CANTO DECIMO
Manuel Aranda y Sanjuan translation

L inefable poder primero, juntamente con su hijo y con el amor que de uno y otro eternamente procede, hizo con tanto orden todo cuanto concibe la inteligencia y ven los ojos, que no es posible a nadie contemplarlo sin gustar de sus bellezas. Eleva, pues, lector, conmigo tus ojos hacia las altas esferas, por aquella parte en que un movimiento se encuentra con otro, y empieza a recrearte en la obra de aquel Maestro, que la ama tanto en su interior, que jamás separa de ella sus miradas. Observa cómo desde allí se desvía el círculo oblicuo, conductor de los planetas, para satisfacer al mundo que le llama. Y si el camino de aquéllos no fuese inclinado, más de una influencia en el cielo sería vana, y como muerta aquí abajo toda potencia. Y si al girar se alejaran más o menos de la línea recta, dejaría mucho que desear arriba y abajo el orden del mundo. Ahora, lector, permanece tranquilo en tu asiento, meditando acerca de estas cosas que aquí sólo se bosquejan, si quieres que te causen mayor deleite antes que tedio. Te he puesto delante el alimento; tómalo ya por ti mismo, porque el asunto de que escribo reclama para sí todos mis cuidados.
El mayor ministro de la naturaleza, que imprime en el mundo la virtud del Cielo y mide el tiempo con su luz, giraba, juntamente con aquella parte de que te he hablado antes, por las espirales en que cada día se nos presenta más temprano. Yo estaba en él, sin haber notado mi ascensión, sino como nota el hombre una idea después que se le ocurre. ¡Oh Beatriz! ¡Cuán esplendorosa no debía de estar por sí misma, ella que de tal modo me hacía pasar de bien a mejor tan súbitamente, que su acción no se sujetaba al transcurso del tiempo! Lo que por dentro era el Sol, donde yo entraba, y lo que aparecía, no por medio de colores, sino de luz, jamás pudiera imaginarse, aun cuando para explicarlo llamase en mi auxilio el ingenio, el arte y todos sus recursos; pero puede creérseme, y debe desearse verlo. Y si nuestra fantasía no alcanza a tanta altura, no es maravilla; pues nadie ha visto un resplandor que supere al del Sol. Como él era allí la cuarta familia[125] del Padre Supremo, que siempre sacia sus deseos, mostrándole cómo engendra al Hijo, y cómo procede el Espíritu. Y Beatriz exclamó:
—Da gracias, da gracias al Sol de los ángeles, que por su bondad te ha elevado a este Sol sensible.
Jamás ha habido un corazón humano tan dispuesto a la devoción y a entregarse a Dios tan vivamente con todo su agradecimiento, como el mío al oír aquellas palabras; y puse en El de tal modo todo mi amor, que Beatriz se eclipsó en el olvido. No le desagradó; antes por el contrario, se sonrió; y el esplendor de sus ojos sonrientes dividió en muchos mi pensamiento absorto en uno solo. Vi muchos espíritus vivos y triunfantes, más gratos aún por su voz que relucientes a la vista, los cuales, tomándonos por centro, nos formaron una corona de sí mismos. No de otro modo vemos a veces a la hija de Latona rodeada de un cerco, cuando el aire, impregnado de vapores, retiene las substancias de que aquél se compone. En la corte del cielo, de donde vuelvo, se encuentran muchas joyas, tan raras y bellas, que no es posible hallarlas fuera de aquel reino; y una de estas joyas era el encanto de aquellos fulgores: el que no se provea de alas para volar hasta allí, espere tener noticias de aquel canto como si las preguntase a un mudo.
Después que, cantando de esta suerte, aquellos ardientes soles dieron tres vueltas en derredor nuestro, como las estrellas próximas a los fijos polos, me parecieron semejantes a las mujeres, que, sin dejar el baile, se detienen escuchando con atención, hasta que han conocido cuáles son las nuevas notas. Y oí que del interior de una de aquellas luces salían estas palabras:
—Ya que el rayo de la gracia, en que se enciende el verdadero amor, y que después crece amando, resplandece en ti tan multiplicado, que te conduce hacia arriba por aquella escala de donde nadie desciende sin volver a subir de nuevo, el que negase a tu sed el vino de su redoma se vería en el mismo estado de violencia en que está el agua impedida de correr hasta el mar. Tú quieres saber de qué flores se compone esta guirnalda, que acaricia en torno a la hermosa Dama que te da ánimo para subir al cielo. Yo fuí uno de los corderos del santo rebaño que condujo Domingo por el camino en que el alma se fortifica si no se extravía. Este, que está el más próximo a mi derecha, fué mi maestro y mi hermano; es Alberto de Colonia, y yo Tomás de Aquino. Si quieres saber quiénes son los demás, sigue mis palabras con tus miradas, dando la vuelta a la bienaventurada corona. Aquel otro esplendor brota de la sonrisa de Graciano, tan útil por sus escritos a uno y otro fuero, que mereció el Paraíso. El otro que le sigue fué Pedro,[126] que, como la pobre viuda, ofreció su tesoro a la Santa Iglesia. La quinta luz,[127] que es la más bella entre nosotros, se abrasa en tal amor, que todo el mundo tiene abajo sed de sus noticias. Dentro de ella está el alto espíritu, donde se albergó tan profunda sabiduría, que si la verdad es verdad, ninguno otro ascendió a tanto saber. Después contempla la luz de aquel cirio, que ha sido el que en vida vió mejor la naturaleza y el ministerio de los ángeles.[128] En aquella diminuta luz sonríe el abogado de los tiempos cristianos, cuya doctrina aprovechó Agustín.[129] Si diriges ahora la mirada de tu entendimiento de luz en luz, siguiendo mis elogios, debes ya tener sed de conocer la octava. Dentro de ella se recrea en la vista del soberano Bien el alma santa que pone de manifiesto las falacias del mundo a quien atentamente escucha sus doctrinas. El cuerpo de donde fué separada yace en Cieldauro,[130] y desde el martirio y el destierro ha venido a disfrutar de esta paz celestial. Ve más allá fulgurar el ardiente espíritu de Isidoro, el de Beda y el de Ricardo,[131] que en sus contemplaciones fué más que hombre. Esa, de quien se separa tu mirada para fijarse en mí, es la luz de un espíritu que, considerando tranquilamente la vanidad del mundo, deseó morir. Es la luz eterna de Sigieri,[132] que ejerciendo el profesorado en la calle de la Paja, excitó la envidia por sus verdaderos silogismos.
En seguida, como el reloj que nos llama a la hora en que la Esposa de Dios principia a cantar maitines a su Esposo, a fin de que la ame, y cuyas ruedas mueven unas a otras, y apresuran a la que va delante hasta que ese oye "tin tin" con notas tan dulces, que el espíritu felizmente dispuesto se inflama de amor; así vi yo en la gloriosa esfera moverse y responder las voces a las voces con una armonía tan llena de dulzura, que sólo puede conocerse allá donde la dicha se eterniza.


CANTO UNDECIMO

H insensatos afanes de los mortales!, ¡cuán débiles son las razones que os inducen a bajar el vuelo y a rozar la Tierra con vuestras alas! Mientras unos se dedicaban al foro, y otros se entregaban a los aforismos de la medicina; y éstos seguían el sacerdocio, y aquéllos se esforzaban en reinar por la fuerza de las armas, haciendo creer en su derecho por medio de sofismas; y algunos rodaban, y otros se consagraban a los negocios civiles; y muchos se enervaban en los placeres de la carne, y bastantes por fin se daban a la ociosidad, yo, libre de todas estas cosas, había subido con Beatriz hasta el cielo, donde tan gloriosamente fuí acogido. Después que cada uno de aquellos espíritus hubo vuelto al punto del círculo en que antes estaba, tan inmóvil como la bujía de un candelero, la luz[133] que me había hablado anteriormente se hizo más esplendorosa y risueña, y dentro de ella oí una voz que comenzó a decir de esta manera:
—Así como yo me enciendo a los rayos de la luz eterna, del mismo modo, mirándola, conozco la causa de donde proceden tus pensamientos. Tú dudas, y quieres que mi boca emplee palabras tan claras y ostensibles, que pongan al alcance de tu inteligencia las que pronuncié antes cuando dije: "Camino en que el alma se fortifica;" y las otras: "Ningún otro ascendió." En cuanto a éstas, es preciso hacer una distinción. La Providencia, que gobierna al mundo con el consejo en que se abisma la mirada de todo sér creado antes de penetrar en el fondo, a fin de que la Esposa de Aquél, que con su bendita sangre se unió a ella en altas voces, corriese hacia su amado segura de sí misma y siéndole más fiel, envió en su ayuda dos príncipes, que para entrambos objetos le sirvieran de guías. El uno fué todo seráfico en su ardor; el otro, por su sabiduría, resplandeció en la Tierra con la luz de los querubines.[134] Hablaré de uno solo; pues elogiando a cualquiera de ellos indistintamente, se habla de los dos, porque sus obras tendieron a un mismo fin. Entre el Tupino y el agua que desciende del collado elegido por el beato Ubaldo, baja un fértil declive de un alto monte, del cual Perusa siente venir el calor y el frío por la parte de Porta Sole, y tras de cuyo monte lloran oprimidas Nocera y Gualdo. En el sitio donde aquella pendiente es menos rápida, vino al mundo un Sol, resplandeciendo como éste a veces cuando asoma sobre las márgenes del Ganges. Quien hable de ese lugar, no le llame Asís, pues diría muy poco: si quiere hablar con propiedad, llámele Oriente. Aun no distaba mucho de su nacimiento, cuando aquel Sol comenzó a hacer que la Tierra sintiese algún consuelo con su gran virtud; pues siendo todavía muy joven, incurrió en la cólera de su padre por inclinarse a una dama,[135] a quien, como a la muerte, nadie acoge con gusto; y ante la corte espiritual "et coram patre" se unió a ella, amándola después más y más cada día. Ella, privada de su primer marido,[136] permaneció despreciada y obscura mil cien años y más, sin que nadie lo solicitase hasta que vino éste. De nada le valió que se oyera decir cómo aquel que hizo temer a todo el mundo la encontró alegre con Amiclates, cuando llamó a su puerta: ni le valió haber sido constante y animosa hasta el punto de ser crucificada con Cristo, mientras María estaba al pie de la Cruz. Mas, para no continuar en un estilo demasiado obscuro, reconoce en mis difusas palabras que estos dos amantes son Francisco y la Pobreza. Su concordia y sus placenteros semblantes, su amor maravilloso y sus dulces miradas inspiraban santos pensamientos a otros; de tal modo que el venerable Bernardo fué el primero que se descalzó para correr en pos de tanta paz, y aun corriendo le parecía llegar tarde. ¡Oh riqueza ignorada! ¡Oh verdadero bien! Egidio se descalza, se descalza también Silvestre por seguir al Esposo; tanto es lo que les agrada la Esposa. Desde allí partió aquel padre y maestro con su mujer y con aquella familia, ceñida ya del humilde cordón; y sin que una vil cobardía le hiciese bajar la frente por ser hijo de Pedro Bernardone, ni por su apariencia asombrosamente despreciable, manifestó con gran dignidad sus rígidas intenciones a Inocencio, de quien recibió la primera aprobación de su orden. Luego que fué aumentado en torno suyo la pobre gente, cuya admirable vida se cantaría mejor entre las glorias del Cielo, el Eterno Espíritu, valiéndose de Honorio, coronó de nuevo el santo propósito de aquel archimandrita; y cuando éste, sediento del martirio, predicó en presencia del soberbio Soldán la doctrina de Cristo y de los que le siguieron, encontrando aquella gente poco dispuesta a la conversión, para no permanecer inactivo, volvió a recoger el fruto de las plantas de Italia. Sobre un áspero monte, entre el Tíber y el Arno, recibió de Cristo el último sello, que sus miembros llevaron durante dos años. Cuando plugo a Aquél que le había elegido para tan gran tarea elevarle a la recompensa que mereció por haberse humillado, recomendó a sus hermanos, como a herederos legítimos, el cuidado de su más querida Esposa, y que la amaran con fe: y en el seno de ella quiso el alma preclara desprenderse para volver a su reino, sin permitir que a su cuerpo se le diese otra sepultura. Piensa ahora cuál fué el digno colega de Francisco, encargado de mantener la barca de Pedro en alta mar y dirigirla hacia su objeto: ese fué, pues, nuestro patriarca; por lo cual, el que le sigue, según él manda, puede decir que adquiere buena mercancía. Pero su rebaño se ha vuelto tan codicioso de nuevo alimento, que no puede menos de esparcirse por distintos prados; y cuanto más lejos de él van sus vagabundas ovejas, más exhaustas de leche vuelven al redil. Algunas de ellas, temiendo el peligro, se agrupan junto al pastor; pero son tan pocas, que no se necesita mucho paño para sus capas. Así pues, si mis palabras no son obscuras, si me has escuchado con atención, y si tu mente recuerda lo que te he dicho, tu deseo debe estar en parte satisfecho; porque habrás visto la causa de que la planta se desgaje, y comprenderás la distinción que hice al decir: "Donde el alma se fortifica, si no se extravía."
