CANTO VIGESIMONONO
Manuel Aranda y Sanjuan translation

ESPUES de aquellas últimas palabras, continuó cantando cual mujer enamorada: "Beati, quorum tecta sunt peccata"[89]: y a la manera de las ninfas, que andaban solas por las umbrías selvas, complaciéndose unas en huír del Sol, y otras en verle, púsose a caminar por la orilla contra la corriente del río; y yo al igual de ella, seguí sus cortos pasos con los míos. Entre los dos no habíamos aún adelantado ciento, cuando las dos riberas equidistantes presentaron una curva, de tal modo que me encontré vuelto hacia Oriente. A poco de andar así, volvióse la Dama enteramente a mí, diciendo: "Hermano mío, mira y escucha." Y he aquí que por todas partes iluminó la selva un resplandor tan súbito, que dudé si había sido un relámpago; mas como éste desaparece en cuanto brilla, y aquél duraba cada vez más resplandeciente, decía yo entre mí: "¿Qué será esto?" Circulaba por el luminoso aire una dulce melodía, por lo cual mi buen celo me hizo censurar el atrevimiento de Eva; pues que allí, donde obedecían la tierra y el cielo, una mujer sola y apenas formada, no pudo sufrir el permanecer bajo ningún velo; cuando si hubiera permanecido resignado bajo él, habría yo gozado más pronto, y luego eternamente aquellas inefables delicias.
Mientras iba yo enteramente absorto en la contemplación de tantas primicias del placer eterno, y deseoso todavía de más dichas, el aire, semejante a un gran fuego, apareció ante nosotros inflamado bajo las verdes ramas, y la dulce armonía que habíamos percibido se convirtió en un canto claro y distinto. ¡Oh sacrosantas Vírgenes! Si alguna vez he soportado por vosotras el hambre, el frío y las vigilias, prestadme en cambio la ayuda, que la necesidad me obliga a demandaros. Es preciso que Helicón derrame para mí sus aguas, y que el coro de Urania me ayude a poner en versos cosas apenas concebibles.
Parecióme ver algo más allá siete árboles de oro[90], engañado por la gran distancia que todavía mediaba entre nosotros y ellos; mas cuando me hube aproximado tanto, que la semejanza engañadora del sentido no perdía ya por la distancia ninguno de sus rasgos distintivos, la facultad que prepara materia al raciocinio me hizo conocer que eran candelabros, y que las voces cantaban "Hosanna." Los hermosos muebles llameaban en su parte superior despidiendo una luz mucho más clara que la Luna a media noche y a la mitad de su mes. Me volví lleno de admiración al buen Virgilio, y él me respondió con una mirada no menos llena de asombro. Después fijé de nuevo mi atención en los altos candelabros, los cuales avanzaban en nuestra dirección tan lentamente que una recién desposada los habría vencido en celeridad. La Dama me gritó:
—¿Por qué contemplas con tanto ardor esas vívidas luces, y no reparas en lo que viene tras de ellas?
Entonces vi venir detrás de las luces, y como guiadas por éstas, muchos personajes[91], vestidos de un blanco tan puro como no ha brillado jamás en el mundo. A la izquierda resplandecía el agua, y reflejaba la parte izquierda de mi cuerpo; así es que me miraba en ella como en un espejo. Cuando desde mi orilla llegué a un punto en que únicamente el río me separaba de aquéllos, me detuve para mirar mejor, y vi las llamas caminando hacia adelante, dejando tras de sí pintado el aire con rasgos semejantes a banderolas extendidas; de modo que sobre ellas se veían claramente siete listas formadas de los colores de que el Sol hace su arco y Delia su cinturón. Aquellas listas se extendían por el cielo más allá de lo que alcanzaba mi vista, y según me pareció, las de los extremos distaban entre sí diez pasos una de otra[92]. Bajo el hermoso cielo que describo, se adelantaban de dos en dos veinticuatro ancianos coronados de azucenas[93]. Todos cantaban: "Bendita tú eres entre las hijas de Adán, y benditas sean eternamente tus bellezas." Después que las flores y las frescas hierbecillas que había en la otra ribera frente a mí se vieron libres de aquellos espíritus elegidos, así como en el cielo siguen unas a otras las estrellas, en pos de los ancianos vinieron cuatro animales, con ellos coronados de verdes hojas[94]. Cada uno tenía seis alas, con las plumas llenas de ojos, como serían los de Argos si viviese[95]. Lector, no empleo mis rimas en describir las formas de estos animales, pues me contiene tanto el gasto futuro, que no puedo ser ahora pródigo; pero puedes leer a Ezequiel, que los pinta tales como los vió acudir de las frías regiones, con el viento, con las nubes y con el fuego; y del mismo modo que los encontrarás en sus libros, así se presentaban aquí si se exceptúa que, en cuanto a las alas, Juan está conmigo y se separa de él. El espacio que quedaba entre los cuatro lo ocupaba un carro triunfal sobre dos ruedas, que iba tirado por un grifo. Este extendía sus alas ante la lista de en medio y las tres de ambos lados, sin que interceptara ninguna de ellas al hender el espacio entre las mismas comprendido. Se elevaban tanto, que se las perdía de vista: la parte de su cuerpo que era ave tenía los miembros de oro, y los de la otra parte eran blancos manchados de rojo. Ni Escipión el Africano, ni aun Augusto, hicieron jamás recrearse a Roma en la contemplación de un carro tan bello, y aun comparado con él, sería pobre aquel carro del Sol, que desviándose de su camino, fué abrasado, por los ruegos de la Tierra suplicante, cuando Júpiter fué misteriosamente justo.
Tres mujeres venían danzando en redondo al lado de la rueda derecha; una de ellas tan roja, que apenas se la hubiera distinguido dentro del fuego: la otra era como si su carne y sus huesos fuesen de esmeralda: la tercera parecía nieve recién caída[96]. Tan pronto iba a la cabeza la blanca, como la roja; y según el canto de ésta, así las demás ajustaban el paso, avanzando lentas o rápidas. Hacia la izquierda del carro venían gozosas otras cuatro vestidas de púrpura asustando sus movimientos al de una de ellas, que tenía tres ojos en la cabeza.[97] En pos de estos grupos de que acabo de hablar, vi dos ancianos con diferentes vestiduras; pero iguales en su actitud, venerable y reposada. Uno de ellos parecía ser de los discípulos de aquel gran Hipócrates, a quien hizo la naturaleza en favor de los seres animados que le son más queridos;[98] el otro demostraba un cuidado contrario, con una espada tan reluciente y aguda, que a través del río me causó miedo.[99] Después vi otros cuatro de humilde apariencia;[100] y detrás de todos venía un anciano solo y durmiendo, pero con la faz inspirada.[101] Estos siete estaban vestidos como los veinticuatro primeros; pero no iban coronados de azucenas, sino de rosas y de otras flores coloradas; quien los hubiese visto desde algo lejos, habría jurado que ardía una llama sobre sus sienes. Cuando el carro estuvo frente a mí, se oyó un trueno; y aquellos dignos personajes, como si se les hubiera prohibido seguir adelante, se detuvieron allí al mismo tiempo que los candelabros.


CANTO TRIGESIMO

UANDO se detuvo el septentrión del primer Cielo, que no conoció nunca orto ni ocaso, ni más niebla que el velo que sobre él corrió el pecado, y que allí enseñaba a cada cual su deber, como el septentrión más bajo lo enseña al que dirige el timón para llegar al puerto, los veraces personajes que iban entre el Grifo y los siete candelabros se volvieron hacia el carro, como hacia el fin de sus deseos; y uno de ellos como enviado del Cielo, exclamó tres veces cantando: "Veni, sponsa, de Libano," y todos los demás cantaron lo mismo después de él. Así como los bienaventurados, cuando llegue la hora del juicio final, se levantarán con presteza de sus tumbas, cantando "Aleluya" con su voz recobrada por fin, del mismo modo se elevaron sobre el carro divino, "ad vocem tanti senis," cien ministros y mensajeros de la vida eterna. Todos decían: "Benedictus qui venis," y después, esparciendo flores por encima y alrededor, añadían: "Manibus o date lilia plenis."
Yo he visto, al romper el día, la parte oriental enteramente sonrosada, el resto del cielo adornado de una hermosa serenidad, y la faz del Sol naciente cubierta de sombras, de suerte que a través de los vapores que amortiguaban su resplandor, podía contemplarla el ojo por largo tiempo: del mismo modo, a través de una nube de flores que salía de manos angelicales y caía sobre el carro y en torno suyo, se me apareció una dama coronada de oliva sobre un velo blanco, cubierta de un verde manto, y vestida del color de una vívida llama.[102] Mi espíritu, que hacía largo tiempo no había quedado abatido, temblando de estupor en su presencia, sin que mis ojos la reconocieran, sintió no obstante el gran poder del antiguo amor, a causa de la oculta influencia que de ella emanaba. En cuanto hirió mis ojos la alta virtud que me había avasallado antes de que yo saliera de la infancia, me volví hacia la izquierda, con el mismo respeto con que corre el niño hacia su madre, cuando tiene miedo, o cuando está afligido, para decir a Virgilio: "No ha quedado en mi cuerpo una sola gota de sangre que no tiemble; reconozco las señales de mi antigua llama." Pero Virgilio nos había privado de sí; Virgilio, el dulcísimo padre, Virgilio, que me había sido enviado por aquélla para mi salvación. Ni aun todo lo que perdió la antigua madre pudo impedir que mis mejillas enjutas se bañaran en triste llanto.
—¡Dante, no llores todavía; no llores todavía porque Virgilio se vaya, pues es preciso que llores por otra herida!
Como el almirante que va de popa a proa examinando la gente que monta los otros buques, y la anima a portarse bien, del mismo modo sobre el borde izquierdo del carro, vi yo, cuando me volví al oír mi nombre, que aquí se consigna por necesidad, a la Dama que se me apareció anteriormente velada por los halagos angelicales, dirigiendo sus ojos hacia mí de la parte acá del río. Aunque el velo que descendía de su cabeza, rodeado de las hojas de Minerva, no permitiese que se distinguieran sus facciones, con su actitud regia y altiva continuó de esta suerte, como aquel que al hablar reserva las palabras más calurosas para lo último:
—Mírame bien, soy yo; soy en efecto Beatriz, ¿Cómo te has dignado subir a este monte? ¿No sabías que el hombre es aquí dichoso?
Mis ojos se inclinaron hacia las limpias ondas; pero viéndome reflejado en ellas, los dirigí hacia la hierba: tanta fué la vergüenza que abatió mi frente. Parecióme Beatriz tan terrible como una madre irritada a su hijo, porque amarga el sabor de la piedad acerba. Ella guardó silencio, y los ángeles cantaron de improviso: "In te Domine speravi;" pero no pasaron de "pedes meos." Así como la nieve se congela y endurece al soplo de los vientos de Esclavonia, entre los árboles que crecen sobre el dorso de Italia; y luego se licúa por sí misma, en cuanto la tierra que pierde la sombra envía su aliento, semejante al fuego que derrite una vela; así me quedé sin lágrimas ni suspiros antes que cantasen aquéllos cuyas notas responden siempre a la armonía de las esferas celestiales: mas cuando comprendí por sus dulces palabras que se compadecían de mí más que si hubiesen dicho: "Mujer, ¿por qué así le maltratas?," el hielo que oprimía mi corazón se deshizo en suspiros y agua, y junto con mi angustia, salió del pecho por la boca y por los ojos. Estando Ella, sin embargo, inmóvil sobre el costado izquierdo del carro, dirigió de este modo sus palabras a las compasivas substancias:
—Vosotros veláis en el eterno día, de modo que ni la noche ni el sueño os roban ninguno de los pasos que da el siglo en su camino: así pues, responderé con más cuidado, a fin de que me comprenda el que allí llora, y sienta un dolor proporcionado a su falta. No solamente por influencia de las grandes esferas que dirigen cada semilla hacia algún fin, según la virtud de la estrella que la acompaña, sino también por la abundancia de la gracia divina (cuya lluvia desciende de tan altos vapores, que no puede alcanzarlos nuestra vista), fué tal ése en su edad temprana por natural disposición, que todos los buenos hábitos habrían producido en él admirables efectos; pero el terreno mal sembrado e inculto se hace tanto más maligno y salvaje, cuanto mayor vigor terrestre hay en él. Por algún tiempo le sostuve con mi presencia: mostrándole mis ojos juveniles, le llevaba conmigo en dirección del camino recto; pero tan pronto como estuve en el umbral de la segunda edad, y cambié de vida, ése se separó de mí y se entregó a otros amores. Cuando subí desde la carne al espíritu, y hube crecido en belleza y virtud, fuí para él menos querida y menos agradable. Encaminó sus pasos por una vía falsa, siguiendo tras engañosas imágenes del bien, que no cumplen totalmente ninguna promesa: ni siquiera me ha valido impetrar para él inspiraciones, por medio de las cuales le llamaba en sueños o de otros modos, según el poco caso que de ellas ha hecho. Tan abajo cayó, que todos mis medios eran ya insuficientes para salvarle, si no le mostraba las razas condenadas. Por él he visitado el umbral de los muertos, y dirigí mis ruegos y mis lágrimas al que le ha conducido hasta aquí. Se hubiera violado el alto decreto de Dios, si pasara el Leteo y gustara tales manjares sin haber pagado alguna parte de la penitencia que hace verter lágrimas.

CANTO TRIGESIMOPRIMERO

H tú, que estás a la otra parte del sagrado río!—Empezó de nuevo a decir, continuando sin demora, y dirigiéndome de punta sus palabras, que aun de filo me habían parecido tan acerbas—; di, di si esto es verdad—; a tal acusación es preciso que tu confesión corresponda.
Estaba yo tan confuso, que mi voz conmovida se extinguió antes de salir de sus órganos. Ella esperó un momento, y después dijo:
—¿En qué piensas? Respóndeme, pues todavía las aguas del Leteo no han borrado tus tristes recuerdos.
La confusión y el miedo reunidos me arrancaron de la boca un "sí" tan débil, que fué menester el auxilio de la vista para entenderlo. Así como se rompe una ballesta por estar demasiado tirantes la cuerda y el arco, de modo que la flecha da con menos fuerza en el blanco, así yo, quebrantado bajo el peso de tan grave cargo, prorrumpí en lágrimas y suspiros, y la voz enflaquecida vino a expirar entre mis labios. Entonces Ella me dijo:
—En medio de los saludables deseos procedentes de mí, que te impulsaban a amar el bien, más allá del cual no hay nada a que aspirar, ¿qué fosos insuperables o qué cadenas has encontrado para perder de tal modo la esperanza de pasar adelante? ¿Y qué ventajas o atractivos descubriste en el aspecto de los otros bienes, para que debieras rondar en torno de ellos?
Después de haber exhalado un amargo suspiro, apenas tuve bastante voz para responder; voz que mis labios formaron con trabajo. Llorando dije:
—Las cosas presentes con sus falsos placeres desviaron mis pasos, apenas se me ocultó vuestro rostro.
Ella me respondió:
—Aunque callases o negases lo mismo que ahora confiesas, no por eso tu falta sería menos conocida: ¡tal es el Juez que la sabe! Pero cuando la confesión del pecado sale de la propia boca del pecador, la rueda se vuelve en nuestro tribunal contra el filo de la espada. Sin embargo, para que más te aproveche la vergüenza de tu error, y para que otra vez seas más fuerte al oír las sirenas, depón la causa de tu llanto y escucha: de este modo sabrás que mi carne sepultada debía encaminarte en una dirección totalmente contraria. El arte o la naturaleza no te presentaron jamás una cosa tan agradable como los bellos miembros en que estuve contenida, miembros que ahora son polvo de la tierra. Y si el sumo placer de verme te faltó por mi muerte, ¿qué cosa mortal debía excitar después tus deseos? A la primera herida que te causaron las cosas falaces del mundo, debiste elevar tus ojos al cielo, siguiéndome a mí, que no era ya como ellas. No debían abatirse tus alas para esperar allí nuevos golpes, o bien alguna doncellita u otra cualquiera vanidad de tan corta duración. El tierno pajarillo cae en dos o tres asechanzas; pero ante los ojos de los ya cubiertos de pluma en vano se despliegan las redes, en vano se lanzan flechas.
Yo estaba como los niños que, mudos de vergüenza y con los ojos fijos en el suelo, escuchan en pie, reconociendo sus faltas, y arrepentidos. Ella continuó:
—Ya que te muestras tan contrito por lo que has oído, alza la barba, y sentirás más dolor mirándome.
Con menos resistencia se desarraiga la robusta encina, bien al embate de los vientos boreales, o bien al de aquel que viene del país de Jarba, de la que, al oír su orden, opuse yo para levantar la cabeza; y cuando dió el nombre de barba a mi rostro, bien conocí el veneno que encerraban sus palabras. Por fin, cuando alcé la faz, advertí que las primeras criaturas habían cesado de esparcir flores, y mis miradas, poco seguras aún, vieron a Beatriz vuelta hacia la fiera que es una sola persona con dos naturalezas. Cubierta con su velo, y al otro lado de la verde orilla, parecióme que se vencía a sí misma en su primitiva belleza, mucho más de lo que vencía a las demás mujeres cuando vivía en el mundo. La ortiga del arrepentimiento me punzó tanto, que de todas las cosas mortales la que más me desvió de su amor me fué la más odiosa: el remordimiento me oprimió el corazón de tal modo, que caí desmayado. Lo que me sucedió entonces lo sabe aquélla que fué la causa de ello. Cuando el corazón me restituyó la facultad de percibir las cosas exteriores, vi por encima de mí a la Dama que antes había encontrado sola, y la oí decir:
—¡Agárrate, agárrate a mí!
Habíame sumergido en el río hasta la garganta, e impeliéndome tras ella, iba caminando sobre el agua con la ligereza de una lanzadera. Cuando estuve cerca de la dichosa orilla, oí tan dulcemente "Asperges me," que no sabría recordarlo, cuanto menos escribirlo. La hermosa Dama abrió sus brazos, rodeó con ellos mi cabeza, y me sumergió de modo que hube de beber el agua. Después me sacó fuera, y mojado como estaba me presentó a las cuatro bellas bailarinas, cada una de las cuales extendió sobre mí su brazo.
—Aquí somos ninfas, y en el Cielo estrellas: antes de que Beatriz descendiese al mundo fuimos designadas como siervas suyas. Te conduciremos ante sus ojos; pero las tres del otro lado, que ven más a fondo, aguzarán los tuyos para que percibas la plácida luz que hay dentro de ellos.
Así me dijeron cantando; y después me llevaron hacia el pecho del Grifo, donde estaba Beatriz vuelta hacia nosotros. En seguida añadieron:
—No economices tus miradas: te hemos puesto delante de las esmeraldas, desde donde Amor te lanzó un día sus dardos.
Mil deseos más ardorosos que la llama atrajeron mis ojos hacia aquellos ojos brillantes, que aún estaban fijos en el Grifo. Como el Sol en un espejo, la doble fiera se reflejaba en ellos, ya de un modo, ya de otro. Piensa, lector, si yo estaría maravillado al ver tal objeto permanecer inalterable en sí mismo, y transformándose en su imagen reflejada. Mientras que, llena de estupor y gozosa, mi alma gustaba de aquel alimento que, satisfaciéndola, la hacía más deseosa de él, aquellas tres, que demostraban en su actitud ser de una jerarquía más elevada, se adelantaron danzando al compás de sus angélicos cantares.
—Vuelve, Beatriz, vuelve tus ojos santos (tal era su canción) hacia tu fiel amigo, que ha dado tantos pasos para verte. Por gracia, haznos la gracia de descubrirle tu faz, de modo que contemple la nueva belleza que le ocultas.
¡Oh esplendor de viva luz eterna! ¿Quién es el que habiendo palidecido a la sombra del Parnaso, o bebido en su fuente, no tendría la mente ofuscada, al intentar representarte tal cual apareciste allí donde el cielo te circundaba, resonando con su acostumbrada armonía, cuando al aire libre te descubriste?


CANTO TRIGESIMOSEGUNDO

STABAN mis ojos tan fijos y atentos para calmar su sed de diez años, que tenía embotados los otros sentidos, encontrando además aquéllos por todas partes obstáculos que no les permitían cuidarse de ninguna otra cosa; así es que la santa sonrisa los atraía con sus antiguas redes. Pero por fuerza me obligaron aquellas diosas a volver la cabeza hacia la izquierda, porque les oía decir: "Mira demasiado fijamente;" y la disposición en que se encuentran los ojos cuando acaban de ser heridos por los rayos del Sol, me dejó por algún tiempo sin vista; mas cuando se repusieron los míos ante otro pequeño resplandor (y digo pequeño, comparándolo con la gran luz de que me había separado forzosamente), vi que el glorioso ejército se había vuelto hacia la derecha, recibiendo en el rostro los rayos del Sol y los de las siete llamas. Así como para salvarse una cohorte, se retira cobijada bajo los escudos, y se vuelve con su estandarte antes de que haya terminado por completo su evolución, así la milicia del reino celestial que precedía al carro desfiló toda antes de que éste hubiera vuelto su lanza. En seguida las mujeres se volvieron a colocar cerca de las ruedas, y el Grifo puso en movimiento el carro bendito, de tal modo que no se agitó ninguna de sus plumas. La hermosa Dama que me hizo vadear el río, Estacio y yo seguíamos a la rueda que describió al girar el arco menor. Caminando de esta suerte a través de la alta selva deshabitada por culpa de aquella que creyó a la serpiente, ajustaba mis pasos al cántico de los ángeles. Una flecha despedida del arco recorre quizá en tres veces el espacio que habíamos avanzado, cuando bajó Beatriz. Oí que todos murmuraban: "¡Adán!" En seguida rodearon un árbol enteramente despojado de hojas y flores en todas sus ramas. Su copa, que se extendía a medida que el árbol se elevaba, sería, a causa de su altura, admirada por los indios en sus selvas.
—¡Bendito seas, oh Grifo, que con tu pico no arrancaste nada de este tronco dulce al gusto, después que, por haberlo probado, se inclinó al mal el apetito humano!
Así exclamaron todos en derredor del árbol robusto; y el animal de doble naturaleza respondió:
—De ese modo se conserva la semilla de toda justicia.
Y volviéndose al timón de que había tirado, lo condujo al pie de la planta viuda de sus hojas, y dejó atado a ella el carro que era de ella. Así como nuestras plantas se ponen turgentes cuando la gran luz desciende mezclada con aquella que irradia detrás de los celestes Peces, y luego se reviste cada una con su propio color antes que el Sol guíe sus caballos bajo otra estrella, de igual modo se renovó el árbol cuyas ramas estaban antes tan desnudas, adquiriendo colores menos vivos que los de la rosa, pero más que los de la violeta. Yo no pude entender, ni aquí abajo se canta, el himno que aquella gente entonó entonces, ni tampoco pude oír todo el canto hasta el fin. Si me fuera posible describir cómo se adormecieron aquellos desapiadados ojos que tan cara pagaron su excesiva vigilancia, oyendo las aventuras de Siringa, representaría, como un pintor que copia un modelo, el modo como me dormí; pero hágalo quienquiera que sepa figurar bien el sueño.
Paso, pues, al momento en que me desperté, y digo que un resplandor desgarró el velo de mi sueño, al mismo tiempo que me gritaba una voz: "Levántate; ¿qué haces?" Como Pedro, Juan y Jacobo, conducidos a ver las florecitas del manzano, que hace a los ángeles codiciosos de su fruta y perpetuas las bodas en el cielo; y aterrados por el esplendor divino, volvieron en sí al oír la palabra que ha interrumpido sueños mayores, y vieron su compañía mermada por la ausencia de Moisés y Elías, y cambiada la túnica de su Maestro, así desperté yo, viendo inclinada sobre mí a aquella compasiva mujer que había guiado anteriormente mis pasos por el río; lleno de inquietud dije:
—¿Dónde está Beatriz?
A lo que me contestó:
—Mírala sentada sobre las raíces y bajo el nuevo follaje de ese árbol. Mira la compañía que la rodea: los otros se van hacia arriba tras el Grifo, entonando cánticos más dulces y más profundos.
Ignoro si fué más difusa su respuesta; porque se hallaba otra vez ante mis ojos aquella que me impedía fijar la atención en ninguna otra cosa. Estaba sentada ella sola en la tierra verdadera, como dejada allí para custodiar el carro que vi atar a la biforme fiera. En torno suyo formaban un círculo las siete Ninfas, teniendo en las manos aquellas luces que no puede apagar el Aquilón ni el Austro.
—Poco tiempo habitarás esta selva, y serás eternamente conmigo ciudadano de aquella Roma donde Cristo es romano. Por lo tanto, fija tus ojos en este carro para bien del mundo que vive mal, y cuando vuelvas a él, escribe lo que has visto.
Así habló Beatriz; y yo, enteramente sumiso a sus órdenes, puse mi mente y mis ojos donde ella quiso. Nunca tan velozmente partió el rayo de condensada nube, cuando cae del más remoto confín del aire, como vi yo al ave de Júpiter precipitarse y bajar por el árbol, rompiendo su corteza, ya que no las flores y hojas nuevas: y con toda su fuerza hirió al carro, y le hizo vacilar, como nave combatida por la tempestad, que las olas derriban, ora a babor, ora a estribor. Vi luego introducirse en el carro triunfal una zorra, que parecía no haber tomado jamás ningún buen alimento: pero reprendiéndole mi Dama sus feas culpas, la obligó a huír tan precipitadamente como lo permitieron sus descarnados huesos. En seguida, por donde mismo había venido antes, vi al águila descender a la caja del carro, y dejarla cubierta de sus plumas: y semejante a la voz que sale de un corazón contristado, salió del cielo una voz que dijo: "¡Ay, navecilla mía, cuán mal cargada estás!" Después me pareció que se abría la tierra entre las dos ruedas, y vi salir un dragón que hincó su maligna cola en el carro, y retirándola luego como la avispa su aguijón, se llevó consigo una parte del fondo, y se alejó muy contento. Lo que quedó del carro, como la tierra fértil que se cubre de grama, se cubrió de la pluma ofrecida por el águila quizá con intención casta y benigna; y de ella se cubrieron una y otra rueda y la lanza en menos tiempo del que mantiene un suspiro la boca abierta. Transformado de esta suerte el edificio santo, salieron de sus diversas partes varias cabezas, tres de ellas sobre la lanza, y las restantes una en cada ángulo. Las primeras tenían cuernos como los bueyes; pero las otras sólo tenían un cuerno por frente: jamás se han visto semejantes monstruos.
Tan segura como una fortaleza sobre una alta montaña, vi sentada en el carro a una prostituta desenvuelta, paseando sus miradas en torno suyo. Y como para impedir que se la quitaran, vi un gigante colocado en pie junto a ella, y ambos se besaban de vez en cuando; más habiendo ella vuelto hacia mí sus ojos codiciosos y errantes, el feroz amante la azotó desde la cabeza a los pies. Después, lleno de suspicacia y de cruel ira, desató el monstruoso carro, y lo arrastró tan lejos por la selva, que tras de ella se ocultaron a mi vista la prostituta y la nueva fiera.


CANTO TRIGESIMOTERCIO

AS mujeres comenzaron llorosas una dulce salmodia, cantando alternativamente, ya las tres, ya las cuatro: "Deus, venerunt gentes."[103] Y Beatriz, suspirando compasiva, las escuchaba tan abatida, que poco más lo estuvo María al pie de la Cruz. Pero cuando las otras vírgenes le dieron ocasión de hablar, poniéndose en pie, respondió encendida como el fuego:
—"Modicum, et non videbitis me; et iterum," mis queridas hermanas, "modicum, et vos videbitis me."[104]
Después reunió ante sí a todas siete, y con sólo un ademán, nos hizo marchar tras ellas a mí, a la Dama, y al sabio que quedó en nuestra compañía. Así se alejaba, y no creo que hubiese dado diez pasos, cuando hirió mis ojos con sus ojos, y con aspecto tranquilo me dijo:
—Ven más de prisa, de modo que si hablo contigo, estés dispuesto a escucharme.
Cuando estuve cerca de ella, como debía, añadió:
—Hermano, ¿por qué, viniendo conmigo, no te atreves a preguntarme algo?
Me sucedió lo que a aquellos que, por excesiva reverencia, al hablar con sus superiores, no pueden hacer salir con viveza las palabras de entre sus dientes, y contesté balbuceando:
—Señora, vos conocéis mis necesidades y lo que les conviene.
Contestóme:
—Quiero que en adelante te despojes de ese temor y esa vergüenza, para que no hables como hombre que sueña. Sabe que el vaso que rompió la serpiente fué y no es; pero crea el culpable que la venganza de Dios no se vence con sortilegios. El águila que dejó sus plumas en el carro, convirtiéndolo en un monstruo y después en una presa, no estará siempre sin herederos; pues veo ciertamente, y por eso lo refiero, algunas estrellas ya cercanas a un tiempo seguro de todo obstáculo y de todo impedimento, en el cual un quinientos diez y cinco,[105] enviado por Dios, destruirá a la ramera, y a aquel gigante que con ella delinque. Y quizá mi predicción obscura, como los oráculos de Temis y de la Esfinge, no te persuade, porque, como ellos, ofusca el entendimiento; pero en breve los hechos serán las Náyades que resuelvan este difícil enigma, sin temor por los ganados y los trigos. Anota estas palabras, y tales como salen de mis labios enséñaselas a los que viven con aquella vida que no es más que una rápida carrera hacia la muerte: acuérdate además, cuando las escribas, de no ocultar cómo has visto la planta, que ha sido robada dos veces. Quien la despoja o la rompe ofende con una blasfemia de hecho a Dios, que la hizo santa sólo para su uso. Por haber mordido su fruto, la primera alma aguardó en el dolor y en el deseo durante cinco mil años y más al que en sí mismo castigó aquel bocado. Tu espíritu está adormecido, si no comprende que sólo por una causa singular es aquel árbol tan alto, y tan anchurosa su copa: y si los vanos pensamientos no hubiesen sido alrededor de tu mente como las aguas del Elsa, y el placer que te causaron no la hubiera manchado como Píramo manchó la mora, sólo por tantas circunstancias reconocerías moralmente la justicia de Dios en la prohibición de tocar aquel árbol. Mas como veo tu inteligencia petrificada y tan obscurecida por el pecado, que te deslumbra el brillo de mis palabras, quiero que te las lleves, si no escritas, al menos estampadas en ti mismo, por aquel motivo que el peregrino lleva el bordón rodeado de palmas.
Le contesté:
—Así como la cera conserva inalterable la imagen que en ella imprime el sello, del mismo modo la vuestra ha quedado grabada en mi cerebro. Pero ¿por qué vuestra deseada palabra se eleva tanto sobre mi entendimiento, que cuanto más procura comprenderla menos lo consigue?
—Para que conozcas—dijo—aquella escuela que has seguido, y cómo ha de poder su doctrina seguir a mis palabras; y veas que vuestro camino se separa tanto del divino, cuanto de la Tierra dista el cielo que gira más velozmente a la mayor altura.
Entonces le respondí:
—No recuerdo haberme alejado jamás de vos, ni me remuerde por ello la conciencia.
—Es que tú no puedes recordarlo—me dijo sonriéndose—; acuérdate de que has bebido las aguas del Leteo; y si del humo se deduce el fuego, de ese olvido se infiere claramente que tu voluntad, ocupada en otras cosas, era culpable. Pero en adelante serán mis palabras tan desnudas cuanto es preciso descubrirlas a tu rudo entendimiento.
El Sol, más resplandeciente y con pasos más lentos, atravesaba el círculo del Meridiano, que cambia de posición según de donde se mira, cuando al extremo de una opaca umbría, semejante a las que se ven bajo las verdes hojas y las negruzcas ramas por donde llevan los Alpes sus fríos riachuelos, se detuvieron las siete mujeres, como se detiene la tropa que va de avanzada, si encuentra alguna novedad en su camino. Ante ellas me pareció ver salir el Tigris y el Eufrates de un mismo manantial, y como amigos separarse lentamente.
—¡Oh luz!, ¡oh gloria de la raza humana! ¿Qué agua es esta que mana de una misma fuente, y dividida, se aleja una de otra?
A tal pregunta se me contestó:
—Ruega a Matilde que te lo diga.
Y la hermosa Dama respondió como aquel que se disculpa:
—Ya le he dicho esta y otras varias cosas; y estoy segura de que el agua del Leteo no se las ha hecho olvidar.
Beatriz añadió:
—Quizá un interés mayor, de esos que muchas veces quitan la memoria, ha obscurecido su mente con respecto a los demás objetos. Pero mira el Eunoe, que por allí se desliza; condúcele hacia él, y según acostumbras, reanima su amortecida virtud.
Como una alma gentil que de nada se excusa, sino que adapta su voluntad a la de los otros en cuanto se la dan a conocer por medio de alguna seña, de igual suerte se puso en marcha la bella Dama en cuanto estuve a su lado, y dijo a Estacio con su gracia femenil:
—Ven con él.
Lector, si dispusiera de mayor espacio para escribir, cantaría en parte la dulzura de las aguas de que no me habría saciado nunca; pero como están ya llenos todos los papeles dispuestos para este segundo cántico, el freno del arte no me deja ir más allá.
Volví de aquellas sacrosantas ondas tan reanimado como las plantas nuevas, renovadas con nuevas hojas, purificado y dispuesto para subir a las estrellas.
