PRIMERA PARTE (continued 2)
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Muchos son los escritores, tanto antiguos como modernos, que, además de Platón, dan cuenta de la Atlántida, entre otros, Homero, en su Odisea y en su Iliada; Solón, en su Tratado de las Leyes; Hesiodo, en su poema Caja de Pandora; Eurípides, en su tragedia Electra; Plinio, en su Historia Natural; Aristóteles, en su Mirandis Naturæ; Lippio, en su Phisiologia Stoicæ; Pamelio, en su Apologotico de Tertuliano; Crantor, en sus Comentarios de Crisias; Diodoro de Sicilia, en su Bibliotheca Historica; Plutarco, en su Vida de Sertorio; Arnobio, en su obra Contra los Gentiles; Becano, en su Original de Autuerpia; Turnebo, en su Adversus; Vivas, en sus Notas sobre San Agustín; Bosio, en su obra De Signis Eclesiastes; Gomara, en su Historia Indiana; Zárate, en el prólogo de su Historia del Perú; Solórzano, en su Política Indiana; Luis de León, en su Abdias; Meseia, en su Silva; Maluendo, en su Antechristi; Pineda, en su obra De rebus Salomone; Maydo, en sus Días Caniculares; Hervas, en su Catálogo de Lenguas; y otros más, concordando todos en que la Atlántida existió en tiempos muy remotos, para desaparecer, en el espacio de una noche, por efecto de un gran cataclismo geológico. Opinan también que "los Indios americanos tienen su origen de la gente que vivía en la Isla Atlántida, que de allí pasaron primero á las islas de Barlovento ó Hespérides, cerca de la Atlántida, y de aquellas á la Tierra Firme de América, pues según afirma Platón en su Timeo, y con él Hesiodo, Eurípides y Solón, "la Isla Atlántica era una isla de tanta grandeza, que era mayor que Africa y Asia juntas, desde la cual había contratación y comercio á otras islas, y de estas islas había comunicación y trato á la Tierra Firme y Continente que estaba frontero de ellas, vecino del verdadero mar;" añadiendo además, Platón: "que los habitantes de la isla Atlántica tenían conocimientos de la navegación y arte de hacer navíos y que tenían grande suma y copia de navíos y aún puertos hechos para conservación de ellos."
Estas noticias dadas por Platón en su Timeo, son, lo repetimos, las más antiguas y circunstanciadas sobre la isla Atlántida ó Atlántica, sobre su situación y extensión[69]; empero, á juicio de algunos críticos, ellas no bastan ni dan fundamento para haber asegurado la existencia, en aquellos tiempos, de la vastísima isla de la Atlántida, que algunos autores creen que haya sido parte de la misma América.
El hecho real es, que la existencia de la pretendida Isla Atlántida se halla aún envuelta en el mayor misterio. Se supone que en época remotísima haya habido comunicación por tierra unida entre la América y la Africa, y que esa misma porción de tierra fuera la desaparecida con el cataclismo á que aluden Platón y demás autores antiguos.
Kircher, en su Mundus subterraneus, lib. III, cap. XII, dice: "Las Canarias y las Azores, islas del Océano Atlántico, ¿no podrían ser los restos de la tierra conocida con el nombre de Atlántida? Estas islas tienen montañas muy sólidas y elevadas, y los valles intermediarios quedaron sumergidos cuando por efecto del temblor de tierra y del diluvio, este Continente desapareció de las aguas del mar."
Otro escritor contemporáneo, Feliciano Cajaravilla, en sus Consideraciones histórico-críticas sobre los antiguos habitantes del Perú, asienta también al respecto, que "es presumible que en el decurso de muchos años ó siglos talvez, el estudio constante y los adelantos siempre crecientes de las ciencias geológicas y experimentales, lleguen á evidenciar lo que hasta hoy no es más que una conjetura, con todos los caracteres de probabilidad, esto es que el Continente Americano estuvo unido haciendo parte del Antiguo Mundo y que fué separado por algún cataclismo terráqueo á manera de aquel que en 1309 (según aseveran Gerardo Mercator en su Colección de Mapas, de 1595, y J. Hundy en su obra Das Neue Tief oder Schiffart, de 1630), separó la isla de Ruggen, de las costas de Meklemburgo, de la isla de Ruden."
Algunos escritores modernos sostienen que la geología prueba la imposibilidad completa de la Atlántida, de la que serían restos las islas que subsisten en el Océano Atlántico. Joaquín M. Bartrina, en la conferencia que sustentó en el Ateneo Barcelonés el 22 de Abril de 1878, sobre el tema La América precolombiana, opina que: "Talvez leyendo con más atención el debatido texto de Platón veríamos que no en el Océano Atlántico, sino en otro mar, como por ejemplo, el Negro, podríamos situar su Atlántida, que al fin era una isla cuya extensión, tan exagerada fija Platón...... La hipótesis de la Atlántida, por lo fantástica y teatral, puede ahora admitirse en las creaciones de la imaginación."
Este juicio de Bartrina tocante á la Atlántida, lo hallamos demasiadamente lijero y poco acorde con la opinión emitida al respecto por tantos sabios de la antigüedad.
Empero, quizá sea una hipérbole la existencia de la pretendida Isla Atlántida emitida por Platón y demás autores citados, pues algunos historiadores más modernos, entre ellos Francisco López de Gomara, en su Historia General de América, cap. CCXX, es de opinión que "la gran Isla Atlántida, mayor que Asia y Africa juntas, según lo ha dicho Platón, existió en realidad y existe todavía, porque no es otra que la misma América;" asentando en apoyo de sus conjeturas, que el Océano Atlántico no es de bastante extensión para haber contenido en su seno una isla ó continente igual á Asia y Africa conjuntamente[70].
Y no solamente Gomara opina que la antigua Atlántida haya formado parte del Continente Americano, sino también varios otros historiadores y geógrafos contemporáneos, como Malte-Brun, en su Géographie Universelle; Letronne, en su Essai sur les Andes cosmographiques; Gosselin, en su Géographie de l'Amérique; Martín, en sus Études sur la terre de Platon; Postel, en su Cosmogonie descriptive; y Welflict, en su Histoire Universelle des Indes Orientales; reconociendo todos, la misma afirmación asentada al respecto por Gomara.
El presbítero Juan de Velasco, en el tomo I, de su Historia del Reino de Quito, pág. 151, robustece aún más la opinión de Gomara, pues dice: "El que hubiese habido antiguamente comunicación por tierra unida entre la América y la Africa, es asunto que puede llamarse no sólo verosímil, sino también demostrado en el día. Lo persuaden así las observaciones y cartas del bajo fondo que Mr. Buache presentó á la Academia de París en el año 1737, las cuales, examinadas después, demuestran la dirección de montes subaqueos, puestos como sobre una cordillera, desde el cabo Tagrin de Africa hasta la costa del Brasil en América."
Cuanto á la opinión de los mismos autores antiguos, de haberse sumergido la Atlántida con un gran cataclismo producido por lluvias torrenciales, ó irrupciones volcánicas que grandes terremotos produjeran, el predicho Gomara supone que aquel funesto acontecimiento pudo haber tenido lugar sólo en la parte que quizá antiguamente unía la Africa con la América; en cuyo caso Platón habría sufrido involuntariamente un error, sin haber querido inventar una fábula, como lo pretenden algunos, entre otros el P. José de Acosta, que en su Historia Natural, cap. XXII, dice: "Todo lo referido por Platón en su Timeo, respecto de la pretendida Isla Atlántida, es fábula." Este mismo concepto del P. Acosta ha sido combatido por algunos escritores contemporáneos suyos, entre ellos, el P. Fr. Gregorio García, en su obra ya citada, desde la pág. 146 hasta la 151, probando que los intérpretes de Platón, como Crantor, Marcilio, Ficino y Plotino, en la antigüedad, Juan Serrano, posteriormente, tienen por verídico lo referido por el filósofo de Atenas en su Diálogo de Timeo. Además, Platón ha sido tenido en todo tiempo en tan grande estima y reputación en materia de filosofía, de historia y aún de teología, que su gran saber le ha merecido el epíteto de «Divino.» Sietecientos y cincuenta años antes de que Platón escribiera su Timeo, según él mismo lo asevera, "sucedió la guerra entre los Atenienses y los Atlantes, y después hubieron espantosos terremotos y extraordinarias lluvias que inundaron completamente la isla, desapareciendo de la superficie del Océano." Según lo refiere el mismo Platón, si la guerra entre los Atenienses y Atlantes tuvo lugar en el siglo trigésimo de la Creación del Mundo, según la cronología hebráica, sobreviniendo en seguida la espantosa catástrofe á que alude el gran filósofo griego, evidente es, que la América (ó sea la misma Atlántida, á juicio de Gomara), pudo haber sido habitada desde tiempos inmemoriales, como lo comprueban los esqueletos humanos que, junto con osamentas de mamíferos de las épocas Terciaria y Cuaternaria se han encontrado en el suelo de este Continente, restos que, hipotéticamente hablando, se remontan á una época antediluviana.
En resumen, eminentes hombres de ciencia de la actual época, después de largas investigaciones practicadas últimamente tocante á la Atlántida, han llegado á la conclusión de que esta famosa isla existió en verdad, como lo demuestran en las publicaciones que en estos últimos tiempos se han hecho en Berlín, corroborando, también, que la isla Atlántida formaba parte de un vasto Continente, que no pudo ser otro que el de Africa ó de América, hace ya como unos quince mil años, habiendo desaparecido á raiz de un colosal fenómeno sísmico, que la borró del Mundo para siempre. En tal virtud, las conclusiones emitidas por esos hombres de ciencia, parecen confirmar la obscura tradición que dejara Platón.

Volviendo á los primitivos habitantes de América, al atenernos á la tradición hebráica, tanto ellos como todos los de la Tierra entera, (salvo Noé y su familia), habrían perecido en la catástrofe del Diluvio Universal[71], acaecido, según algunos cronologistas, 1656 años después de la Creación (ó 2348 antes de la era cristiana). Desde esta catástrofe universal trascurrió mucho tiempo para que el Nuevo Mundo volviera á repoblarse, pues los hijos de Noé llamados Sem, Cam y Jafet, vivieron en las llanuras de Senaar, entre el Tigris y el Eufrates, y tuvieron gran descendencia, multiplicándose extraordinariamente en el decurso de los cuatrocientos años que, se supone, mediaron desde el Diluvio hasta la construcción de la Torre de Babel, monumento que los descendientes de Noé intentaron elevar en muestra de su poder y orgullo; pero este intento desagradó tanto al Criador, que, en castigo de la osadía de esos hombres, hizo que se confundiera la lengua de tal modo, que no entendiéndose los unos con los otros, se separaron, quedando la torre sin concluirse: á la confusión de las lenguas en Babel, sucedió la dispersión del linaje humano, formándose, desde entonces, todos los reinos de la Tierra.
Los descendientes de Sem (cuyos hijos fueron Elam, Asur, Arfaxad, Lud y Aran) fueron los que menos se extendieron por el mundo, pues permanecieron en la Asia Occidental, cuna del Género Humano, después del Diluvio.
Los descendientes de Cam (cuyos hijos fueron Cus, Misraim, Fut y Canaán), se propagaron por el Occidente de Asia y por el norte y oriente de Africa; y los descendientes de Jafet[72], cuyos hijos fueron Goomer, Magog, Madai, Javán, Tubal, Mosoc y Tiras), ocuparon en Europa y Asia dilatadas regiones, dominando países poblados antes por los de Sem, y sometiendo á los de Cam, siendo estos descendientes de Jafet los que formaron las dos razas más numerosas y difundidas por todo el mundo, cuales son, la Turania, que desde el centro de Asia se extendió hasta la cuenca del Danubio, en Europa, y la llamada Indo-Europea, que se dilató desde la India hasta el occidente de Europa, y después hasta el hemisferio de América y de Oceanía[73]. Estas tres grandes razas apesar de su separación han conservado siempre la semejanza de su origen.
Fracciones de alguna de esas razas (probablemente la de Jafet) atravezarían talvez la gran isla de la Atlántida (quizá parte de la misma América), cuya existencia en aquellos remotos tiempos, como lo hemos dicho ya, es testificada por numerosos autores antiguos, y de ahí, según opinión de esos mismos autores, pasarían á las playas del Nuevo Continente, estableciéndose allí y repoblando ese Hemisferio.
Posteriormente, con el trascurso de los tiempos, de presumir es, que varias otras inmigraciones se dirigirían al Nuevo Mundo, antes del funesto hundimiento de la Isla Atlántida, cuya fecha exacta no conserva la tradición, si bien Platón da á entender que esa catástrofe aconteció por el año 3163 de la Creación.

Si se tratara de averiguar cuáles serían las causas primordiales de esas inmigraciones en aquellos tiempos lejanos, podrían atribuirse, en parte, y quizá sin equivocarse, á las no interrumpidas guerras que entonces devastaban y diezmaban las diversas nacionalidades del Antiguo Mundo, entre las cuales figuraban ya grandes Estados.
Para que se juzgue cuán fundada puede ser nuestra hipótesis, citaremos algunas de esas numerosas guerras de exterminio, ciertos de que, por su relación, no será aventurado, lo repetimos, colegir que ellas han podido, en parte, influir en las diversas inmigraciones que tanto de Europa, de Africa y de Asia han aportado á las playas americanas, en esas épocas remotas, en busca de un país al abrigo de esas guerras vandálicas que en los Antiguos Continentes causaran la desaparición de tantos reinos é imperios.
El Egipto es la nación civilizada más antigua de la Tierra, pues se remonta á una época en que todos los demás pueblos estaban aún en completa barbarie: era ya floreciente en tiempo de Abraham (2296 años antes de la era cristiana), pues su dinastía de reyes, según Manethon, sacerdote egipcio y autor de la Historia Universal de Egipto (que vivió en el reinado de Ptolomeo Filadelfo, 263 años antes de J. C. y encargado de custodiar los archivos sagrados en el templo de Hierópolis), se remonta al quincuagésimo primer siglo y aún más lejos, siendo, sin disputa, una de las monarquías más antiguas del Mundo, y, con razón, señalados sus habitantes, por algunos egiptólogos, como unos de los primeros pobladores de América.
Los Egipcios tuvieron guerras durante muchos siglos consecutivos. Primero, contra los Hyksos de la Caldea ó reyes pastores, que invadieron ese reino, y contra los cuales lucharon durante ciento cincuenta años, lucha que al fin terminó con la expulsión de los invasores, consumada por el rey de Tebas, Ahmes ó Amosis I, recobrando entonces el Egipto su anterior esplendor. Mas, en la larga lucha contra los Hyksos, los soberanos de Egipto se hicieron conquistadores, pues invadieron sucesivamente la Etiopia, la Escitia, la Tracia, la Siria, la India, la China y el Japón, sosteniendo guerras que duraron el largo espacio de cinco siglos. Años más tarde, lucharon nuevamente los Egipcios contra los Etiopes, que se desbordaron sobre ese reino y se aliaron con Oseas, rey de Judea, para resistir á Salmanazar, rey de Asiria. Por fin, Cambises, rey de Persia, invadió también este reino y lo sometió á su vez á su dominio, hasta que, con la muerte de Cleopatra, cayó bajo la tutela de los Romanos, quienes lo redujeron á provincia de su imperio, en el año 29 antes de J. C.
De suponer es, que en tantos siglos de luchas sostenidas por los Egipcios, algunas colonias huyeran de las devastaciones que aniquilaban su país, dirigiéndose á América, pues, como dice la Historia, ellos fueron muy diestros en la navegación.
La Grecia fué la primera nación en el arte de navegar, (después de los nietos de Noé, por la sucesión de Jafet) pues la navegación de Argos, en tiempo de Fineo, rey de Bitinia, es la más remota de todas las conocidas.
La Grecia sostuvo también, desde tiempo inmemorial, largas guerras y luchas intestinas. La expedición de los Argonautas, que tuvo por objeto defender á la Grecia de las invasiones de los piratas de la Cólquida, en la que tomaron parte Jasón, Castor y Polux, Peleo, Orfeo, Esculapio, Linceo, Tifis, Teseo y Hércules; la sangrienta guerra fratricida de Tebas ó de los Epigones, en la que se manifestó la ferocidad de la época; la famosa guerra de Troya, efectuada con una flota de mil velas y un ejército de cien mil hombres, en la que tomaron parte Ulises, Nestor, Idomeneo, Aquiles, los dos Ayax, Diómedes y Filóctetes, guerra que duró diez años, hasta que Troya cayó en poder de los Griegos y fué reducida á cenizas; la invasión de los Dorios; la guerra Sagrada, llamada así porque se hizo en defensa del templo de Delfos, la que duró diez años, entre Atenienses y Crisos, resultando éstos vencidos; las tres guerras de Mesenia, la primera que alcanzó veinte años, la segunda cuarenta años después, y la tercera dos siglos más tarde, contiendas en las que al fin fueron dominados los Mesenios por los Espartanos, que los obligaron á emigrar á Sicilia; la batalla de Lade, entre Persas y Miletos, en que éstos fueron derrotados; la batalla de Maratón, también contra los Persas, en la que éstos, á su vez, fueron vencidos; las tres famosas guerras Médicas, que duraron treintiseis años, principiando con la expedición de Jerges contra la Grecia, compuesta de un formidable ejército de cinco millones de hombres y una flota de mil doscientas naves, las que terminaron con la batalla de Salamina, en Chipre (479 años antes de J. C.), y destrucción de Atenas; la batalla de la Platea, entre los Persas y los Atenienses y Espartanos, que dió por resultado la segunda destrucción de Atenas; la batalla de las Termópilas y la de Tespias; la guerra del Peloponeso (431 años antes de J. C.), entre Espartanos y Atenienses, que duró veintiseis años, cuyo desenlace fué favorable á los primeros; la expedición á Sicilia y á Siracusa, que fué adversa á los Atenienses; el combate de Micale, en la Asia Menor, entre los Persas y los Griegos y Jonios, alcanzando estos últimos una completa victoria; la batalla de Cunaxa, que terminó con la portentosa retirada del ejército de Jenofonte; la conquista de Bizancio por los Griegos; la expedición de Agesilao, que se apoderó de la Misia, Lidia y Caria, deshaciendo el ejército persa; la batalla de Tegira, en la que fueron vencidos los Espartanos por los Tebanos; las batallas de Delio y Anfípolis, entre Atenienses y Boecios, que terminó con la paz de Nicea; la batalla de Leuctres y la de Arbeles, en que fueron derrotados los Lacedemonios; la victoria de los Atenienses contra los Espartanos en Helesponte; la batalla de Mantinea, en la que murió Epaminondas, entre Tebanos y Espartanos, triunfando los primeros; la batalla de Conorea ó Quenorea, en la que sucumbió la libertad griega; el sitio y toma de Tebas por Alejandro el Grande, en que seis mil griegos fueron pasados á cuchillo, treinta mil vendidos como esclavos y la ciudad arrasada; la expedición á la India llevada á cabo por el mismo Alejandro, en la que tuvo lugar la batalla de los Elefantes entre Atenienses y Macedonios; la guerra de Lamiaca; la invasión de los Galos, que talaron la Macedonia, la Tesalia y entregaron al pillaje la Grecia central; la dominación de los Etolianos; la batalla de Selacia, en la que sucumbió el ejército espartano; la guerra de las dos Ligas, que duró tres años; la batalla de Cinocéfalos, de cuyo resultado la Macedonia fué reducida á provincia romana; y, finalmente, la reducción de la Grecia á provincia romana bajo el nombre de Acaya.
En estas numerosas y no interrumpidas guerras y batallas que Grecia tuvo que sostener durante más de doce siglos, y que por fin terminaron con la nacionalidad de este antiguo Estado, ¿no es de suponer que algunas fracciones de pueblos, agoviados por tantas y tantas calamidades, trataran de buscar albergue en algunas comarcas donde estuvieran al abrigo de esas devastaciones, y que, con tal motivo, arribarían á las playas de América?
La República de Fenicia, aunque reducida en territorio, fué una de las naciones más civilizadas del Asia, atribuyéndosele ser la cuna de las letras, de la escritura y de los libros, pues así lo asevera el poeta latino Anneo Marco Lucano, en el lib. III de su Pharsalia, y el ser también los Fenicios unos de los primeros que emplearon el arte de la navegación y enseñaron á dar batallas navales. Ellos, de cuenta y orden del Faraon Nekohó ó Nechao, traspasaron las columnas de Hércules, que hasta entonces habían sido consideradas como el límite oeste de la Tierra y navegaron á lo largo de la costa africana por su parte occidental, siendo indudable, según opinión de algunos autores antiguos, que conocieron la existencia del archipiélago de Canarias, refiriéndolo así Aristóteles, en su obra Mirabilibus Auscultationibus, lib. II, cap. IV. Séneca, en sus Controversias, opina también que los Fenicios tuvieron algún conocimiento de América, pues dice que "ellos habían conocido unas tierras ignoradas que estaban situadas más allá de lo que fué la Atlántida." Diodoro de Sicilia, en su Bibliotheca Historica, afirma igualmente que "habiendo pasado las columnas de Hércules fueron llevados por furiosas tempestades hacia tierras muy distantes del Océano y que desembarcaron al lado opuesto de Africa, en una isla muy fértil, regada por ríos navegables." Esa pretendida isla pudo ser la América, atenta su situación geográfica con respecto de Africa. Pablo Félix de Cabrera, de Guatemala, se esfuerza en demostrar, fundado en inscripciones geroglíficas mexicanas, que la primera inmigración de Fenicios en América tuvo lugar en la época de la primera guerra Púnica, (266 años antes de J. C.).
Cuanto á las guerras sostenidas por los Fenicios, como cruentas y continuas, al fin diezmaron sus provincias. El rey Elulio sostuvo un sitio de cinco años contra Salmanazar, rey de Asiria, sitio que ningún resultado produjo, porque no pudo el invasor apoderarse de la ciudad marítima de Tiro. Nabucodonosor II, más afortunado que Salmanazar, invadió la Fenicia, atacó á Tiro y la destruyó después de un sitio de trece años. Fué, también, sometida la Fenicia por Ciro, rey de Persia, que la conservó bajo su poder, hasta que Alejandro el Grande, después de la batalla de Iso, la tomó al cabo de un largo sitio, y, como vencedor, hizo crucificar á dos mil de sus habitantes, con implacable fiereza.
¿No es presumible que en ese intérvalo de guerras encarnizadas algunas colonias de Fenicios, huyendo de tantos desastres, arribaran á las playas americanas, tanto más, que, debido al genio emprendedor de este pueblo, había estendido su navegación á las más apartadas regiones, llevando con sus bajeles, sus costumbres, sus instituciones, sus artes, todos sus conocimientos, en fin?
Se supone que 500 años antes de la era cristiana, los Cartagineses invadieron también el continente americano. La República de Cartago, fundada 878 años antes de J. C., fué una de las naciones más adelantadas de la antigüedad, llegando á ser dueña del mar durante más de seis siglos, y por ende, muy temida por su marina, muy poderosa por sus ejércitos, muy opulenta por su riquísimo comercio. Es opinión de varios historiadores antiguos que los Cartagineses en la época de su gran poder en el mar, colonizaron las islas Canarias, de donde es probable pasarían á las Antillas, pues si hemos de dar crédito á la autoridad de Aristóteles, ellos armaron numerosas galeras y navegaron desde las Columnas de Hércules hasta una isla distante de la costa de Berberia, en la que se quedaron, arraigándose. Se supone que la referida isla sea la conocida de Santo Domingo, desde la cual, según otros autores antiguos, pasarían á las de Cuba y algunas más de las Antillas, y de estas islas á la Tierra Firme de América, poblando sucesivamente Nombre de Dios, Panamá y el Perú. Es de presumir que los Cartagineses se hubieran realmente aventurado á atravesar el anchuroso mar que divide el Antiguo Mundo del Nuevo, pues que ellos fueron los iniciadores en armar galeras de vela. La República africana de Cartago, para sostener su autonomía, tuvo que soportar largas luchas. Afortunada en un principio, con reiteradas invasiones completó la conquista de la Sicilia. Mas, no pudiendo los Romanos ver de buen grado el engrandecimiento de los Cartagineses, abrieron la primera guerra Púnica so pretexto de protejer á los Mamertinos, guerra que duró veintisiete años, terminando con la derrota de los Cartagineses en las islas Eguses. La segunda guerra Púnica (219 años antes de J. C.), fué originada por la ruina de Sagunto, aliada de Roma, poniendo á Roma al borde del abismo. Por fin, la tercera y última, circunscrita al asedio, toma é incendio de Cartago, duró sólo tres años, dando por resultado la reducción de su territorio á provincia romana.
Durante las guerras Púnicas, que fueron para los Cartagineses tan desastrosas, natural es suponer que ellos teniendo conocimiento del Continente americano, (por haber anteriormente arribado á sus playas, cuando esa República se encontraba en su apogeo marítimo), tratarían de refugiarse nuevamente en este hemisferio que les brindaba la paz y quietud desaparecidas de su suelo.
Hay también fundadas probabilidades de que partidas de Hebreos inmigraran á América. Los Hebreos, según sus auténticos textos, fueron víctimas de frecuentes guerras y luchas intestinas, hasta ofrecer al mundo entero el triste espectáculo de su destrucción y servidumbre.
Las largas contiendas que los Hebreos sostuvieron durante dieziseis siglos, desde los tiempos patriarcales hasta la venida de Jesucristo, fueron: la batalla de Rafidin contra los Analecitas, en la que éstos fueron derrotados por Josué; el castigo del pueblo hebreo, ordenado por Moisés, consistente en la inmolación de 23,000 hombres en un día; las tomas de las ciudades de Jericó y Hay por Josué; la batalla de Gaban contra los Cananeos; la batalla de los Madianitas, ganada por Gedeón; el combate contra los Amonitas y Filisteos, tras del cual fueron estos últimos vencidos por Jefthé; la lucha contra Samsón, que produjo 4,000 víctimas; el combate contra los Filisteos, durante el cual quedaron en el campo de batalla 30,000 hombres; el combate contra los Amonitas, en el que éstos fueron vencidos por Samuel; el combate contra los Idumeos, Moabitas y Amonitas, que terminó con el triunfo de Samuel; el combate contra los Amalecitas, en el que 1,000 combatientes fueron pasados á cuchillo por orden de Saul; el combate entre las fuerzas de David y Goliath, que dió como resultado la muerte de este gigante con sus 10,000 Filisteos; la batalla de Gelboe, en la que fueron derrotados los Israelitas por los Filisteos; la encarnizada guerra civil entre las fuerzas de David y las de Isboseth; la toma de Rabba por el ejército de Joab y Abisai, en la que todos los vencidos murieron en los mayores tormentos; la batalla de Efraim, en la cual fué derrotado Absolón; la guerra contra los Filisteos y Árabes, entrando estos últimos á saco en Jerusalem; el sitio de Jerusalem por Hazael, rey de Siria; la batalla contra los Idumeos, en que éstos fueron derrotados; las batallas libradas por Osías contra los Idumeos, Filisteos, Árabes y Amonitas, que fueron sucesivamente vencidos por este príncipe judío; las batallas libradas contra la Siria, ganada por Tegla-Falasar; las batallas entre las fuerzas de Ezequías y los Filisteos; el sitio de Jerusalem sostenido por Senaquerib, durante el cual murieron 185,000 hombres; las batallas sostenidas por Manasés contra los Asirios; las sangrientas batallas de Majedo, entre las fuerzas de Josías y las del rey de Egipto, Necas, que terminó con la toma de Jerusalem por este último; la segunda toma de Jerusalem por Nabucodonosor II, rey de Babilonia; el sitio de Bethulia; la invasión de la Judea por Holofernes; el sitio de Babilonia por el ejército medo-persa mandado por Ciro; el largo cautiverio de los Judíos; la persecución de los Judíos por Antioco Epifanes, en la que fueron degollados 40,000 Israelitas; la sublevación de los Judíos á órdenes de Mathatías; las guerras entre las tropas de Judas Macabeo y las de los generales Apolonio, Serón, Lisias y otros, que terminaron con las victorias que éste obtuvo sobre los generales sirios Timoteo y Nicanor; las victorias obtenidas por Jonathás sobre los generales sirios Baquidis y Apolonio; los disturbios promovidos en la Judea por los Fariseos, Saducos y Esenianos; la victoria obtenida por Hircano sobre los Idumeos; la guerra sostenida por Alejandro Janeo con los Egipcios, en la que vencieron éstos; la intervención de los Romanos, que se apoderaron de Jerusalem, pasando los Judíos á la dominación de éstos; el segundo asalto de Jerusalem por las legiones romanas mandadas por Herodes; la toma de Jerusalem por Tito, en la que perecieron 1.300,000 Judíos; y por fin, la sublevación de los Judíos encabezados por Barcoquebas, en la que 500,000 Judíos fueron pasados á cuchillo, y con cuya carniceria terminó la nacionalidad judía, á principios de la era cristiana, esparciéndose por el Mundo los pocos que sobrevivieron á esa massacre.
Cansados los Hebreos de sufrir tantas luchas y del prolongado yugo de los extranjeros que los tenían reducidos á la condición de esclavos, es lógico creer que muchos de ellos se determinaran á abandonar su suelo natal para dirigirse á regiones distantes ó apartadas, siendo probable que una de esas regiones fuera, talvez, el suelo americano.
Además, retrocediendo á época anterior y según el lib. IV de Esdras, las diez tribus que se perdieron en el cautiverio de Salmanazar, rey de Asiria (721 años antes de la era cristiana), "pasaron á una región donde nunca habitó el Género Humano, para guardar siquiera allí su ley, la cual no habían guardado en su tierra; entraron por unas angosturas del río Eufrates y llegaron á la región llamada Arsareth." Gilberto Genebrardo, al interpretar lo dicho por Esdras, opina que Arsareth es la Tartaria y añade: "Como si dijera Esdras, que pasado el río Eufrates vinieron á los desiertos de Tartaria, y de allí hacia la isla de Groenlandia, territorio de América." El P. Maluenda, en su obra De Antiquitates, cap. XXVIII, cree que Arsareth, donde llegaron las diez tribus, es aquel promontorio que está en la última Escitia ó Tartaria, del cual está dividida la América por sólo el Estrecho de Annian. Esta afirmación es apoyada por varios autores antiguos, los que afirman que estas diez tribus vinieron á poblar el Continente americano. Posteriormente, el rabbí Manassés Ben Israel, en su obra La Esperanza de Israel (Amsterdam, 1650), trató también esta materia con alguna extensión, asegurando, que en las cordilleras de la América Meridional vivía un número considerable de indios descendientes de Israelitas. Adair, que vivió cuarenta años entre los indios, observa en su History of the American Nations, pág. 15, que el origen de los indios es israelita, fundándose, principalmente, en los ritos de éstos, que son casi semejantes á los del pueblo hebreo. También Heckewelder, Beltrani, Laet, Moraez, Bealty, Stanhop, Smith y otros autores, en sus respectivas obras, concuerdan en la opinión de ser los indios descendientes de Hebreos. El P. Fr. Juan de Torquemada, en su Monarquía Indiana, tom. I, lib. V, cap. II, y Jorge Jones en su voluminosa obra Identity of the aborigines of America with the people of Tyrus and Israel, se declaran también defensores de esta teoría. Lord Kingsborough, en su extensa obra, en nueve volúmenes, hace igualmente numerosas deducciones para probar la colonización de América por los Hebreos. Además, Gilberto Genebrardo, en el libro I de su Chronologia, pág. 162, refiere que en una de las islas del archipiélago de las Azores, se encontraron sepulcros debajo de tierra, con inscripciones hebreas muy antiguas.
Los autores citados que atribuyen una estirpe hebrea á las razas indianas de América, no están contextos siempre en lo tocante á la venida de los Israelitas al Nuevo Mundo, pues unos opinan que llegaron de Oriente á Occidente, estableciéndose en el centro y sud de este Continente; pero la mayoría es de parecer que atravesaron la Persia, la frontera de la China, y en seguida el estrecho de Annian, en el Continente occidental.
La opinión emitida á este respecto por los autores antiguos y modernos, nos induce á creer que, quizá, parte de los Americanos han procedido de los Hebreos de las diez tribus que se perdieron en el cautiverio de Salmanazar, las que probablemente se dirigirían á la Tartaria y de allí á la Mongolia, pasando en seguida por el reino de Annian, luego por el de Quivirá, poblando por fin México, y sucesivamente Panamá y el Perú.
Hay fundamento para creer que algunas colonias de los Romanos emigraron al Nuevo Mundo, en época anterior á la del Cristianismo. Los Romanos, desde la fundación de su capital (753 años antes de J. C.) hasta la decadencia y término total de su imperio (año 476 de la era cristiano), tuvieron que sostener numerosas sucesivas guerras externas y disturbios internos que diezmaron grandemente sus provincias.
Tanto durante la República, como durante el Imperio, las constantes luchas en que los Romanos estuvieron empeñados, dieron por resultado la conquista de casi todo el Mundo conocido por los antiguos: la España, la Galia, la Italia, la Bretaña, los países del Danubio y los situados sobre el mar Egeo y el mar Negro, como también la Asia Menor y la Siria, é igualmente el Egipto, la Libia, la Numidia y la Mauritania. Todas estas naciones cayeron sucesivamente bajo el dominio de los Romanos.
Durante la República, que abraza un período de cerca de cinco siglos, que puede calificarse de "época de las conquistas," los Romanos, cual ningún otro pueblo, lucharon temeraria y heróicamente en sinnúmero de guerras y batallas, obteniendo siempre la victoria sobre las huestes enemigas. Las principales de estas acciones militares fueron: las guerras contra los Tarquinos, Veyenses, Equos, Volscos, Samnitas y Latinos; la contra Pirro; las tres llamadas Púnicas; la contra los Cartagineses; las contra Filipo III de Macedonia y Antioco III, de Siria; las de Yugurta y Marsica; la contra Mario, Sila, Mitridates y Sertorio; las de los Esclavos y contra los Piratas; la conspiración de Catilina; la conquista de las Galias, por César, que duró diez años y en la que el vencedor tomó ochocientes ciudades, sometió trescientos pueblos, derrotó 3.000,000 de enemigos y mató 1.000,000 en los campos de batalla; las guerras contra Pompeyo y los Triumviros; las batallas de Regila, de Filipo y de Accio; las invasiones de los Galos, Cimbos y Teutones; la conquista de la Macedonia y Grecia; y, por fin, la sumisión de España. En todos estos hechos de armas los Romanos desplegaron un valor extraordinario.
Durante el Imperio, que abarca un espacio de tiempo de cerca de cuatro siglos, las legiones romanas se hicieron igualmente notables por su pericia y valor en los combates. Las principales acciones militares que tuvieron lugar en ese período, fueron: la invasión de los Partos, que terminó con la destrucción de Seleucia, donde fueron degollados 300,000 habitantes; la sublevación de España; la batalla de Vedriac y la de Cremona; la sublevación de los Batavos; la guerra de exterminio de la Judea, en la que fué destruida Jerusalem (cumpliéndose la profecía de Jesucristo) y en la que murieron 1.500,000 israelitas; las luchas contra los Bretones y los Dacios; las tomas de Babilonia, Seleucia y Ctesifonte; la reducción de Armenia, Asiria y Mesopotamia; el sometimiento de la Arabia; la guerra contra los Marcomanes; las acciones contra Cizico, Nizzea é Iso; la guerra contra los Persas y la contra los Francos; las batallas de Verona y contra los bárbaros Godos y Alemanes; las revueltas de los Treinta Tiranos; la batalla de Naiso y la de Edesa; las luchas repetidas contra los Batavos, Alemanes, Moros y Persas, vencidos por Dioclesiano; la batalla de Andrinópolis, la de Calcedonia, la de Mursa y la de Aquilea; la guerra contra los Visigodos; las invasiones de los Ostrogodos, Pictos, Ecotos, Vándalos, Borgoñones, Suecos y Alanos; la terrible invasión de los Hunos; la toma y saqueo de Roma; la nueva guerra civil, en la que Roma fué saqueada por tercera vez, y, por fin, la caída y disolución del gran Imperio Romano.
Reconociéndose en los Romanos arraigadas tendencias á las conquistas y un genio aguerrido, sacado de las luchas y los combates, quizá al tener conocimiento de la existencia del Continente americano, se aventurarían algunas colonias á atravesar los mares en busca de ese Nuevo Mundo. Y aunque algunos autores, entre ellos Lucas Marineo en su obra Rerum Hispanorum, lib. XIX, cap. XVI, afirma que los Romanos poblaron las Indias, fundándose en que los moradores de la Isla Atlántida les habían dado las noticias de este nuevo país, aquello debe considerarse como una quimera, porque dado el caso de que esa isla hubiera realmente existido, su desaparición habría tenido lugar muchos siglos antes de la época de los Romanos. Algunos otros historiadores, que alegan que los Romanos poblaron algunos territorios de América, dicen que en la época del mayor apogeo del Imperio Romano, tuvieron noticia de la existencia del Nuevo Mundo y que poblaron sucesivamente las islas de Barlovento, Tierra Firme, México, Perú y algunas otras comarcas.
Réstanos indicar las batallas ó acciones bélicas habidas en otras nacionalidades de segundo orden, cuya política no dejó de influir grandemente, en épocas remotas, en los destinos del Antiguo Mundo.
La Asiria soportó los siguientes flagelos: la invasión de los Arabes, cuya dominación duró tres siglos; las conquistas de la Armenia y la Media, hasta la Bactriana, llevada á cabo por Nino ó Ninus con su ejército de 2.000,000 de hombres; la expedición de la India por Semiramis (2034 años antes de J. C.), al frente de 3.000,000 de soldados, con éxito adverso para esta emperatriz; la sublevación y combates de los Sátrapas; las conquistas de la Siria, Israel y Judá, las de Chipre, Armenia y parte de la Media por Sargónidas; la invasión de Egipto por Sennacherib; la toma de Nínive, y, en seguida, la de Babilonia; la conquista de la Fenicia, Siria y Judá, por Nabucodonosor; el combate contra los Medos; y el sitio y toma de Babilonia, por los Persas.
Citaremos otros grupos de acciones de armas:
La larga guerra á que tuvo que hacer frente la Lidia contra las colonias griegas del Asia Menor, apoderándose, á la postre, de Colofonte y de la Troade; la invasión de los Cimerianos; la conquista de Esmirna y la de Efeso, por Creso; la invasión de Ciro, rey de Persia, que terminó con la derrota de Timbrea y el reyno de la Lidia.
La sublevación de los Medos, que la Media sostuvo para sacudirse de la dominación de Nínive; la conquista de la Persia; el combate contra los Asirios, en que éstos quedaron vencedores, pero, á su vez, fueron vencidos por los Medos en otra batalla posterior; el sitio de Nínive é invasión de los Escitas; la toma de Nínive y el combate contra los Lidios.
La Siria tuvo también que sostener luchas en defensa de su integridad, como: el combate contra los Hebreos, que salieron vencidos; las victorias obtenidas por las tropas de Ben-Abad I y Ben-Abad II; la derrota de Ben-Abad III, que perdió las conquistas de sus antecesores; la toma de Damasco, por el rey de Asiria Teglath Falusar; el yugo de los Babilonios, Medos y Persas, que sufrió la Siria; y, últimamente, el yugo de Alejandro, que terminó con la autonomía de la Siria.
En fin, la Tartaria tuvo también sus días de gloria, pues sometió una parte de la Europa y de la Asia Menor, dominando unos y otros territorios durante veinte años; asímismo sostuvo luchas contra los conquistadores Ciro, Dario y Alejandro, sin que éstos lograran someterla.
Por las anteriores relaciones de las innumerables guerras y batallas de exterminio que diezmaron y arruinaron los diversos imperios y reinos del Antiguo Mundo, y ocasionaron también la pérdida de la autonomía de algunos de ellos, hemos tratado de probar, á nuestro entender, que las inmigraciones venidas á América de los antiguos Continentes, después de la catástrofe del Diluvio Universal, fueron: de Asia, las de los Chinos, Mongoles y Hebreos; de Africa, las de los Egipcios, Fenicios y Cartagineses; y de Europa, las de los Griegos y Romanos; razas que algunos historiadores suponen ser los progenitores de los Indios americanos. Pero estas suposiciones no pasan de conjeturas, ciertas ó dudosas, fundadas ó aventuradas, porque el asunto permanece aún obscuro, apesar de haber sido tratado por muchos hombres científicos desde hace más de cuatro siglos—tiempo trascurrido desde el descubrimiento del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón—sin que hasta ahora se haya llegado á pronunciar la última, definitiva palabra.

Emitiremos, en seguida, algunas otras apreciaciones.
No hay duda que las grandes diferencias que presentan las diversas agrupaciones indígenas, son el resultado de numerosos y diversos cruzamientos. La existencia en muchas partes de América, de ruinas que denuncian una civilización avanzada, y que los Indios que habitan este Continente no tienen ningún recuerdo, es prueba bastante para testificar que hombres civilizados se introdujeron en América desde tiempo inmemorial, encontrando aquí una ó varias razas menos aptas á la civilización, las que en parte sometieron á su poder y se mezclaron con ellas.
Si se trata de averiguar á cuál raza pertenecían aquellos hombres civilizados, bien se puede conocer que los Indios de América se acercan más, en general, á la raza amarilla que á la blanca y la negra; á lo menos, esta es la opinión de Topinard, que en su Antropología observa que "el Americano tiene en su conjunto muchos puntos de contacto con el tipo de la raza amarilla, relativo á caracteres de primer orden." Sin embargo, la forma de los Indios del nordeste, sus ritos, ceremonias, costumbres y otras particularidades, han hecho suponer también que entre sus antepasados contaban hombres blancos; suposición que parece tanto más admisible, por haberse probado que los Escandinavos (sin remontarnos á épocas más lejanas), tuvieron relaciones con la América del Norte desde el siglo X de la era cristiana.
Debemos recordar, á este respecto, la debatida cuestión iniciada por algunos etnógrafos y antropólogos, tocante á que, según pretenden, los primitivos habitantes de América habían pertenecido á la raza blanca. Si frente á este supuesto presentamos la tradición que prevalece entre los Indios del sud de Colorado, de Nuevo México y Arizona, no hay duda que una raza antiquísima de hombres blancos, superiores á ellos, habrían sido sus antepasados[74]. Dicha tradición—para mejor explicarla—se relaciona con el hecho siguiente: Un cazador llamado John Teix, de Nuevo México, ha descubierto últimamente, en la cueva de un barranco de Río Grande del Norte, cerca de las llanuras de San Agustín, en el Condado de Socorro, la momia de un hombre de muchos siglos de existencia, perteneciente á la raza blanca: excabando el suelo de dicha cueva, encontró un lecho de cemento; perforando aquel, halló una capa de huesos humanos, trozos de armas y utensilios de una época remotísima; debajo de esta capa halló otro lecho de cemento; luego otro estrato de residuos heterogéneos; en fin, una tercera capa de cemento; debajo de ésta, protejida por una obra de alfarería, una momia sentada, de raza blanca, de más de seis pies de estatura, de pelo rojo y abundante, envuelta en tres mantas y con los brazos cruzados sobre el pecho. En vista de este hallazgo, ¿sería verdaderamente fundada la existencia de una raza blanca aborígene de las comarcas de América y probatoria de que los Españoles de los siglos XV y XVI encontraron éstas ya pobladas de habitantes de raza roja?
Pero esto, se objetará, es un caso aislado que si permite suponer que en tiempos remotos existiera en América una raza de hombres superiores en casta é inteligencia, ello no prueba plenamente que los primitivos pobladores de este Continente pertenecieran á la raza blanca.
Empero, el sabio barón Alejandro de Humboldt opina que, en tiempos lejanos, los pobladores de toda la América fueron de raza blanca, y á este respecto dice: "Hombres blancos, barbudos y de mejor complexión que los naturales de Anahuac, Cundinamarca y Cuzco, aparecidos sin ninguna indicación del lugar de su nacimiento, no pudieron menos de ser sacerdotes, legisladores, amigos de la paz y de las artes, y de operar un cambio repentino en la política del país, por cuyo poderoso motivo los recibieron con veneración. Así, Quetzaltoal, Bochica y Manco-Cápacc son los sagrados nombres de estos misteriosos sacerdotes."
Admitiendo ahora la opinión emitida por otros etnógrafos tocante á la raza roja originaria de América, habría que convenir en que ella fuera descendiente de alguna raza prehistórica perteneciente á una ó varias razas inferiores y diferentes de aquellas que existen ahora en las demás partes de la Tierra, cuyos tipos, á su vez, habrían tenido, también, gran tendencia á modificarse con el contacto de otras razas superiores.
Ambas hipótesis son admisibles, pero es lo cierto, que sólo descansan sobre conjeturas, como se ve, meramente probables y de ninguna manera evidentes ni efectivas, porque no existe fuente de información que acredite la realidad de esos hechos, los cuales, por lo demás, se pierden en la obscuridad de los tiempos lejanos en que se supone ocurrieron.

Cuanto á la dificultad de inquirir las épocas fijas en que las diversas inmigraciones llegaron al Continente americano, la generalidad de los etnógrafos juzgan, como se ha dicho, que fué habitado desde remota antigüedad. Si suponemos que los pueblos del Asia Menor, que es la cuna del Género Humano, fueron los primeros que las playas del Nuevo Mundo pisaron, su contacto con este Continente pudo haber tenido lugar durante la época Cuaternaria, porque la identidad de las hachas y otros utensilios de piedra tosca y pulimentada encontrados en ambos Mundos, induce á creer que la inmigración principal del Asia Menor se produjo en la época anterior al Período Neolítico. Y al atenernos á los historiadores antiguos, los pueblos del Asia Mayor ó del Extremo Oriente habían aportado á las playas americanas siete siglos después que los del Asia Menor. Ambas hipótesis, de suyo problemáticas, admiten únicamente que los aborígenes americanos fueron encastados con razas diversas, venidas, primero, de Asia, y después, de Europa y de África.
Respecto de la otra dificultad, de inquirir también por dónde pasaron los primeros pobladores de América, varios autores presumen que por dos grandes caminos. Si admitimos con Gomara y otros historiadores, que en tiempos remotos hubo comunicación por tierra unida entre la Africa ó la Europa y la América, mediante la Atlántida, sería indudable que por esa ruta vinieran al que es hoy el Nuevo Continente, en primer lugar, los Egipcios, Fenicios y Cartagineses (de Africa), y también los Griegos (de Europa).
Cuanto á los pueblos asiáticos, tales como los Hebreos, Chinos, Mongoles y demás, últimamente ha surgido una nueva hipótesis sobre la base de una expedición de sabios ingleses, que salió de Inglaterra á fines del año 1911, con el objeto de estudiar el problema de los gigantescos restos prehistóricos de la Isla de Pascuas; expedición que, á su vez, ha planteado la fórmula de ser esa Isla el último pináculo de un continente sumergido, que ocupaba la mayor parte del que es hoy Océano Pacífico, y que unía, talvez, la Asia con la América[75]. Admitiendo esa nueva hipótesis que no pasa de una presunción problemática, factible sería que por esa misma ruta, ó por la del corto estrecho de Annian, ó también por la cadena de las islas Aleutianas, hubieran podido esos pueblos asiáticos arribar á las playas de América.
Estas son las grandes rutas que se consideran más probables para haber servido de curso á aquellas primeras expediciones que el suelo americano poblaron. No obstante, para aclarar en lo posible este punto, vamos á exponer las opiniones que al respecto opinan algunos otros publicistas.
Citaremos entre éstos, primero, á Hugo de Grocio, que en su obra titulada Disertatio de Origine gentium Americanarum, asienta: "los primeros habitantes (post-diluvianos) de la América Septentrional han venido de Noruega; los de Yucatán, de la Etiopia; los del Perú, de la India y de la China; y aquellos que son más al sud hasta el Estrecho de Magallanes, han venido del oriente por las tierras australes." Y agrega: "Es un hecho evidente, que tanto de Europa por la Groenlandia, cuanto de Asia por algún estrecho de poca extensión, se ha podido pasar á América: también se ha podido pasar á este Continente por el Estrecho de Magallanes, que sólo tiene dos ó tres leguas de largo, ó por el de Le Maire, más al Sud, suponiendo que esa tierra austral haya sido habitada."
El Dr. Pickering, en su obra Races of Men, pág. 299, observa que "existen dos vías por las cuales los inmigrantes á las Indias Occidentales ganaron los confines del Océano Pacífico: la una es por la Micronesia (una de las cuatro grandes divisiones de la Oceanía, entre la Polinesia al este, la Melanesia al sud y la Malesia al oeste; sus principales grupos ó archipiélagos son las Marianas, las Carolinas, Marshal y Gilbert); la otra es por los archipiélagos de la Papuasia (ó Nueva Guinea, grupo de dos grandes islas de la Oceanía, en la Melanesia, al norte de la Australia)."
El Dr. Hyde Clarke, en su obra Researches in prehistoric and protohistoric comparative philology, in connection with the origin of culture in America, pág. 41, opina que "en atención á las condiciones geográficas, es probable que los inmigrantes á las Indias Occidentales hayan tomado dos rutas: la una, por las corrientes y las islas del norte; la otra, por las corrientes y las islas del sud." En otro lugar, pág. 19, opina el mismo autor: "Se puede colegir que las primeras inmigraciones (las de las razas Caribes) han pasado por el Estrecho de Berhing, y las últimas (las de la raza Súmera) han pasado por el Pacífico y la isla de Pascuas." Más adelante, págs. 19-20, intenta establecer, por aproximación, la cronología de las inmigraciones á América, diciendo: "Hace tres mil años que la raza Súmera chocó en Asia contra la raza Semítica; sietecientos años más tarde este choque habría tenido lugar contra la raza Ariana...... Si el establecimiento de los Súmeros en Babilonia remonta á cuatro mil años (véase la cronología de la Biblia por Bunsen)[76], su establecimiento en la India habría sido en esa misma época, en el supuesto de que las dos inmigraciones hayan tenido un mismo punto de partida en el Alto Asia, lo que parece indicar la división en Súmero oriental y en Súmero occidental. La ocupación de Indo-China tuvo lugar en seguida, luego la de Java y la de las islas."
El hecho probable, á juicio de los diversos autores ya citados, es que se debe admitir, en atención á las divergencias lingüísticas, que América ha sido poblada desde una época antiquísima, suponiendo que el contacto de la Asia con este Continente, debió tener lugar durante la época del progreso humano caracterizado por el empleo del bronce, á la vez que la ignorancia del uso del hierro. De la identidad de los utensilios de piedra pulida encontrados en ambas secciones del Continente americano, se puede inferir que la inmigración principal se produjo en la época en que la Asia no había aún sobrepasado el Período Neolítico. De allí, que esos autores resumen su opinión con las siguientes conclusiones: 1a Los Americanos, á excepción de las razas esquimal y mongólica, habitaron el Nuevo Mundo durante un lapso bastante largo para cimentar allí varias lenguas y una civilización particular. 2a Por intérvalos de tiempo, nuevos inmigrantes vinieron de Asia, probablemente por mar, trayendo consigo el conocimiento de las artes y ciencias que constituían la civilización de los pueblos de aquella parte del Mundo. 3a No hay prueba alguna que las tres civilizaciones de México, Centro América y Perú se hubieran puesto en contacto con la civilización del Mundo Antiguo, con posterioridad á la Edad de Bronce. Y 4a La corriente de las inmigraciones se dirigió generalmente de la Asia á la América, y en esta última parte la marcha de las tribus se efectuó, las más veces, del norte al sud.
Estas conclusiones nos traen nuevamente á la teoría que venimos sustentando, de que los primitivos habitantes de América son de raza autóctona.
Bastando al respecto las opiniones de los autores citados anteriormente, réstanos agregar, que estamos en vísperas de importantes descubrimientos en el campo de la arqueología americana, pues los científicos trabajos iniciados ya en este sentido por los sabios exploradores Humboldt, Waldeck, Brasseur de Bourbourg, Stephens, Wilson, Schoolcraft, Bollaert, Bingham y otros, no han sido estériles; ni las investigaciones filológicas de los lingüistas Latham, Gallatin y Clark, tampoco han sido infructuosas.

Haciendo, ahora, abstracción de los juicios asentados sobre los primeros habitantes postdiluvianos de América, nos concretaremos á escudriñar los hechos que son más fundados y apoyados en documentos fehacientes.
De las remotas edades prehistóricas y de aquellas que siguieron á éstas hasta cerca de la Era Cristiana, no existe, como lo hemos dicho ya, ninguna fuente de información sobre los primeros habitantes del Continente americano, pues cuanto han supuesto los escritores á este respecto, no pasa de ser meras conjeturas: la historia de esas épocas se ha perdido con el trascurso de los siglos, y todo queda envuelto en la obscuridad y el misterio insondable del tiempo.
El hecho más antiguo que encontramos sobre la llegada de hombres del Viejo Mundo al Continente del Nuevo, data de cuatro siglos antes de la era cristiana. Ultimamente, á principios del siglo XIX, un labriego del pueblo de Dolores, situado á dos leguas de la ciudad de Montevideo, hizo, de un modo casual, un descubrimiento de objetos antiguos de la época del conquistador Alejandro el Magno, rey de Macedonia: efectuando una excavación para trasplantar un arbusto, encontró una piedra sepulcral con inscripciones desconocidas para él, y al alzar esa piedra, vió que ella cubría una bóveda de ladrillos que contenía dos espadas, un casco y un broquel muy oxidados, y también una gran ánfora. Tratando de descifrar la inscripción incompleta de esta piedra y los vestigios que ella cubría, un sabio llegó á leer las siguientes palabras: Alejandro, hijo de Filipo, fué rey de Macedonia, allá en la sexagésima olimpiada de Ptolomeo...... (falta lo que sigue). Sobre los puños de las espadas se hallaba grabado un retrato al parecer de Alejandro, y sobre el casco se veía cincelado á Aquiles arrastrando el cadáver de Héctor, al rededor de los muros de Troya. ¿Débese conjeturar de allí, que algunos contemporáneos de Aristóteles ó de Arquímedes hubieran hollado el suelo que es hoy del Uruguay? En este caso, algunos súbditos de Ptolomeo-Sóter ó de su hijo Ptolomeo-Filadelfo habrían sido llevados, por una tempestad, al medio del Océano y arrojados sobre las costas uruguayas. Admitiendo esta conjetura, sería probable que hubieran sido súbditos de Ptolomeo-Filadelfo, porque el padre de éste empleó sus navíos en la conquista de la Asia Menor, la Grecia, la Fenicia y las islas de Chipre y Salamina, mientras que Ptolomeo-Filadelfo las ocupó en hacer viajes de descubrimientos, siendo posible que en una de esas correrías marítimas algunos bajeles fueran arrastrados á playas desconocidas entonces.
Casi en la misma época (siglo IV antes de la era vulgar ó durante la República Romana), parece que una expedición arribó á las playas de América, pues, como lo hemos dicho antes, en las ruinas de Petén, en Centro América, se encontró ahora años, monedas del tiempo de los Romanos y herraduras de caballos de mayor alzada que los comunes, objetos que se hallan depositados en el Museo de Guatemala.
Marineo, en su obra Rerum Hispanorum, lib. XXIX, cap. XXVI, refiere que "en cierta parte de Tierra Firme de América, donde era Obispo Fr. Juan Quevedo, de la Orden de San Francisco, hallaron unos hombres mineros, estando cabando y desmontando una mina de oro, una moneda con la imagen y nombre de César Augusto (que gobernó el Imperio Romano un siglo antes de la era vulgar), la cual, habiendo venido á manos de D. Juan Rufo, Arzobispo consentino, la envió como cosa admirable al Sumo Pontífice."
El P. Fr. Gregorio García, en su obra ya citada, pág. 174, en apoyo de lo referido por Marineo, dice también que "en la Imperial, ciudad del reino de Chile, se hallaron medallas con águilas de dos cabezas, timbre del Imperio Romano, las cuales fueron siempre insignias que usaron en sus ejércitos, y por ellas se entendían sus legiones, y se llamaban triunfadoras, cifrando en su nombre el poder y la gloria del Imperio."
Si estos objetos, que datan unos de la época de Alejandro y otros de la de César, han sido encontrados, los primeros en un extremo, y los segundos en otro extremo de la América española, quizá podría colegirse que este territorio hubiera sido ocupado por los Griegos y los Romanos, durante más de dos siglos, ó sea, desde el reinado de Alejandro (300 años antes de la era cristiana) hasta el de César (100 años antes de la misma era). Y también podríase inferir, talvez, que esos Griegos y Romanos fueron los hombres de raza blanca que algunos etnógrafos suponen hayan sido los primeros habitadores de América.
Avanzando algunos siglos, ó sea, á fines del V de la era cristiana, una inmigración de Mongoles atravesó el Pacífico, desbordándose sobre las playas de México: este hecho no sólo se ha trasmitido por tradiciones populares, sino que se ha confirmado últimamente, como lo hemos dicho antes, con motivo de la guerra que la China sostuvo en 1900 contra los aliados Europeos, pues al ocupar estos últimos la capital de Pekin, descubrieron en los antiguos archivos de aquella capital, documentos que comprueban, con toda evidencia, que los Mongoles desembarcaron en el Continente americano en el año 499, es decir, 993 años antes que Colón. En dichos documentos se asevera que "cruzaron el Pacífico y desembarcaron en las playas de México, en la parte opuesta á Yucatán, y allí levantaron templos." Y este hecho parece algo verosímil, si se toma en cuenta que, hace tiempo, se encontró en las ruinas de los templos descubiertos en el Estado de Sonora, en la costa del Pacífico, una piedra, con caracteres chinos, que indican que los Mongoles habían visitado el Continente hacía muchísimos años.
Parece también evidente que en el siglo VI, según tradición de aquella época, los Hileriones, Gutos, Siuones y Sitones, piratas escandinavos de la gran isla situada al norte de Europa, cruzaron el Atlántico y desembarcaron en las playas septentrionales del Hemisferio Americano (hoy Estados Unidos de la América del Norte), quedándose algunos allí y cruzando otros todo aquel territorio hasta llegar á la meseta de Anahuac: estos últimos se establecieron en esa comarca, uniéndose con los Mongoles, y formándose de la mezcla de ambas razas, las aguerridas tribus conocidas con los nombres de Toltecos, Chichimecos, Nualtecas y Aztecas.
El historiador sueco, Mr. Folsom, encontró en algunas rocas situadas en el distrito de Assonett, cerca del río Tauntón, en el Estado de Massachussets, algunas inscripciones trazadas con caracteres escandinavos (rúnicos), conteniendo los nombres de guerreros Islandeses y Noruegos que habían formado su campamento en esa región; pero aunque estas inscripciones no llevan fecha alguna, la forma de sus caracteres prueba incontestablemente, según lo asevera Mr. Folsom, que ellos remontan á una época que aproximadamente se puede referir al siglo X. Mr. Folsom, para esclarecer esta cuestión, fué á Islandia, donde obtuvo varios manuscritos del dicho siglo, en los que constaba que dos navegantes Islandeses, Bjarne Herjulfson y Leif Erickson, habían sido unos de los primeros descubridores de América, á fines de ese siglo, el primero, y á principios del siglo XI, el segundo, manuscritos que encierran una descripción de los dos cabos llamados Cod y Santa Marta, conocidos hoy por Nueva-Bretaña y Nueva-Escosia, y de algunas otras islas de la bahía de Narraganssett, en las que estos navegantes y compañeros de viaje habían residido cerca de tres años. Empero, Mr. Folsom no se dió por satisfecho y quiso constatar la existencia de las antiguas relaciones entre el Nuevo Mundo y el Antiguo, y se dirigió á América. Allí encontró, como se ha dicho, sobre rocas del distrito de Assonett, las inscripciones trazadas con caracteres escandinavos á que hemos hecho referencia.
Posteriormente, según antiguos manuscritos escandinavos dejados en el siglo XII por el Obispo islandés Thorlak Runolfson[77], sobre los primeros viajes de los Escandinavos al Continente americano, y encontrados en Copenhague, en 1838, por Carlos Christian Rafn, Secretario de la Sociedad de Anticuarios de esa ciudad, y descritos por él en los Antiquitates Americanæ, los Suecos, los Noruegos y los Dinamarqueses, que son los que siempre se han distinguido por la audacia de sus excursiones marítimas, emprendieron viajes á la América en el trascurso de los siglos IX, X, XI y XII, y cita los siguientes:
1o El de Gunnbjoern, que el año 876 descubrió la Groenlandia (más de 600 años antes que Cristóbal Colón descubriera la América), vasta comarca de la América Septentrional, situada á los 74° de latitud norte y entre los 14° y 74° de longitud oeste[78], ignorándose, entonces, que formara parte del Nuevo Mundo.
2o El del Islandés Schnaebjorngalti, que desde el año 970 al de 980 permaneció en Groenlandia.
3o El de Eirickhinn Raudi (Erick el Rojo), descendiente de una noble estirpe de Islandia, (que fué desterrado por tres años de su patria á causa de un homicidio), decidió, en el año 982 ó 983, establecerse en Groenlandia, que había divisado Gunnbjoern, y en cuyo territorio encontró viviendas, restos de embarcaciones y herramientas de pedernal, lo que prueba que esos lugares habían sido habitados desde más de cien años antes. Erick el Rojo volvió á Islandia cumplidos los tres años de su condena, pero en 986 regresó á Groenlandia con 35 buques, de los cuales sólo 14 llegaron á aquel país, pues de los demás, unos se fueron á pique y otros, regresaron á las costas islándicas. Erick el Rojo fijó definitivamente su residencia en Brattalid del Ericsfiord, fundando allí colonias islandesas que aumentaban por modo notable y estableciendo el cristianismo: en 999 llegó á sus playas el primer misionero procedente de Islandia, conducido por Leif, hijo de Erick. Entre las muchas personas que acompañaban á Erick el Rojo, en ese segundo viaje, iba Heriulf, (bisnieto de Ingolf, primer colono de Islandia) quien se estableció en Heriulfsnes, parte meridional de la Groenlandia, donde lo alcanzó su hijo Biarne, después de una navegación llena de penalidades y zozobras.
4o El de Are Marsen de Reykjanes, que en el año 983 llegó también á Groenlandia, estableciéndose con sus compañeros en una comarca que denominaron Huitramannaland y que se extendía á lo largo de la bahía de Chesapeak hasta más allá de la Carolina; permaneciendo en tal comarca, porque los Esquimales, vecinos de ella, les impidieron el regreso á su patria. Este hecho ha sido conservado por tradiciones entre los mismos Esquimales, que á la tierra de Huitramannaland llamaban «país de hombres blancos,» por el vestido que éstos llevaban, infiriendo, con su criterio razonable, que, por sus procesiones, cantos, estandartes, pertenecían á una comunidad católica.[79]
5o El de Bjarne Herjulfson, que en el año 986 (el mismo año que Erick el Rojo emprendió su segundo viaje á Groenlandia) descubrió los territorios conocidos actualmente por Nueva Bretaña, Nueva Escocia y Nueva Finlandia ó Terranova[80].
6o El de Bjoern Asbrandson, que en el año 999 llegó, asímismo, á Groenlandia, á consecuencia de un violento huracán que le hizo perder el rumbo de su navegación, arrojándolo á una costa desconocida para él, y cuyos indígenas lo prendieron inmediatamente al desembarcar; acudiendo luego una procesión de hombres vestidos de blanco, precedidos de un estandarte y dirigidos por un venerable anciano á caballo, el que, dirigiéndole la palabra en lengua islandesa, le preguntó quién era y de dónde venía; y contestándole Bjoern Asbrandson ser natural de Islandia, el anciano dióles libertad, á él y á sus compañeros, no sin aconsejarles que se alejaran, cuanto antes, de tan inhospitalario país. El sitio donde Bjoern Asbrandson desembarcó, no fué otro que Huitramannaland, y los hombres blancos, Are Marsen de Reykjanes y sus compañeros, que diezisiete años antes se vieron obligados por los Esquimales á permanecer en la expresada comarca.
7o El de Leif Erickson[81], hijo mayor de Erick el Rojo, que en el año 1000 realizó un viaje de Groenlandia hasta una costa que denominó Helluland (conocida hoy por New-Foundland); después siguió navegando al medio día y arribó á otra costa que nombró Markland (actualmente New-Scotland, New-Brunswich y Canadá); en seguida llegó á un litoral muy ameno, entre el Cabo-Sable y Cabo-Code, al que dió el nombre de Vinland, por haber hallado en él uvas silvestres en abundancia[82].
8o El de Thornwald Erickson, hermano del anterior, que en el año 1002 estableció su residencia en Massachussets; pero en 1004 expedicionó hacia el Cabo Pedregoso, donde fué herido, en el sobaco, de un flechazo que le asestara uno de los indígenas de ese lugar, de cuya herida murió al poco tiempo, siendo enterrado en un lugar llamado hoy Garnet-Point, del cual se le desenterró hace unos cuarenta y tantos años, vestido aún con su armadura. Pocos instantes antes de morir, había encargado que se le enterrase en su residencia de Massachussets, y se le pusieran cruces en la cabecera y á los pies de su sepulcro, órdenes que fueron cumplidas por sus compañeros.
9o El de Thornstein Erickson, tercer hijo de Erick el Rojo, que en 1006 expedicionó desde Groenlandia á las costas de Nueva-Inglaterra y Nueva-Escocia. Su barco iba equipado con 25 hombres y llevó consigo á su mujer Gudrida. Al poco tiempo murió en su establecimiento de Lysufiord, al oeste de Groenlandia, por lo cual en la primavera próxima, su mujer regresó á Ericsfiord.
10o El de los ricos Groenlandeses Thorsfrin Karlsefné y Suorré Thornbrandson, que en 1007 armaron una flota de tres buques tripulados por 160 hombres, y haciéndose á la vela con rumbo á la costa norte-americana, tocaron primero en la isla de Marthas Vineyard, para dirigirse de allí á Mount-Hope-Bay, donde permanecieron durante dos inviernos. Su exploración á aquellas comarcas duró cuatro años, regresando á Groenlandia en 1611.
11o El de los hermanos Helge y Finnboge, que en 1012 abordaron las costas de Massachussets, pasando en ellas el invierno.
12o El de Gudleif Gudlengsen, quien en 1029, después de una navegación de muchos días, desembarcó en las costas de Finlandia, en las cuales encontró á sus compatriotas Are Marsen Reykjanes.
13o El de un sacerdote islandés llamado John, que en 1059 se trasladó de Islandia á Terranova con el objeto de predicar allí la fe cristiana; pero al poco tiempo murió á manos de los indígenas del lugar.
14o Los de varias otras expediciones groenlandesas que se efectuaron entre los años 1060 á 1121, y que se establecieron en las costas meridionales de Connecticut, New-York, New-Jersey y Delaware.
15o Y, por fin, el del Obispo de Groenlandia, Erick Gnupron, que en 1121 hizo una visita pastoral por aquellos países en que estaban establecidas diversas colonias de Groenlandeses.
A más de estos viajes auténticos de los Escandinavos, hay tradición de que algunos otros se efectuaron en aquellos tiempos, no pudiendo garantizar la autenticidad de ellos, por no existir comprobantes en apoyo de esas expediciones marítimas.
En antiguos manuscritos que se conservan en las abadías de Conway y Strat-Flur, consta también que en el año 1170 el sueco Gwynedd, príncipe de Madave ó Madoc, salió del puerto de Abergwilly y se hizo á la már, navegando en dirección al oeste, hasta llegar á una comarca que se supone ser la Florida ó la Virginia: dejó allí ciento y veinte colonos, y regresando á su país, vituperó la conducta de sus hermanos y sobrinos que se disputaban una tierra pobre y árida, cuando existia una región tan extensa y tan fértil sin habitantes. Pero, por ese tiempo invadió la peste negra los países escandinavos, siendo, según se dice, tales sus estragos, que la población de esos países, calculada en doce millones de habitantes, se redujo á tres millones. Calamidad tan horrible puso naturalmente término á la vida aventurera de una parte de los navegantes de esas naciones y no volvieron á intentarse descubrimientos marítimos.
Es evidente que desde el siglo IX en que los Escandinavos descubrieron la Groenlandia, formaron allí extensas colonias, cuyos habitantes pasaban con frecuencia al Continente europeo, llevando toda clase de mercaderías, principalmente maderas y pieles. Esas colonias llegaron á contar en el siglo XIV como doscientas poblaciones con iglesias y una catedral, y la grey católica estaba gobernada por diezisiete Obispos, cuyos nombres y fundaciones se encuentran en documentos auténticos.
En el trascurso de los siglos XIII y XIV sólo efectúose por los Escandinavos y otros, uno que otro viaje marítimo á las costas septentrionales del Continente americano, y, por consiguiente, á principios del siglo XV quedó casi completamente interrumpido el tráfico entre estos países y las costas americanas, á causa de la piratería que en aquellas aguas y por aquellos tiempos ejercían los ingleses: una vez cortada la comunicación entre estos países, probable es que los colonizadores de Groenlandia y demás lugares de la costa septentrional americana se mezclaran con los Esquimales, hasta confundirse con ellos por completo. Lo mismo sucedería con las colonias europeas, establecidas en otros lugares de ese mismo Continente.
Ahora, veamos los pocos viajes marítimos que aún se emprendieron, antes de los realizados por Cristóbal Colón.
Las Sagas ó crónicas de Islandia, hacen mención de una expedición salida de aquel país, cuyas naves fueron arrojadas sobre una costa meridional de la América del Norte, que se presume sea la Florida ó la Carolina del Sur. Esas mismas crónicas hablan de una comarca americana llamada "Tierra de los hombres blancos ó Grande Islandia," país en el cual se fijaron algunos Islandeses, no siendo posible precisar, con exactitud, su posición.
En el siglo XIV los hermanos Nicoló y Antonio Zeni, venecianos, descubrieron en 1390, la Tierra de Forcec, en la parte norte del Océano Atlántico, y de allí se dirigieron al oeste á una comarca que denominaron Drogno, conocida hoy con el nombre de Nueva Escocia ó Canadá.
Según los Anales de Baronius, continuados por Odorico Raynaldi, algunos Franceses de la Baja Bretaña descubrieron Terranova y el Canadá, un siglo antes de los viajes de Colón; y los primeros que hicieron este descubrimiento, á su regreso á Europa, comunicáronlo á Juan I, rey de Portugal.
Se dice que en los años 1463 y 1464 el portugués Juan Costa Vas Corterreal llegó también á Terranova; pero las noticias que se tienen acerca de este viaje son muy confusas.
En 1476, según afirman los cronistas antiguos Wytfliet, Pontanus y Horn, el rey Christian I de Dinamarca encargó al polaco Juan Scolnus ó Kolno, que hiciera un viaje á Groenlandia, á fin de reanudar las relaciones que, desde largo tiempo, se hallaban interrumpidas entre este territorio y Dinamarca, viaje que realmente se efectuó por ese marino, pues está señalado en la carta geográfica que Miguel Lok dió á luz en 1582, con el nombre de Jac. Scolnus Groetland, que es más ó menos la misma región conocida hoy por el territorio de Labrador. También el cronista Gomara, en su Historia General de las Indias, publicada en Madrid en 1553, y Herrera, en su Historia General de los hechos de los Castellanos, publicada también en la misma ciudad, en 1601, hacen, igualmente, mención de Juan Scolnus.
El P. Fournier, en su Hydrographie (París, 1679), asevera que los Normandos y Bretones sostienen haber descubierto el Brasil antes que Albérico Vespuzio y Cabral, pues de allí llevaban palo brazil, que servía para teñir.
En 1488, ó sea cuatro años antes que Colón descubriera el Nuevo Mundo, se pretende que el francés Juan Cousin salió del puerto de Dieppe, con rumbo hacia las Indias. Este viaje de Cousin ha sido tema de muchas controversias é investigaciones entre los críticos, pues unos creen que realmente se verificó esta navegación, y otros sostienen que no tuvo lugar. Al primer grupo de estos críticos pertenece el profesor Geleich, quien afirma que tal viaje es verosímil, fundándose en que el puerto de Dieppe, en esa época, era uno de los más comerciales de Europa. Se asegura que existía en los archivos de Dieppe comprobantes del viaje de Juan Cousin; pero, desgraciadamente, este archivo fué quemado por los Ingleses cuando bombardearon y se apoderaron de esa ciudad.
En fin, en esa misma época, según crónicas vascuenses, parece que Juan de Echaide descubrió algunas nuevas regiones americanas, y que este navegante fué el que participó á Cristóbal Colón la existencia del Nuevo Continente: los archivos á que se podría recurrir para la confirmación de este viaje, han desaparecido, por desgracia, á consecuencia de las guerras por las que pasara la Gascuña.

Si no se tenía un conocimiento cabal de América en los tiempos anteriores al descubrimiento de Colón, lo cierto es, que en algunos mapas geográficos de aquella época se encuentran consignadas algunas islas situadas en medio del Océano Atlántico ó próximas al Nuevo Mundo, como lo vamos á exponer en seguida.
En una carta del Atlas de Mediceano, del año 1351, se halla anotada la Is. de Brazil, y en mapas posteriores del siglo XIV, aparece el mismo nombre con las variaciones de Braxil, Brazylle ó Brasile[83], isla que probablemente se encontraría cerca de la costa del territorio conocido hoy por Brasil.
En la carta de los hermanos Pizzigani, venecianos, de 1367, aparece marcado el archipiélago de las Canarias, con algunas islas cuyos nombres no han variado hasta hoy, como la de la Palma y la de Forte-Ventura (Fortunata).
En las cartas marítimas catalanas del año 1376 (anónimas), que formaban parte de la biblioteca de Carlos V, figuran también los archipiélagos de Canarias y Azores y la isla de Madera, con curiosas leyendas algunas de ellas. La de las islas Afortunadas dice: "......... Estas islas se llaman Afortunadas, porque abundan en todo lo bueno: trigo, frutos y árboles. Los paganos suponen que allí está el Paraíso, á causa del poco calor que se siente y la fertilidad del suelo...... Así, los paganos de la India creen que sus almas, después de la muerte, van á habitar esas islas, y continúan viviendo allí eternamente del perfume de esos frutos. Piensan que en aquellas islas está el Paraíso; pero, en verdad, esto no pasa de una fábula."
En 1424 apareció en un atlas italiano que se conserva aún en la biblioteca de Weimar, la Is. Antilia. Mucho se ha hablado de esta isla, situada hacia al norte del trópico de Cancer, no lejos de las Azores: se pretende que en el año 734, cuando la España se vió invadida por los Moros de Africa, esta isla fué habitada por un Arzobispo de Porto en Portugal, y seis Obispos, con gran número de cristianos, hombres y mujeres, que habían ido allá con sus animales y sus bienes. Esta isla se encuentra reproducida en los mapas que el genovés Bedacio ó Bedrazio dibujó en 1434 y Andrés Biancho reprodujo en 1436.
El mismo Andrés Biancho dibujó en 1439 otro mapa en pergamino, que existe en la Biblioteca de San Marcos de Venecia, en el que está señalado, además de las Islas de Brazil y Antilia, otra situada hacía el cabo de San Agustín, en la Florida, designada con el nombre de Is. de la man. de Satanaxio (Isla de la mano de Satanás)[84].
En 1476 Andrés Benicasa dibujó un mapa en el que también figura la Is. Antilia, la misma que aparece igualmente en los mapas de Bartolomé Pareto, Fray Mauro, Ostelius, Mercator y Toscanelli, que, á la vez dan á esa misma isla el nombre de Sette Citades, (Isla de las Siete Ciudades).
En fin, en el célebre «Globo Terráqueo» de Martín Behaim[85], del año 1492, que se conserva en Nuremberg, aparece también la Insula Antilia llamada Septa Citade, con la siguiente anotación: "En el año 734, según se cuenta desde el nacimiento de Cristo, cuando toda Hispania estaba conquistada por los herejes de Africa, fué habitada esta isla por un Arzobispo de Porto-Portugal, con seis Obispos más y otros cristianos, hombres y mujeres, que habían huído de Hispania con su ganado y toda su hacienda. En el año 1414 pasó cerca de ella un buque venido de Hispania." Además, en el mismo «Globo Terráqueo» de Behaim, á los 50° Oeste del meridiano de la costa portuguesa, en medio del Océano, está señalada la Is. de San Brandano con la siguiente inscripción: "565 años después de Jesucristo llegó San Brandano á esta isla, vió en ella muchas maravillas, y siete años después se volvió á su país."
Algunos historiadores han negado la existencia de todas estas islas, tachándolas de fabulosas; pero al figurar ellas en los diversos mapas antiguos que hemos citado, es indudable que fueron exploradas antes del descubrimiento de Colón por atrevidos navegantes. Posible es, por lo demás, que los primitivos nombres de esas islas hayan ido desapareciendo de los mapas á medida que se alcanzaban conocimientos más exactos del Océano Atlántico, y que hubieran sido sustituidos por otros nombres indicados hoy en los mapas modernos[86].
Los hechos, crónicas y mapas que acabamos de citar tienen una autenticidad indiscutible, y los más renombrados geólogos modernos, sobre todo Alejandro de Humboldt, afirman que la América ha sido frecuentemente visitada por los Escandinavos desde el siglo IX al XIV. Desgraciadamente, estos viajes, apesar de su trascendencia, no han producido resultado alguno favorable para la América, por haber quedado interrumpida desde el último siglo citado la comunicación del Atlántico, ya por lo larga y peligrosa que se hacía la navegación á través de los mares que separan el Continente de Europa del de América, ya por las piraterías de los Ingleses en aquellos mares, ó ya, en fin, por la poca experiencia que en aquellos tiempos se tenía del arte náutico. Pero sea de ello lo que fuere, el hecho es, que quedó abandonada ó á lo menos fuera desatendida esa ruta durante el trascurso de cerca de doscientos años, llegando así á quedar olvidada la América, hasta que, en 1492, el navegante genovés Cristóbal Colón añadió este nuevo é incomparable florón á la Corona de España.
