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La Divina Comedia

PURGATORIO

Manuel Aranda y Sanjuan translation

Illustration from La Divina Comedia

CANTO PRIMERO

A
A

HORA la navecilla de mi ingenio, que deja en pos de sí un mar tan cruel, desplegará las velas para navegar por mejores aguas; y cantaré aquel segundo reino, donde se purifica el espíritu humano, y se hace digno de subir al Cielo. Resucite aquí, pues, la muerta poseía, ¡oh santas Musas!, pues que soy vuestro; y realce Calíope mi canto, acompañándolo con aquella voz que produjo tal efecto en las desgraciadas Urracas, que desesperaron de alcanzar su perdón.[46]

Un suave color de zafiro oriental, contenido en el sereno aspecto del aire puro hasta el primer cielo, reapareció delicioso a mi vista en cuanto salí de la atmósfera muerta, que me había contristado los ojos y el corazón. El bello planeta que convida a amar hacía sonreír todo el Oriente, desvaneciendo al signo de Piscis, que seguía en pos de él. Me volví a la derecha, y dirigiendo mi espíritu hacia el otro polo, distinguí cuatro estrellas únicamente vistas por los primeros humanos. El cielo parecía gozar con sus resplandores. ¡Oh Septentrión, sitio verdaderamente viudo, pues que te ves privado de admirarlas! Cuando cesé en su contemplación, volvíme un tanto hacia el otro polo, de donde el Carro había desaparecido, y vi cerca de mí un anciano solo, y digno, por su aspecto, de tanta veneración, que un padre no puede inspirarla mayor a su hijo. Llevaba una larga barba, canosa como sus cabellos, que le caía hasta el pecho, dividida en dos mechones. Los rayos de las cuatro luces santas rodeaban de tal resplandor su rostro, que lo veía como si hubiese tenido el Sol ante mis ojos.

—¿Quiénes sois vosotros que, contra el curso del tenebroso río, habéis huído de la prisión eterna?—dijo el anciano, agitando su barba venerable—. ¿Quién os ha guiado, o quién os ha servido de antorcha para salir de la profunda noche, que hace sea continuamente negro el valle infernal? ¿Así se han quebrantado las leyes del abismo? ¿O se ha dado quizás en el Cielo un nuevo decreto, que os permite, a pesar de estar condenados, venir a mis grutas?

Entonces mi Guía me indicó, por medio de sus palabras, de sus gestos y sus miradas, que debía mostrarme respetuoso, doblar la rodilla e inclinar la vista. Después le respondió:

—No vine por mi deliberación, sino porque una mujer, descendida del cielo, me ha rogado que acompañe y ayude a éste. Pero ya que es tu voluntad que te expliquemos más ampliamente cuál sea nuestra verdadera condición, la mía no puede rehusarte nada. Este no ha visto aún su última noche; pero por su locura estuvo tan cerca de ello, que le quedaba poquísimo tiempo de vida. Así es que, según he dicho, fuí enviado a su encuentro para salvarle, y no había otro camino más que este, por el cual me he aventurado. Hele dado a conocer todos los réprobos, y ahora pretendo mostrarle aquellos espíritus que se purifican bajo tu jurisdicción. Sería largo de referir el modo como le he traído hasta aquí: de lo alto baja la virtud que me ayuda a conducirle para verte y oírte. Dígnate, pues, acoger su llegada benignamente: va buscando la libertad, que es tan amada, como lo sabe el que por ella desprecia la vida. Bien lo sabes tú, que por ella no te pareció amarga la muerte en Utica, donde dejaste tu cuerpo, que tanto brillará en el gran día. No han sido revocados por nosotros los eternos decretos; pues éste vive, y Minos no me tiene en su poder, sino que pertenezco al círculo donde están los castos ojos de tu Marcia, que parece rogarte aún, ¡oh santo corazón!, que la tengas por compañera y por tuya. En nombre, pues, de su amor, accede a nuestra súplica, y déjanos ir por tus siete reinos: le manifestaré mi agradecimiento hacia ti si permites que allá abajo se pronuncie tu nombre.

—Marcia fué tan agradable a mis ojos mientras pertenecí a la Tierra—dijo él entonces—, que obtuvo de mí cuantas gracias quiso; ahora que habita a la otra parte del mal río, no puedo ya conmoverme a causa de la ley que se me impuso cuando salí fuera de mi cuerpo. Pero si una mujer del cielo te anima y te dirige, según dices, no tienes necesidad de tan laudatorios ruegos; me basta conque me supliques en su nombre. Vé, pues, y haz que ése se ciña con un junco sin hojas, y lávale el rostro de modo que quede borrada en él toda mancha; porque no conviene que se presente con la vista ofuscada ante el primer ministro, que es de los del Paraíso. Esa pequeña isla que ves allá abajo produce, en torno suyo y por donde la combaten las olas, juncos en su tierra blanda y limosa. Ninguna clase de plantas que eche hojas o que se endurezca puede existir ahí, porque le sería imposible doblegarse a los embates de las olas. Después no volváis por esta parte; el sol naciente os indicará el modo de encontrar la más fácil subida del monte.

Al decir esto desapareció. Me levanté sin hablar, me coloqué junto a mi Guía, y fijé en él los ojos. Entonces empezó a hablarme de este modo:

—Hijo mío, sigue mis pasos: volvamos atrás; porque esta llanura va descendiendo siempre hasta su último límite.

El alba vencía ya al aura matutina, que huía delante de ella, y desde lejos pude distinguir las ondulaciones del mar. Ibamos por la llanura solitaria, como el que busca la senda perdida, y cree caminar en vano hasta que logra encontrarla. Cuando llegamos a un sitio en que el rocío resiste al calor del sol, y protegido por la sombra, se desvanece poco a poco, puso mi Maestro suavemente sus dos manos abiertas sobre la fresca hierba; y yo, comprendiendo su intento, le presenté mis mejillas cubiertas aún de lágrimas, y en las que por su mediación apareció de nuevo el color de que las privó el Infierno.

Llegamos después a la playa desierta, que no vió nunca navegar por sus aguas a hombre alguno capaz de salir de ellas. Allí me hizo un cinturón, según la voluntad del otro; y, ¡oh maravilla!, cuando arrancó la humilde planta, volvió otra a renacer súbitamente en el mismo sitio de donde había arrancado aquélla.

Illustration from La Divina Comedia
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CANTO SEGUNDO

Y
Y

A estaba el Sol tocando al horizonte, cuyo círculo meridiano cubre a Jerusalén con su punto más elevado; y ya la noche, formando un arco en oposición a él, salía fuera del Ganges con las Balanzas que se le caen de las manos cuando supera en extensión al día; de modo que allí, donde yo me encontraba, las blancas y sonrosadas mejillas de la bella Aurora, según iba creciendo, se tornaban de color de oro. Estábamos aún en la orilla del mar, como quien piensa en el camino que debe seguir, y anda con el deseo, sin que el cuerpo se mueva. Cuando he aquí que, así como, al amanecer, por efecto de los densos vapores, se ve a Marte enrojecido hacia Poniente sobre las aguas marinas, de igual modo me apareció—¡ojalá pudiese verla otra vez!—una luz, la cual venía tan rápidamente por el mar, que ningún vuelo sería comparable a su celeridad. Un solo momento aparté de ella la vista para interrogar a mi Guía, y al punto volví a verla mucho más voluminosa y brillante; distinguiendo luego a cada lado de la misma una cosa blanca, sin saber lo que era, debajo de la cual se descubría poco a poco otro objeto igualmente blanco. Aun no había pronunciado una palabra mi Maestro, cuando se vió que las primeras formas blancas eran alas; y entonces, habiendo conocido bien al gondolero, exclamó:

—Dobla, dobla pronto la rodilla: he aquí el ángel de Dios; une las manos: nunca verás semejantes ministros del Señor. Mira cómo desdeña los medios humanos, pues no necesita remo, ni otras velas que sus alas, entre tan apartadas orillas. Mira cómo las tiene elevadas hacia el cielo, agitando el aire con las eternas plumas, que no se mudan como el cabello de los mortales.

Cuanto más se acercaba a nosotros el ave divina, más brillante aparecía: por lo cual, no pudiendo resistir su resplandor mis ojos, los incliné; y aquél se dirigió hacia la orilla en un esquife airoso y ligero, que apenas se sumergía un poco en el agua. El celestial barquero estaba en la popa, y la bienaventuranza parecía estar escrita en su semblante. Más de cien espíritus, sentados en la barquilla, cantaban a coro: "In exitu Israel de Ægipto" y todo lo demás que sigue de este salmo. El ángel les hizo la señal de la santa cruz, a cuya señal se arrojaron todos a la playa, y él se alejó con la misma velocidad con que había venido. La turba que dejó allí parecía llena de estupor en tal sitio, mirando y remirando en torno suyo, como el que descubre cosas que no ha visto nunca. El Sol, que había arrojado con sus brillante saetas al signo de Capricornio del centro del cielo, irradiaba por todas partes el día, cuando los recién llegados alzaron la frente hacia nosotros, diciéndonos:

—Si lo sabéis, indicadnos el camino que conduce a la montaña.

Virgilio respondió:

—¿Por ventura creéis que conocemos este sitio? Somos aquí tan nuevos como vosotros, y hemos llegado a él poco antes por otro camino tan rudo y áspero, que el subir esta montaña será para nosotros ahora cosa de juego.

Las almas, que advirtieron, por mi respiración, que yo estaba aún vivo, palidecieron de asombro; y así como se agolpa la gente en derredor del mensajero coronado de olivo para oír sus noticias, sin temor de empujarse y pisarse unos a otros, así se agolparon en torno mío todas aquellas almas afortunadas, olvidando casi su deseo de ir a embellecerse. Vi una de ellas, que se adelantó para abrazarme con tales muestras de afecto, que me movió a hacer lo mismo con ella; pero, ¡oh sombras vanas, excepto para la vista! Tres veces quise rodearla con mis brazos, y otras tantas volvieron éstos a caer solos sobre mi pecho. Creo que la admiración debió pintarse en mi rostro; porque la sombra sonrió y se retiró; y yo, siguiéndola, continué avanzando. Me dijo con voz suave que me detuviese; conocí entonces quién era, y habiéndole rogado que se parase un momento para hablarme, respondióme:

—Lo mismo que te amaba con mi cuerpo mortal, te amo también desprendido de él; por eso me detengo; pero tú ¿por qué vienes aquí?

—Casella mío, hago este viaje para volver al mundo de los vivos, donde permanezco aún; pero a ti, ¿cómo es que se te ha negado por tanto tiempo el venir a este sitio?

Me respondió:

—Si aquel que conduce a quien y cómo le place me ha negado muchas veces este pasaje, no se ha cometido conmigo ninguna injusticia; porque es justa la voluntad a quien obedece. En verdad, de tres meses a esta parte ha recogido sin oposición a cuantos han querido entrar en su nave: así es que yo, que me encontraba en la playa donde el Tíber se mezcla con las saladas ondas del mar, fuí acogido benignamente por él. A la embocadura de aquel río dirige ahora su vuelo; pues allí se reúnen siempre los que no descienden hacia el Aqueronte.

Y yo dije:

—Si alguna nueva ley no te quita la memoria o el uso de aquellos cantos amorosos, que solían calmar todos mis deseos, dígnate consolar un poco mi alma, que viniendo aquí con su cuerpo, se ha angustiado tanto.

"Amor, que dentro de mi mente habla,"[47] empezó él a cantar tan dulcemente, que su dulzura aún resuena en mi corazón. Mi Maestro, y yo, y las sombras que allí estaban, parecíamos tan contentos, como si no tuviéramos otra cosa en que pensar. Estábamos absortos y atentos a sus notas, cuando apareció el venerable anciano exclamando:

—¿Qué es esto, espíritus perezosos? ¿Qué negligencia, qué demora es ésta? Corred al monte a purificaros de vuestros pecados, que no permiten que Dios se os manifieste.

Del mismo modo que las palomas, cuando están reunidas en torno a su alimento, cogiendo el grano y quietas, sin hacer oír sus acostumbrados arrullos, si acontece algo que las asuste, abandonan súbitamente la comida, porque las asalta un cuidado mayor, así vi yo aquellas almas recién llegadas abandonar el canto y desbandarse por la costa, como quien corre sin saber adónde va; y no menos rápidamente huimos también nosotros.

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CANTO TERCERO

M
M

IENTRAS la repentina fuga dispersaba por la campiña aquellas almas, que se volvían hacia la montaña donde la razón divina las aguija, me acerqué a mi fiel compañero; porque, ¿cómo hubiera podido sin él seguir mi viaje?, ¿quién me habría sostenido al subir por la montaña? Me pareció que mi Guía estaba por sí mismo arrepentido de su flaqueza. ¡Oh conciencia digna y pura!, ¡qué amargo roedor es para ti la más pequeña falta! Cuando sus pies cesaron de caminar con aquella precipitación que se aviene mal con la majestad de la persona, mi mente, desechando el pensamiento que la inquietaba, concentró su atención, como deseosa de recibir las nuevas impresiones; y me puse a contemplar el monte más alto de cuantos hacia el Cielo se elevan sobre las aguas. El Sol, que a mis espaldas despedía su rubicunda luz, quedaba interceptado por mi cuerpo, en el que se apoyaban sus rayos; y cuando vi que sólo delante de mí se obscurecía la tierra, volvíme de lado, temeroso de haber sido abandonado. Mi Protector entonces empezó a decirme, vuelto hacia mí:

—¿Por qué desconfías aún? ¿Crees que no estoy contigo, y que ya no te guío? Ahora es ya por la tarde allá donde está sepultado el cuerpo, dentro del cual hacía yo sombra. Nápoles lo posee, porque lo han quitado de Brindis. Si, pues, ninguna sombra se proyecta delante de mí, no debes admirarte de ello más que de ver cómo los cielos no interceptan unos a otros el paso de sus luces. La Virtud divina hace que semejantes cuerpos sean aptos para sufrir tormentos, calor y frío; mas no ha querido revelarnos cómo opera tal maravilla. Insensato es el que espera que nuestra razón pueda recorrer las infinitas vías de que dispone el que es una substancia en tres personas. Seres humanos, contentaos con el "quia;"[48] pues si os fuera dable verlo todo, no habría sido necesario que pariese María; y habéis visto desearlo en vano a tales hombres, que, a ser posible, hubieran satisfecho ese deseo, el cual forma su eterno suplicio: hablo de Aristóteles, de Platón y otros muchos.

En este punto, inclinó la frente sin decir nada más, y quedó como turbado. Llegamos en tanto al pie del monte, cuyas rocas encontramos tan escarpadas, que las piernas más ágiles nos hubieran sido inútiles. El camino más desierto, el más áspero entre Lerici y Turbía, es, comparado con aquél, una rampa suave y anchurosa.

—¿Quién sabe ahora—dijo mi Maestro deteniendo sus pasos—hacia qué mano es accesible la costa, de modo que pueda subir el que no tiene alas?

Y mientras él tenía los ojos bajos, meditando qué camino seguiríamos, y yo miraba hacia arriba alrededor de las rocas, apareció por la izquierda una multitud de almas, que se dirigían hacia nosotros, aunque no lo parecía; tanta era la lentitud con que caminaban.

—Levanta los ojos—dije a mi Maestro—; he aquí quien nos podrá aconsejar, si es que no puedes aconsejarte a ti mismo.

Miróme entonces, y con rostro franco respondió:

—Vamos allá, pues ellos vienen muy despacio; y tú no pierdas la esperanza, hijo querido.

Habríamos andado mil pasos, y aun distaba de nosotros aquella muchedumbre tanto espacio cuanto podría recorrer una piedra lanzada por un buen hondero, cuando se arrimaron todos a los duros peñascos de la escarpada orilla, y permanecieron firmes y apretados entre sí, como se detiene a mirar aquel que duda.

—¡Oh muertos en la gracia de Dios, espíritus ya elegidos!—empezó a decir Virgilio—; por aquella paz que, según creo, esperáis todos vosotros, decidme por qué parte declina esta montaña, de modo que sea posible ascender a ella; pues al que mejor conoce el valor del tiempo, le es más desagradable perderlo.

Como las ovejas que salen de su redil una a una, dos a dos y tres y tres, mientras las otras se detienen tímidamente, inclinando hacia la tierra sus ojos y su hocico, y lo mismo que hace la primera hacen las demás, deteniéndose a su lado si se detiene, sencillas y tranquilas, y sin darse cuenta de por qué lo hacen, así vi yo moverse para venir hacia nosotros las primeras almas de aquella temerosa y afortunada grey, de rostro púdico y de honesto continente. Cuando vieron que la luz se interrumpía en el suelo a mi mano derecha, de modo que se proyectaba la sombra desde mí a la gruta, se detuvieron y aun retrocedieron algún tanto, y todos los que venían detrás, sin saber por qué, hicieron lo mismo.

—Sin que me lo preguntéis, os confieso que este que aquí veis es un cuerpo humano; por cuya causa la luz del Sol aparece cortada en el suelo. No os asombréis; pero creed que si pretende trepar esta escarpada costa, lo hace inducido por virtud celestial.

Así habló mi Maestro; y aquella noble multitud nos dijo:

—Pues volveos atrás y caminad delante de nosotros.

Y al mismo tiempo nos hacían señas con el dorso de las manos. Uno de ellos exclamó:

—Quienquiera que seas, andando como vas, vuelve el rostro hacia mí, y procura recordar si me has visto en el mundo alguna vez.

Yo me volví hacia él, y le miré fijamente: era rubio, hermoso y de gentil aspecto; pero tenía la ceja partida de un golpe. Cuando le manifesté humildemente que no le había visto nunca, me dijo:

—¡Mira, pues!

Y enseñóme una herida en la parte superior de su pecho. Después añadió sonriendo:

—Yo soy Manfredo, nieto de la emperatriz Constanza: por lo cual te ruego, que cuando vuelvas a la Tierra, vayas a visitar a mi graciosa hija, madre del honor de Sicilia y de Aragón, y le digas la verdad, si es que se ha dicho lo contrario. Después de tener atravesado mi cuerpo por dos heridas mortales, me volví llorando hacia Aquél, que voluntariamente perdona. Mis pecados fueron horribles; pero la bondad infinita tiene tan largos los brazos, que recibe a todo el que se vuelve hacia ella. Si el Pastor de Cosenza, que fué enviado por Clemente para darme caza, hubiese leído bien en aquella página de Dios, mis huesos estarían aún en la cabeza del puente, cerca de Benevento, bajo la salvaguardia de las pesadas piedras. Ahora los moja la lluvia; el viento los impele fuera del reino, casi a la orilla del Verde, donde los hizo transportar con cirios apagados. Pero por su maldición no se pierde el amor de Dios de tal modo, que no vuelva nunca, mientras reverdezca la flor de la esperanza. Es verdad que el que muere contumaz para con la santa Iglesia, por más que al fin se arrepienta, debe estar en la parte exterior de esta montaña un espacio de tiempo treinta veces mayor del que vivió en contumacia, a menos que no se abrevie la duración de este decreto merced a eficaces oraciones. Calcula, pues, lo dichoso que puedes hacerme, revelando a mi buena Constanza cómo me has visto, y la prohibición que pesa sobre mí, que puede alzarse por los ruegos de los que existen allá arriba.

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