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La pata de la raposa (Novela)

PARTE PRIMERA (continued 2)

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Alberto apresuró el paso.

—¿Qué es lo que ha ocurrido? —preguntó á don Medardo alargándole la mano, que el viejo rechazó.

—¿Me querrá usted explicar? —insistió Alberto, algo mohíno.

Hurtado, que se mantenía con la cabeza gacha, intentó explicar el caso.

—Verá usted, Guzmán. Es que aquí...

—Es que —habló don Medardo, asumiendo la soberanía de su hogar— no me explico cómo se atreve usted á venir á esta honesta mansión... —en vano intentó construir un párrafo patético, recriminatorio y de amplia estructura. Se atrancó.

Alberto se devanaba los sesos sin acertar con la causa del enojo, gravísimo al parecer, de don Medardo. «Como no sea —pensaba— por el abandono en que tengo á la pobre Josefina.»

—Entendámonos, don Medardo. Yo tampoco me explico este recibimiento. Reconozco mis culpas; es un crimen si usted quiere, moralmente. Pero, puesto que me ve usted aquí, es señal de que estoy arrepentido.

—¡Ah! —gritó don Medardo— ¿Qué dice usted ahora, Telesforo? —y sin dejar responder á Telesforo se encaró con Alberto— ¿Y aún pretende usted deshonrarnos, presentándose aquí, como quien dice con las manos frescas de sangre húmeda, digo, con las manos húmedas de sangre fresca?

Alberto rompió á reir descaradamente.

—¿De qué se ríe usted? ¿De mi equivocación? No todos podemos ser sabios. En este caso, lo principal es...

—Sí, que yo soy un asesino. Perdóneme si antes no he caído en la cuenta. Como guasa de un minuto podía pasar; me refiero al que lanzó el rumor. Antes de salir de Pilares me lo comunicó un amigo. La suposición era tan insensata, que pensé que á todos haría reir, como á mí me hizo reir. No volví á acordarme de ella. Ahora veo que ha cundido, y no sé cómo asombrarme de que haya gentes tan... inocentes que acojan semejantes mamarrachadas.

—Pero ¿niega usted?

—Le ruego, don Medardo, que no sea contumaz en la tontería.

—¿Eh? Explíquese usted.

—Digo, que ha dicho usted una tontería ofensiva para mí, y al calificarla de tontería procedo muy benévolamente. Y añado, que ya que de ligero ha aceptado y repetido la tontería, es justo que no insista en ella.

Don Medardo se puso en pie é inclinó el torso sobre Alberto, de manera que le escrutaba en los ojos muy de cerca...

—Pero... ¿De veras no es cierto?

—¡Ea, se acabó! —gruñó Alberto, en los últimos límites de la paciencia y á punto de girar sobre los talones, dispuesto á marcharse.

—¡Hijo mío! —sollozó don Medardo, lanzándose á abrazar á Alberto y llorando á moco tendido—. Si ya decía yo que no podía ser, si ya lo decía yo...

—Recordará usted, que yo también sostuve que era inverosímil —observó Telesforo.

—Quien dijo desde un principio que no podía ser fué Leonor; la verdad es la verdad. Miren si es lista.

—¿Y Josefina?

—Mire usted, Alberto; esa no dijo nada. Ya conoce usted su costumbre. Y ahora, por las glorias se nos van las memorias. ¿Ha leído usted los periódicos de estos días? ¿No? Pues, según parece, el juez se presentó en casa de usted. Hay indicios que le perjudican mucho. Lo que debe usted hacer, se lo suplico yo, es ir mañana á primera hora á Pilares, presentarse al juez, y desvanecer todos los errores. De este modo probará usted su inocencia. ¿Irá usted?

—Claro que iré.

Don Medardo comenzó á gritar:

—¡Lola, Leonor, Fina, Anastasia! ¡Bajen ustedes! Deprisita, deprisa.

Acudieron acuciosas doña Dolores, Leonor y la vieja Anastasia. Josefina apareció un poco después, con su andar deslizado y dulce de siempre.

Don Medardo se enjugaba los ojos y repetía:

—Si ya decía yo que no podía ser; si ya decía yo que no podía ser...

—Quien lo dijo desde un principio fuí yo; que te conste —dijo Leonor.

—Y yo, Leonor —añadió Telesforo.

—Diciéndolo yo doy por hecho que lo dices tú.

—Buen disgusto nos ha dado usted; es decir, usted no. Bueno, buen disgusto nos hemos tomado —suspiró doña Dolores.

Tita Anastasia guardaba silencio y lagrimecía.

—Y tú ¿qué dices? —Alberto oprimió la mano de su novia— ¿Creías que te ibas á casar con Ravachol?

Josefina no decía nada; contentábase con humillar los ojos y devolver tímidamente á Alberto su apretón de manos.

—¡Qué sosa eres, hija! —habló doña Dolores.

Y don Medardo:

—Déjala, que también ella habrá pasado lo suyo hoy. Pero, en fin, ya la paz reina en Cracovia.

—Y ahora —propuso Telesforo— que la paz reina en Cracovia, como dice don Medardo...

—Ó en donde sea, Telesforo, que á mí me da lo mismo. ¿Es que me he equivocado?

—Claro que sí, hombre. Se dice en Varsovia— rectificó la tía Anastasia orondamente.

—Pues digo que ahora es buena ocasión para que demos aquel paseíto á los pinares y á la playa. ¿Qué hay de eso?

Don Medardo se hacía el remolón. Entre ruegos y mimos se dejó convencer. Salieron todos, menos la vieja Anastasia, que se quedó en casa haciendo mantequilla. Delante iban Josefina y Alberto, detrás Leonor con Hurtado; á la zaga don Medardo apoyándose en su consorte.

Alberto y Josefina hablaban de raro en raro.

—¡Qué feliz soy! —bisbiseaba Alberto.

Josefina volvía los ojos á mirarlo, y veía que era verdad. Añadía:

—¿Y tú, Fina?

—¿Á qué me lo preguntas?...

—Cierto, Fina.

Al cabo de un tiempo:

—¿Me perdonas, Fina?

—¿De qué?

—De que á veces no me porto bien contigo. Te escribo poco; no sabes de mí...

—Calla, no digas eso.

—Pero te quiero, te quiero... ¡Si supieras! —Y se sentía arrebatado de una emoción avasalladora. Josefina volvía los ojos á mirarlo y sonreía:

—¡Qué loco eres!

De unas matas de madreselva, Josefina arrancó un gajo, que ofreció á Alberto, á cambio de otro, mustio, que pendía en el ojal de su chaqueta.

—Toma; ponte este que está fresco y dame ese. ¿Ves? Este ya no huele —lo guardó dentro del cinturón.

El matrimonio buscó sitio donde sentarse en el lindero de los pinares. Desde allí podían ver á las dos parejas de novios paseándose en la playa.

Josefina y Alberto se acercaron á la orilla del agua. La marea crecía. Con actividad infatigable venían las olas tumultuosamente; se levantaban de pronto sobre el nivel del mar, se henchían, se enlomaban, avanzaban, y cuando era más gentil su orgullo se derrumbaban, convirtiéndose en tersura inerte que la arena absorbía.

—Cada trece olas viene una más grande, que avanza más. Vamos á contarlas —propuso Josefina.

Empezaron á contar. En ocasiones hubieron de retroceder ante el postrer avance furtivo de una ola, deshecha ya.

—Parece que no es una ley científica, Fina. Esta ola trece ha carecido de acometividad.

—Sin duda es que nos hemos equivocado.

Se aplicaron á experimentar nuevamente.

—Pues ahora ha salido cierto.

—¿Lo ves, bobo?

—Sentémonos, si te parece.

Se retiraron hasta la zona de arena seca. Josefina se sentó. Alberto se tendió boca abajo; los codos en la playa y la barba en las manos, mirando á Josefina.

—Vas á decirme la verdad.

—Siempre te he dicho la verdad, Alberto.

—Cuando te dijeron de mí esa tontería imposible, ¿qué pensaste?

Josefina habló después de unos minutos de recogimiento.

—Á mí me lo dijo tita Anastasia. Como es tan buena, todas las desgracias crecen dentro de su imaginación. Me dijo que estabas en la cárcel. Yo tuve muchos deseos de llorar, pero no me atreví. Pensaba que estarías solo, y eso de no poder estar á tu lado me hacía mucho daño.

—¿Pudiste creer semejante cosa de mí?

—No me paré á pensarlo. Yo no sé nada del mundo. Cuando oigo hablar de las cosas malas que hacen algunas personas, no creo que sean cosas malas. Si lo hacen, por algo será que puede más que ellos. ¿Puedes tú explicarte que haga nadie el mal por gusto? Me decían eso de ti como cosa cierta. Yo no iba á averiguar por qué lo habías hecho. Sólo pensaba que acaso estarías sufriendo. Porque, ya te digo, no sé nada de las cosas del mundo. Una sé, y es cosa mía; lo único —púdicamente inclinó la cabeza—. Dirás, ¡qué charlatana se ha vuelto Josefina!

Alberto no respondió. Miraba tenazmente á su novia. Su entrecejo se plegaba con esa cerrazón patética de la carátula trágica; algo á manera de requerimiento angustioso al llanto que no acude. Su pecho iba colmándose de un aflujo de sensaciones dulciamaras, de gozo y de tristeza.

—No me mires así, Alberto.

—¡Ay, Josefina, Josefina! ¿Por qué te habré conocido? Temo no merecerte; temo hacerte desgraciada.

—No digas eso. Sin ti ¿para qué quiero vivir? Mira, si no me hubieras querido, te juro que me hubiera hecho monja. Lo pensé muchas veces: tita Anastasia lo sabe. Ahora ya, desde que te quiero, todo es diferente. Quererte: esto es todo. ¿Por qué me vas á hacer desgraciada?

—¿Qué sé yo? Porque yo lo soy, porque estoy desolado siempre, y no me atrevo á confiarte mis ideas por miedo á contagiarte de ellas. Al lado tuyo me olvido de todo, de todo; pero, en cuanto me aparto, soy una cosa sin voluntad, á merced de fuerzas desconocidas.

El cielo era de púrpura. Erraban por el mar temblores amoratados y violeta. Sobre el rostro de los dos amantes se proyectaba la lumbre sideral.

En Alberto, la forma peculiar de sentirse era el lirismo. Su temperamento engrandecía desmesuradamente el presente y le inclinaba á derramarse en frases torrenciales, á infundir sus emociones en imágenes pintorescas. Pero, como al mismo tiempo le inspiraban recio desvío la palabrería y retórica ajenas, se esforzaba en poner de continuo por delante del flujo vehemente de su corazón un dique de palabras austeras, áridas. Cuando hablaba con amigos sobre tópicos livianos, construía adrede laboriosos párrafos de grandilocuencia irónica. Pero cuando el sentimentalismo hacía presa en el tuétano de su espíritu, procuraba hablar con la simplicidad de un labriego, que su estilo fuese desnudo como la mano, y apenas si se traslucía en sus ojos el desorden interior. Por eso, al hacer á Josefina promesas de amor empleaba el tono concienzudo, frío, y un poco dubitativo quizá, de un campesino que pronostica las cosechas del año. Sin embargo, en ocasiones no podía mantener el continente impasible, y entonces, los músculos de su rostro, poco adiestrados en la gesticulación, perseguían la contracción expresiva, hacía tentativas de elocuencia mímica, las cuales unas veces eran cómicas y otras simpáticas, dolientes.

—Yo estoy segura de mí misma, Alberto.

Alberto se incorporó hasta ponerse de rodillas, con las manos apoyadas en los muslos, y en esta guisa se absorbió, sumiéndose sediento en los ojos de su novia, la cual le devolvía la mirada íntegramente. Como en dos espejos enfrentados, la reciprocidad de las miradas se perdía en horizontes infinitos de éxtasis.

—¡Fina, Alberto, que ya es tarde! —gritó doña Dolores.

Tomaron la vuelta de la casa. Anochecía. Cantaban las mozas en la fuente. Los ganados volvían al establo al toque de queda de las esquilas.

Leonor y Hurtado hablaban sin tasa, tejiendo proyectos conyugales. Fina y Alberto, en la avanzada, vivían el deleite sumo de sentirse muy próximos, casi fundidos, sin verse ni hablarse. Habiendo doblado el recodo de una calleja que les ocultaba á la vista de los que les seguían, Alberto tomó á Josefina de la mano; su pecho desfallecía. Cerró los ojos.

—Llévame así, Ariadna, por el laberinto de la vida. Soy ciego, guíame.

—Abre los ojos, cieguecito, para mirar á las estrellas.

Cuando Alberto volvió el rostro al firmamento, sus ojos estaban mojados.

—¿Ves? Aquella es la estrella que más me gusta.

Alberto se orientó en la noche, por saber qué estrella fuese la predilecta de Fina.

—Es Sirio.

—Es azul. Y siempre está estremecida.

De vuelta en casa, don Medardo declaró que el paseo le había sentado de perilla. Todos parecían contentos. Alberto y Hurtado fueron invitados á comer. Telesforo agasajaba por todos los medios á su novia y deglutía con cauta voracidad. Leonor le correspondía prodigándole mimosos melindres. En las mejillas de Fina flameaba un rubor tenue, virginal. Alberto la contemplaba á ratos con adoración muda, dilatada. Don Medardo y doña Dolores se hacían á hurtadillas guiños de inteligencia, revelando que presentían el futuro bajo los mejores auspicios. De sobremesa, salieron al invernadero á tomar el café.

—Abrid una ventana —rogó don Medardo.

—No seas chiquillo Medardo, que hay humedad, y luego por la noche será ella.

—La noche está muy templada, Dolores, y ya os he dicho que el paseillo me ha sentado de perilla.

Quería oir á un gañán misterioso de la vecindad que todas las noches, sobre aquellas horas, tañía en la flauta dulces aires de la tierra. No tardó en sonar la flauta. Todos escuchaban gratamente entristecidos.

—Si apagásemos la luz; hay luna —observó Alberto.

Josefina apagó la luz. Por la abierta ventana se metía la melodía de la flauta, olor de flores y un arrullo de tórtolas. La luz de la luna infundía verdosa y vibrátil fosforescencia á los ámbitos del invernáculo.

—¡Oh, qué poético! —murmuró Hurtado. Después, en voz baja, á Leonor:— He de componer una poesía sobre estos momentos deliciosos.

Enmudeció la flauta. Don Medardo se levantó:

—Es ya tarde para mí, y me retiro. Me permito aconsejar á usted, Alberto, que se acueste temprano, y se levante mañana temprano, y se vaya corriendo á Pilares. Que nos quedemos tranquilos de una vez.

—Es verdad: ya no me acordaba.

—Entonces nos despediremos todos ahora —habló doña Dolores.

Alberto no encontraba su sombrero. Buscaron vanamente en diferentes habitaciones.

—Como no esté en la glorieta de jazmines... Al volver de la playa pasamos por allí. Quizás lo haya dejado, distraído.

Josefina salió corriendo. Alberto la siguió, gritando:

—Deja, Josefina, no te molestes. Yo iré.

Se encontraron en la glorieta; estaban solos.

Alberto cogió entrambas manos de Fina, las atrajo hacia su pecho y luego las llevó á los labios. Entre la fragancia de los jazmines resplandecían con luz propia los ojos de Fina. Alberto deslizó las manos por los brazos de su novia hasta asirla de los codos; la aproximó hacia sí lenta y ahincadamente. Se aproximaron los cuerpos, transmitiéndose enervante tibieza; la respiración se confundía. Por mutuo y tácito acuerdo, se besaron; fué un beso mudo, lento, suave. Alberto, además de la sensación espiritual de transporte y abandono, gozaba el deleite físico de los labios de Fina, duros, tersos, fríos, húmedos y castos.

—¿Tampoco estaba allí? —preguntó Leonor, viéndolos venir sin el sombrero.

—No se ve nada. Deme usted la caja de cerillas, Hurtado.

El sombrero estaba en la glorieta.

Salieron juntos Hurtado y Alberto á tomar el tranvía de vapor para Villaclara. Desde el camino despidieron á Leonor y Fina, cuyas sombras se recortaban por oscuro sobre el cuadro amarillo de una ventana.

Permanecieron en pie en la plataforma trasera del tranvía, el cual comenzó á resbalar bordeando la ría, quieta y fúlgida. Los barcos veleros parecían aprisionar las estrellas entre la red de ensueño de sus arboladuras.

—Le he visto á usted hoy como nunca, Alberto.

—¿Cómo?

—Más entusiasmado, más así... No sé cómo explicarme. Desengáñese usted; á nuestra edad, lo único es el amor, y su solución más racional, el matrimonio. ¿Qué piensa usted?

—No sé qué pensar. Ayúdeme usted á discurrir. Primero, yo ó usted, ó X, nos enamoramos de una mujer, de esa variedad de particularidades corporales (cara, cuerpo, aire, expresión, acento, etcétera, etc.), que hace que esta mujer se diferencie de todas las otras. Si la amamos intensamente, las demás mujeres nos son indiferentes ú odiosas. ¿No es así?

—Sí, sí, desde luego. Sin embargo, hay algunas muy divertidas, vamos, para pasar el rato.

—Perdón, hablo del Amor, con mayúscula. Como usted decía antes, el único amor... Me refiero á ese sentimiento exclusivo que nos hace concentrar toda nuestra vida afectiva en una mujer determinada, y sin el cual no puede haber matrimonio lícito, honrado. Pues bien: figúrese usted que mañana, al volver usted á casa de don Medardo, sale á recibirle una mujer consumida, lacia, canosa, de flácido seno y boca desdentada, y que le tiende los brazos amorosamente, exclamando: «Telesforo de mi vida, ven con tu Leonor». Y que fuese en efecto Leonor, así transfigurada en el curso de la noche, por cualesquiera circunstancias, por arte de encantamiento si usted quiere. Espiritualmente, continúa siendo la Leonor de hoy. ¿La amaría usted como hoy la ama?

—Eso es caprichoso, imposible. Sé que no puede ocurrir; por lo tanto, no sé lo que haría en ese caso.

—¿Que no puede ocurrir? Si ha de ocurrir fatalmente, hombre de Dios. Sólo que la obra de unos años, muy pocos, no vaya usted á creer, yo la condenso en una noche. Prescindo, pues, de toda suerte de consideraciones morales; por ejemplo, la decepción que sigue al deseo conseguido, las innumerables miserias, corrosivas del amor, resultado necesario de la íntima convivencia. Nada de esto existe para mí en este momento. Anoto sólo el hecho físico de que la mujer á quien usted ama deja de ser esa misma mujer, se trueca en una criatura enteramente distinta y nada amable; lo mismo me da que engorde ó que enflaquezca.

—Parece usted referirse á un amor material...

—¿Al incentivo carnal?

—Eso es; pero el amor es algo desligado de ese materialismo; es un sentimiento puro.

—¿De alma á alma?

—Indudablemente.

—Entonces el matrimonio huelga.

—Discurre usted de una manera... Esas son exageraciones.

—Ya le he dicho que quiero que usted me ayude á discurrir. Cuando Platón enfoca el sentimiento del amor, desde puntos de vista diferentes...

—¿Platón? Usted habla en chanza.

—Sí, Platón.

—Pero, ¿Platón no es un nombre inventado, un tipo inventado, como lo es ese animal Heliogábalo que tanto comía?

—¡Perdóneme, querido Telesforo! En efecto, hablaba en chanza y creí que usted me seguiría la corriente —y para su capote pensó: «¿Pues no iba yo á hablar en serio con este beduíno?»

—Otra cosa, Guzmán. He tenido noticias gravísimas de los Meumiret. Cuanto antes retire usted de allí sus valores, mejor. Si usted tiene el resguardo aquí, con que lo endose á nombre de mi principal, está todo hecho.

—Sí, sí; como usted quiera. Y gracias.

—De nada. Basta que sea usted amigo y novio de Fina.

Llegaron al final del viaje.

XIII

La estación del tranvía ocupaba un ángulo de los jardines de San Agustín, parque público de Villaclara. Una banda de música, compuesta de doce individuos barbudos, llamados en el pueblo los doce apóstoles, cada cual con un instrumento abollado, bronco y apocalíptico, lanzaba desde un quiosco japonés incongruentes trompetazos. El órgano Limonaire, gigantesco, de un cinematógrafo mezclaba su gangueo á los baladros de la charanga.

En la avenida principal del parque, bajo la luz de los arcos voltaicos, paseaban en círculo las señoritas del pueblo y las veraneantes.

—Daremos una vuelta á ver las caras bonitas que hay. ¿No le parece, Alberto? Luego iremos al cinematógrafo. Le tengo preparada una sorpresa.

—Nada de vueltas.

—Pues al cinematógrafo.

Alberto se resignó. El frente del tendejón estaba deslumbrante. Agrio era el berrear del órgano, y agria su estructura; columnas salomónicas que tornilleaban y mareaban; complicados adornos, dorados, rojos, azules, amarillos; figuras pastoriles, dando vueltas en un afectado paso de danza. Una mujer de enorme sombrero con enormes plumas, enormes solitarios en las orejas, cejas enormes y enorme bigote, despachaba los billetes, muy erguida detrás de una mesa cubierta de terciopelo rojo. Á la derecha de la fachada pendía un gran hule negro, y en él letras colosales, dibujadas con tiza que rezaban ¡LA BELLA TOÑITA! Primera estrella de los Music-Halls. Luego el programa de las películas.

Alberto se adelantó á tomar dos asientos de preferencia.

—De ninguna manera —rectificó Hurtado, hablando con la dama de los ricos pendientes y la rica vegetación capilar—. Dos entradas generales —y volviéndose hacia Alberto—. Hay que ver á Antoñita de cerca. Es una monada. Amiga mía: se la presentaré —entornaba los ojos, con orgullosa voluptuosidad.

Entraron y avanzaron hasta los primeros tablones, á manera de bancos, al pie de la pantalla blanca. De aquella parte había buen golpe de mozalbetes de la clase media, expectorando supuestas gracias y agudezas que les diesen, en opinión de las señoritas sentadas en preferencia, fama de libertinos. Así que el salón quedó á oscuras, simularon detonantes besos, aplicados sobre el dorso de la mano, que acompañaban de fingidos gritos femeninos; y esto les hacía reventar de risa. Para cada lance de las películas tenían un comentario de segunda intención, una picardía, cuando no una obscenidad desvergonzada. Alberto estaba asqueado.

Un pianista ejecutó un pasadoble torero. Los jovencitos hicieron coro. Se levantó la pantalla, descubriendo un pequeño escenario, vacío. Se oyeron unas pataditas, seguidas de cerca por el rugido de los mozalbetes. Á seguida salió á escena una mujer. Se envolvía á lo torero en un mantón de Manila, verde gayo y amarillo cromo. Bajo los flecos desmayados, como ramas de sauce, asomaba, con la gracia rígida de un cáliz invertido de azucena, una falda de seda blanco-mate, adornada con vidrios. Las medias, de seda blanca, muy sutiles, dejaban transparecer la carne, coloreándose de tenue iris rosa. Los zapatos, de raso blanco. El brazo derecho, delicado ó infantil, lo llevaba en alto, y en la mano un sombrero calañés de beludillo azul turquí. Inclinaba la cabeza hacia delante, evitando el brillo crudo de la luz, de suerte que Alberto, en un principio, no pudo saber si era bonita ó fea. Acompasando el aire jacarero del pasacalle, piafaba, levantando con mucho donaire las piernas y sin moverse del sitio; de pronto arremetía á andar, con pasos menuditos, agitando el sombrero en el aire, sacudiendo la cabeza y guiñando un ojo. Su falta de soltura y desparpajo la delataba como novicia en las lides coreográficas. Una faz abotagada y obtusa asomaba por los bastidores de la derecha; después de examinar lo que alcanzaba del público, se volvió á la artista, jaleándola con acento desgarrado: ¡Anda niña! Era la madre de la bella Toñita.

Terminado el pasodoble, Toñita arrojó el sombrero y el mantón, en un rebujo, del lado donde asomaba el estulto y celestinesco cráneo de la madre; sacudió los hombros, para arreglar á su gusto los tirantes del vestido, y se adelantó hacia las candilejas, cohibida y sin saber qué hacerse de las manos. Parecía muy niña, de dieciséis años á lo sumo. La candidez del traje, y los reflejos acuosos de los avalorios de vidrios añadían inocencia á sus formas incipientes, apenas púberes. Intentaba sonreir, pero no pasaba de ese gesto delicioso y bobalicón que el niño, sorprendido á raíz de un pecadillo, compone por disimularlo. Cantó el cuplé del grillo. Los mozalbetes entraban á hacer coro en el estribillo:

Crí, crí, Crí, crí, crí.

Las familias honestas salieron del salón. Toñita parecía perder por entero su serenidad viéndose desairada del público burgués. Pero la faz congestiva y canallesca de su madre emergía de los bastidores infundiéndole bríos: Anda y que les den morcilla. Duro, preciosa. Siguieron otros cuplés, tan necios y sucios como el del grillo. Luego los mozalbetes solicitaron un tango. Toñita se excusaba, pero sus admiradores insistieron, dando palmadas y lanzando vociferaciones semisalvajes. La niña hubo de acceder. Salió al sesgo, trenzando los pies y moviendo mucho las caderas; el vestido arregazado hacia los riñones y asido con la mano izquierda; en la cabeza un sombrero flexible que sostenía con la derecha, en actitud convencional, alta la muñeca y el dedo meñique erecto. Los mozalbetes sembraron el escenario de sombreros y flores: ¡Ay, mi vida! ¡Tu sangre! gritaban, con enardecimiento ficticio. Y la niña, embriagada por las aclamaciones y aturdida por haber perdido el compás, se descoyuntaba de un vértigo de movimientos incomprensibles, pataleaba furiosa, echaba á volar los brazos y á rodar el menudo vientre, virginal aún, daba volteretas y hacía cabriolas, hasta que un minuto después de terminar la música se arrodilló, levantando en alto el sombrero, como los tenores cuando cantan un brindis. Un éxito estentóreo coronó los esfuerzos musculares de Toñita.

Alberto, en tanto la niña se hacía la ilusión de bailar, contemplaba sus piernas, de una línea incomparable; el tobillo endeble, la pantorrilla moderada y prieta, el muslo fino y acerado sobre el cual se adherían las delgadas batistas blancas, algo humedecidas por la transpiración. En algunos giros raudos, volaba de debajo de las faldas de Toñita olor á heliotropo y un vaho cálido de cuerpo sudado.

—¿Qué le parece á usted?

—Un prodigio.

—Usted se burla. La pobrecita baila como una gata histérica.

—Digo las piernas. Nunca he visto nada tan clásicamente gracioso. ¿Nos vamos ya?

—Ahora entraremos á saludarla. Muy buena muchacha. Le advierto que es doncellita todavía. Parece que Alfonso del Mármol pretende... Por dinero no quedará, pero la madre es una lagarta... Ea; ya estamos en el camerino, llamémoslo así. ¿Se puede, doña Consuelo?

—Adelante. Siéntense ustedes aquí, encima de este baúl. Es tan estrecho esto, rediez.

La doña Consuelo, fluctuando como un álamo bajo el huracán, á causa de su cojera, retiró algunas ropas de encima del baúl mundo.

Hurtado hizo las presentaciones. Estaban en un departamento angostísimo delimitado por cortinas de percalina roja. En un ángulo, permanecía silenciosamente Alfonso del Mármol. Tenía las delgadas piernas y los brazos cruzados, los lomos ceñidos al respaldar de la silla, la cabeza echada hacia atrás y un gigantesco cigarro habano entre los dientes. Su cara era aguileña, larga y enjuta; saliente y cortante la nariz, y de leve arrebol en la extremidad; la barba, de un rubio de maíz; la tez de marfil blanquísimo; las cejas, sutiles y altas; los ojos, pequeñuelos y desdeñosos, el párpado, enorme y flaco, distribuído en innumerables pliegues, caía sobre los ojos en razón de la postura erguida de la cabeza. Daba la impresión de un águila enjaulada, consumida por el tedio, é infundía á las gentes una gran inquietud. Al ver á Alberto, se puso en pie y le estrechó la mano cordialmente.

—¿Ha venido usted á ver á su novia?

—Sí. ¿Y usted?

—Al concurso hípico —solemnemente extrajo del bolsillo interior de la chaqueta un tarjetero de oro y se lo alargó á Alberto—. El premio del Conde de Bongrado. No hay en el mundo un animal como mi yegua Nena —dijo con frialdad, vomitando humo, como si hablase consigo mismo y sin prestar la más leve atención á la niña á quien trataba de seducir, ni á la madre, con la cual andaba en tantos y cuantos de dinero, ni al oliváceo Hurtado. Tan sólo Alberto, al parecer, era digno de aquilatar la hazaña. Alberto celebraba siempre las simpáticas petulancias infantiles de Mármol.

—Á ver, á ver —exclamó Toñita. Estaba en pantalones y con una camisilla liviana; descubierta la parte alta de los pechos, de una carne mate, blanco-magnolia, que amenazaba ajarse al tacto—. ¡Para mí, para mí! —gritaba Antoñita, saltando delante de Alfonso. Éste se había vuelto á sentar, y, con la cara hacia la techumbre y expresión distraída, presentaba la mano á Antoñita aguardando la devolución de su presea.

—¿No me lo da usted?

Alfonso continuó fumando, con la mano extendida.

—¿Será de oro? —inquirió Antoñita.

—Oro es, y bueno —afirmó Hurtado.

—Vamos, don Alfonso; dé usted gusto á la pitusa, que ya verá usted cómo se lo merece —rogó doña Consuelo, apoyándose en la pierna sana y con la otra pendulando dentro del faldatorio, á manera de badajo de campana.

Intervino Alberto:

—Quédese usted con ello. Alfonso no desea otra cosa que regalárselo.

—Sí, se lo doy... —comenzó á decir Mármol. Antoñita se apresuró á esconderlo en el seno—. Se lo doy á condición de guardárselo yo mismo donde ella se lo quiere guardar.

—Vaya si es pelma el señorito —murmuró Antoñita, con un mohín de disgusto.

—La que eres pelma eres tú. Mira qué de particular tiene. Ande usted, don Alfonso, verá usted que la muchacha se merece cualquiera cosa.

Alfonso se puso en pie, y con solemnidad distraída de sacerdote que celebra por rutina sus oficios, introdujo en el seno de Antoñita el tarjetero de oro. Antoñita adelantaba por instinto los brazos, como apercibiéndose á la defensa si llegase el caso, y dejaba obrar á Alfonso, sin poder reprimir un fruncimiento angustioso de las cejas. Cuando Mármol concluyó, la niña dijo suspirando:

—No ha abusado usted. Es usted muy bueno —y le tiró con inocente alocamiento de las barbas.

—Basta ya, niña. Á terminar de vestirse.

En tanto duró esta operación, en la cual la madre sirvió de azafata, deleitábase Alberto en la contemplación de Antoñita.

Pensaba: «las adolescentes, aparte de su incentivo voluptuoso y de la sugestión artística, poseen un encanto particular, un algo zoológico, que es aquietante y grato para quienes vivimos exageradamente recogidos dentro de nosotros mismos. El perro que dormita y de improviso yergue la cabeza, da una dentellada al aire y sigue durmiendo, ó que, sin razón aparente y fuera de propósito, piruetea y late con júbilo, nos sorprende, nos hace sonreir, y al cabo nos distrae de nuestras cavilaciones. ¿Á qué motivos poderosos obedece su conducta incongruente? ¿Quién sabe? Quizás un pobre mosquito invisible que fué cazado al paso, ó un tenue aroma de canina feminidad que nuestro olfato no percibe». De la propia suerte, á Alberto se le figuraba que las ideas, ó lo que por tales podían pasar, no se albergaban dentro de la cabeza de Antonia, sino que andaban revoloteando en torno, como los mosquitos en derredor de la cabeza del perro. Comprendía que el primer móvil de las acciones de la niña, como de sus alados movimientos y palabras sin nexo, era algo misterioso y externo, sutilmente diluído en el aire. Y así, Antoñita, distrayéndole, le inspiraba un gran interés, el interés del juego, de las cosas arbitrarias y sin finalidad, y le aplacía muellemente, como el agua que canta y murmura.

Alberto continuaba pensando: «Y esta apacible y atractiva sensación zoológica de la adolescencia incipiente, ¿qué es?» Y se respondía, iluminado de pronto: «La expresión de castidad, de inocencia». En efecto, figurándose plásticamente en su imaginación de artista la expresión de diversos animales, observaba que podían servir como representación simbólica y satírica de diversos vicios del hombre: la soberbia, la gula, la astucia, la crueldad, la traición, hasta la envidia; pero no recordaba ningún animal de expresión lasciva. Se acordó de un caballo y de un toro que había visto en celo, á punto de lanzarse sobre la hembra; no eran lascivos, sino gallardos, poderosos, y pudiera decirse que honestos.

La boca, los ojos y la frente de Antoñita, á pesar del inmundo adoctrinamiento de su madre, eran aún castos é inocentes. De otra parte, los rasgos de su rostro eran también reminiscencias zoológicas. La vibratilidad de la sonrosada naricilla y lo cerca que salía de sobre la boca, la manera con que jugaba los labios, comprimiendo los hoyuelos de las comisuras, y la paridad minúscula de los dientes, todos ellos eran perfiles que daban á su cara sorprendente semejanza á la de un conejito blanco. Sus ojos, redondos y cristalinos, dulces y temerosos, parecían ojos de liebre.

—¿Cuándo se casa usted? —tartajeó Mármol, apretando el cigarro entre los dientes.

Alberto sabía que él era el interpelado. Respondió:

—¿Me aconseja usted que me case?

—Claro que sí.

—Miren el libertino...

—Si tocaran á descasarse —habló Mármol, con la cabeza derribada hacia la espinal dorsal, y como si hablase por rutina, tal era su frialdad— y luego á casarse otra vez, yo volvía á casarme al punto con mi mujer. Pocos maridos podrán decir eso. Pues bien, su novia es como mi Amparo; acuérdese de que se lo digo. Todas las mujeres juntas en un piño, no valen lo que ellas dos.

Antoñita miró asombrada á Mármol. Este insinuó una sonrisa cauta y aguda.

—¿Se ríe usted de la gracia? —inquirió doña Consuelo.

—Me río de otra cosa. ¿Cuándo lo meten á usted en la cárcel?

—¿En la cárcel? —exclamó Antoñita, dejando de limpiarse el minio de los labios.

—Sí, en la cárcel. Me refiero á Alberto —y dejó en libertad una risa continuada y uniforme, de carretilla.

—¡Vamos...! —doña Dolores se dejó caer sobre la pierna coja; revolvía los ojos dubitativamente.

—Sé por qué se ríe usted —dijo Alberto con naturalidad.

—¡Quiá!

—Que sí.

—Dígamelo al oído. Si acierta se lo digo —sonriéndose.

—Cuando le digo que lo sé... —se puso en pie y dijo en voz baja á Mármol—: Usted conoce el escondite de Rosina. Es más; usted mismo es quien la tiene escondida.

Mármol continuaba sonriendo fríamente, como si nada hubiera oído.

Levantóse la cortina de entrada y apareció un mancebo, como de dieciocho años, extremadamente afeminado, y vestido á lo señorito chulesco. Dió las buenas noches y fué á situarse entre Antoñita y doña Consuelo. Destapó un frasquito de perfume que la muchacha tenía en su tocador y se esenció las solapas de la chaqueta y el pañuelo de bolsillo. Después se apoderó de un polissoir y comenzó á sacarse lustre á las uñas.

—¿Pero te crees que mis cosas están para que te compongas, divinidad? —dijo malhumorada Antoñita, y arrebató el lustrador de manos del joven.

—Deja á Lirio, Toñita. ¿Qué más importa eso, rediez? No parecéis hermanos.

Mármol se inclinó á mirar, con gélido continente, á Lirio y Toñita.

—No parecen hermanos; parecen hermanas —dijo como si pensase en alta voz.

Antoñita rompió á reir. Lirio puso una cara suplicante y desolada. Luego se volvió á la coja:

—Dame dinero, mamá.

—No tengo suelto, hijo. ¿Tiene usted un duro, don Alfonso?

Mármol presentó un duro en la mano, sin dárselo á nadie determinadamente. Doña Consuelo se apoderó de él y lo trasladó al bolsillo de Lirio, el cual salió dando las buenas noches.

Antoñita estaba ya vestida; un traje, á la inglesa, de paño azul forrado de gros blanco y un sombrero descomunal, cargado de adornos. Doña Consuelo se arrebozó en una mantilla. Todos se pusieron en pie.

Á la puerta del cinematógrafo, esperaba el automóvil de Alfonso.

—¿Adónde van ustedes? —preguntó Hurtado á doña Consuelo.

—Adonde nos lleve Alfonso.

El coche partió raudamente. Telesforo y Alberto quedaron solos.

—¿Qué nos hacemos, Alberto?

—No sé —estaba nervioso y angustiado.

Los jardines de San Agustín yacían, silenciosos, en sombra. Después de cruzarlos, Telesforo y Alberto se encontraron en una plazoleta espaciosa é irregular. Dos hombres, sentados ante un velador, á la puerta de un café hablaban á gritos, acerca de las condiciones de la nueva dársena. Dentro del café, los mozos colocaban las sillas encima de las mesas.

—¿Quiere usted que bebamos una botella de cerveza?

—Pasearemos un momento por las calles y luego nos retiraremos, ¿no le parece, Telesforo?

Una de las calles afluentes á la plazoleta tenía porches á entrambos costados. Alberto se encaminó distraído hacia ella. En la oscuridad del atrio las pisadas repercutían con fúnebre sonoridad. Al pie de una columna se levantaba una pirámide de cestos. Un gato salió huído. Olía intensamente á pescado.

Á la memoria de Alberto volvían las palabras de Mármol: «Fina es como mi Amparo. Las demás mujeres, en un piño, no valen lo que ellas dos. Si tocaran á descasarse...»

En la techumbre del soportal, á plomo sobre Alberto, se oyó un ruido que provenía del interior de la vivienda. Y de pronto, la ciudad inerte y silenciosa se manifestó á la imaginación de Alberto en su arcana fecundidad. Las casas no eran moles negras y frías, sino cálida envoltura de infinitos hogares en donde se cumplían misteriosas actividades conyugales, en aquellos mismos momentos. ¡El hogar...! Alberto no había conocido un hogar.

—Home, sweet home —suspiró en voz alta.

—¿Qué dice usted?

Alberto no oyó la pregunta de Telesforo. Al fondo de la calle, á través de un arco, se veían las estrellas. Dos de ellas, particularmente fúlgidas y temblorosas, atrajeron las miradas y los pensamientos de Alberto. Muchas veces se había derretido en la contemplación de la noche estrellada. Ahora, más sublime y conmovedor que el cielo espolvoreado de orbes muertos le parecía aquel hacinamiento de hogares, poblado de pequeños universos vivos. Los ángeles habían descendido de las altas regiones inmóviles á las oscuras moradas de los hombres. Y Alberto se imaginaba innumerables cabecitas de niño, reposando en su cuna. ¡Un hijo...! Pensó en la casa de don Medardo, en Josefina, virginal, confiada, sumisa, aguardando las palabras de la anunciación... En esto, Telesforo le tiró de la manga:

—Pero hombre; parece usted un sonámbulo.

Estaban junto á un portal abierto. En lo más profundo de él se recortaba un ventano iluminado; sobre él dos barrotes de hierro, en cruz.

—¿Subimos?

Alberto, sin saber lo que hacía, siguió á Telesforo. Al volver por entero en sus sentidos, encontróse hundido en un sillón de yute. Una mujer, sentada al sesgo sobre un brazo del sillón, se apoyaba sobre Alberto, enlazándole el cuello con un brazo, y acariciándole con la mano libre. Le acometió una gran repugnancia é intentó ponerse en pie, pero la mujer le retuvo, le acercó la boca al oído y cosquilleándole con el aliento caliente, suplicó:

—Quédate. No seas malo, neñín.

Por la manera de pronunciar la palabra neñín se advertía que no era de la tierra y que la empleaba creyendo añadir dulzura al ruego. Su cuerpo era endeble, sus ojos negros y cansados, fresca la tez, sin adobos ni tintes. Llevaba el pelo cortado, cayendo en dos alborotadas porciones á los lados de la cabeza. Parecía triste, afectuosa y poco pervertida.

Telesforo, en otro sillón, ostentaba dos mujerzuelas, sentadas en sus muslos. Se le veía orgulloso y satisfecho; Alberto no podía presumir de qué.

Una mujer voluminosa, anquiboyuna y mal vestida, penetró en la habitación. Plantada entre Alberto y Telesforo, con las manos reposando sobre el vientre, preguntó:

—¿No tomáis nada?

—Que traigan cerveza —respondió Telesforo.

Alberto intentó nuevamente ponerse en pie.

—No, no, no te dejo.

—Si es para ver ese libro que hay sobre la mesa.

—Yo te lo daré —y sin soltar á Alberto, se estiró hasta alcanzar el libro—. Tómalo.

Alberto leyó la portada: Genio y Figura, por Juan Valera.

—¿Quién lee esto aquí?

—Yo.

Alberto sonrió de dientes afuera, desdeñosamente.

—Sí, yo lo leo, y me gusta mucho. —Y luego, al oído de Alberto—: Me llamo Magdalena: he sido institutriz. Sé tocar el piano y algo de francés. ¿Quieres que te diga un verso?

Laissons à la belle jeunesse ses folâtres emportements; nous ne vivons que deux moments; qu’il en soit un pour la sagesse.

—Me parece que la cita no es muy oportuna...

—Habla bajo —se apresuró á decir la institutriz—. Luego se ríen de mí.

Alberto permaneció pensativo un lapso de tiempo. Magdalena le inspiraba repulsión y simpatía juntamente.

—Ea, me voy —decidió con violencia.

—No, no —y se abrazó á él, presentándole muy próximo el rostro, con las cejas angustiadas y la boca entreabierta.

—¡No sea usted ridículo! —Telesforo adoptó un tono inconcuso.

—Vete de una vez, piñones, y que te lleven á las Ursulinas —eyaculó una de las damas adheridas á los muslos de Hurtado.

Alberto se puso rojo.

—No la hagas caso —aconsejó por lo bajo Magdalena—. Es una ordinaria.

Alberto bebió dos vasos de cerveza seguidos. Se encontraba en ridículo, y avergonzado de su pusilanimidad. Quería salvarse de aquel trance grosero, pero no se atrevía. Se despreciaba interiormente.

Hurtado se retiró, acompañado de las dos mujerzuelas. Ambas fumaban sendos cigarrillos, con deleitación. Desde la puerta dijo:

—Buenas noches, Alberto. Hasta mañana, y si usted se marcha, buen viaje. Ya ve usted cómo si Mármol nos quita una, no falta dónde escoger dos. Y, á propósito; me revienta el señor Mármol.

Alberto no contestó. Hurtado se dió un golpe en la frente.

—¡Qué memoria la mía! ¿Tiene usted ahí el resguardo? En dos minutos hacemos el endoso.

Alberto hojeó la cartera:

—Me parece que es éste.

—Este mismo.

Hurtado escribió ágilmente, sobre la mesa donde estaban botellas y vasos.

—Ya está. Usted firma aquí —Alberto obedeció—. Ahora el recibo. Tome usted. Para lo demás, como cuando los valores estaban en casa de los Meumiret. Adiós.

En estando solos, Magdalena se agazapó sobre las piernas de Alberto y apoyó la cabeza sobre su pecho. Lánguidamente murmuraba palabras de seducción. Poco después, los dos desaparecían detrás de una puerta de cristales, con visillos de cretona amarilla. Á los diez minutos salía Alberto, desencajado, con el cabello en desorden y la pupila desvariada. Corrió escaleras abajo, sin atender á las voces de Magdalena: «espera que te vaya á despedir. Cómo eres...» Cerró la puerta, de un portazo furioso, haciendo gruñir á la encargada: «Demonio con el señorito. Ni una perra de propina.»

Se encontró en la calle, sin saber qué camino tomar. Miró estúpidamente á la luna, oronda é inexpresiva, y sintió un escalofrío, adivinando no sé qué tristes augurios en su luz refleja, pálida. Llamó á gritos al sereno, el cual surgió de los porches á poca distancia. Era un hombre locuaz y confianzudo. Se adelantó á decir con socarronería:

—Conque ¿de juerga, eh?

Alberto se enarcó en un movimiento de iracundia. Recobróse pronto, y habló:

—¿Por dónde se sale á la venta del Pino?

El sereno le informó menudamente. Gratificóle Alberto con unas monedas de cobre, y salió á buen paso. Su corazón estaba saturado de dolor.

El sereno profirió una especie de lamento, en altibajos quejumbrosos:

—La una... la una...

XIV

Hallábase Alberto á campo abierto, en la carretera de Pilares. Sobre el polvo mate del camino brillaban dos rieles de acero, paralelamente. Atraído por ellos, Alberto comenzó á andar, siguiendo el centro de la vía. Aquellas dos rectas que se hundían en una penumbra cercana y que nunca se habían de unir le martirizaban, inculcándole desesperados presentimientos. «Estoy perdido» —se dijo—. Las ilusiones que durante el día se habían ido cuajando en su espíritu disipáronse inexorables y para siempre. Abarcaba con desolada clarividencia la amplitud de su desgracia; se habían hundido los cimientos de su vida; había perdido su dignidad; había infestado, por cobardía y torpeza, el agua de salud en donde debió abrevarse. Sus ojos volviéronse involuntariamente hacia la luna, que rodaba á la derecha sobre el lomo esquinado de unos oteros. La presencia de aquel astro insensible é inútil le causaba aversión. Veía en él y en sus revoluciones en torno á un mundo corrupto, algo de sí propio. Dióse á correr, fascinado por los dos rieles bruñidos, y ansiando embotar con la fatiga física sus torturas morales. Y la luna corría al lado suyo, botando sobre la cima de las montañuelas al compás de los pies de Alberto. Ahora, tropezaba en un risco y caía en del lado de allá de la colina; mas, á poco, aparecía otra vez en la boca de una barranca, á la par del fugitivo. Aquella persecución llegó á exasperarle. Anonadado é ijadeante, sentóse en un muro bajo, de espaldas á la luna, y le parecía sentir su pupila espectral pasándole el pecho de claro.

Llegó á la venta del Pino, un mesón á la antigua, desmantelado y esquivo, adonde solían acogerse de paso gentes andariegas. Por debajo de la puerta destacaba una estría de luz.

Detrás del mostrador alzábase el torso solemne del ventero. Ante él estaba en pie el señor Ramón de la Pradiña, viejo sabidor y sentencioso, admirado en la aldea á causa de sus filosofías. Apoyaba las manos en lo alto de una gran vara de avellano, y la barbeta sobre ellas. Distribuía sus palabras despaciosamente, y todo su cuerpo se movía en un ritmo de oscilación lateral.

—Á las buenas noches —dijo cuando entró Alberto, y reanudó su perorata—. Porque el hombre, ¿entiéndesme? domina todes les creatures; les creatures del aire; les creatures del fuego, les creatures del agua, les creatures de sobre y embajo de la tierra. Desde el sol, que ye lo más alto en el mundo, hasta los infiernos, que ye lo más prefundo, el hombre, ¿entiéndesme? reina como rey mismamente. Sólo hay una creatura que se rellambe á su modimanera, y que manda n’el hombre tanti cuanti quier.

Alberto encendió su brûle-gueule, de madera roja de brezo y boquilla de ámbar.

—¡Dios! —afirmó el ventero, fiando en su perspicacia—. ¿Á que resulta, señor Ramón, que también tú...?

—La muyer —dijo el viejo, haciendo alto en sus vaivenes...

—Quier decise —objetó el ventero— que según tú, el matrimonio... vamos al decir...

—Esa ye custión de muncho tríngulis. Paezte á ti, pongo por caso, que el hombre va á la muyer como el río va al mare, y que ye tan dispensable al hombre como el aire que respiria. Acuérdome haber oído dicir que una vieya en un desierto ye oro molido. Ba, ba, ba. Mira —sujetó la vara en el sobaco izquierdo y comenzó á liar un cigarrillo—. Este pituco ¿entiéndesme? val por todes les muyeres...

—Quier decise que contigo no se rellamben á su modimanera.

—¡Rellambieron! Eso vien con la Filosofía. Tu yes mozo entodavía y la tu Manuela está arrecachada y falaguera.

—Quier decise que tú, viejo, soltero, sin fíos, sin ná, solu...

—¿Solu? Mira —lanzó una gran bocanada de humo en el aire—. Los fíos... ¿Entiéndesme? La muyer... —expulsó otra gran bocanada.

—Yes el mismo diaño, señor Ramón —epilogó el ventero, riéndose.

Alberto subió á su acostumbrada habitación. Su mente se había posado, y las ideas, de un nuevo linaje, se articulaban en un tierno organismo naciente.

XV

In tristitia hilaris, in hilaritate tristis. Giordano Bruno.

Alberto comenzó á pasear por la estancia, desliendo en el aire el sahumerio melificado y denso del tabaco inglés. Cuando retiró la pipa de la boca sonreía de una manera tierna y dolorosa. Sentóse á la mesa, casi sobre los riñones; las manos en los bolsillos del pantalón, y las piernas rígidas y muy abiertas.

Su estado de espíritu era sentimental é irónico. Acariciaba y resolvía un concepto cómico-romántico de la vida y del mundo. El mundo... Había creído verlo brotar, convertido en humo pardo, de la boca del señor Ramón, aquel Sócrates loco, y luego desvanecerse. Le acometían deseos de reirse á borbotones de la absurdidad de todo lo creado, y en cierto modo, se consideraba creador, porque las cosas no tenían otro sentido ó transcendencia que los que él, humorísticamente, quisiera otorgarles.

En la estancia palpitaban dos rumores; uno vasto, enorme, del mar; otro, cauto, tenaz y estridente de la carcoma, en las vigas de la techumbre, pintadas de añil. Alberto se complacía en considerar el primero como símbolo de la necia garrulería humana; lo asociaba al recuerdo de los políticos de su país, de los poetas de su país, sonoros y espumantes, y de todo lo que reputaba ridículo en los hombres, como lo era el fluir y refluir á merced de un astro de luz prestada. Pero el estridor de la carcoma le era grato, y en la tarea perseverante del minúsculo bichejo reverenciaba, como en alegórica correspondencia, la función corrosiva de las ideas del mañana trocando en polvo las obras sucesivas de los días.

El curso acrobático de sus pensamientos le parecía muy divertido. Sin embargo, sentía abierta aún la herida por donde se le había volado el último aliento de su vida moral; y aun cuando su boca sonreía de una manera dolorosa y tierna, por dentro lloraba como un niño.

Encendió de nuevo la pipa; requirió pluma y papel y se aplicó á escribir. De tarde en tarde, se levantaba y recorría la estancia, á pasos cortos y lentos. Cuando concluyó, entraba la aurora por las ventanas, diluyéndose á través de las hojas de una higuera, y los gorriones venían en bandadas chachareras á comer de las brevas miguelinas, húmedas de rocío.

He aquí lo que escribió Alberto:

LA DULCE HELENA

I

«Si dos minutos la existencia ha de durar, según Voltaire, brindemos uno á la sapiencia ya que dimos el otro al placer. ¡Bebe esta copa rebosante de beso y lumbre, y de reir; y colma este vaso tremante donde se cuaja el porvenir!» Así dijiste, dulce Helena, juntando al verbo el ademán. Yo vi tu boca de amor llena, y vi la sagrada colmena, (miel y una perla de Ceylán). Y yo: «Pon de nuevo tus linos, broquel del instinto viril; recata en tus muslos divinos la fuente de ocre y de sil. Tu gracia lasciva de hetera no inspira venusto furor, ni tu cuerpo sutil de pantera. Eso era en un tiempo mejor; cuando, insaciable adolescente, vi, la corona en el laurel, una Aganipe en cada fuente y un Pegaso en cada corcel. Ahora, advierto en la frase horaciana de la cicuta el amargor. De las cosechas del mañana yo mismo seré el sembrador. No bogo en la barca festiva que hacia Cíteres surca el mar. Labro en mi huerto piedra viva para sillares del hogar. ¿No has comprendido, dulce Helena que tengo en el huerto una flor una flor blanca, una azucena, cáliz futuro de mi amor? Y, si es tan breve la existencia como dices, citando á Voltaire, para mí es hora de sapiencia ya que harto he vivido el placer.» Dije. Pero Helena, capciosa en su blanco desnudo fatal, lloró, la pupila mimosa como temblando en un fanal. Sus brazos, marmórea guirnalda tibia y sensual, me asieron, y ardió en sus ojos de esmeralda una infinita luz. Cedí. Cerré mis ojos al encanto y al pensar, para mí: «la última vez», vi una azucena tinta en llanto de sangre, ¡Oh, siniestra rojez!

II

Lo que antecede es obra de un amigo que es poeta sentimental. Yo, por raro incidente, fuí testigo de la escena narrada. La vestal Helena es una daifa de estipendio muy módico. El fondo fué un burdel de provincias, esto es, suma y compendio de la antigua Babel. Mi amigo, que hace tiempo está en amores con una virgen de la población salió del antro lleno de temores, lleno de confusión. «¡Malditos» me decía «estos labios inmundos! ¿Cómo ahora he de acercarme hasta la amada mía y su frente besar, que es luz y aurora?» «¿Por qué no?» le repuse «inoportuno es tu remordimiento. La prudencia quiere que de dos seres tenga el uno la candidez y el otro la experiencia. ¿Por ventura eres tú el primero que lleve al tálamo nupcial en los labios el zumo halaguero de la reciente saturnal? La casta doncella que al altar llega, gusta, tenlo por cierto, que el esposo elegido á quien se entrega sea en lides de amor ducho y experto. Y el licor que en el dulce sacrificio se acostumbra beber es insípido ó acre, sin que el vicio mezcle allí sus especias de placer.» Calladamente caminamos luego. En el ciclo otoñal y cristalino veíase palpitar el manso fuego de estelar vellocino. Y yo estaba anegado de ternura y de dolor por mis palabras vanas dichas en un minuto de locura; pero ya las sentía tan lejanas... Contemplando la luz azul de Sirio, oprimí con la diestra el corazón. Presa como de súbito delirio gritó mi amigo: «¡No tienes razón! ¡Somos impuros, torpes, bajos, viles! ¿Cómo osamos hacer contacto, di, á nuestra piel viscosa de reptiles con el cordero? ¿Tengo razón?» «Sí.» Y luego, viendo en la celeste copa burbujear el eterno vino de oro. «De la hostia santa, de la santa boca somos indignos ya; ¿no ves que lloro?» Desmesuraba su órbita la luna, cual ojo de un fatídico ananké. Un sereno bramó: ¡La una! ¡La una! Y á poco, bajo, á mí: De juerga, ¿eh?

¿Por qué dividió el autor esta composición en dos partes, y la dramatizó, desdoblándose en dos personas? Quizá el propio Alberto no se dió cuenta, obedeciendo al instinto de bifurcación que en tales crisis escinde el corazón humano en dos porciones; llora la una y ríe la otra entre tanto.

XVI

Á las once de la mañana, Alberto estaba en pie y apercibido á emprender la vuelta á Cenciella. Antes de marcharse, escribió á Fina un lacónico billete:

«Señorita Josefina Tramontana.

Fina: mi conciencia me exige renunciar á ti. Soy indigno de tu amor. Procura olvidarme. No intentes saber la causa de mi determinación. Te basta saber, de mi boca, que no te merezco. Adiós: quizá no volveremos á vernos nunca. Temo causarte dolor; ¡perdóname! Si no tuviera ahora la entereza de romper nuestras relaciones, tal vez te acarrease mayores amarguras andando el tiempo, y acaso llegaras á despreciarme. Sírvate esto de consuelo, ¡pobre consuelo, en verdad!

Adiós. Te quiero más que nunca. Te querré siempre ¡la más admirable y pura de las mujeres!

Alberto.»

Plegó cuidadosamente el billete, lo cerró y se lo entregó á Manuela, con orden de que aquella misma tarde lo enviaran á casa de don Medardo.

Llegó á Cenciella á las cinco de la tarde. Dió la vuelta á las afueras del pueblo y penetró en su finca entrando por la casa del casero.

Así que descabalgó, Manolo acudió á él con el rostro alterado y grandes señales de aturdimiento:

—¿Usted no sabe lo que pasa, señorito?

—Tú me lo dirás.

—Pues... Pero, si no puede ser... Aquí hay una confusión. Ea, que no puede ser... Pero ¡qué susto nos llevamos! Que le diga Rufa, la vieja, y Celedonio... Por supuesto, en el pueblo no se habla de otra cosa. Parece que no quieren muy bien al señorito.

En aquel momento llegaron Sultán, rebrincando y ladrando, y Azor, corriendo á su modo sobre las tres patas útiles.

—En resumen, Manolo —inquirió Alberto, aun cuando ya presumía de lo que se trataba.

—En resumen, que estuvo aquí la justicia reclamándole á usted. Decían ¡qué sé yo! Si el señorito quiere que le cuente...

—No me hace falta.

—Entonces el señorito sabrá lo que ha de hacer...

—Naturalmente que lo sé. ¿Ha ocurrido alguna otra cosa de particular?

—Nada.

—Puedes retirarte.

Oíase de la parte del pueblo un gran vocerío de muchedumbre.

—¿Oyes, Manolo?

—Sí, señorito; es en la plaza.

—Supongo que tratarán de lincharme...

Manolo sonrió estúpidamente.

—Creo que sí.

—¿Crees que sí? ¿Y estás tan fresco?

—No me he explicado bien... Quiero decir que... ¿Cómo era? —no conocía el verbo linchar, y estaba confuso.

Alberto, que comprendió sus apuros, lo despidió, reprimiendo la risa:

—Puedes retirarte.

Apenas había quedado solo cuando surgió Rufa, temblequeante y llorosa:

—¡Ay, señoritín de mío vida! ¿Ello qué ye? Mal diaño, mal diaño —y se santiguaba, repetidas veces.

—¡Es mucho moler! —rezongó Alberto, dando una patada en el suelo—. Hágame el favor de tranquilizarse, Rufa, y de no hacer más pamplinas, que estoy ya hasta la coronilla.

Rufa sorbió sus lágrimas y miró los ojos de Alberto, como investigando si eran sanguinarios y criminosos.

—¡Ay, qué gente condergada de Dios! Malhaya pa ellos. Y decíen... Con esos gueyinos azules de angelín —suspiró en elogio de los ojos de Alberto.

—Bien, bien, Rufa. Se acabó y no haga caso de cuentos —se acariciaba la cabeza, envuelta en un inmenso pañuelo de áspero hilo crudo—. ¿Qué ruido es ese que viene de la plaza?

—Pues esa sí que ye buena. ¡Hay títeres esta noche! Está el pueblo en rivolución. Esta mañana salieron los comediantes pel les calles. ¡Cuánta majencia! Y ¡qué modo de soplar en el trompón! atruenaben. Ya ve, señorito, que yo todes les noches á la nueve estoy ya en el xergón: pues hoy pienso dir á ver los títeres. Non quiero morime sin este gusto. Dicen que ye una preciosura.

—Yo también iré y le pagaré á usté la entrada, Rufa, si hay entradas. Quizá, al final, pasen un guante.

—Yo qué sé de eso, señoritín. Diz que un guante; en mi vida oí eso de pasar un guante como no sea pa los doraos. Eso, ustedes que anden pel mundo.

—Hasta luego. Que me suban un vaso de leche. Voy á dormir hasta la hora de los títeres.

Tumbóse en la cama vestido como estaba. Dió vueltas y más vueltas, sin conciliar el sueño. Se le había ocurrido un proyecto inmediato, y á él se aferraba con tanto ahinco é ilusión, que le produjo desequilibrio físico. Las sienes le latían sordamente sobre la almohada y los nervios le daban sacudidas. El cansancio le rindió á la postre. Despertáronlo los alaridos de un cornetín. Comenzaba la función de títeres.

Alberto saltó de la cama y descendió apresurado las escaleras. En el portal tropezó con Rufa, que iba ataviada con sus prendas más ricas; mitones, un mantón que parecía manteleta, mantilla, un abanico con un gato de tamaño natural sobre fondo verde que le había regalado Alberto, y un grueso libro de misa.

—¿Qué es eso, Rufa? —preguntó Alberto señalando el devocionario.

Rufa permaneció perpleja unos minutos. Dióse luego en la frente con el gato, y dijo:

—Estoy toña. Ye la edad. Como nunca me pongo estes gales más que pa dir á misa... ¡Señor, señor, qué cabeza! Pues nada, que iba tan riscantimplada con el libro de misa. ¿Usté ve? Y á lo mejor ye pecao.

Alberto la dió dos pesetas por si la entrada fuese de pago, y salió á escape.

En la plaza pública había un barracón circular, cubierto de lona. Los cencielleses hormigueaban en derredor del improvisado circo. De vez en vez sobresalía del mosconeo general un llanto de niño.

Á la entrada, debajo de seis grandes candiles de aceite, estaba una muchacha huesuda y de avinagrado rostro, vestida de mallas. Á su lado un hombre cincuentón, arrebolado de nariz y mejillas, panzudo. Vestía de frac, cuyos faldones, á causa de las grandes asentaderas del individuo, se entreabrían y levantaban como las alas del grillo puesto á estridular. Alberto pidió una localidad de primera fila. Un jovenzuelo, con un gabancillo pelado y cochambroso, á través del cual se descubría el traje de acróbata, y las mejillas untadas de bermellón, condujo á Alberto hasta su localidad. Hubo de sentarse sobre un tablón, no desbastado y sin respaldar; ante él una maroma que, suspendida de trecho en trecho por medio de estacas, trazaba el círculo quebrado de la pista, espolvoreada de aserrín. Apenas se había sentado, diéronle unos golpecitos en la espalda. Era un rapaz del pueblo.

—Señorito; ahí fuera le llaman.

—¿Quién?

—El Morciello. Dice que salga aína, que le ha de hablar.

El Morciello era el juez de Cenciella. Salió Alberto sin disimular su contrariedad. Conjeturaba el objeto de la conversación. El niño guió á Alberto, señalándole el lugar en donde el Morciello aguardaba. Puesta la mano sobre la boca, el juez tosía con tos breve y hueca de tuberculoso. Llevaba un gabán claro echado sobre los hombros á modo de esclavina; debajo de sus pómulos se abrían fosos profundos, y sus ojos estaban bañados de un humor denso y brillante. Aprovechándose de la tos del juez, Alberto se adelantó á hablar:

—Ya sé para qué me llama usted. Pues bien, yo le digo que parece mentira que esa majadería tan sin pies ni cabeza se prolongue tanto tiempo. Así, me creo excusado de añadir una palabra más, y vuelvo á mi sitio.

—Un momento, le suplico. No puedo meterme en si se trata de una majadería ó no. Basta que usted me lo diga. El asunto concretamente es que he recibido un exhorto del Juzgado de Pilares y debo detenerle á usted, á lo cual no estoy dispuesto porque no olvido los favores que debo á su difunto padre, comenzando por el juzgado, que, gracias á él, me concedieron... Supongo que se trata de una locura de jóvenes y que se arreglará sin pasar á mayores. Por eso he determinado hacer la vista gorda. Pero comprenderá usted que no puedo entrar en el circo, tenerle á usted cerca de mí toda la noche, y mañana asegurar que no he dado con usted. La responsabilidad... Retírese á su casa, márchese mañana de Cenciella y todo se arreglará.

—Usted perdone que no le dé gusto; pero hoy estoy particularmente determinado en hacer mi capricho. Buenas noches.

—Entonces me obligará usted á privarme de ver la función.

—Haga usted lo que le plazca. Buenas noches —giró secamente sobre sus talones y se apartó del Morciello.

Durante toda la noche, Alberto se mantuvo con los codos apoyados en las rodillas, y la mandíbula inferior hundida entre las manos, siguiendo con porfiada fijeza los ejercicios de los titiriteros. Entretanto, su espíritu se conservaba en ebullición continua. La viuda de Ciorretti, no lejos de él, le miraba á hurtadillas, suponiéndole presa de remordimientos atroces, y, movida de compasiva ternura, meditaba la manera de atraerlo en terminando la función, y hacer por endulzarle la sombría soledad de la noche.

Marchaba ya la gente, celebrando la destreza y gracejo de saltimbanquis y payasos. Alberto aguardó inmóvil, la barba metida tozudamente en el ángulo que hacían las dos manos. La viuda de Ciorretti hubo de renunciar á su obra de misericordia. Alejóse el hervor del público. Alberto levantó la cabeza y miró á todos lados; estaba solo. Saltó, por encima de la maroma, y, atravesando la pista, fuese al lugar adonde se habían acogido los titiriteros. Batió palmas. Salió el Pichichi, uno de los clowns, eliminando el albayalde con que se había embadurnado, merced á las virtudes corrosivas de una arpillera.

—¿Qué se le ocurría?

—¿El Director?

—Está mudándose de ropa.

—Deseo hablar con él.

—¿No lo puede usted dejar para mejor ocasión?

—No.

—¿Y si él no pudiera hoy hablar con usted?

—Podrá.

—¿Es usted un carabinero?

—Basta de payasadas, amigo, que ha terminado el espectáculo —y le tendió una moneda de cinco pesetas.

—¡Oh! Egsto egstar un aggumento podegoso —dijo, remedando la macarrónica prosodia francesa que afectaba en sus farsas. Hizo una reverencia bufa y desapareció.

—Pase usted —se oyó desde la oscuridad.

Alberto se adelantó, tanteando con los pies. Había una tienda de lona, cerrada, y en la raíz líneas de luz, lindando con la hierba; una masa negra, rectangular, al fondo, sobre la cual se abría un cuadro de resplandor débil, cernido por una cortina de tela verde. Levantóse la cortina y se recortó en lo claro el perfil del hombre cuyos faldones se enhiestaban sobre las posaderas. Ahora estaba en mangas de camisa.

—Subir usted á la caravana. Tener cuidado, cuatro escalones —hablaba con los dientes apretados y la lengua proyectada sobre la bóveda palatina, imitando el acento inglés convencional de las obras cómicas.

Alberto se dió cuenta al punto de que el individuo que le recibía era un sajón nacido en solar ibérico, quizás en tierras de Pontevedra ó Lugo.

—One, two, three, four —dijo, según subía los escalones. Y en estando arriba—. Oh, thanks, many thanks. I am so glad to meet you. You are Mister Levitón I suppose? are you not?

Mister Levitón quedó corrido y fulminado de afasia repentina. Alberto hallaba muy amena la situación, y se dispuso á prolongarla. Examinó el lugar de la acción. Estaba dentro de la carreta de los saltimbanquis. Veíase la armadura interior del vehículo, de maderas ensambladas, como un vagón de ferrocarril. De la techumbre pendía una lámpara de aceite. Había dos ventanillas á los lados y prendas de vestir, mugrientas y mal olientes, colgadas de los tabiques. Frontera á la puertuca de entrada, corría una cortina, de color ecléctico y remiendos profusos, detrás de la cual se adivinaba algo á manera de alcoba y se oía rebullir de gente. Del lado de acá de la cortina, además de Alberto y de Mister Levitón, que así se anunciaba sobre el frontis del circo, estaba una mujer, sentada sobre un tamboril estrecho y alto, semejante á una columna. Arrebujábase en astroso mantón, mostrando los vuelos inferiores de un tonelete amarillo y las piernas, de papandujos molledos. Su cara era excesivamente marsupial; bolsas debajo de los ojos, bolsas en las comisuras de los labios, bolsas en las mejillas, bolsas en las mandíbulas, bolsas en la barba, y bolsas en sus tres papadas: amén de otras bolsas que no hay para qué mencionar. La carne la caía á pedazos. Se comprendía que había sido obesa en increíble medida y que un morbo tenaz y diligente la iba consumiendo. Su mirar era alelado y doloroso.

Alberto preguntó en inglés á Mister Levitón si aquella dama era su esposa. Mister Levitón permanecía herido de mudez. Continuó hablando Alberto, siempre en el dulce idioma de Shakespeare; la risa le retozaba en el cuerpo.

La mujer dijo, con voz cansada que dejaba traslucir un sentimiento de rencor.

—Te está bien empleado, por acémila, Víctor —y elevando los ojos hacia Alberto—. Es de Calahorra, calagurritano. Si usted habla español, diga lo que se le ocurra, caballero. Y perdónele, que no sabe lo que hace.

—¿Pues no he de saber castellano? Usted es quien debe perdonarme la broma, Víctor. ¿No ha dicho Víctor la señora? Quiero que seamos buenos amigos.

—Es que... la costumbre de hablar así ante el público... —balbució Víctor. Miró por encima del hombro á su mujer, y refunfuñó cruelmente—. Tú también ya podías meterte la lengua donde te cupiera, y no decir mamarrachadas. Tanto suspirar... Muérete de una vez.

—Ya te encargarás tú de matarme. ¡Ay! —y se estremeció dentro del mantón.

—Papá... mamá... —suplicó una voz femenina y joven, detrás de la cortina.

—Tengamos paz —aconsejó Alberto, riéndose—. Vuelvo á repetirles que quiero que seamos muy buenos amigos.

Y á continuación les explicó sus propósitos. Pretendía formar parte de la compañía, y seguir con ella, mundo adelante. Víctor y Ramona le escudriñaban de pies á cabeza, sin determinarse á responder. Rosita asomó la nariz y los ojos por un desgarrón de la cortina. En el silencio, se oía á un caballo que arrancaba acompasadamente la hierba de la tierra. Víctor se atrevió á preguntar.

—¿Qué cosas sabe usted hacer?

—Haré payasadas.

—¿Y sueldo?

—De eso no hay que hablar.

—Es que nuestra vida es muy dura...

Ramona suspiró.

—Ya la haremos blanda. Elevaremos nuestro circo á la altura de los mejores.

Víctor, oyendo á Alberto decir nuestro, experimentó una sacudida de los nervios.

—Ha dicho usted que... ¿nuestro?

—Sí, yo seré el empresario; un empresario que renuncia desde luego á todos los beneficios. Por lo pronto, están á su disposición diez mil pesetas. ¿Hace?

—¡Piñones! —murmuró Ramona.

Rosita extendió con la nariz el desgarrón de la cortina.

—¿Pues no ha de hacer? Venga esa mano.

—¿Cuándo partimos?

—Mañana á eso de las ocho de la mañana.

—Pues voy á recoger mi ropa. En media hora estoy de vuelta. ¿Puedo dormir aquí?

—En el carretón, no. Dormirá usted en la tienda, con mi hijo, con Fernando y con los otros. Algo recio, para usted...

—¡Quiá! Entretanto ahí van cinco duros para que preparen un refresco á mi salud. ¡Ah! Traeré conmigo un perro que estoy amaestrando.

—De pistón de mico —afirmó Víctor, quizás algo misteriosamente.

De vuelta en su casa conferenció con Manolo y le preguntó si quería seguir sirviéndole y vagamundear á la ventura. Manolo mostrábase remiso en contestar, de donde Alberto dedujo que no lo deseaba ni se atrevía á negarse, por temor de enojar al señorito.

—Bueno, pues te quedas, que á nada te obligo. Pero, yo no sé cuándo volveré.

—Es el caso, señorito, que yo va para tiempo que ando cavila que te cavilarás... —y se arrascaba el occipucio—. Porque... quiero casarme.

—Arrea.

—Tengo novia formal. Es Teresuca, la criada de los de Oliva.

—Sí, la conozco. Muy guapa y que sea enhorabuena.

—Pero es el caso que como soy tan pobre. Si usted me ayudase...

—Qué piensas hacer después de casado...

—¿Que qué pienso hacer? Ju, ju.

—¿Á qué te piensas dedicar?

—Ahí le duele. Yo quisiera venir á vivir en Cenciella, y poner un negocio de embutidos. Algo prosaico es, ¿verdad, señorito?

—Anda, anda... ¿También tú te preocupas de lo prosaico y lo poético?

Manolo sonrió cazurramente.

—He leído muchos libros del señorito, cuando ya había terminado mis obligaciones.

—En suma, ¿qué necesitas?

—Yo creo que con unas ocho ó diez mil pesetas...

Alberto se sentó á escribir.

—Mientras escribo, prepárame una maleta con alguna ropa interior.

Escribió á Telesforo ordenándole que entregara diez mil pesetas al ayuda de cámara, y colocara urgentemente otras diez mil en Meredo, un pueblo próximo á Cenciella, en una casa de comercio conocida, de donde Alberto pudiera recogerlas.

—Toma, Manolo. Mañana vas á Pilares, y allí, en la banca de don Celso Robles, preguntas por el señor Hurtado. Te entregarán diez mil pesetas.

—¡Ah, señorito! Cómo le agradeceré —lloriqueaba y besaba las manos á su dueño.

—Ea, basta. No seas niño —repuso Alberto enternecido.

—¿Quiere que le haga un recibo?

—No hace falta. Eres bueno y trabajador; irás arriba en tus empresas. Cuando te sea fácil me devuelves nueve mil quinientas. Las otras quinientas son mi regalo de boda. Dónde está Azor. ¡Azor! ¡Azor! —apareció al punto el cojo—. Vamos, hijo mío, á correr mundo. Dame la maleta, Manolo.

—Yo se la llevaré.

—Que no. Yo la llevo. Adiós, Manolo; que tengas suerte. ¡Ah! Y que nadie entienda adónde ni á qué me he ido.

Manolo, entre suspirar y contemplar apasionadamente la carta que Alberto le había entregado, no atinó á decir palabra.

XVII

Al señor don Juan Halconete:

Querido Juan; sobre un prado verde y cencido, de un olmedo á la vera, muy sombroso y tupido, do las aves organan con un manso ruïdo, esta epístola quiero hilvanar de corrido.

La belleza apacible del lugar desde donde la escribo parece haberme movido, casi maquinalmente, á comenzar con el tetrástrofo monorrimo de nuestro amado Berceo.

Estoy, como le digo, escribiéndole al aire libre, en un prado y cerca de un bosque de olmos, lleno de pájaros. Todo esto es natural. Pero ahora viene lo extraordinario. Mi pupitre es... un tamboril. Sí, señor, un tamboril. Mi asiento una albarda con panneau para ecuyère. ¿Qué tal?

La temperatura es templada, antes caliente que fría, de manera que me permite permanecer en elástica; una elástica tosca de algodón, semejante á un jersey, á rayas horizontales, rojas y negras, como las que usan los menestrales por estas tierras. Me costó una peseta. En cuanto á mis calzones ¡Ah!... Una prenda very fashionable, the smartest and most exquisite in the world. De pana labrada, pero de la pana más burda; y el corte sublime, digno de haber sido perpetrado en un obrador de Bond Street, á no ser por el derroche de capacidad que ostenta en la culera. Debo de causar asombro hasta al propio Sol, que no me quita la vista de encima, á juzgar por el calor que siento en la espalda.

Estoy quemando y humeando, en mi vieja pipa de brezo, las últimas reservas de tabaco inglés. ¡Qué dolor! Pronto habré de apencar con el tabaco rizado y hediondo de la Tabacalera; ese tabaco de aspecto repulsivo que hace pensar en clandestinas madejas capilares.

La nébula de humo que me envuelve se ha filtrado por mis narices y llegado hasta los sesos, evocando un recuerdo que ajusta muy al caso para explicarle á usted por qué me ha venido en ganas escribirle.

El recuerdo es de una marca de tabaco que ha tiempo fumé. Se llamaba tabaco Carlyle. En la tapa de los botes de lata donde se guardaba había un grabado: Carlyle y Emerson, frente á frente, separados por una mesa, sendas pipas en la boca y sobre sus cabezas densa nube de humo. Debajo del grabado una inscripción que decía sobre poco más ó menos: «Cuenta Emerson que, habiendo llegado á Inglaterra, quiso lo primero visitar á Carlyle, el cual fué una de sus más fervientes admiraciones. Carlyle ofrecióle una silla y luego tabaco. Sentáronse cara á cara, aplicáronse á fumar silenciosamente, y así, sin desplegar los labios, dejaron pasar varias horas hasta media noche. Levantóse entonces Emerson, tendiendo la mano al maestro, y éste, á guisa de despedida le dijo: Hemos tenido excelente tiempo. Gracias, me ha hecho usted pasar una de las tardes más felices de mi vida».

De la propia suerte, yo no puedo olvidar las horas que he pasado en compañía de usted, cuándo sentados en el Ateneo, cuándo paseando por Madrid, cuándo recorriendo las aldeas, y siempre en silencio. No hago memoria de ninguna conversación transcedental ó polémica que hayamos sustentado. Es más: ateniéndome á los últimos escritos de usted parece que sus puntos de vista sobre la vida son errados y caprichosos, que vale tanto como decir que no concuerdan con los míos, ó con los que hasta hace muy poco tiempo eran los míos. Á pesar de esto, ó quizás por esto mismo, creo que mi espíritu anda muy cerca del de usted, y que nadie como usted sabrá comprenderme. Por eso me aventuro á escribirle.

No pido que usted me conteste por largo, ni concisamente siquiera. Sé que usted no gusta de preparar para las generaciones venideras un epistolario aparentemente íntimo y descuidado, pero con vistas á la inmortalidad. Sólo le pido que me diga con toda lealtad si le enoja seguir recibiendo cartas mías. Si no me responde, entenderé que no debo continuar esta correspondencia.

La presente sólo tiene un objeto, y ya es hora de abocarlo. Le participo á usted que me he hecho titiritero.

Le abraza,

Alberto.

Querido Juan: muchas gracias. Ya sabía yo que usted se prestaría con noble afecto á ser el sujeto paciente de mi furor epistolar.

Me dice usted que la profesión de titiritero le parece muy digna y conveniente para el buen gobierno de la república, así como, en opinión de Cervantes, lo es la de alcahuete. De acuerdo con usted, y también con Cervantes.

Permítame usted unos toques de erudición, y disculpe los errores en que incurra, porque, como usted se hará cargo, no tengo un solo libro conmigo y cito de memoria. Quinto Curcio, historiador de Alejandro Magno, cuenta que cuando este conquistador recorría la India se le presentó un juglar, el cual poseía la más peregrina maña para arrojar á gran distancia guisantes sobre una aguja, y los espetaba todas las veces sin errar golpe. Alejandro, que era un borracho y se paraba poco á inquirir la verdadera importancia de las cosas, como lo atestigua la solución que dió al nudo gordiano, pensó que la del juglar era habilidad superflua, y por mofa ordenó que se le diese por toda recompensa una mata de guisantes; y luego, con ironía fácil, le alentó á que continuase cultivando su arte. Si no recuerdo mal, Juan de Timoneda, en su Patrañuelo, modifica algo el cuento y lo atribuye á Carlos V. En lugar de una aguja pone un cántaro de angosta boca; y lo que allí eran guisantes son ahora garbanzos. El emperador dice desdeñosamente: «dénsele dos hanegas de garbanzos.»

Me parece que tanto Alejandro como Carlos pecaron de estolidez supina. Á la larga (una larga que siempre será muy corta) la propia importancia tiene conquistar el mundo antiguo, como hizo Alejandro, ó imponer el papismo al antiguo y al nuevo, como pretendió Carlos, que clavar guisantes en una aguja ó meter garbanzos en un cántaro. Con una diferencia en disfavor de entrambos soberanos, y es, que sus empresas fueron ridículas; porque el ridículo no es otra cosa que un desacuerdo entre el esfuerzo y el resultado, entre lo que se piensa que se va á hacer ó se cree que se está haciendo y lo que realmente se hace. Alejandro y Carlos, persiguiendo una finalidad transcendente dentro de un mundo perecedero, se ponían en un ridículo cósmico. El de los guisantes y el de los garbanzos, no; no perseguían finalidad alguna, sino que cultivaban la destreza por la destreza, desdeñando usarla en altos empleos. Alejandro y Carlos creyeron triunfar de la muerte, pasando á la historia. ¡Menguada historia la que tiene por fuerza limitado y fatal cómputo de páginas! Pero el de los guisantes y el de los garbanzos sí que triunfaron de la muerte porque triunfaron en la vida misma, comprendiendo muy cuerdamente que no morir es ignorar el mañana, es exaltar todas las facultades y ponerlas en el presente eterno de un esparcimiento arbitrario y sin propósito final. Dentro de un universo infinito compuesto de seres y cosas finitos, la única forma de inteligencia activa es el obrar conscientemente sin finalidad. Si no me equivoco, esta es la esencia del humorismo; discernir y sentir la sublimidad invertida de un mundo tonto, como quería Juan Pablo. Hace cosa de pocos días yo pude discernirla y sentirla con intensidad casi dolorosa. Por eso, ya que no me era dado realizar humorismo artístico (la pintura no es vehículo á propósito), aproveché la ocasión de pasar por mi pueblo una pandilla de saltimbanquis, para, uniéndome á ellos, vivir el humorismo.

Otro día le explicaré cómo vine á dar en este flaco. Temo haber escrito hoy demasiadamente, y, lo que es peor aún, con bastante desconcierto.

Le abraza,

Alberto.

Querido Juan: Colmado me tiene usted de bondades. No le pedía sino que tuviera la resignación de leer mis cartas. Nunca esperé tener la honra de que me contestase, parándose á discurrir sobre mis espontáneas y caprichosas ideologías. Me asegura usted que el humorismo no es el postrer estadio del espíritu. No lo sé aún. Allá veremos.

¿Qué es de Fina? Su pregunta ha venido á redoblar ciertos reconcomios que me escarban y roen de continuo el corazón.

¿Recuerda usted aquellos ocho días de Agosto que el verano antepasado tuvo á bien dedicarlos á acompañarme en Villaclara? Comenzaba yo mis amores con Fina. Un día le pregunté á usted: «¿qué le parece mi novia?» Usted se ruborizó un poco, se sonrió un poco, y dijo: «no sabe andar y lleva siempre los brazos como atados al cuerpo.» Esto fué todo. ¿Pensaba usted descubrirme dos defectos, ó dos cualidades de cierto orden de belleza? Aun cuando no volvimos á hablar de Fina, presumo lo segundo, á pesar de su rubor de usted. Sí: el movimiento general de la figura de Fina, y la laciedad, tal vez rigidez de sus brazos, son dos cualidades de belleza gótica, ó sea de belleza cristiana, de belleza moral, sugerida por formas plásticas. La estatuaria griega tiene el movimiento hacia adelante y á ras de tierra, y la gracia dinámica de los caballos y de los ríos. En la estatuaria gótica el éxtasis anula al movimiento, y en vez de la gracia helénica, de naturaleza activa, pasajera y musical, aparece en aurora, como cernida por las nubes de la materia, la gracia divina á modo de una luz inmarcesible. ¿Y en qué vidrio se ha de espejar esta luz mejor que en el vidrio de los ojos, umbral por donde el cielo entra al alma y el alma sale al cielo? Los antiguos acostumbraban cegar sus estatuas. Las esculturas góticas son contrariamente todo ojos, y el resto de la figura no es sino sustentáculo de ellos, como el incensario lo es de la brasa fragante y votiva.

Habrá observado usted que las mujeres en mármol que los griegos nos han dejado no son vírgenes ni madres. No nos conmueven con la inocencia frágil de la doncellez ni con la serenidad noble de la maternidad. Pero el arquetipo de la mujer cristiana es la virgen madre; sublime paradoja. Y tal es el linaje de belleza de Fina. Con ser sutil é infantil, como usted sabe, sugiere no sé qué densa impresión de apta maternidad presunta; y estoy cierto que, en siendo madre, envolverá á quienes al lado suyo vivan en fresco aliento de virginidad incólume.

Esta era mi novia y debió ser mi esposa. Ahora comprendo, más claramente que nunca, lo que representaba en mi vida. Y la he perdido. El mismo día que santificó mis labios con un beso tan puro y diamantino que debió haberlos sellado á todo contacto torpe, como á toda palabra agria, fútil ó mentirosa, aquel mismo día y á las contadas horas, yo, depositaba el tesoro confiado á mi boca sobre una boca mercenaria y lasciva. Comprenderá usted que no soy tan miserable que volviese á Fina, con la podre infestando mis palabras de simulación, ni tan cruel que confesase descubiertamente mi abominación. Le escribí una carta. ¡Pobre Fina! ¡Pobre Fina! No quiero pensar...

Es la hora de anunciar los títeres para la noche. Voy á tiznarme el rostro, vestirme la botarga y salir por las callejuelas de este pueblo, tañendo el tamboril. Los vecinos se maravillarán del denuedo con que he de golpear el parche, y se preguntarán: ¿estará loco el tamboritero?

Rataplán, plan, plan. ¡Duro; amigo mío! ¡Qué sólo se oiga tu voz! (Hablo con el tamboril.)

Suyo,

Alberto.

Querido Halconete: me convida usted, en su última carta, á que le refiera lances de mi vida actual, y á que por el momento deje de lado mis filosofías espontáneas. Veo que lo primero no es sino pretexto ó arbitrio para lograr lo segundo. No gusta usted de verme filosofar, llamémoslo así. ¿Por qué? Dos motivos descubro: ó bien, que mis disquisiciones le parecen caprichosas y de poco momento; ó bien, porque adivinando que me traen dolor, intenta usted distraerme hacia el tumulto de las cosas externas. ¿Qué importa el motivo? Usted me aconseja y yo voy á seguir el consejo con toda docilidad. Sea, pues, esta carta un mero documento narrativo.

La comunidad nómada, á la cual pertenezco desde hace quince días, se compone de trece miembros de diferentes sexos y especies.

El preboste ó superior se llama Víctor. Es la cabeza de este cuerpo andariego; una cabeza bastante gorda. Aparentemente una cabeza es algo á modo de callosidad ó protuberancia que suele surgir sobre los hombros, sin utilidad conocida. En la mayoría de las personas, tanto individuales como colectivas, la cabeza tiene todo el aspecto de no servir para nada. Así ocurre con nuestro director. Sin embargo; ¿qué sería de todos nosotros sin él? Él es la teoría, la idea; los demás, el instrumento. Él no tiene fuerza para saltar, ni gracia con que payasear, ni intrepidez para colgarse de un trapecio, ni sutilidad para hacer equilibrios. Pero conoce el secreto eficaz de todas estas habilidades, ó cuando menos cree conocerlo, de manera que el músculo, el donaire, la braveza y la agilidad ajenas alcanzan, adoctrinados por él, su máxima potencia. Fachendea mucho, lo cual le sienta al dedillo cuando recorre la pista con una fusta en la mano, y es tremendamente alardoso de su ciencia gimnástica. Por él me voy enterando de varias y curiosas particularidades, concernientes al acrobatismo. Mister Levitón, que tal es el sobrenombre que ha adoptado, pertenece á la segunda de las dos categorías en que se dividen los artistas de circo. (Les artistes de rencontre, son sus palabras). Siendo niño, ingresó en la compañía de monsieur Grignon, y muy presto demostró excelentes aptitudes para lo que los ingleses llaman hand-balancer, y los alemanes hands-toender, ó sea para ponerse cabeza abajo, apoyado tan sólo sobre las manos.

—Yo, amigo Alberto —me asegura con aire catedrático—, he llegado á hacer la montée en planche y la montée par groupement, con la misma frescura con que ahora me bebo un vaso de aguardiente ó le doy un revés á mi señora. Y he saltado; sí, señor. ¡Que si he saltado! Hasta he realizado el twist. Pues yo le pregunto á usted. Seamos claros; si se tiene en cuenta que ingresé en mi profesión hacia los diez ó doce años ¿puede decirse que pertenezco á les artistes de rencontre? ¿No será más justo sostener que pertenezco á les enfants de la balle?

Pero, ¿qué es uno y qué es otro? se preguntará usted, querido Juan. Que Mister Levitón satisfaga su curiosidad. Atención.

—¡Ah! Es bien fácil. Seamos claros. Les enfants de la balle, ello mismo lo dice, son... pues, en pocas palabras, la aristocracia del arte. ¿Qué se necesita para ser conde, por ejemplo? Pues haber nacido de otro conde y de una condesa. Les enfants de la balle son los que tienen pureza de sangre de artista, por herencia, quiere decirse. Mi esposa, madama Ramona, es aristócrata; mis hijos, Mamerto y Rosita, son aristócratas. ¿Es mucho pretender de mi parte ser aristócrata, teniendo en cuenta... bien, lo que le he dicho? Los otros, les artistes de rencontre, son, verá usted...; seamos claros, son los intrusos. ¿Intrusos? No, claro que no. Son los que no tienen sangre antigua. ¿Me explico? Entre estos artistas los puede haber muy estimables, ilustres también; pero, ¿no es como la luz del sol que faltándoles los primeros años de la vida, que son los más blandos, digo, faltándoles el aprendizaje de aquellos años, los resultados serán muy deficientes? Estos artistas que empiezan un poco tarde no pueden dedicarse más que á la gimnástica de aparatos: anillas, barras-fijas, trapecios volantes... Uno de los del trío Júpiter, que acaso usted haya oído nombrar, era sastre. ¿Qué tal? Pero la gimnasia verdad, la gimnasia... aristócrata es la de alfombra, sobre todo los juegos icarios. Este es el rey de los ejercicios —y al final con gesto de absoluta convicción—: Seamos claros; ¡no se improvisa un artista de alfombra!

Usted, querido Halconete, pensará, como yo, que debe ser difícil, en efecto, improvisar un artista de alfombra.

En cuanto á cualidades morales, Víctor es un bárbaro, como marido; como padre, un semi-bárbaro.

Tiene, según me aseguran, una amante, entre cuyas garras se le queda buena porción del dinero que gana. Esta mujer sigue nuestro itinerario, pero no viaja con nosotros. No la he visto aún. Lo cierto es que Víctor pasa la mayoría de sus noches fuera del carretón.

Y vamos ahora con madama Ramona. Adelantaré un dato que es muy significativo. Esta señora, el año pasado pesaba ciento treinta kilogramos. Sí, señor; ciento treinta, ni uno más ni uno menos. En la actualidad está entre los ochenta y los noventa. El período de vertiginosa eliminación carnal comenzó en el punto de recibir la nueva de que Víctor le era infiel. Es decir, que madama Ramona era hace un año una especie de mastodonte sentimental. Me aseguran que su número era siempre el de mayor éxito, y consistía en ejercicios de equitación, á lo Franconi, sobre un desmedrado é interesante pollinejo que responde por Pionono. Con el bajón de los cuarenta y tantos kilos, su aspecto es imponente y repugnante. La piel, que en otro tiempo ciertamente hubo de ser túrgida y tensa como la del vientre de un abad, se ha replegado, y en consecuencia oscurecido, adoptando las pardas tonalidades del caucho. Además le pende en lamentosa flacidez por todas partes. Parece un gigantesco murciélago alicaído. Varias veces he tenido ocasión de sorprenderla llorando silenciosamente.

El hijo Mamerto es un adolescente taciturno y ojeroso. Sus ojos se caracterizan por cierta hondura ígnea é inquietante. Es perezoso; no habla casi nunca. En las horas de descanso, que son muchas, se entretiene en arrancar verdascas cimbreantes de los árboles; luego las monda de hojas, muy despaciosamente, silbando sin cesar melodías tenebrosas. Él es el encargado de conducir las caballerías á pacer de los prados en abertal. Una tarde pude descubrir que se entretenía en atormentar á los pobres animales, asestándoles agudos verdascazos en los belfos y en la coyuntura de las ancas. Pionono era la víctima predilecta de su ensañamiento. Y el rapaz reía de una manera aviesa y extraña. Su número es el trapecio. Víctor dice que llegará á eclipsar la gloria del querubín Léotard.

Rosita es una mozuela retrasada, dócil y afectuosa. Para llegar á guapa no le falta más que dejar de ser fea. Su piel es albariza, exangüe, como la panza de la rana. Yo creo que padece de amenorrea. Me ha dicho que le gustaría mucho saber leer; yo la estoy enseñando. También me pide que la diga versos. Le gusta cantar y canta como un cerrojo tomado de orín. Es una especialidad para el crochet (herencia materna) y otras labores propias de su sexo. Su número es las anillas; sabe hacer la sirena y dar el salto del mico. (Y observe usted que estos dos enfants de la balle no son artistas de alfombra.) Víctor dice de ella que llegará á sobrepasar el renombre de la celeste Nathalie Foucart. Se me ha figurado que el buen Levitón quiere colocarme la niña. Ya me ha hecho algunas indicaciones. Opina al revés que Teresa Cascajo. Para él, mejor parece la hija bien abarraganada que mal casada. Yo, ça va sans dire, no acepto el envite.

Descontados los miembros de la familia Levitón, el que les sigue en jerarquía dentro de la troupe es un joven, bien parecido, muy discreto y simpático, llamado Fernando, al cual estaba destinada Rosita antes de mi advenimiento. Como á él maldita la gracia que le hacía la niña dice que el mío ha sido el santo advenimiento. Físicamente, es un hermoso ejemplar de la raza humana. Moralmente, le reputo un individuo normal, inteligente y honesto. Artísticamente, es fuerte, elástico, ágil y hábil.

Viene luego el Pichichi. Largo y flaco, fibroso, activo. Su cara, á ratos es de sonriente idiotez, á ratos de puntiaguda malicia. Su obsesión es la pintura. En cuanto halla vagar se absorbe en una obra gigantesca que ha tiempo comenzó: la historia sagrada que siendo niño le enseñaron, puesta en láminas. La mayor parte de los personajes bíblicos van vestidos de saltimbanquis. Sus dibujos son de perturbadora simplicidad primitiva; no sólo los seres, que también las cosas parecen estar dotados de pupilas que le miran á uno tenazmente. Los colores, minerales y vegetales, él mismo se los compone. Una circunstancia curiosa de este clown es que sus sentencias y proverbios son italianos. Por ejemplo, cuando yo intenté acabildar y unir las voluntades de Víctor y Ramona, porque sus querellas continuas me hacían daño, el Pichichi vino á decirme misteriosamente al oído: Tra moglie e marito non bisogna mettere il dito.

The last but not the least, el último pero no el más bajo es el otro clown, Maimón. ¿Por qué le llaman Maimón? Lo ignoro. Presumo que es una onomatopeya, sugeridora de su traza y de sus hechos. Es lo que llaman los ingleses un tumbler, es decir, de esos payasos que conocen el arte de caer pesadamente al suelo, levantando el mayor estruendo posible. Declaro que Maimón es un especialista; cuando se precipita con la barriga contra el aserrín que cubre la pista, por la superficie terráquea corre así como un movimiento sísmico. Otro don conspicuo de Maimón es su voz, voz digna de un tribuno de la plebe.

Como esto se va haciendo largo, hago punto. Hasta otro día. Le abraza,

Alberto.

Querido Juan: celebro que mi carta le haya distraído. Al enviársela sentí ciertos escrúpulos, porque ¡caracoles! su latitud la hacía digna de haber nacido de la pluma de Don Alonso de Madrigal, alias el Tostado.

Me advierte usted que se me ha quedado en el tintero la descripción del resto de los individuos que integran nuestra nómada comunidad, hasta trece. Añádame usted á mí, de quien usted conoce todo lo que se puede conocer, y á mi zaga imagine usted varios irracionales; los caballos que arrastran de una á otra aldehuela nuestro bagaje, Pionono y Azor. Este último es un perro cojo, de mi exclusiva propiedad; lo destino á artista de alfombra y estoy muy satisfecho del provecho con que recibe mis enseñanzas y las de Mister Levitón.

Desde que profesé en esta orden andante, el circo de Mister Levitón ha ganado desapoderadamente en decoro estético y en categoría artística. Á este paso pronto llegaremos á codearnos con los célebres circos Gillaume, Rancy ó Pinder. No atribuya mis palabras á un sentimiento de orgullo, que las mejoras no son hijas de mi inteligencia é inventiva, antes hijastras de mi dinero. Hemos adquirido una deliciosa techumbre cónica de lona encerada que nos permite piruetear y gansear aun en las más inclementes y procelosas noches. El fétido y costoso alumbrado de aceite ha sido sustituído por el de carburo. Tenemos una muelle y enflorada alcalifa circular para cubrir la pista. Tenemos arambeles, obra de la falsificación catalana, con que adornar los palcos. Hemos comprado sillas de Viena, y sirven para las localidades preferentes. He ideado un frontal del circo, pintado. Yo lo hice y Pichichi me ayudó á embadurnar, de colores lisos, entrepaños y fondos. Simula un atrio de columnas dóricas, en mármol; en los intercolumnios destacan sobre paños de púrpura mitológicas divinidades en guisas y posturas fantásticas. He aquí dos ejemplos; Palas Atenea, vestida de mallas azules y con el casco de oro, hace la neurabates, que dijeron los griegos, ó la funámbula, que decían los romanos, con la cabeza hacia abajo y sobre un hilo de araña; al extremo derecho de la pintura, apoyada en uno de los caballetes que sostienen el hilo, se posa como sobre una alcándara el buho simbólico, emblema de estudiosas vigilias, fumando estúpidamente una pipa de opio. Otro asunto; Zeus olímpico, tumbado de lomos sobre livianas nubecillas, eleva al aire las zancas, al modo de un pilarius, con las cuales ejecuta juglerías despidiendo y amparando en los pies buen número de muñecos, reyes, emperadores, pontífices, artistas y filósofos, según aquel dicho de Platón: los hombres somos juguete de los dioses. ¿Qué dice usted á esto? Ahora resulta que he realizado pintura humorística. De factura, esta es mi obra más suelta, más entonada y expresiva. Si se acordase por consenso unánime de las gentes elevar un gran templo á la Sandez Humana, creo que podría decorarlo con hermosas pinturas murales.

En lo alto de la fachada campea un letrero con caracteres lombardos: Gran circo acrobático de Mister Levitón. Debajo, una hilera de serafines que tañen largas trompetas heroicas, y otra inscripción: Vox et praeterea nihil. Por algo me eduqué en los jesuítas y conservo algunas reliquias del latín.

Me parece que basta por hoy.

Su leal,

Alberto.

Querido Juan: Copio de su carta: «Todo lo que usted me refiere es interesante y divertido.» Merci bien. «Pero ¿qué hace usted para el público? ¿Salta usted? ¿Trabaja usted en el trapecio? ¿Quizá en las anillas? ¿Juegos de manos tal vez? Sáqueme de dudas.» Le sacaré de dudas.

Por lo pronto, me gasto mi dinero; esto ya es algo. Después de haberle escrito mi última carta hemos recibido un órgano enorme y admirable: parece una orquesta. La mayor parte de las cintas he querido que fuesen Cake-Walks, y de esos valsecitos de circo que suscitan en los nervios no sé qué misterioso impulso y ansias de movimiento furioso, de saltar, de gritar, de lanzar objetos á lo alto, de correr sin punto final. Cuando los oigo, comprendo aquello que los griegos llamaban feamente Kalocagathia, y es, si no me equivoco, un ideal de vida física perfecta. ¡Qué delicia, qué fruición, hacer piruetas, flinflanes, dar saltos mortales elásticamente, en tanto suena esa música! ¡Y qué tristeza sentirse artiste de rencontre, acordarse de que es ya tarde para la cultura del cuerpo!

Pero, aparte de la prodigalidad de bolsa, yo tengo en el programa mi número correspondiente, y puedo asegurarle que es recibido con gran aplauso. La idea no es original mía, sino fusilada de un artista que vi en un Music Hall de Londres. Se trata de modelar rápidamente á la vista del público carátulas groseras en arcilla. Yo nunca había modelado, pero me doy muy buena maña para hacer en un periquete uno de estos esbozos rudimentarios. El inglés trabajaba exclusivamente con arcilla gris. Yo he introducido una modificación. Tengo varios calderos de barro que he coloreado con anilinas, y así, el muñeco que hago resulta muy pintoresco. Una boca, por ejemplo, con poner dos choricitos de barro rojo ya la tiene usted á punto de prorrumpir en una exclamación. Unas cuantas plastas de barro ocre ó tierra sombra componen la cabellera rubia ó morena. Luego, la distancia y la buena voluntad de los espectadores completan la obra. Mi repertorio se compone de la vieja, el cura, el cacique, el buzón de correos, el guardia civil y la vaca. No son bustos, que esto llevaría bastante tiempo, sino altos relieves sobre un caballete con tablero.

En tanto yo modelo á toda máquina, el órgano deja oir el más exquisito florilegio de Cake-Walks, y Rosita, vestida con traje de lentejuelas, se retuerce y canta algunos cuplés ingleses, que yo le he enseñado, con pronunciación figurada: The Honney Suckle and the Bee; Teasing; Hullo, Hullo, my Baby.

Pero mis planes son más vastos. Estoy madurando una serie de pantomimas transcendentales. Pienso efectuar de pueblo en pueblo activa propaganda moral, sirviéndome de esto que califico de anarquismo acrobático. Claro está que usted entiende la concomitancia que hay entre la moral y el anarquismo; huelga, pues, toda disquisición.

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