LIBRO DECIMO
José Francisco de Isla translation
CAPITULO PRIMERO
Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid, donde visita a su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se encuentra casualmente con el señor Manuel Ordóñez, administrador del hospital.
Cuando me estaba disponiendo a salir de Madrid con Escipión para ir a Asturias, el duque de Lerma fué creado cardenal por la Santidad de Paulo V. Queriendo este Papa establecer la Inquisición en el reino de Nápoles, honró con el capelo a este ministro para empeñarle a hacer que el rey Felipe aprobase tan laudable designio. A todos los que conocían perfectamente a este nuevo miembro del Sacro Colegio les pareció, como a mí, que la Iglesia acababa de hacer una excelente adquisición.
Escipión, que hubiera querido más volver a verme en un puesto brillante de la corte que sepultado en un retiro, me aconsejó que me presentase al nuevo cardenal. «Puede ser—me dijo—que su eminencia, viéndole a usted fuera de la prisión por orden del rey, no crea ya deber fingirse irritado contra usted y podrá admitirle de nuevo a su servicio.» «Señor Escipión—le respondí—, usted ha olvidado sin duda que sólo conseguí la libertad bajo condición de salir inmediatamente de las dos Castillas. Fuera de eso, ¿me crees ya disgustado de mi quinta de Liria? Ya te lo he dicho, y te lo vuelvo a repetir, que aunque el duque de Lerma me restituyese a su gracia y me ofreciese el mismo puesto que ocupa don Rodrigo Calderón, lo renunciaría. Mi determinación está tomada. Quiero ir a Oviedo a buscar a mis padres y retirarme con ellos a las cercanías de la ciudad de Valencia. En cuanto a ti, amigo mío, si estás arrepentido de unir tu suerte con la mía, no tienes mas que decirlo, que estoy pronto a darte la mitad del dinero que tengo y te quedarás en Madrid, en donde adelantarás tu fortuna hasta donde pudieres.»
«¿Cómo así?—replicó mi secretario, algo resentido de estas expresiones—. ¿Es posible que usted sospeche que sea yo capaz de tener repugnancia a seguirle a su retiro? Esa sospecha ofende mi celo y mi inclinación. Pues qué, Escipión, aquel fiel criado que por tomar parte en sus penas hubiera pasado con gusto el resto de sus días con usted en el alcázar de Segovia, ¿tendría ahora repugnancia en acompañarle en una mansión donde espera gozar mil delicias? ¡No, señor, no! Ninguna gana tengo de disuadir a usted de su resolución; pero quiero confesarle mi malicia: si le aconsejé que se presentase al duque de Lerma fué únicamente para sondearle y ver si todavía le quedaban algunas reliquias de ambición. ¡Ea, pues; ya que se halla usted tan desprendido de las grandezas, abandonemos prontamente la corte para ir a disfrutar de aquellos inocentes y deliciosos placeres de que nos formamos una idea tan risueña!»
Con efecto, poco después salimos de Madrid en una silla tirada de dos buenas mulas, guiadas por un mozo que tuve por conveniente agregar a mi comitiva. Dormimos el primer día en Galapagar, al pie de Guadarrama; el segundo, en Segovia, de donde salí sin detenerme a visitar al generoso alcaide Tordesillas; pasé por Portillo y llegué al día siguiente a Valladolid. Al descubrir esta ciudad no pude menos de dar un profundo suspiro, que habiéndolo oído mi compañero, me preguntó la causa. «Hijo mío—le dije—, es la de que ejercí mucho tiempo en Valladolid la Medicina, y sobre este punto me están atormentando los remordimientos secretos de mi conciencia, pues me parece que todos aquellos que maté salen de sus sepulcros para venir a despedazarme.» «¡Qué imaginación!—dijo mi secretario—. ¡Sin duda, señor de Santillana, que es usted un pobre hombre! ¿Por qué se arrepiente usted de haber hecho su oficio? ¿Por ventura los doctores ancianos sienten los mismos remordimientos? No, señor; llevan la suya adelante con el mayor sosiego del mundo, imputando a la Naturaleza los accidentes funestos y atribuyéndose a ellos solamente los felices.»
«En verdad—repuse—que el doctor Sangredo, cuyo método seguía yo fielmente, era de este carácter. Aunque viese morir cada día veinte enfermos entre sus manos, vivía tan persuadido de la excelencia de la sangría del brazo y de la bebida frecuente, a las cuales llamaba sus dos específicos para todo género de enfermedades, que si morían los pacientes lo achacaba siempre a haber bebido poco y a que no los habían sangrado bastante.» «¡Vive diez—exclamó Escipión dando una carcajada—, que me cita usted un sujeto original!» «Si tienes curiosidad de verle y oírle—repuse yo—, mañana la podrás satisfacer, como no haya muerto y esté en Valladolid, lo que dudo mucho, porque ya era viejo cuando le dejé y desde entonces acá se han pasado bastantes años.»
Lo primero que hicimos así que llegamos al mesón adonde fuimos a apearnos fué preguntar por el tal doctor. Supimos que aun no se había muerto, pero que, no pudiendo ya visitar ni hacer mucho movimiento a causa de su gran vejez, había abandonado el campo a otros tres o cuatro doctores, que habían adquirido gran fama por otro nuevo método de curar que no valía más que el suyo. Resolvimos hacer parada el día siguiente, tanto para que descansasen las mulas como por ver al doctor Sangredo. A cosa de las diez de la mañana fuimos a su casa y le hallamos sentado en una silla poltrona con un libro en la mano. Levantóse luego que nos vió, vino hacia nosotros con paso muy firme para un setentón, y nos preguntó qué le queríamos. «Pues qué, señor doctor—le respondí—, ¿es posible que ya no me conozca usted, siendo así que tuve la fortuna de haber sido uno de sus discípulos? ¿No se acuerda usted de un cierto Gil Blas que en otro tiempo fué su comensal y su sustituto?» «¿Cómo así?—me replicó dándome un abrazo—. ¿Eres tú Santillana? Cierto que no te había conocido y me alegro infinito de volverte a ver. ¿Qué has hecho después que nos separamos? Sin duda, habrás ejercido siempre la Medicina.» «Teníale—le respondí—mucha inclinación, pero razones poderosas me apartaron de ella.»
«¡Peor para ti!—replicó Sangredo—. Con los principios que aprendiste de mí hubieras llegado a ser un médico hábil, con tal que el Cielo te hubiera hecho la gracia de preservarte del peligroso amor a la química. ¡Ah hijo mío!—exclamó arrancando un doloroso suspiro—. ¡Qué novedades se han introducido en la Medicina de algunos años a esta parte! A esta arte se le quita el honor y la dignidad; esta arte, que en todos tiempos ha respetado la vida de los hombres, hoy se halla en poder de la temeridad, de la presunción y de la impericia, porque los hechos hablan y presto alzarán el grito hasta las piedras contra el desorden de los nuevos prácticos: lapides clamabunt. Se ven en esta ciudad algunos médicos, o que se llaman tales, que se han uncido al carro de triunfo del antimonio: carrus triumphalis antimonii; unos desertores de la escuela de Paracelso, adoradores del quermes y curanderos de casualidad, que hacen consistir toda la ciencia médica en saber preparar algunas drogas químicas. ¿Qué más te diré? En su método todo está desconocido: la sangría del pie, por ejemplo, en otros tiempos tan raras veces practicada, hoy es la única que se usa; los purgantes, antiguamente suaves y benignos, se han convertido en emético y en quermes. Ya todo no es mas que un caos en que cada uno se toma la libertad de hacer lo que se le antoja y traspasa los límites del orden y de la sabiduría que nuestros primitivos maestros señalaron.»
Aunque estaba reventando por reír al oír una declamación tan cómica, pude contenerme. Y aun hice más: declamé contra el quermes, sin saber lo que era, y di al diablo sin más reflexión a los que lo habían inventado. Advirtiendo Escipión lo mucho que me divertía esta escena, quiso contribuir también por su parte a ella. «Yo, señor doctor—dijo a Sangredo—, soy sobrino de un médico de la escuela antigua, y como tal, pido a usted licencia para declararme enemigo de los remedios químicos. Mi difunto tío, que santa gloria haya, era tan ciego partidario de Hipócrates, que se batió muchas veces con los empíricos que no hablaban con el debido respeto de este rey de la Medicina. La razón no quiere fuerza. ¡De buena gana sería yo el verdugo de esos ignorantes novadores, de quienes usted se queja con tanta justicia como elocuencia! ¿Qué trastorno no causan en la sociedad civil esos miserables?»
«Ese desorden—replicó el doctor—va todavía más lejos de lo que usted piensa. De nada me ha servido publicar un libro contra esos asesinos de la Medicina; antes al contrario, cada día van en aumento. Los cirujanos, cuyo gran hipo es querer hacer de médicos, se creen capaces de serlo cuando sólo se trata de recetar quermes y emético, añadiendo sangrías del pie a su antojo. Llegan hasta el punto de mezclar el quermes en las pócimas y cocimientos cordiales, y cátate que ya se juzgan iguales a los grandes médicos. Este contagio ha cundido hasta dentro de los claustros. Hay entre los frailes ciertos legos que son a un mismo tiempo boticarios y cirujanos. Estos monos médicos se aplican a la química y hacen drogas perniciosas, con las que abrevian la vida de sus padres reverendos. En fin, en Valladolid se cuentan más de sesenta conventos de frailes y monjas; contemple usted ahora el destrozo que hacen en ellos el quermes junto con el emético y la sangría del pie.» «Señor Sangredo—dije yo entonces—es muy justa la indignación de usted contra esos envenenadores; yo me lamento de lo mismo y entro a la parte en su compasivo temor por la vida de los hombres, manifiestamente amenazada por un método tan diferente del de usted. Mucho temo que la química no sea algún día la ruina de la Medicina, como lo es de los reinos la moneda falsa. ¡Quiera el Cielo que este día fatal no esté cerca de llegar!»
Aquí llegaba nuestra conversación cuando entró en el cuarto del doctor una criada vieja, que le traía en una bandeja un panecillo tierno, un vaso y dos garrafitas llenas, una de agua y otra de vino. Luego que comió un bocado echó un trago, en el cual, ciertamente, había mezclado dos terceras partes de agua; pero esto no le libró de las reconvenciones que me daba motivo para hacerle. «¡Hola, hola, señor doctor!—le dije—. ¡Le he cogido a usted en el garlito! ¡Usted beber vino, cuando siempre se ha declarado contra esta bebida y cuando en las tres cuartas partes de su vida no ha bebido sino agua! ¿De cuándo acá se ha contrariado usted a sí mismo? No puede servirle de excusa su edad avanzada, pues en un lugar de sus escritos define la vejez diciendo que es una tisis natural que poco a poco nos va disecando y consumiendo, y, en fuerza de esta definición, lamenta usted la ignorancia de aquellos que llaman al vino la leche de los viejos. ¿Qué me dirá usted ahora en su defensa?»
«Digo—me respondió el viejo—que me reconvienes sin razón. Si yo bebiera vino puro, tendrías motivo para mirarme como a un infiel observador de mi propia doctrina; pero ya has visto que el vino que he bebido estaba muy aguado.» «Otra condición—le repliqué yo—, mi querido maestro: acuérdese usted de que llevaba muy a mal que el canónigo Cedillo bebiese vino, aunque lo mezclaba con mucha agua. Confiese usted de buena fe que al cabo ha reconocido su error y que el vino no es un licor tan funesto como usted lo sentó en sus obras, con tal que se beba con moderación.»
Hallóse nuestro doctor algo atarugado con esta réplica. No podía negar que en sus libros había prohibido el uso del vino; pero como la vergüenza y la vanidad le impedían confesar que yo le hacía una justa reconvención, no sabía qué responderme. Para sacarle de este pantano mudé de conversación, y poco después me despedí de él, exhortándole a que se mantuviese siempre firme contra los nuevos médicos. «¡Animo, señor Sangredo!—le dije—. ¡No se canse usted de desacreditar el quermes y persiga a sangre y fuego la sangría del pie! Si a pesar de su celo y amor a la ortodoxia médica esa raza empírica logra arruinar la rigidez antigua, por lo menos tendrá usted el consuelo de haber hecho cuanto estaba de su parte para sostenerla!»
Al retirarnos mi secretario y yo a nuestro mesón, hablando del gracioso y original carácter del tal doctor, pasó cerca de nosotros por la calle un hombre como de cincuenta y cinco a sesenta años, que caminaba con los ojos bajos y un rosario de cuentas gordas en la mano. Miréle atentamente y sin dificultad conocí que era el señor Manuel Ordóñez, aquel buen administrador del hospital de quien se hizo tan honorífica mención en el capítulo XVII del libro primero de mi historia. Lleguéme a él con grandes muestras de respeto y le dije: «¡Salud al venerable y discreto señor Manuel Ordóñez, el hombre más a propósito del mundo para conservar la hacienda de los pobres!» Al oír estas palabras me miró con mucha atención y me respondió que mi fisonomía no le era desconocida, pero que no podía acordarse en dónde me había visto. «Yo iba—le respondí—a casa de usted en tiempo que le servía un amigo mío llamado Fabricio Núñez.» «¡Ah, ya me acuerdo!—repuso el administrador con una sonrisa maligna—. Por señas, que los dos erais muy buenas alhajas e hicisteis admirables muchachadas. ¿Y qué se ha hecho el pobre Fabricio? Siempre que pienso en él, me tienen con cuidado sus asuntillos.»
«Me he tomado la libertad de detener a usted en la calle—dije al señor Manuel—precisamente para darle noticias suyas. Sepa usted que Fabricio está en Madrid ocupado en hacer obras misceláneas.» «¿A qué llamas obras misceláneas?», me replicó. «Quiero decir—le contesté—que escribe en prosa y en verso; compone comedias y novelas; en suma, es un mozo de ingenio y es bien recibido en las casas distinguidas.» «¿Y cómo lo pasa con su panadero?», me preguntó el administrador. «No tan bien—le respondí—como con las personas de calidad; porque, aquí para los dos, creo que está tan pobre como Job.» «¡Oh, en eso no tengo la menor duda!—repuso Ordóñez—. Haga la corte a los grandes todo lo que quisiere; sus complacencias, sus lisonjas y sus vergonzosas bajezas le producirán todavía menos que sus obras. Desde luego os lo pronostico: algún día le veréis en el hospital.»
«Esto no me causará novedad—dije yo—, porque la poesía ha llevado a él a otros muchos. Mucho mejor hubiera hecho mi amigo Fabricio en haberse mantenido a la sombra de usted, que a la hora de ésta estaría nadando en oro.» «A lo menos nada le faltaría—respondió Ordóñez—. Yo le quería bien y poco a poco le iba ascendiendo de puesto en puesto, hasta asegurarle un sólido acomodo en la casa de los pobres, cuando se le antojó querer pasar por hombre de ingenio. Compuso una comedia, que hizo representar por los comediantes que a la sazón se hallaban en esta ciudad; la pieza logró aceptación, y desde aquel punto se le trastornó la cabeza al autor. Imaginóse ser otro Lope de Vega, y prefiriendo el humo de los aplausos del público a las verdaderas conveniencias que mi amistad le preparaba, se despidió de mi casa. En vano procuré persuadirle que dejaba la carne para correr tras la sombra; no pude detener a este loco, a quien arrastraba el furor de escribir. ¡No conocía su felicidad!—añadió—. Buena prueba es de esto el criado que recibí después que él me dejó; más juicioso que Fabricio, y con menos talento que él, se aplicó únicamente a desempeñar bien los encargos que le hago y a darme gusto. Por eso le he adelantado como merecía y en la actualidad está desempeñando en el hospital dos destinos, el menor de los cuales es más que suficiente para sustentar a un hombre de bien cargado de una numerosa familia.»
CAPITULO II
Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a Oviedo; en qué estado halla a su familia; muerte de su padre, y sus consecuencias.
Desde Valladolid nos pusimos en seis días en Oviedo, adonde llegamos sin habernos sucedido la menor desgracia en el viaje, a pesar del refrán que dice: Huelen de lejos los bandoleros el dinero de los pasajeros. A la verdad, si hubieran olido el nuestro, no habrían errado el golpe, y sólo dos habitantes de una cueva habrían bastado para soplarnos nuestros doblones, porque en la corte yo no había aprendido a ser valiente, y Beltrán, mi mozo de mulas, no parecía tener gana de dejarse matar por defender la bolsa de su amo; sólo Escipión era un poco espadachín.
Ya era de noche cuando llegamos a la ciudad. Nos apeamos en un mesón poco distante de la casa de mi tío el canónigo Gil Pérez. Deseaba yo tener noticia del estado en que se hallaban mis padres antes de presentarme a ellos; y para saberlo no podía dirigirme a quien me informase mejor que al mesonero y la mesonera, que sabía ser personas que no podrían ignorar cuanto pasaba en casa de sus vecinos. Con efecto, después de haberme mirado el mesonero con la mayor atención, me conoció y exclamó fuera de sí: «¡Por San Antonio de Padua, que éste es el hijo del buen escudero Blas de Santillana!» «¡Sí, por cierto—añadió la mesonera—; él mismo es! Y apenas se ha mudado; es aquel despabiladillo Gil Blas, que tenía más talento que cuerpo. ¡Paréceme que le estoy viendo cuando venía aquí con la botella por vino para cenar su tío!»
«Señora—dije a la mesonera—, no se puede negar que tiene usted una memoria feliz. Pero deme usted, le ruego, noticias de mi familia; sin duda que mis padres no deben de estar en una situación agradable.» «Demasiado cierto es—respondió la mesonera—. Por triste que sea el estado en que usted pueda representárselos, no es posible imaginar que haya dos personas más dignas de compasión que ellos. El buen señor Gil Pérez está baldado de la mitad del cuerpo, y, naturalmente, vivirá muy poco. Su padre de usted, que de algún tiempo a esta parte vive con el canónigo, padece una opresión de pecho, o por mejor decir, se halla actualmente entre la vida y la muerte, y su madre de usted, que tampoco goza la mejor salud, se ve precisada a servir de asistenta a los dos enfermos.»
Así que oí esta relación, que me hizo conocer que era hijo, dejé a Beltrán en el mesón en guarda de mi equipaje, y acompañado de mi secretario Escipión, que no quiso apartarse de mi lado, pasé a casa de mi tío. Apenas me puse delante de mi madre, cuando cierta conmoción que sintió en su interior le hizo conocer quién yo era, aun antes de tener tiempo para examinar las facciones de mi rostro. «¡Hijo mío—me dijo tristemente echándome los brazos al cuello—, ven a ver morir a tu padre; a tiempo llegas para ser testigo de tan doloroso espectáculo!» Diciendo esto, me llevó a un cuarto donde el triste Blas de Santillana, tendido en una cama que mostraba bien la miseria de un pobre escudero, estaba ya a los últimos. Sin embargo, aunque cercado de las sombras de la muerte, todavía conservaba algún conocimiento. «Amado esposo—le dijo mi madre—, aquí tienes a tu hijo Gil Blas, que te pide perdón de todos los disgustos que te ha causado y te ruega le eches tu bendición.» Al oír esto abrió mi padre los ojos, que ya comenzaban a cerrarse para siempre; fijólos en mí, y observando, a pesar de la postración en que se hallaba, que yo lloraba su pérdida, se enterneció de mi dolor. Quiso hablarme, mas no pudo. Yo entonces le tomé una mano, y mientras se la bañaba en lágrimas, sin poder proferir una palabra, exhaló el último aliento, como si sólo hubiera esperado a que yo llegase para expirar.
Mi madre tenía demasiado consentida esta muerte para afligirse desmedidamente; quizá me afligí yo más que ella, sin embargo de que mi padre en su vida me había dado la menor demostración de cariño. Además de que bastaba ser hijo suyo para llorarle, me acusaba a mí mismo de no haberle socorrido, y, acordándome de haber tenido esta insensibilidad, me consideraba como un monstruo de ingratitud, o por mejor decir, como un parricida. Mi tío, a quien vi después postrado en otra cama poco menos pobre y en un estado lastimoso, me hizo experimentar nuevos remordimientos. «¡Hijo desnaturalizado!—me dije a mí mismo—. ¡Considera para tu mayor tormento la miseria en que se hallan tus parientes! Si los hubieras socorrido con parte de lo que te sobraba de los bienes que poseías antes de estar preso, les hubieras proporcionado las comodidades a que no podía alcanzar la renta de la prebenda, y de esta manera acaso hubieras alargado la vida a tu padre.»
El desdichado Gil Pérez estaba ya lelo; había perdido la memoria y el juicio. De nada me sirvió estrecharle entre mis brazos y darle muestras de mi ternura, porque ninguna impresión le hicieron. Por más que mi madre le decía que yo era su sobrino Gil Blas, no hacía mas que mirarme con un aire imbécil, sin responder nada. Aun cuando la sangre y el agradecimiento no me hubieran obligado a compadecerme de un tío a quien tanto debía, no hubiera podido menos de hacerlo viéndole en una situación tan digna de lástima.
Durante este tiempo Escipión guardaba un profundo silencio, me acompañaba en mi pena y mezclaba por amistad sus suspiros con los míos. Pareciéndome que después de tan larga ausencia tendría mi madre muchas cosas reservadas que decirme y que podía detenerla la presencia de un hombre a quien no conocía, le llamé aparte y le dije: «Vete, hijo mío, a descansar al mesón y déjame aquí con mi madre, que acaso te creería de más en una conversación que no recaerá sino sobre asuntos de familia.» Retiróse Escipión por no incomodarnos, y, efectivamente, mi madre y yo estuvimos hablando toda la noche. Nos dimos recíprocamente fiel cuenta de todo lo que a uno y otro nos había sucedido desde mi salida de Oviedo. Ella me hizo extensa relación de todas las desazones que había tenido en las varias casas donde había servido de dueña, confiándome en el asunto muchas cosas que no me hubiera alegrado las hubiese oído mi secretario, sin embargo de no tener yo nada reservado para él. Con todo el respeto que debo a la memoria de mi madre, diré que la buena señora era algo prolija en sus relaciones, y me hubiera ahorrado las tres cuartas partes de su historia si hubiese suprimido las circunstancias inútiles de ella.
Acabó por fin su relación y yo di principio a la mía. Conté por encima todas mis aventuras; pero cuando llegué a la visita que me había hecho en Madrid el hijo de Beltrán Moscada, el especiero de Oviedo, me extendí un poco sobre este pasaje. «Confieso, señora—dije a mi madre—, que recibí con despego al tal mozo, el cual, por vengarse de ello, no habrá dejado de hablaros muy mal de mí.» «Así es—me respondió—; díjonos que te había encontrado tan engreído con el favor del primer ministro de la Monarquía, que apenas te habías dignado conocerle, y que cuando te pintó nuestras miserias le oíste con mucha frialdad. Pero como los padres y las madres—añadió ella—-procuran siempre disculpar a sus hijos, no pudimos creer tuvieses tan mal corazón. Tu venida a Oviedo acredita la buena opinión que teníamos de ti y el sentimiento de que te veo lleno lo acaba de confirmar.»
«Me hace mucho favor—respondí—ese buen concepto que a usted debo, pero lo cierto es que en la relación del hijo de Moscada hay alguna verdad. Cuando me vino a ver estaba yo embriagado con mi fortuna, y la ambición que me dominaba no me permitía pensar en mis parientes. De consiguiente, hallándome en semejante disposición, no es de admirar que recibiese mal a un hombre que, acercándose a mí de un modo grosero, me dijo brutalmente que, habiendo sabido que yo estaba más rico que un judío, iba a aconsejarme que enviase a ustedes algún dinero, respecto a que se veían en grande necesidad, y aun me echó en cara en términos nada comedidos mi indiferencia hacia mi gente. Me incomodó su llaneza, y, perdiendo la paciencia, le eché a empujones de mi cuarto. Confieso que me porté mal en aquella ocasión, que debí reflexionar no era culpa vuestra la falta de atención del especiero y que su consejo merecía seguirse, aunque había sido grosero el modo de dármelo. Esto fué lo que me ocurrió al pensamiento un momento después que había despedido a Moscada. La sangre hizo en mí su oficio, y, acordándome de mis obligaciones hacia mis padres, me avergoncé de haberlas cumplido tan mal y sentí remordimientos, de los cuales no puedo, sin embargo, hacer mérito con usted, puesto que fueron sofocados inmediatamente por la avaricia y por la ambición. Pero después fuí encerrado por orden del rey en el alcázar de Segovia, en donde caí gravemente enfermo, y esta dichosa enfermedad es la que a usted le restituye su hijo. Sí, por cierto; mi enfermedad y mi prisión fueron las que hicieron recobrar a la Naturaleza todos sus derechos y las que me han desprendido enteramente de la Corte. Hoy sólo suspiro por la soledad y he venido a Asturias con el fin únicamente de suplicar a usted se venga conmigo a que disfrutemos juntos las dulzuras de una vida retirada. Si usted admite mi oferta, la conduciré a una posesión que tengo en el reino de Valencia, en donde espero que pasaremos una vida muy cómoda. Bien podrá usted conocer que mi ánimo era llevar también a mi padre; pero ya que el Cielo ha dispuesto otra cosa, logre yo a lo menos la satisfacción de tener en mi compañía a mi madre y pueda reparar con todas las posibles atenciones el tiempo que pasé sin servirle de nada.»
«Quedo muy agradecida de tus buenas intenciones—me dijo entonces mi madre—. Sin duda alguna me iría contigo a no impedírmelo algunas dificultades. En primer lugar, no puedo desamparar a tu tío y mi hermano en el estado en que se halla; después de eso, estoy muy connaturalizada con este país para que yo le deje. Sin embargo, como esto merece examinarse con madurez, quiero meditarlo despacio; por ahora solamente debemos pensar en los funerales de tu padre.» «Ese cuidado—le respondí—se lo encargaremos a ese mozo que usted ha visto conmigo, que es mi secretario; tiene talento y celo y podemos descuidar en él.»
No bien había pronunciado estas palabras cuando entró Escipión, porque era ya día claro. Preguntónos si podía servirnos de algo en el apuro en que nos hallábamos. Respondíle que llegaba muy a tiempo para recibir una orden importante que pensaba darle. Luego que se impuso de lo que se trataba, «¡Basta!—dijo—. Ya tengo ideada acá en mi cabeza toda la ceremonia y ustedes podrán fiarse de mí.» «Pero guardaos bien—añadió mi madre—de pensar en un funeral que tenga la menor apariencia de ostentación; por modesto que sea, nunca lo será demasiado para mi esposo, a quien toda la ciudad ha conocido por un escudero de los más pobres.» «Señora—respondió Escipión—, aunque hubiera sido mucho más infeliz, no por eso rebajaré dos maravedís. Sólo debo tener presente las circunstancias de mi amo: habiendo sido favorito del duque de Lerma, a su padre debe enterrársele con grandeza.»
Aprobé el designio de mi secretario y aun le encargué que no economizase el dinero; un resto de vanidad que yo conservaba todavía se despertó en esta ocasión. Me lisonjeé de que, haciendo este dispendio por un padre que ninguna herencia me dejaba, admirarían todos mi porte generoso. Mi madre por su parte, a pesar de la gran modestia que aparentaba, no dejaba de alegrarse de que su marido fuese enterrado con pompa. Dimos, pues, amplias facultades a Escipión, que sin perder tiempo marchó a dar las disposiciones necesarias para un suntuoso entierro.
Saliéronle muy bien; celebróse un funeral tan magnífico que irritó contra mí a la ciudad y arrabales; a todos los vecinos de Oviedo, desde el mayor hasta el menor, chocó infinito mi ostentación. «¡Este ministro de la noche a la mañana—decía uno—tiene dinero para enterrar a su padre y no lo tuvo para mantenerle!» «¡Mejor hubiera sido—decía otro—haber tenido más amor a su padre vivo que hacerle tantas honras después de muerto!» En fin, ninguna lengua pecó de corta; cada una disparó su saeta. No se contentaron con esto: cuando salimos de la iglesia, así a mí como a Escipión y a Beltrán nos cargaron de injurias, acompañándonos hasta nuestra casa las befas y gritos de los muchachos, los cuales llevaron a Beltrán a pedradas hasta el mesón. Para disipar la canalla que se había agolpado delante de la casa de mi tío fué menester que mi madre se asomase a la ventana y asegurase a todos que no tenía queja ninguna de mí. Otros hubo que fueron corriendo al mesón donde estaba mi silla, para hacerla mil pedazos, como infaliblemente lo hubieran ejecutado si el mesonero y la mesonera no hubieran hallado modo de sosegar aquellos ánimos furiosos y disuadirles de semejante intento.
Todas estas afrentas, que eran otros tantos efectos de lo que había hablado de mí el mozo especiero de la ciudad, me inspiraron tal aversión hacia mis paisanos, que determiné salir cuanto antes de Oviedo, en donde, a no haber sido esto, tal vez me hubiera detenido algún tiempo más. Díjeselo a mi madre claramente, y como no estaba menos sentida que yo de ver lo mal que me había recibido mi país, no se opuso a mi resolución. Sólo se trató del modo de portarme con ella en adelante. «Madre—le dije—, ya que usted no puede abandonar a mi tío, no debo insistir en que se venga usted conmigo; pero como, según todas las señales, no puede estar muy distante el fin de sus días, deme usted palabra de venir a vivir en mi compañía luego que él fallezca.»
«Esa palabra, hijo mío, no te la daré; yo quiero pasar en Asturias los pocos días que me quedan de vida y con total independencia.» «Pues qué, señora—le repliqué—, ¿no será usted dueña absoluta en mi casa?» «No lo sé, hijo mío—me respondió—. Tal vez te enamorarás de alguna niña linda y te casarás con ella; será mi nuera, yo su suegra y no podremos vivir juntas.» «Usted—le dije—prevé los disgustos muy de lejos. Por ahora no pienso en casarme; pero si en algún tiempo tuviese esta idea, esté usted cierta de que mandaré a mi mujer que en todo y por todo esté sujeta a la voluntad de usted.» «Te obligas temerariamente a una cosa—repuso mi madre—que nunca podrás cumplir; antes bien, no me atrevería yo a afirmar que si entre la suegra y la nuera ocurriesen algunas desazones, no te declarases a favor de tu mujer antes que al mío, por grande que fuese su sinrazón.»
«Señora, habla usted como un oráculo—dijo mi secretario metiéndose en la conversación—. Yo pienso, como usted, que las nueras dóciles son muy contadas. Así, pues, para que usted y mi amo queden contentos, ya que quiere usted decididamente permanecer en las Asturias y él en el reino de Valencia, será menester que le señale una renta anual de cien doblones, que yo me encargo de traer aquí todos los años, y por este medio la madre y el hijo estarán muy satisfechos uno de otro a doscientas leguas de distancia.» Aprobaron el convenio las dos partes interesadas, y yo desde luego pagué adelantado el primer año, y salí de Oviedo el día siguiente antes de amanecer, por miedo de que el populacho no me tratara como a San Esteban. Tal fué el recibimiento que se me hizo en mi patria. ¡Admirable lección para aquellas personas de humilde nacimiento que, habiéndose enriquecido fuera de su país, quieran volver a él para hacer de personas de importancia!
CAPITULO III
Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y llega en fin a Liria; descripción de su quinta, cómo fué recibido en ella y qué gentes encontró allí.
Tomamos el camino de León, después el de Palencia, y, siguiendo nuestro viaje a cortas jornadas, llegamos al cabo de veinte días a Segorbe, y al día siguiente por la mañana entramos en mi quinta, que sólo dista cinco leguas de aquella ciudad. Advertí que conforme nos íbamos acercando mi secretario observaba con la mayor atención todas las quintas que a diestra y siniestra se le ofrecían a la vista. Luego que descubría alguna de grande apariencia, me decía enseñándomela con el dedo: «Me alegrara que fuera aquél nuestro retiro.»
«No sé, amigo mío—le dije—, qué idea te has formado de nuestra morada; pero si te la figuras como una casa magnífica, como la hacienda de un gran señor, desde luego te digo que estás muy equivocado. Si no quieres que tu imaginación se ría después de ti, represéntate aquella casa campestre que Mecenas regaló a Horacio, situada en el país de los Sabinos, cerca de Tívoli. Haz cuenta que don Alfonso me ha hecho un regalo muy semejante a aquél.» «Según eso—replicó Escipión—, sólo debemos esperar que tendremos por albergue una cabaña.» «Acuérdate—repuse yo—que siempre te hice una descripción muy modesta de ella, y si quieres juzgar por ti mismo de la fidelidad de mi pintura, vuelve la vista hacia el río Guadalaviar y mira sobre su orilla, junto a aquella aldehuela de nueve a diez casas, aquella que tiene cuatro torrecillas, que ésa es mi quinta.»
«¡Diantre!—exclamó entonces asombrado mi secretario—. ¡Aquel edificio es una preciosidad! Además del aspecto de nobleza que le dan sus torrecillas, puede añadirse que está bien situado, bien construído y rodeado de cercanías más deliciosas que los contornos de Sevilla, llamados por excelencia «el paraíso terrenal». El sitio no podía ser más de mi gusto, aunque nosotros mismos le hubiéramos escogido. Riégale un río con sus aguas y un espeso bosque está brindando con su sombra al que quiera pasearse aun en la mitad del día. ¡Oh qué amable soledad! ¡Ah mi querido amo, todas las trazas son de que permaneceremos en él largo tiempo!» «Me alegro mucho—le respondí—de que te agrade tanto nuestro retiro, del cual aun no conoces todas las conveniencias.»
Divertidos en esta conversación llegamos finalmente a la casa, cuyas puertas nos fueron abiertas al punto que dijo Escipión que era yo el señor Gil Blas de Santillana, que iba a tomar posesión de su quinta. Al oír un nombre tan respetable para aquellas gentes, dejaron entrar la silla en un espacioso patio, donde al punto me apeé. Apoyándome gravemente de Escipión y haciendo de personaje, pasé a una sala, en la que inmediatamente se me presentaron siete u ocho criados, diciendo que venían a ofrecerme sus reverentes obsequios como a su nuevo señor, habiéndolos don César y don Alfonso escogido para que me sirviesen, uno de cocinero, otro de ayudante de cocina, otro de pinche de la misma, otro de portero y los demás de lacayos, con prohibición a todos de recibir de mí salario alguno, porque aquellos señores querían corriesen de su cuenta todos los gastos de mi casa. El principal de estos criados, y que como tal llevaba la palabra, era el cocinero, el cual se llamaba maestro Joaquín. Díjome había hecho una buena provisión de los mejores vinos de España y que, por lo tocante al aderezo de la comida, habiendo tenido el honor de servir por espacio de seis años en la cocina del señor arzobispo de Valencia, esperaba componer unos platos que excitasen mi apetito. «Voy a disponerme—añadió—para dar a vuestra señoría una prueba de mi habilidad. Mientras llega la hora de comer, podrá vuestra señoría dar un paseo y visitar su quinta, para reconocer si se halla en estado de ser habitada por vuestra señoría.» Ya se puede considerar que yo no dejaría de hacer esta visita; y Escipión, aun más curioso de hacerla que yo, me fué conduciendo de pieza en pieza. Recorrimos toda la casa de arriba abajo, sin que ningún rincón se escapase a nuestra curiosidad, por lo menos así nos lo pareció, y por todas partes hallé motivos para admirar la gran bondad que don César y su hijo tenían para conmigo. Entre otras cosas llamaron mi atención dos aposentos adornados con unos muebles que, sin llegar a ser magníficos, eran de buen gusto. Estaba el uno colgado de tapicería de los Países Bajos, y en él una cama y sillas cubiertas de terciopelo, todo bien conservado, a pesar de haberse hecho en tiempo que los moros ocupaban el reino de Valencia. De igual gusto eran los muebles del otro aposento: cubría sus paredes una colgadura antigua de damasco genovés, de color de caña, con una cama y sillas de la misma tela guarnecidas de franjas de seda azul. Todos estos efectos, que en un inventario hubieran sido poco apreciados, parecían allí ostentosos.
Después de haber examinado bien todas las cosas, mi secretario y yo volvimos a la sala, en la que estaba ya puesta una mesa con dos cubiertos. Sentámonos a ella y al punto se nos sirvió una olla podrida, tan delicada que nos dió lástima de que el arzobispo de Valencia no tuviese ya al cocinero que la había sazonado. Verdad es que teníamos buenas ganas y esto contribuía a que no nos supiese mal. A cada bocado que comíamos, mis lacayos de nueva fecha nos presentaban unos grandes vasos, que llenaban hasta el borde de un vino rico de la Mancha. No atreviéndose Escipión a dejar ver delante de ellos la satisfacción interior que experimentaba, me la daba a entender con miradas expresivas, y yo le manifestaba con las mías que estaba tan contento como él. Un plato de asado, compuesto de dos codornices gordas que acompañaban a un lebratillo de exquisito gusto, nos hizo dejar la olla podrida y acabó de saciarnos. Luego que hubimos comido como dos hambrientos y bebido a proporción, nos levantamos de la mesa para ir al jardín a dormir voluptuosamente la siesta en algún sitio fresco y agradable.
Si mi secretario se había mostrado hasta entonces muy satisfecho de cuanto había visto, aún lo quedó más cuando vió el jardín, que le pareció comparable con el parterre del Escorial. Bien es verdad que don César, que de cuando en cuando venía a Liria, tenía gusto en hacerlo cultivar y hermosear. Todas las calles estaban bien cubiertas de arena y enfiladas de naranjos; un gran estanque de mármol blanco, en cuyo centro un león de bronce arrojaba copiosos chorros de agua, la hermosura de las flores y la diversidad de frutas, todos estos objetos embelesaron a Escipión. Pero lo que más le encantó fué una prolongada calle de árboles que bajaban en declive continuando hasta la habitación del arrendatario, cubierta con un espeso follaje de unos frondosos árboles. Haciendo el elogio de un sitio tan a propósito para preservarse del calor, nos detuvimos en él y nos sentamos al pie de un olmo, adonde el sueño acudió presto a apoderarse de dos hombres algo alegrillos que acababan de comer bien.
Dos horas después despertamos despavoridos al ruido de muchos escopetazos disparados tan cerca de nosotros que nos asustaron. Levantámonos precipitadamente, y para informarnos de lo que era fuimos a la casa del arrendatario, y allí encontramos ocho o diez aldeanos, todos vecinos del lugar, que disparaban y quitaban el orín de sus escopetas para celebrar mi venida, que acababan de saber. La mayor parte de ellos me conocían ya por haberme visto algunas veces en aquella quinta ejercer el empleo de mayordomo. Apenas me vieron, gritaron todos a un mismo tiempo: «¡Viva nuestro señor! ¡Sea bien venido a Liria!» Diciendo esto, volvieron a cargar sus escopetas y me obsequiaron con una descarga general. Recibílos con el mayor agrado que me fué posible, pero guardando siempre gravedad, porque no me pareció conveniente familiarizarme demasiado con ellos. Ofrecíles mi protección y les di además como unos veinte doblones, expresión que, según creo, no fué la que menos les agradó. Retiréme después con mi secretario, dejándoles la libertad de echar todavía más pólvora al aire, y nos fuimos al bosque, en donde nos estuvimos paseando hasta la noche, sin que nos cansase la vista de los árboles; tanto nos embelesaba el gusto de vernos en nuestra nueva posesión.
Durante nuestro paseo no estaban ociosos el cocinero, su ayudante ni el galopín. Ocupábanse todos tres en disponernos una cena superior a la comida; tanto, que cuando volvimos del paseo y entramos en la sala donde habíamos comido, quedamos muy admirados de ver poner en la mesa cuatro perdigones asados, un guisado de conejo a un lado y un capón en pepitoria al otro, sirviendo después de intermedio orejas de puerco, pollos en escabeche y crema de chocolate. Bebimos abundantemente vino de Lucena y otros muchos excelentes. Cuando conocimos que ya no podíamos beber más sin exponer nuestra salud, pensamos en irnos a acostar. Mis criados tomaron entonces luces y me condujeron al mejor cuarto, en donde me desnudaron con mucha oficiosidad; pero luego que me dieron mi bata de noche y mi gorro de dormir, los despedí diciéndoles en tono de amo: «Retiraos, que ya no os necesito para lo demás.»
Habiéndolos despachado a todos, me quedé solo con Escipión para conversar un poco con él. Preguntéle qué juicio formaba del trato que se me daba por orden de los señores de Leiva. «¡Por vida mía—me respondió—, que me parece no puede dárseos mejor y solamente deseo que esto dure mucho!» «Pues yo no lo deseo—le repliqué—. No debo permitir que mis bienhechores hagan tantos gastos por mí, porque esto sería abusar de su generosidad. Fuera de eso, tampoco me acomoda servirme de criados asalariados por otro, porque creería no hallarme en mi casa. A todo esto se añade que yo no me he retirado aquí para vivir con tanto aparato. ¿Qué necesidad tenemos de tantos criados? Bástanos, Beltrán, un cocinero, un mozo de cocina y un lacayo.» Sin embargo de que a mi secretario no le pesaría vivir siempre a costa del gobernador de Valencia, no se opuso a mi delicadeza en este punto; antes bien, conformándose con mi dictamen, aprobó la reforma que yo quería hacer. Decidido esto, se salió él de mi cuarto para retirarse al suyo.
CAPITULO IV
Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores de Leiva; de la conversación que tuvo con ellos y de la buena acogida que le hizo doña Serafina.
Acabé de desnudarme y me acosté; pero viendo que no podía quedarme dormido, me abandoné a mis reflexiones. Se me representó la generosidad con que los señores de Leiva pagaban la inclinación que yo les tenía, y, sumamente agradecido a las nuevas señales que de ello me daban, resolví marchar el día siguiente a visitarlos para satisfacer la impaciencia que tenía de manifestarles mi gratitud. Ya me complacía anticipadamente la idea de volver a ver pronto a Serafina; pero este placer no era del todo completo, porque no podía pensar sin pesadumbre en que al mismo tiempo tenía que soportar la presencia de la señora Lorenza Séfora, que, pudiéndose acordar todavía del lance del bofetón, no se alegraría mucho de verme. Cansada la imaginación con todas estas especies, me quedé finalmente dormido, y no desperté hasta que empezó a dejarse ver el sol.
Me levanté con prontitud, y, enteramente puesto el pensamiento en el viaje que meditaba, tardé poco en vestirme. Al acabar entró mi secretario en mi cuarto. «Escipión—le dije—, aquí tienes a un hombre que se dispone para ir a Valencia. No puedo menos de ir inmediatamente a visitar a unos señores a quienes debo mi buena fortuna, y cada instante de tardanza en el cumplimiento de este deber parece acusarme de ingratitud. A ti, amigo mío, te dispenso de acompañarme; quédate aquí durante mi ausencia, que no pasará de ocho días.» «Id, señor—respondió—, y cumplid con don Alfonso y su padre, que me parece agradecen el celo que se les manifiesta y que están muy reconocidos a los servicios que se les han hecho; son tan raras las personas distinguidas que tienen ese carácter, que no están por demás cualesquiera consideraciones que se les manifiesten.» Di orden a Beltrán para que se dispusiese a partir, y mientras que él preparaba las mulas tomé yo el chocolate. En seguida monté en mi silla, dejando mandado a mis criados que mirasen a mi secretario como a mi misma persona y que obedeciesen sus órdenes como las mías.
En menos de cuatro horas llegué a Valencia y fuí en derechura a apearme a las caballerizas del gobernador. Dejando allí mi carruaje, hice me condujesen al cuarto de este señor, en donde se hallaba a la sazón con su padre don César. Abrí sin ceremonia la puerta y, acercándome a los dos, «Los criados—les dije—no envían recado delante para presentarse a sus amos; aquí está un antiguo criado de vuestras señorías, que viene a ofrecerles sus respetos.» Diciendo esto, quise arrodillarme en su presencia; pero ellos no lo permitieron, y ambos me estrecharon entre su brazos con todas las demostraciones de una verdadera amistad. «Y bien, mi querido Santillana—me dijo don Alfonso—, ¿has ido ya a Liria a tomar posesión de tu hacienda?» «Sí, señor—le respondí—, y suplico a vuestra señoría se sirva permitirme que se la devuelva.» «¿Pues por qué?—me replicó—. ¿Has encontrado en ella alguna cosa que no te acomode?» «¡Nada de eso!—respondí—. Por lo que toca a la posesión me agrada infinito; pero lo que no me acomoda es tener en ella cocineros de arzobispo y tres veces más criados de los que he menester, ocasionando a vuestra señoría un gasto tan crecido como superfluo.»
«Si hubieras aceptado—dijo don César—la pensión de dos mil ducados que te ofrecimos en Madrid, nos hubiéramos limitado a regalarte esa quinta alhajada como está; pero no habiéndola tú querido admitir, nos pareció que en recompensa debíamos hacer lo que hicimos.» «Eso es demasiado—le respondí—; basta que vuestras señorías me favorezcan con la hacienda, que es suficiente para colmar todos mis deseos. Además de lo mucho que cuesta a vuestras señorías mantener tanta gente, aseguro que una familia tan numerosa me incomoda y me causa gran sujeción. En suma, señores—añadí—, o vuestras señorías recobran su finca o dígnense dejármela gozar a mi modo.» Pronuncié estas últimas palabras con tanta entereza, que padre e hijo, que de ningún modo querían violentarme, me permitieron al fin disponer de la quinta como mejor me pareciese.
Les repetía mil gracias por haberme concedido esta libertad, sin la cual yo no podía ser dichoso, cuando don Alfonso me interrumpió diciendo: «Mi querido Gil Blas, quiero presentarte a una dama que tendrá singular gusto de verte.» Y hablando de este modo me tomó de la mano y me condujo al cuarto de Serafina, la cual así que me vió prorrumpió en un grito de alegría. «Señora—le dijo el gobernador—, creo que la llegada de nuestro amigo Santillana a Valencia no os será menos gustosa que a mí.» «De eso—respondió ella—el mismo Santillana debe estar muy persuadido. No ha sido capaz el tiempo de borrar de mi memoria el favor que me hizo, y añado al agradecimiento que me merece el que debo a un hombre a quien vos sois deudor.» Respondí a mi señora la gobernadora que me consideraba más que suficientemente pagado del peligro que yo había corrido juntamente con los demás que me ayudaron a librarla, exponiendo mi vida por conservar la suya, y después de muchos cumplimientos recíprocos don Alfonso me sacó fuera del cuarto de Serafina y fuimos a reunimos con don César, a quien hallamos en una sala acompañado de muchos caballeros que estaban aquel día convidados a comer.
Saludáronme todos con mucha cortesanía, y me hicieron tantos más acatamientos cuanto que supieron por don César que yo había sido uno de los principales secretarios del duque de Lerma. Y aun quizá no ignorarían la mayor parte de ellos que don Alfonso había obtenido a influjo mío el Gobierno de Valencia, porque al cabo todo se llega a saber. Como quiera que sea, desde que nos sentamos a la mesa sólo se habló del nuevo cardenal; unos hacían, o aparentaban hacer, grandes elogios de él, y otros le ensalzaban, pero entre dientes y, como se suele decir, con la boca chica. Luego conocí que con esto querían incitarme a que hablase extensamente sobre su eminencia y que los divirtiese a costa suya. De buena gana hubiera dicho lo que pensaba de él, pero contuve la lengua, lo que me hizo pasar en el concepto de aquellos caballeros por un mozo muy discreto.
Concluída la comida, se retiraron los convidados a sus casas a dormir la siesta. Don César y su hijo, instados del mismo deseo, se encerraron en sus cuartos. Yo, lleno de impaciencia por ver cuanto antes una ciudad que tanto había oído alabar, salí del palacio del gobernador con ánimo de pasear las calles. Encontré a la puerta un hombre que se acercó a mí y me dijo: «¿Me dará licencia el señor de Santillana para que le salude?» Preguntéle quién era y me respondió: «Soy el ayuda de cámara del señor don César y era uno de sus lacayos cuando usted estaba de mayordomo de la casa. Todas las mañanas iba al cuarto de usted, que siempre me hacía mil favores, y le informaba de todo lo que pasaba en casa. ¿No se acuerda usted que un día le dije que el cirujano de la aldea de Leiva entraba secretamente en el cuarto de la señora Lorenza Séfora?» «De eso me acuerdo muy bien—le respondí—. Y ahora que se habla de esa dueña, ¿qué se ha hecho?» «¡Ah!—repuso él—. Luego que usted se ausentó, la pobre mujer cayó mala de pasión de ánimo, y al cabo murió más llorada del ama que del amo.»
Después que el ayuda de cámara me informó del triste fin de Séfora me pidió perdón de lo que me había detenido y me dejó proseguir mi camino. No pude menos de suspirar acordándome de aquella desdichada dueña, y, compadeciéndome de su suerte, me echaba la culpa de su desgracia, sin pensar que debía atribuirse más bien a su cáncer que al mérito mío de que se había prendado.
Observaba con gusto todo lo que parecía digno de ser notado en la ciudad. El palacio arzobispal entretuvo agradablemente mi vista, y lo mismo los hermosos pórticos de la Lonja; pero lo que me llevó toda la atención fué una gran casa que vi a lo lejos, en la cual entraba mucha gente. Acerquéme a ella para saber por qué acudía allí un concurso tan crecido de hombres y mujeres, y presto salí de mi curiosidad leyendo estas palabras escritas con letras de oro en una lápida de mármol negro que estaba sobre la puerta: Posada de los representantes. Leí también los carteles en los cuales los cómicos ofrecían por la primera vez aquel día la representación de una tragedia nueva de don Gabriel Triaquero.
CAPITULO V
Va Gil Blas a la comedia y ve representar una tragedia nueva; qué éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de Valencia.
Detúveme algunos momentos a la puerta para hacerme cargo de las personas que entraban, y habíalas de todas calidades. Vi caballeros de buena traza y ricamente vestidos y gentualla de tan mala catadura como traje. Vi varias señoras de título que se apeaban de sus coches para ir a ocupar los aposentos que habían mandado tomar y algunas aventureras que iban a caza de mentecatos. Este confuso tropel de toda clase de espectadores me inspiró el deseo de aumentar su número. Ya me disponía a tomar billete, cuando el gobernador y su esposa llegaron. Reconociéronme entre la muchedumbre y, habiéndome mandado llamar, me llevaron a su palco, en donde me senté detrás de los dos, de modo que podía hablar cómodamente con ambos. Estaba el salón lleno de gente de alto a bajo; el patio, muy apiñado, y la luneta llena de caballeros de las tres Ordenes militares. «¡Grande entrada!», dije a don Alfonso. «No hay que admirarse de eso—me respondió—, porque la tragedia que se va a representar está compuesta por don Gabriel Triaquero, apellidado el poeta de moda. Cuando los carteles de los cómicos anuncian alguna nueva composición suya, toda la ciudad de Valencia se pone en movimiento; hombres y mujeres no saben hablar de otra cosa; todos los palcos se abonan, y el día de la primera representación se estropean las gentes a la puerta por entrar, siendo así que se dobla el precio, exceptuando únicamente el del patio, a quien siempre se respeta demasiado por temor de que se altere.» «Sin duda—dije entonces al gobernador—que esa viva curiosidad del público, esa furiosa impaciencia que tiene por oír todas las composiciones nuevas de don Gabriel me dan una idea ventajosa del ingenio de ese poeta.»
Al llegar aquí nuestra conversación se dejaron ver en el teatro los actores. Callamos inmediatamente para oírlos con atención. Desde el principio comenzaron los aplausos; a cada verso se repetían, y al fin de cada jornada había un palmoteo que parecía venirse al suelo el teatro. Concluída la representación, me mostraron al autor, el cual iba modestamente por los aposentos a recoger los aplausos de que caballeros y damas le llenaban a competencia.
Nosotros volvimos al palacio del gobernador, adonde poco después llegaron tres o cuatro caballeros cruzados y dos autores antiguos muy apreciables en su clase, acompañados de un caballero de Madrid, sujeto de talento y de gusto. Todos habían estado en la comedia, y durante la cena no se habló sino de la nueva pieza. «¿Qué les parece a ustedes de la tragedia?—preguntó un caballero de Santiago—. ¿No es esto lo que se llama una obra perfecta? Pensamientos sublimes, expresiones tiernas, versificación vigorosa; nada le falta. En una palabra, es un poema compuesto para los inteligentes.» «No creo—respondió un caballero de Alcántara—que nadie pueda pensar de él de otra manera. Esta pieza tiene algunos trozos que parecen dictados por el mismo Apolo, y ciertos lances manejados con destreza; dígalo si no el señor—añadió, dirigiendo la palabra al caballero castellano—, que me parece entendido, y apuesto a que es de mi opinión.» «No apueste usted, caballero—le respondió el de Madrid con cierta risita falsa—. Yo no soy de este país; en Madrid no acostumbramos a decidir con tanta facilidad. Lejos de juzgar del mérito de una pieza que oímos por la primera vez, desconfiamos de sus bellezas cuando solamente la escuchamos en boca de los actores, y por mucha impresión que nos haga suspendemos el juicio hasta haberla leído, porque en la realidad no siempre nos causa en el papel el mismo placer que nos ha causado en la escena. Por eso antes de calificar un poema—prosiguió—lo examinamos escrupulosamente, y por grande que pueda ser la fama de un autor, no puede deslumbrarnos. Cuando Lope de Vega y Calderón ofrecían composiciones nuevas, hallaban jueces severos en sus admiradores, los cuales no los elevaron a la cumbre de la gloria hasta después de haber juzgado que eran dignos de ella.»
«¡Oh! Por cierto—interrumpió el caballero de Santiago—, nosotros no somos tan tímidos como ustedes; no esperamos para decidir a que se imprima una pieza. A la primera representación conocemos todo su mérito. Ni aun para eso nos es necesario oírla con la mayor atención, sino que nos basta saber que es producción de don Gabriel para persuadirnos de que no tiene ningún defecto. Las obras de este poeta deben servir de época al nacimiento del buen gusto. Los Lopes y los Calderones no eran mas que unos aprendices en comparación de este gran maestro del teatro.» El madrileño, que miraba a Lope y a Calderón como a los Sófocles y Eurípides de los españoles, indignado con este discurso temerario, exclamó: «¡Qué sacrilegio dramático! Supuesto, señores, que ustedes me obligan a juzgar como acostumbran por la primera representación, les diré que no me ha gustado la tragedia de su don Gabriel. Es un drama zurcido de rasgos más brillantes que sólidos. Las tres cuartas partes de los versos son malos, o sin buena rima; los caracteres, mal formados o mal sostenidos, y los conceptos, frecuentemente muy obscuros.»
Los dos autores que estaban a la mesa, y que por una moderación tan loable como rara no habían dicho nada por que no se les sospechase de envidiosos, no pudieron menos de aprobar con los ojos la opinión de este caballero, lo que me hizo creer que su silencio era menos un efecto de la perfección de la obra que de su política. En cuanto a los caballeros cruzados, comenzaron de nuevo a elogiar a don Gabriel, y aun le colocaron entre los dioses. Esa extravagante apoteosis y ciega idolatría impacientaron al castellano, que, alzando las manos al cielo, exclamó repentinamente entusiasmado: «¡Oh divino Lope de Vega, raro y sublime ingenio que dejaste un inmenso espacio entre ti y todos los Gabrieles que quieran igualarte! ¡Y tú, melifluo Calderón, cuya suavidad elegante y purgada de epicismo es inimitable! ¡No temáis uno ni otro que vuestros altares sean derribados por este hijo novel de las Musas! Muy afortunado será si la posteridad, cuya delicia formaréis así como formáis la nuestra, hace mención de él.»
Este gracioso apóstrofe, que ninguno esperaba, hizo reír a toda la concurrencia, con lo cual se levantó de la mesa y se retiró. A mí me condujeron por orden de don Alfonso al cuarto que me tenía dispuesto. Encontré en él una buena cama, en la que, habiéndose acostado mi señoría, se durmió, compadeciéndome tanto como el caballero castellano de la injusticia que los ignorantes hacían a Lope y a Calderón.
CAPITULO VI
Gil Blas, paseándose por las calles de Valencia, encuentra a un religioso a quien le parece conocer; qué hombre era este religioso.
Como no había podido ver toda la ciudad el día anterior, me levanté y salí al siguiente para acabar de examinarla. Divisé en la calle a un cartujo, que sin duda iba a negocios de su comunidad. Caminaba con los ojos bajos y con un aspecto tan devoto que se llevaba la atención de todos. Pasó muy cerca de mí; miréle atentamente y me pareció ver en él a don Rafael, aquel aventurero que ocupa tan honorífico lugar en varios capítulos de esta historia.
Me quedé tan asombrado y conmovido de este inesperado encuentro, que en vez de acercarme al monje permanecí inmóvil por algunos momentos, lo que le dió tiempo para alejarse de mí. «¡Justo Cielo!—dije—. ¿Se habrán visto jamás dos rostros más parecidos? ¿Qué deberé pensar? ¿Creeré que éste es Rafael? Pero ¿puedo imaginar que no lo sea?» Tuve demasiada curiosidad de saber la verdad para no pasar adelante.
Hice que me enseñasen el camino de la Cartuja, adonde fuí al momento con la esperanza de volver a ver al tal hombre cuando se restituyese al monasterio, y resuelto a detenerle para hablarle; pero no tuve necesidad de aguardarle para quedar enterado de todo. Al llegar a la puerta del monasterio otra cara que yo conocía trocó mi duda en certidumbre, y reconocí en el lego portero a Ambrosio Lamela, mi antiguo criado.
Fué igual la sorpresa de ambos de encontrarnos allí. «¿Será acaso una ilusión?—le dije al saludarle—. ¿Es realmente un amigo mío el que tengo a la vista?» Al pronto no me conoció, o acaso fingió no conocerme; pero considerando que era inútil la ficción y haciendo como quien de repente se acuerda de una cosa olvidada, «¡Ah, señor Gil Blas!—exclamó—. ¡Perdone usted si no le conocí tan prontamente! Desde que vivo en este santo lugar y me dedico a cumplir con los deberes que prescriben nuestras reglas, voy perdiendo insensiblemente la memoria de lo que he visto en el mundo.»
«Tengo un verdadero gozo—le dije—de volverte a ver después de diez años con un traje tan respetable.» «Y yo—respondió—me avergüenzo de presentarme con él a un hombre que ha sido testigo de mi mala vida; este hábito me la está continuamente reprendiendo. ¡Ah!—añadió dando un suspiro—. ¡Para ser digno de llevarle debiera haber vivido siempre en la inocencia!» «Por ese modo de hablar, que me causa sumo placer—le repliqué—, se ve claramente, mi caro hermano, que el dedo del Señor os ha tocado. Vuelvo a deciros que me lleno de gozo y estoy impaciente por saber de qué modo milagroso entrasteis en el buen camino vos y don Rafael, porque estoy persuadido de que es él a quien acabo de encontrar en la ciudad en hábito de cartujo. Me ha pesado de no haberle detenido en la calle para hablarle y le espero aquí para reparar mi falta cuando se retire al monasterio.»
«No se engañó usted—me dijo Lamela—; el mismo don Rafael es a quien usted ha visto. Y en cuanto a la relación que usted me pide, es la siguiente: Después de habernos separado de usted cerca de Segorbe, el hijo de Lucinda y yo tomamos el camino de Valencia, con ánimo de hacer allí alguna de las nuestras. Quiso la casualidad que entrásemos en la iglesia de cartujos a tiempo que los religiosos estaban rezando en el coro; detuvímonos a considerarlos y conocimos por nuestra misma experiencia que los malos no pueden menos de venerar la virtud. Admirámonos del fervor con que rezaban, de aquel aire penitente y desasido de los placeres del siglo y de la serenidad que se dejaba ver en sus semblantes y que manifestaba tan bien la quietud de su conciencia. Haciendo estas observaciones caímos en una meditación que nos fué saludable. Comparamos nuestras costumbres con las de estos buenos religiosos, y la diferencia que hallamos entre unas y otras nos llenó de turbación y de inquietud. «Lamela—me dijo don Rafael luego que salimos de la iglesia—, ¿qué impresión ha causado en ti lo que acabamos de ver? Por lo que a mí toca, no puedo ocultártelo: no tengo el ánimo sosegado, me agitan unos movimientos que me son desconocidos y por la primera vez de mi vida me acuso de mis iniquidades.» «En igual disposición me hallo yo—le respondí—. Las malas acciones que he cometido se levantan en este instante contra mí, y mi corazón, que jamás había sentido remordimientos, está en la actualidad despedazado por ellos.» «¡Ah, querido Ambrosio—continuó mi compañero—, somos dos ovejas descarriadas que el Padre celestial quiere por su piedad volver al aprisco! El es, amigo mío. El es quien nos llama. No seamos sordos a su voz: renunciemos a nuestras iniquidades, dejemos la disolución en que vivimos y comencemos desde hoy a trabajar seriamente en el grande negocio de nuestra salvación. Debemos pasar el resto de nuestra vida en este monasterio y consagrarla a la penitencia.» Aprobé el pensamiento de Rafael—prosiguió el hermano Ambrosio—y tomamos la generosa resolución de meternos cartujos. Para ponerla por obra recurrimos al padre prior, que apenas supo nuestro designio cuando, para probar nuestra vocación, mandó se nos diesen celdas y se nos tratase como a religiosos durante un año entero. Observamos las reglas con tanta exactitud y constancia, que fuimos recibidos de novicios. Estábamos tan contentos con nuestro estado y tan llenos de fervor, que sufrimos valerosamente los trabajos del noviciado, y en seguida se nos admitió a la profesión. Poco después de ella, habiendo mostrado don Rafael un talento a propósito para el manejo de negocios, le nombraron para aliviar a un padre anciano que era entonces procurador. Más hubiera querido el hijo de Lucinda emplear todo el tiempo en la oración, pero se vió obligado a sacrificar este gusto a la necesidad que se tenía de él. Adquirió un conocimiento tan completo de los intereses de la casa, que le juzgaron capaz de substituir al anciano procurador, muerto tres años después. Y así está ejerciendo en la actualidad este cargo y puede decirse que le desempeña con grande satisfacción de los padres, que alaban mucho su conducta en la administración de los bienes temporales. Pero lo que más me admira es que, a pesar del cuidado que se le confió de recaudar nuestras rentas, no parece ocupado sino en la vida eterna. Si los negocios le dejan un momento de reposo, se abisma en profundas meditaciones; en una palabra, es uno de los mejores individuos de este monasterio.»
Interrumpí a Lamela cuando llegaba aquí con un grande movimiento de gozo que manifesté al ver a Rafael, que a este punto se dejó ver de nosotros. «¡He aquí—exclamé—, he aquí el santo procurador que yo estaba esperando con tanta impaciencia!» Y al mismo tiempo corrí hacia él y le di un abrazo. No se desdeñó de recibirle, y sin dar la más leve muestra de que mi visita le hubiese causado la menor alteración, «¡Sea Dios loado, señor de Santillana!—me dijo con una voz llena de dulzura—. ¡Dios sea loado por el placer que me causa el veros!» «Verdaderamente—le dije—, mi querido Rafael, yo tomo toda la parte posible en vuestra felicidad. Fray Ambrosio me ha contado la historia de vuestra conversión y confieso que su relación me ha encantado. ¡Qué ventura la vuestra, amados amigos míos, la de poder lisonjearos de ser de aquel corto número de escogidos que deben gozar de una bienaventuranza eterna!»
«Dos miserables como nosotros—respondió en tono muy humilde el hijo de Lucinda—no podían concebir semejante esperanza; pero el arrepentimiento de los pecados les hizo hallar gracia ante el Padre de las misericordias. Y usted, señor Gil Blas—añadió—, ¿no piensa también en merecer que el Señor le perdone las culpas que contra él ha cometido? ¿Qué asuntos le han traído a usted a Valencia? ¿Ejerce, por desgracia, algún empleo peligroso?» «No, a Dios gracias—les respondí—; desde que salí de la corte hago una vida honrada. Unas veces gozo de la inocente diversión del campo, en una hacienda que tengo distante pocas leguas de esta ciudad, y otras vengo a recrearme algunos días con mi amigo el señor gobernador, a quien ustedes dos conocen muy bien.»
Entonces les conté la historia de don Alfonso de Leiva, que oyeron con atención, y cuando les dije que yo había llevado de parte de este señor a Samuel Simón los tres mil ducados que le habíamos hurtado, Lamela me interrumpió, y dirigiendo la palabra a Rafael le dijo: «Según eso, padre Hilario, el buen mercader ya no debe quejarse de un robo que se le ha restituído con usura, y nosotros dos debemos tener la conciencia bien tranquila sobre este punto.» «Con efecto—dijo el procurador—, antes que el hermano Ambrosio y yo tomásemos el hábito hicimos entregar secretamente a Samuel Simón mil quinientos ducados por mano de un honrado eclesiástico que quiso tomarse el trabajo de ir a Chelva a hacer esta restitución secreta. Tanto peor para Samuel si fué capaz de embolsarse esta cantidad después de haber sido reintegrado por el señor de Santillana.» «Pero esos mil quinientos ducados—repliqué yo—, ¿se le entregaron fielmente?» «Sin duda alguna—contestó don Rafael—; yo respondería de la integridad del eclesiástico como de la mía.» «Y yo también la abonaría—dijo Lamela—, especialmente después que ganó dos pleitos que le suscitaron por depósitos que se le habían confiado y en los que fueron condenados en costas sus acusadores.»
Nuestra conversación duró todavía algún tiempo y luego nos separamos, ellos exhortándome a que tuviese siempre presente el santo temor de Dios y yo recomendándome a sus buenas oraciones. Fuí al momento a verme con don Alfonso y le dije: «Nunca acertaría vuestra señoría con quién acabo de tener una larga conversación. No hago más que separarme de dos venerables cartujos que vuestra señoría conoce: el uno se llama el padre Hilario y el otro el hermano Ambrosio.» «Te equivocas—me respondió don Alfonso—, porque no conozco a ningún cartujo.» «Perdone vuestra señoría—le repliqué—, pues conoció en Chelva al hermano Ambrosio, comisario de la Inquisición, y al padre Hilario, secretario.» «¡Oh cielos!—exclamó sorprendido el gobernador—. ¿Será posible que Rafael y Lamela se hayan metido cartujos?» «Es positivo—le respondí—, y años ha que profesaron. El primero es procurador de la casa, y el segundo, portero.»
Quedó pensativo algunos momentos el hijo de don César y luego, meneando la cabeza, dijo: «¡Harto será que el señor comisario de la Inquisición y su secretario no estén representando aquí una nueva comedia!» «Usía—repuse yo—juzga de lo presente por el tiempo pasado; pero yo, que vengo de hablarles, juzgo más benignamente. Es verdad que no se ve en el fondo de los corazones, mas, según todas las apariencias, éstos son dos bribones convertidos.» «Bien puede ser—respondió don Alfonso—, porque hay muchos libertinos que después de haber escandalizado al mundo con sus desórdenes se encierran en los claustros para hacer una rigurosa penitencia. Me alegraría mucho de que nuestros dos monjes fueran de estos libertinos.»
«¿Y por qué no lo serían?—le dije—. Ellos han abrazado voluntariamente la vida monástica muchos años ha y se portan en ella con la mayor edificación.» «Di todo lo que quisieres—me contestó el gobernador—, pero a mí nada me gusta que los caudales del monasterio estén en poder del padre Hilario, de quien no podría menos de desconfiar. Cuando me acuerdo de la donosa relación que nos hizo de sus aventuras, tiemblo por los pobres cartujos. Quiero suponer, como tú, que haya tomado el hábito con muy buena intención, pero el manejo del dinero puede despertar su codicia. A ningún borracho que ha dejado el vino se le debe fiar la llave de la bodega.»
Pocos días después se verificó no ser infundada la desconfianza del gobernador. Desaparecieron de repente el procurador y el portero con el dinero del monasterio, noticia que no dejó de dar que reír a los burlones, que celebran siempre las desgracias de los religiosos que tienen fama de ricos. Por lo que toca al gobernador y a mí, nos compadecimos de los cartujos, sin hacer alarde de que conocíamos a los apóstatas.
CAPITULO VII
Gil Blas se restituye a su quinta de Liria; de la noticia agradable que Escipión le dió y de la reforma que hicieron en su familia.
Ocho días fueron los que me detuve en Valencia, gozando del mundo y viviendo como los condes y marqueses, entretenido en ver comedias y concurrir a bailes, conciertos, banquetes y tertulias de damas, proporcionándome todas estas diversiones tanto el señor gobernador como la señora gobernadora, a quienes hice la corte tan cumplidamente que ambos sintieron mi regreso a Liria y aun me obligaron antes de marchar a que les prometiera repartir el tiempo entre ellos y mi soledad. Convinimos en que permanecería en la ciudad el invierno y el verano en mi quinta. Con esta condición me dejaron libertad mis bienhechores para que me fuese a gozar de sus beneficios.
Escipión, que deseaba con ansia mi vuelta, se alegró infinito de ella, aumentándose su gozo con la relación que le hice de mi viaje. «Y tú, amigo mío—le pregunté—, ¿qué te has hecho aquí durante mi ausencia? ¿Te has divertido mucho?» «Cuanto puede hacerlo—me respondió—un criado fiel que nada ama tanto como la presencia de su amo. He paseado por todos los puntos de nuestros pequeños Estados, y sentándome unas veces junto a la fuente que está en el bosque, contemplaba con particular gusto la claridad de sus aguas, tan puras y cristalinas como las de aquella sagrada fuente cuyo estruendo hacía resonar el espacioso bosque de Albunea, y recostado otras al pie de un árbol oía cantar a los ruiseñores y jilgueros. En fin, he cazado, he pescado; pero lo que me ha gustado aún más que todos estos pasatiempos ha sido la lectura de muchos libros tan útiles como entretenidos.»
Interrumpí con precipitación a mi secretario preguntándole dónde había hallado aquellos libros. «Los he encontrado—me respondió—en una selecta librería que hay en casa, que me ha enseñado el maestro Joaquín.» «Pero ¿en qué parte está esta librería?—le volví a preguntar—. ¿No registramos toda la casa el día que llegamos?» «Así le pareció a usted—me respondió—; pero sepa que solamente recorrimos tres distritos, olvidándosenos el cuarto, y allí es donde don César, cuando venía a Liria, empleaba una parte de su tiempo en la lectura. Hay en esta librería muy buenos libros, que se nos han dejado como un recurso seguro contra el tedio para cuando nuestros jardines despojados de flores y nuestro bosque de hoja no puedan preservarnos de él. Los señores de Leiva no han hecho las cosas a medias, sino que han cuidado tanto del alimento espiritual como del corporal.»
Esta noticia me causó una verdadera alegría. Hice que me enseñasen el cuarto distrito, en el cual se me ofreció un espectáculo muy agradable. Halléme en una vivienda que desde luego destiné para mi morada, como don César la había escogido para sí. La cama de dicho señor estaba allí todavía con todos los adornos, es a saber: una tapicería que representaba el rapto de las Sabinas. De aquella cámara pasé a un gabinete que tenía estantes bajos alrededor llenos de libros y sobre la estantería los retratos de todos nuestros reyes. Había también en él, al lado de una ventana que tenía vistas a una campiña deliciosa, un escritorio de ébano delante de un gran sofá de tafilete negro; pero lo que principalmente llamó mi atención fué la librería. Componíase de obras de filósofos, poetas, historiadores y gran número de libros de caballerías. Conocí que don César gustaba de éstos en vista de los muchos que de esta clase había juntado. Confieso, no sin rubor, que yo no era menos aficionado a estas producciones, a pesar de las extravagancias de que están atestadas, ya porque no fuese entonces un lector delicado, ya porque lo maravilloso hace a los españoles muy indulgentes. Con todo eso, diré en abono mío que hallaba más deleite en los libros de moral recreativa y que Luciano, Horacio y Erasmo eran mis autores favoritos.
«Amigo mío—dije a Escipión luego que pasé la vista por mi librería—, aquí sí que tenemos en qué divertirnos; mas por ahora no pienso en otra cosa que en reformar nuestra familia.» «Ya le he ahorrado a usted—me respondió—la mitad de ese trabajo. Durante su ausencia he estudiado bien a sus criados y me atrevo a decir que los conozco perfectamente. Comencemos por el maestro Joaquín: creo que es un bribón completo, y no pongo la menor duda en que le habrán despedido de casa del arzobispo por algunos errores de aritmética en las cuentas del gasto de cocina. No obstante, es necesario conservarle, por dos razones: la primera, porque es buen cocinero, y la segunda, porque yo no le perderé de vista, espiaré todas sus acciones y en verdad que ha de ser muy diestro para podérmela pegar. Ya le he dicho que usted estaba en ánimo de despedir las tres partes de sus criados, noticia que le turbó y apesadumbró mucho; tanto, que llegó a decirme que teniendo, como tenía, tanta inclinación a servir a usted, se contentaría con la mitad del salario que goza al presente, sólo por no salir de casa, lo que me hace sospechar que hay en la aldea alguna muchachuela de quien no quisiera alejarse. Por lo que toca al ayudante de cocina—prosiguió—, es un borracho, y el portero un insolente que para nada le necesitamos, como tampoco al cazador. El oficio de éste le podré yo desempeñar muy bien, como se lo haré ver a usted mañana, ya que tenemos en casa escopetas, pólvora y municiones. Entre los lacayos sólo hay uno que me parece buen mozo, y es el aragonés. Nos quedaremos con él y echaremos a los demás, que son unas malas cabezas, pues a ninguno de ellos tendría yo en casa aun cuando tuviéramos necesidad de cien criados.»
Después de haber tratado largamente sobre todos estos puntos resolvimos quedarnos con el cocinero, con el mozo de cocina y con el aragonés y despedir con buen modo a todos los demás. Así se ejecutó en aquel mismo día, regalándoles Escipión en nombre mío, además de su salario, algunos doblones que sacó del arca del dinero. Hecha esta reforma, emprendimos establecer cierto orden en la quinta, arreglando las obligaciones que correspondían a cada criado y comenzando desde entonces a mantenernos a nuestra costa. Yo me hubiera contentado con un trato frugal; pero mi secretario, que apetecía los buenos bocados y platos regalados, no era hombre que quisiese tener ociosa la habilidad del maestro Joaquín. La ejercitó tan bien, que nuestras comidas y cenas eran abundantes y delicadas.
CAPITULO VIII
Amores de Gil Blas y de la bella Antonia.
Dos días después de mi vuelta de Valencia a Liria, el labrador Basilio, mi arrendatario, vino al tiempo en que me estaba vistiendo a pedirme el permiso para presentarme a su hija Antonia, que deseaba, decía él, tener el honor de saludar a su nuevo amo. Habiéndole respondido que en eso me daría mucho gusto, se salió, y volvió inmediatamente a entrar con la hermosa Antonia. Creo deber dar este epíteto a una joven de diez y seis a diez y ocho años, que, además de unas facciones regulares, tenía unos colores muy hermosos y los mejores ojos del mundo. Sólo estaba vestida de sarga; pero su garboso talle, su aire majestuoso y unas gracias que no siempre acompañan a la juventud, daban realce a la sencillez de su traje. Tenía la cabeza descubierta, el pelo recogido atrás y un ramillo de flores encima, imitando la sencillez de las lacedemonias.
Cuando la vi entrar en mi cuarto me quedé tan suspenso de ver su hermosura como los paladines de Carlo Magno cuando vieron a la bella Angélica. En vez de recibir a Antonia con jovial desembarazo y decirle algunas cosas lisonjeras, en vez de congratular a su padre por la fortuna de tener tan preciosa y agraciada hija, quedé admirado, turbado, suspenso y sin poder pronunciar palabra. Escipión, que conoció mi turbación, tomó la palabra por mí e hizo la costa de las alabanzas que yo debía a aquella amable persona. Ella, a quien no deslumbró mi persona en bata y gorro, me saludó sin cortarse y me hizo un cumplido que, aunque de los más comunes, me acabó de encantar. Entre tanto que mi secretario, Basilio y su hija se hacían recíprocos cumplimientos, yo volví en mí, y como si quisiera compensar el estúpido silencio que había guardado hasta entonces, pasé de un extremo a otro, extendiéndome en discursos obsequiosos y hablando con tanta fogosidad que Basilio entró en cuidado, y considerándome ya como un hombre que iba a poner en ejecución cuanto le fuese dable para seducir a Antonia, se apresuró a salir con ella de mi cuarto, resuelto quizá a apartarla de mi vista para siempre.
Así que Escipión se halló a solas conmigo me dijo sonriéndose: «Otro remedio tenéis contra el fastidio de la soledad. No sabía yo que vuestro arrendatario tuviese una hija tan linda, porque nunca la vi, aunque estuve dos veces en su casa. Debe de cuidar de guardarla, y en esto le disculpo, porque en realidad es un bocado muy apetitoso; pero—añadió—esto creo que no es necesario decírselo a usted, porque a la primera vista le deslumbró.» «No te lo niego—respondí—. ¡Ah hijo mío! He creído ver una diosa en aquella criatura; me ha dejado de repente abrasado en amor. El rayo tarda más en herir que la flecha con que ella ha atravesado mi corazón.»
«Mucho gozo me causa usted—replicó mi secretario—en confesarme que al fin ha llegado a enamorarse. Para ser enteramente feliz en la soledad de los campos no le faltaba otra cosa. ¡Ahora sí que, gracias a Dios, tiene usted todo lo que ha menester! Bien sé—continuó—que nos costará algún trabajo burlar la vigilancia de Basilio; pero eso corre de mi cuenta, y he de hacer que antes de tres días logre usted tener una secreta conversación con Antonia.» «Señor Escipión—le respondí—, quizá no podría usted cumplir esa palabra, fuera de que no quiero hacer experiencia de ello. Estoy muy distante de querer tentar la virtud de esa doncella, cuyo recato me parece merecer otras consideraciones. Y así, lejos de exigir de tu celo me ayudes a deshonrarla, sólo deseo que emplees tu mediación en facilitar mi casamiento con ella, con tal que su corazón no esté ya prendado de otro.» «No esperaba yo, ciertamente—me respondió—, que usted tomase tan de golpe semejante resolución. En verdad que no todos los señores de aldea, si se hallasen en igual caso que usted, procederían con tanta honradez ni se dirigirían a solicitar a Antonia por medios legítimos sino después de haber tentado otros inútilmente. Por lo demás—añadió—, no crea usted que desapruebo su amor, ni que esto lo digo por disuadirle de su intento, pues, al contrario, confieso que la hija del arrendatario es merecedora del honor que usted quiere hacerle, siempre que pueda entregar a usted un corazón intacto y agradecido. Eso es lo que hoy mismo sabré por la conversación que pienso tener con su padre y quizá con ella misma.»
Mi confidente era un hombre puntualísimo en cumplir lo que prometía. Fué a verse secretamente con Basilio y por la tarde vino a mi gabinete, donde yo le estaba esperando entre la impaciencia y el temor. Observé que volvía muy alegre, lo que me hizo pronosticar desde luego que me traía buenas nuevas. «Si he de creer a tu risueña cara—le dije—, estoy en que vienes a anunciarme que presto veré satisfechos mis deseos.» «Así es—me respondió—, mi querido amo. Todo le sale a usted a medida de su deseo. He hablado a Basilio y a su hija del designio de usted. El padre está lleno de gozo de saber que usted quiere ser su yerno y puedo asegurar que sois del gusto de Antonia.» «¡Oh Cielo!—interrumpí todo enajenado de gozo—. ¡Conque he tenido la dicha de parecer bien a tan amable criatura!» «No lo dude usted—me respondió—; ella os ama ya, y en verdad que esta confesión no la he oído de su boca, sino que la he inferido de la alegría que ha manifestado al saber vuestro designio. Sin embargo—prosiguió—, usted tiene un rival.» «¡Un rival!», exclamé poniéndome pálido. «No os inquietéis por eso—me dijo—; este rival no os robará el corazón de vuestra dama. Ese tal es el maestro Joaquín, vuestro cocinero.» «¡Ah ladrón!—dije entonces, soltando una gran carcajada—. ¡Ve ahí por qué ha mostrado tal repugnancia a dejar mi servicio!» «Cabalmente—añadió Escipión—, días pasados pidió en matrimonio a Antonia, que le fué negada cortésmente.» «Salvo tu mejor parecer, creo que convendrá—le repliqué yo—deshacernos de ese pícaro antes que llegue a saber que quiero casarme con la hija de Basilio. Un cocinero, como sabes, es un rival peligroso.» «Tiene usted razón—respondió mi confidente—; se le debe echar de casa. Mañana por la mañana le despediré antes que se ponga a disponer la comida, y con eso usted ya no tendrá nada que temer de sus salsas ni de su amor. Sin embargo—continuó Escipión—, no deja de dolerme el perder tan buen cocinero; pero sacrifico mi golosina a la seguridad de usted.» «No debes—le dije—sentir tanto su pérdida, porque no es irreparable. Voy a hacer venir de Valencia a un cocinero que valga tanto como él.» En efecto, inmediatamente escribí a don Alfonso diciéndole que necesitaba un cocinero, y al día siguiente me envió uno que consoló a Escipión.
Aunque este celoso secretario me había dicho haber advertido que Antonia allá en su interior se alegraba mucho de haber hecho la conquista de su señor, no me atrevía a fiarme de su relación, temiendo se hubiese dejado engañar de falsas apariencias. Para cerciorarme de ello resolví hablar yo mismo a la hermosa Antonia, y a este efecto me fuí a casa de Basilio, a quien confirmé cuanto le había dicho mi embajador. Este buen labrador, hombre sencillo y franco, después de haberme escuchado, me aseguró que me concedía su hija con una indecible satisfacción. «Pero no piense vuestra señoría—añadió—que se la doy porque es señor de este lugar; aun cuando no fuera vuestra señoría más que mayordomo de don César y de don Alfonso le preferiría a todos los demás amantes que se presentasen, porque siempre le he tenido grande inclinación, y lo que más siento es que mi Antonia no tenga una dote considerable que ofrecerle.» «No le pido ninguna—le dije—; su persona es el único bien a que aspiro.» «Doy a vuestra señoría mil gracias—exclamó—, pero no es esa mi cuenta. Yo no soy ningún descamisado para casar así a mi hija. Basilio de Buentrigo tiene, a Dios gracias, con qué dotarla, y quiero que ella dé a vuestra señoría de cenar si vuestra señoría le da de comer. En una palabra, las rentas de esta quinta no exceden de quinientos ducados y yo haré que lleguen a mil en gracia de este matrimonio.»
«Pasaré por cuanto quisieres, mi amigo Basilio—le respondí—, y nunca reñiremos por materia de intereses. Supuesto que los dos estamos de acuerdo, sólo se trata de obtener el consentimiento de tu hija.» «Usía tiene ya el mío—me dijo—; ¿y éste no basta?» «No—le respondí—. Si el tuyo me es necesario, el de ella lo es también.» «El suyo depende del mío—repuso él—, y no se atreverá a resollar en mi presencia.» «Antonia—le repliqué—, sumisa a la autoridad paternal, sin duda estará pronta a obedecerte ciegamente, mas no sé si en esta ocasión lo hará sin repugnancia, y por poca que tuviese nunca me consolaría de haber sido causa de su desgracia. En fin, no me basta que me des su mano, sino que es necesario que su corazón no lo sienta.» «¡Qué diantre!—dijo Basilio—. Yo no entiendo todas esas filosofías; hable vuestra señoría mismo con Antonia y verá, si mucho no me engaño, que nada apetece más que ser vuestra esposa.» Dicho esto, llamó a su hija y me dejó un momento a solas con ella.
Para no malograr tan preciosos instantes, fuí desde luego al asunto. «Bella Antonia—le dije—, decide de mi suerte. Aunque tengo ya el consentimiento de tu padre, no creas que quiero valerme de él para violentar tu gusto. Por dulce que me sea tu posesión, yo la renuncio si me dices que no la he de deber sino solamente a tu obediencia.» «Eso es, señor—me respondió ella—, lo que nunca os diré. Vuestra solicitud es para mí tan grata, que jamás podrá causarme pena, y en vez de oponerme al consentimiento de mi padre, apruebo su elección. No sé—prosiguió—si hago bien o mal en hablaros de este modo; pero si no me hubierais agradado sería bastante franca para decíroslo. ¿Pues por qué no podré declararos lo contrario con la misma libertad?»
Al oír estas palabras, que no pude escuchar sin quedar enajenado, hinqué una rodilla en tierra delante de Antonia, y en el exceso de mi alegría, tomándole una de sus hermosas manos, se la besé con ademán tierno y apasionado. «Mi amada Antonia—le dije—, tu franqueza me hechiza. ¡Continúa! ¡No te violentes por nada, pues hablas a tu esposo! ¡Lea yo en tus ojos lo que pasa en tu corazón, para que pueda lisonjearme de que no verás sin complacencia estrecharse tu suerte con la mía.» A esta sazón entró Basilio y no pude proseguir. Deseoso éste de saber lo que su hija me había respondido, y dispuesto a reñirla si me hubiese manifestado la menor aversión, volvió prontamente a reunirse conmigo. «Y bien—me dijo—, ¿está vuestra señoría contento con la respuesta de Antonia?» «Lo estoy tanto—le respondí—, que desde este momento voy a ocuparme en los preparativos de mi casamiento.» Y dicho esto dejé a padre e hija para ir a celebrar consejo sobre el asunto con mi secretario.
CAPITULO IX
Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato con que se hizo; qué personas asistieron a él y fiestas con que se celebró.
Aunque no necesitaba permiso de los señores de Leiva para casarme, juzgamos Escipión y yo que no podría excusarme, sin faltar a la gratitud, de participarles mi designio de unirme con la hija de Basilio y aun de pedirles su consentimiento por política.
Marchó al momento a Valencia, donde todos se quedaron tan sorprendidos de verme como de saber el motivo de mi viaje. Don César y don Alfonso, que conocían a Antonia por haberla visto varias veces, me dieron mil enhorabuenas de haberla elegido por esposa. Sobre todo don César me hizo un cumplimiento tan expresivo, que, a no estar yo persuadido de que aquel señor había dejado del todo ciertos pasatiempos, sospecharía que más de una vez había ido a Liria no tanto por ver su quinta como a la hija de su arrendador. Serafina, por su parte, después de haberme asegurado que siempre tomaría mucho interés en mis satisfacciones, me dijo que había oído hacer mil elogios de Antonia. «Pero—añadió con algo de malicia, y como para zaherirme sobre la indiferencia con que había correspondido al amor de Séfora—, aunque no me hubieran ponderado su hermosura, jamás hubiera dudado de tu buen gusto, porque sé lo delicado que es.»
No se contentaron don César y su hijo con aprobar mi matrimonio, sino que quisieron que los gastos de la boda corriesen todos de su cuenta. «Vuelve—me dijeron—a tomar el camino de Liria y no salgas de allí hasta que oigas hablar de nosotros, ni hagas preparativo alguno para la boda, que ese es cuidado nuestro.»
Por condescender con la voluntad de aquellos señores, me volví a mi quinta. Comuniqué a Basilio y a su hija las intenciones de nuestros protectores, y estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fué posible noticias suyas. Ninguna tuvimos en el espacio de ocho días, pero al noveno vimos llegar un coche de cuatro mulas con costureras dentro, que traían hermosas telas de seda para vestir a la novia, escoltando el coche muchos lacayos montados en mulas. Uno de ellos me entregó una carta de parte de don Alfonso, en que me decía este señor que el día siguiente estaría en Liria con su padre y su esposa y que al otro celebraría la ceremonia del matrimonio el provisor de Valencia. Con efecto, al otro día llegaron a mi quinta don César, su hijo, Serafina y el provisor, todos cuatro en un coche de seis caballos, precedido de otro con cuatro, en que venían las criadas de Serafina, y seguido de la guardia del gobernador.
Luego que la gobernadora entró en la quinta, mostró vivos deseos de ver a Antonia, la cual, así que supo la llegada de Serafina, acudió a saludarla y besarle la mano, lo que ejecutó con tanta gracia que dejó admirada a la comitiva. «Y bien, Serafina—preguntó don César a su nuera—, ¿qué os parece Antonia? ¿Podía Santillana hacer una elección mejor?» «No—respondió Serafina—; parece que nacieron el uno para el otro, y no dudo que su enlace será muy feliz.» En fin, todos alabaron mi novia, y si les pareció bien con su vestido de sarga, quedaron aún más encantados de ella cuando se presentó con traje ostentoso, pues, según la nobleza y desembarazo de su persona, parecía no haber usado otros en su vida.
Llegado el momento en que un dulce himeneo había de unir para siempre nuestra suerte, don Alfonso me tomó de la mano para conducirme al altar y Serafina hizo el mismo honor a la novia. En este orden nos dirigimos a la iglesia de la aldea, en donde nos estaba esperando el provisor para casarnos, ceremonia que se celebró con grandes aclamaciones de los habitantes de Liria y de los labradores ricos del contorno a quienes había convidado Basilio a la boda de Antonia, los cuales llevaban consigo a sus hijas adornadas de cintas y de flores y con panderetas en la mano. Nos volvimos en seguida a la quinta, en donde, por disposición de Escipión, director del festín, había prevenidas tres mesas, una para los señores, otra para su comitiva, y la tercera, que era la mayor, para todos los demás convidados. Antonia se sentó a la primera, porque así lo quiso la gobernadora; yo hice los honores de la segunda y Basilio asistió a la de los aldeanos. Escipión a ninguna se sentó; no hacía más que ir y venir de una a otra, cuidando de que las mesas estuviesen bien servidas y todos contentos.
Los cocineros del gobernador eran los que habían dispuesto la comida, y ya se deja entender que nada faltaría en ella. Los exquisitos vinos de que el maestro Joaquín había hecho provisión para mí se gastaron con profusión. Los convidados comenzaban a acalorarse, y reinaba una alegría general, cuando fué turbada de repente por un acontecimiento que me sobresaltó. Habiendo entrado mi secretario en la sala donde yo comía con los principales criados de don Alfonso y las criadas de Serafina, cayó de repente desmayado, perdiendo el conocimiento. Levantéme prontamente a socorrerle, y mientras estaba ocupado en hacerle volver en sí, una de las criadas se desmayó también. Todos nos persuadimos que estos dos desmayos encerraban algún misterio. Y en efecto, ocultaban uno que tardó poco en aclararse, porque, recobrando de allí a poco Escipión el uso de los sentidos, me dijo en voz baja: «¡El día más alegre para usted había de ser para mí el más infausto! ¡Ninguno puede evitar su desgracia!—añadió—. ¡Acabo de encontrar a mi mujer en una de las criadas de Serafina!»
«¡Qué es lo que oigo!—exclamé—. ¡No puede ser! ¿Cómo? ¿Serías acaso el marido de esa mujer que acaba de desmayarse al mismo tiempo que tú?» «Sí, señor—me respondió—, soy su marido, y juro a usted que no podía la fortuna jugarme una pieza más ruin que presentarla a mis ojos.» «Ignoro, amigo mío—repliqué—, las razones que tienes para quejarte de tu esposa; pero sea el que fuere el motivo que haya dado para ello, te ruego que te reprimas. Si me amas, no turbes la fiesta haciendo público tu resentimiento.» «Señor—repuso Escipión—, quedaréis satisfecho de mí. Vais a ver si sé disimular perfectamente.»
Hablando de este modo, se acercó hacia su mujer, a quien sus compañeras también habían hecho volver en sí, y abrazándola con tanta ternura como si efectivamente hubiera estado lleno de gozo por volverla a ver, «¡Ah mi querida Beatriz!—le dijo—¡Conque al fin el Cielo nos vuelve a juntar al cabo de diez años de separación! ¡Oh dulce momento para mí!» «Yo no sé—le respondió su mujer—si experimentas realmente algún placer en volverme a encontrar; pero a lo menos estoy bien persuadida de que no te di ningún motivo justo para abandonarme. Porque me encontraste una noche con el señor don Fernando de Leiva, que estaba enamorado de mi ama Julia, y a cuya pasión favorecía yo, se te figuró a ti que yo le daba oídos a costa de tu honor y del mío; al momento te trastornan la cabeza los celos, dejas a Toledo y huyes de mí como de un monstruo, sin dignarte siquiera pedirme satisfacción y escuchar mis descargos. Dime ahora, si gustas, ¿cuál de los dos tiene más derecho para quejarse?» «Tú, sin duda», le replicó Escipión. «Ciertamente que sí—continuó ella—. Don Fernando, luego que partiste de Toledo, se casó con Julia, a la que estuve sirviendo todo el tiempo que vivió; pero después que una muerte temprana nos la arrebató, me tomó a su servicio su hermana mi señora, y tanto ella como todas sus criadas te podrán informar de la pureza de mis costumbres.»
No teniendo qué replicar mi secretario a estas razones, pues no podía probar fuesen falsas, cedió gustoso a la fuerza de ellas y dijo a su esposa: «Vuelvo a repetir que reconozco mi culpa y te pido perdón de ella a vista de este respetable concurso.» Entonces, intercediendo por él, rogué a Beatriz olvidase lo pasado, asegurándole que su marido no pensaría en adelante más que en tratarla con el mayor cariño. Rindióse a mi súplica; todos los circunstantes celebraron la reunión de estos dos esposos, y para solemnizarla mejor se les hizo sentar a una mesa juntos. Se repitieron a porfía los brindis por la salud de entrambos, y más parecía que el festín se había dispuesto para celebrar aquella reconciliación que para festejar mi boda.