LIBRO PRIMERO UN JUSTO (continued 2)
J. A. R. translation
—¿Y qué me decís vos de Bossuet cantando el Te-Deum sobre los acuchillados?
La contestación era dura, pero iba derecha al blanco con la rigidez de una punta de acero. El obispo se estremeció, y no se le ocurrió respuesta alguna; y luego, le desconcertaba la manera de nombrar á Bossuet. Los mejores ingenios tienen sus ídolos, y por esto se sienten vagamente mortificados por sus faltas de respeto á la lógica.
El convencional empezaba á sentir hipo, el asma de la agonía que se mezcla á los últimos alientos, le embargaba la voz; no obstante, aún había en su mirada una perfecta lucidez de alma. Prosiguió:
—Digamos todavía algunas palabras, puedo aún. Separándonos de la revolución que, tomada en conjunto, es una inmensa afirmación humana, 93, ¡ay! es una réplica. Vos la encontráis inexorable; pero ¿y la monarquía, señor cura? Carrier es un bandido; pero ¿qué nombre le dais á Montrevel? Fouquier-Tainville es un vividor; pero ¿qué opinión os merece Lamoignon Baville? Maillard es espantoso; pero ¿Saulx-Tavannes qué os parece? El padre Duchesne es feroz; pero ¿qué epíteto me concedéis para el padre Letellier? Jourdan Corta-Cabezas es un monstruo; pero no tanto como el marqués de Louvois. Señor, señor, compadezco á María Antonieta, archiduquesa y reina; pero compadezco también á aquella pobre mujer hugonote, que, en 1685, bajo el reinado de Luis el Grande, dando de mamar á su hijo, fué amarrada á un poste, desnuda hasta la cintura; y arrancándole del pecho la criatura, colocáronla á cierta distancia; hinchado su seno por la leche y el corazón de angustia, la hambrienta y pálida criatura miraba muriendo aquel seno, lleno de vida, y el verdugo decía á la mujer, madre y nodriza á un tiempo: «¡Abjura!» dándole á escoger entre la muerte de su hijo y la de su conciencia. ¿Qué me diréis de este suplicio de Tántalo aplicado á una madre? Señor, guardad bien esto en la memoria: La Revolución francesa tuvo sus razones. Su cólera será absuelta indudablemente por la posteridad. Su resultado es el mejoramiento del mundo. De sus golpes más terribles, surge una caricia para el género humano. Abrevio, concluyo. Tengo demasiado buen juego. Además, me muero.
Y dejando de mirar al obispo, el convencional terminó su pensamiento con estas sencillas palabras:
—Sí, las brutalidades del progreso se llaman revoluciones. Cuando han terminado, se reconoce esto: que el género humano ha sido tratado con dureza, pero que ha marchado.
El convencional no advertía siquiera que acababa de tomar sucesivamente una después de otra, todas las trincheras interiores del obispo. Éste conservaba una todavía, y del supremo recurso de la resistencia de monseñor Bienvenido, salió esta otra frase reapareciendo casi toda la rudeza del principio:
—El progreso debe creer en Dios. El bien no puede tener servidores impíos. Es un mal conductor del género humano el hombre ateo.
El antiguo representante del pueblo no respondió. Sintióse estremecido; miró al cielo, saltándole una lágrima con aquella mirada. Cuando acabó de llenarse el párpado, la lágrima se deslizó á lo largo de la descolorida mejilla, y dijo balbuceando por lo bajo y como hablando consigo mismo, perdida su mirada en lo profundo:
—¡Oh tú! ¡Oh ideal! ¡Tú sólo existes!
El obispo sintió una especie de conmoción inexplicable.
Después de un silencio, el anciano levantó un dedo señalando al cielo, y dijo:
—El infinito existe. Allí está. Si el infinito no tuviera un yo, sería el yo su límite; no sería infinito; ó en otros términos, no sería. Pero es: luego existe un yo. El yo del infinito que es Dios.
El moribundo había pronunciado estas últimas palabras en voz alta en el estremecimiento del éxtasis, como si viera á alguien. Cuando acabó de hablar se cerraron sus ojos. El esfuerzo le había debilitado por completo. Era evidente que acababa de vivir en un minuto, las pocas horas que podían quedarle. Lo que acababa de decir le había aproximado á la muerte. El supremo instante había llegado.
Comprendiólo el obispo; apremiaba el tiempo, había ido allí como sacerdote; de una extremada frialdad había pasado gradualmente á la emoción extrema; fijó su mirada en aquellos ojos cerrados, tomó aquella mano rugosa y helada, é inclinándose hacia el moribundo, le dijo:
—Ésta es la hora de Dios. ¿No os parece que hubiera sido sensible el habernos encontrado inútilmente?
El convencional abrió los ojos de nuevo; cierta gravedad, en la que había algo de sombrío, inundó su semblante.
—Señor obispo,—dijo con cierta lentitud, que procedía quizá mejor de la dignidad del alma que del desfallecimiento de sus fuerzas,—he pasado mi vida en la meditación, el estudio y la contemplación. Tenía yo sesenta años, cuando mi país me llamó y me ordenó mezclarme en sus asuntos. Yo obedecí. Existían abusos, y los combatí; existían tiranías, y las destruí; existían derechos y principios, y los proclamé y confesé. El territorio estaba invadido, y lo defendí; la Francia se veía amenazada, y le ofrecí mi pecho. No era rico, y soy pobre. Fuí uno de los dueños del Estado, y cuando las cajas del Tesoro estaban atestadas de valores, tantos que fué menester apuntalar las paredes del edificio, próximas á derrumbarse bajo el peso del oro y de la plata, comía yo en la calle del Arbre-sec á veintidós sueldos el cubierto. He socorrido á los oprimidos, he aliviado á los enfermos. He rasgado los manteles del altar, cierto; pero ha sido para vendar las heridas de la patria. He apoyado siempre la marcha adelante del género humano hacia la luz, y he resistido más de una vez al progreso despiadado. Hubo ocasión en que llegué á proteger á mis propios adversarios, á vosotros. Hay en Peteghem, en Flandes, en el mismo lugar donde los reyes merovingios tenían su palacio de verano, un convento de urbanistas, la abadía de Santa Clara de Beaulieu, que yo salvé en 1793. He cumplido con mi deber según mis fuerzas, haciendo el bien que pude. Después he sido arrojado, acosado, vejado, perseguido, calumniado, escarnecido, afrentado, maldecido y proscrito. Después de muchos años y con todos mis cabellos blancos, veo todavía que hay gentes que se creen con derecho á despreciarme; tengo para la pobre é ignorante multitud cara de condenado, y acepto sin odiar yo á nadie, el aislamiento del odio general. Tengo ahora ochenta y seis años; y voy á morir. ¿Qué venís á pedirme?
—Vuestra bendición,—dijo el obispo.
Y se arrodilló.
Cuando el obispo levantó la cabeza, el rostro del convencional se le presentó verdaderamente augusto. Acababa de espirar.
El obispo regresó á su casa profundamente absorbido en inexplicables pensamientos, y se pasó toda la noche en oración.
Al día siguiente, algunos curiosos atrevidos, intentaron hablarle del convencional G.; concretóse á señalar el cielo.
Desde este momento redobló su ternura y fraternidad para con los infelices y desvalidos.
Toda alusión á aquel «desalmado viejo de G.» le sumía en una preocupación singular. Nadie podría asegurar que el paso de aquel espíritu ante el suyo, y el reflejo de aquella gran conciencia sobre la suya, no hubiesen contribuido en su aproximamiento á la perfección.
Aquella «visita pastoral» fué, naturalmente, objeto de murmuración en los mezquinos círculos de la localidad.
—¿Es acaso,—decían ellos,—lugar digno de todo un obispo la cabecera de semejante moribundo? Era evidente que no había de sacar de allí conversión ninguna. Todos esos revolucionarios son relapsos. ¿Á qué ir entonces? ¿Qué podía ver en semejante sitio? No podía ser sino la curiosidad de ver un alma que se la lleva el diablo.
Cierto día, una de esas viudas ricas, perteneciente á la impertinente variedad de las gentes que se creen agudas, le enderezó esta salida:
—Monseñor, no falta quien pregunta cuándo se pondrá Su Ilustrísima gorro encarnado.
—¡Oh! ¡oh! Ése es un gran color,—respondió el obispo.—Puesto que los que le desprecian en un gorro le veneran en un capelo.
XI Una restricción
Se arriesgaría mucho á equivocarse quien supusiera por lo dicho que monseñor Bienvenido fuése un «obispo filósofo» ó un «cura patriota». Su encuentro, que podríamos llamar mejor su conjunción con el convencional G., le dejó una especie de asombro que vino á aumentar todavía su benignidad. He aquí todo.
Por más que monseñor Bienvenido no fuera, ni mucho menos, un hombre político, quizá sea éste el lugar de indicar ligeramente cuál fué su actitud en los acontecimientos de entonces, suponiendo que monseñor Bienvenido hubiese pensado alguna vez en tener actitud alguna.
Retrocedamos, pues, algunos años.
Algún tiempo después de la elevación de monseñor Myriel al episcopado, el emperador le había nombrado barón del imperio, al mismo tiempo que á otros muchos obispos. El arresto del Papa tuvo lugar, como sabe todo el mundo, durante la noche del 5 al 6 de julio de 1809, en cuya ocasión fué llamado monseñor Myriel por Napoleón, al sínodo de los obispos de Francia é Italia convocado en París. Este sínodo se celebró en Nuestra Señora, y tuvo la primera sesión el 15 de junio de 1811, bajo la presidencia del cardenal Fesch. Monseñor Myriel fué uno de los noventa y cinco obispos que acudieron; pero asintió solamente á una sesión y á tres ó cuatro conferencias particulares. Obispo de una diócesis montañesa, viviendo tan cerca de la naturaleza, en la rusticidad y la desnudez, parecía como que aportase, en medio de aquellos personajes eminentes, ideas capaces de cambiar el temperamento de la asamblea. Volvióse, por lo tanto luego á D*** donde, habiéndole interrogado acerca de su precipitado regreso, respondió:
—Mi presencia les molestaba. El aire de fuera les entraba conmigo, haciéndoles el efecto de una puerta abierta.
Otra vez contestó:
—¿Qué queréis? Aquellas eminencias eran todos príncipes, y yo no pasaba de ser un pobre obispo plebeyo.
Lo cierto es que les había disgustado. Entre otras cosas extrañas, habíasele escapado decir cierta noche, en casa de uno de sus colegas más calificados:
—¡Los magníficos relojes, los ricos tapices, las brillantes libreas, todo ello debe ser altamente incómodo! ¡Oh! Yo no querría tener toda esa superfluidad, molestándome de continuo los oídos con su murmullo: ¡Hay gentes que padecen hambre! ¡las hay que tienen frío! ¡Hay pobres! ¡hay pobres!
Digamos de pasada, que no sería un odio inteligente el odio contra el lujo, puesto que implicaría el odio contra las artes. Sin embargo, en casa de las gentes de Iglesia, salvo la representación y las ceremonias, el lujo es un error. Parece revelar costumbres poco caritativas. Un cura opulento es un contrasentido. El cura debe hallarse cerca de los pobres. ¿Y puede uno estar tocando sin cesar noche y día todas las necesidades, todos los infortunios y todas las miserias, sin llevar sobre sí algo de esa santa nobleza, como polvo de su trabajo? ¿Puede nadie imaginarse un hombre al lado de un brasero sin sentir calor? ¿Concíbese un obrero que trabaje constantemente en un horno, sin tener un cabello quemado, ni una uña ennegrecida, ni una gota de sudor, ni un grano de ceniza en la cara? La primera prueba de caridad en la casa del cura, en la del obispo sobre todo, es la pobreza.
Esto era sin duda lo que pensaba el señor obispo de D***.
No debe creerse, sin embargo, que participase sobre ciertos puntos delicados, de lo que llamaríamos «ideas del siglo». Enredábase poco en querellas teológicas de momento, y absteníase de las cuestiones de compromiso para la Iglesia ó el Estado; pero si se le hubiese instado mucho, creemos que antes se hubiera inclinado á los ultramontanos que á los galicanos. Como estamos haciendo un retrato y no queremos, por lo tanto, ocultar nada, nos vemos obligados á consignar que miró con frialdad la decadencia de Napoleón. Desde 1813 se adhirió ó aplaudió todas las manifestaciones hostiles, excusándose de ir á ver al emperador á su paso de vuelta de la isla de Elba, y absteniéndose de ordenar en su diócesis las rogativas públicas durante los cien días.
Además de su hermana la señorita Batistina, tenía dos hermanos; general el uno y prefecto el otro, á los que escribía con alguna frecuencia. Tuvo con el primero, durante algún tiempo, cierta tirantez de relaciones, porque estando éste encargado, en Provenza, de una comandancia, á la época del desembarque de Cannes, púsose el general á la cabeza de mil doscientos hombres, persiguiendo al emperador como si hubiese querido dejar que se escapara. Su correspondencia resulta mucho más afectuosa con relación al otro hermano, el antiguo prefecto, bello y digno sujeto, que vivía retirado en París, en la calle de Cassette.
Monseñor Bienvenido tuvo, pues, como muchos, su hora de espíritu de partido, su hora de amargura, su nube. La sombra de las pasiones de momento, obscureció también aquel dulce y grande espíritu ocupado en asuntos eternos. Y en verdad, que semejante hombre hubiera merecido no tener opiniones políticas. Es preciso no interpretar mal nuestro pensamiento, confundiendo lo que se llama vulgarmente «opiniones políticas» con la grande aspiración al progreso, con la sublime fe patriótica, democrática y humana que en nuestros tiempos debe ser el único sentimiento profundo de todas las inteligencias generosas. Sin profundizar cuestiones que no tocan sino indirectamente el asunto de este libro, diremos simplemente así: Hubiera sido mejor que monseñor Bienvenido no hubiese sido realista, y que su vista no se hubiese separado un punto de aquella contemplación serena, de la cual irradian distintamente, sobre todas las ficciones y todos los odios terrenales, sobre todos los vaivenes de los vientos mundanos, las tres luces purísimas de: la Verdad, la Justicia y la Caridad.
Á pesar de convenir en que no era para funciones políticas por lo que había creado Dios á monseñor Bienvenido, hubiéramos comprendido y admirado su protesta en nombre del derecho y de la libertad, su oposición enérgica, su resistencia peligrosa y justa á Napoleón omnipotente. Pero lo que nos place ver frente á frente de los poderosos, nos desagrada con relación á los caídos. Nos gusta el combate mientras dura el peligro; y solamente creemos con derecho á los combatientes de primera hora, de ser los exterminadores en la última. Quien no ha sido constante acusador durante la prosperidad, debe guardar silencio ante la desgracia. El denunciador del éxito es el solo y legítimo juez de la caída. Por nuestra parte, cuando interviene la Providencia y hiere, la dejamos hacer. 1812 empieza á desarmarnos. En 1813 la torpe ruptura del silencio de aquel cuerpo legislativo taciturno, envalentonado por las catástrofes, no era merecedor más que de la indignación, siendo, por lo tanto, aplaudirle un error; en 1814, ante aquellos generales traidores; ante aquel Senado, pasando de uno en otro fango: insultando, después de haber divinizado; ante aquella idolatría, abandonando y escupiendo al ídolo, era indispensable volver la cabeza; en 1815, como los supremos desastres estaban en el aire, como la Francia sentía el estremecimiento de un siniestro próximo, como se podía ya distinguir vagamente Waterloo, abierto ante Napoleón, la dolorosa aclamación del pueblo y el ejército al condenado del destino, nada tenía de risible, y salvando al déspota, un corazón como el del obispo de D*** no podía desconocer cuánto había de augusto y tierno al borde del abismo, en el estrecho abrazo de una gran nación y un grande hombre.
Después de esto, era y fué siempre el obispo, justo en todo; verdadero, equitativo, virtuoso, inteligente, humilde y digno; benéfico y benévolo, lo cual viene á ser otra beneficencia. Era sacerdote, sabio y hombre. Pero, debemos consignarlo, dentro la misma opinión política que acabamos de reprocharle, y que estamos dispuestos á juzgar casi severamente, era él fácil y tolerante, más puede ser, que nosotros mismos. El portero de aquel municipio había sido colocado en su puesto por el Emperador. Era un viejo ex sargento de la antigua guardia, que había hecho la campaña de Austerlitz, más bonapartista que las mismas águilas. Escapábansele á cada paso, á este pobre diablo, exclamaciones poco reflexivas, que la ley de entonces calificaba de dichos sediciosos. Desde que el perfil imperial había desaparecido de la Legión de honor, no se vistió jamás conforme á ordenanza, por no verse, decía, obligado á llevar su cruz. Había arrancado por su mano, con toda veneración la efigie imperial de la cruz que Napoleón le había dado; lo cual había dejado en la condecoración un hueco que no había querido llenar con nada. ¡Antes morir, decía él, que llevar sobre mi corazón los tres sapos! Reíase en voz alta de Luis XVIII. ¡Viejo gotoso con botines de inglés! decía; que se vaya á Prusia con su salsifi: satisfecho de juntar en una misma imprecación las dos cosas que más detestaba, la Prusia y la Inglaterra. En fin, tanto hizo, que acabó por perder el empleo. Al verle sin pan en medio de la calle y rodeado de su mujer é hijos, llamóle el obispo, le riñó dulcemente, y acabó por nombrarle guardián de la catedral.
En nueve años, á fuerza de buenas acciones, de sencillas y suaves maneras, monseñor Bienvenido se había conquistado en toda la ciudad de D***, una especie de veneración tierna y filial. Su misma conducta con Napoleón había sido aceptada, y, como tácitamente perdonada por el pueblo, rebaño bueno y débil que, si bien adoraba á su emperador, amaba igualmente á su obispo.
XII Aislamiento de monseñor Bienvenido
Existe, casi siempre, en torno de un obispo, un ejército de curitas, lo mismo que al rededor de un general la correspondiente bandada de subalternos. Son éstos á los que el seráfico San Francisco de Sales llama, no se dónde, «curas boquirrubios». Toda carrera tiene sus aspirantes, cortesanos de los que han llegado á su fin. No hay poder que no tenga su círculo, ni fortuna que no alimente su corte. Los buscadores del porvenir caracoleando en torno del espléndido presente. Toda metrópoli cuenta con su estado mayor. Cualquier obispo algo influyente se ve cercado de continuo por su patrulla de querubines seminaristas, que hacen la ronda y mantienen el orden en el palacio episcopal, montando la guardia junto á las sonrisas de Su Ilustrísima. Caer en gracia del obispo, es tener el pie en el estribo de un subdiaconato. Es preciso recorrer el camino, que el apostolado no ha de despreciar las canonjías.
Así como tiene la grandeza civil, sus grandes caballeros cubiertos, tiene también la Iglesia sus grandes mitras. Éstas las llevan los obispos encopetados, ricos, prebendados, hábiles, admitidos en el gran mundo, que saben orar sin duda, pero que saben igualmente solicitar; poco escrupulosos en hacer que haga antesala á su persona toda una diócesis, punto medio entre la sacristía y la diplomacia, antes clérigos que sacerdotes, prelados antes que obispos. ¡Dichoso el que á ellos llega! Influyentes como son, hacen que lluevan á su alrededor, sobre solicitantes, y favoritos muy especialmente, y sobre toda aquella juventud que sabe agradarles, las buenas parroquias, las prebendas, los arcedianatos, las capellanías, y canonjías, como espera de las dignidades episcopales. Á medida que ellos avanzan, adelantan también sus satélites; son todo un sistema solar en acción. Sus irradiaciones empurpuran su séquito. Su prosperidad se desmigaja al volver de la esquina en muchas pequeñas promociones. Á mayor diócesis para el prelado, mejor canonjía para el favorito. Y luego, allí está Roma. Un obispo que sabe alcanzar un arzobispado; un arzobispo que llegue á cardenal, se os lleva de conclavista; ya estáis en la Rota; ya tenéis pallium, y cataos auditor, camarero y monseñor. Luego, de la grandeza á la eminencia no hay más que un paso, y entre la eminencia y la santidad, no media sino el humo de un escrutinio. Cualquier solideo puede aspirar á la tiara. Es el sacerdote, en nuestros días, el único hombre que puede llegar á rey regularmente; ¡y qué rey! ¡el rey supremo! Así se explica el gran semillero de aspirantes de seminario. ¡Cuántos niños de coro radiantes! ¡Cuántos jóvenes presbíteros, llevando en la cabeza el cántaro de la Lechera! ¡Como la ambición se llama alegremente devoción! ¿quién sabe? de buena fe tal vez, y ella misma se engaña, por gorrona ó beata.
Monseñor Bienvenido, humilde, pobre y singular, no entraba en el número de las grandes mitras. Estaba demostrado claramente por la completa ausencia de jóvenes presbíteros que se notaba á su alrededor. Ya hemos visto que en París «no había cuajado». Ni un porvenir siquiera se acordaba de apoyarse en aquel anciano solitario. Ni una sola ambición en flor esperaba fructificar á su sombra. Sus canónigos y vicarios generales, eran ancianos bonachones como él, como él también un tanto silvestres, y encerrados como él en aquella diócesis sin salida al cardenalato; los cuales se parecían mucho á su obispo, con la sola diferencia de que ellos estaban acabados y él estaba completo. Veíase tan clara la imposibilidad de medrar junto á monseñor Bienvenido, que apenas salidos del seminario, los jóvenes ordenados por él, se hacían recomendar á los arzobispos de Aix ó de Auch, marchándose enseguida. Porque, en fin, lo repetimos, todo el mundo gusta de ascender. Un santo que viva en un exceso de abnegación, es un vecino peligroso; pues que podría comunicaros fácilmente por contagio, la pobreza incurable, la enquilosis de las articulaciones indispensables al medro y, en fin, mayor cantidad de desprendimiento del que quisiérais; y el hombre se aparta naturalmente, de esta virtud leprosa. De ahí el aislamiento de monseñor Bienvenido. Vivimos en una sociedad de sombras. Medrar, he aquí la enseñanza que mana, desplomada gota á gota, de la corrupción.
Digámoslo de pasada, el éxito es horroroso. Su falso parecido, al verdadero mérito, engaña al hombre. Para las muchedumbres, el medro tiene casi el mismo perfil de la supremacía. El éxito, ese falso sinónimo del talento, tiene una víctima, la historia. Solamente lo señalan Juvenal y Tácito. En nuestros días, una filosofía casi oficial, ha entrado de sirvienta en su casa, viste la librea del éxito, y presta servicio en su antesala. Medrar: esta es la teoría. Prosperidad: ahí está la capacidad. Os cae la lotería; he aquí un hombre hábil. Quien triunfa es venerado. ¡Nacer vestido! esto es todo. Tened suerte, el resto ya se viene; sed dichoso, y se os creerá grande. Salvo cinco ó seis excepciones inmensas, que son el esplendor de un siglo, la admiración contemporánea no es mas que miopía. El oropel es oro. Ser un advenedizo cualquiera, nada importa; el que llega primero es siempre el agraciado. El vulgo, es un Narciso viejo que se adora á sí mismo, aplaudiendo las vulgaridades. La enorme facultad, por la cual el hombre es un Moisés, un Esquilo, un Dante, un Miguel Ángel ó un Napoleón, la multitud la concede enseguida, y por aclamación, á quien llega á su objetivo, sea en lo que fuere. Que un escribano se convierta en diputado; que un falso Corneille escriba un Tiridates; que un eunuco entre en posesión de un harem; que un Prudhomme militar, gane por casualidad la batalla decisiva de una época; que un boticario invente las suelas de cartón para el ejército de Sambre et Meuse, y se gane con el cartón vendido por suela, una renta de cuatrocientas mil libras; que un buhonero se case con la usura, y le produzca ella por hijos siete ú ocho millones de francos; que un predicador llegue á obispo por gangosear; que el procurador de una gran casa se haga rico, y se le convierta en ministro de Hacienda... los hombres le llaman á todo eso Genio, de igual manera que llaman Beldad al retrato de Mousquetón, y Majestad á la estampa de Claudio. Confundieron las constelaciones del abismo con las estrellas que imprimen sobre el fango de un pantano las patas de los gansos.
XIII Sus creencias
Bajo el punto de vista ortodoxo, no tenemos porqué sondear al señor obispo de D***. Frente á frente de un alma semejante, no sentimos casi más que respeto. La conciencia del justo debe ser creída bajo su palabra. Por otra parte, dadas ciertas naturalezas, admitimos el posible desarrollo de todas las bellezas de la virtud humana, dentro creencias distintas de la nuestra.
¿Qué opinaba él de este dogma ó de aquel misterio? Estos son secretos del fuero interno, no conocidos más que de la tumba, en la que las almas entran desnudas. De lo que estamos ciertos es, de que jamás las dificultades de la fe eran resueltas por él con hipocresía. El diamante no puede corromperse. Creía todo lo que podía. Credo in Patrem, exclamaba frecuentemente. Poniendo además en las buenas obras toda la cantidad de satisfacción bastante á satisfacer la conciencia, que dice por lo bajo: Estás con Dios.
Lo que creemos deber apuntar, es que fuera, por así decirlo, y aún más allá de su fe, poseía el obispo un tesoro de amor. Por lo cual quia multum amavit, sería que le juzgaban vulnerable los «hombres serios», las «personas graves» y las «gentes razonables»; locuciones favoritas de nuestro miserable mundo, en el cual el egoísmo recibe el santo y seña de la pedantería. ¿En qué consistía aquel exceso de amor? En una benevolencia serena, superior á los hombres, como ya hemos indicado antes, que se extendía en casos especiales hasta las cosas. Vivía sin desdén. Era indulgente con todo lo creado por Dios. Todo hombre, incluso el mejor, posee cierta dureza irreflexiva que se la reserva para el animal. El obispo de D*** carecía por completo de semejante dureza, muy común, sin embargo, en los sacerdotes. Sin llegar de mucho hasta el brahmismo, parecía haber meditado estas palabras del Eclesiastés: «¿Sabes á dónde va el alma de los animales?». La fealdad del aspecto, las deformidades del instinto, no le turbaban ni le indignaban jamás, muy al contrario, conmovíanle siempre cuando no le enternecían. Parecía que, pensativo siempre, procuraba buscar, más allá de la vida aparente, la causa, la explicación, la escusa. Parecía estar pidiendo á Dios á cada paso por las conmutaciones. Examinaba su cólera y con el ojo del lingüista que descifra un palimsesto, la cantidad de caos que reside aún en la naturaleza. Semejantes meditaciones arrancábanle á veces palabras extrañas. Una mañana, estando en su jardín, y creyéndose solo, pero seguido de cerca por su hermana, sin que él lo notara, paróse de súbito, mirando fijamente algo del suelo; era una grande araña, negra, velluda, horrible. Su hermana oyó que dijo:
—¡Pobre animal! esto no es culpa suya.
¿Por qué no hemos de consignar estas niñerías, casi divinas de su bondad? Puerilidades, tal vez, pero puerilidades sublimes fueron, como ellas, las de san Francisco de Asís y de Marco Aurelio. Cierto día sufrió una torcedura por no haber querido pisar una hormiga.
De esta manera vivía aquel hombre justo. Algunas veces se quedaba dormido en su jardín, y entonces aparecía verdaderamente venerable.
Monseñor Bienvenido había sido anteriormente, á creer lo que se decía sobre su juventud y su misma virilidad, un hombre apasionado, y tal vez violento. Su mansedumbre universal era menos que un instinto de la naturaleza, el resultado de grandes convicciones filtradas en su corazón al través de la vida, lentamente penetradas en él, pensamiento por pensamiento; porque así un carácter como una roca pueden ser agujereados por la gota de agua. Semejantes huecos son indelebles; tales labores son indestructibles.
En 1815, creemos haberlo dicho ya, contaba nuestro obispo setenta y cinco años, pero sin aparentar más de sesenta. No era alto; aunque algo grueso, procuraba combatir esta tendencia física, dando largos paseos á pie: su paso era firme, y su cuerpo ligeramente encorvado, detalle del que no pretendemos sacar consecuencia alguna. Gregorio XVI, á los ochenta años, andaba tieso y sonriente, lo cual no impedía que fuése un mal obispo. Monseñor Bienvenido tenía lo que se llama vulgarmente «una cabeza hermosa», pero se hacía querer tanto, que era su belleza lo de menos.
Su conversación estaba impregnada de aquella alegría y candidez infantil que constituía su gracia principal, de que ya hemos hablado, por la que se sentía uno como atraído por él, pareciendo que de toda su persona brotaba alegría. Su tez era fresca y sonrosada, todos sus dientes blancos y bien conservados, y que su sonrisa ponía de manifiesto, le daban ese aspecto abierto y simpático que hace exclamar de un hombre: ¡es un buen muchacho! ó de un anciano: ¡Es un buen hombre! Este fué, si no recordamos mal, el efecto que había hecho á Napoleón. La primera impresión para aquel que le veía por primera vez, no era otra, efectivamente, que la de un buen hombre. Pero después de pasar algunas horas junto á él y por poco que se le viera pensativo, íbase el buen hombre transfigurando poco á poco, adquiriendo cierto imponente no sé qué; su frente ancha y serena, augusta por su aureola de cabellos blancos, lo era igualmente por la meditación; la majestad se desprendía de aquella bondad, sin que la bondad dejara de irradiar por ello; producía el contemplarle una emoción especial como la que debiera causar la vista de un ángel sonriente, que desplegara sus alas sin dejar su sonrisa. El respeto, respeto inexplicable, que inspiraba, iba penetrando gradualmente hasta el corazón, y sentíase uno como absorbido por aquella alma fuerte, experimentada é indulgente, en la cual el pensamiento era tan elevado, que no podía manar sino dulzura.
Como se ha visto, la oración, la celebración de los oficios divinos, la limosna, el consuelo á los afligidos, el cultivo de un pedazo de tierra, la fraternidad, la frugalidad, la hospitalidad, el desprendimiento, la confianza, el estudio y el trabajo llenaban uno á uno los días de su vida. Llenaban, ésta es la palabra, puesto que los días del obispo estaban todos llenos hasta los bordes de buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones. Sin embargo, no era el día completo, si el tiempo lluvioso ó frío le privaba de pasear, luego que las dos buenas mujeres se habían retirado, una ó dos horas de la noche en su jardín antes de acostarse. Parecía ser para él como una especie de rito, el prepararse al sueño por la meditación en presencia de los grandes espectáculos nocturnos. Otras veces, en hora muy avanzada de la noche, si las dos ancianas no se habían dormido, le oían pasear lentamente las calles del jardín. Encontrábase allí solo, consigo mismo, absorbido, apacible, adorando y comparando la serenidad de su corazón á la serenidad del éter; emocionado en medio de las tinieblas por los visibles resplandores de las constelaciones y los resplandores invisibles de Dios, abriendo su alma á las imaginaciones que surgen de lo desconocido. Durante aquellos momentos, ofreciendo su corazón al mismo tiempo que las flores nocturnas ofrecen sus perfumes, ardiendo como una lámpara en medio de la estrellada noche, esparciéndose en éxtasis entre la irradiación universal de la creación, no hubiera podido tal vez él mismo decir de sí lo que pasaba por su espíritu; sintiendo que algo inexplicable que se desprendía y escapaba de él, y algo que descendía y penetraba en su interior. ¡Misteriosa reciprocidad entre los profundos abismos del alma y los abismos inmensos del universo!
Pensaba en la grandeza y la presencia de Dios; en la eternidad futura, misterio incomprensible; en la eternidad pasada, misterio menos explicable todavía; en todos los infinitos que se agrandaban ante sus ojos en todos sentidos; y sin tratar de comprender lo incomprensible, lo admiraba. No estudiaba á Dios; se deslumbraba. Consideraba los magníficos choques de los átomos que dan forma y aspecto á la materia, revelando sus fuerzas comprobándolas, creando las individualidades en la unidad, las porciones en la extensión, lo innumerable en lo infinito, y produciendo la belleza con la luz. Aquellos choques unen y desunen átomos y más átomos sin cesar; de ahí la vida y la muerte.
Sentábase sobre un banco rústico adosado á una parra decrépita, contemplando los astros al través de las mezquinas y raquíticas siluetas de los árboles frutales de su jardín. Aquella cuarta de terreno, miserablemente plantado y lleno de cobertizos y barracas, le era estimado y suficiente.
¿Qué necesitaba más aquel anciano que repartía los ocios de su existencia, bien escasos por cierto, en los trabajos de jardinero durante el día y en las contemplaciones de la noche? Aquel reducido cercado, que tenía por techo los cielos, ¿no era lo bastante para poder adorar á Dios oportunamente en sus obras sublimes? ¿No era efectivamente todo lo más que podía desear? Un jardincito para pasear, y la inmensidad para extasiarse en sus pensamientos. Á sus pies aquello que podía cultivar y recolectar; sobre su cabeza, aquello que brinda á la meditación y al estudio; algunas flores en la tierra, y todas las estrellas del cielo.
XIV Lo que él pensaba
La última palabra.
Como este género de detalles pudieran, sobre todo en el momento en que nos encontramos, y para servimos de una expresión de moda actualmente, dar al obispo de D*** cierto carácter «panteísta», y hacer creer, sea en contra, sea en favor suyo, que poseía una de aquellas filosofías personales, propias de nuestro siglo, que germinan á veces en los espíritus solitarios, y se forman y desarrollan hasta el punto de reemplazar las religiones, debemos insistir asegurando que ni una sola de cuantas personas conocieron á monseñor Bienvenido, se creyó jamás autorizada á suponer nada que se pareciese á ello. Lo que brillaba en aquel hombre, era su corazón. Su sabiduría era hija de la luz que éste producía.
Nada de sistemas; mucho de obras. Las consideraciones abstractas encierran vértigos: nada indica que se atreviese su espíritu en los apocalipsis. El apóstol puede ser audaz, pero el obispo debe ser tímido. Él hubiera probablemente sentido escrúpulos de sondear muy á fondo ciertos problemas reservados por algo á los grandes y extremados espíritus. Existe cierto horror sagrado bajo los pórticos del enigma; aquellas aventuras sombrías son precipicios, en los que hay algo que le dice al pasajero de la vida: «no entres». Desgraciado del que penetre.
Los genios, en las profundidades inauditas de la abstracción y de la especulación pura, colocados, por así decirlo, sobre los dogmas, proponen sus ideas á Dios. Su oración se ofrece valientemente á la discusión. Su adoración interroga. Ésta es la religión directa, llena de ansiedades y responsabilidad para quien se atreve á tentar sus escabrosidades.
La meditación humana no tiene límite. Á su riesgo y peligro analiza y escudriña su propio deslumbramiento. Casi podría decirse que por cierta reacción espléndida deslumbra ella la naturaleza; el mundo misterioso que nos circunda devuelve lo que recibe, y es muy probable que los contemplativos sean contemplados. Sea lo que fuere, sobre la tierra hay hombres,—¿son hombres éstos?—que distinguen perfectamente en el fondo de los horizontes de la contemplación las alturas de lo absoluto, y que sienten la terrible visión de la montaña infinita. Monseñor Bienvenido no tenía nada de estos hombres; monseñor Bienvenido no era un genio. Hubiera temido semejantes sublimidades, desde las cuales, algunos muy grandes por cierto, como los mismos Swedenborg y Pascal, se han precipitado en la locura. Es cierto que tan poderosas imaginaciones tienen su utilidad moral, y que por tan intrincadas sendas nos vamos acercando á la perfección ideal. Él tomaba, no obstante, el atajo que abrevia: el Evangelio.
No pretendió jamás hacer que tomara su casulla los pliegues del manto de Elías; no proyectaba un solo rayo del porvenir sobre la tenebrosa marcha de los acontecimientos, ni pretendía jamás condensar esa llama al fulgor de las cosas, pues no tenía nada de profeta ni de mago. Aquella alma humilde amaba: he aquí todo.
Que dilatase sus oraciones hasta una aspiración sobrehumana, esto es probable; pero jamás se ora demasiado como no se ama demasiado jamás; que si llegara á ser una herejía el rogar más allá de los textos, Santa Teresa y San Jerónimo serían herejes.
Él se inclinaba siempre hacia los que gemían ó expiaban. El universo se le antojaba una enfermedad inmensa; sentía en todas partes la calentura, exploraba en todas partes el sufrimiento, y sin querer adivinar el enigma, cuidaba de curar la herida.
El tremendo espectáculo de todo lo creado, desenvolvía en él toda ternura, y no se ocupaba sino en buscar por sí mismo é inspirar á los demás la mejor manera de compadecer y aliviar. Cuanto existe, era para aquel bueno y excepcional presbítero, objeto constante de tristeza que procuraba consolar.
Si existen hombres que trabajan en la extracción del oro, él trabajaba en la extracción de la piedad. La miseria universal era su mina. El dolor general era para él constante pretexto de bondades. Amaos los unos á los otros; él creía esta máxima completa; no necesitaba más, y concretaba á ella sola su doctrina. Cierto día aquel hombre, que se creía «filósofo», aquel senador, ya nombrado, dijo al obispo:
—Ved el espectáculo del mundo; es la guerra de todos contra todos; el más fuerte es el que tiene más alma. Vuestro amaos los unos á los otros, es una barbaridad.
—Bien,—dijo monseñor Bienvenido sin discutir:—si esto es una barbaridad, el alma debe encerrarse en ella como la perla en su concha.
Encerrábase pues, y vivía absolutamente satisfecho, dejando aparte las cuestiones prodigiosas que arrastran ó espantan, las insondables perspectivas de la abstracción, los precipicios de la metafísica; todas las profundidades convergentes hacia Dios para el apóstol, ó hacia la nada para el ateo: el destino, el bien y el mal, la lucha de los seres contra los seres, la conciencia del hombre, el sonambulismo meditabundo del animal, la transformación de la muerte, el resumen de las existencias que contiene la tumba, el injerto incomprensible, de amores sucesivos en el yo persistente, la esencia, la sustancia, el Nihil y el Ens, el alma, la naturaleza, la libertad y la necesidad; problemas difíciles, espesuras siniestras, ante las que se inclinan los gigantescos arcángeles del espíritu humano; formidables abismos que Lucrecio, Mami, san Pablo y Dante contemplaron con aquella fulgurante mirada que parece, al fijarse cara á cara con el infinito, que hace que surjan del mismo las estrellas.
Monseñor Bienvenido, era sencillamente un hombre que averigüaba exteriormente las proposiciones misteriosas sin escrutarlas, sin agitarlas, y sin perturbar su propio espíritu, por sentir en su alma gran respeto á la sombra.