PARTE PRIMERA
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LA NOCHE
L’homme n’est qu’un roseau, le plus faible de la nature; mais c’est un roseau pensant.
Mais quand l’univers l’écraserait, l’homme serait encore plus noble que ce qui le tue, parce qu’il sait qu’il meurt; et l’avantage que l’univers a sur lui, l’univers n’en sait rien.
Pascal.
I
Una tarde de principios de Septiembre de 1905. Declinaba el estío mansamente. El inflamado crepúsculo hacía presentir el otoño y su melancolía de fruto conseguido.
Pilares, la decrépita ciudad, centenario asilo de monotonía y silencio, yacía al sol poniente, más callada y absorta que nunca. De vez en vez, la voz medioeval é imperecedera de las campanas, sacudía, como errante escalofrío, la modorra de aquel pétreo organismo. La ciudad parecía respirar un vaho rojizo y grave; sobre el monte Otero que le sirve de respaldar y la ampara contra los vientos del Norte, sobre las praderías y bosques en que está engastada, los ocres y amarillos otoñales imponían su nobleza al verde gayo y frívolo de primavera.
La calle de Jovellanos es una vía amplia, burguesa, flamante, presuntuosa. Está fuera de mano, lindando con la campiña, de manera que el escaso tráfico de Pilares no llega hasta allí. No hay en ella tiendas ó comercios. El habitual silencio de la población se profundiza por aquella parte. La mayoría de los vecinos están ausentes, veraneando en los puertos de mar. Las casas, con sus portales y balcones cerrados, tienen cierta tristeza impertinente. Tan sólo dos casas, contiguas, dan señales de existencia animada, en la ringla de huecos de los pisos principales. Los de una están entreabiertos; los de la otra, abiertos de par en par al aire puro, como sedientos de él. Á veces, flamea una cortina de damasco amarillo. Promediando los balcones hay columnas, y en lo alto del fuste, palmeras artificiales. Hasta la calle desciende activo rumor de hacendosidad doméstica; traqueteo de sillas, rasgueo de escobas, y provocadoras risas jóvenes. Una muchacha, con el pelo en desorden, el rostro encendido, la chambra entreabierta y los brazos desnudos, se asoma al último balcón, muy próximo á otro, entreabierto, de la casa vecina. Se encarama sobre los hierros, hasta sobresalir del barandal de caderas arriba, é inclinándose precavidamente, curiosea un momento el balcón de al lado.
—Manolo, Manolo —murmura, en voz baja é insinuante.
Como nadie le respondiera, se retiró y volvió á salir, un sacudidor de alfombras en la mano, con el cual dió discretos golpecitos en el balcón vecino. En esto, oyóse otra voz femenina:
—No pierdas el tiempo, Teresuca. De seguro está por la parte de atrás, en la galería.
Teresuca, saltando vivamente, se introdujo en la casa. Á su paso, una columna con su palmera simulada, comenzó á oscilar enérgicamente, dudando si caer á tierra ó recobrar el equilibrio erecto; al fin se decidió por la perpendicularidad decorativa.
Conforme á la tradición de la arquitectura pilarense, todas las casas tienen á la espalda una gran galería de vidrios. La de aquellas dos casas, daban á un gran espacio abierto; primero los jardines respectivos; luego, huertas, el trazado de algunas calles futuras, y al fondo la tupida hilera negruzca, envejecida, caprichosa, de las casas de la calle de la Madreselva, vistas por detrás.
Teresuca se asomó á la galería y llamó á Manolo, aplicando el procedimiento del sacudidor de alfombras, bien que hubiera sido ineficaz en el intento de la fachada. Ahora, el humilde artefacto manifestó virtudes de varita maravillosa en manos de un hada. Á su conjuro, levantóse pesadamente un ventanal de cristales, y del hueco emergió la faz monda y riente y el torso, en mangas de camisa, de un mozo que limpiaba unas botas de campo. Teresuca y Manolo se miraron largamente. Teresuca apretaba el hociquito. Manolo abría la bocaza; y la bota de monte, calzando su mano izquierda, adquiría un movimiento convulso. Pero ninguno de los dos rompía á hablar. Al fin, dijo Teresuca:
—Qué fato eres. Dame la mano.
Instintivamente, Manolo alargó una mano; con ella ofrecía un cepillo, embetunado y grasiento. Retiróla de pronto, al echar de ver su descuido, hijo de la emoción, y en su vez alargó la otra, oculta dentro de la bota. Y la volvió á retirar también sin saber cómo arreglárselas, en su aturdimiento é impaciencia, para desembarazarse de aquellos infamantes testimonios de su condición servil. Reíase Teresuca, y al mismo tiempo reía Manolo de su propia torpeza.
—Tíralos, hombre, tíralos.
Manolo sacudió, con desdeñosa brusquedad, los brazos: bota y cepillo cayeron al jardín. De ventana á ventana, se enlazaron de entrambas manos Manolo y Teresuca; se contemplaron deleitablemente y entablaron un coloquio entre amoroso é informativo. Eran novios desde hacía medio año. Teresuca, en unión de Camila, otra criada, había llegado por la tarde, adelantándose dos días á los señores, á fin de airear y adecentar la vivienda. Durante el verano se habían escrito, pero Teresuca se quejaba de que Manolo le contaba pocas cosas.
—Pocas cosas... Si te llenaba dos pliegos en cada carta, mujer...
—Sí, muchas filosofías que no entiendo. Como eres escritor... Pero á mí me gusta que me cuentes cosas, como en las novelas.
Porque, en efecto, Manolo era escritor. Había comenzado por tomar á hurtadillas libros de la biblioteca de su señorito; á solas los devoraba luego sin reposarse un segundo. Le atraían, de preferencia, los volúmenes doctrinales de filosofía, moral y sociología, porque los entendía menos, lo cual no era obstáculo para que los leyera de cabo á rabo varias veces y aprendiera de memoria las más laberínticas parrafadas. Una noche sintió revelársele su verdadera vocación; un ideal halagüeño y remoto se le ofreció en el espíritu como peldaño postrero de su vida. ¡Si llegara á ser concejal...!
Nunca en caletre de ayuda de cámara se habían albergado tan nobles ambiciones. Sus primeros ensayos literarios segregaban virus revolucionario. Quiso hacerse socialista; pero en el comité de Pilares le dijeron que ni los católicos ni los lacayos podían pertenecer al partido. Y luego, tendiéndole un cable: «Si usted quisiera abandonar su vida de servidumbre...» «Imposible», respondió Manolo. «Quiero mucho á mi señorito.» Cierto que profesaba afecto á su amo; pero más cierto aún que éste ponía en sus manos dinero abundante para los gastos de la casa, y que Manolo, administrándolo con una crecida comisión subrepticia, iba amasando rápidamente un caudal con que valerse por su cuenta y riesgo, lo cual no le impedía profesar ideas radicales, cultivar á su modo el intelecto, adquirir un vocabulario de palabras sesquipedales, como archisupercrematísticamente, asombrar á sus relaciones con el fárrago de su sabiduría, y enviar, bajo pseudónimo, á un periodicucho semanal de Pilares, artículos tremebundos, que comenzaban así, por ejemplo: «La contumelia de las circunstancias es la base más firme de la metempsícosis». Es decir, que era socialista frustrado y presunto capitalista. Misterios del humano sér, dentro del cual la lógica de los sentimientos y la de las ideas entablan con frecuencia abismáticos divorcios. La primera de estas dos lógicas hacía de Manolo un sér humilde con exceso, resignado y casi reptante, cuando se las había con un superior, sobre todo ante su señorito Alberto; y viceversa, una criatura olímpica y pomposa para con las personas que él consideraba en un rango inferior al suyo. Esta misma lógica le había arrastrado á una pasión voraz por Teresuca, la criada de los señores de Oliva. Teresuca era linda y pizpireta. Los señoritos de Pilares tenían puesto apretado cerco á su honestidad. No lo ignoraba Manolo, y por ello decía sufrir continuas inquietudes. Pero la muchacha le corroboraba de continuo su amor con tan dulces concesiones que el mancebo había llegado á rechazar toda hipótesis malévola sobre la conducta de su novia. Además, fuera porque los de Oliva la remunerasen abundantemente, fuera porque ella por sí misma se las industriase como Dios ó el diablo se lo diera á entender, es el hecho que la chica tenía amontonados unos miles de pesetas en la Caja de Ahorros. Esto enternecía á Manolo, porque le demostraba las dotes de previsión y modestia de Teresuca. Habían decidido casarse muy pronto. Físicamente, Manolo era un mozo de veinticinco años; rostro plano y sensual, y la frente muy angosta. Teresuca andaba por los veinte; sus ojos acerados, tan pronto suaves como hostiles, distraían la atención del resto de su cara y cuerpo: atraían y captaban como los de las serpientes. Excitaba una difusa sensación de agrado y de zozobra. Parecía ardiente y también fría, taimada.
Decía ahora á Manolo, suspirando y con un mohín duro de despego:
—Ay, Nolo; no sabes las ganas que tengo de dejar de servir... ¡Puaf, esta gentuza! ¡Qué aire, qué tono! No parece sino que los criados no somos hijos de madre. Te juro, Nolín, que cuando leo en los periódicos esos crímenes de una muchacha que mató al señorito, me lo explico perfectamente. ¿Qué dices?
Manolo, acaparado por la emoción, no atinaba á articular una de sus magnas sentencias. Oprimía, con viril tenacidad las manos de la novia, y sonreía embobado. De pronto, habló:
—Á propósito. Esta noche estáis solas en casa tú y Camila —y miraba la altura de la galería sobre el jardín.
—Calla, bobo, más que bobo; sinvergüenza —los ojos de la muchacha se entornaban, derritiéndose en una caricia. Después recobraron su expresión habitual. Preguntó:
—¿Y tu señorito?
—Durmiendo está una borrachera que trajo ayer.
—¡Arrea!
—Yo no lo sentí venir, pero esta mañana, cuando entré en su cuarto, estaba como un leño. En el suelo encontré una peineta, y paréceme que es de una cualquiera que la dejó olvidada. Además, la puerta de la calle estaba abierta. No sé lo que pasaría anoche.
Teresuca volvió á repetir:
—¡Arrea! Pues él parece bueno y simpático.
—Sí que lo es.
—¿Cuándo se casa?
—El diaño que lo acierte.
—Pues mira que así solo, siempre solo...
—Calla... —Manolo sumió la cabeza dentro de la casa. Sacóla á poco—. Suena el timbre. Adiós, vuelvo en seguida. Espérame.
Retiróse Manolo á recibir órdenes. Teresuca continuó recodada en la galería contemplando el crepúsculo. Sobre la tapia del jardín avanzaba, con pie insidioso y lomo elástico, un gato negro. En llegando frente á Teresuca, se detuvo y la miró.
—¡Calígula, Calígula! Bis, bis... —llamó la muchacha, chasqueando el dedo del corazón contra el pulgar.
El llamado Calígula no se dió por entendido. Tapia adelante continuó, moviéndose con elegante parsimonia.
Una vieja asomó junto á Teresuca.
—¿Con quién hablabas ahora?
—Con Calígula.
—¿Qué es eso?
—El gato del señorito Alberto: le puso este nombre.
—Me parece que ese señorito está algo tocao del queso —Camila hacía como si se barrenase una sien con el dedo índice.
Un perro setter, de rojas lanas, comenzó á ladrar y saltar en el jardín de Alberto.
—¡Sultán, bonito! —gritó Teresuca.
Y Camila:
—Vamos, ese es nombre de cristiano.
II
Alberto abrió los ojos y los giró alrededor suyo. Fué un despertar lento y doloroso, como si en virtud de un avatar ó hechizo, su alma volviera á la conciencia en un cuerpo nuevo, desconocido, embotado.
Desde la techumbre, la luz eléctrica, guardada en un globo de cristal rosa, cuajado, efundía leve resplandor auroral. Á Alberto, sin saber por qué, le pareció un sol mozo é inexperto que hacía su primera salida, y el conjunto de muebles de la alcoba que, entre la luz, se erguían arbitrariamente, un universo de sombras sin sentido.
Tenía Alberto el paladar y la lengua desecados, la glotis apretada. El encéfalo se le figuraba una protuberancia suberosa, insensible. Sus extremidades permanecían ajenas al dominio de la voluntad, adormiladas, y en ocasiones así como transidas por muchedumbre de sutiles alfileres. Su cuerpo era un agregado de miembros ajenos á él, con el cual le unía una vaga relación de sensibilidad sorda. Estaba, en suma, sufriendo las reliquias postreras de una formidable embriaguez.
Encontrábase vestido. Se incorporó con esfuerzo y echó pie á tierra. Fué hasta el lavabo, en donde refrigeró la frente, y luego preparó un vaso con Eno’s Fruit Salt, que bebió ansiosamente. Se contempló en la luna del armario. Su demacración era grande, pero eran mayores la fatiga y torpor de su espíritu; y así, lo que en pleno equilibrio le hubiera amedrentado, en aquel punto casi le servía de alivio, como nebulosa promesa de próximo y definitivo descanso.
Apartando un grave y tupido cortinaje, salió al taller ó estudio contiguo á la alcoba. La estancia daba á un patio de luces y tenía un frente corrido de cristales. La luz era cenicienta.
Alberto, hundiéndose más que sentándose, en una muelle y profunda butaca, tapizada de áspera tela de alforjas, quiso hacer examen de conciencia.
Poco á poco iba adquiriendo noción de sí propio, situándose en el tiempo. Comenzó á caminar hacia el pasado, á recapitular el pretérito próximo partiendo del presente. ¿Cuántas horas ó días había estado durmiendo? Cuando había caído en el lecho, á su lado estaba una mujer, Rosina. ¿Qué había sido de ella? Antes, habían vuelto los dos del puerto de los Pinares, adonde había subido en compañía de unos amigos y unas mozas de partido por contemplar desde paraje á propósito un eclipse total de sol. Y antes aún, él, Alberto, era un mozo á quien el azacaneo de la vida había despojado, prematuramente, una por una, de todas las mentiras vitales, de todas las ilusiones normas, y para quien habían perdido el carácter de fuerza motriz todas esas palabras que se acostumbran escribir con mayúscula: religión, moral, ciencia, justicia, sabiduría, riqueza, etc., etc. Lo mismo que en la eternidad del firmamento van apagándose las estrellas, dentro de su alma habían ido muriendo todos los grandes luminares de la infancia. Sustentábase tan sólo, puro y sereno en el vacío, un astro, Belleza, cuyo satélite fiel era la Gloria, la inmortalidad en el recuerdo de los hombres. Pero, en el punto crítico del eclipse, cuando, fuera del curso regular de la naturaleza, las tinieblas se habían derramado sobre la tierra, alcanzáronle también el alma de lleno, de manera que aquel astro dejó de lucir, y entonces Alberto comprendió que la belleza era cosa tan humana, perecedera é inane como todo lo otro; correr en su seguimiento era no menos vano que procurar asir el huracán. Había llegado á ese estado que llamaron los santos de insensibilidad.
Hasta entonces, había buscado en el arte, además de un estímulo, una mitigación de sus cavilaciones, un abrigaño adonde acogerse olvidándose de la vida, como quiere Schopenhauer. Ahora, se le presentaba á los ojos del espíritu, con inconcusa certidumbre, la enorme ridiculez del arte, y se avergonzaba de haberse adscrito en serio á un juego tan pueril y vacuo.
Levantóse de la butaca, se acercó á un pequeño armario de libros y cogió algunos volúmenes de Schopenhauer.
—¡Viejo lúbrico y cínico; qué necio eres y cuánto mal me has hecho! —Y los arrojó al patio de luces.
Volvió junto al armario, y contempló con extravío el lomo de aquellos pequeños seres taciturnos, apretados en fila unos contra otros.
—He aquí la espina dorsal de la humanidad; inmenso vertebrado, y tan efímero como un piojo. ¿De qué os ha servido vuestro esfuerzo ó vuestra vanidad?
Cogiendo á montones los libros, los iba arrojando al patio. Unos ladridos fogosos, alegres, le hicieron detenerse.
—¡Es Sultán! —Y permaneció meditabundo unos instantes, considerando que su perro era feliz sin duda. Á poco, reanudó sus empresas demoledoras. Esta vez, les tocó el turno á los vaciados de esculturas clásicas y del renacimiento que ornamentaban el estudio. En un instante, quedó sembrado el pavimento de trozos de escayola, de formas mutiladas. Á seguida, la emprendió Alberto con los lienzos que él mismo había pintado; con una espátula, los rasgaba encarnizadamente. Luego, rasgó cuantas reproducciones de cuadros famosos halló á mano. Pero, al llegar á la Monna Lisa, de Leonardo, permaneció inmóvil. Como poseído de un terror supersticioso, con los ojos suspensos y colgados de aquel rostro que vivía una vida inquietante, sobrenatural. Era como si aquello que á Alberto se le antojaba negra brutalidad del universo se definiera en sonrisa animada, y el rostro de la Gioconda no fuera humano sino velado emblema del sentido y la expresión del orbe. Dejó de lado la reproducción, por huir de su encanto, y llamó al timbre.
Manolo se llevó las manos á la cabeza, al entrar:
—Tú obedece y calla. ¿Qué día es hoy?
—Hoy es jueves.
—¿Qué hora?
—Las seis de la tarde.
—Pide al teléfono comunicación con Cachán. Que envíe cuanto antes un coche para ir á Cenciella. Tú, prepara mi maleta. Que esté todo aviado en media hora.
—¿Qué libros va á llevar el señorito? —Manolo no pudo disimular su contrariedad.
—Ninguno. —Respondió Alberto sin mirar al criado.
—¿Y la caja de colores?
—Nada.
—¿Pongo papel para dibujar ó escribir?
—Te he dicho que nada.
—¿Y si luego se aburre?
—Eso es cuenta mía.
—¿Comida para el camino?
—¿Acabarás? No quiero nada. Trae ahora té con leche. Y tú, comes antes de salir. ¡Ah! Que el coche sea una cesta.
En estando á solas, Alberto encendió su pipa de brezo y paseó por la estancia. Sentía ahora el corazón ligero, nutrido de ímpetu é impaciencia; quizás alegre. Era que había venido á posarse en él, con aleteo silencioso, como ellas suelen, una nueva ilusión; aquella ilusión cristiana y antigua que arrastró á los padres al yermo, á los misioneros camino adelante, y á las ardientes vírgenes al silencio aquietante del claustro. Pensaba olvidarse de sí propio. Su mentor sería Sultán.
III
Fumaba aún Alberto de la pipa, cuando Manolo le anunció la visita del señor Hurtado. Pocas ganas tenía de conversación, pero hubo de resignarse.
Telesforo Hurtado era un hombre de treinta y dos años; gordo, cetrino, casi oliváceo. Sus ojos eran menudos y sobresaltados, como los del jabalí; la piel le rezumaba sudor denso, como sebo; lacio el bigote, á lo tártaro; vestía de negro. Adelantóse á saludar con mucha efusión á Alberto:
—Mi querido concuñado presunto... —Y, de pronto, echando de ver las señales del cataclismo—: Pero, ¿qué ha ocurrido aquí?
—He sido yo, Telesforo. ¿Qué quiere usted? De pronto he comprendido que el arte es una majadería más y...
—Ja, ja. Rarezas de artista.
Alberto se encogió de hombros. Continuó Hurtado.
—¿También la poesía? —Alberto respondió que sí con la cabeza.— Está usted de chanza. —Alberto volvió á encogerse de hombros.— Pues qué quiere usted que le diga: yo, mísero empleado de una casa de banca, me moriría de desconsuelo si no tuviera por sostén ciertas facultades poéticas. Por de contado, y sin el amor de Leonor. Pero, quien dice amor, dice poesía. Leonor es mi musa. Yo soy un sentimental; créamelo usted. ¡Ah! Si usted también ha hecho versos...
—También.
—Y muy bonitos. Yo, la verdad, no los entendía muy bien...
—De seguro, culpa mía.
—Ja, ja. No quiero decir tal. Usted tiene mucha erudición.
—Con su permiso, Telesforo, voy á bañarme y á mudarme de ropa. —Sacudió la pipa, recogió el cortinaje, y, dentro de la alcoba, preparó el tub, las toallas, la esponja.— Puede usted seguir hablando. Espero que no ofenderé su pudor.
—Vamos. Apuesto á que se acaba usted de levantar ahora. Estos artistas...
—Sí, somos bichos de naturaleza muy rara.
—¡Qué humor!
—Excelente.
—Bien; arréglese usted pronto, porque el tren sale á las ocho.
—¿Qué tren? —preguntó Alberto, desde dentro de la camisa de la cual en aquel momento se despojaba.
—El tren para Villaclara. Voy á pasar tres días allí, y como Leonor me escribe que irá usted conmigo... ¿No le ha escrito á usted nada Josefina?
—¡Josefina! —murmuró Alberto como si hablase consigo mismo. Permaneció pensativo, desnudo el torso, y los brazos cruzados—. Me es imposible ir, Telesforo. Tengo asuntos en la aldea, y el coche pedido para las ocho. Puesto que usted va á Villaclara, dígale á Josefina que no he podido escribirle estos últimos días; que no se alarme; que me ha visto usted y estoy bueno; que me acuerdo mucho de ella y que la quiero siempre.
—¡Pobre Fina!
—¿Eh?
—Soy un hombre sincero. La sinceridad es mi cualidad preponderante. Pues bien, á fuer de sincero le diré... le diré que se me figura que no está usted enamorado de Fina.
—¿Enamorado? —Alberto, sentado en una butaquita baja, se quitaba un zapato. Después lo arrojó lejos de sí, con desdén, como si fuera el vocablo enamorado lo que arrojaba.— No sé lo que significa ese adjetivo.
—¡Adjetivo!... Sí, en efecto, es adjetivo. Adelante.
—Lo único que puedo asegurarle es que Fina es la primera mujer que me produjo ciertas emociones, que su carácter se acomoda al mío y que no podré casarme con ninguna otra, como no sea con ella... si me caso alguna vez. Es una criatura ideal—. Y distraídamente dejó caer el otro zapato á sus pies.
—Pues hombre, cásese usted pronto. ¿Qué le parece, casarnos el mismo día? Para Diciembre, por ejemplo; gran mes. Y mire que don Medardo tiene bien cubierto el riñón. Sólo en nuestra banca yo sé que ha depositado valores hasta ciento veinte mil duros. No es una nuez hueca.
—Brrr... —gritó Alberto al sentir el agua sobre los lomos—. Supongo que me hará usted la merced de creer que la pecunia del indiano no es un señuelo que me haga incurrir en connubio. Brr... —Inflaba el pecho y exprimía la esponja sobre él.
—Usted perdone: no entiendo bien.
—Que no me caso por dinero, hombre.
—No digo yo tal. Yo no tengo un cuarto, y, sin embargo, tampoco me caso por dinero. Pero, donde no hay panchón todos riñen, y todos tienen razón. Claro que á usted le sobra el dinero por la punta de los dedos. Y á propósito... —Alberto, arrebujado en un ropón felpudo, con la capucha echada sobre el cráneo, vino á sentarse al lado de Telesforo. Le miraba con amabilidad desdeñosa.— Á propósito; si no estoy mal informado, usted tiene un depósito bastante considerable en casa de los Meumiret. En confianza le digo que no debe fiarse mucho de ellos. Yo sé cosas... Oiga, cuando yo me case con Leonor, mi principal me interesará en los negocios; me lo ha prometido. Entonces sería ocasión de trasladar á casa esos valores de usted. Excuso decirle que yo me cuidaría de ellos como si fueran míos.
—No tengo inconveniente. Ya hablaremos.
Hurtado, muy gozoso, dió dos palmadas en el muslo de Alberto, y dijo:
—Pues hay que casarse, hombre, ¡qué diantre!
—Ha venido usted á hablarme de amor en unos momentos en que me absorben muy diferentes preocupaciones.
Se levantó y se desnudó el torso, dejando el ropón sujeto á la cintura, mediante el cíngulo de recias borlas. Tomó una botella de vidrio verde, cuyo contenido derramaba en la palma de la mano y extendía más tarde por el pecho y los brazos. Por la estancia se expandió una fragancia fresca y tenue, como de mañana campesina. En los ojos de Hurtado se adivinaba que, en casándose con Leonor, pensaba imitar á Alberto en punto á detalles del arte cosmético.
—Eso huele muy bien. ¿Qué es?
—Agua de colonia, simplemente.
—Á ver ¿qué marca? Atkinson. ¿Cuánto le cuesta?
—Catorce pesetas.
—No puede ser.
—En casa de Prado la compro.
—Valiente ladrón.
—No crea usted; en Londres no me costaba mucho menos.
Sonó el timbre rabiosamente.
—Ese no puede ser otro que Jiménez.
—Pues me voy. No me es nada simpático. Hasta la vista, Alberto.
En el pasillo se cruzaron Jiménez y Hurtado. Se oyó á Jiménez decir con voz burlona:
—Hola, Hurtado; cómo suda usted. ¿Cuándo contraemos á don Medardo?
Y á Hurtado, sombriamente:
—Pero qué chistoso es usted.
Jiménez penetró en el estudio sin conceder atención á las manifestaciones catastróficas que por dondequiera se hacían visibles. Traía un periódico en la mano, y, sin saludar, adoptando tonos de agitación melodramática, ordenó á Alberto:
—¡Lea usted!
Alberto leyó:
«Es objeto de todas las conversaciones en Pilares un hecho singular acaecido en la última noche. Según parece, hace unos días ciertos señoritos juerguistas, muy conocidos en la buena sociedad, salieron de excursión al puerto, acompañándose de unas palomas torcaces muy conocidas en la mala sociedad. Iban, por las trazas, á ver el eclipse; pero lo único que pudieron contemplar fué el eclipse de su propia razón, á causa de las excesivas libaciones. Dícese que cometieron todo género de excesos, turbando la paz patriarcal de nuestros campos, escandalizando á los aldeanos, y, sobre todo, á las aldeanas; y, según nos aseguran, las desdichadas que los acompañaban atentaron al pudor de unos reverendos Padres Escolapios que habían ido al puerto con el mismo objeto. Queremos decir, con objeto de observar científicamente el eclipse.
»Pero lo más grave viene ahora. Dícese que después de entregarse á la bacanal más frenética, digno de los tiempos paganos, llegaron, en el estado que se supone, á Pilares ayer anochecido. Pero, es el caso que una de las palomas torcaces ha desaparecido. Durante todo el día de hoy se han hecho tentativas por averiguar su paradero, y han resultado infructuosas. Se habla de un crimen; se tienen pistas bastante seguras, y hasta se murmura el nombre de un joven artista, célebre por sus extravagancias.
»Esperamos de las autoridades gubernativas y judiciales que no se dejen intervenir por influencias caciquiles. Impediremos que se eche tierra sobre este escandaloso asunto. ¿Estamos en Zululandia? ¿Se puede vivir?»
—¡Qué mastuerzos! —dijo Alberto por todo comentario.
Jiménez en tanto Alberto leía en voz baja la gacetilla de Pilares Futuro, había estado viendo, con infinito asombro, tanto destrozo como yacía por tierra. Sus ojos grises, en todo momento vibrantes de jocosidad, miraban de un lado y otro con grave suspicacia.
—¿Qué ha ocurrido aquí?
—Una crisis espiritual.
—Querrá usted decir una crisis báquica.
—No, no; una crisis espiritual. El alcohol no ha tenido nada que ver con esto que á usted tanto le asombra.
Jiménez se atrevió á preguntar:
—¿Y Rosina?
—Yo qué sé, amigo Jiménez —Y aun cuando no tenía deseo ninguno, no pudo menos de reir francamente, porque la fisonomía de Jiménez, de ordinario muy móvil y cómica, al ponerse seria era más grotesca aún—. Á ver si es usted quien ha redactado el suelto de Pilares Futuro...
El rostro de Alberto estaba tan sereno, tan claro, que Jiménez desechó desde luego toda presunción condenatoria.
—No he tratado de ofenderle. ¿Eh? Ni mucho menos de juzgarle. Como al fin y al cabo cuando uno está borracho no sabe lo que hace, y sobre todo, cuando como usted ayer, tomaba una de sus primeras borracheras. Pero, la curiosidad... Usted, por lo pronto, se trajo á Rosina aquí.
—Creo que sí. Es decir, sí.
—¿Y luego?
—Déjeme recordar bien. Entramos; levanté el cortinón; entró ella primero, luego yo; me miré en el espejo, se me figuró que yo no existía ya, sino que era proyección, sombra ó espectro de mi existencia anterior; dije no sé qué majaderías y... creo que en aquel momento perdí el sentido.
—¿Y luego?
—Luego, ¿yo qué sé? Desperté hará cosa de dos horas, vestido y en la cama. Rosina debió de llevarme allí. Me pareció que despertaba dentro de un cuerpo distinto al mío de antes. Más tarde me di cuenta de que no sólo el cuerpo, que el espíritu también es distinto. He renunciado al arte, á todo por ahora. Quiero olvidarme de muchas cosas; necesito una temporada de reposo, y por eso estoy determinado en ir hoy mismo, dentro de unos minutos, á la aldea.
—Eso es; y figúrese usted que lo del periódico se toma por la tremenda, que se presenta el juez aquí, que ve esto, que usted se ha escapado; escapado, dirán.
—Vamos, hombre —Y Alberto sacudió de costado el brazo, como si rechazase una gran absurdidad—. ¿Cree usted que Rosina tardará en aparecer? Se conoce que asustada al verme desmayado, ó tomándome quizás por muerto, huyó de casa. Si al verse sola consideró lo más prudente no volver á la prisión odiosa en donde la tenían recluída, apruebo su resolución.
—¡Horror! ¿Llama usted prisión al amorosísimo nido de doña Mariquita? Veo que tiene usted un concepto de las prisiones tan caprichoso como los católicos, que llaman prisión al Vaticano. Pero, yo creo que no debía usted marcharse.
De la calle venía son de cascabeles.
—Ya está ahí Cachán. Voy á concluir de vestirme.
Alberto sonó el timbre. Apareció Manolo.
—¿Están ya mis maletas?
—Sí, señorito.
—Pues ve bajándolas. Oye; Sultán y Telémaco van conmigo.
—¿Telémaco? ¿Quién es Telémaco? —interrogó Jiménez, abriendo bufamente las pupilas.
—Mi gato.
—Ah, el minino. Pero, á estas horas andará á gatas.
—Es eunuco —advirtió Alberto.
—¡Poverino! —profirió Jiménez, con voz y gesto lacrimosos.
—¿Por qué? Ya ve usted, Orígenes...
—Tiene razón el señorito —intervino Manolo.
Jiménez se volvió hacia el criado, haciéndole una mueca de estupefacción. Alberto, sin poder dominar una sonrisa, habló, mientras hacía el nudo de la corbata.
—Pero, hombre, ¿á ti quién te mete?
Manolo salió muy avergonzado por haber expuesto este rasgo de cultura á la burla del señorito.
Jiménez tomó del suelo un pedazo de escayola:
—Esto parece un seno.
—Y lo es; de la Venus de Milo.
—Infeliz señora. ¿Y esta obscenidad? —Mostraba un fragmento con la base del vientre y la coyuntura de unos muslos femeninos.
—De la de Médicis.
—Veo que no ha respetado usted nada —añadió Jiménez, revolviendo con el pie pedazos de fotografías y de lienzos—. ¡Ah, sí! Aquí hay una mujer que se ha salvado. ¿Quién es? —Y señalaba á la Gioconda.
—El velo de Isis.
—¿Eh?
—Lo que fué, lo que es, lo que será. Nunca mortal alguno levantará el velo de su inmortalidad.
Apercibíase Jiménez á comentar burlescamente las palabras cabalísticas de su amigo, cuando Telémaco, con sus desesperados maullidos, puso en turbación el reposo de la casa. Oíase también á Manolo, que inducía al gato á meterse en un cesto, dirigiéndole interjecciones enérgicas.
—Tendré que ir yo —dijo Alberto, y salió seguido de Jiménez.
Manolo había hecho presa en Telémaco, sirviéndose de una arpillera que le abroquelase contra las uñaradas de la fierecilla. Sin miramiento ninguno para con el animalucho, pretendía incluirlo en el cesto empujando á puñadas, como si se tratase de un rebujo de ropa sucia. Pero el gato se encrespaba, maullando rabioso, y tantas veces como se le metía, botaba fuera como por arte de encantamiento.
—Creo que mejor lo dejamos, señorito.
—Tiene razón Manolo —corroboró Jiménez.
—Imposible. He arrojado todos mis libros al patio y mis textos, de aquí en adelante serán Sultán y Telémaco.
Jiménez enarcó los hombros.
—Está usted más loco que una cabra.
Cuando el gato estuvo alojado, hubo necesidad de atar el cesto con una cuerda; con tal fiereza se revolvía en su prisión.
—Andando. ¿Has metido en las maletas la mostaza Colman y la salsa Worcestershire?
—Sí, señorito.
Salieron á la calle. Alberto entró con Sultán en el coche. En el pescante iba Manolo con el cochero y las maletas; la cesta del gato sobre las piernas. Jiménez y Alberto se despidieron.
—¡Arrea! —gritó Alberto.
El coche comenzó á andar. Desde el balcón, Teresuca miraba á su ayuda de cámara con un mohín de tristeza en el hociquito.
IV
El carruaje avanzaba por la parte alta de la ciudad, siguiendo la linde del parque público. Alberto recordó que la víspera, á la misma hora aproximadamente, cruzaba los jardines, del brazo con Rosina: una pareja de enamorados cuchicheaba en la sombra, y las estrellas latían entre el boscaje. ¿Qué será de Rosina? pensó. Hubiera sido tan placentero llevarla consigo á la aldea. El amor carnal sin comedimiento le ayudaría á ir abdicando poco á poco de la vida consciente y los restos del pasado. Pero, de pronto, se hizo presente en su memoria el verso de Mallarmé:
La chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres.
Sí, la carne es algo terriblemente efímero y triste, y de otra parte, Alberto se juzgaba ya de vuelta de toda la vana ciencia de los hombres.
En el parque, comenzó á tocar la charanga municipal; algarabía metálica que sacudía el aire nocharniego con una emoción de sentimentalismo.
El coche corría carretera adelante, á campo traviesa. La noche estaba lóbrega y tormentosa.
En el páramo de la Molleda, Alberto ordenó al cochero que hiciera alto. Descendió del coche. La tierra, hasta la línea del horizonte, se extendía en rasa planicie, de un negro de humo, á manera de lago bituminoso. Por el cielo, de la parte de Poniente, se levantaba un vapor cárdeno, translúcido.
Alberto amaba singularmente el yermo, hosco y huérfano de vegetación. Le parecía un estado de espíritu materializado; aquella sequedad y aridez de los místicos que hacía más vehemente el ansia de contemplar á Dios. Muchas veces iba á caballo hasta la Molleda, y discurría largas horas leyendo, sentado sobre una gran piedra calva y ebúrnea.
Retembló el trueno. Las nubes se agrietaron en estrías amoratadas.
—¡Buena se nos viene encima! —Gruñó el mayoral— Súbase, señorito, y vamos aína. Dudo que lleguemos á Cenciella con bien. Los caballos tienen miedo...
Á poco de reanudar la marcha, empezó á llover reciamente. Desatóse el viento; la voz de los truenos era horrísona.
En la Peña, á donde llegaron después de un cuarto de hora de carrera desenfrenada, guardaron el coche al cobijo de un tendejón. Telémaco, en su jaula, daba señales de iracundia funesta. Alberto, Manolo, el cochero y Sultán, entraron en un chigre, ó lagar de sidra. Un grupo de ennegrecidos mineros jugaban al tute y bebían; volviéronse á mirar á los recién llegados, con ojos que albeaban sobre el hollín del rostro.
Alberto tenía apetito. Su cuerpo, habiendo reaccionado de la embriaguez, se encontraba ágil, elástico y como saturado de fuerzas tumultuosas. Sentía deseos de correr, de saltar, de trepar montañas, de cabalgar potros cerriles. Pidió qué comer. Sirviéronle sardinas en aceite, pan, sidra. Andaba tan ensimismado que no echó de ver cómo los mineros le contemplaban con descaro, profiriendo groseras chanzas en voz que de él pudiera ser oída; daban puñadas sobre la mesa y reían, mostrando la blanca dentadura. Una carcajada más sonora obligó á Alberto á parar atención en el grupo. Su pensamiento llegaba de tan profundos y misteriosos limbos que, saliendo á la superficie, el mundo, de primera intención, se le aparecía á modo de espectáculo. Por eso su mirada fué clara y honda, una de esas miradas espiritualmente autoritarias ante el influjo de las cuales se recogen avergonzadas las fuerzas vacilantes del instinto.
Un minero se levantó, y echó á andar, tambaleándose, hacia Alberto. Éste le veía acercarse, con curiosidad desinteresada, artística. La lentitud, el movimiento del minero, su cráneo anguloso y su fortaleza torpe y bovina, hacían que Alberto imaginase tener ante sus ojos una escultura de Meunier, semoviente, viva. Sentía una emoción así como de reposo, y en sus labios apuntaba una sonrisa. El minero, en acercándose, se despojó de la boina, y dijo:
—¿Quiere aceptar el señorito un vaso de sidra?
—Ve usted que estoy bebiendo. Tome usted —Con calma escanció un vaso y se lo alargó al minero. Luego le dió una botella—. Para usted y sus amigos.
Volvió el minero á su grupo, y, á partir de este momento, se redujeron á jugar el tute con bastante circunspección.
Alberto se sentía en plena ingenuidad, frescura y barbarie de espíritu. Cuanto le rodeaba le producía el deleite de la emoción. Sus nervios estaban en una tensión musical y sutileza sensible que nunca había experimentado hasta entonces. Como claro espejo, ó quieto caudal de agua viva veíase colmado con las bellas virtudes pasivas de la mera y exquisita receptividad.
El cuadro de la taberna, en donde momentáneamente vivía Alberto, era Jordaens ó Teniers, pero con vida íntegra y acción gustosa sobre todos los sentidos. Por el abierto portón de la huerta, al fondo del lagar, entrábase olor á rosas, á malvas y á tierra húmeda. De vez en vez, á la luz de un relámpago, se encendía el paisaje con un resplandor azul intenso y violeta; y era la aparición subitánea de esas creaciones de Patinir, con su diafanidad diamantina de paisajes contemplados en lo hondo de un lago de aguas durmientes y delgadísimas.
Desde una habitación vecina, llegaba la canturria humilde de un acordeón. Una voz moza cantaba. Era un aire de austera melancolía labriega, como las romanzas de Grieg y de Rimski-Korsakoff.
Alberto batió palmas. Por detrás de una cortina á rayas rojas y blancas, asomó el chigrero. Un gato atigrado salió al mismo tiempo, por debajo de la cortina; avanzó por el suelo, de tierra cenagosa; quedóse un instante con la cabecita ladeada y un brazo en alto, atento á los maullidos de Telémaco: continuó, indiferente, runruneando con mimo.
—¿No pueden venir á hacernos compañía el que toca y la que canta? —El gato topaba y se restregaba en las perneras de Alberto, el cual, en aquella ocasión estaba poseído de una ternura clarividente hacia todas las cosas. Gato, chigrero, mineros, muebles, toneles y, hasta los fenómenos físicos; la luz de los candiles, el lamento del acordeón, el olor á tierra y á rosas, todas las cosas se le presentaban como objetos de interés universal, amables y expresivos.
En esto Remedios, que tal era el nombre de la hija del chigrero, vino á sentarse al lado de Alberto. Era carillena, lechosa de color, pelo de caoba, muy encendida de labios, ojos negros y rubias las pestañas. Sugería el recuerdo de esas hembras pingües y fáciles que en las kermeses de Rubens dejan sin asombro sus senos ser estrujados bajo la mano venosa y cetrina de un flamenco beodo. Su falda era añil muy vivo, casi glorioso, semejante á los añiles de Fra Angélico, que siempre habían conmovido inefablemente á Alberto, y el abundoso vuelo caía rígido en innumerables y menudos pliegues. Tales fueron las imágenes que resbalaron por la memoria sensible de Alberto.
—Cantas muy bien, mocina. —Habló, por hablar algo.
—Calle por Dios, señor. ¿Quier burlase? —Sesgaba la cabeza á la derecha, de manera que la trenza contraria le caía desde el hombro al seno. De soslayo miraba á Alberto. Tenía la mano derecha vuelta graciosamente y apenas apoyada en el pecho del mismo lado. Erguíase su tronco con dignidad campesina, como la Mnemosyne de Lysipo.
—Y ¿quién tocaba el acordeón?
—Mal diaño ¿qué ye acordeón?
El padre, que alongado de ella, contemplaba orondamente á su hija, interpuso:
—Por lo fino dícese acordeón á la finarmólica. Sábeslo de sobra y no sé por qué te haces la fata —Estaba cruzado de brazos, con el gesto entre socarrón y hierático del escriba egipcio que hay en el Museo de Louvre. En el rostro, recamado de erisipela, revelaba gran orgullo genésico—. Ella misma toca la finarmólica, señorito.
—Pues no es floja habilidad. Venga de ahí.
Remedios dió aire al fuelle, y comenzó á tañer un monótono vals y á cantar:
Con tu partida me partiste el alma; y aquel beso que me diste en la alameda me mató. ¡Ay, sí, sí! que te lo digo yo...
Al cantar, descubría los dientes, pulcros y parejos; la roja lengüecilla jugaba entre ellos, á veces. Los mineros, haciendo alto en el tute, escuchaban recogidamente. Pero, la absurdidad de la letra y la música andaban á punto de quebrar la fruición espiritual de Alberto. Dijo:
—Es muy bonito, pero basta.
Casi todos sus sentidos habían tenido regalo. Las tersas y aterciopeladas mejillas de Remedios se le ofrecían á Alberto como sazonado fruto en donde hundir los dientes, ó materia preciosa para acariciar el tacto. Llevó la mano al rostro de la moza, y cerró los ojos, por recibir más intensamente la sensación. Por todo el cuerpo se le difundió al modo de una delicia penetrativa ó suavidad oleaginosa, como si su alma resbalase sobre sedas velludas ó yaciese en un musgo fragante.
—¡Vaya, vaya! —Rezongó roncamente un minero.
—¿Qué ocurre? —inquirió el chigrero, con petulancia despectiva— Paezme á mí que va á llegar un día en que no vos abra la puerta de mi casa. Pa la ganancia que dejáis.
Otro minero, el más corpulento y lóbrego, se puso en pie. Habló haciendo avanzar agresivamente el hombro izquierdo, como el Colleoni ecuestre del Verrochio, y como los gallos de pelea:
—Y yo digo que te voy á cortar el pico, Parrulo.
—Bueno, en mi casa mando yo —respondió el Parrulo, sin dar importancia á la amenaza y contando las monedas que Alberto le había dado—. Muchas gracias, señorito, y mandar.
El dueño del lagar y su hija se mantuvieron en la puerta hasta que el coche partió, cuesta abajo, cascabeleando alegremente.
El cochero y Manolo, en el pescante, reían á todo ruedo. Alberto les tocó en la espalda con el bastón, un makila de los Pirineos, rematado en tosca y larga contera.
—Á ver si podéis callar un momento.
Enojábale que la algazara matase una voz cauta y luminosa que en el pecho le comenzaba á manar.
Llegaron á Cenciella muy cerca de la media noche. Alberto, acompañado de Manolo, se encaminó por una calleja, al pie de las tapias de la finca, hasta la casa del casero. Con el bastón golpeó la puerta. Un perro ladró furiosamente.
—¡Azor! ¡Azor, calla! —gritó Alberto.
El perro ladraba, cada vez más enardecido.
Sultán se acurrucaba medroso á los pies de Alberto.
—Se ha olvidado de mí ese animal.
—¿Quién demonios llama? —preguntó Celedonio, el casero, desde el fondo de su habitación.
—Yo.
—El señorito. Voy, voy esnalando. ¿Quier que le abra la portalada de la casona?
—No; abre aquí. Entraré por el jardín.
Celedonio salió en mangas de camisa, con un farol en la mano.
—¿Cómo está el señorito? Asustome. Á estes hores... Buena tronada. ¿Dónde yos cogió? Por aquí, por aquí, con cudiao, que están les fesories...
En saliendo á la huerta, Azor acudió raudo, colérico.
—¡Azor! ¡Azor! —vociferó Celedonio, intentando ahuyentarlo.
Iba á lanzarse Azor, con los dientes arregañados, sobre Alberto, cuando éste, voleando el bastón con fuerza, le aplicó un palo en los brazos. Azor cayó á tierra aullando. Celedonio se acercó á examinarlo á la luz del farol. Sultán andaba también por allí, con el rabo entre piernas.
—Tiene una pata rota.
Alberto se inclinó sobre el can, y éste le miraba con ojos humedecidos y sin reproche. Con el temblequeo nervioso del rabo, la expresión de la pupila y otras muestras humildes, esforzábase Azor en expresar que, por último, reconocía al dueño y solicitaba su perdón, como si dijera: «olvida que he pretendido hacerte mal. Me has roto una pata: bien rota está. He aquí otras tres; de añadidura, el rabo, si así lo decides». De esta suerte tradujo Alberto mentalmente la disposición de espíritu del perro guardián. Le pasó la mano sobre la cabezota con amorosa insistencia. Azor parecía desleirse de agradecimiento.
V
The more I see of people The better I like dogs.
Azor quedó cojo. Obligado de la necesidad, aprendió muy prestamente á andar en tres patas, y lo hacía con una buena gracia grotesca que era una delicia verlo.
No estaba muy clara la estirpe canina de Azor. Era un perro de abolengo muy complicado y oscuro, como el de algunas dinastías reinantes, y de rasgos harto móviles é indefinidos. Las más varias y aun antitéticas castas perrunas, reclamaban su porción congrua en la sangre de Azor. Entre su ascendencia había nombres respetables, uniones lícitas y aristocracia genuina junto con adulterios, bastardías y generaciones á salto de mata. En suma, que era un individuo muy complejo como se suele decir. Dentro de su personalidad psíquica y aptitudes de su actividad, estaban latentes todas las perrerías. En cuanto á la expresión de sus rasgos, era indiscernible y cambiante; tan pronto parecía un lobo, desconfiado, cruel, como se aborregaba, dulcificándose hasta un extremo ridículo. Zanquilargo y desgarbadote, rabicorto, hundido de hijares, no muy lanudo y de un color castaño claro con visos de alazán.
El infortunio le trajo á una domesticidad impropia de su historial guerrero; lo propio les suele acontecer á los hombres. Pero dió pruebas de alta magnanimidad. Nunca exteriorizó rencor contra el que le había hecho perder una pata. Entabló amiganza con Sultán. Se pasaba el día y la noche al lado de Alberto, y dió á entender, con noble estoicismo, que hacía abdicación de sus antiguas funciones de centinela nocturno.
—Azor, hijo mío —le dijo una mañana Alberto. El can le escuchaba, mirándole de hito en hito—. La fortuna es el peor enemigo de hombres y perros. Mientras todo va bien, no sabemos de lo que somos capaces. Ha sido menester que perdieras una pata para que aprendieras á andar en tres. Y yo te digo: ¿por qué no has de intentar hacerlo en dos, sin que la desgracia á ello te obligue?
Y desde aquel punto se aplicó á convertir á Azor en un perro sabio y acróbata. El animal se prestaba á todo de buen grado, si bien el aprendizaje era prolijo y penoso. Con lo cual perro y amo ganaban; Azor, en habilidad; Alberto, en instinto; á tal punto, que los sentidos llegaron á ejercer una especie de tiranía sobre él.
VI
El autor aconseja al lector que deje de lado este capítulo y vuelva sobre él, si así le place, en concluyendo la novela.
Alberto empleaba sus ocios en aproximarse, moralmente, á sus animales domésticos. Sultán, el perro setter, y Calígula, el gato negro, le hostigaban con misteriosa fuerza la curiosidad. Estudiábalos y pretendía desentrañar en ellos algo así como patrones morales que al pasar hereditariamente transmitidos al hombre hubieran perdido su genuina y originaria sobriedad.
Otro campo de observación fué el gallinero, y en particular el gallo que allí había, de color giro, como dicen los entendidos en animales de pelea; esto es, pardo, con caparazón ó gualdrapa aurina sobre el espinazo. Era una bestezuela estúpida, fanfarriosa, olímpica. Alberto le puso el nombre de Alectryon.
Por último, descubrió un hormiguero en la pomarada de su huerta, y en él un nuevo tema de indagaciones y manantial de fantasías.
Á la noche acostumbraba pasear dentro del salón, de largo en largo, hasta muy tarde. En ocasiones se paraba á escribir. Entreveía un sistema y le aguijaba la angustia de no lograr completarlo palmaria y armoniosamente. He aquí á continuación un traslado de sus papeles, no muy claros, en verdad; citas, notas, esbozos fragmentarios y versos:
«Was ist der Mensch, Woher ist er kommen, Wo geht er hin?»[1]. Heine.
Sultán; moral cristiana. El perro y el semita son los únicos animales que creen en un sér superior á ellos. La ética judía, como la del perro, es de origen teológico; (ética judía = ética cristiana = ética canina). La moral es emanación de la voluntad divina. Dios es el legislador de la conducta del hombre, y éste de la del perro. Recuérdese la inscripción que Pope —creo que fué Pope— puso en el collar de su perro: «Yo soy vuestro perro, Señor; pero, ¿cuyo sois vos perro, Señor?»
«Á los antiguos, los judíos les parecían gentes soñadoras en un mundo laborioso.» — Hermann Lotze. «Microcosmos.»
Aprovechable en la moral canina; la parte concedida al ensueño, la reverencia ante el misterio. Hay que dejar abierta una puerta del alma, por si llegara el Esposo que se entrase presto. Y, sin embargo...
Los filósofos griegos llamaban á la muerte causa fundamental de toda filosofía.
Nuestra vida, en el momento de nacer, es como una caja vacía, cuyas paredes son de diamante negro. Las paredes son la muerte. Nuestra vida está limitada de muerte por todas partes. ¿Con qué hemos de llenar la caja? He aquí el verdadero problema moral. La moral canina no habla de llenar la caja, sino de adornarla por fuera, para después de la muerte. ¿Con qué hemos de llenarla? Alectryon = moral sexual; el Eclesiastés, Omar Kayam, «pero, los hombres no tenemos sus viriles medios de gobernar». Calígula = moral helénica; el hombre, ombligo del Universo. Sócrates, Platón, Epicuro y Epicteto, en rigor, profesan una moral semejante; son los cuatro biseles de una bruñida losa de alabastro, sobre la cual se lee esta palabra de oro: EUDAIMONIA (felicidad). Y, sin embargo...
Pero, es que los griegos ignoraban un terrible morbo de la moderna patología espiritual; la enfermedad de lo incognoscible. Y aquí sale á escena Madama Comino = moral del olvido, moral utilitaria. Y, sin embargo...
Sultán.
Late en tus ojos dulces la armonía del que sabe de un Sér ordenador sobre las cosas. Tu filosofía no conoce la duda y su negror. Hay calma en tu mirar de terciopelo: y es que todos los días logras ver en el repuesto asilo de tu cielo la propia faz de tu Supremo Sér. Conoces unos genios tutelares que te juzgan y dan fallo diverso, castigo ó premio, el palo ó los yantares... Has hallado un sentido al universo. ¿Lo has hallado? ¿Ó es sólo cobardía que te dobla del hombre á los antojos y hacia él te arrastra, un día y otro día, ágil la cola y húmedos los ojos? No lo sé. Y así siendo, perro mío, te otorgo la caricia de mi mano, por humilde, por falto de albedrío, por servil, por cobarde, por humano.
Alectryon.
Pretencioso, como de estirpe añeja; prócer, cual fruto de alto vientre real; con la barba temblándole, bermeja: al cráneo, la corona de coral; y, el manto de tisú carmín con oro, en sus gratos dominios se pasea. Las concubinas síguenle; es un coro donde el deseo canta y aletea. Innumerables son las concubinas del Rey sabio y hermoso. Todas piden las gracias peregrinas de su empuje gustoso. Ahora, viénele al Rey un ansia ardiente; ésta acude, ¡oh, minuto deleitable! Y luego todas, sucesivamente durante el día entero. ¡Es admirable! ¿Qué concubina esquivará la furia asidua de su gran virilidad? En los Estados, siempre es la lujuria fecunda ley de solidaridad. Pero, ¡cuánto más orden y armonía en estos muladares primitivos que en la humana porfía de los hombres conscientes y lascivos! ¡Oh, gallo; mucho abarca la lección en acción que nos enseñas en tu reinado firme de patriarca, —prole y esclavas que á tu agrado adueñas!— Pero, ¿de qué nos valen tus sutiles enseñanzas, hermoso gallo, si el hombre no disfruta tan viriles medios de gobernar? ¡Quiquiriquí!
Calígula.
Eres negro y sutil. Tienes un modo altivo de mirar la creación como de aquel que lo desdeña todo porque nada merece su atención. Hace tiempo te tuvo fascinado una beldad fosfórica y divina; pero, ahora que el amor te está vedado y puedes ser cantor de la Sixtina, tu porte es displicente y ondulante. Sólo amas la molicie, la quietud. Eres un pirronista militante que nada cree; ni en Dios, ni en la virtud. Yo te paso la mano por el lomo; y, de mi mano al caricioso influjo, enarcándolo vas, airoso, como arco latino de gentil dibujo. Mas, no agradeces este gesto mío que te llena de voluptuosidad. No soy tu Dios. Dices, como el impío, que todo se obra de casualidad. Mírasme con pupila adormecida, cargada de desdén y de fulgor. Graciosamente enseñas que en la vida comer, dormir, soñar es lo mejor. Las cosas y los seres son lacayos uncidos á tu propia bienandanza. ¡Si hasta piensas que el sol tiene sus rayos tan sólo á fin de calentar tu panza!... ¡Oh, gato, aristocrático y divino! ¿Por qué no ha de existir en la razón de tu sutil encéfalo felino la clase de este mundo de ilusión? Mas ¿no será tal vez tu escepticismo engendro de tu espíritu amargado, el sentirte, en el fondo de ti mismo, un pobre tigre sin hacer, frustrado?
Madama Comino.
Esta es una interviú que celebré con la señora Comino cierta tarde que, por distraerme hasta la hora del tren para San Ramón, salí á la huerta, en donde la encontré. —¿Cómo estás, Madama Comino? Y perdona que te hable de tú. Soy romero, que va de camino; mas, ya que á mi vera te puso el destino, celebremos una interviú. Hormiga amiga, hormiga hermana (que, sumido en la paz aldeana presumo que soy otra hormiga), ¿oyes las palabras ligeras, que son como brisas terrales, la canción lejana de la mocina, hacia Riberas, y entre los maizales, al lado allá del río? Yo me voy á casar. Cásome con el dueño mío, la más guapa neña de todo el lugar. Non sabe sallar nin aguadañar; sabe se reir y sabe llorar porque sabe amar. ¡Ay, mi amor! Si no me das la tu flor téngome de matar. ¿Has oído? Matar. ¿Quién lo había de presumir? ¡La mociquina del lugar no sabe que se ha de morir! ¿Qué dices de la muerte, hormiga? ¿Qué dices, Madama Comino? —. . . . . . . . . . . . . . . . —¿Antes yo? Á tus antojos me inclino, pero, ¿qué quieres que te diga? El sol ha huído hace un instante; el río corre mansamente al mar propincuo... —. . . . . . . . . . . . . . . . —¿Yo pedante porque digo propincuo? Evidente. Quiero decir, al mar cercano, su natural acabamiento, á libertarse del cauce tirano, á ser Océano, á ser un segundo firmamento. Apágase el día en su luz postrera, mas ve que, apagándose, atiza una grande y purpúrea hoguera, cuya es la ceniza, una vez que muera, tanto y tanto lucero, tanta constelación. Pasó el acto primero de la diurna función. Ahora viene el segundo que es mucho más profundo ¡Todo emoción! —. . . . . . . . . . . . . . . . —Dices que no me entiendes... Claro. Cominito ¿qué me has de entender? El hombre es un bicho muy raro. Pues, ¿y la mujer? ¿No tienes dudas ni teorías, hormiga? ¿Temes el sordo abismo del no ser? —. . . . . . . . . . . . . . . . —Sí, trabajas todos los días. Lo sé. Mas, ¿no profesas el hormigocentrismo? —. . . . . . . . . . . . . . . . —Sí; sólo en la faena se agota tu desvelo. —. . . . . . . . . . . . . . . . —Ya; cuidas del mañana con mira terrenal. Eres dichoso porque nunca miras al cielo. No sabes del bien ni del mal. No sientes melancolías ni la horrible desolación del que ve que se acaban sus días y en su boca se hiela la canción. Y esto no obstante... Madama Comino; hoy tiembla en el campo un austero éxtasis. Hay trino de verderón y de jilguero. Entre la brisa salitrosa y cauta la campanilla suena, al paso tardo del buey. Suena la flauta del sapo humilde y pardo. Suena maravillosamente el río. Y ya se acerca el huracán del tren. Tú vas á tu hormiguero. Voy yo al mío. Hermana hormiga, que te vaya bien.
Epílogo.—En el cielo.
Esta es la gloria de los buenos, el paraíso donde los animales viven vida inmortal. Un ámbito entre muros de diamante, con friso de cometas (porque estas son la pauta ideal de los bichos, á causa de su cola divina). Una pradera, como de plumas de papagayo, tan blanda y verde es. Una colina donde Alectryon se empina por fulminar el rayo de su quiquiquí á las gloriosas huestes. Corre, para Calígula, leche tibia en regatos, y es que la leche otorga emociones celestes á las bacantes dúctiles y á los dúctiles gatos. Á trechos, de lo verde surge un hueso mondo y suave como el marfil de Etiopía, para que en él Sultán juegue el diente travieso, y el meollo le extraiga, que es de miel y ambrosía. Y la hormiguita tiene senderitos de plata con simientes de oro que ella empuja, de espacio, á la troje, escondida debajo de una mata de rosas; hormiguero que parece un palacio. Y todo es paz, y todo es dulzura y ventura dentro del paraíso de las bestias sencillas. Al seno de Dios ha retornado la criatura y el agua de la nube á la mar sin orillas.
***
—Ven Francisco, hijo mío; tu dulce faz asoma á este jardín dilecto de mi reino infinito.— Dice Dios. Por encima revuela la paloma. Á su diestra está el hombre, según estaba escrito. Y Francisco se asoma sobre el fresco recato inmarcesible, en donde los bichejos están, y en amor derretido les dice: —¡Hermano gato, hermano gallo, hermana hormiga, hermano can!— Y Dios. —Más gratamente resuena en mis oídos el murmullo que puebla este dulce jardín que flauta y lira y cánticos de ángeles y elegidos, ó la voz inflamada que vierte el querubín. ¡Oh, hijos míos, cuajadas de mi propia sustancia, normas, sendas por donde el mezquino saber pudo evadirse de la ciudad de la ignorancia! Pero, los hombres no quisieron entender.
VII
Los vecinos de Cenciella, sabiendo que el señorito de la casona alta estaba en el pueblo, se asombraban de la reclusión en que se escondía; él, otras veces tan amigo de holgorios y gente aldeana... Cuando Rufa, la vieja criada tradicional, usufructuante de por vida de la casona, salía á hacer la compra, le preguntaban por don Albertín:
—¿Qué queréis que vos diga? —contestaba la vieja— Nunca lo vi como ahora. Rompióle una pata á Azor, y ahora enséñale á hacer títeres. Y aluego, cuándo con los perros, cuándo con las gallinas, cuándo con el gato, pásase el día entre animales.
—Es que no sale ni á misa —replicaba alguno.
—Á misa ya sabéis que nunca fué. En eso tira al padre; Dios le haya perdonado.
—Visitáralo la viuda.
—¿La viuda? ¡Bah, bah! Entavía non la vió. Si non sal de casa... Ella sí, pásase el día asomada pel la tapia. Ya sabéis; como las huertas están xuntas, pared por medio, y la de la viuda más alta...
VIII
La casa solariega de Alberto estaba desviada de Cenciella como cosa de medio kilómetro. Delante de la fachada, al estilo plateresco, se hacía un espacio en círculo, enarenado, con poyales de piedra en lo más extremo de él y todo en torno eminentes álamos reales. De un costado y otro del edificio, y siguiendo el plano del frente, arrancaba el alto tapial de la posesión, doblábase á poco en dos ángulos rectos, é iba ladera arriba, hacia el fondo, cuya pared era medianera entre la huerta de Alberto y la de la viuda de Ciorretti. La finca de la dama ocupaba lo más empinado del ribazo, de suerte que desde ella se podía otear, al pie, la del vecino.
Era la viuda una rozagante matrona, de oriundez piamontesa. Sus cabellos cobrizos; la piel de requesón, constelada de pecas; labios gordezuelos é impregnados de abundante humedad; las pupilas, entre grises y ambarinas, gatunas; las pestañas casi albinas, y en junto los ojos como los de las yeguas bayas; el cuello, amplio y abarrilado, que ella gustaba de exhibir siempre. Por disimular cierto exceso de carne usaba corsé hasta medio muslo, y lo ceñía de firme, con lo cual el tronco tomaba un aspecto de tiesura maciza y majestuosa. Andando, arregazaba la falda con mucha desenvoltura, descubriendo la pierna desde el gozne de la rodilla, unas medias de matices suaves —lila, fresa, musgo, tabaco—, y unas botas de color bronce y brillo metálico, hasta media pantorrilla. De la armonía total de sus perfecciones naturales y atavíos resultaba cierto encanto fofo ó incentivo deslabazado á propósito para satisfacer esa voluptuosidad perezosa, característica de las siestas estivales.
En Cenciella y Pilares se conocía de público la historia lamentable de su viudedad, el desconsuelo que esto le trajo, y la manera sencilla con que hubo de recobrarse del quebranto conyugal. Su esposo, Antonino Ciorretti había sido un hombre estupendo, tanto en las partes físicas como en las prendas del intelecto; ardiente, membrudo y vigoroso como un romano de los tiempos de Rómulo; y luego, astuto, emprendedor, perseverante. Estableció en Pilares una fábrica de sombreros, con tan buena fortuna que á los dos años arrastraba coche. Como buen mozo, y convencido de que lo era, gustábale lozanear, cabalgando á través de las tortuosas calles de Pilares. Las provincianitas, huesudas y anémicas, á causa de la vida recoleta y del abuso de las prácticas devotas, viéndole pasar, bien arzonado y jactancioso, muy cerca de los miradores tras de los cuales bordaban ó leían la Leyenda Dorada, envidiaban nebulosamente á Pía Octavia Ciorretti, la mujer del italiano. Los caballos eran dos, Dante y Petrarca, uno flor de romero y otro castaño rodado, entrambos de silla y tiro al propio tiempo. Cuando el matrimonio salía en coche, un mylord de gomas, llevaban de cochero á Joselín, el Chelu, muy conocido y celebrado de la plebe pilareña; un chicarrón de rostro agudo y apicarado.
Para los habitantes de Pilares la pareja Ciorretti constituía el arquetipo de la dicha epicúrea. Se les imaginaba siempre entregados á un sensualismo venturoso. Pero he aquí, que una mañana, sin ton ni son, se muere el fabricante de sombreros. Pía Octavia, igual que la matrona de Éfeso, quiso morir y ser enterrada á la vera de aquel cuerpo tan amado, y tan amante. Repelía todo consuelo de amigos y conocidos, exclamando, con bastante candor, no exento de malicia, que el muerto le había dejado un vacío difícil de llenar. Con esto, todos dieron por hecho que Pía Octavia no tardaría en seguir á Antonino al sepulcro. Buscando lenitivo ó consolación en su duelo, acostumbraba bajar á la cuadra, y allí, ante la presencia atónita é inflamada de Joselín, el Chelu, como en demencia ó extravío de pasión, iba á llorar, abrazar, besar, mimar, acariciar, hacer mil muestras de frenético agasajo, cuándo á Dante, cuándo á Petrarca, á los dos potros que él, su Ciorretti, había cabalgado tanto. Eran dos recuerdos vivos del esposo, prematuramente desaparecido, y Pía Octavia, por una de esas candorosas locuras hijas del amor cuando se ayunta con el dolor, suponía que los caballos experimentaban una nostalgia semejante á la de ella. El tiempo no corregía la amargura de la pobre mujer, sino que la acrecentaba. La efusión que dedicaba á los caballos era cada día más tempestuosa: dijérase una Pasiphae delirante que no entendiera mucho de zoología. Y Joselín, cuyos nervios se iban poniendo de punta y su mente ofuscándose, resolvió colocarse de por medio, prodigar consoladoras palabras á la viuda, y aliviarla de tanta pena, por los medios que buenamente se le ocurrieran. Joselín era avispado y de mucha labia. Industrióse con tanta cordura y sutileza que atinó á llevar al ánimo de Pía Octavia el néctar de la mitigación, lo cual la viuda agradeció tanto que eximió de la cuadra al caritativo mancebo y le ofreció dinero bastante con que estableciese una tienda de vinos, que era el ideal de Joselín. Los vecinos de Pilares dieron en interpretar aviesamente la liberalidad de la viuda, y á poco de abrirse la tienda de Joselín, le inventaron al dueño un remoquete ó apodo que cundió al punto hasta llegar á sustituir al anterior de el Chelu. Se le llamó, de allí en adelante, Joselín, Priapo de oro.
Á Priapo de oro, en viéndose propietario de un establecimiento lujoso —pintó la portada de vermellón—, se le subió el orgullo á los sesos, perturbándoselos no poco. Dióse á la francachela, á las costumbres licenciosas, y en compañía de hombres libertinos y mujeres alegres, fué endeudándose de fea manera y á tal extremo que, en vísperas de complicaciones judiciales, hubo de acudir á la viuda.
—Imposible, Joselín —respondió enojada la Ciorretti—. Fuiste leal y bueno conmigo... y para con la memoria de tu amo. Creo que te pagué razonablemente. Tú sabrás lo que has hecho con el dinero, que no era poco. Me pides más, de nuevo: imposible, hijo, imposible. Niente, niente.
Aquella misma noche se suicidaba Priapo de oro. Esto acontecía á los dos años de enviudar la italiana. Á los pocos días del suicidio, huyendo de lenguas ociosas, salió de Pilares y fué á refugiarse en Cenciella, á una casa que Antonino había comprado en excelentes condiciones á unas hidalgotas, vírgenes vetustas, venidas á menos. Habíase despojado ya del luto, y gustaba de vestir dentro de sus dominios unas batas ó peplos livianos, ondulantes y de célicas entonaciones. Alberto, en la huerta de al lado, pintaba con singular aplicación. La viuda acechaba al mozo, oculta entre los pomares, y como no le desagradase su pergeño, sencillez y buen aire, fué aficionándosele y discurriendo un arbitrio con que acercarse á él. Mandó levantar un terradillo, en la tapia medianera, y á él subía en atardeciendo, vaporosamente, á tiempo que las estrellas asomaban en el cielo. Alberto, en un principio, no le concedió mucha importancia. La viuda estaba determinada en hablar al pintor, pero no se le deparaba coyuntura. Por fin, una tarde que lo tuvo cerca, á pretexto de unas plantas de rábanos, rompió á hablar así entre dengues y rubores:
—Joven. ¡Ay! Usted dispense. ¡Jesús, qué atrevimiento! Le he llamado á usted sin darme cuenta, distraídamente.
La viuda, envuelta en tules azul pálido, se recodaba en lo alto de la cerca, la cual, por la parte de Alberto, estaba recubierta de melocotoneros, en espaldera.
—Mándeme usted, señora —respondió Alberto, acercándose con naturalidad al sitio por donde asomaba la Ciorretti.
—Dirá usted que estoy loca —se ocultaba el rostro con las manos—. ¿De veras me dispensa usted?
—Pero ¿de qué? Si es por haberme dirigido la palabra, se lo debo agradecer...
—Muy amable. Su huerta es muy bonita, y está muy bien cuidada. Desde aquí se domina muy bien. El jardín, ya no tanto. Digo que no se domina tanto, por los árboles. Parece que tiene usted muchas flores.
—Todas á su disposición...
—No será tanto... Ya tendrá usted algunos compromisos...
—¡Qué tontería! —comentó Alberto, riéndose con ingenuidad—. Ahora es usted la que debe perdonar; una exclamación involuntaria.
—No, si me gusta que me trate con confianza: al fin y al cabo somos vecinos. Usted solo, según me han dicho, ¿verdad? Yo sola. ¡Ay! Y usted pensará: ¡Qué pesada se pone Pía Octavia!
—No, no; no pienso tal. Pero usted iba á decirme algo, al principio, Pía Octavia.
—Se va usted á reir. Pues... me gustan mucho los rábanos. Aquellas plantas, ¿son rábanos?
—Se lo preguntaré á Celedonio.
—Lo son; los conozco muy bien. Tire usted de una matita, verá como sale el rabanito. Así, no; que se rompe la mata. ¡Jesús, qué torpe! ¿Lo ve usted? Ya se ha roto. Voy yo á su huerta, es decir, si usted me lo consiente.
—No faltaba más. ¿Á salto?
—¡Qué horror! En dos minutos estoy ahí. Desapareció detrás de la tapia.
Á poco, estaba con Alberto extrayendo rábanos de la tierra. Había anochecido ya, y de ahí que la Ciorretti se tropezase á veces con el joven. Á partir de esta recolección vespertina comenzó la amistad, que llegó á hacerse íntima. Alberto, á la postre, claudicó, pero sin poner en sus relaciones con la viuda otro interés que la voluptuosidad leve á que el calor estivo le inducía. Concluído el verano, quebróse toda ligadura, y Alberto no volvió á acordarse de Pía Octavia, de sus peplos incitantes ni broncíneas botas.
Ahora, en aguda crisis espiritual, encerrado en sus cogitaciones, no echaba de ver que la Ciorretti le esperaba á diario sobre el terradillo. Una tarde salió Alberto á sentarse al pie del parral. La viuda, que lo vió, comenzó á dar grititos, y el joven hubo de acercarse.
—¡Ingratísimo! Así se trata á las amigas. Cerca de un año hace que nos separamos.
Quiso hablar Alberto, pero la Ciorretti se le adelantó.
—Si no necesito disculpas... Ya sé que se va usted á casar. ¿Cuándo, cuándo es el acontecimiento?
—¡Casarme...!
—¿Cómo casarse? Cualquiera diría que le toma de sorpresa...
Alberto se las arregló como pudo para cortar cuanto antes el palique y volvió á encerrarse en la casa. Llevaba el corazón colmado de un sentimiento de vergüenza. Las mejillas le abrasaban. Su novia... ¡Pobre Fina!
Hizo sonar el timbre, y en acudiendo Manolo, le ordenó que á la mañana siguiente le tuvieran apercibido un maletín y un caballo con que ir á Villaclara.
Al siguiente día, cuando montaba á caballo en la plazoleta orillada de álamos reales, oyó á manera de un lloro en los balcones. Azor y Sultán asomaban el hocico entre los hierros pugnando por arrojarse á tierra.
—¡Calla, Sultán; calla, Azor, que pronto vuelvo! Y se despidió afablemente con la mano.
IX
Conforme hacía camino el caballo, á compás del trote cochinero y machacón, Alberto procuraba concentrarse, sentirse, conocerse. La conciencia se le evaporaba. Poníase á cantar distraídamente, acoplando el ritmo al trote del rocín, hasta que llegaba un punto en que volvía sobre sí, sorprendiéndose de cantar y vivir como por máquina. Comprendía difusamente, entre turbios vapores espirituales, que en su alma germinaban á lo sordo las ideas matrices y las normas morales de una vida renovada, toda serenidad y aplomo.
El día era encalmado, muelle, y el campo pulquérrimo, como si las lluvias recientes lo hubieran esmaltado. Un vasto olor á tierra húmeda abarcaba en su seno matices profusos de flores varias; la madreselva emitía la nota aguda.
Alberto descabalgó, tronchó unos piños de madreselva y los sujetó en un ojal de la chaqueta.
Las praderías verde-veronés, tachonadas por la mancha bermeja de las vacas pacientes, le obligaban á detenerse en ocasiones, henchido de sutil emoción de color, reposándose de toda inquietud, á la manera que un líquido, rota la redoma, se difunde por una superficie plana. Recobrábase luego, y entendía de pronto, aunque sin pararse á teorizar, el infinito deleite egoísta que macera la soledad del ermitaño.
Almorzó en una venta, en la raíz de la cuesta del Palomo, y pidió que le sirvieran solamente verduras y frutas para postre. El ventero le tomó por loco. Salió después de comido, cuesta arriba, entre pinos muy fragantes. Desde la cumbre del Palomo se atalaya un valle por donde corre, en meandros la ría de Villaclara; las márgenes, guarnecidas de casas de recreo, á modo de flores blancas y rojas, las cuales van espesándose y forman poblado; al fondo, el mar. En aquella sazón la ría estaba gris y refulgente, como de mercurio; terso y verdoso el mar. En la desembocadura flotaba un bergantín con el velamen marfileño desplegado.
—«¡Pobre Fina!» —se dijo Alberto colocándose de repente en circunstancias históricas. ¿Amaba ó no amaba á su novia? La imagen de aquella criatura, amasada con sustancia de mansedumbre y silencio en carne morena y casta, se le huía á temporadas del corazón y la memoria; mas de súbito acudía á poseerlo infundiéndosele dentro de las entrañas de tal suerte, que le provocaba la ilusión de estar animado de un vaho etéreo, de una fuerza ascendente. Y comenzaba la garganta á inundársele de sollozos, mitad de remordimiento y mitad de ternura.
—¡Pobre Fina!
X
Don Medardo Tramontana estaba reputado en Pilares como uno de los capitalistas más fuertes. Emigrante á Cuba en los primeros años de su adolescencia, la fortuna le fué benigna. Á los treinta y cinco años de edad volvía á España con sus dos milloncejos de pesetas á cuestas, y en estado de inefable delgadez, la cual se hacía más notoria á causa de su aventajada estatura. En Santiago se había dejado el hígado y todas las sustancias adiposas del organismo, pero volvía cargado de ilusiones, sabiendo leer en voz alta con mala prosodia y hablar aforísticamente, y con la misma abundancia cordial con que se había ido. Lo primero, favoreció en una medida conveniente á su parentela, aldeanos del interior, extremadamente pobres. Luego se estableció en Pilares, y allí puso en cotización sentimental su cara huesuda, amarilla, aguileña, como una onza, muestra patente de las muchas que tenía. Entre los cuarenta y los quince, la mayoría de las vírgenes pilareñas aspiraron á la dulce posesión de la onza. Don Medardo seleccionó con buen tino, y en último término hizo suya á Lolita Muslera, dieciséis años más joven que él, no mal parecida y de generosas condiciones morales. La fecundidad del matrimonio fué somera; dos hijas ó vástagas, según don Medardo, dió por todo fruto. Leonor, la primera, fué desde muy niña vivaracha, desenvuelta, mimosa. Josefina, por el contrario, era taciturna, meditativa y poco afectuosa exteriormente. Los padres amaban más á Leonor, y se enorgullecían de su hermosura, que, en rigor, no era sino movilidad y gracia del rostro. Á Josefina la habían habituado á considerarse fea; pero, la serenidad clásica de sus líneas, el sosiego de sus grandes ojos, la sonrisa apenas esbozada y el decoro de su expresión, eran notas que se armonizaban en una belleza exquisita, difícil de ser gustada á no ser con reverencia y recogimiento. Sin embargo, Josefina tenía dentro de su hogar un adepto; la tía Anastasia, hermana de la madre de don Medardo, y mujer muy ingenua y llana. Leonor no gustaba de salir á la calle con la tía Anastasia, porque ésta no había logrado nunca adquirir el buen porte de las ciudades. Á Josefina, en cambio, le agradaba la compañía de la vieja, y no era raro que fueran las dos juntas á la plaza á hacer la compra.
Don Medardo había conocido á Alberto en el Círculo de la Alianza Industrial y Mercantil, en el cuarto del crimen, ó sea sala de juego. Don Medardo entraba por entretenerse. Á las diez monedas de peseta, que era todo su caudal diario de aventura, las hacía experimentar infinitas y emocionantes fluctuaciones, y así pasaba las horas, ajeno de todo cuidado. Delante del tapete verde hubiera sido cumplidamente feliz á no ser por las burlas de que le hacían objeto los señoritos de Pilares, burlas que él á su vez solía repetir con la tía Anastasia, moviendo la hilaridad de doña Dolores y de Leonor; y hasta se permitía corregir el vocablo á la vieja, sólo que daba la pícara casualidad que en tales casos era él quien se equivocaba. Desde la primera vez que don Medardo vió á Alberto, le consagró una gran simpatía y admiración respetuosa. Alberto no chanceaba con él, como los otros; indudablemente, era un señorito con educación é higiénico; y para don Medardo estas palabras tenían mucha transcendencia. Un día, como aspirando á lo imposible, don Medardo osó invitar á Alberto á que almorzase en su casa, añadiendo que, tanto Dolores como las niñas, tendrían mucho gusto. Alberto aceptó. En la mesa se condujo con gentil donaire y sencilla afectuosidad. La familia quedó cautivada. Por la noche, estando doña Dolores en su alcoba haciéndose la trenza, á punto de insinuarse en el tálamo conyugal, ó que tal había sido, y que ella acaparaba en razón de su corpulencia, presentóse de improviso don Medardo en ropas muy menores y en tremenda manifestación de su estructura ósea.
—¡Qué susto, Medardo!
—Calla, mujer. No podré dormir si no te digo un secreto.
—¡Ay! ¿Qué ocurre?
—¿Qué te parece Alberto?...
—Me lo has preguntado cien veces en el día, y te he respondido lo mismo; muy simpático.
—¿Qué duda coge? Y con educación. Oye, ¿qué te parece si llegara á casarse con Leonor? Un joven tan higiénico.
—Calla, hombre, no digas tonterías. Y no es porque ella no se merezca eso y más.
—Ya lo creo; por eso lo digo. Mira que... Vaya, adiós mulata.
Claro está que doña Dolores no era mulata, pero tal era el loor más tierno de don Medardo, el cual, acercándose á su esposa, la besó en la frente, alta, rotunda, serena, donde no se habían albergado nunca ideas tormentosas.
La misma noche, la tía Anastasia preguntaba á Josefina:
—¿Qué te parece ese rapaz, neñina?
—¿Qué rapaz, tía?
—¿Quién ha de ser? El que comió hoy aquí.
—Pues... nada.
—¡Ay, palomina mía! —suspiró la vieja, abrazando fuertemente á su sobrina.
Alberto frecuentó desde entonces la casa. Sus visitas fueron tan asiduas y largas que don Medardo, destilando satisfacción por ojos y boca en forma de sonrisa, se creyó en el caso de preguntar á su hija Leonor, á tiempo que le prodigaba cariciosos golpecitos en la mejilla:
—¿Qué hay? Al papá no se le oculta nada. ¿Os entendéis ya? ¡Ah, picarona! Dímelo, ea.
—Pero, ¿quiénes, papá?
—¿Quiénes han de ser? Tú y Alberto.
—Anda, anda... Ni en sueños. ¿Cómo se te ha ocurrido una idea tan descabellada?
Don Medardo agachó la cabeza, anonadado:
—Pero, entonces... —se atrevió á objetar—, ¿á qué santo ese visiteo de todos los días?
—Yo qué sé, papá: vendrá por entretenerse.
—Además, si no me equivoco, os he oído trataros de tú.
—Sí; á los pocos días nos hablaba de tú á Josefina y á mi. No sé si también á la tía Anastasia. Milagro será que el mejor día no os tutee á mamá y á ti. Dices que es muy buen chico, y no lo dudo, y que tiene talento, y eso, permíteme que lo dude. No sabe bailar rigodón, ni recitar versos de Pérez Zúñiga, ni juegos de prendas..., y luego, hay tardes que apenas si despliega los labios.
Don Medardo intentó exculpar á su ídolo:
—Eso es sin duda culpa de Josefina, que parece una marmota; y, claro, el muchacho se encontrará prohibido.— Don Medardo pensó decir cohibido.
Sí, la marmota era la causa del silencio de Alberto, y también de las visitas diarias. Había comenzado por sentir un llamamiento recóndito desde el hogar del indiano. Á él acudía sin saber por qué, como si la mecánica de su espíritu le indujera á pensar que sólo allí encontraría equilibrio estable. En los preámbulos de sus relaciones, mostrábase locuaz y chispeante, perseguía la amenidad y aspiraba á hacerse querer de todos. Á Josefina la trataba como á una niña, porque si bien andaba por los veinte, á ello le autorizaban las trazas infantiles de la muchacha, su grande ingenuidad y la misma opinión del resto de la familia. Pero, poco á poco, Alberto fué comprendiendo que la supuesta niña guardaba un arcano interior, profundo y rico. Arrepintióse de las palabras frívolas, de las gracias de poco momento que hasta entonces le había dicho, y pensó, como en un ideal vislumbrado, en poseer el alma de Josefina. Soñaba con ella de continuo. Estando á solas, rebuscaba y componía las frases modestas y llenas de pasión que luego había de decirle; pero, en acercándose á ella, sentíase desesperanzado y como á infinita distancia de aquella pureza estelar que debía de ser el corazón de Josefina. Rehuía la conversación, considerando que tal vez el silencio era la única vereda que le condujera al afecto de la amada. Una tarde Alberto sorprendió á Josefina contemplándole de tan intensa manera que no cabía duda acerca de la naturaleza de sus sentimientos. Al verse sorprendida, no bajó los ojos, no se ruborizó, sino que siguió mirando, fijamente, tenazmente, amorosamente. Alberto estuvo á punto de abalanzarse á besarle los pies, á adorarla, sin miramiento de los que estaban presentes. Refrenó su frenesí hasta que pudo hablar un momento á solas con Josefina, y dijo, tembloroso, los ojos húmedos:
—Pero, ¿es verdad que me quieres?
—Sí —respondió Fina, con voz tersa.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre; y para siempre.
Y siguieron mirándose de hito en hito, como si el amor los hubiera inmortalizado, trocándolos en estatuas.
Los amores de Alberto y Fina se traslucieron muy pronto. La tía Anastasia los consideró como un triunfo personal suyo. Don Medardo no se resolvía á alegrarse; se encontraba vagamente vejado; le hería que Leonor hubiera sido postergada. De otra parte, no podía entender qué era lo que Alberto había visto en Fina, para enamorarse de ella, y llegó á dudar de la sinceridad del joven.
—¿No se querrá reir de ella, Dolores? —preguntaba á su esposa.
—Yo qué sé, Medardo. Los hombres sois tan particulares... ¿Qué tenía yo para que tú te hubieras fijado en mí?
—No acompares, mujer. Ya quisiera Fina parecerse á ti, cuando tenías su edad... —Luego inesperadamente encendido.— ¡Y aun ahora..., mulata! —la oprimió con ímpetu el mantecoso brazo.
—¡Ay, Medardo; no seas bruto! Ellos parece que se quieren, de modo que mientras dura...
—Sí, pero hay otra cosa. ¿Te parece bien que la mayor, la más lista, la más guapa esté sin novio? Es una injusticia y no puede ser.
—Ya sabes que pretendientes no la faltan.
—Si tú llamas pretendiente á ese Hurtado... Un títere.
—Y ya ves; á ella no le disgusta.
Leonor se había encaprichado por Telesforo. Olióselo éste y se propuso cultivarle el capricho, hasta que alcanzase el máximo desarrollo. Para ello, había sobornado, con bastante tacañería, á una criada, la cual entregaba á diario á la señorita una carta y una composición poética. Los versos de Hurtado estaban cargados de vehemencia y detonantes ripios. Pero á Leonor la sacudían los nervios, haciéndola suspirar, con una mano sobre el corazón.
El emponzoñamiento poético llegó á manifestarse por medio de alarmantes perturbaciones. La infeliz enamorada perdió el apetito, la risa, el arte de bordar zapatillas de moqueta, y con periodicidad abusiva experimentaba soponcios y patatuses. La entereza de don Medardo sufrió con esto tan rudos golpes que en poco tiempo hubo de desmoronarse, dejando abierta á la voluntad de su hija amplia brecha por donde penetró triunfalmente Telesforo Hurtado.
Pero Telesforo se determinó en captar las simpatías de los papás y lo consiguió. Por el contrario, Alberto, según pasaba el tiempo, incurrió en tales arbitrariedades y ligerezas que don Medardo y su esposa llegaron á dudar del estado de su mente. Tan pronto desaparecía de la casa, haciendo suponer que había roto con Fina, como se presentaba sin previo anuncio, con grande aplomo y naturalidad, no de otra suerte que si fuese la muchacha una prenda sobre la cual él ostentara indiscutible derecho. Por eso no era raro que doña Dolores murmurase de vez en cuando:
—¡Quiera Dios que tu ligereza de haber traído á casa á ese hombre no nos cueste cara, Medardo!
XI
Era por la mañana, pocos momentos antes del almuerzo. Estaban sentados en el jardín de la casa don Medardo y su mujer, Hurtado y su novia. Fina cortaba flores con que adornar la mesa, lejos del grupo y de manera que no podía alcanzar lo que hablaban. Don Medardo, con el tronco terriblemente tieso sobre un sillón de paja, exhaló un balbuceo:
—Pero, ¿usted cree, Hurtado, que ese... criminal? Vamos, quiero decir... ¿Cree usted que es él...?
El rostro de don Medardo era cadavérico.
—Por Dios, papá, no te pongas así.
—Calla, Leonor —ordenó el padre.
—Le diré á usted... Yo ya le he contado. Al día siguiente del suceso misterioso estuve en su casa. Aquello era una ruina; todo roto...
—«Señales evidentes de sangrienta lucha»; ya lo dice el periódico —intervino doña Dolores.
—Pero él —continuó Hurtado, estirándose verticalmente hacia abajo las guías del bigote— estaba muy fresco. Se bañó delante de mí, y se untó luego con un agua que le cuesta catorce pesetas el frasco.
—¡Qué monstruo! —exclamó don Medardo, elevando los brazos al cielo, y con un periódico nerviosamente estrujado en la diestra. Parecía un profeta demente, consumido por los ayunos y las maceraciones.
—Mira, papá; te excitas sin venir á cuento. Alberto será todo lo que se quiera, y ya veis que yo no he sido santa de su devoción, ni él de la mía; pero eso que decís, ¡vamos!, me parece tan extraño, tan imposible...
—Imposible, no —afirmó Hurtado.
—¿Es que tú quieres empeorarlo, Telesforo?
—¡Imposible...! —sollozó don Medardo, sacudiendo la cabeza cogitabundamente— ¿Sabes, hija mía, lo que es una borrachera, un lavabus, como le dicen esos señoritos, que mil veces se lo he oído en el Círculo?
—¿Cómo va á saber ella lo que es una borrachera, Medardo?
—Bueno, de oídas he querido decir, mujer. Pues sí, hija mía; cuando toman uno de esos terribles lavabus, se convierten en energúmenos. Una noche rompieron todos los espejos del Círculo, y cuidado que había algunas lunas de cuerpo presente —se refería á los espejos de cuerpo entero— que valían un dineral; luego arrojaron á la calle todos los muebles del salón amarillo, hasta los tudescos —chubesquis— ardiendo y todo como estaban, que no se produjo una confragación por milagro divino; luego, se desnudaron...
—Estarían preciosos —comentó Leonor, procurando tomar el lance á risa, y, desde luego, provocando una mirada colérica de su novio. Doña Dolores, que lo observó, acudió al pronto:
—¡Qué cosas dices, Leonor! Y tú, Medardo, estás tan nervioso que no reparas. Cambiemos de conversación, que se acerca Fina.
—Por si acaso —susurró don Medardo, en voz tenebrosa é insinuante, inclinándose sobre su mujer—, conviene que le digas á la niña durante el almuerzo que se le quite eso de la cabeza.
—Mira, díselo tú, que eres el jefe.
Josefina se acercó al grupo; se sentó en una silla baja.
—¿Has puesto ya las flores en la mesa? —preguntó Leonor.
Josefina afirmó con la cabeza.
Telesforo, sirviéndose de hábiles anfibologías, sugirió la idea de que era ya hora de comer, de lo cual todos se habían olvidado. Se encaminaron al comedor con aire lúgubre, como si por primera vez fueran á iniciarse en ritos de antropofagia.
El almuerzo se deslizaba en un ambiente de sopor funerario. Cuantas veces intentó Hurtado abocar un tema de palique fácil, vió fracasada su empresa. El escaso apetito de la familia Tramontana le cohibía de embaular tanta vitualla como su estómago solicitaba. Don Medardo había rechazado la tortilla con evidente despego; los demás apenas si la tocaron, de manera que llegó al turno de Telesforo casi en su íntegra y doncellil rotundidad. Hurtado la contemplaba con amorosa codicia, ansiando poseerla; pero, acometido del pudor deglutivo, hubo de conformarse con un segmento.
La tía Anastasia, que estaba en el secreto de todo, y á causa de su ingenua imaginación suponía ya á Alberto aherrojado en mefítica mazmorra, experimentaba en aquellos momentos agonías mortales, y se veía y se deseaba para no romper en un lamento desgarrador. Tenía el corazón como una alcaparra.
Josefina miraba á ratos en torno suyo serenamente. Veía aquel espectáculo extraño, pero no sentía curiosidad por conocer sus causas.
Un pato, con nabos, que apareció en el centro de la mesa, parece que transmitió á la voluntad de don Medardo cierta dosis de energía.
—Las situaciones difíciles hay que resolverlas pronto —habló. Su acento oscilaba y por momentos se hendía, ronco. Miraba al pato y á los nabos con la tenacidad de la desesperación.
Doña Dolores y Hurtado pusiéronse á contemplar tozudamente el mantel. La tía Anastasia se mordía los labios por dominar el sollozo. Leonor seguía los gestos de su padre. Josefina aguardaba los acontecimientos, sin sospechar que ella era la víctima.
—Josefina, hija mía.
Josefina volvió el rostro hacia su padre, un poco asombrada. Don Medardo bebió un buche de agua de Vichy.
—Tengo que decirte algo que me parte el corazón —la piel de Josefina, morena, suave y mate, como de cera, empalideció—. Tus relaciones con Alberto han terminado para siempre.
Josefina, callada, quieta, impasible, aguardaba nuevas palabras. Don Medardo no atinaba á continuar hablando. Se interpuso Leonor:
—No le alarmes, papá quiere decir...
Y don Medardo, cogiendo la frase:
—Quiero decir que han terminado para siempre. ¿Lo oyes? —silencio— ¿Lo oyes?
—Sí, ¿qué más? —con voz apacible y tranquila.
—¿Eh? —inquirió don Medardo, entre estupefacto y desfallecido.
Y Josefina, en la misma pauta de serenidad:
—Si se ha muerto ó... se ha casado.
—Peor, peor; no preguntes, hija de mi alma —y se ocultó el rostro entre las manos.
Entonces la tía Anastasia estalló en un alarido trágico; doña Dolores se abalanzó sobre su esposo creyéndole atacado de un mal repentino; Leonor acudió en auxilio de su madre; Hurtado se vió constreñido á abandonar el muslo del pato con el aditamento de media docena de nabos por acudir en ayuda de su novia, y Josefina entretanto, con su divino aplomo de estatua, aguardaba sin impaciencia.
Don Medardo se encontraba mal. Entre doña Dolores, Leonor y Hurtado lo condujeron á su alcoba. Quedaron solas en el comedor Josefina y la tía Anastasia.
Josefina interrogó con los ojos á su vieja amiga, y ésta le refirió todo lo que sabía; á lo cual, la niña no pudo menos de suspirar, de manera que parecía sonreir.
—¿Quién lo diría, verdá, paloma?
—Pero ¿está en la cárcel, tita? ¿Sabes algo?
—Nada sé de cierto; pero ¿dónde quieres que esté?
Josefina se recogió dentro de sí misma; sobre la cera de su rostro resbalaba una lágrima.
—¡Cuánto te hace sufrir, paloma! Es cosa de un momento. Lo olvidarás y lo aborrecerás como se merece.
—¿Qué dices, tita Anastasia? ¿Tú dices eso, tita Anastasia? Ahora lo quiero más que nunca, porque ahora estará sufriendo, quizá llorando. Estar separada de él... ¿No lo comprendes, tita Anastasia, tú que eres buena y entiendes estas cosas del querer?
La tía Anastasia permaneció perpleja unos instantes; luego, llorando, estrechó entre sus brazos á Josefina:
—Sí, dices bien, paloma. Jesús, Jesús, ¿cómo pude yo dudarlo? ¿Te hice mal, paloma?
Josefina, dejándose besar, negaba con la cabeza. Se desasió de los brazos de la tía.
—Voy á ver cómo sigue papá.
Desde la puerta de la alcoba siseó, llamando á Leonor.
—¿Está malo de veras?
—No es nada. ¡Ay! Gracias á Dios. ¿Por qué no entras?
—Si le disgusto...
—Vaya, no seas tonta. ¿Qué culpa tienes tú? Ah, ¿te ha dicho algo la tía?
—¿De qué?
—De lo de Alberto.
—Sí, todo.
—Por supuesto, á mí, aun cuando me lo juren frailes descalzos, no me entra en la cabeza. No puedo creer que sea cierto. Y tú, ¿qué dices?
—Que aun cuando fuera cierto...
Leonor abrió mucho los ojos; se adelantó á exclamar:
—¡Lo que ibas á soltar, niña! Se te ocurre cada disparate...
—¿Es que tú?...
—¿Yo, en un caso de esos?... Vaya, hombre; cruz y raya. Como si le dieran viruelas. Vamos con papá.
Don Medardo bebía una poción reconfortante, y Telesforo le sostenía el platillo de la taza. Al ver á Josefina la solicitó con el gesto, y cuando la tuvo á su lado la aprisionó por la cintura.
—Pobre hija mía, qué pena me das.
—Tranquilízate, papá, y no te inquietes por mí. Con la mano derecha alisaba, lenta y mimosa, unos cabellos ralos y crespos, sobre el cráneo picudo de su progenitor.
—Si saliéramos al jardín... El aire le hará mucho provecho —aconsejó Telesforo. Sus palabras no eran sino eco deforme de su pensamiento: «si salieran al jardín, yo podría terminar el almuerzo en paz y en gracia de Dios.»
—Sí, Medardo. Telesforo habla como un libro. Al jardín —y ayudó á incorporarse al esposo.
Sentóse la familia bajo el parral sombroso que corre á espaldas de la casa, y Hurtado, con escurridiza ingeniosidad se insinuó en el comedor.
Á las tres de la tarde, Telesforo hubo de bajar á Villaclara á ciertos menesteres. Don Medardo, doña Dolores, Leonor y la tía Anastasia fuéronse á dormir la siesta. Josefina permaneció en la huerta, repasando y adobando hortalizas y plantas de flor. Sacó á Sirena, la vaca familiar, á pacer de la apretada y sustantífica hierba de un pradezuelo, al borde de la cerca. Luego se acercó á las colmenas, adosadas en fila sobre la pared del palomar. Muy próximo corría un arroyo, atravesando de un lado á otro la huerta, y en sus márgenes se apretaban, á modo de giraldilla infantil, margaritas y narcisos, rosas y claveles. Josefina fué á acomodarse en el césped, en un redondel de sombra, á la vera de sus flores. Sus ojos se elevaban involuntariamente hacia la cima de los grandes álamos negros, agudos como torres ojivales, que emboscaban la casa. Una bandada de jilgueros, uno en pos de otro, giraban en torno de la copa del álamo más alto, y era como una corona alada y melodiosa suspendida por gracia de milagro en el aire azul. Y Josefina, casi fascinada, adelantaba el rostro, alargando el cuello como para comulgar. La canción clara del arroyo le acariciaba los oídos, y el olor de tanta rosa la mantenía con los labios y los dientes entreabiertos, jadeando un poco. Las abejas venían á su vecindad; se posaban sobre sus brazos, sobre su cabello, sobre su seno; todas la conocían. Cuando los jilgueros rompieron el círculo encantado, Josefina se volvió á las abejas, y comenzó á recitar con suavidad cantarina:
Las abejitas de la Virgen, y las abejitas de Dios; haced de la flor que yo quiero la miel para mi corazón. Abejitas que hacéis la cera, abejitas que hacéis la miel; no es el narciso, ni es la azucena, ni es la rosa, ni es el clavel, ni es la flor del agua de espuma y cristal, ni la madreselva que cubre el tapial... Con vuestra cera haré á la Virgen un cirio para le ofrecer. Que ella os diga la flor que yo quiero. Abejitas; traedme su miel. Abejitas de Santa Ana que en los higos de la su higuera ibais siempre por la mañana á chupar la miel y la cera. Abejitas, por San Joaquín y por la su hija galana; tráeme la dulce miel que sana, la miel de la flor de aquel jardín.
Y las abejitas, como si se embriagasen con la voz de la niña, comenzaban á danzar en el aire, zumbando armoniosamente.
Promediada la tarde, los sesteantes descendieron de nuevo al jardín. Telesforo había vuelto de Villaclara. Doña Dolores y Hurtado procuraban convencer al jefe de la casa de lo higiénico y salutífero que sería emprender una caminata hasta la playa de Salsero y los pinares que la aprisionan. Don Medardo rechazaba todo proyecto ambulatorio:
—No perdáis el tiempo. Mis piernas no están hoy para nada. Y señalaba algo que pudiera presumirse armadura de alambre dentro de unas perneras arrugadas y flotantes.
De repente se oyó un grito múltiple.
Alberto abría el portón, de recios barrotes pintados de rojo, y penetraba, muy serio, jardín adelante.
XII
Como de costumbre, Alberto dejó el caballo en la venta del Pino, dos kilómetros antes de Villaclara. Desde allí siguió á pie, tomando atajos y callejas. Atravesó un bosque de robles, entre sombra húmeda en donde silbaban los mirlos. Desde la linde del bosque, bajaban los prados por las laderas. En los setos de zarzamoras los gorriones parloteaban bulliciosamente, antes de retirarse á dormir.
Alberto descendió por un sendero de tierra amarilla, abierto á través de los prados. En el fondo de la hondonada corría un riachuelo, de pedregoso lecho y aguas ambarinas, en cuyo seno se desparramaba la luz rosa de la tarde. El tronco carcomido de un castaño hacía de puente. Del otro lado arrancaba un otero, poblado de manzanos enfrutecidos. Alberto subió hasta la cumbre; á sus pies se veía el tejado rojipardo de la casa de Josefina, y el cono oro-viejo del henil, y la caperuza bermellón del palomar, y la mancha negra y fluctuante de los álamos viejos. Las sienes del mozo latían. Se detuvo indeciso. De pronto echó á correr, cuesta abajo. Junto á una paredilla ruinosa descansó; luego, por un boquete que en ella se hacía, pasó del otro lado, y bordeando la casa y la huerta se encaminó á la entrada principal. Por encima del muro se veía el jardín; las colmenas, alineadas sobre el palomar; narcisos y margaritas, rosas y claveles, encubriendo el arroyo, que salía fuera de la casa y pasaba por delante del lugar en donde Alberto se encontraba. Unas piedras, á flor de agua, servían de pasadera. Oíase el rumor de una conversación entre el follaje y de vez en vez se veía una mancha movible y clara.
Alberto se acercó al portón, de recios barrotes pintados de rojo, levantó el pestillo y penetró en el jardín. Un grito extraño, proferido por varias bocas á la vez, acogió su entrada. Vió en el fondo de la avenida principal á don Medardo, sentado en un sillón de paja verde, y cerca de él á doña Dolores, Leonor y Hurtado. Don Medardo agitaba los brazos y murmuraba algo ininteligible. Doña Dolores y Leonor se retiraron. Luego se oyó la voz de la señora: «¡Josefina, Josefina!; sube inmediatamente á casa.»