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La pata de la raposa (Novela)

PARTE PRIMERA (continued 3)

Reading edition

Hoy se va haciendo tarde. Quédese la explicación de mis planes para otro día.

Un abrazo de

Alberto.

Querido Juan: he probado á representar algunas pantomimas, satirizando conceptos é ideas comunmente recibidos como verdades inconcusas. Mi sistema de demostración es ad adsurdum; esto es, desarrollar uno de aquellos nocivos conceptos hasta sus últimas y más bufas consecuencias. La gente se ríe que se desternilla. Pero una noche tuve la intuición súbita, flagrante, evidente de la inutilidad de la sátira sacramental. Ya le veo á usted arrugando los labios, si sonríe ó no sonríe, preguntándose in mente: «¿qué será esto de la sátira sacramental?» Así es; se me ha venido el adjetivo á los puntos de la pluma, y ahí queda. La sátira, noblemente ejercida, me parece participar de la dignidad de un sacramento, y desde luego concuerda con el de la penitencia en el sigilo personal: se dice el pecado, pero no el pecador. La sátira fustiga genéricamente vicios y necedades, pero no al vicioso López ó al necio Rodríguez.

Pues bien; usted sabe que esta provincia es quizá la que con mayor acerbidad padece el yugo del caciquismo. Estábamos en Pumareda. Fué un día de elecciones. De aquí y de acullá recibía yo noticias, y en resolución llegué á conocer cabalmente que lo que el delegado del cacique había urdido, y los electores consentido, constituía un hecho bochornoso para la dignidad humana. No es mi propósito ahora distraerle narrándole por lo menudo las elecciones. Voy á lo mío. Precisamente entre mis pantomimas, quizá la más hábilmente desarrollada, es la de El cacique y el aldeano. (Las llamo pantomimas, y no lo son propiamente, sino farsas dialogadas.) Venía el caso como anillo al dedo. Se anunció para la noche. No quiera usted saber la algazara, los alaridos, las risotadas, el honesto y bestial regocijo que originó. Entonces me sentí un poco triste y me acordé de las palabras de Swift: «La sátira es á la manera de un espejo, en donde cada cual cree generalmente descubrir el rostro de todo el mundo, menos el suyo propio. Por esta razón la sátira siempre es acogida alegremente.»

No sé si es cosa de mis sesos, ó de mi mano derecha. Ello es que hoy me cuesta mucho trabajo escribir. Hasta otro día.

Suyo,

Alberto.

Querido Juan: ¿No se le ha ocurrido á usted pensar algunas veces que los teólogos que inventaron el cielo y el infierno eran hombres de escasísima chapeta? Mire usted que al mismo demonio no se le hubiera ocurrido imaginar como asilo de la eterna bienaventuranza un lugar en donde toda tediosidad y hastío tiene su asiento. Es un empíreo para los papanatas. Y en cuanto al infierno... Los fieles cristianos se han parado poco á considerar si es temible ó en puridad más amable que el cielo. Yo he observado que el hombre, según su naturaleza, aun cuando á lo primero haga grandes muestras de desesperación, se aviene y acomoda muy luego á las mayores desgracias y á las más precarias situaciones. Recuerdo algunos enfermos de males crueles y asquerosos que se aferraban á ellos como á una ventura, prolongándolos por todos los medios, á causa del temor á la muerte. Y es que no hay otro mal que la muerte. Algunos fingen desearla; alardes retóricos. ¡Cuán pocos la buscan! Ahora, supongamos á un hombre zambullido en el fuego infernal. Á la vuelta de unos cuantos días, ó meses, ó años, es seguro que estará sabrosamente adaptado al medio, como la salamandra; es una ley biológica. Es de creer que la policía de las costumbres será en el infierno bastante laxa. Pues ya tenemos á unos cuantos millones de seres, la mayoría de buen humor y de inclinaciones voluptuosas, con un seguro de eternidad sobre la vida, perfectamente adaptados al ambiente y con tiempo y otras cosas por delante para juerguear cuanto les venga en gana. ¡Delicioso! Entretanto, en el piso de arriba, los bienaventurados sentirán la pesadumbre del tedio irremisible, oyendo, á lo más, zampoñas etéreas.

La religión, según el punto de vista conservador, si se la mira del revés es un freno, si del derecho un estímulo, y de entrambos lado una fantasmagoría á propósito para mantener el orden estatuído en las muchedumbres ignaras; una mentira necesaria. Pues, señor; si es así, nuestra religión es una tramoya muy mal montada. Tomemos el ejemplo de un niño. Por que se muestre dócil á la bárbara educación que se le intenta dar empléanse como promesas las delicias celestiales y como amenazas las torturas infernales. Lo primero es una sandez; lo segundo, una brutalidad. Y yo digo, ¿no sería más eficaz, más artístico, crear imaginativamente un cielo de payasos, amazonas, barristas, micos amaestrados, etc., etc., y un reposte que ofrezca satisfacción á la lengua más golosa y antojadiza, y representarlo así, con vivos colores, en las estampas? Para mí, ello es indudable. Fundándome en estas consideraciones he ideado una farsa teológica-lógica y empíreo-acrobática. Anoche la hemos puesto por primera vez, aquí, en Limio de Pravia. (Estamos en Limio de Pravia.)

Perdón; un momento. Interrumpo la carta, porque oigo voces y á Mister Levitón que me llama apresuradamente.

Reanudo la carta, para decirle en cuatro palabras lo que ocurre. Al parecer el cura de Limio, que es un bárbaro, ha hecho que el Juzgado incoe contra nosotros un proceso, por ataques públicos á la religión. Vea si ha tenido éxito la pantomima. Víctor, su mujer, los hijos y Maimón, están que no les llega la camisa al cuerpo. Yo les aseguro que no ocurrirá nada, pero no se convencen. De seguro me maldicen en lo interior. Fernando no ha dicho nada, y Pichichi, el pintor bíblico ha exclamado heroicamente: A me ne importa proprio un fico secco.

Si me llaman á declarar me parten, porque habré de dar mi nombre y, en publicándose, mi aventura carece ya para mí de incentivo. ¡Yo que me había ocultado hasta ahora con tanta diligencia y buen arte...! Allá veremos en qué queda todo.

Adiós. Le abrazo,

Alberto.

XVIII

Alberto penetró en la sala del Juzgado, como autor de la farsa. El juez se puso en pie de un salto:

—¡Alberto!

—Sí, yo, ¿qué quieres? Me divertía tanto...

El cura, que estaba presente, se refregó la barriga, por encima de la sotana, como si su inteligencia radicase en aquella víscera y con el frote se activasen sus operaciones.

—Alberto ¿qué? —preguntó el cura ansiosamente.

Alberto se volvió á mirarle un momento y á seguida, olvidándose de él, dijo al juez:

—La verdad, siento que se haya roto mi incógnito.

—Si es que parecía que te había tragado la tierra.

Los alguaciles estaban asombrados. El cura repitió:

—Alberto ¿qué? —y como nadie le respondiera— Señor juez, que estamos en funciones de justicia y no en el casino.

—Precisamente por eso, señor cura, hágame el favor de callarse.

¿Callarse don Ataulfo, uña y carne del cacique?

—He dicho que ¿Alberto, qué?

Y Alberto:

—Alberto Díaz de Guzmán, para lo que se le ofrezca. ¡Caray con el interés que le inspiro!

—¡Bendito sea Dios! —suspiró el cura—. Luego dirán que no hay Providencia... ¿No ve usted su dedo claramente, señor juez?

—Clarísimamente —respondió el juez, mirándose uno después de otro los diez dedos de las manos.

—Digo el de la Providencia.

—Ah, ese lo presumo.

—¿De qué se trata? —indagó Alberto comenzando á sentirse intranquilo.

—Trátase... —continuó el juez—, trátase... Estamos en funciones de justicia. ¿Confiesa usted llamarse Alberto Díaz de Guzmán?

—Pero, hombre, ¿tú me lo preguntas? ¿No hemos estudiado juntos cinco años de carrera? ¿No hemos hecho diabluras de común acuerdo en clase del Chorizo, y del Llimiagón y de la Gocha jurídica?

—Señor Guzmán —prosiguió el juez. Su cara descubría la intención de echar el trance á broma—; yo no soy Enrique Llamedo y Pando, condiscípulo de usted, sino una entidad abstracta, un principio sustantivo y eterno, la Justicia. Yo no he estudiado una patochada de derecho, ni con usted ni con nadie.

—Eso ya lo sé yo. Á buena parte vas.

—Acusado; le llamo á usted al orden.

—Pero que muy bien; de perlas —jaleó don Ataulfo.

—Y así le comunico que ha tiempo se le sigue una causa por violación y homicidio subsiguiente...

—Por violación, no, señor juez —atravesó el cura—. Era una ramera.

—No importa. Digo que por violación y etcétera. Otrosí, añado que ha tiempo se le persigue, y habiendo este Juzgado tenido la buena fortuna de topar con usted, ayudado por el insustituible dedo de la Providencia, á la cual pienso enviar de oficio un voto de gracias, decreto que sea usted puesto en brazos de la Guardia civil, la cual le conducirá á usted á Pilares en el primer tren que salga para la capital. Alguacil, requiera usted á la pareja de servicio.

—Pues, hijo... —tomó Alberto la palabra, con mucho desabrimiento—, no me hacen ni pizca de gracia tus discursos irónicos. Si veo que tú no crees nada de esto, ¿á qué sigues la pamema?

—Señor acusado; emplee usted exclusivamente palabras que estén en el Diccionario de la Academia.

—La verdad es que yo no pude pensar que durase tanto tiempo el intríngulis.

—Repito que se atenga usted al Diccionario...

—¡Qué c...! —murmuró Alberto saliéndose de su natural apacible.

—Al Diccionario, al Diccionario —sentenció el juez á punto de reir.

Entonces Víctor, que se mantenía acoquinado en un rincón, junto con sus subordinados, adelantóse á murmurar lleno de incertidumbre:

—Quisiera decir al señor juez, que nosotros... no sabíamos...

—¡Ah! Esa es otra. Todos ustedes son encubridores —é hizo un guiño á Alberto, como induciéndole á que pusiera en un aprieto á los titiriteros. Pero Alberto atajó, amoscado.

—¡Qué encubridores ni qué calabazas!

—Bien; una vez declarado por el reo que ustedes nada tienen que ver, quedan ustedes en libertad.

—Eso no —afirmó el cura—. ¿Y la causa por desacato á nuestra sacrosanta religión?

—Estas gentes han sido instrumento inconsciente de Guzmán. Así resulta de la prueba. Guzmán es un...

—¡Sacrílego! —completó don Ataulfo.

—Usted perdone, señor cura —habló Alberto—. Creí hacer un bien á la humanidad, como monsieur Rignon, el de los aparatos ortopédicos.

—¡Qué cínico! —rezongó el cura.

—Sí. Y ¡qué cirenaico! —añadió el juez.

En esto penetró en el recinto la pareja de la Guardia civil. Uno era flaco, largo y bigotudo; el otro, rechoncho, gordezuelo y glabro. Entre los dos descendió Alberto á la estación. De camino iba dándose á todos los diablos.

Estando en el andén, poco antes de llegar el ferrocarril, Llamedo se acercó á Guzmán, lo tomó aparte y le comunicó con sigilo:

—Chico, yo no podía hacer otra cosa. No te apures, que yo sé el paradero de la niña, pero no puedo declararlo. Luego te me has venido á las manos, y en presencia de ese animal de don Ataulfo... El que guarda á la niña; sí, no abras la boca. Ya veo que sabes quién es. Pues bueno, se divertía mucho con el tole tole y las barbaridades que habían inventado, y no quería decir palabra. Pero en cuanto se entere que te han echado el guante, enviará á la propia Rosina, que está en Madrid, á que se presente en el Juzgado instructor. La niña supongo que esté á oscuras de lo que ocurre. Probablemente no sabrá ni leer, y él no la dice nada de seguro. Conque, Bertuco; una broma pesada, pero que ya sólo tiene unas horas de vida. Resignación. ¿Quieres un pitillo?

XIX

Oscurecido ya, Alberto ingresó en la fortaleza de Pilares. Era una noche lluviosa de invierno.

El alcaide, un hombre descolorido y fatigado, con chaquet de esterillas deshiladas y pantuflas de orillo, le recibió cortésmente. Le preguntó si deseaba celda especial, á lo cual Alberto respondió que quería estar como todos.

Los presos no habían sido retirados aún á sus apartijos. Era hora de recreación.

Alberto fué conducido á una sala angosta y alongada, penumbrosa. De un lado había ventanas con barrotes de hierro que daban á la calle de Adosinda, y en cada una de ellas encaramado un hombre como una araña en su tela, y hablaban á gritos hacia el exterior. La estancia estaba desguarnecida de muebles. Los reclusos hacían ruedas de conversación, encuclillados. Algunos canturreaban solitariamente apoyando la espalda en las paredes denegridas y tatuadas de prolijas inscripciones y dibujos. Un joven trajeado de limpio, en pie bajo una de las mortecinas bombillas, esforzábase en aprovechar la mezquina luz leyendo un libro.

Uno de los hombres encaramados en los barrotes, profirió un grito desgarrador, en falsete, al cual respondió otro grito semejante, femenino, á lo lejos.

—¡Eh, Ñeru! —amonestó el alcaide.

Un celador que estaba cerca aplicó dos zurriagazos en las nalgas del Ñeru.

—¿Cuántas veces te he de decir que te guardes el xiblato en el c..., cacho de cabra? —le preguntó encolerizado el celador.

El alcaide le explicó á Alberto:

—Es un ratero que hace sus robos en combinación con una golfa. No hay vez que esté uno preso que no lo esté la otra también. Y como la galera de mujeres está aquí al lado se entienden por ese procedimiento de los gritos, que parece que cantan tirolesas.

Alberto pudo advertir que, evidentemente, en uno de los dos grupos, el más nutrido, todos los que á la redonda estaban sentados reconocían y reverenciaban, como de superior linaje ó condición, á un hombre membrudo, cetrino y muy barbado, con barbas que le brotaban impetuosamente desde lo alto de las mandíbulas y las sustentaban la base del rostro, á la manera de una valona tallada en ébano. Daba á entender con la solemnidad de los ademanes y la avaricia en el hablar que estaba poseído de su importancia. Sobre sus muslos reposaba, apoyándose lánguidamente, un mozo endeble, alombrizado y amarillo.

—¿Qué mira usted? —inquirió de Alberto el alcaide—. Es curioso, ¿verdad? Es el Morillo. Ya habrá usted oído hablar de él. Es quien mató al cura de Celorio, á tiros de carabina, cuando estaba celebrando misa. Dos meses escasos le quedan de vida, porque el que viene lo ahorcarán. Y para éste no hay remisión; bueno es el clero para consentir que se le indulte.

—¿Y el jovencito?

—Es la Fresa. Le pusieron ese mote porque, al parecer, antes era muy coloradito. Es un ratero. Vive constantemente en la cárcel. El mismo día que cumple vuelve á reincidir, porque lo aprisionen de nuevo. Algunos lo llaman la novia. No necesito enterarle de que se trata de un marica pasivo. Los presos se lo disputan, casi siempre á golpes. Ha habido verdaderas batallas campales á causa de él.

—Vamos, es la Helena de esta Troya.

—Algo de lo que usted dice —prosiguió el alcaide, que no sabía de mitologías—. El más fuerte se lo acapara, como en el mundo de los animales; sólo que los animales no acostumbran cometer infidelidad, y este desgraciado se goza en sentirse disputado y anda siempre encelando al amante de turno y encendiendo á los demás. Mire usted bien y verá que tiene un ojo casi pocho; de un puñetazo del Morillo. Todo esto es asqueroso y está prohibido severamente, pero es imposible de evitar. Por lo que á mí toca, parece natural que con el tiempo, y no viviendo sino entre estas gentes, se haga uno duro é insensible, y no es así. Cada día soy más tolerante, y hasta llego á creer que la responsabilidad es algo confuso que comienza de rejas afuera.

Las frases del alcaide iban inscribiéndose en la mente de Alberto como sentencias religiosas sobre tablas de bronce. Después de una pausa, añadió el alcaide:

—Puede usted quedarse aquí, si quiere. No se lo aconsejo. Mejor es que se venga usted á mi despacho; el reglamento lo consiente.

—Me gustaría hablar con ellos, preguntarles, saber...

—No sacará nada en limpio por ahora.

—¿Y si los convidase á algo?

—Pss. Pronto es la hora de la cena.

—Un rancho extraordinario quizá...

—Es ya tarde. Lo que puede hacerse es traer sidra.

—Sí, y cigarros para todos.

El alcaide anunció en voz alta que aquel señorito, compañero circunstancial de los presos, les brindaba con sidra y cigarros. Se oyó un rumor sordo, indefinido. Una voz dijo: ¡Olé! y otra: Calla tú cabrito. Se lo puede ofrecer á su señora madre.

Y el alcaide:

—Si á ti no te parece bien, Mellao, puedes dejar de beber y de fumar.

—Y aun cuando le parezca bien, también se quedará para que aprenda —afirmó el celador.

—Eso no —dijo Alberto—. Yo lo ofrezco con buena voluntad. Si alguno me desaira nada puedo hacer. Pero que sea siempre por su gusto, no por imposición.

Después de haber entregado dinero al celador, el alcaide y Alberto descendieron al despacho, de muebles desvencijados y mugrientos. Alberto se sentó en un diván al estilo Luis Felipe, de armadura de caoba y muelles vencidos del uso. Frente á él colgaba del muro un mapa con las cárceles y presidios, señalados en tinta roja.

—Supongo que esta sea la única noche que le tengamos en nuestra compañía.

—¿Por qué?

—Porque mañana depositará usted su fianza, le pondrán en libertad provisional, y luego, lo del juicio oral no será difícil arreglarlo con las relaciones que usted tiene. Según mis noticias, hay en contra suya indicios graves; pero á pocos se les condena por indicios.

Alberto sonrió tristemente.

—No se preocupe usted. Figúrese si yo sabré lo que son estas cosas... —explicó el alcaide, pretendiendo paliar supuestas amarguras de Alberto.

—No me preocupo por lo que usted supone. Ya se enterará usted pronto de que eso del juicio oral me tiene sin cuidado.

—Lo creo. La justicia... sobre todo en este país. Pero además, ¿quién es un hombre para juzgar á otro?

En esto, entró al despacho, saltando, una niña, un arrapiezo de siete años, aseada y pobremente vestida, paliducha, negros y vivos los ojos, y una melenilla corta de lacios cabellos oscuros. Corrió á besar al alcaide, el cual la acarició lentamente.

—Dale un beso á ese señor.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Alberto reteniéndola entre sus rodillas.

—María de la Luz Arizona y González, para servir á Dios y á usted.

—Luz; muy bonito nombre. Toma, para que compres un juguete, y te acuerdes de este señor que te lo da.

—De ninguna manera. Luz, almita, devuélvele ese duro.

—No faltaba más. Consiéntame usted, señor alcaide. Guárdatelo, nenita guapa —la besó repetidas veces, transido de una extraña ternura.

—Pero si es un disparate. Con una perra gorda tiene bastante.

Alberto había colocado la moneda en la palma de la niña; luego le había cerrado la manecita, y con la suya se la oprimía dulcemente.

—Así; porque yo quiero que Luz se acuerde de mí.

—Sea —manifestó el alcaide con muestras evidentes de reconocimiento—. Para todos los hermanos, ¿lo oyes, almita?

La niña salió, y asomó otra vez al poco tiempo.

—Se me había olvidado. Que ya está la cena.

—Dile á mamá que ceno en el despacho; que traigan dos cubiertos —Alberto se resistía—. Ahora soy yo quien dice: Consiéntame usted —y en saliendo la niña—: La de en medio; tres, delante; tres, detrás; los siete Dolores; y siete mil reales de sueldo —apoyó un codo sobre la mesa y la cabeza en el puño.

Entreveraron la comida con escasas palabras. El alcaide se esforzaba en distraer al comensal de su ensimismamiento, pero renunció pronto, considerando imposible la empresa.

La cena terminada, el alcaide asegundó la pregunta que al recibir á Alberto le hizo:

—Entonces ¿ordeno que dispongan una celda de pago?

—No, no; como todos. Es un antojo.

—Repare que son imposibles.

—Estoy ya hecho á dormir de mala manera.

—No lo dudo, pero por gusto; en cacerías, tal vez. Una cosa es hacer las cosas enojosas por gusto, y otra muy distinta hacer, aun las halagüeñas, por obligación.

Alberto repitió maquinalmente:

—¡Por obligación!... En este caso también es por gusto —añadió:

—La elección de celda, sí; pero la celda es obligatoria, al menos esta noche.

Sonaron unas campanadas. Luego un violín.

—Con su permiso. Vuelvo al instante.

El alcaide se ausentó por unos instantes.

—¿Ese violín? —interrogó Alberto, así que retornó el alcaide.

—Es mi Aurora, la mayor. Ella hubiera querido tocar el piano. Ya, ya... No nos podemos permitir esos gustos ni esos gastos.

—Desde las celdas de los presos, ¿se oye el violín?

—Ya lo creo, como lo oímos nosotros.

—Debe de ser triste para ellos.

Pausa. Y el alcaide:

—Nunca había pensado en ello.

Guardaron silencio. Alberto comenzó á pasear por la habitación. Oyóse el rodar de un coche, los muebles retemblaron.

—Un coche —murmuró Alberto.

—Sí, un coche —repitió el alcaide.

Tornaron las cosas al reposo. Y Alberto:

—¡Cuánta paz!

—Sí, cuánta paz —hizo eco el alcaide.

—¿Me consiente usted que me retire? Estoy fatigado.

—Usted me ordena. Le acompañaré hasta la celda. ¿Quiere usted algo para la noche: leche, agua azucarada...?

—Gracias. Agua simplemente.

—Ya tiene usted un cacharro allí.

Llegaron á la celda. El alcaide encendió un velón. Era un zaquizamí pardusco; un ventanillo enrejado, muy cerca de la techumbre. El ajuar: una mesuca, un taburete de madera y un catre con ropa limpia.

—Veo que viola usted el reglamento en honor mío —manifestó Alberto, sonriendo.

—No; de ninguna manera. Esto es lícito. Ea, adiós y que descanse. Y usted perdone que le encierre, para que vea que me atengo al reglamento.

Las paredes estaban surcadas de rasguños epigráficos. Alberto leyó:

Josefa, mi Josefa mi tesoro. Eres una cenefa de oro. Yo te adoro.

Luego obscenidades, blasfemias, toscos dibujos semejantes á los del arte cavernario.

Desnudóse Alberto, y en apagando el velón fuese á tientas al catre. Josefa, mi Josefa, se decía interiormente sin saber por qué. No acertaba á pensar con orden. Andaba á punto de adormecerse y se incorporó sobresaltado. Había creído oir una voz que susurraba: Anda; haz ahora humorismo.

XX

Despertóle el tañido de una campana. Era noche aún. Asomó un celador y le dijo que podía continuar durmiendo hasta las diez. Alberto respondió que deseaba levantarse, mezclarse y hablar con los demás presos, á lo cual el celador repuso que no estaba consentido hasta las horas de recreación.

Á las diez se presentó el Juzgado de instrucción. Venía á tomar declaración á Alberto. Este respondió secamente:

—Den ustedes por declarado cuanto apetezcan, porque no me da la gana responder á nada de lo que me pregunten y es inútil que intenten sacarme una sola palabra del cuerpo. ¡Ah! Y cuantos menos pliegos gasten, mejor: han de ser papeles mojados.

Muy presto pudo convencerse el juez de que Alberto cumplía lo prometido. Bajando las escaleras, expresó así sus impresiones, al actuario:

—Es una causa preciosa. Una de las más interesantes y emocionantes que me han caído entre manos. ¿Ha observado usted bien á ese tal Guzmán? —el actuario asintió con la cabeza—. ¿Y qué? ¿No cree usted advertir en su cráneo un alarmante índice de braquicefalia? Sí, sí, es un braquicéfalo.

—Lo que yo creo es que es un grosero, y estoy por decir que un guasón. Se gastaba á veces una sonrisita...

—Imbecilidad, pura imbecilidad.

Poco después de haber partido el Juzgado, un celador llegó á anunciar á Alberto que varios señores deseaban verlo.

—¿Han dicho los nombres?

—No puedo contestarle; por lo pronto sé que está el señor Renglón, el abogado. Usted habrá oído hablar de él. Es un pico de oro. Vaya, que no hay acusado que no saque libre.

Otro celador que pasaba, se detuvo en seco:

—No haga usted caso á ese lengüeta. Que los saca libre á todos... ¡Home, paez mentira que se diga eso! ¿Y la Pujola? ¿Y Tanón, de la Peñera? Abogado bueno, pero de verdad, y éste es el que debe usted nombrar, es don Rufino Valle. Además cobra menos que Renglón, pero mucho menos.

Iba á replicar el primer celador cuando acudió un tercero, atraído por lo que se disputaba:

—¿Queréis callar, que todo se os va por la boca? Ni Renglón ni Valle valen pizca junto á don León Berrueco. ¿Dejará éste de llevar veinte años de ejercicio más que los otros? No parece sino que os pagan por hacer el gancho —concluyó cínicamente.

—¿Y tú; de qué estás haciendo tú, sino de condón?

Alberto cortó la sucia disputa:

—Ni Berrueco, ni el don Rufino, ni Reglón ó Renglón. No se molesten ustedes. No necesito abogado. Lo soy yo, y me basto y me sobro. En cuanto al resto de las visitas, que no sean abogados, les suplico que les den un pretexto cualquiera; que estoy algo mal y no salgo de la celda. Cualquiera cosa; en resolución que no quiero hablar con gente de fuera—. En su entrecejo resaltaba una dureza agresiva.

Un celador pensó: «Demonio con el señorito. Ahora comprendo que haya desollado una zorra».

Durante todo el día Alberto hizo vida común con los presos. En un principio se le mostraban recelosos ú hostiles. Pero fué venciéndolos poco á poco, en fuerza de mansedumbre y sencillez. Cordial y mentalmente clasificó á los delincuentes en tres tipos, y á todos tres los consideraba irresponsables. Eran: Morillo, el deficiente moral; Ñeru, corrompido por la misma sociedad, y Fausto Peneda, pasional.

Fausto era quien leía, bajo la luz eléctrica, cuando Alberto entró por vez primera, acompañado del alcaide en la sala de recreación. Lindaba con los veinticinco años; hermoso y fuerte, la faz abierta y sanguínea, los ojos pardos, envedijado el cabello. De primera intención refirió á Alberto su desgracia y su vida toda. Había nacido en un pueblo llamado Liñán, de padres labradores en buen acomodo de fortuna. Había seguido el oficio de carpintero y prosperaba en él. Estaba enamorado y ya para casarse con una mocina, Telva la Palomba, que era blanca y nidia como la manteca. Pero el mal diaño quiso meter de por medio al mayorazgo de la Aceña. Figurósele («¡Era una feguración, señor; por el Cristo del Rosario!») que á Telva le caía en gracia el ricachón; ofuscóse y:

—Con un formón, mismamente aquí, hasta aquí —señalaba desde el cuello, cerca de la oreja, hasta el ojo izquierdo—. Con toda mi alma. ¡Ay, ay, la sangre que de allí salió...! Llenóme de enrriba á embajo. Cayó ella, y no sé como no caí yo. Anduvo á la muerte. Encausáronme. Ocho años me salieron. Ella curó. Aluego... Seguimos de novios. Cuando esté libre, que tendré treinta y tres años, casarémosnos.

—¿Y la cicatriz?

—Allí está, en aquella carina de rosa, que cuando la veo, en el locutorio, detrás de las rejas, quisiera morir. Del ojo izquierdo perdió la vista, pero está tan guapo como endenantes. Daba yo los dos míos porque ella viera. ¿Pa qué me sirven y pa qué me sirvieron? Pa ver feguraciones —y escondía el rostro entre las manos.

—Ánimo, Fausto —Alberto le dió amistosas palmaditas en la espalda—. Como usted observa buena conducta le indultarán pronto.

—Eso dicen, pero el mi indulto no puede llegar nunca. Si á mí no me condenó el jurao. La mi condena está escrita en aquella cara y no podré borrarla nunca.

—Pero ella le habrá perdonado ya, por lo que me dice.

—Eso sí. Si no... no quiero pensarlo. Pero falta que me perdone yo —calló. Luego hizo una transición—. ¿Y lo de usté?

—Lo mío, nada.

—Decían...

—Nada. Es un error.

—Pues alégrome. Pero nada de particular tendría. Los señoritos también son hombres. Ya ve usted yo... ¿quién me dijera...?

—No es que me envanezca, por no haber caído, ni que me atreva á condenar nada ni á nadie; es simplemente que estoy aquí por un error que se ha de desvanecer muy pronto. Y créame que no me arrepiento de haber venido.

Yendo de retirada pasaron por la celda de Fausto.

—Esta es mi celda; una casona majísima —y empujó la puerta.

Lo primero que vió Alberto fué una gran jaula de mimbres colgada del muro al lado de la ventanuca. Estaba vacía.

—¿Tenía usted algún pájaro en ella?

—Un mirlo. Trajéronmelo mis padres. Yo siempre tuve una gran cencia, ó si se quier pacencia pa enseñar á que siblasen los mirlos. En Liñán la mi carpintería era una rivolución. Seis mirlos llegué á juntar; uno siblaba la Bendita Madalena; otro, el Señor San Pedro. Pues ¿y uno que llegó á deprender la Praviana? —y sus ojos se empañaron de bruma. Volvió á coger el hilo del discurso—. Pues como le digo. Trajéronme mis padres un mirlo nuevo, pa que me entretuviera enseñándole cantares. Deprendía bien el condenao. Pero ¿querrá usté creer que cuando siblaba parecíame que hablaba? La de cosas que me decía, y todas tristes. Sobre todo quejábase de que lo tuviera preso. Y era verdad. Dábame miedo y soltélo. Marchóse esnalando y riéndose de mí.

Se separaron. Alberto fué á guardarse en su celda. No aceptó el convite del alcaide para la cena, alegando dolor de cabeza. Pero el dolor lo tenía en el alma, lacerándosela. Á veces, el pecho se le enfervorizaba, con un ansia de apostolado. Y se decía: «Pero ¿adónde voy yo, flojo, desmayado, corrompido?» De pronto, pensaba diluirse en aquietante y suave blandura. Y era el recuerdo de Fina, del cual estaba saturado misteriosamente.

Á la mañana siguiente, á punto que un celador entró á despertarle, dormía hondamente. El sol, alto ya, metíase á fisgar por el ventanuco.

—Debe de ser tarde.

—Cerca de las once. El señor director dice que se vista pronto y que baje. La señora que creían —hizo un alto— asesinada por usted se ha presentado en el Juzgado, tan fresca. Está usted en libertad.

Aseado y vestido, Alberto descendió al despacho del alcaide, por despedirse de él y darle las gracias. Una dama elegante, con traje sastre de recio género á cuadros, estaba sentada de espaldas á la puerta. Una mantilla de blonda delicada la envolvía al desgaire la cabeza, cuyo rubio de bronce bruñido se traslucía entre las mallas de seda. Púsose en pie oyendo los pasos.

—¡Rosina!

La muchacha escondía el rostro, inflamado de rubor. Se decidió á balbucear:

—Yo no sabía... Te lo juro. He sido la causa, pero no tengo culpa. ¿Me perdonas? ¿Me perdona usted?

—Sí, mujer. Me perdonas; estaba bien como estaba. ¿No te he de perdonar? Vamos andando.

Antes de marchar, Alberto se apartó un trecho con el alcaide:

—Cuando entré, convencido que no debía estar aquí, me pareció el caso injusto, pero sobre todo ridículo. Pues, anteayer yo no sabía aún lo que era injusticia. Ahora que salgo, creo firmemente que merezco permanecer dentro. No sólo yo...

El alcaide se encogió de hombros sonriendo:

—No le entiendo á usted. Desde que le vi por primera vez me ha causado usted inquietud. De todas suertes cuente usted que soy su amigo.

Se estrecharon calurosamente la mano y se despidieron.

Un sol enfermizo y apocado oreaba las encharcadas calles. Alberto y Rosina marchaban á la par, sin mirarse y hablando de raro en raro.

—Llegué esta mañana en el rápido de las seis y media. En la fonda estuve hasta las diez y á esa hora fuí al Juzgado. Del Juzgado á la cárcel. Yo no sabía nada, hasta que ayer mañana me lo dijo él; había recibido un telegrama. ¿Sabes quién es él?

—Sí.

—Como él no quiere que nadie sospeche nada, por eso la gente me daba por muerta. Tiene gracia. ¡Y yo que te creí muerto á ti...! Ya te contaré.

Alberto se dió cuenta de que inadvertidamente iban á pasar por delante de casa de Fina.

—Demos la vuelta, demos la vuelta —suplicó azorado.

Torcieron por una calle solitaria y salieron al parque. Las hojas secas, amarillas y rojizas, tapaban senderos y veredas. Sentáronse en un banco. Alberto volvía sobre el tiempo que había corrido desde que en aquel mismo paraje había estado por primera y única vez con Rosina, caída ya la noche. Repasaba rápidamente los acontecimientos; el estropicio de las obras de arte, las normas morales sugeridas por los animales domésticos, el beso de Fina, la noche en Villaclara, el Pichichi, el juez zumbón y el juez solemne, el olor á humedad de la fortaleza, el Morillo, Fausto... Creía hallarse á punto de despertar de un sueño. Y aquel sol apagadizo y tembloroso como que desmaterializaba las cosas. Se pasó la mano por la frente. Entre tanto, Rosina hablaba, imaginando ser oída con suma atención, y con el paraguas empujaba de un lado á otro las hojas secas:

—Pero, calla. Si se me pasaba lo principal. Mariquita y la Luqui estuvieron esta mañana en la fonda. No puedo comprender por dónde se enteraron. Mira que para madrugar esa gente ya se necesita... Mariquita me pidió veinte duros que le debía. La Luqui, me miraba, me miraba, me miraba...

Alberto, que alcanzó las últimas palabras, preguntó distraído, por decir algo:

—¿Y qué te dijo?

—Dijo: ¡Ay, qué leche!

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