PARTE SEGUNDA
Reading edition
A noi venìa la creatura bella, Bianco vestita, e nella faccia quale Par tremolando mattutina stella. Dante.
I
Una mañana de Febrero; 1907. En Londres.
Era muy cerca de las diez, pero la luz de Dios no se había hecho aún sobre la ciudad. El comedor estaba iluminado eléctricamente. Del lado de fuera de los ventanales, de emplomados vidrios, resbalaban vedijas de niebla parda y amarilla, á modo de vellones de despeinada estopa.
Alberto fué el último en abandonar la mesa. Concluído el recio desayuno británico, levantóse y salió con perezoso paso, apercibiendo la pipa con que borrar un gustillo epiceno á arenques, jamón, té de Ceylán y mermelada de frambuesas que se le estacionaba en el paladar.
Entró en el hall, y, como por máquina, acercóse al casillero de caoba en donde se distribuía la correspondencia de los huéspedes. Repasó las cartas de la casilla A, de Alberto; luego las de la D, de Díaz, y las de la G, de Guzmán. Y se alejó, sonriendo y pensando: «Pero, ¿de quién voy á tener yo carta?» No se atrevía á confesarse á sí propio que siempre estaba aguardando una carta, cierta carta.
Penetró en el smoking-room, y fué á sentarse, ó, por mejor decir, hundirse en una poltrona de cuero granate, de esas que se acostumbran llamar Rostchild. Se colocó de espaldas á una ventana y á la vera de la chimenea, que en aquel momento bramaba con toda actividad. Levantó los pies hasta apoyar los talones á la altura de su cabeza, sobre un friso de azulejos verde-cinabrio y amarillo-ámbar que cerraba el hogar. Alargó la mano, sin mirar, con voluptuosa lentitud hasta una mesa que á su izquierda tenía, de caoba y el tablero de rojo cobre batido; buscó á tientas hasta dar con el cerillero, de cobre también; encendió, con un golpe hábil y violento, la gran cerilla de palo, y luego la pipa; hojeó un periódico, que dejó caer luego sobre la alfombra; entornó los ojos. Dulces escalofríos le sacudían el cuerpo. Se sentía en satisfactoria plenitud animal.
Se le acercó Mister Marshall, dándole un golpecito en el hombro.
—¿Sueño?
Alberto abrió los ojos.
—No, nada de eso. He dormido muy bien.
—Niebla —añadió Mister Marshall señalando con mano temblona uno de los ventanales.
Mister Marshall hablaba siempre en estilo telegráfico. Su avaricia alcanzaba hasta á los vocablos que había de emplear. Tenía invencible inclinación á rascarse mimosamente las plantas de los pies, y estando en zapatillas se despojaba de ellas, sin consideración alguna para con las gentes que en torno suyo se hallaran. Aunque casi octogenario, se conservaba rozagante y activo, sin otra preocupación que la de bañarse subrepticiamente, de suerte que en la cuenta semanal del hotel no le cargasen los baños; en este linaje de defraudaciones era un maestro, y no era raro que, aunque lacónicamente, se jactase de su pericia. Por ejemplo; extraía la nota semanal de un bolsillo, la golpeaba con un dedo, decía, «cuatro baños», y luego soplaba. Esto quería decir que había birlado seis chelines en la agencia del hotel, á chelín y medio por cada baño. Su rostro era maravillosamente inexpresivo. Los ojos estaban soterrados por la carne, y allá en lo hondo de una especie de arruga se adivinaba una aprensión de brillo acuoso é incierto, no una mirada, sino el espectro de una mirada. Su piel era tersa y á manera de musgo de sutiles filamentos sanguíneos; su nariz corva, bigote y patillas blanquiahuesados; gran panza. Provocaba el antojo de imaginarlo ataviado á lo John Bull, con chistera de colgajos, blanco pantalón ceñido y medias botas de charol con vuelta de cuero naranja.
Á Alberto le solazaba en extraordinaria medida aquel viejo egoísta. Un día le había preguntado:
—¿Es usted soltero ó viudo?
Mister Marshall asintió á lo de viudo.
—¿Tiene usted familia?
Mister Marshall levantó el dedo índice y el del corazón de la mano derecha, y dijo:
—Hijas.
—¿Casadas?
Mister Marshall asintió.
—¿Y cómo se le ocurre á usted vivir en un hotel, tan solo?...
Mister Marshall pegó los brazos á las costillas, abrió hacia los dos lados los antebrazos paralelamente á tierra, y comenzó á balancearse de cintura arriba como si remedase la andadura de los palmípedos. Á lo último, se acarició el rotundo vientre. Todo lo cual quería decir: primero, que no era fácil decidirse entre una y otra hija; segundo, que su verdadera hija, y aun su verdadero padre, ó mejor, su espíritu santo, era aquel vientre ó cupulino mecanismo que en la vida se le había descompuesto.
En concluyendo de fumar, Alberto colocó la pipa sobre la mesa, junto con la lata del tabaco inglés. Á seguida sacó un cigarro de Murias y lo encendió.
—¡Hombre extravagante! —que quiere decir hombre despilfarrador, murmuró Mister Marshall poco después—. ¿Camarera?
—Pues es verdad... Le contaré. Es muy guapa. ¿Eh?
—Bella.
—Ya lo creo. Pues... me parece que la voy á sacar del restaurant, ponerla un flat, un pisito.
—¿Matrimonio?
—Ni por pienso.
—Estupidez.
En esto entraron en el smoking-room la señorita Svenson, la señorita Jansen y la señorita Brandes, suecas las tres. Á la zaga de ellas venía el joven Rajnaj, hermano de la Svenson. La señorita Svenson era una adolescente adorable, de fornida y elástica muchachez, á propósito para llegar á esposa y madre de héroes. El pelo, rubio-fieltro, ceñido al cráneo, como un capacete; los ojos acaramelados y con esa atención asustadiza de las alimañas rústicas; la piel melosa, mate, y así como con un reflejo luminoso de las nieves natales. No adelgazaba la cintura con justillo ó corsé. Á través de los vestidos se descubría el suave curso de la carne curva y la empinada independencia de los nacientes senos. Uno de sus más dulces incentivos, que inducía á ser tratado con besos y mimo, era la blanca nuca, y el modo simétrico de nacer los dorados cabellos, como por obra de un orífice. En junto, la señorita Svenson ofrecía un armonioso regalo de miel, y como la miel, con un no sé qué postrero de asperezas. En aquella ocasión llevaba, como Rajnaj y la señorita Brandes, la gorra de veludillo blanco y azul con visera de charol de los estudiantes suecos.
La señorita Jansen era hermosa y majestuosa, mucho más talluda que la Svenson y maestra superior en Estocolmo. Era también bella, lo cual no se echaba de ver hasta tanto que se despojaba de unas poderosas antiparras de miope. Por el aire y el gesto entendíase que se arrogaba ciertas funciones directivas sobre sus compañeras.
La señorita Brandes era acaballada y ciclópea; los ojos, gris muerto y con estrabismo divergente, como las ranas. Mister Coleman, un viejo verde canadiense que habitaba en el mismo hotel, andaba al parecer todo rijoso á la zaga de la Brandes, á pesar de su consorte, gordinflona y escamona. Algunas noches, en el salón, inducía á la señorita á que tocase el violín, agudo expediente mediante el cual todos los que allí se encontraban iban huyendo furtivamente, por librarse de la endiablada música, y á la postre quedaban solos el viejo y la Brandes, que Missis Coleman á tales horas se había retirado á dormir. El canadiense, en los corrillos de chismorreo del smoking-room, aseguraba que la Brandes era de conducta liviana y que por enardecerle le había mostrado en repetidas ocasiones y como al descuido sus piernas. Y ¡qué piernas! Nadie se lo creía.
Rajnaj era un jovenzuelo encogido, muy largo y colorado. La expresión de alimaña inocente que animaba los ojos de su hermana, en él era más intensa.
Los cuatro, en pelotón, se acercaron á donde estaba Alberto. La Svenson hacía muequecitas y cerraba los ojos, protestando de esta manera del mucho humo que había. Según pasaban, Mister Spofford, un gorila gigantesco que inspiraba poca confianza por susurrarse de él que era corredor de apuestas en las carreras de caballos y no muy limpio en los negocios, se quedó mirando á la señorita Jansen con lujurioso cinismo.
—¿Estamos listos ya, señor Guzmán? —preguntó la Jansen.
—Listos ¿para qué?
—Para ir á la galería Tate.
—¡Qué contrariedad! Hoy me es imposible —Y acarició con los ojos á la Svenson, la cual, con leve rubor y mohín de disgusto, dijo:
—No quiere usted venir con nosotras... Prefiere usted hablar con el loro —empleó el francés, que Mister Marshall no entendía, porque él en persona era el aludido loro, que en aquel momento se rascaba el piojillo de la patita con perfecta desenvoltura.
—Elín, Elín... No seas cruel —reconvino la Jansen.
—No es eso, Miss Svenson. ¿Habrá para mí nada más agradable que ir con ustedes? —Con los ojos le estaba diciendo: con usted solamente—. Pero, me es imposible.
—¡Qué lástima! Su compañía siempre nos es provechosa —aseguró la señorita Jansen.
En este punto apareció Mister Coleman, vestido con Norfolk jacket y breeches de recia estofa, medias de lana, y pumps ó escarpines de baile. Fumaba en su desmesurada pipa de cuello de calabaza, y fué aproximándose, como sin pretenderlo, al grupo de las muchachas. Cuando ya estaba cerca, surgió su consorte, que tenía algo del hipopótamo, en el continente mayestático. El viejo canadiense hubo de huir, algo corrido.
—Pero ¿de veras no viene usted con nosotras? —decía suplicante la Svenson—. Á mí que me gusta tanto oirle hablar de arte... Verá usted; visitamos la galería, luego hacemos el lunch todos juntos, luego vamos á un parque ¿eh? —y daba discretos saltitos infantiles.
Alberto hubiera estado toda la vida ante ella, oyéndola hablar y viéndola hacer gestecillos con aquella gracia severa, en rudimento, tan distinta de la latina.
El gran gorila vino hasta la mesa en donde estaba el tabaco de Alberto, y, con encantador desahogo, se aplicó á cargar su pipa, como si se tratase de un bien mostrenco, y entretanto lanzaba dardos de concupiscencia al rostro de la solemne Jansen, la cual, sin poderse reprimir, se despidió:
—Otro día será, señor Guzmán. Adiós. Vamos.
Alberto apretó y retuvo la mano de la señorita Svenson. La niña, con la otra mano hacía ademán de dar azotitos, exclamando:
—¡Qué malo! ¡Qué malo! Estoy enfadada con usted.
Alejóse. En perdiéndola de vista, Alberto entornó los ojos, por acariciar algunos momentos más el recuerdo de su figura. Oyó que Mister Marshall murmuraba, algo misteriosamente:
—Tipi, tipi —decía el anciano.
Abrió los ojos Alberto y vióle golpearse con una mano sobre el corazón.
—¿Cuál de los dos? —preguntó—. ¿Yo ó ella?
Mister Marshall levantó dos dedos.
—Tiene gracia. Quizás; un poco —sonrió, cerró nuevamente los ojos. Sentíase en un estado que se parecía á la tristeza, como la niebla se parece á la lluvia, según la frase de Longfellow. La Svenson le recordaba otras mujeres, estrellas errantes de su vida sentimental, que habían nacido y muerto en la sombra, pasando sobre su corazón efímeramente, á quienes había amado un poco y que le habían amado un poco, y hubiera llegado á amarlas mucho y á ser muy amado quizás. Era la danza de las posibilidades y como el girar de la ruleta. Acaso su número había pasado para siempre. Pensó también en Fina, á quien creía no amar ya, pero cuyo recuerdo le asaltaba inopinadamente y con alguna frecuencia.
—La camarera, ¿qué? —preguntó Mister Marshall.
Cuando Alberto se volvió á contestar al viejo, éste había ganado algunos grados de ignición en la epidermis, tal vez á causa del esfuerzo de pronunciar tres palabras seguidas, tal vez avergonzado del despilfarro.
—Pues nada, querido Mister Marshall, que hoy al medio día espero noticias concretas. Yo la he propuesto que deje el restaurant. Hoy á las doce recibiré carta de ella, diciéndome su decisión y punto de cita en donde esta tarde hemos de vernos.
—Estupidez.
—Ya me lo ha dicho usted dos veces.
—Estupidez —repitió el viejo, más rojo que nunca.
Alberto rompió á reir.
II
Sonó una bocina de automóvil. Á que es Bob, se dijo Alberto. Era Bob. Penetró en el smoking-room pisando recio, abriendo el gabán de pieles y sin conceder atención á ninguno de los presentes, como no fuera á Alberto.
—¡Ea, deprisa, deprisita, mi amigo! —ordenó festivamente, con el acento cantarín y muelle de los chilenos.
—Pero, hombre, ¿cuándo? ¿adónde? ¿por qué?
—¿Cuándo? Ahora mismito nos arrancamos. ¿Adónde? Á mi casa. ¿Por qué? Porque todos le están esperando allá para almorzar.
—Es el caso que, lo siento mucho, pero no puedo, Bob.
—¿Cómo que no puede? —y tomando á Alberto por un brazo le obligó á ponerse en pie. Alberto se resistía.
—Es usted un tirano. Voy á explicarle y se convencerá.
—No quiero explicaciones. Nancy, Meg y Ben le están esperando á usted. Vamos á la habitación y póngase listo.
Se encaminaron al ascensor.
—Á eso del medio día espero una carta importantísima.
—Pues que se la envíen inmediatamente á mi casa. ¡Portero! —gritó—. Si viene alguna carta ó recado urgente para el señor Guzmán, lo envían en seguida á estas señas —le entregó una tarjeta.
—Y en esa carta probablemente me dirán que á prima tarde he de estar por necesidad en determinado lugar.
—Tiene usted el auto á su disposición.
—No hay modo de negarse.
—Claro que no.
En el pasillo alto se cruzaron con Marietta la camarera, una napolitana muy dengosa, insinuante é intempestiva. Cogió una punta del almidonado delantal, inclinó la cabeza con su corona ó toca de lino escarolado, abatió los párpados, y como si se hallase en trance violento de rechazar ó aplazar una solicitación amorosa, suspiró:
—Bruta giornata!
—Whisky and Apollinaris —dijo Bob por toda respuesta—. Al cuarenta y cinco. Subito.
—Subito —hizo eco Marietta, con voz doliente y lejana.
Penetraron en la alcoba de Alberto.
—Yo tengo que afeitarme, Bob.
—Bueno, pero deprisa —Bob echaba un vistazo á los libros alineados sobre una mesa—. Estos libros que pudiéramos llamar de alcoba dan la expresión espiritual de un hombre.
—Pues el mío, como verá, digo mi espíritu, es bastante inexpresivo.
Bob fué recorriéndolos: uno de filosofía titulado El pensamiento humano, sus formas y sus problemas, de autor danés; una estética, de Croce, y una historia de las ideas estéticas, por Knight; el Quijote, la Celestina y el Cortesano; un tratado de Astrología y otro de Alquimia, luego catálogos críticos de algunas pinacotecas célebres y un pequeño cuaderno con reproducciones de Sandro Botticelli. En la mesa de noche yacían algunos números de Sol y Sombra, junto á un despertador encerrado en estuche de cuero, y David Copperfield, de Dickens.
—¿Qué saca usted en limpio? —inquirió Alberto, la cabeza en violentísimo escorzo, á fin de aplicar la Gillette á la pelambre de las mandíbulas.
Bob no respondió. Estaba absorbido en contemplarse al espejo. Se atusó la puntiaguda barba pajiza; abrió la boca y se miró la dentadura, haciendo sonar sobre ella los dedos, á modo de rasgueo; se colocó de perfil, estiró el chaleco y echando hacia atrás gabán y chaqueta examinó, fruncidas las cejas, el perfil anterior del cuerpo.
—Tengo miedo al vientre. Es lo que nos inclina á la tierra, á la nada.
Tenía cuarenta y cinco años; el aspecto cabalmente juvenil y viripotente. El labio inferior harto carnoso y lacio, daba al rostro expresión de bobería, corregida por lo afilado de los ojos grises.
Sobrevino Marietta con el whisky y el agua mineral.
—Bebe usted demasiado, Bob.
—Si bebiera demasiado no estaría como estoy. Bebo lo que me pide mi naturaleza. Nancy, ya ve usted, bebe más que yo...
—De todas suertes —añadió Alberto riendo—, bebe usted demasiado.
—Vaya, ¿no dice usted siempre que todo lo que es está bien, porque es?
—Moralmente, sí. Quiero decir que no se deben condenar ni juzgar los actos ajenos. Yo no le juzgo á usted, sino que intento moverle á pensar si acaso, por propio egoísmo, le convenga beber menos é intentar conseguirlo.
—Bravo whisky. No sé cómo no le gusta á usted el whisky.
—El brandy viejo, sí.
—También es bueno. Pediremos una copa.
—No bebo á estas horas. Ya estoy á su disposición.
Alberto bajaba la escalera á saltos, gozándose en hundir los pies en la felpuda alfombra de terciopelo de lana. Bob se apoyaba en el pasamano. Alberto le aguardó en un rellano.
—¿Ve usted? El whisky. Sin él bajaría usted tan ágilmente como yo. Y eso es el comienzo.
—Calle usted, no me diga eso —el labio inferior se le contrajo nerviosamente.
Montaron en el automóvil, un Daimler de cuarenta caballos. En Piccadilly Circus, la niebla se hizo tan compacta que el coche hubo de detenerse. Estaban como hundidos en el seno de un río de leche. El mecánico tocaba de continuo la bocina. Oíanse otras bocinas, gorgoritos de silbatos y voces inarticuladas, temblando inciertamente entre la bruma blanca. Contigua al vidrio de una ventanilla, surgió una masa informe, difusa en sus límites. Luego sonó un golpe metálico sobre el cristal y un relincho de caballo.
—Sólo falta que nos partan de un topetazo —masculló Bob, y oprimiendo un botón encendió la luz eléctrica. Alberto estaba riéndose—. Ya sé que es difícil que pierda usted su serenidad.
La cerrazón se deshizo en pocos instantes. Dentro del blanquinoso vapor nacían inconsistentes sombras que se iban intensificando poco á poco, coagulando, definiéndose en seres y cosas. El automóvil había quedado preso entre un desconcertado pelotón de ómnibus, camiones, cabs y otros carruajes, cada cual en dirección diferente. Los policemen andaban de un lado á otro, enarbolando el autoritario bastoncillo á fin de restablecer la circulación.
—Se nos va á hacer tarde; Nancy estará impaciente —habló Bob—. He de comprar todavía golosinas para Meg y un juguete para Ben. ¡Ese chico...! No acierto con nada que le distraiga. Se comprende, pobrecito... Es la única sombra de mi vida.
—Sí; pobre Ben.
Detuviéronse á comprar un rifle de salón, en un bazar, y un paquete de bombones que Alberto quiso pagar para ofrecérselos personalmente á Meg. Luego el automóvil tomó la ruta de Richmond vertiginosamente.
III
Roberto Mackenzie y Alberto eran amigos de muy poco tiempo. Se habían conocido en un hotel de Biarritz el verano anterior, y desde el primer momento, el escocés había consagrado al español un afecto rayano en la adoración, al cual correspondía Alberto en buena moneda de lealtad. Bob pretendía descubrir en su amigo extraordinarias dotes de talento y aun de genialidad que al propio interesado comenzaron por dejarle perplejo y aturullado, luego le hacían reir, y en toda ocasión le halagaban, muy en lo hondo, sin que se diera cuenta. Bob no tenía secretos para Alberto; le abría con efusiva confianza las arquetas de sus amores más caros y los archivos de su vida; una vida trepidante, rauda y en cierto modo gloriosa. Siendo un mozuelo aún, había emigrado á la Argentina. Á los treinta años se había enriquecido y arruinado por tres veces; había buscado oro en tierra de California, y perlas en sus aguas, caucho en los Andes, diamantes en Kimberley, y explotado el negocio de pieles de león y tigre cazándolos en el Sudán y en la India. Como le dieran pocos rendimientos sus últimas empresas, hallábase en Smirna, de vuelta del Oriente, con muy flaco caudal en la cartera pero nutrido lote de proyectos entre ceja y ceja. Allí hubo de prendarse de una muchacha griega, casi una niña, danzarina ambulante y vendedora de naranjas, á quien su madre solía ofrecer á los hombres mediante un precio de diez dracmas, así como las dos hermanas mayores se entregaban por cinco y aun por tres en días apurados. La danzarina se llamaba Anita Pyrgos. Según ella andando el tiempo declaró á Bob, por habérselo oído á su madre, era hija de un francés cuyo nombre y paradero ignoraba.
Bob y Anita, á la cual el amante aplicó á seguida el diminutivo inglés, Nancy, huyeron de Smirna. Comenzó una etapa de amor ardoroso, mutuamente participado. Á los nueve meses les nacía un hijo. Le impusieron el nombre de Benjamín. Vino al mundo en ocasión que su padre había consumido las últimas migajas de su fortuna. Á Bob, el hijo le sirvió de estímulo para determinarle á rapiñar dinero como quiera que fuese. Por el contrario, Nancy reputó por grave contrariedad y rémora á la criatura, y sobre todo, obligada de la necesidad á amamantarlo, temía perder su belleza corporal y con ella el amor de Bob; de manera que, antes de pasado un mes, había renunciado á criarlo á sus pechos. Sometióse Bob á la voluntad de Anita, arrastrado del gran amor que le tenía. El niño vivía de milagro. Un año después de Ben, apareció á la luz Margarita. Bob y Nancy estaban ya establecidos en Chile, y el porvenir se les anunciaba como una aurora de oro.
Después de diez años de especulaciones y trabajo en las salinas de Chile, Bob era por cuarta vez millonario, y ahora en mayor medida que nunca. Él y Nancy eran jóvenes; se amaban como el primer día. Legalizaron su situación y se establecieron en Europa, comprando una casa en Richmond y una villa junto al lago de Lugano, en la raíz de Mont-Brè.
Meg era una niña de irreprochable belleza. Pero Ben se había quedado raquítico y jiboso.
En el punto en que Alberto había conocido al matrimonio Mackenzie, en Biarritz, Miss Meg y Master Ben estaban recluídos en sendos colegios ingleses.
IV
Meg echó á correr por la avenida central del jardín, al encuentro de su padre y de Alberto. Nancy, en el umbral del invernadero, se mantenía quieta, en pie, sonriendo delicadamente al esposo. Era una mujer aventajada de estatura; rubio el pelo. Andaba por los treinta y dos años, en perfecta sazón de su feminidad y hermosura, y tenía un continente patricio y aplomado que hacía recordar las estatuas que los romanos esculpieron en representación de la virtud de la Fortaleza.
Meg, después de besar á Bob y á Alberto, se colgó del brazo de entrambos y encogió las piernas en el aire, porque la llevasen suspendida. Tenía quince años ya, pero su desarrollo físico iba retrasado, y se conducía como si tuviera diez, si bien en ocasiones caía en una acritud de tono desconcertante, ó se las daba de persona mayor, sobre todo con doña Laura, su aya. Vestía un mandilón azul, cuyo corte era una reminiscencia de las dalmáticas bizantinas, y un traje blanco, muy corto, de fina batista y ricas tiras bordadas; medias de seda y zapatos de muñeca. El pelo, de oro claro, copioso y como si fuese líquido y manase continuamente en densos borbollones. Verdes los ojos, como los de su madre, y angélico el color de la piel.
—Meg, alma mía, que molestarás á Alberto... —amonestó el padre, blandamente.
—No, no —cantaba Meg—. ¿Verdad que no le molesto, señor de Guzmán?
—No, rica, no. Pero quiero que me llames Alberto.
—¡Ay, usted me perdone; pero siempre se me va!
—Y que me trates de tú.
—Tiene razón Alberto —dijo Bob.
—Sí, ya lo sé, papaíto; pero como es un señor formal. ¡Ay! —suspiró profundísimamente—. Me va á costar un trabajo...
Alberto y Bob rieron de la desolación y resignación cómicas que mostraba la niña.
Nancy saludó á Alberto con afectuosidad fácil y de buen tono, y se volvió á Bob presentándole la boca á que se la besase. Fundieron los labios glotonamente, gozándose en prolongar la sensual caricia. Meg los observaba atenta, como siempre que se besaban.
—¿Y Ben? Le traigo un rifle.
—No sé, Bobby; andará agazapado en los rincones, como siempre. ¡Qué vergüenza de hijo! —exclamó Nancy con gesto agrio.
—Meg, mi alma, anda á buscarlo —rogó el padre.
—Que lo busquen las criadas —respondió con desparpajo Meg—. Es un bruto y un antipático.
—Meg, vidita, que es tu hermano...
—Pues no lo parece —dijo la niña, rematando en seco la conversación.
Alberto miró á Meg con angustia; se estremecía pensando que un cuerpo tan fino y hermoso pudiera albergar un día un alma mala.
—Meg, sube á que doña Laura te alise un poco el pelo, que vamos á almorzar.
—Doña Laura no, que es muy torpe; yo misma me lo alisaré.
Se marchó cantando, casi alada, que no parecía tocar la tierra. Nancy murmuró en tono confidencial:
—Bobby, ese hijo va á ser nuestro tormento. Después de haber marchado tú, doña Laura vino á quejárseme, porque la había acometido.
—Le habrá dicho alguna cosa ofensiva, algo de la joroba.
—No, no; que la acometió como un hombre ¿entiendes? Ya tiene dieciséis años.
—Calla, calla, Nancy; es imposible. Una alucinación de esa pobre mujer...
—Sabes que las amigas de colegio de Meg no pueden venir á esta casa.
Los ojos de Bob se enternecieron. Murmuró:
—¡Pobre Ben! ¡Pobre niño mío!
—¡Pobre Ben! —repitió Alberto.
—Sí —continuó Nancy con impasible sinceridad—; á ustedes les da lástima de él. Pero ¿y nosotros, Bobby? ¿Me quieres decir para qué queremos un hijo así? Si hasta da vergüenza sacarlo á la calle, presentarlo al lado de una...
—¿Qué culpa tiene él, mi Nancy?
—Y nosotros, Bobby ¿qué culpa tenemos?
Bob no se atrevió á responder. Miraba con angustia entre los árboles del invernadero, por si estuviera allí escondido el jorobado.
Subieron al comedor, una gran estancia con muebles de nogal tallado al estilo del Renacimiento italiano. Habíanse acomodado ya todos á la mesa cuando apareció Ben. Iba derechamente á sentarse en su silla, de altas patas y de cojines, á causa de la exigüidad del torso del muchacho; el padre le llamó.
—Acércate, que te dé un beso. Te he traído un rifle; en el invernadero está. ¿Quieres verlo antes de almorzar?
—Luego lo veré —respondió Ben; no manifestaba ningún interés por el juguete. Su voz era ahilada y chillona.
Se sentó entre doña Laura y Alberto. Doña Laura apartó su asiento con horror y estrépito, precaviéndose de una verosímil violación pública. Ben revolvió sobre ella los ojos, colérico. Tenía el cráneo aplastado por los costados; el perfil de su rostro era una proa; las orejas, retrasadas, altas, despegadas y puntiagudas; brazos y manos larguísimos, á modo de tentáculos; el color, de palo seco; los ojos, penetrativos y llenos de funestos presagios. Contrastaba dolorosamente en aquella junta familiar de seres hermosos y saludables. No era difícil echar de ver que le herían por igual el odio descubierto de su madre y hermana, y la compasión excesiva y poco disimulada de su padre. Alberto procuraba tratarle con perfecta naturalidad, así como si le diese á entender que su deformación era un accidente muy frecuente entre los hombres, á tal punto, que nadie pára mientes en ella. Se esforzaba porque no se traicionase la lástima que sentía. Ben adivinaba por instinto un buen amigo en Alberto y le tenía mucha adhesión, pero no se atrevía á mostrarla enteramente en presencia de los suyos. Si él hubiera sabido que Alberto le amaba más á él que al resto de la familia, hubiera sido feliz. Cuando acontecía que miraba á su hermana ó á su madre, ó á su padre, de sus pupilas parecía fluir un volátil corrosivo, como si hubiera deseado descomponer y destruir la hermosura de aquellos rostros.
—Usted no dudará de que yo le quiero bien, ¿verdad Alberto? —dijo Bob.
—No dudo.
—Pues, por este cariño que le tengo, ¿á que no sabe usted lo mejor que le deseo?
—Á ver.
—Que se quedase usted de pronto sin un cuarto.
—¡Qué extravagancias dices, Bobby! —comentó Nancy.
—No son extravagancias.
—Explíquese usted.
—Para que de este modo se viera usted obligado á trabajar.
—Á escribir, quiere usted decir.
—Es su canción —habló Nancy—. Dice que usted debía escribir.
—Y como sé que no escribirá, á no ser por fuerza...
—Eso es; me arruina usted y á ganarme la vida escribiendo, y en España, donde nadie ha logrado ganársela por este procedimiento, desde Cervantes hasta nuestros días.
—¿Cómo no, mi amigo? Pues...
—No cite usted nombres. Uno por uno, todos los que usted me cite, es seguro que dirían lo que yo he dicho.
—Pues yo insisto...
—Bobby, no insistas...
El rostro de Nancy se ensombreció levemente.
Bob volvió á hablar después de una pausa:
—Nancy es supersticiosa —quiso sonreirse; quedó pensativo. Luego—: Y yo también. Quizás he dicho una tontería...
Alberto intervino alegremente:
—Supongamos que me quedo sin un cuarto, que ya estoy sin un cuarto... Bueno, ¿qué es lo que ocurre?
—Que cuando se quiera usted casar, las muchachas le darán á usted calabazas, señor Guzmán —respondió Meg.
—¿Por qué? —preguntó el jorobado con voz arisca.
Meg, se quejó zalameramente á su madre:
—Siempre se anda metiendo conmigo...
—¿Es que —prosiguió Ben en la misma tensión exaltada— las muchachas sólo van á querer á los ricos... y á los guapos?
—Sí, hijo, que á ti te van á querer muchas...
La lívida cabeza de Ben pareció hundirse más en la caja torácica.
—¿Por qué no, Meg? —Alberto habló con tierna amargura, dando unas palmaditas en la huesuda mano de Ben, el cual estaba ahora como radiante.
Bob y Nancy comían y bebían copiosamente. Según avanzaba el almuerzo, las mejillas se les congestionaban poco á poco, y con los ojos se buscaban uno á otro y se deseaban.
Salieron todos á tomar café á un saloncito Luis XV. Había una botella de very old Brandy, para Alberto. Los dos esposos se entregaron al whisky. Intentaban hablar, mostrarse sociables, forzar la risa, pero la seriedad terrible de la concupiscencia podía más que ellos. Bob iba como fascinado á apechugar á Nancy, hacía resbalar la mano sobre sus brazos desnudos; la atraía hacia sí, y Nancy le rechazaba débilmente, no por pudor, antes por coquetería y refinamiento. Esta escena postmeridiana era la misma de siempre, y Alberto la había presenciado desde que los conocía, pero, delante de los niños, sentíase desasosegado y algo confuso. Como siempre, Bob y Nancy terminaron por salir de la estancia. Alberto respiró, á solas con Meg y Ben. Descendieron al invernadero y probaron el rifle. El jorobado no atinaba á dar en el blanco. En cambio, la niña acreditó raro tino. En haciendo varias punterías afortunadas, se cansó del juego.
—¡Bah! —exclamó, con mohín de desdén—. No tiene chiste. No sé cómo los hombres se divierten con esto...
Y se precipitó á tomar en sus brazos á Pussy, un gatito de Angora, color ceniza, que dormitaba sobre el asiento de un butacón. Le besó, le hizo arrumacos, le dijo ternezas, suspirando y poniendo los ojos en blanco, estremecida por todo el cuerpo. Estúvose un buen tiempo entregada á su pasión, hasta que el animal expresó algún cansancio y mal humor.
—Ingrato, infame; no te quiero. Que no te quiero, no. Ya puedes pedirme besitos, que se acabó todo.
Lo colocó en el suelo y le volvió las espaldas, pero se arrepintió al punto, y poniéndose en cuclillas, con los brazos cruzados sobre los muslos, y á alguna distancia de Pussy, le dijo, cariciosamente:
—No, monín; no me hagas caso, que te quiero, te quiero... Ven al regazo de tu Meg; puss, puss...
El gato echó á andar paso á paso, tambaleándose con presunción, el rabo perpendicular á la tierra. Avanzaba el gato, y Meg retrocedía, siempre en cuclillas y castañueleando los dedos. Pussy, que no estaba para burlas, hizo alto, precisamente entre Ben y el blanco del tiro.
—Hazme el favor de retirar ese bicho, Meg —rogó secamente el contrahecho.
Y Meg, continuó como si no le hubiera oído. Y el gato, con toda insolencia, permanecía en el sitio, desoyendo los requerimientos burlones de su amita y diciendo con el rabo tieso que nones. Cuando más embebecido estaba en sus tanteos de elocuencia rabuna, un pie del jorobado le lanzó á los espacios, con tanta violencia, que hubo de chocar en la cristalera del hall. Salió huído Pussy, y entonces la gata fué Meg. Crispada y rabiosa, saltó sobre su hermano, el cual de su parte se apercibió más que á la defensa al ataque, requiriendo en guisa amenazadora el rifle de flecha, á la sazón cargado. Alberto llegó en coyuntura de interponerse. Con una mano sujetó á Ben, con la otra á la niña, que, sin intimidarse del arma, luchaba por desasirse y por alcanzar á patadas los tobillos frágiles del muchacho.
Estando en esto, llegaron Bob y Nancy, arrebolados y sonrientes. La madre, por natural impulso y sin más averiguaciones, se dirigió á Ben, con evidente propósito de golpearlo, lo cual logró impedir Alberto. Bob aupó en brazos á la niña, que hipaba y lloraba de coraje. Empezaban las explicaciones, cuando apareció un criado con una bandeja, y en ella un telegrama y una carta para el Sr. Guzmán.
—Un telegrama... —murmuró Alberto hablando consigo mismo—. ¿Quién puede tener interés en telegrafiarme? Y urgente...
Hubo un minuto de ansiedad. Los niños se aplacaron de pronto. Miraban á Alberto como si aguardasen algo misterioso. Alberto leyó el telegrama por dos veces. Examinó el sobre de la carta y la hizo añicos sin abrirla.
—¿Pero no lee usted la carta? —preguntó Bob asombrado.
—Ya ¿para qué?
—Sáquenos de esta zozobra —rogó Nancy.
Alberto sonreía. Al fin habló:
—Si el telegrama no viniera de España creería que era una chanza de Bob.
—¿Cómo una chanza mía?
—Dice: «Hurtado huído. Depósitos desaparecidos. Quiebra terrible. Urge venga primer tren. Jiménez» —después de una pausa—. Hurtado es mi banquero.
Bob y Nancy no supieron qué decir.
—Cualquiera pensaría que son ustedes los culpables... —prosiguió Alberto sin perder su sonrisa—. La cosa no es para tanto, ni probablemente tan grave como mi amigo me lo pinta en el telegrama. Y si fuese, alégrese usted hombre de Dios, que quizás se salga con la suya: escribiré.
—Desde luego... —dijo Nancy vacilante— usted no creerá que porque Bob haya dicho... Y aunque lo haya dicho, que lo deseara. ¡Qué coincidencias!
—¿Cómo lo iba á desear yo? Era pura broma. Y al fin de cuentas, Guzmán sabe que mi dinero es suyo —dijo con vehemencia cordial.
—No perdamos el tiempo en tonterías. Bob hablaba á las doce y media y el telegrama es de las diez, conque... Como coincidencia no deja de tener gracia. Y ahora me despido de ustedes, hasta... hasta cuando sea.
Bob se ofreció á acompañarle en el automóvil.
De camino Bob preguntó:
—¿Tenía usted toda su fortuna en casa de ese banquero?
—Sí, toda mi pequeñísima fortuna, pero en fin, de lo que hasta ahora he vivido. Tenía casa puesta en Pilares, cuyos muebles vendí, porque no pensaba volver en algunos años. Y una finca que también vendí hace poco, y cosa curiosa, ¿sabe usted quién me la ha comprado? Uno que hasta hace dos años fué criado mío. Le di dinero con que se estableciera. Se ve que ha prosperado deprisa. ¡Ah! Pues, ahora echo de ver que aun cuando el banquero me haya birlado todo lo que le confié en custodia me quedan unas diez mil pesetas, las que presté á Manolo, que este es el nombre del criado. Vaya, que no soy pobre de solemnidad.
—Claro que no; yo he estado sin plata, lo que se dice sin plata, varias veces. Pero, hombre; ¡mire usted qué demonio! ¿Cómo no escogió usted un banquero de más confianza?
—Este era cuñado de una muchacha que fué novia mía. Parecía muy honrado y muy entendido en esos toma y daca de los negocios... Allá veremos lo que ha ocurrido.
—No deje de escribirme.
—Calla; pues me parece que no tengo dinero para el viaje... Á ver... Diez libras.
—¿Qué necesita usted?
—Nada; con diez libras puedo hacer el viaje en tercera.
—¿Y pagar el hotel?
—Cierto. Luego veré lo que necesito.
Bob no se separó de Alberto hasta que éste hubo embarcado en el tren. Poco antes de la partida se abrazaron.
—No se olvide de nosotros, Guzmán —murmuró el escocés con acento conmovido.
V
Á las seis y media de la mañana, hora de la llegada del rápido, paseaban por el andén de la estación de Pilares, Jiménez y Alfonso del Mármol, par á par. No había amanecido aún. Los dos amigos iban en silencio, haciendo chascar con fuerza las botas contra el enlosado pavimento; movimiento instintivo que realizaban por no llegar á olvidarse de que los respectivos pies les pertenecían y por obligarlos á que se sumasen á la comunidad del resto del cuerpo á cambio de una parte alícuota de calor animal. Jiménez llevaba la gorrilla inglesa calada hasta las orejas; Mármol, el cuello del gabán de pieles subido hasta el ala de la bimba, de manera que por delante sólo dejaba fuera lo más avanzado de su tajante nariz y un larguísimo y delgado cigarro Henry Clay, de los llamados lirios. Aparte de los empleados de la línea, eran los únicos seres vivientes que había en el andén, porque no se cuenta una vaca, ominosamente prisionera en un vagón establo, la cual mugía con nostalgia y aplicando el hocico á los barrotes de un tragaluz vahaba periódicas nubecillas blancas. Fuera de la marquesina de vidrios, perforando la sombra, brillaban dos luces, una roja y otra verdiclara. Sonó una corneta á lo lejos, y á poco el tráfago del tren, creciendo afanosamente, acercándose hasta que se entró por el andén, comunicando su temblor á los cristales, y se detuvo en seco. Traía tres coches de viajeros, con plataforma y barandilla en los topes.
Jiménez y Mármol aguardaban ver asomarse á Alberto, pero ninguna ventanilla se abría.
—¡Alberto! ¡Guzmán! —vociferó Jiménez con aquella voz de ilimitado desarrollo con que acostumbraba sembrar la consternación en algunas mansiones de alegres hembras—. Será capaz de venir durmiendo.
Las ventanillas permanecieron sombrías y cerradas. Mármol y Jiménez subieron al tren, y empezaron á revisar coche por coche, para lo cual habían de encender las luces y recibir miradas iracundas, ademanes depresivos y gruñidos condenatorios de cuantos viajeros se veían arrancados de pronto, por aquellos dos fantasmas impertinentes, á la amable idiotez del sueño.
—Aquí está —dijo con aire triunfal Mármol, zarandeando á Alberto, el cual se desperezó con el dorso de las manos, como los niños.
—¿Eh? —inquirió Guzmán, medio inconsciente. Y avivándose—. ¿Mármol? ¡Jiménez! Pero ¿estamos en Pilares?
—No, en Babia —respondió Mármol con el cigarro entre los dientes—. Y usted en zapatillas, y el lío de mantas deshecho, y el tren no para sino seis minutos. Ea, abajo tal como está. En el andén lo arreglaremos todo.
Alberto se vistió un gabán holgado de espeso tejido esponjoso. Entre los tres cogieron en rebujo las cosas que andaban diseminadas por las rejillas y las bajaron al andén á tiempo que el tren partía.
Jiménez, el jocoso y festivo Jiménez, para quien no había trance, por solemne que fuera, que rebajase su frenesí humorístico y propensión acrobática, estaba en aquellos momentos inmóvil y casi funerario. Mármol, á quien sus amigos llamaban Marmolillo, en razón de su frigidez inalterable y de no habérsele visto reir nunca por fuera, porque había aprendido á reir por dentro, exhibía en tales circunstancias un buen humor y un prurito de andar de aquí para allá y hacerlo todo, evidentemente contradictorios con su naturaleza boreal. Quiso conducir á Alberto en su automóvil hasta el hotel. Alberto se negó; prefería estirar las piernas, andar. Salieron de la estación. Clareaba el cielo. Un hombre iba apagando los faroles públicos. Sobre la línea superior del caserío, como perfil quebrado de un muro ruinoso, ascendía la sombra gótica de la catedral, y era al modo de un ciprés.
Alberto no tenía deseos de preguntar nada; tal vez zozobra de saber al fin y del todo lo que temía. Jiménez no osaba hablar. Mármol sostenía la conversación, refiriendo casos acaecidos en Pilares durante la ausencia de Alberto, pero no se aventuraba á abordar el asunto principal.
Cuando llegaron al hotel era de día. Alberto intentó despedirse. Los otros dos subieron con ánimo de informarle, en conclusión, de lo ocurrido.
Sentáronse los tres. Alberto en el borde de la cama, y Mármol tomó la palabra, á fin de hacer historia.
Telesforo Hurtado, á poco de casarse con Leonor Tramontana, había tomado posesión de la casa de banca por cesión del fundador y con ayuda de medio millón de pesetas que don Medardo había puesto en sus manos. De cómo iban los negocios nadie sabía nada, de seguro. Unos decían, que bien; otros, que mal. Lo cierto es que Hurtado hacía vida libertina y pródiga, mudando de queridas, de automóviles, de alhajas y de costumbres con tan frecuente periodicidad, que todo Pilares se hacía cruces. Sucedió que, en uno de los cafés cantantes de la capital, sobrevino cierta cupletista francesa, Nanon Orette. Aquí interrumpió Jiménez:
—¡Ay, y qué Orette! Las marranerías que sabía hacer... —Y sorbió con ansiedad un gran volumen de elementos atmosféricos. Iba recobrando el régimen y libre arbitrio de sus dotes festivas.
Al sobrevenir la Nanon Orette, Hurtado mudó de criterio acerca de las queridas; de lo temporal pasó á lo permanente. En cuanto á los otros cambios, se redujo á realizar aquéllos y sólo aquéllos que Nanon ordenaba. Estas abominables relaciones de la danzante y el banquero se mantuvieron durante dos meses, con gran escándalo de los corazones castos y... Nueva interrupción de Jiménez:
—Con conocimiento público de las más íntimas particularidades —con el índice de la mano derecha hizo descender el párpado inferior del mismo lado. Añadió, con acento de irritada austeridad—: ¡Contra natura! —é inmediatamente, formó con la boca algo á manera de culo de pollo y emitió por dos veces un sonido desgarrante y escatológico; todo ello, sin perder la gravedad del gesto.
El contraste era tan cómico, que Alberto se echó á reir. Mármol, á su vez, en terminando de reirse por dentro, continuó la historia.
Un día, marchó Hurtado á Madrid á especular en Bolsa, como hacía quincenalmente, según de público se aseguraba. Á los cinco días, el tenedor de libros de la casa recibió una carta de Hurtado, desde el Havre, diciéndole que tuviese la amabilidad de participar á sus numerosos favorecedores y clientes que les estaba muy agradecido por la simplicidad y sandez que con él habían mostrado, y que agur. En Pilares no se registraba catástrofe alguna de mayor monta desde hacía varios decenios. De las primeras informaciones se sacó en claro que Hurtado, con todos los valores que tenía en depósito y custodia, iba abriendo cuentas en el Banco de España, pignorándolos, las cuales, cuatro millones de pesetas en junto, estaban agotadas, y las garantías en poder del Banco. Es decir, que no había dejado un maravedí sin rebañar. Y del dinero ¿qué había hecho? ¿Lo había gastado? ¿Se lo llevaba consigo? Probablemente lo uno y lo otro.
Alberto escuchó hasta el fin, sin mostrarse contrariado ó abatido.
—Yo tenía todo mi dinero en casa de Hurtado. Concretamente, ¿qué sacaré en limpio?
—Mi opinión sincera... Creo que nada, absolutamente nada —afirmó Mármol.
—Sin embargo... —dijo Jiménez—. Hay quien cree...
—Sí, hay quien cree que se podrá obtener el diez por ciento de los créditos, y eso después de una tramitación judicial, que lo mismo puede durar cuatro que cuarenta años. Me parece que Alberto no debe pensar en ello más.
Alberto hizo una cruz en el aire, como expresando que era asunto concluído. Quiso sonreir, afectar perfecta naturalidad y descuido en presencia de sus amigos; darles á entender que era hombre de hilaza demasiado prieta para que le penetrasen las punzadas del infortunio; pero su corazón palpitaba azorado y su cerebro se embrollaba sin atinar á discurrir con arte.
—¿Quién lo dijera? Parecía inteligente en sus cosas, y honrado... —Alberto masculló esta consideración, á media voz, y la cabeza inclinada sobre el pecho.
—Inteligente... Pss. Se pasaba de listo, listo de conveniencia, pero ¿honrado? Siempre dije que era un pillete, y que acabaría mal —dijo Mármol, contemplando con estoica filosofía las proporciones minúsculas á que había quedado reducido su cigarro y como si en él descifrara un emblema transcendente de las grandezas humanas.
Hubo un silencio penoso, que rompió Mármol.
—¿Qué piensa usted hacer?
—Yo qué sé, Alfonso.
—No es para preocuparse —opinó Jiménez—. Á Guzmán no le faltará una colocación de unos cuantos miles de pesetas al año, aquí, en cualquier empresa.
Harto sabía Jiménez que esas colocaciones eran asequibles como el vellocino de oro ó la trasmutación de los metales. Después de una pausa, preguntó Mármol:
—¿Cuántos años tiene usted?
—Treinta y dos.
—¿Por qué no se casa usted?
Mármol quería decir evidentemente, ¿por qué no se casa usted con Fina?
—Es la mejor ocasión. Ahora que soy un excelente partido... —contestó Alberto sin disimular su amargura.
—Ahora, sí. ¿Cuándo mejor que ahora para que usted contraste si el cariño que le tienen vale ó no vale?
—Eso sería, supuesto que yo no tuviera sentimiento de mi dignidad. Además, usted ha comenzado por afirmar, implícitamente, que no hay sino presentarme, decir: aquí estoy yo, y todo hecho.
—Exactamente —corroboró Mármol—. Ni más ni menos. No hay nadie en el mundo que conozca mejor á la gente que yo. Y cuidado que yo no he hablado una palabra en mi vida con ella... Si no hay más que verla. Le ha estado esperando y le seguirá esperando siempre.
Guzmán no quiso replicar; sabía que su voz sería temblorosa.
Propuso Jiménez:
—Dejémosle ahora que descanse. Volveremos después de comer.
—No vuelvan ustedes. Desde luego me voy derechamente á Cenciella. Necesito hacer examen de conciencia y un plan de vida, y nada como la aldea para estos casos.
—Á Cenciella; está bien. Pero, ¿á qué parte, á qué sitio? —interrogó Mármol, sutilizando la pupila bajo los entornados párpados.
—Á qué parte... ¿Á dónde ha de ser? Á mi casa, es decir, á casa de Manolo, que para el caso es lo mismo.
—Á casa de don Manuel Carruéjano, alias Taragañón, orador famoso, columna del orden social y teniente alcalde conservador en Cenciella.
—¿Es posible? —Alberto exteriorizó placentero asombro—. Miren si ha medrado. ¡Cuánto me alegro!
Despidiéronse. Á solas, Alberto se tumbó boca abajo sobre el lecho. Con las manos se apretaba la frente. No hubiera querido pensar en nada.
VI
Era don Celso Robles un célibe sexagenario, enconado enemigo de la más bella mitad de la especie humana, y particularmente fanático de la deglución, de la potación y de las beatíficas sobremesas consagradas al juego del hombre, que también se suele llamar tresillo. El estilo de la arquitectura corporal de don Celso pertenecía al período ciclópeo; sus piernas, dos bárbaras columnas monolíticas; su vientre, un templo primitivo habitado por una divinidad cruel y turbulenta en cuyo propiciamiento se inmolaban á diario innumerables víctimas arrancadas á la libertad de sus naturales elementos —el aire, la tierra, las aguas—, solemnizándose el sacrificio con derrame copioso de brebajes báquicos y confortativos. La cúpula de este templo, que siempre se mantenía en actividad religiosa, era una cúpula tricolor, decorada con franjas paralelas; primero, el cuello blanco de la camisa; más arriba, un gracioso lóbulo ó abombamiento, que, al fundirse, formaban la papada y el pertorejo, de un color rojo flamígero y esponjoso como la cresta y barbas del gallo; más arriba, el blanco impecable de la boca, ostentando sonoras señales de que el dios se hallaba satisfecho de su culto, reía tan dilatadamente que las comisuras de los labios escapaban por entrambos lados del rostro, como si fuesen á juntarse por detrás del occipucio; la próxima franja en altitud la formaban la nariz, las mejillas, las orejas y el colodrillo, todos ellos tan arrebatados de entonación que del rojo habían pasado al azul índigo; y, por último, la sesera, de bruñido bermellón con irisaciones metálicas, como el vidriado de los azulejos moriscos. Patológicamente, el señor Robles era un temperamento apoplético y congestivo. Su médico le había sugerido la posibilidad de que reventase un día, y aconsejado que rompiera con sus hábitos vegetativos, que dejara los negocios y se fuera á vivir al campo. La idea de que aquel dios insaciable que se alojaba en su bandullo pudiera ver el ocaso y extinción de su culto, torturaba las más delicadas fibras del corazón de don Celso. Intentó traspasar la casa, pero no halló quien aceptara la sucesión en buenas condiciones. Hasta que un día, Telesforo Hurtado, le confesó sus planes, que don Celso escuchó con gran regocijo, alentándole á que se casase cuanto antes, á pesar de su enemiga á las hijas de Eva. En casándose, la banca pasó á ser Telesforo Hurtado y Compañía. El señor Robles no tenía inconveniente en dejar una buena parte de su capital, á la sazón circulante, que le había de ser satisfecho por anualidades de cincuenta mil pesetas. Compró una casa de campo, reclutó tres amigos viejos y mal parados de fortuna que le hicieran el tresillo, é, introduciendo alguna novedad en el dogma, se fué á convertir en rústico el culto urbano de su vientre. Al despedirse de Hurtado no pudo abstenerse de destilar algunas gotas de pesimismo acerca del sexo débil:
—Has hecho un buen matrimonio, evidentemente, Telesforo; pero mi experiencia del mundo me obliga á amonestarte á que te pongas en guardia. Con las mujeres, hijo mío, hay que estar siempre en guardia, siempre centinela alerta y con el arma en la mano, porque si no el diablo se las carga —quiso decir, sin duda, el diablo las carga—. Y ahora, que te vaya bien en tus negocios, por la cuenta que me tiene, y además porque deseo verte prosperar.
Comenzó la casa á regir bajo los auspicios de Hurtado, y éste á darse aires y vida de gran señor. La ostentación chalanesca de piedras preciosas y la adquisición del primer automóvil inquietaron no poco á don Medardo, el cual, cogiendo confidencialmente á su yerno, hubo de hacerle algunas observaciones. Á esto respondió Hurtado:
—El pez grande se traga al chico, y peces grandes ó chicos no se pescan sino con cebo en el anzuelo. Una casa de banca no vive, ó por lo menos vive principalmente, de tener en circulación el dinero que se pone bajo su confianza. No vale ser rico tanto como aparentarlo. ¿Cree usted que puede inspirar confianza á sus clientes, ó atraer otros nuevos un banquero que viva como un pordiosero?
—Á mi modo de ver, sí; más confianza que uno que gaste con exceso.
—¡Bah! Esa es la manera de entender los negocios en España, y así van las cosas. Antiguallas, don Medardo, antiguallas —y diciendo así, conducía al viejo hepático hasta la garita del tenedor de libros—. Muéstrele usted á don Medardo el aumento en depósitos y cuentas corrientes desde que la casa lleva mi nombre.
El aumento había sido considerable. Don Medardo se daba por vencido.
—Tienes razón; yo estoy muy á la antigua.
—El automóvil, los brillantes... ¿Cree usted que lo hago por gusto? No. El cebo, querido don Medardo, el cebo. Poco á poco, los clientes de las otras casas se van pasando á esta. Ahí tiene usted á ese Meumiret, el de ahí enfrente, el gocho de mar, como le dicen sus empleados, que está que echa... sustancia láctea.
Á pesar del eufemismo, á don Medardo no le hizo gracia la frase. Repitió Hurtado:
—El cebo, el cebo.
—No me gusta oirte hablar así, Telesforo. Empleas unas palabras... El cebo...; parece que se trata de engañar á la gente.
—Otra antigualla; pues ¿qué son los negocios sino á ver quién engaña á quién? Usted mismo, en su almacén de la Habana, ¿qué hacía sino engañar á la gente?
—Me dejas aturdido. Según lo que se llame engaño... —don Medardo meditó unos momentos—. Bueno, yo pienso; esa misma confianza que te demuestra la gente ¿no te añade responsabilidades y te obliga á pensar si acaso, vaya, si tal vez comprometerías lo ajeno con sorbitancias?
Telesforo se irguió:
—¿Es que usted teme por su dinero?
—Por Dios, Telesforo; no hablo de lo mío. Yo confío en ti.
—Pues de lo ajeno, deje usted que entre á porradas. Dinero pare dinero.
Cuando Telesforo mudó por primera vez de automóvil, don Medardo no se atrevió á abrir el pico. Pero al cuarto cambalache no pudo contenerse. Las risotadas con que le recibió Telesforo desconcertaron al viejo.
—¿Sabe usted cuánto he ganado en cada una de estas operaciones de compra y venta? Tres mil pesetas. Sí, señor. Venga usted á ver los libros y se convencerá.
No había tal cosa en los libros, pero Telesforo estaba seguro de que Tramontana había de responder, como respondió:
—Me basta lo que me dices —y luego, asombrado—. Verdaderamente, eres un lince.
Otra cosa que á don Medardo le metía doloroso terror en los huesos era el tráfico de valores que Telesforo hacía en Bolsa. El viejo tenía el concepto arcaico de que la riqueza es algo sólido y permanente: monedas, casas, tierras. La idea de la permanencia era lo fundamental. Un capital se construía como un edificio, colocando piedra sobre piedra. Siempre se había reído de esas fortunas aéreas y fabulosas que surgen como por encanto, y como por encanto se disipan. El agio le causaba pavor; era, á las fortunas verdad, lo que el rayo á las casas, que en un punto las reduce á escombros. Pero á todo acudía el despierto Hurtado, envolviendo al suegro en tan enmarañados argumentos y deslumbrándolo con hechos tan flagrantes, que al cabo de un año el hombre estaba convencido de que Hurtado era el más grande genio financiero que habían visto los siglos.
Y así, como en cierta velada familiar la tía Anastasia, componiendo una sonrisa ácida que había inventado la primera vez que vió á Telesforo, hubiera tenido el cinismo de insinuar traidoramente que Hurtado le daba mala espina, don Medardo quiso abatir su osadía arrojando á la faz de su tía materna este apóstrofe crítico: Anastasia ¡tienes la mollera herpéticamente cerrada á canto y lodo! La tía Anastasia, aunque humilde, fué contumaz y añadió que Hurtado sería un querubín descendido del empíreo, pero que á ella, sin poderlo remediar, le daba muy mala espina; y manifestó la sonrisa ácida. Anastasia —repitió don Medardo, indicando que daba por cerrado el ciclo de las controversias—, tienes la mollera herpéticamente cerrada con mampostería. Y de esta suerte Telesforo quedó ungido inviolable en el hogar del piso primero de la casa. Él y Leonor vivían en el segundo. Leonor era feliz, adoraba á su marido, el cual le había fecundado las entrañas poniéndola á parir un fruto de bendición, una aceitunilla con todos los caracteres étnicos de los calmucos, un genio endiablado y una noción tan rudimentaria de la regularidad en las eliminaciones digestivas que no había pañales para él. Con todo, la familia Tramontana lo reputaba como dechado y arquetipo de la belleza infantil, veían no se qué gracia exquisita en sus berrinches, un desparpajo encantador en su afán de vaciar las tripas en todo momento, y una lumbre inquietante de precocidad en su estulta expresión de calmuco. Hasta la tía Anastasia, á pesar de la mala espina que le daba el padre, sentía por el talento del hijo admiración sin límite.
—Este rapacín mete miedo —no quería decir que la fealdad del chico espantase, como era la verdad, sino que su inteligencia amenazaba no dejarle vivir, expresando á su modo la frase de Menandro: los elegidos de los dioses mueren jóvenes. Añadía la vieja—. ¡Si él pudiera hablar...!
Cosa que verosímilmente no acontecería nunca, porque los micos carecen de la facultad del lenguaje.
La noticia de las aventuras galantes de Telesforo llegaron hasta el hogar Tramontana y poco después treparon con insidia hasta el piso segundo. En el hogar Tramontana se le juzgó con bastante lenidad; hallaban disculpas á sus extravíos amorosos en su juventud, en el hecho de encontrarse Leonor amamantando al pequeño Telín, y según autorizada opinión de don Medardo que sorprendió mucho á su cónyuge, en cierta incontinencia ó ideal de perpetuación que va siempre poderosamente adscripta al sexo masculino. Todo esto lo decía don Medardo con muchos circunloquios, y, por supuesto, no estando Fina presente. Pero doña Dolores en cuanto entendió lo que su esposo quería decir, revolvió unos cuantos años en su memoria, y sacó en consecuencia que don Medardo había emitido una afirmación falaz. Á pesar suyo y con nostalgia muy retrospectiva, como el que dijese: si yo hubiera tratado á Sardanápalo, murmuró:
—No digas, Medardo.
También don Medardo entendió. Sintiéndose herido en el centro más delicado de su personalidad viril, contestó con dignidad:
—El hombre es flaco —como demostración puso una pierna sobre la otra haciendo sonar los huesos—. Yo hombre, al fin y al cabo, hombre como cualquiera, cuando era joven y estaba sano fuí víctima, como ahora lo es Telesforo, de esa ligera enfermedad, ó si se quiere incontinencia y aun furor. Pero unos lo hacen de solteros y otros de casados.
—Y otros de solteros y de casados —agregó la tía Anastasia.
—Anastasia —expostuló don Medardo—. Hay que ser tolerante con la flaqueza de la carne. Tú no sabes de eso.
En el piso segundo las noticias produjeron diferentes efectos. El Mercurio portador de las infaustas nuevas fué un mensajero femenino, la peinadora de Leonor. En tanto quitaba los bigudís á la señorita, esponjaba su cabellera y le añadía como aditamento un moño enorme perteneciente á un cadáver anónimo, iba la proterva mujer depositando arteramente en el corazón de Leonor la ponzoña de sus revelaciones. Al llegar al punto culminante, la infeliz casada expelió un grito ahogado, que hizo pensar á la peinadora si le habría dado distraídamente un tirón en una mecha de pelos del occipucio. No; el dolor era más hondo. La peinadora dió por terminado su menester aquel día y dejó á Leonor abandonada al infortunio, caída en actitud desolada sobre un diván y de manera que el artificioso tocado no sufriera detrimento. Al volver Telesforo á casa hubo una escena de dramática intensidad. La esposa mártir se colocó en situación cristiana de sojuzgamiento y resignada aceptación de los designios de la Providencia. Nada de reproches, ni dicterios, ni cóleras. Pero confesó el presentimiento que tenía de que se le retirase la leche, con lo cual el calmuco de cría había de verse obligado de allí en adelante á ingerir alimento mercenario y quizás adulterado. Telesforo acudió con toda ternura á desmentir las noticias, y dijo que sería horrible que se cumpliesen tan sombríos vaticinios, respecto á la escasez de lacticinios. Confesó muy avergonzado y de modo que inspiraba compasión, que era cierto que algunas veces se había presentado en público con mujeres, y mujeres hermosas. Pero, añadía justificándose, siempre había sido obligado de las circunstancias, cuándo por tratarse de negocios, cuándo porque ellas materialmente le perseguían, aunque sin haber logrado —su palabra de caballero— que hasta entonces él hubiera cometido una infidelidad conyugal. El pecho de Leonor vióse nuevamente asistido del torrente lácteo, á sus ojos acudieron lágrimas sedantes y á sus labios sonrisas angélicas. ¡Era tan natural que todas las mujeres ambicionasen á su Telesforo, á causa de su expresiva cara tártara y de la riqueza en glándulas sebáceas de su epidermis! Á partir de este punto ya podían irle con cuentos á Leonor. Ella sonreía misteriosamente; estaba en el secreto. Su padre le decía algunas veces.
—No hagas caso nunca, hija mía, de lenguas vituperinas.
—Á buena parte vas, papá.
Como Hurtado era muy meloso y simulador en sus relaciones domésticas, Leonor vivía confiada en él, segura de aquel tesoro que todas le envidiaban. Y estando así, Telesforo tomó la ruta de Ultramar sin dejar una palabra de despedida para su mujer ni para el pequeño calmuco.
VII
La evasión de Hurtado fué conocida en el hogar de don Medardo á la media hora de recibir el tenedor de libros la carta fatídica. Nadie se consideraba con bastante valor para poner en conocimiento del viejo Tramontana lo ocurrido, pero, casualmente en los primeros momentos de turbación llegó, al despacho de la banca, Carriles, el corredor de comercio, hombre desenvuelto é imperturbable que se pintaba como él solo para estos lances. Era, sin duda, entusiasta observador del corazón humano y se gozaba en ver la cara que ponían las gentes al oir aquello que más les perjudicaba. Tenía una mirada tan fría, que cuando miraba á una persona le convertía la sangre en un sorbete de fresa. Prestóse al punto á ser el emisario, y tomó un coche, cuidando con mucho escrúpulo de que don Medardo saliera cuanto antes del error é ignorancia en que vivía sumido. Contaba con que había de desarrollarse una escena patética, pero su corazón impertérrito estaba determinado á afrontarla.
Don Medardo se calentaba al lado de una chimenea, aproximando los pies, en calcetines, á la lumbre.
Las zapatillas, de terciopelo negro bordadas de miosotis, obra de la industria filial de Leonor, yacían junto á la butaca.
—Siéntese usted, Carriles, y veamos qué le trae por esta su casa. Usted me consentirá que siga sin zapatillas. Estos pies no se me calientan nunca.
Carriles desarrolló un hábil exordio, lleno de incisos y de catastróficos presagios.
—Al grano, amigo Carriles.
Carriles pensó ¡allá vá!, y soltó no el grano sino la bomba, con los ojos pegados sobre la cara de don Medardo, cuya amarillez hepática desaparecía bajo la reflexión del fuego. Don Medardo no pestañeó, no abrió la boca ni movió un músculo. Continuaba con perfecta ecuanimidad rehogando el pie izquierdo, particularmente refractario á las ondas calóricas. Carriles se veía defraudado. Añadió en tono cavernoso:
—¡Una gran catástrofe!
—¿Eso es todo, amigo Carriles?
Carriles compuso un gesto y un ademán desolados, como dando á entender: ¿le parece á usted poco? Se despidió. Don Medardo se excusó de salir á la puerta, alegando la frigidez de sus extremidades abdominales, y el observador entusiasta del corazón humano salió de la casa pensando que don Medardo no tenía corazón. En estando á solas, el viejo llamó á su mujer. Quería consultar con ella la forma más dulce y cauta de enterar á Leonor. Era lo único que preocupaba á don Medardo. Allá en el fondo, muy en el fondo de su alma sencilla, sentía algo así como satisfacción orgullosa, una especie de vanidad intelectual; su sistema financiero no era una antigualla, bien decía él. En realidad, le costaba trabajo creer que Telesforo hubiera huído criminalmente, después de haber robado. Pensaba que se había arruinado de buena fe y que la vergüenza le había obligado á escapar. Ni él ni doña Dolores se acordaron para nada de los cien mil duros cercenados al patrimonio familiar. Inquietábales tan sólo el dolor que del suceso había de recibir Leonor y las consecuencias que pudiera traer á su salud y á la del pequeño calmuco. Platicando, llegaron á convenir en que Fina era la indicada para preparar y revelar á su hermana la triste verdad. Requirieron á la niña, la cual acudió acompañada de tita Anastasia. Don Medardo contó todo lo que sabía, en breves palabras. Tita Anastasia sintió también, en aquella coyuntura, lo primero de todo, satisfacción intelectual, pero en proporción centuplicada á la de su sobrino, y la inutilidad subsiguiente de aquella sonrisa ácida de su particular invención. Elevó las manos al cielo y murmuró:
—¿No decía yo que me daba mala, muy mala espina? —parecía un grito de triunfo. Su rostro mostraba tal contento, que don Medardo dijo pasmado:
—Cualquiera creería que te alegras, Anastasia.
—Tienes razón, Medardo. ¡Dios me perdone! —suspiró, arrepentida y abochornada de haberse dejado arrastrar por aquel movimiento espontáneo, del mismo linaje que el que hace prorrumpir á los espectadores de galería en un gruñido de emoción viendo descubiertas las perfidias del traidor de un melodrama—. ¿Cómo me he de alegrar? La pobre Leonor... ¡Dios me perdone!
—¡Dios nos perdone! —alentó, con tenue bisbiseo Fina. Porque, á pesar de todo, estaba contenta con la desgracia, y adivinaba en ella el germen activo de próximas venturas. Alberto volvería á Pilares á emprender nueva vida.
Fina subió á cumplir su ingrata misión. En aquellos instantes, la madre bañaba al calmuco, el cual había llegado á tal punto de cólera, que de verde aceituna se había puesto de color berenjena, y no se daba reposo á berrear, patalear y expresar á su modo rabia y odio felinos al agua y á las artes cosméticas. Lo enjutaron, lo fajaron, lo aplacaron y vieron que el calmuco retornaba á su verdor nativo y se acogía, siempre con gesto enfurruñado, á los asilos del sueño.
Fina procedió con tan buen tino y serena dulzura, que cuando concluyó de hablar, Leonor permanecía sin inmutarse, recogida en sus pensamientos. Á poco comenzó á derramar abundantes lágrimas tranquilas. Fina la abrazaba y acariciaba en silencio. Al cabo de un tiempo, Leonor se serenaba. Había adquirido noción cabal de lo ocurrido y había formado su génesis y explicación conforme á las ilusiones de su alma. Telesforo la amaba siempre, y esta era la causa de que, habiendo ido á mal en sus negocios, huyera sin atreverse á confesarla sus tormentos, quizás su desesperación.
—¿No crees tú, Josefina?
Josefina veía lo absurdo de tales suposiciones; pero, respondía que sí.
—Telesforo siempre fué un niño. Los últimos tiempos andaba muy preocupado y me dijo, muy en secreto, que era por los negocios. ¡Ay, mi Teles! ¿Por qué no habrá acudido á papá? Le hubiera ayudado de seguro, ¿verdad? Lo que sufrirá, pensando en mí y en su pequeñín, en su nenín, que le tenía loco.
Leonor se levantó á besar al pequeño calmuco.
—Tranquilízate, Leonor. Lo vas á despertar.
Leonor volvió á sentarse en una butaca baja. Apoyó los codos en las rodillas y la cara en las manos. Cuando irguió la cabeza, sus ojos lucían radiosos.
—Fina, te aseguro que en muy poco tiempo Teles hará fortuna en América, volverá y resolverá todas las cosas. ¡Niño mío, bobo, que sufres por tu Leonor sin atreverte á escribirla! Pero verás, Fina, cómo no pasan muchos días sin que yo reciba carta de él. No podrá más. ¡Oh, aturdido, inocente; haber huído del consuelo y de la ayuda! No se lo voy á perdonar —quiso sonreir, pero rompió á llorar—. De todos modos, Fina, ¡soy muy desgraciada!
Luego, convirtió su memoria hacia el padre viejo.
—Dile, Fina, que no quiero que se entristezca ni preocupe. Yo soy la más interesada, y ya ves, estoy tranquila. Confío en Dios y en el mañana. No quiero que el pobre viejecito sufra por mi causa. Yo misma bajaría, pero me parece demasiado pronto. Cuando nos veamos, yo prometo estar serena; ya verás. Y á mamá también; que no llore. Estarán angustiados. Baja, baja, Fina.
VIII
Desde la estación de Cenciella al pueblo hay un kilómetro de distancia. De ordinario, los viajeros suelen hacer el camino siguiendo la vía férrea carbonera, que cruza en la misma estación con la línea de viajeros y pasa contigua al caserío; es una avenida lóbrega, tapizada de carbonilla y enhebrada entre dos muros de centenarios álamos negros. Alberto prefirió echarse á campo traviesa, por prados, bosquetes y hazas de tierra roja. Era el posmeridio de un día asoleado y dulce.
Así como cuando la finca fué suya acostumbraba penetrar en ella furtivamente por la casa del casero, ahora quiso hacerlo por la puerta grande, que de par en par estaba abierta. Gozábase imponiendo con esto un nuevo linaje de dominio, de imperio sentimental. Aquella casa siempre sería suya, únicamente suya, que él sólo poseía la virtud de evocar su latente vida añeja y descifrar su expresión de poética ternura.
Detúvose en la plazoleta que se hace delante de la fachada. El edificio parecía recibirle asombrado de verle volver, con los ojos de los balcones muy enarcados, y la boca del portón como alelada. Los rosales del tapial temblaron de emoción.
Alberto atravesó corriendo la portalada, subió los escalones de tres en tres, gritando:
—¡Manolo! ¡Manolo!
En la meseta alta de la escalera aparecieron por diferentes puertas Teresuca y Manolo, en mangas de camisa y con una chaqueta en la mano. Esta circunstancia determinó que Alberto ensamblara naturalmente la vida del momento con la pretérita. Diríase que Manolo había sido sorprendido en el punto de cepillar la ropa del señorito.
—¡El señorito!... —exclamó Teresuca espontáneamente.
—¡Don Alberto!... —añadió Manolo como si rectificara y la recriminase.
Alberto abrazó á Manolo con mucha efusión y afecto. Dábale á entender que se enorgullecía de su prosperidad y en ascenderle desde ayuda de cámara á amigo, en la consideración. Volvióse en seguida á sacudir cordialmente la mano de Teresuca.
—¿Cómo estás, Teresuca?
—No sabía que se tuteaban ustedes —observó con seca malignidad Manolo, vistiéndose la chaqueta. Prosiguió—. Ya nos hemos enterado de la desgracia. ¿Quiere usted pasar?
Alberto se ruborizó. Después de unos minutos de vacilación creyó expresar y aclarar sus sensaciones, diciendo á Teresuca:
—¿Es celoso Manolo?
—Qué ha de ser celoso...
Por el tono de la respuesta, Alberto coligió que una aridez desolada se interponía entre los dos esposos. Triste y cohibido, echó á andar hacia el interior de la casa. Manolo le atajó el paso:
—Por ahí, no; es mi despacho. Pase usted á la sala. Siéntese usted. ¿Quiere usted tomar algo?
—Gracias. No tengo gana de nada.
—Y ¿adónde iba usted?
—No iba, Manolo, sino que venía á mi casa... No pongas ese gesto; á tu casa, si quieres. Venía á pasar una temporada en vuestra compañía, en tanto determino qué camino tomar. No hables, no —Manolo bajó los ojos—. Si sé lo que vas á decirme... ¡Nunca pude imaginar tanta ingratitud!
—No me hable de ingratitud, que no viene al caso.
—Ingratitud te digo. Eres un hombre despreciable —recalcó Alberto, en pie, exaltándose.
—Teresa, hazme el favor de irte de aquí con viento fresco.
Teresa salió, con lentitud de desafío, volviéndose de vez en vez á mirar, afable, á Alberto.
—Supongo que no vendrá usted al sagrado de mi hogar á lanzarme injurias en el rostro —Alberto no sabía si reirse de la grandilocuencia idiota de su criado, ó escupirle y dejarlo á solas. Continuó—. Todo en el mundo se rige por la ley de la oferta y la demanda; toma y daca, do ut des, como dice el Evangelio: quiero decir que esto es el Evangelio. Si yo...
Alberto tuvo una idea súbita. Decía Manolo:
—Si yo fuí algún día criado y supe elevarme á la cúspide de la escala social como Rousseau; si desde el piélago humilde de la escasez navegué hasta la tierra, no diré que de la abundancia, pero sí del modesto bienestar que creo que otros le dicen parsimonia; si de los libros que usted despreciaba supe construir coturnos para mi alma; en suma, si de crisálida me convertí en mariposa que surca los espacios, nada tiene que ver eso con la gratitud. Nada le debo á usted...
Aquí Alberto se precipitó á cortarle el chorro.
—Me debes nueve mil y quinientas pesetas; eso sin contar intereses.
Manolo vaciló un momento.
—Si usted suprimiera el tuteo, que corresponde á un período infausto de mi vida, nos entenderíamos mejor.
—Me debes nueve mil y quinientas pesetas, las cuales me devolverás dentro del plazo de un día, si no quieres que apele á la vía judicial.
—Esa suma que usted menciona tuve la satisfacción de satisfacerla en la casa de banca de don Telesforo Hurtado, de execrable memoria, precisamente poco después de habérmela prestado usted. Ítem más, con sus intereses.
Alberto leía la falsedad en los ojos de Manolo.
—¡Mientes! ¿Dónde está el recibo que lo acredite?
Manolo titubeaba. Recobróse y devolvió la pregunta con insolencia.
—Y ¿dónde está el recibo que acredite haberlas yo recibido de sus manos?
—¡Ah! —gritó Alberto triunfalmente—. Al menos tienes el valor de confesar tu canallería...
—No confieso tal.
—Sí, hombre, sí. ¿Que yo no te exigí recibo al prestártelas? Haces bien en no devolverlas. Justa sanción á mi candidez por haber fiado en tu tontería que no en tu honradez. Porque tonto siempre lo has sido á no poder más; y me asombro de ver que en esto has ganado en quinto y tercio.
Este severísimo juicio acerca de su vigor mental desconcertó á Manolo. Resolvió dar fin á la plática.
—Al fin de cuentas es agua pasada. Yo tengo que irme ahora mismo á Sotiello, á casa de mi amigo el señor marqués de Espinilla... Con que...
—Mira, hijo —concluyó Alberto, calándose el sombrero—. Te he llamado canalla varias veces: pero no es el calificativo adecuado. Helo aquí: ¡Ma... ma... rra... cho!
Desde el umbral de la puerta aun vomitó por dos ó tres veces la palabra: mamarracho.
IX
Alberto estaba en la taberna de Librada, bebiendo sidra, y escuchando á la dueña condolerse de la desgracia del señorito, maldecir la petulancia y rapacidad de Manolo, alias Taragañón, recordar la memoria de su antigua amiga Rufa, muerta á poco de venderse la casona, y poner en duda la sapiencia y providencia del Supremo Hacedor, repitiendo á cada paso: esti mundo non tien atadero, don Albertín. Faltaba una hora para el tren de Pilares.
En la puerta del tabernucho apareció una lugareña; sus mejillas de una rubicundez impropia de la epidermis humana, y el pelo negro rezumante, como la hulla, de manera que el rostro parecía un fragmento del cabello, en ignición.
—Es Pepona, la Arrecachada —explicó Librada.
La lugareña se encaró con Alberto y le hizo muecas extravagantes, como si se burlase de él.
—¿Está loca? —preguntó á Librada—. No es de mi tiempo, porque yo no la recuerdo.
—Es la criada de Taragañón.
La lugareña continuaba haciendo muecas, retorciéndose. Agitaba la cabeza con tanto denuedo que la brasa del rostro amenazaba propagarse al resto de la hulla.
—¿Qué diaños te ocurre, Arrecachada? —preguntó ásperamente Librada.
—Nada m’ocurre. ¿Ye que no puedo mirar endientro de la taberna? —poseía un bárbaro vozarrón masculino.
—Pero non ofender á los perroquianos.
—Ye que miraba á aquel señoritu. ¿Non ye un que vino de Mingalaterra, fai pocos días, y que yera amo de la casona?
—¿Qué te importa á ti, muyer?
—Quisiera preguntai por un hermano que tengo allí.
—Difícil es que yo sepa nada. Entre usted.
—¡Líbreme Dios! Buena la tenía luego con el señorito... ¿Quier usté salir p’acá?
—Non la faga caso, señorito. ¡Qué descaradona! —Librada se santiguó.
Alberto se acercó á la Arrecachada, la cual, tomándole aparte y sigilosamente le comunicó que su señorita tenía cosas muy importantes que decirle; que en oscureciendo se fuera de aquella parte, como al descuido, y que penetrase por lo alto de la huerta que ella, la Arrecachada, estaría allí.
Alberto se alejó de la taberna de Librada, con ánimo de distraer sus pensamientos paseando hasta la hora de la cita. Descendió por la calle del Doctor Otero. Al final de ella, que son los confines del pueblo, se eleva la iglesia parroquial, vuelto el ábside de la parte de Cenciella y la espadaña del frente mirando al campo, por encima de un viejo bosque de castaños. Por el costado derecho de la nave, corre un atrio de columnas graníticas; adosado al otro muro, está el cementerio.
Sentóse Alberto en el atrio y estuvo allí en silencio media hora. La calle, la iglesia, el bosque estaban solitarios. Oíase un ruido como de azada abriendo la tierra.
Levantóse y dió la vuelta en torno de la iglesia. El cementerio tenía la puerta abierta. Penetró. Un hombre aliñaba un cuadro de hortalizas. Encorvado como estaba miró al recién llegado y siguió trabajando. En un ángulo vió Alberto el panteón de la familia Díaz de Guzmán; nunca hasta entonces lo había visto. Una frase se formuló en su frente: esto me queda. La humedad del atardecer y lo sombrío del paraje le hicieron temblar. Preguntó al de las hortalizas:
—Buen hombre ¿sabe usted de sepulturas?
El hombre se puso en pie, arreglándose á puñadas los riñones.
—Que si sé de sepolturas... —enseñó sus dientes amarillos—. Como que soy sepolturero.
—¿Sabe usted dónde está enterrada una tal Rufa?
—¿Rufa qué? Verá usted, hay... —elevando los ojos al cielo— Rufa, la del Carmín; de aquella parte está. Rufa, la de Nolo; allí. Rufa, la Pendona ¡Dios la haya perdonao! ¡Les veces que anduvo metiendo la boroña n’el forno, pe los maizales...! Allí. La penúltima ama de don Pedruco, el coadjutor, tamién se llamaba Rufa. ¡Dios los perdone! Allí. Y entavía...
—Ninguna de esas es. Era la criada en la casona.
—¡Ah! Allí está.
Alberto siguió la dirección que con el dedo le señalaba el sepulturero.
—Ahí, ahí mismo.
—Es que... —balbució Alberto— aquí no hay nada.
El sepulturero enseñó otra vez sus dientes amarillos.
—Escarbe y verá si hay podre, que federá que de gusto. ¿No hay una piedra con el número 114?
—Sí, señor.
—La misma.
Alberto se arrodilló sobre la hierba, enmarañada, verdiagria, jugosa. Dos palmos delante de él crecía un cardo, florecido de amarillo oro. Sentóse sobre los talones, cruzó los brazos y dióse á cavilar. Su madre, muerta al nacer él, estaba allí, en el musgoso panteón de traza corintia; allí su padre, á quien nunca había amado, ni de él había recibido sino crueldad y desdenes. Retrotraíase á la tenebrosidad de la infancia, guiada tan sólo por dos caducas sombras familiares; la vieja Teodora y la vieja Rufa, de la casona, á quien ahora reveía con sus añejos atavíos, el abanico verde, con un gato, y el libro de misa, apercibida á presenciar los títeres; y también de tarde en tarde la sombra furtiva y amorosa de su tío Alberto, mortalmente enemistado con su padre. Aquella su ternura enfermiza por los seres y las cosas, aquel inquirir sin plan y con fiebre, aquel soñar sin asidero y aquel flotar de toda su vida ¿qué otra cosa era sino ausencia de niñez? Nunca había sido niño. Faltábale la tradición; tronco y raíces que agarrasen en tierra firme; todo él era ramazón, hojarasca, garrulería y esterilidad. Desfallecía. Hubiera querido tener á Rufa á su lado, y reclinando la cabeza en el muelle y haldudo regazo dormirse, como en el antaño remoto. De pronto, como bajo un influjo misterioso, de su propia flaqueza se levantó arrogante y decidido. En los treinta y dos años estaba, y estaba por obra de la adversidad, con las manos vacías é inactivas. Hasta entonces, había soñado; era hora de hacer, de hacer muy deprisa, que iba con retraso por el mundo. ¿Hacer qué? Cualquiera cosa ¿qué importa? Hacer, hacer... «Hay que apresurarse», murmuró en voz alta. En torno suyo yacía la eternidad de donde había nacido. La otra eternidad, á donde había de volver se anunciaba como una aurora negra. ¿Había de ir de una á otra sin rastro y sin ruido como una nube en la noche?
—¡Eh, señor! —gritó el sepulturero—. Que voy á cerrar.
En la puerta Alberto preguntó al hombre de los dientes amarillos:
—¿Tiene usted miedo á la muerte?
—Si tuviera miedo no sería sepolturero.
—No digo á los muertos, sino á la muerte; al más allá.
—No sé lo que es eso.
—Después de morir.
—¡Ah! Después de morir... ya ve usted —mostrando los dientes y señalando las hortalizas— se dan muy buenas berzas.
Tañeron el ángelus las campanas. Anochecía. Alberto dió una propina al sepulturero y se encaminó á la casona. La Arrecachada le aguardaba en la casa del casero y le condujo hasta el gabinete en donde estaba Teresuca, la cual se levantó á recibirle, muy agitada.
—¡Qué asqueroso de hombre! —se refería á su marido—. Lo he oído todo desde detrás de la puerta. ¡Qué asqueroso! No le digo que le perdone porque maldito lo que lo deseo. Al contrario; hágale cuanto mal pueda. —Sus ojos revelaban crueldad insaciable. Viéndolos, Alberto se sintió sobrecogido.
—¿Tanto mal le ha hecho á usted, Teresa? —su pregunta tenía aire de reproche.
Los ojos de Teresuca se melificaron instantáneamente. De grises, se trocaron en ambarinos.
—¿Por qué no me tutea usted como antes?
—Después de lo ocurrido con Manolo, no podría aunque quisiera.
—Sí, sí —rogó Teresuca, ladeando la cabeza.
Alberto calló. Teresuca se puso seria.
—Aquel niño ¿es de ustedes?, claro —se levantó á mirarlo de cerca. Dormía sobre un sofá, con los puños cerrados. Lo besó.
—Siéntese, don Alberto. Tenemos que hablar.
Alberto obedeció.
—Á eso vengo.
—Yo no quiero ser cómplice de una infamia. Lo que le dijo Manolo de las nueve mil pesetas, es mentira. No las pagó.
—Lo vi muy claro.
—Cuando tenía confianza conmigo me lo confesaba. Él creyó que nunca se acordaría usted de ellas.
—Nunca me hubiera acordado, á no hacerme falta.
—La carta que le dió usted á Manolo, ¡asqueroso!, para que se las entregaran, por la banca debe de andar, y saldrá con otros papeles. Con eso le basta á usted —Alberto escuchaba sin replicar. Continuó Teresuca—. Pero hay más. Los alquileres de la casa, desde que vivimos aquí, hasta que la compró él, están sin pagar. También me lo confesó él. Esos se los puede usted sacar desde luego. ¡Es un asqueroso! ¡Es un criminal! —en los ojos de Teresuca asomaba nuevamente un odio funesto y delirante—. Pues hay más. Los cinco años que fué su criado le robó, así, le robó; me lo confesó él, riéndose y diciendo que usted era... un babayu; le robó más de cinco mil duros —Alberto callaba—. Pues hay más. La casa no la compró con los muebles; en la escritura puede verse. ¡Cuidado que había plata...! Toda la vendió. Estos muebles son de usted. Cuando usted quiera puede levantarse con ellos...
Callaban los dos. Teresuca bebía con sus ojos los de Alberto.
—Teresa; todo eso que usted dice haría yo, si se me hubiera ocurrido á mí. Pero, habiéndolo oído de labios de la mujer del propio Manolo, no puedo hacer nada. Agradezco la honrada solicitud que usted me demuestra, pero, no haré nada.
En los ojos de Teresuca asomó un anuncio de desdén, algo á modo de dureza que se derritió en seguida en una mirada ardiente y seductora.
—¿Dónde se ha arrodillado usted, que trae el pantalón todo manchado de verdín? Voy á limpiárselo.
Con agilidad ondulante saltó á los pies de Alberto, y allí quedó agazapada, pasándole las manos por las rodillas y elevando hacia él los ojos, mimosa y elocuentemente.
—Levántese, hágame el favor, Teresa —habló Alberto, con voz opaca y repeliendo discretamente á la mujer. La torpe perfidia de Teresuca le inspiraba tumultuosos sentimientos de aversión y repugnancia. Temía ser violento, brutal con ella.
—¡Cómo lo aborrezco! —bisbiseó Teresuca, con la cabeza baja, reclinándose sobre las piernas de Alberto—. ¡Asqueroso! Liado con esa viuda marrana de la casa vecina... ¡Asqueroso, sinvergüenza! ¿Lo querrá usted creer? —escorzó el cuerpo y apoyó los brazos sobre los muslos de Alberto, levantando el rostro hacia él—. Pues voy á decirle lo último. Es un cabrito, sí, un cabrito. Cuando se casó conmigo sabía que yo había hecho hombres, pero como era por dinero, hasta casi me animaba. ¡Ah! Si en lugar de vivir en Cenciella estamos ahora en Pilares... ya le diría yo...
Teresuca, con ductilidad serpentina, iba enroscándose y ciñéndose á los miembros del joven. Sus ojos brillaban, lubrificados de fascinación ponzoñosa. Sacó la lengüecilla y se relamió, humedeciendo los encendidos labios. Era toda astucia y crueldad.
Había una cosa entre los dos que Alberto quería olvidar, imaginando que ella lo había olvidado, á causa de la frecuencia de sus deshonestidades mercenarias. Alberto había poseído á Teresuca hacía algunos años.
Teresuca se incorporó, entretejió los dedos de entrambas manos detrás de la nuca de Alberto, y dejóse colgar sobre su pecho, simuladamente desvanecida y suplicante. Con soplo apenas audible suspiró:
—¿Te acuerdas? —y luego, anticipándose una fruición maligna—. Hoy voy á gozar por primera vez.
Dos sacudidas de Alberto, y Teresuca hubiera dado en tierra, á no buscar soporte instintivo en el brazo izquierdo. Estando así, con ojos dilatados de asombro é iracundia, Alberto levantó la mano sobre ella y la abofeteó. Luego salió huyendo. Por las escaleras oyó llantear al niño y la voz quebrada de la madre que bramaba á lo sordo:
—Me las has de pagar, cochino, hijo de perra.
X
El horror y vergüenza de haber abofeteado á Teresuca se hundieron muy pronto en el olvido, empujados por las graves preocupaciones que acaparaban el espíritu de Alberto. Durante unos días le retiñía de continuo dentro del cráneo la voz de las campanas que había oído estando en el cementerio de Cenciella; un sonido grave, magistral, emotivo que se propagaba por los ámbitos del cielo sin extinguirse nunca, y luego un golpe agudo, atiplado, efímero, agrio, que fenecía al punto, absorbido por el temblor perdurable de la primera campana. La campana grande parecía cantar, ars longa; la otra apenas si concluía á sugerir, vita brevis. Era lo mismo que Alberto se había dicho espontáneamente: hay que hacer, hay que apresurarse.
Encerrado en la habitación de la fonda, se pasaba los días melancólicamente, con las manos tendidas hacia lo porvenir y sin saber con qué llenarlas. Se propuso examinar en frío su capacidad social: ¿para qué sirvo yo? Respondíase: no sirves para nada. Entonces se miraba al espejo, lleno de compasión hacia sí mismo. Y le decía la conciencia: no sirves para nada, porque estás podrido de molicie, porque el solitario deleite de soñar y pensar como por juego te ha corroído hasta los huesos, porque en tu pereza miserable crees que la vida no vale nada en sí, sino en sus ornamentos. Maquinalmente murmuraba en voz alta:
—Y es verdad; no vale nada en sí, sino en sus ornamentos.
Pensaba en todas las vidas oscuras y sórdidas, huérfanas de goces físicos y de placeres intelectuales; en las existencias de inopia, en los seres que habitan casas oscuras, feas ó miserables, rodeados de objetos feos, sucios ó miserables, y en las frentes abatidas por cavilaciones feas, pobres ó miserables. Y articulaba de nuevo con los labios, sangrando así la congestión de sus pensamientos: Nunca. Antes la muerte.
Sentábase en una butaca y continuaba hilando soliloquios mentales. Se veía como un sér correspondiente á futuras y más perfectas civilizaciones, cuando todos los hombres tuvieran aquella facultad de destilar el mundo en conceptos é imágenes, y aquella aguda y bien templada sensibilidad que hacía eco á la más leve palpitación del Universo, determinando necesidades ineludibles.
Por no flaquear, como á un seguro se acogía al orgullo, esforzándose en convencerse de que por comprender más y sentir mejor que la mayoría de sus semejantes, esto es, por ser superior, tenía derecho á exigir la satisfacción de sus necesidades en la equivalente medida en que él la había cultivado, y en pago devolvería á la sociedad obras serenas y sazonadas según sus particulares aptitudes. Sobre esta base, atraído por el incentivo de poner ideas en reata, se metía por lo venidero, y construía una sociedad futura, poniendo á contribución la mayor parte de las teorías socialistas. En aquel momento, por extraña comezón paradójica, hubiera querido hallarse en posesión de su desvanecida fortuna, solamente por dedicarse á la política y hacer propaganda socialista, á su modo. Recordó un consejo de Jiménez: Hágase usted político. En esta tierra no medran más que los políticos. Jiménez entendía, con esto, afiliarse á uno de los partidos turnantes; pero, precisamente una de las necesidades del espíritu de Guzmán, la cual había sido alimentada con particular empeño y satisfecha en toda ocasión, era la sinceridad para consigo mismo como para con los demás, porque Alberto no ignoraba que hay almas meridionales y sofísticas que, movidas quizás del egoísmo, pasando de un partido radical á uno conservador, se determinan en justificarse á sí propias y concluyen por convencerse de que han obrado de buena fe y acertadamente.
Pasaron dos semanas. Alberto se encontraba sin dinero y con una deuda de quince libras esterlinas á Roberto Mackenzie. Á pesar de la fórmula hay que apresurarse que se había impuesto como norma de conducta, no lograba romper la red de cogitaciones y musarañas que le envolvía, antes al contrario, parecía entretenerse en complicarla.
Llegó á tener miedo. Le asaltaban sombríos presentimientos. Si ahora me pusiera enfermo me llevarían al hospital; pensó un momento. Á continuación se arrepentía de su flaqueza y pusilanimidad, considerando que de haberse puesto enfermo en Inglaterra también le hubieran llevado á un hospital. Aun cuando pretendía evitarlo, se acordaba de Fina, y como á veces sentía terrores, sin saber por qué, terminaba amparándose en el amor de Fina y suscitando ilusiones en torno de él.
Una mañana se levantó dispuesto á apresurarse. Por lo pronto había que buscar dinero. Se encaminó á casa de Castillo, el abogado, hombre muy puntilloso en achaques de moralidad. Le refirió aquello que de su escena con Teresuca podía referirse, y preguntó al fin:
—¿Usted qué haría con ese dinero?
—Querido Guzmán: esos son escrúpulos del Padre Gargajo. ¿Qué iba á hacer? Lo mismo que voy á hacer en nombre de usted; exigírselo á ese pillo, y si se negase sentarle las costuras. Pues hombre, ¡bueno fuera!
—Pero ¿de veras no cree usted feo de mi parte aprovecharme de las manifestaciones de aquella mujer, inspiradas en sentimientos tan bajos?
—Vaya, vaya. ¿Le voy yo á aconsejar algo que no juzgue absolutamente correcto y puro? Además cobrará usted la renta de la casa y muebles y plata, según tasación aproximada. Si es claro como la luz. Unas veinte mil pesetas calculo.
—Quizá no tanto...
Alberto salió muy animado de casa de Castillo. Aquella noche escribió á Mackenzie.
«Querido Bob: muy pronto le podré pagar las quince libras que usted tuvo la amabilidad de prestarme.
Quiero saber por qué me ha dicho usted tantas veces que debía escribir. Su opinión de hombre muy vivido y muy culto me interesa más que la de un literato profesional. Le ruego que me exponga concretamente los sentimientos y razones que le inspiraban tan reiterado consejo.
Todo mi afecto á Nancy, Ben y Meg.
Le abrazo,
Guzmán.»
XI
—¡Del mal el menos!
El proverbio fué formulado por el labio doctoral de Mármol. Tenía en aquel momento algo de sacerdote antiguo, con la túnica de seda amarilla y talar amplitud, que no era sino un guardapolvo y la tiara, ó dígase rotunda gorra inglesa, sobre la cual las gafas de automovilista destacaban como las masas oculares en la frente de un batracio.
—Quince mil pesetas... —murmuró Alberto—. Tres años de vida modesta y á trabajar. ¿De qué se ríe usted?
—De la modestia —y luego sentenciosamente—. Antes de ese plazo será usted rico... y feliz.
—Casándome, ¿verdad?
Mármol inclinó la cabeza de manera que Alberto no sabía quiénes le miraban; si los ojos de rana de la gorra ó los vivos y entornadizos de Mármol.
—Y ahora; soy buen catador de personas, ¿sí ó no? Manolo siempre me pareció un pillete.
—Yo nunca lo hubiera creído.
—Es usted un infeliz. Tampoco cree usted que se va á casar muy pronto con...
—Sí, con quien sea. No hablemos de eso.
Mármol sonreía de un modo celado y malicioso.
—¿Qué le ocurre á usted hoy? Yo diría que interiormente está usted burlándose de mí.
—Un poco. Andando, que hay que aprovechar este sol rico y esta tarde buena.
—Andando.
En la portería le entregaron una postal á Alberto. La leyó, en arrancando á rodar el automóvil. Decía: «Me habló usted siempre de las cosas más extraordinarias con tanta naturalidad, que yo me veía obligado á aceptarlas como cosas naturales, y de las cosas naturales con tanta intensidad, que yo descubría en ellas nuevos sentidos. Me habló usted de los problemas más difíciles con tanta lógica y sencillez, que yo me admiraba de mí mismo y de ver tan claro, y de las ideas fáciles y habituales, de las opiniones admitidas con tanta agudeza y precisión, que yo me quedaba perplejo descubriendo que no eran tan claras como yo creía. Me parecía que usted había dado conciencia á mis ojos, á mis oídos, á mi corazón y á mi cerebro. Y ¿qué otra cosa es un escritor sino la conciencia de la humanidad? No sé explicarme mejor. Le abraza, Bob.» Alberto releyó estas líneas por tres veces. Se dijo interiormente: y sin embargo, yo no sé á qué atenerme en nada.
El automóvil subía por la carretera de la Virgen del Castaño. Pasó bordeando la tapia baja del campo de instrucción. Mármol lo detuvo. El campo es una gran sábana de pradería, colocada en el manso declive de una ladera. Sobre el verde cantante y afelpado, las filas de soldados subían y bajaban alisando la hierba como peines de rojas púas. Oíase el vasto golpe de voz con que acompasaban la marcha, á manera de vaivén de un gran péndulo. Las manchas claras de los niños, que en gran número se agolpaban á ver los soldados, eran como una floración y sus gritos como un perfume. El cielo estaba desnudo, el aire vibraba y la tierra ansiaba desgarrarse en un suspiro glorioso. Y entonces fué cuando las cornetas cantaron, sacudiendo el azul infinito con la enérgica y reprimida palpitación de sus cobres.
—Miraba á ver si están mis chicos por ahí —dijo Mármol, en pie sobre el asiento—. Cualquiera los ve.
Alberto no le escuchaba. Mármol descendió á sentarse y apoyó una mano en el hombro de su taciturno amigo.
—Escúchame, querido Guzmán. La tarde, más que para volar en automóvil, está para pasear á pie. Quiere que vayamos al monte cerrado, á tumbarnos al pie de los carbayos.
—Muy bien. Esta tarde es usted árbitro de mi vida.
—Ya lo sé —afirmó Mármol, con un tono enigmático que en otras circunstancias hubiera despertado la inquietud de Alberto.
Descendieron en la linde del monte cerrado, un espeso y centenario robledo. Mármol ordenó á su mecánico:
—Lleva el coche al chigre de Julia; allí iremos á buscarte.
Alberto buscó un rincón quieto y penumbroso; se tumbó en tierra. Mármol parecía escudriñar entre los troncos.
—Ha elegido usted mal sitio, Alberto. Levántese y venga conmigo.
Alberto obedeció dócilmente y siguió á Mármol, hasta que éste halló paraje á su gusto. Entonces, dijo:
—Aguárdeme aquí. Voy hasta el chigre y traeré algo que comer y beber.
Y se perdió en la espesura del bosque, con la túnica talar flotando á su espalda, como un druida. Alberto se dejaba arrastrar por un flujo de pensamientos inconexos y raudos. El taf taf del automóvil le hizo incorporarse. Á través de un claro del bosque lo vió pasar; Mármol lo conducía y un momento volvióse á decir adiós á Alberto con la mano.
—¡Mejor! —se dijo Alberto en voz alta. Y se tumbó de nuevo á pensar, á decidirse; ésta era la palabra que le escarbaba en la mente.
Absorto en sus meditaciones, púsose de rodillas sin saber lo que hacía. Un jilguero cantó sobre su cabeza. Iba á levantar los ojos hacia el pajarillo, cuando una mano suave le tomó la suya.
—¡Fina! Pensaba en ti.
—Ya lo sé.
—¡Bendito sea Dios! —sollozó la tía Anastasia.
XII
Don Medardo se encerró á solas con Fina. El viejo estaba sentado, con una manta de pelo de camello sobre las piernas. La muchacha en pie, frente al padre.
—Siéntate, Fina.
—Permíteme que esté en pie, papá.
—Como quieras —no sabía cómo comenzar—. Hace algunos días que pienso hablarte, desde que supimos la... bueno, la gandulería de Telesforo. Voy á hacerte una proposición, pero conste que no te obligo á nada. Á tu conciencia dejo lo que hayas de resolver. Yo aconsejo, fundándome en el amor de hermana á hermana; tú determinas —por la voz se le derritió una sombra y se le apretó la garganta. Carraspeó, remondándose el gañote—. Tú no te casarás nunca.
No se atrevió á mirar á su hija. Aguardaba, con los ojos bajos, una respuesta. Pero Fina no rompió el silencio.
—¿Es que piensas casarte? Porque entonces nada tengo que decir.
—Á eso no puedo responderte, papá.
Don Medardo levantó los ojos y exploró el rostro de Fina, y lo vió inmóvil, impenetrable en su finura extática y como modelado en cera.
—¿Es que al fin te decides por Andújar? Creí que ya se había cansado de pretenderte y que tú habías resuelto no casarte. Veo que me he equivocado y me alegro. Es un hombre formal y tiene una carrera muy higiénica.
Andújar era ingeniero de minas. En opinión de las niñas pilarenses era adorable, á causa de sus rasgos virginales, de sus ojos balsámicos y adormecidos, del rubí de sus labios, el rosicler de sus mejillas y el violeta cerúleo de las rasuradas mandíbulas; parecía una imagen de cartón piedra. Á don Medardo le hubiera gustado para yerno, sobre todo por lo higiénico de su carrera. Para don Medardo higiénico era sinónimo de aristócrata. Lo que primeramente le había inducido á semejante confusión fué el haber oído decir repetidas veces del marqués de Espinilla que era un hombre muy higiénico. Decíanlo, no sin ribetes de malicia, porque siendo septuagenario, conservábase, merced al régimen de vida, con alguna rozagancia y humor excelente para vestir á lo mequetrefe, cuellos hasta las orejas, pantalones remangados hasta la pantorrilla y corbatas pomposas que eran una verdadera dilapidación de las rayas del espectro solar. Don Medardo hubiera deseado preguntar á algún docto el valor exacto de la voz higiénico, pero temía que se burlasen de él. Durante unos cuantos meses anduvo con el oído alerta, estudiando en qué sentido empleaban la palabra, cuantas veces aparecía en la conversación. Se decía que era higiénico del montar á caballo, comer ciertos alimentos caros, pensar poco, vestir ropa de hilo, pasear á las horas de sol, que son las horas de oficina y holgar constantemente, todas ellas particularidades que convienen con la aristocracia. Y así don Medardo llegó á la convicción de que tanto montaba decir aristócrata como higiénico, si bien la segunda palabra le parecía más elegante y elevada.