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La pata de la raposa (Novela)

PARTE SEGUNDA (continued 2)

Reading edition

Andújar había seguido asiduamente á Fina y solicitado su amor repetidas veces.

Fina contestó á su padre.

—Andújar ya ha renunciado á que le corresponda.

—¿Entonces? —interrogó don Medardo boquiabierto—. ¿Tienes novio, sin que yo lo sepa?

—No, papá.

—¿Entonces? ¡Ah! —el viejo se dió una palmada en la frente—. Hablas en pótesis. ¿Entiendes la palabreja?

—Sí, papá.

—Fina, hija mía —la garganta volvió á apretársele—. No dudarás de mi cariño...

—No, papá.

—Pues bueno, voy á hablarte también en pótesis. Yo creo que no te casarás nunca, y por eso voy á hacerte una proposición. Con la mano sobre el pecho te digo que los cien mil duros que Telesforo se llevó eran de Leonor. Cuando yo se los di se lo dije muy claro: sepa usted que este dinero es un anticipo de lo que á su mujer le había de corresponder por herencia. Es decir, que ahora Leonor tiene cien mil duros menos que tú. Á tu conciencia dejo decidir si esto es justo entre hermanas, porque ¿qué culpa tiene la pobre Leonor? Además, ella es casada, mejor diré viuda, y tiene un hijo...

Don Medardo había agotado todas sus fuerzas: no podía continuar.

—¿Qué quieres que haga yo, papá?

—¿Qué te dice la conciencia? —agregó con esfuerzo—. ¿No te dice que lo justo es que todo el dinero que me queda se reparta entre las dos equidistantemente, como si la pérdida no la hubiera sufrido ella, sino yo? ¿No te lo dice la conciencia?

—La conciencia no me dice nada, papá.

—¡Ay, Fina! —suspiró don Medardo dejando caer las manos pesadamente fuera de la butaca.

—Pero me lo dice el corazón. No sé para qué me consultas esas cosas. Yo no necesito nada, y si algún día como dices tengo algo, ya sabe Leonor que será suyo también. Luego, lo del matrimonio ¿qué tiene que ver con esto, papá? Si alguno pretendiera casarse conmigo por dinero, ¿me había yo de casar con él? ¿No había de conocer sus intenciones?

—Acércate á mí, Fina, que te bese. Eres un ángel —la besó, humedeciéndola de lágrimas.

—No seas niño, papá. Cualquiera diría que acabo de hacer una heroicidad.

—Heroicidad, hija mía, y grande. Tanto que yo no quiero apresarte tan pronto por la palabra. Piénsalo bien y otro día hablaremos.

—Por pensado, papá. Te lo he dicho una vez y basta.

—Dios te bendiga, y puedes retirarte.

Salió Josefina del despacho de don Medardo, y apenas había avanzado tres pasos por el pasillo, cuando una sombra vacilante y silenciosa vino á adherírsele. Era tita Anastasia, á quien la misteriosa conferencia entre padre é hija traía á mal traer y con el espíritu de curiosidad y suspicacia multiplicado hasta la fiebre. Sospechaba que le tendiesen una asechanza á su palombina de Dios, á su santina inocente. No ignoraba lo buenazo y alma de cántaro que era su sobrino, pero lo consideraba capaz de todo, cegado de indecoroso favoritismo por la hija mayor. De manera que capturó por un brazo á Fina y allí mismo, sin perder minuto, exigió ser enterada de todo. Cuando Fina terminó de hablar, tita Anastasia temió ahogarse en iracundia.

—Lo que yo me temía. Si tengo un olfato... ¡Mal padre; sin entrañas! —increpó despidiendo miradas flamígeras contra la puerta del despacho—. ¿Y tú renunciaste del todo, palombina?

—Vamos á mi gabinete. Allí hablaremos.

En el gabinete, tita Anastasia se retorcía las sarmentosas manos por dominar su sacrosanta indignación. Fina habló, y la sonrisa pululaba sobre su dulce cara trigueña.

—Tita Anastasia, tan enfadada como estás, y tú hubieras hecho lo mismo que yo he hecho. No me digas que no tita Anastasia, porque sé que lo hubieras hecho. Si no lo hicieras serías mala, y tú no lo eres.

Tita Anastasia se enternecía en tan acelerada progresión que apenas podía represar las lágrimas.

—Sí, palombina, tienes razón. Pero ¿y lo de tu padre? Eso está muy mal hecho.

—Si yo he hecho bien, tita Anastasia, es que lo que me propuso estaba bien, porque nunca está bien aceptar una cosa que está mal.

Esta lógica confundía y anonadaba á la vieja. Prosiguió Fina.

—Si el dinero que tiene papá fuera tuyo, tita Anastasia, ¿qué harías de él al morir?

—Dejártelo á ti todo, todo.

—Eso sí que no está bien —la sonrisa de Fina fluyó más amorosamente aún, de manera que suavizara la frase.

—Tú eres la que más me quieres, acaso la única que me quiere —expresó la anciana justificándose.

—Es decir que para ti, tita Anastasia, las personas valen aquello que tú crees que vales para ellas; tanto me quieres, tanto te pago. Pero como yo te conozco, tita Anastasia, sé que no es verdad; que los quieres á ellos mucho, y que te haces la ilusión de no quererlos porque se te figura que ellos no te quieren; y que si aquel dinero fuera tuyo lo dejarías á todos por igual.

Aquí tita Anastasia fué impotente á retener enjutos los lagrimales.

—Cristo del Rosario ¡qué neña! Talmente como que lee dentro de una —habló tartajosamente—. Pero á ti te quiero más que á nadie, palombina.

—También lo sé, tita Anastasia.

—Sábeslo, sí, y sabes que todo lo que me dices tiene que ser como tú lo dices. Tú eres bruja, mi alma. Las veces que me dijiste de Alberto que volvería. Volverá, volverá. Yo no podía creerte. Pero tenías tanta confianza...

—Y volvió.

—Sí. Dicen que está en Pilares, pero nosotras no lo hemos visto entodavía.

—Ya lo veremos. Por lo pronto —dijo, cambiando de tono— tratemos de convencer á Leonor á salir de paseo á la aldea, á que se distraiga.

Subieron á casa de Leonor, la cual no se dejó convencer. Fina comprendió que le avergonzaba salir y verse objeto de la curiosidad pública.

—Leonor; salimos por detrás de casa y en dos minutos estamos en el campo. Si hasta podemos ir en traje de casa...

—No, Fina; déjame aquí.

Se llevaron á Telín, sumido entre níveos encajes y batistas, que exasperaban el verde oliváceo de su coloración. Estando en la calle, Fina propuso como fin del paseo el monte cerrado. Cruzaron el campo de instrucción por la parte alta. Cuatro niños ascendieron corriendo por la ladera, á saludar y besar á Fina. Eran los hijos de Alfonso del Mármol, robustos y endemoniados mancebos, regocijo de los parques y terror de la prole infantil. Desde la primera infancia habían hecho muy buenas migas con Fina.

—Estaba papá con nosotros —dijo Pepito, el menor. Jadeaba; el rubio pelo le caía en vedijas sobre la frente, empapándose del sudor de la piel y pegándose á ella; las curtidas piernas, como las de sus hermanos, ostentaban caprichosa red de erosiones; era el blasón de la familia.

—Enséñanos ese niño —ordenó Rafael, el segundo, que traía el pantalón desgarrado y la visera de la gorra caída sobre el cogote.

La niñera ostentó el pequeño calmuco, colocándolo de manera que los niños lo pudieran admirar.

—¡Qué feo es! —exclamó Felipe, el tercero, volviendo la cara con despego.

—¿Es tuyo? —preguntó Pepito.

—Calla, mazcayo; si es soltera... —dijo Alfonso, el mayor, inflando los carrillos, volviendo el brazo derecho en señal de desprecio, y mirando á Pepito por encima del hombro.

—Eso ¿qué tiene que ver? —añadió Pepito.

—¿Tú no conoces á papá, Fina? —preguntó Alfonso.

Y como Fina respondiera que no, los cuatro á un tiempo se pusieron á vociferar, llamando á su padre, con alaridos tan penetrantes, que tita Anastasia se llevó las manos á las orejas y el calmuco se despertó furioso.

Alfonso del Mármol acercóse á saludar á Fina, sombrero en mano.

—Tengo mucho gusto... Estos mocosos siempre me dicen que son muy amigos de usted.

—Como que lo es —afirmó Felipe.

—Y además decimos que es muy guapa —puso de su parte Pepito.

—Eso no tenéis necesidad de decírmelo vosotros.

Fina le dió las gracias, inclinando la cabeza, sin afectación.

—Oye, papá —habló Alfonsín, echando los brazos sobre el pecho del padre—, ese fato de Pepe le preguntó á Fina que si ese niño...

—Ese niño tan feo —la interrupción fué de Felipe. Quería dejar bien sentadas sus opiniones.

—... que si ese niño era de Fina.

Alfonso y Fina se rieron animadamente. Tita Anastasia estaba un poco escandalizada.

—Van ustedes de paseo.

—Sí, señor.

—Están estas tardes tan hermosas...

—Sí, señor —repitió Fina.

Mármol quería saber adónde, pero sin preguntarlo.

—Y es muy entretenido ver á los soldados, y á la chiquillería.

—Nosotras no nos quedamos aquí.

Providencialmente acudió Pepito.

—¿Adónde vas, Fina?

—Al monte cerrado.

—Nosotros vamos contigo —clamaron á una, los cuatro chicos.

—Vosotros os quedáis aquí.

Fina intercedió. Mármol consintió que fueran.

—Adiós, y que sea enhorabuena —dijo Fina despidiéndose.

—¿Por qué?

—Por estos chicos tan hermosos que tiene usted.

—Adiós, y que sea también enhorabuena —Mármol sonreía de un modo bondadosamente maligno.

—¿Por qué? —dijo á su vez Fina.

—Por ahora no hago más que darle la enhorabuena de nuevo, y dármela á mí por haber tenido el honor de conocerla y estrechar su mano.

Se inclinó, rendida y ceremoniosamente, y se apartaron. Los cuatro niños fueron al principio en torno de Fina, guardándola como una corte de pajecillos, pero muy pronto se dieron á correr y á afrontar mil temerosas aventuras, que metían en un puño el corazón de tita Anastasia. Esguilaban los árboles, vadeaban los arroyos metiéndose en el agua hasta media pierna, hostigaban á las vacas con propósito resuelto de enfurecerlas, desafiaban el encono gruñón de los canes rústicos, se mofaban de las campesinas y apedreaban á los gañanes.

—Estaivos quietos, rapacinos, por amor de Dios —suplicaba tita Anastasia, pensando que de un momento á otro iba á ser víctima de una vaca, un perro ó un aldeano frenéticos—. Pero ¿tú ves, Fina? Son los mesmísimos diaños.

Fina se divertía en grande con las diabluras de los muchachos.

—Claro —agregaba tita Anastasia sentenciosa—, de tal palo, tal astiella.

—Ea, tita Anastasia, que no quiero que hagas suposiciones á costa de ese señor.

La anciana recogió velas.

—Él, parecer parece muy simpático. Y te miraba de una manera... Dicen que es un calaverón.

—Dicen, dicen... Tita Anastasia, ¿tú te guías por lo que dicen?

—Líbreme Dios, palombina. Tú siempre tienes razón.

Terminado el paseo, Fina emplazó á sus jóvenes é indómitos amigos para el día siguiente, en el campo de instrucción.

Al día siguiente salieron solas Fina y tita Anastasia, porque al pequeño calmuco no le había sentado muy bien el sol. En el sitio convenido encontró á los cuatro muchachos, muy cariacontecidos y amurriados. Alfonsín, que era la persona de confianza del padre, explicó la causa.

—Papá nos prohibió terminantemente que fuéramos hoy contigo. Y tan guapa que vas hoy, vestida de blanco.

Los tres pequeños pretendían incurrir en rebeldía filial, pero el mayorazgo, con grandes aires de hombre poderoso sofocó los primeros síntomas de sedición.

—Ya sabéis que nos dijo que pasaría por aquí á ver si habíamos obedecido. ¿Por qué será, Fina?

Eso preguntó Fina en apartándose de los abatidos mancebos.

—Sea por lo que sea, palombina, yo alégrome de que vayamos solas. ¿Ves qué tarde bendita, neña mía?

Fina sentía henchido el pecho de una exaltación maravillosa y sin causa.

Tita Anastasia rememoraba los años de su vida labriega.

—Yo prefiero la aldea á la ciudad, neñina. Mira, por este tiempo, y en la luna creciente, se siembra el cáñamo y el lino regadío; siémbranse también las legumbres; injértanse perales y pomares y trasplántanse naranjos y álamos. Con el menguante es bueno cortar blimales y cañas para cestos, enrodrigónanse las parras, pódanse los árboles tardíos y se reconocen las colmenas. Si en este mes se oyen los primeros truenos, señala muertes de hombres ricos y poderosos, enfermedades de cabeza y dolores de orejas. Por todo este mes es peligroso el mal de los pies. Veo que no me escuchas.

Llegadas al monte cerrado, sentáronse al pie de un roble. Sonó la trepidación de un automóvil que pasaba cercano, mas no pudieron ver quiénes iban en él. Detúvose al punto, y luego de unos minutos volvió á sonar, alejándose. Fina se levantó.

—¿Adónde vas, Fina?

—No sé. Siento una impaciencia... Deseos de pasear... de moverme. No sé.

Trabajosamente, tita Anastasia se puso en pie y siguió á su sobrina. Avanzaban poco á poco por la espesura. Fina aprisionó con nerviosa vehemencia el brazo de la anciana; con la otra mano señalaba un hombre que se incorporaba y permanecía de rodillas sobre la hierba, de espaldas á ellas. Tita Anastasia iba á gritar. Josefina la impuso silencio con el gesto. Adelantóse y tomó de la mano al hombre.

—¡Fina! Pensaba en ti.

—Ya lo sé.

—¡Bendito sea Dios!

Fina y Alberto ligaron una conversación, que parecía haberse suspendido pocas horas antes. Y tita Anastasia no salía de su espasmo místico.

XIII

La pata de la raposa.

Rehízose tita Anastasia de su espasmo místico. Vió que Fina y Alberto platicaban en estrecha concordia. ¡Oh, grande y generoso corazón el de su sobrina, que tan presto perdonaba y olvidaba agravios, ingratitudes, desdenes! Acercóse á la feliz pareja. Su ancianidad le autorizaba á moralizar sobre el caso. Y tita Anastasia:

—Cuando la raposa cae en el cepo, dicen que se roe la pata hasta que se la troncha, y huye con las tres sanas. El granizo de antaño no daña á la flor de hogaño.

Aderezado con el velo de la alegoría, tita Anastasia pretendía decir que no se debe volver el rostro al pasado, y si por ventura lo arrastramos á la zaga, fuerza es desasirse de su pesadumbre.

Por la noche, á solas en su estancia, Alberto rumiaba la frase de tita Anastasia. La idea de la muerte es el cepo; el espíritu, la raposa, ó sea virtud astuta con que burlar las celadas de la fatalidad. Cogidos en el cepo, hombres débiles y pueblos débiles yacen por tierra; imaginando cobardemente que una mano bondadosa y providente lo ha puesto allí por retenerlos y conducirlos á nueva y más venturosa existencia. Los espíritus recios y los pueblos fuertes reciben en el peligro clarividente estupor, desentrañan de pronto la desmesurada belleza de la vida y renunciando para siempre á la agilidad y locura primeras, salen del cepo con los músculos tensos para la acción, y con las fuerzas motrices del alma centuplicadas en ímpetu, potencia y eficacia.

El óleo del atleta.

Don Medardo y su consorte conocieron la renovación de los antiguos amores de su hija, así que ésta, con la tita Anastasia, retornaron del paseo. La vieja quiso tener la honra de anunciarlo solemnemente. Don Medardo acogió la noticia con resignada tristeza. Tita Anastasia se irguió, ofendida y solemne:

—Ahora va de veras. Medardo, yo conozco el mundo mejor que tú, que siempre has vivido con los ojos cerrados. Fina será dichosa, tan dichosa como ella se merece.

Las primeras entrevistas de los novios tuvieron el fondo rústico y sacro de aquel monte de robles á modo de basílica. Evitaban la casa porque Leonor no contrastase en el pensamiento su felicidad pasada con la ventura actual de la hermana, y de ello extrajera recóndito dolor.

Tita Anastasia se alongaba un trecho de la pareja y hacía labor de aguja, aderezando fantásticas prendas indumentarias para el pequeño calmuco.

De los labios de Alberto brotaba sin reposo el amor, diluído en una facundia melodiosa y trémula, como arroyo invisible que resbalaba en el aire, derramábase sobre el rostro de Fina é iba sumiéndose en la sombra translúcida y profunda de sus ojos.

—Es, Fina, como si mi alma hubiera andado muchos años difusa, evaporada y embebida en el universo, desde la raíz última de la tierra hasta la estrella más hundida en los senos de la noche; y en un punto asombroso volvió á concentrarse dentro de mi pecho, trayendo mezclada con su sustancia innumerables virtudes de sustancias innumerables, y cada una de esas virtudes aspira hacia ti, como á una correspondencia musical, y por ti vibra maravillosamente y muere en cuanto nota solitaria para renacer acoplada con las demás en armonía. Siento el alma dentro de mí como un sér desnudo y virgen, hijo del milagro y padre seguro de prodigios. Y lo siento enorme, arrebatado de humilde frenesí, como si anhelase huírseme de entre los labios en una elocuencia caudal é ir á templarse en tu alma, penetrando por las puertas diamantinas y misteriosas de tus ojos, para luego salir al mundo hasta coronar su obra y decir su palabra de revelación. Y es que veo y siento tu alma á semejanza de una suavidad magna, densa y fragante, como un lago de óleo perfumado. Cuando sonríes, la sonrisa me parece algo aéreo, denso y aromoso que de tu dulce piel morena por todos los poros se destila. Y antes de ir á confundirme con los hombres y participar de sus luchas enarbolando mi divisa, quiero hacer invulnerable mi alma bañándola hasta el éxtasis en la tuya. Fina, Fina...

Cuando la palabra desmayaba, sin fuerza para conducir sobre sus alas la magnitud del sentimiento, acudía á los labios de los dos novios el eterno y divino intérprete de lo inefable, el beso. En este punto tita Anastasia miraba por encima de las gafas, y dejando caer la labor sobre el enfaldo, unía las manos y reincidía en sus espasmos místicos.

Tita Anastasia hace un descubrimiento.

Tita Anastasia había profesado desde su adolescencia un fanático horror al beso, imbuída de las furibundas execraciones que el cura de la parroquia profería al referirse en sus sermones á este acto tan placentero. Según las ideas de tita Anastasia el beso era invención del propio Satanás, y la más abominable de las deshonestidades, porque era la puerta falsa por donde todas ellas se colaban con silenciosa perfidia. Para ella el beso no era un acto de amor único y simple, sino que lo imaginaba inexcusablemente ligado á vergonzosas concomitancias prolíficas, y hasta le parecía haber leído en algún libro docto y de piedad que en las remotas edades gentílicas, cuando el demonio imperaba en la tierra como señor absoluto, la generación se verificaba á flor de labio. Acerca de estos misterios tita Anastasia no tenía claras nociones, sino presunciones muy vagas que nunca había querido ampliar ni definir. El beso, entre personas á quienes Dios, por ministerio de un sacerdote, no había unido en matrimonio, constituía torpeza y pecado gravísimo; entre esposos el beso conyugal era uno de tantos males necesarios como Dios consiente en sus ocultos designios, pero siempre algo vergonzoso. Cuando tita Anastasia, por accidente, había sorprendido á Hurtado depositando y recibiendo besos golosos de su mujer, había experimentado gran turbación y un movimiento de malestar en el estómago.

¿Cuál no sería su sorpresa ahora al presenciar cómo Fina y Alberto se besaban con apasionada castidad, y en el rumor transparente de sus besos creer oir ella remansado eco de celestiales orquestas? Sabía que el cielo era mansión eterna del amor, pero, hasta las tardes del bosque, amor era algo innoble ó una palabra sin sentido. Sintió por primera vez en su vida la melancolía de no haber amado nunca. Hasta sus familiares y netas imágenes teológicas hubieron de resentirse un poco. Ángeles y querubines, bienaventurados en suma, no era posible que fueran de un solo sexo y por entero espíritus puros, porque entonces no podrían besarse. Así tita Anastasia, sin despojarlos de su condición de espíritus puros, acordó favorecerlos con sexualidad diversa y un par de labios encendidos y traslucidos, á modo de rubíes.

Una mañana que estaban solas tita Anastasia y Fina, dijo la vieja:

—Todos tenemos voz, pero hay voces que nacieron para cantar. Si yo fuera menistro prohibía, pero así, del todo —con la mano simulaba rubricar en el espacio—, que cantasen los que tienen voz fea. ¿Y tú?

—Si con ello alivian su tristeza ó su ansiedad... ¿Por qué lo preguntas?

—¿Á ti te gusta oir cantar recio al que tiene voz fea? Ni á ti ni á nadie. Pues ya ves, tan vieja y hasta ahora no he averiguado que hay bocas; mejor dicho almas que han nacido para besar...

Fina bajó los ojos. La cera de sus mejillas se alumbraba de purpúreo resplandor interno.

Y tita Anastasia, por las noches, á solas en su lecho, después de haber rezado una padrenuestro para que no la picasen las pulgas —piadosa costumbre de toda su vida— fantaseaba sobre el ars amandi.

Cacoethes scribendi.

—Escucha una página de la leyenda dorada de mi alma Fina, y reverénciame como á uno de aquellos santos juveniles, gloriosos y esforzados que mataban dragones y vestiglos.

La lluvia cenicienta lagrimecía á lo largo de los vidrios. Fina y Alberto platicaban en un rinconcito penumbroso de la sala de don Medardo. Tita Anastasia, al pie de un balcón, enmarañaba un hilo de estambre y un hilo de recuerdo, oscilando la atención alternativamente de uno á otro. Alberto, presentándose como un santo vencedor de dragones, rió muchachilmente; una risa, nueva en su cara, que transía de placer á Fina.

—Vamos á ver qué dragón has matado.

—Pues he matado al más fiero de los dragones, cuyo aliento me envenenaba, cuyos mil ojos me paralizaban y cuyas cien bocas se abrían, no para devorarme, peor aún, para burlarse de mí. Este dragón se llamaba el Ridículo. Convencido de que está muerto y bien muerto, ya no tengo miedo de él.

Alberto se irguió en un alarde de petulancia fingida.

—Pero ¿de veras tenías tanto miedo á la opinión ajena?

—Á la opinión ajena jamás. Á la mía propia —Alberto convirtió el tono de elocuencia cómica en un registro lento y espaciado de disquisición confidencial—. Ya ves si ahora hablo por los codos, y en ocasiones con tanta fogosidad é incoherencia que tú misma quedarás asombrada y confusa. No soy el mismo de hace dos años.

—No. Y yo, si esto es posible, te quiero más ahora, es decir, me gusta más que seas como eres ahora.

—Y es que antes, para todos mis actos, para todos mis sentimientos, para todas mis ideas, había un aduanero ó cancerbero inexorable aquí —colocó el dedo índice entre ceja y ceja—. Era el dragón.

—Ya, ya. No diré que un dragón, pero que tenías ahí un bichito muy molesto, te lo conocía yo en que no dejabas quieta la frente un minuto. Como que te han salido arrugas.

—El verdadero ridículo, el temible, es el ridículo para con uno mismo. El ridículo es la desproporción entre el propósito y el acto. ¿Te aburro?

—¿Qué? ¿Aún colea el bichito? No me aburres, hombre.

—Entonces, ¿te pongo un ejemplo?

—Te he entendido. El ejemplo voy á ponerlo yo. Ese Carriles de quien tanto te han hablado se proponía casarse conmigo, y se proponía que yo no sospechase que lo hacía por dinero...

—Justo; se puso en ridículo. Pero como los propósitos son la porción secreta de cada cual y los demás sólo los conjeturan ó presumen, para los espíritus delicados el verdadero y temible ridículo es para consigo mismo. Consecuencia...

—Que se tumba uno á la bartola y no hace nada, porque como las cosas nunca resultan á la medida del deseo, resulta que siempre se pone uno en ridículo para consigo mismo. Por ahora todo es bastante claro.

—Me encanta oirte discurrir y hablar, Fina.

—Lisonjero y adulador no te quiero. ¿Qué más ibas á decir?

—Otra clase de ridículo: el de las cosas sin propósito. Por ejemplo... —Alberto paseaba los ojos por la estancia, en tanto con la imaginación perseguía un ejemplo expresivo.

—Por ejemplo, los madroños de ese velador.

Alberto rompió á reir jovialmente.

—No me atrevería yo á decir tanto.

—Yo sí. Es gusto de papá. Y á mamá y tita Anastasia les parecen preciosos. De manera que, en último término, ¿qué importan los madroños? Á lo tuyo. Á ti te parecía que todas las cosas del mundo y todos los actos de la vida eran madroños.

—Sí, Fina —murmuró Alberto humildemente.

—¿Y ahora?

—Ahora...

El divino y eterno mensajero de lo inefable cruzó entre ellos con vuelo furtivo. Asumieron de nuevo el tono confidencial.

—Lo que me asombra, Alberto, es que te costara tanto tiempo y trabajo matar ese bichito.

—Cuando se ha estado seis años entre jesuítas, esa es la hazaña más grande de la vida.

—Los quieres tanto, que los enviarías á todos de una vez al cielo por la línea directa del martirio.

—No los quiero mal ni bien, Fina, aun cuando me han hecho mucho daño. Seis años, Fina, día por día, ligándome el alma y apretando fuerte con la soga del temor al ridículo, embotándola con la idea de la inutilidad del esfuerzo. Cuando se cree, después de estos seis años se hace uno fraile ó se entrega uno á ellos como un cadáver. Cuando no se cree...

La voz de Alberto latía con amargura. Fina le acarició las manos, sin hablar, por no descubrir que estaba enternecida. Y ya serena, dijo:

—Comprendo lo que has sufrido y he sufrido yo también adivinándolo. Pero, tú me ibas á hablar de otras cosas con motivo del dragón. ¿Eh?

—Sí. Pensaba aclarar algo que hasta ahora te parecerá un poco oscuro. Me has oído varias veces que estoy determinado en construir mi vida en un plazo que no excederá, creo yo, de dos años, de manera que al cabo de ellos pueda dignamente decir á tu padre: Señor mío, me voy á casar en seguida con Fina. Me has oído que estoy resuelto á trabajar, conforme á los tres versículos del Evangelio de San Francisco: trabajar sin dinero, siendo pobre; trabajar sin sensualidad, siendo casto; trabajar con humildad, siendo obediente.

La simplicidad seráfica del santo de Asís hacía eco transparente en los ojos de Fina. Alberto continuó:

—Una especie de labor religiosa. Y tú preguntarás, ¿en qué?

Una pausa. Alberto adelantó la cabeza, á mirar muy de cerca el rostro de su novia y de esta suerte percibir hasta el más huidero matiz de emoción suscitado por sus palabras. Dijo con voz lenta y firme:

—Voy á escribir para el público.

La sonrisa delicada y profusa, en este punto de fervorosa aquiescencia, irradiaba de todos los rasgos de Fina, de manera que Alberto se sintió ungido y fortificado en su vocación. Un ímpetu expansivo le embriagaba.

—Ya sabes que he matado al ridículo. Aficiones á escribir siempre las he sentido, y he cultivado este arte secretamente. Pero por nada del mundo me hubiera aventurado á lanzar mis ensayos al juicio de las gentes. ¿Por qué? Por temor al ridículo, á que me preguntasen: ¿imagina usted, de buena fe, señor Guzmán, que el sistema cósmico ó la especie humana no cumplirían cabalmente sus destinos si usted no sacara el pecho fuera á comunicarnos sus particulares ideas y sentimientos? Y tendrían harta razón; porque la mayor parte de los literatos y artistas que por ahí andan exigiendo nuestra admiración me parecen tan enojosos, impertinentes y ridículos como esas floristas viejas que en los vestíbulos de los teatros se obstinan en colocarnos en el ojal una flor mustia. La intromisión social que supone colocar un nombre propio al pie de una obra ha de justificarse, por lo pronto, con una vocación de linaje religioso. Esto, puede acarrear al principio mofa y escarnio, ¿qué importa? Además, es necesario haberse encontrado en trances vividos, muchas veces insignificantes en apariencia, de los cuales se ha podido extraer, como si se creasen por vez primera en la historia, los valores y conceptos fundamentales de la conducta y del universo. Tengo la certidumbre de que este es mi caso. Hasta hace muy poco tiempo, mi espíritu estaba como una noche con lluvia de estrellas; era una zarabanda de resplandores en demencia, que aparecían, se cruzaban, huían caóticamente. Y de pronto, todos esos orbes fugaces y arbitrarios, que en ocasiones llegaban á ocasionarme verdadero vértigo, se armonizaron sistemáticamente como obedeciendo á las leyes de una mecánica celeste, y aquellos resplandores volubles, que no eran sino aliento angustioso de todos los actos de mi vida pasada, se aquietaron, se cristalizaron, se hicieron elocuentes y transparentes. Y como, por nefasta influencia de la educación jesuítica, yo había llegado á aniquilar el mundo antiguo, puede decirse que he creado un mundo de la nada.

Y Fina, sonriendo:

—Eso tienes que agradecer á los jesuítas.

Y Alberto, sonriendo:

—Pues, es verdad.

Lo bello, lo bueno, lo verdadero y la misa.

Tita Anastasia interroga:

—Con sinceridad, Alberto: ¿usté encuentra al pequeñín tan feo como algunos dicen?

—Nada hay que sea feo, tita Anastasia.

—¿Cómo? Por lo menos hay cosas que son más guapas que otras.

—Nada hay que sea más guapo que otra cosa, tita Anastasia.

—Entonces, ¿por qué se ha enamorado usted de Fina, y no de mí?

Fina se adelanta á decir:

—Aún está á tiempo, tita Anastasia.

—Calla, zalamera.

El señor Robles había movido un escándalo mayúsculo en casa de don Medardo, mostrando singular empeño en informar á Leonor de que su marido era un ladrón y un gorrino, que había huído con un indecente plumero; esto es, con una dama galante. Á la tarde, comentando el suceso, tita Anastasia interroga:

—¿No cree usted, Alberto, que eso es una acción muy mala?

—Nada hay que sea una mala acción, tita Anastasia.

—¿Ni el robar?

—Ni el robar.

—¿Ni el matar?

—Ni el matar.

Tita Anastasia se santiguó.

Discutiendo familiarmente un asunto de poca monta, tita Anastasia se encara con Alberto y le pregunta:

—¿Qué es la verdad?

—Tita Anastasia, una vez se lo preguntaron á Pilatos, y él se lavó las manos.

—¿Y qué quiere decir eso? Que es verdad lo que se toca con las manos. ¿Eh?

—También puede querer decir que se debe tener muy limpia la piel, de manera que no ocurra que cuando creemos tocar una cosa, estemos tocando tan sólo nuestra propia inmundicia.

—¿Usted va á misa, Alberto?

—No, tita Anastasia.

Tita Anastasia permanece meditabunda. Dice luego:

—Usted dice que todo es guapo, que es lo mismo que decir que todo es feo. Usted dice que todo está bien, que es lo mismo que decir que todo está mal. Usted dice que para conocer la verdad hay que lavarse las manos, y esto se me figura que es lo mismo que decir que no se puede conocer la verdad. Y usted no va á misa, que es lo mismo que no creer en Dios. Y, sin embargo, me parece usted un santín... ¡No me lo explico!

Y cae en profunda confusión de pensamientos. Alberto no dice nada. Fina acude:

—Dale las gracias por lo menos, hombre.

—Gracias, tita Anastasia.

Pero la vieja no le oye. Está absorta en sus cavilaciones; dentro de su espíritu hay el malestar de una contradicción que nunca atinará á resolver.

Figuras elegíacas. El ideal.

Así que Alberto se apartaba de su novia, acudía á retirarse en el cuarto de la fonda y allí gozar largamente de un sabroso embebecimiento, del cual venían á sacarle á modo de impulsos delicados y sutiles de lo inefable, que le exigían con urgente emoción, ser expresados de manera plástica y rítmica. Y así comenzó á esbozar una serie de cortos poemas elegiacos, de técnica sobria, de suerte que lo conciso del artificio literario provocase gran suma de sugestiones emotivas. La ebullición elevada de su espíritu le proporcionaba dadivosamente imágenes vírgenes de corrupción retórica y remotas similitudes cuya trayectoria estaba repleta de vibrante cúmulo de evocaciones. La inefable sensación de acatamiento y estremecimiento deleitoso que recibía con sólo oir la voz de Fina, era:

... el trigal cargado de maduras espigas bajo los pies del viento.

La inefable intuición de eximirse de las leyes de lo temporal y vivir en las linfas remansadas de lo eterno, que estando al lado de su novia le poseía, la expresaba comparando la prodigiosa suspensión del tiempo, con la cuchilla de Abraham en alto, porque

la voz de Dios moraba entre la zarza ardiente.

La inefable certidumbre de haberse liberado de sombras y rémoras pretéritas se definía imaginando el alma de Fina, á semejanza de vasta y profunda foresta intacta, dentro de la cual él se emboscaba, é iba despojándose

de miserias añejas como muda la víbora de piel frotándose en las madreselvas.

Gustaba, estando al lado de su novia, de asirle á veces de la mano, cerrar los ojos, é ir asimilándola, por decirlo así, en sentimientos, sin pensar. Era un linaje de casta voluptuosidad que tradujo en un poema:

Cerrar los ojos. Luego, con la mano, —aunque ciega, sagaz y cauta— asirte la tuya breve. Luego, por el brazo deslizarla, tan tenue y tan humilde como llovizna que del musgo empapa la tersura sedosa. Aspirar luego tu aroma sin aroma, que dimana de infantil pulcritud, como del heno en la noche estival. Luego, con honda emoción, ir sintiendo cómo, poco á poco, transfundiéndote vas toda tú dentro de mi cuerpo, como el oro del poniente en el mar, y cómo cada fibra mía de ti se ha saturado, al modo de la tela que se baña en la púrpura. Luego, el sobrehumano goce de no mirar y ver, prodigio de tenerte cual bálsamo en redoma, discernir, como el ojo alejandrino, más claramente dentro de la sombra.

Prefería, con sensitiva dilección, los metros impares, según aquel dicho de los antiguos: numero Deus impari gaudet, percibiendo en ellos más refinada armonía que en los pares, y una gracia incierta y flotante de inestabilidad que es adecuada correspondencia de ese último vaho ó comezón en el ápice del espíritu, en cuyo seno vibran los requerimientos líricos. Procuraba también que los versos vivieran en un curso ondulante, fundiéndose unos en otros y todos ellos en una atmósfera tónica común; y para ello apelaba sin reparo al recurso que los retóricos llaman encabalgamiento, que es al metro lírico lo que las notas ligadas al violín, ó lo que el modelado aéreo á las pinturas leonardescas.

Cuando aun participaban del trémulo ardor de su pecho, Alberto leía á Fina los poemas que había rimado. Fina los escuchaba, contagiada de la emoción del poeta, de suerte que, en terminando la lectura, el divino intérprete de las altas tensiones amorosas no era raro que sobreviniese á sellarles en silencio los labios. Pero á solas, Fina reasumía la serenidad clarividente, que era la característica de su espíritu, y cierta zozobra se apoderaba de ella. Temía que la exaltación de Alberto se alimentase á costa de la constancia. Conforme pasaban los días, Fina vió, con gran contento, que su novio humanizaba cada vez más sus sentimientos, trocando y concretando lo que era ocasión de éxtasis y arrobo en bienes deseables y asequibles. Las figuras elegíacas adquirieron nuevo carácter. Eran:

Sobre la almohada, el lóbrego caudal de tus cabellos, para que, reposando en su fluir sedeño, beba yo el dulce olvido de todo mal pretérito, como si me abrevase en el suave Leteo. El arco de tu frente de marfil y pureza, sea arsenal en donde se guarden las ideas nobles que armen el brazo frágil de mi flaqueza. Tus ojos, dos cristales caídos del misterio del elevado muro que cerca el firmamento. Sean, para mi espíritu caprichoso y enfermo, ventanales por donde se asome hacia lo eterno. Tu boca, sea la lumbre de perdurable brasa que convierte en recóndito templo nuestra morada, y tu risa, la firme columna de mi casa. Que tus brazos desnudos, redondos y morenos, cuando en amor me ciñan se eleven á mi cuello, como si los alzases dando gracias al cielo. Tus pies —leves y alados con la virtud gloriosa de deslizarse al modo del canto y del aroma— para que los halague el beso de mi boca, como besando el ala tibia de una paloma.

Los deleites contemplativos se habían transformado en estímulos de la voluntad. Alberto comenzaba á construir un ideal, á desear. Cuando determinó su plan de trabajo, según el evangelio de San Francisco (no trabajar por amor al dinero; destilar la sensualidad en sensibilidad; ser obediente, ó sea, ser sincero consigo mismo), Fina comprendió que su ventura por venir, aunque en esperanza, mostraba el fruto cierto. Y por último Alberto se encontró un día cara á cara con:

EL IDEAL

Un ángulo me basta entre mis lares, un libro y un amigo, un sueño breve, que no perturben deudas ni pesares. Andrada.

Una casa, y no más; blanca y sencilla, lejos del mundo y de los hombres vanos. Un huerto en que frutezca la semilla por la virtud humilde de mis manos y del sudor labriego de mi frente. Una vida sin odios cortesanos, incertidumbre del placer presente, angustia mensajera del mañana, y envidias, donde el mal abre su fuente. Una vivienda pobre y aldeana, cerca del bosque, y que del mar, amigo de mi risa infantil, no esté lejana. En su quietud, á solas, sin testigo, he de labrar el alma como el huerto, del vendaval poniéndome al abrigo. Mi brazo en la labranza se hará experto, y aguzaré del alma las pupilas cuando en negrura el orbe esté cubierto y las obras de Dios yazgan tranquilas. Morderé de la amada biblioteca, la fruta idónea, entre apretadas filas, cuyo zumo no se agria ni se seca. Vestiré el alma con el recio lino que la historia hubo hilado con su rueca. Y acaso, cuando el gallo matutino á media noche el aquelarre ahuyente, iré á besar con amoroso tino el rostro sonrosado y sonriente del infante gentil que hayamos hecho en minutos de amor, puro y ardiente. Después reclinaré sobre tu pecho mi cabeza cansada y cavilosa: y será un paraíso nuestro lecho. Al otro día, entre la luz brumosa, veremos en las flores el rocío, y la tierra estará como una rosa recién nacida. Yo diré: Dios mío que no nos huya nunca tanto bien. Y al besarte, responderás tú: Amén. Exit.

De esta vez Alberto había subyugado á la familia Tramontana. Todos habían puesto en él fe ciega, y de antemano se enorgullecían de que con el tiempo el sordo apellido familiar corriera el mundo ensamblado á un nombre rimbombante y glorioso. Don Medardo aseveraba que, á la vuelta de un año, Alberto habría llegado á la cúspide de la gloria; siempre había pensado que su futuro yerno no había nacido para llevar una vida oscura y antihigiénica, sino para brillar sobre el común de las gentes. Como Alberto declarase que el carácter particularísimo de sus empresas exigía de él que fuera á establecerse de asiento en Madrid, durante una larga temporada, todos mostraron reconocer esta necesidad; pero don Medardo, atacado de noble impaciencia, le hostigó á que se fuese cuanto antes.

—El tiempo es oro, hijo mío —dijo—. El artillero siempre al pie del cañón. El corazón no me engaña, y como veo que ahora vas de veras, y que no te has de olvidar de Fina, te digo: márchate cuanto antes, y duro, duro, duro. El mundo es para ti. Y luego, nada de viajecitos de Madrid acá, á cada tres por cuatro. Ya no sois chiquillos, y las relaciones son serias. Á subir, á subir á la cúspide.

Cuando Alberto se despidió de Fina, el uno y la otra estaban seguros de que el porvenir les reservaba para un corto plazo la casa blanca y sencilla, entre el bosque y el mar. Don Medardo acompañó á Alberto á la estación. En el momento de arrancar el tren pensó decir: Dios te ayude, hijo mío; pero una extraña afonía le apretó la garganta.

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