LIBRO SEGUNDO LA CAÍDA (continued 2)
J. A. R. translation
Después de lanzar esta mirada, tomó el ademán de hombre resuelto y se dirigió á su alcoba, tomó su morral, lo abrió y registró, sacando de él un objeto que tiró sobre la cama; metióse los zapatos en los bolsillos, volvió á cerrar el morral, se lo cargó á la espalda, encasquetóse su gorra cubriéndose los ojos con la visera, tomó su garrote á tientas y lo colocó en el ángulo de la ventana; después volvió á la cama y cogió resueltamente el objeto que había dejado allí. Parecía una barra de hierro, corta, aguzada por uno de sus extremos como un venablo.
Hubiera sido difícil distinguir entre aquellas tinieblas á qué empleo podía estar destinado semejante pedazo de hierro. ¿Era tal vez una palanqueta? ¿era una clava?
Á la luz hubiera podido reconocerse que no era otra cosa que una barrena de cantero. Empleábanse entonces algunas veces los penados en extraer piedra de las elevadas colinas que rodean á Tolón; no era pues extraño que tuviese á su disposición útiles de cantero. Las barrenas de cantero son de hierro macizo, terminando en su extremo inferior en punta, por medio de la cual se clavan en la roca.
Tomó la barrena en su mano derecha, y reteniendo el aliento y á paso quedo, dirigióse á la puerta de la estancia próxima, que era, como sabemos, la del obispo.
Llegó á la puerta, y la encontró entornada solamente. El obispo no había cuidado de cerrarla.
XI Lo que hacía
Juan Valjean escuchó. No oyó el menor ruido.
Empujó la puerta.
Empujábala con sólo un dedo, ligeramente, con aquella suavidad furtiva é inquieta del gato que desea entrar.
La puerta, cediendo á aquella presión, movióse imperceptiblemente en el silencio, ensanchando un poco la abertura.
Esperó un momento, volviendo luego á empujar la puerta por segunda vez, con mayor fuerza.
Ésta continuó cediendo silenciosamente. La abertura era ya bastante grande para darle paso. Pero había junto á la puerta una mesita que formaba ángulo con la misma, é impedía el paso.
Juan Valjean reconoció la dificultad. Era indispensable que la abertura se ensanchara más.
Resolvióse á ello, y empujó la puerta por tercera vez; con mayor energía que las otras dos. Entonces un gozne mal engrasado, lanzó de repente en la obscuridad un chirrido prolongado y ronco.
Juan Valjean se estremeció. El ruido de aquel gozne resonó en su oído como un eco que tenía algo de formidable y alarmante, como el clarín del juicio final.
En los fantásticos temores del primer momento, llegó casi á figurarse que aquel gozne se iba animando para tomar de súbito una vida terrible, y que ladraba como un perro, para advertir á todo el mundo y despertar á los que dormían.
Detúvose tembloroso y espantado, cayendo de la punta del pie sobre el talón. Sentía latir en sus sienes las arterias como dos martillos de fragua, pareciéndole que su aliento salía de su pecho con el ruido del viento que sale de una caverna. Le parecía imposible que el horrible clamor de aquel gozne irritado, no hubiese removido toda la casa como la sacudida de un terremoto; la puerta, empujada por él, se había alarmado y había llamado; el anciano iba á levantarse, las dos mujeres iban á gritar, serían auxiliados; y antes de un cuarto de hora, la población estaría alarmada, y la gendarmería en pie. En aquel momento se creyó perdido.
Quedóse donde estaba, petrificado como la estatua de sal, no atreviéndose á hacer el menor movimiento. Pasáronse algunos minutos. La puerta estaba completamente abierta. Aventuróse á mirar dentro del cuarto. Nada se había movido. Aplicó el oído. Nada se movía en la casa. El ruido del gozne enmohecido no había despertado á nadie.
El primer peligro había desaparecido, pero conservaba aún dentro de sí mismo, cierto espantoso encogimiento. Sin embargo, no retrocedió. No pensaba más que en acabar pronto. Dió un paso y penetró en el cuarto.
En aquel cuarto reinaba la calma más perfecta. Distinguíanse aquí y allí algunas formas vagas y confusas, que de día, eran varios papeles esparcidos sobre una mesa, infolios abiertos, volúmenes apilados sobre un taburete, un sillón lleno de vestidos y un reclinatorio, pero que á semejante hora no presentaban más que ángulos tenebrosos y espacios blanquecinos. Juan Valjean avanzó sigilosamente evitando tropezar con los muebles. Oía perfectamente en el fondo de la estancia la respiración tranquila y regular del obispo dormido.
Paróse de repente. Estaba junto al lecho. Había llegado antes de lo que creía.
La naturaleza mezcla algunas veces sus efectos y sus espectáculos á nuestras acciones, con una especie de oportunismo sombrío é inteligente, como si quisiera hacer que reflexionásemos. Después de una media hora, de estar el cielo cubierto por una gran nube, y en el preciso momento en que Juan Valjean se paró junto al lecho, rasgóse la nube como hecho á propósito, y un rayo de luna, atravesando la alta ventana, fué á iluminar de súbito las pálidas y apacibles facciones del obispo. El venerable anciano dormía tranquilamente. Estaba casi vestido dentro del lecho, á causa de la crudeza de las noches de invierno en los Bajos-Alpes, con un traje talar de lana obscura, que le cubría también los brazos por completo. Su cabeza descansaba sobre la almohada, en la actitud del abandono natural de reposo; dejando caer fuera del lecho su mano adornada con el anillo pastoral, y con la que practicaba tantas y tan buenas obras y acciones. Estaba su semblante bañado por completo de una vaga expresión y satisfacción, esperanza y beatitud. Aquella expresión era, más que una sonrisa, una aureola. Brillaba en su frente la inexplicable transparencia de una luz oculta. El alma de los justos, durante sus sueños, contempla indudablemente un cielo misterioso.
Un reflejo de este cielo brillaba sobre el obispo.
Era al mismo tiempo una transparencia luminosa, porque aquel cielo estaba dentro de él; era su conciencia.
En el mismo instante en que el rayo de luna fué á sobreponerse, por así decirlo, aquella luz interior, apareció el dormido obispo como en la gloria, pero, endulzados no obstante, sus resplandores, por una media luz inefable. Aquella luna en el cielo, aquella naturaleza adormecida, el jardín sin murmullos, la casa toda en calma, la hora, el momento y el silencio general, reunían no sé qué de solemne é indecible al venerable reposo de aquel hombre, envolviendo con una especie de aureola majestuosa y serena, sus blancos cabellos y sus ojos cerrados; aquel semblante en el cual todo era esperanza, todo confianza; aquella cabeza de anciano en el sueño de un niño.
Había, al parecer, algo de divino en aquel hombre augusto, hasta el punto de ignorarlo.
Juan Valjean permanecía en la sombra, con su barrena de hierro en la mano, de pie, inmóvil, espantado ante aquel anciano venerable y radiante. Jamás había visto nada parecido. Aquella confianza le aterraba. El mundo moral no puede presentar un espectáculo más imponente, que aquél; una conciencia turbada é inquieta, próxima á cometer una mala acción y contemplando el sueño de un justo.
Semejante sueño, en aquella soledad, y teniendo quién tenía á su lado, encerraba algo de sublime, que él sentía vagar en torno suyo imperiosamente.
Nadie hubiera acertado á decir lo que en aquel momento pasaba por él. Para probar de darse cuenta, sería preciso imaginarse lo que pueda existir de más violento junto á lo más suave. En su misma expresión no había nada que leer claramente. Manifestaba una especie de asombro salvaje. Miraba, miraba; y nada más. Pero, ¿qué pensaba? Hubiera sido imposible adivinarlo. Lo único cierto, es que estaba conmovido y trastornado. Pero, ¿de qué provenía aquella emoción?
Su mirada no se separaba del anciano. Lo único que se desprendía claramente de su actitud y de la expresión de su fisonomía, era una extraña indecisión. Hubiérase dicho que vacilaba entre dos abismos; era el uno el de su perdición, y el de su salvación el otro. Ya parecía dispuesto á romper aquel cráneo, ya á besar aquella mano.
Después de unos instantes, su mano izquierda se elevó vacilando hasta la frente, y cogió su gorra, luego volvió á bajar el brazo con igual lentitud, volviendo nuevamente á su contemplación con la gorra en la mano izquierda, el hierro en la derecha y erizados los cabellos de su feroz cabeza.
El obispo continuaba durmiendo en la paz más profunda, bajo aquella espantosa mirada.
Un rayo de luna hacía destacar confusamente sobre la chimenea el crucifijo que parecía abrir los brazos á los dos, para bendecir al uno y perdonar al otro.
De pronto, volvió Juan Valjean á cubrir su cabeza con la gorra, atravesó precipitadamente la distancia de la cama sin mirar al obispo, dirigiéndose al armario que vislumbraba junto á la cabecera; levantó el hierro, como para forzar la cerradura, pero se encontró puesta la llave, abrió; la primera cosa que encontró fué la canastilla de los cubiertos; tomola, atravesó la estancia á grandes pasos, y sin curarse apenas del ruido que pudiera hacer; gana la puerta, entra de nuevo en el oratorio, abre la ventana, coge su palo, salta por el antepecho, guarda los cubiertos en su morral, tira la canastilla, atraviesa el jardín, salta la tapia con la agilidad de un tigre, y huye.
XII El obispo trabaja
Al día siguiente, al salir el sol, estaba monseñor Bienvenido paseando por el jardín, cuando la señora Magloria fué corriendo hacia él toda azorada.
—Monseñor, monseñor,—gritaba ella,—¿sabe Su Ilustrísima, dónde está la canastilla de los cubiertos?
—Sí,—dijo el obispo.
—¡Jesús! ¡Dios sea loado!—repuso ella.—Yo no sabía dónde había ido á parar.
El obispo acababa de encontrarse con la canastilla, en uno de los paseos del jardín. Y se la presentó á la señora Magloria.
—Aquí está.
—Es verdad,—dijo ella,—pero vacía. ¿Dónde está la plata?
—¡Ah!—exclamó el obispo,—¿era la plata lo que os preocupaba? Ignoro dónde está.
—¡Gran Dios! ¡ha sido robada! el hombre de ayer noche es quién la ha robado.
En un santiamén, con toda la inteligencia de una vieja lista, la señora Magloria corrió al oratorio, entró en la alcoba y volvió hasta donde estaba el obispo. Éste acababa de bajarse y examinar, suspirando, una mata de cochlearia de Guillons que la canastilla había destrozado al ser arrojada contra la planta. Levantóse á los gritos de la señora Magloria.
—¡Monseñor! ¡el hombre no está! ¡la plata ha sido robada!
Al lanzar esta exclamación, sus ojos se fijaron en uno de los ángulos del jardín, en el que había señales evidentes de escalamiento. El cabriol de la cerca había sido arrancado.
—¡Ved! ¡por allí debe haber salido! ¡Habrá saltado al callejón de Cochefilet! ¡Qué atrocidad! ¡habernos robado los cubiertos!
El obispo guardó silencio unos instantes, y levantando luego los ojos, dijo suavemente, mirando con seriedad á la señora Magloria:
—¿Es verdad que esta plata era nuestra?
La señora Magloria se quedó admirada. Hubo otro instante de silencio; enseguida continuó el obispo:
—Señora Magloria, yo guardaba injustamente, hace algún tiempo, estos cubiertos, porque eran de los pobres. ¿Quién era este hombre? Un pobre, indefectiblemente.
—¡Ay Dios mío!—dijo la señora Magloria.—No es por mí, ni por la señorita Batistina, esto nos es igual. Pero por vos. Monseñor. ¿Con qué vais á comer ahora?
El obispo se fijó en ella con aire de asombro.
—¡Ah, ya! ¿no hay por ventura cubiertos de estaño?
La señora Magloria se encogió de hombros.
—El estaño despide olor.
—Entonces, de hierro.
La señora Magloria hizo un gesto expresivo.
—El hierro sabe peor.
—¡Bien!—dijo el obispo,—cubiertos de palo.
Algunos instantes después, Su Ilustrísima almorzaba en la misma mesa en que se había sentado Juan Valjean la noche anterior. Durante el almuerzo, monseñor Bienvenido hizo notar alegremente á su hermana, que nada decía, y á la señora Magloria, que murmuraba entre dientes, que no eran de absoluta necesidad las cucharas ni los tenedores, ni aún de palo, para mojar un pedazo de pan en una taza de leche.
—¡Vaya una ocurrencia!—exclamaba la señora Magloria para sus adentros yendo y viniendo,—¡recibir un hombre como aquél, y hacerle dormir á su lado, por añadidura! ¡Y gracias á Dios que no ha hecho más que robar! ¡Ay Dios mío! ¡extremece solamente el pensarlo!
Cuando iban los dos hermanos á levantarse de la mesa, llamaron á la puerta.
—Entrad,—dijo el obispo.
Abrióse la puerta; un grupo extraño y violento apareció en el umbral. Tres hombres traían agarrotado á un cuarto. Los tres eran gendarmes: el cuarto, Juan Valjean.
El sargento de gendarmería, que parecía mandar el grupo, estaba junto á la puerta. Entró, adelantándose hasta el obispo, y saludándole militarmente:
—Monseñor...—dijo el sargento.
Á esta palabra, Juan Valjean, que estaba como taciturno y abatido al parecer, levantó la cabeza con aire admirado.
—¡Monseñor!—murmuró.—¿No es éste el cura?
—¡Silencio!—dijo un gendarme.—Es monseñor el obispo.
Entre tanto, monseñor Bienvenido se había adelantado con toda la prisa que le permitían sus años.
—¡Ah! ¡vos aquí!—exclamó mirando á Juan Valjean.—Me alegro de veros.
Pero yo os había dado también los candeleros, que son de plata como lo demás, y de los que podréis sacar muy bien doscientos francos. ¿Por qué no os los habéis llevado con los cubiertos?
Juan Valjean abrió los ojos mirando al venerable prelado con una expresión que ninguna lengua humana pudiera pintar.
—Monseñor,—dijo el jefe de los gendarmes,—¿entonces lo que dice este hombre es la verdad? Le hemos encontrado. Iba como quien huye. Le hemos detenido para ver. Llevaba esta plata...
—Y él os habrá dicho,—interrumpió el obispo sonriendo,—¿que se la había dado un buen viejo, un cura, en casa del que había pasado la noche? ¡Ya comprendo! ¿Y le habéis conducido aquí? ¡Caramba! En fin, ha sido un error.
—Siendo así,—repuso el sargento,—¿le podemos dejar en libertad?
—Naturalmente,—respondió el obispo.
Los gendarmes dejaron á Juan Valjean, quien retrocedió.
—¿Luego es verdad que se me deja?—dijo él con acento inarticulado y como en sueños.
—Sí, se te deja. ¿No lo has entendido?—dijo un gendarme.
—Amigo mío,—repuso el obispo,—antes de iros, aquí están vuestros candeleros. Recogedlos.
Y yendo á la chimenea, tomó los dos candeleros de plata y se los entregó á Juan Valjean. Las dos mujeres contemplaban aquella acción sin decir una sola palabra, sin hacer un gesto, sin dar una mirada que pudiese disgustar al obispo.
Juan Valjean temblaba de pies á cabeza. Tomó los candeleros maquinalmente y en ademán dudoso.
—Ahora,—dijo el obispo, id en paz.—Á propósito,—añadió dirigiéndose á Juan: Cuando volváis, amigo mío, no tenéis necesidad de pasar por el jardín. Podéis siempre y á todas horas entrar y salir por la puerta de la calle. No está cerrada más que por el pestillo, así de noche como de día.
Luego, volviéndose á los gendarmes:
—Señores, os podéis retirar.
Los gendarmes salieron.
Juan Valjean estaba como quien va á desmayarse.
El obispo se le acercó y le dijo en voz baja.
—-No olvidéis nunca jamás que me habéis prometido emplear el valor de esta plata para haceros bueno y honrado.
Juan Valjean que no tenía el menor recuerdo de haber prometido nada, seguía admirado. El obispo había acentuado mucho aquellas palabras al pronunciarlas. Entonces repuso solemnemente:
—Juan Valjean, hermano mío, ya no pertenecéis al mal, sino al bien. Es vuestra alma la que yo compro; yo la separo del espíritu del mal para entregársela á Dios.
XIII Gervasillo
Juan Valjean salió de la ciudad como escapado. Internóse precipitadamente por los campos, tomando los caminos y sendas que se le presentaban, sin advertir que volvía á cada instante sobre sus pasos. Anduvo errante de este modo toda la mañana, sin comer ni sentir necesidad. Era presa de un sinnúmero de sensaciones nuevas. Sentía una especie de cólera, é ignoraba contra quién. No hubiera podido asegurar si estaba conmovido ó humillado. Sentíase por instantes dominado por una ternura extraña, que procuraba combatir oponiéndole todo el endurecimiento de sus últimos veinte años. Semejante situación le fatigaba. Advertía, no sin inquietud, que se debilitaba á pesar suyo en su interior la calma espantosa que la injusticia de su desgracia le había dado. Preguntábase á sí mismo qué era lo que debía reemplazarla. Á veces hubiera preferido verdaderamente haber sido preso por los gendarmes, y que no hubieran pasado las cosas de aquella manera; pues, de seguro, no se hubiera trastornado tanto. Por más que la estación estuviese ya muy adelantada, había aún entre las enramadas alguna que otra flor tardía, cuyo olor, que iba él aspirando durante su marcha, le traía á la memoria sus recuerdos de la infancia. Tales recuerdos le eran casi insoportables, tanto tiempo hacía que no los había probado.
Mil pensamientos inexplicables de semejante índole le acosaron durante todo el día.
Cuando el sol declinaba ya al poniente, prolongando sobre el suelo la sombra del más insignificante guijarro, sentóse Juan Valjean detrás de un matorral sobre una extensa llanura rojiza, absolutamente desierta. No tenía otro horizonte que los Alpes. Ni siquiera un solo campanario de aldea próxima ni lejana. Juan Valjean podía estar á la sazón como á unas tres leguas de D***. Una senda que atravesaba la llanura, pasaba á pocos pasos del matorral.
En medio de aquel lugar de meditación, que podía contribuir un poco á hacer más espantoso con sus harapos, para cualquiera que le hubiese encontrado, oyó una especie de ruido alegre.
Volvió la cabeza, y vió venir por la senda un niño saboyano como de unos diez años, que venía cantando, con su gaita pendiente de un costado y la caja de su marmota á la espalda.
Uno de esos tiernos y alegres muchachos que van de un país á otro, enseñando las rodillas por los rotos del pantalón.
Sin dejar el canto, interrumpía el chico de cuando en cuando su marcha, jugando con algunas monedas que llevaba en la mano, toda su fortuna probablemente. Entre aquellas monedas había una pieza de cuarenta sueldos[2].
El muchacho se paró junto al matorral sin ver á Juan Valjean, tirando al aire sus monedas, que hasta entonces había venido recibiendo juntas, con bastante destreza, sobre el dorso de la mano.
Pero esta vez la pieza de cuarenta sueldos se le escapó, y se fué rodando entre la hojarasca hasta Juan Valjean.
Juan Valjean le puso el pie encima.
Sin embargo, el muchacho, que había seguido la moneda de reojo, vió perfectamente donde había ido.
Se fué el niño, sin detenerse, derecho al hombre.
Era aquel un lugar del todo solitario. Tanto como pudiera extenderse la mirada, no había una sola persona en la senda ni en la llanura. Sólo se oía el débil piar de una nube de pájaros que cruzaban el cielo á grande altura. El muchacho, vuelto de espaldas al sol que entretejía sus rayos de oro con sus cabellos, y que pintaba de un rojo sangriento las salvajes facciones de Juan Valjean.
—Señor,—dijo el chiquillo saboyano, con aquella confianza de la niñez, mezcla de ignorancia é inocencia,—¡mi pieza!
—¿Cómo te llamas?—le dijo Juan Valjean.
—Gervasillo, señor.
—Vete,—dijo Valjean.
—Señor,—repuso el chico,—devolvedme mi moneda.
Juan Valjean bajó la cabeza sin contestar palabra.
El niño repitió:
—¡Mi moneda, señor!
La mirada de Juan Valjean seguía fija en tierra.
—¡Mi pieza!—gritó el muchacho,—¡mi pieza blanca! ¡mi moneda de plata!
Parecía que Juan Valjean no entendía una palabra. El niño le cogió del cuello de la blusa y sacudióle. Al mismo tiempo se esforzaba cuanto podía para hacer que se separase de donde estaba, el grosero zapato claveteado que cubría su tesoro.
—¡Quiero mi moneda! ¡mi moneda de cuarenta sueldos!
El niño lloraba. Levantó Juan Valjean la cabeza. Permaneció, no obstante, sentado y sin moverse. Sus ojos estaban velados. Contempló al muchacho como asombrado, luego alargó la mano hasta su garrote, gritando con acento terrible:
—¿Quién anda ahí?
—Yo, señor,—respondió el muchacho,—¡Gervasillo! ¡yo! ¡yo! ¡Devolvedme mis cuarenta sueldos si os place!
Después, irritado, pequeño y todo como era y en tono de amenaza:
—Á ver, quitad el pie de ahí; ¡quitadlo os digo!
—¡Ah! eres tú todavía,—dijo levantándose bruscamente Juan Valjean y en tono amenazador, pero sin mover el pie de sobre la moneda, añadiendo:
—¡Quieres irte de aquí!
El muchacho le dirigió una mirada de espanto, y luego comenzó á temblar de pies á cabeza, y después de algunos segundos de estupor, echó á correr con todas sus fuerzas, sin atreverse á volver la cabeza ni lanzar un grito.
No obstante, á no larga distancia la fatiga le obligó á pararse, y Juan Valjean, al través de sus meditaciones, creyó oirle llorar.
Después de unos instantes, el muchacho había desaparecido.
El sol se había puesto.
Las sombras se aumentaban al rededor de Juan Valjean. No había comido en todo el día; es muy probable que tuviera fiebre.
Continuaba todavía en pie sin haber cambiado de actitud, desde que había desaparecido el muchacho. La respiración agitaba su pecho á largos y desiguales intervalos. Su mirada, fijada á unes diez ó doce pasos delante de él, parecía estudiar con profunda atención la forma de un tiesto viejo de barro pintado de azul que estaba entre la yerba. De pronto pareció estremecerse; acababa de sentir la impresión del frío de la noche.
Encasquetóse su gorro hasta cubrir la frente por completo, buscó maquinalmente la manera de abrochar su blusa, dió un paso, y se agachó para tomar su garrote del suelo.
En aquel momento, vió la moneda de cuarenta sueldos que había medio hundido en el suelo con su pie, y que brillaba en medio de las piedras. Esto produjo en él una especie de emoción galvánica.
—¿Qué es esto?—murmuró entre dientes. Retrocedió tres pasos, parándose de repente sin poder separar los ojos del punto en que había sentado la planta hacía un momento, como si aquello que brillaba en medio de la obscuridad hubiese sido un ojo abierto que le mirase fijamente.
Después de unos instantes se precipitó convulsivamente sobre aquella moneda de plata, tomola, levantándose enseguida, y comenzó á mirar á lo lejos, por toda la llanura, dirigiendo á un tiempo sus miradas hacia todos los puntos del horizonte, anhelante y tembloroso como una fiera que busca un asilo.
Nada alcanzó ver. La noche estaba encima, la llanura fría y vaga, algunas grandes brumas violadas acudían entre las luces del crepúsculo.
—¡Ah!—exclamó de pronto, y se alejó rápidamente en determinada dirección por allí donde el muchacho había desaparecido. Después de haber andado unos treinta pasos, paróse nuevamente á mirar, pero nada vió.
Entonces gritó con todas sus fuerzas:
—¡Gervasillo! ¡Gervasillo!
Callóse y escuchó.
No le respondió nadie.
El campo estaba tétrico y desierto. Estaba solo rodeado por la extensión. No tenía Juan en torno suyo más que sombras, entre las que se perdía su mirada, y el silencio en el que se perdía también su voz.
Soplaba un airecillo glacial, que daba á las cosas de su alrededor una especie de vida lúgubre. Los arbustos agitaban sus desmedradas ramas con increíble furia. Hubiérase dicho que amenazaban y perseguían á alguien.
Volvió á emprender su marcha nuevamente; luego empezó á correr; de cuando en cuando se paraba para gritar entre aquellas soledades con una voz que encerraba á la vez la expresión y el tono más formidable y desolado que puede imaginarse. «¡Gervasillo! ¡Gervasillo!».
Es bien seguro que si el muchacho hubiese oído aquellas voces, hubiera guardado de acudir. Pero el muchacho estaba, á no dudarlo, ya muy lejos. Topóse con un cura que venía á caballo. Acercósele y díjole:
—Señor cura, ¿habéis visto pasar un muchacho?
—No,—contestó el clérigo.
—¿Uno que se llama Gervasillo?
—No he visto á nadie.
Entonces sacó dos monedas de cinco francos de su bolsa y se las dió al cura.
—Señor cura, esto para los pobres. Señor cura, es un muchacho de unos diez años, que lleva una marmota, creo, y también una gaita. Iba de paso. Uno de esos saboyanos, ¿entendéis?...
—No, no le he visto.
—¿Gervasillo? ¿No hay algún pueblecillo por aquí? ¿Podéis decírmelo?
—Si es como vos decís, amigo mío, será uno de tantos chiquillos extranjeros que atraviesan el país, y á quienes nadie conoce.
Juan Valjean tomó violentamente otras dos monedas de cinco francos y se las dió también al cura.
—Para vuestros pobres,—dijo.
Después añadió como azorado:
—Señor cura, haced que me prendan. Soy un ladrón.
El cura picó á un tiempo ambas espuelas, y huyó despavorido.
Juan Valjean se puso á correr en la misma dirección que había tomado antes.
Caminó así, á la ventura, un buen espacio, mirando, llamando, y gritando, pero sin encontrar persona alguna. Dos ó tres veces corrió por la llanura hacia algo que le hizo el efecto de una persona tendida ó acurrucada; pero veía luego que no eran sino malezas ó rocas á flor de tierra. Por fin, en un punto en el cual se cruzan tres senderos, se paró. La luna había salido. Dirigió una mirada á lo lejos, llamando por última vez: «¡Gervasillo! ¡Gervasillo! ¡Gervasillo!». Sus gritos se perdieron entre la bruma, sin ni siquiera devolver un eco. Murmuró todavía: «¡Gervasillo!», pero con voz débil y casi inarticulada. Éste fué su último esfuerzo; sus piernas vacilaron bruscamente bajo su peso, como si un poder invisible le anonadara con todo el peso de su siniestra conciencia; cayendo desvanecido sobre una gran piedra, los puños entre sus cabellos, y la cabeza entre ambas rodillas, gritando desolado:
«¡Soy un miserable!».
Abrióse á este grito su corazón y rompió á llorar. Fué ésta la primera vez que lloró después de diez y nueve años.
Cuando Juan Valjean salió de casa del obispo, como hemos visto, estaba muy distante de todo cuanto había pensado hasta entonces. No podía acertar con lo que estaba pasando por él. Resistíase contra la angelical acción y contra las dulces palabras del anciano. «Me habéis prometido ser un hombre digno. Yo compro vuestra alma. Yo se la retiro al espíritu del mal y la entrego al Dios bueno». Esto lo estaba oyendo sin cesar. Pero oponía á esta celestial indulgencia el orgullo, que viene á ser en nosotros la fortaleza del mal. Sentía él clara y distintamente que el perdón de aquel sacerdote, era el mayor y más formidable ataque allí donde estaba aún abroquelado; que su endurecimiento sería infinito si alcanzaba á resistir aquella clemencia; que si cedía le sería forzoso renunciar á aquel odio en el cual las acciones de los demás hombres habían llenado su alma durante tantos años, y en el cual se gozaba; que esta vez era preciso vencer ó ser vencido, y que la lucha, una lucha colosal y definitiva, estaba entablada entre su maldad y la bondad de aquel hombre.
En presencia de todas aquellas luces, caminaba él como un hombre ebrio. Mientras andaba de esta manera, los ojos extraviados, ¿había en él una percepción distinta de la que podría resultar para el de su aventura de D***? ¿tenía él todos aquellos murmullos misteriosos que advierten ó importunan el espíritu en ciertos momentos de la vida? Una voz le decía al oído que acababa de atravesar el momento solemne de su destino; que ya no había otro medio para él; que si no era en lo sucesivo el mejor de los hombres, sería el peor; que era preciso, por decirlo así, que se elevara á la sazón más alto que el obispo, ó descendiese más bajo que el presidiario; que si él quería ser bueno, era preciso que fuése un ángel, y que si quería permanecer malo, era indispensable que fuése un monstruo.
Aquí debemos aún volver á interrogar sobre lo que ya lo hemos hecho otra vez: ¿guardaba, aunque fuése confusamente, alguna sombra de todo esto en su memoria? Ciertamente, la desgracia, ya lo hemos dicho, educa la inteligencia; pero es muy de dudar que Juan Valjean estuviese en estado de comprender todo cuanto dejamos indicado aquí. Si aquellas ideas se le presentaban, él las entreveía mejor que las veía; y servían únicamente para producir en él una turbación inexplicable y casi dolorosa. Al salir de aquel antro negro y deforme que se llama presidio, el obispo le había herido el alma, como una voz demasiado viva le hubiera herido los ojos al salir de las tinieblas. La vida futura, la vida posible que se le presentaba desde luego puro y radiante, le llenaba de pesadumbre y ansiedad. Él no sabía, en verdad, dónde se hallaba. Como un mochuelo que viera bruscamente la luz del sol, el presidiario había sido deslumbrado y cegado por la virtud.
Lo verdaderamente cierto, y sobre lo cual no tenía la menor duda, era que había ya dejado de ser el mismo hombre, que todo había cambiado en él, puesto que no estaba en su mano, hacer que el obispo no le hubiese hablado ni le hubiese conmovido.
En semejante estado de ánimo, había encontrado á Gervasillo, y le había robado aquellos cuarenta sueldos. ¿Por qué? Él no hubiera, de seguro, alcanzado á explicarlo; ¿había sido un postrer esfuerzo y como á supremo esfuerzo de la maldad de pensamientos que había aportado del penal, un resto de impulsión, un resultado de lo que se llama en estática fuerza adquirida? Era esto, y era menos todavía que esto, tal vez. Digámoslo simplemente, no era él quien había robado; no había sido el hombre, había sido la bestia que, por costumbre ó por instinto, había puesto sencillamente el pie sobre la moneda, mientras la inteligencia luchaba entre innumerables observaciones desconocidas y nuevas.
Cuando la inteligencia despertó y comprendió lo brutal de la acción, Juan Valjean retrocedió angustiado y dió un grito de espanto.
Y era que por un extraño fenómeno, solamente posible en una situación como la en que se hallaba, al robar aquel dinero á aquel niño, había hecho una cosa de la que no era ya capaz.
Fuése lo que fuere, aquella postrera mala acción produjo en él un efecto decisivo; atravesó bruscamente el caos que existía en su inteligencia, disipándolo, separó y puso aparte las espesas obscuridades, y de otra la luz, agitó su alma, en el estado en que se hallaba, como agitan ciertos reactivos químicos, una mezcla turbia, precipitando un elemento y clarificando otro.
Desde luego, y antes de reflexionar y examinar, desatentado como el que busca la manera de salvarse, trató de encontrar al muchacho para devolverle su dinero; cuando hubo reconocido que era aquello inútil é imposible, detúvose desesperado. En el momento en que exclamaba: «¡soy un miserable!» acababa de reconocerse tal cual era, estando ya entonces separado de sí mismo, hasta el punto de figurarse no ser más que un fantasma que tenía delante de sí, en carne y hueso, con el garrote en la mano, la blusa andrajosa, el morral lleno de objetos robados á la espalda, el semblante tétrico y resuelto, con su imaginación llena de proyectos abominables, al repugnante presidiario Juan Valjean.
Su excesiva desventura, como hemos dicho, le había hecho un tanto visionario. Fué esto por consiguiente una visión. Llegó á ver verdaderamente á Juan Valjean, con su siniestra catadura delante de sí. Hubo un momento en que quiso preguntar quién era aquel hombre que le horrorizaba.
Su cerebro se hallaba en uno de aquellos momentos violentísimos, y sin embargo, horriblemente tranquilos, en los cuales la ficción imaginativa es tan profunda que absorbe la realidad. En cuyos momentos no ve uno lo que tiene delante y junto á sí, y en los que vemos como fuera de nosotros, las figuras que llenan nuestro espíritu.
Contemplábase, pues, así mismo, por así decirlo, frente á frente, y al mismo tiempo, al través de aquella alucinación, estaba viendo, en ciertas misteriosas profundidades, una especie de luz que llegó á tomar por una antorcha. Mirando luego con mayor atención aquella luz que surgía de su conciencia, reconoció que tenía forma humana, y que aquella antorcha era el obispo.
Su conciencia comparó á su vez aquellos dos hombres, colocados ante ella: el obispo y Juan Valjean. Era indispensable que no fuése otro que el primero para confundir al segundo. Por uno de aquellos efectos singulares propios de semejante clase de éxtasis, á medida que su ilusión se prolongaba, iba el obispo agrandándose y resplandeciendo á sus ojos, y Juan Valjean se achicaba y desvanecía. Llegó un punto en que no era él más que una sombra. Luego desapareció por completo. Quedaba sólo el obispo llenando de clarísimos resplandores los espacios del alma de aquel miserable.
Juan Valjean, lloró mucho, lloró ardientísimas lágrimas, lloró sollozando con mayor debilidad que una mujer, y más miedo que un niño.
Á medida que lloraba, iba produciéndose más y más en su cerebro una extraordinaria claridad, una claridad maravillosa y terrible á la vez. Su vida pasada, su primera falta, su larga expiación, su embrutecimiento exterior, su interior dureza, su misma libertad unida á sus planes de venganza, lo que le había pasado en casa del obispo, la última cosa que había hecho, aquel robo de cuarenta sueldos á un chiquillo, crimen tanto más infame, tanto más monstruoso, cuanto que había sido cometido después de la absolución del obispo; todo lo cual se le presentaba claramente en medio de una luz que hasta entonces jamás había visto.
Estaba viendo su vida, y le parecía horrible: su alma, espantosa. Sin embargo, una dulcísima luz se derramaba sobre aquella vida y sobre aquella alma. Le parecía ver á Satanás á la luz del paraíso.
¿Cuántas horas estuvo así llorando? ¿Qué hizo después dé haber llorado? ¿Adónde fué? nadie lo ha sabido jamás. Parece solamente averiguado que, durante aquella misma noche, el carretero, que hacía en aquella época el servicio de Grenoble y que llegó á D*** á eso de las tres de la madrugada, vió, al atravesar la calle del Obispado, un hombre en actitud de orar, arrodillado sobre el pavimento y en la sombra junto á la puerta de la casa donde vivía monseñor Bienvenido.
NOTAS: