arco de carrousel, cargado de victorias ya insoportables, extrañas entre aquellas novedades, algo avergonzado tal vez de Marengo y de Arcola, salió del compromiso con la estatua del duque de Anguleme. El cementerio de la Magdalena, terrible fosa común del 93, cubrióse de mármoles y de jaspes, los huesos de Luis XVI y de María Antonieta están entre aquel polvo. En el foso de Vincennes, un cipo sepulcral saliendo de la tierra, recuerda que el duque de Enghien murió en el mismo mes en que Napoleón fué coronado. El papa Pío VII, que había consagrado esta coronación casi al mismo tiempo de aquella muerte, bendijo tranquilamente la caída como había bendecido la elevación. Hubo en Schoenbrunn la sombra de un niño de cuatro años, al cual fué sedicioso llamar el rey de Roma. Y se hicieron todas esas cosas, y aquellos reyes recobraron sus tronos, y el dueño de Europa fué encerrado en una jaula, y el antiguo régimen volvió á ser el nuevo, y toda la sombra y toda la luz de la tierra cambiaron de lugar, porque en la tarde de un día de verano, un pastor le dijo á un prusiano dentro un bosque: ¡Pasad por aquí y no por allí!
El 1815 fué una especie de abril lúgubre. Las antiguas realidades perjudiciales y venenosas se cubrieron de apariencias nuevas. La mentira se deposó en 1789, el derecho divino se enmascaró con una carta, las ficciones se hicieron constitucionales, las preocupaciones, las supersticiones y las intenciones, embozadas con el artículo 14 en el corazón, se barnizaron de liberalismo. Cambiaron de piel las serpientes.
El hombre había sido engrandecido y rebajado á un tiempo por Napoleón. Lo ideal, bajo el reinado de la materia espléndida, había recibido el extraño nombre de ideología. ¡Grave imprudencia de un grande hombre, ridiculizar el porvenir! Los pueblos sin embargo, esta carne de cañón tan enamorada del ametrallador, le buscaban con la mirada. ¿Dónde está? ¿Qué hace?
—Napoleón ha muerto:—decía un transeunte á un inválido de Marengo y Waterloo.
—¡Él muerto!—exclamaba irónicamente el soldado.—¡Le conocéis bien!
Las imaginaciones, deificaban aquel hombre caído. El fondo de Europa, después de Waterloo, fué tenebroso. Algo grande permaneció vacío largo tiempo por haber desaparecido Napoleón.
Colocáronse los reyes en este vacío. La vieja Europa se aprovechó de ello para reformarse. Hubo una Santa Alianza. ¡Bella Alianza! había ya dicho anticipadamente el campo fatal de Waterloo.
En presencia y al frente de la antigua Europa rehecha, dibujáronse los perfiles de una Francia nueva. El porvenir, zaherido por el emperador, hizo su entrada, llevando sobre la frente esta estrella: Libertad. Los ojos de las generaciones nuevas, volviéronse hacia él y ¡cosa singular! enamoráronse á un tiempo mismo del porvenir, Libertad; y del pasado, Napoleón. La derrota había hecho grande al vencido. Bonaparte caído parecía más alto que Napoleón de pie. Los que habían triunfado se espantaron. Inglaterra le hizo guardar por Hadson Lowe, y Francia le hizo espiar por Montchenu. Aquellos brazos cruzados fueron la inquietud de los tronos. Alejandro le llamaba, mi insomnio. Esta alarma procedía de la cantidad de revolución que se encerraba en él, y esto es lo que explica y escusa el liberalismo bonapartista. Aquel fantasma hacía temblar al viejo mundo. Los reyes reinaron con zozobra mientras la roca de Santa Elena permaneció en su horizonte.
Mientras Napoleón agonizaba en Longwood, los sesenta mil hombres caídos en el campo de Waterloo pudriéronse tranquilamente, y algo de aquella triste paz se esparció por el mundo. El congreso de Viena hizo sus tratados de 1815, y la Europa llamó á esto Restauración.
Y ahí tenéis lo que fué Waterloo.
Pero ¿qué le importa al infinito? Toda aquella tempestad, toda aquella nube, aquella guerra, y luego aquella paz; todas aquellas sombras no turbaron un momento la luz del ojo inmenso, ante el cual, un pulgón saltando de uno á otro tallo de la yerba, es igual al águila volando de campanario á campanario de las torres de Nuestra Señora.
XIX El campo de batalla por la noche
Volvamos, pues es una necesidad de este libro, á este fatal campo de batalla.
El 18 de junio de 1815 era de luna llena. Aquella claridad favoreció la persecución feroz de Blücker, denunciando las huellas de los fugitivos, entregó aquellas masas desastradas á la encarnizada caballería prusiana, contribuyendo á la matanza. Existen á veces en las catástrofes esas trágicas complacencias de la noche.
Después del último cañonazo, la llanura de Mont Saint-Jean quedó desierta.
Los ingleses ocuparon el campamento de los franceses: es la comprobación general de la victoria; acostarse en el lecho del vencido. Establecieron su campamento á la otra parte de Rossomme.
Los prusianos, lanzados sobre la derrota, siguieron adelante. Wellington fué á la aldea de Waterloo á redactar el parte á lord Bathurst.
Si alguna vez el sic vos non vobis ha sido aplicable, es seguramente á la aldea de Waterloo.
Waterloo no hizo nada, pues dista una media legua del lugar de la acción. Mont Saint-Jean fué cañoneado, Hougomont fué incendiado, Papelotte fué incendiado, Plancenoit fué incendiado, la Haie Sainte fué tomada por asalto, la Belle Alliance presenció el abrazo de los dos vencedores, y apenas se conocen sus nombres, mientras Waterloo, que para nada figuró en la batalla, se ha llevado todo el honor.
No somos de los que adulan á la guerra; cuando llega el caso le decimos claramente las verdades. Tiene la guerra bellezas horribles, que no hemos tratado de ocultar; pero convengamos también en que tiene sus fealdades, entre las cuales es una de las más sorprendentes el despojo inmediato de los muertos después de la victoria. El alba que sigue á una batalla, se levanta siempre sobre cadáveres desnudos.
¿Quién hace esto? ¿Quién mancha así el triunfo? ¿Cuál es la repugnante y furtiva mano que se desliza dentro del bolsillo de la victoria? ¿Quiénes son los rateros que asestan sus golpes detrás de la gloria? Varios filósofos, y entre ellos Voltaire, afirman que son precisamente los mismos que han conquistado la gloria. Son los mismos, dicen, no cabe sustitución; los que quedan en pie saquean á los caídos. El héroe del día es el vampiro de la noche. Y casi hay derecho, después de todo, de saquear más ó menos los cadáveres de que se es autor. Por nuestra parte no opinamos así. Recoger laureles y robarles los zapatos á un muerto, nos parece imposible que pueda hacerlo una misma mano.
Lo que sí es cierto, que generalmente detrás de los vencedores siguen los ladrones. Pero coloquemos al soldado, sobre todo, al soldado contemporáneo, fuera de duda.
Todo ejército lleva su cola, y ésa es á la que hay que acusar. Hombres murciélagos, entre bandidos y servidores, todas las especies de aves nocturnas que engendra ese crepúsculo que llaman la guerra, portadores de uniforme que no combaten, enfermos supuestos, estropeados temibles, cantineros contrabandistas, acompañados á veces de sus mujeres, andando en sus carritos y robando lo que revenden; mendigos que se ofrecen por guías á los oficiales, granujas, merodeadores... todo eso llevaban en pos de sí los ejércitos en marcha, en otros tiempos, no hablamos del presente, de manera que, en la lengua especial, se les llamaba «los rezagados». Ningún ejército ni nación alguna eran responsables de semejantes seres; cosmopolitas indefinibles, hablaban italiano, y seguían á los alemanes; hablaban francés, y seguían á los ingleses. Uno de estos miserables, rezagado español que hablaba francés, mató á traición y robó en el mismo campo de batalla al marqués de Fervacques, quien le tomó por compatriota á causa de su acento y modismos picardos, en la noche siguiente á la victoria de Cesiroles. Del merodeo nacía el merodeador. La detestable máxima: Vivir á costa del enemigo, producía esta lepra, que sólo una disciplina muy severa podía curar. Hay celebridades que engañan; no se sabe siempre por qué ciertos generales, grandes por otra parte, han sido tan populares. Turena era adorado de sus soldados, porque toleraba el pillaje; el mal permitido forma parte de la bondad: Turena era tan bueno, que dejó pasar á fuego y sangre el Palatinado.
Veíanse á la cola de los ejércitos, más ó menos merodeadores, según era el jefe más ó menos severo. Hoche y Marceau no llevaban nunca rezagados; Wellington, hacémosle gustosos esta justicia, llevaba pocos.
No obstante, en la noche del 18 al 19 de junio se despojó á los muertos. Wellington fué rígido, ordenó pasar por las armas á quien quiera que fuése cogido en flagrante delito; pero la rapiña es tenaz. Los merodeadores robaban en uno de los extremos del campo de batalla, mientras se los fusilaba en el otro.
La luna era siniestra en aquella llanura.
Á eso de media noche rondaba un hombre, ó mejor, se arrastraba por la parte del barranco de Ohain. Era, según todas las apariencias, uno de esos que acabamos de caracterizar, ni inglés, ni francés, ni paisano, ni soldado; menos hombre que hiena, atraído por el olor de los muertos, teniendo por victoria el robo, acudía á desvalijar á Waterloo. Vestía una blusa algo parecida ó una esclavina ceñida, iba inquieto y atrevido, marchaba adelante y mirando atrás. ¿Qué era ese hombre? La noche probablemente sabía más acerca de él que el día. No llevaba morral, pero sí evidentemente grandes bolsillos debajo de su esclavina. De cuando en cuando parábase, examinando la llanura á su alrededor, como para ver si se le observaba, inclinábase bruscamente, removía por tierra algo silencioso é inmóvil, después se levantaba y desaparecía. Su manera de deslizarse, sus actitudes, su gesto rápido y misterioso, le hacían parecer á esas larvas crepusculares que frecuentan las ruinas, y que las antiguas leyendas normandas llaman los Andantes.
Ciertas aves nocturnas describen en los pantanos siluetas parecidas.
Una mirada que hubiese sondeado atentamente todas aquellas brumas, hubiera podido ver á cierta distancia, parado y como oculto detrás de la casucha, á orilla de la calzada de Nivelles, en el ángulo del camino de Mont Saint-Jeant á Braine-l'Alleud, una especie de carrito de vivandero con toldo de mimbre embreado, al que iba enganchado un rocín hambriento paciendo las ortigas al través del freno, y dentro del carrito, una especie de mujer sentada sobre cajas y fardos. Quizá existía algún lazo de unión entre aquel carrito y el rondador.
La obscuridad era serena. Ni una nube en el cénit. Qué importa que la tierra esté roja, la luna sigue siendo blanca. Ésas son indiferencias del cielo.
En la pradera, las ramas de los árboles destrozadas por la metralla, pero no caídas, y retenidas por la corteza, mecíanse suavemente agitadas por el aire de la noche.
Un aliento, casi una respiración, movía las malezas. Había temblores en la yerba, que parecían exhalaciones de almas.
Oíase vagamente á lo lejos el ir y venir de las patrullas y rondas mayores del campamento inglés.
Hougemont y la Haie-Sainte continuaban ardiendo, formando al oeste y al este, dos grandes llamas, á las que iba á juntarse como un collar desatado de rubíes con dos carbunclos á sus extremos, el cordón de hogueras del ejército inglés, extendido en inmenso semicírculo por las colinas del horizonte.
Hemos referido la catástrofe del camino de Ohain. Lo que había sido la muerte para tantos valientes, horroriza sólo imaginarlo.
Si hay algo pavoroso, si existe una realidad que traspase los límites del sueño, es ésta: vivir, ver el sol, estar en plena posesión de la fuerza viril, disfrutar de salud y alegría, reir valientemente, correr hacia una gloria que se tiene delante brillando con todo su explendor; sentir dentro del pecho un pulmón que respira, un corazón que late, una voluntad que raciocina; hablar, pensar, esperar, amar, tener madre, tener mujer, tener hijos, tener la luz, y de repente, en lo que dura un grito, en menos de un minuto, hundirse en un abismo, caer, rodar, aplastar, ser aplastado, ver espigas de trigo, flores, hojas, ramas, no poder agarrarse á nada; empuñar un sable inútil, tener hombres debajo y caballos encima, luchar inútilmente, rotos los huesos por alguna coz recibida en las tinieblas; sentir un tacón que os revienta un ojo, morder rabiosamente herraduras de caballo, ahogarse, aullar, retorcerse, estar en el fondo y decirse: ¡Hace un instante era yo un ser viviente!
Allí donde había rugido todo aquel lamentable desastre, reinaba á la sazón completo silencio. La caja del camino hondo estaba llena de caballos y jinetes inexplicablemente amontonados. Horrible confusión. Ya no había zanja; los muertos nivelaban el camino con la llanura, llegando al ras del borde como una medida de trigo bien colmada. Un montón de cadáveres en la parte alta, un arroyo de sangre en la baja: tal era aquel camino la noche del 18 de junio de 1815. La sangre corría hasta la calzada misma de Nivelles, y allí se convertía en ancho lago delante de la barrera de árboles tallados que cortaban el paso en la calzada, en un punto que enseñan aún hoy día.
Esto fué, como ya sabemos, en el lugar opuesto, hacia la calzada de Genappe, donde tuvo lugar el hundimiento de los coraceros. El espesor de los cadáveres era proporcionado á la profundidad del camino. Hacia el centro, en el sitio en que estaba llano, por donde había pasado la división Delort, el lecho de muertos disminuía.
El rondador nocturno que acabamos de hacer entrever al lector, iba por este lado. Iba huroneando la inmensa tumba. Miraba receloso, y seguía pasando su asquerosa revista de muertos. Andaba de pies dentro la sangre.
De pronto se detuvo.
Á pocos pasos de él, en el camino hondo, en el punto en que concluía el montón de cadáveres, por debajo de aquella confusión de hombres y caballos, asomaba una mano abierta y alumbrada por la luna.
Aquella mano tenía en el dedo algo que brillaba, era un anillo de oro.
El hombre se inclinó, permaneció un instante agachado, y al levantarse ya no brillaba el anillo en aquella mano.
No se levantó precisamente; se quedó en una actitud entre medrosa y fiera, volviendo la espalda al montón de cadáveres, escudriñando el horizonte, de rodillas, la parte delantera del cuerpo apoyada sobre el suelo con ambos índices, asomando la cabeza por encima del borde del camino hondo. Las cuatro patas del chacal son útiles para ciertas acciones.
Después, tomando una resolución, se levantó.
En aquel instante tuvo un sobresalto. Sintió que le agarraban por detrás.
Volvióse; era la mano abierta que se había cerrado y que le había asido por la falda del capote.
Un hombre honrado hubiera tenido miedo; él se echó á reir.
—¡Calle,—exclamó,—es el muerto! Prefiero un aparecido á un gendarme.
Sin embargo, la mano desfallecida le soltó. Los esfuerzos mueren pronto en la tumba.
—¡Hola!—repuso el merodeador.—¿Está vivo esté muerto? Vamos á ver.
Inclinóse de nuevo, registró en el montón, apartó lo que le estorbaba, cogió la mano, empuñó el brazo, desenredó la cabeza, sacó el cuerpo; y unos instantes después, arrastraba en la sombra del camino hondo, á un hombre inanimado, ó desmayado al menos. Era un coracero, un oficial, y oficial de cierto rango, salíale una gran charretera de oro de debajo de la coraza. Este oficial no tenía casco. Un fuerte sablazo le partía el rostro, donde no se veía más que sangre.
Por lo demás, no parecía que tuviese miembro alguno roto, y por alguna feliz casualidad, si es aquí posible esta palabra, los muertos habían formado arco por encima de él, de manera, que le habían librado de ser aplastado. Tenía los ojos cerrados.
Llevaba sobre la coraza la cruz de plata de la Legión de honor.
El vagabundo arrancó la cruz, que desapareció en uno de los escondrijos interiores de su capote.
Hecho esto, tentó la faltriquera del oficial, en la que palpitaba un reloj, y lo tomó igualmente. Después registró el chaleco, donde encontró un bolsillo, que también se guardó.
Al llegar á este punto del socorro que prestaba á aquel moribundo, el oficial abrió los ojos.
—Gracias.,—le dijo débilmente.
Lo brusco de los movimientos del hombre que así le manoseaba, el fresco de la noche, y el aire respirado libremente, le habían sacado de su letargo.
El vagabundo no respondió. Levantó sólo la cabeza.
Thénardier robando á los cadáveres después de la batalla de Waterloo

Oyóse ruido de pasos en la llanura; probablemente alguna patrulla que se acercaba.
El oficial murmuró, que aún tenía su voz acentos de agonía:
—¿Quién ha ganado la batalla?
—Los ingleses,—respondió el vagabundo.
El oficial repuso:
—Buscad en mis bolsillos, y encontraréis una bolsa y un reloj. Tomadlos.
Ya lo había hecho.
El vagabundo hizo como que ejecutaba lo que se le pedía, y dijo:
—No hay nada.
—Me han robado,—replicó el oficial,—lo siento: hubiera sido para vos.
Los pasos de la patrulla eran por momentos más perceptibles.
—Alguien se acerca,—dijo el vagabundo, haciendo el movimiento de un hombre que se va.
El oficial, levantando penosamente el brazo, le detuvo.
—Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois?
El vagabundo respondió precipitadamente por lo bajo:
—Pertenecía, como vos, al ejército francés. Es menester que os deje. Si me cogieran me fusilarían. Yo os he salvado la vida. Ahora procurad hacer lo que podáis.
—¿Qué graduación es la vuestra?
—Sargento.
—¿Cómo os llamáis?
—Thénardier.
—No olvidaré este nombre jamás,—dijo el oficial.—Y vos acordaos del mío. Me llamo Pontmercy.
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