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Historia de Gil Blas de Santillana, Novela (Vol 3 de 3)

LIBRO UNDECIMO

José Francisco de Isla translation

CAPITULO PRIMERO

De cómo Gil Blas tuvo la mayor alegría que había experimentado en su vida, y del funesto accidente que la turbó. Mutaciones sobrevenidas en la corte, que fueron causa de que Santillana volviese a ella.

Ya dejo dicho que Antonia y Beatriz se avenían muy bien las dos; la una acostumbrada a vivir como criada sumisa, y la otra acostumbrándose gustosa a ser ama. Escipión y yo éramos dos maridos muy condescendientes y muy amados de nuestras esposas para no tener bien pronto la satisfacción de ser padres. Ambas se sintieron embarazadas casi a un mismo tiempo. Beatriz fué la primera que parió, y dió a luz una niña, y pocos días después Antonia nos llenó de alegría dándome un niño. Envié a mi secretario a Valencia a llevar esta noticia al gobernador, que vino inmediatamente a Liria, en compañía de Serafina y de la marquesa de Priego, a sacar de pila a los recién nacidos, teniendo el gusto de añadir esta prueba más de afecto a todas las que yo había recibido de él. Mi hijo, que tuvo por padrinos a este señor y a la marquesa, se llamó Alfonso; y la señora gobernadora, queriendo dispensarme el honor de que yo fuera su compadre por dos títulos, se prestó a ser madrina, juntamente conmigo, de la hija de Escipión, a la cual se le puso el nombre de Serafina.

El nacimiento de mi hijo no solamente alegró a las personas de la quinta, sino que todos los vecinos de Liria lo celebraron también con festejos. Pero ¡ah, y cuán breve fué nuestra alegría! De repente se convirtió todo en ayes, en llantos y en suspiros por un suceso que en más de veinte años no he podido olvidar y que tendré eternamente en la memoria. Murió mi hijo, y a pocos días le siguió su madre, sin embargo de haber tenido un parto feliz; una violenta calentura me arrebató mi querida esposa a los catorce meses de nuestro matrimonio. Figúrese el lector cuánta sería mi amargura. Caí en un abatimiento de ánimo y en una estupidez inexplicable; tanto, que parecía haber quedado insensible a fuerza de sentir la pérdida experimentada. Pasé cinco o seis días en tan doloroso estado, sin querer ni poder tomar ningún alimento, y creo que sin la compañía de Escipión me hubiera dejado morir de hambre o hubiera perdido el juicio; pero este discreto secretario supo distraer mi aflicción tomando parte en ella. Hallaba el secreto de hacerme tomar algunos caldos presentándomelos con un semblante tan triste, que parecía me los ponía delante no tanto para conservar mi vida como para dar pábulo a mi padecer. El afectuoso criado escribió al mismo tiempo a don Alfonso noticiándole las desgracias que me habían sucedido y la lastimosa situación en que me encontraba. Este señor, tierno y compasivo, este amigo generoso fué inmediatamente a Liria. Yo no puedo traer a la memoria sin enternecerme el momento en que se presentó a mi vista. «Mi amado Santillana—me dijo echándome los brazos al cuello—, no vengo a consolarte; vengo sólo a llorar contigo la pérdida de tu amable Antonia, así como tú irías a llorar conmigo la de mi adorada Serafina si la muerte me la hubiera arrebatado.» Con efecto; vertió algunas lágrimas y confundió sus suspiros con los míos. En medio de la pesadumbre que me tenía fuera de mí, no dejaron de excitar en mi corazón un vivo agradecimiento las afectuosas demostraciones de don Alfonso.

Este gobernador tuvo una larga conversación con Escipión sobre lo que convendría adoptar para vencer mi pesadumbre. Juzgaron que sería necesario por algún tiempo alejarme de Liria, en donde por todas partes se me representaba continuamente la imagen de Antonia. Convenidos en esto, me propuso el hijo de don César si quería ir a Valencia con él; y mi secretario apoyó tan eficazmente la propuesta, que la acepté. Dejé a Escipión y a su mujer en la quinta y marché con el gobernador. Luego que llegué a Valencia, don César y su nuera no perdonaron diligencia alguna para divertir mi aflicción, echando mano de todas las distracciones oportunas para disiparla; pero a pesar de todos los esfuerzos permanecí sumergido en una profunda melancolía, de que no pudieron sacarme. Nada omitía tampoco por su parte Escipión de cuanto pensaba podía contribuir a restituirme a mi tranquilidad. Iba frecuentemente de Liria a Valencia a informarse de mi estado, y se volvía más alegre o más triste según me veía más o menos dispuesto a consolarme.

Una mañana entró muy azorado en mi cuarto, y me dijo: «Señor, corre por la ciudad una noticia que llama la atención de toda la monarquía. Se dice que Felipe III ya no existe y que ocupa el trono el príncipe su hijo. Añádese que al cardenal duque de Lerma le han separado de su empleo, con prohibición de presentarse en la corte, y que don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, es en la actualidad primer ministro.» Sentíme conmovido; y conociéndolo Escipión, me preguntó si no tomaba yo parte en este grande acaecimiento. «¿Y qué parte quieres tú, hijo mío, que yo tome en él?—respondí—. Ya dejé la corte; todas las mutaciones que pueden sobrevenir en ella me deben ser indiferentes.»

«¡Muy desprendido se halla usted del mundo para la edad que tiene!—replicó el hijo de la Coscolina—. Si yo me hallase en su lugar, no dejaría de tentarme mucho la curiosidad; iría a Madrid a presentarme al nuevo monarca para ver si se acordaba de haberme visto. Este gusto no me lo perdonaría.» «¡Ya te entiendo!—le dije—. Tú quisieras que yo volviera a la corte para tentar en ella de nuevo la fortuna, o, por mejor decir, para volver a ser allí avariento y ambicioso.» «¿Por qué se habían de estragar todavía allí las costumbres de usted?—me replicó Escipión—. Tenga usted más confianza que la que tiene en su virtud; yo salgo por fiador de usted. Las sanas reflexiones que le obligó a hacer su desgracia acerca de los peligros de la corte son muy del caso para precaverse de ellos. Vuélvase, pues, a embarcar animosamente en un mar cuyos escollos le son bien conocidos.» «¡Calla, adulador!—le interrumpí sonriéndome—. ¿Estás ya cansado de verme pasar una vida tranquila? Yo creía que estimabas más mi sosiego.»

Aquí llegaba nuestra conversación cuando entraron en mi cuarto don César y su hijo, quienes me confirmaron la noticia de la muerte del rey y la desgracia del cardenal duque de Lerma, añadiendo que, habiendo éste pedido licencia para retirarse a Roma, en lugar de dársela se le había mandado fuese a vivir a su marquesado de Denia. Después, como si estuvieran ambos de acuerdo con mi secretario, me aconsejaron fuese a Madrid y me presentase al nuevo rey, puesto que ya me conocía y le había hecho unos servicios que los grandes recompensan con bastante gusto. «Yo a lo menos—dijo don Alfonso—no tengo la menor duda de que se acordará de los tuyos, ni de que deje Felipe IV de pagar las deudas del príncipe de Asturias.» «Del mismo sentido soy yo—dijo don César—, y aun el corazón me está diciendo que el viaje de Santillana a la corte le ha de abrir camino para grandes empleos.»

«En verdad, señores míos—exclamé—, que ustedes no han meditado bien lo que me aconsejan. Según les parece, no tengo mas que ir a Madrid para lograr la llave dorada o algún gobierno; y están muy equivocados. Yo, al contrario, estoy muy persuadido de que el rey no reparará en mí aunque me presente a su vista; y si ustedes lo desean, haré la prueba para desengañarlos.» Cogiéronme luego la palabra los señores de Leiva, y me instaron tanto, que no pude menos de prometerles que cuanto antes iría a Madrid. Luego que mi secretario me vió determinado a hacer este viaje experimentó una alegría descompasada, imaginándose que lo mismo sería ponerme yo delante del nuevo monarca que distinguirme entre la confusión. En este concepto, forjando en su mente las más pomposas quimeras, me encumbraba a los primeros empleos del Estado, y él se acrecentaba a favor de mi engrandecimiento.

Dispuse, pues, mi viaje a la corte, no ya con ánimo de volver a incensar a la fortuna, sino únicamente por complacer a don César y a su hijo, a quienes se les había metido en la cabeza que inmediatamente me atraería el favor del soberano. A decir verdad, a mí también me picaba un poco el deseo de probar si el rey se había olvidado enteramente de mí. Arrastrado de esta natural curiosidad, pero sin esperanza, ni aun pensamiento de lograr la más leve ventaja en el nuevo reinado, tomé el camino de Madrid, acompañado de Escipión, dejando el cuidado de mi hacienda a Beatriz, que era muy buena mujer de gobierno.

CAPITULO II

Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte, reconócele el rey, recomiéndale a su primer ministro, y efectos de esta recomendación.

En menos de ocho días llegamos a Madrid, habiéndonos don Alfonso dejado dos de sus mejores caballos para que hiciésemos el viaje con mayor diligencia. Apeámonos en la posada de caballeros donde ya en otro tiempo me había hospedado, propia de Vicente Forero, mi antiguo patrón, que tuvo mucho gusto de volverme a ver.

Era éste un hombre que se preciaba de saber todo lo que pasaba en la corte y en la villa, y le pregunté qué había de nuevo. «Muchas novedades—me respondió—. Después de la muerte de Felipe III los amigos y los partidarios del cardenal duque de Lerma se valieron de varios medios para mantener a su eminencia en el ministerio; pero sus esfuerzos han sido inútiles, porque el conde de Olivares pudo más que todos ellos. Quieren decir que España nada ha perdido en el cambio, porque el nuevo primer ministro tiene talento y conocimientos tan vastos que es capaz de gobernar el mundo entero. ¡Dios lo quiera! Lo que no admite duda es—continuó—que la nación ha concebido la idea más ventajosa de su capacidad. El tiempo nos dirá si el sucesor del duque de Lerma llena o no el puesto que ocupaba su antecesor.» Empeñado ya Forero en una conversación tan de su genio, me hizo una puntual relación de todas las mutaciones que se habían hecho en la corte desde que el conde de Olivares manejaba el timón de la monarquía.

A los dos días de mi llegada a Madrid fuí a palacio, cuando ya el rey había acabado de comer. Me coloqué al paso por donde debía entrar a su gabinete, y no me miró. Volví el día siguiente al mismo paraje, y no fuí más dichoso. El subsiguiente echó sobre mí una mirada al pasar; pero no dió muestras de haber reparado en mí, y en vista de esto, tomé mi resolución. «Tú ves—dije a Escipión que me acompañaba—que el rey ya no me conoce, o que, si me conoce, no quiere hacer caso de mí. Lo más acertado será volver a tomar el camino de Valencia.» «¡No vayamos tan aprisa, señor!—me respondió mi secretario—. Usted sabe mejor que yo que para negociar en la corte es menester paciencia. No deje usted de presentarse al rey; a fuerza de ofrecerse a su vista, le obligará usted a considerar más atentamente y a recordar las facciones de su agente cerca de la bella Catalina.»

Sólo porque Escipión no tuviese que reconvenirme tuve la condescendencia de continuar del mismo modo por espacio de tres semanas. Llegó, finalmente, un día en que, habiendo atraído la atención del monarca, me mandó llamar. Entré en su gabinete, no sin gran turbación de hallarme a solas con mi rey. «¿Quién eres?—me dijo—. Tus facciones no me son desconocidas. ¿Dónde te he visto?» «Señor—le respondí temblando—, yo tuve la honra de conducir una noche a vuestra majestad con el conde de Lemos a casa de...» «¡Ah! ¡Ya me acuerdo!—interrumpió el rey—. Tú eres secretario del duque de Lerma, y, si no me engaño, tu nombre es Santillana. No me he olvidado de que en aquella ocasión me serviste con mucho celo, ni tampoco de que fueron mal recompensados tus afanes. ¿No estuviste preso por aquel lance?» «Sí, señor—le repliqué—; cuatro meses lo estuve en el alcázar de Segovia; pero vuestra majestad tuvo la bondad de mandarme poner en libertad.» «Eso—respondió—no satisfizo la obligación que contraje con Santillana. No basta haber hecho que se le pusiese en libertad: debo premiarle también lo mucho que padeció por servirme.»

Al acabar el rey de decir estas palabras entró en el gabinete el conde de Olivares. Todo espanta a los favoritos. Quedó absorto de ver allí a un desconocido, y el rey aumentó su sorpresa diciéndole: «Conde, pongo a tu cuidado este joven; te encargo que le des algún empleo y procures adelantarle.» Aparentó el ministro recibir esta orden con agrado, mirándome de pies a cabeza y mostrando inquietud por saber quién era yo. «Vete, amigo mío—añadió el monarca, dirigiéndome la palabra y haciéndome seña de que me retirase—; el conde no dejará de emplearte en provecho de mi servicio y de tus intereses.»

Salí inmediatamente del gabinete y me reuní al hijo de la Coscolina, que, impaciente por saber lo que el rey me había dicho, se hallaba en una agitación imponderable, y al momento me preguntó si era necesario volver a Valencia o permanecer en la corte. «Tú lo podrás juzgar», le respondí, y al mismo tiempo le llené de contento refiriéndole palabra por palabra la conversación que acababa de tener con el monarca. «Querido amo—me dijo entonces Escipión en el exceso de su alegría—, ¿se burlará usted otra vez de mis pronósticos? Confiese usted que ni los señores de Leiva ni yo discurríamos mal cuando le instábamos tanto a que se presentase luego en Madrid. Ya le veo a usted en un puesto eminente: será el Calderón del conde de Olivares.» «Eso es lo que menos deseo—interrumpí—. Ese destino está cercado de demasiados precipicios para excitar mi anhelo. Yo quisiera un empleo que no me ofreciera ninguna ocasión de hacer injusticias ni un vergonzoso tráfico de los favores del rey; después del uso que he hecho de mi pasado valimiento, no puedo menos de precaverme contra la avaricia y contra la ambición.» «¡Animo, señor!—me replicó mi secretario—. El ministro os colocará en algún puesto que podáis desempeñar sin dejar de ser hombre de bien.»

Instado más por Escipión que por mi curiosidad, me fuí el día siguiente a casa del conde de Olivares antes de amanecer, noticioso de que todas las mañanas, en verano y en invierno, daba audiencia con luz artificial a cuantos querían hablarle. Me coloqué por modestia en un rincón de la sala y desde allí estuve observando bien al conde luego que se dejó ver, porque había fijado poco la atención sobre él en el gabinete del rey. Era un hombre de estatura menos que mediana y podía pasar por gordo en un país donde los más son flacos; tan cargado de espaldas, que parecía corcovado, aunque no lo era en realidad; su cabeza, que era de gran tamaño, caía sobre el pecho; tenía el cabello negro y lacio; la cara, larga; el color, aceitunado; la boca, hundida, y la barbilla, puntiaguda y muy levantada.

Este conjunto no formaba una persona muy bien parecida. Con todo eso, como ya me lo figuraba inclinado a mi favor, le miraba con indulgencia y me parecía bien. Verdad es que recibía a todos con un aire tan afable y bondadoso, y tomaba tan cortésmente los memoriales que se le presentaban, que esto suplía la falta de su buena figura. Sin embargo, cuando me llegó la vez de acercarme para saludarle y que me conociera, me echó una mirada ceñuda y amenazadora, y volviéndome la espalda sin dignarse oírme, se entró en su gabinete. Entonces me pareció aquel señor aún más feo de lo que naturalmente era. Salí atónito en extremo de un recibimiento tan áspero y desabrido, no sabiendo qué inferir de él.

Reunido con Escipión, que me esperaba a la puerta, «¿Sabes—le dije—el recibimiento que he tenido?» «No, señor—me respondió—; pero no es difícil de adivinar: el ministro, pronto a conformarse con la voluntad del rey, habrá propuesto a usted un empleo de importancia.» «Te engañas», le repliqué; referíle el lance según había pasado, el que escuchó con atención, y me dijo: «Preciso es que el conde no le conociera a usted o le tuviera por otro. Mi parecer es que vuelva usted a verle y no dude que le recibirá con mejor semblante.» Tomé el consejo de mi secretario. Presénteme segunda vez al ministro, quien me recibió todavía peor que la primera: arqueó las cejas, mirándome como si mi presencia le causase enojo; después apartó de mí la vista y se retiró sin hablar una palabra.

Llegóme al alma este proceder y tuve tentaciones de regresar inmediatamente a Valencia; pero Escipión no cesó de oponerse a ello, no pudiendo resolverse a renunciar a las esperanzas que había concebido. «¿No conoces—le dije—que el conde quiere alejarme de la corte? Habiendo visto él mismo la inclinación que me manifestó el monarca, ¿no basta eso para atraerme la aversión de su favorito? Cedamos, hijo mío, cedamos con gusto al poder de un enemigo tan temible.» «Señor—respondió colérico Escipión—, yo no abandonaría el campo; iría a quejarme al rey del poco caso que ha hecho el ministro de su recomendación.» «¡Mal consejo, amigo mío! Si yo diera un paso tan imprudente, poco tardaría en arrepentirme; ni aun sé si corro peligro en detenerme en esta capital.»

A estas palabras mi secretario mudó de parecer, y considerando que las habíamos con un hombre que podía volvernos a enviar a la torre de Segovia, participó de mi temor y no resistió más al deseo que yo tenía de dejar a Madrid, de donde resolví alejarme al día siguiente.

CAPITULO III

Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por obra el pensamiento de dejar la corte y del importante servicio que le hizo José Navarro.

Al volverme a la posada de caballeros encontré a José Navarro, repostero de don Baltasar de Zúñiga y mi antiguo amigo. Le saludé acercándome a él y le pregunté si me conocía y si tendría aún la bondad de querer hablar a un desatento que había pagado con ingratitud su amistad. «¿Luego usted mismo confiesa—me respondió—que no procedió bien conmigo?» «Sí, señor—le respondí—, y tiene usted sobrada razón para llenarme de reconvenciones, porque las merezco, si es que no he expiado mi crimen con los remordimientos que a él se han seguido.» «Ya que está usted tan arrepentido de su culpa—repuso Navarro dándome un abrazo—, no debo acordarme más de ello.» Yo también le estreché cuanto pude entre mis brazos, y ambos renovamos desde aquel punto nuestra antigua amistad. Había sabido mi prisión y el trastorno de mi suerte, pero ignoraba lo demás. Le informé de todo, contándole hasta la conversación que había tenido con el rey, sin ocultarle el mal recibimiento que me acababa de hacer el ministro ni el designio en que me hallaba de volverme a mi retiro. «No trate usted de irse—me dijo—. Supuesto que el monarca le ha manifestado inclinación, es necesario que usted haga que le sirva de algo. Aquí para entre los dos, el conde Olivares tiene sus extravagancias; es caprichoso, y a veces, como en la presente ocasión, procede de un modo que irrita, pues él solo tiene la clave de sus acciones estrambóticas. Por lo demás, sea cual fuere la causa de haberos recibido tan mal, permaneced aquí a pie firme, porque os aseguro que él no podrá impediros que os aprovechéis de la bondad del rey, y, a mayor abundamiento, yo le diré dos palabras al señor don Baltasar de Zúñiga, mi amo, que es tío del conde de Olivares y le ayuda a sostener el peso del gobierno.» Preguntóme después Navarro dónde yo vivía, y sin decirme más nos separamos.

Tardé poco en volverle a ver: el día siguiente fué a buscarme. «Señor de Santillana—me dijo—, usted tiene un protector: mi amo quiere favorecerle. En virtud del informe que le he dado de usted, me ha ofrecido recomendarle al conde de Olivares, su sobrino, y no dudo que le incline a su favor.» Mi amigo Navarro, no queriéndome servir a medias, me presentó dos días después a don Baltasar, quien me dijo con semblante apacible: «Señor de Santillana, su amigo José me ha hecho un elogio tan cumplido de usted, que me ha movido a protegerle.» Hice una profunda reverencia al señor de Zúñiga, diciéndole que toda mi vida me confesaría sumamente reconocido al señor Navarro por haberme granjeado la protección de un ministro a quien llamaban con justa razón la antorcha del Consejo. Al oír don Baltasar esta lisonjera contestación me dió una palmadita en el hombro riéndose y me dijo: «Puede usted volver mañana a casa del conde de Olivares y quedará más contento de él.»

Con efecto, al otro día me presenté en su antesala por la tercera vez; reconocióme entre la multitud de pretendientes, miróme y sonrióse, lo que desde luego me pareció un pronóstico feliz. «¡Esto va bien!—dije entre mí—. El tío debe de haber reducido a la razón al sobrino.» Así, pues, desde entonces me prometí una acogida favorable, y en verdad que no me engañé. Después que el conde despachó a los demás me hizo entrar en su gabinete y en tono muy familiar me dijo: «Perdona, amigo Santillana, el apuro en que te he puesto por divertirme. Me he complacido en inquietarte para probar tu discreción y ver el partido que tomabas en vista de mi mal humor. Sin duda tú te persuadirías de que me eras desagradable; pero al contrario, hijo mío, te confesaré que aprecio mucho tu persona. Aunque el rey mi amo no me hubiera mandado cuidar de tu fortuna, lo haría yo por mi propia inclinación. Además, don Baltasar de Zúñiga, mi tío, a quien nada puedo negar, me ha encargado te mire como a persona por quien él se interesa y no necesito más para determinarme a ponerte a mi lado.»

Esta primera entrada hizo tanta impresión en mi ánimo, que quedé casi enajenado. Me eché a los pies del ministro, y habiéndome dicho que me levantase, prosiguió de esta manera: «Después de comer vuelve acá y ve a verte con mi mayordomo, que él te dará las órdenes que yo le encargare.» Dicho esto, salió su excelencia de su despacho para ir a oír misa, que es lo que acostumbraba hacer todos los días después de dar audiencia, y en seguida se marchaba a palacio para hallarse en el cuarto del rey al tiempo de levantarse su majestad.

CAPITULO IV

Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de Olivares.

No me descuidé en volver después de comer a casa del primer ministro. Pregunté por su mayordomo, que se llamaba don Ramón Caporis, el cual luego que oyó mi nombre me saludó con particular respeto y me dijo: «Caballero, sígame usted, si gusta, que voy a conducirle a la habitación que se le ha destinado en esta casa.» Dicho esto me llevó por una escalerilla secreta, la cual conducía a una fila de cinco o seis salas a un mismo piso, que formaban un ala de la casa, alhajada regularmente. «Esta es—me dijo—la habitación que su excelencia le señala. Usted disfrutará aquí de una mesa de seis cubiertos de cuenta de su excelencia, será servido por sus propios criados y tendrá siempre a su disposición un coche. Aun no lo he dicho todo: su excelencia me ha encomendado eficazmente que tenga a usted las mismas consideraciones que si fuera de la Casa de Guzmán.»

«¿Qué diablos significa todo esto?—me decía a mí mismo—. ¿Cómo consideraré yo estas distinciones? ¡Quiero saber si envolverán alguna malicia o si todavía por divertirse el ministro hará que me traten tan honoríficamente!» Mientras me hallaba en esta incertidumbre, fluctuando entre el temor y la esperanza, vino un paje a decirme que el conde me llamaba. Fuí volando a ver a su excelencia, que estaba solo en su gabinete. «Y bien, Santillana—me dijo—, ¿estás contento con tu habitación y con las órdenes que he dado a don Ramón?» «Las bondades de vuestra excelencia—le respondí—me parecen excesivas y no las acepto sin zozobra.» «¿Pues por qué?—me replicó—. ¿Puede caber exceso en honrar a una persona que el rey me ha recomendado y de quien quiere que yo cuide? En tratarte honoríficamente no hago mas que mi deber. Por mucho que haga por ti, no te admires, y cuenta con una fortuna brillante y sólida si me eres tan afecto como lo fuiste al duque de Lerma. Pero ya que hemos nombrado a este señor—prosiguió—, he oído decir que vivíais los dos con mucha intimidad. Quisiera saber cómo os conocisteis y en qué te empleaba aquel ministro. No me ocultes nada; dímelo todo con sinceridad.» Acordéme entonces de la perplejidad en que me vi cuando me encontré con el duque de Lerma en semejante caso y del medio que me valí para salir de ella, el cual practiqué aún más afortunadamente; quiero decir, que en mi informe di el mejor colorido que pude a los lances más escabrosos y toqué ligeramente aquellos que me hacían poco honor. También procuré poner en buen lugar al duque de Lerma, aunque conocía que no disculpándole del todo hubiera dado más gusto a mi oyente. Por lo que toca a don Rodrigo Calderón, nada le perdoné; le individualicé las hazañas que sabía relativas al tráfico que hacía de encomiendas, beneficios y gobiernos.

«En cuanto a don Rodrigo Calderón—interrumpió el ministro—, todo cuanto me dices es muy conforme a ciertos documentos que me han presentado contra él y que contienen testimonios de acusación aún más importantes. Se va a sustanciar su causa inmediatamente, y si deseas su pérdida creo que tus deseos quedarán satisfechos.» «No deseo su muerte—le dije—, aunque no quedó por él que yo no hubiese encontrado la mía en la torre de Segovia, donde tuvo la culpa de que permaneciese largo tiempo.» «¿Cómo?—replicó su excelencia—. ¿Don Rodrigo fué quien causó tu prisión? He ahí lo que yo ignoraba. Don Baltasar, a quien Navarro contó tu historia, me dijo, sí, que el difunto rey te había mandado prender en castigo de haber conducido de noche al príncipe de España a un paraje sospechoso; pero no sé nada más y no puedo adivinar qué papel hacía Calderón en esa farsa.» «El papel de un amante que se venga de un ultraje recibido», le respondí. Entonces le conté todos los pormenores de la aventura, la cual le pareció tan divertida que, a pesar de su seriedad, no pudo menos de reír, o más bien llorar de placer. Catalina, tan pronto sobrina como nieta, le alegró en extremo, como asimismo la parte que había tenido en el negocio el duque de Lerma.

Luego que acabé mi relación me despidió el conde, diciéndome que no dejaría de emplearme el día siguiente. Fuíme en derechura a casa de don Baltasar de Zúñiga a darle gracias por los buenos oficios que me había hecho y al mismo tiempo a participar a mi amigo José las favorables disposiciones que el ministro manifestaba hacia mí.

CAPITULO V

Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro y primera cosa en que le ocupó el conde de Olivares.

Apenas vi a José cuando le dije agitado que tenía muchas cosas que noticiarle. Llevóme a un sitio retirado, donde, habiéndole enterado de lo ocurrido, le pregunté qué le parecía lo que le acababa de decir. «Paréceme—respondió—que estáis en vísperas de una gran fortuna; todo se os presenta propicio. Agradáis al primer ministro y (lo que no dejará de serviros de algo) yo me hallo bastante enterado para poder haceros el mismo servicio que os hizo mi tío Melchor de la Ronda cuando entrasteis en el palacio del arzobispo de Granada. Aquél os ahorró el trabajo de estudiar el genio del prelado y de sus principales familiares manifestándoos el carácter de cada uno; yo, a ejemplo suyo, quiero daros a conocer cuál es el del conde, el de la condesa su mujer y el de doña María de Guzmán, su hija única. El ministro tiene talento perspicaz, profundo y a propósito para formar grandes proyectos. Se precia de hombre universal porque tiene una somera idea de todas las ciencias y se cree capaz de decidir en todo. Se imagina ser un jurisconsulto consumado, un gran capitán y un político de los más sagaces. Añada usted a eso que es tan encaprichado en su parecer que quiere que prevalezca sobre el de los demás, y esto sólo porque no se juzgue que se gobierna por dictamen de otro, defecto que, hablando entre los dos, puede producir funestas consecuencias en gravísimo perjuicio de la monarquía. Brilla en el Consejo por cierta elocuencia natural, y escribiría tan elegantemente como habla si no afectara, para dar dignidad a su estilo, el hacerle obscuro y muy estudiado; tiene pensamientos extravagantes, es caprichoso y fantástico. Este es el retrato de su entendimiento. Vea usted ahora el de su corazón: es generoso y buen amigo; se le acusa de vengativo; pero ¡cuán pocos son los que dejan de serlo viéndose con igual poder y en tanta elevación! También le motejan de ingrato porque hizo desterrar al duque de Uceda y a fray Luis de Aliaga, a quienes debía grandes favores; mas eso puede perdonársele, porque el deseo de ser primer ministro dispensa de ser agradecido. Doña Inés de Zúñiga y Velasco, condesa de Olivares—prosiguió José—, es una señora en quien no advierto otra tacha que la de vender a peso de oro las gracias que por su intercesión se consiguen. Doña María de Guzmán (hoy día el partido mejor y más ventajoso de toda España) es una señorita completa y el ídolo de su padre. Con arreglo a estas luces que os doy podréis arreglar vuestra conducta. Haced mucho la corte a estas dos señoras, mostraos más adicto al conde de Olivares que lo fuisteis al duque de Lerma antes de vuestro viaje a Segovia y llegaréis a ser un señor insigne y poderoso. También os aconsejo que no dejéis de visitar de cuando en cuando a mi amo don Baltasar. Es verdad que no necesitaréis de él para vuestros ascensos; mas, con todo, siempre convendrá tenerle propicio. Al presente os estima y le merecéis buen concepto; procurad conservaros en su amistad, porque en la ocasión os podrá servir.» «Pero como tío y sobrino—repliqué yo a Navarro—gobiernan el Estado, ¿quién sabe si con el tiempo no se originarán entre los dos algunos celillos?» «No hay que temer—me respondió—, porque reina entre ambos una estrechísima unión. Sin don Baltasar, nunca hubiera sido primer ministro el conde de Olivares, porque después de la muerte de Felipe III todos los amigos y partidarios de la casa de Sandoval se dividieron unos a favor del cardenal y otros al de su hijo; pero mi amo, el más perspicaz de todos los cortesanos, y el conde, que no es menos sagaz que él, frustraron todas sus medidas, y las tomaron por su parte tan ajustadas para asegurarse en este puesto, que al fin dejaron burlados a todos sus competidores. Nombrado primer ministro el conde de Olivares, repartió el ministerio con su tío don Baltasar, dando a éste el encargo de los negocios exteriores y reservando para sí el de los interiores, de suerte que, estrechando por este medio los vínculos de la amistad, que deben naturalmente unir a las personas de una misma sangre, estos dos señores, independientes uno de otro, viven en una armonía que me parece inalterable.»

Esta fué la conversación que tuve con José, de la cual me prometía sacar buen partido. Después pasé a dar las gracias al señor don Baltasar de lo mucho que se había interesado por mí. Respondióme con el mayor agrado que aprovecharía gustoso todas las ocasiones que se le proporcionasen de servirme y que celebraba infinito verme igualmente contento y satisfecho de su sobrino, a quien me aseguró volvería a hablar a favor mío, «aunque no sea más—añadió—que para que conozcáis cuán presentes tengo en mi corazón todos vuestros intereses y al mismo tiempo entendáis que en lugar de un protector habéis adquirido dos». Tan a pechos había tomado el favorecerme el señor don Baltasar en atención a las buenos oficios de Navarro.

Desde aquella misma noche dejé mi posada de caballeros para ir a vivir en casa del primer ministro, donde cené con Escipión en mi aposento, en el cual fuimos servidos por criados de la misma casa, quienes durante la cena, mientras nosotros afectábamos una gravedad severa, tal vez reirían entre sí del respeto que se les había mandado nos guardasen.

Apenas levantaron la mesa se retiraron, y mi secretario, dejando de reprimirse, me dijo mil locuras que su buen humor y sus lisonjeras esperanzas le sugirieron. Por lo que a mí toca, aunque estaba embelesado con la brillante situación en que comenzaba a verme, aun no sentía en mi interior ninguna disposición a dejarme deslumbrar de ella, y así, luego que me acosté me quedé dormido tranquilamente, sin entregar mi imaginación a las ideas risueñas que podían ocuparla, en vez de que Escipión durmió poco, pues pasó la mitad de la noche atesorando para casar a su hija Serafina.

No bien me había acabado de vestir el día siguiente, cuando vinieron a llamarme de parte del conde. Fuí inmediatamente a ver a su excelencia, el cual me dijo: «¡Ea, Santillana, veamos algo de lo que sabes hacer! Tú me has dicho que el duque de Lerma te encargaba algunas Memorias para que se las redactases; yo tengo una que destino para prueba de tu capacidad y de cuyo objeto voy a enterarte. Se trata de componer una obra que disponga al público en favor de mi Ministerio. Ya he hecho correr secretamente la voz de que he encontrado los negocios en gran desorden y es menester ahora manifestar a los ojos de la corte y del público la triste situación a que se halla reducida la monarquía. Conviene presentar sobre esto un cuadro que llame la atención pública y no deje echar de menos a mi predecesor; después ponderarás las medidas que he adoptado para hacer que sea glorioso el gobierno del rey, florecientes sus Estados y sus vasallos completamente dichosos.»

Dicho esto, me entregó un papel que contenía los justos motivos de los pueblos para estar descontentos con el Gobierno anterior, y me acuerdo que constaba de diez artículos, el menor de los cuales era muy bastante para sobresaltar a todo buen español. Hízome después pasar a un gabinetillo contiguo a su despacho y allí me dejó solo para que trabajase con libertad. Comencé, pues, a componer mi Memoria lo mejor que me fué posible. Expuse primeramente el estado lastimoso en que se hallaba la Monarquía, el Erario exhausto, las rentas de la corona estancadas en manos de asentistas, y la marina arruinada. Recapitulé después los defectos cometidos por los que habían gobernado la nación en el reinado anterior y las funestas consecuencias que podían traer consigo. En fin, pinté la Monarquía en el mayor peligro y censuré tan acremente al Ministerio anterior que, según mi Memoria, la caída del duque de Lerma era una felicidad para la España. A la verdad, aunque yo no tenía ningún motivo de queja de aquel señor, sin embargo, no me pesó hacerle esta buena obra. Finalmente, después de haber hecho la más espantosa pintura de los males que amenazaban a la España, alentaba los ánimos haciendo mañosamente concebir a los pueblos esperanzas lisonjeras para lo sucesivo. Hacía hablar al conde de Olivares como a un restaurador enviado por la Providencia para la salvación de la patria; prometía montes de oro y, en una palabra, llené tan completamente los deseos del ministro, que quedó sorprendido de mi obra cuando acabó de leerla. «Santillana—me dijo—, ¿tú sabes que has hecho una obra digna de un secretario de Estado? Ya no me admiro de que el duque de Lerma se valiese de tu pluma. Tu estilo es lacónico y aun elegante; pero me parece demasiado sencillo.» Y al mismo tiempo, haciéndome notar los pasajes que no eran de su gusto, los varió, juzgando yo por sus correcciones que le gustaban, como me había dicho Navarro, las expresiones estudiadas y obscuras. Sin embargo, aunque le agradase tanto la nobleza, o, por mejor decir, la cultura en la dicción, no por eso dejó de conservar las dos terceras partes de mi Memoria, y, para darme la mejor prueba de su plena satisfacción, me envió por don Ramón trescientos doblones al acabar yo de comer.

CAPITULO VI

En qué invirtió Gil Blas estos trescientos doblones y comisión que dió a Escipión. Resultado de la Memoria de que acaba de hablarse.

Esta generosidad del ministro dió nuevo motivo a Escipión para repetirme mil parabienes de haber vuelto a la corte. «Usted ve—me dijo—que la fortuna tiene grandes designios para favorecerle. ¿Está usted ahora arrepentido de haber dejado su soledad?» «¡Viva el señor conde de Olivares, que es un amo muy diferente de su predecesor!» «A pesar de ser usted muy afecto al duque de Lerma, le dejó morir de hambre muchos meses sin regalarle ni un triste peso duro; mas el conde ya le ha dado una gratificación que usted no se hubiera atrevido a esperar sino después de largos servicios. Me alegraría mucho—añadió—de que los señores de Leiva fuesen testigos de la prosperidad de usted, o a lo menos de que la supiesen.» «Tiempo es de noticiársela—le respondí—, y de esto iba a hablarte, porque no dudo desearán con mucha impaciencia saber de mí; pero aguardaba para hacerlo a verme en un estado fijo y decirles positivamente si me quedaría en la corte o no. Ahora que estoy seguro de mi suerte, puedes ir a Valencia cuando quieras a informar a aquellos señores de mi situación actual, que miro como obra suya, siendo cierto que, a no habérmelo ellos persuadido, jamás me hubiera determinado a volver a Madrid.» «¡Oh mi amado amo—exclamó el hijo de la Coscolina—, qué alegría voy a darles cuando les cuente lo que ha sucedido a usted! ¡Cuánto diera por hallarme ya a las puertas de Valencia! Pero pronto estaré allí. Los dos caballos de don Alfonso están prevenidos; voy a ponerme en camino con un lacayo de su excelencia, porque, además de que me gusta llevar compañía por el camino, usted sabe que la librea de un primer ministro deslumbra.»

No pude menos de reírme de la necia vanidad de mi secretario, y con todo eso, yo, quizá aun más vano que él, le permití hacer lo que le dió la gana. «Marcha—le dije—, y vuelve prontamente, porque tengo que darte otro encargo. Quiero enviarte a Asturias a llevar dinero a mi madre. Por pura negligencia he dejado pasar el tiempo en que prometí enviarle cien doblones, que tú mismo te obligaste a ponerle en mano propia. Las promesas de esta especie deben ser tan sagradas para un hijo, que me acuso de mi poca puntualidad en cumplirlas.» «Señor—me respondió Escipión—, en seis semanas quedarán desempeñados ambos encargos; habré visto a los señores de Leiva, dado una vuelta por vuestra quinta y visitado segunda vez la ciudad de Oviedo, de la cual no me puedo acordar sin dar al diablo las tres partes y media de sus habitantes.» Entregué, pues, al hijo de la Coscolina cien doblones para la pensión de mi madre y otros ciento para él, deseando que hiciese felizmente el largo viaje que iba a emprender.

Poco después de su partida su excelencia mandó imprimir nuestra Memoria, que apenas se hizo pública cuando fué asunto de todas las conversaciones de Madrid. Al pueblo, amigo siempre de novedades, le gustó infinito. La disipación de las rentas reales, que estaba pintada con los más vivos colores, le indignaron contra el duque de Lerma, y si los golpes que se descargaban contra este ministro no fueron aplaudidos de todos, a lo menos merecieron la aprobación de muchos. En cuanto a las pomposas promesas que hacía el conde de Olivares, y entre ellas la de cubrir por medio de una discreta economía las atenciones del Estado sin gravar a los vasallos, deslumbraron a todos generalmente y les confirmaron en el gran concepto que ya tenían de sus talentos, de manera que por toda la población resonaron sus alabanzas.

El ministro, satisfecho de haber conseguido con esta obra su objeto, que no había sido otro que el de granjearse la estimación pública, quiso merecerla verdaderamente por medio de una acción laudable que fuese útil al rey. Recurrió para ello a la invención del emperador Galba; es decir, que hizo que los particulares que se habían enriquecido, sabe Dios cómo, con el manejo de los caudales públicos resarciesen al Erario. Luego que el conde hizo vomitar a aquellas sanguijuelas la sangre que habían chupado y la guardó en las arcas reales, trató de conservarla en ellas haciendo suprimir todas las pensiones, sin exceptuar la suya, como también las gratificaciones que se daban del caudal de su majestad. Para lograr la ejecución de este designio, que no podía verificarse sin mudar la faz del Gobierno, me mandó componer otra Memoria, cuya substancia y método me indicó; en seguida me encargó que procurase elevar todo lo posible la ordinaria sencillez de mi estilo para dar más dignidad a mis frases. «Ya estoy hecho cargo, señor—le dije—. Vuecencia quiere sublimidad y brillantez; pues las tendrá.» Encerréme en el mismo gabinete donde anteriormente había trabajado y allí puse manos a la obra después de haber invocado el genio elocuente del arzobispo de Granada.

Comencé por exponer que era preciso conservar con todo rigor los fondos que había en las arcas reales, que no debían emplearse absolutamente sino en las necesidades de la Monarquía, como que era un fondo sagrado que se debía reservar para imponer respeto a los enemigos de la nación. Después hacía presente al monarca (que era a quien se dirigía la Memoria) que suprimiendo las pensiones y gratificaciones cargadas sobre la real hacienda no por eso se privaba del gusto que tendría en recompensar generosamente el mérito y servicios de los vasallos que se hiciesen acreedores a sus reales gracias, pues sin tocar a su tesoro quedaba en estado de conceder grandes recompensas, porque para unos tenía virreinatos, gobiernos, hábitos de las Ordenes militares y empleos en sus ejércitos; para otros, encomiendas, sobre las cuales podría imponer muchas pensiones, títulos de Castilla y magistraturas, y, por último, todo género de beneficios eclesiásticos para los que quisiesen seguir la carrera de la Iglesia.

Esta Memoria, mucho más larga que la anterior, me ocupó cerca de tres días, y, por mi fortuna, salió tan acomodada al gusto de mi amo, por estar atestada de voces enfáticas y de cláusulas metafóricas, que me colmó de alabanzas. «Mucho me agrada lo que has hecho—me dijo, enseñándome los pasajes más pomposos—. Estas sí que son expresiones vaciadas en buen molde. ¡Animo, amigo mío; ya estoy previendo que me servirás de grande utilidad!» Sin embargo, en medio de los elogios que me prodigó, no dejó de retocar la Memoria. Puso en ella mucho de su casa, y formó una pieza de elocuencia que admiró al rey y a toda la corte. El público la honró también con su aprobación, presagió felicidades para lo venidero, y se lisonjeó de que la Monarquía recobraría su antiguo esplendor bajo el Ministerio de un personaje tan insigne. Viendo su excelencia la mucha fama que le había granjeado aquel escrito, quiso que, por la parte que yo tenía en él, recogiese algún fruto; y así, dispuso que se me diese una pensión de quinientos escudos sobre la encomienda de Castilla; lo que me fué tanto más apreciable cuanto que éste no era un bien mal adquirido, aunque lo había ganado con mucha facilidad.

CAPITULO VII

Por qué casualidad, en dónde y en qué estado volvió a encontrar Gil Blas a su amigo Fabricio, y conversación que tuvieron.

Ninguna cosa le gustaba tanto al conde como saber lo que se pensaba en Madrid de la conducta que observaba en su ministerio. Todos los días me preguntaba qué se decía de él, y aun tenía pagados espías que le contaban puntualmente cuanto pasaba en la población. Le referían hasta las más ligeras conversaciones que habían oído; y como les tenía encargado que le dijesen francamente la verdad, no tenía poco que sufrir algunas veces su amor propio, porque la lengua del pueblo es tan suelta, que nada respeta.

Luego que conocí que el conde era amigo de que se le diesen noticias, me dediqué a ir por las tardes a los sitios públicos y mezclarme en las conversaciones de personas decentes, donde las hubiera. Cuando hablaban del Gobierno, escuchaba con atención, y si decían algo digno de que lo supiese su excelencia, no dejaba de noticiárselo; pero debe observarse que jamás le decía nada que no le fuera favorable.

Volviendo en cierta ocasión de uno de estos sitios pasé por delante de la puerta de un hospital, y me dió gana de entrar en él. Recorrí dos o tres salas llenas de enfermos, y, mirando a todas partes, vi entre aquellos desgraciados, a quienes no podía considerar sin lástima, uno que fijó mi atención, porque me pareció ver en él a mi paisano y antiguo camarada Fabricio. Acerquéme más a su cama para enterarme mejor, y aunque no pude ya dudar que era el poeta Núñez, con todo, me detuve algunos instantes a mirarle, pero sin decirle nada. El me conoció luego, y me miraba del mismo modo. Al cabo, rompiendo el silencio, le dije: «O mis ojos me engañan, o éste que miro es Fabricio.» «El mismo soy—me respondió fríamente—, y no debes maravillarte. Desde que me separé de ti no he tenido otro oficio que el de autor: he compuesto novelas, comedias y toda clase de obras de ingenio, y he llegado al fin de esta carrera, que es parar en un hospital.»

No pude menos de reírme al oír estas últimas palabras, y mucho más al ver la seriedad con que las pronunció. «Pues qué—exclamé—, ¿tu musa te ha traído a tan miserable estado? ¿Es posible que te haya jugado una pieza tan villana?» «Tú mismo lo estás viendo—repuso él—; a estas casas suelen venir a parar todos los que presumen de ingenios. Tú, hijo mío, lo acertaste en seguir otro rumbo; pero ya no estás en la Corte, y me parece que tus asuntos han mudado mucho de aspecto, y aun me acuerdo de haber oído decir que de orden del rey te habían metido en un castillo.» «Así fué puntualmente—repuse yo—. La fortuna en que me viste cuando nos separamos fué muy pasajera, pues pocos días después perdí de repente mi empleo, mis bienes y mi libertad. Sin embargo, amigo mío, hoy me vuelves a ver en un estado mucho más brillante que aquel en que me conociste en otro tiempo.» «Eso no es posible—dijo Núñez—. Tu aspecto es juicioso y modesto; no noto en ti aquella vanidad y aquella altanería que suelen inspirar las prosperidades.» «Las desgracias—le repliqué—han purificado mi virtud. En la escuela de la adversidad aprendí a gozar de las riquezas sin dejarme dominar por ellas.»

«Acaba, pues, y dime—interrumpió Fabricio, incorporándose en la cama con júbilo—qué empleo es el que tienes y en qué te ocupas al presente. ¿Eres por ventura mayordomo de algún gran señor arruinado, o de alguna viuda rica?» «Todavía estoy mucho mejor—le respondí—. Pero por ahora dispénsame, te ruego, de explicarme más, que en mejor ocasión contentaré enteramente tu curiosidad. Al presente bástete saber que estoy en situación de poder servirte, o más bien de ponerte en estado de no necesitar de nadie para pasarlo con decencia, con tal que me des palabra de no componer más obras de ingenio en verso ni en prosa. ¿Serás capaz de hacer tan gran sacrificio?» «Ya lo he hecho al Cielo—me dijo—en la enfermedad mortal de que me ves convaleciente. Un religioso dominico me ha movido a abjurar de la poesía como de una ocupación que, si no es criminal, desvía por lo menos de la prudencia.»

«Mil parabienes te doy por tan cuerda resolución, mi querido Núñez; pero guárdate bien de la recaída.» «Esa es la que no temo—me replicó—, porque tengo hecho firmísimo propósito de abandonar a las Musas; por señas, de que cuando entraste en esta sala estaba haciendo una composición en verso en que me despedía de ellas para siempre.» «Señor Fabricio—le dije entonces meneando la cabeza—, no sé si el padre dominico y yo podremos fiarnos de tu abjuración, porque te veo ciegamente enamorado de aquellas doctas doncellas.» «¡No, no!—me respondió con viveza—. Tengo ya rotos todos los lazos que me estrechaban con ellas. Todavía he hecho más, pues he cobrado aversión al público. ¡No merece que los autores quieran consagrarle sus desvelos, y yo me avergonzaría mucho de componer alguna obra que lograse su aprobación! Y no creas—continuó—que el resentimiento me dicta este lenguaje. Dígotelo con serenidad: tanto caso hago de los aplausos del público como de sus desprecios.» «Es difícil saber quién gana o quién pierde con él; es tan caprichoso que hoy piensa de una manera y mañana de otra. ¡Muy locos son los poetas dramáticos que se llenan de vanidad cuando ven que sus producciones han sido recibidas con aplauso! Aunque la primera vez que se representen causen mucho ruido por la novedad, si veinte años después vuelven a aparecer en el teatro, son por la mayor parte mal recibidas. La misma fortuna corren por lo común las novelas y los demás libros de pura diversión cuando salen a luz, pues si a los principios logran la aprobación de todos, poco a poco la van perdiendo hasta que al fin llegan a caer en desprecio. Los que viven ahora acusan de mal gusto a los que les han precedido, y el mismo defecto les imputarán a ellos los que vengan después. De donde concluyo que los autores que son aplaudidos en este siglo serán silbados en el siguiente. Así que todo el honor y toda la estimación que nos granjea el buen éxito de una obra impresa no es en suma otra cosa que una pura quimera, una ilusión de nuestra fantasía y un fuego de paja cuyo humo desvanece el viento en un instante.»

A pesar de que conocí desde luego ser efecto de melancolía y de mal humor este juicioso modo de discurrir de mi poeta de Asturias, no me di por entendido, y sólo le dije: «Verdaderamente, quedo gozoso de verte divorciado de las obras de ingenio y curado radicalmente de la manía de escribir. Desde ahora puedes estar seguro de que cuanto antes te haré dar un empleo con que puedas mantenerte decorosamente sin fatigar tu imaginación.» «¡Mejor para mí!—respondió muy alegre—. El ingenio comienza a olerme mal, y ya le considero como el don más funesto que el Cielo puede conceder al hombre.» «Deseo, amado Fabricio—repuse yo—, que conserves siempre esas ideas; y te vuelvo a repetir que si persistes en abandonar la poesía, muy presto te haré con un empleo tan honroso como lucrativo; pero mientras logro hacerte este servicio, te ruego que admitas esta corta prueba de mi amistad.» Y diciendo esto, le puse en la mano un bolsillo en que habría como unos sesenta doblones.

«¡Oh generoso amigo!—exclamó enajenado de gozo y de gratitud el hijo del barbero Núñez—. ¡Qué gracias debo dar al Cielo por haberte traído a este hospital! Hoy mismo quiero salir de él con tu socorro.» Efectivamente, así lo ejecutó, haciéndose llevar a una buena posada. Pero antes de separarnos le informé de mi alojamiento, convidándole a que me fuese a ver luego que se sintiese perfectamente recuperado. Quedóse muy sorprendido cuando le dije que vivía en casa del conde de Olivares. «¡Oh bienaventurado Gil Blas—me dijo—que tienes la fortuna de agradar a los ministros! Me complazco en tu felicidad, pues haces tan buen uso de ella.»

CAPITULO VIII

Gil Blas se granjea cada día más el afecto del ministro; vuelve Escipión a Madrid, y relación que hace a Santillana de su viaje.

El conde de Olivares, a quien en adelante llamaré el conde-duque, porque con este título se dignó honrarle el rey por este tiempo, tenía una flaqueza, que descubrí en él, no sin fruto para mí, y era la de querer que le tuvieran cariño. Luego que conocía que alguno le servía con buen afecto, le daba parte en su amistad. No me descuidé en aprovecharme bien de esta observación, pues no contento con ejecutar puntualmente cuanto me mandaba, obedecía sus órdenes con demostraciones de celo que le encantaban. Estudiaba su gusto en todas las cosas para conformarme a él y anticiparme a sus deseos en cuanto me fuera posible.

Por este modo de proceder, con el que casi nunca se deja de conseguir lo que se intenta, llegué insensiblemente a ser el favorito de mi amo, quien por su parte, conociendo que yo adolecía de la misma flaqueza que él, me ganó la voluntad con las demostraciones de cariño que me hizo. Me granjeé tanto su amistad, que llegué a participar de su confianza, igualmente que el señor Carnero, su primer secretario.

Este se había valido de los mismos medios que yo para agradar a su excelencia, y lo había logrado tan bien, que le revelaba los arcanos del Gabinete; y así, los dos éramos confidentes del primer ministro y los depositarios de sus secretos, pero con esta diferencia: que a Carnero sólo le hablaba de los negocios de Estado, y a mí, de los que tocaban a sus intereses personales; lo que formaba, por decirlo así, dos departamentos separados, con lo cual uno y otro estábamos igualmente gustosos, viviendo juntos sin celo y sin amistad. Yo tenía motivo para estar contento con mi destino, porque, proporcionándome continuamente la ocasión de estar con el conde-duque, me ponía en estado de penetrar en el fondo de su alma, que dejó de ocultarme, en medio de ser naturalmente reservado, cuando llegó a convencerse de la sinceridad de mi afecto hacia él.

«Santillana—me dijo un día—, tú has visto al duque de Lerma gozar de una autoridad que menos parecía la de un ministro favorito que el poder de un monarca absoluto; sin embargo, yo soy más feliz que lo era él en el mayor auge de su fortuna. El tenía dos enemigos formidables en el duque de Uceda, su propio hijo, y en el confesor de Felipe III; en vez de que yo a nadie veo cerca del rey con bastante favor para perjudicarme, ni aun de quien yo sospeche que me tenga mala voluntad. Es verdad—continuó—que desde mi elevación al Ministerio puse el mayor cuidado en que no estuviesen al lado de su majestad otras personas que las enlazadas conmigo por amistad o por parentesco. Con virreinatos o embajadas me he ido deshaciendo de todos los señores cuyo mérito personal hubiera podido hacerme decaer de la gracia del soberano, que yo quiero gozar entera y exclusivamente; de manera que en la actualidad me puedo lisonjear de que ningún grande me hace sombra. Ya ves, Gil Blas—añadió—, que te descubro mi corazón; como tengo motivo para creer que me eres enteramente afecto, he echado mano de ti para que seas mi confidente. Tienes entendimiento, te contemplo juicioso, prudente y discreto; en una palabra, te considero a propósito para el desempeño de mil comisiones que piden un sujeto muy inteligente y que tome parte en mis intereses.»

No pude desechar del todo las ideas lisonjeras que estas palabras excitaron en mi imaginación; subiéronseme repentinamente a la cabeza algunos humos de ambición y de avaricia, que despertaron en mí ciertos afectos de que creía haber triunfado. Aseguré al ministro que haría cuanto estuviese de mi parte para corresponder a sus deseos, y me preparé para ejecutar sin escrúpulo todas las órdenes que tuviera por conveniente darme.

Entre tanto que yo me disponía de este modo a erigir nuevos altares a la Fortuna, volvió Escipión de su viaje. «No tengo—me dijo—muy larga relación que haceros: causé una grande alegría a los señores de Leiva cuando les dije la buena acogida que usted halló en el rey luego que le conoció, y de qué modo se conduce con usted el conde de Olivares.»

Interrumpí a Escipión diciéndole: «Más alegría les hubieras causado, amigo mío, si hubieras podido contarles el predicamento en que me hallo en el día para con el ministro. Son verdaderamente de admirar los rápidos progresos que después de tu partida he hecho en el corazón de su excelencia.» «¡Sea Dios bendito, mi querido amo!—respondió—. ¡Ya presiento que tendremos excelentes destinos que desempeñar!»

«Mudemos de conversación—le dije—, y hablemos de Oviedo. Cuando saliste de Asturias, ¿en qué estado dejaste a mi madre?» «¡Ah, señor!—me respondió, tomando de repente un aspecto afligido—. Las noticias que tengo que daros sobre ese punto no son sino tristes.» «¡Oh cielos!—exclamé—. ¡Sin duda mi madre ha muerto!» «Seis meses ha—dijo mi secretario—que la buena señora pagó el tributo a la Naturaleza, y lo mismo el señor Gil Pérez su tío de usted.»

Afligióme vivamente la muerte de mi madre, aunque en mi infancia no había recibido de ella aquellas caricias que tanto necesitan los hijos para ser agradecidos en lo sucesivo. También derramé algunas lágrimas por el buen canónigo, acordándome del cuidado que había tenido de mi educación. A la verdad, no duró mucho mi pesadumbre, que muy presto quedó reducida a una tierna memoria que siempre he conservado de mis parientes.

CAPITULO IX

Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija única, y los sinsabores que produjo este matrimonio.

Poco después del regreso del hijo de la Coscolina vi al conde-duque por espacio de unos ocho días muy parado y pensativo. Me persuadí de que estaba meditando alguna grande empresa de política; pero presto llegué a saber que lo que le tenía tan suspenso era un asunto doméstico. «Gil Blas—me dijo una tarde—, quizá habrás reparado que hace días ando pensativo. Así es, hijo mío; no puedo negar que enteramente me ocupa un negocio del cual depende el sosiego de mi alma, y voy a confiártelo. Mi hija doña María—continuó—se halla ya en edad de tomar estado, y son muchos los pretendientes que aspiran a su mano. El conde de Niebla, primogénito del duque de Medinasidonia, cabeza de la Casa de Guzmán, y don Luis de Haro, hijo y heredero del marqués del Carpio y de mi hermana mayor, son los dos concurrentes que parecen más dignos de merecer la preferencia. Sobre todo el mérito del último es tan superior al de sus competidores, que toda la corte está persuadida de que será el que preferiré para yerno. Con todo eso, sin pararme en explicarte los motivos que tengo para desechar a ambos, te diré que he puesto los ojos en don Ramiro Núñez de Guzmán, marqués de Toral, cabeza de la Casa de los Guzmanes de Abrados. A este señor y a los hijos que nacieren de mi hija quiero dejar todos mis bienes, vincularlos al título de conde de Olivares, y anejar a él la grandeza; de suerte que mis nietos y sus descendientes que vinieren de la rama de Abrados y de la de Olivares pasarán por primogénitos de la Casa de Guzmán. Dime, Santillana—añadió—: ¿apruebas este proyecto?» «Señor—le respondí—, es propio de la capacidad y talento que lo ha formado; lo único que recelo es que el duque de Medinasidonia podrá quejarse de él.» «Quéjese cuanto quiera—respondió—; nada me importa. No tengo inclinación a su rama, que ha usurpado a la de Abrados el derecho de primogenitura y los títulos anexos a ella. Menos impresión me harán sus quejas que el sentimiento que tendrá mi hermana la marquesa del Carpio al ver que su hijo pierde el enlace con mi hija. Pero sobre todo yo quiero hacer mi gusto, y don Ramiro será preferido a todos sus rivales; así lo tengo determinado.»

Habiendo el conde-duque tomado esta resolución, no pasó, sin embargo, a ejecutarla sin afianzarla primero con un golpe diestro de política. Presentó un memorial al rey y a la reina suplicando a sus majestades se dignasen disponer de la mano de su hija doña María, exponiéndoles las cualidades de los señores que la pretendían y remitiéndose enteramente a la elección de sus majestades, bien que, hablando del marqués de Toral, no se dejaba de conocer su particular inclinación a este partido. En virtud de esto, el rey, que deseaba mucho complacer a su ministro, le dió por escrito la respuesta siguiente: Juzgo a don Ramiro Núñez digno de doña María. Sin embargo, elige por ti mismo; el partido que más te convenga será el que a mí más me agrade.—El Rey.

Manifestó el ministro esta respuesta con cierta afectación, y fingiendo entenderla como una orden del soberano, se dió prisa a casar a su hija con el marqués de Toral, resolución de que se resintió vivamente la marquesa del Carpio, como todos los Guzmanes, que estaban muy satisfechos con la esperanza del enlace con doña María. En medio de esto, unos y otros, cuando vieron que no podían impedir el casamiento, aparentaron celebrarle con las mayores demostraciones de alegría. Parecía que toda la familia estaba fuera de sí de contento; pero tardó poco en verse vengado su disgusto del modo más cruel y doloroso para el conde. A los diez meses dió a luz doña María una niña, que murió al nacer, y poco después la misma madre fué víctima de su sobreparto.

¡Qué pérdida para un padre idólatra (por decirlo así) de su hija, y más viendo con esto desvanecido su proyecto de quitar el derecho de progenitura a la rama de Medinasidonia! Esto le afligió tan profundamente, que se encerró por algunos días sin que le viese nadie sino yo, que, conformándome a su excesivo sentimiento, me mostraba tan apesadumbrado como él. Forzoso es decir la verdad: yo aproveché esta coyuntura para derramar nuevas lágrimas en memoria de Antonia. La semejanza que había entre su muerte y la de la marquesa de Toral volvió a abrir una herida mal cicatrizada, causándome tanto sentimiento, que el ministro, a pesar de lo abatido que le tenía su propia pena, no pudo menos de advertir la mía. Admiróle verme tomar tan activa parte en sus amarguras. «Gil Blas—me dijo un día que le parecí abismado en una profunda tristeza—, es un consuelo muy dulce para mí el tener un confidente tan sensible a mis angustias.» «¡Ah señor!—le respondí, vendiéndole por fineza mi quebranto—. Sería yo el hombre más ingrato y mi corazón el más duro si no las sintiera tan vivamente. Pues qué, ¿podría vuestra excelencia llorar la muerte de una hija de tanto mérito y a quien amaba tan tiernamente, sin que yo mezclase mis lágrimas con las suyas? No, señor; me tiene vuestra excelencia demasiado colmado de beneficios para que yo pueda dejar en toda mi vida de tomar parte en sus satisfacciones y en sus pesadumbres.»

CAPITULO X

Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez; refiérele éste que se representa una tragedia suya en el teatro del Príncipe; desgraciado éxito que tuvo, y efecto favorable que le produjo esta desgracia.

Comenzaba el ministro a consolarse, y, por consiguiente, también yo a recobrar mi buen humor, cuando salí una tarde a pasearme solo en coche. En el camino encontré al poeta asturiano, a quien no había visto después de su salida del hospital. Advertí que estaba decentemente vestido. Llaméle, hícele entrar en el coche y fuimos juntos a pasear en el prado de San Jerónimo.

«Señor Núñez—le dije—, ha sido fortuna mía haberos encontrado por casualidad; a no ser así, nunca lograría el gusto de...» «¡Déjate de reconvenciones, Santillana!—interrumpió con precipitación—. Confieso de buena fe que de propósito no quise ir a visitarte, y te voy a decir el motivo. Tú me prometiste un buen empleo, con tal que renunciase a la poesía, y yo he encontrado otro más sólido con la condición de hacer versos; he aceptado este último por ser más conforme a mi genio. Un amigo mío me ha colocado en casa de don Beltrán Gómez del Ribero, tesorero de las galeras del rey. Este don Beltrán quería mantener a sus expensas un buen ingenio, y habiéndole parecido muy sublime mi versificación, me ha preferido a cinco o seis autores que se presentaron para ocupar la plaza de secretario de su ramo.»

«Me alegro infinito de eso, querido Fabricio—le dije—, porque ese don Beltrán verosímilmente será muy rico.» «¡Cómo rico!—me replicó Fabricio—. Dicen que ni aun él mismo sabe lo que tiene. Pero, como quiera que sea, he aquí en qué consiste el empleo que desempeño en su casa. Como se precia de cortejante y quiere pasar por hombre de ingenio, se vale de mi pluma para componer billetes llenos de sal y de gracia, dirigidos a muchas damas muy vivarachas con quienes tiene frecuente correspondencia. En su nombre escribo a una en verso, a otra en prosa, y algunas veces yo mismo soy el portador de los billetes, para hacer ver mis muchos talentos.»

«Pero tú no me enteras—le dije—de lo que más deseo saber. ¿Te pagan bien tus epigramas epistolares?» «Con mucha liberalidad—me respondió—. No todos los ricos son espléndidos, pues algunos conozco que son muy tacaños; pero don Beltrán se porta conmigo generosamente. Además de los doscientos doblones de sueldo que me tiene señalados, me da de tiempo en tiempo algunas pequeñas gratificaciones, lo cual me pone en estado de hacer el papel de señor y de pasar el tiempo alegremente con algunos autores tan enemigos como yo de la melancolía.» «En suma—le repliqué yo—: ¿es tu tesorero hombre de tanto gusto que conozca las bellezas de una obra y note sus defectos?» «¡Oh! Tanto como eso, no—me respondió Núñez—. Aunque tiene una verbosidad que deslumbra, no es inteligente. Sin embargo, se cree otra Tarpa; decide resueltamente, y sostiene su opinión con tanta altanería y tenacidad, que las más de las veces, cuando disputa, todos se ven obligados a ceder para evitar una granizada de expresiones descorteses que acostumbra a descargar sobre los que le contradicen. De aquí puedes inferir que pongo el mayor cuidado en no oponerme jamás a lo que dice, por más razón que muchas veces me asista para ello; porque, además de los epítetos poco gustosos que oiría de su boca, es seguro que me echaría a la calle. Apruebo, pues—continuó—, todo lo que él alaba, y repruebo todo cuanto le disgusta. Por esta condescendencia, que en la realidad poco o nada me cuesta, pues fácilmente me acomodo al carácter y genio de las personas que me pueden servir, me he hecho dueño de la estimación y voluntad de mi patrono. Empeñóme en componer una tragedia, cuya idea me sugirió él mismo. Compúsela a vista suya; si sale bien, deberé toda mi gloria a las lecciones que él me ha dado.»

Preguntéle el título de la tragedia, y me respondió: «Intitúlase El conde de Saldaña, la cual se representará en el corral del Príncipe dentro de tres días.» «Deseo mucho—le repliqué—, que logre todo el aplauso y concepto que tu ingenio me hace esperar.» «Yo también lo espero—me dijo él—; verdad es que no hay esperanzas más falibles que éstas, por estar tan inciertos los autores del éxito que tendrán sus obras en las tablas.»

Llegó, en fin, el día de la primera representación. Yo no asistí a ella por haberme dado el ministro cierto encargo que me lo estorbó, y lo más que pude hacer fué enviar a Escipión para que a lo menos me informase del éxito de una pieza en que me interesaba. Después de haberle estado esperando con impaciencia, le vi entrar con un semblante que me dió mala espina y no me dejó presagiar cosa buena. «Y bien—le pregunté—: ¿cómo ha recibido el público a El conde de Saldaña?» «Malísimamente—me respondió—. En mi vida he visto comedia tratada con mayor ignominia. Me he salido indignado de la insolencia del patio.» «No estoy yo menos indignado—le interrumpí—contra la manía que Núñez tiene de componer piezas dramáticas. ¿No debe haber perdido el juicio para preferir los ignominiosos silbidos del populacho al decoroso estado en que pude colocarle?» Así me desahogaba yo echando pestes contra el poeta de Asturias por la inclinación que le tenía, afligiéndome de la desgracia de su drama, mientras él estaba tan satisfecho de su obra.

Efectivamente; dos días después le vi entrar en mi cuarto que no cabía en sí de gozo. «Santillana—exclamó alborozado luego que me vió—, vengo a darte parte de mi suma felicidad. La composición de una mala tragedia ha causado mi fortuna. Ya sabrás lo mal que fué recibido mi pobre Conde de Saldaña; todos los espectadores se amotinaron contra él; pero este desenfreno universal fué justamente el que aseguró mi dicha para toda vida.»

Quedé aturdido al oír hablar de este modo al poeta Núñez. «¿Cómo así, Fabricio?—le pregunté pasmado—. ¿Es posible que el alto desprecio con que fué tratada tu tragedia sea puntualmente el motivo de tu desmesurada alegría?» «Así es, ni más ni menos—me respondió—. Ya te dije la mucha parte que don Beltrán tuvo en su composición; por lo mismo, la calificó de una obra a todas luces excelente. Picado en extremo de que el público hubiera sido de un sentir tan contrario al suyo, me dijo esta mañana: «Núñez, Victrix causa diis placuit, sed victa Catoni; si tu tragedia pareció tan mal a las gentes, a mí me gustó mucho, y esto te debe bastar. Y para que te consueles del dolor que naturalmente te causará la injusticia y el mal gusto del siglo presente, desde ahora te señalo dos mil escudos de renta anual y vitalicia sobre todos mis bienes. Vamos desde aquí a casa de mi escribano a otorgar la escritura.» Con efecto, partimos inmediatamente. El tesorero firmó la escritura de donación, y me ha pagado el primer año anticipado.»

Di mil parabienes a Fabricio por el desgraciado éxito de su Conde de Saldaña, que había redundado en provecho del autor. «Tienes razón—prosiguió él—en cumplimentarme por una cosa tan extraña. ¡Dichoso yo una y mil veces de haber sido silbado! Si el público, más benévolo, me hubiera honrado con sus aplausos, ¿qué fruto hubiera sacado de ellos? Ninguno, o a lo sumo algunos reales que de nada me servirían; pero los silbidos en un instante me han puesto en estado de pasar cómodamente el resto de mis días.»

CAPITULO XI

Consigue Santillana un empleo para Escipión, el cual se embarca para Nueva España.

No miró mi secretario sin alguna envidia la impensada fortuna del poeta Núñez, de manera que en toda una semana no cesó de hablarme de ella. «Admirado estoy—me decía—de los caprichos de la Fortuna, la cual muchas veces parece que se deleita en colmar de bienes a un detestable autor mientras abandona a los mejores en manos de la miseria. ¡Cuánto celebraría yo que un día se le antojase hacerme rico de la noche a la mañana!» «Eso—le dije—podrá quizá suceder más presto de lo que piensas. Tú estás ahora en el templo de esa deidad, porque, si no me engaño mucho, la casa de un primer ministro se puede muy bien llamar el templo de la Fortuna, donde de repente se ven elevados y opulentos los que logran su favor.» «Decís, señor, mucha verdad—me respondió—; pero es menester tener paciencia para esperarle.» «Vuélvote a decir—le repliqué—que te sosiegues. ¿Quién sabe si quizá a estas horas se te está preparando alguna buena comisión?» Con efecto, pocos días después se me presentó ocasión de emplearle útilmente en servicio del conde-duque y no la dejé escapar.

Hallábame una mañana en conversación con don Ramón Caporis, mayordomo del primer ministro, y era el asunto sobre las rentas de su excelencia. «Mi señor—decía él—goza de varias encomiendas en todas las Ordenes militares, que le reditúan cada año cuarenta mil escudos, sin más obligación que la de llevar la cruz de Alcántara. Fuera de eso, los tres empleos de gentilhombre de cámara, caballerizo mayor y gran canciller de Indias le producen doscientos mil escudos. Pero todo esto es nada en comparación de los inmensos caudales que saca de las Indias. ¿Sabe usted cómo? Cuando los buques del rey salen de Sevilla o de Lisboa para aquellos países, hace embarcar en ellos vino, aceite y todo el trigo que le produce su condado de Olivares, sin que le cueste un maravedí la conducción. En Indias se venden estos géneros a precio cuatro veces mayor del que valen en España. Con el dinero que gana en esta venta compra especiería, colores y otras drogas que en el Nuevo Mundo están casi de balde y en Europa se venden a subido precio. Este es un tráfico que le vale muchos millones, sin el menor perjuicio del Erario. Y no extrañará usted—continuó—que las personas empleadas en hacer este comercio vuelvan todas cargadas de riquezas, porque su excelencia lleva a bien que, haciendo su negocio, hagan también ellas el suyo.»

El hijo de Coscolina, que escuchaba nuestra conversación, no pudo oír hablar así a don Ramón sin interrumpirle. «¡Pardiez, señor Caporis—exclamó—, que yo de buena gana sería uno de esos empleados, y más que ha muchos años tengo grandes deseos de ver a Méjico!» «Presto satisfaría yo tu curiosidad—le dijo el mayordomo—si el señor de Santillana no se opusiera a tus deseos. Aunque soy algo delicado en la elección de los sujetos que envío a las Indias para hacer este tráfico, porque al fin yo soy el que los nombro, desde luego te sentaría ciegamente en mi registro con tal que lo consintiese tu amo.» «Mucha satisfacción tendría—dije a don Ramón—en que usted me diese esta prueba de amistad. Escipión es un mozo a quien estimo, y además de eso es muy capaz, y tan puntual en todo lo que se pone a su cargo, que espero no dará el menor motivo de disgusto; respondo por él como pudiera responder por mí mismo.» «Siendo así—replicó Caporis—, desde luego puede marchar a Sevilla, de donde dentro de un mes se harán a la vela los navíos que han de pasar a Indias. Llevará una carta mía para cierto sujeto que le instruirá bien en todo lo que debe hacer para utilizar mucho sin el menor perjuicio de los intereses de su excelencia, que siempre deben ser muy sagrados para él.»

Alegrísimo Escipión con el nuevo empleo, dispuso su viaje a Sevilla, con mil escudos que le di para que comprase en Andalucía vino y aceite y pudiese así traficar por su cuenta en las Indias. Mas, sin embargo de las esperanzas que llevaba de mejorar de fortuna en el viaje, no pudo separarse de mí sin lágrimas ni yo privarme de él con ojos enjutos.

CAPITULO XII

Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su viaje; grave aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió.

Apenas se había ausentado Escipión, cuando un paje del ministro entró en mi cuarto y me entregó un billete que contenía estas palabras: «Si el señor de Santillana quisiese tomarse la molestia de ir al mesón de San Gabriel, en la calle de Toledo, verá en él a uno de sus mayores amigos.» «¿Quién podrá ser este amigo?—decía entre mí mismo—. ¿Y por qué razón me ocultará su nombre? Tal vez quiere sazonarme el gusto de verle con el sainete de la sorpresa.»

Salí al instante de casa, me encaminé a la calle de Toledo, llegué al sitio señalado y me quedé no poco suspenso de encontrar a don Alfonso de Leiva. «¡Qué es lo que veo!—exclamé—. ¡Vuestra señoría aquí, señor!» «Sí, mi querido Gil Blas—me respondió teniéndome estrechamente abrazado—. El mismo don Alfonso en persona es el que tienes a la vista.» «Pero ¿qué negocio le ha traído a vuestra señoría a Madrid?», le dije. «Te voy a sorprender—me respondió—y afligirte enterándote de la causa de mi viaje. Sábete que me han quitado el gobierno de Valencia y que el primer ministro ha mandado me presente en la corte a dar cuenta de mi conducta.»

Permanecí un cuarto de hora en un profundo silencio; después, volviendo a tomar la palabra, «¿De qué se le acusa a usted?», le dije. «Nada sé—respondió—; pero atribuyo mi desgracia a la visita que hice tres semanas ha al cardenal duque de Lerma, que hace un mes se halla confinado en su palacio de Denia.» «¡Oh! En verdad—interrumpí yo—que vuestra señoría tiene razón en atribuir su desgracia a esta indiscreta visita; no hay que buscar otra culpa. Y vuestra señoría me permitirá le diga que se olvidó de consultar su acostumbrada prudencia cuando fué a ver a un ministro desgraciado.» «El yerro ya se cometió—me dijo él—, y he tomado voluntariamente mi determinación. Me retiraré con mi familia a la quinta de Leiva, donde pasaré en un profundo sosiego el resto de mis días. Lo único que ahora me aflige—añadió—es el verme obligado a presentarme a un ministro orgulloso y dominante, que quizá me recibirá con poco agrado, cosa intolerable para quien nació con alguna honra. A pesar de que esto es una necesidad, he querido hablarte antes de someterme a ella.» «Señor—le dije—, no se presente vuestra señoría al ministro sin que yo sepa antes de lo que se le acusa, pues el mal no es irreparable. Sea lo que fuere, vuestra señoría se servirá llevar a bien que yo dé en el asunto todos aquellos pasos que exigen de mí la gratitud y el afecto.» Diciendo esto, le dejé en el mesón, asegurándole que dentro de poco nos volveríamos a ver. Como yo no intervenía ya en ningún negocio de Estado desde las dos Memorias de que he hecho tan elocuente mención, fuí a buscar a Carnero para preguntarle si era verdad que a don Alfonso de Leiva se le había quitado el gobierno de la ciudad de Valencia. Respondióme que sí, pero que ignoraba la causa de ello. Con esto resolví sin vacilar acudir al mismo ministro para saber de su propia boca los motivos que podía tener para estar quejoso del hijo de don César.

Estaba yo tan penetrado de dolor por este fatal acontecimiento, que no tuve necesidad de aparentar tristeza para parecer afligido a los ojos del conde. «¿Qué tienes, Santillana?—me preguntó luego que me vió—. Descubro en tu semblante señales de pesadumbre, y aun veo que las lágrimas están prontas a correr de tus ojos. ¿Te ha ofendido alguno? ¡Habla, y pronto quedarás vengado!» «Señor—le respondí llorando—, aun cuando quisiera disimular mi pena, no podría, porque casi llega a términos de desesperación. Acaban de asegurarme que ya no es gobernador de Valencia don Alfonso de Leiva, y no podían darme noticia que me fuera más sensible.» «¿Qué me dices, Gil Blas?—repuso el ministro admirado—. ¿Pues qué tienes tú con don Alfonso ni con su gobierno?» Entonces le hice una puntual relación de todas las obligaciones que debía a los señores de Leiva, y después le conté cómo y cuándo había yo obtenido del duque de Lerma para el hijo de don César el gobierno de que se trataba.

Después que su excelencia me oyó con una atención llena de bondad hacia mí, me dijo: «Enjuga tus lágrimas, amigo mío. Además de que yo ignoraba lo que me acabas de contar, te confesaré que miraba a don Alfonso como hechura del cardenal de Lerma. Ponte en mi lugar. La visita que hizo a este purpurado, ¿no te le hubiera hecho sospechoso? Quiero, no obstante, creer que, habiéndosele conferido su empleo por aquel ministro, puede haber dado este paso por un mero impulso de agradecimiento. Siento haber separado de su empleo a un hombre que te le debía a ti; pero si deshice lo que habías hecho tú, puedo repararlo, y aun quiero hacer por ti lo que no hizo el duque de Lerma. Don Alfonso de Leiva, tu amigo, no era más que gobernador de la ciudad de Valencia, pero yo le hago virrey del reino de Aragón. Te doy licencia para que le comuniques esta noticia, y puedes decirle que venga a prestar juramento.» Cuando oí estas palabras, pasé del extremo de la aflicción a un exceso de alegría que me enajenó, en términos que lo conoció su excelencia en el modo de manifestarle mi agradecimiento; mas no le desagradó el desconcierto de mis palabras, y como le había enterado de que don Alfonso estaba en Madrid, me dijo que podía yo presentársele en aquel mismo día. Fuí volando al mesón de San Gabriel, en donde colmé de gozo al hijo de don César anunciándole su nuevo empleo. No podía creer lo que yo le decía, porque tenía dificultad en persuadirse de que, por más amistad que me tuviera el primer ministro, fuera capaz de dar virreinatos por mi influjo. Condújele a casa del conde-duque, que le recibió muy afablemente y le dijo que se había comportado tan bien en su gobierno de la ciudad de Valencia que, contemplándole el rey apto para desempeñar un empleo más elevado, le había nombrado para el virreinato de Aragón. «Por otra parte—añadió—, esta dignidad no es superior a la categoría de vuestro nacimiento, y la nobleza aragonesa no podría quejarse de la elección de la Corte.» Su excelencia no me tomó en boca y el público ignoró la parte que yo había tenido en aquel negocio, lo que puso a cubierto a don Alfonso y al ministro de las habladurías del público sobre el nombramiento de un virrey que era hechura mía.

Luego que el hijo de don César estuvo seguro de su promoción, despachó un propio a Valencia para noticiarla a su padre y a Serafina, que al momento pasaron a Madrid, y su primera diligencia fué visitarme y colmarme de demostraciones de vivo agradecimiento. ¡Qué espectáculo tan tierno y glorioso fué para mí ver a las tres personas que más amaba en el mundo abrazarme a competencia! Tan agradecidos a mi amor como al esplendor que el virreinato iba a añadir a su casa, no hallaban palabras con qué manifestar su reconocimiento. Me hablaban como si trataran con igual suyo, pareciendo haber olvidado que habían sido mis amos; todo les parecía poco para darme pruebas de amistad. Para suprimir circunstancias inútiles, don Alfonso, después de haber recibido el real despacho, dado gracias al rey y al ministro y prestado el juramento acostumbrado, marchó de Madrid con su familia para ir a establecer su residencia en Zaragoza. Hizo allí su entrada pública con la mayor magnificencia, y los aragoneses acreditaron con sus aclamaciones que yo les había dado un virrey que les era muy acepto.

CAPITULO XIII

Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de Cogollos y a don Andrés de Tordesillas; adónde fueron todos tres; fin de la historia de don Gastón y doña Elena de Galisteo; qué servicio hizo Santillana a Tordesillas.

Estaba yo loco de contento por haber transformado tan felizmente en virrey a un gobernador depuesto. Los mismos señores de Leiva no estaban tan alegres como yo. Presto se me ofreció otra ocasión de emplear mi valimiento a favor de un amigo, lo que creo conveniente contar, para hacer ver a mis lectores que ya no era yo aquel mismo Gil Blas que en el Ministerio anterior vendía las mercedes de la Corte.

Hallándome un día en la antecámara del rey hablando con algunos señores que no se desdeñaban de admitirme a su conversación sabiendo que me quería el primer ministro, vi entre la multitud a don Gastón de Cogollos, aquel reo de Estado a quien había dejado en el alcázar de Segovia, que estaba con el alcaide del mismo alcázar, don Andrés de Tordesillas. Separéme gustoso de las personas con quien estaba para ir a dar un abrazo a estos dos amigos míos. Si ellos se admiraron mucho de verme allí, yo me admiré más de encontrarme con ellos.

Después de recíprocos abrazos me dijo don Gastón: «Señor de Santillana, tenemos muchas cosas que decirnos y no estamos en paraje a propósito para ello; permítame usted que le conduzca a un sitio en donde el señor de Tordesillas y yo tendremos el gusto de hablar largamente con usted.» Vine en ello. Abrímonos paso por entre el gentío y salimos de palacio. Hallamos el coche de don Gastón, que le estaba esperando en la calle, metímonos en él los tres y fuimos a apearnos en la plaza Mayor, en donde se hacen las corridas de toros, que allí vivía Cogollos en una soberbia casa. «Señor Gil Blas—me dijo don Andrés luego que entramos en una sala alhajada con magnificencia—, paréceme que cuando usted salió de Segovia había cobrado horror a la corte y que iba resuelto a alejarse de ella para siempre.» «Ese era en efecto mi designio—le respondí—, y mientras vivió el difunto rey no mudé de parecer; pero luego que supe que ocupaba el trono el príncipe su hijo, quise ver si el nuevo monarca me conocía. Conocióme y tuve la dicha de que me recibiese benignamente. El mismo me recomendó al primer ministro, quien me cobró amistad y con el cual estoy en mucho más auge del que nunca estuve con el duque de Lerma. Esto es, señor don Andrés, todo lo que tenía que decirle; ahora dígame usted si se mantiene todavía de alcaide del alcázar de Segovia.» «No por cierto—me respondió—; el conde-duque puso a otro en mi lugar, creyéndome probablemente parcial de su predecesor.» «Yo—dijo entonces don Gastón—obtuve mi libertad por una razón contraria. Apenas supo el primer ministro que yo estaba en la prisión de Segovia por orden del duque de Lerma, cuando me mandó poner en libertad. Ahora se trata, señor Gil Blas, de contaros lo que me sucedió desde que salí del alcázar. Lo primero que hice—continuó—, después de haber dado mil gracias a don Andrés por las atenciones que le había debido durante mi arresto, fué venirme a Madrid. Presentéme al conde-duque de Olivares, el cual me dijo: «No tema usted que la desgracia que le ha sucedido perjudique en lo más mínimo a su reputación. Usted se halla plenamente justificado, y estoy tanto más seguro de su inocencia cuanto que el marqués de Villarreal, de quien se le sospechaba a usted cómplice, no era culpable. A pesar de ser portugués, y aun pariente del duque de Braganza, es menos parcial del duque que del rey mi señor. Por consiguiente, no debe imputársele a usted como delito su conexión con el marqués, y para reparar la injusticia que se hizo a usted acusándole de traición, el rey le hace teniente capitán de su guardia española.» Acepté este empleo, suplicando a su excelencia me permitiese antes de entrar a desempeñarle pasar a Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla. Concedióme el ministro un mes de licencia para el viaje, el que emprendí acompañado de un solo lacayo. Habíamos pasado ya de Colmenar y entrado en un camino hondo entre dos colinas, cuando vimos a un caballero que se estaba defendiendo valerosamente de tres hombres que le acometían a un tiempo. No me detuve un punto en ir a socorrerle; fuí volando hacia él y me puse a su lado. Observé cuando me batía que nuestros enemigos estaban enmascarados y que reñíamos con animosos combatientes. Sin embargo, a pesar de su vigor y destreza, quedamos vencedores; atravesé a uno de los tres, que cayó del caballo, y los otros dos huyeron al momento. Verdad es que la victoria no fué menos funesta para nosotros que para el desgraciado a quien yo había muerto, porque, después de la acción, tanto mi compañero como yo nos hallamos peligrosamente heridos. Pero figúrese usted cuál sería mi sorpresa cuando conocí que el caballero a quien había socorrido era Cambados, marido de doña Elena. No quedó él menos admirado al ver que era yo su defensor. «¡Ah, don Gastón!—exclamó—. Pues qué, ¿sois vos quien venís a socorrerme? Cuando abrazasteis mi partido con tanta generosidad, sin duda ignorabais que defendíais a un hombre que os había robado vuestra dama.» «Es cierto que lo ignoraba—le respondí—; pero aun cuando lo hubiera sabido, ¿os parece que hubiera titubeado en hacer lo que hice? ¿Me tendréis en tan mal concepto que creáis tengo un alma vil?» «¡No, no!—respondió—. Tengo mejor opinión de vos, y si muero de las heridas que acabo de recibir, deseo que las vuestras no os impidan aprovecharos de mi muerte.» «Cambados—le dije—, aunque no he olvidado todavía a doña Elena, sabed que no apetezco poseerla a costa de vuestra vida, y aun me alegro mucho de haber contribuído a salvaros de los golpes de tres asesinos, pues que en ello hice una acción que agradecerá vuestra esposa.» Mientras estábamos hablando de este modo, mi lacayo se apeó y, acercándose al caballero que estaba tendido en el suelo, le quitó la mascarilla y nos hizo ver unas facciones que luego conoció Cambados. «Es Caprara—exclamó—, aquel pérfido primo que, en despecho de haber perdido una rica herencia que injustamente me había disputado, hace mucho tiempo que pensaba asesinarme, y había, por último, elegido este día para realizar sus deseos; pero el Cielo ha permitido que él mismo haya sido la víctima de su atentado.» Entre tanto nuestra sangre corría en abundancia y por instantes nos íbamos debilitando. Sin embargo, heridos como estábamos, tuvimos ánimo para llegar hasta el lugar de Villarejo, que no distaba más que dos tiros de fusil del campo de batalla. Llegados al primer mesón, llamamos cirujanos, y vino uno que nos dijeron ser muy hábil. Examinó nuestras heridas y halló que eran muy peligrosas; hizo la primera cura, y a la mañana siguiente, después de haber levantado el vendaje, declaró mortales las de don Blas, pero no las mías, y sus pronósticos no salieron falsos. Viéndose Cambados desahuciado, sólo pensó en prepararse a morir. Envió un propio a su mujer para informarla de todo lo sucedido y del triste estado en que se hallaba. Tardó poco doña Elena en presentarse en Villarejo, adonde llegó con el espíritu fuertemente agitado por dos causas diferentes: por el peligro que corría la vida de su marido y por el temor de que mi vista volviese a encender en su pecho un fuego mal apagado; dos afectos que la tenían en una terrible conmoción. «Señora—le dijo don Blas luego que la vió—, aun venís a tiempo para recibir mi última despedida. Voy a morir y miro mi muerte como un castigo del Cielo por la falsedad con que os robé a don Gastón. Muy lejos de quejarme de él, yo mismo os exhorto a que le restituyáis un corazón que le usurpé.» Doña Elena no le respondió sino con lágrimas, y, a la verdad, ésta era la mejor respuesta que le podía dar, porque no estaba tan desprendida de mí que hubiese olvidado el artificio de que se había valido don Blas para determinarla a serme infiel. Aconteció lo que el cirujano había pronosticado: que en menos de tres días murió Cambados de sus heridas, en vez de que las mías anunciaban una pronta curación. La viuda, ocupada únicamente en el cuidado de que trasladasen a Coria el cadáver de su esposo para hacerle los honores que ella debía a sus cenizas, salió de Villarejo para volverse allí, después de haberse informado como por mera urbanidad del estado en que yo me hallaba. Seguíla luego que pude, tomando el camino de Coria, donde acabé de restablecerme. Entonces mi tía doña Leonor y don Jorge de Galisteo determinaron casarnos a la viuda y a mí antes que la fortuna nos jugase otra pieza como la pasada. Efectuóse secretamente el matrimonio, en atención a la reciente muerte de don Blas, y de allí a pocos días volví a Madrid con doña Elena. Como se había pasado el tiempo de mi licencia, temí que el ministro hubiese dado a otro la tenencia de guardias que se me había conferido; pero no había dispuesto de ella, y tuvo la bondad de admitir la disculpa que le di de mi tardanza. Soy, pues—prosiguió Cogollos—, primer teniente de la guardia española y estoy muy contento con mi empleo. He granjeado amigos de trato agradable, con quienes vivo gustoso.» «Me alegrara poder decir otro tanto—interrumpió aquí don Andrés—, pues estoy muy lejos de vivir contento con mi suerte. Perdí el empleo que tenía, el cual me daba de comer, y me veo sin amigos que puedan ayudarme a adquirir otro sólido.» «Perdone usted, señor don Andrés—dije yo entonces sonriéndome—, en mí tiene usted un amigo que puede servirle de algo. Vuelvo, pues, a decir que el conde-duque me estima aun quizá más de lo que me estimaba el duque de Lerma. ¿Y se atreve usted a decirme en mi cara que no conoce a nadie que le pueda proporcionar un empleo sólido? ¿Pues no le hice en otro tiempo un servicio semejante? Acuérdese usted de que por el valimiento del arzobispo de Granada logré que se le nombrase a usted para ir a Méjico a desempeñar un empleo en que hubiera hecho su fortuna si el amor no le hubiera detenido en la ciudad de Alicante. Pues me hallo en mejor estado de poder servir a usted actualmente, que estoy al lado del primer ministro.» «Supuesto eso, me pongo en manos de usted—repuso Tordesillas—. Pero—añadió sonriéndose también—suplico a usted que no me haga el favor de enviarme a Nueva España, porque no querría ir allá aunque me hicieran presidente de la Audiencia de Méjico.»

Al llegar aquí nuestra conversación fué interrumpida por doña Elena, que entró en la sala, y cuya persona, llena de atractivos, correspondía a la encantadora idea que me había formado de ella. «Señora—le dijo Cogollos—, este caballero es el señor de Santillana, de quien os he hablado varias veces y cuya amable compañía calmó frecuentemente en la prisión mis pesares.» «Sí, señora—dije a doña Elena—; mi conversación le agradaba porque siempre era usted el asunto de ella.» La hija de don Jorge respondió modestamente a mi cumplimiento, después de lo cual me despedí de ambos esposos, asegurándoles lo mucho que celebraba que el himeneo hubiese por último coronado sus prolongados amores. Después, dirigiendo la palabra a Tordesillas, le rogué que me informase de su habitación, y habiéndolo hecho, le dije: «Don Andrés, de usted no me despido; espero que antes de ocho días verá usted que yo reúno el poder a la buena voluntad.» No quedé por embustero; al día siguiente el conde-duque me proporcionó la ocasión de servir a este alcaide. «Santillana—me dijo su excelencia—está vacante la plaza de gobernador de la cárcel real de Valladolid; vale más de trescientos doblones al año y me dan ganas de dártela.» «No la quiero, señor—le respondí—, aunque valga diez mil ducados de renta; renuncio a todos los empleos que no pueda desempeñar sin alejarme de vuestra excelencia.» «Pero éste—replicó el ministro—puedes desempeñarle muy bien sin necesidad de salir de Madrid sino para ir de cuando en cuando a Valladolid a visitar la cárcel.» «Diga vuestra excelencia cuanto guste—repuse yo—, no acepto ese empleo sino con la condición de que se me permita renunciarlo a favor de un digno hidalgo llamado don Andrés de Tordesillas, alcaide que fué del alcázar de Segovia. Me alegraría hacerle este presente en reconocimiento de los buenos procederes que usó conmigo durante mi prisión.» Sonrióse el ministro de oírme hablar así y me dijo: «Por lo que veo, Gil Blas, quieres hacer un gobernador de la cárcel real del modo que hiciste un virrey. Pues bien, sea así, amigo mío; desde luego te concedo la plaza vacante para Tordesillas. Pero dime francamente qué gratificación debe producirte, porque no te tengo por tan simple que quieras empeñar tu valimiento de balde.» «Señor—le respondí—, ¿no deben pagarse las deudas? Don Andrés me proporcionó sin interés todas las comodidades que pudo. ¿No será justo que yo le corresponda?» «Muy desprendido os habéis hecho, señor de Santillana—me replicó su excelencia—; me parece que lo erais mucho menos en el último Ministerio.» «Es verdad—le repuse—, porque el mal ejemplo estragó mis costumbres. Como entonces todo se vendía, me conformé con el uso; y como en el día todo se da, he vuelto a recobrar mi integridad.»

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