LIBRO NOVENO
José Francisco de Isla translation
CAPITULO PRIMERO
Escipión quiere casar a Gil Blas y le propone la hija de un rico y famoso platero; de los pasos que se dieron a este fin.
Una noche, después de haber despedido a la concurrencia que había ido a cenar conmigo, viéndome solo con Escipión, le pregunté qué había hecho aquel día. «Dar un golpe de maestro—me respondió—; proporcionar a usted un rico establecimiento, pues le quiero casar con la hija única de un platero conocido mío.» «¡Hija de un platero!—exclamé con aire desdeñoso—. ¿Has perdido el juicio? Cuando se tiene tal cual mérito y se está en la corte en cierta altura, me parece que se deben tener ideas más elevadas.» «¡Ah, señor—repitió Escipión—, no lo creáis así! Pensad que el varón es quien ennoblece y no seáis más delicado que mil señores que pudiera citaros. ¿Sabe usted bien que la heredera de quien hablo es un partido de cien mil ducados a lo menos? ¿No es éste un buen trozo de platería?» Cuando oí hablar de una suma tan grande, me hice más tratable. «Desde luego cedo al dictamen de mi secretario; la dote me determina. ¿Cuándo quieres tú que la reciba?» «¡Vamos despacio, señor!—me respondió—. ¡Un poco de paciencia! Es menester que trate yo antes del asunto con el padre y que le haga venir en ello.» «¡Bueno!—respondí riendo a carcajadas—. ¿Todavía estás ahí? ¡Ve, por cierto, un casamiento bien adelantado!» «Más de lo que usted piensa—replicó—; sólo quiero una hora de conversación con el platero y respondo de su consentimiento. Pero antes de ir más lejos, capitulemos, si usted gusta. Suponiendo que yo haga recibir a usted cien mil ducados, ¿cuántos me tocarán a mí?» «Veinte mil», le respondí. «¡Alabado sea Dios!—dijo—. Yo limitaba vuestro agradecimiento a diez mil. Usted es la mitad más generoso que yo. ¡Vamos! Desde mañana me emplearé en esta negociación y puede usted contar con que se conseguirá o yo no soy sino un bestia.»
Efectivamente, a los dos días me dijo: «He hablado con el señor Gabriel de Salero—que éste era el nombre del padre de la niña—, y es tanto lo que le he ponderado vuestro valimiento y mérito, que dió oídos a la propuesta que le hice de recibiros por yerno. Será vuestra su hija, con cien mil ducados, siempre que le hagáis ver claramente que sois valido del ministro.» «Si no consiste más que en eso—dije entonces a Escipión—, presto estaré casado. Pero tratando de la muchacha, ¿la has visto? ¿Es hermosa?» «No tanto como la dote—respondió—. Hablando aquí para los dos, esta rica heredera no es muy bonita; pero, por fortuna, a usted ningún cuidado le da esto.» «A fe mía que no, hijo mío—le respondí—. Nosotros los cortesanos nos casamos solamente por casarnos y buscamos la hermosura en las mujeres de nuestros amigos; y si por acaso se halla en las nuestras, la miramos con tanta indiferencia, que es bien merecido el que por ello nos castiguen.»
«Todavía no lo he dicho todo—repitió Escipión—. El señor Gabriel convida a usted a cenar esta noche, y hemos quedado en que no le ha de hablar usted del casamiento proyectado. Debe convidar a muchos mercaderes amigos suyos a esta cena, a la cual ha de asistir usted como un simple convidado, y mañana vendrá él a cenar con usted del mismo modo; en esto conocerá usted que este hombre quiere experimentarle antes de pasar adelante. Convendrá que usted se contenga un poco delante de él.» «¡Oh! ¡Pardiez!—interrumpí con aire de confianza—. ¡Aunque examine lo que quiera, no puedo menos de salir ganancioso en este examen!»
Todo se ejecutó puntualmente. Hice me condujeran a casa del platero, quien me recibió tan familiarmente como si nos hubiésemos visto ya muchas veces. Era de tan buena pasta que, como solemos decir, se pasaba de cortés. Me presentó la señora Eugenia, su mujer, y la joven Gabriela, su hija; yo les hice mil cumplimientos, sin contravenir a lo tratado, y le dije mil tonterías en muy bellos términos y frases de corte.
Gabriela, a pesar de cuanto me había dicho de ella mi secretario, no me pareció fea, ya fuese porque estaba muy bien puesta o ya porque no la mirase sino al través de la dote. ¡Qué buena casa tenía el señor Gabriel! Yo creo que habrá menos plata en las minas del Perú que la que había allí. Este metal se ofrecía a la vista por todas partes en mil formas diferentes. Cada sala, y particularmente la de la cena, era un tesoro. ¡Qué espectáculo para los ojos de un yerno! El suegro, para hacer más lucido el convite, había convidado a cinco o seis mercaderes, todos personas graves y enfadosas, que sólo hablaron de comercio, y puede decirse que su conversación más bien fué una conferencia de negociantes que una plática de amigos.
La noche siguiente tuve a cenar en mi casa al platero, y como no podía deslumbrarle con mi vajilla, recurrí a otra ilusión. Convidé a cenar a aquellos amigos míos que hacían mayor figura en la corte y que yo sabía ser unos ambiciosos que no ponían límites a sus deseos. No hablaron de otra cosa más que de las grandezas y de los empleos brillantes y lucrativos a que aspiraban, lo cual produjo su efecto. Aturdido el buen Gabriel de oír sus grandes ideas, se tenía, a pesar de su riqueza, por un mísero mortal en comparación de aquellos señores. Por mi parte, afectando moderación, dije me contentaría con una mediana fortuna, como de veinte mil ducados de renta, con cuyo motivo aquellos hambrientos de honores y riquezas exclamaron diciendo que haría mal y que, siendo tan querido como era del primer ministro, no debía contentarme con tan poco. El suegro no perdió ni una de estas palabras, y creí advertir al retirarse que iba muy satisfecho.
Escipión no dejó de ir a verle el día siguiente por la mañana para preguntarle si yo le había gustado. «He quedado muy prendado—le respondió—; tanto, que me ha robado el corazón. Pero, señor Escipión—añadió—, suplico a usted por nuestra antigua amistad que me hable sinceramente. Todos, como usted sabe, tenemos nuestro flaco; dígame usted cuál es el del señor Santillana. ¿Es jugador? ¿Es cortejante? ¿Cuál es su inclinación viciosa? Suplico a usted no me la oculte.» «¡Usted me ofende, señor Gabriel, con semejante pregunta!—replicó el medianero—. Me intereso más por usted que por mi amo, y si tuviera algún vicio capaz de hacer a su hija desgraciada, ¿se lo hubiera propuesto por yerno? ¡Juro a bríos que no! Yo soy muy servidor de usted; pero, en satisfacción, el único defecto que le encuentro es no tener ninguno. Para joven, es muy juicioso.» «¡Otro tanto oro!—respondió el platero—. Eso me agrada. Vaya usted, amigo mío; puede asegurar que logrará la mano de mi hija y que se la daría aun cuando no fuera querido del ministro.»
Luego que mi secretario me dió noticia de esta conversación, fuí al momento a casa del Salero a darle las gracias de la disposición favorable en que estaba hacia mí. A este tiempo ya había declarado su voluntad a su mujer y a su hija, quienes por el modo con que me recibieron me hicieron conocer que se sujetaban sin repugnancia a ella. Después de haber prevenido la noche antes al duque de Lerma, le presenté el suegro. Su excelencia le recibió con mucho agasajo y le manifestó la satisfacción que tenía en que hubiese elegido para yerno a un hombre a quien estimaba mucho y a quien quería ascender. Después siguió haciendo el elogio de mis buenas prendas, y dijo tanto bien de mí, que el pobre Gabriel creyó haber encontrado en mi señoría el mejor partido de España para su hija. Estaba tan gozoso, que las lágrimas se le asomaban. Al despedirnos me estrechó entre sus brazos y me dijo: «Hijo mío, es tanta la impaciencia que tengo de veros esposo de Gabriela, que dentro de ocho días a más tardar lo seréis.»
CAPITULO II
Por qué casualidad se acordó Gil Blas de don Alfonso de Leiva, y del servicio que le hizo.
Dejemos en este estado mi casamiento, porque así lo exige el orden de mi historia, y quiere que cuente el servicio que hice a don Alfonso, mi antiguo amo. Yo había olvidado a este caballero enteramente y ahora diré por qué causa me acordé de él.
Vacó en aquel tiempo el Gobierno de la ciudad de Valencia y, habiéndolo sabido, pensé en don Alfonso de Leiva. Consideré que este empleo le vendría perfectamente, y, quizá menos por amistad que por ostentación, determiné pedirlo para él, haciéndome cargo de que, si lo obtenía, me daría este paso un honor excesivo. Me dirigí, pues, al duque de Lerma, y le dije que había sido mayordomo de don Alfonso de Leiva y de su hijo y que, teniendo grandes motivos para vivirles agradecido, me tomaba la libertad de suplicar a su excelencia concediese al uno o al otro el Gobierno de Valencia. El ministro me respondió: «Con mucho gusto, Gil Blas; yo me alegro de que seas reconocido y generoso. Por otra parte, me hablas de una familia a quien estimo. Los Leivas son buenos servidores del rey y merecen bien este empleo. Puedes disponer de él a tu arbitrio; yo te lo doy por regalo de la boda.»
Gustosísimo de haber conseguido mi intento, fuí sin perder instante a casa de Calderón a hacerle extender el despacho para don Alfonso. Había allí un crecido número de personas que, con respetuoso silencio, aguardaban a que les diese audiencia don Rodrigo. Atravesé por entre aquella gente y me presenté a la puerta del gabinete, que me fué abierta, y en él encontré no sé cuántos caballeros comendadores y otros sujetos distinguidos, a quienes Calderón oía por su orden. Era de admirar el diferente modo con que los recibía. Se contentaba con hacer a éstos una ligera inclinación de cabeza; honraba a aquéllos con una cortesía, y los conducía hasta la puerta de su gabinete, graduando, por decirlo así, el aprecio con que los distinguía por los diversos cumplimientos que empleaba. Por otra parte, vi a algunos de aquellos sujetos que, ofendidos del poco caso que de ellos hacía, maldecían en su corazón la necesidad que los obligaba a humillarse en su presencia. Otros vi que, por el contrario, se reían entre sí mismos de su aire fantástico y presumido. Por más que hacía estas observaciones no me hallaba en estado de aprovecharme de ellas, pues me portaba en iguales términos en mi casa, y ningún cuidado me daba el que se aprobasen o se vituperasen mis modales orgullosos con tal que me los respetasen.
Habiéndome atisbado casualmente don Rodrigo, dejó precipitadamente a un hidalgo que le hablaba y vino a abrazarme con demostraciones de amistad que me sorprendieron. «¡Ah, amado compañero mío!—exclamó—. ¿Qué asunto es el que me proporciona el gusto de ver a usted aquí? ¿En qué puedo servir a usted?» Díjele a lo que iba y en seguida me aseguró en los términos más políticos que el día siguiente a la misma hora se expediría el despacho que yo solicitaba. Su atención no paró aquí, pues me acompañó hasta la puerta de la antesala, lo que jamás hacía sino con los grandes señores, y allí me volvió a abrazar. «¿Qué significan estos obsequios?—decía yo en el camino—. ¿Qué me anuncian? ¿Si meditará este hombre mi ruina o, previendo que declina su favor, querrá granjear mi amistad y tenerme de su parte, con la mira de que interceda por él con el amo?» No sabía a cuál de estas conjeturas quedarme. Cuando volví al día siguiente me trató del mismo modo, llenándome de caricias y cumplimientos. Es verdad que las desquitó en el recibimiento que hizo a otras personas que se presentaron a hablarle, porque a unas trató groseramente, a otras habló con frialdad y a casi todas descontentó; pero quedaron suficientemente vengadas con un lance que ocurrió, y que no debo pasar en silencio, el cual servirá de lección a los covachuelistas y secretarios que lo lean.
Habiéndose llegado a Calderón un hombre vestido llanamente y que no aparentaba lo que era, le habló de cierto memorial que decía haber presentado al duque de Lerma. Don Rodrigo no sólo no miró al caballero, sino que le dijo ásperamente: «¿Cómo se llama usted, amigo?» «En mi niñez me llamaban Frasquito—le respondió con serenidad el tal—, después me han llamado don Francisco de Zúñiga y hoy me llamo el conde de Pedrosa.» Sorprendido de esto Calderón, y viendo que trataba con un hombre de la primera distinción, quiso disculparse y dijo: «Señor, perdone vuestra excelencia si, no conociéndole...» «¡Yo no necesito de tus excusas!—interrumpió con altivez Frasquito—. ¡Las desprecio tanto como tus modales groseros! Sabe que el secretario de un ministro debe recibir cortésmente a toda clase de personas. Sé, si quieres, tan fantástico que te mires como el sustituto de tu amo; pero no te olvides de que no eres mas que un criado suyo.»
Este pasaje mortificó infinito al soberbio don Rodrigo, quien, no obstante, nada se enmendó. Por lo que hace a mí, saqué fruto del caso. Resolví mirar con quién hablaba en mis audiencias y no ser insolente sino con los mudos. Como el despacho de don Alfonso estaba ya expedido, lo recogí y se lo envié por un correo extraordinario a este señor con carta del duque de Lerma, en la que su excelencia le avisaba que el rey le había nombrado para el Gobierno de Valencia. No le di parte de la que tenía en este nombramiento, ni quise aun escribirle, porque tenía gusto de decírselo de boca y de causarle esta agradable sorpresa cuando viniese a la corte a prestar el juramento.
CAPITULO III
De los preparativos que se hicieron para el casamiento de Gil Blas y del grande acontecimiento que los inutilizó.
Volvamos a mi bella Gabriela, con quien dentro de ocho días había de celebrar mi matrimonio. Por ambas partes se hacían preparativos para esta ceremonia. Salero compró ricos trajes para la novia, y yo le busqué una doncella, un lacayo y un escudero anciano, todo lo cual eligió Escipión, que esperaba todavía con más impaciencia que yo el día en que habían de entregarme la dote.
La víspera de este día tan deseado cené en casa del suegro con tíos, tías, primos y primas de mi novia. Hice perfectamente el papel de un yerno hipócrita; mostréme muy obsequioso con el platero y su mujer; fingíme apasionado de Gabriela; agasajé a toda la familia, cuyas conversaciones y expresiones majaderas y toscas escuché con paciencia, y así, en premio de ella, tuve la dicha de agradar a todos los parientes, que se alegraron de mi enlace con ellos.
Acabada la comida, pasaron los convidados a una gran sala, en donde había dispuesta una música de voces e instrumentos, que no se ejecutó mal, aunque no se hubiesen elegido las mejores habilidades de Madrid. Nos puso de tan buen humor lo bien que cantaron, que empezamos a bailar. Dios sabe con qué primor, pues me tuvieron por discípulo de Terpsícore, aunque no tenía más principios de este arte que dos o tres lecciones que en casa de la marquesa de Chaves me había dado un maestro de baile que iba a enseñar a los pajes. Después de habernos divertido bastante pensamos en retirarnos, y entonces prodigué las cortesías y cumplimientos. «¡Adiós, mi amado hijo!—me dijo Salero abrazándome—. Mañana por la mañana iré a tu casa a llevar el dote en buena moneda de oro.» «Será usted bien recibido—respondí—, amado padre mío.» Luego, habiéndome despedido de la familia, subí en mi coche, que me esperaba a la puerta, y tomé el camino de mi casa.
Apenas había andado doscientos pasos, cuando quince o veinte hombres, unos a pie y otros a caballo, armados todos de espadas y carabinas, rodearon mi coche y lo detuvieron gritando: ¡Favor al rey! Hiciéronme bajar aceleradamente y me metieron en una silla de posta, adonde el principal de ellos subió conmigo y dijo al cochero que tomase el camino de Segovia. Juzgué que el que iba a mi lado era algún honrado alguacil; y habiéndole preguntado el motivo de mi prisión, me respondió del modo que acostumbran estos señores, quiero decir brutalmente, que no tenía necesidad de darme cuenta de él. Yo le dije que quizá se equivocaba. «¡No, no!—respondió—. Estoy seguro de que no he errado el golpe; usted es el señor de Santillana; a usted es a quien tengo orden de conducir adonde le llevo.» No teniendo nada que replicar a esto, tomé el partido de callar. Lo restante de la noche caminamos por la orilla del río Manzanares con un profundo silencio. En Colmenar mudamos de caballos, y llegamos a la caída de la tarde a Segovia, en cuya torre me encerraron.
CAPITULO IV
De qué modo fué tratado Gil Blas en la torre de Segovia y de cómo supo la causa de su prisión.
Lo primero fué meterme en un encierro, sin más cama que un jergón de paja, como si fuese un reo digno del último suplicio. Pasé la noche, no con el mayor desconsuelo, porque todavía no conocía todo mi mal, sino repasando en mi imaginación qué sería lo que había acarreado mi desgracia. No dudaba fuese obra de Calderón; sin embargo, por más que lo sospechase, no comprendía cómo hubiese podido conseguir que el duque de Lerma me tratase con tanta crueldad. Otras veces me imaginaba que me habrían preso sin noticia de su excelencia, y otras, que este señor mismo me habría hecho arrestar por alguna razón política, como suelen hacer algunas veces los ministros con sus favoritos.
Agitado con estas varias conjeturas, vi, a favor de una luz que entraba por una rendija pequeña, lo horroroso del sitio en donde me hallaba. Me afligí entonces en extremo, y mis ojos fueron dos raudales de lágrimas, que la memoria de mi prosperidad hacía inagotables. Cuando estaba en la mayor aflicción entró en el encierro un carcelero, que me traía para aquel día un pan y un cántaro de agua. Me miró, y viendo que tenía el rostro bañado en lágrimas, aunque carcelero se movió a compasión y me dijo: «¡No se desanime usted, señor preso! ¡Las desgracias de la vida se han de sufrir con resignación! Usted es joven y tras de este tiempo vendrá otro. Entre tanto, coma usted con gusto el pan del rey.»
Diciendo esto, se retiró mi consolador, a quien sólo respondí con suspiros. Todo el día lo empleé en maldecir mi estrella, sin pensar en comer nada de mi ración, que en el estado en que me hallaba más me parecía un efecto de la indignación del rey que un presente de su bondad, pues servía más bien para prolongar la pena de los desgraciados que para mitigarla.
En esto llegó la noche, y al instante oí un gran ruido de llaves que me llamó la atención. Abrieron la puerta del calabozo y entró un hombre con una bujía en la mano, el que, llegándose a mí, me dijo: «Señor Gil Blas, vea usted a uno de sus amigos antiguos. Yo soy aquel don Andrés de Tordesillas que vivía con usted en Granada y era gentilhombre del arzobispo cuando usted gozaba del favor de aquel prelado. Usted le pidió, si hace memoria, que me diese un empleo en Méjico, para el cual se me nombró; pero en lugar de embarcarme para Indias, me quedé en la ciudad de Alicante. Allí me casé con la hija del capitán del castillo, y por una serie de sucesos que contaré a usted luego, he venido a ser alcaide de la torre de Segovia. Usted ha tenido la fortuna—continuó—de encontrar en un hombre que tiene el cargo de maltratarle un amigo que nada escaseará para suavizar el rigor de su prisión. Tengo orden expresa de que no deje a usted hablar con nadie, que le haga dormir sobre paja y que no le dé más alimento que pan y agua; pero además de que soy caritativo y no había de dejar de compadecerme de sus males, usted me ha servido, y mi agradecimiento puede más que las órdenes que he recibido. Lejos de servir de instrumento para la crueldad que se quiere usar con usted, mi ánimo es tratarle lo mejor que me sea posible. Levántese usted y véngase conmigo.»
Mi ánimo estaba tan turbado que no pude responder una sola palabra al señor alcaide, aunque sus expresiones merecían tanta gratitud. Le seguí. Me hizo atravesar un patio y subir por una escalera muy estrecha a una pequeña pieza que había en lo alto de la torre. Habiendo entrado en ella, me sorprendí bastante al ver sobre una mesa dos velas que ardían en candeleros de cobre y dos cubiertos bastante limpios. «Inmediatamente—me dijo Tordesillas—van a traer de comer a usted; ambos cenaremos aquí. Le he destinado para su habitación este cuartito, en donde estará mejor que en el encierro, pues verá desde su ventana las floridas riberas del Eresma y el valle delicioso que desde el pie de las montañas que separan las dos Castillas se extiende hasta Coca. No dudo que al principio no le hará ninguna impresión una vista tan agradable, pero cuando el tiempo haya hecho suceder una dulce melancolía a la amargura de su dolor, tendrá gusto en recrear la vista con unos objetos tan deleitables. Además de esto, cuente usted con que no faltará ropa blanca ni las demás cosas que necesita un hombre amigo del aseo. Sobre todo, tendrá usted buena cama, estará bien mantenido y le proporcionaré los libros que quiera y, en una palabra, todas las comodidades de que puede disfrutar un preso.»
Con tan corteses ofertas me sentí algo aliviado, cobré ánimo y di mil gracias a mi carcelero. Le dije que su generoso proceder me restituía la vida y que deseaba hallarme en estado de manifestarle mi gratitud. «¿Pues por qué no habría de volver usted a verse en su primer estado?—me respondió—. ¿Cree usted haber perdido para siempre la libertad? Se engaña si así lo juzga y me atrevo a asegurarle que con algunos meses de prisión habrá usted pagado.» «¿Qué dice usted, señor don Andrés?—exclamé—. Parece que usted sabe el motivo de mi desgracia.» «Confieso—me dijo—que no lo ignoro. El alguacil que ha conducido a usted aquí me ha confiado este secreto y no tengo dificultad en revelárselo. Me ha dicho que, informado el rey de que usted y el conde de Lemos habían llevado de noche al príncipe de España a casa de una dama sospechosa, acababa, para castigaros de ello, de desterrar al conde, y enviaba a usted a esta torre para ser tratado en ella con todo el rigor que ha experimentado desde que vino.» «¿Pues cómo—le dije—ha llegado a saber esto el rey?» «Esta circunstancia quisiera yo saber particularmente y esto es—respondió—lo que cabalmente no me ha dicho el alguacil y lo que, a la cuenta, ni aun él mismo sabe.»
En este punto de nuestra conversación, entraron muchos criados que traían la cena. Pusieron en la mesa pan, dos tazas, dos botellas y tres fuentes, en la una de las cuales venía un guisado de liebre con mucha cebolla, aceite y azafrán; en la otra, una olla podrida, y en la tercera un pavipollo con salsa de tomate. Luego que vió Tordesillas que nos habían servido lo necesario, despachó a sus criados para que no oyesen nuestra conversación. Cerró la puerta y nos sentamos el uno enfrente del otro. «Empecemos—me dijo—por lo más urgente. Después de dos días de dieta, es preciso que usted tenga buen apetito.» Y diciendo esto, me hizo un buen plato. Creía servir a un hambriento, y, efectivamente, tenía motivo para pensar que yo me atracaría de sus manjares. Sin embargo, engañé sus esperanzas, pues, por mucha necesidad que tuviese de comer, los bocados se me quedaban atravesados en la boca sin poder tragarlos; tan oprimido tenía el corazón a causa de mi estado actual. En vano mi alcaide, para alejar de mi espíritu las crueles ideas que sin cesar le afligían, me excitaba a beber y celebraba lo exquisito de su vino, pues aun cuando me hubiera dado néctar le hubiera bebido entonces sin gusto. El lo conoció, y, tomando otro rumbo, se puso a contarme con estilo alegre la historia de su casamiento; pero con esto todavía consiguió menos el fin. Escuché su relación tan distraído, que cuando la concluyó no hubiera podido decir lo que acababa de contarme. Juzgó que era demasiada empresa querer entretener por aquella noche mis penas. Después de concluída la cena se levantó de la mesa y me dijo: «Señor de Santillana, voy a dejar a usted descansar, o más bien meditar con libertad sobre su desgracia; pero repito que no será de larga duración. El rey es naturalmente bueno, y cuando se le haya pasado el enfado y considere la deplorable situación en que cree a usted, le parecerá que está bastante castigado.» Dicho esto, el señor alcaide bajó o hizo que subiesen los criados a quitar la mesa. Se llevaron hasta las luces y yo me acosté a la escasa luz de un candil colgado en la pared.
CAPITULO V
De lo que reflexionó antes de dormirse y del ruido que le despertó.
Dos horas por lo menos se me pasaron en reflexionar sobre lo que me había dicho Tordesillas. «¿Conque aquí me estoy—decía—por haber contribuído a los placeres del heredero de la Corona? ¡Qué imprudencia ha sido el haber servido en semejantes cosas a un príncipe tan joven! Pues todo mi delito consiste en que es muy niño. Quizá el rey, en lugar de haberse irritado tanto, se hubiera reído si fuese de más edad. Pero ¿quién habrá dado semejante aviso al monarca sin haber temido el resentimiento del príncipe y el del duque de Lerma? Sin duda, éste querrá vengar al conde de Lemos, su sobrino. Pero lo que yo no puedo comprender es cómo el rey ha podido descubrirlo.»
Siempre volvía a pensar en esto. Sin embargo, lo que más me afligía, más me desesperaba y lo que no podía desechar de mi imaginación era el saqueo que temía habrían padecido todos mis efectos. «¡Tesoro mío!—exclamé—. ¿Dónde estás? ¡Amadas riquezas mías! ¿Qué ha sido de vosotras? ¿En qué manos habéis caído? ¡Ay de mí! ¡Os he perdido en menos tiempo del que os gané!» Me representaba el desorden que habría en mi casa, y sobre esto hacía reflexiones a cuál más tristes. La confusión de tantos pensamientos diferentes me sepultó en una tristeza que me fué provechosa, pues cogí el sueño, que la noche antes no había podido conciliar. También contribuyeron a ello la buena cama, la fatiga que había padecido y los vapores del vino y de la cena. Me quedé profundamente dormido, y, según las señales, me hubiera amanecido así a no haberme despertado de improviso un ruido bastante extraordinario para una cárcel. Oí tocar una guitarra y a un hombre que cantaba al son de ella. Escuché con atención, pero ya nada oí. Creí que era un sueño, pero de allí a un instante volví a oír el mismo instrumento y que cantaban los versos siguientes:
¡Ay de mí! ¡Un año felice parece un soplo ligero; pero, sin dicha, un instante es un siglo de tormento!
Esta copla, que parecía se había compuesto de intento para mí, aumentó mis pesares. «La verdad de estas palabras—me decía yo—harto la experimento. Me parece que el tiempo de mi felicidad ha pasado bien pronto y que hace un siglo que estoy preso.» Volví a sepultarme en una terrible melancolía y a desconsolarme como si tuviese gusto en ello. Mis lamentos dieron fin con la noche, y los primeros rayos del sol que alumbraron mi estancia calmaron un poco mis inquietudes. Me levanté a abrir la ventana para que entrase el aire en el cuarto; miré el campo, cuya vista me trajo a la memoria la bella descripción que el señor alcaide me había hecho de él, pero no encontré objetos con que acreditar la verdad de lo que me había dicho. El Eresma, que yo creía a lo menos igual al Tajo, me pareció sólo un arroyo. La ortiga y el cardo eran el único adorno de sus riberas floridas, y el supuesto valle delicioso no ofreció a mi vista sino tierras la mayor parte incultas. Al parecer, todavía no gozaba yo de aquella dulce melancolía que debía representarme las cosas de otro modo de como las veía entonces.
Estaba a medio vestir cuando llegó Tordesillas acompañado de una criada anciana que me traía camisas y toallas. «Señor Gil Blas—me dijo—, aquí tiene usted ropa blanca; use usted de ella sin reparo, que yo cuidaré de que la tenga siempre de sobra. Y bien—añadió—, ¿cómo ha pasado usted la noche? ¿Ha aplacado el sueño sus penas por algunos instantes?» «Puede ser—respondí—que durmiera todavía si no me hubiera despertado una voz acompañada de una guitarra.» «El caballero que ha turbado su reposo—respondió—es un reo de Estado que está en un cuarto inmediato al de usted. Es un caballero de la Orden de Calatrava, y de muy buena presencia, que se llama don Gastón de Cogollos. Si ustedes quieren, pueden tratarse y comer juntos, y así, en sus conversaciones se consolarán mutuamente y para ambos será esto de mucha satisfacción.» Manifesté a don Andrés que agradecía infinito la licencia que me daba de unir mi dolor con el de este caballero, y como diese a entender mi vivo deseo de conocer a aquel compañero en mi desgracia, nuestro cortés alcaide desde aquel mismo día me proporcionó este gusto. Comí con don Gastón, cuyo bello aspecto y gentileza me cautivaron. ¿Cuál sería su hermosura, cuando deslumbró mis ojos, acostumbrados a ver la juventud más bella de la corte? Imagínese un hombre que parecía una miniatura, uno de aquellos héroes de novela que para desvelar a las princesas no necesitaba mas que presentarse; añádase a esto que la Naturaleza, que comúnmente distribuye con desigualdad sus dones, había dotado a Cogollos de mucho valor y entendimiento y se formará una ligera idea de las perfecciones que le adornaban.
Si él me hechizó, por mi parte tuve la fortuna de no desagradarle. Aunque le supliqué no dejase de cantar por mí de noche, nunca volvió a hacerlo, temiendo incomodarme. Dos personas a quienes aflige una mala suerte se unen con facilidad. A nuestro conocimiento se siguió bien presto una tierna amistad, la cual se estrechó cada día más. La libertad que teníamos de hablar cuando queríamos nos sirvió muchísimo, pues en nuestras conversaciones nos ayudábamos recíprocamente a llevar con paciencia nuestra desgracia.
Una siesta entré en su cuarto a tiempo que se preparaba a tocar la guitarra. Para oírle más cómodamente me senté en un banquillo, que era la única silla que tenía, y él sobre su cama. Tocó una sonata tierna y cantó después unas coplas que explicaban la desesperación a que reducía a un amante la crueldad de su dama. Así que acabó le dije sonriéndome: «Caballero, nunca necesitará usted emplear tales versos en sus galanteos, porque su persona no encontrará mujeres esquivas.» «Usted me favorece—respondió—. Los versos que usted acaba de oír los compuse para ablandar un corazón que yo creía de diamante, para enternecer a una dama que me trataba con un rigor extremado. Es preciso cuente a usted esta historia y al mismo tiempo sabrá usted la de mis desgracias.»
CAPITULO VI
Historia de don Gastón de Cogollos y de doña Elena de Galisteo.
«Presto hará cuatro años que salí de Madrid para Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla, una de las más ricas viudas de Castilla la Vieja y de quien soy único heredero. Apenas llegué a su casa, cuando el amor vino a turbar mi sosiego. Me puso en un cuarto cuyas ventanas daban enfrente de las celosías de una señora a quien fácilmente podía ver, pues eran muy claras y la calle estrecha. No desprecié esta proporción, y me pareció tan bella mi vecina, que quedé apasionado de ella. Se lo manifesté prontamente, con miradas tan vivas que no podían equivocarse. Ella lo conoció, pero no era de aquellas señoritas que hacen gala de semejante observación, y todavía correspondió menos a mis señas.
»Quise saber el nombre de aquella peligrosa persona que tan prontamente trastornaba los corazones, y supe se llamaba doña Elena, que era hija única de don Jorge de Galisteo, que poseía a algunas leguas de Coria una hacienda de mucho producto; que se le presentaban frecuentemente buenos partidos, pero que su padre los despreciaba todos, con la mira de casarla con don Agustín de la Higuera, su sobrino, el que, con la esperanza de este casamiento, tenía libertad de ver y hablar todos los días a su prima. No me desalenté por eso; antes bien, se aumentó en mí el amor, y el orgulloso placer de desbancar a un rival, amado quizá, me excitó más que mi amor a llevar adelante mi empresa. Continué, pues, mirando cariñosamente a mi Elena. Envié también emisarios a Felicia, su criada, para solicitar su mediación. Hice igualmente hablar por señas a mis dedos. Pero estas demostraciones fueron inútiles. La misma respuesta tuve de la criada que del ama: ambas se mostraron duras e inaccesibles.
»Viendo que rehusaban responder al lenguaje de mis ojos, recurrí a otros intérpretes. Puse gente en campaña para descubrir si Felicia tenía algún conocimiento en la ciudad, y llegué a saber que su mayor amiga era una señora anciana llamada Teodora y que se visitaban con frecuencia. Alegre con esta noticia, busqué a Teodora, a quien obligué con dádivas a servirme. Se interesó por mí y me ofreció facilitarme en su casa una conversación secreta con su amiga, promesa que cumplió al día siguiente.
«Ya dejo de ser desgraciado—dije a Felicia—, pues mis penas han excitado tu piedad. ¿Qué no debo a tu amiga por haberte inclinado a que me des la satisfacción de hablarte?» «Señor—me respondió—, Teodora es dueña de mi voluntad. Me ha hablado por usted, y si pudiera yo hacerle feliz, bien presto conseguiría sus deseos; pero, con toda esta buena voluntad, no sé si podré seros de gran provecho. No quiero lisonjear a usted; su empresa es muy difícil. Usted ha puesto los ojos en una señorita cuyo corazón es de otro. ¡Y qué señorita! Es tan disimulada y altiva, que si usted con su constancia y obsequios consigue merecerle algunos suspiros, no piense que su altanería le dé la satisfacción de demostrárselo.» «¡Ah mi amada Felicia!—prorrumpí con dolor—. ¿Para qué me expresas todos los obstáculos que tengo que vencer? Estas circunstancias me atraviesan el alma. ¡Engáñame y no me desesperes!» Dicho esto, y cogiéndole una mano, le puse en el dedo un diamante de trescientos doblones, diciéndole al mismo tiempo cosas tan tiernas que la hice llorar.
»La persuadieron tanto mis palabras y quedó tan contenta con mi generosidad, que no quiso dejarme sin consuelo, y allanando un poco las dificultades me dijo: «Señor, lo que acabo de decir a usted no debe quitarle toda esperanza. Es verdad que su rival no es aborrecido. Viene a casa a ver con libertad a su prima; le habla cuando quiere, y esto es lo que favorece a usted. La costumbre que tienen de estar ambos juntos todos los días entibia un poco su trato. Me parece que se separan sin pena y se vuelven a ver sin gusto. Se podría decir que están ya casados. En una palabra, no parece que mi ama tiene una ciega pasión a don Agustín. Por otra parte, hay mucha diferencia de sus prendas personales a las de usted, y esta particularidad no la observará inútilmente una señorita de tan delicado gusto como doña Elena. No se acobarde usted; continúe su galanteo, que yo no dejaré pasar ninguna ocasión de hacer valer a mi ama lo que usted se esmera en agradarle y, por más que disimule, descubriré su interior al través de sus disimulos.»
»Después de esta conversación, Felicia y yo nos separamos muy satisfechos uno de otro. Yo me dispuse de nuevo a obsequiar en secreto a la hija de don Jorge; díle una música, en la cual una bella voz cantó los versos que usted ha oído. Acabado el concierto, la criada, para sondear a su ama, le preguntó si se había divertido. «La voz—dijo doña Elena—me ha gustado.» «Y las palabras que ha cantado, ¿no son muy expresivas?» «De eso es—dijo la señora—de lo que no he hecho aprecio alguno, atendiendo sólo al canto; ni se me da nada el saber quién me ha dado esta música.» «Según eso—exclamó la criada—, el pobre don Gastón de Cogollos está muy lejos de merecer la atención de usted, y es muy loco en gastar el tiempo en mirar nuestras celosías.» «Puede ser que no sea él—dijo el ama fríamente—, sino algún otro caballero que con este concierto ha querido declararme su pasión.» «Perdone usted—respondió Felicia—. Está usted muy engañada; es el mismo don Gastón, porque esta mañana ha llegado a mí en la calle y suplicado diga a usted de su parte que le adora a pesar de los rigores con que paga su amor, y que, en fin, se tendrá por el hombre más feliz si le permite acreditar su ternura con sus obsequios y atenciones. Estas expresiones—continuó—denotan bien que no me engaño.»
»La hija de don Jorge mudó repentinamente de semblante, y mirando con aire severo a su criada le dijo: «¿Cómo tienes atrevimiento para propasarte a contarme esa necia conversación? ¡No te suceda otra vez el venirme con semejantes impertinencias! ¡Y si ese temerario tiene todavía la osadía de hablarte, te mando le digas se dirija a otra persona que haga más caso de sus galanteos y que elija un pasatiempo más decente que el de estar todo el día a la ventana observando lo que hago en mi cuarto!»
»La segunda vez que vi a Felicia me dió cuenta puntual de todas las circunstancias de esta conversación, y para persuadirme de que mi pretensión no podía ir mejor, aseguraba que aquellas palabras no se debían tomar al pie de la letra. Por lo que a mí toca, que procedía sencillamente y no creía se pudiese explicar el texto en mi favor, desconfiaba de los comentarios que ella hacía. Se burló de mi desconfianza, pidió papel y tinta a su amiga y me dijo: «Señor mío, escriba usted prontamente a doña Elena como un amante desesperado. Píntele vivamente sus penas y sobre todo laméntese de la prohibición de asomarse a la ventana. Prométale usted que obedecerá su precepto, pero asegúrele que le costará la vida; pinte usted esto tan lindamente como ustedes los caballeros saben hacerlo, y lo demás queda a mi cuidado. Espero que las resultas harán a mi penetración más honor del que usted le hace.»
»Yo hubiera sido el primer amante que encontrando tan oportuna ocasión de escribir a su dama la hubiera desaprovechado. Compuse una carta muy patética, y antes de cerrarla se la enseñé a Felicia, quien, después de haberla leído, se sonrió, y me dijo que si las mujeres sabían el arte de encaprichar a los hombres, en recompensa, no ignoraban ellos el de embobar a las mujeres. La criada tomó el billete, asegurándome que si no producía buen efecto no sería culpa de ella; me encargó mucho tuviese gran cuidado de no dejarme ver a la ventana por algunos días y se volvió al momento a casa de don Jorge.
«Señora—dijo a doña Elena cuando llegó—, he encontrado a don Gastón. Ha venido a hablarme y me ha tenido una conversación muy lisonjera. Me ha preguntado temblando, y como un reo que va a oír su sentencia, si había hablado a usted de su parte. Yo, por no faltar a vuestras órdenes, no le he dejado proseguir y le he hartado de injurias y le he dejado aturdido de ver mi enojo.» «Me alegro—respondió doña Elena—que me hayas librado de ese importuno; pero para eso no había necesidad de hablarle descortésmente. Siempre es preciso que una doncella tenga agrado.» «Señora—replicó la criada—, a un amante apasionado no se le aleja con palabras suaves, pues vemos que ni aun se consigue este fin con enojo y furor. Don Gastón, por ejemplo, no se ha desanimado. Después de haberle llenado de improperios, como he dicho, fuí a casa de vuestra parienta, adonde me habéis enviado. Esta señora, por mi desgracia, me ha detenido mucho tiempo; digo mucho tiempo, porque a la vuelta he encontrado otra vez al mismo. Yo no esperaba verle más, y su vista me ha turbado tanto, que mi lengua, pronta en todas ocasiones, no ha podido en ésta pronunciar una palabra.» «Pero y entretanto, ¿qué ha hecho él?» «Aprovechándose de mi silencio, o más bien de mi turbación, me ha metido en la mano un papel, que he guardado sin saber lo que me hacía, y desapareció al momento.»
»Dicho esto sacó del seno mi carta y se la entregó en tono de chanza a su ama, quien la tomó como por diversión, la leyó con todo y después hizo la reservada. «En verdad, Felicia—dijo seriamente a su criada—, que eres una loca en haber recibido este billete. ¿Qué podrá pensar de esto don Gastón y qué debo creer yo misma? Tú me das motivo con tu conducta para que desconfíe de tu fidelidad y a él para que sospeche que correspondo a su inclinación. ¡Ay de mí! Puede ser que en este instante crea que leo y releo con gusto sus expresiones. ¡Ve aquí a qué afrenta expones mi altivez!» «De ninguna manera, señora—le respondió la criada—; él no puede pensar de esta suerte, y, caso que así fuese, pronto sabrá lo contrario. Le diré la primera vez que le vea que he enseñado a usted su carta, que usted la ha mirado con la mayor indiferencia y que sin leerla la ha hecho usted pedazos con un frío desprecio.» «Libremente puedes afirmarle—repuso doña Elena—que yo no la he leído, porque me hallaría muy apurada si tuviera que decir dos palabras.» La hija de don Jorge no se contentó con hablar en estos términos, sino que aun rasgó mi billete y prohibió a su criada hablarle jamás de mí.
»Como yo había prometido no galantearla desde mis ventanas, porque mi vista desagradaba, las tuve cerradas muchos días para que mi obediencia mereciese más aprecio; pero en desquite de mis señas, que me estaban prohibidas, me dispuse a dar músicas a mi cruel Elena. Fuíme una noche debajo de su balcón con los músicos, cuando un caballero con espada en mano turbó el concierto dando de golpes a los instrumentistas, quienes inmediatamente huyeron. El coraje que animaba a este atrevido despertó el mío, y arrojándome a él para castigarle, principiamos un reñido combate. Doña Elena y su criada oyen el ruido de las espadas, miran por las celosías y ven dos hombres que riñen. Dan grandes gritos; obligan a don Jorge y a sus criados a que se levanten inmediatamente y acuden con muchos vecinos a separar a los combatientes; pero ya llegaron tarde. Sólo encontraron en el sitio a un caballero nadando en su sangre y casi sin vida y conocieron que era yo el desgraciado. Me llevaron a casa de mi tía y se llamaron los cirujanos más hábiles de la ciudad.
»Todo el mundo se compadeció de mí, y especialmente doña Elena, que entonces descubrió el interior de su corazón. Su disimulo se rindió al sentimiento y ya—¿lo creerá usted?—no era aquella señora que tanto se preciaba de no hacer caso de mis obsequios, sino una tierna amante que se entregaba sin reserva a su dolor, y así, el resto de la noche lo pasó llorando con su criada y maldiciendo a su primo don Agustín de la Higuera, a quien ellas creían autor de sus lágrimas, como en efecto él era quien había interrumpido la música tan funestamente. Tan disimulado como su prima, había conocido mi intención y nada había dicho de ella, e imaginando que Elena me correspondía había hecho esta acción tan violenta para mostrar que era menos sufrido de lo que se pensaba. No obstante, este triste accidente se olvidó poco tiempo después por la alegría que sobrevino. Aunque mi herida era peligrosa, la habilidad de los cirujanos me sacó a salvo. Todavía no salía yo, cuando doña Leonor, mi tía, fué a verse con don Jorge y le propuso mi casamiento con doña Elena. Consintió en este enlace, tanto más gustoso cuanto que entonces miraba a don Agustín como a un hombre a quien quizá no volvería a ver más. El buen viejo recelaba que su hija tendría repugnancia a casarse conmigo a causa de que el primo la Higuera había tenido la libertad de visitarla mucho tiempo para granjear su cariño; pero se mostró tan dispuesta a obedecer en este punto a su padre, que de aquí podemos inferir que en España, como en todas partes, es afortunado con las mujeres el último que llega.
»Luego que pude hablar a solas con Felicia, supe hasta qué extremo había afligido a su ama el desgraciado suceso de mi pasada pendencia. De modo que, no dudando ya ser el Paris de mi Elena, bendecía yo mi herida, pues había tenido tan buenas consecuencias para mi amor. Obtuve permiso del señor don Jorge para hablar a su hija en presencia de la criada. ¡Qué gustosa fué esta conversación para mí! Tanto supliqué y de tal manera insté a la señorita a que me dijese si su padre violentaba su inclinación concediéndome su mano, que me confesó que no la debía solamente a su obediencia. A vista de esta halagüeña declaración, sólo pensé en agradar y en inventar galanteos mientras llegaba el día de la boda, que había de celebrarse con una magnífica cabalgata, en que toda la nobleza de Coria y sus cercanías se preparaban para lucirlo.
»Di con este fin un gran banquete en una hermosa casa de recreo que tenía mi tía cerca de la ciudad del lado de Monroy. Don Jorge y su hija concurrieron con todos sus parientes y amigos. Se había dispuesto por mi orden un concierto de voces e instrumentos y hecho venir una compañía de cómicos de la legua para que representaran una comedia. Cuando estábamos a mitad de la comedia, entraron a decirme que estaba en la antesala un hombre que quería hablarme de un negocio muy interesante para mí. Me levanté de la mesa para ir a ver quién era y me encontré con un desconocido, que me pareció ser un ayuda de cámara, el que me entregó un billete, que abrí, y contenía estas palabras: «Si estimáis el honor como debe un caballero de vuestra Orden, no dejéis mañana por la mañana de ir a la llanura de Monroy, en donde encontraréis a un sujeto que quiere daros satisfacción de la ofensa que os ha hecho y poneros, si puede, fuera de estado de casaros con doña Elena.—Don Agustín de la Higuera.»
»Si el amor tiene mucho imperio sobre los españoles, el pundonor tiene todavía más. No pude leer el billete con ánimo tranquilo. Al solo nombre de don Agustín se encendió en mis venas un fuego que casi me hizo olvidar las obligaciones indispensables de aquel día. Tuve tentaciones de evadirme de la concurrencia para ir inmediatamente en busca de mi enemigo. No obstante, me contuve, temiendo turbar la función, y dije al que me había traído la carta: «Amigo mío, podéis decir al caballero que os envía que deseo demasiado renovar con él el combate para no hallarme mañana, antes que salga el sol, en el sitio que me señala.»
»Después de haber despachado al mensajero con la respuesta volví a reunirme con mis convidados y me senté a la mesa, disimulando de modo que ninguno sospechó lo que me pasaba, y lo restante del día aparenté estar entretenido como los otros con la diversión de la fiesta, la cual se acabó a media noche. La concurrencia se separó y todos se retiraron a la ciudad del mismo modo que habían venido, menos yo, que me quedé con pretexto de tomar el fresco la mañana siguiente, pero no era por otro motivo sino para acudir más pronto al sitio de la cita. En lugar de acostarme, aguardé con impaciencia a que amaneciera, e inmediatamente monté en el mejor caballo que tenía y partí solo, como para pasearme en el campo. Caminé hacia Monroy, en cuya llanura descubrí a un hombre a caballo que venía a mí a rienda suelta; yo hice lo mismo para ahorrarle la mitad del camino, y así, bien presto nos encontramos y vi que era mi rival. «Caballero—me dijo con insolencia—, vengo, a pesar mío, a pelear segunda vez con usted; pero la culpa es vuestra. Después del lance de la música debió usted renunciar voluntariamente a la hija de don Jorge o saber que si usted persistía en el designio de obsequiarla nuestros debates no habían cesado.» «Usted se ha ensoberbecido—le respondí—del logro de una ventaja que quizá debió menos a su destreza que a la obscuridad de la noche. Usted se olvida de que las victorias no son siempre de uno.» «Siempre son mías—replicó con arrogancia—, y voy a hacer ver a usted que así de día como de noche sé castigar a los atrevidos que estorban mis intentos.»
»A estas altaneras palabras sólo respondí echando pie a tierra, lo cual hizo también don Agustín. Atamos los caballos a un árbol y principiamos a reñir con igual denuedo. Confieso ingenuamente que tenía que pelear con un enemigo que sabía manejar las armas con más destreza que yo, no obstante mis dos años de escuela. Era consumado en la esgrima, y así, no podía exponer yo mi vida a mayor peligro. Sin embargo, como de ordinario sucede que al más fuerte le venza el más débil, mi rival recibió una estocada en el corazón, a pesar de su destreza, y cayó muerto.
»Volví al instante a la casa de recreo, en donde conté lo que había pasado a mi criado, cuya fidelidad conocía. Díjele después: «Mi amado Ramiro, antes que la justicia sepa el caso, toma un buen caballo y ve a informar a mi tía del suceso; pídele de mi parte dinero y joyas para mi viaje y ven a buscarme a Plasencia. En la primera hostería, como se entra en la ciudad, me encontrarás.»
»Ramiro evacuó su comisión con tanta presteza que llegó a Plasencia tres horas después que yo. Díjome que doña Leonor se había alegrado más que no afligido de un combate que reparaba la afrenta que había yo recibido en el primero y que me enviaba todo el oro y pedrería que tenía para que viajara cómodamente por países extranjeros mientras ella componía mi asunto.
»Para omitir las circunstancias superfluas, diré que atravesé por Castilla la Nueva para ir al reino de Valencia a embarcarme en Denia. Pasé a Italia, en donde me puse en estado de recorrer las cortes y presentarme en ellas con decencia.
»Mientras que lejos de mi Elena pensaba yo en engañar mi amor y tristezas lo más que me era posible, esta señora en Coria lloraba secretamente mi ausencia. En lugar de aplaudir las persecuciones de su familia contra mí por la muerte de la Higuera, deseaba, al contrario, cesasen por una pronta compostura y acelerasen mi regreso. Ya habían pasado seis meses, y creo que su constancia habría vencido siempre al tiempo si sólo hubiera tenido que luchar con éste, pero tenía todavía enemigos más poderosos. Don Blas de Cambados, hidalgo de la costa occidental de Galicia, pasó a Coria a recoger una rica herencia que le había disputado en vano don Miguel de Caprara, su primo, y se avecindó allí por haberle parecido aquel país más agradable que el suyo. Cambados era bien plantado, parecía afable y atento, siendo al mismo tiempo muy persuasivo. Presto hizo conocimiento con todas las gentes decentes de la ciudad y supo los asuntos de unos y de otros.
»No estuvo mucho tiempo sin saber que don Jorge tenía una hija cuya peligrosa hermosura parecía no inflamar a los hombres sino para su desgracia, cosa que excitó su curiosidad. Quiso ver a una señora tan temible, y habiendo buscado a este efecto la amistad de su padre, consiguió ganarla tan bien, que el viejo, mirándole ya como a yerno, le dió entrada en su casa, con permiso de hablar en su presencia a doña Elena. El gallego nada tardó en enamorarse de ella; esto era inevitable. Se declaró con don Jorge, quien le dijo que accedía a su pretensión, pero que no quería precisar a su hija, y que así, la dejaba dueña de la elección. En seguida se valió don Blas de todos los medios que pudo discurrir para agradarla; pero estaba tan prendada de mí, que no le dió oídos. Felicia, sin embargo, se había interesado por aquel caballero, habiéndola obligado éste con regalos a contribuir a su amor, y así, empleaba en ello toda su habilidad. Por otra parte, el padre ayudaba a la criada con reconvenciones, y, con todo, en un año entero no hicieron mas que atormentar a doña Elena, sin poder reducirla a olvidarme.
»Viendo Cambados que don Jorge y Felicia se empeñaban inútilmente por él, les propuso un arbitrio para vencer la obstinación de una amante tan apasionada. «Ved aquí—les dijo—lo que he pensado: fingiremos que un mercader de Coria acaba de recibir carta de un comerciante italiano, en la que, después de hablarle largamente de negocios de comercio, se leerán las palabras siguientes: «Poco tiempo hace que llegó a la corte de Parma un caballero español, llamado don Gastón de Cogollos. Dice ser sobrino y único heredero de una viuda rica de Coria, llamada doña Leonor de Lajarilla, y pretende casarse con la hija de un señor poderoso, pero no quieren aceptar su propuesta hasta haberse informado de la verdad, y tengo el encargo de preguntárselo a usted. Dígame, le suplico, si conoce a este don Gastón y en qué consisten los bienes de su tía. La respuesta de usted decidirá este enlace.—Parma, etc.»
»Esta trampa le pareció al viejo un juego y engaño perdonable en los enamorados; la criada, aún menos escrupulosa que el buen hombre, la aplaudió mucho. La ficción les pareció tanto mejor cuanto que conocían la altivez de Elena, la cual, como no llegara a sospechar el fraude, era una mujer capaz de resolverse a abrazar el partido que le proponían. Don Jorge tomó a su cargo el anunciarle por sí mismo mi inconstancia, y, para que pareciera la cosa más natural, hacerle hablar al mercader que había recibido de Parma la supuesta carta. Efectuaron el pensamiento como lo habían formado. El padre, alterado y aparentando enojo y despecho, le dijo: «Hija mía Elena, nada más te diré sino que nuestros parientes todos los días claman sobre que jamás permita entre en nuestra familia al homicida de don Agustín, y hoy tengo otra razón más poderosa para alejarte de don Gastón. ¡Avergüénzate de serle tan fiel! Es un voltario, un pérfido, y ve aquí una prueba cierta de su infidelidad: lee tú misma esa carta que un mercader de Coria acaba de recibir de Italia.» Asustada Elena, tomó el fingido papel, lo leyó, meditó sobre todas sus expresiones y se quedó absorta de la nueva de mi inconstancia. Un afecto de ternura le hizo después verter algunas lágrimas; pero recobrando presto su orgullo, las enjugó y dijo con entereza a su padre: «Señor, usted que ha sido testigo de mi flaqueza séalo también de la victoria que voy a conseguir sobre mí. ¡Ya se acabó! Don Gastón es ya despreciable a mis ojos; en él sólo veo al hombre más indigno de este mundo. ¡No hablemos más de él! ¡Vamos, nada me detiene ya! Dispuesta estoy a dar la mano a don Blas. ¡Ojalá que mi casamiento preceda al de aquel pérfido que tan mal ha pagado mi amor!» Don Jorge, enajenado de alegría al oír estas palabras, abrazó a su hija, alabó la esforzada resolución que tomaba y, aplaudiéndose del feliz éxito de la estratagema, se dió prisa a cumplir los deseos de mi rival. De este modo me quitaron a doña Elena, la que se entregó precipitadamente a Cambados, sin querer escuchar al amor que le hablaba por mí en su corazón ni aun dudar un instante de una noticia que debiera haber encontrado menos credulidad en una amante. Impelida de su orgullo, sólo dió oídos a su vanidad, y el resentimiento de la injuria que imaginaba había yo hecho a su hermosura superó al interés de su amor. Sin embargo, pasados algunos días después de su casamiento, sintió algunos remordimientos de haberlo acelerado. Se le previno entonces que la carta del mercader podía haber sido fingida, y esta sospecha la inquietó; pero el enamorado don Blas no daba lugar a que su mujer alimentase ideas contrarias a su reposo y no pensaba mas que en divertirla, lo que conseguía con repetidos placeres que tenía arte para inventar.
»Ella parecía vivir muy gustosa con un esposo tan obsequioso y reinaba entre ambos una perfecta unión, cuando mi tía compuso mi asunto con los parientes de don Agustín, de lo que recibí aviso en Italia inmediatamente. Estaba entonces en Regio, en la Calabria Ulterior. Pasé a Sicilia, de allí a España, y, llevado en alas del amor, llegué en fin a Coria. Doña Leonor, que no me había escrito el casamiento de la hija de don Jorge, me lo notició a mi llegada, y viendo que me afligía, dijo: «Haces mal, sobrino mío, de mostrarte tan sentido de la pérdida de una dama que no ha podido serte fiel. Créeme: destierra del corazón y de la memoria a una persona que ya no es digna de ocuparlos.»
»Como mi tía ignoraba que habían engañado a doña Elena, tenía razón para hablarme así y no podía darme un consejo más discreto, por lo que me prometí seguirlo, o a lo menos aparentar un aire indiferente si no era capaz de vencer mi pasión. Sin embargo, no pude resistir al deseo de saber de qué modo se había concertado este casamiento y, para enterarme, resolví ver a la amiga de Felicia, es decir, a la señora Teodora, de quien ya os he hablado. Fuí a su casa, en donde casualmente encontré a Felicia, la cual, estando muy ajena de verme, se turbó y quiso retirarse por evitar la averiguación que juzgó querría yo hacer. La detuve y le dije: «¿Por qué huís de mí? ¿No está contenta la perjura Elena con haberme sacrificado? ¿Os ha prohibido escuchar mis quejas? ¿O tratáis solamente de evitar mi presencia por haceros un mérito con la ingrata de haberos negado a oírlas?»
«Señor—me respondió la criada—, confieso ingenuamente que vuestra presencia me confunde; no puedo veros sin sentirme despedazada de mil remordimientos. A mi ama la han seducido y yo he tenido la desgracia de ser cómplice en la seducción. A vista de esto, ¿puedo yo sin vergüenza presentarme a usted?» «¡Oh cielos!—repliqué yo con sorpresa—. ¿Qué me dices? ¡Explícate con más claridad!» Entonces la criada me contó punto por punto la estratagema de que se había valido Cambados para robarme a doña Elena, y advirtiendo que su narración me atravesaba el alma, se esforzó a consolarme. Me ofreció sus buenos oficios para con su ama; me prometió desengañarla y pintarle mi desesperación; en una palabra, no omitir nada para suavizar el rigor de mi suerte; en fin, me dió esperanzas que mitigaron algún tanto mis penas.
»Dejando a un lado las infinitas contradicciones que tuvo que sufrir de parte de doña Elena para que consintiera en verme, al fin pudo conseguirlo y resolvieron entre ellas que me introducirían secretamente en casa de don Blas la primera vez que éste saliese para una hacienda, adonde iba de tiempo en tiempo a cazar y en la que se detenía por lo común un día o dos. Este designio no tardó en ejecutarse; el marido se ausentó, de lo que advertido yo, fuí introducido en el cuarto de su mujer.
»Quise principiar la conversación con reconvenciones, pero ella me hizo callar diciéndome: «Es inútil traer a la memoria lo pasado; aquí no se trata de enternecernos uno y otro, y os engañáis si me creéis dispuesta a halagar vuestro afecto. Yo os declaro que no he dado mi consentimiento para esta secreta entrevista ni he cedido a las instancias que se me han hecho sino para deciros de viva voz que en adelante no debéis pensar mas que en olvidarme. Quizá viviría yo más satisfecha de mi suerte si ésta se hubiese unido a la vuestra; pero ya que el Cielo lo ha dispuesto de otra manera, quiero obedecer sus decretos.»
«Pues qué, señora—le respondí—, ¿no basta el haberos perdido? ¿No basta ver al dichoso don Blas poseer pacíficamente la única persona que soy capaz de amar, sino que también debo desterraros de mi pensamiento? ¡Queréis privarme de mi amor y quitarme el único bien que me queda! ¡Ah, cruel! ¿Pensáis que sea posible que un hombre a quien robasteis el corazón vuelva a recobrarle? ¡Conoceos más bien que os conocéis y dejaos de exhortarme en vano a que os borre de mi memoria!» «Está bien—replicó ella con precipitación—; pues cesad vos también de esperar que yo corresponda a vuestra pasión con algún agradecimiento. Sólo una palabra tengo que deciros: la esposa de don Blas no será la amante de don Gastón. Caminad sobre este supuesto. Retiraos—añadió—y acabemos prontamente una conversación de que me reprendo a mí misma, a pesar de la pureza de mis intenciones, y que miraría como un crimen si la prolongase.»
»Al oír estas palabras, que me privaban de toda esperanza, me arrojé a los pies de doña Elena; habléle con la mayor ternura y empleé hasta lágrimas para enternecerla; pero todo esto no sirvió mas que de excitar acaso algunos afectos de lástima, que tuvo buen cuidado de ocultar y que sacrificó a su deber. Después de haber apurado infructuosamente las expresiones amorosas, los ruegos y las lágrimas, mi cariño se convirtió de repente en furor y saqué la espada con intento de atravesarme con ella a presencia de la inexorable Elena, que apenas advirtió mi acción cuando se arrojó a mí para precaver sus consecuencias. «¡Deteneos, Cogollos!—me dijo—. ¿Es este el modo que tenéis de mirar por mi reputación? Quitándoos así la vida, vais a deshonrarme y hacer pasar a mi marido por un asesino.»
»En la desesperación de que estaba dominado, muy lejos de atender a estas palabras como debía, no pensaba mas que en burlar los esfuerzos que hacían el ama y la criada para salvarme de mi funesta mano. Sin duda hubiera conseguido demasiado pronto mi intento si don Blas, que estaba avisado de nuestra entrevista y que en lugar de ir a su hacienda se había escondido detrás de un tapiz para oír nuestra conversación, no hubiera acudido corriendo a unirse a ellas. «¡Señor don Gastón—exclamó, deteniéndome el brazo—, recóbrese usted y no se rinda cobardemente al furioso enajenamiento que le agita!»
»Yo interrumpí a Cambados diciéndole: «¿Es usted quien me impide ejecutar mi resolución, cuando debiera atravesar mi pecho con un puñal? Mi amor, aunque desgraciado, os ofende. ¿No basta que me sorprendáis de noche en el cuarto de vuestra esposa? ¿Se necesita más para excitar vuestra venganza? ¡Traspasadme para libraros de un hombre que no puede dejar de adorar a doña Elena sino cesando de vivir!» «En vano—me respondió don Blas—procura usted interesar mi honor para que le dé la muerte. Bastante castigado queda usted de su temeridad, y yo agradezco tanto a mi esposa sus sentimientos virtuosos, que le perdono la ocasión en que los ha manifestado. Creedme, Cogollos—añadió—, no os desesperéis como un débil amante; someteos con valor a la necesidad.»
»El prudente gallego, con estas y otras semejantes expresiones, calmó poco a poco mi arrebato y despertó mi virtud. Me retiré con ánimo de alejarme de Elena y de los lugares que habitaba, y dos días después me volví a Madrid, en donde, no queriendo ya ocuparme sino en el cuidado de mi fortuna, comencé a presentarme en la corte y a ganar en ella amigos. Pero he tenido la desgracia de contraer una estrecha amistad con el marqués de Villarreal, gran señor portugués, el cual, por haberse sospechado de él que pensaba en libertar a Portugal del dominio de los españoles, está hoy en el castillo de Alicante. Como el duque de Lerma ha sabido que yo era íntimo amigo de este señor, me ha hecho también prender y conducir aquí. Este ministro cree que puedo ser cómplice en tal proyecto, ultraje que es más sensible para un hombre noble y castellano.»
Aquí cesó de hablar don Gastón y yo le consolé diciendo: «Caballero, el honor de usted no puede recibir lesión alguna en esta desgracia, la cual en adelante sin duda será a usted de provecho. Cuando el duque de Lerma se entere de su inocencia, no dejará de darle un empleo importante para restablecer la buena opinión de un caballero acusado injustamente de traición.»
CAPITULO VII
Escipión va a la torre de Segovia a ver a Gil Blas y le da muchas noticias.
Tordesillas, que entró en la sala, interrumpió nuestra conversación diciéndome: «Señor Gil Blas, acabo de hablar con un mozo que se ha presentado a la puerta de esta prisión y preguntado si estaba usted preso; y no habiéndole querido dar respuesta, me dijo llorando: «¡Noble alcaide, no desprecie usted mi humilde súplica; dígame si el señor Santillana está aquí! Soy su principal criado, y si me permite verle hará en ello una obra de caridad. En Segovia está usted tenido por un hidalgo compasivo, y así, espero no me niegue el favor de hablar un instante con mi querido amo, que es más infeliz que culpado.» En fin—continuó don Andrés—, este mozo me ha manifestado tanto deseo de ver a usted, que le he prometido darle a la noche este gusto.»
Aseguré a Tordesillas que el mayor placer que podía darme era traerme aquel joven, quien probablemente tendría que decirme cosas muy importantes. Esperé con impaciencia el momento de ver a mi fiel Escipión, porque no dudaba fuese él, y, a la verdad, no me engañaba. A la caída del día se le dió entrada en la torre, y su gozo, que solamente podía igualarse con el mío, se mostró al verme con arrebatos extraordinarios. Yo, con el júbilo que sentí al verle, le abracé, y él hizo lo mismo con todo cariño. Fué tal la satisfacción que tuvieron de verse el amo y el secretario, que se confundieron en uno con este abrazo.
En seguida de esto pregunté a Escipión en qué estado había dejado mi casa. «Ya no tiene usted casa—me respondió—, y para ahorrarle el trabajo de hacer preguntas sobre preguntas voy a decir en dos palabras lo que ha pasado en ella. Vuestros muebles han sido saqueados, tanto por los ministros como por los criados de usted, los cuales, mirándole ya como un hombre enteramente perdido, han tomado a cuenta de sus salarios cuanto han podido llevar. La fortuna fué que tuve la habilidad de salvar de sus garras dos grandes talegos de doblones de a ocho que saqué del cofre y puse en salvo. Salero, a quien he hecho depositario de ellos, os los devolverá cuando salgáis de la torre, en donde no creo estéis mucho tiempo a expensas de su majestad, pues habéis sido preso sin conocimiento del duque de Lerma.»
Pregunté a Escipión de dónde sabía que su excelencia no tenía parte en mi desgracia. «¡Ah! Ciertamente—me respondió—, de ello estoy muy bien informado, pues un amigo mío, confidente del duque de Uceda, me ha contado todas las particularidades de vuestra prisión. Me ha dicho que, habiendo descubierto Calderón por medio de un criado que la señora Sirena, usando de otro nombre, recibía de noche al príncipe de España, y que el conde de Lemos manejaba esta trama valiéndose del señor de Santillana, había resuelto vengarse de ellos y de su querida, para cuyo logro, dirigiéndose secretamente al duque de Uceda, se lo descubrió todo, y que alegre éste de que se le hubiese presentado tan bella ocasión de perder a su enemigo, no dejó de aprovecharla, informando al rey de lo que había sabido y haciéndole presente con eficacia los peligros a que el príncipe se había expuesto. Indignado su majestad de esta noticia, mandó poner en la casa de las Recogidas a Sirena, desterró al conde de Lemos y condenó a Gil Blas a una prisión perpetua. Vea usted aquí—prosiguió Escipión—lo que me ha dicho mi amigo. Ya ve usted que su desgracia es obra del duque de Uceda, o más bien de don Rodrigo Calderón.»
Esta relación me hizo creer que con el tiempo podrían componerse mis asuntos y que el duque de Lerma, resentido del destierro de su sobrino, todo lo pondría en movimiento para hacerle volver a la corte, y me lisonjeaba de que su excelencia no me olvidaría. ¡Qué gran cosa es la esperanza! De un golpe me consolé de la pérdida de mis efectos y me puse tan alegre como si tuviera motivo para estarlo. Lejos de mirar mi prisión como una habitación desdichada, en donde quizá había de acabar mis días, me pareció un medio de que se valía la Fortuna para elevarme a un gran puesto. Mi fantasía discurría del modo siguiente: los allegados del primer ministro son don Fernando de Borja, el padre Jerónimo de Florencia y sobre todo fray Luis de Aliaga, quien le debe el lugar que ocupa cerca del rey. Con el favor de estos poderosos amigos, su excelencia destruirá sus enemigos, o, por otra parte, el Estado acaso mudará presto de semblante. Su Majestad está muy achacoso, y así que muera, la primera cosa que hará el príncipe su hijo será llamar al conde de Lemos, quien me sacará inmediatamente de aquí, me presentará al monarca, el que, para compensar los trabajos que he padecido, me colmará de beneficios. Embelesado así con pensar en los gustos venideros, casi ya no sentía los males presentes. Creo también que los dos talegos de doblones que mi secretario había depositado en casa del platero contribuyeron tanto como la esperanza para consolarme prontamente.
El celo e integridad de Escipión me habían agradado mucho y en prueba de ello le ofrecí la mitad del dinero que había salvado del pillaje, lo que rehusó. «Espero de usted—me dijo—otra señal de reconocimiento.» Admirado tanto de sus palabras como de que rehusara la oferta, le pregunté qué podía hacer por él. «No nos separemos—me respondió—; permita usted que una mi fortuna con la suya. Jamás he tenido a ningún amo el amor que tengo a usted.» «Y yo, hijo mío—le dije—, puedo asegurarte que no amas a un ingrato. Desde el punto en que te presentaste para servirme, gusté de ti; posible es que ambos hayamos nacido bajo los signos de Libra o Géminis, que, según dicen, son las dos constelaciones que unen a los hombres. Admito gustoso la compañía que me propones, y para dar principio a ella voy a pedir al señor alcaide te encierre conmigo en esta torre.» «Eso es lo que quiero—exclamó—; usted me ha adivinado el pensamiento e iba a suplicarle pretendiese esta gracia, pues aprecio más vuestra compañía que la libertad. Solamente saldré algunas veces para ir a Madrid a adquirir noticias a la covachuela y ver si ha habido en la corte alguna mudanza que pueda serle a usted favorable, de modo que en mí tendrá usted a un mismo tiempo un confidente, un correo y un espía.»
Estas ventajas eran demasiado considerables para privarme de ellas. Retuve, pues, conmigo a un hombre tan útil, con licencia del generoso alcaide, que no me quiso negar tan dulce consuelo.
CAPITULO VIII
Del primer viaje que hizo Escipión a Madrid; cuál fué el motivo y éxito de él. Dale a Gil Blas una enfermedad y resultas que tuvo.
Aunque comúnmente decimos que no tenemos mayores enemigos que nuestros criados, no hay duda en que, cuando nos son fieles y afectos, son nuestros mejores amigos. La inclinación que Escipión me había manifestado me hacía mirarle como a mi misma persona. Así, ya no hubo subordinación ni etiqueta entre Gil Blas y su secretario. Habitaron en adelante comiendo y durmiendo juntos.
La conversación de Escipión era muy divertida, y con razón se le podía haber llamado el hombre de buen humor. Además era discreto y me iba bien con sus consejos. Un día le dije: «Amigo mío, me parece no sería malo que yo escribiese al duque de Lerma; esto no puede producir mal efecto. ¿Qué te parece a ti?» «Ya estoy—respondió—; pero los grandes se mudan tanto de un instante a otro, que no sé cómo recibirá vuestra carta. No obstante, soy de dictamen que no se pierde nada en que escribáis, pero con maña. Aunque el ministro os estima, no fiéis por eso en que se acordará de vos. Esta suerte de protectores fácilmente olvida a aquellos de quienes ya no oyen hablar.»
«Aunque eso es muy cierto—le repliqué—, yo hago mejor concepto de mi favorecedor. Conozco su bondad; estoy persuadido de que se compadece de mis penas y que siempre las tiene presentes. A la cuenta, espera para sacarme de la prisión que se aplaque la cólera del rey.» «Sea enhorabuena—respondió—; yo me alegraré que el juicio que usted hace de su excelencia sea verdadero. Implore usted su patrocinio por medio de una carta muy expresiva, que yo se la llevaré y entregaré en su propia mano.» Pedí papel y tintero y compuse un trozo de elocuencia que a Escipión le pareció patético y Tordesillas juzgó superior a las mismas homilías del arzobispo de Granada.
Yo me lisonjeaba de que el duque de Lerma se compadecería al leer la triste pintura que le hacía del miserable estado en que no estaba, y con esta confianza hice partir mi correo, el cual apenas llegó a Madrid cuando fué a casa del ministro. Encontró a uno de mis amigos, ayuda de cámara, que le facilitó ocasión de hablar al duque, a quien dijo, presentándole el pliego que llevaba: «Señor, uno de los más fieles criados de su excelencia, el cual duerme sobre paja en un obscuro calabozo de la torre de Segovia, le suplica muy humildemente lea esa carta, que de lástima le ha facilitado poder escribir uno de los carceleros.» El ministro la abrió y leyó; pero aunque vió en ella un retrato capaz de enternecer el corazón más duro, lejos de mostrarse compadecido, levantó la voz y dijo al correo delante de algunas personas que podían oírlo: «Amigo, diga usted a Santillana que es mucha osadía el recurrir a mí después de la acción perversa que ha cometido y por la cual se le ha impuesto el castigo que merece. Es un hombre indigno, que ya no debe contar con mi apoyo y a quien abandono al resentimiento del rey.»
Escipión, sin embargo de su desahogo, se quedó turbado de oír hablar de esta suerte al ministro; pero, a pesar de su turbación, no dejó de interceder por mí. «Señor—replicó—, aquel pobre preso morirá de dolor cuando sepa la respuesta de vuestra excelencia.» El duque no respondió a mi intercesor sino mirándole de sobre ojo y volviéndole la espalda. Así me trataba este ministro para disimular mejor la parte que había tenido en la amorosa intriga del príncipe de España, y esto es lo que deben esperar todos los agentes inferiores de quienes se valen los grandes señores en sus secretos y peligrosos manejos.
Cuando mi secretario volvió a Segovia y me contó el resultado de su comisión, me sepulté de nuevo en el abismo de tristezas en que caí el primer día de mi prisión y aun me creí más desgraciado faltándome la protección del duque de Lerma. Decaí de ánimo, y por más que me dijeron para consolarme, todo fué inútil; atormentáronme otra vez los pesares, de manera que insensiblemente me causaron una grave enfermedad.
El señor alcaide, que se interesaba en mi salud, creído de que para recobrarla era lo mejor llamar médicos, me trajo dos que tenían traza de ser unos celosos servidores de la diosa Libitina. «Señor Gil Blas—me dijo al presentármelos—, vea usted aquí dos Hipócrates que vienen a visitarle y que dentro de poco le pondrán bueno.» Era tal la oposición que tenía yo a estos doctores, que seguramente los habría recibido muy mal si me hubiera quedado algún apego a la vida; pero me sentía tan cansado de ella, que agradecí a Tordesillas el que me pusiera en sus manos.
«Caballero—me dijo uno de los médicos—, es necesario ante todas cosas que usted tenga confianza en nosotros.» «La tengo muy grande—le respondí—, pues estoy cierto de que con la asistencia de ustedes quedaré curado de todos mis males en pocos días.» «Sí—respondió—, lo quedará usted mediante Dios, y nosotros haremos a lo menos lo que esté de nuestra parte para ello.» En efecto, estos señores se portaron tan maravillosamente, que a ojos vistas me iban llevando a la sepultura. Desconfiado ya don Andrés de mi curación, hizo venir un religioso de San Francisco para que me ayudase a bien morir. El buen padre, después de haber hecho su deber, se retiró, y yo, viéndome en mi última hora, hice señas a Escipión para que se acercara a mi cama. «Amado amigo mío—le dije con una voz casi apagada; tal era la debilidad que las medicinas y sangrías me habían causado—, de los dos talegos que hay en casa de Gabriel, te dejo uno y te suplico lleves el otro a Asturias a mis padres, quienes, si todavía viven, estarán necesitados. Pero, ¡ay de mí, temo mucho que no han de haber podido sobrevivir a mi ingratitud! Lo que Moscada sin duda les habrá contado de mi dureza quizá les habrá causado la muerte. Si el Cielo los ha conservado a pesar de la indiferencia con que he pagado su ternura, les darás el talego de doblones, suplicándoles me perdonen mi mala correspondencia, y si han muerto te encargo emplees el dinero en pedir al Cielo por el descanso de sus almas y la mía.» Diciendo esto, le alargué una mano, que bañó con sus lágrimas sin poder responderme una palabra; tal era la aflicción que tenía el pobre mozo de mi pérdida; lo que prueba que el llanto de un heredero no es siempre risa disimulada.
Esperaba, pues, experimentar el trance de la muerte, y, no obstante, me engañé. Habiéndome desahuciado mis doctores y dejado campo libre a la naturaleza, ésta fué la que me sacó del peligro. La calentura, que, según su pronóstico, debía llevarme al otro mundo, quiso desmentirlos y me dejó. Poco a poco me restablecí con la mayor felicidad y un perfecto sosiego de espíritu fué el fruto de mi mal. Ya entonces no necesité de consuelo; antes bien, miré las riquezas y honores con aquel desprecio que inspira la cercanía de la muerte, y, vuelto en mí mismo, bendecía mi desgracia y daba gracias al Cielo, como si me hubiese hecho un favor particular, e hice firme propósito de no volver más a la corte, aun cuando el duque de Lerma quisiese llamarme a ella, con ánimo, si salía de la prisión, de comprar una casa de campo y vivir en ella como un filósofo.
Escipión aprobó mi pensamiento y me dijo que, para que tuviese efecto cuanto antes, pensaba volver a Madrid a solicitar mi soltura. «Me ha ocurrido una cosa—añadió—. Conozco a una persona que podrá servirnos, y es la criada favorita del ama de leche del príncipe, que es una muchacha de entendimiento. Voy a que hable a su ama y a poner todos los medios imaginables para sacar a usted de esta torre, en donde, aunque se le dé el mejor trato, siempre es prisión.» «Dices bien—le respondí—. Vé, amigo mío, sin perder tiempo, a dar principio a esa diligencia. ¡Pluguiese al Cielo que estuviéramos ya en nuestro retiro!»
CAPITULO IX
Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué condiciones alcanzó la libertad de Gil Blas; adónde fueron los dos después de haber salido de la torre de Segovia y conversación que tuvieron.
Salió, pues, Escipión para Madrid, y yo, ínterin volvía, me dediqué a la lectura. Tordesillas me suministraba más libros de los que yo quería, los que le prestaba un comendador viejo que no sabía leer, pero que, queriendo hacer ostentación de hombre sabio, tenía una gran librería. Sobre todo me agradaban las buenas obras morales, porque encontraba en ellas a cada momento pasajes que lisonjeaban mi aversión a la corte y la afición que había cobrado a la soledad.
Tres semanas estuve sin oír hablar de mi agente, el cual volvió en fin y me dijo muy contento: «¡Ahora sí, señor de Santillana, que traigo a usted buenas nuevas! La señora ama ha tomado cartas por usted. Su criada, a mis ruegos, y mediante cien doblones que le he ofrecido, ha tenido la bondad de moverla a que pida al príncipe solicite vuestra soltura, y éste, que, como otras veces he dicho a usted, nada le niega, ha prometido hablar al rey su padre a fin de conseguirla. He venido a toda prisa a decíroslo y con la misma vuelvo a dar la última mano a mi obra.» Diciendo esto me dejó y volvió a tomar el camino de la corte.
No fué largo su tercer viaje. Al cabo de ocho días estuvo de vuelta y me dijo que el príncipe había, aunque no sin trabajo, obtenido del rey mi libertad, lo cual en el mismo día me confirmó el señor alcaide, quien vino a decirme abrazándome: «Mi amado Gil Blas, gracias al Cielo, usted ya está libre y tiene abiertas las puertas de esta prisión; pero las dos condiciones con que se le concede a usted esta libertad quizá le darán mucha pena y siento verme en la obligación de hacérselas saber. Su Majestad prohibe a usted se presente en la corte y le manda salir de las dos Castillas en el término de un mes. Me es de gran mortificación el que se le prohiba a usted ir a la corte.» «Pues yo estoy muy contento—le respondí—. ¡Bien sabe Dios lo que pienso de ella! Sólo esperaba del rey una gracia, y me ha hecho dos.»
Viéndome ya libre, hice alquilar dos mulas, en las cuales salimos el día siguiente mi confidente y yo, después de haberme despedido de Cogollos y dado mil gracias a Tordesillas por todos los favores que me había hecho. Tomamos alegremente el camino de Madrid para recoger del señor Gabriel los dos talegos, en cada uno de los cuales había quinientos doblones de a ocho. En el camino me dijo mi compañero: «Si no tenemos bastante dinero para comprar una hacienda magnífica, a lo menos habrá para una mediana.» «Yo me daría por feliz—le respondí—aun cuando no tuviese mas que una choza; en ella estaría contento con mi suerte. Aunque apenas he llegado a la mitad de mi carrera, estoy tan desengañado del mundo, que sólo quiero vivir para mí. Además de esto, te digo que me he formado de los placeres de la vida campestre una idea que me embelesa y hace que los goce con anticipación. Me parece que ya veo el esmalte de los prados, que oigo el canto de los ruiseñores y el murmullo de los arroyos; que unas veces creo divertirme en la caza y otras en la pesca. Imagínate, amigo mío, los diferentes recreos que nos esperan en la soledad y tendrás tanta complacencia como yo. En orden a nuestro sustento, el más simple será el mejor; un pedazo de pan podrá satisfacernos cuando nos atormente el hambre, y el apetito con que lo comamos nos le hará parecer muy sabroso. El deleite no consiste en la bondad de los alimentos exquisitos, sino en nosotros, y esto es tanta verdad como que mis comidas más delicadas no son aquellas en que veo reinar el arte y la abundancia. La frugalidad es una fuente de delicias maravillosa para conservar la salud.»
«Con el permiso de usted, señor Gil Blas—me interrumpió mi secretario—, yo no soy enteramente de su opinión sobre la supuesta frugalidad con que usted quiere obsequiarme. ¿Por qué nos hemos de mantener como unos Diógenes? Aun cuando comamos bien, no caeremos enfermos por eso. Créame usted: ya que tenemos, gracias a Dios, con qué vivir cómodamente en nuestro retiro, no le hagamos la mansión del hambre y de la pobreza. Luego que tengamos una hacienda, será preciso abastecerla de buenos vinos y de todas las demás provisiones convenientes a personas de entendimiento, que no dejan el trato humano para renunciar a las comodidades de la vida, sino más bien para gozarlas con más quietud. Lo que cada uno tiene en su casa—dice Hesíodo—no daña, en lugar de que lo que no se tiene puede dañar. Vale más—añade—tener uno en su casa las cosas necesarias que desear tenerlas.»
«¡Qué diablos es eso, señor Escipión!—interrumpí—. ¿Usted ha manejado los poetas griegos? ¡Hola! ¿En dónde leyó usted a Hesíodo?» «En casa de un sabio—respondió—. Serví algún tiempo en Salamanca a un pedante que era un gran comentador; en un abrir y cerrar de ojos componía un grueso volumen recopilando pasajes hebreos, griegos y latinos, que extractaba de los libros de su biblioteca y traducía al castellano. Como yo era su amanuense, he retenido no sé cuántas sentencias, todas tan notables como las que acabo de citar.» «Siendo así—le repliqué—, tienes la memoria bien adornada. Pero, viniendo a nuestro proyecto, ¿en qué reino de España te parece del caso que fijemos nuestra residencia filosófica?» «Yo opino por Aragón—respondió mi confidente—; allí encontraremos sitios muy amenos, en donde podremos pasar una vida deleitosa.» «Está bien—le dije—, sea así. Detengámonos en Aragón; consiento en ello. ¡Ojalá descubramos una morada que me proporcione todos los placeres con que se recrea mi imaginación!»
CAPITULO X
De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién encontró Gil Blas en la calle, y de lo que siguió a este encuentro.
Luego que llegamos a Madrid fuimos a apearnos a una pequeña posada, en la cual se había alojado Escipión en sus viajes. Lo primero que hicimos fué ir a casa de Salero a recoger nuestros doblones. Recibiónos muy bien; me manifestó se alegraba mucho de verme en libertad. «Aseguro a usted—añadió—que he sentido mucho su desgracia, la cual me ha disgustado de la amistad de las gentes de la Corte, cuyas fortunas están muy en el aire. He casado a mi hija Gabriela con un rico mercader.» «Usted ha obrado con juicio—le respondí—. Además de que este partido es más sólido, un plebeyo que llega a ser suegro de un noble no está siempre gustoso con su señor yerno.»
Después, mudando de conversación y viniendo a nuestro asunto, proseguí: «Señor Gabriel, háganos usted el favor, si gusta, de entregarnos los dos mil doblones que...» «Vuestro dinero está pronto—interrumpió el platero, el cual, habiéndonos hecho pasar a su gabinete, nos mostró dos talegos en los cuales había unos rótulos que decían: «Estos talegos de doblones son del señor Gil Blas de Santillana.»—. Ved aquí—me dijo—el depósito tal como se me confió.»
Di gracias a Salero del favor que me había hecho, y muy consolado de haberme quedado sin su hija, nos llevamos los talegos a la posada, en donde contamos nuestras monedas. La cuenta se encontró cabal, rebajados los cincuenta doblones que se habían gastado en conseguir mi libertad. Ya no pensamos mas que en disponernos para ir a Aragón. Mi secretario tomó a su cargo comprar una silla volante y dos mulas. Yo por mi parte cuidé de la compra de ropa blanca y vestidos. En una de las veces que iba arriba y abajo a estas compras encontré al barón de Steinbach, aquel oficial de la guardia alemana en cuya casa se había criado don Alfonso.
Saludé a este caballero alemán, quien, habiéndome también conocido, se vino a mí y me abrazó. «Me alegro en extremo—le dije—de ver a su señoría en tan buena salud y al mismo tiempo de tener ocasión de saber de mis amados señores don César y don Alfonso de Leiva.» «Puedo dar a usted noticias suyas muy ciertas—me respondió—, pues ambos están actualmente en Madrid y en mi casa. Tres meses hace que vinieron a la corte a dar gracias al rey de un empleo que su majestad ha conferido a don Alfonso en premio de los servicios que sus abuelos hicieron al Estado; le ha nombrado gobernador de la ciudad de Valencia, sin que le haya pedido este cargo ni solicitándolo por otra persona. No se ha hecho una gracia más espontánea, lo cual prueba que nuestro monarca gusta de recompensar el valor.»
Aunque yo sabía mejor que Steinbach el origen de esto, no manifesté saber la menor cosa de lo que me contaba y sí un deseo tan vivo de saludar a mis antiguos amos, que para satisfacerlo me condujo inmediatamente a su casa. Yo quería probar a don Alfonso y juzgar por su recibimiento si me estimaba todavía. Le encontré en una sala jugando al ajedrez con la baronesa de Steinbach. Luego que me conoció, dejó el juego y se vino a mí arrebatado de gozo, y estrechándome entre sus brazos me dijo en un tono que manifestaba una ingenua alegría: «¡Santillana! ¡Conque al fin vuelvo a verte! ¡Estoy loco de contento! No ha estado en mi mano el que no hayamos permanecido siempre juntos; yo te rogué, si haces memoria, que no te fueras de la casa de Leiva, y tú no hiciste caso de mis ruegos. No obstante, no te lo imputo a delito; antes bien, te agradezco el motivo de tu ida; pero desde entonces debieras haberme escrito y ahorrarme el trabajo de hacerte buscar inútilmente en Granada, en donde mi cuñado don Fernando me había escrito que estabas. Después de esta ligera reconvención—continuó—, dime qué haces en Madrid. Regularmente tendrás aquí algún empleo. Ten por cierto que me intereso ahora más que nunca en tu bien.» «Señor—le respondí—, no hace todavía cuatro meses que ocupaba en la corte un puesto de bastante consideración. Tenía la honra de ser secretario y confidente del duque de Lerma.» «¡Es posible!—exclamó don Alfonso con grande asombro—. ¡Qué! ¿Has merecido tú la confianza de este primer ministro?» «Logré su favor—respondí—y le perdí del modo que voy a decir.» Entonces le conté toda esta historia y concluí mi narrativa exponiéndole la determinación que había tomado de comprar, con lo poco que me quedaba de mi prosperidad pasada, una pobre choza para pasar en ella una vida retirada.
El hijo de don César, después de haberme oído con mucha atención, me dijo: «Mi amado Gil Blas, ya sabes que siempre te he querido y ahora más que nunca. Pues el Cielo me ha puesto en estado de poder aumentar tus bienes, quiero que no seas más tiempo juguete de la fortuna. Para libertarte de su poder, te quiero dar una hacienda que no podrá quitarte, y pues estás determinado a vivir en el campo, te doy una pequeña quinta que tenemos cerca de Liria, distante cuatro leguas de Valencia, que ya has visto tú. Este regalo podemos hacerlo sin incomodarnos, y me atrevo a asegurar que mi padre no desaprobará esta determinación y que Serafina recibirá en ello gran contento.»
Me arrojé a los pies de don Alfonso, quien al momento me hizo levantar; le besé la mano y, más enamorado de su buen corazón que de su beneficio, le dije: «Señor, vuestras finezas me cautivan. El don que me hacéis me es tanto más agradable cuanto que precede al agradecimiento de un favor que yo he hecho a ustedes y más bien quiero deberlo a su generosidad que a su gratitud.» Mi gobernador se quedó algo suspenso de lo que oía y no pudo menos de preguntarme de qué favor le hablaba. Díjeselo con todas sus circunstancias, lo cual aumentó su admiración. Estaba muy lejos de pensar, como el barón de Steinbach, que el Gobierno de la ciudad de Valencia se le hubiese dado por mediación mía. No obstante, no teniendo ya duda de ello, me dijo: «Gil Blas, pues que te debo mi empleo, no quiero darte sólo la pequeña hacienda de Liria: quiero agregar a ella dos mil ducados de renta al año.»
«¡Alto ahí, señor don Alfonso!—interrumpí—. ¡No despierte usted mi codicia! Los bienes no sirven mas que para corromper mis costumbres, como harto lo tengo experimentado. Acepto gustoso vuestra quinta de Liria. En ella viviré cómodamente con lo que tengo. Por otra parte, esto me es suficiente, y, lejos de desear más, primero consentiré en perder todo lo que hay de superfluo en lo que poseo. Las riquezas son una carga en un retiro en donde sólo se busca la tranquilidad.»
Don César llegó cuando estábamos en esta conversación. No manifestó al verme menos alegría que su hijo, y cuando supo el motivo del agradecimiento a que me estaba obligada su familia, se empeñó en que había de aceptar yo la renta, lo cual rehusé de nuevo. En fin, el padre y el hijo me condujeron a casa de un escribano, en donde otorgaron la escritura de donación, que ambos firmaron con más gusto que si fuera un instrumento a favor suyo. Finalizado el contrato, me lo entregaron, diciendo que la hacienda de Liria ya no era suya y que fuese cuando quisiese a tomar posesión de ella. Después se volvieron a casa del barón de Steinbach y yo fuí volando a la posada, en donde dejé pasmado a mi secretario cuando le dije que teníamos una hacienda en el reino de Valencia y le conté el modo como acababa de adquirirla. «¿Cuánto puede producir esta pequeña heredad?», me dijo. «Quinientos ducados de renta—le respondí—, y puedo asegurarte que es una amena soledad. Yo la he visto, por haber estado en ella muchas veces en calidad de mayordomo de los señores de Leiva. Es una casa pequeña, situada a la orilla del Guadalaviar, en una aldea de cinco o seis vecinos y en un país hermosísimo.»
«Lo que me gusta mucho—exclamó Escipión—es que tendremos allí caza, vino de Benicarló y excelente moscatel. ¡Vamos, amo mío, démonos prisa a dejar el mundo y llegar a nuestra ermita!» «No tengo menos deseo que tú—le respondí—de estar allá; pero antes es preciso hacer un viaje a Asturias, porque mis padres no deben de hallarse en buen estado. Quiero ir a verlos y llevármelos a Liria, en donde pasarán sus últimos días con descanso. Acaso me habrá el Cielo deparado este asilo para recibirlos en él, y si dejara de hacerlo así, me castigaría.» Escipión apoyó mucho mi determinación y aun me excitó a ejecutarla. «No perdamos tiempo—me dijo—; ya tengo carruaje. Compremos prontamente mulas y tomemos el camino de Oviedo.» «Sí, amigo mío—le respondí—, marchemos cuanto antes. Me es indispensable repartir las conveniencias de mi retiro con los que me han dado el ser. Presto estaremos de vuelta en nuestra aldea, y en llegando quiero escribir en letras de oro sobre la puerta de mi casa estos dos versos latinos:
Inveni portum: Spes et Fortuna, valete: Sat me ludistis; ludite nunc alios[1].»