LIBRO OCTAVO
José Francisco de Isla translation
CAPITULO PRIMERO
Gil Blas adquiere un buen conocimiento y logra un buen empleo, que le consuela de la ingratitud del conde Galiano. Historia de don Valerio de Luna.
Como en todo este tiempo no había oído hablar de Núñez, discurrí había ido a divertirse a algún lugar. Luego que pude andar fuí a su casa, y supe que, en efecto, hacía tres semanas estaba en Andalucía con el duque de Medinasidonia.
Al despertarme una mañana me ocurrió a la memoria Melchor de la Ronda y me acordé que le había ofrecido en Granada ir a ver a su sobrino si algún día volvía a Madrid, y queriendo cumplir mi promesa aquel mismo día, me informé de la casa de don Baltasar de Zúñiga y pasé a ella. Pregunté por el señor José Navarro, que no tardó en presentarse. Habiéndole saludado y díchole quién era, me recibió atentamente, pero con frialdad, de suerte que no podía conciliar aquel recibimiento indiferente con el retrato que me habían hecho de este repostero. Iba a retirarme, con ánimo de no volver a hacerle otra visita, cuando, mostrándome de repente un semblante apacible y risueño, me dijo con mucha expresión: «¡Ah, señor Gil Blas de Santillana! Suplico a usted me perdone el recibimiento que le he hecho. Mi memoria tiene la culpa de que yo no haya manifestado el buen afecto con que estoy dispuesto a favor de usted; se me había olvidado su nombre, y ya no pensaba en el caballero que me recomendaban en una carta que recibí de Granada hace más de cuatro meses. ¡Permitidme que os abrace!—añadió, estrechándome lleno de gozo—. Mi tío Melchor, a quien estimo y venero como a mi propio padre, me encarga encarecidamente que, si por acaso tengo la honra de ver a usted, le trate como si fuera usted su hijo y emplee en caso necesario mi valimiento y el de mis amigos en obsequio de usted. Me hace un elogio del buen corazón y talento de usted en tales términos que, aun cuando no me moviera a ello su recomendación, me empeñaría en servirle. Míreme usted, pues, le suplico, como a un hombre a quien mi tío por su carta ha comunicado toda la inclinación que le profesa. Franqueo a usted mi amistad; no me niegue la suya.»
Respondí con el agradecimiento debido a la cortesía de José, y en el mismo instante contrajimos una estrecha amistad, siendo ambos francos y sinceros. No dudé descubrirle el triste estado de mis asuntos, y apenas lo oyó cuando me dijo: «Me encargo del cuidado de acomodar a usted, y entre tanto no deje usted de venir a comer conmigo todos los días, que tendrá mejor comida que en la posada donde está.»
La oferta halagaba demasiado a un convaleciente escaso de dinero y enseñado a los buenos bocados para que yo la desechase; aceptéla, pues, y me repuse tanto en aquella casa, que a los quince días tenía ya una cara de monje bernardo. Parecióme que el sobrino de Melchor hacía en aquella casa su agosto. Pero ¿cómo no lo haría, teniendo a un mismo tiempo tres empleos, pues era jefe de la repostería, de la cueva y de la despensa? Además, y sin perjuicio de nuestra amistad, yo creo que él y el mayordomo estaban muy bien avenidos.
Ya estaba yo perfectamente restablecido, cuando viéndome un día mi amigo José llegar a casa de Zúñiga para comer, según mi costumbre, me salió a recibir y me dijo con alegría: «Señor Gil Blas, tengo que proponeros un acomodo muy bueno; sepa usted que el duque de Lerma, primer ministro de la corona de España, para entregarse enteramente al despacho de los negocios del Estado confía el cuidado de los suyos a dos personas; para recaudar sus rentas ha escogido a don Diego de Monteser y ha encargado la cuenta del gasto de su casa a don Rodrigo Calderón. Estos dos confidentes ejercen sus empleos con una autoridad absoluta y sin depender uno de otro. Don Diego tiene regularmente a sus órdenes dos administradores, que hacen las cobranzas, y como supe esta mañana que había despedido a uno de ellos, fuí a pedir su plaza para usted. El señor de Monteser, que me conoce, y de quien me precio ser estimado, me la ha concedido sin dificultad por los buenos informes que le he dado de las costumbres y capacidad de usted, y hoy, después de comer, iremos a su casa.»
Así lo hicimos; fuí recibido con mucho agrado y colocado en el empleo del administrador que había sido despedido, el cual consistía en visitar nuestras granjas, repararlas, cobrar sus arrendamientos; en una palabra, mi incumbencia era cuidar de los bienes del campo. Todos los meses daba mis cuentas a don Diego, quien, a pesar de todo el bien que le había dicho mi amigo de mí, las examinaba con mucha atención; pero esto era lo que yo quería, porque aunque mi rectitud había sido tan mal pagada en casa de mi último amo, estaba resuelto a conservarla siempre.
Supimos un día que se había pegado fuego a la quinta de Lerma y reducido a cenizas más de la mitad, y con esta noticia inmediatamente pasé a ella a reconocer el daño. Habiéndome informado puntualmente de las circunstancias del incendio, formé una extensa relación de ellas, que Monteser manifestó al duque de Lerma. El ministro, a pesar del sentimiento que tenía de saber tan mala nueva, admiró la relación y no pudo menos de preguntar quién era su autor. Don Diego no se contentó con decírselo, sino que le habló tan a favor mío que pasados seis meses se acordó su excelencia de esto con motivo de una historia que voy a contar y sin la cual puede ser que jamás hubiera yo logrado empleo en la corte. Esta historia es la siguiente:
En la calle de las Infantas vivía entonces una señora anciana, llamada Inesilla de Cantarilla, cuyo nacimiento no se sabía a punto fijo; unos decían era hija de un guitarrero y otros de un comendador de la Orden de Santiago. Fuese lo que fuese, ella era una persona admirable, pues la Naturaleza le había concedido el singular privilegio de hechizar a los hombres durante el curso de su vida, que subsistía aún después de quince lustros cumplidos. Había sido el ídolo de los señores de la corte antigua y se veía adorada de los de la nueva. El tiempo, que no respeta la hermosura, trabajaba en vano en disminuir la suya; la marchitaba, sí, pero no le quitaba el poder de agradar. Un semblante noble, un entendimiento embelesador y muchas gracias naturales le hacían excitar pasiones hasta en su vejez.
Don Valerio de Luna, caballero de veinticinco años y uno de los secretarios del duque de Lerma, visitaba a Inesilla y quedó enamorado de ella. Declaróle su pasión y siguió la fiebre con todo el ardor que el amor y la juventud son capaces de inspirar. La señora, que tenía sus motivos para no querer condescender con sus deseos, no sabía qué hacerse para contenerlos. No obstante, creyó un día haber encontrado arbitrio para ello, haciendo pasar al joven a su gabinete, donde, enseñándole un reloj que estaba sobre una mesa, le dijo: «Ved la hora que es; hoy hace setenta y cinco años que nací a la misma. ¡A fe que me caerían bien los amores en esta edad! ¡Volved, hijo mío, en vos mismo y ahogad unos sentimientos que no convienen ni a vos ni a mí!» A esta reconvención juiciosa, el caballero, a quien no hacía fuerza la razón, respondió a la señora con toda la impetuosidad de un hombre poseído de los movimientos que le agitaban: «Cruel Inés, ¿por qué recurrís a esos frívolos artificios? ¿Pensáis que pueden haceros otra a mis ojos? No os lisonjeéis con una esperanza tan engañosa; ya seáis tal cual os veo, o ya mi vista padezca alguna ilusión, yo no he de cesar de amaros.» «Pues bien—replicó ella—, una vez que con tanta porfía queréis continuar con vuestra pretensión, hallaréis de aquí en adelante cerrada mi puerta, y así, os prohibo y os mando que jamás os presentéis a mi vista.»
Acaso se creerá que en virtud de esto, turbado y confuso don Valerio de lo que acababa de oír, se retiró cortésmente; pero sucedió todo lo contrario, pues se hizo más importuno. El amor hace en los enamorados el mismo efecto que el vino en los borrachos. El caballero suplicó, suspiró, y pasando repentinamente de los ruegos a la violencia, intentó lograr por fuerza lo que no podía obtener de otro modo; pero la señora, rechazándole con valor, le dijo irritada: «¡Detente, temerario! Voy a refrenar tu loco amor: sabe que eres hijo mío.»
Atónito don Valerio de oír semejantes palabras, suspendió su atrevimiento; pero discurriendo que Inesilla decía aquello para librarse de su solicitud, le respondió: «¡Vos inventáis esa fábula para huir de mis deseos!» «¡No, no!—interrumpió ella—. Te revelo un secreto que siempre te hubiera ocultado si no me hubieras reducido a la necesidad de declarártelo. Veintiséis años hace que amaba a don Pedro de Luna, tu padre, que era entonces gobernador de Segovia; tú fuiste el fruto de nuestros amores. Te reconoció, te hizo criar con cuidado, y además de que no tenía otro hijo, tus buenas prendas le estimularon a dejarte caudal. Yo por mi parte no te he desamparado; luego que te vi ya metido en el trato del mundo, he procurado atraerte a mi casa para inspirarte aquellos modales corteses que son tan necesarios en una persona fina y que sólo las mujeres pueden enseñar a los caballeros mozos. Y aun he hecho más: he empleado todo mi valimiento para colocarte en casa del primer ministro; en fin, me he interesado por ti como debía hacerlo por un hijo. Sabido esto, mira lo que determinas; si puedes purificar tus sentimientos y mirarme sólo como a una madre, no te echaré de mi presencia y te amaré tan tiernamente como hasta aquí; pero si no eres capaz de hacer este esfuerzo, que la razón y la naturaleza exigen de ti, huye al momento y líbrame del horror de verte.»
Mientras Inesilla hablaba de esta suerte, guardaba don Valerio un triste silencio. Nadie hubiera dicho sino que llamaba en su auxilio a la virtud para vencerse a sí mismo; pero esto era en lo que menos pensaba. Meditaba otro designio y preparaba a su madre un espectáculo muy diverso, porque viendo que era insuperable el obstáculo que se oponía a su felicidad, se rindió cobardemente a la desesperación, y sacando la espada se atravesó con ella. Se castigó como otro Edipo, con la diferencia de que al tebano le cegó el dolor de haber consumado el crimen, y el castellano, al contrario, se atravesó de sentimiento de no haberle podido cometer.
El desgraciado don Valerio no murió al instante; tuvo tiempo de arrepentirse y pedir al Cielo perdón de haberse quitado la vida a sí mismo. Como por su muerte quedó vacante el empleo de secretario en casa del duque de Lerma, este ministro, que no había echado en olvido la relación que escribí del incendio ni el elogio que de mí se le había hecho, me eligió para substituir a este joven.
CAPITULO II
Presentan a Gil Blas al duque de Lerma, quien le admite por uno de sus secretarios. Este ministro le señala el trabajo que ha de hacer y queda gustoso de él.
Monteser me participó esta agradable noticia, diciéndome: «Amigo Gil Blas, siento os separéis de mí; pero como os estimo, no puedo menos de alegrarme seáis sucesor de don Valerio. Haréis fortuna si seguís dos consejos que voy a daros: el primero es que os mostréis tan adicto a su excelencia que no dude que le profesáis el mayor afecto, y el segundo, que hagáis la corte a don Rodrigo Calderón, porque este hombre maneja el ánimo de su amo como una blanda cera. Si tenéis la dicha de agradar a este secretario favorito, me atrevo a aseguraros con certidumbre que subiréis mucho en poco tiempo.»
Di las gracias a don Diego por sus saludables consejos y le dije: «Hágame usted el favor de explicarme el carácter de don Rodrigo, porque he oído decir que es un sujeto nada bueno; pero aunque alguna vez el pueblo acierta en sus juicios, no me fío de las pinturas que suele hacer de las personas que están en el candelero. Sírvase usted, pues, decirme lo que piensa del señor Calderón.» «Asunto es delicado—me respondió el apoderado con una sonrisa maligna—. A cualquier otro le diría sin detenerme que es un hidalgo honrado, de quien no se podría decir sino bien; pero con vos quiero ser franco, porque, además de que conozco vuestra prudencia, me parece debo hablaros claramente de don Rodrigo, pues os he avisado que debéis guardarle miramientos; de otro modo, no haría mas que serviros a medias. Ya sabéis, pues—prosiguió—, que era un simple criado de su excelencia cuando todavía no era éste más que don Francisco de Sandoval y que por grados ha llegado a ser su primer secretario. No se ha visto nunca hombre más vano. Jamás corresponde a las cortesías que se le hacen, a no precisarle a ello razones muy poderosas. En una palabra, él se considera como un compañero del duque de Lerma, y en realidad podría decirse que participa de la autoridad del primer ministro, pues que le hace conferir los gobiernos y los empleos a quien se le antoja. El público, frecuentemente, murmura de ello, mas él no hace caso; con tal que saque lo que llamamos para guantes, le importa muy poco la censura pública. Por lo que acabo de decir conoceréis—añadió don Diego—cómo debéis portaros con un hombre tan altanero.» «¡Oh! ¡Bien está! ¡Déjeme usted a mí! ¡Muy mal han de andar las cosas para que no me estime! Cuando se conoce el flaco de un hombre a quien se intenta agradar es preciso ser poco diestro para no conseguirlo.» «Siendo así—repuso Monteser—, voy a presentaros ahora mismo al duque de Lerma.»
Al instante pasamos a casa del ministro, a quien encontramos dando audiencia en una gran sala, en donde había más gente que en palacio. Allí vi comendadores y caballeros de Santiago y de Calatrava, que solicitaban gobiernos y virreinatos; obispos que, siendo sus diócesis contrarias a su salud, querían ser arzobispos nada más que por mudar de aires; y también muy buenos religiosos, dominicos y franciscanos, que pedían con toda humildad mitras; vi también oficiales reformados haciendo el mismo papel que el capitán Chinchilla, esto es, que se consumían esperando una pensión. Si el duque no satisfacía los deseos de todos, recibía a lo menos con agrado sus memoriales, y advertí que respondía muy cortésmente a los que le hablaban.
Esperamos con paciencia que despachara a todos los pretendientes. Entonces don Diego le dijo: «Señor, aquí está Gil Blas de Santillana, a quien vuestra excelencia ha elegido para ocupar el empleo de don Valerio.» Miróme el duque y me dijo con mucha afabilidad que lo tenía merecido por los servicios que le había hecho. Me hizo después entrar en su despacho para hablarme a solas, o más bien para formar juicio de mi talento por mi conversación. Quiso saber quién era yo y la historia de mi vida, diciéndome se la contase fielmente. ¡Qué relación tan larga la que se me pedía! Mentir a un primer ministro de España no era regular, y, por otra parte, había tantos pasajes que podían ajar mi vanidad, que no sabía cómo resolverme a hacer una confesión general. ¿Cómo salir de este apuro? Adopté el partido de disimular la verdad en aquellos puntos en que me hubiera avergonzado de decirla desnuda; pero a pesar de todo mi artificio no dejó de percibirla. «Señor de Santillana—me dijo sonriéndose al fin de mi narración—, a lo que veo, usted ha sido un si es no es travieso.» «Señor—le respondí sonrojado—, vuestra excelencia me ha mandado sea sincero y le he obedecido.» «Yo te lo agradezco—replicó—. Veo, hijo mío, que te has librado de los peligros a poca costa; extraño que el mal ejemplo no te haya perdido enteramente. ¡Cuántos hombres de bien se pervertirían si la fortuna los pusiera a semejantes pruebas! Amigo Santillana—continuó el ministro—, no te acuerdes más de lo pasado; piensa solamente en que ahora sirves al rey y que te has de emplear en adelante en su servicio. Sígueme, que voy a decirte en qué te has de ocupar.» Dicho esto, el duque me llevó a un cuarto inmediato a su despacho, donde tenía sobre varios estantes unos veinte libros de registro en folio muy gruesos. «Aquí—me dijo—has de trabajar. Todos estos registros que ves componen un diccionario de todas las familias nobles que hay en los reinos y principados de la Monarquía española. Cada libro contiene, por orden alfabético, un resumen de la historia de todos los hidalgos del reino, en la que se especifican los servicios que ellos y sus antepasados han hecho al Estado, como también los lances de honor que les han ocurrido. También se hace mención de sus bienes, de sus costumbres, y, en una palabra, de todas sus buenas o malas cualidades; de modo que cuando piden algunas gracias al Gobierno, veo de una ojeada si las merecen. A este fin tengo sujetos asalariados en todas partes, que procuran averiguarlo e instruirme enviándome sus informes; pero como éstos son difusos y están llenos de modismos provinciales, es necesario extractarlos y pulirlos, porque el rey quiere algunas veces que le lean estos registros. Este trabajo pide un estilo limpio y conciso, por lo cual desde este instante quiero emplearte en él.»
En seguida sacó de una gran cartera llena de papeles un informe, que me entregó, y me dejó en mi cuarto para que con libertad hiciese yo el primer ensayo. Leí el papel, que no solamente me pareció lleno de términos bárbaros, sino también de encono, no obstante ser su autor un fraile de la ciudad de Solsona. Afectando su reverencia el estilo de un hombre de bien, denigraba sin piedad a una familia catalana, y sabe Dios si decía la verdad. Juzgué leer un libelo infamatorio, y, por tanto, escrupulicé trabajar en él. Temía hacerme cómplice de una calumnia. No obstante, aunque recién introducido en la corte, pasé por alto el mal o bien obrar del religioso, y dejando a su cargo toda la iniquidad, si la había, principié a deshonrar en bellas frases castellanas a dos o tres generaciones que acaso serían muy honradas. Ya había compuesto cuatro o cinco páginas, cuando, deseoso el duque de saber qué tal me portaba, volvió y me dijo: «Santillana, enséñame lo que has hecho, que quiero verlo.» Al mismo tiempo pasó la vista por mi escrito y leyó el principio con mucha atención. Yo me sorprendí al ver lo que le gustó. «Aunque estaba tan inclinado a tu favor—me dijo—, te confieso que has excedido a lo que esperaba de ti. No solamente escribes con toda la propiedad y precisión que yo quiero, sino que además encuentro tu estilo fluido y festivo. Bien me acreditas el acierto que he tenido en escoger tu pluma y me consuelas de la pérdida de tu predecesor.» El ministro no hubiera limitado a esto mi elogio si a este tiempo no hubiera venido a interrumpirle su sobrino el conde de Lemos. Su excelencia le dió muchos abrazos y le recibió de un modo que me hizo entender le amaba tiernamente. Los dos se encerraron para tratar en secreto de un negocio de familia de que luego hablaré y del que estaba el duque entonces más ocupado que de los del rey.
Mientras estaban encerrados oí dar las doce. Como sabía que los secretarios y covachuelistas dejaban a esta hora el bufete para ir a comer adonde querían, dejé en aquel estado mi ensayo y salí para ir, no a casa de Monteser, porque ya me había pagado mis salarios y despedido, sino a la más famosa hostería del barrio de Palacio. Una de las ordinarias no convenía a mi persona. ¡Piensa que ahora sirves al rey! Estas palabras, que el duque me había dicho, se me venían sin cesar a la memoria y eran otras tantas semillas de ambición que fermentaban por momentos en mi ánimo.
CAPITULO III
Sabe Gil Blas que su empleo no deja de tener desazones. De la inquietud que le causó esta nueva y de la conducta que se vió obligado a guardar.
Al entrar tuve gran cuidado de hacer saber al hostelero que era yo un secretario del primer ministro, y, como tal, no sabía qué mandarle que me trajese de comer. Temía pedir cosa que oliese a estrechez, y así, le dije me diese lo que le pareciera. Me regaló muy bien y me hizo servir como a persona de distinción, lo que me llenó más que la comida. Al pagar tiré sobre la mesa un doblón y cedí a los criados lo que debían volverme, que sería a lo menos la cuarta parte, saliendo de la hostería con gravedad y tiesura, en ademán de un joven muy pagado de su persona.
A veinte pasos había una gran posada de caballeros, en donde de ordinario se hospedaban señores extranjeros. Alquilé un aposento de cinco o seis piezas, con buenos muebles, como si ya tuviese dos o tres mil ducados de renta, y pagué adelantado el primer mes. Después de esto volví a mi tarea y empleé toda la siesta en continuar lo comenzado por la mañana. En una pieza inmediata a la mía estaban otros dos secretarios; pero éstos no hacían más que poner en limpio lo que el mismo duque les daba a copiar. Desde la misma tarde, al retirarnos, me hice amigo de ellos, y para granjear mejor su amistad los llevé a casa de mi hostelero, en donde les hice servir los mejores platos que ofrecía la estación y los vinos más delicados y estimados en España.
Sentámonos a la mesa y empezamos a conversar con más alegría que entendimiento, porque, sin hacer agravio a mis convidados, conocí desde luego que no debían a sus talentos los empleos que ocupaban en su secretaría. Eran hábiles, a la verdad, en hacer hermosa letra redonda y bastardilla, pero no tenían la menor tintura de las que se enseñan en las Universidades.
En recompensa, sabían con primor lo que les tenía cuenta, y me dieron a entender que no estaban tan embriagados con el honor de estar en casa del primer ministro, que no se quejasen de su estado. «Cinco meses ha que servimos—decía uno—a nuestra costa. No nos pagan el sueldo, y lo peor es que está por arreglar y no sabemos bajo qué pie estamos.» «Por lo que hace a mí—decía el otro—, quisiera haber recibido veinte zurriagazos en lugar de sueldo, con tal que me dejasen la libertad de tomar otro destino, porque después de las cosas secretas que he escrito no me atrevería a retirarme de mi propio motivo ni a pedir licencia para ello. ¡Bien puede ser que fuese a ver la torre de Segovia o el castillo de Alicante!»
«Pues ¿cómo hacen ustedes para mantenerse?—les dije—. Sin duda tendrán hacienda.» Me respondieron que muy poca, pero que, por fortuna, vivían en casa de una viuda honrada, que les fiaba y daba de comer a cada uno por cien doblones al año. Toda esta conversación, de la cual no perdí palabra, bajó al punto mis humos altaneros. Me figuré que seguramente no se tendría conmigo más atención que con los otros; que, por consiguiente, no debía estar tan satisfecho de mi empleo, que era menos sólido de lo que yo había creído, y que, en fin, debía economizar mucho el bolsillo. Estas reflexiones me sanaron de la furia de gastar. Principié a arrepentirme de haber convidado a aquellos secretarios y a desear se acabase la comida, y cuando llegó el caso de pagar la cuenta tuve una disputa con el hostelero sobre su importe.
Separámonos a media noche, porque no les insté a que bebieran más. Ellos se marcharon a casa de su viuda y yo me retiré a mi soberbia habitación, lleno de rabia de haberla alquilado y prometiendo de veras dejarla al fin del mes. A pesar de que me acosté en una buena cama, mi desazón me quitó el sueño. Pasé lo restante de la noche en discurrir los medios de no servir de balde al rey, y me atuve sobre este particular a los consejos de Monteser. Me levanté con ánimo de ir a cumplimentar a don Rodrigo Calderón, hallándome entonces en la mejor disposición para presentarme a un hombre tan altivo y de cuyo favor bien conocía yo que necesitaba; y, con efecto, pasé a casa de este secretario.
Su vivienda tenía comunicación con la del duque de Lerma y era igual a ella en magnificencia. No hubiera sido fácil distinguir por los muebles al amo del criado. Dije le entrasen recado de que estaba allí el sucesor de don Valerio, pero esto no impidió me hiciesen esperar más de una hora en la antesala. «¡Señor nuevo secretario—me decía yo en este tiempo—, tenga usted paciencia si gusta! ¡A usted le harán morder el ajo antes que usted se lo haga morder a otros!»
Al fin abrieron la puerta del cuarto. Entré y me acerqué a don Rodrigo, que acababa de escribir un billete amoroso a su sirena encantadora y se lo estaba entregando en aquel momento a Perico. No me había presentado al arzobispo de Granada, al conde Galiano ni aun al primer ministro con tanto respeto como ante el señor Calderón. Le saludé bajando la cabeza hasta el suelo y le pedí su protección en términos de que no puedo acordarme sin rubor; tan llenos estaban de sumisión. En el ánimo de otro menos vano que él no me hubiera hecho ningún favor mi bajeza; pero a él le agradaron mucho mis rastreros rendimientos y me respondió con bastante cortesía que no malograría ninguna ocasión en que pudiera servirme.
Sobre esto le di gracias con grandes demostraciones de celo por la inclinación favorable que me manifestaba y le aseguré de mi eterno reconocimiento; después, temiendo incomodarle, salí, suplicándole me perdonase si había interrumpido sus importantes ocupaciones. Luego que di este paso tan indecoroso me retiré a mi despacho y concluí la obra que se me había encargado. El duque no dejó de entrar por la mañana, y quedando no menos complacido del fin de mi trabajo que del principio, me dijo: «Esto está muy bueno. Escribe lo mejor que puedas este compendio histórico en el registro de Cataluña y, concluído, toma de la bolsa otro informe, que pondrás en orden del mismo modo.» Tuve una conversación bastante larga con su excelencia, cuyo modo afable y familiar me encantaba. ¡Qué diferencia entre él y Calderón! Eran dos personas que contrastaban singularmente.
Aquel día me fuí a una hostería en donde se comía a precio fijo, y resolví ir allí de incógnito todos los días hasta ver el efecto que producían mi respeto y sumisión. Tenía yo dinero para tres meses a lo más y me prescribí este término para trabajar a costa de quien hubiese lugar, proponiéndome (siendo las locuras más cortas las mejores) abandonar, pasado este término, la corte y su oropel si no me señalaban sueldo. Dispuesto así mi plan, nada me quedó por hacer en dos meses para agradar al señor Calderón; pero hizo tan poco caso de todo lo que yo practicaba para conseguirlo, que perdí las esperanzas. Mudé de conducta con respecto a él, cesé de hacerle la corte y sólo pensé en aprovecharme de los momentos de conversación con el duque.
CAPITULO IV
Gil Blas consigue el favor del duque de Lerma, que le confía un secreto de importancia.
Aunque su excelencia me veía todos los días por un instante, sin embargo pude granjearle insensiblemente la voluntad en tales términos que un día, después de comer, me dijo: «Escucha, Gil Blas, sabe que me agrada tu ingenio y que te estimo. Eres un mozo celoso, fiel, muy inteligente y callado, y así, me parece que no erraré si te hago dueño de mi confianza.» A estas palabras me arrojé a sus pies, y después de haberle besado respetuosamente la mano, que me alargó para levantarme, le respondí: «¡Es posible que se digne vuestra excelencia honrarme con un favor tan grande! ¡Cuántos enemigos secretos me van a suscitar vuestras bondades! Pero sólo temo el rencor de una persona, que es don Rodrigo Calderón.» «Nada tienes que temer de él—respondió el duque—. Yo le conozco; desde su niñez me ha querido, y puedo decir que sus sentimientos son tan conformes con los míos, que quiere todo lo que me gusta, así como aborrece todo cuanto me desagrada. En lugar de temer que te tenga aversión, debes, al contrario, contar con su amistad.» Por aquí conocí lo astuto que era el señor don Rodrigo, que había conquistado el ánimo de su excelencia, y que yo debía procurar estar muy bien con él.
«Para principiar—prosiguió el duque—a ponerte en posesión de mi confianza, voy a descubrirte un designio que medito, porque conviene te enteres de él a fin de que procures desempeñar los encargos que pienso darte en adelante. Hace mucho tiempo que veo mi autoridad generalmente respetada, que mis órdenes se obedecen ciegamente y que dispongo a mi arbitrio de los cargos, empleos, gobiernos, virreinatos, beneficios, y aun me atrevo a decir que reino en España. Mi fortuna no puede llegar a más; pero quisiera preservarla de las borrascas que empiezan a amenazarla, y a este efecto desearía me sucediese en el ministerio el conde de Lemos, mi sobrino.»
Habiendo advertido el ministro que este último punto me había sorprendido en extremo, me dijo: «Veo bien, Santillana, conozco bien lo que te admira. Te parece muy extraño que prefiera mi sobrino a mi propio hijo el duque de Uceda; pero has de saber que éste es de cortísimos alcances para ocupar mi puesto y que además soy su enemigo. No puedo llevar el que haya hallado el secreto de agradar al rey y que éste quiera hacerle su privado. El favor de un soberano se parece a la posesión de una mujer a quien se adora; es ésta una felicidad tan envidiable, que nadie quiere que un rival tenga parte en ella, por más que le unan a él los lazos de la sangre y de la amistad. En esto te manifiesto—continuó—lo íntimo de mi corazón. Ya he intentado desconceptuar en el ánimo del rey al duque de Uceda, y no habiendo podido conseguirlo, he levantado otra batería: quiero que el conde de Lemos, por su parte, se granjee la estimación del príncipe de España. Siendo gentilhombre de cámara con destino a su cuarto, tiene ocasión de hablarle a cada paso, y además de que tiene talento, yo sé un medio de hacerle lograr esta empresa. Con esta estratagema, contraponiendo mi hijo a mi sobrino, suscitaré entre estos primos una competencia que los obligará a ambos a buscar mi apoyo, y esta necesidad que tendrán de mí hará me estén uno y otro sumisos. Ve aquí cuál es mi proyecto—añadió—, y tu mediación no me será inútil en él. Te enviaré a hablar secretamente al conde de Lemos, y me contarás de su parte lo que tenga que participarme.»
Después de esta confianza, que yo miraba como dinero contante, cesó mi inquietud. «¡En fin—decía yo—, heme aquí colocado en una situación que me promete montes de oro! Porque es imposible que el confidente de un hombre que gobierna la Monarquía española no se halle bien presto colmado de riquezas.» Poseído de tan dulce esperanza, veía con indiferencia apurarse mi pobre bolsillo.
CAPITULO V
En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de honra y de miseria.
Bien presto se echó de ver el favor que yo merecía al ministro, y él mismo lo daba a entender públicamente entregándome la bolsa de los papeles que acostumbraba antes llevar su excelencia mismo cuando iba a despachar. Esta novedad, que dió motivo para que me tuviesen en el concepto de un valido, excitó la envidia de muchos y me atrajo bastantes cumplimientos de corte. Los dos oficiales, mis inmediatos, no fueron los últimos a felicitarme sobre mi próxima elevación y me convidaron a cenar en casa de su viuda, no tanto por correspondencia cuanto con la mira de tenerme obligado a su favor para en adelante. Me veía obsequiado por todas partes, y hasta el orgulloso Calderón mudó de modales conmigo. Ya me llamaba señor de Santillana, cuando hasta entonces me había tratado siempre de vos, sin haber empleado jamás el tratamiento de usted. Se me mostraba muy propicio, especialmente cuando pensaba que nuestro favorecedor podía notarlo, pero aseguro que no trataba con ningún tonto. Yo correspondía a sus atenciones con tanta más urbanidad cuanto más le aborrecía. No se hubiera portado mejor un cortesano consumado.
También acompañaba al duque mi señor cuando iba a palacio, que por lo regular era tres veces al día; por la mañana entraba en el cuarto de su majestad cuando ya estaba despierto, se ponía de rodillas junto a la cabecera de su cama, hablábale de lo que había su majestad de hacer en el día y le dictaba las cosas que había de decir, con lo que se retiraba. Después de comer volvía, no para hablarle de negocios, sino de cosas alegres; le divertía contándole todos los lances graciosos que ocurrían en Madrid, los cuales era siempre el primero que los sabía, porque tenía personas pagadas a este efecto; y, en fin, iba por la noche la tercera vez a ver al rey, le daba cuenta como le parecía de lo que había hecho en el día y le pedía por ceremonia sus órdenes para el día siguiente. Mientras estaba con su majestad, yo me quedaba en la antecámara, en donde había personas distinguidas dedicadas a solicitar la protección de la Corte, que anhelaban mi conversación y se vanagloriaban de que yo me dignara concedérsela. En vista de esto, ¿cómo podría yo no creerme hombre de importancia? Muchos hay en la corte que con menos fundamento se tienen por tales.
Un día tuve mayor motivo para envanecerme. El rey, a quien el duque había hablado con grande elogio de mi estilo, tuvo la curiosidad de ver una muestra de él. Su excelencia me hizo tomar el registro de Cataluña, llevóme a presencia del monarca y me mandó leyese el primer extracto que había formado. Si la presencia del soberano me turbó al pronto, la del ministro me animó inmediatamente, y leí mi obra, que su majestad oyó con agrado y tuvo la bondad de asegurar que estaba satisfecho de mí y aun la de encargar a su ministro cuidase de mis ascensos, todo lo cual en nada disminuyó el orgullo de que yo ya estaba poseído, y la conversación que tuve pocos días después con el conde de Lemos acabó de llenarme la cabeza de ideas ambiciosas.
Fuí un día a buscar a este señor de parte de su tío al cuarto del príncipe y le presenté una carta credencial, en la que el duque le aseguraba podía hablarme con confianza, como que estaba enterado del asunto que tenía entre manos y escogido para mensajero de ambos. El conde, así que leyó la esquela me condujo a un cuarto, donde nos encerramos solos, y allí aquel caballero joven me habló en estos términos: «Supuesto que usted ha logrado la confianza del duque de Lerma, no dudo que la merecerá ni tengo dificultad en hacer a usted depositario de la mía. Sabrá usted, pues, que las cosas van a pedir de boca; el príncipe de España me distingue entre todos los señores de su servidumbre que estudian el modo de agradarle. Esta mañana he tenido una conferencia con su alteza, en la que me ha parecido estar disgustado de verse, por la mezquindad del rey, sin facultades para seguir los impulsos de su generoso corazón y aun de hacer un gasto correspondiente a un príncipe. Yo le he manifestado cuánto lo sentía, y aprovechándome de la ocasión, he ofrecido llevarle mañana, cuando se levante, mil doblones, esperando mayores sumas, las que he asegurado le suministraré sin tardanza. Mi oferta le ha complacido mucho y estoy cierto de captar su benevolencia si le cumplo la palabra. Id—añadió—, noticiad a mi tío estos pormenores y volved esta tarde a decirme su sentir acerca de ello.»
Luego que concluyó, me despedí de él y pasé a dar parte al duque de Lerma, quien, oído mi recado, envió a pedir a Calderón mil doblones, de que me hice cargo aquella tarde y fuí a llevárselos al conde, diciendo entre mí: «¡Bueno, bueno! ¡Ahora veo claramente cuál es el medio infalible de que se vale el ministro para salir con su intento! ¡Pardiez que tiene razón, y según todas las señales, estas prodigalidades no le arruinarán! Fácilmente adivino de qué cofre saca estos hermosos doblones; pero bien considerado, ¿no es razón que el padre sea quien mantenga al hijo?» Al separarme del conde de Lemos me dijo en voz baja: «¡Adiós, nuestro amado confidente! El príncipe de España es un poco inclinado a las damas y será necesario que tú y yo tratemos de este punto en la primera ocasión, porque preveo que muy presto necesitaré de tu ministerio.» Me retiré reflexionando en estas palabras, que a la verdad no eran ambiguas y que me llenaban de satisfacción. «¿Cómo diablos es esto?—decía yo—. ¿Si estaré próximo a ser el Mercurio del heredero de la Monarquía?» Yo no examinaba si esto era bueno o malo, porque la claridad del galán ofuscaba mi conciencia. ¡Qué gloria para mí ser agente de los placeres de un gran príncipe! «¡Oh! ¡Poco a poco, señor Gil Blas!—se me dirá—. No se trataba en cuanto a vos más que de haceros un agente subalterno.» Convengo en ello; pero en substancia, estos dos empleos son de tanto honor uno como otro. Solamente se diferencian en el provecho.
Cumpliendo bien con estas nobles comisiones, adelantando más de día en día en la gracia del primer ministro y con tan lisonjeras esperanzas, ¡qué feliz no habría yo sido si la ambición me hubiera preservado del hambre! Ya hacía más de dos meses que había dejado mi aposento magnífico y ocupaba un cuarto pequeño en una de las posadas de caballeros más económicas. Aunque esto me causaba sentimiento, lo llevaba con paciencia, porque salía de madrugada y no volvía hasta la noche a la hora de acostarme. Todo el día estaba en mi teatro, es decir, en casa del duque, en donde hacía el papel de señor; pero cuando me retiraba a mi cuartito desaparecía el señor y sólo quedaba el pobre Gil Blas sin dinero y, lo peor de todo, sin tener de qué hacerle. Además de que yo era demasiado orgulloso para descubrir a alguno mis necesidades, a nadie conocía que pudiese socorrerme sino a Navarro, a quien no me atrevía a recurrir por haber hecho poco caso de él desde que me había introducido en la Corte. Me vi precisado a vender mis vestidos uno a uno, sin quedarme mas que con aquellos que precisamente necesitaba, y ya no iba a la hostería por no tener con qué pagar mi manutención. Mas ¿qué hacía yo para subsistir? Voy a decirlo. Todas las mañanas nos traían a la oficina para desayunarnos un panecillo y un traguito de vino; esto era cuanto nos hacía dar el ministro. Yo no comía más en todo el día y comúnmente me acostaba sin cenar.
Tal era la suerte de un hombre que brillaba en la corte y que debía causar más lástima que envidia. Sin embargo, no pudiendo resistir a mi miseria, me determiné por último a descubrírsela con maña al duque de Lerma si encontraba ocasión. Por fortuna, se presentó ésta en El Escorial, adonde el rey y el príncipe de España fueron algunos días después.
CAPITULO VI
Qué modo tuvo Gil Blas de dar a conocer su pobreza al duque de Lerma y cómo se portó con él este ministro.
Cuando el rey estaba en El Escorial mantenía a toda la comitiva, de modo que allí no sentía yo el peso de la miseria. Dormía en una recámara cerca del cuarto del duque. Una mañana, habiéndose levantado el ministro, según su costumbre, al romper el día, me hizo tomar algunos papeles con recado de escribir y me dijo le siguiese a los jardines de palacio. Nos sentamos debajo de unos árboles, en donde, por orden suya, me puse en la actitud de un hombre que escribe sobre la copa de su sombrero, y su excelencia aparentaba leer un papel que tenía en la mano. Desde lejos parecía que estábamos ocupados en negocios muy graves, y, a la verdad, sólo hablábamos de bagatelas, porque a su excelencia no le disgustaban.
Ya hacía más de una hora que le divertía con todas las agudezas que me sugería mi humor jocoso, cuando vinieron a plantarse dos urracas sobre los árboles que nos cubrían con su sombra. Comenzaron a charlar con tanta algazara que nos llamaron la atención. «Estas aves—dijo el duque—parece que riñen, y me alegraría saber el asunto de su pendencia.» «Señor—le dije—, la curiosidad de vuestra excelencia me trae a la memoria una fábula indiana que leí en Pilpai o en otro autor fabulista.» El ministro me preguntó qué fábula era ésta y se la conté en estos términos:
«En cierto tiempo reinaba en Persia un buen monarca que, no teniendo suficiente capacidad para gobernar por sí mismo sus Estados, dejaba este cuidado a su gran visir. Este ministro, llamado Atalmuc, tenía un gran talento. Sostenía sin fatiga el peso de aquella vasta Monarquía, manteniéndola en una paz profunda, y poseía también el arte de hacer amable y respetable la autoridad real en términos que los vasallos hallaban un padre afectuoso en un visir fiel a su monarca. Atalmuc tenía entre sus secretarios un joven cachemiriano llamado Zangir, a quien estimaba más que a los otros y con cuya conversación se complacía, llevándole consigo a la caza y descubriéndole hasta sus más íntimos secretos. Un día que andaban cazando ambos por un bosque, viendo el visir dos cuervos que graznaban sobre un árbol, dijo a su secretario: «Me alegrara saber lo que estas aves se dicen en su lengua.» «Señor—le respondió el cachemiriano—, vuestros deseos se pueden satisfacer.» «¿Y cómo?», dijo Atalmuc. «Habéis de saber, señor—respondió Zangir—, que un dervís cabalista me enseñó el idioma de las aves. Si lo deseáis, yo escucharé a estos cuervos y os repetiré palabra por palabra lo que les haya oído.»
»Consintió en ello el visir, y acercándose el cachemiriano a los cuervos y haciendo como que los escuchaba atentamente, volvió después a su amo y le dijo: «Señor, ¿podríais creerlo? Nosotros somos el asunto de su conversación.» «¡Eso no es posible!—exclamó el ministro persiano—. ¿Pues qué dicen de nosotros?» «Uno de ellos—replicó el secretario—ha dicho: «Ve aquí al mismo gran visir, a esa águila tutelar que cubre con sus alas la Persia como su nido y que se desvela sin cesar por su conservación. Para descansar de sus penosas tareas, viene a cazar a este bosque con su fiel Zangir. ¡Qué dichoso es este secretario en servir a un amo que le hace mil favores!». «¡Poco a poco!—interrumpió el otro cuervo—. ¡Poco a poco! ¡No ponderes tanto la felicidad de ese cachemiriano! Es cierto que Atalmuc conversa con él familiarmente, que le honra con su confianza, y tampoco pongo duda en que tendrá intención de darle algún día un empleo importante, pero entretanto Zangir se morirá de hambre. Este pobre infeliz está viviendo en un miserable cuarto de una posada, en donde carece de lo más necesario; en una palabra, pasa una vida miserable, sin que ninguno de la corte lo eche de ver. El gran visir no cuida de saber si tiene o no con qué vivir, y, contentándose con tenerle afecto, le deja entregado a la miseria.»
Aquí cesé de hablar, para ver cómo se explicaba el duque de Lerma, quien me preguntó sonriéndose qué impresión había hecho este apólogo en el ánimo de Atalmuc y si aquel gran visir se había ofendido del atrevimiento de su secretario. «No, señor—le respondí, algo turbado de su pregunta—; la fábula dice, al contrario, que le colmó de beneficios.» «Fué fortuna—replicó el duque con seriedad—, porque hay ministros que no llevarían a bien se les diesen semejantes lecciones. Pero—añadió, cortando la conversación y levantándose—creo que el rey no tardará mucho en despertar. Mi obligación me llama a su lado.» Dicho esto, se encaminó muy de prisa hacia palacio, sin hablarme más, y, a lo que me pareció, muy disgustado de mi fábula indiana.
Seguíle hasta la puerta del cuarto de su majestad y después fuí a poner los papeles que llevaba en el sitio de donde los había tomado. Entré en un gabinete, en donde trabajaban nuestros dos secretarios copiantes, que también habían ido a la jornada. «¿Qué tiene usted, señor de Santillana?—dijeron al verme—. ¡Usted está muy demudado! ¡A usted le ha sucedido algún lance pesaroso!»
Yo estaba demasiado impresionado del mal efecto de mi apólogo para ocultarles la causa de mi aflicción, y así, les conté las cosas que había dicho al duque y se manifestaron sensibles a la gran pesadumbre de que les parecí poseído. «Tiene usted razón para estar desazonado—me dijo uno de ellos—. Su excelencia toma algunas veces las cosas al revés.» «Esa es mucha verdad—dijo el otro—. ¡Quiera Dios que sea usted mejor tratado que lo fué un secretario del cardenal Espinosa, que, cansado de no haber recibido nada en quince meses que le tenía empleado su eminencia, se tomó un día la libertad de manifestarle sus necesidades y de pedir algún dinero para mantenerse! Razón es—le dijo el ministro—que se os pague. Tomad—prosiguió, dándole una libranza de mil ducados—, id a la Tesorería real a recibir este dinero; pero acordaos al mismo tiempo que quedo agradecido a vuestros servicios. El secretario se hubiera ido consolado de ser despedido si después de recibir los mil ducados le hubiesen dejado buscar acomodo en otra parte; pero al salir de casa del cardenal le prendió un alguacil y le condujo a la torre de Segovia, en donde ha estado mucho tiempo.»
Este hecho histórico aumentó mi temor de modo que me contemplé perdido, y no hallando consuelo, empecé a reprenderme de mi poca paciencia, como si no la hubiese tenido sobrada. «¡Ay de mí!—decía—. ¿Para qué me habré yo aventurado a relatar aquella desgraciada fábula que ha desagradado al ministro? Acaso iría ya a sacarme de mi apuro y quizá estaba yo en vísperas de hacer una de aquellas fortunas rápidas que asombran. ¡Qué de riquezas, qué de honores pierdo por mi desatino! Debía haber mirado que hay grandes que no gustan se les advierta nada y que hasta las más leves cosas que tienen obligación de dar quieren sean recibidas como gracias. ¡Mejor me hubiera estado continuar con mi dieta, sin manifestar nada al duque, y aun dejarme morir de hambre, para echarle a él toda la culpa!»
Aunque hubiera conservado alguna esperanza, mi amo, a quien vi por la siesta, me la habría desvanecido enteramente. Su excelencia se mostró, contra su costumbre, muy serio conmigo, y no me habló palabra, lo que en el resto del día me causó una inquietud mortal, sin que en la noche estuviese más tranquilo. La desazón de ver desaparecerse mis agradables ilusiones y el temor de aumentar el número de los presos de Estado sólo me permitieron suspirar y lamentarme.
El día siguiente fué el día de crisis. El duque me hizo llamar aquella mañana. Entré en su cuarto más azorado que un reo que va a ser juzgado. «Santillana—me dijo alargándome un papel que tenía en la mano—, toma esta libranza...» Esta palabra libranza me estremeció, y dije entre mí: «¡Oh, Cielos, aquí tenemos al cardenal Espinosa! ¡El carruaje está prevenido para Segovia!» El sobresalto que se apoderó de mí en aquel momento fué tal, que interrumpí al ministro y, arrojándome a sus pies, le dije anegado en llanto: «¡Señor, suplico a vuestra excelencia muy humildemente perdone mi atrevimiento! ¡La necesidad me obliga a dar a entender a vuestra excelencia mi miseria!»
El duque no pudo dejar de reírse al ver mi turbación. «Consuélate, Gil Blas—me respondió—, y óyeme. Aunque el descubrirme tus necesidades sea echarme en cara el no haberlas precavido, no te lo tomo a mal, amigo mío; antes bien, me atribuyo el mal a mí mismo por no haberte preguntado de qué te mantenías. Mas para empezar a enmendar este descuido, te doy una libranza de mil quinientos ducados, los cuales te entregarán a la vista en la Tesorería real. No es esto solo: lo mismo te prometo todos los años, y además te doy facultad de que me hables en favor de personas ricas y generosas que busquen tu protección.»
En el impulso de gozo que me causaron estas palabras, besé los pies al ministro, quien, habiéndome mandado levantar, siguió hablando conmigo familiarmente. Por mi parte, quise recobrar mi buen humor, pero no me fué posible pasar con tanta rapidez de la pena a la alegría. Quedé tan turbado como un delincuente que oye gritar perdón en el instante que creía recibir el golpe mortal. Mi amo atribuyó mi agitación a sólo el temor de haberle desagradado, aunque el temor de una prisión perpetua no tuvo en ello menos parte, y me confesó que había aparentado tibieza para ver si yo sentía mucho su mudanza; que mi sentimiento le había hecho conocer la inclinación que le tenía, por lo que él también me apreciaba más.
CAPITULO VII
De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados; del primer negocio en que medió y del provecho que sacó de él.
El rey, como si hubiera querido librarme de mi impaciencia, se volvió el día siguiente a Madrid. Fuí volando a la Tesorería real, en donde cobré inmediatamente el importe de mi libramiento. Es de admirar que no se le trastorne el juicio a un mendigo que pasa prontamente de la miseria a la opulencia. Yo mudé así que varié de suerte y no escuché más que a mi ambición y a mi vanidad. Dejé mi miserable posada de caballeros para los secretarios que aun no habían aprendido el lenguaje de los pájaros, y por segunda vez alquilé mi hermosa vivienda, que por fortuna estaba desocupada. Envié a buscar un sastre famoso que vestía a casi todos los elegantes; me tomó la medida y me llevó a casa de un mercader, de donde sacó seis varas de paño que decía se necesitaban para hacerme un vestido. ¡Seis varas de paño para un vestido a la española! ¡Adónde vamos a parar! Pero no murmuremos sobre esto. Los sastres afamados siempre necesitan más que los otros. Compré además ropa blanca, que me hacía gran falta, medias de seda y un sombrero de castor con galón de oro.
Después de esto, no siéndome decente pasar sin un lacayo, supliqué a Vicente Foreto, mi huésped, me buscase uno de su satisfacción. Los más de los extranjeros que alojaban en su casa solían, luego que llegaban a Madrid, recibir criados españoles, lo que atraía a aquella posada todos los lacayos que se encontraban sin acomodo. El primero que se presentó era un mozo de una fisonomía tan apacible y tan devota que no le quise; me parecía ver en él a Ambrosio de Lamela. «Yo no quiero—dije a Foreto—criados que tengan un aspecto tan virtuoso, porque estoy escarmentado de ellos.» Apenas despaché a éste, cuando llegó otro, que me parecía muy despierto, más arriscado que un paje cortesano y, además, un si es no es taimado. Este me agradó. Hícele algunas preguntas, a las que respondió con despejo. Conocí que era travieso y como de molde para mis asuntos. Le recibí y no me pesó de mi elección, antes advertí bien presto que había hecho un buen hallazgo. Como el duque me había permitido le hablase a favor de las personas a quienes deseara servir, y yo estaba en ánimo de no despreciar tan útil permiso, necesitaba de un perdiguero que descubriese la caza, es decir, de un hombre astuto que tuviese maña y pudiera escudriñar y traerme gentes que tuviesen que pedir al primer ministro. Cabalmente ésta era la habilidad de Escipión—que así se llamaba mi lacayo—, que había servido a doña Ana de Guevara, ama de leche del príncipe de España, en cuya casa la había ejercitado, siendo esta señora una de aquellas que, mirándose con algún valimiento en la Corte, quieren aprovecharse de él.
Así que manifesté a Escipión que me era posible obtener gracias del rey, salió a campaña, y el mismo día me dijo: «Señor, he hecho un gran descubrimiento: acaba de llegar a Madrid un mozo, caballero granadino, llamado don Rogerio de Rada. Desea la protección de usted para con el duque de Lerma en un negocio de honor y pagará bien el favor que se le haga. Me he visto con él y quería dirigirse a don Rodrigo, cuyo poder le han ponderado, pero se lo he quitado de la cabeza, haciéndole saber que el secretario vendía sus buenos oficios a peso de oro, en vez de que usted se contentaba con una decente demostración de agradecimiento y que aun haría usted el empeño de balde si su situación le permitiese seguir su inclinación generosa y desinteresada. En fin, le he hablado de modo que mañana por la mañana le tendrá usted aquí de madrugada.» «¡Cómo, pues—le dije—, señor Escipión, usted ha andado ya mucho camino! Conozco que no es usted novicio en materia de manejos y extraño que no esté usted más rico.» «Esto es lo que no debe sorprender a usted—me respondió—; yo no atesoro y quiero que circule el dinero.»
Efectivamente, vino a verme don Rogerio de Rada, a quien recibí con una cortesía mezclada de gravedad. «Señor mío—le dije—, antes de tomar cartas por usted, quiero saber el negocio de honor que le trae a la corte, porque podría ser tal que no me atreviera a hablar de él al primer ministro. Hágame usted, pues, si gusta, una fiel relación, y crea que tomaré con calor sus intereses, si son tales que pueda tomarlos a su cargo un hombre honrado.» «Con mucho gusto—respondió el granadino—; voy a contar a usted mi historia sinceramente.» Y fué de esta suerte.
CAPITULO VIII
Historia de don Rogerio de Rada.
«Don Anastasio de Rada, hidalgo granadino, vivía dichoso en la ciudad de Antequera con doña Estefanía, su esposa, la que, además de su genio afable y extremada hermosura, poseía una sólida virtud. Si amaba tiernamente a su marido, él la correspondía con extremo. Pero era muy celoso, y aunque no tenía motivo para dudar de la fidelidad de su mujer, no dejaba de vivir inquieto. Temía que algún enemigo oculto de su sosiego intentase ofender su honor, y esta sospecha le hacía desconfiar de sus amigos, menos de don Huberto de Hordales, que entraba libremente en su casa, como primo de Estefanía, siendo a la verdad éste el único hombre de quien debía recelar.
»Efectivamente, don Huberto, sin atender al parentesco que los unía ni a la amistad particular que don Anastasio le profesaba, se enamoró de su prima y tuvo atrevimiento de declararle su amor. La señora, que era prudente, en lugar de un rompimiento, que hubiera tenido fatales consecuencias, reprendió con suavidad a su pariente lo grave de su maldad en querer seducirla y deshonrar a su marido y le dijo muy seriamente que no debía esperar el logro de sus designios.
»Esta moderación sólo sirvió para inflamar más al caballero, el cual, imaginando que era necesario arriesgarlo todo con una mujer de este carácter, principió a usar con ella de modales poco atentos, y un día tuvo la avilantez de estrecharla a que satisficiese sus deseos. Ella le rechazó con severidad y le amenazó con que haría que don Anastasio castigase su arrojo. Espantado de la amenaza, el galán ofreció no hablarle más de amor, y en fe de esta promesa Estefanía le perdonó lo pasado.
»Don Huberto, que naturalmente era de mala índole, no pudo ver tan mal pagado su cariño sin concebir un vil deseo de venganza. Conocía a don Anastasio por hombre celoso y capaz de creer todo cuanto él quisiera infundirle; este conocimiento le bastó para idear el más horrible designio que pueda caber en el corazón más malvado. Una tarde que se paseaba sólo con éste débil esposo, le dijo con semblante muy melancólico: «Mi amado amigo, yo no puedo estar más tiempo sin revelaros un secreto que no pensara descubriros si no conociera que os importa más vuestro honor que vuestro reposo; vuestro pundonor y el mío, en punto de ofensas, no me permitan ocultaros lo que pasa en vuestra casa. Preparaos a oír una noticia que os causará tanta aflicción como asombro, porque voy a heriros en la parte más sensible.»
«¡Ya os entiendo—interrumpió don Anastasio todo turbado—, vuestra prima me es infiel!» «¡Yo no la reconozco por prima!—repuso Hordales con aspecto irritado—. ¡La desconozco! ¡Es indigna de teneros por marido!» «¡Eso es demasiado hacerme padecer!—exclamó don Anastasio—. ¡Hablad! ¿Qué ha hecho Estefanía?» «¡Os ha vendido!—prosiguió don Huberto—. Tenéis un rival, a quien recibe de oculto, cuyo nombre no puedo decir, porque el adúltero, a favor de una noche obscura, se ha escondido de quien le observaba. Lo que yo sé es que os engaña, y de ello estoy seguro. El interés que debo tomar en este asunto os afianza la verdad de mi narración. Cuando me declaro contra Estefanía es preciso que esté bien convencido de su infidelidad. Es inútil—continuó, habiendo observado que sus palabras causaban el efecto que esperaba—, es ocioso deciros más. Advierto estáis indignado de la ingratitud con que se atreve a pagar vuestro amor y que meditáis una justa venganza; yo no me opondré a ella. No os paréis a considerar cuál es la víctima que vais a sacrificar; mostrad a toda la ciudad que nada hay que no podáis inmolar a vuestro honor.»
»De este modo excitaba el traidor a un esposo demasiado crédulo contra una mujer inocente; y le pintó con tan vivos colores la afrenta de que se cubría si dejaba la ofensa sin castigo, que llegó a encender en cólera a don Anastasio, el cual, perdido el juicio, pareciendo que las furias le agitaban, vuelve a su casa resuelto a dar de puñaladas a su desgraciada esposa. La encuentra que iba a meterse en la cama. Al pronto se contiene, esperando que los criados se retiren. Entonces, sin contenerle el temor de la ira del Cielo ni el deshonor que podría resultar a una honrada familia, ni aun el amor natural que debía tener a la criatura de seis meses de que su mujer estaba embarazada, se acercó a su víctima, y lleno de furor, le dijo: «¡Es preciso que mueras, malvada, y sólo te queda un instante de vida, que mi bondad te deja para que pidas perdón al Cielo del ultraje que me has hecho! ¡No quiero que pierdas tu alma como has perdido el honor!»
»Dicho esto, sacó un puñal. Su acción y expresiones sobresaltaron a Estefanía, la que, echándose a sus pies, le dijo con las manos cruzadas y fuera de sí: «¿Qué tenéis, señor? ¿Qué motivo de disgusto os he dado, por desgracia mía, para que lleguéis a tal extremo? ¿Por qué queréis quitar la vida a vuestra esposa? ¡Si sospecháis que no os ha sido fiel, mirad que os engañáis!»
«¡No, no!—repuso el irritado celoso—. ¡Estoy muy cierto de vuestra traición! Las personas que me lo han dicho son de todo crédito. Don Huberto...» «¡Ah señor!—interrumpió ella con precipitación—. ¡No debéis fiaros de don Huberto, que no es tan amigo vuestro como pensáis! Si os ha dicho alguna cosa contra mi virtud, no debéis creerle.» «¡Callad, infame!—replicó don Anastasio—. Vos misma acreditáis mis sospechas con querer poner mal conmigo a Hordales! ¡No penséis desvanecerlas! Si me lo queréis hacer sospechoso es porque está enterado de vuestra mala conducta. Quisierais destruir su testimonio, pero semejante artificio es inútil y aumenta en mí el deseo que tengo de castigaros.» «¡Amado esposo mío—repitió la inocente Estefanía llorando amargamente—, temed vuestra ciega cólera! ¡Si seguís sus movimientos, cometeréis una acción de que no podréis consolaros cuando reconozcáis la injusticia! ¡Por amor de Dios, aplacad vuestro enojo! A lo menos, esperad que se aclaren vuestras sospechas, que entonces haréis más justicia a una mujer que no es culpable.»
»A otro que a don Anastasio hubieran hecho fuerza estas palabras, y todavía se hubiera enternecido más con la aflicción de la que las pronunciaba; pero el cruel marido, lejos de ablandarse, le dijo segunda vez que se encomendara a Dios y alzó el brazo para herirla. «¡Detente, bárbaro!—gritó—. ¡Si el amor que me has tenido se ha extinguido enteramente; si la ternura con que te he amado se ha borrado de tu memoria; si mis lágrimas no alcanzan a hacerte desistir de tu execrable intento, respeta siquiera a tu propia sangre! ¡No armes tu mano furiosa contra un inocente que aun no ha visto la luz! ¡Tú no puedes ser verdugo sin ofender al Cielo y a la Tierra! ¡Por lo que a mí toca, te perdono mi muerte; pero no dudes que la suya pedirá justicia de un atentado tan horrible!»
»Por muy determinado que estuviese don Anastasio a no hacer caso de las disculpas de Estefanía, las imágenes espantosas que ofrecieron a su espíritu estas últimas palabras no dejaron de suspenderle, y así, como si hubiese temido que esta emoción paralizase su resentimiento, se aprovechó apresuradamente del furor que le quedaba y atravesó con el puñal el costado derecho de su mujer, que, cayendo al punto en tierra, él la creyó muerta. Salió prontamente de su casa y desapareció de Antequera.
»Entre tanto, aquella desgraciada esposa quedó tan turbada del golpe que había recibido, que permaneció algunos instantes tendida en tierra sin dar señales de vida; pero recobrando al cabo sus espíritus, empezó a quejarse y gemir, lo que hizo acudiese una dueña que la servía. Luego que esta buena mujer vió a su ama en un estado tan lastimoso, dió tales gritos que despertó a los demás criados y a los vecinos cercanos, de modo que en un instante se llenó la sala de gente. Se llamaron cirujanos, quienes, habiendo registrado la herida, no la tuvieron por peligrosa, sin que errasen en su concepto. Curaron en poquísimo tiempo a Estefanía, quien dió felizmente a luz un hijo tres meses después de aquel cruel suceso; y yo, señor Gil Blas, soy el fruto de aquel infeliz parto.
»Aunque la murmuración en ninguna manera reserva la virtud de las mujeres, respetó, no obstante, la de mi madre, y esta sangrienta escena se contaba en la ciudad como arrojo de un marido celoso. Es verdad que mi padre estaba reputado por hombre violento y fácil en sospechar. Hordales juzgó con razón que su prima presumiría que él con sus chismes había trastornado el ánimo de don Anastasio, y satisfecho de haberse a lo menos vengado, cesó de visitarla. Por no cansar a vuestra señoría no me detendré en contar la educación que tuve; solamente diré que mi madre se dedicó principalmente a hacerme enseñar el arte de la esgrima y que me ejercité mucho tiempo en las más célebres escuelas de Granada y Sevilla. Esperaba mi madre con impaciencia que yo tuviese edad para medir mi espada con la de don Huberto, para enterarme entonces del motivo que tenía para quejarse de él, y viéndome, en fin, ya de diez y ocho años, me lo descubrió, derramando abundantes lágrimas y penetrada de un amargo dolor. ¡Qué impresión no hace en un hijo dotado de valor y sensibilidad la vista de una madre en este estado! Busqué prontamente a Hordales, le conduje a un sitio retirado, en donde, después de un largo combate, le di tres estocadas y cayó en tierra.
»Sintiéndose don Huberto mortalmente herido, fijó en mí sus últimas miradas y me dijo que recibía la muerte de mi mano como justo castigo del delito que había cometido contra el honor de mi madre. Confesóme que por vengarse del rigor con que le había despreciado tomó la resolución de perderla, y luego expiró, pidiendo perdón de su culpa al Cielo, a don Anastasio, a Estefanía y a mí. No juzgué acertado volver a casa a informar a mi madre de este acontecimiento, cuyo cuidado dejé a la fama. Pasé la sierra y llegué a la ciudad de Málaga, donde me embarqué con un corsario que salía del puerto, quien, conceptuando que no me faltaba valor, consintió gustoso en que me uniese a los voluntarios que tenía a bordo.
»No tardamos mucho en hallar ocasión de distinguirnos. En las cercanías de las islas de Alborán encontramos un corsario de Melilla, que volvía hacia las costas de Africa con una embarcación española ricamente cargada, que había apresado en las aguas de Cartagena. Acometimos intrépidamente al africano y nos apoderamos de sus dos bajeles, en los cuales iban ochenta cristianos que conducía esclavos a Berbería, y aprovechando un viento que se levantó y nos era favorable para acercamos a la costa de Granada, llegamos en breve tiempo a Punta de Elena.
»Preguntamos a los cautivos a quienes habíamos libertado de qué parajes eran, y yo hice esta pregunta a un hombre de muy buen aspecto, que podía tener cincuenta años cumplidos. Respondióme suspirando que era de Antequera. Su respuesta me conmovió, sin saber por qué, y también advertí que se turbaba. Díjele: «Yo soy paisano vuestro. ¿Podremos saber vuestra familia?» «¡Ah!—me dijo. ¡No me instéis a que satisfaga vuestra curiosidad si no queréis renovar mi dolor! Diez y ocho años hace que falto de Antequera, en donde no se pueden acordar de mí sin horror. Usted habrá quizá oído muchas veces hablar de mí. Me llamo don Anastasio de Rada...» «¡Válgame Dios!—exclamé—. ¿Debo creer lo que oigo? ¿Conque usted es don Anastasio? ¿Es, pues, mi padre el que veo?» «¡Qué decís, joven!—exclamó mirándome atónito—. ¿Será posible seáis aquel niño desgraciado que todavía estaba en el vientre de su madre cuando la sacrifiqué a mi furor?» «Sí, padre mío—le dije—, yo soy a quien la virtuosa Estefanía parió tres meses después de la funesta noche en que la dejasteis anegada en su sangre.»
Don Anastasio no esperó a que acabase estas palabras para abrazarme estrechamente, y en un cuarto de hora no hicimos más que mezclar nuestros suspiros y lágrimas. Después de habernos entregado a los tiernos afectos que semejante encuentro debía inspirar, alzó mi padre los ojos al Cielo para darle gracias de haber salvado la vida a Estefanía; pero, pasado un momento, como si temiese dárselas sin motivo, se dirigió a mí y me preguntó de qué manera se había averiguado la inocencia de su mujer. «Señor—le respondí—, nadie ha dudado jamás de ella sino vos. La conducta de vuestra esposa ha sido siempre irreprensible. Es necesario que yo os desengañe. Sabed que don Huberto fué quien os engañó.» Y entonces le conté toda la perfidia de este pariente, cómo me había vengado de él y lo que me había confesado a morir.
»A mi padre no le causó tanto placer el haber recobrado la libertad como el oír las nuevas que le anunciaba. Colmado de alegría, volvió a abrazarme tiernamente y no se cansaba de manifestarme lo gustoso que estaba conmigo. «¡Vamos, hijo mío—me dijo—, tomemos presto el camino de Antequera! ¡No tendré sosiego hasta echarme a los pies de una esposa a quien tan indignamente he tratado, porque, después de conocida mi injusticia, siento crueles remordimientos que despedazan mi corazón!» Deseando yo reunir estas dos personas para mí tan amables, no quise se alargase tan dulce momento. Dejé al corsario, y como mi padre no quería exponerse a los peligros del mar, compré en Adra, con el dinero que me tocó de la presa, dos mulas. El camino dió tiempo para que me contase sus aventuras, que escuché con aquella atención ansiosa que prestó el príncipe de Itaca a la narración de las del rey su padre. En fin, después de muchas jornadas llegamos al pie del monte más inmediato a Antequera, en donde hicimos alto, y esperamos la media noche para entrar secretamente en nuestra casa.
»Imagine vuestra señoría la sorpresa de mi madre al ver a un marido que creía perdido para siempre; y todavía la admiraba más el modo milagroso con que puede decirse le había sido restituído. Pidióle mi padre perdón de su barbarie, con demostraciones tan vehementes de arrepentimiento que, enternecida mi madre, en lugar de mirarle como a un asesino, vió en él un hombre a quien el Cielo la había sometido; tan sagrado es el nombre de esposo para una mujer virtuosa. Estefanía sintió en extremo mi fuga y tuvo mucho gusto de verme; pero su alegría no fué sin desazón. Una hermana de Hordales procedía criminalmente contra el matador de su hermano y me hacía buscar por todas partes, de suerte que mi madre estaba inquieta viéndome en nuestra casa sin seguridad. Esto me obligó a partir aquella misma noche para la corte, adonde vengo, señor, a solicitar el perdón que espero obtener, puesto que vuestra señoría quiere hablar a mi favor al primer ministro y apoyarme con todo su valimiento.»
El valiente hijo de don Anastasio dió fin aquí a su narración, y yo con mucha gravedad le dije: «¡Basta, señor don Rogerio! El caso me parece perdonable; quedo con el encargo de referir puntualmente este asunto a su excelencia y me atrevo a prometeros su protección.» Sobre esto, el granadino me dió mil gracias, que por un oído me hubiera entrado y por otro salido a no haberme asegurado se seguiría la gratificación al favor que le hiciera; pero luego que tocó esta cuerda me puse en movimiento. El mismo día conté este suceso al duque, quien, habiéndome permitido le presentara al caballero, le dijo: «Don Rogerio, estoy enterado del lance de honor que os trae a la corte. Santillana me ha dicho todas sus circunstancias. Sosegaos. Vuestra acción es disculpable y su majestad gusta de perdonar a los nobles que vengan su honor ofendido. Es necesario que por pura fórmula estéis preso, pero vivid seguro de que no lo estaréis largo tiempo. En Santillana tenéis un buen amigo, que se encargará de lo demás; él acelerará vuestra libertad.»
Don Rogerio hizo una profunda reverencia al ministro, sobre cuya palabra se fué a la cárcel. Su carta de perdón se le expidió inmediatamente en fuerza de mi solicitud. En menos de diez días envié a este nuevo Telémaco a reunirse con su Ulises y su Penélope, en vez de que, si no hubiera tenido protector y dinero, acaso hubiera pasado un año en la prisión. De todo esto no saqué más que cien doblones. No fué este lance muy provechoso, pero yo no era todavía un don Rodrigo Calderón para despreciarlo.
CAPITULO IX
Por qué medios Gil Blas hizo en poco tiempo una gran fortuna y de cómo tomó el aire de persona de importancia.
El asunto que acabo de referir me engolosinó, y diez doblones que di a Escipión por su corretaje le animaron a hacer nuevas investigaciones. Ya dejo celebrados sus talentos para esto, por lo que se le podía dar el nombre de Escipión el Grande. El segundo penitente que me llevó fué un impresor de libros de caballerías que se había enriquecido a despecho del sano juicio. Este impresor había reimpreso una obra de uno de sus compañeros y le habían embargado la edición. Por trescientos ducados conseguí se le devolviesen sus ejemplares y le libré de una fuerte multa. Aunque esto no era de la inspección del primer ministro, su excelencia quiso a mi ruego interponer su autoridad. Después del impresor, me trajo a las manos un mercader, y el negocio era el siguiente: un navío portugués había sido apresado por un corsario berberisco y represado por otro de Cádiz. Las dos terceras partes de mercancías de que iba cargado pertenecían a un mercader de Lisboa, que, habiéndolas reclamado inútilmente, venía a la corte de España a buscar un protector cuyo valimiento fuese bastante para hacérselas entregar, y tuvo la fortuna de encontrarlo en mí. Me empeñé por él y recobró sus géneros mediante la cantidad de cuatrocientos doblones que pagó por el favor.
Me parece que oigo al lector gritarme al llegar aquí: «¡Animo, señor de Santillana! ¡Cálcese usted las botas, pues está en camino de adelantar su fortuna!» ¡Oh, no dejaré de hacerlo! Si no me engaño, veo llegar a mi criado con un nuevo quidam que acaba de enganchar. Cabalmente es Escipión. Escuchémosle. «Señor—me dice—, permítame usted le presente a este famoso empírico, quien solicita un privilegio para vender sus medicamentos por espacio de diez años en todas las ciudades de la Monarquía de España, con exclusión de cualesquiera otros; es decir, que se prohiba a las personas de su profesión establecerse en los lugares donde esté. Por vía de agradecimiento dará doscientos doblones al que le saque el privilegio.» Yo dije al charlatán, tomando el aspecto de un protector: «¡Id, amigo mío; vuestra solicitud corre de mi cuenta!» En efecto, pocos días después le saqué un privilegio que le permitía engañar al pueblo exclusivamente en todos los reinos de España.
Yo conocí la verdad de aquel refrán que dice que «el comer y el rascar todo es empezar». Pero además de que advertía que la codicia iba creciendo en mí a medida que iba adquiriendo riquezas, había logrado de su excelencia con tanta facilidad las cuatro gracias de que acabo de hablar, que no me detuve en pedirle la quinta. Esta fué el Gobierno de la ciudad de Vera, en la costa de Granada, para un caballero de Calatrava que me ofrecía mil doblones. El ministro se echó a reír viéndome caminar tan de prisa. «¡Vive diez, amigo Gil Blas!—me dijo—. ¡Cómo apretáis! ¡Deseáis vivamente hacer bien al prójimo! Mirad: cuando no se trate más que de bagatelas, no repararé en ello; pero cuando me pidáis Gobiernos u otras cosas de importancia, os quedaréis enhorabuena con la mitad del provecho y a mí me daréis la otra. No podéis pensar—continuó—el gasto que tengo precisión de hacer ni cuántos arbitrios necesito para mantener la dignidad de mi empleo, porque, a pesar del desinterés que aparento a los ojos del mundo, os confieso que no soy tan imprudente que quiera abandonar mis intereses propios. Sirvaos esto de gobierno.»
Con esta advertencia me quitó mi amo el temor de importunarle, o más bien me excitó a que prosiguiese con mayor empeño, y me sentí aún más sediento de riquezas que antes. Hubiera yo entonces con gusto hecho fijar un cartel que dijese que todos aquellos que quisieran conseguir gracias en la corte no tenían mas que acudir a mí; yo iba por un lado y Escipión por otro buscando ocasiones de servir por dinero. Mi caballero de Calatrava alcanzó el Gobierno de Vera por sus mil doblones, y bien presto hice conceder otro por el mismo precio a un caballero de Santiago. No contento con nombrar gobernadores, concedí hábitos de las Ordenes militares, transformé algunos buenos plebeyos en malos hidalgos con famosos títulos de nobleza; quise también que la clerecía participase de mis favores, y así, conferí beneficios cortos, canonjías y algunas dignidades eclesiásticas. En orden a los obispados y arzobispados era el colador de ellos el señor don Rodrigo Calderón, quien además nombraba para las togas, encomiendas y virreinatos, lo que prueba que no se proveían los empleos grandes mejor que los pequeños, porque los sujetos a quienes nosotros elegíamos para ocupar los puestos de que hacíamos un tráfico tan honorífico no eran siempre los más hábiles ni los más honrados. Sabíamos muy bien que los burlones de Madrid se divertían en este punto a costa nuestra, pero nosotros parecíamos a los avaros, que se consuelan de las murmuraciones del pueblo recontando su dinero.
Isócrates llama con razón a la intemperancia y a la locura compañeras inseparables de los ricos. Cuando me vi dueño de treinta mil ducados y en disposición de ganar quizá diez tantos más, juzgué me tocaba hacer un papel digno de un confidente del primer ministro; alquilé una casa entera, que hice adornar lujosamente; compré el coche de un escribano, que lo había echado por ostentación y que se deshizo de él por consejo de su panadero. Recibí un cochero, tres lacayos, y como es regular promover a los criados antiguos, ascendí a Escipión al triple honor de mi ayuda de cámara, mi secretario y mayordomo mío. Pero lo que acabó de colmar mi orgullo fué que el ministro tuviese a bien que mis criados llevasen su librea. Con esto perdí lo que me restaba de juicio; no estaba menos loco que los discípulos de Porcio Latro cuando, a fuerza de haber bebido agua de cominos, se pusieron tan pálidos como su maestro, imaginándose tan sabios como él. Poco me faltaba para juzgarme pariente del duque de Lerma. Se me puso en la cabeza pasaría por tal, y quizá por uno de sus hijos bastardos, cosa que me lisonjeaba extremadamente.
Añádase a esto que quise, como su excelencia, tener mesa de estado, y a este efecto encargué a Escipión me buscase un cocinero, y me trajo uno que podía casi compararse con el del romano Nomentano, de golosa memoria. Abastecí mi cueva de vinos exquisitos, y después de haber hecho las demás provisiones necesarias, principié a convidar gentes. Todas las noches venían a cenar a mi casa algunos de los principales covachuelistas del ministro, los cuales se apropiaban con vanidad el dictado de secretarios de Estado. Les tenía muy buena comida y siempre iban bien bebidos. Escipión por su parte—porque tal amo tal criado—también daba mesa en el tinelo, en donde a costa mía regalaba a sus conocidos. Pero además de que yo quería a este mozo, como él contribuía a hacerme ganar dinero, me parecía tenía derecho para ayudarme a gastarlo, fuera de que yo miraba estas disposiciones como un joven que no reflexiona el daño que se le sigue y sólo considera el honor que le resulta de ellas. Había asimismo otro motivo para no cuidar de esto, y era que los beneficios y empleos no cesaban de traer agua al molino, con lo que mi caudal se aumentaba cada día, y yo creía tener clavada la rueda de la fortuna.
Sólo faltaba a mi vanidad que Fabricio fuese testigo de mi vida ostentosa. Creyendo habría ya vuelto de Andalucía, quise tener el gusto de sorprenderle, y a este fin le envié un papel anónimo, en el que le decía que un señor siciliano, amigo suyo, le esperaba a cenar, señalándole día, hora y lugar adonde debía acudir; la cita era en mi casa. Núñez vino a ella y se quedó sumamente admirado cuando supo que yo era el señor extranjero que le había convidado. «¡Sí—le dije—, amigo mío, yo soy el dueño de esta casa! ¡Tengo coche, buena mesa y sobre todo un gran caudal!» «¡Es posible—exclamó con viveza—que te encuentre nadando en la opulencia! ¡Cuánto me alegro de haberte colocado con el conde Galiano! ¡Bien te decía yo que aquel señor era generoso y que no tardaría en acomodarte! Sin duda—añadió—que seguiste el sabio consejo que te di de aflojar algo la rienda al repostero. ¡Sea enhorabuena! Con esa prudente conducta engordan tanto los mayordomos de las casas grandes.»
Dejé a Fabricio aplaudirse cuanto quiso de haberme llevado a casa del conde Galiano, y después, para moderar la alegría que manifestaba de haberme agenciado tan buen puesto, le dije sin omitir circunstancias las señales de agradecimiento con que este señor había pagado lo que le había servido; pero percibiendo que mi poeta mientras yo le refería estos pormenores cantaba interiormente la palinodia, le dije: «Yo perdono al siciliano su ingratitud. Hablando aquí entre los dos, más motivo tengo de darme el parabién que de lamentarme. Si el conde no se hubiera portado mal conmigo, le habría seguido a Sicilia, en donde todavía le estaría sirviendo esperanzado de un acomodo incierto. En una palabra, no sería confidente del duque de Lerma.»
Estas últimas palabras dejaron tan atónito a Núñez, que por el pronto no pudo desplegar los labios; pero luego, rompiendo de golpe el silencio, me dijo: «¿Es verdad lo que oigo? ¡Que lográis de la confianza del primer ministro!» «La divido—le respondí—con don Rodrigo Calderón, y según las apariencias llegaré más lejos.» «Es verdad, señor de Santillana—replicó—, que me causáis admiración. ¡Sois capaz de desempeñar toda clase de empleos! ¡Qué talentos se unen en vos! O más bien, para servirme de una expresión a nuestro modo, poseéis un talento universal, es decir, que para todo sois adecuado. Finalmente, señor—prosiguió—, me alegro mucho de la prosperidad de vuestra señoría.» «¡Oh qué diablos!—interrumpí yo—. ¡Señor Núñez, nada de señor ni señoría! ¡Dejaos de esos tratamientos y vivamos siempre con familiaridad!» «Tienes razón—repitió—. Aunque te hayas enriquecido, no debo mirarte con otros ojos que con los que te he mirado siempre. Pero—añadió—te confieso mi flaqueza: al oír tu fortuna me ofusqué. Gracias a Dios, pasado mi alucinamiento, no veo en ti más que a mi amigo Gil Blas.»
Nuestra conversación fué interrumpida por cuatro o cinco covachuelistas que llegaron. «Señores—les dije mostrándoles a Núñez—, ustedes cenarán con el señor don Fabricio, que hace versos dignos del rey Numa y que escribe en prosa como nadie escribe.» Por desgracia, yo hablaba con gentes que hacían tan poco caso de la poesía que dejaron cortado al poeta; apenas se dignaron mirarle. Por más que dijo cosas muy agudas para atraerse su atención, no le escucharon; lo que le picó tanto que, tomando una licencia poética, se escurrió sutilmente de entre todos y desapareció. Nuestros covachuelistas no advirtieron su retirada y se sentaron a la mesa sin preguntar siquiera qué se había hecho.
Al siguiente día por la mañana, cuando yo me acababa de vestir y me disponía a salir de casa, el poeta de las Asturias entró en mi gabinete. «Perdóname, amigo mío—me dijo—, si he ofendido a tus covachuelistas; pero, hablando con franqueza, me encontré tan desairado entre ellos, que no pude resistir. Son para mí muy fastidiosos unos hombres tan presumidos y almidonados. ¡No alcanzo cómo tú, que tienes un entendimiento tan delicado, puedes acomodarte a convidados tan estúpidos! Yo quiero desde hoy traerte otros más listos.» «Tendré—le dije—mucha satisfacción en eso, y para ello me fío de tu gusto.» «¡Con razón!—me respondió—. Yo te prometo talentos superiores y de los más entretenidos. Voy de aquí a una casa de vinos generosos, adonde van a reunirse dentro de poco; los apalabraré para que no se comprometan con otro, porque son tan festivos que en todas partes los apetecen.»
Dicho esto me dejó, y por la noche, a la hora de cenar, volvió, acompañado de sólo seis autores, que me presentó uno tras otro, haciéndome su elogio. Si se le hubiera de creer, aquellos grandes ingenios sobrepujaban a los de Grecia y de Italia, y sus obras—decía él—merecían imprimirse en letras de oro. Recibí a aquellos señores muy atentamente y aun afecté llenarlos de atenciones, porque la nación de los autores es un poco vana y amiga de gloria. Aunque no hubiera encargado a Escipión que la cena fuese abundante, como él sabía la clase de gentes a que debía obsequiar en aquel día, la había dispuesto con profusión.
En fin, nos sentamos a la mesa con mucha alegría. Mis poetas principiaron a hablar de sí propios y a alabarse. Uno citaba con vanidad los grandes y las señoras a quienes agradaba su musa; otro, vituperando la elección que una academia de literatos acababa de hacer de dos sujetos, decía modestamente que debían haberle elegido; los demás discurrían con la misma presunción. Mientras comían, me fastidiaron con trozos de versos y de prosa. Cada uno de ellos recitaba por turno algún pasaje de sus escritos; uno lee un soneto, el otro declama una escena trágica, otro lee la crítica de una comedia, y el cuarto, leyendo a su vez una oda de Anacreonte, traducida en malos versos españoles, es interrumpido por uno de sus compañeros, que le dice se ha servido de una voz impropia. El autor de la traducción defiende lo contrario y se arma una disputa, en la cual todos los ingenios toman partido. Las opiniones son diversas; los disputantes se acaloran y llegan a las injurias. Todo esto era tolerable; pero aquellos furiosos se levantan de la mesa y andan a cachetes. Fabricio, Escipión, mi cochero, mis lacayos y yo, ¡en qué nos vimos para ponerlos en paz! Cuando se vieron separados salieron de mi casa como de una taberna, sin pedirme ningún perdón de su impolítica.
Núñez, sobre cuya palabra había yo formado una idea agradable de aquella comida, se quedó atónito del lance. «Y bien—le dije—, amigo, ¿me elogiaréis todavía a vuestros convidados? ¡A fe mía que me habéis traído unas gentes bien despreciables! Aténgome a mis covachuelistas. ¡No me hables más de autores!» «Yo no pienso—me respondió—presentarte otros, pues acabas de ver a los más juiciosos.»
CAPITULO X
Corrómpense enteramente las costumbres de Gil Blas en la Corte; del encargo que le dió el conde de Lemos y de la intriga en que este señor y él se metieron.
Luego que se llegó a saber que yo era privado del duque de Lerma, empecé a tener corte. Todas las mañanas estaba mi antesala llena de gente, a quien daba audiencia al levantarme. Venían a mi casa dos clases de personas: unas, interesándome con dinero para que pidiese alguna gracia al ministro, y otras a moverme con súplicas para conseguirles gratis lo que pretendían. Las primeras tenían seguridad de ser escuchadas y bien servidas. En orden a las segundas, me desembarazaba prontamente con excusas, o les entretenía tanto tiempo que les hacía perder la paciencia. Antes de hacer papel en la Corte era yo naturalmente piadoso y caritativo; pero como en ella no hay esta debilidad, me hice más duro que un pedernal, y, de consiguiente, perdí también el cariño a mis amigos y me desnudé de todo el afecto que les tenía. En prueba de esta verdad voy a contar cómo traté en una ocasión a José Navarro.
Este José Navarro, al que tanto tenía que agradecer y quien—para decirlo de una vez—era la causa primordial de mi fortuna, vino un día a mi casa. Después de haberme mostrado mucho amor, como lo acostumbraba hacer siempre que me encontraba, me suplicó pidiese al duque de Lerma cierto empleo para uno de sus amigos, diciéndome que el sujeto por quien se interesaba era un mozo muy amable y de gran mérito, pero que necesitaba empleo para subsistir. «No dudo—añadió José—que siendo usted tan bueno y amigo de hacer un favor tendrá gusto en hacer bien a un pobre hombre honrado. Su indigencia es un título que merece el apoyo de usted. Tengo la seguridad de que me daréis las gracias, porque os proporciono ocasión de ejercer vuestra condición caritativa.» Esto era decirme claramente que esperaba que hiciese este favor de balde. Aunque esto me disgustaba, no dejé de aparentar que estaba propicio a servirle. «Me alegro—respondí a Navarro—de tener esta ocasión en que poder manifestar a usted mi vivo agradecimiento a cuanto usted ha hecho por mí; me basta que usted se interese por cualquiera y no necesita otra recomendación para decidirme a servirle. Su amigo de usted tendrá el empleo que desea; cuente usted con ello. Este es asunto mío y no de usted.»
Con estas expresiones, José se fué muy satisfecho de mi favor. Sin embargo, su recomendado se quedó sin empleo, porque lo hice dar a otro por mil ducados que metí en mi gaveta. Preferí tomar este dinero a los agradecimientos que hubiera recibido de mi buen repostero, a quien, con un modo pesaroso, dije cuando nos volvimos a ver: «¡Ah, mi amado Navarro! Usted me habló tarde. Calderón se me anticipó a dar el empleo que usted sabe. Siento en extremo no dar a usted mejor noticia.»
José me creyó de buena fe y nos separamos más amigos que nunca; pero creo que presto descubrió la verdad, porque no volvió a parecer por mi casa. En vez de sentir algunos remordimientos de haberme portado tan mal con un amigo verdadero y a quien tanto debía, quedé muy contento. Además de que ya me pesaban los favores que me había hecho, no me pareció conveniente tratar con reposteros en la categoría en que me hallaba en la corte.
Volvamos al conde de Lemos, de quien hace tiempo no he hablado y al que visitaba algunas veces. Le había llevado mil doblones, como tengo dicho, y todavía le llevé otros mil por orden del duque su tío, del dinero que yo tenía de su excelencia. En este día fué cuando el conde quiso tener una larga conversación conmigo, en la cual me manifestó que al fin había logrado su intento y que enteramente gozaba del favor del príncipe de España, de quien era el único confidente, y en seguida me dió un encargo muy honroso, para el cual ya me tenía destinado. «¡Amigo Santillana—me dijo—, vamos, manos a la obra! ¡No dejéis de hacer cuanto podáis para descubrir alguna beldad digna de divertir a este príncipe galán! Entendimiento tenéis; nada más os digo. ¡Id, corred, investigad, y cuando hayáis descubierto una cosa buena, decídmelo!» Ofrecí al conde no omitir diligencia para contribuir al buen desempeño de mi empleo, cuyo ejercicio no debe de ser muy difícil, pues hay tantas gentes que se ocupan en él.
Yo no estaba muy acostumbrado a este género de averiguaciones, pero no dudaba que Escipión sería también admirable para el caso. Luego que volví a casa, le llamé y le dije a solas: «Hijo mío, tengo que hacerte un encargo importante. En medio de tanto como sabes me favorece la fortuna, conozco que me falta alguna cosa.» «Fácilmente adivino lo que es—interrumpió sin dejarme acabar lo que quería decirle—; usted necesita una ninfa agradable que le distraiga un poco y le divierta, y, en efecto, es de maravillar que usted, en la flor de sus días, no la tenga, cuando viejos barbones no pueden estar sin ella.» «¡Admiro tu perspicacia!—le dije sonriéndome—. Sí, amigo mío, necesito una dama, pero la quiero venida de tu mano. Mas advierte que soy muy delicado en este negocio; quiero una persona linda y que no tenga malas costumbres.» «Lo que usted desea—interrumpió Escipión sonriéndose—es algo raro; no obstante, estamos, a Dios gracias, en un pueblo en donde hay de todo, y espero encontrar presto lo que usted pretende.»
Efectivamente, a los tres días me dijo: «He descubierto un tesoro: una señorita joven, llamada Catalina, de buena familia y de indecible hermosura. Vive a la sombra de una tía suya, en una casita, en donde subsisten ambas muy decentemente con sus haberes, que no son considerables. La criada que las sirve es conocida mía y acaba de asegurarme que, aunque no dan entrada a nadie, no sería difícil la hallase un galán rico y espléndido, con tal que, para no escandalizar, entrase en su casa sólo de noche y con todo sigilo. En esta inteligencia, le he pintado a usted como un hombre digno de que le admitan en su casa, y he suplicado a la criada se lo proponga a las dos señoras, lo cual me ha ofrecido, como también ir mañana a un sitio determinado a darme la respuesta.» «¡Bravo va el negocio!—le respondí—. Pero temo te engañe la criada.» «¡No, no!—replicó—. ¡No me dejo yo engañar tan fácilmente! He preguntado ya a los vecinos, y de lo que me han dicho he inferido que la señora Catalina es tal como usted la puede desear; es decir, una Dánae, de quien usted puede ser el Júpiter enviando una lluvia de doblones.»
Sin embargo de la desconfianza que tenía de esta clase de hallazgos, no dejé de aceptar éste, y como la criada al día siguiente avisase a Escipión que podía presentarme aquella misma noche en casa de sus amas, entre once y doce me entré en ella con mucho sigilo. La criada me recibió a obscuras, me cogió de la mano y me llevó a una sala decente, en donde encontré a las dos señoras airosamente vestidas y sentadas en almohadones de raso. Luego que me vieron se levantaron y me saludaron con tanta finura que me parecieron personas distinguidas. La tía, que se llamaba la señora Mencía, aunque todavía de buen parecer, no atrajo mi atención. Es verdad que toda se la llevaba la sobrina, que me pareció una diosa, y aunque examinada rigurosamente podía decirse que no era una hermosura perfecta, tenía, con todo, tantas gracias, que, añadidas a un rostro atractivo y voluptuoso, ofuscaban y hacían imperceptibles sus defectos.
Su vista me turbó los sentidos. Olvidé que iba como emisario; hablé en mi propio y privado nombre y me manifesté apasionado. La señorita, cuyo entendimiento yo juzgaba tres veces mayor de lo que realmente era—tan bien me había parecido—, acabó de enamorarme con sus respuestas. Ya principiaba yo a estar fuera de mí, cuando, para moderar la tía mis impulsos, tomó la palabra y me dijo: «Señor de Santillana, voy a hablar a vuestra señoría francamente. Por lo mucho bien que me han dicho de vuestra señoría le he permitido entrar en mi casa, sin ponderarle el gran favor que le hago en ello; pero no crea vuestra señoría por eso que ha adelantado algo; hasta ahora he criado a mi sobrina con recato, y vos sois, por decirlo así, el primer caballero a quien la he presentado. Si os parece digna de ser vuestra esposa, tendré el mayor gusto en que ella logre este honor; ved si a este precio os conviene, pues a otro no la conseguiréis.»
Este tiro a quemarropa ahuyentó el Amor, que me iba a disparar una flecha. Hablando sin metáfora, un casamiento propuesto tan a secas me hizo entrar en mí mismo, y volviendo de repente a ser fiel agente del conde de Lemos, mudé de tono y respondí a la señora Mencía: «Señora, vuestra franqueza me agrada, y por tanto quiero imitarla. Aunque hago un papel distinguido en la corte, no basta éste para merecer a la sin igual Catalina; le tengo reservado un partido más brillante: la destino para el príncipe de España.» «Me parece—respondió la tía fríamente—que bastaba despreciar a mi sobrina, sin que fuera necesario acompañar el desprecio con la burla.» «No me burlo, señora—exclamé—, hablo seriamente. Tengo orden de buscar una persona de mérito a quien pueda honrar con sus visitas secretas el príncipe de España, y en casa de usted he hallado lo que buscaba.»
Esta declaración sorprendió en gran manera a la señora Mencía, a quien conocí no le había desagradado. Sin embargo, creyendo que debía hacer la reservada, me replicó en estos términos: «Aun cuando tomara al pie de la letra lo que vuestra señoría me dice, ha de saber que no soy de carácter que haga vanidad del infame honor de ver a mi sobrina ser dama de un príncipe; mi decoro se ofende con la idea...» «¡Qué bendita es usted—le interrumpí—con su virtud! Usted piensa como una simple aldeana y se chancea si mira estas cosas con tanto escrúpulo. ¡Eso es quitarles lo que tienen de bueno! Es necesario mirarlas con mejores ojos. Considerad a los pies de la dichosa Catalina al heredero de la Monarquía; representaos que la adora y la llena de regalos; y pensad, en fin, que quizá puede nacer de ella un héroe que inmortalice el nombre de su madre con el suyo.»