CANTO CUARTO
Manuel Aranda y Sanjuan translation

UANDO por efecto del placer o del dolor de que se siente afectada alguna de nuestras facultades, el alma entera se concentra en esa facultad, parece que no atienda a ninguna otra; y esto demuestra el error de los que creen que en nosotros arde un alma sobre otra alma. Por eso mismo, cuando se oye o ve alguna cosa que absorbe fuertemente el alma en su contemplación, el tiempo se desliza sin que el hombre se aperciba de ello; porque una es la facultad que escucha, y otra la que cautiva por completo el alma: ésta está como atada; aquella es libre. Yo adquirí una prueba de esta verdad oyendo y admirando a aquel espíritu; pues había el Sol ascendido cincuenta grados sobre el horizonte, sin que yo lo echase de ver, cuando llegamos a un punto en que las almas exclamaron a una voz: "Aquí está el objeto de vuestra demanda."
Cualquier portillo de los que suele tapar el aldeano con un manojo de espinos, cuando maduran las uvas, es mayor que el sendero por donde subimos solos mi Maestro y yo, cuando la multitud de almas se separó de nosotros. Bastan los pies para ir a San Leo, para bajar a Noli, para ascender hasta la elevada cumbre de Bismantua; pero aquí es preciso que el hombre vuele: quiero decir, como volaba yo, conducido por las ligeras alas y por las plumas de un gran deseo, detrás de Aquel que reanimaba mi esperanza y me iluminaba. Ibamos subiendo por el sendero excavado en el peñasco, cuyas quebradas rocas nos estrechaban por ambos lados, y el suelo que pisábamos nos obligaba a ayudarnos con pies y manos. Cuando llegamos a sitio descubierto, sobre el rellano de la alta base del monte, dije:
—Maestro mío, ¿qué camino seguiremos?
Y él me contestó:
—No des ningún paso hacia abajo: prosigue subiendo detrás de mí hacia la cima de este monte, hasta que se nos aparezca algún experto guía.
La cima era tan alta, que no podía alcanzarla la vista, y la subida mucho más empinada que la línea que divide en dos partes el cuadrante. Yo estaba ya cansado, y entonces exclamé:
—¡Oh amado Padre! Vuélvete, y mira que me quedo aquí solo, si no te detienes.
—Hijo mío, haz por llegar hasta aquel punto—respondió mostrándome una prominencia que rodeaba por aquel lado toda la montaña.
Sus palabras me aguijonearon de tal modo, que me esforcé cuanto pude trepando hasta donde él estaba, tanto que puse mis plantas sobre aquella especie de cornisa. Nos sentamos allí ambos, vueltos hacia Levante, por cuyo lado habíamos subido; pues suele agradar la contemplación del camino que uno ha hecho. Primeramente dirigí los ojos al fondo, después los levanté hacia el Sol, y me admiraba de que éste nos iluminase por la izquierda.
El Poeta observó que me quedaba estupefacto, mirando el carro de la luz que iba a pasar entre nosotros y el Aquilón; por lo cual me dijo:
—Si Cástor y Pólux estuvieran en compañía de aquel espejo, que ilumina al mundo tanto por arriba como por abajo, verías al Zodíaco refulgente girar más próximo aún a las Osas, a no ser que saliese fuera de su antiguo camino. Y si quieres comprender cómo puede suceder esto, reconcentra tu pensamiento, y considera que el monte Sion está situado sobre la Tierra, relativamente a éste, de modo que ambos tienen un mismo horizonte y diferentes hemisferios; por lo cual, si tu inteligencia te permite discernir con claridad, verás cómo el camino que por su mal no supo recorrer Faetón, debe ir necesariamente por un lado de este monte, al paso que va por el opuesto lado de aquel otro.
—En verdad. Maestro mío—le contesté—, nunca había visto tan claramente como ahora distingo estas cosas, para cuya comprensión no me parecía bastante apto mi ingenio. Por las razones que me has dado entiendo que el círculo intermedio del primer móvil, llamado Ecuador en alguna ciencia, y que permanece siempre entre el Sol y el invierno, dista de aquí tanto hacia el Septentrión, cuanto los Hebreos lo veían hacia la parte cálida. Pero, si te place, quisiera saber cuanto hemos de andar aún; pues el monte se eleva más de lo que puede alcanzar mi vista.
—Esta montaña es tal—me respondió—, que siempre cuesta trabajo empezar a subirla, y cuanto más va para arriba es menos fatigoso. Cuando te parezca tan suave, que subas ligeramente por ella como van por el agua las naves, entonces habrás llegado al fin de este sendero: espera, pues, a conseguirlo para descansar de tu fatiga. Y no respondo más, pues sólo esto tengo por cierto.
Cuando hubo terminado de decir estas palabras, resonó cerca de nosotros una voz que decía: "Quizá te veas precisado antes a sentarte." Al sonido de aquella voz, volvímonos, y vimos a la izquierda un gran peñasco, en el que no habíamos reparado antes ninguno de los dos. Nos dirigimos hacia allí, donde estaban algunos espíritus reposando a la sombra detrás del peñasco, como quien lo hace por indolencia. Uno de ellos, que me parecía cansado, estaba sentado con las rodillas abrazadas, reposando sobre ellas su cabeza.
—¡Oh amado Señor mío!—dije entonces—: contempla a ése, que se muestra más negligente que si fuese hermano de la pereza.
Entonces se volvió hacia nosotros, y nos examinó, dirigiendo su mirada por encima de los muslos, y diciendo:
—Vé, pues, allá arriba, tú que eres tan valiente.
Conocí entonces quién era; y aquella fatiga que agitaba todavía un poco mi respiración, no me impidió acercarme a él. Cuando estuve a su lado, alzó apenas la cabeza, diciendo:
—¿Has comprendido bien por qué el Sol dirige su carro por tu izquierda?
Sus perezosos movimientos y sus lacónicas palabras hicieron asomar una sonrisa a mis labios; después dije:
—Belacqua, ahora ya no me conduelo de ti: pero dime, ¿por qué estás aquí sentado? ¿Esperas algún guía, o es que has vuelto a tus antiguas costumbres?
Contestóme:
—¡Oh, hermano! ¿Para qué he de ir arriba, si no ha de permitirme llegar al sitio de la expiación el Angel de Dios, que está sentado a su puerta? Antes que yo entre por ella, es necesario que el cielo dé tantas vueltas en torno mío, cuantas dió en el transcurso de mi vida, por haber aplazado los buenos suspiros hasta la hora de mi muerte; a no ser que me auxilie una plegaria, que se eleve de un corazón que viva en la gracia. ¿De qué sirven las demás, si no han de ser oídas en el cielo?
Ya el Poeta subía delante de mí diciendo:
—No te detengas más: mira que el Sol toca al Meridiano, y la Noche cubre ya con su pie la costa de Marruecos.


CANTO QUINTO

E había alejado ya de aquellas sombras, y seguía las huellas de mi Guía, cuando detrás de mí, y señalándome con el dedo, gritó una de ellas:
—Mirad; no se nota que el Sol brille a la izquierda de aquel de más abajo, que marcha al parecer como un vivo.
Al oír estas palabras, volví la cabeza, y vi que las sombras miraban con admiración, no solamente a mí, sino también a la luz interceptada por mi cuerpo.
—¿Por qué se turba tanto tu ánimo—dijo el Maestro—, que así acortas el paso? ¿Qué te importa lo que allí murmuran? Sígueme, y deja que hable esa gente. Sé firme como una torre, cuya cúspide no se doblega jamás al embate de los vientos: el hombre en quien bulle pensamiento sobre pensamiento, siempre aleja de sí el fin que se propone; porque el uno debilita la actividad del otro.
¿Qué otra cosa podría yo contestarle sino: "Ya voy?" Así lo hice, cubierto algún tanto de aquel color que hace a veces al hombre digno de perdón. En tanto, de través por la cuesta venían hacia nosotros algunas almas entonando, versículo a versículo, el "Miserere." Cuando observaron que yo no daba paso al través de mi cuerpo a los rayos solares, cambiaron su canto en un "¡Oh!" ronco y prolongado: y dos de ellas, a guisa de mensajeros, corrieron a nuestro encuentro, diciendo:
—Hacednos sabedores de vuestra condición.
Mi Maestro contestó:
—Podéis iros y referir a los que os han enviado, que el cuerpo de éste es de verdadera carne. Si se han detenido, según me figuro, por ver su sombra, bastante tienen con tal respuesta: hónrenle, porque podrá serles grato.
Jamás he visto a prima noche los vapores encendidos, ni a puesta del Sol las exhalaciones de Agosto, hendir el Cielo sereno tan rápidamente como corrieron aquellas almas hacia sus compañeras; y una vez allí, regresaron adonde estábamos, juntas con las demás, como escuadrón que corre a rienda suelta.
—Esa gente que se agolpa hacia nosotros es numerosa—dijo el Poeta—, y vienen a dirigirte alguna súplica: tú, sin embargo, sigue adelante, y escucha mientras andas.
—¡Oh alma, que, para llegar a la felicidad, vas con los miembros con que naciste!—venían gritando—: modera un poco tu paso. Repara si has conocido a alguno de nosotros, de quien puedas llevar allá noticias. ¡Ah! ¿Por qué te vas? ¿Por qué no te detienes? Todos hemos terminado nuestros días por muerte violenta, y fuimos pecadores hasta la última hora: entonces la luz del Cielo iluminó nuestra razón tan bien, que, arrepentidos y perdonados, abandonamos la vida en la gracia de Dios, que nos abrasa por el gran deseo que tenemos de verle.
Yo les contesté:
—Aun cuando no reconozco las desfiguradas facciones de ninguno de vosotros, no obstante, si deseáis de mí algo que me sea posible, espíritus bien nacidos, yo lo haré por aquella paz que se me hace buscar de mundo en mundo, siguiendo los pasos de este Guía.
Uno de ellos empezó diciendo:
—Todos confiamos en tu benevolencia sin necesidad de que lo jures, a no ser que la impotencia destruya tu buena voluntad. Yo, que hablo solo antes que los demás, te ruego que si ves alguna vez aquel país que se extiende entre la Romanía y el de Carlos,[49] me concedas en Fano el dón de tus preces, a fin de que los buenos rueguen allí por mí, de modo que yo pueda purgar mis graves pecados. De allí fuí yo: pero las profundas heridas por donde salió la sangre en la que me asentaba, me fueron hechas en el territorio de los Antenóridas,[50] donde creía encontrarme más seguro. El de Este lo ordenó, porque me odiaba mucho más de lo que le permitía la justicia; pero si yo hubiese huído hacia la Mira, cuando llegué a Oriaco, aún estaría allá donde se respira: corrí al pantano, donde las cañas y el lodo me embarazaron tanto, que caí, y vi formarse en tierra un lago con la sangre de mis venas.
Después me dijo otro:
—¡Ay! Así se cumpla el deseo que te conduce a esta elevada montaña, dígnate auxiliar al mío con obras de piedad. Yo fuí de Montefeltro, y soy Buonconte. Ni Juana ni los otros se cuidan de mí; por lo cual voy entre éstos con la cabeza baja.
Le pregunté:
—¿Qué violencia o qué aventura te sacó fuera de Campaldino, que no se supo nunca donde está tu sepultura?
—¡Oh!—me respondió—; al pie del Casentino corre un río llamado Archiano, que nace en el Apenino encima del Ermo. Allí donde pierde su nombre, llegué yo con el cuello atravesado, huyendo a pie y ensangrentando la llanura. Allí perdí la vista, y mi última palabra fué el nombre de María; allí caí, y no quedó más que mi carne. Te diré la verdad, y tú la referirás entre los vivos: el ángel de Dios me cogió, y el del Infierno gritaba: "¡Oh tú, venido del Cielo! ¿Por qué me lo quitas? Te llevas la parte eterna de éste por una pequeña lágrima que me le arrebata; pero yo trataré de diferente modo la otra parte." Tú sabes bien cómo se condensa en el aire ese húmedo vapor, que se convierte en lluvia en cuanto sube hasta donde le sorprende el frío: pues bien, el demonio, juntando a su entendimiento aquella malevolencia que sólo procura hacer daño, con el poder inherente a su naturaleza, agitó el vapor y el viento. En cuanto se extinguió el día, cubrió de nieblas el valle desde Pratomagno hasta el Apenino, e hizo tan denso aquel cielo, que el espeso aire se convirtió en agua: cayó la lluvia, y el agua que la tierra no pudo absorber fué a parar a los barrancos, y uniéndose a la de los torrentes, se precipitó hacia el río real con tal rapidez, que nada podía contenerla. El Archiano furioso encontró mi cuerpo helado en su embocadura, lo arrastró hacia el Arno, y separó mis brazos que había puesto en cruz sobre el pecho cuando me venció el dolor. Después de haberme volteado por sus orillas y su fondo, me cubrió y rodeó con la arena que había hecho desprenderse de los campos.
—¡Ah!, cuando vuelvas al mundo, y hayas descansado de tu largo viaje—continuó un tercer espíritu, luego que hubo acabado de hablar el segundo—, acuérdate de mí, que soy la Pía.[51] Siena me hizo, y las Marismas me deshicieron: bien lo sabe aquel que, siendo ya viuda, me puso en el dedo su anillo enriquecido de piedras preciosas.


CANTO SEXTO

UANDO, acabado el juego de la zara, se desparten los jugadores, el que pierde se queda triste, pensando en las jugadas, y aprendiendo entonces con sentimiento el modo de que debió haberse valido para ganar: con el ganancioso se van los circunstantes; y uno por delante, otro por detrás y otro por el lado procuran hacerse presentes al afortunado; éste no se detiene aunque los escucha a todos, hasta que tiende a uno su mano, que por ello deja de atosigarle, librándose así de los empujones de la multitud. Así estaba yo en medio de aquella compacta muchedumbre de almas, volviendo a uno y otro lado el rostro, hasta que, merced a mis promesas, pude desprenderme de ellas. Allí estaban el Aretino que recibió la muerte de los brazos crueles de Ghin di Tacco, y el otro que se ahogó al darle caza sus enemigos. Allí oraba, con los brazos extendidos, Federico Novello, y aquel de Pisa, que dió ocasión de demostrar la grandeza de su alma al buen Marzucco. Vi al conde Orso, y a aquella alma separada de su cuerpo por hastío y por envidia, como ella misma decía, y no por sus culpas; a Pedro de la Broccia, digo: y bien es menester que provea en ello la princesa de Brabante, mientras esté por acá, si no quiere verse colocada entre peores compañeros.
Cuando me vi libre de todas aquellas sombras, que rogaban para que otros rogasen por ellas, a fin de abreviar el tiempo de su purificación, empecé a decir:
—Parece que me niegas expresamente en algún texto, ¡oh luz que desvaneces mis dudas!, que la oración aplaca los decretos del cielo; y sin embargo, esta gente ruega para conseguirlo. ¿Será, pues, vana su esperanza? ¿O es que no he comprendido bien el sentido de tus palabras?
A lo que me contestó:
—Lo que escribí es muy claro, y la esperanza de ésos no se verá fallida, si se examina con recto sentido. No se menoscaba el alto juicio divino, porque el fuego amoroso de la caridad cumpla en un instante lo que deben satisfacer los que aquí están relegados; y allí, donde senté tal máxima, la oración no tenía la virtud de borrar las faltas, porque el objeto de aquélla estaba alejado de Dios. No te detenga, sin embargo, tan profunda duda, hasta que te la desvanezca aquélla que ha de iluminar tu entendimiento, mostrándole la verdad. No sé si me entiendes: hablo de Beatriz, a quien verás risueña y feliz sobre la cumbre de este monte.
Yo repuse:
—Mi buen Guía, caminemos más de prisa: pues ya no me canso tanto como antes, y la montaña proyecta su sombra hacia este lado.
—Avanzaremos hoy tanto como podamos—me respondió—; pero el camino es muy diferente de lo que te figuras. Antes que lleguemos arriba, verás volver a aquel que ahora se oculta tras de la cuesta, y cuyos rayos no quiebras en este momento. Pero ve allí un alma que, inmóvil y completamente sola, dirige hacia nosotros sus miradas: ella nos enseñará el camino más corto.
Llegamos junto a ella. ¡Oh alma lombarda, cuán altanera y desdeñosa estabas, y cuán noble y grave era el movimiento de tus ojos! Ella no nos decía nada; pero dejaba que nos aproximásemos, mirando únicamente como el león cuando reposa. Virgilio se le acercó, rogándole que nos enseñase la subida más fácil; pero ella, sin contestar a su pregunta, quiso informarse acerca de nuestro país y de nuestra vida; y al empezar mi Guía a decir. "Mantua...," la sombra, que antes estaba como concentrada en sí misma, corrió hacia él desde el sitio en que se encontraba, diciendo: "¡Oh, mantuano!, yo soy Sordello, de tu tierra." Y se abrazaron mutuamente.
¡Ah Italia esclava, albergue de dolor, nave sin timonel en medio de una gran tempestad, no ya señora de provincias, sino de burdeles! Al dulce nombre de su país natal, aquel alma gentil se apresuró a festejar a su conciudadano; al paso que tus vivos no saben estar sin guerra, y se destrozan entre sí aquellos a quienes guarda una misma muralla y un mismo foso. Busca, desgraciada, en derredor de tus costas, y después contempla en tu seno si alguna parte de ti misma goza de paz. ¿Qué vale que Justiniano te enfrenara, si la silla está vacía? Tu vergüenza sería menor sin ese mismo freno. ¡Ah, gentes que debierais ser devotas, y dejar al César en su trono, si comprendierais bien lo que Dios ha prescrito! Mirad cuán arisca se ha vuelto esa Italia, por no haber sido castigada a tiempo con las espuelas, desde que os apoderasteis de sus riendas. ¡Oh alemán Alberto, que la abandonas, al verla tan indómita y salvaje, cuando debiste oprimir sus ijares! Caiga sobre tu sangre el justo castigo del Cielo, y sea éste tan nuevo y evidente, que sirva también de temeroso escarmiento a tu sucesor, ya que tú y tu padre, alejados de aquí por ambición, habéis tolerado que quede desierto el jardín del imperio. Hombre indolente, ven a ver a los Montecchi y a los Cappelletti, a los Monaldi y Filippeschi, aquéllos ya tristes, y éstos poseídos de amargos recelos. Ven, cruel, ven; y mira la opresión de tus nobles, y remedia sus males, y verás cuán segura está Santaflora. Ven a ver a tu Roma, que llora, viuda y sola, exclamando día y noche: "¡César mío! ¿Por qué no estás en mi compañía?" Ven y contempla cuán grande es el mutuo amor de la gente; y si nada te mueve a compasión de nosotros, ven a avergonzarte de tu fama. Y, séame lícito preguntarte, ¡oh sumo Jove, que fuiste crucificado por nosotros en la tierra! ¿Están vueltos hacia otra parte tus justos ojos? ¿O es que nos vas preparando de ese modo, en lo profundo de tus pensamientos, para recibir algún gran bien que no puede prever nuestra inteligencia? Porque la tierra de Italia está llena de tiranos; y el hombre más ruin, al ingresar en un partido, se convierte en un Marcelo.
Florencia mía, bien puedes estar satisfecha de esta digresión, que no habla contigo, merced a tu pueblo que tanto se ingenia. Hay muchos que tienen la justicia en el corazón, pero son tardíos en aplicarla, porque temen disparar el arco imprudentemente; mas tu pueblo la tiene en la punta de sus labios. Muchos rehusan los cargos públicos; pero tu pueblo responde solícito, sin que le llamen, y grita: "Yo los acepto." Alégrate, pues, que motivo tienes para ello. Eres rica, disfrutas tranquilidad, tienes prudencia. Si digo la verdad, claramente lo demuestran los hechos. Atenas y Lacedemonia, que hicieron las antiguas leyes y fueron tan civilizadas, dieron un débil ejemplo de vivir bien, comparadas contigo; pues dictas tan sutiles decretos, que los que expides en Octubre no llegan a mediados de Noviembre. ¿Cuántas veces, en el tiempo a que alcanza la memoria, has cambiado de leyes, de monedas, de oficios y de costumbres, y renovado tus habitantes? Y si quieres recordarlo y ver la luz, conocerás que eres semejante a aquella enferma, que no encuentra posición que le cuadre sobre la pluma, y procura hacer más llevadero su dolor dando continuas vueltas.


CANTO SEPTIMO

ESPUES de haber cambiado entre sí tres o cuatro veces corteses y halagüeños saludos, Sordello se hizo un poco atrás, y dijo:
—¿Quiénes sois?
—Mis huesos fueron sepultados por mandato de Octavio, antes que se hubiesen dirigido hacia esta montaña las almas dignas de subir hasta Dios. Yo soy Virgilio, que perdí el cielo por no tener fe, y no por otra culpa.
Así respondió mi Guía. Como el que de improviso ve una cosa que le asombra, y a la que no sabe si dar o no crédito, diciendo: "es, no es," así se quedó aquél: después bajó los ojos, se adelantó humildemente hacia él, y le abrazó en el sitio del cuerpo donde alcanza el pequeño.
—¡Oh gloria de los latinos—dijo—, por quién nuestra lengua demostró cuánto podía! ¡Honor eterno del lugar donde nací! ¿Qué mérito o qué gracia permite que yo te vea? Si es que soy digno de oír tus palabras, dime si vienes del Infierno, y de qué recinto.
—He llegado hasta aquí pasando por todos los círculos del reino del llanto—respondióle—; la virtud del cielo me guía, y con ella vengo. No por lo que he hecho, sino por lo que no he hecho, he perdido la facultad de contemplar el alto Sol que tú deseas, y que conocí demasiado tarde. Allá abajo hay un lugar triste, no por los martirios, sino por las tinieblas, donde en vez de lamentos como gritos, sólo resuenan suspiros. Allí estoy yo con los inocentes párvulos, mordidos por los dientes de la muerte antes de que fueran lavados del pecado original. Allí estoy yo con aquellos que no se cubrieron con las tres virtudes santas, aunque, exentos de vicios, conocieron y observaron las demás. Pero danos algún indicio, si es que puedes y sabes, a fin de que lleguemos más pronto al sitio donde tiene verdadero principio el Purgatorio.
Sordello respondió:
—Aquí no tenemos designado un punto fijo, y a mí me es lícito subir andando alrededor por la montaña: te serviré de guía por todos los parajes hasta donde puedo llegar. Pero advierte que ya declina el día; y no siendo posible ir arriba de noche, convendrá que pensemos en buscar un buen abrigo. Algo lejos de aquí, a la derecha, hay algunas almas: si quieres, te conduciré adonde están, seguro de que te agradará conocerlas.
—¿Cómo es eso?—le contestó—. Quien quisiera subir de noche, ¿se vería detenido por alguien? ¿O es acaso que no podría subir?
El buen Sordello pasó su dedo por el suelo, diciendo:
—¿Ves esta sola línea? Pues no la atravesarás después de haberse ocultado el Sol; no por otra causa, sino porque te lo impedirán las tinieblas nocturnas; las cuales, con la impotencia que originan, contrarrestan la voluntad. Con ellas, podríase muy bien volver abajo y recorrer la cuesta vagando en torno, mientras el día esté bajo el horizonte.
Entonces mi Señor, como asombrado, repuso:
—Condúcenos adonde dices que puede ser agradable permanecer.
Nos habíamos alejado un poco de allí, cuando eché de ver que el monte estaba hendido como los valles que hay en nuestro hemisferio.
—Iremos—dijo aquella sombra—allá donde la cuesta forma una cavidad, y esperaremos en ella el nuevo día.
Un sendero tortuoso, entre pendiente y llano, nos condujo a un lado de aquella cavidad, en donde las orillas que la circundan descienden más de la mitad de su altura. El oro y la plata fina, la púrpura, el albayalde, el añil azul y brillante, y las esmeraldas recientemente talladas en el momento en que se desprenden sus trozos, serían vencidos en brillantez por las hierbas y las flores de aquella cavidad, como lo menor es vencido por lo mayor. La naturaleza no había ostentado solamente allí sus adornos, sino que con la suavidad de mil aromas había formado un olor indistinto y desconocido para nosotros. Allí vi sentadas sobre la verdura y entre las flores algunas almas, que desde fuera no podían distinguirse, por ocultarlas las laderas del valle, las cuales estaban cantando el "Salve Regina." El Mantuano, que nos había conducido por el tortuoso sendero, nos dijo:
—No pretendáis que os guíe hasta donde están ésos, antes de que se oculte el poco Sol que queda. Desde esta altura veréis las acciones y los rostros de todos, mejor que si estuvierais entre ellos en el mismo valle. Aquel que está sentado en el puesto más alto, que en su actitud parece haberse descuidado de hacer lo que debía, y cuya boca no se mueve para cantar con los demás, fué el emperador Rodolfo, que pudo curar las heridas que han dado muerte a Italia, de tal modo, que tarde le vendrá de otro el remedio. El que con su presencia conforta al primero, gobernó la tierra donde nace el agua que el Moltava conduce al Elba, y el Elba al mar. Llamóse Ottokar, y ya en la infancia fué mucho mejor príncipe que su hijo Wenceslao cuando barbado, a quien enervaron el ocio y la lujuria. Y aquel romo, que parece consultar con tanta intimidad al otro de benigno aspecto, murió huyendo y marchitando la flor de lis: mirad cómo se golpea el pecho; y ved cómo el otro, suspirando, apoya su mejilla en la palma de la mano. Padre y suegro son del mal de Francia: saben que su vida es grosera y viciosa, y de ahí proviene el dolor que les aflige. Aquel que parece tan corpulento,[52] y que canta acorde con el narigudo,[53] llevó ceñida la cuerda de toda virtud; y si después de él hubiera reinado más tiempo el jovencito que a su espalda se sienta,[54] bien habría pasado el valor de padre a hijo; lo cual no se puede decir de sus otros herederos Jaime y Fadrique conservan los reinos; pero ninguno de ellos posee la mejor herencia. Raras veces renace por las ramas la humana probidad; pues así lo quiere Aquél que nos la da, para que se la pidamos. No menos se dirigen mis palabras al narigudo, que al otro, a Pedro, que canta con él; pues de su descendencia se lamentan ya la Pulla y la Provenza. La planta es inferior a su semilla tanto, cuanto más que Beatriz y Margarita se gloria Constanza aún de su marido. Ved ahí al rey de sencilla vida, sentado aparte y solo, a Enrique de Inglaterra: éste ha producido mejores vástagos. Aquel que está en el suelo más abajo que los otros, mirando hacia arriba, es el marqués Guillermo, por quien Alejandría y sus guerreros hacen llorar hoy al Monferrato y al Canavés.


CANTO OCTAVO

RA ya la hora en que se enternece el corazón de los navegantes, y renace su deseo de abrazar a los caros amigos, de quienes el mismo día se han despedido, y en que el novel viajero se compunge de amor, si oye a lo lejos alguna campana, que parezca plañir al moribundo día; cuando dejé de oír, y comencé a mirar a una de aquellas almas, que, puesta en pie, hacía señas con la mano en ademán de que las otras la escuchasen. Unió y levantó ambas palmas, dirigiendo sus ojos hacia Oriente, como si dijese a Dios: "Sólo en ti pienso;" y salió de su boca tan devotamente y con tan dulces notas el "Te lucis ante," que el placer me hizo salir fuera de mí. Aguza bien aquí la vista, ¡oh lector!, para descubrir la verdad; porque el velo es ahora tan sutil, que te será en efecto sumamente fácil atravesarlo.
Vi luego a aquel ejército gentil, pálido y humilde, que en silencio contempla el cielo, como esperando algo; y vi salir de las alturas y descender al valle dos ángeles con dos espadas flamígeras, truncadas y privadas de sus puntas. Verdes como las tiernas hojas que acaban de brotar eran sus vestiduras, y agitadas por las plumas de sus alas, verdes también, flotaban por detrás a merced del viento. El uno se posó algo más arriba de donde estábamos; el otro descendió hacia el lado opuesto; de suerte que las almas quedaron entre ellos. Se distinguía perfectamente su blonda cabellera; pero al querer mirar sus facciones, se ofuscaba la vista, como se ofusca toda facultad, por la excesiva fuerza de las impresiones.
—Ambos vienen del seno de María—dijo Sordello—para guardar el valle contra la serpiente, que acudirá a él en breve.
Y yo, que no sabía por qué sitio había de venir, miré en torno mío, y helado de terror, me arrimé cuanto pude a las fieles espaldas. Sordello continuó:
—Ahora descendamos hacia donde están esas grandes sombras, y hablaremos con ellas: les será muy grato veros.
Sólo había descendido tres pasos, según creo, cuando ya me encontré abajo, y vi uno que me miraba como si hubiera querido conocerme. El aire iba ya obscureciéndose, pero no tanto que entre sus ojos y los míos no permitiese ver lo que antes por la distancia se ocultaba. Vino hacia mí, y yo me adelanté hacia él. ¡Noble juez! ¡Oh, Nino! ¡Con cuánto placer vi que no estabas entre los condenados! No hubo amistoso saludo que no nos dirigiésemos; después me preguntó:
—¿Cuánto tiempo hace que has llegado al pie de este monte a través de las lejanas aguas?
—¡Ah!—le dije—; esta mañana he llegado pasando por tristes lugares, y estoy aún en la primera vida; aunque al hacer este viaje, voy preparándome para la otra.
Apenas oyeron mi respuesta, cuando Sordello y él retrocedieron como hombres poseídos de un repentino espanto. El primero se volvió hacia Virgilio, y el otro hacia uno que estaba sentado, gritando: "Ven, Conrado, ven a ver lo que Dios por su gracia permite." Después, dirigiéndose a mí, exclamó:
—Por la singular gratitud que debes a Aquél que oculta de tal modo su primitivo origen, que no es posible penetrarlo, cuando estés más allá de las anchurosas aguas, di a mi Juana, que pida por mí allí donde se oyen los ruegos de los inocentes. No creo que su madre me ame ya, pues ha dejado las blancas tocas, que la desventurada echará de menos algún día. Por ella se comprende fácilmente cuánto dura en una mujer el fuego del amor, si la vista o el íntimo trato no lo alimenta. La víbora que campea en las armas del Milanés no le proporcionará tan hermosa sepultura como se la hubiera dado el gallo de Gallura.[55]
Así decía, y en todo su aspecto se veía impreso el sello de aquel recto celo que arde con mesura en el corazón. Entretanto, mis ojos se dirigían ávidos hacia la parte del cielo donde es más lento el curso de las estrellas, como sucede en los puntos de una rueda más próximos al eje. Mi Guía me preguntó:
—Hijo mío, ¿qué miras allá arriba?
Y yo le contesté:
—Aquellas tres antorchas[56], en cuya luz arde todo el polo hacia esta parte.
Y él repuso:
—Las cuatro estrellas brillantes que viste esta mañana, han descendido por aquel lado, y éstas han subido donde estaban aquéllas.
Mientras él hablaba, Sordello se le acercó, diciendo: "He ahí a nuestro adversario;" y extendió el dedo para que mirásemos hacia el sitio que indicaba. En la parte donde queda indefenso el pequeño valle, había una serpiente, que quizá era la que dió a Eva el amargo manjar. Se adelantaba el maligno reptil por entre la hierba y las flores, volviendo de vez en cuando la cabeza, y lamiéndose el lomo como un animal que se alisa la piel. No puedo decir cómo se movieron los azores celestiales, pues no me fué posible distinguirlo; pero sí vi a entreambos en movimiento. Sintiendo que sus verdes alas hendían el aire, huyó la serpiente, y los ángeles se volvieron a su puesto con vuelo igual. La sombra que se acercó al juez, cuando éste la llamó, no dejó un momento de mirarme durante todo aquel asalto.
—Que la antorcha que te conduce hacia arriba encuentre en tu voluntad tanta cera cuanta se necesita para llegar al sumo esmalte—empezó a decir—; si sabes alguna noticia positiva del Val di Magra o de su tierra circunvecina, dímela, pues yo era señor en aquel país: fuí llamado Conrado Malaspina, no el antiguo, sino descendiente suyo, y tuve para con los míos un amor que aquí se purifica.
—¡Oh!—le contesté—; no estuve nunca en vuestro país; pero ¿a qué parte de Europa no habrá llegado su fama? La gloria que honra vuestra casa da tal renombre a sus señores y a la comarca entera, que tiene noticia de ella aun aquel que no la ha visitado. Y os juro, así pueda llegar a lo alto de este monte, que vuestra honrosa estirpe no pierde la prez que le han conquistado su bolsa y su espada. Sus buenas costumbres y excelente carácter la colocan en tan privilegiado puesto, que aunque el perverso jefe aparte al mundo del verdadero camino, ella va por el recto sendero despreciando el torcido.
El replicó:
—Ve, pues; que antes de que el Sol entre siete veces en el espacio que Aries con sus cuatro patas cubre y abarca, esa opinión cortés te será clavada en medio de la cabeza con clavos mayores que lo pueden ser las palabras de otro, si no se cambia el curso de lo dispuesto por la Providencia.


CANTO NONO

A concubina del viejo Titón, desprendida de los brazos de su dulce amigo, alboreaba ya en los linderos orientales, reluciendo su frente de rica pedrería colocada en la forma del frío animal que sacude a la gente con la cola;[57] y ya por el lugar donde nos hallábamos había dado la Noche dos de los pasos con que asciende, y el tercero inclinaba hacia abajo su vuelo, cuando yo, que tenía conmigo la flaqueza de Adán, vencido del sueño, me tendí en la hierba sobre que estábamos sentados los cinco.
A la hora del amanecer, cuando la golondrina empieza sus tristes endechas, quizá en memoria de sus primeros ayes, y cuando nuestro espíritu, más libre de los lazos de la carne y menos asediado de pensamientos, es casi divino en sus visiones, parecióme ver entre sueños un águila con plumas de oro suspendida del cielo, con las alas abiertas y preparada a bajar, y creía estar allí donde Ganimedes abandonó a los suyos, cuando fué arrebatado a la celestial asamblea. Yo pensaba entre mí: "Quizá esta águila tenga la costumbre de cazar aquí solamente, y puede ser que en otro sitio se desdeñe de levantar en alto la presa con sus garras." Después me pareció que, dando algunas vueltas, bajaba terrible como un rayo, y me arrebataba hasta la esfera del fuego, donde parecía que ardiésemos los dos; y de tal modo me quemaba aquel incendio imaginario, que se interrumpió súbitamente mi sueño. No de otra suerte se sobresaltó Aquiles revolviendo en torno suyo sus ojos desvelados y sin saber donde se encontraba, cuando su madre, robándolo a Quirón, le transportó dormido en sus brazos a la isla de Scyros, de donde le sacaron después los griegos, como me sobresalté yo, apenas huyó el sueño de mi rostro; y me puse pálido como el hombre a quien hiela el espanto. A mi lado estaba únicamente mi Protector; el Sol había salido hacía ya más de dos horas, y yo me hallaba con la cara vuelta hacia el mar.
—No temas—dijo mi Señor—; tranquilízate, que estamos en buen lugar. Da rienda suelta a tu vigor, lejos de reprimirlo, pues has llegado ya junto al Purgatorio; mira allí el muro que le cerca en derredor; y mira la entrada en aquel sitio donde parece estar roto. Durante el alba que precede al día, cuando tu alma dormía dentro del cuerpo sobre las flores que allá abajo adornan el suelo, vino una dama y dijo: "Yo soy Lucía: déjame coger a ese que duerme, y haré que recorra más ágilmente su camino." Sordello se quedó con las otras nobles sombras; ella te cogió, y cuando fué de día, se vino hacia arriba y yo seguí sus huellas: aquí te dejó, habiéndome antes designado con sus bellos ojos aquella entrada abierta; y después, ella y tu sueño desaparecieron al mismo tiempo.
Me quedé como el hombre que ve sus dudas convertidas en certidumbre, y cuyo miedo se trueca en fortaleza, cuando le han descubierto la verdad; y viéndome tranquilo mi Guía, empezó a subir por la calzada, y yo seguí tras él hacia lo alto.
Lector: bien ves cómo ensalzo el objeto de mis cantos: no te admire, pues, si procuro sostenerlo cada vez con más arte. Nos aproximamos hasta llegar al sitio que antes me había parecido ser una rotura, semejante a la brecha que divide un muro; y vi una puerta a la cual se subía por tres gradas de diferentes colores, y un portero que aún no había proferido ninguna palabra. Y como yo abriese cada vez más los ojos, le vi sentado sobre la grada superior, con tan luminoso rostro, que no podía fijar en él mi vista. Tenía en la mano una espada desnuda, que reflejaba sus rayos hacia nosotros de tal modo, que en vano intentó fijar en ella mis miradas.
—Decidme desde ahí: ¿qué queréis?—empezó a decir.—¿Dónde está el que os acompaña? Cuidad que vuestra llegada no os sea funesta.
—Una dama del Cielo, enterada de estas cosas—le respondió mi Maestro—, nos ha dicho hace poco: "Id allí: aquella es la puerta."
—Ella guía felizmente vuestros pasos—replicó el cortés portero—. Llegad, pues, y subid nuestras gradas.
Nos adelantamos: el primer escalón era de mármol blanco, tan bruñido y terso, que me reflejé en él tal como soy: el segundo, más obscuro que el color turquí, era de una piedra calcinada y áspera, resquebrajada a lo largo y de través: el tercero, que gravita sobre los demás, me parecía de un pórfido tan rojo como la sangre que brota de las venas. Sobre este último tenía ambas plantas el Angel de Dios, el cual estaba sentado en el umbral, que me pareció formado de diamante. Mi Guía me condujo de buen grado por los tres escalones, diciendo:
—Pide humildemente que se abra la cerradura.
Me postré devotamente a los pies santos: le pedí por misericordia que abriese, pero antes me dí tres golpes en el pecho. Con la punta de su espada me trazó siete veces en la frente la letra P[58], y dijo:
—Procura lavar estas manchas cuando estés dentro.
En seguida sacó de debajo de sus vestiduras, que eran del color de la ceniza o de la tierra seca, dos llaves, una de las cuales era de oro y la otra de plata: primero con la blanca, y luego con la amarilla, hizo en la puerta lo que yo deseaba.
—Cuando una de estas llaves falsea, y no gira con regularidad por la cerradura—nos dijo—, esta entrada no se abre. Una de ellas es más preciosa; pero la otra requiere más arte e inteligencia antes de abrir, porque es la que mueve el resorte. Pedro me las dió, previniéndome que más bien me equivocara en abrir la puerta, que en tenerla cerrada, siempre que los pecadores se prosternen a mis pies.
Después empujó la puerta hacia el sagrado recinto, diciendo:
—Entrad; mas debo advertiros que quien mira hacia atrás vuelve a salir.
Entonces giraron en sus quicios los espigones de la sacra puerta, que son de metal, macizos y sonoros; y no produjo tanto fragor, ni se mostró tan resistente la de la roca Tarpeya, cuando fué arrojado de ésta el buen Metelo, por el cual quedó luego vacía. Yo me volví atento al primer ruido, y me pareció oír voces que cantaban al son de dulces acordes: "Te Deum laudamus." Tal impresión hizo en mí aquello que oía, como la que ordinariamente se recibe cuando se oye el canto acompañado del órgano, que tan pronto se perciben como dejan de percibirse las palabras.
