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I. Origen de los indios de América. II. Origen y civilizaciones de los indígenas del Perú

Note 71 — PRIMERA PARTE (continued 2)

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Algunos sabios pretenden que han habido varios diluvios parciales; que el de Noé, que aconteció 2987 años antes de Cristo, no fué castigo del Hacedor Supremo, pareciéndolo, porque los Sacerdotes primitivos del Catolicismo tenían interés en hacer intervenir la Divinidad en este cataclismo, para herir é impresionar la imaginación de los pueblos; y bajo tal forma mística la afirmación histórica de ese hecho natural ha llegado hasta nosotros á través de las edades.

En apoyo de su opinión refieren el hecho de varios diluvios: como el de Ogyges, que según Herodote, tuvo lugar 1796 años antes de J. C., y el de Deucaleon, en Tesalia, 1580 años de la misma era; según las tradiciones arianas, se conserva la historia del rey Vaïswata y los siete sabios que escaparon de una inundación que cubrió los valles del Hindu-Kuch, y en seguida pudieron perpetuar la raza. También se cita el diluvio del rey Tchmonras, que inundó y destruyó la Armenia. Los Celtas, señalaban el desborde del lago Llion, que sumergió su territorio é hizo perecer á todos los seres humanos, menos á Dwyhan y Dwybach, que repoblaron la isla de Bretaña. Los Escandinavos tenían la leyenda de Belgemer y su mujer, que solo sobrevivieron al desastre diluviano y repoblaron su comarca. Los Griegos contaban cinco diluvios, según Xenophora, y tres, según el poeta Nonnus. Los Egipcios, apesar de tener conocimiento del Diluvio universal, afirman, que Egipto nunca ha sido inundado, porque su país se halla distanciado de los grandes centros glaciales.

Empero, si esos sabios alegan la pluralidad de diluvios parciales, la generalidad de los historiadores admiten la universalidad del de Noé. Algunos pretenden que la América se ha librado de ese mismo Diluvio; pero las tradiciones generales de los indios sobre este mismo acontecimiento fatal, admiten que éste fué universal: si es verdad que estas tradiciones han sido envueltas en fábulas y aún desatinos, lo cierto es que, en sustancia, manifiestan la realidad de un cataclismo, del que sus progenitores han tenido noticia: estas mismas tradiciones no solamente han sido constantes y generales, sino también circunstanciadas, concordando en ellas los historiadores Clavijero, Gomara, Herrera, Nizza, Acosta, Humboldt y otros más, que afirman que todas las naciones indianas que vivían en sociedad, conservaban en sus pinturas, cánticos y relaciones de padres á hijos, la memoria de aquella catástrofe.

Los Indios de la isla de Cuba, según Francisco Javier Clavijero, en su «Storia del Messico», tom. I, foj. 15, dijeron á los conquistadores españoles, que «habían entendido de sus antepasados, que Dios crió el cielo, la Tierra y todas las cosas; que previendo un viejo una grande inundación, con la cual quería Dios castigar los pecados de los hombres, fabricó una canoa cerrada y se embarcó en ella con toda su familia y muchos animales; que habiéndose disminuido las aguas, soltó el cuervo, el cual no volvió por estarse comiendo los cadáveres; que echó á la paloma y volvió con un ramo verde de hobos; que desembarcó el viejo, y hallando uvas silvestres hizo chicha, con la cual quedó ébrio y dormido; que uno de sus hijos hizo burla de su desnudez, y el otro lo cubrió; que sabiendo el viejo lo que había pasado, maldijo al primero y bendijo al segundo; que ellos descendían de aquel hijo maldito, puesto que se hallaban desastrados y desnudos, y que los Españoles tendrían sin duda su origen del bendito, puesto que se hallaban bien vestidos y con mejor fortuna.»

El mismo Clavijero, en su citada obra, tom. I, lib. II, y tom. II, disert. 1-3, dice: «Entre los Indios de la América Septentrional no sólo era general la noticia del Diluvio, con la expresión de la barca, hombres, animales, cuervo y paloma, sino también circunstanciada con la Torre de Babel, confusión de lenguas y dispersión de las gentes.» Los Mexicanos según Mr. Ernesto Desjardins en su historia «Le Pérou avant la Conquête Espagnole», admiten también el Diluvio universal, que aniquiló la raza humana, en cuya catástrofe los hombres quedaron transformados en peces; pero su Noé (Coxcox) y su muger, se salvaron en un tronco de árbol que flotaba sobre las aguas, y se volvió á poblar la Tierra.

El manuscrito mexicano copiado por el Padre domínico Pedro de los Ríos, en 1566, y conservado en la Biblioteca del Vaticano, bajo los números 3,738 y 3,776, representa por signos simbólicos y figuras que no tienen nada de incomprensible, las cuatro edades del Mundo. La tercera edad, que había durado 4008 años, fué terminada por un diluvio.

Los habitantes de Teochiapan, en Guatemala, según el sabio Alejandro de Humboldt, en su obra «Vues des Cordillères,» conservan tradiciones que se remontan al tiempo de un gran Diluvio, después del cual, sus ascendientes, bajo el mando de un jefe llamado Votan, vinieron de un país situado hacia el Norte. En la aldea de Teopixca existían todavía en el siglo XVI descendientes de la familia de Votan, siendo admirable cosa encontrar en la América un nombre que recuerda al de Votan, cuyo progenitor reinó entre los Escitas y cuya raza dió reyes á un gran número de pueblos.

Antonio de Herrera, en su década IV, lib. I, cap. XI, refiere que «los Indios de Tierra Firme conservaban la memoria de haberse salvado sus progenitores con algunos animales en una barca; de haber largado primero un pájaro por ver si habían cesado las aguas, y después otro, el cual volvió con un ramo verde, y de haber con eso salido á poblar, por segunda vez, la Tierra».

Los Muyscas, en sus tradiciones, conservan el recuerdo de un diluvio, pues refieren que en los tiempos más remotos, antes que la luna fuese creada, los habitantes de la meseta de Bogotá vivían en estado de barbarie; que de repente se les apareció un viejo desconocido, perteneciente á una raza diferente á los indígenas, de barba larga y espesa, que se llamaba Bochica ó Boquica, que traía una compañera llamada Huytaca, que era de carácter tan descontadizo, que contrariaba á su esposo en todo lo que él emprendía: ella hizo hinchar el río Fungha, cuyas aguas cubrieron todo el valle de Bogotá é hizo perecer casi todos los habitantes, por cuyo delito Bochica la persiguió y la condenó á alumbrar la Tierra durante la noche, creyendo los Muyscas que la tal Huytaca es la Luna. Después de haber retirado las aguas, Bochica prosiguió su obra civilizadora.

Fr. Marcos de Nizza, en su obra «Ritos y Ceremonias de los Indios de Quito,» asegura que esos indianos «conservan aún la memoria de un antiquísimo general naufragio proveniente de que el primer hombre ó dios llamado Pacha, no teniendo con quien hacer guerra, la mantuvo con una gran serpiente á la que hirió con sus flechas, la que vomitó tanta agua que anegó toda la Tierra; que se salvó Pacha con sus tres hijos y mugeres, fabricando una casa sobre la cumbre del Pichincha, donde metió animales y víveres; que pasados muchos días largó el allaguanga, ave semejante al cuervo, y no volvió por comer los cadáveres de los animales muertos; que echando otro pájaro, volvió con hojas verdes; que bajó entonces Pacha con su familia hasta el plan, donde es la ciudad de Quito, y que al tiempo de hacer allí la casa para vivir todos juntos, ninguno pudo entender lo que hablaba el otro; que separados por eso, con sus mugeres, se habían establecido los tres hermanos y el viejo en diversas partes de la comarca, donde estaban todavía sus descendientes.»

El P. José de Acosta, en su «Historia Natural y Moral,» lib. I, cap. XXV, expone que «Los Peruanos convenían todos en que se habian ahogado todos los hombres, á excepción de muy pocos, á los cuales escondió el Sol en una pequeña isla del lago Titicaca, según unos, ó en la cueva de Pacaritambo, según otros; que saliendo con el tiempo un Viracocha ó personaje con su familia, después de haber hecho asiento en Tiahuanacu, se fué al Cuzco y volvió á multiplicarse el Género Humano.»

Francisco Gómez de Gomara, en su «Historia General de América,» cap. CXXII, al ocuparse de los indios de la Provincia de Pachacamac y sus confinantes, dice «Muchos mantuvieron la tradición de que en tiempos antiquísimos había llovido tanto, que se anegó toda la Tierra, á excepción de la elevada cumbre de un monte, donde unos pocos fabricaron una casa con ventanas altas y bien cerradas, y metiendo dentro muchos animales y otros comestibles, salvaron ellos solos sus vidas; que dejando de llover por bastante tiempo, echaron por las ventanas dos perros, y volvieron bañados y sin lodo, conocieron que aún no se habían disminuido las aguas; que pasado más tiempo echaron otros dos perros, y como éstos volvieron secos y con sólo el lodo á las patas, conocieron que había cesado el diluvio; que esperando algunos días más, salieron y volvieron á poblar el Mundo».

Algunos pueblos de la América del Norte conservan igualmente la memoria de una antigua inundación llamada el Diluvio de los Apalaches.

Hasta los Groenlandeses cuentan que el primer hombre creado fué Kallak, y que de su dedo pulgar salió la primera mujer, después de lo cual, el mundo se anegó y no pudo salvar más que un hombre y una mujer.

Basta lo citado sobre las tradiciones de los indígenas respecto al Diluvio, para convencerse que tanto en el Continente del Nuevo Mundo, como en los del Antiguo, se conserva siquiera una idea, un recuerdo de que el Mundo fué sumergido por ese cataclismo universal; tradición que se ha venido conservando entre los Indios desde las primitivas generaciones, pues en su sucesión no interrumpida, han venido comunicándola de padres á hijos.

Como se ve, todas estas tradiciones y muchas otras que no anotamos, porque ello sería demasiado extenso, prueban incontestablemente que el Diluvio de Noé se extendió también al Continente americano; y lo prueba tanto más el derrumbo que el año 1763 tuvo lugar de la mitad del cerro de Coconuco, en el Ecuador, descubriéndose en la otra mitad que quedó en pie, las diversas capas ó listas paralelas de que poco á poco se fué formando dicho cerro, siendo unas de diversos colores de tierra, otras de arenas, otras de piedras; en fin, otras formadas de innumerables especies de caracoles, conchas y otros testáceos, petrificados unos y no petrificados otros. Y aún en el suelo peruano tenemos pruebas evidentes de haberse realizado este cataclismo en el Continente americano pues en las inmediaciones de Palta se han encontrado depósitos de conchas marinas á 300 pies de altura sobre el nivel del mar; Darwin halló iguales conchas en Chile á 1300 pies; Loomis, las halló en las pampas de Iquique á 2500 pies; en Caracoles se han hallado también á 5000 pies de altura; en la mina de Hualgayoc, en Cajamarca situada á 12,000 pies sobre el nivel del mar, encontróse igualmente conchas petrificadas, hecho que fué constatado por el sabio Alejandro de Humboldt; y por último, un joven cateador de minas, llamado Raúl Pérez, encontró el 8 de Diciembre de 1890, en el cerro de Vilque, en la Provincia dé Puno, á más de 12,000 pies sobre el nivel del mar, un caracol de 12 centímetros de longitud por 7 de altura y del peso de 822 gramos, hallazgo que llamó sumamente la atención de las personas que lo vieron.

En conclusión, es un hecho indudable, que la memoria del Diluvio se encuentra en las tradiciones de todos los pueblos de la Tierra, y la ciencia moderna, á este respecto, está también conforme con la Biblia; que es la más antigua historia de aquella catástrofe.

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