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La pata de la raposa (Novela)

PARTE TERCERA

Reading edition

LA TARDE

Οὐκ ἔστιν οὐδὲν κρεῖσσον ἢ φίλος σαφής.

Eurípides.

Non si può avere maggior né minore signoria, che quella di sé medesimo.

Leonardo da Vinci.

I

Una mañana de Septiembre. 1910. En Lugano.

Muy cerca de las once, Alberto abandonó su habitación. El jardín de la villa, tupido y voluptuoso, se embebía en la profusa luz del sol. La ventana de Meg, encuadrada por una enredadera de rosas, perfumaba el silencio con las ráfagas de una melancólica cantilena italiana que desde ella se desgajaban temblando en el aire quieto.

Alberto caminó siguiendo la línea más avanzada del jardín, junto á la cerca, sobre la cual se empina la ramazón de una ringla de sauces, y va á caer de la otra parte, dentro del lago, con graciosa enlomadura que parece una cascada de sutiles aguas verde-gayo. Descendió al embarcadero, saltó á la canoa, que á entrambos lados de la proa llevaba el nombre Margherita, y salió remando lentamente. En el centro del lago, abandonó los remos, se despojó de la chaqueta y se recostó en los cojines de popa. Desde allí se veía la coyuntura de los dos brazos de agua, abocinándose en la raíz de las montañas; uno hacia el lago de Como, por detrás de Mont-Brè, otro hacia el lago Mayor, á espaldas del San Salvatore. En circunferencia y contra el cielo límpido, destacaban los berruecos de las cimas, de color violeta y rotundo contorno. Por los flancos asoleados, velluda vegetación, de un verde cálido y esponjoso, tendíase con la oblicuidad de un manto que resbalase sobre un pavimento de lustrosa ágata lechosa, venada de verde-ajenjo, que tal era el lago. Los flancos ensombrecidos, con sus hendeduras y quebradas bermejizas, exhalaban un vapor argentado y tenue; al pie de ellos, el agua parecía compacta como un bloque de malaquita pulimentada.

Alberto se abandonaba al hechizo del momento, á la fruición de la naturaleza, conforme á un ritmo de tres tiempos, compás de su vida presente. Primero volvíase á mirar las cosas; la pupila vaga y los labios entreabiertos, de suerte que el espíritu se le huía volando al mundo externo, como la paloma del arca ó el gerifalte de la mano del halconero. Después fruncía cejas y boca, entornaba los párpados, y aplicábase á mirar con el ahinco penetrante del pintor que se pone á interpretar una melodía de colores, ó del enamorado que con los ojos se abreva en la hermosura deseada. Por último, se recogía dentro de sí propio, con los párpados cerrados, á gozarse en los deleites intelectuales y estéticos de sentir destilada en su espíritu la realidad, y no la realidad hermética é inerte de la materia, sino una realidad templada, traslúcida y expresiva.

En tres años, la vida de relación de Alberto había sufrido muchas sacudidas y vaivenes. Literariamente había logrado la estimación de los doctos y la benevolencia del público, pero los rendimientos que sus obras le dejaban no le hubieran bastado para vivir con decoro. Quiso su buena fortuna que la justicia hubiera echado el guante sobre Hurtado, sorprendiéndolo en la isla de Cuba y repatriándolo juntamente con una pingüe cantidad de dinero, parte que había levantado de Pilares, y otra parte, más considerable aún, que había ganado en América por medio de especulaciones atrevidas y hábiles, de manera que los acreedores, cuando ya habían renunciado á todo, se encontraron nuevamente en posesión de los perdidos bienes.

Á través de laborioso proceso sentimental, Alberto había llegado á lo que él juzgaba como última y acendrada concentración del egoísmo, al desasimiento de las pasiones y mutilación de todo deseo desordenado; al soberano bien, al equilibrio, al imperio de sí propio, á la unidad. Su actividad científica y su autodidactismo estético no tenían otro fin que el de intensificar la sensación de la vida, como placer supremo. Y así, á pesar de haberse erigido en centro de todo lo creado, su moral era triste, severa para consigo mismo y tolerante para con los demás; su estética, á pesar de haber nacido por obra de una aristocrática selección de las ideas, era democrática y elevaba á la dignidad de la belleza todas las cosas naturales; y en suma, así como su existencia era una llama entre dos sombras, su sistema lindaba de una parte con la escéptica oquedad inicial de donde había surgido, y de la otra con una oquedad en donde su voz perecedera advertía lejanos ecos místicos. Diferenciando los dos linajes de conocimiento, del sentir y del pensar, sabía que entrambos se engendran en el amor, y equiparando el placer de vivir á la certidumbre de conocer, había llegado á proyectar una simpatía universal sobre todo lo creado, á amar á todo por igual. En este punto, la mujer no podía ofrecerle otra cosa que el placer sensual y efímero de la degustación, como el manjar que en las fondas pasa de un huésped al otro, ó el goce desinteresado de la contemplación, en la propia medida que todo lo existente. No podía consagrar su vida á una mujer, doblar la perpendicularidad de su vida ligándola á otra vida ajena. Y había escrito, rompiendo con Fina. Al recibir la carta Fina había dicho, con voz resuelta: Ya no volverá. Como no respondiera nada, Alberto, después de unos días pensó que Fina se había doblegado con resignación á la fatalidad de los hechos.

La canoa comenzó á danzar, zarandeada por la vasta ondulación que un barco de vapor movió á su paso. Eran las doce y media. Alberto requirió los remos y aprestóse á remar recio. Llegó á Villa-Anita sudoroso, encendido y sin resuello. Bob, Nancy y Meg le aguardaban para almorzar. Disculpó su tardanza y luego de asearse un poco, en el mismo surtidor del jardín, subieron los cuatro al comedor.

Los tres años transcurridos habían mudado el aspecto de la familia Mackenzie. Faltaba el jorobadito. El verano anterior se le había hallado flotando en las aguas del lago. Se atribuyó el hecho á un accidente casual, pero lo cierto es que, aunque la familia Mackenzie evitara pensar en ello, Ben se había suicidado. Bob había envejecido vertiginosamente; su boca befa se desmayaba, con mueca idiota; la puntiaguda barba había perdido su oro trigueño y era blanquinosa; las manos fofas, ebúrneas y azulinas temblequeaban de continuo; en sus ojos acerados se confundían dos lenguas de fuego, la lascivia y la desesperación de no poder satisfacerla. Anita, conservaba aún su continente prestancioso de Virgo Vestalis Maxima, pero su carne rubia estaba agostada, marchita, deformada lamentablemente por prominentes venas negruzcas, y su rostro traicionaba un anonadamiento definitivo. Meg había subido á un grado excelso de belleza, espiritualizada por cierta demacración del rostro, el livor de los ojos, la tenuidad de los labios y la frágil esbeltez del torso. De vez en vez tosía, con sacudidas débiles y quejumbrosas, como el sollozo de un niño. Bob, con su sentido sensual y rudo de la vida, había dicho á Alberto:

—Meg se nos muere si no da pronto con un hombre. Al fin de cuentas, es lo mejor que puede ocurrirle.

Alberto pensaba también que acaso el amor salvase á Margarita.

Durante el almuerzo, Alberto procuró hablar de continuo, porque sabía que Bob tenía miedo al silencio y á la soledad. Bob y Nancy evitaban mirarse, y si por fuerza el deseo los arrastraba á buscarse los ojos, veíaseles caer de pronto bajo una lobreguez plúmbea. Bebían sin tasa, hostigados de malsana ilusión. Meg aquel día estaba triste y callada. Solía oscilar, radical é inesperadamente, del abatimiento á la alegría desbordada. Por dos ó tres veces Alberto tropezó con sus cándidos ojos verdes, que parecían implorar la salud y el contento.

De sobremesa, apareció en el comedor un joven de la misma edad de Meg; el perfil apolíneo, rasgados é insolentes los ojos, la boca carnal, el cabello rubio y abundosamente ensortijado, fuerte y desenvuelto de cuerpo. Se llamaba Ettore Ségneri, y era de familia italiana trasplantada á la Argentina. Habitaba en una villa al lado de Villa-Anita, con sus padres. Bob lo recibió descortésmente. No podía disimular que el espectáculo de aquella juventud espléndida le hería é inspiraba sentimientos de odio.

—Meg, hija mía; mejor acompañas á Ettore al jardín. Alberto y yo tenemos que hablar.

Se veía que el mozo no deseaba otra cosa. Alberto, que le espiaba con disimulo y leía en su pensamiento, sintió gran contrariedad y una angustia extraña, algo semejante al malestar de los celos que hacía años, en su adolescencia, había experimentado.

En saliendo Meg y Ettore, Nancy se levantó:

—Puesto que tenéis que hablar... —Y se retiró majestuosamente.

—¿Quería usted decirme algo, Bob?

—Nada. Quería quedarme á solas con usted. ¿Vamos al sitting-room?

—Como usted guste, Bob.

La estancia daba al jardín por unos ventanales corridos, en aquel momento ocultos por las persianas. Alberto paseaba de un lado á otro, y á pesar suyo, buscaba algún resquicio á través del cual curiosear en el jardín. Bob se había dejado caer en una butaca.

—Querido Bob; estoy pensando que quizá se le haya presentado á usted la ocasión de casar á Meg.

Bob levantó la cabeza. Escuchaba á Alberto, sin interesarse en lo que decía; prosiguió Alberto.

—Ó mucho me equivoco, ó á ese joven le gusta bastante su hija de usted.

Bob no se daba por enterado. Alberto continuó con algún desconcierto:

—Es un guapo chico.

—¿Quién es guapo?

—Ettore, el vecino.

—No me hable usted de ese botarate.

Un goce astuto se posesionaba del corazón de Alberto.

—Botarate... No sea usted cruel, Bob.

—Y decía usted... que Meg, con ese... Pero ¿es que hay derecho á ser tan joven cuando no se conoce el valor de la vida? —Se quedó meditabundo—. Al fin de cuentas... con alguno ha de ser, y cuanto antes sea, mejor. Pero le ruego que no me hable de estas cosas.

Bob dejó caer la cabeza sobre el pecho. Alberto ahora estaba apenado, inquieto. Á los pocos minutos Bob dormía, roncando discretamente. Alberto tomó un libro de una mesa, á la ventura, é hizo como que se imaginaba que si salía al jardín era por leer al aire libre y á la sombra de los árboles. Recorrió algunas veredas y exploró diversos escondrijos; pero no hallaba sitio agradable en donde acomodarse. Iba de un lado á otro, agitado é impaciente. Dió la vuelta á la vivienda, encaminándose hacia un pequeño bosque de araucarias, á la entrada de la villa. El calor era tenaz y denso. Dentro del bosque se respiraba fragante frescura. Alberto dilató sus retinas é inquirió en la penumbra. En una hamaca, suspendida de tronco á tronco, Meg dormía. La cabeza se doblaba en leve escorzo sobre el hombro derecho, y el brazo del mismo lado pendía al aire. Alberto se aproximó, andando de puntillas; luego acercó su cara á la de la niña, hasta recibir la tibia tenuidad de su aliento. En aquel ambiente de cauta luz el color de Meg no era humano, sino sustancia diáfana, amasada de resplandores nacientes, con oriente, como las perlas. Entre los labios, de rosa pálido, palpitaba el eco de una sierpecilla profunda que silbaba. Y Alberto, desfallecido de compasión, de ternura, quizá de amor, se inclinó á besar con delicado tiento la boca de Meg. Creyó que las fuerzas le iban á faltar; temió caer sobre la niña, despertarla. Incorporóse, demudado de color y la respiración suspendida. Por segunda vez se inclinó, y ahora, alargando el beso con infinita delectación, se encontraba como ebrio. Quería apartarse de aquella dulce y divina boca, pero no se determinaba á renunciar á ella. Intentó quebrantar bruscamente el encanto, pero, al levantarse, los brazos de Meg le aprisionaron por el cuello, y entonces fué ella quien besó, con besos rápidos, prietos y sonoros, mezclados con risas y lágrimas.

Alberto sólo atinaba á murmurar:

—Meg, my Meg, my sweet Meg.

Meg se sentó en la hamaca.

—¿Crees que estaba dormida, tonto? Me hacía la dormida para que te atrevieses. Desde el mismo momento de tu llegada no pensé en otra cosa que en enamorarte. Y ya lo había conseguido, pero tú no querías enterarte, tonto, tontito. Si hasta llegué á pensar que yo tenía que declararme...

Alberto se sumía con dolorosa ansiedad en los ojos verdes de Meg, temiendo ver aparecer de nuevo aquella expresión maligna que, siendo niña aún, adoptaba para martirizar y ofender á su hermano.

—¿Qué me miras así, que parece que has perdido el seso? ¿Te gusto mucho, eh? ¿Me quieres mucho, verdad?

—Meg, Meg mía, no me hables así.

—Pues ¿cómo quieres que te hable? No sé hacerlo de otra manera. ¿No ves que estoy loca, loca de felicidad? Dime cómo he de hablarte para que también lo estés tú.

Alberto callaba. Un ligero temblor le sacudía, y como que se avergonzaba de sí propio.

—¿Pero qué te pasa, monín?

—Meg, por lo que más quieras, te ruego que no me llames monín.

—¡Ay, cómo eres! Me haces sufrir. Quiero llorar —se ocultó el rostro con las manos.

—No quiero que llores; no quiero que llores... —y apartándole las manos le besaba los párpados, sedeños y ardorosos.

—Llévame en brazos hasta aquel banco —reía, y sus ojos estaban húmedos aún. Vestía un traje de fina seda azul, lacia y flotante. Á través de la tela transparecía el descote de la camisa, con sus festones y lazos; el rosa de la piel, en la parte alta del pecho y en los brazos, tomaba visos color violeta.

Alberto tomó á Meg en el aire, sustentándola con un brazo por las corvas y el otro por media espalda, á la altura de las axilas, y de esta parte la mano en el nacimiento de un seno. Con el amoroso bagaje, tierno y casi ingrávido como un gran brazado de flores, Alberto condujo sus pasos hacia el banco rústico, y de camino besuqueba á la niña. Iba á dejarla suavemente en el asiento, pero Meg dijo:

—No; siéntate tú, y yo sobre tus piernas.

—No hagamos desatinos, mi vida, que nos pueden ver.

—Y á mí ¿qué me importa?

Alberto no quiso mirarla á los ojos; estaba seguro de que la expresión maligna alentaba dentro de ellos. Cuando estuvieron sentados, tal como quería Meg, ésta envolvió y aturdió á Alberto con una muchedumbre de caricias y besos, complicados y sapientes. Alberto recordó entonces la agudeza y atención con que Meg, siendo niña, observaba las expansiones voluptuosas de sus padres. Sintió cierto malestar, y, sin darse cuenta, rechazó débilmente los mimos de Meg.

—¿Qué haces, Alberto? ¿No quieres que te bese? —su voz temblaba—. ¡Ingrato, infame! No te quiero, se acabó todo... —intentó levantarse, pero Alberto la retuvo.

—¿No ves, Meg, que no sé lo que hago; que estoy todavía sin saber lo que me pasa, como estúpido? No te apartes de mí; que yo te sienta unida á mi cuerpo, queriéndome...

—No me hagas caso, que te quiero, que te quiero...

Meg terminó así su frase, pero en la frente de Alberto resonó prolongada; que te quiero, puss... puss... Era lo mismo que le decía á Pussy, el gatito, tres años antes; y los arrumacos, ternezas y suspiros con que ahora mareaba á Alberto parecían de igual naturaleza que aquellos otros con que, hacía tres años, atosigaba sin tregua al gato.

—Mira, Albertino; soy feliz. Ya no podía más; no hay quien pueda vivir en mi casa, ya lo habrás visto. Es un infierno; peor que un infierno. Si tú no me sacas de aquí yo creo que me muero en muy poco tiempo. Papá y mamá no son personas; son dos energúmenos. Siempre están furiosos, rabiosos por dentro, aunque quieran ocultarlo. Yo no podía ya más. Bien dice el proverbio; Bacco, tabacco e Venere, riducon l’uomo in cenere.

—Por lo que más quieras, Meg; vuelvo á decirte que me lastima oirte hablar de cierta manera.

—¿Cómo quieres que hable, Albertino? —suspiró Meg, apoyándose sobre el pecho de Alberto—. ¿Quién me enseñó á hablar de otra manera? ¿Qué cosas he visto yo desde que era niña? —su voz, á cada palabra, se hacía más árida y hostil. De pronto se enterneció y derrumbó en vocablos trémulos, entrecortados—. ¡Sácame de aquí! Yo quiero vivir, ser feliz y ser buena. Quiero escaparme contigo.

Durante un instante, Alberto permaneció anonadado. Después, con resolución desesperada y suprema de abandonarse á la fatalidad, afirmó:

—Nos casaremos en seguida.

—¡Oh, Albertino, te adoro! No me atrevía á decírtelo... ¿De veras quieres casarte conmigo?

—Sí, Meg.

—¿En seguida?

—Hoy mismo si quieres, se lo digo á tu padre.

—No, espera. Yo te avisaré cuando sea buena ocasión.

Callaron unos minutos. Dijo Alberto:

—¡Y yo que pensaba que estabas enamorada de Ettore...!

—¿Yo de ese...? Vamos.

Alberto no se atrevió á mirar en los ojos verdes, por miedo á la expresión maligna. Su impasibilidad filosófica había huído como un sombrero que arrebata de la cabeza el viento y sintió que toda su vida anterior, tan artificiosamente elaborada, estaba sujeta como sobre palillos.

II

Meg, durante la comida de la noche, se mostró tan expansiva y risueña que sus padres, aun cuando no acostumbraban parar atención en los acontecimientos externos, hubieron de advertirlo.

—¿Qué te ocurre hoy, Meg? —interrogó Nancy, con un timbre triste que daba á entender que en aquella casa la alegría inocente era cosa indelicada y mortificante.

—Pero ¿es que aquí nadie puede estar contento, ó si lo está ha de disimularlo? —preguntó á su vez Meg, modulando las palabras con entonaciones halagüeñas, aterciopeladas.

—Meg, tus padres no desean otra cosa sino que estés contenta y seas feliz, ¿verdad? —habló Alberto. Bob y Nancy asintieron, con amarga sonrisa. Prosiguió—: Yo no veo que haya razón para que nadie esté triste en esta casa, y si acaso existe alguna ligera nube de tristeza hay que aventarla en seguida, en seguida. Es preciso que todos estemos alegres, y lo estaremos —afirmó con ardoroso optimismo.

Bob se dejó ganar por la cálida vehemencia del joven.

—Alberto dice bien —murmuró.

Nancy absorbió con ansia una colmada copa de Burdeos.

Alberto y Meg estaban fronteros, en la mesa. La muchacha vestía un corpiño de áspera seda ahuesada, ligeramente descotado, con recamos de oro muerto y torzales desvaídos. El relieve de las clavículas determinaba dos imprecisas sombras violáceas en la base del cuello, el cual, elástico y dúctil, se curvaba ó se contraía con caprichosa nerviosidad mostrando, á intervalos, tensos los músculos. Era un cuello de una gracia y de una vida maravillosas, que Alberto no se hartaba de admirar. El pelo, copioso y como líquido, se fusionaba en un tocado sin artificio, al desgaire, y era como una masa de oro fluido, en ebullición. Los bruñidos labios dijérase que habían sido cristalizados por la virtud de su diafanidad y que la luz de las lámparas los pasaba de claro. Alberto sufría, viéndolos, atropellados impulsos de acudir á mordisquearlos, con la certidumbre de que sus dientes resbalarían sobre ellos, como sobre una piedra preciosa.

—Apostaría que adivino lo que deseas, Alberto —susurró Meg. Alberto hizo un movimiento, como apresurándose á hablar, y Meg se llevó el dedo á la boca, con ademán equívoco que podía significar que le imponía silencio.

Como al medio día, de sobremesa, se presentó Ettore. Sobre el corazón de Alberto cayó una pesadumbre infinita. Involuntariamente, comenzó á trazar un parangón entre sí propio y el mozo, y dedujo que era absurdo que Meg se inclinase de su parte y no de la de Ettore.

—Vamos al Kursaal —dijo Bob malhumorado, poniéndose en pie.

—¿No toman ustedes café? —preguntó Nancy.

—Lo tomaremos allí.

—Pues si os marcháis yo me retiro á mi cuarto; anoche he dormido mal —declaró Meg con enorme desdén hacia el joven apolíneo, el cual estaba visiblemente azorado y dolido.

Alberto pensó: Está enamorado de Meg. Y luego: Meg quiere darle celos conmigo. La niña había venido del lado de Alberto y se apoyaba en su brazo.

—Eres muy egoísta, papá —dijo, con triste mohín—. Siempre te llevas á Alberto; lo quieres para ti solo.

—Ea, déjanos niña.

—Voy á despediros.

Salió con los dos hombres. Desde la puerta habló sin mirar:

—Hasta mañana, Ettore.

En el jardín retuvo á Alberto unos momentos, y cuando Bob se hubo adelantado, bisbiseó:

—Veo que eres celoso, y eso es ofenderme.

—Si no te amase tanto no lo sería.

—Más te amo yo y no soy celosa.

—¿Más? Te prometo no ser celoso, Meg.

—Pero ¿te vas sin darme un beso?

—Tu padre...

—Bah...; papá no ve, ni oye, ni entiende.

Se ocultaron detrás de una gran mata florida de rododendros y Meg aplicó á los labios de su amante uno de aquellos besos profundos y prolijos que había aprendido en sus padres. En Cassarate, Bob y Alberto tomaron un coche.

Los jardines y el café del Kursaal estaban desiertos. Alberto inquirió, de un mozo. Había función de variedades, en el teatro. Tomaron butacas de las primeras filas, y allí, ordenaron que les sirvieran el café. En el escenario, dos gimnastas, varón y hembra, con mallas color de lila, hacían ostentación de su animalidad. Á continuación aparecieron en el palco escénico tres acróbatas grotescos, vestidos, como ahora es uso, de manera desastrada y cochambrosa. Bob seguía el espectáculo con algún interés, olvidándose de sí propio y riéndose á veces. Por el contrario, Alberto estaba ensimismado, ebrio de una exaltación que no sabía si era venturosa ó aceda. Una sacudida de Bob le obligó á volver á la realidad.

—Vamos, vamos fuera de aquí. Esto es idiota.

—Pero ¿qué ocurre?

—Es un espectáculo idiota. No puedo aguantarlo —y salió tan deprisa como pudo.

Alberto le siguió y de pasada pudo ver que en escena había una cupletista, y oir el estribillo del cuplé repetido machaconamente: La gioventù non ritorna mai.

Subieron al gran salón de juego. Estaba vacío. Sentados frente á las dos concavidades de la enorme mesa verde, en forma de violón, cuatro croupiers hablaban lánguidamente, con aire de agotamiento y exangües rostros inexpresivos. En ocasiones, uno de ellos golpeaba distraído la pelota de caucho, la cual empezaba á rodar arbitrariamente sobre el mosaico de madera lustrada en donde están los números dentro de una circunferencia de caballitos que galopan en fila.

Los dos amigos penetraron en la sala de lectura. Bob pidió whisky. Hojeaba los periódicos y los arrojaba con despego, sin haberlos leído.

—¿Qué le ocurre á usted hoy, Alberto, que no habla nada?

—¿Eh? —Alberto tenía diluída sobre el rostro una sonrisa que era reflejo de una idea.

—¿Por qué se ríe usted?

—Me río de un recuerdo.

—¿Se puede saber?

—No, querido Bob, no se puede saber.

Se acordaba de los vaticinios de cierto crítico de teatros, el cual había asegurado que Alberto nunca sería un autor dramático, porque era un hombre incapaz de sentir ó comprender una pasión.

Alberto tenía un periódico alemán entre las manos. Huyendo la mirada interrogante de Bob, leyó lo primero que le cayó bajo los ojos. Decía: «Weissbach es el lugar favorito de todos aquellos que gustan de la soledad. Millares de personas amigas de la soledad acuden aquí constantemente desde las cuatro partes del mundo».

—Y ahora, ¿se puede saber de qué se ríe usted?

Alberto le pasó el periódico.

Sonaron los timbres, anunciando la hora del juego. Nutrido golpe de gente, de toda edad, nación y catadura, penetró en la gran sala y fué á poner cerco á la mesa verde. Resonaron las voces sacramentales:

—Marquez vos jeux, messieurs.

—À vos jeux.

—Les jeux sont faits?

—Rien ne va plus.

Bob se paseaba alrededor de la mesa. De vez en vez se detenía á mirar insolentemente á un viejo ó á una vieja cara á cara y con mueca de fruición sarcástica. Alberto estaba esperando que de un momento á otro ocurriera un incidente enojoso. Bob volvíase hacia su amigo, y decía, riendo con agrura:

—That skull had a tongue in it, and could sing once. ¡Ja, ja! Vaya, que al más grande hombre se le escapa una majadería: esta calavera tuvo dentro una lengua con que podía cantar. Bah; después de muerto, ¿qué hace haber ó no haber tenido? No, no es eso. Esa cara asquerosa y acartonada tuvo en un tiempo boca con que enardecer y ojos con que acariciar, y quizás fué hermosa y deseable. That is the question, sweet Shakespeare.

Su irritabilidad aquella noche era mayor que nunca.

Á un extremo de la mesa estaba sentado un joven alemán entre dos prostitutas de alto copete, alemanas también. El hombre ostentaba un cráneo pelirrojo y muy rapado, como una naranja gigantesca. Las mujeres eran dos bellezas atocinadas y bovinas, á la tudesca, de cuello chato y rollizo y terribles hombros desnudos, color de sebo. El joven las manoseaba con lujuria lenta y grave. Bob se les quedó mirando enconadamente.

—¡Ah, imbécil! ¿Qué haces? ¿No ves que estás sembrando el dolor del mañana? Mira al lado tuyo todas estas caras repugnantes que tuvieron labios y lengua y ojos... ¡Ah, imbécil!

Continuaba profiriendo desatinos y desvergüenzas, hasta que Alberto le atajó:

—Que pueden entender castellano...

—¿Y á mí qué me importa?

—Bueno; basta ya. Es demasiado. Se pone usted imposible.

Bob hizo un gesto de niño medroso á quien maltratan; parecía que iba á romper en llanto.

—No me riña, Alberto. No sé lo que digo, á veces. Tiene usted razón. Volvamos á casa. No puedo estar entre gente; me hace daño.

Antes de salir del salón, Bob se detuvo ante un espejo á mirarse con expresión lacrimosa y desolada. En el café ingurgitó otro whisky, y volvieron á la villa en coche. Á mitad de camino, dijo Bob:

—Una de las cosas que más grabadas se me han quedado aquí dentro —se golpeó la frente—, es algo que hace años le oí á usted, acerca de la amistad. Decía usted que la amistad es la virtud fundamental y necesaria para la vida, y que el hombre será tanto más feliz cuanto acierte á convertir sus afectos en amistad; que se puede vivir sin padres, sin hijos, sin amantes, pero no sin amigos; que el amor paternal, filial ó sexual no es duradero, ni satisfactorio, ni aquietante, á no ser que se le haya hecho derivar hacia un sentimiento de amistad estrecha; que hasta la misma afición á los seres irracionales y á las cosas inorgánicas ha de ennoblecerse con un carácter amistoso; que la amistad es el único género de afecto en el cual, el que ama, no abdica de su personalidad, ni tiende por ella á anularse, entregarse, destruirse; y que desgraciado de aquel que cuando ama á una mujer cae del lado de la pasión en lugar de orientarse á la amistad.

Bob hablaba con lentitud y esfuerzo, titubeando, cazando á sacudidas las palabras que se le escapaban; concluyó:

—¿Cree usted que la pasión es demasiado fuerte, ó está demasiado arraigada? ¿Que ese género de estrecha amistad es ya imposible? ¿Cree usted que es ya demasiado tarde?

Bob temblaba. Alberto, pensando en lo suyo, respondió sombriamente:

—Es ya tarde.

III

Alberto se había tendido sobre la cama. Acababa de llegar, después de haber remado durante dos horas, en compañía de Bob. Era un atardecer caluroso, pesado. De pronto se incorporó. Le había parecido oir la voz de Meg y de Ettore, entremezcladas, en el jardín.

Por detrás de las cortinas espió, oyendo á hurtadillas las venas de la habla divina de Meg. Á lo largo de la avenida última, al borde del lago, paseaban cogidos del brazo los dos jóvenes; cuchicheaban, y Meg reía con alborozo. «Parece que lo hace para que yo lo vea», rezongó Alberto. No daba crédito á sus ojos. Aquel mismo día, después del almuerzo, Meg le había prodigado las mismas apasionadas muestras del día anterior. Pretendió satisfacerse á sí propio con una explicación natural del hecho. «Eso ¿qué tiene de particular? Se conocen desde niños...» Pero sentía un dolor tan acerbo como nunca lo había sentido. Se propuso hacer una escena á Meg en la primera ocasión, mostrarse severo, hasta cruel, y declararle de una vez para siempre que no admitía tales libertades. La ocasión se presentó después de la comida. Bob se había retirado, rendido por el ejercicio de la tarde. Alberto y Meg quedaron solos. Alberto sentía borbotear dentro de su pecho impulsos coléricos, pero como Meg se bruñese distraídamente las uñas, con afectado despego, sin dignarse darse por enterada de que él estaba presente, el joven comenzó á vacilar, y su entereza se derrumbó en un punto. En actitud de encogimiento y súplica se acercó á la niña, mendigando una mirada ó una palabra de amor.

—¡Meg...! —rogó temblando.

—¿Qué te ocurre?

—Meg, no me atormentes.

Meg saltó nerviosamente del asiento y se puso en pie, mirando á Alberto con ojos ariscos y labios burlescos.

—Explícate.

—Si me quieres, como dices...

—¿Que yo digo que te quiero? Tú te has vuelto loco.

Alberto se aterró. Sus pupilas se distendieron, con horror pánico. No podía hablar. Giró sobre sus talones y, con paso torpe, tomó el camino de la puerta.

—No te vayas. Tengo que decirte una cosa —Alberto se detuvo á escuchar, sin mirarla—. Si has tomado en serio lo que sólo era capricho de divertirme, haz por olvidarlo cuanto antes. Yo te ayudaré lo mejor que pueda.

Subió á encerrarse en su cuarto y se dejó caer sobre el lecho. Su espíritu era un hacinamiento confuso de escombros. Permaneció largo tiempo como alelado. Un ruido cauto que sonaba en la puerta le obligó á incorporarse, con sobresalto. Vió penetrar un papel color rosa, por la rendija, que luego cayó al suelo. Durante un rato le dejó yacer allí, abandonado. Por fin, lo cogió y lo leyó:

«No tengo paciencia para hacerte sufrir toda la noche. Yo sufriría más que tú. No hagas caso de lo que te he dicho hace dos horas. Era por probarte. Ahora ya sé que me quieres de veras. ¿Yo? Te adoro, te adoro, te adoro. Kisses, Kisses, Kisses. Tuyísima y para siempre,

Margarita.»

Con esta ardiente epístola Alberto recibió una punzante y nebulosa contrariedad que no podía explicarse.

IV

Al día siguiente, Meg lloró con increíble abundancia hasta que Alberto le dijo por vigésima vez que la había perdonado y que había dado por entero al olvido su chiquillada.

—Pues aún no estoy tranquila. No eres sincero conmigo. Algo hay que no me dices. Te lo conozco en la cara. Si hasta parece que no te gusta besarme.

Estaban en el bosquete de araucarias. Alberto tenía vergüenza de confesar que sentía celos horribles.

—No te oculto nada, Meg. Y en cuanto á que no me gusta besarte... —la besó delirantemente, estrujándola contra su pecho.

—Así, así —suspiraba Meg, casi ahogada y tosiqueando á veces.

En el resto del día no volvieron á encontrarse á solas. Minuto por minuto, el sentimiento de los celos labraba el corazón del joven. No pudo dormir. Se levantó muy de mañana y salió á pasear junto á los sauces. Á las diez, Nancy y su hija bajaron al jardín. Venían con trajes de calle y pensaban ir á la ciudad, á hacer compras. Alberto se ofreció á conducirlas, como barquero hasta el atracadero central. Las mujeres aceptaron. De vuelta, Alberto remó con prisa, por llegar cuanto antes. Una idea tenaz le hostigaba.

Subió las escaleras de la casa, mirando desconfiado á todas partes; llegó hasta el cuarto de Meg; penetró y cerró por dentro: «Soy un miserable», se dijo. Era una habitación Luis XVI, delicada y fresca como un rosal. Alberto fué derechamente á un escritorio. Estaba cerrado. «Claro está que no lo iba á dejar abierto», pensó. Padeció la tentación de forzarlo. Se acercó al armario de espejo; también estaba cerrado. Llegóse á la mesa de noche y abrió el cajoncito superior. Había en él dos cajitas de piel, para alhajas, un pañolillo de batista arrugado, cintas, un libro de devoción y una novela francesa, con estampas lascivas; todo ello saturado de frágil olor á rosa. Antes de abrir la portezuela inferior, dudó un momento. Estaba abochornado de aquel escrutinio desleal. Tiró de la portezuela, temiendo encontrar algún púdico detalle íntimo del cuerpo de Meg. Las mejillas le abrasaban. Había un par de zapatillas, de piel roja y el forro de seda acolchada; una cajita de cuero labrado, remedando una arqueta gótica; dentro de la cajita unas llaves, y una de ellas, la del escritorio. Y en el escritorio, muy á la vista, unas cartas. Decían:

«Margot, mi bebé: ya que te empeñas en que nos entendamos por carta, para no despertar las sospechas de tu papá, á quien de sobra veo que no le soy nada simpático, te obedezco. Pero quiero decirte todo lo que pienso. Yo pienso que la verdadera razón no es la que me das. No te entiendo, me pareces una mujer extraña, como no hay otra, y quizás por eso me tienes loco, loquito del todo. Yo creo que me obligas á estar un poco distante de ti para que, no pudiendo tolerarlo por mucho tiempo, me anime á realizar lo que me has pedido».

Alberto pensó: quería escaparse también con él. Continuaba la carta:

«Bebé, mon âme, ¿no comprendes que eso es una locura? Figúrate que mis padres lo toman á mal, y los tuyos también ¿qué iba á ser de nosotros? Estoy viendo que al leer esta carta haces uno de esos gestos de desprecio que tanto hieren. No, no, Margot idolatrada; piensa bien lo que te digo, que es por nuestro bien. Las cosas se pueden arreglar de otra manera más natural, y espero que pronto. Me faltan dos años de carrera. Pero en último extremo yo no haré más que lo que tú quieras. Todo antes de sentirme despreciado, sin causa, como esta noche me has despreciado, cuando saliste á despedir á tu papá y al señor de Guzmán.

»Soy todo tuyo y sueño con que seas toda mía,

Ettore.»

«Querubín: Si supieras cuánto padezco. No me he atrevido á ir esta noche á tu casa y te envío esta carta por el jardinero. Espero que te la entregarán hoy mismo. Cuando te dejé, después de haber paseado por vuestro jardín y ¡qué feliz he sido aquellos minutos! venía resuelto á prepararlo todo y darte gusto. Pero al encontrarme en casa y ver á mamá y á papá, tan ajenos á lo que yo tramaba (porque necesariamente había de robarles el dinero necesario) me faltaron las fuerzas. ¡Por Dios no te enfades! Ten piedad de mí y sobre todo confianza en mí. Seremos felices, bamboletta mía,

Ettore».

Por la fecha y el contenido de la carta, Alberto dedujo que Meg la había recibido después de haberle rechazado, achacando las escenas de amor á capricho cruel, y antes de haber insinuado por la rendija de la puerta la esquelita rosa. No quiso leer más cartas. Colocó los papeles como estaban, la llave en su arqueta y salió á pasear, fuera de Villa-Anita.

Había reasumido instantáneamente su estado de aplomo espiritual. Sus ideas y sentimientos adoptaban de nuevo la impasible serenidad estética. De actor de la tragedia, azotado por furias fatales, se había convertido en espectador que recibe deleite en seguir el encadenamiento de los hechos, y con el pathos de los personajes depura sus pasiones. Se había librado milagrosamente del desorden vertiginoso, del torrente que le había arrastrado, y ahora estaba en la margen, tranquilo y sonriente, no contemplando en aquel raudo torbellino otra cosa que el juego de bellas fuerzas naturales. Meg era para él un accidente del mundo, como las cañadas nebulosas de los montes, como las nubes transitorias, como el lago con sus escalofríos pasajeros y sus coloraciones cambiantes; era materia para sentir, comprender y expresar, acrecentando de esta suerte la densidad de la propia vida, mas no para ofrecer en sacrificio ante ella la divina libertad del espíritu y con la libertad la suma fecunda de los días venideros. Meg ya no era sino un objeto curioso de observación y un interesante tema artístico; había descendido desde la tiranía á la esclavitud, porque así como la forma domina al mal artífice y engendra la desarmonía de las obras, el buen artífice domina la forma y rige apaciblemente las leyes de la armonía; Alberto consideraba la vida como una obra de arte, como un proceso del hacer reflexivo sobre materiales del sentir sincero, imparcial.

Volvió, pues, á la villa con tanta fortaleza de ánimo como si las puertas de su corazón girasen sobre goznes de diamante.

V

Durante el almuerzo, Meg se mantuvo en silencio, melancólica y como fatigada. Sus ojos, verde-remanso, yacían misteriosamente en la sombra violácea de las ojeras, y miraban, sin parpadear, con larga caricia á Alberto, el cual, aun cuando estaba muy determinado en hacerse el indiferente y muy seguro de sí propio, concluyó por entregarse á la fascinación de las acuosas pupilas, respondiendo á la asiduidad de sus miradas con otras, de su parte, no menos amorosas, y un sí es no es acarneradas. Entre tanto se decía: «¿acaso los pensamientos de esta mañana no eran sino sofismas sentimentales, provocados por la certidumbre de que Meg amaba á Ettore? ¿Es posible que no fueran sino ridículos y engañosos lenitivos que á mí mismo me aplicaba?» Bajo el hechizo de los ojos verdes Alberto no sabía qué pensar, pero estaba resuelto á romper con Meg, en la primera conversación que tuvieran.

Después de almorzar, así que Bob se adormeció en su acostumbrado butacón, Alberto descendió al bosquecillo de araucarias. Meg, tendida en la hamaca, leía. Alberto se adelantó con pie lento; su espíritu temblaba en un filo de enorme incertidumbre, como si la balanza de su porvenir estuviera en el fiel y en inminencia de doblarse para siempre: en un platillo, la liberación; en el otro, el amor delirante, fatídico, eterno por aquella mujer. De ella —un gesto, un ademán, una sonrisa, una palabra— quizá dependiese todo. Aquellos instantes ligeros, volando entre la penumbra perfumada del bosque, eran la conjunción suprema del pasado y el futuro.

—¿Por qué no te acercas á besarme? —preguntó Meg, con voz lenta y suplicante.

—Porque no he venido á besarte, sino á hablar contigo de asuntos serios —respondió Alberto severamente. Meg compuso una muequecita tan desolada, tan zalamera, tan inocente, que Alberto perdió la serenidad. Adelantóse un paso, y mordiendo las palabras, murmuró—: ¡No tienes vergüenza!

Meg no respondió; pero sus ojos se iluminaron de sutil alegría; por dominar la sonrisa, sus mejillas temblaban. Alberto, que lo advertía claramente, repitió:

—¡No tienes vergüenza! ¿Lo has oído?

Meg inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Una lengüecilla de oro bajó desde la frente á besarle, trémula, los ojos. Con la mano blanquísima, que azuleaba en la penumbra, redujo el rizo á su lugar correspondiente, y como éste se obstinara en insubordinarse, Meg hizo un gesto de contrariedad como si el tocado fuera lo único que le preocupase en tales circunstancias. Domeñado el díscolo mechón, Meg se puso á mirar á Alberto con infantil insolencia. El hombre, cada vez con mayor desvarío, continuó:

—Pero ¿tú creías que á mí se me engañaba como á un pipi?

Meg sacó lindamente el hociquito, como diciendo: ¡Jesús, qué palabra!

Alberto, exasperándose progresivamente, no apartaba los ojos del rostro de la niña, descifrando su lenguaje mímico. Pero la respiración de Meg, rápida y anhelante, y el agitado movimiento del frágil torso eran cosas que no existían para él. El gesto de reprobación irónica con que Meg recibió la palabra pipi, aprendida por Alberto en las noches orgiásticas de la vida libertina madrileña, y pronunciada ahora involuntariamente, le enfureció más aún en su interior. Sin freno ya, refirió descaradamente su espionaje y el hallazgo de las cartas. En este punto de su discurso, hubiera sido un gran alivio para él, y así lo deseaba con toda vehemencia, que Meg replicara ofendida, echándole en cara la bajeza de su conducta. Pero Meg no desplegó los labios; sus ojos seguían bañados de alegría misteriosa y la piel de los pómulos estremecida. Entonces Alberto la oprimió un brazo, con bárbara violencia, á tiempo que, acuñando las sílabas, pronunciaba una palabra soez. Retrocedió, espantado de sí mismo, llevándose las manos al rostro. Meg rompió á llorar. Y lloraba de alegría. Entre las lágrimas suspiraba:

—¡Cómo me quieres! ¡Cómo te quiero!

—¿Eh? —interrogó Alberto, atónito, dejando caer las manos á los lados del cuerpo.

—¡Cómo me quieres! ¡Cómo te quiero!

Arrebatadamente, Alberto fué sobre Meg, la tomó por las sienes y aproximándose hasta casi unir las frentes, buceó en los ojos verdiclaros hasta desentrañar los últimos limbos de aquella profunda alma femenina.

—¿Te quiero? —preguntó Meg con desmayado soplo.

—Sí.

Oyóse la voz de Nancy:

—Meg; ven un momento.

Alberto quedó á solas. Su sér, convulso y descompuesto poco antes, había sufrido nueva trasmutación. Disipáronse, como por arte de encantamiento, la lumbrarada y humareda que le habían abrasado y desvanecido los últimos días. La balanza se había rendido del lado de la liberación. Había llegado prematuramente á una convicción, cuando su ímpetu sensual y su desconcierto espiritual no habían cuajado aún en sentimiento de raíces duraderas. Muerta la incertidumbre, muerta la zozobra, muerta la ansiedad, muerta la esperanza, muertas todas las potencias misteriosas que presiden al nacimiento del genuino amor. Ahora, sólo sentía por Meg un á manera de interés ético ó afecto maternal. La alegría de sentirse otra vez en imperio de sí propio, se acibaraba con la compasión que le inspiraba Meg. Accidentalmente, tomó el libro que la niña había dejado sobre la hamaca y lo hojeó al azar. Era una antología de poetas norteamericanos. Sus ojos fueron á posarse en un poema de J. G. Whittier[2]; Telling the Bees.

Here is the place; right over the hill Runs the path I took; You can see the gap in the old wall still, And the stepping-stones in the shallow brook. There is the house, with the gate red-barred, And the poplars tall; And the barn’s brown length, and the cattle-yard, And the white horns tossing above the wall. There are the beehives ranged in the sun; And down by the brink Of the brook are her poor flowers, weed —o’errun—, Pansy and daffodil, rose and pink.

¿No era la casa de Fina en Villaclara? En aquellos mismos instantes ¿no estaría Fina esperándole, cantando, por alimentar la confianza, á la vera de la ringla de colmenas? ¿No era Fina el escudo contra el peligro de toda loca pasión futura, y corona de rosas para una frente serena? ¿No le unía aún á Fina un amor hecho amistad estrecha, incorruptible como un diamante?

Formulaba Alberto en su pensamiento estas que no eran preguntas sino en la forma retórica, que en sustancia eran afirmaciones, cuando retornó Meg. Se agazapó al flanco de Alberto, como buscando protección para su alma quebradiza y caprichosa. Era en aquel punto una criatura toda humildad, solicitud y renunciamiento. Dijo:

—Lo que tú sabes mejor que yo, no tengo para qué contártelo. Yo me hubiera alegrado de que nunca lo hubieras sabido, pero me doy por satisfecha al ver que de un mal puede venir un bien tan grande como el que ahora siento. Es verdad que fuí una loca, que fuí muy mala, muy mala. Yo quiero ser siempre buena, pero no sé cómo, á veces hay una fuerza extraña que no sé de dónde viene, y me obliga á hacer maldades. ¡Si supieras cuánto he llorado, desesperada de no ser nunca dueña de mí misma! Llegué á atribuirlo á la influencia de mi casa, á esa desesperación sorda y continua que hay siempre en mi casa; á esa tristeza que no es una tristeza tranquila como otras tristezas, sino una tristeza agria que le envenena á una. Y entonces, fuera como fuera, aun cometiendo una falta para toda la vida, decidí escaparme de casa, y estaba segura de que en huyendo iba á llegar á ser buena. Yo no sé si me explico, ó si tú me entiendes. Te juro que digo la verdad. Lo de Ettore... ¡Yo qué sé! Quiero llorar... ¿Ves? Una de tantas cosas como hago sin saber cómo, arrastrada, sufriendo. Pero ahora me parece que comienza una nueva vida. Nunca me he sentido tan buena como hoy, ni tan segura, y es que me parece que me apoyo en tu corazón. (Una pausa.) Ahora te digo; puedes pedir mi mano á papá.

—Meg, niñita mía, ¿eres realmente buena?

Meg levantó sus ojos con dulce desolación infantil, como preguntando: ¿es posible que lo dudes?

—Vamos á probarlo ahora. Si estás segura de ti misma como dices, y sientes que comienza una nueva vida, prepárate á oirme con entereza. No puedo pedir tu mano á tu padre, porque sería una locura. Olvida todo lo pasado. Yo no puedo ser tu novio, menos aún tu marido. Te quiero, sí, como un hermano mayor, quizá como un padre.

Meg atribuyó estas frases á un deseo de chancear, pero al ver el rostro de Alberto y su severidad noble, comprendió que todo se había perdido para ella.

—¿Por qué me has engañado?

—No te he engañado, Meg. Yo era el engañado, no porque tú me engañases, que yo á mí mismo me engañaba.

—Sí, sí, lo comprendo. He llegado á quererte demasiado, y demasiado pronto. Lo comprendo.

—Quizá sí.

—¿Y qué piensas hacer?

—Marcharme mañana mismo en el vapor de las siete.

—¿Y sabes que tu marcha puede ser la muerte de papá... y la mía?

—La muerte, para tu padre, será una solución. ¿La tuya? ¿No me acabas de asegurar que te consideras fuerte y tranquila?

—Creo que te he escuchado y respondido con perfecta tranquilidad.

—Pues yo te digo que la vida es buena, siempre que sepamos nosotros conducirla bien. Y yo te digo, además, que debes ser feliz y que serás feliz.

—¡Feliz...! No sé cómo.

—Meg, niñita mía —la besó en la frente—; espera y confía.

—¿Qué vas á decir á papá?

—Nada. Marcharé sin que él lo sospeche.

—¿Quieres que baje á despedirte al jardín, mañana?

—Lo quisiera, pero creo que es mejor que no bajes. Adiós.

—¿No me das otro beso?

Alberto quiso besarla en la frente, pero Meg echó la cabeza hacia atrás y recibió el beso en la boca.

—Adiós, Alberto, y mira si soy fuerte que no lloro —pero cada palabra se desprendía de sus labios temblando como una lágrima.

VI

Aún hay sol en las bardas.

Don Quijote.

He aquí la casa, y el sendero que desciende de la colina, y la pasadera de piedras sobre el arroyo, y los altos álamos emboscando la vivienda, y el portón de rojos barrotes, y el muro, bajo y viejo.

Alberto, en tres días de viaje había olvidado tres años de vida y soldado el instante presente con aquel otro de la despedida de la estación de Pilares, cuando su ideal era la casita modesta, entre el bosque y el mar. Camino de Villaclara se decía: aún hay sol en las bardas.

Apoyándose sobre la tapia y con el pulso agitado, tendió una ojeada sobre el jardín. El arroyo lo atravesaba, y siguiendo el compás danzarín del agua, margaritas y narcisos, rosas y claveles, corrían á lo largo de las márgenes. Allí estaban las colmenas de Fina, y yaciendo en lo verde una masa negra que se enderezó de pronto. Un rostro consumido, atormentado é iracundo, como el de una sibila decrépita, se encaró con Alberto, y unas manos, de dedos epilépticos y luengas uñas, comenzaron á conjurar maleficios sobre él. De la lóbrega y desdentada boca volaron roncas palabras.

—¡Que el mexo del sapo te emponzoñe la lengua; esa lengua de falsedad. Que las anxiguas fediondas te coman la cara; esa cara traidora en el afalagar. Que las llocas aviésporas te saquen los ojos; esos ojos de criminal. Que en el cucho de tu corazón maldito haga su nido el alacrán. Que en por los siglos de los siglos te queme el alma Satanás![3].

Era tita Anastasia. Alberto apenas tuvo fuerzas para interrogar:

—¿Fina?

—Pregúntaslo y tú la mataste. ¡Arreniego!

Florencia-Noviembre-1911.

Notes in this chapter

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