CANTO CUARTO
Manuel Aranda y Sanjuan translation

N hombre libre de elegir entre dos manjares igualmente distantes de él y que exciten del mismo modo su apetito, moriría de hambre antes de llevarse a la boca uno de ambos. De igual suerte permanecería inmóvil un cordero entre dos hambrientos lobos, temiéndoles igualmente, o un perro entre dos gamos. Por esta razón no me culpo ni me alabo de haber callado, teniéndome en suspenso igualmente dos dudas; pues mi silencio era necesario. Yo callaba; pero tenía pintado en el rostro mi deseo, y en él aparecía más clara mi pregunta que si la hubiera expresado por medio de palabras. Beatriz hizo lo que Daniel al librar a Nabucodonosor de aquella cólera que le había hecho cruel injustamente, y me dijo:
—Bien veo cómo te atrae uno y otro deseo, de modo que tu curiosidad se liga a sí misma de tal suerte, que no se manifiesta con palabras. Tú raciocinas así: si la buena voluntad persevera, ¿por qué razón la violencia ajena ha de disminuir la medida de mi mérito? También te ofrece motivo de duda el que las almas al parecer vuelvan a las estrellas, según la sentencia de Platón. Tales son las cuestiones que pesan igualmente sobre tu voluntad; pero antes me ocuparé en lo que tiene más hiel. El serafín que más goce de Dios, Moisés, Samuel, cualquiera de los dos Juanes que quieras escoger, María misma, no tienen su asiento en un cielo distinto de aquel donde moran esos espíritus que aquí te han aparecido, ni su estado de beatitud tiene fijada más ni menos duración, sino que todos embellecen el primer círculo, y gozan de una vida diferentemente feliz, según que sienten más o menos el Espíritu eterno. Aquí se te aparecieron, no porque les haya tocado en suerte esta esfera, sino para significar que ocupan en la celestial la parte menos elevada. Así es preciso hablar a vuestro espíritu, porque sólo comprende por medio de los sentidos lo que hace después digno de la inteligencia. Por eso la Escritura, atemperándose a vuestras facultades, atribuye a Dios pies y manos, mientras que ella lo ve de otro modo; y la Santa Iglesia os representa bajo formas humanas a Gabriel y a Miguel y al que sanó a Tobías. Lo que Timeo dice acerca de las almas no es figurado, como aquí se ve, pues parece que siente lo que afirma. Dice que el alma vuelve a su estrella, creyendo que se desprendió de ella cuando la naturaleza la unió a su forma. Tal vez su opinión sea diferente de lo que expresan sus palabras, y es posible que la intención de éstas no sea irrisoria. Si quiere decir que la influencia operada por las estrellas se convierte en honor o en vituperio de las mismas, quizá haya dado su flecha en el blanco de una verdad. Este principio, mal comprendido, extravió a casi todo el mundo, haciendo que corriese a invocar a Júpiter, a Mercurio y a Marte. La otra duda que te agita tiene menos veneno, porque su malignidad no te podría alejar de mí. Que nuestra justicia parezca injusta a los ojos de los mortales, es un argumento de fe y no de herética malicia; pero como puede vuestro discernimiento penetrar bien esta verdad, te dejaré satisfecho según deseas. Si hay verdadera violencia cuando el que la sufre no se adhiere en nada a aquel que la comete, aquellas almas no pueden servirse de ella como excusa; porque la voluntad, si no quiere, no se aquieta, sino que hace lo que naturalmente hace el fuego, aunque la tuerzan mil veces con violencia. Por lo cual, si la voluntad se doblega poco o mucho, sigue a la fuerza; y así hicieron aquéllas, pues pudieron haber vuelto al sagrado lugar. Si su voluntad hubiera sido firme, como lo fué la de Lorenzo sobre las parrillas, y como la de Mucio al ser tan severo con su mano, ella misma las habría vuelto al camino de donde las habían separado, en cuanto se vieron libres; pero una voluntad tan sólida es muy rara. Por estas palabras, si es que las has recogido como debes, queda destruído el argumento que te hubiera importunado aún muchas veces. Pero se atraviesa otra dificultad ante tus ojos, y tal que por ti mismo no sabrías salir de ella; antes bien te rendirías fatigado. He dado como cierto a tu mente que el alma bienaventurada no podía mentir, porque está siempre próxima a la primera Verdad; y luego habrás podido oír por Piccarda, que Constanza había guardado su inclinación al velo, de manera que parece contradecirme. Muchas veces, hermano, sucede que por huír de un peligro, se hace con repugnancia aquello que no debería hacerse; como Alcmeón, que, a instancias de su padre, mató a su propia madre, y por no faltar a la piedad, se hizo desapiadado. Con respecto a este punto, quiero que sepas que, si la fuerza y la voluntad obran de acuerdo, resulta que no pueden excusarse las faltas. La voluntad en absoluto no consiente el daño; pero lo consiente en cuanto teme caer en mayor pena oponiéndose a él. Cuando Piccarda, pues, se expresa como lo ha hecho, entiende que habla de la voluntad absoluta, y yo de la otra; de suerte que ambas decíamos la verdad.
Tales fueron las ondulaciones del santo arroyo que salía de la fuente de donde fluye toda verdad, y que aquietaron todos mis deseos.
—¡Oh amada del primer Amante!, ¡oh divina—dije en seguida—, cuyas palabras me inundan comunicándome tal calor que me reaniman cada vez más! No es tan profunda mi afección, que baste a devolveros gracia por gracia; pero que responda por mí Aquél que todo lo ve y lo puede. Bien veo que nuestra inteligencia no queda nunca satisfecha, si no la ilumina aquella Verdad, fuera de la cual no se difunde ninguna otra. En cuanto ha podido alcanzarla, descansa en ella como la fiera en su cubil; y puedo indudablemente conseguirla; de lo contrario, todos nuestros deseos serían vanos. De este deseo de saber nace, como un retoño, la duda al pie de la verdad; siendo esto un impulso de la naturaleza que guía de grado en grado nuestra inteligencia al conocimiento de Dios. Esto mismo me invita, esto mismo me anima, Señora, a pediros reverentemente que me aclaréis otra verdad que encuentro obscura. Quiero saber si el hombre puede satisfaceros, con respecto a los votos quebrantados, por medio de otras buenas acciones que no sean pocas en vuestra balanza.
Beatriz me miró con los ojos llenos de amorosos destellos, y tan divinos, que sintiendo mi fuerza vencida, me volví y quedé como anonadado con los ojos bajos.


CANTO QUINTO

I te parezco más radiante en el fuego de este amor de lo que suele verse en la tierra, hasta el punto de superar la fuerza de tus ojos, no debes asombrarte, porque esto procede de una vista perfecta, que, distinguiendo bien los objetos, se dirige con más rapidez hacia el bien. Veo claramente cómo resplandece ya en tu inteligencia la eterna luz, que contemplada una sola vez enciende un perpetuo amor. Y si otra cosa seduce el vuestro, sólo es un vestigio mal conocido del resplandor que aquí brilla. Tú quieres saber si con otras buenas acciones puede satisfacerse el voto no cumplido, de modo que el alma esté segura de todo debate con la justicia divina.
Así empezó Beatriz este canto, y como hombre que no interrumpe su razonamiento, continuó de este modo su santa enseñanza:
—El mayor dón que Dios, en su liberalidad, nos hizo al crearnos, como más conforme a su bondad, y el que más aprecia, fué el del libre albedrío de que estuvieron y están dotadas únicamente las criaturas inteligentes. Ahora conocerás, si raciocinas según este principio, el alto valor del voto, si éste es tal que Dios consienta cuando tú consientes; porque al cerrarse el pacto entre Dios y el hombre, se le sacrifica ese tesoro de que hablo, y se le sacrifica por su propio acto. Así, pues, ¿qué se podrá dar en cambio de esto? Si crees que puedes hacer buen uso de lo que ya has ofrecido, es como si quisieras hacer una buena obra con una cosa mal adquirida. Ya conoces, pues, la importancia del punto principal: pero como la Santa Iglesia da sobre esto sus dispensas, lo cual parece contrario a la verdad que te he descubierto, es preciso que continúes sentado un poco a la mesa, porque el pesado alimento que has tomado requiere alguna ayuda para ser digerido. Abre el espíritu a lo que te presento y enciérralo en ti mismo, pues no proporciona ciencia alguna el oír sin retener. Dos cosas son necesarias en la esencia de este sacrificio: una es la materia del voto, y otra el pacto que se forma con Dios. Este último no se borra jamás, si no es observado, y acerca de ello te he hablado antes en términos precisos. Por esta causa fué necesario que los Hebreos continuasen ofreciendo, aunque alguna de sus ofrendas fuese permutada, como debes saber. Respecto a la que te he dado a conocer como materia del voto, puede ser tal que no se cometa yerro alguno al cambiarla en otra materia: pero que ninguno por su propia autoridad mude el fardo de su espalda, sin la vuelta de la llave blanca y de la llave amarilla: crea que todo cambio es insensato, si la cosa abandonada no se contiene en la elegida, como el cuatro está contenido en el seis. Todo lo que pese tanto por su valor, que incline hacia su lado la balanza, no puede reemplazarse con otra cosa. Que los mortales no tomen a broma el voto. Sed fieles, y al comprometeros no seáis ciegos como lo fué Jephté en su primera ofrenda, porque más le valiera haber dicho: "Hice mal," que hacer otra cosa peor al cumplir su voto: tan insensato como a él puedes suponer al gran jefe de los Griegos,[110] quien obligó a Ifigenia a llorar su hermoso rostro, e hizo llorar por ella a sabios e ignorantes, cuando oyeron hablar de tal sacrificio. Cristianos, sed más pausados en vuestras acciones; no seáis como la pluma a todo viento, ni creáis que toda agua pueda lavaros. Tenéis el Antiguo y el Nuevo Testamento, y el Pastor de la Iglesia que os guía: baste esto para vuestra salvación. Si os dice otra cosa el espíritu del mal, sed hombres, y no locas ovejas, de suerte que el judío no se ría de vosotros entre vosotros. No hagáis como el cordero, que deja la leche de su madre, y sencillo y alegre, combate a su placer consigo mismo.
Así me habló Beatriz, según lo escribo: después se volvió anhelante hacia aquella parte donde el mundo es más vivo. Su silencio y la mudanza de su semblante impusieron silencio a mi ávido espíritu, que tenía ya preparadas nuevas preguntas. Y como la saeta que da en el blanco antes de que haya quedado en reposo la cuerda, así corríamos hacia el segundo reino[111]. Allí vi yo tan contenta a mi Dama cuando penetró en la luz de aquel cielo, que el planeta se volvió más resplandeciente. Y si la estrella se transformó y rió, ¿cuánto más alegre estaría yo, que por mi naturaleza soy en todos sentidos transmutable? Así como en un vivero, que está tranquilo y puro, acuden solícitos los peces al objeto procedente del exterior, por creerlo su pasto, así vi yo más de mil almas esplendorosas acudir hacia nosotros, y a cada cual de ellas se oía exclamar: "¡He ahí quien acrecentará nuestros amores!" Y tan pronto como cada una se nos acercaba, conocíase su júbilo por el claro fulgor que de ella salía. Piensa, lector, cuál sería tu impaciente anhelo de saber, si lo que aquí empieza no siguiese adelante, y por ti comprenderás cuánto sería mi deseo de conocer la condición de estas almas, en cuanto se presentaron a mi vista.
—¡Oh bien nacido, a quien está concedida la gracia de ver los tronos del triunfo eterno, antes de haber abandonado la milicia de los vivos! Nosotros nos abrasamos en el fuego que se extiende por todo el cielo: así, pues, si deseas que te iluminemos acerca de nuestra suerte, puedes saciarte según tu deseo.
Así me dijo uno de aquellos espíritus piadosos, y Beatriz añadió:
—Di, di con toda confianza, y créeles como a Dioses.
—Veo bien cómo anidas en tu propia luz, y que la despides por tus ojos, para que resplandezcan cuando ríes; pero no sé quién eres, ni por qué ocupas, ¡oh alma digna!, el grado de la esfera que se oculta a los mortales con los rayos de otro.
Esto dije dirigiéndome al alma resplandeciente que me había hablado; por lo cual se volvió más luminosa de lo que antes era. Lo mismo que el Sol, que a sí mismo se oculta por su excesiva luz, cuando el calor ha destruído los densos vapores que la amortiguaban, así aquella santa figura se ocultó a causa de su alegría en su mismo fulgor, y encerrada de aquel modo me contestó como se verá en el canto siguiente.


CANTO SEXTO

ESPUES que Constantino volvió el águila contra el curso del Cielo que antes siguiera tras el antiguo esposo de Lavinia, cien y cien años y más permaneció el ave de Dios en el extremo de Europa, próxima a los montes de que primitivamente había salido; y bajo la sombra de las sagradas plumas gobernó allí el mundo pasando de mano en mano, hasta que en estos cambios llegó a las mías. César fuí; soy Justiniano, que por voluntad del primer Amor, de que ahora disfruto en el cielo, suprimí de las leyes lo superfluo y lo inútil: antes de haberme dedicado a esta obra, creí que había en Cristo una sola naturaleza y no más, y estaba contento con tal creencia; pero el bendito Agapito, que fué Sumo Pastor, me encaminó con sus palabras a la verdadera fe; yo le creí, y ahora veo claramente cuanto él me decía, así como tú ves en toda contradicción una parte falsa y otra verdadera. En cuanto caminé al par de la Iglesia, plugo a Dios por su gracia inspirarme la grande obra, y me dediqué completamente a ella: confié las armas a mi Belisario, a quien se unió de tal modo la diestra del cielo, que ésta fué para mí una señal de que debía descansar en él. Aquí termina, pues, mi respuesta a tu primera pregunta; pero su condición me obliga a añadir algunas explicaciones. Para que veas con cuán poca razón se levantan contra la sacrosanta enseña los que se la apropian y los que se le oponen, considera cuántas virtudes la han hecho digna de reverencia, desde el día en que Palanto murió para darle el imperio. Tú sabes que aquel signo fijó su mansión en Alba por más de trescientos años, hasta el día en que por él combatieron tres contra tres[112]. Sabes lo que hizo bajo siete reyes, desde el robo de las Sabinas hasta el dolor de Lucrecia, conquistando los países circunvecinos. Sabes lo que hizo llevado por los egregios romanos contra Breno, contra Pirro, contra otros príncipes solos y coligados, por lo cual Torcuato, y Quintio que recibió un sobrenombre por su descuidada cabellera[113], los Decios y los Fabios, conquistaron un renombre que me complazco en admirar. El abatió el orgullo de los árabes que tras de Aníbal pasaron las rocas alpestres de donde tú, Po, te desprendes. A su sombra triunfaron, siendo aún muy jóvenes, Escipión y Pompeyo; y su dominio pareció amargo a aquella colina bajo la cual naciste[114]. Después, cerca del tiempo en que todo el cielo quiso reducir el mundo al estado sereno de que es modelo, César tomó aquel signo por la voluntad del pueblo romano; y lo que hizo desde el Var hasta el Rhin, lo vieron el Isere y el Loira, y lo vió el Sena, y todos los ríos que afluyen al Ródano. Lo que hizo cuando César salió de Ravena y pasó el Rubicón fué con tan levantado vuelo, que no lo podrían seguir la lengua ni la pluma. Hacia España dirigió sus tropas, después hacia Durazzo, y a Farsalia hirió de tal modo, que hasta en las cálidas orillas del Nilo se sintió el dolor. Volvió a ver a Antandro y al Simois de donde había salido, y el sitio donde reposa Héctor; después se alejó de nuevo, con detrimento de Tolomeo. Desde allí cayó como un rayo sobre Juba, y luego se dirigió hacia vuestro Occidente, donde oía la trompa pompeyana. Lo que aquel signo hizo en manos del que lo llevó en seguida lo ladran Bruto y Casio en el Infierno; y de ello se lamentan Módena y Perusa. También llora la triste Cleopatra, que, huyendo ante él, recibió de un áspid muerte cruel y súbita. Con él corrió en seguida al mar Rojo; con él estableció en el mundo paz tan grande que se cerró el templo de Jano. Pero lo que el signo de que hablo había hecho antes, y lo que debía hacer después por el reino mortal que le está sometido, es en la apariencia poco y obscuro, si con mirada clara y con afecto puro se le considera después en manos del tercer César; porque la viva justicia que me inspira le concedió, puesto en manos de aquel a quien me refiero, la gloria de vengar la cólera divina[115]. Admírate, pues, ante lo que voy a repetirte. Con Tito corrió en seguida a tomar venganza de la venganza del pecado antiguo. Cuando el diente lombardo mordió a la Santa Iglesia, venciendo Carlo-Magno bajo sus alas, acudió a socorrerla. En adelante puedes juzgar a los que he acusado más arriba y sus faltas, que son la causa de todos vuestros males. El uno opone a la enseña común las amarillas lises, y el otro se la apropia, no pensando más que en su partido, de suerte que es difícil comprender cuál comete mayor falta. Lleven los gibelinos, lleven a cabo sus empresas bajo otra enseña; que mal sigue ésta a los que ponen un obstáculo entre ella y la justicia; y que este nuevo Carlos no la abata con sus güelfos, pues debe temer las garras que a más feroces leones arrancaron la piel. Muchas veces han tenido que llorar los hijos las faltas de los padres; y no se crea que Dios cambie sus armas por las lises. Esta pequeña estrella está poblada de buenos espíritus, que fueron activos en la Tierra, para dejar en ella memoria de su honor y su fama; y cuando los deseos se elevan hacia tales objetos desviándose del Cielo, es preciso que los rayos del verdadero amor se eleven también con menos viveza; pero nuestra beatitud consiste en la medida de las recompensas con nuestros méritos, porque no la vemos mayor ni menor que éstos. La viva justicia endulza, pues, de tal modo en nosotros el deseo, que nunca puede dirigirse éste a ninguna malicia. Diversas voces despiden dulce armonía; así también los diversos grados de gloria de nuestra vida producen una dulce armonía entre estas esferas. Dentro de la presente margarita fulgura la luz de Romeo[116], cuya hermosa y grande obra fué tan mal agradecida. Pero los Provenzales que se declararon en contra suya no se han reído por mucho tiempo; porque mal camina quien convierte en desgracia propia los beneficios que ha recibido de otro. Raimundo Berenguer tuvo cuatro hijas; todas fueron reinas, y esto lo hizo Romeo, persona humilde y errante peregrino; pero después algunas palabras envidiosas movieron a aquél a pedir cuentas a este justo, que le dió siete y cinco por diez, por lo cual partió pobre y anciano; y si el mundo hubiera sabido cuál era su corazón al mendigar pedazo a pedazo su vida, le ensalzaría más de lo que ahora le ensalza.


CANTO SEPTIMO

LORIA a ti, Santo Dios de los Ejércitos, que esparces tu claridad sobre los felices fuegos, esto es, sobre las almas dichosas de este reino." Así oí que cantaba, volviéndose hacia su esfera, aquella substancia, sobre la cual resplandece un doble fulgor. Ella y las otras emprendieron su danza, y cual centellas velocísimas se me ocultaron con su repentino alejamiento. Yo dudaba y decía entre mí: "Dile, dile a mi Dama que calme mi sed con sus dulces palabras." Pero aquel respeto que se apodera completamente de mí tan sólo al oír B o ICE,[117] me hacía inclinar la cabeza como un hombre que dormita. Beatriz no consintió que yo estuviese así mucho tiempo; e irradiando sobre mí una sonrisa que haría feliz a un hombre en el fuego, empezó a decirme:
—Según mi parecer infalible, estás pensando cómo fué justamente castigada la justa venganza; pero yo despejaré en breve tu espíritu: escucha, pues, que mis palabras te ofrecerán el dón de una gran verdad. Por no haber soportado un útil freno a su voluntad aquel hombre que no nació[118], al condenarse, condenó a toda su descendencia; por lo cual la especie humana yació enferma por muchos siglos en medio de un grande error, hasta que el Verbo de Dios se dignó descender adonde, por un sólo acto de su eterno amor, unió a sí en persona la naturaleza, que se había alejado de su Hacedor. Ahora mira atentamente lo que digo: Esta naturaleza unida a su Hacedor, tal cual fué creada, era sincera y buena; pero por sí misma fué desterrada del Paraíso, porque se salió del camino de la verdad y de su vida. La pena, pues, que la Cruz hizo sufrir a la naturaleza humana de Jesucristo, si se mide por esa misma naturaleza, fué más justa que otra cualquiera; pero tampoco hubo otra tan injusta, si se atiende a la Persona divina que la sufrió, y a la que estaba unida aquella naturaleza. Por lo tanto, aquel hecho produjo efectos diferentes; porque la misma muerte fué grata a Dios y a los Judíos; por ella tembló la Tierra, y por ella se abrió el Cielo. No te debe ya parecer tan incomprensible cuando te digan que un tribunal justo ha castigado una justa venganza. Mas ahora veo tu mente comprimida, de idea en idea, en un nudo, del que espera con ansia verse libre. Tú dices: "Comprendo bien lo que oigo; pero no veo bien por qué Dios quisiera valerse de este medio para nuestra redención." Este decreto, hermano, está velado a los ojos de todo aquel cuyo espíritu no haya crecido en la llama de la caridad. Y en efecto, como se examina mucho este punto, y se le comprende poco, te diré por qué fué elegido aquel medio como el más digno. La divina bondad, que rechaza de sí todo rencor, ardiendo en sí misma centellea de tal modo, que hace brotar las bellezas eternas. Lo que procede inmediatamente de ella sin otra cooperación no tiene fin; porque nada hace cambiar su sello una vez impreso. Lo que sin cooperación procede de ella es completamente libre, porque no está sujeto a la influencia de las cosas secundarias; y cuanto más se le asemeja, más le place, pues el amor divino que irradia sobre todo, se manifiesta con mayor brillo en lo que se le parece más. La criatura humana disfruta la ventaja de todos estos dones; pero si le falta uno solo, es preciso que decaiga su nobleza. Sólo el pecado es el que le arrebata su libertad y su semejanza con el Sumo Bien; por lo cual refleja muy poco su luz, y no vuelve a adquirir su dignidad, si no llena de nuevo el vacío que dejó la culpa, expiando sus malos placeres por medio de justas penas. Cuando vuestra naturaleza entera pecó en su germen, se vió despojada de estas dignidades y lanzada del Paraíso, y no hubiera podido recobrarlas (si lo examinas sutilmente) por ningún camino, sin pasar por uno de estos vados: o porque Dios, en su bondad, perdonara el pecado, o porque el hombre por sí mismo redimiera su falta. Fija ahora tus miradas en el abismo del Consejo eterno, y está tan atento como puedas a mis palabras. El hombre no podía jamás, en sus límites naturales, dar satisfacción, por no poder después humillarse con su obediencia tanto cuanto pretendió elevarse con su desobediencia; y esta es la causa porque el hombre fué exceptuado de poder dar satisfacción por sí mismo. Era preciso, pues, que Dios condujera al hombre a la vida sempiterna por sus propias vías, bien por una, o bien por ambas. Pero, como la obra es tanto más grata al obrero, cuanto más representa la bondad del corazón de donde ha salido, la divina bondad, que imprime al mundo su imagen, se regocijó de proceder por todas sus vías para elevaros hasta ella. Entro el primer día y la última noche no hubo ni habrá jamás un procedimiento tan sublime y magnífico, de cualquier modo que se le considere; porque al entregarse Dios a sí mismo, haciendo al hombre apto para levantarse de su caída, fué más liberal que si le hubiese perdonado por su clemencia; y todos los demás medios eran insuficientes ante la justicia, si el Hijo de Dios no se hubiera humillado hasta encarnarse. Ahora, para colmar bien todos tus deseos, vuelvo atrás, a fin de aclararte algún punto de modo que lo veas como yo. Tú dices: "Yo veo el aire, veo el fuego, el agua, la tierra y todas sus mezclas llegar a corromperse y durar poco; y estas cosas, sin embargo, fueron creadas: ahora bien, si lo que has dicho es cierto, deberían estar al abrigo de la corrupción." Los ángeles, hermano, y el país libre y puro en que estás, pueden decirse creados tales como son, en su eterno sér; pero los elementos que has nombrado, y aquellas cosas que de ellos se componen, tienen su forma de una potencia creada. Creada fué la materia de que están hechos: creada fué la virtud generatriz de las formas en estas estrellas que giran en torno suyo. El rayo y el movimiento de las santas luces sacan de la complexión potencial el alma de todos los brutos y plantas; pero vuestra vida aspira directamente la divina bondad, la cual la enamora de sí de modo que siempre la desea. De aquí puedes deducir aún vuestra resurrección, si reflexionas cómo fué creada la carne humana, cuando fueron creados los primeros padres.


CANTO OCTAVO

OLIA creer el mundo en su peligro, que de los rayos de la bella Ciprina, que gira en el tercer epiciclo, emanaba el loco amor: por esto las naciones antiguas, en su antiguo error, no solamente la honraban por medio de sacrificios y de ruegos votivos, sino que también honraban a Dione y a Cupido, a aquélla como madre, y a éste como hijo suyo, de quien decían que estaba sentado en el regazo de Dido. Y de ésta que he citado al empezar mi canto dieron nombre a la estrella que el Sol mira placentero, ya contemplando sus pestañas, ya su cabellera[119].
Yo no advertí mi ascensión a ella; pero me cercioré de que estaba en su interior, cuando vi a mi Dama adquirir más hermosura. Y así como se ve la chispa en la llama, y se distinguen dos voces entre sí, cuando la una sostiene una nota y la otra ejecuta varias modulaciones, del mismo modo vi en aquella luz otros resplandores que se movían en círculo más o menos ágiles, con arreglo, según creo, a sus dichosas visiones eternas. De fría nube no salieron jamás, visibles o invisibles, vientos tan veloces, que no parecieran entorpecidos y lentos a quien hubiese visto llegar hasta nosotros aquellos divinos fulgores, dejando la órbita comenzada antes en el Cielo de los serafines. Y dentro de los que se nos aparecieron delante resonaba "Hosanna," tan dulce que nunca me ha abandonado el deseo de volverlo a oír. Entonces se acercó uno de ellos a nosotros, y empezó a decir solo:
—Todos estamos prontos en tu obsequio, para que te regocijes en nosotros. Todos giramos con los príncipes celestiales dentro de la misma órbita, con el mismo movimiento circular y con idéntico deseo que aquellos de quienes has dicho ya en el mundo: "Vosotros que movéis el tercer cielo con vuestra inteligencia"[120], y estamos tan llenos de amor, que por agradarte, no nos será menos dulce un momento de reposo.
Después que mis ojos se fijaron reverentes en mi Dama, y que ella les dió la seguridad de su contentamiento, los volví hacia la resplandeciente alma que tanto se me había ofrecido, y:
—Di, ¿quién fuiste?—fué mi respuesta, impregnada del mayor afecto.
¡Oh, cuánto más brillante y bella se volvió cuando le hablé, a causa del nuevo gozo que acrecentó sus alegrías! Embellecida de este modo, me dijo:
—Poco tiempo me tuvo allá abajo el mundo[121]: si yo hubiera permanecido más en él, no habrían sucedido muchos de los males que allí suceden. La alegría que despide en torno mío estos fulgores, me cubre como al gusano su capullo, y me oculta a tus ojos. Tú me has amado mucho, y tuviste motivo para ello; porque si yo hubiera estado allá abajo más tiempo, te habría dado en prueba de mi amor algo más que las hojas. Aquella ribera izquierda, que baña el Ródano después de haberse unido con el Sorgues, me esperaba, andando el tiempo, para recibirme por su señor; así como también aquella punta de la Ausonia que comprende los pueblos de Bari, Gaeta y Crotona, desde donde el Tronto y el Verde desembocan en el mar. Brillaba ya en mi frente la corona de aquella tierra que riega el Danubio después de abandonar las riberas tudescas; y la bella Trinacria, que entre los promontorios Pachino y Peloro, sobre el golfo que el Euro azota con más violencia, se cubre de humo caliginoso, no a causa de Tifeo, sino por el azufre que se exhala de su suelo, habría esperado aún sus reyes nacidos por mí de Carlos y de Rodolfo, si el mal gobierno que rebela siempre a los pueblos sumisos, no hubiese excitado a Palermo a gritar: "¡Muera! ¡muera!" Y si mi hermano hubiera previsto esto, huiría ya la avara pobreza de Cataluña para no ofender a aquellos pueblos. Necesita, en verdad, proveer por sí mismo o por otros, a fin de que su barca no tenga más carga de la que pueda soportar. Su índole, que de liberal se ha hecho avara, necesitaría ministros que no se cuidasen sólo de llenar sus arcas.
—El gran contento que me infunden tus palabras, ¡oh señor mío!, me es mucho más grato al considerar que aquí, donde está el principio y el fin de todo bien, lo ves como yo lo veo; y también gozo pensando que en presencia de Dios conoces mi felicidad. Ya que me has dado esta alegría, aclárame (pues hablando me has hecho dudar) cómo de una semilla dulce puede salir un fruto amargo.
Esto le dije, y él me contestó:
—Si puedo demostrarte una verdad, volverás el rostro a lo que preguntas, como ahora le vuelves la espalda. El Bien que da movimiento y alegría a todo el reino por donde asciendes, hace que su providencia sea virtud influyente de estos grandes cuerpos; y en la Mente perfecta por sí misma, no sólo se ha provisto a la naturaleza de cada cosa, sino también a la conservación y estabilidad de todas juntas: por lo cual, todo cuanto desciende disparando de este arco, va dispuesto hacia un fin determinado, como la flecha se dirige al blanco. Si esto no fuese así, el cielo sobre que caminas produciría sus efectos de tal modo, que no serían obras de arte, sino ruinas; y eso no puede ser, a no admitir que son defectuosas las inteligencias que mueven estos astros, y defectuoso también el Sér primero, que no las hizo perfectas. ¿Quieres que te aclare más esta verdad?
—No es menester—contesté—; pues considero imposible que la naturaleza llegue a faltar en aquello que es necesario.
El Alma continuó:
—Dime, pues: ¿sería peor la existencia del hombre en la Tierra, si no viviera en sociedad?
—Sí—repuse—; y no pregunto la razón de eso.
—¿Y puede ser tal cosa, si allá abajo no vive cada cual de diferente modo por la diversidad de oficios? No puede ser, si vuestro maestro escribió la verdad.
Así, procediendo de una en otra deducción, llegó a ésta; y después concluyó:
—Luego es preciso que sean diversas las raíces de vuestras aptitudes; por lo cual uno nace Solón y otro Jerjes, uno Melquisedec y otro aquel que perdió a su hijo, al volar éste por el aire.[122] La influencia de los círculos celestes, que imprime su sello a la cera mortal, hace bien su oficio; pero no distingue una morada de otra. De aquí proviene que Esaú se aparte de Jacob desde el vientre materno, y que Quirino descienda de un padre tan vil, que se atribuye su origen a Marte. La naturaleza engendrada sería siempre semejante a la naturaleza que engendra, si la Providencia divina no predominase. Ahora tienes ya delante lo que antes detrás; mas para que sepas que me complazco en instruirte, quiero proveerte aún de un corolario. La naturaleza es siempre estéril, si la fortuna le es contraria, como toda simiente esparcida fuera del clima que le conviene. Y si el mundo allá abajo se apoyara en los cimientos que pone la naturaleza, habría por cierto mejores habitantes en él; pero vosotros destináis para el templo al que nació para ceñir la espada, y hacéis rey al que debía ser predicador: así es que vuestros pasos se separan siempre del camino recto.


CANTO NONO

UANDO tu Carlos, hermosa Clemencia, hubo aclarado mis dudas, me refirió los fraudes de que había de ser víctima su descendencia, pero añadió: "Calla, y deja transcurrir los años." Así es que yo no puedo decir más, sino que tras de vuestros daños vendrá el llanto originado por un justo castigo.
La santa y viva luz se había vuelto ya hacia el Sol que la inunda, como hacia el bien que a todo alcanza. ¡Oh almas engañadas, locas e impías, que apartáis vuestros corazones de semejante bien, dirigiendo hacia la vanidad vuestros pensamientos! He aquí que otro de aquellos esplendores se dirigió hacia mí, expresando, con la claridad que esparcía, su deseo de complacerme. Los ojos de Beatriz, que estaban fijos en mí, como antes, me aseguraron del dulce asentimiento que daba a mi deseo.
—¡Oh espíritu bienaventurado!—dije—; satisface cuanto antes mi anhelo, y pruébame que lo que pienso puede reflejarse en ti.
Entonces la luz, a quien aún no conocía, desde su interior donde antes cantaba, respondió a mis palabras como quien se complace en ser cortés con otro:
—En aquella parte de la depravada tierra de Italia que está situada entre Rialto y las fuentes del Brenta y del Piava, se eleva una colina no muy alta, de donde descendió una llamarada que causó un gran desastre en toda la comarca. Ella y yo salimos de la misma raíz: Cunizza fué llamada; y aquí brillo, porque me venció la luz de esta estrella; pero con alegría me perdono a mí misma la causa de mi muerte, y no me pesa, lo cual quizá parecerá difícil de comprender a vuestro vulgo. Esta alma próxima a mí, que es una espléndida y preciosa joya de nuestro cielo, dejó en la Tierra una gran fama; y antes que su gloria se pierda, este centésimo año se quintuplicará. Ya ves si el hombre debe hacerse ilustre a fin de que su primera vida deje sobre la tierra una segunda. Esto es lo que no piensa la turba presente que habita entre el Tagliamento y el Adigio, sin que le sirvan de escarmiento los males de que es víctima. Pero pronto sucederá que Padua y sus habitantes, por ser obstinados contra el deber, enrojecerán el agua de la laguna que baña a Vicenza, y allí donde el Sile y el Cagnano se unen hay quien domina y va con la cabeza erguida,[123] cuando ya se componen las redes que han de cogerle. También llorará Feltro la felonía de su impío pastor, que será tal, que ninguno por otra semejante ha sido encerrado en Malta. Será necesario un recipiente muy ancho para recibir la sangre ferraresa, y cansado quedará el que quiera pesar onza a onza la que derramará tan cortés sacerdote por mostrarse hombre de partido, siendo por otra parte tales dones conformes a las costumbres de tal país. Allá arriba hay unos espejos, que vosotros llamáis Tronos, de donde se reflejan hasta nosotros los juicios de Dios; así es que tenemos por buenas y verídicas nuestras palabras.
Al llegar aquí, el alma guardó silencio, y habiéndose vuelto a colocar en la órbita como estaba anteriormente, me dió a conocer que no pensaba ya en mí. La otra alma dichosa, a quien ya conocía, se me presentó tan resplandeciente como una piedra preciosa herida por los rayos del Sol. Allá arriba la alegría produce un vivo esplendor, como entre nosotros produce la risa; pero en el Infierno la sombra de los condenados se obscurece cada vez más, a medida que se entristece su espíritu.
—Dios lo ve todo, y tu vista se identifica en El—exclamé—, ¡oh feliz espíritu!, de suerte que ningún deseo puede ocultarse a ti. Así, pues, ¿por qué tu voz, que deleita siempre al Cielo con el canto de aquellas llamas piadosas que se forman una ancha vestidura con sus seis alas, no satisface mis deseos? No esperaría yo por cierto tus preguntas, si viera en tu interior como tú ves en el mío.
Entonces contestó con estas palabras:
—El mayor valle en que se vierten las aguas, después de aquel mar que circunda la Tierra, se aleja tanto contra el curso del Sol entre las desacordes playas, que aquel círculo que antes era su horizonte se convierte en meridiano. Yo fuí uno de los ribereños de aquel valle, entre el Ebro y el Macra, que por un corto trecho separa el genovés del toscano. Casi a la misma distancia a Oriente y Occidente se asienta Bugia y la tierra de donde fuí, en cuyo puerto se vertió un día la sangre de sus habitantes.[124] Folco me llamó aquella gente, que conocía mi nombre, y este cielo recibe mi luz, como recibí yo su influjo amoroso; pues en tanto que me lo permitió la edad, no ardieron cual yo en aquel fuego la hija de Belo, causando enojos a Siqueo y a Creusa; ni aquella Rodopea que fué abandonada por Demofón, ni Alcides cuando tuvo a Iole encerrada en su pecho. Aquí empero no hay arrepentimiento, sino regocijo; no de las culpas, que jamás vuelven a la memoria, sino de la sabiduría que ordenó este cielo y provee sus influjos. Aquí se contempla el arte que adorna y embellece tantas cosas creadas, y se descubre el bien por el cual el mundo de arriba obra directamente sobre el de abajo. Mas a fin de que queden satisfechos todos los deseos que te han nacido en esta esfera, es preciso que lleve más adelante mis instrucciones. Tú quieres saber quién está en esa luz que centellea cerca de mí, como un rayo de Sol en el agua pura y cristalina. Sabe, pues, que en su interior es dichosa Rahab, y unida a nuestro coro, brilla en él con el esplendor más eminente. Ascendió a este cielo, en el que termina la sombra que proyecta vuestro mundo, antes que ninguna otra alma se viese libre por el triunfo de Cristo. Era justo dejarla en algún cielo como trofeo de la alta victoria que El alcanzó con ambas palmas; porque aquella mujer favoreció las primeras hazañas de Josué en la Tierra Santa, que tan poco excita la memoria del Papa. Tu ciudad, que debió su origen a aquel que fué el primero en volver las espaldas a su Hacedor y cuya envidia ocasionó tantas lágrimas, produce y esparce las malditas flores, que han descarriado a las ovejas y los corderos, porque han convertido en lobo al pastor. Por eso están abandonados el Evangelio y los grandes doctores, y tan sólo se estudian las Decretales, según lo indica lo usado de sus márgenes. A eso se dedican el Papa y los cardenales: sus pensamientos no llegan a Nazareth, allí donde Gabriel abrió las alas; pero el Vaticano y demás sitios elegidos de Roma, que han sido el cementerio de la milicia que siguió a Pedro, pronto se verán libres del adulterio.

