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Historia de Gil Blas de Santillana, Novela (Vol 3 de 3)

LIBRO DECIMO (continued 2)

José Francisco de Isla translation

La tercera mesa fué la primera que quedó desierta. Levantáronse de ella los aldeanos para formar bailes con las jóvenes aldeanas, que con el ruido de sus panderetas atrajeron bien pronto a los convidados de las otras mesas y les inspiraron el deseo de seguir su ejemplo. Todos se pusieron en movimiento; los dependientes del gobernador bailaron con las criadas de la gobernadora, y hasta los mismos señores se mezclaron en la fiesta. Don Alfonso bailó una zarabanda con Serafina y don César otra con Antonia, la cual vino después a buscarme para que bailase con ella, y en verdad que no lo hizo mal para una persona que no tenía mas que algunos principios de baile que había aprendido en casa de una parienta suya avecindada en Albarracín. Yo, que, como ya he dicho, me había enseñado a bailar en casa de la marquesa de Chaves, pasé en el concepto de todos por un gran bailarín. Beatriz y Escipión prefirieron al baile una conversación entre los dos para darse recíproca cuenta de lo que les había sucedido mientras habían estado separados; pero fué interrumpido su coloquio por Serafina, que, informada de su encuentro, los hizo llamar para manifestarles lo mucho que de ello se alegraba. «Hijos míos—les dijo—, en este día de regocijo se acrecienta mi satisfacción viéndoos restituídos uno a otro. Amigo Escipión—añadió—, ahí te entrego a tu esposa, asegurándote que su conducta ha sido siempre irreprensible. Vive aquí con ella en perfecta armonía. Y tú, Beatriz, dedícate al servicio de Antonia y no le seas menos afecta que tu marido lo es al señor de Santillana.» Escipión, no pudiendo ya a vista de esto mirar a su mujer sino como a otra Penélope, prometió tratarla con todas las atenciones imaginables.

Retiráronse los aldeanos y aldeanas a sus casas después de haber estado bailando toda la tarde; pero continuó la fiesta en la quinta. Sirvióse una magnífica cena, y cuando se trató de irse todos a recoger, el provisor bendijo el lecho nupcial. Serafina desnudó a la novia y los señores de Leiva me hicieron la misma honra. Lo más gracioso fué que los dependientes de don Alfonso y las criadas de la gobernadora quisieron para divertirse practicar la misma ceremonia: desnudaron a Beatriz y a Escipión, los cuales, para hacer más cómica la escena, se dejaron desnudar y acostar, guardando gran gravedad.

CAPITULO X

Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de la bella Antonia. Principio de la historia de Escipión.

Al día siguiente de mi boda los señores de Leiva regresaron a Valencia, después de haberme dado otras mil señales de amistad, de tal modo que mi buen secretario y yo nos quedamos solos en la quinta con nuestras mujeres y nuestros criados.

El empeño que hicimos uno y otro en agradar a nuestras esposas no fué inútil, pues en poco tiempo inspiré yo a la mía tanto amor como le profesaba, y Escipión hizo olvidar a la suya los disgustos que le había causado. Beatriz, que era de carácter dócil y afable, se granjeó fácilmente el cariño de su nueva ama y ganó su confianza. En fin, todos cuatro nos avinimos perfectamente y comenzamos a gozar de una suerte envidiable, pasando la vida en los más dulces entretenimientos. Antonia era bastante seria; pero Beatriz y yo éramos muy alegres, y aun cuando no lo fuéramos, nos bastaría estar con Escipión para no conocer la melancolía, porque era un hombre sin igual para la sociedad, una de aquellas personas festivas que sólo con presentarse divierten a la concurrencia.

Un día que después de comer se nos antojó ir a dormir la siesta al sitio más apacible del bosque, mi secretario estaba de tan buen humor que nos quitó a todos el sueño con sus graciosas ocurrencias. «¡Calla esa boca—le dije—, amigo mío; o si quieres que no durmamos, cuéntanos alguna cosa que merezca nuestra atención!» «Con mucho gusto, señor—me respondió—. ¿Quiere usted que le cuente la historia del rey don Pelayo?» «De mejor gana oiría la tuya—le repliqué—; pero este gusto nunca me lo has querido dar desde que vivimos juntos, ni espero que jamás me lo des. ¿De qué proviene esto?» «Si no he contado a usted la historia de mi vida ha consistido en que jamás me ha manifestado el menor deseo de saberla; por consiguiente, no tengo yo la culpa de que usted ignore mis aventuras, y por poca curiosidad que tenga de oírlas estoy pronto a satisfacérsela.» Antonia, Beatriz y yo le cogimos la palabra y nos dispusimos a escuchar su relación, que no podía menos de causar en nosotros un buen efecto, ya divirtiéndonos o ya excitándonos al sueño.

«Yo—comenzó a decir Escipión—sería hijo de un grande de España de primera clase, o cuando menos de un caballero del hábito de Santiago o de Alcántara, si esto hubiera estado en mi mano; pero como ninguno es dueño de escoger padre, han de saber ustedes que el mío, llamado Toribio Escipión, fué un honrado cuadrillero de la Santa Hermandad. Como iba y venía por los caminos reales, por donde su profesión le obligaba a andar casi siempre, cierto día encontró casualmente entre Cuenca y Toledo a una gitanilla que le pareció muy linda. Caminaba sola a pie y llevaba consigo todo su ajuar en una especie de mochila echada al hombro. «¿Adonde vas así, prenda mía?», le dijo, suavizando cuanto pudo la voz, que era naturalmente bronca. «Caballero—contestó ella—, voy a Toledo, donde de un modo o de otro espero ganar de comer, viviendo honradamente.» «Tu intención es muy loable—replicó él—, y no dudo que para eso tendrás varios arbitrios.» «Sí, gracias a Dios—respondió la gitanilla—, tengo varias habilidades; sé hacer pomadas y quintas esencias muy útiles para las damas, digo la buenaventura, sé dar vueltas al cedazo para hacer que se encuentren las cosas perdidas y muestro cuanto se quiere ver en una redoma o en un espejo.»

»Pareciéndole a Toribio que una joven como ésta era un partido muy ventajoso para un hombre como él, a quien su empleo apenas le producía para mantenerse, sin embargo de saber desempeñarlo con la mayor exactitud, le propuso si quería ser su esposa. Aceptó la niña la propuesta; se fueron ambos inmediatamente a Toledo, en donde se casaron, y en mí ven ustedes el digno fruto de este noble matrimonio. Fijaron su residencia en un arrabal, en donde mi madre comenzó a vender pomadas y quintas esencias; pero viendo que este trato producía poco, comenzó a hacer de adivina. Entonces fué cuando se vieron llover en su casa pesos duros y doblones. Mil mentecatos de ambos sexos pusieron bien pronto en auge la fama de Coscolina, que así se llamaba la gitana. No pasaba día sin que viniese alguno a ocuparla en su ministerio; ya llegaba un sobrino pobre que quería saber cuándo su tío, de quien era único heredero, partiría para la otra vida; ya llegaba una doncella que deseaba con ansia averiguar si un caballero mozo que le había dado palabra de casamiento se la cumpliría.

»Persuádome de que ustedes darán por supuesto que los vaticinios de mi madre siempre eran favorables a las personas a quienes los hacía; si se cumplían, enhorabuena; pero si alguna vez venían a reconvenirla por haber sucedido lo contrario de lo que había pronosticado, contestaba frescamente que debía echarse la culpa al diablo, que, a pesar de la fuerza de los conjuros que ella empleaba para obligarle a que le revelase lo futuro, tenía algunas veces la malicia de engañarla.

»Cuando mi madre, por honor al oficio, creía deber hacer visible al diablo en sus operaciones, entonces era Toribio Escipión quien hacía el papel del diablo, y lo desempeñaba con perfección, porque la aspereza de su voz y la fealdad de su rostro cuadraban a maravilla con lo que representaba. Poca credulidad era menester para espantarse al aspecto de mi padre; pero un día vino, por desgracia, cierto capitán majadero que quiso ver a diablo, y le atravesó de parte a parte con la espada. Informada la Inquisición de la muerte del diablo, despachó sus ministros contra la Coscolina, a quien prendieron, embargando al mismo tiempo todos sus efectos, y a mí, que a la sazón sólo tenía siete años, me metieron en el hospicio de los niños huérfanos. Había en esta casa unos caritativos eclesiásticos que, estando bien dotados para cuidar de la educación de los pobres huérfanos, tenían el trabajo de enseñarles a leer y escribir. Parecióles que yo prometía mucho, y por esta causa me distinguieron entre los demás, escogiéndome para hacer sus recados. Yo era el que llevaba sus cartas, hacía sus demás encargos y les ayudaba a misa. En pago de mis servicios trataron de enseñarme la lengua latina; pero lo ejecutaron con tanta aspereza y me trataron con tal rigor, a pesar de los servicios que les hacía, que, no pudiendo ya resistir más, un día que me enviaron a un recado cogí las de Villadiego, y en vez de volver al hospicio me escapé de Toledo por el arrabal del lado de Sevilla.

»Aunque a la sazón apenas tenía nueve años cumplidos, no cabía en mí de contento de verme en libertad y dueño de mis acciones. No llevaba qué comer ni dinero, pero nada me importaba, porque tampoco tenía lección que estudiar ni temas que componer. Después de haber andado dos horas comenzaron mis piernecitas a negarme su servicio. Como nunca había hecho tan larga caminata, fué preciso pararme a descansar. Sentéme al pie de un árbol que estaba a orillas del camino real, y para entretenerme saqué el arte que llevaba en el bolsillo. Comencé a hojearle por diversión; pero acordándome de las palmetas y de los azotes que me había costado, desgarré las hojas, diciendo lleno de cólera: «¡Ah maldito libro, ya no me harás llorar más!» Estando satisfaciendo mi venganza y sembrando la tierra alrededor de mí de declinaciones y conjugaciones, pasó casualmente por allí un ermitaño de aspecto venerable, con barba blanca y unos grandes anteojos. Acercóse a mí, miróme con mucha atención, y yo también le estuve mirando con la misma. «Hijito mío—me dijo sonriéndose—, me parece que los dos nos hemos mirado con cariño y que no haríamos mal en vivir juntos en mi ermita, que sólo dista doscientos pasos de aquí.» «¡Buen provecho le haga a usted—le respondí con bastante sequedad—, que yo ninguna gana tengo de ser ermitaño!» Al oír esta respuesta el buen viejo dió una grande carcajada de risa y me dijo abrazándome: «Mi hábito, hijo mío, no debe asustarte; si es poco grato a la vista, es de gran utilidad, pues me hace dueño de un deleitoso retiro y de varios lugarcitos circunvecinos, cuyos habitantes me aman, o por mejor decir me idolatran. Vente conmigo—añadió—y te pondré un hábito como el mío. Si te fuese bien con él, participarás conmigo de las dulzuras de la vida que hago, y si no te acomodase ésta, no sólo serás dueño de marcharte, sino que puedes contar con que al separarnos no dejaré de hacerte todo el bien que pueda.»

»Dejéme persuadir y seguí al viejo ermitaño, que me hizo varias preguntas, a las que respondí con una ingenuidad que no siempre he tenido en adelante. Luego que llegamos a la ermita me presentó algunas frutas, que devoré en un instante, porque en todo el día no había comido mas que un zoquete de pan seco con que me había desayunado en el hospicio por la mañana. El solitario, viéndome menear tan bien las quijadas, me dijo: «¡Animo, hijo mío! No dejes de comer por miedo de que se acaben las frutas, pues, gracias al Cielo, tengo muy buena provisión de ellas. No te he traído aquí para matarte de hambre.» Lo que era mucha verdad, porque una hora después de nuestra llegada encendió lumbre, puso a asar una pierna de carnero, y mientras yo daba vueltas al asador él dispuso una mesita, cubriéndola con un mantel no muy limpio y poniendo en ella dos cubiertos, uno para él y otro para mí.

»Luego que el carnero estuvo en sazón le sacó del asador, cortó algunos pedazos de él y nos sentamos a cenar; pero nuestra cena no fué como la de las ovejas, porque bebimos de un exquisito vino, del cual tenía también el ermitaño un buen repuesto. «Y bien, amiguito—me dijo luego que nos levantamos de la mesa—, ¿estás contento con mi trato? De este modo comerás mientras estuvieres conmigo. Por lo demás, harás en este ermitorio lo que mejor te pareciere; sólo exijo de ti que me acompañes cuando vaya a recoger la limosna a los lugares vecinos. Me servirás para llevar del cabestro un borriquillo cargado de dos banastas, que los aldeanos caritativos llenan ordinariamente de huevos, pan, carne y pescado; no te pido más.» «Haré—le respondí—todo lo que usted quiera, con tal que no me obligue a estudiar el latín.» No pudo menos de reírse de mi sencillez el hermano Crisóstomo, que así se llamaba el anciano ermitaño, y me aseguró de nuevo que no pensaba nunca violentar mis inclinaciones.

»Al día siguiente salimos a nuestra demanda, llevando yo el borrico por el cabestro, y recogimos copiosas limosnas, porque no había aldeano que no tuviese gusto en echar alguna cosa en nuestras banastas. Uno daba un pan entero; otro, un buen pedazo de tocino; quién una gallina y quién una perdiz. ¿Qué más diré a ustedes? Llevamos a la ermita víveres para más de una semana; buena prueba de lo mucho que amaban al hermano Crisóstomo aquellas gentes. Verdad es que éste también les servía bastante dándoles buenos consejos cuando venían a consultarle, pacificando los matrimonios en que reinaba la discordia, proporcionando dotes para casarse las solteras, dándoles remedios para mil clases de males y enseñando varias oraciones a las mujeres casadas que deseaban tener hijos.

»Ya ven ustedes, por lo que acabo de referir, que yo estaba bien tratado en la ermita. Si la comida era buena, la cama no era desgraciada. Acostábame sobre buena paja fresca, teniendo por cabecera una almohada de lana y cubriéndome con una manta de lo mismo, de manera que no hacía mas que un sueño, el cual duraba toda la noche. El hermano Crisóstomo, que me había ofrecido un hábito de ermitaño, me hizo uno él mismo deshaciendo otro viejo suyo y me llamó el hermanillo Escipión. Apenas me presenté en las aldeas vecinas con aquel nuevo traje caí a todos tan en gracia que el pobre borrico apenas podía con la carga. Todos se esmeraban en dar a cual más al hermanito; tanto placer tenían en verme.

»A un muchacho de mi edad no podía desagradarle la vida ociosa y regalona que disfrutaba en compañía del viejo ermitaño; así es que me aficioné tanto a ella que la hubiera continuado siempre si las Parcas no me hubieran hilado otros días muy diferentes. Pero el destino que debía llenar me arrastró a dejar bien pronto el regalo y me hizo abandonar al hermano Crisóstomo de la manera que voy a referir.

»Veía muchas veces andar al viejo en la almohada que le servía de cabecera, sin hacer otra cosa que descoserla y volverla a coser. Observé un día que metía en ella algún dinero, lo que excitó en mí un movimiento de curiosidad que me propuse satisfacer al primer viaje que el hermano Crisóstomo hiciese a Toledo, adonde solía ir una vez a la semana. Aguardé con impaciencia este día, sin tener por entonces más objeto que el de contentar mi curiosidad. En fin, el buen hombre partió, y yo descosí la almohada, en donde hallé entre la lana como unos cincuenta escudos en toda clase de monedas.

»Verosímilmente, este tesoro sería efecto del agradecimiento de los aldeanos a quienes había curado con sus remedios y de las aldeanas que por la virtud de sus oraciones habían tenido hijos. Sea lo que fuere, apenas vi que aquél era un dinero que sin temor podía apropiarme, cuando se declaró mi complexión gitana: dióme una tentación de robarle, que no se podía atribuir sino a la fuerza de la sangre que corría por mis venas. Cedí sin resistencia a la tentación; encerré el dinero en un saquillo de paño en que metíamos nuestros peines y nuestros gorros de dormir, y después de haberme despojado del hábito de ermitaño y vuelto a tomar mi vestido de huérfano, me alejé de la ermita, pareciéndome que llevaba en mi saquillo todas las riquezas de las Indias.

»Ustedes acaban de oír mi primer ensayo—continuó Escipión—, y no dudo que esperarán una serie de acciones del mismo jaez. No engañaré sus esperanzas, porque aun tengo que contarles otras hazañas parecidas a ésta antes de llegar a mis acciones loables; pero al fin llegaremos allá, y ustedes verán por mi narración que de un gran pícaro se puede hacer un hombre de bien.

»A pesar de mis pocos años no fuí tan simple que tomase el camino de Toledo, porque me expondría a encontrarme con el hermano Crisóstomo, que sin duda hubiera querido volver a juntarse con su dinero. Tomé, pues, la ruta del lugar de Gálvez, donde me entré en un mesón cuya huéspeda era una viuda como de cuarenta años y tenía todas las cualidades que se requieren para saber vender bien sus agujetas. Luego que esta mujer puso los ojos en mí, conociendo por el vestido que me había escapado del hospicio de los huérfanos, me preguntó quién era y adónde iba. Respondíle que, habiendo muerto mis padres, me veía en la necesidad de buscar conveniencia. «Y dime, hijo—me volvió a preguntar—, ¿sabes leer?» Le aseguré que sí, y que también escribía lindamente. En verdad, yo sabía formar las letras y juntarlas de manera que figuraba una cosa así como escrita, lo que me parecía sobrado para llevar la cuenta de un mesón de aldea. «Pues yo te recibo—repuso la mesonera—para que me sirvas. No serás inútil en mi casa, porque correrás con el libro del gasto y llevarás cuenta de lo que me deben y debo. No te señalaré salario—añadió—, porque los muchos caballeros que vienen a parar a este mesón siempre dan algo a los criados, con que seguramente puedes contar con sacar buenos gajes.»

»Acepté el partido, pero reservándome, como ustedes presumirán, la facultad de mudar de aires siempre que la permanencia en Gálvez no me acomodase. Apenas me vi apalabrado para servir en el mesón cuando sentí mi ánimo incomodado con una grande inquietud. No quería que nadie supiese que yo tenía dinero y no sabía dónde esconderlo de modo que ninguno pudiese dar con él. Como no conocía aún la casa, no me podía fiar de aquellos sitios que me parecían más a propósito para guardarlo. ¡Oh y cuánto embarazo nos causan las riquezas! Determiné en fin ocultarle en un rincón del pajar, pareciéndome que en ninguna otra parte podía estar más seguro, y procuré sosegarme cuanto me fué posible.

»Eramos tres criados en el mesón: un mozo rollizo que cuidaba de la cuadra, una moza gallega y yo. Cada uno sacaba lo que podía de los huéspedes, así de a pie como de a caballo, que paraban en él. Yo recibía de estos sujetos algún dinerillo cuando les iba a presentar la cuenta del gasto; daban también alguna cosa al mozo de la cuadra para que cuidase de sus caballerías; pero la gallega, que era el ídolo de los caleseros y arrieros que pasaban por allí, ganaba más escudos que nosotros maravedises. Luego que juntaba yo algunos reales, los llevaba al pajar para aumentar mi caudal, y cuanto más crecía éste, conocía yo que mi tierno corazón iba tomando más apego a él. Besaba algunas veces mis monedas y las estaba contemplando con un dulce embeleso que solamente los avaros pueden comprender suficientemente.

»El amor que tenía a mi tesoro me obligaba a visitarle treinta veces al día. Encontraba a menudo a la mesonera en la escalera del pajar, y como era una mujer de suyo muy desconfiada, quiso un día saber qué era lo que a cada instante me llevaba al pajar. Subió a él y comenzó a escudriñarlo todo, recelando que yo tendría escondidas algunas cosas que le habría hurtado. Revolvió la paja que cubría mi bolsón y dió con él. Abrióle, y viendo dentro pesos duros y doblones, creyó o fingió creer que yo le había robado aquel dinero. Por de contado, se apoderó del caudal, y tratándome de bribonzuelo, ladroncillo y malvado, mandó al mozo de la caballeriza, enteramente dedicado a complacerla, que me sacudiese una buena zurra de azotes, y después de haberme hecho desollar de esta manera me echó a la calle, diciéndome que no quería aguantar pícaros en su casa. En vano aseguraba yo y clamaba que nada le había hurtado; la mesonera decía lo contrario y todos le daban más crédito a ella que a mí, y de esta manera las monedas del hermano Crisóstomo pasaron de manos de un ladrón a las de una ladrona.

»Lloré la pérdida de mi dinero como se llora la muerte de un hijo único; pero si mis lágrimas no fueron bastantes para hacerme recobrar lo que había perdido, por lo menos fueron causa para mover a compasión a algunas personas que me las veían verter, y entre otras al cura de Gálvez, que casualmente pasó junto a mí. Mostróse lastimado del triste estado en que me veía y me llevó consigo a su casa. En ella, a fin de sonsacarme, usó del medio de manifestarse muy compadecido de mí. «¡Cuánta lástima—dijo—me causa este pobre muchacho! ¿Qué maravilla es que en sus pocos años, en su ninguna experiencia y falta de reflexión haya cometido una acción ruin? Apenas se encontrará un hombre que no haya hecho alguna en el discurso de su vida.» En seguida, dirigiéndome la palabra, «Hijo mío—añadió—, ¿de qué lugar de España eres y quiénes son tus padres? Porque tienes trazas de ser hijo de gente honrada. Háblame en confianza y cuenta con que no te desampararé.»

»El cura, con estas halagüeñas y caritativas palabras, me fué insensiblemente empeñando en que le descubriese todos mis pasos, y lo hice con mucha ingenuidad, sin reservarle nada, después de lo cual me dijo: «Amigo mío, aunque es cierto que no está bien en los ermitaños el atesorar, eso no disminuye tu culpa. En robar al hermano Crisóstomo siempre has quebrantado el mandamiento que prohibe hurtar; pero yo me encargo de obligar a la mesonera a que devuelva el dinero y hacérselo entregar al hermano Crisóstomo, y así, por esta parte puedes desde ahora aquietar tu conciencia.» Juro a ustedes que esto era lo que menos cuidado me daba; pero el cura, que tenía sus fines, no paró aquí. «Hijo mío—prosiguió—, quiero empeñarme a favor tuyo y buscarte una nueva conveniencia. Mañana mismo pienso enviarte a Toledo con un arriero y te daré una carta para un sobrino mío, canónigo de aquella catedral, que no rehusará admitirte por mi recomendación en el número de sus criados, los cuales todos lo pasan en su casa como unos beneficiados que se regalan a costa de la prebenda, y puedo asegurarte con certidumbre que allí lo pasarás perfectamente.»

»Consolóme tanto esta seguridad, que luego olvidé el talego y los azotes que me habían dado y ya no pensé más que en el placer de vivir como un beneficiado. Al día siguiente, mientras estaba yo almorzando, llegó a casa del cura un arriero con dos mulas. Subiéronme en la una, y montando mi conductor la otra tomamos el camino de Toledo. Mi compañero de viaje gastaba buen humor y le gustaba divertirse a costa del prójimo. «Querido Escipión—me dijo—, en verdad que tienes un buen amigo en el señor cura de Gálvez; no podía darte mayor prueba de lo mucho que te quiere que el acomodarte con su sobrino el canónigo, a quien tengo el honor de conocer, y es sin duda la perla de su Cabildo. No es, ciertamente, uno de aquellos devotos cuyo semblante macilento y extenuado está predicando mortificación y abstinencia: es gordo, colorado, siempre alegre y festivo; un hombre, en fin, que se divierte en todo lo que se presenta y que gusta mucho de tratarse bien. Estarás en su casa a pedir de boca.»

»Conociendo el socarrón del arriero el placer con que le escuchaba, continuó el elogio del canónigo, ponderándome lo mucho que yo celebraría mi fortuna cuando me viese ya criado suyo. No cesó de hablar hasta que llegamos al lugar de Covisa, donde nos apeamos para echar un pienso a las mulas. En tanto que él andaba de aquí para allí por el mesón, se le cayó casualmente del bolsillo un papel que yo pude coger sin que él lo advirtiese y que hallé medio de leer mientras él estaba en la cuadra. Era una carta dirigida a los capellanes del hospicio de los huérfanos, concebida en estos términos:

«Muy señores míos: Me creo obligado en caridad a enviar a su poder un bribonzuelo que se escapó de ese hospicio. Paréceme un muchacho muy despabilado, y por lo mismo muy digno de que ustedes se sirvan tenerle encerrado. No dudo que a fuerza de corregirle podrán ustedes hacer de él un mozo de provecho. Queda rogando a Dios conserve a ustedes en tan piadoso como caritativo ministerio,—El cura de Gálvez.»

»Luego que acabé de leer esta carta, que me manifestaba la buena intención del señor cura, no dudé un punto sobre el partido que había de tomar. Salir inmediatamente del mesón y ponerme en las orillas del Tajo, distante más de una legua de aquel lugar, todo fué obra de un momento. El miedo me prestó alas para huir de los capellanes del hospicio de los huérfanos, al que de ningún modo quería volver; tanto me había disgustado su modo de enseñar la Gramática. Entré en Toledo tan alegre como si supiera adónde había de ir a comer y beber. Es verdad que aquélla es una ciudad de bendición, en la cual un hombre de talento reducido a vivir a costa ajena no puede morirse de hambre, pues no bien había entrado en la plaza cuando un caballero bien vestido, a cuyo lado pasaba, agarrándome por el brazo me dijo: «Chiquito, ¿quieres servirme? Porque me alegrara tener un criado como tú.» «Y yo un amo como vuesa merced», le respondí prontamente. «Siendo eso así—me replicó—, desde ahora mismo date por recibido. Sígueme.» Y yo lo hice sin réplica.

Este caballero, que podía tener como unos treinta años y se llamaba don Abel, estaba hospedado en una posada de caballeros, donde ocupaba un cuarto decentemente alhajado. Era un jugador de profesión, y vean ustedes la vida que hacíamos: por la mañana le picaba yo tabaco para fumar cinco o seis cigarros, le limpiaba la ropa, iba a llamar al barbero para que le viniese a afeitar y componerle los bigotes, y hecho esto, se marchaba a las casas de juego, de donde no volvía hasta las once o doce de la noche; pero todas las mañanas antes de salir sacaba tres reales del bolsillo y me los daba para que comiese, dejándome libertad para que hiciera lo que se me antojase hasta las diez de la noche, con tal de que me hallara en casa cuando volviera. Estaba él muy contento conmigo y dió orden para que se me hiciese una librea muy galana, con la cual parecía propiamente un mensajero de damas de galanteo. También yo estaba muy alegre con mi oficio, y en verdad no podía hallar otro que más se adaptase a mi genio.

»Hacía ya casi un mes que pasaba tan buena vida cuando el amo me preguntó un día si estaba contento con él, y habiéndole contestado que no podía estarlo más, «Pues bien—me replicó—, mañana saldremos para Sevilla, adonde me llaman mis negocios. No te pesará el ver aquella capital de Andalucía, pues ya habrás oído muchas veces decir que quien no ha visto a Sevilla no ha visto maravilla.» «¡Que me place!—respondí yo—. Estoy pronto a seguir a usted a cualquiera parte del mundo.» En el mismo día el ordinario de Sevilla vino a la posada de caballeros a tomar un gran baúl donde estaba la ropa de mi amo, y al siguiente tomamos el camino de Andalucía.

»Era el señor don Abel tan afortunado en el juego, que solamente perdía cuando le acomodaba, lo que le obligaba a mudar con frecuencia de lugar, por estar expuesto al resentimiento y venganza de los mentecatos que se dejaban engañar, y éste fué el motivo de nuestro viaje. Llegados a Sevilla, nos alojamos en una posada de caballeros cerca de la puerta de Córdoba, donde comenzamos a vivir como en Toledo. Pero mi amo halló diferencia entre las dos ciudades. En las casas de juego de Sevilla encontró jugadores tan afortunados como él, de suerte que algunas veces volvía a casa de muy mal humor. Una mañana que todavía le duraba el enojo de haber perdido cien doblones el día anterior, me preguntó por qué no había llevado la ropa sucia a la lavandera. «Señor—le respondí yo—, porque enteramente se me olvidó.»

»Al oír esto se encendió en cólera y me pegó media docena de bofetadas tan terribles que me hicieron ver más luces que las que había en el templo de Salomón, diciéndome al mismo tiempo: «¡Toma, bribonzuelo, esto es para que otra vez te acuerdes de cumplir con tu obligación! ¿Quieres que cien veces te advierta yo lo que debes hacer? ¿Por qué no eres tan puntual para servir como para comer? No siendo un bestia, como ciertamente no lo eres, bien podías tener presente lo que debes hacer sin esperar a que yo te lo recordara.» Dicho esto, se salió muy enfadado del cuarto, dejándome sumamente sentido de las bofetadas que me dió por tan pequeño motivo.

»Poco después le sucedió no sé qué lance en el juego que volvió a casa muy acalorado. «Escipión—me dijo—, he determinado irme a Italia y debo embarcarme mañana en un buque que se vuelve a Génova. Tengo mis motivos para hacer este viaje; discurro querrás venir conmigo y aprovechar esta excelente ocasión de ver el país más delicioso del mundo.» Respondí que venía en ello; pero en mi interior pensaba en desaparecer al tiempo de ir a marchar. Andaba discurriendo el modo de vengarme de las bofetadas y me pareció que éste era el más ingenioso. Satisfecho y ufano de que me hubiese ocurrido semejante idea, no pude contenerme de confiársela a cierto valentón a quien encontré casualmente en la calle. Había yo contraído en Sevilla algunas malas amistades y principalmente la de este guapo. Contéle el lance de las bofetadas y el motivo de ellas, y revelándole el designio en que estaba de dejar a don Abel escapándome cuando se fuese a embarcar, le pregunté qué le parecía esta determinación.

»El valentón, arqueando las cejas y retorciéndose el bigote, y después afeando en tono grave la acción de mi amo, me dijo: «Mocito, serás un hombre sin honra toda tu vida si te contentas con la frívola venganza que has meditado para volver por ella. No basta dejar a don Abel y no pisar más su casa; es menester darle un castigo proporcionado a tu afrenta. Robémosle tú y yo todo su equipaje y dinero, para repartirlo después entre los dos como buenos hermanos.» No obstante mi natural propensión a hurtar, no dejó de estremecerme y causarme algún horror un robo de tanta importancia. En medio de eso, el archiganzúa que me hizo la propuesta tuvo arte para convencerme; y vean ustedes cuál fué el éxito de nuestra empresa. El jaquetón, hombre robusto y rollizo, vino a la posada el día siguiente a boca de noche. Mostréle el gran baúl en que mi amo había encerrado sus ropas, y le pregunté si podría él solo cargar con un mueble tan pesado. «¿Tan pesado?—me dijo.—¡Sábete que cuando se trata de llevar lo ajeno, cargaría yo con el arca de Noé!» Diciendo esto, agarró el baúl, echósele a cuestas como si fuera una paja, y bajó las escaleras con la mayor ligereza. Seguíle yo al mismo paso, y ya estábamos los dos a la puerta de la calle, cuando hete aquí a don Abel, que, por gran fortuna suya, llegó a tiempo tan oportuno.

«¿Adónde vas con ese cofre?», me dijo muy enfadado. Fué tanta mi turbación, que no acerté a responderle ni una sola palabra, y el guapetón, viendo errado el golpe, echó el baúl a tierra y se escapó para ahorrar contestaciones. «¿Adónde vas, pues, con ese baúl?», me volvió a preguntar mi amo. «Señor—le respondí más muerto que vivo—, le hacía llevar al buque donde su merced se ha de embarcar mañana para Italia.» «Pero ¿por dónde sabías tú—me replicó—en qué buque me había de embarcar?» «Señor—repuse prontamente—, quien lengua tiene, a Roma va: informaríame en el puerto, y allí me lo dirían.» Al oír esta respuesta, que se le hizo muy sospechosa, me miró con unos ojos que parecía quererme tragar, y yo temí repitiese las bofetadas. «Pero dime—replicó otra vez—: ¿quién te mandó que sacares el baúl fuera de la posada sin orden mía?» «Su merced mismo—le dije—. ¿Ya no se acuerda usted de la reprensión que me dió hace pocos días? ¿No me dijo usted regañándome que sin esperar sus órdenes hiciese por mí mismo mi obligación para servirle? Pues en cumplimiento de este precepto iba a llevar su cofre de usted a la embarcación.» Entonces el jugador, conociendo que tenía yo más malicia de la que él había creído, me despidió de su casa, diciéndome serenamente: «Señor Escipión, a mí no me acomodan criados tan sutiles. ¡Vaya usted, señor Escipión! ¡El Cielo le guíe! ¡No me gusta jugar con sujetos que tan pronto tienen una carta de más como de menos! ¡Quítate de mi presencia—añadió mudando de tono—, si no quieres que te haga cantar sin solfa!»

»No aguardé a que me lo dijese dos veces; me alejé al momento, lleno de miedo de que me mandase quitar el vestido, que por fortuna me dejó, y eché a andar pensando adónde podría ir a alojarme con dos reales a que se reducía todo mi caudal. Llegué a la puerta del palacio arzobispal a tiempo que se estaba disponiendo la cena, y salía de la cocina un olor tan grato, que se percibía una legua en contorno. «¡Cáspita!—dije entre mí—. ¡Me contentaría con cualquiera de estos platos que me regalan el olfato, y aun sólo con que me dejasen meter en alguno los cuatro deditos y el pulgar! Pero qué, ¿no podré discurrir un medio para probar estos platos que no he hecho más que oler? ¿Por qué no? Esto no me parece imposible.» Entregado enteramente a este pensamiento, me ocurrió una feliz treta, que quise probar inmediatamente, y no me salió mal. Entréme en el patio de palacio, y comencé a correr hacia las cocinas gritando a más no poder en aire y tono de asustado: ¡Socorro! ¡Socorro!, como si me viniera siguiendo alguno para quitarme la vida.

»A mis descompasadas voces acudió apresurado el maestro Diego, cocinero del arzobispo, con tres o cuatro galopines de cocina; y no viendo a nadie más que a mí, todos me preguntaron qué tenía y por qué gritaba de aquella manera. «¡Señores—les respondí fingiendo miedo—, por amor de Dios favorézcanme ustedes y líbrenme de ese asesino que me quiere matar!» «¿Adónde está ese asesino?—exclamó Diego—. Porque tú estás solo, y tras de ti no viene ni siquiera un gato. ¡Vamos, hijo mío, sosiégate! Sin duda que algún bufón se ha querido divertir en asustarte y se ha retirado luego que te ha visto entrar en palacio, porque, cuando menos, le hubiéramos cortado las orejas.» «¡No, no—le dije al cocinero—; no me siguió de chanza! ¡Es un gran ladrón que quería robarme, y estoy seguro de que me está esperando en la calle!» «Si fuese así—replicó el cocinero—, en verdad que tendrá que aguardarte largo tiempo, porque has de cenar y dormir aquí, y no te dejaremos salir hasta mañana.»

»No puedo ponderar el gusto que me causaron estas últimas palabras, ni lo admirado que me quedé cuando, conducido por el maestro Diego a las cocinas, se me presentó a la vista el aparato de la cena. Conté hasta quince personas empleadas en ella; mas no pude contar la variedad de exquisitos platos que se me ofrecieron a la vista. Entonces fué cuando conocí por la primera vez lo que era sensualidad, recibiendo a nariz llena el olor de tantas delicadísimas viandas que jamás había probado. Tuve la honra de cenar y dormir con los galopines de cocina, todos los cuales quedaron tan prendados de mí, que cuando a la mañana siguiente fuí a dar gracias al maestro Diego por el favor que me había hecho en recogerme con tanta generosidad la noche anterior, me dijo: «Mis mozos de cocina te han tomado tanto cariño, que todos a una voz me han asegurado se alegrarían de tenerte por camarada. Dime ahora con toda franqueza si gustarías ser su compañero.» Yo le respondí que si lograra tal fortuna me tendría por el hombre más feliz del mundo. «Siendo eso así, amigo mío—me dijo—, desde este mismo punto te puedes contar por criado de la casa arzobispal.» Y diciendo esto, me llevó al cuarto del mayordomo, el cual, observando mi despejo, me juzgó digno de ser admitido entre los marmitones.

»Al instante que tomé posesión de tan decoroso empleo, el maestro Diego, que seguía la antigua costumbre de los cocineros de las casas grandes, conviene a saber, de enviar todos los días varios platos a sus queriditas, me eligió para enviar a cierta dama de la vecindad ya trozos de ternera y ya aves y cacería. Era la buena señora una viuda de treinta años a lo más, muy linda y vivaracha, y que tenía todas las trazas de no ser del todo fiel a su generoso cocinero. Este, no contento con proveerla de pan, carne, tocino y aceite, la abastecía también de vino; y todo esto, ya se entiende, a costa del señor arzobispo.

»En el palacio de su ilustrísima acabé de perfeccionarme en mis mañas, pegando un chasco de que todavía hay y habrá por largo tiempo en Sevilla gran memoria. Los pajes y otros familiares pensaron en representar una comedia para celebrar los días del amo. Escogieron la de Los Benavides; y como era menester un muchacho de mi edad que hiciese el papel de rey niño de León, echaron mano de mí. El mayordomo, que se preciaba de saber representar, tomó de su cuenta el ensayarme; y con efecto, me dió algunas lecciones, asegurando a todos que no sería yo el que me portase peor. Como la función la costeaba el arzobispo, no se perdonó gasto alguno para que fuese lucida. Armóse en un salón un soberbio teatro adornado con el mejor gusto, en uno de cuyos lados se dispuso un lecho de césped, donde debía yo fingirme dormido cuando viniesen los moros a asaltarme para llevarme prisionero. Luego que todos los actores estuvieron ensayados, el arzobispo señaló día para la función, convidando a todas las damas y principales caballeros de la ciudad.

»Llegada la hora de la comedia, cada actor se vistió del traje que le correspondía. Por lo que toca al mío, el sastre me lo presentó acompañado del mayordomo, que, habiendo tenido el trabajo de ensayarme, quiso tener también la paciencia de verme vestir. Trájome el sastre un ropaje talar de rico terciopelo azul, todo guarnecido de galones y botones de oro y con mangas largas adornadas con flecos del mismo metal. El propio mayordomo me puso en la cabeza por su mano una corona de cartón dorado, sembrada de muchas perlas finas, mezcladas con algunos diamantes falsos. Pusiéronme una faja de seda de color de rosa, recamada toda de flores de plata y cuyos remates eran dos graciosas borlas de hilo de oro. A cada cosa de éstas que me ponían se me figuraba que me estaban dando alas para volar y escaparme. Comenzó, en fin, la comedia al anochecer. Yo abrí la escena con una relación, la cual concluía diciendo que, no pudiendo resistir a las dulzuras del sueño, iba a entregarme a él. Con efecto, me metí entre bastidores y me recosté en el lecho de césped que me estaba preparado; pero en lugar de dormir me puse sólo a pensar de qué modo podría salir a la calle y escaparme con mis vestiduras reales. Una escalerilla oculta, por la cual se bajaba desde el teatro al salón, me pareció a propósito para la ejecución de mi designio. Levantéme de la cama con mucho tiento, y, viendo que nadie me observaba, me escurrí por dicha escalerilla al salón, a cuya puerta pude llegar diciendo: «¡A un lado! ¡A un lado, que voy a mudar de traje!» Todos se pusieron en fila para dejarme pasar, de manera que en menos de dos minutos salí libremente del palacio a favor de la obscuridad y me fuí a casa de mi amigo el valentón.

»Quedóse parado de verme en aquel traje. Contéle el caso, que le hizo reír hasta más no poder. Abrazóme con tanto más regocijo cuanto se lisonjeaba de tener parte en los despojos del rey de León; me felicitó por haber dado un golpe tan diestro, y me dijo que si los progresos correspondían a los principios, haría yo con el tiempo gran ruido en el mundo por mi talento. Después que nos alegramos y divertimos largamente los dos celebrando mi grande hazaña, pregunté yo a mi jaquetón: «¿Y qué hemos de hacer ahora de estos ricos vestidos?» «Eso no te dé cuidado—me respondió—; conozco a un prendero muy hombre de bien, el cual compra toda la ropa que le lleven a vender sin andar con preguntas, una vez que le tenga cuenta el comprarla. Mañana le buscaré y le traeré aquí.»

»En efecto; al día siguiente muy de mañana se levantó, dejándome en la cama, y dos horas después volvió con el prendero, el cual traía un lío cubierto con tela amarilla. «Amigo—me dijo—, aquí te presento al señor Ibáñez de Segovia, hombre de la mayor integridad, a pesar del mal ejemplo que le dan los de su oficio. El te dirá en conciencia lo que vale el vestido de que te quieres deshacer, y puedes fiarte ciegamente en lo que te dijere.» «En cuanto a eso—dijo el prendero—, me tendría por el hombre más ruin y miserable del mundo si tasara una cosa en menos de lo que vale. Hasta ahora, gracias a Dios, ninguno ha tachado de esto a Ibáñez de Segovia. Veamos—añadió—esa ropa que usted quiere vender, y le diré en conciencia lo que vale.» «Aquí está—dijo el valentón poniéndosela delante—. No me negará usted que nada hay más magnífico: observe usted la hermosura de este terciopelo de Génova y lo exquisito de su guarnición.» «Verdaderamente que me encanta—respondió el prendero después de haber examinado el vestido con la mayor atención—; es de lo que no he visto en mi vida.» «¿Y qué juicio hace usted—le preguntó mi amigo—de las perlas que adornan esta corona?» «Si fueran redondas—respondió Ibáñez—no tendrían precio; pero tales cuales son me parecen bellísimas y me gustan tanto como lo demás. Ni puedo menos de decir lo que siento; otro prendero estafador, en mi lugar aparentaría despreciar la mercancía para adquirir a bajo precio y no se avergonzaría de ofrecer por ella veinte doblones; pero yo, que tengo conciencia, ofrezco cuarenta.»

»Aun cuando Ibáñez hubiera ofrecido ciento no hubiera sido un apreciador muy justificado, pues que solamente las perlas valían más de doscientos; pero el valentón, que se entendía con él, me dijo: «¡Mira la fortuna que has tenido de tropezar con un hombre tan timorato! El señor Ibáñez aprecia las cosas como si estuviera en el artículo de la muerte.» «Así es—respondió el prendero—, y por eso no hay que andar regateando conmigo ni por un solo maravedí; en cuyo supuesto, éste me parece ya negocio concluído. Voy a dar el dinero.» «¡Espere usted!—replicó el valentón—. Antes de eso es menester que mi amiguito se pruebe el vestido que le dije a usted trajese para él, y mucho me engañaré si no le viene pintado.» Desenvolvió entonces el lío el prendero, y me presentó una ropilla y unos calzones de buen paño musgo con botones de plata, todo medio usado. Me levanté para probarme el vestido, y aunque me venía muy ancho y muy largo, les pareció a los dos compinches haberse hecho a propósito para mí. Ibáñez lo tasó en diez doblones; y como nada se había de replicar a lo que decía, me fué preciso pasar por ello; de manera que sacó treinta doblones del bolsillo, los dejó sobre una mesa, hizo un envoltorio de mis vestiduras reales y de mi corona, y se lo llevó.

»Luego que se marchó me dijo el valentón: «Estoy muy satisfecho de este prendero.» Tenía razón para estarlo, porque puedo asegurar que le sacó por lo menos cien doblones de beneficio. Sin embargo, no se contentó con esto; tomó sin ceremonia la mitad del dinero que había sobre la mesa y me dejó lo restante, diciéndome: «Mi querido Escipión, te aconsejo que con esos quince doblones que te quedan salgas al momento de esta ciudad, en donde puedes considerar las diligencias que se harán para buscarte de orden del señor arzobispo. Tendría yo el mayor sentimiento si, después de la heroica acción que has hecho para inmortalizar tu nombre, te expusieras neciamente a ser encerrado en una prisión.» Respondíle que ya estaba resuelto a alejarme cuanto antes de Sevilla; y con efecto, habiendo comprado un sombrero y algunas camisas, salí de la ciudad, y caminando por la espaciosa y amena campiña que entre viñas y olivares conduce a la antigua ciudad de Carmona, en tres días llegué a Córdoba.

»Alojéme en un mesón a la entrada de la plaza Mayor, donde viven los mercaderes. Vendíme por un hijo de familia natural de Toledo, que viajaba únicamente por mi gusto. Mi traje era bastante decente para hacerlo creer, y algunos doblones que de propósito saqué delante del posadero le acabaron de persuadir, si ya en vista de mis pocos años no me tuvo por algún muchacho travieso que se había escapado de casa de sus padres después de haberles robado. Como quiera que fuese, él no se mostró muy deseoso de saber más de lo que yo le decía, quizá por temor de que su curiosidad no me obligase a mudar de posada. Por seis reales diarios se daba buen trato en esta casa, donde comúnmente había gran concurrencia de gentes. Conté por la noche a la cena hasta doce personas a la mesa, y lo mejor que había era que todos comían sin hablar palabra, excepto uno que, hablando sin cesar a diestro y siniestro, compensaba bien con su charlatanería el silencio de los demás. Preciábase de agudo y de gracioso, contando cuentos y embanastando chistes para divertirnos, los que alguna vez nos hacían reír a carcajadas, menos, en verdad, por celebrar sus ocurrencias que por burlarnos de ellas.

»Yo por mí hacía tan poco caso de todo lo que charlaba aquel estrafalario, que me hubiera levantado de la mesa sin poder dar razón de nada de cuanto había hablado, a no haberse metido él mismo en una conversación que me importaba. «Señores—exclamó al fin de la cena—, les reservo a ustedes para postres un gracioso chasco que los días pasados dió un pícaro de muchacho en el palacio del arzobispo de Sevilla. Contómelo cierto bachiller amigo mío que se halló presente.» Sobresaltáronme un poco estas palabras, no dudando que el lance que iba a contar era el mío; y, con efecto, no me engañé. Refirió el tal sujeto el pasaje con toda exactitud, y aun me hizo saber lo que yo ignoraba; es decir, lo ocurrido en el salón después de mi fuga, que fué lo que voy a referir a ustedes.

»Apenas me escapé, cuando los moros que, según orden de la comedia que se representaba, debían apoderarse de mí aparecieron en la escena con el designio de venir a sorprenderme en la cama de césped en que me creían dormido; pero cuando quisieron echarse sobre el rey de León, se quedaron sumamente atónitos de no encontrar ni rey ni roque. Paró la comedia, agitáronse todos los actores; unos me llaman, otros me buscan, éste grita, y aquél me da a todos los diablos. El arzobispo, que oyó la bulla y confusión que había detrás del teatro, preguntó la causa. A la voz del prelado, un paje, que hacía de gracioso en la comedia, salió y dijo: «No tema ya su ilustrísima que los moros hagan prisionero al rey de León, porque acaba de ponerse en salvo con sus vestiduras reales.» «¡Bendito sea Dios!—exclamó el arzobispo—. ¡Ha hecho muy bien en huir de los enemigos de nuestra religión, librándose de las cadenas que le preparaban! Sin duda se habrá vuelto a León, capital de su reino, y deseo que haya llegado con toda felicidad. Por lo demás, mando seriamente que ninguno vaya en su seguimiento; sentiría mucho que su majestad tuviese que padecer la menor desazón por parte mía.» Luego que dijo esto dió orden de que se leyese en alta voz mi papel y se acabase la comedia.

CAPITULO XI

Prosigue la historia de Escipión.

»Mientras me duró el dinero el posadero usó de grandes atenciones conmigo; pero luego que advirtió que se me había acabado comenzó a tratarme con desagrado, buscando camorra a cada paso, y una mañana me dijo que le hiciera el favor de salir de su casa. Dejéla desdeñosamente, y me entré a oír misa en la iglesia de los padres dominicos. Mientras la estaba oyendo se acercó a mí un anciano pobre y me pidió limosna; saqué del bolsillo dos o tres maravedises, que le di diciendo: «Amigo mío, ruegue usted a Dios que me proporcione pronto una buena conveniencia. Si fuere oída su oración, no se arrepentirá de haberla hecho, y cuente con mi agradecimiento.»

»A estas palabras me miró el pobre con mucha atención, y con seriedad me dijo: «¿Qué clase de conveniencia desea usted?» «Quisiera—le respondí—acomodarme de lacayo en cualquiera casa en donde lo pasase bien.» Me preguntó si me urgía. «No puede urgir más—le contesté—, porque si no logro cuanto antes la dicha de colocarme, no hay medio: o habré de morir de hambre, o tendré que ser uno de vuestros compañeros.» «Si llegara ese caso—repuso él—, se le haría a usted muy cuesta arriba no estando acostumbrado a nuestra vida; pero a poco que se hiciese a ella, preferiría nuestro estado al de servir, que es sin disputa inferior a la mendicidad. Sin embargo, ya que usted quiere más servir que pasar como yo una vida holgada e independiente, dentro de poco tendrá usted amo. Aquí donde usted me ve, puedo serle útil; hállese aquí mañana a esta misma hora.»

»Tuve buen cuidado de no faltar; volví al día siguiente al mismo sitio, en donde no tardó mucho en presentarse el mendigo, que, acercándose a mí, me dijo que tuviera la bondad de seguirle. Hícelo así, y me llevó a un sótano no distante de la misma iglesia y en el cual tenía su albergue. Entramos ambos en él, y habiéndonos sentado en un banco largo que por lo menos habría servido cien años, el pobre me habló de esta manera: «Una buena acción, como dice el refrán, halla siempre su recompensa. Ayer me dió usted limosna, y esto me ha determinado a proporcionarle una buena colocación, la que, si Dios quiere, se conseguirá muy presto. Conozco a un dominico anciano llamado el padre Alejo, que es un santo religioso y un excelente director espiritual; tengo el honor de ser su demandadero, y desempeño este empleo con tanta discreción y fidelidad, que nunca se niega a emplear su valimiento en mi favor y en el de mis amigos. Yo le hablé de usted, y le dejé muy inclinado a servirle. Le presentaré a su reverencia cuando usted quiera.» «¡No hay que perder momento!—dije al viejo mendigo—. ¡Vamos ahora mismo a ver ese buen religioso!» Vino en ello el pobre, y al momento me condujo a la celda del padre Alejo, a quien encontramos escribiendo cartas espirituales. Suspendió su trabajo para hablarme, y me dijo que a ruegos del mendigo se interesaba por mí. «Habiendo sabido—continuó—que el señor Baltasar Velázquez necesita de un criado le he escrito esta mañana en tu favor, y acaba de responderme que te recibirá ciegamente yendo con mi recomendación. Puedes ir hoy mismo a verle de mi parte, porque es mi penitente y mi amigo.» Sobre esto el religioso me estuvo exhortando por espacio de tres cuartos de hora a que cumpliese bien con mis deberes, y se extendió particularmente sobre la obligación que yo tenía de servir con esmero al señor Velázquez; y concluyó asegurándome que él cuidaría de mantenerme en mi acomodo, con tal que mi amo no tuviese queja de mí.

»Después de haber dado gracias por su favor al religioso, salí del convento con el pordiosero, quien me dijo que el señor Baltasar Velázquez era un mercader de paños, anciano, rico, cándido y bondadoso; «y no dudo—añadió—que lo pasará usted perfectamente en su casa». Me informé del sitio donde vivía, y al momento pasé allá después de haber prometido al mendigo mostrarme agradecido a sus buenos servicios tan pronto como estuviese bien arraigado en mi acomodo. Entré en una gran tienda, en donde dos mancebos decentemente puestos que se paseaban de un lado a otro con modales afectados esperaban compradores. Preguntéles si el amo estaba en casa, y les dije que tenía que hablarle de parte del padre Alejo. Al oír este nombre venerable me hicieron entrar en la trastienda, donde estaba el mercader hojeando un gran libro de asiento que tenía sobre el escritorio. Saludéle respetuosamente, y habiéndome acercado a él, «Señor—le dije—, yo soy el mozo que el reverendo padre Alejo le ha propuesto para criado.» «¡Ah, hijo mío—me respondió—; seas muy bien venido! Basta que te envíe ese santo hombre; te recibo a mi servicio con preferencia a tres o cuatro criados por quienes me han hablado. Es negocio concluído, y desde hoy te corre el salario.»

»No necesité estar mucho tiempo en casa del mercader para conocer que era tal cual me le habían pintado, y aun me pareció tan sencillo que no pude menos de pensar en lo mucho que me costaría dejar de jugarle alguna pieza. Hacía cuatro años que estaba viudo y tenía dos hijos: un varón que acababa de cumplir veinticinco años y una hembra que entraba en los quince. Esta, educada por una dueña severa y dirigida por el padre Alejo, caminaba por la senda de la virtud; pero Gaspar Velázquez, su hermano, aunque nada se había omitido para hacerle hombre de bien, tenía todos los vicios de un mozo licencioso. A veces pasaba dos o tres días fuera de casa, y si cuando volvía le daba el padre alguna reprensión, Gaspar le mandaba callar levantando la voz más que él.

«Escipión—me dijo un día el viejo—, tengo un hijo que me da mucho que sentir. Está envuelto en todo género de desórdenes, lo que verdaderamente extraño, porque su educación de ningún modo fué descuidada; le he tenido buenos maestros y mi amigo el padre Alejo ha hecho cuanto ha podido para atraerle al camino de la virtud, sin haberlo podido conseguir; Gaspar se ha enfangado en el libertinaje. Acaso me dirás que le he tratado con demasiada indulgencia en la pubertad y que eso le habrá perdido. Pero no es así: le he castigado siempre que me pareció necesario el rigor, porque, aunque soy tan bonazo, tengo entereza en las ocasiones que la piden, y aun le hice encerrar en una casa de corrección, de donde salió peor que entró en ella. En una palabra, es de aquellos mozos perdidos a quienes no pueden corregir el buen ejemplo, las represiones ni los castigos; sólo Dios puede hacer este milagro.»

»Si no me causó lástima la aflicción de aquel desgraciado padre, a lo menos aparenté que la tenía. «¡Cuánto me compadezco, señor!—le dije—. Un hombre tan honrado como usted merecía tener mejor hijo.» «¿Qué le hemos de hacer, hijo mío?—me respondió—. ¡Dios ha querido privarme de este consuelo! Entre los pesares que me da Gaspar—continuó—, te diré en confianza uno que me causa mucho desasosiego, y es la inclinación a robarme, que con demasiada frecuencia halla medios de satisfacer, a pesar de mi vigilancia. El criado antecesor tuyo estaba de inteligencia con él y por eso le despedí; pero de ti espero que no te dejarás seducir de mi hijo y que mirarás con celo y fidelidad por mis intereses, como sin duda te lo habrá encargado mucho el padre Alejo.» «Así es, señor—le repliqué—; durante una hora su reverencia no hizo otra cosa que exhortarme a no tener puesta la mira sino en el bien de su merced; pero puedo asegurar que para esto no necesitaba de su exhortación, porque me siento dispuesto a servir a su merced fielmente, y por último le prometo un celo a toda prueba.»

»Para sentenciar un pleito es necesario oír a las dos partes. El mocito Velázquez, elegante hasta dejarlo de sobra, juzgando por mi fisonomía que yo no sería más difícil de seducir que mi antecesor, me llamó a un paraje retirado y me habló en estos términos: «Escucha, amigo mío: estoy persuadido de que mi padre te habrá encargado que me espíes; pero te advierto que mires cómo lo haces, porque este oficio tiene sus quiebras. Si llego a conocer que andas averiguando mis acciones, te he de matar a palos; pero si quieres ayudarme a engañar a mi padre, puedes esperarlo todo de mi agradecimiento. ¿Quieres que te hable más claro? Tendrás tu parte en las redadas que echemos juntos. Escoge, y en este mismo momento declárate por el padre o por el hijo, porque no admito neutralidad.»

«Señor—le respondí—, mucho me estrecha usted y veo bien que no podré menos de declararme en su favor, aunque en la realidad me repugna ser traidor al señor Velázquez.» «¡Déjate de esos escrúpulos!—replicó Gaspar—. Mi padre es un viejo avaro que quisiera traerme todavía con andadores; un miserable que me niega lo que necesito, rehusándose a contribuir a mis placeres, siendo éstos de pura necesidad en la edad de veinticinco años; este es el verdadero aspecto bajo el cual debes mirar a mi padre.» «¡Basta, señor!—le dije—. No es posible resistir a un motivo tan justo de queja. Me ofrezco a ayudar a usted en sus loables empresas, pero ocultemos ambos bien nuestra inteligencia, para que no se vea en la calle vuestro fiel aliado. Creo que lo acertará usted si aparenta aborrecerme; hábleme con aspereza en presencia de los demás, sin escasear las malas palabras. Tampoco hará daño tal cual bofetón y algún puntapié en las asentaderas; antes bien, cuanta más aversión me mostrare usted, tanta mayor confianza hará de mí el señor Baltasar. Por mi parte, fingiré huir de la conversación de usted; en la mesa le serviré mostrando que lo hago a más no poder, y cuando hable de usted con los mancebos de la tienda no lleve a mal que diga de su persona cuanto malo me viniere a la boca.»

«¡Vive diez—exclamó el mozo Velázquez al oír estas últimas palabras—que estoy admirado de ti, amigo mío! En la edad que tienes, muestras un ingenio singular para todo lo que sea enredo. Desde luego me prometo de él los más felices resultados y espero que con el auxilio de tu talento no he de dejar ni un solo doblón a mi padre.» «Usted me honra demasiado—le dije—confiando tanto en mi industria; haré cuanto pueda para no desmentir el concepto que ha formado de mí, y si no puedo conseguirlo a lo menos no será culpa mía.»

»Tardé poco en hacer ver a Gaspar que yo era efectivamente el hombre que necesitaba, y he aquí cuál fué el primer servicio que le hice: el arca del dinero de Baltasar estaba en la alcoba donde dormía este buen hombre, al lado de su cama, y le servía de reclinatorio. Siempre que yo la veía me alegraba la vista y en mi interior le decía muchas veces: «¡Mi amada arca! ¿Estarás siempre cerrada para mí? ¿No tendré nunca el placer de contemplar el tesoro que encierras?» Como yo iba cuando me daba la gana a la alcoba, cuya entrada sólo a Gaspar estaba prohibida, entré un día a tiempo que su padre, creyendo que nadie le veía, después de haber abierto y vuelto a cerrar el arca, escondió la llave detrás de un tapiz. Noté cuidadosamente el sitio y di parte de este descubrimiento al amo mozo, que me dijo abrazándome de alegría: «¡Ah mi querido Escipión! ¿Qué es lo que acabas de decirme? ¡Nuestra fortuna es hecha, hijo mío! Hoy mismo te daré cera, estamparás en ella la llave y me devolverás la cera prontamente. Poco trabajo me costará hallar un cerrajero servicial en Córdoba, que no es la ciudad de España en donde hay menos bribones.»

»Pero ¿a qué fin—dije a Gaspar—quiere usted mandar hacer una llave falsa, cuando podemos servirnos de la verdadera?» «Es cierto—me respondió—; pero temo que mi padre, por desconfianza o por otro motivo, la quiera esconder en otra parte, y lo más seguro es tener una que sea nuestra.» Creí fundado su recelo, y aprobando su pensamiento me dispuse a estampar la llave en la cera, lo que ejecuté una mañana mientras que mi viejo amo hacía una visita al padre Alejo, con quien tenía frecuentemente largas conversaciones. No contento con esto, me serví de la llave para abrir el arca, que, estando llena de talegos grandes y pequeños, me puso en una perplejidad agradable, porque no sabía cuál escoger, sintiéndome ciegamente enamorado de los unos y de los otros. Sin embargo, como el miedo de ser sorprendido no me permitía hacer un detenido examen, echó mano a Dios y a ventura de uno de los mayores. En seguida, habiendo cerrado el arca y vuelto a poner la llave detrás del tapiz, salí de la alcoba con mi presa, que fuí a esconder debajo de mi cama en una pieza pequeña donde yo dormía.

»Después de concluída esta operación con tanta felicidad, me fuí a buscar al joven Velázquez, que me estaba esperando en una casa vecina, para donde me había dado cita, y le llené de gozo contándole lo que acababa de ejecutar. Quedó tan satisfecho de mí, que me hizo mil caricias y me ofreció generosamente la mitad del dinero que había en el talego, que yo no quise aceptar. «Señor—le dije—, este primer talego es para usted solo; sírvase usted de él para sus necesidades. Presto volveré a hacer una visita al arca, en donde, gracias a Dios, hay dinero para entrambos.» Efectivamente, tres días después saqué de ella otro talego, que contenía, como el primero, quinientos escudos, de los cuales no quise admitir más que la cuarta parte, por más instancias que me hizo Gaspar para obligarme a que los repartiésemos entre los dos como buenos hermanos.

»Luego que el mozuelo se vió con tanto dinero, y por consiguiente en estado de satisfacer la pasión que tenía a las mujeres y al juego, se entregó a ellas totalmente, y aun tuvo la desgracia de encapricharse con una de aquellas famosas damas cortesanas que en poco tiempo devoran y se tragan los caudales más pingües. Ocasionóle ésta tan excesivos gastos, y me puso en la necesidad de hacer tantas visitas al arca, que al fin el viejo Velázquez echó de ver que le robaban. «Escipión—me dijo una mañana—, tengo que hacerte una confianza: alguno me roba, amigo mío. Han abierto mi arca del dinero y me han sacado de ella muchos talegos. El hecho es constante; pero ¿a quién debo atribuir este robo? O por mejor decir, ¿quién otro sino mi hijo puede haberle hecho? Gaspar habrá entrado furtivamente en mi alcoba, o acaso tú mismo le habrás introducido en ella, porque estoy tentado a creerte su confederado, aunque parezcáis mal avenidos los dos. Sin embargo, no quiero abrigar esta sospecha, habiendo salido el padre Alejo por responsable de tu fidelidad.» Respondí que, gracias al Cielo, no me tentaba la hacienda ajena, y acompañé esta mentira con una exterioridad hipócrita que contribuyó a sincerarme.

»Con efecto, el viejo no volvió a hablarme sobre el asunto; pero no dejó de envolverme en su desconfianza, y tomando precauciones contra nuestros atentados, mandó poner al arca una cerradura nueva, cuya llave traía desde entonces continuamente en la faltriquera. Habiéndose interrumpido por este medio toda comunicación entre nosotros y los talegos, quedamos sin saber lo que nos pasaba, particularmente Gaspar, que, no pudiendo ya gastar tanto con su ninfa, temió hallarse precisado a no verla más. En medio de esto, discurrió un arbitrio ingenioso que le proporcionó mantener su correspondencia por algunos días más, y fué el de apropiarse, por vía de empréstito, aquello que me había tocado a mí de las sangrías que yo había hecho al arca. Entreguéle hasta el último maravedí, lo que, a mi parecer, podía pasar por una restitución anticipada que yo hacía al mercader anciano en la persona de su heredero.

»Luego que el desordenado mozo acabó de consumir aquel recurso, considerando que ya no le quedaba ningún otro, cayó en una melancolía profunda y obscura que poco a poco trastornó su razón. No mirando ya a su padre sino como a un hombre que causaba la desgracia de su vida, dió en una furiosa desesperación, y, sin escuchar la voz de la sangre, el miserable concibió el horroroso designio de envenenarle. Poco satisfecho con haberme confiado este execrable proyecto, tuvo aliento para proponerme le sirviese de instrumento a su venganza. Horroricéme al oírle semejante propuesta, y le dije: «¡Es posible, señor, que estéis tan dejado de la mano de Dios que hayáis podido formar esa abominable resolución! Pues qué, ¿tendríais valor para quitar la vida al autor de la vuestra? ¿Habríase de ver en España, en el seno del cristianismo, cometerse un crimen cuya sola idea horrorizaría a las más bárbaras naciones? ¡No, mi querido amo—añadí echándome a sus pies—, no! ¡Usted no hará una acción que excitaría contra sí toda la indignación de la Tierra y que sería castigada con un infame suplicio!»

»Aleguéle todavía a Gaspar otras razones para disuadirle de un pensamiento tan culpable, y yo no sé dónde pude encontrar raciocinios tan honrados y discretos como empleé para combatir su desesperación; lo cierto es que le hablé como pudiera un doctor de Salamanca, a pesar de ser tan joven e hijo de la Coscolina. No obstante, por más que hice para convencerle de que debía volver sobre sí y desechar animosamente las detestables ideas que se habían apoderado de su ánimo, fué inútil toda mi elocuencia. Bajó la cabeza, y, guardando un taciturno silencio, me hizo comprender que no desistiría a pesar de cuanto pudiera decirle.

»En vista de esto, tomando mi determinación dije al anciano que quería hablarle en secreto, y habiéndome encerrado con él, «Señor—le dije—, permítame usted que me arroje a sus pies e implore su misericordia.» Dichas estas palabras, me postré delante de él lleno de agitación y con el rostro bañado en lágrimas. Atónito el mercader de aquella demostración y de verme tan turbado, me preguntó qué había hecho. «¡Un delito de que me arrepiento—le respondí—y que lloraré toda mi vida! He tenido la flaqueza de dar oídos a su hijo de usted y de ayudarle a que le robase.» Al mismo tiempo le hice una confesión sincera de todo lo sucedido en este particular, después de lo cual le di cuenta de la conversación que acababa de tener con Gaspar, cuyo designio le revelé sin omitir la menor circunstancia.

»Por más mal concepto que el anciano Velázquez tuviese de su hijo, apenas podía dar crédito a mis palabras. Sin embargo, no dudando de la verdad de mi narración, «Escipión—me dijo levantándome del suelo, porque estaba todavía arrodillado—, yo te perdono en gracia del importante aviso que acabas de darme. ¡Gaspar—continuó alzando la voz—, Gaspar quiere quitarme la vida! ¡Ah, hijo ingrato, monstruo a quien hubiera valido más ahogar al tiempo de nacer que dejarle vivir para ser un parricida! ¿Qué motivo tienes para atentar contra mis días? ¡Todos los años te doy una cantidad suficiente para tus diversiones, y no estás contento! ¿Conque será necesario para contentarte permitirte que disipes todos mis bienes?» Habiendo hecho este doloroso apóstrofe, me encargó el secreto y me dijo que le dejase solo para pensar lo que debía hacer en tan delicada coyuntura.

»Yo estaba con la mayor inquietud por saber qué resolución tomaría aquel desgraciado padre, cuando en el mismo día llamó a Gaspar, y, sin darle a entender lo que sabía, le habló de este modo: «Hijo mío, he recibido una carta de Mérida, en que me dicen que si te quieres casar se proporciona una señorita de quince años, que, sobre ser muy hermosa, llevará consigo un gran dote. Si no tienes repugnancia al matrimonio, mañana al romper la aurora partiremos los dos a Mérida, veremos la persona que te proponen y si te gusta te casarás con ella.» Cuando Gaspar oyó hablar de un gran dote, y creyendo tenerlo ya en su poder, respondió sin vacilar que estaba pronto a hacer el viaje, y, con efecto, el día siguiente al amanecer marcharon solos y montados ambos en buenas mulas.

»Luego que llegaron a las montañas de Fesira y se vieron en un sitio tan apetecido de los salteadores como temido de los pasajeros, Baltasar echó pie a tierra, diciendo a su hijo que hiciese lo mismo. Obedeció el mozo y preguntó para qué le hacía apear en aquel paraje. «Voy a decírtelo—le respondió el anciano mirándole con unos ojos en que estaban pintados la cólera y el dolor—. No iremos a Mérida, y la boda de que te he hablado es una mera invención mía sólo para atraerte aquí. No ignoro, hijo ingrato y desnaturalizado, no ignoro el atentado que proyectas; sé que por disposición tuya se tiene preparado un veneno para dármelo. Pero dime, insensato, ¿has podido lisonjearte de quitarme de este modo impunemente la vida? ¡Qué horror! Tu crimen se descubriría bien pronto y morirías a manos del verdugo. Hay—continuó—otro medio más seguro para que satisfagas tu furor sin exponerte a una muerte ignominiosa. Aquí estamos los dos sin testigos y en un sitio en que cada día se cometen asesinatos. Ya que tan sediento estás de mi sangre, sepulta en mi pecho tu puñal y se atribuirá esta muerte a los salteadores.» A estas palabras, descubriendo Baltasar el pecho y señalando el sitio del corazón a su hijo, «¡Mira, Gaspar—añadió—, dame aquí un golpe mortal, para castigarme de haber engendrado a un malvado como tú!»

»El joven Velázquez, herido como de un rayo con estas palabras, muy lejos de intentar sincerarse, cayó de repente sin sentido a los pies de su padre. El buen anciano, viéndole en aquel estado, que le pareció un principio de arrepentimiento, no pudo menos de ceder a la pasión paternal y acudió prontamente a socorrerle; pero Gaspar, luego que volvió en sí, no pudiendo sufrir la presencia de un padre tan justamente irritado, hizo un esfuerzo para levantarse, volvió a montar en su mula y se alejó sin decir una palabra. Dejóle ir Baltasar, y, abandonándole a sus remordimientos, se restituyó a Córdoba, en donde seis meses después supo que su hijo había tomado el hábito en la Cartuja de Sevilla, para pasar allí el resto de su vida haciendo penitencia.

CAPITULO XII

Fin de la historia de Escipión.

»Ocasiones hay en que el mal ejemplo suele producir buenos efectos. La conducta que el joven Velázquez había tenido me obligó a hacer serias reflexiones sobre la mía. Comencé a combatir mi inclinación a hurtar y me propuse vivir como hombre honrado. El hábito que yo había contraído de apoderarme de cuanto dinero podía haber a las manos se había radicado en mí con actos tan repetidos que no era fácil de vencer. Sin embargo, esperaba lograrlo, persuadido de que para ser virtuoso no es menester mas que quererlo de veras. Emprendí, pues, esta grande obra, y el Cielo bendijo mis esfuerzos; dejé de mirar con ojos codiciosos el arca del mercader anciano, y aun creo que aunque hubiera estado en mi mano sacar de ella algunos talegos no los hubiera tocado. Sin embargo, confesaré que hubiera sido gran imprudencia poner a prueba mi integridad reciente, de lo cual se guardó muy bien Velázquez.

»Concurría frecuentemente a su casa un caballero joven de la Orden de Alcántara, llamado Manrique de Medrano. Todos le estimábamos mucho, porque era uno de nuestros parroquianos más nobles, aunque no de los más ricos. Prendóse tanto de mí este caballero, que siempre que me encontraba se detenía a hablar conmigo, mostrando gusto en ello. «Escipión—me dijo un día—, si yo tuviera un criado de tan buen humor, creería poseer un tesoro, y si no estuvieras con un sujeto a quien estimo, nada omitiría para atraerte a mi servicio.» «Señor—le respondí—, eso le costaría muy poco a vuestra señoría, porque tengo inclinación a las personas distinguidas. Este es mi flaco; sus modales caballerosos me encantan.» «Siendo eso así—me replicó don Manrique—, quiero suplicar a mi amigo el señor Baltasar que permita te pases de su servicio al mío, y creo que no me negará este favor.» Concedióselo Velázquez inmediatamente, y con tanta mayor facilidad cuanto que se persuadía que la pérdida de un criado bribón no era irreparable. Por mi parte, me alegré de esta traslación, no pareciéndome el criado de un mercader sino un desarrapado en comparación del criado de un caballero de Alcántara.

»Para hacer a ustedes un retrato fiel de mi nuevo amo, les diré que era un mozo arrogante, que encantaba a todos por sus apacibles costumbres y por su talento y que además tenía mucho valor y probidad. Sólo le faltaban bienes de fortuna; pero siendo el segundo de una casa más ilustre que rica, se veía obligado a vivir a expensas de una tía anciana residente en Toledo, que, amándole como si fuera hijo suyo, cuidaba de suministrarle cuanto dinero había menester para mantenerse. Vestía siempre con mucho aseo, y en todas partes era bien recibido. Visitaba las principales señoras de la ciudad, y entre otras a la marquesa de Almenara, que era una viuda de setenta y dos años, cuyos modales atractivos y agudeza de entendimiento atraían a su casa toda la nobleza de Córdoba. Damas y caballeros gustaban de su conversación, y su casa se llamaba la buena sociedad.

»Mi amo era uno de los que más frecuentemente obsequiaban a esta señora. Una noche que acababa de separarse de ella me pareció verle en un desasosiego que no era natural. «Señor—le dije—, parece que vuestra señoría está agitado. ¿Podrá este fiel criado saber la causa? ¿Le ha acontecido a vuestra señoría alguna cosa extraordinaria?» Mi amo se sonrió a esta pregunta y me confesó que, con efecto, le ocupaba la imaginación una conversación seria que acababa de tener con la marquesa de Almenara. «Me alegrara—le dije riéndome—que esa niña setentona hubiese hecho a vuestra señoría una declaración de amor.» «Pues no lo tomes a chanza—me respondió—; has de saber, amigo mío, que la marquesa me ama. Me ha dicho: «Me compadece tanto vuestra escasa fortuna cuanto aprecio vuestra distinguida nobleza; os miro con particular inclinación y he determinado daros mi mano para proporcionaros un estado cómodo, no pudiendo decentemente enriqueceros de otro modo. Preveo que este enlace dará mucho que reír de mí al público, que seré objeto de las murmuraciones y que todos me tendrán por una vieja loca que quiere casarse. No me da cuidado; todo lo despreciaré por proporcionar a usted una suerte venturosa, y lo único que temo—me ha añadido—es que mostréis repugnancia al cumplimiento de mi deseo.» Esto es lo que me ha dicho la marquesa—prosiguió mi amo—. Teniéndola, como la tengo, por la señora más juiciosa y prudente de Córdoba, considera lo admirado que quedaría yo de oírla hablar en aquellos términos. Le he respondido que me maravillaba de que me hiciese el honor de proponerme su mano una señora que siempre había persistido en la resolución de subsistir viuda hasta la muerte. A esto me ha replicado que, poseyendo tan considerables bienes, quería hacer participante de ellos en vida a un hombre honrado a quien estimaba.» «Sin duda—le repliqué entonces—que vuestra señoría está ya resuelto a saltar la valla.» «¿Puedes dudarlo?—me respondió mi amo—. La marquesa es dueña de inmensos bienes y tiene prendas eminentes; era preciso estar loco para malograr un establecimiento tan ventajoso para mí.»

»Alabéle mucho el pensamiento de aprovechar tan excelente ocasión de adelantar su fortuna, y aun le persuadí que acelerase los preparativos; tanto era el miedo que yo tenía de que se frustrase este enlace. Pero, por fortuna, la marquesa estaba más deseosa que yo de que se realizara, y a este fin dió órdenes tan eficaces, que en pocos días se dispuso todo lo necesario para celebrar la boda. Apenas se esparció por Córdoba la voz de que la marquesa vieja de Almenara se casaba con don Manrique de Medrano, cuando comenzaron los bufones a divertirse muy a costa de la buena viuda; pero por más que agotaron todas sus bufonadas y chocarrerías, no aflojó ésta un punto en su resolución. Dejó hablar a los ociosos y se fué muy sosegada a la iglesia con su don Manrique. Celebróse la boda con tan gran fausto, que dieron nuevo motivo a la murmuración. «La novia—se decía—debiera, a lo menos por pudor, haber suprimido la pompa y el estrépito, como impropios en la boda de viudas ancianas que se casan con mozos.»

»La marquesa, lejos de mostrarse avergonzada de ser a su edad esposa de un joven como aquél, se entregaba sin reserva al gozo que con ello experimentaba. Toda la nobleza cordobesa de uno y otro sexo estuvo convidada a una espléndida cena y a un baile no menos suntuoso que siguió después, al fin del cual nuestros recién casados desaparecieron para ir a una habitación, donde, encerrándose con una criada mayor y conmigo, la marquesa dirigió a mi amo estas palabras: «Don Manrique, ved aquí vuestro cuarto; el mío está al otro extremo de la casa; de noche cada uno estará en el suyo y por el día viviremos juntos como madre e hijo.» Al principio se engañó mi amo, creyendo que la señora no le hablaba de aquella suerte sino para obligarle a que le hiciese una dulce violencia, e imaginándose que por buena correspondencia debía mostrarse apasionado, se acercó a ella y se ofreció con vivas instancias a servirle de ayuda de cámara. Pero ella, muy lejos de permitir que la desnudase, le desvió con semblante serio, diciéndole: «¡Deteneos, don Manrique! Si me tenéis por una de esas viejas verdes que vuelven a casarse por fragilidad, estáis equivocado; no me he casado con vos sino para proporcionaros las ventajas que puedo por nuestro contrato matrimonial. Este es un don gratuito de mi corazón y no exijo de vuestro reconocimiento sino demostraciones de amistad.» Dicho esto, nos dejó a mi amo y a mí en nuestro cuarto, retirándose ella al suyo con su criada y prohibiendo absolutamente al caballero que le acompañase.

»Después que se retiró permanecimos los dos un gran rato atónitos de lo que acabábamos de oír. «Escipión—me dijo mi amo—, ¿esperabas oír lo que me ha dicho la marquesa? ¿Qué juicio haces de una señora como ésta?» «Juzgo, señor—le respondí—, que es de lo que no hay. ¡Qué dicha tiene usted en poseerla! ¡Esto se llama un beneficio simple sin carga!» «Yo—replicó don Manrique—no acabo de admirar el carácter de una esposa tan apreciable y pretendo compensar con todas las atenciones imaginables el sacrificio que ha hecho por mí.» Continuamos hablando de la señora y después nos retiramos a dormir, yo en una cama que había en un cuartito inmediato y mi amo en otra regalada y magnífica que le habían puesto y en la cual creo que allá en lo íntimo de su corazón no le pesó mucho dormir solo, quedando pagado de ello con un ligero susto.

»El día siguiente comenzaron de nuevo los regocijos, en los que la recién casada se mostró de tan buen humor que dió nuevo pábulo a las chanzonetas de los zumbones. Ella era la primera que se reía de lo que decían, los excitaba a chancearse y aun les daba pie para que aumentasen la chacota. El caballero por su parte no se mostraba menos contento que su esposa, y al ver el aspecto cariñoso con que la miraba y le hablaba, se hubiera dicho que estaba enamorado de la ancianidad. Aquella noche tuvieron los dos esposos otra conversación y quedaron de acuerdo en que, sin incomodarse uno a otro, vivirían del mismo modo que lo habían hecho antes de su casamiento. Sin embargo, merece elogiarse la conducta de don Manrique: hizo por consideración a su mujer lo que pocos maridos hubieran hecho en su lugar, que fué apartarse del trato que tenía con cierta señorita de la clase media, a quien amaba y de la que era correspondido, no queriendo, decía, mantener una amistad que parecía insultar la delicada conducta que su esposa observaba con él.

»Mientras estaba dando unas pruebas tan visibles de agradecimiento a esta señora anciana, ella se las pagaba con usura, aunque las ignorase. Hízole dueño del arca de su dinero, que valía más que la de Velázquez. Como había reformado su casa durante su viudez, la restituyó al mismo pie en que estaba en vida de su primer marido; aumentó el número de criados, llenó sus caballerizas de caballos y mulas; en una palabra, por sus generosas bondades, el caballero más pobre de la Orden de Alcántara llegó a ser el más opulento de ella. Acaso me preguntarán ustedes qué saqué de todo esto: mi ama me regaló cincuenta doblones y mi amo ciento, haciéndome además su secretario con el sueldo de cuatrocientos escudos; y aun hizo de mí tanta confianza, que me nombró su tesorero.»

«¡Su tesorero!», exclamé, interrumpiendo a Escipión cuando llegó a este paso y riéndome a carcajadas. «¡Sí, señor!—me replicó con semblante sereno y formal—. ¡Sí, señor, su tesorero! Y aun me atrevo a decir que desempeñé con honor aquel empleo. Es verdad que acaso habré quedado debiendo alguna cosilla a la caja, porque como me cobraba anticipadamente de mi salario y dejé de repente el servicio del caballero, no es imposible que haya resultado en la cuenta algún alcance; de todos modos, es la última reconvención que se me podrá hacer, supuesto que desde entonces acá he sido un hombre lleno de rectitud y probidad.

»Hallábame, pues—continuó el hijo de la Coscolina—, de secretario y tesorero de don Manrique, que vivía tan satisfecho de mí como yo lo estaba de él, cuando recibió una carta de Toledo en que le noticiaban que su tía doña Teodora Moscoso estaba a los últimos de su vida. Le fué tan dolorosa esta noticia, que al momento partió a dicha ciudad para asistir a aquella señora, que hacía muchos años desempeñaba con él los oficios de madre. Acompañéle en aquel viaje con un ayuda de cámara y un lacayo solamente, y montados todos cuatro en los mejores caballos de la cuadra, llegamos en posta a Toledo, en donde encontramos a doña Teodora en tal estado que nos dió esperanzas de que no moriría de aquella enfermedad. Con efecto, no desmintió el resultado nuestros pronósticos, aunque contrarios al de un médico ya viejo que la asistía.

»Mientras que la salud de nuestra buena tía se iba restableciendo visiblemente, menos quizá por los remedios que le hacían tomar que por la presencia de su querido sobrino, el señor tesorero empleaba su tiempo lo más alegremente que podía con ciertos jóvenes cuyo trato era muy a propósito para proporcionarle ocasiones de gastar su dinero. Llevábanme algunas veces a los garitos, en donde me incitaban a jugar con ellos, y como yo no era tan diestro jugador como mi amo don Abel, perdía muchas más veces de las que ganaba. Insensiblemente me iba aficionando al juego, y si me hubiera entregado del todo a esta pasión sin duda me hubiera precisado a tomar de la caja algunas mesadas anticipadas; pero, por fortuna, el amor salvó la caja y mi virtud. Pasando yo un día cerca de la iglesia de San Juan de los Reyes vi asomada a una celosía, cuyas portezuelas estaban abiertas, a una linda niña, que más parecía deidad que criatura. Si encontrara otra voz más expresiva, usaría de ella para dar a entender a ustedes la fuerte impresión que sentí al verla. Informéme de quién era y, después de varias diligencias, supe que se llamaba Beatriz y que era doncella de doña Julia, hija segunda del conde de Polán.»

Beatriz interrumpió aquí a Escipión riendo a carcajada tendida, y dirigiendo la palabra a mi mujer, «¡Amable Antonia—le dijo—, míreme usted bien, y dígame por su vida si a su parecer tengo semblante de divinidad!» «Por lo menos entonces—le dijo Escipión—lo tenías a mis ojos; y ahora que tu fidelidad ya no me es sospechosa, me pareces más hermosa que nunca.» Mi secretario, después de una respuesta tan amorosa, prosiguió así su historia:

«Este descubrimiento acabó de encenderme, no a la verdad en un ardor legítimo, porque me imaginé que fácilmente podría triunfar de su virtud combatiéndola con presentes capaces de desquiciarla; pero yo conocía mal a la casta Beatriz. Inútilmente le ofrecí mi bolsillo y mis obsequios por medio de ciertas mujercillas mercenarias, pues oyó con mucho enojo la propuesta. Su resistencia encendió más mis deseos, y recurrí al último arbitrio, que fué ofrecerle mi mano, la que aceptó luego que supo era yo secretario y tesorero de don Manrique. Pareciónos a los dos que convenía tener oculto nuestro matrimonio por algún tiempo, y así, nos casamos de secreto, siendo testigos la señora Lorenza Séfora, aya de Serafina, y otros criados del conde de Polán. Luego que me casé con Beatriz, ella misma me facilitó el modo de verla y hablarle de noche en el jardín, en donde yo entraba por una puertecilla cuya llave me entregó. Difícilmente se hallarían dos esposos que se amasen con más ternura que nos amábamos Beatriz y yo: era igual en ambos la impaciencia con que esperábamos la hora señalada para vernos y hablarnos; ambos acudíamos allí con la misma ansia, y siempre se nos hacía corto el tiempo que pasábamos juntos, aunque algunas veces no dejaba de ser bien largo.

»Una noche, que fué para mí tan cruel como habían sido deliciosas las anteriores, al ir a entrar en el jardín quedé sorprendido de hallar abierta la puertecilla. Sobresaltóme aquella novedad, y formé de ella un mal juicio; me puse pálido y trémulo, como si hubiese presentido lo que iba a sucederme; y acercándome en medio de la obscuridad hacia un cenador en donde había solido hablar a mi esposa, oí la voz de un hombre; me detuve para percibir mejor, y al momento llegaron a mis oídos estas palabras: ¡No me hagas penar más, mi querida Beatriz! ¡Completa mi felicidad, y piensa que de ella depende tu fortuna! En vez de tener la paciencia de escuchar todavía, creí no tener necesidad de oír más; un furor celoso se apoderó de mi alma, y, no respirando sino venganza, desenvainé la espada y entré precipitadamente en el cenador. «¡Ah vil seductor!—exclamé—. ¡Cualquiera que tú seas, antes de quitarme el honor será menester que me arranques la vida!» Diciendo estas palabras cerré contra el caballero que estaba en conversación con Beatriz, que se puso al momento en defensa, y se batió como persona más diestra en el manejo de las armas que yo, que no había recibido sino algunas lecciones de esgrima en Córdoba. Sin embargo, a pesar de su destreza le tiré una estocada que no pudo parar, o más bien tuvo un tropiezo: vile caer al suelo, y creyendo haberle herido mortalmente, me puse en salvo a carrera tendida, sin querer responder a Beatriz, que me llamaba.»

«Así fué puntualmente—interrumpió la mujer de Escipión, dirigiéndonos la palabra—. Yo le llamaba para sacarle de su error. El caballero que estaba hablando conmigo en el cenador era don Fernando de Leiva. Este señor, que amaba tiernamente a mi ama Julia, estaba determinado a sacarla de casa, pareciéndole que no la podría conseguir sino por este medio, y yo misma le había citado para el jardín con el fin de concertar con él esta fuga, de la cual me aseguraba él que pendía mi fortuna; pero por más que llamé a mi esposo, se alejó de mí como de una esposa infiel.»

«En el estado en que me hallaba—replicó Escipión—, era capaz de eso y mucho más. Los que saben por experiencia qué cosa son celos y las extravagancias que hacen cometer aun a los más sensatos, no se admirarán del trastorno que causaron en mi débil imaginación. Al momento pasé de un extremo a otro: a los sentimientos de ternura que un instante antes me animaban hacia mi esposa me sobrevinieron bien pronto impulsos de aborrecimiento, e hice juramento de abandonarla y desecharla para siempre de mi memoria. Por otra parte, creía haber muerto a un caballero, y bajo este concepto, temeroso de caer en manos de la justicia, experimentaba la turbación penosa que persigue por todas partes como una furia a un hombre que acaba de cometer un crimen. En esta horrible situación, no pensando más que en ponerme en salvo, y sin volver siquiera a la posada, en aquel mismo punto salí de Toledo, sin más equipaje que el vestido que tenía puesto. Es verdad que llevaba en el bolsillo hasta unos sesenta doblones, lo que no dejaba de ser un recurso bastante bueno para un mozo que tenía hecho ánimo de no pasar de criado en toda su vida.

»Caminé toda aquella noche, o por mejor decir fuí corriendo, porque la idea de los alguaciles, presente siempre en mi imaginación, me daba un continuo vigor. Amanecí entre Rodillas y Maqueda, y cuando llegué a este último pueblo, sintiéndome algo cansado, entré en la iglesia, que acababan de abrir, y después de haber hecho una breve oración me senté en un banco para descansar. Púseme a meditar en el estado de mis negocios, que no me daban poco en qué discurrir; pero no tuve tiempo para hacer muchas reflexiones, porque luego oí resonar en la iglesia tres o cuatro chasquidos de látigo que me hicieron creer pasaba por allí algún alquilador. Me levanté al momento para ir a ver si me engañaba, y cuando estuve en la puerta vi uno montado en una mula, que llevaba de reata otras dos. «¡Parad, amigo mío!—le grité—. ¿Adónde van esas mulas?» «A Madrid—me respondió—; en ellas han venido a este pueblo dos religiosos dominicos, y me voy allá de retorno.»

»La ocasión que se presentaba de hacer el viaje de Madrid me inspiró deseo de verificarle. Ajustéme con el alquilador, monté en una de sus mulas, y nos encaminamos hacia Illescas, en donde debíamos hacer noche.

»No bien habíamos salido de Maqueda, cuando el alquilador, persona de treinta y cinco a cuarenta años, empezó a entonar cánticos de la Iglesia a toda voz. Comenzó por los salmos que los canónigos cantan a maitines, en seguida cantó el Credo, como en las misas solemnes, y luego, pasando a las vísperas, me las cantó todas sin perdonarme ni aun el Magnificat. Aunque el majadero me aturdía los oídos, yo no podía menos de reír; y aun le incitaba a continuar cuando se veía precisado a detenerse para cobrar aliento. «¡Animo, buen amigo!—le decía—. ¡Prosiga usted, que si el Cielo le ha dado tan buenos pulmones, usted no hace mal uso de ellos!» «¡Oh! En cuanto a eso—me respondió—no me parezco, gracias a Dios, a la mayor parte de los alquiladores, que no cantan sino canciones infames o impías; ni tampoco canto nunca romances sobre nuestras guerras contra los moros, porque son unas cosas a lo menos frívolas, cuando no sean indecentes.» «Tenéis—le repliqué—una pureza de corazón que raras veces tienen los alquiladores. Y siendo tan escrupuloso en punto de canciones, ¿habéis hecho también voto de castidad en las posadas donde hay criadas mozas?» «Seguramente—me respondió—. La continencia es también una cosa de que me precio en estos parajes; en ellos sólo me ocupa el cuidado de mis mulas.» No quedé poco admirado de oír hablar de este modo a aquel fénix de los alquiladores; y teniéndole por un hombre de bien y de talento, entablé conversación con él luego que acabó de cantar cuanto le dió la gana.

»Llegamos a Illescas a la caída de la tarde. Luego que nos apeamos en el mesón dejé a mi compañero que cuidase de sus mulas, y me metí en la cocina a encargar al mesonero que nos dispusiese una buena cena, lo que prometió hacer tan bien, que me acordaría, dijo él, toda mi vida de haberme alojado en su mesón. «¡Pregunte su merced—añadió—, pregunte a su alquilador quién soy yo! ¡Voto a tal que desafiaría a todos los cocineros de Madrid y de Toledo a hacer una olla podrida como las que yo hago! Esta noche quiero agasajar a su merced con un guisado de gazapo compuesto de mi mano, y verá si tengo razón para ponderar mi habilidad.» Dicho esto, mostrándome una cazuela en que había—según él decía—un conejo hecho ya trozos. «Mire usted—continuó—lo que pienso darle después que le haya echado pimienta, sal, vino, un manojo de hierbas y algunos otros ingredientes que empleo en mis salsas, con lo que espero regalar a su merced con un guisado que se pudiera presentar a un contador mayor.»

»El mesonero, después de haber hecho de este modo su elogio, comenzó a disponer la cena. Mientras tanto me entré en un cuarto, y, echándome en una mala cama que había allí, me quedé dormido de cansancio por no haber sosegado nada la noche antecedente. De allí a dos horas vino a despertarme el alquilador, diciendo: «Señor amo, la cena está pronta; venga usted, si gusta, a sentarse a la mesa», la cual estaba puesta en una sala con solos dos cubiertos. Sentámonos a ella el alquilador y yo, y nos trajeron el guisado. Me tiré a él con ansia, y me supo muy bien, ya fuese porque el hambre me lo hizo apetitoso, ya por el sainete que le daban los ingredientes del cocinero. En seguida nos sirvieron un trozo de carnero asado; y observando que el alquilador sólo tomaba de este segundo plato, le pregunté por qué no tomaba del otro. Me respondió sonriéndose que no le gustaban los guisos; cuya respuesta, o, por mejor decir, la risita con que la había acompañado, me pareció misteriosa. «Usted me oculta—le dije—la verdadera razón que le impide comer de este guisado; hágame el gusto de decírmelo.» «Ya que usted tiene tanta curiosidad de saberla—replicó él—, le diré que tengo repugnancia a llenarme el estómago de esa especie de guisotes desde que caminando de Toledo a Cuenca me dieron una noche en un mesón, por conejo de vivar, un jigote de gato, lo que me ha hecho cobrar aversión a los cochifritos.»

»Apenas el alquilador me dijo estas palabras perdí enteramente el apetito en medio del hambre que me devoraba. Se me encajó en la cabeza que acababa de comer conejo sólo en el nombre, y ya no miré el guisado sino haciéndole gestos. El arriero, lejos de desvanecer mi aprensión, me la aumentó diciéndome que los mesoneros y pasteleros en España hacían con frecuencia aquella especie de quid pro quo; lo que, como ustedes pueden pensar, no me sirvió de mucho consuelo; antes bien, me quitó del todo la gana, no ya de volver a probar el guisote, mas ni aun de tocar al asado, temiendo que el carnero no lo fuese más realmente que el conejo. Levantéme de la mesa echando mil maldiciones al guiso, al mesonero y al mesón; volvíme a tender en la cama, y pasé la noche con más quietud de la que pensaba. El día siguiente muy temprano, después de haber pagado al mesonero con tanta largueza como si me hubiera tratado perfectamente, salí de Illescas tan ocupado el pensamiento en el guisado, que me parecían gatos cuantos animales se me ofrecían a la vista. Entramos temprano en Madrid, y después de haber satisfecho al conductor me hospedé en una posada de caballeros cerca de la Puerta del Sol. Aunque mis ojos estaban acostumbrados al gran mundo, no dejaron de deslumbrarse con el concurso de señores que se ven comúnmente en el centro de la corte. Pasmóme el enorme número de coches y la gran multitud de gentileshombres, pajes y lacayos que los grandes llevaban de comitiva. Llegó a lo sumo mi admiración cuando, habiendo ido a ver el rey, miré al monarca rodeado de sus cortesanos. Quedé encantado a la vista de tal espectáculo, y dije para mí: «Ya no me admiro de haber oído decir que es indispensable ver la corte de Madrid para formar concepto cabal de su magnificencia; celebro infinito el visitarla, y el corazón me dice que he de hacer algo en ella.» Sin embargo, nada más hice que contraer algunas amistades inútiles. Fuí poco a poco gastando todo mi dinero, y me tuve por muy dichoso en haberme acomodado, a pesar de todo mi mérito, con un pedante de Salamanca a quien conocí casualmente, que había ido a la corte, su patria, a negocios personales. Llegué a ser sus pies y sus manos, y cuando se restituyó a su Universidad, me llevó en su compañía.

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