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I. Origen de los indios de América. II. Origen y civilizaciones de los indígenas del Perú

PRIMERA PARTE

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HABITANTES DE AMÉRICA ANTES DE LA CONQUISTA

Illustration from I. Origen de los indios de América. II. Origen y civilizaciones de los indígenas del Perú.

Antes de abordar el asunto del presente trabajo, debemos indicar, de preferencia, cuáles fueron los habitantes del Continente de América cuando Cristóbal Colón hizo el descubrimiento de él, á fines del siglo XV.

Tanto el Hemisferio Norte como el Hemisferio Sur, estaban habitados por naciones y pueblos indianos, algunos de carácter belicoso y guerrero, otros de genio dócil y humano, viviendo casi todos en pleno estado de barbarie. No obstante, algunos habían alcanzado un grado de civilización relativamente tan avanzado, que formaban Estados regularmente constituídos, entre otros el de México y el del Perú.

La totalidad de esta colectividad indiana se dividía en dos grandes ramas distintas: Rama Septentrional (América del Norte) y Rama Meridional (América del Sur), teniendo ambas, caracteres ó rasgos generales que permitían distinguir la una de la otra; se calcula que entre las dos ramas habría cerca de 4,000 tribus distintas, que formarían, se colije, una población de más de 50.000,000 de habitantes.

Va en seguida, la relación de las principales tribus, de las que omitimos las del territorio actual del Perú, para enumerarlas al principiar la Segunda Parte de esta obra.

RAMA SEPTENTRIONAL

Crecido era el número de las tribus de esta rama; pero citaremos tan sólo las más notables, por orden alfabético:

APACHES, nómades por las fronteras de la California, en el Alto México. Esta familia estaba dividida en varias parcialidades: Apaches-Mescaleros, Apaches-Mimbreños, Apaches-Gilenos y Apaches-Tontos; todos estos indios tenían la tendencia del robo y el crimen.

APALACHES ó ALEGAMIOS, del Sur de la Georgia y de la bahía de Mobila, hacia la embocadura del Mississipí.

ARICARIS, del río Missouri, antes de la desembocadura del Mississipí.

ARKANZAS, del territorio de Ohio.

ASSINOBOINS, de las comarcas del Bajo Canadá.

ATHABASCANAS, del norte de las Montañas Rocosas ó Rocallosas, y de las llanuras y bahía de Hudson.

CARIBES, numerosa é inhumana tribu de las Antillas.

CHACTAS, del territorio bañado por el Mississipí, en el Estado de la Florida, que eran más apacibles que las demás tribus septentrionales.

CHEROKEES, de los territorios de Carolina del Sur, Alabama y Yowa: formaban y forman aún una república, cuyo poder ejecutivo se ejerce por un jefe principal, al que asisten tres consejeros elegidos por el legislativo: cuenta este gobierno con dos cámaras que, reunidas, tienen el título de Asamblea General de la nación Cherokee: el poder judicial lo ejerce una Corte Suprema; tienen imprenta y un periódico titulado El Fénix, redactado en las lenguas cherokee é inglesa, que sale á luz desde 1828.

CHICACHAWS, del territorio de Nueva Orleans.

CHICHIMECOS, del Estado de Durango, en México.

CHINNOCKES, tribu numerosa que formaba una monarquía, la cual subsistió durante 500 años, y perdió su autonomía con la conquista: después ha estado errante por la embocadura del Oregón, en la costa occidental del Pacífico.

CHIPPEWAIS, ó ALGONQUINES, del Lago Superior y otros lagos hacia las cabeceras del Mississipí: familia que se subdividía en varias tribus, entre las cuales se contaban como principales los Saltadores, los Zorros y los Ayomas.

CHOCHONIS, errantes por la zona de las Montañas Rocallosas.

CHOCTAWS, de la comarca situada al este del río Mississipí.

COMANCHES, de las praderas del Arkansas.

CREEKS, del oeste de la Georgia y parte de Alabama, entre los ríos Chatahorkee, Tallapoosa y Coosa: formaban, en unión de los Siminoles, una confederación que era la más fuerte de la América Septentrional.

DELAWARES, de los territorios de Pensylvania y Ohio: otra parcialidad había en el extenso territorio comprendido desde el río San Lorenzo hasta el interior de las Montañas Rocallosas: de esta familia dependían las tribus de los Knistenos, Miamis é Illinois.

HURONES, del Alto Canadá, entre los lagos Erie, Hurón y Ontario: eran gobernados por jefes hereditarios.

IROQUESES, del Alto Canadá y Estado de Michigán: era familia entonces muy poderosa, que se componía de seis tribus: Mohawks, Ousides, Onondages, Senaas y Cayugas, constituídas en una especie de república salvaje, y que se daban el título de Onquehouwe, es decir, más grande que los demás.

KACHAQUIS, de los bosques de Guatemala.

KANSAS, de las llanuras entre el Arkansas y el Río-Rojo.

KOLIONGES, del territorio de Nueva Norfolk y Nueva Cornwall.

MENOMEDES, de los alrededores del lago Michigán.

MINATARES, del río Missouri.

MISSOURIS, del río de su propio nombre.

MIXTECAS, del Estado de Oajaca, en México.

MOHICANOS, del río Connecticut, en los territorios del Vermont y Nueva Hampshire y del Bajo Canadá.

MOQUIS, del territorio del Estado de Arizona.

MOSKITOS, de los bosques regados por el río San Juan, en Nicaragua.

MUSCOMULGOS, del oeste de la Georgia y parte de Alabama.

NAHUALTS ó AZTECAS, que se extendían desde el lago de Nicaragua hasta el Río del Norte, y constituían el Imperio Anahuac ó México, que llegó á un grado de civilización bastante adelantado, pues era el único pueblo que entonces poseía una literatura propia, debido al empleo de una escritura simbólica particular: habían subyugado á las tribus Oajacas, Mixtecas y otras.

NATCHEZES, del territorio regado por el Mississipí, en la Florida, que se distinguían por signos característicos apacibles.

NAVAJOS, del Sur del territorio de Colorado.

NIQUIZAS, del territorio de Nicaragua.

NUALTECAS, de la meseta de Anahuac, en México.

OLMECOS, del extenso país de Anahuac, algo civilizados, que dejaron en México y Centro América monumentos ciclópeos, como los de Mitla y Palenque, cuyas ruinas subsisten aún: los Olmecos emigraron más tarde hasta el lago de Nicaragua.

OMAHAS, del Alto Missouri.

OSAJES, de los parajes entre el Mississipí y el Missouri.

ONANDOGAS, de las comarcas de Nueva York.

OTOGAMIS, de los tupidos bosques regados por el río Missouri.

OTOMITAS, del territorio de Mechoacán, en México: de esta familia son las tribus de los Mayas y Leucas, situadas entre los Istmos de Panamá y Tehuatepec.

PAWNEES, de las riberas del río Mississipí.

PAKIS, de las orillas del río Missouri.

PIELES ROJAS, numerosa tribu que ocupó los dilatados territorios de Tennessee, las Carolinas, la Virginia, el Maryland, la Pensilvania y una parte del Estado de Nueva York, replegándose después en los bosques del Arkansas.

PIPILES, de los territorios de Guatemala y San Salvador.

POCOMANES, de los bosques de Guatemala.

PONCAS, de la ribera izquierda del Missouri.

POYAS, del territorio de Honduras.

QUICHEES, del territorio de Guatemala.

SAKIS, de las orillas del río Mississipí.

SHAWNESSES, del Lago Hurón.

SEMINOLES, del interior del territorio de la Florida.

SIOUX, de la comarca de la Luisiana: tenían dominio sobre todas las tribus esparcidas en el territorio situado entre los ríos Missouri y Mississipí, entre los cuales se hallaban los Dakotas, Vinebagos, Osajes, Kansas, Mandanes, Mitures, Otoes y Omahos.

TARASCOS, de la comarca de Mechoacán, en México.

TEPANECAS, del territorio de Guatemala.

TLASCALES, de las comarcas de Veracruz y Oajaca, en la costa del Pacífico: componían una república independiente, que los emperadores de México jamás pudieron subyugar.

TOLTECOS, de México: tribus cuya civilización era algo adelantada, pues fueron ellos los que erijieron en México las pirámides, dividieron el año solar é inventaron los geroglíficos: más tarde, emigraron á la parte meridional de América.

TULARENAS, del territorio de California.

WAKISHES ó NOOTKANES, de la Isla de Nootka y costas inmediatas.

WALKASKI, del territorio de la Nueva Georgia.

ZAPOTECAS, del territorio de Oajaca, en México.

ZUNIS, de la región de Puebla, en México.

ZUTUGILES, de los bosques de Guatemala.

Y muchas otras tribus de segundo orden, diseminadas en el resto del Continente de la América Septentrional, como las denominadas:

CATAWAS ó CHICOAS

CHICASAWS

MANADANES

MIAMIS

MOKAWKS

MUSKEJOS

OJIBBEWAYS

OTAWWAWS

SENECAS

TUSCARORAS

UCHEES, y otras.

Cuando los colonos ingleses se lanzaron sobre el territorio de la América del Norte, vivían allí muchas tribus diversas[42]. Todos estos indios desposeídos, primero, del suelo que ocupaban desde tiempo inmemorial, y en seguida, diezmados por las cruentas guerras con que los provocaran los sajones, no tuvieron ya asilo en sus propios tupidos bosques, en los que, antes, no sospechaban que llegarían á ser sacrificados por los inhumanos invasores, quienes so pretexto de llevar allí la civilización, aniquilaron casi completamente la raza indiana. Este aniquilamiento ha tenido que ser obra de algún tiempo, pues los ingleses, primero, y los yankees, después, exterminaron todas estas tribus indígenas, organizando con la sangre fría que los caracteriza, sistemadas cacerías, en que los perseguían tenazmente á balazos, como á fieras, hasta conseguir hacerse dueños de toda la extensión del Atlántico al Pacífico, esto es, del vastísimo territorio que hoy constituye los Estados Unidos de Norte América.

RAMA MERIDIONAL

Los indianos de la Rama Meridional, que habitaban la parte Sur del Continente de América, cuando Cristóbal Colón descubrió el Nuevo Mundo, eran entonces mucho más numerosos que los de la Rama Septentrional. Muchas de estas tribus aborígenes existen todavía, principalmente aquellas que viven en los bosques, ríos y montañas que todavía no han sido explorados ni conquistados, y cuyos habitadores, por consiguiente, se hallan hasta hoy, en un estado de completo atraso.

Enumeraremos en seguida, siempre por orden alfabético, las principales de estas tribus, á excepción de las del actual territorio del Perú, de las que, como hemos dicho ya, nos ocuparemos en la segunda parte de esta obra.

ABIPONES, del Río de la Plata, junto al Paraná, en la Argentina.

ACHAGUAS, de los ríos Guachira y Casahuara, en Colombia.

AGACES, del río Paraguay, en la Argentina.

ALLENTIACS, de las cordilleras de Cuyo del Collingast y de las provincias de San Juan y Mendoza, en la Argentina.

AMARIZANOS, del río Casanare, en Venezuela.

ANDOQUIS, del territorio de Mocoa, bañado por los ríos Caquetá y Putumayo, en Colombia.

ANGAMARCAS, del río San Felipe, en el Ecuador.

APIACAS, de la cuenca del río Ainos, en el Brasil.

AQUILOTAS, del río Bermejo, en el Paraguay.

ARAUCANOS, del territorio situado entre los ríos Bío-Bío y Valdivia y entre los Andes y el Pacífico: es familia cuyas tribus componen una especie de confederación con los Puelches y Pehuenches, que no reconocen ningún jefe, pues todos los negocios se deciden en un Consejo compuesto de los hombres más ancianos de cada tribu. Son los únicos indios de la América Meridional que, hasta ahora, han conservado su independencia como Estado, pues ni los españoles, durante el coloniaje, por más esfuerzos que hicieron para dominarlos, ni los chilenos, con los que colindan, han podido ni pueden sojuzgarlos.

ARROWANKS, del río Surinam, en la Guayana holandesa.

ARUACAS, de la Sierra Nevada de Santa Marta y de los ríos Jalambó y Nulpe, en Colombia.

ATACAMAS ó CUNZAS, de la región hidrográfica del Gran Salar, en el desierto de Atacama, en Bolivia.

ATACAMES, de los ríos Esmeraldas y Mir, en el Ecuador.

AZUEROS, de la península de su nombre, hasta el golfo de Parita, en el Istmo de Panamá.

BARBACOAS, de la embocadura de los ríos Telembí y Patía, en Colombia: con los Telembís y los Iscuandés componían una república gobernada por Régulos, que eran nueve ancianos que constituían una especie de Senado.

BETOYAS, de las faldas de los Nevados de Chita, en Colombia.

BONDAS, de las comarcas de Santa Marta, en Colombia.

BORRORES, de la provincia de Matto-Grosso, en el Brasil.

BOTOCUDOS, de las montañas de Minas-Geraes, en el Brasil.

BRACAMOROS, del río Chichipa y sus afluentes y en las selvas de Jaen, en el Ecuador.

CALCHAQUIS, del río Salado, de la región del Tucumán, en la Argentina.

CALOTOS, de las comarcas de Popayán, en Colombia.

CALLAGUAYOS ó JUNQUENOS, de la provincia de Muñecas, en Bolivia: en tiempo del Imperio Incáico, fueron designados para contraerse á la curación de las enfermedades, pues tenían profundo conocimiento de las propiedades de las plantas y hierbas: hoy mismo son los únicos indígenas curanderos que recorren todos los ámbitos de la América del Sur, con sus cargas de vegetales al hombro.

CAÑARIS, de los ríos Pauta y Naranjal, en el Ecuador.

CARACARÁS, del río Paraná, en la Argentina.

CARANQUIS, de las comarcas bañadas por los ríos Angel, Pisco, Tahuando, en el Ecuador.

CARES ó CARIOS, de los ríos Tosagua y Chono, en el Ecuador.

CARIBES ó CANÍBALES, de las Antillas Menores y costas de la América del Sur, desde Cabo de la Vela hasta la embocadura del Surinam, en la Guayana.

CAUCAÚS, del Estrecho de Magallanes.

CAUQUENAS, del río Maule, en Chile.

CAUXICUNAS, de la embocadura del río Tocantin, en el Brasil.

CAYAMPAS, de la falda del Nevado Cayambi, en el Ecuador.

CAYAPÚS, de la provincia de Goyas, en el Brasil.

CAYMANOS, del río de su nombre, que desagüa en el Darién, en el Istmo de Panamá.

CAYUBABAS, de los ríos Mamoré y Jamaná, en Bolivia.

COFANES, de las comarcas de Quito, en las cabeceras del río Aguarico, en el Ecuador.

COPIAPOS, de la provincia de su nombre, en Chile.

COQUIMBOS, de las islas Coquimbanas, en Chile.

COMECHINGONAS, de la comarca de Córdoba del Tucumán, en la Argentina.

CUMÁNAGOTOS, de la provincia de Cumaná, en Venezuela.

CUNAS ó CUNACUNAS, del río Chagres hasta la bahía del Chocó, en el Istmo de Panamá.

CUNCOS ó CUNCHOS, del canal de Chiloé y archipiélago de los Chonos, en Chile.

CHAYMAS, de los llanos y montañas de Colombia.

CHARCAS, de la comarca de Chuquisaca, en Bolivia.

CHARRÚAS, de la comarca comprendida desde Maldonado hasta cerca de la boca del río Uruguay y de los ríos Negro é Ibicuy, en la Argentina.

CHAYMAS, de los ríos Guarapiche y Colorado, en Venezuela.

CHIBCHAS ó MUYSCAS, de toda la extensión comprendida por las sabanas de Bogotá, Zipaquirá, Ubabé y los valles de Fusagusagú, Caquetá, Pacho y Tunza, inclusive las circunscripciones de Guatavitá, Tunja, Tundama y Sogomoso, de Colombia. La familia Chibcha estaba dividida en dos monarquías: la nación de los Zaques y la de los Zipas. Después de México y el Perú, la nación de los Chibchas fué la tercera en civilización americana.

CHIMBOS ó CHIMBORAZOS, de la cordillera occidental de los Andes del Ecuador.

CHIQUITOS, de la región de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia: esta familia comprendía la tribu de los Chiquitos propiamente dichos y las de los Samucas, Sarabecas, Otoquis, Curuminacas, Cobarecas, Tupis, Paiconecas y Corobecas.

CHIRICOAS, del río Capanapuro, en Venezuela.

CHIRIGUANOS ó CUMBAS, de la cuenca de los ríos Guapay y Parapati, y de los ríos Pilcomayo y Bermejo, en el Chaco boliviano.

CHIRIQUÍS, de la Serranía de las Cruces, en el Istmo de Panamá.

CHOLOS ó CHOCOS, del Darien del Sud, en el Istmo de Panamá.

CHONGONES, de la ensenada de Charapoto hasta Chongón, en el Ecuador.

CHONOS, del archipiélago de su nombre, en Chile.

CHUCHUMAQUES, del río de su nombre, en el Istmo de Panamá.

CHUMULAS, de la laguna de Chiriquí, en el Istmo de Panamá.

CHUNCHOS, del río Anarumaya ó Madre de Dios, en Bolivia.

FUEGUINOS, del archipiélago que está separado por el Estrecho de Magallanes, entre los Océanos Atlántico y Pacífico australes.

GALIBIS, de los ríos Sinnamary, Iracoubo, Organabo y Mana, de la Guayana francesa.

GOAGIRAS, de la península de su nombre, entre el golfo de Maracaibo y el Mar de las Antillas, en Venezuela.

GUACHICOS, del río Tacuari, en el Paraguay.

GUAHIBOS, errantes sobre los ríos Vechado y Meta, en Venezuela.

GUANAS, de la comarca de Chuquisaca, en Bolivia.

GUAQUERIS ó GUARUNAS, de la comarca de Cumaná, en Colombia, é Isla Margarita, en Venezuela.

GUARANIS ó TUPIS, de la inmensa región que abraza los límites de los territorios del Brasil, Uruguay, Río de La Plata y Paraguay: algunas parcialidades se extienden hasta las Guayanas y el Mar de las Antillas: consta esta familia de los Guaranís propiamente dichos y de los Botocudos, estos últimos del Brasil.

GUARAÚNAS, del río Guarapiche, en Venezuela.

GUARAYOS, del río Mamoré, en Bolivia.

GUASARAPAS, del río de su mismo nombre, en el Paraguay.

GUAYCURUS, de la comarca de Matto-Grosso, en el Brasil.

HAMBATOS, del río de su mismo nombre y del de San Fernando, en el Ecuador.

HATUNTAQUIS, de los ríos Peguche y Blanco, en el Ecuador.

HUAMBOYAS, de la Cordillera de Cubillín, en el Ecuador.

HUANCAVILCAS, de la ensenada de Charapoto hasta Chongón ó Punta de Santa Elena, en el Ecuador: los Huancavilcas formaban una confederación compuesta de quince tribus, cada una con su respectivo Cacique.

HUILLICHES, del territorio que separa el río Valdivia del archipiélago de Chiloé, en Chile.

INGANAS, de la comarca de Mocoa, en Colombia.

ITONAMAS, de los ríos Nonama y Machupe, en Bolivia.

LACHAS, de las comarcas de San Juan de los Llanos y de Tunja, en Colombia.

LAPUNÁS, de la Isla Puná del golfo de Guayaquil, en el Ecuador.

LECOS, de los bosques de Caupolicán, en Bolivia.

LULÉS, de los ríos Salado y Tibibiri, en la Argentina.

LUPACAS, de la altiplanicie de los Andes de Bolivia.

MACARINAS, de los ríos Beni y Tumapasa, en Bolivia.

MACAS, de los ríos Ulpano y Mauguasua, en el Ecuador.

MACURITARES, del río Ventuari y sus tributarios, en Venezuela.

MACHICUYS, del río Paraguay, en la Argentina.

MACKUERANDAS, del río Paraná, en la Argentina.

MALBALÉS, del Río Grande, en la Argentina.

MANAOS, de la Guayana portuguesa.

MANDRACOS, del río Amazonas ó Solimoes, en el Brasil.

MANTAS, de la Punta de Santa Elena hasta la ensenada de Charapoto, en el Ecuador.

MAPOCHOS, del río de su nombre, en Chile.

MARCANIS, de los ríos Beni y Tuanapasa, en Bolivia.

MATAGUAYOS, del río Pilcomayo, en la Argentina.

MAYAS, del Estado de Yucatán, en México.

MAYNAS, del río Amazonas ó Solimoes, en el Brasil.

MAXURUNAS, de las selvas de Tabatinga, en el Brasil.

MAYPUROS, del Alto Orinoco y de los ríos Atabapo y Negro, en Colombia.

MBAYAS, de las pampas del Paraguay.

MEPENES, del río Paraná, en la Argentina.

MIRANHEROS, de los bosques bañados por el Yapurá, en el Brasil.

MOBIMAS, del río Beni y comarca de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia.

MOCOBIS, del río Paraná, en la Argentina.

MOCHAS, del río Pachaulica y sus afluentes, en el Ecuador.

MOLUCHES, de la comarca de Valdivia, en Chile.

MOSETENES, de los ríos Beni y Mamoré, en Bolivia.

MOTILONES, de los ríos Muchiche y San Faustino, hasta el valle de Cuenca, en Colombia.

MOXOS, de los ríos Mamoré y Mashupo, en Bolivia.

MUZOS, del río Apoparis, al Sud de Popayán, en el Cauca, en Colombia.

OMAGUAS ó ENAGUAS, del río Napo, en el Ecuador.

ONÁS, de la parte septentrional de la Isla Southland, en la Tierra del Fuego.

OTÁVALOS, de los ríos Peguche y Blanco, en el Ecuador.

OTOMACOS, de la región que se extiende desde el Casanare hasta el Orinoco, en Colombia.

PACAMOROS, del río Chichipa, en el Ecuador.

PALTAS, de los ríos Colán y Amarillo, en el Ecuador.

PAMPAS, de las extensas pampas de la provincia del Río de La Plata, en la Argentina.

PANAS, de la Cordillera de los Andes, en Bolivia.

PANCHES, del río Magdalena, en Colombia.

PATACHES, de la comarca de Minas-Geraes, en el Brasil.

PATAGONES, del territorio austral de la Patagonia.

PAYAGUAS, de la comarca de la Asunción y del río Paraguay hasta su unión con el Paraná, en el Paraguay.

PEHUENCHES, de la región de los Andes de la Araucanía y Patagonia.

PIJAOS, de las serranías de Barragán, en Colombia.

PINAMPIRAS, del río Pisco, en el Ecuador.

PROMAUCAS, del río Maule, en Chile.

PUELCHES, de los valles de la Cordillera de Chile.

PURACATIS, del país de Piagui, en Colombia.

PURIS, del río Paraiba, en el Brasil.

PURUHUAS, del río Chambó hasta el Nevado de Tungurahua, en el Ecuador.

QUERANDIS, del río Paraná, en el Brasil.

QUITUS, de la Cordillera occidental del Ecuador, hasta Quito: su gobierno era una especie de confederación establecida entre los Quitus y las tribus de los Imbayas, Latacungas, Puruhuas y Cañares.

SALIVAS ó CABORÉS, de los ríos Guaviare y Meta, en Colombia.

SARABECAS, del río Itenes, en Bolivia.

SUCUMBIOS, del río San Miguel, en el Ecuador.

TABOGAS ó URABÉS, del archipiélago de las Perlas, en el Istmo de Panamá.

TAIRES, de la Guayana holandesa.

TAYRONAS, del valle de Santa Marta, en Colombia.

TEHUELCHES, del territorio comprendido entre el Río Negro y el Río Colorado, de la Isla de Tehuel, al Oriente de la Patagonia.

TICUNAS, del río Madera, en Bolivia.

TIJANAS, de los ríos Chambó y Paute, en el Ecuador.

TIMBIRAS, de los espesos bosques situados entre el Río dos Balsas y el Itapiraras, en el Brasil, bosques que todavía, se dice, no ha podido penetrar en ellos ningún blanco.

TIMBOS, del Río de La Plata, en la Argentina.

TIPUNABAS, del territorio situado entre los ríos Muny y el Pará, en el Brasil.

TOBAS, del río Pilcomayo, en el Chaco argentino.

TONOCOTÉS, del lago cerca del río Bermejo, en el Paraguay.

TUCUMANOS, de la comarca de su propio nombre, en la Argentina.

TUMEBAS, de los Nevados de Chita y Guicán, en Colombia.

TUMUPASAS, de los ríos Apolobamba y Beni, en Bolivia.

TUPIS, de las provincias orientales del Brasil: son oriundos de ese Estado.

USAQUES, de las provincias de Guatavita, Guasca, Zipaquirá, Ebaté, Sutagasugá y Ebaqué, en Colombia.

WARRANS, del río Masaroni, en la Guayana inglesa.

XARAYAS, del río Paraguay, en la Argentina.

YAGUARZONGAS, del río Zamora y sus afluentes, en el Ecuador.

YAHGANS, del Canal Beagle hasta el Cabo de Hornos, en la Tierra del Fuego.

YAMEOS, del río Yavarí, que desemboca en el Marañón.

YAROS, del río Uruguay, en el Uruguay.

YARURAS, del río Casanare, en Colombia.

YARACARAS, de la Cordillera de los Andes de Bolivia.

YURIS, del río Marañón.

ZAMUCAS, del Chaco paraguayo.

ZARZAS, de los ríos Guacamaná, Colán y Amarillo, en el Ecuador.

ZURÍES, de la Serranía de las Cruces, en el Istmo de Panamá.

Y muchas otras tribus inferiores á las citadas.

Además, en la América Meridional, existían y existen todavía un sinnúmero de tribus salvajes, cuyos territorios no están aún explorados, como las que habitan el Gran Chaco, que contiene gran número de familias distintas, todas por clasificarse; las de las comarcas del caudaloso Marañón y sus tributarios, que cuentan con muchas familias nómades; las de la región del gran río Amazonas, donde viven también gran número de indianos de diferentes familias; las de las selvas del Orinoco y sus afluentes, en que se alberga un regular número de indígenas; y las de la Araucanía, Patagonia y Tierra del Fuego.

Todas estas parcialidades indígenas ofrecían desde la conquista, diversas especies y modificaciones de gobierno, desde el despotismo paternal de los Incas, hasta la más absoluta independencia, donde cada individuo sólo dependía de sí mismo. El mayor número de esas parcialidades aborígenes estaban sumidas en la mayor ignorancia y vegetaban en el estado más netamente selvático, y, aún hoy día, algunas son refactarias á los progresos de la civilización del siglo actual.

Los españoles, digámoslo con franqueza, han sido más humanitarios que los anglo-americanos, pues en lugar de exterminar á los indios de sus colonias, como lo hicieron los ingleses y los yankees, los catequizaron é instruyeron en los preceptos de la religión cristiana. Sin embargo, los castellanos no dejaron de tener gran parte de culpa en la disminución de la población indígena de sus colonias, porque si bien no los cazaron á balazos, como á fieras, al igual que los sajones, en los extensos dominios que les quitaron á viva fuerza, no dejaron esos mismos castellanos de causar la muerte de gran número de los indios que habían subyugado, empleando, para ello, otros medios proditorios. En efecto, desde el principio de la conquista, los españoles llevaron á la raza indígena al sacrificio, obligándola á tomar las armas en las guerras civiles que entre ellos mismos sostenían, y aún en sus luchas en las tribus que pretendían someter. Consideraban á esos indios como esclavos, condenándolos á trabajos forzados y abrumadores en los obrajes y en las minas, é infiriéndoles maltratos inhumanos; pero no fué esto todo: los agobiaron con tributos, mitas y fuertes cargos; los emplearon como acémilas en las expediciones de la conquista de nuevos países; y, en fin, les fomentaron el vicio de las bebidas alcohólicas, para embrutecerlos. Las epidemias de la viruela, sarampión y otras enfermedades, desconocidas para ellos antes, diezmáronlos también, de tal manera, que en muchas ocasiones hubieron de desaparecer tribus enteras. Con causas de abatimiento y de despoblación todas las expuestas, contribuyeron á la degeneración de la raza indígena en proporcionalidad tan monstruosa, que de 20.000,000 de indios de ambos sexos que poblaban el Continente sometido á la férula de los españoles, de esa primitiva, enorme cifra, al finalizar el Coloniaje, apenas se contaban 4.000,000.

Entremos en materia.

§ I

Al realizarse el descubrimiento del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón, en 1492, este gran Continente se hallaba poblado, como hemos dicho, por sinnúmero de tribus, unas bárbaras, otras semi-salvajes, y varias completamente salvajes, esparcidas en toda su estensión. Algunas de estas tribus eran (y pocas son todavía) de antropófagos, pues se comen la carne de sus enemigos para satisfacer el repugnante placer de la venganza.

La diversidad de tipos, costumbres, trajes, vida, cultura é idiomas de estas tribus indianas (que sería muy difícil de caracterizar de una manera absoluta, pues que no ofrecen ningún carácter general), induce á creer que los primeros pobladores de América[43] son originarios de naciones diversas que habían llegado á este Hemisferio en distintas épocas lejanas; pero no solamente lo manifiesta así la variedad de razas, hábitos y lenguas, sino también las tradiciones que se conservan, de haber habido invasiones sucesivas á este Continente, después del Diluvio Universal.

No obstante, apesar de los importantes datos suministrados por los hombres científicos que han hecho un profundo estudio sobre el origen de los indios de América, esta cuestión no está aún dilucidada ni definida, conservándose tan sólo á este respecto algunas noticias vagas y no muy exactas, ó tradiciones que han venido trasmitiendo de generación en generación.

Una de las teorías más extravagantes y quiméricas de algunos autores, entre ellos Isaac de La Peyrère en su obra Prædamitas, y Tomás Burnet en su libro Telluris theoria sacra, fué la de asentar con toda gravedad, que los habitantes de América no descendían de la especie humana, sino que, por sus rasgos particulares, pertenecían á una raza distinta, á la de los irracionales, negándoles en lo absoluto el título de hombres; siendo necesario que un breve pontificio los declarase de la misma especie que los demás que forman el Género Humano, reconociéndolos, por consiguiente, aptos para recibir el bautismo[44].

Aún algunos otros autores, entre ellos Avicena, en su tratado De Conglutinatione, han caído en el absurdo de decir, que los primeros pobladores de América se engendrarían de alguna putrefacción, ayudada del calor del Sol, á semejanza de los animales llamados imperfectos ó insectos, como moscas, gusanos, ranas y otros de este género.

Otros autores han pretendido que los indios descienden directamente de la familia de Noé, salvada del Diluvio Universal, y consideran á las tribus groseras y salvajes, dispersas sobre el Continente americano, como la raza más antigua de hombres que existe sobre la Tierra. A este respecto, el docto abate Lorenzo Hervas y Panduro, en el tomo I, pág. 113 de su Catálogo de lenguas de las naciones conocidas, opina que "la sola observación de no hallarse palabras de los idiomas europeos, asiáticos y africanos, en las lenguas americanas, basta para que se conozca claramente que las naciones de estas últimas comarcas, sin mezclarse ni tratar con las de otros Continentes, pasaron á América prontamente, al suceder la dispersión del linaje humano, después de la confusión de las lenguas en Babel"[45].

Algunos escritores han supuesto que en los tiempos heróicos, los Judíos, los Cananeos, los Cartagineses, los Fenicios, los Troyanos, los Griegos, los Egipcios y los Escitas, habían desembarcado á las playas americanas, fundándose en ciertas analogías que se han notado entre aquellas diversas razas y las de América.

Asímismo, varios otros autores han asentado que las primeras inmigraciones al Nuevo Mundo habían venido de la Atlántida, grande isla que, se dice, existió en tiempos remotos entre el Africa y la América, y que fué sumergida en el Océano Atlántico por un gran cataclismo.

Y aún no faltan autores que han querido probar que los originarios de América descienden de los Iberos del tiempo de Tubal, nieto de Noé, que había mandado expediciones á las playas americanas.

En fin, hay un sinnúmero de teorías acerca del origen y la descendencia de los habitantes aborígenes de América; pero todas ellas son hipótesis que carecen de fundamento, porque no descansan en hechos históricos y auténticos que los acrediten.

Sin embargo, parece ser cuestión averiguada, si nos atenemos á las indagaciones perseverantes practicadas por los sabios modernos, que la América antes de su descubrimiento por Colón, fué conocida de los antiguos; tanto porque así lo testifican muchos autores de la antigüedad, cuanto porque las instituciones de los dos grandes imperios americanos, México y Perú, bajo el gobierno de sus respectivos monarcas, conservan el recuerdo de comunicaciones lejanas con el Mundo Antiguo.

Además, las indagaciones de los sabios modernos se basan en inducciones procedentes de la cultura, religión, costumbres, constitución física é idiomas de los pueblos de América, que algunas analogías guardan con otros de Europa, Asia y Africa, como así mismo, en hechos históricos contemporáneos, que han venido á comprobar que, efectivamente, la América fué conocida desde la más remota antigüedad.

Por otro lado, si nos ceñimos á la opinión emitida por doctos y renombrados etnógrafos y etnologistas, es de creer que la América no solamente fué conocida desde muchos siglos antes de la era cristiana, sino habitada desde los tiempos antediluvianos.

Y si nos atenemos á la tradición hebráica, esos habitantes antediluvianos perecerían en la catástrofe del Diluvio Universal, acontecido, según los Setenta Intérpretes, 2242 años después de la Creación, trascurriendo en seguida, se supone, más de cinco siglos hasta que se efectuara nuevamente la repoblación de América, ó sea, más de siglo y medio después de la confusión de las lenguas en Babel, que tuvo lugar 255 años después del Diluvio, es decir, en el año 2497 de la Creación, acontecimiento que originó la dispersión del linaje humano.

Si la repoblación de América ha tenido lugar más de cinco siglos después del Diluvio, es evidente, dicen los etnógrafos, que los nuevos habitantes de este Continente han debido proceder del Antiguo Mundo conocido entonces, sea de Europa, de Asia, de Africa, ó talvez de estos tres Continentes.

Al efecto, vamos á exponer las diversas opiniones de los escritores que se han ocupado del origen de los indios del Nuevo Mundo, en lo que podemos llamar segunda época de América, ó época postdiluviana.

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Alejo Vanegas, en el lib. II, cap. XXII de su Enciso in Suma Geographiæ, afirma que los indios de América proceden de Cartagineses, fundándose en la autoridad de Aristóteles, gran filósofo griego, quien en su libro Mirabilibus Auscultationibus, fol. 53, dice: "que unos mercaderes cartagineses navegaron desde las columnas de Hércules, y que al cabo de muchos días de navegación hallaron una isla desierta, que distaba de la costa de Berbería y en la que había toda clase de maderas, y ríos que se podía navegar por ellos, por lo cual acordaron quedarse allí y poblar la isla. Más, habiendo llegado á noticia del Senado de Cartago la susodicha navegación, y temiendo que la fama de las riquezas de aquella tierra llegase á ser conocida por otras naciones, ó temeroso de que muchos de sus conciudadanos, atraídos por la belleza del nuevo país, fugaran de su patria, ordenó que se matase, á su regreso, á todos aquellos que habían ido á poblar aquella isla, y decretó también pena de muerte contra los que en lo sucesivo intentaran dirigirse allí, guiado por el temor de que los colonos sacudieran el yugo cartaginés y perjudicaran al comercio de la metrópoli." Aristóteles, al aludir á la mencionada isla, se refería talvez á la conocida Española ó de Santo Domingo, desde la cual los Cartagineses pasarían después á la de Cuba y á las otras de aquellos parajes, y de allí á la Tierra Firme de América, y sucesivamente á Nombre de Dios, Panamá, México y Perú. Esta opinión ha sido sostenida por algunos otros autores, entre ellos Solórzano, Torquemada, Calancha y el P. Mariana, los que, para probar que los indios americanos son descendientes de Cartagineses, se han apoyado en los siguientes fundamentos: 1o Que éstos, en aquellos tiempos, como los Mexicanos, usaron de pinturas ó geroglíficos en lugar de letras. 2o Que en América existen edificios antiguos de igual arquitectura que los de los Cartagineses, como en Yucatán, Tabasco, Teotilmacán y otras partes de México; Tiahuanacu y Huamanga, en el Perú; edificios todos anteriores á la fundación de los imperios de México y del Perú. 3o Que muchas costumbres de los Americanos eran semejantes á las de los Cartagineses, como los sacrificios de víctimas humanas, la conservación del fuego sagrado, la veneración de las fuentes y ríos, el vestirse de pieles y plumas, el uso de sortijas en las orejas, el de envenenar las puntas de las flechas con que combatían, y muchas otras costumbres y ceremonias, idénticas entre Cartagineses y Americanos. Alejo Vanegas, para sustentar su opinión y darle más fuerza, se funda también en la autoridad de varios otros autores antiguos, como Hornio, Pausanias, Plinio, Estrabón, Vossio, Ariano y Layet, los que citan varias largas navegaciones efectuadas por los Cartagineses en tiempos remotos, siendo una de ellas la que emprendió el almirante Hannón, que navegó desde Gibraltar, costeando la mar, hasta lo último de la Arabia, y pasando dos veces debajo de la línea del Ecuador, bordeando así las costas del Continente americano.

Onffroy de Torón, que ha hecho pacientes é interesantes investigaciones sobre los primeros habitantes de América, dice, también, en su selecta obra Antigüedad de la navegación por el Océano, que "es evidente el aserto de que los Cartagineses fundaron colonias en América."

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Gilberto Genebrardo, en el lib. I de su Chronologia, pág. 162, asevera que: "En la isla de San Miguel, una de las del archipiélago de los Azores, se hallaron sepulcros debajo de tierra con letras hebreas muy antiguas;" á lo que agrega, y con él algunos historiadores posteriores, que "los Americanos proceden de los Hebreos de las diez tribus que se perdieron en el cautiverio de Salmanazar, rey de Asiria[46], los que se dirigieron primero á la China y de allí, por mar, á las costas de otro Continente, por el estrecho que separa la China del reino de Annián, pasando en seguida al reino de Quivirá, y poblando así México, Panamá, Perú é islas de Barlovento ó Hespérides." Los autores que sostienen ese parecer se fundan en el pasaje del cap. XIII, vers. 4 á 49 del lib. IV de Esdras ó de los Reyes[47], que al hablar de las tribus que se perdieron en el cautiverio de Salmanazar, dice: "Ellas tuvieron entre sí el acuerdo y determinación de dejar la multitud de los gentiles y de pasarse á otra región más apartada, donde nunca habitó el Género Humano, para guardar siquiera allí su ley, la cual no habían guardado en su tierra;" de cuyas palabras coligen algunos autores antiguos, como Plaucio, en su Mapa Mundi, Alangren, en su Globo, y Hornio, en su Origen de los Americanos, que estas diez tribus hicieron el viaje por el derrotero indicado y fueron á poblar la América. También esos mismos autores se fundan en la semejanza del carácter y costumbres de los Hebreos é Indios, pues tanto los unos como los otros, dicen, son inconstantes, desleales, ingratos, tímidos, medrosos, incrédulos, supersticiosos y poco caritativos; las costumbres de los unos, agregan, de enterrarse en los montes, sacrificar niños á sus dioses é ídolos, abstenerse de comer carne de puerco, untarse de aceites aromáticos, celebrar ciertas fiestas y observar algunas leyes, son idénticas á las de los otros; y, por fin, algunos vocablos son iguales, tanto en la lengua hebrea como en algunas de los indígenas.

A esto agrega el P. Hennequin, en su Descripción de la Luisiana (París, 1688): "No se puede dudar que los indios son originarios de los Judíos, pues tienen con ellos ciertas analogías, como construir sus cabañas en pabellones, untarse de aceite, creer con superstición en sueños, enterrar sus muertos con horribles lamentaciones, llevar las mujeres el duelo de sus parientes durante un año entero, absteniéndose de danzas y festines, y creer, como los Judíos, que están maldecidos de Dios."

La secta de los Mormones, en los Estados Unidos de Norte América, creen, también, que los aborígenes de América descienden de Hebreos.

Es evidente que las tribus de Cashivos, Sitibos, Piros y Shipibos de las márgenes del Ucayali, practican, como los Judíos, la circuncisión, como también los Salivas, Guaúros, Otomaques y Calchaquis de la América del Sur, y los Mayas de Yucatán.

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Diodoro de Sicilia, en su Biblioteca Histórica y Lactancio Firmano, en sus Instituciones divinas, refieren que en el sepulcro de Osiris se encontró un epitafio, en el que se lee que su imperio llegó á los confines de las Indias Oriental y Occidental, de cuyo hecho algunos historiadores posteriores han hecho remontar el origen de los Indios á la fundación del reino de Iberia, en tiempo de Osiris, época que, según alegan, comenzaron á venir á América, por la isla Atlántida, muchos Iberos. Y para apoyar sus opiniones con fundamentos sólidos, dicen que en aquellos tiempos se acostumbraba poner á los lugares de América los nombres de los reyes Iberos, sacando, en consecuencia, que del rey Brigo, cuarto de Iberia, hubieron muchos lugares como Lacobriga, Mirobriga, Volubriga, Augustobriga, Flaviobriga y otros; del rey Gorgor, se puso su nombre á un pueblo cerca de Huancavelica, en el Perú; del rey Hespero, se denominaron las islas Hespérides ó de Barlovento, según lo asevera Ambrosio Calepino en su Thesaurus Lingua Latinam, diciendo: "Las Hespérides se llamaron así, del nombre de Hespero, hermano de Atlante."

Pero el autor que más se empeña en hacer descender los Americanos de la raza ibérica, es el erudito Dr. Diego Andrés Rocha, Oidor de la Real Audiencia de Lima, y autor de un Tratado único y singular del Origen de los Indios del Perú, México, Santa Fe y Chile, quien, después de analizar las opiniones emitidas por varios escritores sobre el origen de los Indios, desarrolla su modo de pensar á este respecto, sosteniendo que los primitivos Iberos, de la época de Osiris, Tubal, Hespero y otros reyes, fueron los primeros habitantes del Continente Americano, fundándose en la analogía de las costumbres de éstos con los Indios de América; en las armas y usos de la guerra de aquellos con éstos; en la concordancia de muchos lugares, ríos, montes y aún vocablos de ambos pueblos, y en la mayor vecindad de la Iberia con la isla Atlántida. Para sostener su teoría, el Dr. Rocha, hace una larga disertación, apelando al testimonio de más de setenta autores, entre antiguos y modernos, de su tiempo, pretendiendo probar con ello que la conclusión que sostiene, de ser los Iberos los primeros que poblaron la América, es la opinión que debe prevalecer.

Otros autores, sin remontarse á una época tan remota como la citada por los anteriores, sostienen, también, que los Españoles, mucho tiempo antes del descubrimiento de Colón, aportaron á las playas de América. Uno de ellos, el Dr. Juan de Solórzano Pereyra, en el tomo I, lib. I, cap. V, No 9 de su Política Indiana, pág. 17, dice: "No quiero pasar en silencio lo que trae Gomara y otros, de los Españoles que, huyendo de la guerra y servidumbre de los Moros, en tiempo del rey Don Rodrigo, se embarcaron en el Océano y aportaron á las provincias de Cozumel y Yucatán; y viviendo y muriendo en ellas, pusieron sobre sus sepulcros, y en otras partes, cruces, que se las enseñaron á reverenciar á los Indios, las cuales se hallaron allí por los nuestros, cuando se descubrieron estas provincias." A lo que agrega el sabio José Eusebio de Llano Zapata, en sus Memorias Histórico-Físicas, Apologéticas de la América Meridional, pág. 520: "Es muy creíble lo que afirman los alegados autores, que huyendo de la opresión de los Moros, aportaron á aquellas tierras; y aunque se dice que la navegación se hizo á Cozumel y Yucatán, que es la parte septentrional de nuestras Indias, hay evidencia más que probable que algunos de los Españoles que allí aportaron, penetraron en las tierras meridionales, hasta la metrópoli del Collao."

Parece ser un hecho innegable, que en los túmulos de Grave-Creek, en Virginia, se ha encontrado una piedra con una inscripción en caracteres alfabéticos, de gran interés etnográfico, que, según Jomard, era ibérica, lo que se presta á creer que los Iberos fueron, quizá, unos de los primeros pobladores de América.

Sin embargo, el P. Román y Zamora, fraile agustino, en sus Repúblicas de Indias, alega que "es otro desatino suponer que los Indios de América son de origen español, sólo por haber algunas analogías entre ciertos vocablos quechuas y otros castellanos.

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Algunos otros escritores opinan que los Americanos descienden de los Griegos, fundándose en que habiendo tenido los Atenienses guerra con los Atlantes, tuvieron noticias de las islas Hespérides y de la Tierra Firme de América, y fueron á esas comarcas, siendo los Griegos el pueblo que primero tuvo conocimiento de la navegación después de los nietos de Noé. También apoyan sus opiniones en que en algunos lugares de América, según refiere el P. Fr. Gregorio García, en su Origen de los Indios, pág. 189, se han encontrado inscripciones griegas trazadas en peñas, como cerca de Loja, en el Ecuador, donde hay una piedra alta en la que están esculpidos cuatro renglones, cada uno de vara y media de largo, cuyas letras parecen griegas; cerca de Huamanga, á orillas del río Vinaque, en el Perú, según lo indica Cieza de León, en su Crónica del Perú, cap. LXXXVII, pág. 160, se encontró una loza que tenía ciertas letras parecidas á las griegas; en unos pueblos de la provincia de Chiapa, en México, según el mismo P. García, en su obra citada, pág. 190, existen unos antiguos edificios, en cuyos pilares hay trazadas letras que también parecen griegas. Igualmente, estos autores se fundan en las analogías de ciertos vocablos griegos con los de algunos lugares indígenas, habladas en México, Guatemala y el Perú.

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Otros autores conjeturan que los Indios de América son originarios de los Fenicios, fundándose en la opinión de Aristóteles, que en su libro Mirabilibus Auscultationibus, lib. II, cap. IV, dice: "Unos Fenicios navegaron cuatro días hacia el occidente, con el viento oeste, y aportaron á unas islas incultas que estaban en continuo movimiento, subiéndolas y cubriéndolas el mar, dejando en seco gran cantidad de atunes, que comerciaban trayéndolos salados, con ganancia considerable;" islas que se cree sean las del archipiélago de los Azores; opinando algunos que de allí pasaron á las islas Hespérides y después á Tierra Firme de América, viaje, que, según cálculos, efectuaron los Fenicios en la Olimpiada 110, pues al decir de Dionisio Halicarnaso, en su Vita Aristoteles, Aristóteles nació en la Olimpiada 99 de la Creación del Mundo (3670, ó sean, 1293 años antes de J. C.) De este viaje discurren varios autores, entre ellos Juan de Solórzano, en su Política Indiana, lib. I, cap. V, fol. 20, que unos de los primeros pobladores de América fueron Fenicios, fundándose, igualmente, en la semejanza de las costumbres y ceremonias de éstos y de aquellos. Además, invocan dichos autores, en apoyo de su aserto, que á los Fenicios se les atribuye ser los primeros en el arte de la navegación, en dar batallas marítimas, en someter á los pueblos sus vecinos, como dice el historiador judío, Claudio Josefo, en su Autobiographia; el geógrafo prusiano, Felipe Cluvier, en su Universam Geographiam, y el religioso servita, Felipe Ferrari, en su Lexicon Geographiam.

Además, la opinión de los autores citados se funda también en la semejanza de lengua, religión y costumbres de los Fenicios con las de los Indios americanos, pues muchas voces de la lengua fenicia (que es la hebrea antigua y que después fué dialecto de ésta), son iguales en significado que la de los Indios. Los Fenicios, como los Americanos, practicaban, dicen, la circuncisión; y la idolatría de unos y otros en sacrificar niños y mujeres, se observaba en ambas razas, pues, según el P. Cogolludo, en su Historia de Yucatán, lib. IX, cap. 403: "Por singular diré un modo de sacrificar que tienen (los de Yucatán) semejante al que se hacía al ídolo Moloch (de los Fenicios), que siendo de bronce ó metal, de hechura de un hombre hueco y abierto por la espalda, tendidos los brazos, ponían en ellos la miserable víctima racional que sacrificaban, y dándola fuego, quedaba allí abrasada." "¿Quién pudo llevar á Yucatán sacrificio tan particular, añade el P. Fr. Gregorio García, en su Origen de los Indios, lib. IV, parágrafo VII, pág. 236, sino los mismos Fenicios que poblaron á Nueva España?" agregando "que no sólo sacrificaban los enemigos, sino que estos sacrificios eran en tan gran número, que de los sacrificados podía volverse á poblar el Nuevo Mundo."

Posteriormente, el Dr. Amend, en su obra Los Fenicios descubridores de América, para sostener su opinión de ser éstos originarios de los Indios Americanos, dice, también, que las creencias religiosas de los Aztecas guardan una extraordinaria semejanza con las de los Fenicios, pues adoraban un ídolo medio hombre, medio animal, al que ofrecían en abundancia sacrificios humanos, y era análogo al Baal ó Moloch de los Fenicios." Además, agrega este autor, por las tradiciones de los Aztecas sobre su origen y los monumentos pictóricos que han escapado del furor de destrucción de los Españoles, se colije que la civilización primitiva de la América Central procede del Yucatán y de los distritos vecinos. Al efecto, dice, es tradición que mil años antes de la era cristiana, Votán y su pueblo vinieron del oeste en siete embarcaciones; que en la costa americana, desde el Estrecho de Darién hasta California, encontraron habitantes sumidos en la mayor abyección; que Votán hizo cuatro viajes á su país y que en uno de ellos visitó la ciudad de las tres serpientes (Benares, sobre el Ganges) y las ruinas de la Torre de Babel; que después de estos cuatro viajes se estableció en la América Central, fundando allí la ciudad de Palenque, que es la más antigua de América, siendo por consiguiente Votán el primer legislador americano. El Dr. Amend deduce de allí la conformidad entre el arte arquitectónico de los Aztecas y de los Fenicios ó sea el arte egipcio (siendo los Fenicios el único pueblo que en aquellos tiempos pudo residir en Egipto). Empero, los ornamentos arquitectónicos de los monumentos de Centro América y México guardan cierta analogía con los de los Asirios, Persas, Griegos y Egipcios, debido, según opinión del Dr. Amend, á que los Fenicios por su comercio entraron en relaciones con estos pueblos, apropiándose de un gran número de estilos para su arte y arquitectura, y por eso, dice, se hallan, sobre todo en México, donde más claramente se presentan las señales de la civilización fenicia: esas combinaciones de ornamentos empleados por los Fenicios, proceden del arte de aquellos diversos pueblos. Después de estas conjeturas, concluye el Dr. Amend diciendo que los Aztecas (con cuyo nombre designa en general á los habitantes de la América Central y México), son productos de la civilización fenicia, pues cree que los buques de éstos, tanto por su tamaño y construcción, cuanto por su tripulación, eran capaces de emprender tales expediciones, y que las familias transportadas en esos buques eran bastante numerosas para poblar las islas del mar del Sur, así como una parte del Continente americano, para ejercer una influencia entre los abyectos aborígenes del país.

Sobre este mismo punto, el Dr. Pablo Félix Cabrera, de Guatemala, publicó en Londres, en 1822, un Examen Crítico de la Historia de América, en el que afirma que todos los que desde principios del siglo XIX han escrito sobre el origen de los Americanos, deben acusarse de negligentes, por haber pasado en silencio la «Constitución Diocesana del Obispo de Chiapa,» Dr. Francisco de Vega, impresa en Roma, en 1702, en la que este prelado hace referencia á un pequeño tratado histórico escrito en lengua índica por Votán, señor de Tapanahuasec, el que vió la gran casa (probablemente la Torre de Babel), que se elevaba desde la Tierra hasta el Cielo. Según tradición de los Indios, los preciosos documentos de su historia fueron colocados por el mismo Votán en la Casa Lóbrega ó subterránea construida por él, confiando su custodia á una mujer distinguida y á cierto número de indios plebeyos que debían ser designados anualmente á este efecto: sus órdenes fueron respetuosamente observadas durante varios siglos por los habitantes de Tacoaloya, en la provincia de Soconuzco; documentos que fueron destruídos por el Obispo Vega, cuando este prelado hizo su visita episcopal á Tacoaloya, en 1691[48].

En fin, parece haber evidencia que los Fenicios visitaron el Continente del Nuevo Mundo en tiempos remotos, pues el sabio Humboldt refiere que un misionero franciscano encontró en una caverna de la orilla occidental del Cauca, cerca de Uruana, una roca de granito que tenía esculpidos caracteres semejantes al alfabeto fenicio, caracteres que han confirmado, en parte, la probabilidad de que los Fenicios hayan sido unos de los primeros pobladores de esta sección de América.

También en la embocadura del río Tantón, en Massachussetts, se encontró otra roca con caracteres fenicios. En 1873, se halló en el Brasil otra piedra con una inscripción fenicia en ocho renglones, que, según su traducción, inducen á creer que en el reinado de Hiram, una expedición de Fenicios de Sidonia salió del puerto de Aziongabar (hoy Akaba), en el Mar Rojo, la que navegó durante doce meses lunares á lo largo de la costa de Egipto, y que, extraviada de su derrotero por un fuerte temporal, aportó á las costas del Nuevo Continente. Esa piedra con esa inscripción fenicia, es, se dice, una de las más antiguas y la más notable constancia de que los Fenicios ocuparon, primero, las regiones orientales, y pasaron de allí á las regiones occidentales de América.

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No han faltado autores entre ellos Kircher, en su Œdipus Ægiptiacus que hayan alegado que los Egipcios sacaron de su tierra numerosas colonias con las que poblaron la China, el Japón y las Indias Occidentales, pues, dicen, eran muy diestros en la navegación y hábiles en las guerras navales: agregan que los indios mexicanos no solamente heredaron sus costumbres, sino que se asemejaban en sus prácticas, observando que la división del tiempo era semejante en unos y otros, pues partían el año en dieziocho meses, cada uno de veinte días ó sean trescientos setenta al año, dejando cinco días fuera de él, que los Mexicanos denominaban Nemontemi y los Egipcios Nisi ó Epagomenos. En las pirámides de ambas razas, dicen también, se reconoce igualmente semejanza, porque si los reyes de Egipto las fabricaban con tanto gusto y solidez, en Teotihuacan de México, existen también algunas que tienen más de sesenta varas de ancho y ciento cincuenta de alto, en cuyas cimas colocaban los Indios las imágenes del Sol y la Luna, junto á las cuales hay otras pequeñas en que se enterraban los caciques; pirámides que, según opinión del insigne cosmógrafo mexicano Carlos de Sigüenza[49], en su obra Mercurius volans et novum Mexicam restauratum præ se ferens, deben haber sido hechas algunos siglos después del Diluvio Universal. Igual semejanza, dicen los mismos autores, se nota entre los laberintos de Tezcuco en México y el de Heracleópolis en Egipto; y también traen á colación la similitud en la superstición é idolatría de unos y otros, pues que ambos adoraban el Sol, la Luna, las estrellas y los animales; como asimismo los dos pueblos usaban la poligamía y creían en la trasmigración de las almas.

Por otro lado, el abate Brasseur de Bourbourg y últimamente Mr. Jorge Meikleyson, afirman que las ruinas de los antiguos monumentos de Yucatán tienen mucha semejanza en su arquitectura con los antiguos monumentos de Egipto, á excepción de los geroglíficos, que en ambos países no guardan ninguna analogía. También, según estos últimos autores, en los idiomas egipcio y mexicano existen ciertas analogías lingüísticas. Empero, nada se puede confirmar al respecto, mientras un futuro Champillión no descubra la llave de los geroglíficos que se ostentaban en las antiquísimas murallas de los monumentos de México y de la América Central. Otros autores opinan, que tanto en los geroglíficos de los monumentos egipcios, cuanto en el antiguo idioma griego, se hallan muchas voces quechuas, como lo confirma el egiptólogo Bunsen en su obra Misión del Egipto en la historia del Mundo, y con él otros sabios, lo que induciría á creer que los Mexicanos fueron descendientes de los Egipcios.

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Otra versión es, que los Troyanos, por los años 2806 de la Creación del Mundo, ó sea 2164 años antes de la era de Cristo, navegaron á las Indias Occidentales y poblaron aquellas comarcas, pues así lo asevera el P. Simón de Vasconcelos en su Noticia del Brasil, libro X, No 90, diciendo: "Otros dijeron que estos primeros pobladores fueron de naciones Troyanas y compañeros de Eneas, que, después de derrotados por los Griegos, en la famosa destrucción de Troya, se dividieron, buscando tierras en que habitasen, como hombres avergonzados del mundo y del suceso de las armas, algunos de los cuales se engolfaron en el largo Océano y pasaron á las partes de América." Vasconcelos, para sostener ese fundamento, se apoya en un pasaje del lib. III, de la Eneida de Virgilio, que al referirse al sitio de Troya, dice que después de la destrucción de esa antigua ciudad, "los Troyanos se dispersaron, peregrinando por varias tierras lejanas y desiertas."

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Los Chinos, por su parte, conservan tradición de ser progenitores de los Indios Orientales y Occidentales, y que ellos, en unión de los Tártaros, Japoneses y Coreanos, atravesaron el estrecho marítimo de Annián, vinieron en seguida por tierra al reino de Quivirá y poblaron México, Panamá, Perú y las demás provincias y reinos de las Indias Occidentales. A este respecto, Bartolomé Leonardo de Argensola en su Historia de la Conquista de las Molucas, lib. I, fols. 11 y 12, asevera lo mismo y se funda para ello en la coincidencia de tener los Chinos é Indios el mismo color, flojedad, superstición y poca caridad. En conformidad con lo referido, se citan nombres de pueblos del Perú, México y otras partes de América, iguales á los de poblaciones de la China, del Japón y de Corea. Otras razones alegan algunos escritores para suponer que los Indios de América descienden de los Chinos y Tártaros, y es, á más de la conformidad de color, la semejanza de las facciones y disposición del cuerpo, el usar las trenzas del pelo, el aplastarse la cabeza los Conibos y los pies los Chinos, el canto de los Campas idéntico en el tono al de los Chinos; los dibujos de los Indios representando letras chinas; los muchos vocablos idénticos en el idioma de los aborígenes á los de los Chinos y que expresan la misma idea; como también ciertas costumbres y creencias, como adorar al Sol por Dios, reconocer un Dios superior á las otras divinidades, contar los meses por lunaciones, sepultarse con sus criados y riquezas, juzgando que hacían un viaje á la otra vida, y algunos otros usos y costumbres, semejantes entre ambas razas.

Autorizados autores sostienen, también, el hecho de ser los Chinos los progenitores de los Indios de América. Mr. Alejandro Darley, sacerdote que ha pasado muchos años realizando investigaciones históricas en Oriente, dice que el Continente de la América del Norte lo descubrió (diezisiete siglos antes de emprender Colón su descubrimiento) un marino de la China, llamado Hi-Li, el que desembarcó en la costa del Pacífico, el día 10 de Junio del año 207, antes de Cristo, cerca del punto donde hoy se alza la ciudad de Monterrey en California. Es tradición que el capitán Hi-Li volvió á su país con la noticia del descubrimiento que había efectuado, y, durante más de cien años, los barcos hicieron innumerables expediciones á la costa del Pacífico, sin intentar siquiera colonizar el nuevo país, y al fin suspendieron sus expediciones.

En apoyo del tiempo remotísimo en que los Chinos abordaron las playas de América, es notable el hecho del hallazgo que, últimamente, se ha hecho en las costas de Alasca, de una moneda acuñada hace más de mil años en el Celeste Imperio, la que posee, junto con otras monedas orientales, el que fué cónsul chino en Washington[50]. En la misma región hallaron los indios una antiquísima tumba en la que se lee en caracteres chinos, el nombre de Li-Lei-Lau. Además, se han encontrado otras reliquias que demuestran, de un modo evidente, que los Chinos vivieron en Alasca, muchos años antes de la Era Cristiana.

Cerca de San Miguel Amantla, en México, se descubrió recientemente una figura ó estatuita de tierra cocida, de unas siete pulgadas de alto, representando un chino, con ojos oblícuos, pantalón bombado y vestidos amplios, con grandes aros en las orejas, y en la cabeza el casquete con un botón en el medio, tal como lo llevan los mandarines. Junto á esa estatuita, que se calcula tenía ya más de 1500 años de enterrada allí, se halló el esqueleto de un hombre que representaba el tipo mongol, y que conservaba aún, al rededor del cuello, un collar de bolitas de una masa verde que jamás se encontró en México. Estos y otros hallazgos parecen comprobar que la antigua civilización de la América del Norte fué de origen chino ó mongol.

Algunos sabios del Celeste Imperio suponen, también, que los Indios de Norte América descienden de los tripulantes de algún barco chino, que hace más de veinte siglos fué arrojado por los temporales á las costas norte-americanas, y que, no pudiendo regresar á su país, se establecieron en aquella región, donde fueron extendiéndose.

Y, para corroborar aún más la existencia de Chinos en el suelo americano, en tiempos remotísimos, el Encargado de Negocios de China en México, Tun-Pul-Shun, hombre erudito y de vastos conocimientos en materia de antigüedades, ha manifestado, con pruebas abrumadoras, ante los miembros del Congreso de Americanistas, reunido en México, en 1910, que en las ruinas de San Juan Teotahuacan observó, con gran sorpresa, en uno de los artefactos desenterrados, una inscripción de uso corriente en su patria; artefacto que enseñó á los mismos miembros de ese Congreso, opinando que México fué en parte descubierto por sus paisanos. Y para afirmar más la veracidad de su dicho, Tun-Pul-Shun explicó que, efectivamente, es tradición en China, que en tiempo del reinado de Chun-Shi-Woo, una expedición compuesta de tres mil personas, entre las que iban bellísimas mujeres, salió á órdenes de un eminente sabio, de Pekin, á descubrir é invadir el Japón. Dicha expedición se hizo á la mar en pequeños bajeles, de los que nunca se volvío á tener noticias. Trascurrido algún tiempo, se descubrió la tumba del caudillo expedicionario en tierras japonesas, pero no se encontró indicios del resto de los tripulantes, creyéndose que algunos barcos hayan sido arrastrados á costas mexicanas, en donde desembarcaron, mezclándose con indios Toltecos, á quienes legaron sus costumbres y creencias.

El sabio barón Alejandro de Humboldt, en su obra titulada Monumentos de América, dice: "Por poco que se reflexione sobre la época de las primeras emigraciones Toltecas, sobre las instituciones monásticas, los ritos del culto, el calendario, la forma de los monumentos de Cholula, Sogomoso y Cuzco, se infiere que no fué del norte de Europa de donde los Quetzalcoath[51], Bochica[52] y Manco Capác[53] han sacado el código de sus leyes: todo parece conducirnos mas bien hacia el Asia y á los pueblos que han tenido contacto con los Tibetinos, Tártaros, Samnistas y Ainos barbudos de las islas de Fesso y Sachalin." El mismo Humboldt, agrega, que analogías en la conformación de la cabeza, como también analogías del idioma, hacen presumir que individuos de la raza china arribaron á la costa nordeste de América, y de allí al sud y al este de los ríos Gila y Missouri, no siendo extraño encontrar, entre los pueblos americanos, ídolos y monumentos arquitectónicos de un mismo carácter geroglífico, una noción exacta de la duración del año y algunas tradiciones referentes al primitivo estado del Mundo, que recuerdan los conocimientos, las artes y las opiniones religiosas de los pueblos asiáticos.

Juan Ranking, en su libro Conquistas del Perú, México, Bogotá, Natchez y Tolomeca por los Mongoles, para probar, á su juicio, que los Indios americanos descienden de raza asiática, dice: "Timoudgyn, hijo de Pikoutaï, jefe de una tribu de los Mongoles[54] residentes á las orillas del lago Baikal, en Siberia, fué proclamado Gran Khan, con el título de Genghis, el año 1205. Antes de la muerte de su nieto Kublai, el continente de Asia fué casi subyugado: la Europa se puso en consternación; el Japón fué invadido, y por los efectos de un temporal, el Perú y México fueron destinados para recibir á los generales y tropas que escaparon de esa poderosa expedición. Cuando estos Mongoles llegaron á América, la encontraron en un estado de completa ignorancia; pero, repentinamente, se fundaron dos imperios con la pompa, ceremonias y grandezas de los soberanos asiáticos: la arquitectura, que compite con los admirables trabajos de los Romanos; la elegancia de las obras de los plateros, que sorprenden aún á la vista de las más delicadas de los Europeos; el orden, la justicia, subordinación, leyes, instituciones civiles y militares, religión y costumbres, son tan idénticas á las de la familia Tschingis-Khan, que no puede dudarse por un momento su descendencia." El mismo autor, en un rapto de extravagante desvarío, agrega que "Manco-Capác[55] fué hijo del gran Khan-Kublai, que gobernó los Mongoles hasta el año 1257, y murió en el sitio de Hochen, en China, y por consiguiente nieto de Tschingis-Khan; que el abuelo de Montezuma fué un noble Mongol de Tangut." Ranking, pretende, además, fijar el origen de los Toltecos y Guatemaltecos, por las emigraciones tártaras que han tenido lugar hacia mediados del siglo vi, opinión que también es sostenida por Humboldt.

Mariano Eduardo de Rivero, en su Estudio general de América, y junto con él otros historiadores, opinan "que á consecuencia de las guerras entre los Brahmanes y Budhistas, que terminó con la expulsión de estos últimos al norte de Asia, una parte pasó el estrecho de Behring, y fueron esos los jefes que fundaron les imperios de América." Tchudi y Ribero, en sus Antigüedades Peruanas, dicen también "No admite duda que Quetzalcolt, Bochica, Manco-Capác y demás reformadores de la América Septentrional, Central y Meridional, eran sacerdotes budhistas que por su doctrina superior y civilizatriz, consiguieron señorear los ánimos de los indígenas y elevarse á la supremacia política." Al aceptar, á este respecto, la apreciación de Humboldt, Ranking, Tschudi y demás escritores, de presumir es, que el número de esos invasores haya sido muy considerable[56].

El anticuario inglés Mr. Brerewood pretende también que la América ha sido poblada originariamente por pueblos tártaros.

Mr. de Guignes, que ha compulsado los anales del Celeste Imperio, asegura que los Chinos comerciaban con América hacia el año 458 de la era actual, y que remontaron hasta la costa frente al Kamtchatka, siendo positivo que los Chinos poseían, en aquella época, flotas capaces de arribar á las Indias Occidentales.

Vásquez de Coronado, en su expedición (1539) vió en las costas de México, cuatro navíos con proas adornadas de oro y plata, cuyos capitanes le dijeron que acababan de navegar treinta días en viaje de la China.

Según Pedro Menéndez de Avilés, hallóse en las costas del Mar del Norte los cascos de varios bajeles chinos, y también se asegura que en el puerto de Guatusco, en México, se vió negociantes vestidos de seda, que se supone eran Chinos. Notable es, dice este último autor, que el hermoso monumento piramidal de los alrededores de Guatusco, llamado el «Castillo,» es uno de los que tiene más semejanza con la arquitectura china.

En fin, muchos autores creen que el Asia septentrional ha poblado el norte de la América.

Tocante á las lenguas, se asevera que el dialecto de los indios Mohawks es casi semejante en un todo al idioma tártaro.

Mr. Duponceau, en una disertación latina escrita por un sabio Mexicano sobre las lenguas indígenas de Anahuac, prueba la grande analogía de estas lenguas con el idioma chino, principalmente la Otomi, que no solamente tiene similitudes de palabras, sino similitudes gramaticales, cuyas formas de construcción son las mismas que el idioma chino; lo que prueba, dice este autor, la comunicación más ó menos directa que ha habido entre los Chinos y los Anahuacos.

En los tiempos más cercanos á nosotros, algunas otras relaciones entre la América y los Chinos ó Mongoles han sido señaladas.

No solamente los autores citados, sino la mayoría de los historiadores, atribuyen á los asiáticos el mérito de haber introducido la civilización primitiva en América, trazando, al efecto, muchos paralelos entre éstos y las primeras razas del Continente Americano, en sus tradiciones, costumbres, y, sobre todo, en la similitud de sus rasgos fisionómicos.

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La opinión de algunos autores antiguos y modernos al origen de los Indios Americanos, es que éstos proceden del linaje de Ophir, nieto de Heber é hijo de Lactan, quien pobló á México y al Perú, á cuyo efecto, dicen, que Ophir, de la quinta generación de la rama de Noé, pobló las costas del Océano de la India Oriental, pasando, después, estos pobladores á las Indias Occidentales, para extenderse por México, Centro América y todo el Perú hasta el estrecho de Magallanes. Los autores que sostienen esta opinión, son Benito Arias Montano, en el tom. VI de su libro Phalesus, pág. 99; Gilberto Genebrardo, en el lib. I de su Chronologia, págs. 15 y 118; Hornio, en su obra De Origen Americanum, cap. II, fols. 16 y 17; Antonio Bosio, en el lib. II, cap. III de su Signis Ecclesiastes; Pomario, en su Lexicon; Posevino, en el libro II, cap. V de su Bibliotheca; el P. Manuel de Sá, jesuita, en el tom. III de su Regum; el P. Maluenda, en el lib. III, cap. XIX de su Anticristo; Joao de Pineda, en su obra De Rebus Salomonis; y Montesinos, en sus Memorias Antiguas del Perú; los que afirman que en tiempo de Salomón se designaba con el nombre de Ophir los dos reinos de México y el Perú, y que después de pasado algún tiempo se traspusieron las letras, y de Ophir se compuso Piro[57]. Además, Arias Montano, autor también de la Biblia Regia y hombre muy versado en idiomas, dice en su obra ya citada, que "ambas regiones (México y Perú) se llamaban Piruaim ó Peruaim, que en latín quiere decir Duplex Piru y en español región que es dos veces Perú, ó sea que ambas regiones tuvieron el mismo nombre Perú." En apoyo de lo aseverado por Montano, el P. Fr. Gregorio García en su obra Origen de los Indios, lib. IV, cap. VI, parágrafo 3, pág. 140, dice: "Hallamos en la Escritura Divina una grandísima conjetura para creer que el nombre de Piru fué muy antiguo apellido, no sólo del reino del Perú, sino también de la Nueva España, porque en el Paralipomenon lib. I, cap. 3, se dice que Salomón cubrió el templo con láminas de oro muy fino, el cual oro se dice en hebreo aurum peruaim, que quiere decir claramente oro de la Tierra llamada dos veces Piru, porque aquella terminación ain es número dual en la gramática hebrea, lo cual cuadra y conviene á las dos regiones de este Piru y México, y así donde la Vulgata dice, en el Libro del Paralipomenon: Porro autem aurum erat probatissimum, traslada San Spagnino Aurum autem erat ex locu Parvaim; Vatablo pone Aurum vero erat ex auru Parvaim; Arias Montano lee Et aurum erat ex locu Parvaim; Cayetano lee Et aurum, aurum Parvaim; por lo cual Vatablo, Arias Montano y Genebrardo convienen en que Parvaim es el Perú y Nueva España.

Otros autores, para sostener que el Perú fué el Ophir de Salomón, señalan aún los límites de esa región, y dicen que se hallaba situada entre los territorios colombianos y brasileños, por las montañas de Popayán y Cundinamarca, hasta el lago Yumaguari, cuyas aguas alimentaban á uno de los afluentes del río Orinoco; de otro lado, por el río Ikiari, hasta el cerro aurífero donde nace este río; y en el último costado, por el río Yapurá. En la región superior del río Amazonas, dicen, se encontraba plata y otros objetos preciosos que las naves de Salomón conducían á Joppe (Jaffa) con destino á Jerusalem. Fué esta región superior la que recibió el nombre de Tarsdchisch (vocablo quechua), pues Tar es descubrir y chichiy es oro nativo ó en polvo. Luego, según Onffroy de Torón[58], Tarsdchisch es: el lugar donde se descubre y recoje el oro nativo ó en polvo. Dice la Biblia, que para dirigirse á Tarsdchisch el profeta Jonás, se embarcaba en Joppe, haciendo el viaje por el Atlántico. "En el mar (vers. 22, cap. X del Libro de los Reyes), había para Salomón una flota: cada tres años venían los navíos de Tarsdchisch trayendo oro, plata, marfil[59], monos y pavos reales," versión confirmada en el libro II, cap IX, vers. 21 de los Paralipomenos: "Los navíos iban de Tarsdchisch, para el rey Salomón, con los siervos de Hiram: Una vez cada tres años venían los navíos de Tarsdchisch."—En el cap. IX del Libro I de Los Reyes, se dice que en cada viaje á Ophir traían los navíos de Salomón "cuatrocientos talentos de oro"[60]; y en el cap. IX, vers. 10 del Libro II de los Paralipomenos se dice: "Los siervos de Hiram y de Salomón traían de Ophir el oro, maderas y piedras preciosas." En el Libro I, cap. IX, vers. 11 del Libro de Los Reyes, se dice: "Y también la flota de Hiram traía oro de Ophir y gran cantidad de árboles llamados almug, y piedras preciosas." Tarsdchisch se hallaba al oeste de Ophir y en la parte más rica de la región amazónica.

Onffroy de Torón juzga también haber descubierto, después de largas investigaciones, los lugares en que estuvieron ubicados Ophir, Parvaim y Tarsdchisch, nombres que, según infiere este autor, son tomados del quechua, como trata de probarlo en seguida. Como en el Libro II de los Paralipomenos, cap. III, vers. IV, se dice: "Salomón adornó su casa con piedras preciosas y oro que eran de Parvaim," deduce Onffroy de Torón que Parvaim es una alteración ó corrupción del Paruim, porque en el antiguo alfabeto latino se confundía la v con la u: por esta razón, en el texto hebreo de la Biblia, al referirse al oro de Paruim se halla escrito Zab-Paruim.": la terminación im que indica el plural hebreo se agregó á Paru, porque en la parte superior del Amazonas (territorio oriental del Perú) existen dos ríos auríferos, el Paru y el Apu-Paru ó Rico-Paru, que unen sus aguas á los 10° 30′ de latitud meridional, para vaciarlas luego en el Ucayali, que es uno de los ríos que forman el Amazonas: estos dos ríos que llevan el nombre de Paru, forman precisamente el plural y dan Paruim de los Hebreos. En este caso, Paruim es uno de los lugares bíblicos designados con toda exactitud. "Se debe advertir que el Paru y el Apu-Paru, agrega el mismo autor, nacen en la provincia de Carabaya, que es la más rica de oro en el Perú."

Sabido es que tanto en México cuanto en el Perú, se encontraba abundancia de oro y plata, riquísimas maderas y piedras preciosas, de donde colijen también Vatablo, Montano y Genebrardo, refiriéndose á la Biblia (Génesis, cap. X), que aquellos metales, maderas y piedras preciosas se sacaban de Ophir ó del Perú para la construcción y adorno del templo de Salomón[61], pues si se debe atener al texto sagrado, Salomón mandó construir en Esiongabar, sobre el Mar-Rojo, las naves destinadas á Ophir, cuya flota era impulsada por expertos pilotos y marineros que le proporcionó Hiram, rey de Tiro (con el que celebró alianza) quienes doblaron el Cabo de Buena Esperanza y se unieron con la flota aliada para dirigirse á Ophir, denominada Terra Aurea (Tierra de Oro).

Juan Goropio en sus Origenes Antuerpianæ, y Guillermo Portel en su Orbis Concordia, dice también que Ophir es el Perú, y que los bajeles de la flota de Salomón trasportaban el oro, maderas y piedras preciosas del Perú hasta el Istmo de Panamá (en el Pacífico) y que de allá otros bajeles partían del mismo Istmo (en el Atlántico), haciendo escala en las islas de Cuba y Santo Domingo, doblando en seguida el Cabo de Buena-Esperanza y rastreando, en fin, las costas orientales de Africa, entraban en el Mar-Rojo.

Arias Montano, en su obra ya citada, describe otro itinerario, pues dice: "Las naves que el rey Salomón mandaba á Ophir en busca de oro, pasaban por las Molucas, y luego por México para llegar al Perú; y de vuelta, costeando á Chile, atravesaban el Estrecho de Magallanes, y doblando el Cabo de Buena-Esperanza, entraban al Mar-Bermejo, empleando tres años en el viaje."

Para confirmar aún más las opiniones emitidas por los autores anteriormente citados, el P. Fr. Gregorio García, en el lib. IV, cap. II de su Origen de los Indios, pág. 132, dice: "Salomón fué sapientísimo, y entre puras criaturas ninguno hubo que supiese tanto como él, y como tal nos le vende la Divina Escritura, y que no hubo cosa natural, arte ó ciencia, que no la supiese ó conociese, y consiguientemente, supo la geografía y cosmografía, y con ella lo que incluían las Indias Occidentales tan llenas de portentosas novedades. Y así él mismo daría noticia, instrucciones y orden á los pilotos y marineros, enseñándoles como, por donde y á donde habían de ir con la flota."

Pero, algunos otros escritores han puesto en duda el viaje de las flotas de Salomón á Ophir ó Perú y, entre éstos, citaremos tan sólo dos, que son de bastante crédito. Juan de Solórzano Pereyra se manifiesta abiertamente en contra de las opiniones de los anteriores autores, pues en el lib. I, cap. VI de su Política Indiana, asevera que "Salomón no era tan imprudente, que desde Asiongabar, que cae en el Mar-Rojo, y tenía tan cerca la Arabia y otras provincias de la India Oriental, había de enviar sus armadas á partes tan remotas y por mares tan dilatados y poco cursados, para cuya navegación era menester muchos años." Luego prosigue: "Y así constituyen el Ophir en Sófala ó en Ormiz, ó lo que es más cierto, en algunas de las ricas provincias de la India Oriental, y especialmente en su célebre isla que solía llamar Trapobana ó Sumatra, y hoy se dice Malaca y los reinos del Pegú[62], sus confines, donde se halla todo lo que se llevaba á Salomón en grande abundancia, tanto que se solía llamar Terra de Oro ó la Aurea Chersonese, y su oro se tenía por el más perfecto y de mayores quilates; de donde el de esta calidad tenía el nombre de Ophirizo, y de allí corrompido el vocablo, los latinos le llamaban Obrizo." Y por fin, agrega: "Y no obsta en contrario lo que se ha dicho del nombre del Perú, que es parecido al de Ophir ó Opiro." El historiador William Robertson, en su Historia de América, lib. I, pág. 9, refiriéndose á la navegación entre los antiguos, parece estar, también, en contra de los autores citados, pues dice: "Salomón equipó flotas que, conducidas por pilotos fenicios, navegaron del Mar-Rojo á Tarsdchisch[63] y á Ophir[64], que probablemente eran puertos de la India ó del Africa: estas flotas volvieron tan preciosamente cargadas, que introdujeron repentinamente la riqueza y la magnificencia en el reino de Israel."

En resumen, Ophir ha dado lugar á varios alegatos sobre su situación: distintas opiniones hay á este respecto, pues mientras unos la colocan en Asia, otros la ponen en Africa, y otros en América; dividiéndose cada una de estas opiniones en varias otras.

Cuanto á Nihusio, Volaterán y otros portugueses, quieren que Ophir sea Melinda ó Sófala, en la costa de Etiopia, y Concelio pretende que sea Angola, sobre la costa occidental de Africa.

Aquellos que pretenden que Ophir estaba en América, la colocan en la isla de Santo Domingo, á la entrada del golfo de México. Genebrardo y Vatablo son los que la ponen en la isla de Santo Domingo, asegurando que Cristóbal Colón al descubrir esta isla, en 1492, acostumbraba decir que había hallado la Ophir de Salomón, porque allí había encontrado oro en cierta abundancia.

Los que suponen que Ophir se hallaba en Asia, entre otros Francisco Ribero, Torniel, Adrichomio, Massé y varios otros, la colocan en las Indias. En apoyo de la opinión de estos autores, citan á Diodoro de Sicilia y á Filistrato, quienes dicen que en todo tiempo los Etiopes hacían un gran comercio por mar en las Indias; á Estrabón, que refiere que los mercaderes de Alejandría enviaban sus mercaderías á las Indias por el golfo Arábigo; y á Plinio, que asegura que en su tiempo, y desde algunos siglos antes, se hacía un gran comercio de Egipto á las Indias por el Mar-Rojo, siendo probable que la flota de Salomón iba á aquel lado, en cuyas comarcas se encontraban todas las mercaderías que cargaban los navíos de Salomón.

Samuel Bochart, por su parte, en su Geografía Sagrada, (Caen, 1646), pretende que hay dos Ophires: la una, en la Arabia, donde David hacía venir una gran cantidad de oro; la otra, en la India, donde Salomón enviaba su flota, ó sea la Trapobana de los antiguos (hoy isla de Ceylan), donde hay un puerto llamado Hippor, que los Fenicios llamaban Ophir.

Massi asegura que Ophir es el Pegú, que tenía ricas minas de oro y plata; Peresio dice que es Malaca, sobre el estrecho del mismo nombre, al oriente de la isla de Sumatra; Juan Tzerges es de parecer que es la misma isla de Sumatra, que tenía minas de oro.

Flavio Josefo[65], y con él otros autores, sostienen que Salomón tenía dos flotas, una en Aziongabar, que negociaba en las Indias, y la otra en Tarsdchisch, en las Indias Orientales, opinando algunos que este Tarsdchisch es el Perú, donde la flota de Salomón llegaba por el Gran Mar (el Pacífico) y hacía el viaje en tres años.

Por fin, la opinión que ha sido considerada más aceptable por algunos escritores, sobre la situación de Ophir, es la emitida por Lipenio, que ha escrito expresamente un Tratado sobre Ophir. Se apoya este autor sobre el dicho de San Gerónimo, que dice, que un nieto de Heber, hijo de Noé, llamado Ophir, dió su nombre á la parte de la India situada más allá del Ganges, comprendiendo así bajo el nombre de la "Tierra de Ophir," no solamente la Chersonese de Oro, que el historiador Josefo llama "Tierra de Oro" (hoy Malaca), sino también las islas de Java y Sumatra y los reinos de Siam, del Pegú y de Bengala, comarcas donde se encontraban todos los efectos que la flota de Salomón llevaba á Jerusalem, viaje que podía durar tres años, pues los navíos al salir del Mar-Rojo costeaban la Arabia, la Persia y el Mongol, en seguida daban vuelta á la península, más allá del golfo de Bengala, tomando diamantes en Golgonda y géneros preciosos en Pegú, y de allí á Sumatra, remontando á lo largo de Chersonese de Oro ó Malaca hasta Siam, donde encontraban no solamente marfil, sino también oro.

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Varios autores, entre ellos Giraldo Cambrense, en su Topographia Historica, lib. X, cap. II; Antonio de Herrera, en su Historia General de los hechos de los Castellanos, déc. III, lib. X, cap. X; y La Peyrère, en su Relación de Islandia, art. XX, opinan que los Noruegos y Dinamarqueses, después de haber ocupado la Islandia y Groenlandia, fueron los primeros que poblaron las Indias, desembarcando en las costas de México, primero, y extendiéndose, después, hasta el Istmo de Panamá, allá por el año 820 de la era vulgar. Estos autores apoyan sus opiniones á este respecto en ciertos usos y costumbres de los Escandinavos, idénticas á las de los Indios americanos. Admitiendo esta idea tan sólo en abstracto, es un hecho confirmado por documentos que posteriormente se han encontrado en Copenhague, que los Escandinavos atravesaron el Océano y desembarcaron en playas de América, desde el siglo IX y durante el curso de los siguientes; pero no por eso se les debe considerar como los primeros pobladores del suelo americano, como lo suponen los autores citados.

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El historiador Pedro Sufrido, en su obra De Frisior Antiquitates, impresa en 1698, pretende probar que los Indios de Chile y aún los del Perú descienden de los Frisios, pueblos germanos que habitaban, según se cree, la isla de los Bátavos; al efecto, dice que los Frisios, siendo muy diestros en la navegación, intentaron en el año 1000 recorrer el Océano en descubrimiento de nuevas tierras; "que llegaron á las islas Orcadas y desde allí á Islandia, y navegando muchos días penetraron hasta el Polo Norte, de donde fueron arrojados por una furiosa tempestad hasta una isla distante rodeada de escollos, donde desembarcaron y hallaron gente escondida en cuevas, y delante de ellos, gran cantidad de vasos de oro y plata, de que tomaron cuanto pudieron." Añadiendo la Crónica de Dinamarca "que este país estaba lleno de riquezas y que es la isla donde Saturno escondió sus tesoros." Boxhornio, en su Apologia pro Navigationes, págs. 258 y 259, sostiene la opinión de Pedro Sufrido, citando en apoyo de ella un pasaje del poema de Alonso Ercilla, La Araucana, en que este poeta hace aparecer á Glaura, hija del cacique Quilacura, y á Fresolano, mozo valiente, como descendientes de sangre de Frisios.

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Algunos autores, entre ellos Marineo, en su Rerum Hispanorum, lib. XIX, cap. XVI, alega que los Romanos poblaron las Indias cuando este imperio estaba en su apogeo, ó sea, cuando Roma era dueña y señora de Europa y de Africa, fundándose en que los moradores de la Isla Atlántida habían dado, en su tiempo, á los Romanos, noticias de las Indias; que éstos poblaron sucesivamente las islas de Canarias, las de Barlovento, la Tierra Firme, México, Perú y demás comarcas de la América. También se fundan estos autores en las analogías entre Romanos é Indios, como pintar el rostro de sus divinidades con vermellón; la superstición de consultar las entrañas de los animales para inquirir ciertos hechos; contar en sus convites las hazañas de sus mayores. El convento de las Vestales de Roma, agregan, es igual al de las Vírgenes del Sol en el Perú y México; el templo del Sol en el Cuzco, semejante al Panteón de Roma; los grandes caminos y calzadas de los Incas también parecidos á los de los Romanos, y varios otros usos y costumbres análogos en ambos pueblos.

La aserción de haber los Romanos pisado el territorio americano en la época de su apogeo, parece algo acertada, pues se afirma ser un hecho que posteriormente hallóse en este territorio algunos vestigios de la existencia, allí, de los Romanos de aquella época; llamando mucho la atención el que, en las ruinas de Peten, en Guatemala, se haya encontrado monedas del tiempo de los Romanos y herraduras de caballos de mayor alzada que los comunes, en las orillas del mar que baña aquella parte del Continente; existiendo ambos objetos en el Museo Nacional de Guatemala.

Empero, el hecho de que los Atlánticos dieran noticias á los Romanos, de la existencia del Continente americano, es de todo punto inverosimil, porque de haber existido aquella isla, su hundimiento dataría de una época mucho más remota de la del Imperio Romano.

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Varios escritores afirman que los Escitas (que en tiempos remotos fueron la nación más numerosa del Orbe, pues se extendieron desde la Germania hasta los confines del mundo conocidos de los antiguos, ó sea, desde Europa hasta el Asia), pasaron en dos ocasiones y en gran número, desde el Mongol á Indias, diseminándose por diversas comarcas del Nuevo Mundo, pues dicen que en todo el Continente americano, como en Estados Unidos del Norte, Canadá, México, Guatemala, Colombia, Perú, Chile, Argentina, Brasil y otras regiones, se han encontrado usos y costumbres semejantes entre Escitas é Indios, y que eran tan bárbaros unos como otros; no dudando esos mismos escritores, que los Escitas fueron unos de los primitivos pobladores de América.

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Enrique Martínez, en su Repertorio Mexicano, cap. II, pág. 204, supone que los Indios de México eran descendientes de los Curlandeses, provincia antigua de la Livonia, alegando que, situada esa provincia en la costa del Mar Báltico, pudieron pasar sus moradores á las Indias, y aduce como fundamento de su parecer, 'que la gente de esa provincia es de la misma traza, condición y brío de los Indios de Nueva España...... y—añade—lo que más me obliga á creer que aquella gente y ésta es toda una, es la cercanía de las tierras, que es menos de lo que ponen los mapas."

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También es opinión admitida por algunos autores, que los Etiopes pasaron á Indias con los Fenicios y Cartagineses, pues suponen que los Moros fueron indios venidos á Africa con Hércules Tyrio, que venció á Anteón, rey del mismo Africa y jigante de sesenta codos, de cuyo escudo hace mención Melo en su Situ Orbis, Lib. VI, cap. IV, sabiéndose que su cadáver fué mandado enterrar por Sertorio. Algunos otros autores afirman que no queriendo estos Etiopes sufrir el yugo de los Cartagineses, se lanzaron por los mares en dirección á tierras remotas, tocando primero en las islas Canarias, y de allí en las Indias, para establecerse en Yucatán. También opinan que los usos y costumbres de estos Africanos eran semejantes á los indios Chichimecas, Chiriguanes y otras tribus bárbaras de América.

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Han pretendido otros autores que los Francos fueron los descubridores de América. Marcos Lescarbot en su Histoire de la Nouvelle France, dice que los Galos se hicieron dueños del mar desde los primeros siglos después del Diluvio. Guillermo Postel en su Origine des Américains, sostiene que esos mismos Galos visitaban con frecuencia las costas de la América Septentrional aún antes de la era cristiana, opinión que también es apoyada por Mr. Murtrie en sus Sketches of Louisville, pues asevera que en tiempos remotos una colonia de Francos habitaba los bosques de América, mezclándose con una ó varias tribus de salvajes, á los que enseñaron algunas artes más necesarias á su bienestar; pero que mas tarde surgieron desavenencias y guerras entre ambas razas, en las que los salvajes, por su superioridad numérica, exterminaron á los llamados «Indios blancos,» quienes, desde entonces, desaparecieron para siempre, como también las artes que ellos cultivaban. Y por fin, Jacobo Charron, en su Histoire Universelle, asienta que hace más de mil años que los Celtas, gente numerosísima, pasaron á América, unos por el Oriente, desde Tenduc, atravesando la Tartaria hasta el reino de Annian; otros por el norte, desde Islandia hasta el Salvador, internándose á Tierra Firme.

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En fin, es opinión de algunos historiadores, que los Ingleses é Irlandeses fueron los primeros pobladores de la costa septentrional de América, y, al efecto, dicen que Madoc Cambro, príncipe de Cambria ó Inglaterra Occidental, cansado de las guerras civiles que sostenía con sus hermanos sobre la sucesión del reino de su padre, Owen Guyueto, rey de Gales, determinó en 1170 (otros dicen 1190) dejar su patria y buscar nuevas tierras donde vivir en paz, con cuyo propósito emprendió una larga navegación hasta dar en comarcas desconocidas (que se presume sean las costas del Canadá y Terranova), en las que encontró cosas maravillosas. Después del descubrimiento de aquellas tierras, regresó á su patria, para contar á sus vasallos la felicidad que allí reinaba, y armando muchas naves, se llevó gran número de familias, con las que fué á poblar tan desiertos parajes, dando origen con ellas á formar una población importante; regresó nuevamente á Gales por más gente, y cargando diez navíos, se hizo á la vela, aumentando con este nuevo contingente de habitantes, la población de esos extensos países.

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Pero toda esa diversidad de opiniones de los autores que acabamos de mencionar, tocante al origen de los Indios americanos, ya sean ciertas ó dudosas, fundadas ó aventuradas, el hecho es, que carecen de autenticidad, porque no descansan sobre ningún dato de fuente histórica que las pueda servir de apoyo; por consiguiente, todas ellas son basadas únicamente en cálculos expuestos á resultar fallidos, y no pasan de la categoría de meras conjeturas sobre un asunto aún obscuro. No obstante, si esas diferentes opiniones disienten en los detalles, en el fondo admiten que los primeros pobladores de América, ó sea, de la época postdiluviana, proceden de los habitantes del Antiguo Mundo conocido entonces.

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Un erudito etnógrafo francés, Moreau de Jonnes, en su notable obra Statistique des peuples de l'antiquité, ha dicho: "De toutes les parties de l'Histoire, la plus féconde en erreurs est la recherche de l'origine des peuples." En verdad, refiriéndose tan sólo al Continente americano, el origen de las diversas razas de los Indios es uno de los problemas más difíciles de resolver, pues es casi imposible determinar, con exactitud, la procedencia de cada una de ellas, porque su origen se pierde entre la confusa sucesión de los siglos. El P. José de Acosta, en su Historia natural y moral de las Indias, califica de "arrojado y temerario al que pretendiera determinar la procedencia de los Indios." Apesar de haberse buscado las semejanzas entre las razas americanas y las europeas, africanas y asiáticas, las similitudes entre las lenguas del Antiguo Mundo y el Nuevo, y aún comparada la arqueología americana con la de Europa, la del Africa y la del Asia, no se ha podido aún decir la última palabra acerca de este problema sociológico.

Apesar de ello, la opinión que parece merecer alguna atención, es la expuesta por el erudito P. Fr. Gregorio Garcia en su ya citada obra Origen de los Indios en el Nuevo Mundo, religioso que, después de examinar las controversias de los muchos autores que han escrito sobre el mismo tema y de analizarlas una por una, termina por dar su parecer sobre la materia. He aquí lo que á este respecto opina este autor en el libro IV, cap. XXV de su referida obra: "Unos indios proceden de Cartagineses, que poblaron la Española ó Isla de Santo Domingo, Cuba, etc; otros, proceden de aquellas diez tribus que se perdieron, de quien hace mención Esdras; otros, proceden de la gente que pobló ó mandó poblar Ophir en la Nueva España y Perú; otros, proceden de la gente que vivía en la Isla Atlántida de Platón; otros, de algunos que partieron de las partes próximas y más cercanas á la sobredicha isla, pasaron por ella á las de Barlovento, que está bien cerca de donde ella estaba, y de aquellas á la Tierra Firme; otros, proceden de Griegos; otros, de Fenicianos; otros, de Chinos, Tártaros y otras naciones."—En seguida, agrega el mismo autor: "La primera razón y fundamento que para esto tengo, es hallar en estos indios tanta variedad y diversidad de lenguas, de leyes, de ceremonias, de ritos, costumbres y trajes; el segundo fundamento es, la dificultad que tiene creer que todos los indios proceden de gente que fuese á aquel Nuevo Mundo de sólo una parte del Viejo y con sólo un modo y manera de viaje; el tercer fundamento es, que se hallan en aquellas partes costumbres, leyes, ritos, ceremonias, vocablos y otras cosas de Cartagineses, de Hebreos, de Atlánticos, de Españoles, de Romanos, de Griegos, de Fenicianos, de Chinos y de Tártaros, argumento de mucha fuerza para probar que los Indios por su comunicación y trato amigable y por vía de conquista y guerra, se fueron mezclando de tal manera, que el linaje, costumbres, lenguas y leyes, han escapado mestizos de diversas naciones, cuales son las sobredichas. Esto es mi parecer y lo que siento acerca del origen de los Indios."

Participamos, no del todo, de la opinión del P. Gregorio García: en cuanto á lo referente al reino de Ophir y á la Isla Atlántida, lo primero, lo consideramos como una opinión aún incierta y no dilucidada del todo; y lo segundo, creemos que fué en época remota una porción de la misma América. Cuanto á lo demás, hasta cierto punto convenimos en ello, porque la diversidad de lenguas, leyes, ritos, ceremonias, costumbres, trajes y otras particularidades que en aquella época distante distinguían á las agrupaciones indígenas y que aún existen en diversas comarcas del Continente americano, puede ser una prueba aceptable ó evidente de que los Indios postdiluvianos de América son de origen diverso y proceden de razas distintas.

Además, la opinión del P. Fr. Gregorio García está robustecida por la del abnegado misionero P. Domeneck, que en su obra Desiertos del Nuevo Mundo, se expresa en los siguientes términos: "Nuestra convicción, en este interesante asunto, es que la América ha sido poblada por emigraciones voluntarias ó accidentales, de diversas naciones; que estas diversas naciones, después de multiplicarse, se encontraron, se mezclaron, y que, por el cruzamiento de las razas, la diferencia de los climas, los cambios de vida y muchas otras razones de la misma naturaleza, perdieron su carácter primitivo, para formar otra combinación heterogénea de color, de costumbres, de gustos, de lengua y de religión, que desvía la ciencia y la investigación del anticuario."

Por consiguiente, admitiendo, en parte, la opinión de los PP. García y Domeneck, trataremos de ampliar y robustecer este punto tan debatido; empresa bastante escabrosa, teniendo que atenernos, en muchos casos, á lo dicho por historiadores antiguos y modernos, que no siempre están en concordancia unos con otros.

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Veamos ahora las opiniones emitidas por los antiguos y modernos historiadores, referente á la grande isla Atlántida, cuya existencia en época remotísima ha sido puesta en duda por algunos autores; viendo ciertos etnógrafos, en ella, el camino por el cual vinieron las primeras emigraciones á América.

Platón fué el autor más antiguo que dió noticia de la existencia de la Atlántida, pues en su Timeo ó la Naturaleza, que escribió 430 años antes de la era cristiana, se expresa así, dirigiéndose á los Atenienses: "Se tiene por cierto que en tiempos remotos vuestra virtud resistió á innumerables enemigos que salieron del Mar Atlántico; habían tomado y ocupado casi toda Europa y Asia...... pues existía á la boca del estrecho y casi á su puerta, una isla que comenzaba desde cerca de las columnas de Hércules, y que dicen fué mayor que el Asia y la Libia: dicha isla mantenía relaciones y comercio con otras islas y por ellas se comunicaba con un continente, situado en la frontera, y el cual era vecino del verdadero mar."[66].

Plutarco, en su Symposiacon; Séneca el Trágico, en su Medea, acto II: Tertuliano, en Hermógenes, cáp. XXII y en De Pallio, cap. II; Luciano, en Hermotino; Orígenes, en Periarcon, lib. II, cap. III; Pamelias, en Pallio, cap. II; Vossio, en Mathematicas, cap. XLII, § X; Aristóteles, en su libro Del Mundo; Rodigino, en sus Lecturas antiguas, lib. I, cap. XXII y lib. XVII, cap. XXXV; San Clemente, en su Epístola; San Jerónimo, en Ad Ephesios, lib. I, cap. II; y algunos otros autores notables de la antigüedad, como Crantor, Porfirio, Proclo, Marcilio, Ficio, Diodoro de Sicilia y tantos otros concuerdan en que "después de la Isla Atlántida se navegaba á otras islas vecinas á la tierra Continente y que después de ella se seguía el verdadero mar." Se colije de allí que las islas vecinas á la tierra Continente, son las conocidas de Cuba, Puerto Rico, Jamáica y otras; la tierra Continente, es México y el Perú; y el verdadero mar, el Pacífico.

Cuanto á la gran Tierra ó Isla Atlántida que se cree haya dado su nombre al Océano Atlántico[67], es conocida hoy únicamente por las controversias suscitadas entre los escritores antiguos y modernos sobre su existencia y el punto que ocupó, pues opinan que se hallaba extendido desde las Canarias hasta las Azores, y que estos dos grupos de islas denominadas antiguamente Islas Afortunadas (quizá por haber escapado del gran cataclismo que hundió la Atlántida), son los restos de aquella tierra, que, en una noche, fué sumergida, dicen, por un gran cataclismo ó fuertes conmociones volcánicas[68]. Y al atenernos á la opinión de autores antiguos, parece que habría existido esa gran isla y podido sus habitantes trasladarse fácilmente al Continente americano.

Notes in this chapter

Note 1 · El Dr. Morse divide estos indianos en tres grandes familias: 1a la del Este del Mississipí, que contaba con 120,625 individuos; 2a la que viNote 2 · El nombre de América dado al Continente descubierto por Colón, trae, se dice, su origen del navegante florentino de aquella época, Amérigo óNote 3 · La doctrina de la condición inferior y servil de los indígenas americanos, llegó á generalizarse tanto y á ser tan aceptada, que el Papa PauNote 4 · Acatando la opinión del sabio filólogo Hervas y Panduro, de no haber palabras de los idiomas europeos, asiáticos y africanos en las lenguas Note 5 · Salmanazar reinó en Asiria cuarenta y un años, subiendo al trono en 1981 de la Creación del Mundo, (según la cronología hebráica), ó sea, 20Note 6 · En este texto hebreo se dice: "Salmanazar, rey de los Asirios, sacó las diez tribus de Samaria y las repartió por la tierra de los Medos." DNote 7 · Estos documentos consistían en algunos grandes vasos de tierra, de una sola pieza, cerrados con tapas de la misma materia, vasijas en que erNote 8 · Carlos de Sigüenza y Góngora fué un afamado poeta y matemático que nació en México, en 1645: abrazó la carrera eclesiástica y fué catedráticNote 9 · La moneda que posee dicho Cónsul es de cobre, del tamaño y grueso de un peso español; tiene en el centro un agujero cuadrado y en ambas caraNote 10 · Según tradición de los antiguos Mexicanos, Quetzalcoatl, hombre misterioso, fué legislador y civilizador de Anahuac; enseñó muchas cosas, enNote 11 · Según tradición de los Chibchas, Bochica, hombre misterioso, como hijo enviado del Sol, fué un sabio legislador y bienhechor de los Muiscas;Note 12 · Manco-Capác, fundador de la monarquía de los Incas, se tituló hijo del Sol, y como tal, tomó gran ascendiente entre los Peruanos, á quienes Note 13 · La Mongolia fué una parte del gran imperio fundado por Genghis-Khan, hoy tributaria de la China. Genghis-Khan nació el año 1183, en la MongoNote 14 · Manco ó Mango es nombre mongol, según Ranking.Note 15 · No participamos de la opinión de Ranking, Humboldt, Tschudi y Rivero y demás escritores que suponen que los legisladores Quetzalcolt, BochicNote 16 · La sílaba Phi, en hebreo, se pronuncia Pi, y trasponiendo la R antes de la O, dice Piro: aquella O final la convirtieron en U, por ser más aNote 17 · Últimamente, en 1869, Onffroy de Torón publicó en la revista geográfica «El Globo,» de Génova, un extenso y bien meditado trabajo titulado «Note 18 · Aunque algunos autores niegan el hecho de haber habido elefantes en el territorio de América, es un hecho que hasta el día se han descubiertNote 19 · Más ó menos 600.000,000 de reales de la moneda española.Note 20 · El gran rey Salomón hizo construir su grandioso templo en el Monte Moriah, y la construcción de él duró ocho años y medio. En su construccióNote 21 · Pegú ó Begú es desde 1855 la capital del Imperio Anglo-Indiano y fué antigua capital del Imperio Birman.Note 22 · Tarsdchisch, según geógrafos modernos, estaba situada sobre la costa de Zanguebar.Note 23 · La situación de Ophir, dicen algunos, es desconocida hoy, y creen que con esa denominación se abrazaba todo el litoral de la Arabia, de la INote 24 · Flavio Josefo, historiador judío, nació en Jerusalem en el año 37 de la era cristiana. Entre sus obras se conocen su «Historia de los JudíosNote 25 · Platón, al principio de su Timeo, dice que su tío Solón le informó de todos los detalles referentes á la Atlántida, y que éste obtuvo de losNote 26 · El Océano Atlántico, según Platón, en la primera parte de su diálogo Crisias, recibió este nombre de Atlante, rey de la Isla Atlántica.Note 27 · Un escritor contemporáneo describe en pocas palabras esta terrible catástrofe: "Una noche se hinchó el Océano hasta tocar á las nubes; un ma
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