CANTO DECIMO
Manuel Aranda y Sanjuan translation

UANDO hubimos traspasado el umbral de la puerta que se abre pocas veces, porque la mala inclinación de las pasiones lo impide, haciendo aparecer recta la vía tortuosa, conocí por el ruido que acababa de cerrarse; y si yo hubiese vuelto mis ojos hacia ella, ¿qué excusa hubiera sido digna de tal falta? Subíamos por la hendedura de una roca, la cual ondulaba tortuosamente, semejante a la ola que va y viene.
—Aquí—dijo mi Guía—, es preciso que tengamos alguna precaución, acercándonos, ya por un lado, o por otro, a las ondulaciones de esta hendedura.
Y este cuidado hizo tan lentos nuestros pasos, que la Luna llegó a su lecho para acurrucarse, antes que nosotros saliésemos de aquel angosto camino. Mas cuando estuvimos arriba, libres y al descubierto, en el paraje donde se interna el monte, nos encontramos, yo fatigado, y ambos inciertos de la dirección que debíamos seguir, en un rellano más solitario que sendero a través del desierto. Desde el borde exterior hasta el pie del alto tajo que se alza en la parte interior, aquel rellano sólo tendría de anchura tres veces un cuerpo humano; y hasta donde mis ojos alcanzaban, tanto por la izquierda como por la derecha, parecíame siempre igual esta especie de cornisa. Aún no habíamos dado un paso por aquella vía, cuando observé que el tajo interior y escueto, por el cual no se podía subir, era de mármol blanco, y adornado de tan preciosas entalladuras, que no ya Policleto, sino la Naturaleza en presencia de ellas habría sido superada y vencida. El ángel que bajó a la Tierra con el decreto de la paz por tantos años suspirada, y abrió las puertas del cielo después de su prolongada clausura, se ofreció a nuestra vista con tanta verdad, y en tan dulce actitud esculpido, que no parecía una figura silenciosa. Hubiérase jurado que hablaba diciendo: "Ave;" porque también estaba allí representada la que dió vuelta a la llave para abrir al Amor supremo. En su actitud se veían impresas estas palabras: "Ecce ancilla Dei," tan propiamente como aparece una figura sellada en la cera.
—No fijes tu atención en un solo punto—me dijo el querido Maestro—, que me tenía cerca de sí en el lado que los hombres tienen el corazón.
Volví el rostro, y hacia la parte donde se encontraba el que movía mis pasos, vi después de María otra historia esculpida en la roca; y para examinarla mejor, pasé al otro lado de Virgilio, y me aproximé a ella. Estaban tallados en el mismo mármol el carro y los bueyes conduciendo el Arca santa, por la cual es temible desempeñar un cargo que Dios no ha confiado. Delante de ella veíase alguna gente, dividida en siete coros, que a dos de mis sentidos hacía decir: a uno, "sí canta," y a otro, "no canta." En igual discordancia ponía a mi vista y a mi olfato el humo del incienso que estaba allí representado. El humilde Salmista, danzando y saltando, precedía al vaso bendito; y en aquella ocasión era más y menos que rey. Desde lo alto de un gran palacio que había enfrente, Micol lo contemplaba como mujer despechada y mohina. Moví mis pies más allá del sitio en que me encontraba, para examinar de cerca otra historia que resaltaba después de Micol. Allí estaba escrita en piedra la alta gloria del príncipe romano, cuya insigne virtud movió a Gregorio para alcanzar su gran victoria: hablo del emperador Trajano. Asida al freno de su caballo se veía a una viuda, penetrada de dolor y deshecha en lágrimas: en torno suyo aparecía una considerable multitud de caballeros, sobre cuyas cabezas se movían al viento las águilas de oro. La desventurada, metida entre todos ellos, parecía decir: "Señor, véngame de la muerte de mi hijo, que me ha traspasado el corazón;" y él responderle: "Espérate a que yo vuelva;" y ella replicar, como persona a quien impacienta su mismo dolor: "Señor mío, ¿y si no vuelves?" Y él: "Quien ocupe mi lugar te vengará." Y ella: "¿Qué te importa el bien que pueda hacer otro, si te olvidas del que puedes hacer tú?" Y él por último: "Tranquilízate; preciso es que cumpla con mi deber antes de ponerme en marcha: la justicia lo quiere, y la piedad me detiene." Aquel que no vió jamás cosa nueva produjo este hablar visible, nuevo para nosotros, porque no se encuentra en la Tierra nada parecido. Mientras yo me deleitaba contemplando aquellas imágenes de tanta humildad, más que por su belleza, gratas a la vista, por ser quien era su Artífice, el poeta murmuraba:
—Mira cuántas almas se dirigen hacia acá con paso lento: ellas nos conducirán a las gradas superiores.
Mis ojos atentos a mirar para ver las novedades de que se mostraban tan ávidos, no fueron tardos en volverse hacia él. No quiero, ¡oh lector!, que te apartes de tus buenas disposiciones, oyendo cómo Dios quiere que se paguen las deudas. No presten atención a la forma de estas penas, sino a lo que en pos de ellas vendrá: piensa que, en el último y peor resultado, no pueden prolongarse más allá de la gran sentencia. Yo empecé a decir:
—Maestro, lo que veo dirigirse hacia nosotros no me parecen personas, ni sé lo que es; pues se desvanece a mi vista.
Me contestó:
—La abrumadora condición de sus tormentos les hace inclinarse de tal modo hacia el suelo, que aun mis ojos dudaron al principio; pero mira allí fijamente, descubre con tu vista lo que viene debajo de aquellas peñas, y podrás juzgar cuál es el tormento de cada uno de ellos.
¡Oh cristianos soberbios, miserables y débiles, que enfermos de la vista del entendimiento, os fiáis en vuestros pasos retrógrados! ¿No observáis que somos gusanos nacidos para formar la angelical mariposa, que dirige su vuelo sin impedimento hacia la justicia de Dios? ¿Por qué se engríe soberbio vuestro ánimo, cuando sólo sois defectuosos insectos, como crisálidas que no llegan a desarrollarse? Así como, para sostener un piso o un techo, se ve a veces por ménsula una figura cuyas rodillas se doblan hasta el pecho, la cual, con ser fingido su esfuerzo, produce verdadera aflicción en quien la mira, del mismo modo vi yo a aquellas almas cuando las examiné con cuidado. Es cierto que estaban más o menos contraídas, según era mayor o menor el peso que soportaban; pero aun la que más paciente y aliviada se mostraba en sus movimientos parecía decir llorando: "No puedo más."

CANTO UNDECIMO

H padre nuestro, que estás en los cielos, aunque no circunscrito a ellos, sino por el mayor amor que arriba sientes hacia los primeros efectos! Alabados sean tu nombre y tu poder por las criaturas, así como se deben dar gracias a las dulces emanaciones de tu bondad. Venga a nos la paz de tu reino, a la que no podemos llegar por nosotros mismos, a pesar de toda nuestra inteligencia, si ella no se dirige hacia nosotros. Así como los ángeles te sacrifican su voluntad entonando Hosanna, deben sacrificarte la suya los hombres. Danos hoy el pan cuotidiano, sin el cual retrocede por este áspero desierto aquel que más se afana por avanzar. Y así como nosotros perdonamos a cada cual el mal que nos ha hecho padecer, perdónanos tú benigno, sin mirar a nuestros méritos. No pongas a prueba nuestra virtud, que tan fácilmente se abate, contra el antiguo adversario, sino líbranos de él, que la instiga de tantos modos. No hacemos, ¡oh Señor amado!, esta última súplica por nosotros, pues ya no tenemos necesidad de ella, sino por los que tras de nosotros quedan."
De esta suerte, pidiendo para ellas y para nosotros un feliz viaje, iban aquellas almas soportando su carga, semejante a la que a veces cree uno llevar cuando sueña. Desigualmente cargadas y desfallecidas caminaban alrededor del primer círculo, a fin de purificarse de las vanidades del mundo. Si desde allí siempre se ruega por nosotros, ¿qué no podrán decir y hacer por ellas desde aquí los que a su voluntad reúnen la gracia divina? Es preciso ayudarles a lavarse las manchas que del mundo llevaron, para que puedan llegar, limpias y ágiles, hasta las estrelladas esferas.
—¡Ah! Que la justicia y la piedad os alivien pronto de vuestro peso, de modo que podáis desplegar las alas y elevaros según vuestro deseo: mostradnos por qué lado se va más pronto hacia la escala; y si hay más de un camino, enseñadnos cuál es el menos pendiente, pues este que viene conmigo es muy tardo en subir, a causa de la carne de Adán de que va revestido.
No pudimos averiguar de quién procedían las palabras que respondieron a éstas que había proferido aquel a quien yo seguía; pero contestaron:
—Venid con nosotros, a mano derecha, por la orilla, y encontraréis un sendero por donde puede subir una persona viva. Y si no me lo impidiera este peñasco, que doma mi soberbia cerviz, y me obliga a llevar la cabeza baja, miraría a ese que vive aún y no se nombra, para ver si le conozco, y para excitar su piedad por mi suplicio. Yo fuí latino e hijo de un gran toscano: mi padre fué Guillermo Aldobrandeschi; no sé si habréis oído alguna vez su nombre. La antigua nobleza y las brillantes acciones de mis antepasados me hicieron tan arrogante, que no pensando en nuestra madre común, tuve tanto desprecio hacia los demás hombres, que este desprecio causó mi muerte, como saben los sieneses, y como sabe en Campagnatico todo el que habla. Yo soy Umberto; y no es a mí solo a quien ha perjudicado el orgullo, sino que también ha acarreado la desgracia de todos mis parientes. Por mis pecados me veo en la precisión de soportar aquí este peso, hasta dejar a Dios satisfecho: ya que no lo hice entre los vivos, debo hacerlo entre los muertos.
Al oirle, bajé la cabeza; y uno de ellos, que no era el que hablaba, se volvió bajo el peso que lo agobiaba: me vió, conocióme, y me llamó, teniendo los ojos fijos con gran trabajo en mí, que caminaba inclinado junto a ellos.
—¡Oh!—le dije—; ¿no eres tú Oderisi, honor de Agobbio y de aquel arte que llaman de iluminar en París?
—Hermano—me dijo—: más agradan los dibujos que ilumina Francisco Bolognese: ahora todo el honor es suyo, si bien yo participo de él. No hubiera yo sido en vida tan generoso, a causa del gran deseo de sobresalir en mi arte que dominaba mi corazón. De tal soberbia aquí se paga la pena; y estoy aquí, gracias a que, cuando aún podía pecar, volví mi alma a Dios. ¡Oh vanagloria del ingenio humano! ¡Cuán poco dura tu lozano verdor, cuando no alcanza épocas de ignorancia! Creía Cimabue ser árbitro en el campo de la pintura, y ahora es Giotto al que se aclama, de modo que ha quedado obscurecida la fama de aquél: de igual suerte un Guido ha despojado a otro de la gloria de la lengua[59], y acaso ha nacido ya quien arroje a los dos de su nido. El rumor del mundo no es más que un soplo, que tan pronto viene de un lado, como de otro, y cambia de nombres por lo mismo que cambia de sitios. ¡Qué mayor fama será la tuya de aquí a mil años, separando de ti tu cuerpo envejecido, que si hubieses muerto antes de dejar el "pappo" y el "dindi"[60]? Ese espacio de tiempo, comparado con la eternidad, es mucho más corto que un abrir y cerrar de ojos respecto al círculo que más lentamente se mueva en el cielo. En toda la Toscana resonó el nombre del que camina paso a paso delante de mí; y ahora apenas se le menciona en Siena, de donde era Señor cuando fué destruída la ira florentina, que en aquel tiempo era tan altanera, como prostituta es ahora. Vuestra fama es semejante al color de la hierba, que viene y va; y el que la decolora es el mismo que hace brotar sus tiernos tallos.
Le contesté:
—Tus verídicas palabras infunden en mi corazón una buena humildad, y abaten mi hinchazón; pero ¿quién es ese del cual hablabas ahora?
—Es—me respondió—Provenzano Salvani—; está aquí, porque tuvo la presunción de reunir en su mano todo el gobierno de Siena. Ha marchado y continúa marchando sin reposo desde que murió; pues en tal moneda paga quien allá se ha mostrado demasiado audaz.
Le repliqué:
—Si un espíritu que, para arrepentirse, aguarda llegar al límite de la vida, permanece en la parte inferior de la montaña, y a no ser que le ayude una ferviente oración, no sube a este sitio hasta haber transcurrido un espacio de tiempo igual al que vivió, ¿cómo es que se le ha permitido a ése venir aquí?
—Cuando vivía en medio de su mayor gloria—dijo—, se presentó en la plaza de Siena deponiendo toda vanidad, y allí, para librar a un amigo suyo[61] del cautiverio que sufría en la prisión de Carlos, se portó de modo que temblaban todas sus venas. No te diré más: sé que te hablo en términos obscuros; pero no transcurrirá mucho tiempo sin que tus conciudadanos obren de modo que te permitirán penetrar el sentido de mis palabras. Esta acción le ha valido traspasar los límites del Purgatorio.

