LIBRO DUODECIMO
José Francisco de Isla translation
CAPITULO PRIMERO
Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y éxito de su viaje.
Hacía ya cerca de un mes que su excelencia me repetía todos los días: «Santillana, va llegando el tiempo en que quiero emplear tu talento y destreza.» Pero este tiempo nunca acababa de venir. Llegó por fin, y su excelencia me habló en estos términos: «Se dice que hay en la compañía de cómicos de Toledo una actriz muy celebrada por su amabilidad; se asegura que baila y canta divinamente, que arrebata a los espectadores cuando representa, y se añade también que es muy hermosa. Una persona tan recomendable es digna de venir a representar en la Corte. Al rey le gustan las comedias, la música y el baile y no le desagrada la hermosura. No me parece razón que su majestad carezca del placer de ver y oír a una mujer de tanto mérito. Por esto he resuelto enviarte a Toledo, para que juzgues por ti mismo si esa actriz es tan peregrina; yo me atendré desde luego a la impresión que cause en ti y me fío enteramente de tu discernimiento.»
Respondí a su excelencia que esperaba dar buena cuenta de aquella comisión, y desde luego emprendí mi viaje, acompañado de un lacayo, a quien hice dejar la librea del ministro para desempeñar mi encargo con mayor secreto; precaución que agradó a su excelencia. Tomé, pues, el camino de Toledo, en donde me apeé en un mesón inmediato al alcázar. No bien me había apeado, cuando el mesonero, teniéndome sin duda por algún caballero de las cercanías, me dijo: «Naturalmente, vendrá vuestra señoría a ver la augusta ceremonia del auto de fe que se celebra mañana en Toledo.» Yo, que nada sabía de tal auto, le respondí inmediatamente que sí, para ocultar mejor mi designio y cortarle la gana de preguntarme más sobre el fin que me llevaba a aquella ciudad. «Verá vuestra señoría—prosiguió él—una de las más excelentes procesiones que jamás se han visto, pues hay, según se dice, más de cien penitenciados, entre los cuales pasan de diez los que han de ser quemados.» Con efecto; el día siguiente antes de salir el sol oí tocar todas las campanas de la ciudad en señal de que iba a darse principio al auto de fe. Con la curiosidad de ver esta ceremonia, me vestí aceleradamente y me encaminé hacia la Inquisición. Había allí cerca, y de trecho en trecho por donde había de pasar la procesión, tablados altos, en uno de los cuales me coloqué por mi dinero. Iban primero los padres dominicos, precedidos del estandarte de la fe o pendón del Santo Tribunal. Tras de dichos religiosos venían los reos con sus capotillos o especie de escapularios de tela amarilla, formada en ellos por la parte anterior y posterior el aspa de San Andrés, de tela roja llamada sambenito, y todos con corozas en la cabeza, con llamas pintadas las de los condenados a la hoguera y sin ellas las de los otros de menor pena.
Miraba yo a todos aquellos infelices con la compasión que no se puede negar a la humanidad, cuando creí descubrir entre los encorozados sin llamas al reverendo padre Hilario y a su compañero el hermano Ambrosio. Pasaron tan cerca de mí, que no pude equivocarme. «¡Qué es lo que estoy viendo!—dije entre mí mismo—. ¡El Cielo, cansado de los excesos de estos dos malvados, los ha entregado a la justicia de la Inquisición!» Hablando conmigo de esta suerte, me sentí aterrorizado, se apoderó de mí un temblor universal, y mi ánimo se turbó en términos que temí caer desmayado. Las relaciones que yo había tenido con aquellos bribones, la aventura de Chelva, y, en fin, todo lo que habíamos hecho juntos acudió en aquel momento a representarse a mi imaginación, y creí que no podía dar suficientes gracias a Dios de haberme preservado del sambenito y de la coroza.
Acabada la ceremonia, me restituía al mesón temblando por el terrible espectáculo que acababa de ver; pero las tristes ideas de que tenía lleno el ánimo se disiparon insensiblemente, y sólo pensé en desempeñar con acierto la comisión que me había encargado mi amo. Esperé con impaciencia la hora de la comedia para ir a ella, pareciéndome que éste era el primer paso que debía dar. Llegada que fué, me dirigí al teatro, donde casualmente me senté junto a un caballero del hábito de Alcántara, con quien entablé luego conversación, y le dije si daba licencia a un forastero para hacerle una pregunta. «Caballero—me respondió muy atentamente—, usted me honrará en ello.» «He oído ponderar—proseguí—a los cómicos de Toledo. ¿Me habrán engañado?» «No—me respondió el caballero—; la compañía no es mala, y, a la verdad, hay en ella dos papeles excelentes. Entre otros, oirá usted a la bella Lucrecia, actriz de catorce años, que le pasmará. No será menester que yo se la muestre a usted cuando se deje ver en la escena, porque la distinguirá fácilmente.» Volvíle a preguntar si representaría aquella tarde; me respondió que sí, y aun que tenía un papel de mucho lucimiento en la pieza que se iba a representar.
Principió la comedia, y aparecieron en la escena dos actrices que nada habían omitido de cuanto pudiera contribuir a hacerlas encantadoras; pero a pesar del brillo de sus diamantes, ni una ni otra me parecieron ser la que yo esperaba. En fin, dejóse ver Lucrecia en el fondo del teatro, y su aproximación a la escena fué anunciada con un palmoteo general. «¡Ah, ésta es!—dije para mí—. ¡Qué aire tan noble! ¡Qué talle! ¡Qué hermosos ojos! ¡Qué salada criatura!» Con efecto; me llenó completamente, o por mejor decir, su persona me dejó absorto. Desde los primeros versos que recitó conocí que tenía naturalidad, fuego, maestría superior a su edad, y reuní voluntariamente mis aplausos a los universales que le tributó el concurso en todo el tiempo que duró la representación. «Y bien—me dijo entonces el caballero—; ya ve usted la justicia que hace el público a Lucrecia.» «No me admiro», le respondí. «Pues menos se admiraría usted—me replicó—si la oyera cantar; es verdaderamente una sirena. ¡Pobres de aquellos que la oyen, si no se precaven tapándose los oídos para no quedar encantados! No es menos temible cuando baila. Sus pasos son tan peligrosos como su voz: hechizan los ojos y cautivan el corazón.» «Según eso—exclamé yo entonces—, será preciso confesar que esta niña es un portento. ¿Y quién es el mortal venturoso que tiene la dicha de arruinarse por una criatura tan preciosa?» «No tiene ningún amante, que se sepa—me dijo—, y aun la murmuración no le atribuye ninguna amistad secreta. No obstante—añadió—, acaso pudiera tenerla, porque Lucrecia está bajo la vigilancia de su tía Estela, que sin disputa es la más astuta de todas las cómicas.»
Al oír el nombre de Estela pregunté con precipitación al tal caballero si aquella Estela era actriz de la compañía de Toledo. «Y de las mejores—me replicó—. Hoy no ha representado, y en verdad que no hemos perdido poco. Por lo común hace el papel de graciosa, y verdaderamente lo desempeña que es un primor. ¡Qué expresión da a sus papeles! Tal vez les añade algo de su invención; pero éste es un hermoso defecto que le hace gracia.» Contóme otras mil maravillas de la tal Estela, y por el retrato que me hizo de su persona, no dudé fuese Laura, aquella misma que dejé en Granada y de quien he hablado tanto en mi historia.
Para cerciorarme, me fuí derecho al vestuario concluída la comedia. Pregunté por la señora Estela, y, volviendo los ojos a todas partes, la vi sentada al brasero en conversación con algunos señores, que quizá no la obsequiaban sino porque era tía de Lucrecia. Llegué a saludar a Laura, y fuese por capricho o por vengarse de mi precipitada fuga de Granada, fingió no conocerme, y recibió mi saludo con tanta sequedad que me dejó un poco parado. En lugar de reconvenirle con risa su frío recibimiento, fuí tan simple que mostré formalizarme, y aun me retiré incomodado, resuelto en aquel primer impulso de cólera a volverme a Madrid el día siguiente. «Para vengarme de Laura—decía yo—, no quiero que su sobrina tenga el honor de representar delante del rey: para esto no tengo mas que hacer al ministro el retrato que se me antoje de Lucrecia, y me bastará decirle que baila con poco garbo, que su voz es áspera, y que toda su gracia consiste en sus pocos años. Estoy seguro que desde luego se le pasará a su excelencia la gana de hacerla ir a la Corte.»
Esta era la venganza que pensaba tomar del desaire que Laura me había hecho; pero duró poco mi resentimiento. La mañana siguiente, cuando me estaba disponiendo a marchar, entró un lacayuelo en mi cuarto, y me dijo: «Aquí traigo un billete que tengo que entregar al señor de Santillana» «Yo soy, hijo mío», le dije, tomándole la carta, que abrí, y que contenía estas palabras: Olvida el modo con que te recibí en el teatro, y ven con el portador adonde él te guíe. Seguí luego al lacayuelo, que me llevó a una casa muy decente, no distante del teatro, y me introdujo en un cuarto alhajado con aseo y buen gusto, donde encontré a Laura en su tocador.
Se levantó para abrazarme, diciendo: «Señor Gil Blas, conozco que usted tuvo motivo para salir ayer poco contento del recibimiento que le hice cuando fué a saludarme en el vestuario; un antiguo amigo tenía derecho para esperar de mí una acogida más afable. No tengo otra disculpa sino que me hallaba a la sazón de malísimo humor, por haber oído ciertos dichos malignos que algunos de los señores cómicos tenían sobre la conducta de mi sobrina, cuya honra me importa más que la mía. La precipitada y desabrida retirada de usted me hizo volver al momento de mi distracción, y en el mismo punto di orden a mi lacayo para que siguiese a usted y averiguase su posada, con ánimo de reparar hoy mi falta.» «Ya queda—le dije—enteramente reparada, mi querida Laura; no hablemos más de eso. Ahora enterémonos mutuamente de lo que nos ha sucedido desde el malaventurado día en que el temor de un justo castigo me obligó a salir tan aceleradamente de Granada. Te dejé, si te acuerdas, metida en un gran embrollo. ¿Cómo saliste de él? ¿No es verdad que necesitaste de toda tu maestría para apaciguar a tu amante portugués?» «¡Nada de eso!—respondió Laura—. ¿Pues no sabes que en semejantes lances los hombres son tan débiles que ellos mismos ahorran a veces a las mujeres hasta el trabajo de justificarse?
»Sostuve—continuó ella—al marqués de Marialba que eras hermano mío. Perdone usted, señor de Santillana, que le hable con la familiaridad que en otro tiempo, porque no puedo desprenderme de las costumbres añejas. Diréte, pues, que le hablé con desembarazo y entereza. «¿No conoce usted—le dije al señor portugués—que todo eso es obra de los celos y de la indignación? Narcisa, mi compañera y rival, colérica de ver que yo poseo pacíficamente un corazón que ella ha perdido, forjó todo esto embuste. Cohechó al sotadespabilador del teatro, quien para apoyar su resentimiento tuvo el descaro de decir que me había visto en Madrid sirviendo a Arsenia. Nada hay más falso. ¡La viuda de don Antonio Coello ha tenido siempre pensamientos demasiado nobles para quererse someter a ser criada de una cómica! Fuera de esto, otra patente prueba de la falsedad de esta imputación y de la conspiración de mis acusadores es la precipitada fuga de mi hermano, que si estuviera presente dejaría sin duda bien confundida la calumnia; pero Narcisa ciertamente habrá empleado algún nuevo artificio para hacerle desaparecer.»
»Aunque estas razones—prosiguió Laura—no bastasen para hacer mi completa apología, el marqués tuvo la bondad de contentarse con ellas; tanto, que el cándido señor prosiguió amándome hasta el día en que dejó a Granada para volverse a Portugal. En verdad, su partida fué muy inmediata a la tuya, y la mujer de Zapata tuvo el consuelo de verme perder el amante que yo le había quitado. Permanecí todavía después algunos años en Granada; pero habiéndose introducido en la compañía disensiones (como frecuentemente sucede entre nosotros), todos los cómicos se separaron: unos marcharon a Sevilla, otros a Córdoba, y yo me vine a Toledo, donde estoy hace diez años con mi sobrina Lucrecia, a quien ayer oíste representar, puesto que estuviste en la comedia.»
No pude dejar de reírme al llegar aquí. Laura me preguntó de qué me reía. «Pues qué, ¿no lo adivinas?—le respondí—. Tú no tienes hermano ni hermana; por consiguiente, no puedes ser tía de Lucrecia. Además de eso, cuando cotejo el tiempo que ha que nos separamos con la edad que representa Lucrecia, me parece que puede ser algo más estrecho el parentesco entre vosotras dos.
«Ya le entiendo a usted, señor Gil Blas—replicó algo sonrojada la viuda de don Antonio Coello—. Como usted tiene tan presentes los tiempos, no hay medio de engañarle. Ahora bien, amigo mío; Lucrecia es hija mía y del marqués de Marialba, y el fruto de nuestro trato, porque no quiero ocultarte más esta verdad.» «¡Vaya, reina mía—repliqué yo—, que es grande el esfuerzo que haces en revelarme este secreto, después que me confiaste tus aventuras con el administrador del hospital de Zamora! Como quiera que sea, yo te aseguro que Lucrecia es una niña de tanto mérito, que el público jamás podrá agradecerte como debe el regalo que le hiciste en ella. ¡Ojalá fueran como ésta todos los que le hacen tus compañeras y amigas!»
Quién sabe si algún lector ladino al llegar aquí se acordará de las secretas conversaciones que Laura y yo tuvimos en Granada cuando era secretario del marqués de Marialba, y se le antojará sospechar que podía yo tener algún derecho para disputar al marqués su paternidad de Lucrecia; le protesto por mi honor que sería injusta su sospecha.
Di en seguida a Laura cuenta de mis aventuras hasta el estado actual de mis asuntos. Oyóme con una atención que mostraba bien no serle indiferente lo que le decía. «Amigo Santillana—me dijo luego que acabé—, veo que representas un papel brillante en el teatro del mundo, y no alcanzo a manifestarte lo mucho que me complazco en ello. Cuando yo lleve a Madrid a Lucrecia para colocarla en la compañía del Príncipe, me atrevo a lisonjearme de que hallará en el señor de Santillana un poderoso protector.» «No lo dudes—le respondí—; cuenta conmigo, que haré admitir a tu hija en la compañía del Príncipe cuando quieras. Esto puedo prometértelo sin hacer alarde de mi poder.» «Desde luego te cogería tu palabra—replicó Laura—, y mañana mismo marcharía a Madrid si no estuviera escriturada en esta compañía.» «Esa escritura la anula una Real orden—le respondí—. Yo me encargo de ella, y la recibirás antes de ocho días. Tendré gran placer en robarles a los toledanos tu Lucrecia; una actriz tan linda ha nacido para los cortesanos, y nos pertenece de derecho.»
A este tiempo entró Lucrecia en el cuarto. Creí ver a la diosa Hebe: tanta era su gracia y su lindeza. Acababa de levantarse, y luciendo su hermosura natural sin los auxilios del arte, presentaba a mi vista un objeto encantador. «Ven, sobrina mía—le dijo su madre—; ven a agradecer a este señor la buena voluntad que nos tiene. Es uno de mis amigos antiguos, que tiene gran valimiento en la corte, y está empeñado en colocarnos a ambas en la compañía del Príncipe.» De esto mostró alegría la niña, que me hizo una profunda cortesía, y me dijo con una sonrisa embelesadora: «Doy a usted muy humildes gracias por su benévola intención. Pero al quererme separar de un público que me estima, ¿está usted seguro de que no desagradaré al de Madrid? Tal vez perderé en el cambio, porque muchas veces he oído decir a mi tía haber conocido actores muy aplaudidos en una ciudad y silbados en otra, lo cual me sobresalta. Tema usted exponerme al desprecio de la corte y exponerse asimismo a sufrir sus reconvenciones.» «Hermosa Lucrecia—le respondí—, eso es lo que ni uno ni otro debemos temer. Antes bien, lo único que temo es que usted encienda una guerra civil entre los grandes, enamorándolos a todos.» «El sobresalto de mi sobrina—me dijo Laura—me parece mejor fundado que el de usted; pero, bien considerado, ambos los tengo por vanos. Si Lucrecia no puede llamar la atención pública por sus atractivos, en recompensa, no es tan mala actriz que deba ser despreciada.»
Siguió todavía algún tiempo la conversación, y pude advertir, por la parte que tomó Lucrecia en ella, que era una joven de extraordinario talento. En seguida me despedí de las dos, asegurándoles que inmediatamente recibirían orden de la Corte para ir a Madrid.
CAPITULO II
Da Santillana cuenta de su comisión al ministro, quien le encarga el cuidado de hacer que venga Lucrecia a Madrid; de la llegada de esta actriz, y de su primera representación en la corte.
Cuando volví a Madrid hallé al conde-duque muy impaciente por saber el resultado de mi viaje. «Gil Blas—me dijo—, ¿has visto a nuestra comedianta? ¿Merece que se lo haga venir a la corte?» «Señor—le respondí—, la fama, que pondera comúnmente más de lo justo a las mujeres hermosas, se queda muy escasa respecto de la joven Lucrecia, que es una persona admirable, tanto por su hermosura como por sus habilidades.»
«¿Es posible?—exclamó el ministro con una satisfacción interior que leí en sus ojos, y que me hizo pensar que me había enviado a Toledo por su interés personal—. ¿Es posible que Lucrecia sea tan amable como me dices?» «Cuando vuestra excelencia la vea.—le respondí—, confesará que no se puede hacer su elogio sin disminuir sus hechizos.» «Santillana—replicó su excelencia—, hazme una puntual relación de tu viaje, porque tendré particular gusto en oírla.» Tomando entonces la palabra para satisfacer a mi amo, le conté hasta la historia de Laura inclusive. Díjele que esta actriz había tenido a Lucrecia del marqués de Marialba, señor portugués que, habiéndose detenido en Granada viajando, se había enamorado de ella. Finalmente, después de haber hecho a su excelencia una menuda relación de lo que había pasado entre aquellas comediantas y yo, me dijo: «Me alegro infinito de que Lucrecia sea hija de un sujeto distinguido; eso me interesa todavía más en su favor, y es necesario traerla a la corte. Pero continúa—añadió—del modo que has comenzado, y no me tomes en boca, sino que en todo ha de sonar únicamente Gil Blas de Santillana.»
Fuí a verme con Carnero, a quien dije que su excelencia quería que él despachase una orden por la cual el rey admitía en su compañía cómica a Estela y a Lucrecia, actrices de la de Toledo. «Muy bien, señor de Santillana—respondió Carnero con una sonrisa maligna—; al momento será usted servido, porque, según todas las señas, usted se interesa por esas dos damas.» Al mismo tiempo extendió de propio puño y me entregó la orden, que sin pérdida de tiempo envié a Estela por el mismo lacayo que me había acompañado a Toledo. Ocho días después llegaron a Madrid madre e hija; fueron a hospedarse en una fonda inmediata al corral del Príncipe, y su primer cuidado fué enviármelo a decir por medio de un billete. Pasé al punto a la fonda, en donde, después de mil ofertas por mi parte y de agradecimientos por la suya, las dejé para que se dispusiesen a su primera salida a las tablas, deseándosela dichosa y brillante.
Se hicieron anunciar al público como dos actrices nuevas que la compañía del Príncipe acababa de admitir por orden de la Corte, y representaron por primera vez una comedia que solían representar en Toledo con aplauso.
¿En qué parte del mundo deja de gustar la novedad en punto a espectáculos? Hubo aquel día en el corral de comedias un concurso extraordinario de espectadores. No necesito decir que no falté a esta representación. Estuve algo agitado antes que la comedia principiase, porque, por más confianza que yo tuviera en la habilidad de la madre y de la hija, temía de su éxito; tanto me interesaba por ellas. Pero apenas abrieron la boca se desvaneció mi temor con los aplausos que recibieron. Todos celebraban a Estela como una actriz consumada en la parte graciosa, y a Lucrecia, como un prodigio para los papeles amorosos. Esta última arrebató los corazones: unos admiraron la hermosura de sus ojos, a otros encantó la suavidad de su voz, y sorprendidos todos de sus gracias y de su juventud florida, salieron hechizados de su persona.
El conde-duque, que se interesaba más de lo que yo creía en el estreno de esta actriz, asistió aquella tarde a la comedia, y le vi salir hacia el fin de la función muy prendado, a lo que me pareció, de nuestras dos cómicas. Con la curiosidad de saber si había quedado satisfecho de ellas, le seguí a su casa, y metiéndome en su gabinete, en donde acababa de entrar, «Y bien, señor excelentísimo—le dije—, ¿le ha gustado a vuestra excelencia la Marialbita?» «Mi excelencia—me respondió sonriéndose—sería descontentadiza si se negara a unir su voto con el del público. Sí, hijo mío; estoy encantado de tu Lucrecia, y no dudo que el rey la vea con placer.»
CAPITULO III
Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte; representa delante del rey, que se enamora de ella, y resultas de estos amores.
La primera salida al teatro de las dos actrices nuevas llamó luego la atención en la corte. Hablóse de ellas el día siguiente en el cuarto del rey. Algunos señores alabaron tanto a Lucrecia y la pintaron tan hermosa, que el retrato excitó la curiosidad del monarca, el cual no sólo disimuló la impresión que le había hecho, sino que calló y aparentó no atender aquella conversación.
Con todo, luego que se vió a solas con el conde-duque le preguntó quién era cierta actriz que tanto le habían ponderado. El ministro le respondió que era una joven cómica de Toledo, que había representado el día anterior por primera vez con mucha aceptación. «Esta actriz—añadió—se llama Lucrecia, nombre que conviene con mucha propiedad a las mujeres de su profesión. Conocíala Santillana y me habló tan bien de ella, que me pareció conveniente recibirla en la compañía cómica de vuestra majestad.» Sonrióse el rey cuando oyó mi nombre, recordando quizá en aquel momento de que por mí había conocido a Catalina y presintiendo acaso que le había de prestar el mismo servicio en esta ocasión. Como quiera que esto fuese, el rey dijo al ministro: «Conde, mañana quiero ver representar a esa Lucrecia; ten cuidado de hacérselo saber.»
Contóme el conde-duque esta conversación que había tenido con el rey y me mandó ir a casa de las dos comediantas para prevenirlas de la intención de su majestad. Partí volando, y habiendo encontrado a Laura la primera, «Vengo—le dije—a daros una gran noticia. Mañana tendréis entre vuestros espectadores al soberano de la Monarquía; así me ha mandado el ministro que os lo prevenga. No dudo que tú y tu hija emplearéis todos vuestros esfuerzos para corresponder al honor que el monarca quiere haceros. A este fin os aconsejo elijáis una comedia en que haya baile y música, para que Lucrecia pueda lucir todas sus habilidades.» «Seguiremos tu consejo—me respondió Laura—, y haremos lo posible para que su majestad quede contento.» «No podrá menos de quedarlo—repliqué yo viendo entonces a Lucrecia, que venía en traje casero, con el cual parecía cien veces más agraciada y linda que adornada con las más soberbias galas del teatro—. Quedará tanto más contento su majestad de tu amable sobrina cuanto que ninguna cosa le divierte más que el baile y oír cantar. ¿Y quién sabe si acaso no la mirará con buenos ojos tentándole los de Lucrecia?» «No quisiera—interrumpió Laura—que su majestad tuviese tal tentación, porque, a pesar de ser un monarca tan poderoso, pudiera hallar obstáculos en el cumplimiento de sus deseos. Aunque Lucrecia se ha criado entre bastidores y entre las licencias del teatro, tiene virtud, y bien que no le desagraden los aplausos en la escena, todavía aprecia más ser tenida por doncella honrada que por actriz sobresaliente.»
«Tía mía—dijo entonces la Marialbita tomando parte en la conversación—, ¿a qué fin forjar monstruos imaginarios para combatirlos? Nunca me veré en el caso de desdeñar los suspiros del rey porque la delicadeza de su gusto le librará del sonrojo interior que padecería por haberse abatido hasta poner los ojos en mí.» «Pero, amable Lucrecia—le dije—, si aconteciera que el rey quisiese ofrecerte su corazón, ¿serías tan cruel que le dejases suspirar a tus pies como a otro cualquier amante?» «¿Y por qué no?—respondió prontamente—. Sin duda que lo haría así, pues, prescindiendo de la virtud, conozco que mi vanidad se lisonjearía más en resistir a su pasión que en rendirme a ella.» No me admiró poco oír hablar de esta manera a una discípula de Laura. Despedíme de las dos, alabando a la última por haber dado a la otra tan buena educación.
Impaciente el rey por ver a Lucrecia, fué la tarde siguiente al teatro. Representóse una comedia intermediada de música cantante y baile, en la cual sobresalió en todas cosas nuestra joven actriz.
Desde el principio hasta el fin no aparté los ojos del monarca, a ver si podía descubrir por los suyos lo que pasaba en su interior; pero burló toda mi penetración con un aire de majestuosa gravedad que mostró constantemente hasta el fin, y así, hasta el día siguiente no supe lo que tenía tantas ganas de saber. «Santillana—me dijo el ministro—, vengo del cuarto del rey. Me ha hablado de Lucrecia con tan encarecidas expresiones, que no dudo ha quedado muy prendado de ella. Y como yo le tenía dicho que tú eras quien la hiciste venir de Toledo, ha mostrado deseo de hablar privadamente contigo sobre este particular. Ve al momento a presentarte a la puerta de su cuarto, donde ya hay orden de que te dejen entrar. Corre y vuelve al instante a enterarme de esa conversación.»
Marché al punto al cuarto del rey, a quien encontré solo. Paseábase a paso largo esperándome y parecía estar pensativo. Hízome muchas preguntas acerca de Lucrecia, cuya historia me obligó a contarle, y cuando la acabé me preguntó si aquella joven había tenido alguna distracción. Habiéndole asegurado resueltamente que no, sin embargo de conocer lo arriesgadas que suelen ser semejantes aserciones, el monarca dió muestras de gran placer. «Siendo eso así—repuso—, te elijo por agente mío para con Lucrecia y quiero que sepa por tu conducto qué corazón ha conquistado. Ve a decírselo de mi parte—añadió, entregándome un cofrecito lleno de joyas de valor de más de cincuenta mil ducados—y dile que le ruego acepte este presente como prenda de otras pruebas más sólidas de mi afecto.»
Antes de desempeñar esta comisión pasé a ver al conde-duque, a quien di cuenta fiel de lo que el rey me había dicho. Pensaba yo que aquel ministro, en lugar de celebrar la noticia la sentiría, porque, como ya dije, sospechaba yo que tenía sus designios amorosos hacia Lucrecia y que sabría con sentimiento que su señor era su rival. Pero me engañaba, porque, lejos de desazonarle la noticia, se alegró tanto de oírla que, no pudiendo disimular su gozo, dejó escapar algunas expresiones que yo recogí. «¡Ah rey mío!—exclamó—. ¡Ahora sí que te tengo seguro! ¡Desde este punto van a intimidarte los negocios!» Este apóstrofe me hizo ver con claridad todo el manejo del conde-duque y conocí que este señor, temiendo que el monarca quisiera ocuparse en asuntos serios, procuraba distraerle con las diversiones más análogas a su carácter. «Santillana—me dijo luego—, no pierdas tiempo. Ve cuanto antes, amigo mío, a obedecer la importante orden que se te ha dado y de que muchos cortesanos se gloriarían se les hubiese confiado. Piensa—continuó—que no tienes aquí al conde de Lemos que te quite la mejor parte del honor del servicio hecho; tuyo será por entero, y además todo el fruto.»
De este modo me doró su excelencia la píldora, que tragué lo mejor que pude, mas no sin percibir su amargura, porque después de mi prisión me había acostumbrado a mirar las cosas desde un punto de vista religioso, y el empleo de Mercurio en jefe no me parecía tan honorífico como me decían. No obstante, aunque no era tan vicioso que pudiera ejercitarlo sin remordimiento, tampoco era tanta mi virtud que tuviese valor para rehusarlo. Obedecí, pues, al rey con tanto mayor gusto cuanto que veía al mismo tiempo que mi obediencia agradaría al ministro, a quien anhelaba complacer.
Parecióme conveniente avistarme primero con Laura y hablarle del particular a solas. Expúsele mi comisión en los términos más moderados, concluyendo mi arenga con ponerle en la mano el cofrecillo. A vista de las joyas, no pudiendo ocultar su alegría, la manifestó abiertamente. «Señor Gil Blas—exclamó—, a presencia del mejor y más antiguo de mis amigos no debo reprimirme. Haría mal en ostentar contigo una fingida severidad de costumbres y andar en retrecherías. Sí, por cierto—prosiguió ella—, confieso que me faltan voces para explicar el regocijo que me ha causado una conquista tan preciosa, cuyas ventajas conozco. Pero, hablando entre los dos, temo que Lucrecia las mire con otros ojos, porque, aunque criada en el teatro, es tan timorata y de tanto pundonor, que ya ha desechado las ofertas de dos señores amables y opulentos. Dirásme quizá—prosiguió ella—que dos señores no son dos reyes; convengo en ello, y también en que un amante coronado puede hacer titubear la virtud de Lucrecia. Con todo eso, no puedo menos de decirte que el éxito es muy dudoso, y te aseguro que yo no haré violencia a mi hija. Si ésta, lejos de considerarse favorecida con el afecto momentáneo del rey, lo mira como mancha de su recato, espero que este gran monarca no se dé por ofendido de su repulsa. Vuelve mañana—añadió—, y te diré si has de llevar una respuesta favorable o sus joyas.»
A pesar de esto, yo no dudaba que Laura exhortaría más bien a Lucrecia a desviarse de su deber que a mantenerse en él, y contaba positivamente con esta exhortación. Sin embargo, supe con sorpresa al día siguiente que Laura había tenido tanta dificultad en encaminar su hija hacia el mal como otras madres la tienen en conducir las suyas hacia el bien, y lo que más hay que admirar todavía es que Lucrecia, después de haber tenido algunas conversaciones secretas con el monarca, quedó tan arrepentida de haber condescendido con sus deseos, que de repente renunció al mundo y se encerró en un convento de la villa de Madrid, donde luego enfermó y murió a impulsos de la vergüenza y del dolor. Laura, por su parte, inconsolable de la pérdida de su hija, de cuya muerte se consideraba autora, se metió en las Arrepentidas, donde pasó el resto de su vida llorando los amargos gustos de sus floridos años. Afligió mucho al rey el inopinado retiro de Lucrecia; pero como por su genio naturalmente inclinado a divertirse hacían poca mansión en él las pesadumbres, se fué consolando poco a poco. El conde-duque aparentó la mayor indiferencia e insensibilidad en este suceso, bien que no dejó de desazonarle, como fácilmente lo creerá el advertido lector.
CAPITULO IV
Nuevo empleo que confirió el ministro a Santillana.
Me fué tan sensible la desgracia de Lucrecia y experimenté tantos remordimientos de haber contribuído a ella, que, considerándome como un infame, a pesar de la elevación del amante a quien había servido, resolví abandonar para siempre el caduceo, y manifestando al ministro la repugnancia que me causaba el llevarle, le supliqué me emplease en cualquier otra cosa. «Santillana—me dijo—, me agrada sobremanera tu delicadeza, y pues eres un mozo tan honrado, quiero darte una ocupación más conforme a tu prudencia; óyela y escucha con atención la confianza que voy a hacerte. Algunos años antes de mi privanza—continuó—vi por casualidad a una dama que me pareció tan airosa y tan linda que hice la siguiesen. Supe que era una genovesa llamada doña Margarita Espínola, que vivía en Madrid a expensas de su hermosura. Me dijeron también que don Francisco de Valcárcel, alcalde de corte, sujeto anciano, rico y casado, gastaba mucho con ella. Esta circunstancia, que al parecer debiera haberme inspirado desprecio hacia ella, encendió en mí el deseo más vehemente de entrar a la parte en sus favores con Valcárcel. Para satisfacer este capricho me valí de una medianera de amor, cuya habilidad me facilitó en breve tiempo una conversación secreta con la genovesa, a la que siguieron otras muchas, de manera que tanto mi rival como yo éramos igualmente bien admitidos, gracias a nuestras dádivas, y quizá tendría algún otro galán tan favorecido como nosotros dos. Como quiera que sea, Margarita, en aquella confusión de cortejantes, llegó insensiblemente a ser madre y dió a luz un niño, con cuya paternidad quiso honrar a cada uno de sus amantes en particular; pero como ninguno podía preciarse en conciencia de que le era debido aquel honor, todos lo renunciaron; de suerte que la genovesa se vió precisada a criarle en su casa con el producto de sus galanteos, lo que duró diez y ocho años, al cabo de los cuales murió la madre, dejando a su hijo sin bienes y (lo peor de todo) sin educación. Tal es—continuó su excelencia—la confianza que tenía que hacerte; ahora voy a enterarte del gran proyecto que tengo formado. Quiero sacar de su infeliz suerte a este joven sin ventura, y, haciéndole pasar de un extremo a otro, elevarle a los honores y reconocerle por hijo mío.»
Al oír un proyecto tan extravagante, no me fué posible callar. «¡Cómo, señor!—exclamé—. ¿Es posible que haya cabido en vuestra excelencia una resolución tan extraña? (Perdóneme vuestra excelencia esta expresión, hija de mi celo.)» «Tú la hallarás justa—replicó con precipitación—cuando te haya dicho las razones que me han determinado a tomarla. No quiero sean herederos míos mis parientes colaterales. Tal vez me dirás que no soy tan viejo que no pueda todavía esperar tener sucesión con la condesa de Olivares; pero cada uno se conoce a sí mismo. Bástete saber que he probado inútilmente todos los secretos de la química para volver a ser padre. Así, pues, ya que la fortuna, supliendo lo que falta a la Naturaleza, me presenta un muchacho del cual no es del todo imposible sea yo el verdadero padre, quiero adoptarle por hijo. Así lo he resuelto.»
Viendo yo encaprichado al ministro en semejante adopción, dejé de oponerme a su idea, sabiendo era capaz de cualquier gran desacierto antes que desistir de su parecer. «Ahora sólo se trata—prosiguió él—de dar una educación correspondiente a don Enrique Felipe de Guzmán, porque bajo este nombre quiero que sea conocido hasta que se halle en estado de poseer las dignidades que le esperan. En ti, mi querido Santillana, he puesto los ojos para que le gobiernes. Descuido enteramente en tu capacidad y en tu adhesión hacia mí sobre el cuidado de establecer su casa, de proporcionarle toda clase de maestros y, en una palabra, de hacerle un caballero completo.» Quise negarme a admitir semejante empleo, representando al conde-duque que no podía en conciencia encargarme de un ministerio que jamás había ejercido y que pedía más ilustración y mérito del que yo tenía; pero luego me interrumpió y me tapó la boca diciéndome con entereza que absolutamente quería fuese yo el ayo de su hijo adoptivo, a quien destinaba para ocupar los primeros puestos de la Monarquía. Me resigné, pues, a desempeñar este destino por complacer a su excelencia, quien, en premio de mi condescendencia, aumentó mi escasa renta con una pensión de mil escudos, que hizo se me concediese, o más bien me dió él, sobre una encomienda de la Orden de Montesa.
CAPITULO V
Es reconocido auténticamente el hijo de la genovesa bajo el nombre de don Enrique Felipe de Guzmán; establece Santillana la casa de este señor y le proporciona toda clase de maestros.
Con efecto, tardó poco el conde-duque en reconocer por hijo suyo al de doña Margarita Espínola. Hízose esta adopción por medio de escritura pública y solemne, con noticia y aprobación del rey. A don Enrique Felipe de Guzmán (éste fué el nombre que se dió a aquel hijo de muchos padres) se le declaró por único heredero del condado de Olivares y del ducado de Sanlúcar. El ministro, para que nadie lo ignorase, dió parte de ello por medio de Carnero a los embajadores y a los grandes de España, quedando todos altamente sorprendidos. Los ociosos y bufones de Madrid tuvieron asunto para divertirse y reír por largo tiempo, y los poetas satíricos no perdieron tan bella ocasión de desahogar su mordacidad.
Pregunté al conde-duque dónde estaba el personaje que su excelencia quería fiar a mi cuidado. «En Madrid está—me respondió—a cargo de una tía, de cuya compañía le sacaré luego que tú le tengas ya buscada casa y familia.» Esto se hizo en poco tiempo: alquilé una habitación, que hice adornar magníficamente; busqué pajes, un portero, criados menores, y con el auxilio de Caporis en breve proveí los empleos principales de la casa. Recibida toda esta gente, di parte a su excelencia, quien hizo venir al equívoco y nuevo vástago del gran tronco de los Guzmanes. Presentóse a mis ojos un mozo de buen aspecto. «Don Enrique—le dijo su excelencia señalándome a mí con el dedo—, este caballero que aquí ves es el sujeto que yo mismo he escogido para que te gobierne y guíe en la carrera del mundo. Tengo puesta en él toda mi confianza y le he dado poder y autoridad absoluta sobre ti. Sí, Santillana—añadió dirigiéndose a mí—, a tu cuidado le entrego enteramente, muy seguro de que me darás buena cuenta de él.» A estas palabras añadió el ministro otras para exhortar al joven a someterse a mi voluntad, después de lo cual llevé a don Enrique conmigo a su casa.
Luego que estuvimos en ella hice venir ante él a todos los criados, explicando a cada uno el oficio que tenía. El manifestó no causarle novedad la mutación de estado, antes bien admitía con tanta naturalidad todas las demostraciones de atención y de respeto que se le tributaban como si hubiera sido por nacimiento aquello que representaba por capricho y por casualidad. No le faltaba talento, pero era ignorante en sumo grado. Apenas sabía leer ni escribir. Busquéle un preceptor que le enseñase los rudimentos de la lengua latina, maestros de Geografía, de Historia y de esgrima. Ya se deja discurrir que no me olvidaría de un maestro de baile, pero había a la sazón tantos y tan famosos en Madrid que solamente me hallé perplejo en la elección, no sabiendo a quién dar la preferencia.
Hallábame así indeciso, cuando vi entrar en el portal de casa un sujeto ricamente vestido, quien me dijeron quería hablarme. Salí a recibirle, creyendo que era cuando menos un caballero de Santiago o de Alcántara, y después de hacerme mil cortesías que acreditaban su profesión, «Señor de Santillana—me dijo—, como he sabido que es vuestra señoría quien elige los maestros del señor don Enrique, vengo a ofrecerle mis servicios. Yo, señor—añadió—, me llamo Martín Ligero, y gracias a Dios tengo bastante reputación. No acostumbro andar a caza de discípulos, que eso es bueno para los maestrillos principiantes. Comúnmente espero a que me busquen; pero enseñando, como enseño, al señor duque de Medinasidonia, al señor don Luis de Haro y a algunos otros caballeros de la Casa de Guzmán, de la cual me precio ser como criado y servidor nato, me pareció ser de mi obligación anticiparme.» «Por lo que usted me dice—repuse yo—, veo ser el sujeto que nos hacía falta. ¿Cuánto lleva usted al mes?» «Cuatro doblones de oro—me respondió—, que es el precio corriente, y no doy más de dos lecciones por semana.» «¡Cuatro doblones!—le repliqué—. Eso es demasiado.» «¿Cómo demasiado?—repuso con aire de admiración—. ¡Y tal vez vuestra señoría no reparará en dar un doblón por mes a un maestro de Filosofía!»
No me fué posible contener la risa a vista de una contestación tan ridícula, y pregunté al señor Ligero si en conciencia creía que un hombre de su profesión era preferible a un maestro de Filosofía. «¡Y como que lo creo!—me respondió—. Nosotros somos cien veces más útiles a la sociedad que esos señores míos. Y si no, dígame vuestra señoría: ¿qué cosa son los hombres antes de pasar por nuestras manos? Estatuas de mármol, osos mal domesticados; pero nuestras lecciones los desbastan poco a poco y les hacen tomar insensiblemente formas regulares; en una palabra, nosotros les enseñamos actitudes de nobleza y gravedad.»
Rendíme a las razones de aquel maestro de baile y le recibí para que enseñase a don Enrique por los cuatro doblones al mes, que era el precio corriente entre los grandes maestros de aquel arte.
CAPITULO VI
Vuelve Escipión de Nueva España; acomódale Gil Blas en casa de don Enrique; estudios de este señorito; honores que se le confieren y con qué señora le casa el conde-duque; cómo a Gil Blas se le hizo noble, con repugnancia suya.
Aun no había recibido la mitad de la familia de don Enrique, cuando Escipión volvió de Méjico. Preguntéle si estaba contento de su expedición. «Debo estarlo—me respondió—, pues que con los tres mil ducados que tenía en dinero contante he traído dos veces más en géneros de buen despacho en este país.» «Hijo mío—le dije—, yo te doy mil enhorabuenas, y pues has comenzado a hacer fortuna, en tu mano está acabarla, haciendo el año que viene otro viaje a las Indias, o si te acomoda más un puesto honrado en Madrid, por no exponerte a los trabajos y peligros de tan larga navegación, no tienes más que hablar, que yo podré dártelo.» «¡Pardiez—me respondió el hijo de la Coscolina—, que en eso no hay que dudar! ¡Más quiero ocupar un buen destino al lado de usted que exponerme de nuevo a los peligros de una larga navegación! Explíquese usted, mi amo. ¿Qué ocupación piensa dar a su criado?»
Para enterarle más bien de todo, le conté la historia del señorito que el conde-duque acababa de introducir en la Casa de Guzmán. Después de haberle informado de este curioso pormenor y héchole saber que este ministro me había nombrado ayo de don Enrique, le dije que quería hacerle ayuda de cámara de este hijo adoptivo. Escipión, que no deseaba otra cosa, aceptó con gusto este acomodo, y le desempeñó tan bien, que en menos de tres o cuatro días se atrajo la confianza y el afecto de su nuevo amo.
Se me había figurado que los pedagogos que había elegido para enseñar al hijo de la genovesa perderían su tiempo, pareciéndome que en su edad sería indisciplinable; sin embargo, engañó mis recelos. Comprendía y retenía fácilmente cuanto le enseñaban, de lo que estaban muy contentos sus maestros. Pasé inmediatamente a dar esta noticia al conde-duque, que la recibió con extraordinario gozo. «Santillana—me dijo enajenado—, no sabes la alegría que me causas con asegurarme que don Enrique tiene feliz memoria y penetración. Esto me hace reconocer en él mi sangre, y acaba de persuadirme que es hijo mío. No le amaría más si fuera hijo de mi esposa. Amigo, tú mismo confesarás que la Naturaleza se va explicando.» Guardéme bien de decir a su excelencia lo que pensaba sobre el particular, y, respetando su flaqueza, le dejé gozar del placer, falso o verdadero, de creerse padre de don Enrique.
Aunque todos los Guzmanes aborrecían de muerte al tal señorito de nuevo cuño, disimulaban por política, y aun algunos de ellos fingían solicitar su amistad. Visitábanle los embajadores y los grandes que había en Madrid, tratándole con el mismo respeto y atención que si fuera hijo legítimo del conde-duque. Lisonjeado extremadamente este ministro con el incienso que se ofrecía a su ídolo, se dió prisa a colmarle de dignidades. La primera gracia que pidió al rey para don Enrique fué la cruz de Alcántara con una encomienda de diez mil escudos. Solicitó poco después la llave de gentilhombre; y deseando entroncarle con una de las familias más esclarecidas de España, puso los ojos en doña Juana de Velasco, hija del duque de Castilla, y fué tanto su poder, que lo logró a pesar del mismo duque, padre de la novia, y de sus parientes.
Algunos días antes de hacerse la boda me envió a llamar su excelencia, y luego que me vió me puso en la mano un pergamino, diciéndome: «Aquí tienes, Gil Blas, una ejecutoria que he solicitado para ti; ya eres noble.» «Señor—le respondí, sorprendido de lo que acababa de oír—, vuestra excelencia sabe que yo soy hijo de una dueña y de un escudero. Paréceme que agregarme a la Nobleza sería en cierta manera profanarla, y entre todas las gracias que el rey me puede hacer, ninguna merezco ni deseo menos.» «Tu humilde nacimiento—replicó el ministro—es un obstáculo muy fácil de allanar. Te has ocupado en los negocios del Estado bajo el ministerio del duque de Lerma y del mío. Además—añadió sonriéndose—, ¿no has hecho al monarca servicios que merecen ser premiados? En una palabra, Santillana, eres acreedor a la honra que quiero hacerte. Fuera de eso, el empleo que ejerces cerca de mi hijo exige que seas noble, y por eso he solicitado tu ejecutoria.» «Ríndome, señor—le repliqué—, puesto que así lo quiere vuestra excelencia.» Y diciendo esto salí con mi ejecutoria, metiéndomela en el bolsillo.
«¡Conque ahora soy caballero!—me dije a mí mismo cuando estuve en la calle—. ¡Héteme que ya soy noble sin tener que agradecerlo a mis parientes! Ya podré cuando me acomode hacer que me llamen don Gil Blas; y si a algún conocido mío se le antoja reírse de mí llamándome de este modo, le haré ver mi ejecutoria. Pero leámosla—continué, sacándola del bolsillo—, y veamos de qué manera se borra en ella el villanismo.» Leí, pues, el real título, que decía en substancia que el rey, en reconocimiento del celo que en más de una ocasión había mostrado yo por su servicio y por el bien del Estado, había tenido a bien recompensarme con la merced de noble, etc. Y me atrevo a decir, en alabanza mía, que no me inspiró el menor orgullo; antes bien, no perdiendo jamás de vista la humildad de mi nacimiento, este honor, en vez de engreirme, me humillaba. Por lo mismo me propuse encerrar la ejecutoria en un cajón, en lugar de hacer ostentación de poseerla.
CAPITULO VII
Gil Blas vuelve a encontrar casualmente a Fabricio; última conversación que ambos tuvieron, y consejo importante que Núñez dió a Santillana.
El poeta asturiano, como se habrá notado, se olvidaba fácilmente de mí. Por mi parte, mis ocupaciones no me permitían ir a visitarle, y así, no había vuelto a verle desde el lance de la famosa disertación sobre la Ifigenia de Eurípides, cuando quiso la casualidad que un día le encontrase en la Puerta del Sol, que salía de una imprenta. Me acerqué a él diciéndole: «¡Hola! ¡Hola, señor Núñez! ¡Usted viene de casa de un impresor! ¡Eso me huele a que quieres regalar al público con alguna nueva composición tuya!»
«Sin duda debe esperarla—me respondió—. Actualmente estoy haciendo imprimir un librito que ha de meter mucho ruido entre los literatos.» «No dudo de su mérito—le repliqué—; pero me parece que la mayor parte de esos papeluchos son unas bagatelas que hacen poco honor a sus autores.» «Convengo en eso—me respondió—, pues sé muy bien que solamente aquellos ociosos que quieren leer todo cuanto se imprime gustan de divertirse perdiendo el tiempo en la lectura de esos folletos. Con todo, he caído en la tentación, y te confieso que es un hijo de la necesidad. Ya sabes que el hambre es la que obliga al lobo a salir de su madriguera.» «¿Cómo así?—repliqué yo admirado—. ¿Es posible que me llegue a decir esto el autor de El conde de Saldaña? ¿Un hombre que tiene dos mil escudos de renta ha de hablar de esta manera?» «¡Vamos poco a poco, amigo!—me interrumpió Núñez—. Ya no soy aquel poeta afortunado que gozaba de una renta bien pagada. Desordenáronse de repente los negocios del tesorero don Beltrán, disipó el dinero del rey, embargáronle todos los bienes y se llevó el diablo mi pensión.» «¡Malo es eso!—le dije—. Pero ¿no te ha quedado aún alguna esperanza por ese lado?» «¡Maldita!—me respondió—. El señor Gómez del Ribero está tan miserable como su poeta; cayó en el agua, sin que pueda jamás salir a la orilla.»
«Según eso, amigo mío—repuse yo—, te veo en términos de que me será preciso solicitar algún empleo que pueda consolarte de la pérdida de tu pensión.» «No quiero que te tomes ese trabajo—me dijo—; aunque me ofrecieras en las secretarías del ministro un empleo de tres mil ducados de sueldo, le rehusaría. Las ocupaciones de las oficinas no convienen a los que se han criado entre las musas. A éstos solamente les convienen distracciones literarias. En fin, ¿qué quieres que te diga? Yo nací para vivir y morir poeta, y quiero seguir mi suerte. Por lo demás—continuó—, no creas que nosotros seamos tan infelices como parece. Fuera de que vivimos en una total independencia, tenemos asegurada la comida sin cuidados ni fatigas. Se cree comúnmente que comemos a lo Demócrito; pero es engaño manifiesto. No se hallará entre nosotros ni siquiera uno, sin exceptuar a los compositores de almanaques, que no tenga una buena casa donde ir a comer. Yo tengo dos, donde soy bien recibido, y en ellas dos cubiertos asegurados: uno, en la mesa de un director general de la real Hacienda, a quien dediqué una novela, y otro, en la de un caballero rico de Madrid, que tiene el flujo de querer que siempre le acompañen eruditos a la mesa. Por fortuna, no es muy delicado para elegir, y así, fácilmente halla cuantos quiere en la población.»
«En ese caso—dije al poeta asturiano—ya no te tengo lástima, puesto que estás contento con tu suerte. Como quiera que sea, te aseguro de nuevo que en Gil Blas tendrás siempre un buen amigo, a pesar de tu descuido en cultivar su amistad; si necesitas mi bolsillo, acude francamente a mí. Sentiré que una vergüenza fuera de tiempo te prive de un auxilio que nunca te faltará, y a mí me niegue el gusto de serte útil.»
«En esas generosas expresiones—exclamó Núñez—te reconozco, Santillana, y te doy mil gracias por la gran disposición a favorecerme en que te veo. En prueba de mi gratitud a esa fineza, quiero darte un consejo saludable. Mientras que todavía dura el poder del conde-duque y te mantienes en su gracia, aprovecha el tiempo, date prisa a enriquecerte, porque ese ministro, a lo que me han asegurado, vacila en su asiento.» Preguntéle si aquello lo sabía de buen original, y me respondió: «Lo sé por un caballero de Calatrava, viejo, que tiene buen olfato, a quien todos escuchan como un oráculo, y le oí decir ayer: «El conde-duque tiene muchos enemigos, y todos conspiran a derribarle. Cuenta demasiado con el ascendiente que ha logrado sobre el ánimo del rey; pero el monarca, a lo que se dice, ha comenzado ya a dar oídos a las quejas que le llegan de él.» Agradecí a Núñez la prevención, pero hice poco caso de ella, y me volví a casa persuadido de que la privanza de mi amo era indesquiciable, a la manera de aquellas viejas encinas que, arraigadas profundamente en la tierra, se burlan de los más violentos huracanes.
CAPITULO VIII
Descubre Gil Blas ser cierto el aviso que le dió Fabricio; hace el rey un viaje a Zaragoza
Lo que el poeta asturiano me había dicho no carecía de fundamento. Se formaba dentro del palacio cierta conspiración para derribar al conde-duque, a cuyo frente se decía estaba la misma reina. Sin embargo, nada se traslucía en el público de las medidas que tomaban los confederados para hacer caer al ministro, y se pasó más de un año sin que yo notase que su privanza disminuyera.
Pero el levantamiento de Cataluña, sostenido por la Francia, y los desgraciados sucesos de la guerra contra los rebeldes dieron motivo a la murmuración del pueblo y a sus quejas contra el Gobierno. Estas fueron causa de que se tuviera un Consejo a presencia del rey, al que quiso su majestad concurriese el marqués de la Grana, embajador de la Corte de Viena. Tratóse en él si sería más conveniente que el monarca se mantuviese en Castilla o que pasase a Aragón a dejarse ver de sus tropas. El conde-duque, que no tenía gana de que el rey saliera para el ejército, habló el primero, y representó que no juzgaba acertado que su majestad desamparase el centro de sus Estados, apoyando esta opinión con todas las razones que le sugirió su elocuencia. Siguiéronle en la misma todos los miembros del Consejo, a excepción del marqués de la Grana, que, llevado de su celo por la Casa de Austria y con la franqueza genial de su nación, se opuso abiertamente al parecer del primer ministro y defendió lo contrario con razones tan poderosas que, convencido el rey de su solidez, abrazó esta opinión, aunque opuesta al sentir de todos los votos del Consejo, y señaló el día de su salida para el ejército.
Esta fué la primera vez de su vida que el monarca dejó de seguir el dictamen de su privado; novedad que le llenó de amargura, considerándola como una terrible afrenta. Al mismo tiempo que se retiraba a su gabinete a tascar en plena libertad el freno, me vió, me llamó, y encerrándose conmigo en su cuarto, me contó, trémulo, agitado y como fuera de sí, lo que había pasado en el Consejo. En seguida, como si no pudiera volver de su sorpresa, «¡Sí, Santillana—continuó—; el rey, que hace más de veinte años que no habla sino por mi boca ni ve por otros ojos que por los míos, ha preferido el dictamen del marqués de la Grana al mío! Pero ¿de qué modo? ¡Colmando de elogios a este embajador, y alabando sobre todo su celo por la Casa de Austria, como si este alemán tuviera más que yo! Por aquí fácilmente se conoce—prosiguió el ministro—que hay un partido formado contra mí y que la reina está a su cabeza.» «¿Y eso le inquieta a vuestra excelencia?—le repliqué yo—. Doce años ha que la reina está acostumbrada a ver a vuestra excelencia dueño de los negocios, y otros tantos que vuestra excelencia acostumbró al rey a no consultar con su esposa ninguno de ellos. Respecto del marqués de la Grana, pudo muy bien el rey inclinarse a su parecer por el gran deseo que tiene de ver su ejército y de hacer una campaña.» «¡No das en ello!—interrumpió el conde—. Di más bien que mis enemigos esperan que hallándose el rey entre sus tropas estará siempre rodeado de los grandes que le habrán de seguir, y entre ellos habrá más de uno, poco satisfecho de mí, que se atreverá a decir mil males de mi ministerio. ¡Pero se engañan miserablemente—añadió—, porque sabré disponer que durante el viaje se haga el rey inaccesible a todos los grandes!» Así lo ejecutó efectivamente, pero de un modo que merece referirse por menor.
Llegado el día que se señaló para la salida del rey, después de haber nombrado éste a la reina por gobernadora durante su ausencia, se puso en camino para Zaragoza; pero habiendo querido pasar por Aranjuez, le pareció tan delicioso aquel sitio, que se detuvo cerca de tres semanas en él. De Aranjuez le hizo el ministro ir a Cuenca, donde le tenía dispuestas tales diversiones, que permaneció largo tiempo en aquella ciudad. De allí se transfirió a Molina de Aragón, donde la caza le embelesó por muchos días. Llegó al cabo a Zaragoza, de donde estaba poco distante el ejército. Ya se preparaba para ir allí; pero el conde-duque se lo disuadió, haciéndole creer que se ponía a peligro de caer en manos de los franceses, que ocupaban las llanuras de Monzón; de suerte que el rey, atemorizado de un peligro que no podía temer, resolvió mantenerse encerrado en su palacio como pudiera en una prisión. Aprovechándose el ministro de aquel pánico terror, y bajo pretexto de velar en su seguridad, era, por decirlo así, como un centinela de vista; de manera que los grandes, después de haber hecho excesivos gastos para seguir con la correspondiente decencia al soberano, no tuvieron el consuelo de lograr ni una sola audiencia de él. Cansado, finalmente, el monarca o de estar mal alojado en Zaragoza, o de perder el tiempo en ella, o acaso de verse allí prisionero, se restituyó cuanto antes a Madrid, y concluyó así la campaña, dejando al marqués de los Vélez, general del ejército, el cuidado de sostener el honor de las armas españolas.
CAPITULO IX
De la rebelión de Portugal, y caída del conde-duque.
Pocos días después del regreso del rey se esparció por Madrid una mala nueva. Súpose que los portugueses, aprovechándose del levantamiento de Cataluña, y pareciéndoles ocasión muy oportuna ésta para sacudir el yugo de la dominación de España, habían tomado las armas y aclamado al duque de Braganza por rey de Portugal, resueltos absolutamente a mantenerle en el trono, sin miedo de que España lo pudiese estorbar, estando ocupada en Alemania, en Italia, en Flandes y en Cataluña. No les era fácil hallar coyuntura más favorable para librarse de una dominación que aborrecían.
Lo más singular fué que cuando la corte y todos sus habitantes se hallaban en la mayor consternación por aquella novedad, el conde-duque quiso divertir al rey a expensas del duque de Braganza; pero su majestad, lejos de prestarse a sus insípidos gracejos, tomó un semblante serio, que enteramente le inmutó, haciéndole prever su inminente desgracia. Acabó el ministro de dar por cierta su caída cuando supo poco después que se había manifestado sin reserva contra él, diciendo públicamente que su mala administración había dado lugar a la rebelión de Portugal. Luego que la mayor parte de los grandes, especialmente aquellos que habían seguido al rey en el viaje a Zaragoza, advirtieron la tempestad que se iba levantando contra el conde-duque, se unieron a la reina. Pero lo que dió el último golpe decisivo fué que la duquesa viuda de Mantua, gobernadora que había sido de Portugal, regresó de Lisboa a Madrid e hizo ver al rey que de la rebelión de los portugueses sólo tenía la culpa la conducta de su primer ministro.
Hicieron tanta impresión en el ánimo del monarca las palabras de aquella princesa, que desde el mismo punto cesó el encaprichamiento hacia su privado y se desprendió todo el afecto que le había tenido. No bien llegó a noticia del ministro que el rey daba oídos a las quejas y murmuraciones de sus enemigos, cuando le escribió pidiéndole licencia para dejar su empleo y retirarse de la corte, puesto que se le hacía la injusticia de imputarle todas las desgracias que durante su ministerio habían sucedido a la Monarquía. Parecíale que esta súplica haría grande efecto en el corazón del rey, suponiendo que aun se conservaría en él inclinación suficiente para no consentir jamás en semejante retiro; pero la única respuesta de su majestad fué que le concedía el permiso que solicitaba, y que así, podía irse adonde mejor le pareciera.
Estas pocas palabras, escritas de propio puño del rey, fueron como un rayo para su excelencia, que no lo esperaba de ninguna manera. Sin embargo, por más atónito que estuviese, aparentó un aire de entereza y me preguntó qué haría yo en su lugar. Respondíle que fácilmente tomaría mi determinación, abandonando para siempre la corte y retirándome a alguno de mis estados a pasar tranquilamente el resto de mis días. «Piensas juiciosamente—repuso mi amo—, y estoy resuelto a ir a terminar mi carrera en Loeches, después que haya hablado una sola vez con el monarca para representarle que he practicado cuanto era posible en lo humano para sostener la pesada carga que tenía sobre mis hombros, sin haber tenido más culpa en los siniestros acontecimientos de que me acusan que la que tiene un diestro piloto que, a pesar de cuanto puede hacer, mira su bajel arrebatado por los vientos y por las olas.» Lisonjeábase el ministro de que aun podía aquietarse el rey y volver las cosas al estado en que se habían hallado, pero no pudo conseguir su audiencia; antes bien, se le envió a pedir la llave de que se servía para entrar en el cuarto de su majestad siempre que quería.
Conoció entonces que ya no le quedaba esperanza y se resolvió buenamente a retirarse. Examinó sus papeles y quemó gran parte de ellos, en lo que obró con mucha prudencia. Nombró los dependientes y criados que le habían de seguir, y ordenó que todo estuviese pronto para marchar el día siguiente. Temiendo que al salir de palacio le insultase el populacho, se levantó muy de mañana y antes de amanecer salió por la puerta de las cocinas, y metiéndose en un coche viejo con su confesor y conmigo tomó sin riesgo el camino de Loeches, pueblo corto de que era señor, donde la condesa su mujer había fundado un convento de religiosas dominicas. En menos de cuatro horas nos pusimos en él, y poco después llegó el resto de la familia.
CAPITULO X
Cuidados que por el pronto inquietaron al conde conde-duque; síguese a ellos un dichoso sosiego; método de vida que entabló en su retiro.
La condesa de Olivares dejó ir a su marido a Loeches y permaneció algunos días más en la corte con el objeto de tentar si por medio de súplicas y lágrimas podría hacer que volvieran a llamarle. Pero a pesar de haberse echado a los pies de sus majestades, el rey no hizo aprecio de sus exposiciones, aunque preparadas con arte, y la reina, que la aborrecía de muerte, se complacía en verla llorar. No por eso se acobardó la esposa del ministro desgraciado. Abatióse hasta el punto de implorar la protección de las damas de la reina, pero el fruto que recogió de sus bajezas fué conocer que excitaban el desprecio más bien que la compasión. Desconsolada de haber dado tantos pasos degradantes, se fué a reunir con su esposo, para lamentarse con él de la pérdida de un empleo que, bajo un reinado como el de aquel monarca, puede decirse que era el primero de la monarquía.
La relación que hizo la condesa del estado en que había dejado las cosas de Madrid aumentó extraordinariamente la aflicción del conde-duque. «Vuestros enemigos—le dijo llorando—, el duque de Medinaceli y los otros grandes que os aborrecen, no cesan de alabar al rey por la resolución de haberos separado del ministerio, y el pueblo celebra con insolencia vuestra desgracia, como si el fin de todas las que experimenta el Estado dependiese del de vuestra administración.» «Señora—le respondió mi amo—, imitad mi ejemplo: llevad con resignación vuestros pesares, porque es preciso ceder a la borrasca que no se puede disipar. Creía yo, es verdad, que podría perpetuar mi valimiento mientras me durase la vida, ilusión ordinaria en los ministros y privados, los cuales se olvidan por lo común de que su suerte depende de la voluntad del soberano. El duque de Lerma, ¿no se engañó igualmente que yo, aunque estaba persuadido de que la púrpura con que se hallaba revestido era un seguro garante de la perpetua duración de su autoridad?»
De este modo exhortaba el conde-duque a su esposa a armarse de paciencia, mientras él mismo se hallaba en una agitación que se renovaba diariamente con las cartas que recibía de don Enrique, el cual, habiendo permanecido en la corte para observar cuanto allí pasaba, cuidaba de informarle de todo puntualmente. El portador de estas cartas era Escipión, que se había quedado en casa del hijo adoptivo de su excelencia, de la cual había salido yo inmediatamente después de su matrimonio con doña Juana.
Las cartas venían siempre llenas de noticias poco gustosas, y lo peor era que en las circunstancias no se podían esperar otras. Decía en unas que, no contentos los grandes con celebrar públicamente la caída del conde-duque, hacían cuanto podían para que todas sus hechuras fuesen removidas de los empleos que ocupaban y reemplazadas por sus enemigos. Avisaba en otras que iba adquiriendo favor don Luis de Haro, quien, según todas las señales, sería nombrado primer ministro. Pero entre todas las noticias que desazonaban a mi amo, la que más le llegó al alma fué la mutación que se hizo en el virreinato de Nápoles, que la Corte, únicamente por desairarle, quitó al duque de Medina de las Torres, a quien él apreciaba, para dárselo al almirante de Castilla, a quien siempre había aborrecido.
Puede decirse que en el espacio de tres meses todo fué disgustos y desasosiego para el conde-duque; pero su confesor, que era un religioso dominico tan ejemplar como elocuente, halló modo de consolarle. A fuerza de representarle con energía que ya no debía pensar mas que en su salvación, logró, con el auxilio de la divina gracia, la dicha de desprender su ánimo de la corte. Su excelencia no quiso ya saber nada de Madrid ni pensar mas que en disponerse para una buena muerte. La condesa, desengañada también, y aprovechándose de la oportunidad que la ofrecía aquel retiro, halló en el convento de religiosas que había fundado todo el consuelo que podía desear, preparado por la divina Providencia. Hubo entre aquellas religiosas algunas de singular virtud, cuyos tiernos coloquios convirtieron insensiblemente en dulcedumbre los sinsabores de su vida.
Al paso que mi amo apartaba de su pensamiento los negocios del mundo se quedaba más tranquilo. Entabló un nuevo método de vida y una distribución de horas de la manera siguiente: pasaba casi toda la mañana en la iglesia de las monjas oyendo misas; iba en seguida a comer, y después se divertía por espacio de dos horas a varios juegos conmigo y otros criados de su mayor confianza; luego se retiraba por lo regular a su despacho, donde se estaba hasta puesto el sol. Entonces salía a dar un paseo por el jardín o tomaba el coche y daba una vuelta por las cercanías del lugar, acompañado siempre de su confesor o de mí.
Un día que íbamos solos y que yo admiraba la serenidad que brillaba en su semblante, me tomé la licencia de decirle: «Señor, permítame vuestra excelencia que le manifieste mi regocijo; al ver el aire de satisfacción que vuestra excelencia muestra, juzgo que principia a familiarizarse con la soledad.» «Ya estoy del todo familiarizado—me respondió—, y aunque hace mucho tiempo que estoy habituado a ocuparme en los negocios, te protesto, hijo mío, que cada día cobro más afición a la vida gustosa y pacífica que aquí disfruto.»
CAPITULO XI
El conde-duque se pone repentinamente triste y pensativo; motivo extraordinario de su tristeza y resultado fatal que tuvo.
Su excelencia, para variar sus ocupaciones, se entretenía también algunas veces en cultivar su jardín. Un día que yo le estaba viendo trabajar, me dijo en tono festivo: «Aquí tienes, Santillana, a un ministro desterrado de la corte convertido en jardinero en Loeches.» «Señor—le respondí en el mismo tono—, me parece que estoy viendo a Dionisio Siracusano enseñando a leer y escribir a los niños de Corinto, después de haber dictado leyes en Sicilia.» Sonrióse un poco mi amo de mi respuesta y mostró que no le desagradaba la comparación.
Toda la familia estaba contentísima y admirada de ver al conde tan superior a su desgracia, rebosando de gozo en una vida tan diferente de la que había tenido hasta allí, cuando advertimos en él una repentina mudanza, que iba creciendo visiblemente y nos causó grandísimo dolor. Vímosle taciturno, pensativo y sepultado en una profunda melancolía. Dejó todo pasatiempo, y ninguna impresión le hacía cuanto discurríamos para divertirle. Así que acababa de comer se encerraba en su cuarto, donde permanecía solo hasta la noche. Pareciónos que aquella tristeza podía nacer de acordarse de la grandeza pasada, y en esta inteligencia le dejábamos a solas con el padre dominico; pero su elocuencia tampoco pudo vencer la melancolía del duque, la cual, en vez de disminuirse, cada día se iba aumentando.
Ocurrióme que la tristeza del ministro podía proceder de algún motivo o disgusto reservado que no quería manifestar, lo cual me hizo formar el designio de arrancarle su secreto. Para conseguirlo aguardé el momento de hablarle sin testigos, y habiéndole hallado, «Señor—le dije con aire mezclado de respeto y de cariño—, ¿será permitido a Gil Blas atreverse a hacer una pregunta a su amo?» «Pregunta lo que gustes—me respondió—, que yo te lo permito.» «¿Qué se ha hecho—repliqué—de aquella alegría que se notaba en el semblante de vuestra excelencia? ¿Habrá perdido ya vuestra excelencia aquel ascendiente que tenía sobre la fortuna? ¿Será acaso posible que la pérdida del favor excite nuevas inquietudes en vuestra excelencia? ¿Querrá vuestra excelencia volver a sumergirse en aquel abismo de amarguras de que su virtud le había libertado?» «No; gracias al Cielo—respondió el ministro—, ya no me atormenta la memoria del gran papel que representé en el teatro de la corte, y olvidé para siempre todos los obsequios que allí se me tributaron.» «Pues, señor—le repliqué—, si vuestra excelencia ha podido desechar de sí todas esas memorias, ¿por qué se deja dominar de una melancolía que a todos nos aflige? ¿Qué tiene vuestra excelencia? Mi querido amo—prorrumpí, arrojándome a sus pies—, vuestra excelencia tiene algún secreto pesar que le devora. ¿Querrá vuestra excelencia hacer un misterio de ello a Santillana, cuya reserva, celo y fidelidad tiene tan conocidos? ¿Qué delito es el mío para haber desmerecido su antigua confianza?» «La posees todavía—me dijo su excelencia—, pero confieso que me cuesta mucha repugnancia revelarte el motivo de la tristeza en que me ves sepultado. Sin embargo, no puedo negarme a las instancias de un criado y de un amigo como tú. Sabe, pues, el motivo de mi pena; sólo Santillana me podría merecer que le hiciese semejante confesión. Sí—continuó—, me domina una negra melancolía, que poco a poco me va acortando los días de la vida. Casi a cada instante estoy viendo un espectro que se pone delante de mí bajo una forma espantosa. Trabajo en vano por persuadirme a mí mismo de que es una mera ilusión, un fantasma que nada tiene de realidad. Sus continuas apariciones me turban y trastornan, y si tengo la cabeza bastante fuerte para vivir persuadido de que viendo a este espectro nada veo, soy también bastante débil para afligirme con esta visión. Mira lo que me has obligado a que te confiese—añadió—; juzga ahora si me sobraba razón para ocultar a todos el verdadero motivo de mi melancolía.»
Oí con tanto dolor como admiración una cosa tan extraordinaria y que suponía que su máquina se iba desorganizando: «Señor—dije al ministro—, ¿quién sabe si eso procede del escaso alimento que toma vuestra excelencia? Porque su sobriedad es excesiva.» «Eso mismo pensé yo al principio—me respondió—, y para experimentar si debía atribuirlo a la dieta, como hace algunos días más de lo ordinario, pero todo es inútil, porque el fantasma no desaparece.» «El desaparecerá—le repliqué para consolarle—, y si vuestra excelencia quisiera distraerse un poco, volviendo a entretenerse en el juego con sus fieles criados, me persuado de que no tardaría en verse libre de esos negros vapores.»
Pocos días después de esta conversación cayó su excelencia enfermo, y conociendo él mismo que el mal se haría de cuidado, envió a buscar a Madrid dos escribanos para disponer su testamento, e hizo venir también tres célebres médicos que tenían la fama de curar algunas veces sus enfermos. Luego que se divulgó por el palacio la llegada de estos últimos, no se oyeron en él mas que lamentos y gemidos, mirando todos como muy cercana la muerte del amo; tan imbuídos estaban contra tales profesores. Habían éstos llevado consigo un boticario y un cirujano, ejecutores ordinarios de sus órdenes, y dejando primero a los escribanos hacer su oficio, entraron en seguida ellos a desempeñar el suyo. Como seguían los principios del doctor Sangredo, recetaron desde la primera consulta sangrías sobre sangrías, de manera que al cabo de seis días redujeron a los últimos al conde-duque, y al séptimo le libraron de su visión.
La muerte del ministro ocasionó en todo el palacio de Loeches un agudo y sincero dolor. Sus criados le lloraron amargamente, y, lejos de consolarse de su pérdida con la memoria que hizo de todos en su testamento, no había siquiera uno que no hubiera renunciado gustoso al legado que le tocaba por restituirle a la vida. Yo, que era el más querido de su excelencia y que me había aficionado a él por pura inclinación hacia su persona, sentí aún más que los otros su fallecimiento. Dudo que Antonia me haya costado más lágrimas que el conde-duque.
CAPITULO XII
Lo que pasó en el palacio de Loeches después de la muerte del conde-duque y partido que tomó Santillana.
Con arreglo a la voluntad del ministro, fué sepultado su cadáver en el convento de las religiosas, sin pompa ni ostentación, acompañado de nuestros lamentos. Después de los funerales, la condesa de Olivares nos hizo leer el testamento, del cual toda la familia tuvo motivo para quedar contenta. A cada uno dejó el difunto una manda correspondiente al empleo que tenía, siendo la menor de dos mil escudos. La mía fué la mayor de todas; su excelencia me dejó diez mil doblones en prueba del singular afecto que me había profesado. No se olvidó de los hospitales, y fundó aniversarios en muchos conventos.
La condesa de Olivares envió a Madrid a todos los criados para que cada uno cobrase su manda de su mayordomo don Ramón Caporis, que tenía orden de entregársela; pero yo no pude ir con ellos, porque una fuerte calentura, efecto de mi aflicción, me detuvo en el palacio siete u ocho días. No me abandonó en todo ese tiempo el padre dominico, porque este buen religioso me había tomado inclinación, e interesándose en mi salud, me preguntó luego que me vió restablecido qué pensaba hacer de mí. «No sé todavía, mi reverendo padre, lo que haré—le respondí—, porque en este punto no estoy aún de acuerdo conmigo mismo. Algunos momentos estoy tentado a encerrarme en una celda para hacer penitencia.» «¡Momentos preciosos!—exclamó el religioso—. Señor Santillana, ¡y qué bien haría usted en aprovecharse de ellos! Aconséjole, como amigo, que, sin dejar de ser seglar, se retire para siempre a algún convento, en donde, por medio de algunas donaciones piadosas de sus bienes, pueda expiar los extravíos de una vida mundana, a ejemplo de muchas personas que han terminado así su carrera.»
En la disposición en que me hallaba no me incomodó el consejo del religioso, y respondí a su reverencia que me tomaría tiempo para reflexionarlo. Pero habiendo consultado sobre el particular a Escipión, a quien vi un momento después que al padre, se opuso a este pensamiento, que le pareció un delirio. «¿Es posible, señor de Santillana—me dijo—, que usted se incline a semejante retiro? ¿Pues no tiene en su quinta de Liria otro más agradable? Si en otro tiempo quedó tan enamorado de él, con mayor razón le agradará ahora que se halla en edad más adecuada para dejarse embelesar de las bellezas y atractivos de la Naturaleza.»
Poco trabajo le costó al hijo de la Coscolina hacerme mudar de opinión. «Amigo mío—le dije—, más puedes tú que el padre dominico. Veo, con efecto, que me será mejor volver a mi quinta, y a ello me decido. Volveremos a Liria luego que mi salud me permita ponerme en camino, lo que no puede tardar mucho, pues ya estoy sin calentura, y en breve tiempo espero recobrarme del todo.» Fuímonos Escipión y yo a Madrid, cuya vista no me alegró tanto como me alegraba en otro tiempo.
Sabiendo que era casi universal el horror con que se oía el nombre de un ministro cuya memoria me era tan apreciable, no podía mirar esta villa con buen semblante, y así, sólo me detuve en ella cinco o seis días que necesitó Escipión para disponer lo necesario a nuestra salida para Liria. Mientras él cuidaba de esto yo me fuí a ver con Caporis, que al punto me entregó mi legado en doblones efectivos. Lo mismo hice con los depositarios de las encomiendas sobre las cuales yo tenía mis pensiones. Concerté con ellos el modo de librarme los pagos; en una palabra, dejé arreglados todos mis asuntos.
El día antes de partir pregunté al hijo de la Coscolina si se había despedido de don Enrique. «Sí, señor—me respondió—, y ambos nos hemos separado esta mañana amistosamente. No obstante, él me ha asegurado que sentía le dejase; pero si él estaba contento conmigo, yo no lo estaba con él. No basta que el criado agrade al amo: es menester también que el amo agrade al criado. De otra manera, se avienen mal. Fuera de que—añadió—don Enrique no hace sino un triste papel en la corte. Se le mira en ella con el mayor desprecio; en las calles todos le señalan con el dedo y ninguno le llama mas que el hijo de la genovesa. Vea usted ahora si para un mozo de honra sería cosa de gusto servir a un amo desacreditado.»
Salimos por último de Madrid al amanecer y tomamos el camino de Cuenca. Iba ordenado el equipaje de la manera siguiente: mi confidente y yo íbamos en una calesa de dos mulas, conducidos por un calesero; seguían tres machos, cargados de ropa y dinero, guiados por dos mozos de mulas; tras de éstos venían dos robustos lacayos, escogidos por Escipión, montados sobre dos mulas y completamente armados. Los mozos llevaban, por su parte, sables, y el calesero, un par de pistolas en el arzón de la silla.
Como éramos siete hombres, y los seis de mucho valor y gran resolución, me puse en camino alegremente y sin el menor recelo de que me robasen mi herencia. Al pasar por los pueblos se gallardeaban nuestros machos y mulas haciendo resonar sus campanillas, y los paisanos se asomaban a las puertas para ver pasar nuestro acompañamiento, que les parecía, cuando menos, el de algún grande que iba a tomar posesión de un virreinato.
CAPITULO XIII
Vuelve Gil Blas a su quinta; tiene el gusto de encontrar ya casadera a su ahijada Serafina, y él mismo se enamora de una señorita.
Quince días tardé hasta Liria, porque no había precisión de acelerar las jornadas. Solamente deseaba llegar con salud y descansado, lo que efectivamente conseguí. La primera vista de mi quinta me causó algunos pensamientos tristes, acordándome de mi Antonia; pero luego procuré desecharlos divirtiendo la imaginación a cosas que me gustasen, lo que no fué difícil, porque al cabo de veinticinco años que habían pasado desde su muerte estaba ya muy mitigado el dolor de aquella pérdida.
Al punto que entré en la quinta vinieron a saludarme Beatriz y su hija Serafina. Después de esto, el padre, la madre y la hija se llenaron de abrazos, con tantas demostraciones de alegría que me encantaron. Luego que se desahogaron fijé la atención en mi ahijada y dije: «¡Es posible que sea ésta aquella Serafina que yo dejé en la cuna cuando me ausenté de Liria! ¡Pasmado estoy de verla tan bella y tan crecida! ¡Es menester que pensemos en casarla!» «¿Cómo así, querido padrino?—exclamó mi ahijada, sonrojándose un poco al oír mis últimas palabras—. ¿No bien me ha visto usted cuando ya piensa en separarme de sí?» «No, hija mía—le respondí—, no pretendemos separarte de nosotros dándote marido; queremos que el que te busque consienta en vivir con nosotros.»
«Uno que tiene esa circunstancia—dijo entonces Beatriz—pretende a la niña. Cierto hidalgo de un lugar inmediato vió a Serafina un día en misa en la iglesia del lugar y quedó muy prendado de ella. Vino después a verme, declaróme su intención y pidió mi consentimiento. «Poco adelantaría usted—le respondí—aunque yo se lo concediera. Serafina depende de su padre y de su padrino, que son los únicos que pueden disponer de su mano. Lo más que puedo hacer por usted es escribirles para informarles de su solicitud, honrosa para mi hija.» Con efecto, señores—prosiguió ella—, esto iba a escribir a ustedes. Mas ya que se hallan aquí, harán lo que mejor les parezca.»
«Pero, en suma—dijo Escipión—, ¿qué carácter tiene ese hidalgo? ¿Se parece acaso a la mayor parte de los de su clase? ¿Está envanecido con su nobleza y es insolente con los plebeyos?» «¡Oh, lo que es eso, no!—respondió Beatriz—. Es un mozo muy afable y atento con todos, sobre ser bien parecido, y que aun no ha cumplido treinta años.» «Nos haces—dije a Beatriz—un buen retrato de ese caballero. ¿Cómo se llama?» «Don Juan de Antella—respondió la mujer de Escipión—. Ha poco tiempo que heredó a su padre, y vive en una hacienda propia que sólo dista una legua de aquí, en compañía de una señorita joven, hermana suya.» «Oí en otro tiempo—repuse yo—hablar de la familia de ese hidalgo, que es una de las más nobles del reino de Valencia.» «Aprecio menos—exclamó Escipión—la hidalguía que las buenas prendas, y ese don Juan nos convendrá si es hombre de bien.» «A lo menos esa fama tiene—dijo Serafina tomando parte en la conversación—, y los vecinos de Liria que le conocen le ponderan mucho.» Cuando oí estas breves palabras a mi ahijada me sonreí mirando a su padre, el cual conoció por ellas, como yo, que aquel galán no desagradaba a su hija.
Tardó poco el caballero en saber nuestra llegada, y dos días después vino a presentarse a nuestra quinta. Se nos acercó con buenos modales, y lejos de que su presencia desmintiese el informe que Beatriz nos había dado, nos hizo formar mucho mayor concepto de su mérito. Díjonos que, como vecino, venía a darnos la bienvenida. Recibímosle con la mayor atención y agrado que nos fué posible; pero esta visita fué de pura urbanidad, pasándose toda en recíprocos cumplimientos, y don Juan, sin hablarnos una palabra de su amor a Serafina, se retiró, rogándonos solamente que le permitiéramos repetir sus visitas para aprovecharse mejor de una vecindad que juzgaba había de serle muy gustosa. Después que se fué nos preguntó Beatriz qué tal nos parecía aquel hidalgo; le respondimos que nos había prendado y que nos parecía que la fortuna no podía ofrecer mejor colocación a Serafina.
Al día siguiente, después de comer, salí con el hijo de la Coscolina para ir a pagar la visita que debíamos a don Juan. Tomamos el camino de su lugar guiados por un aldeano que, después de haber caminado tres cuartos de legua, nos dijo: «Aquella es la quinta de don Juan de Antella.» Recorrimos con la vista todos aquellos campos, y estuvimos largo rato sin verla, hasta que, llegando al pie de un collado, la descubrimos en medio de un bosque, rodeada de corpulentos árboles, cuya frondosidad y espesura la ocultaban a la vista. Tenía un aspecto antiguo y deteriorado, que acreditaba menos la opulencia que la nobleza de su dueño. Sin embargo, cuando ya estuvimos dentro advertimos que el aseo y buen gusto de los muebles recompensaba la caduca vejez del edificio.
Don Juan nos recibió en una sala decentemente adornada, en donde nos presentó una señora, que nombró delante de nosotros su hermana Dorotea y que podía tener de diez y nueve a veinte años. Estaba vestida de gala, como quien esperaba nuestra visita, cuidadosa de parecernos bien. Y presentándose a mi vista con todos sus atractivos, hízome la misma impresión que Antonia, es decir, que me quedé turbado; pero supe disimular tanto, que ni el mismo Escipión lo pudo advertir. Nuestra conversación versó, como la del día anterior, sobre el contento mutuo que tendríamos de vernos algunas veces y de vivir con la armonía de buenos vecinos. Don Juan no tomó todavía en boca a Serafina, ni por nuestra parte se dijo cosa alguna que le pudiese dar ocasión a declarar su amor, persuadidos de que en ese punto lo mejor era dejarle venir. Durante la conversación echaba yo de cuando en cuando alguna ojeada a Dorotea, sin embargo de simular mirarla lo menos que me era posible, y cada vez que mis miradas se encontraban con las suyas eran éstas otras tantas flechas con que me atravesaba el corazón. Confesaré, con todo, por hacer recta justicia al objeto amado, que no era una hermosura completa: aunque tenía la tez muy blanca y los labios más encarnados que la rosa, su nariz era un poco larga y sus ojos pequeños; sin embargo, el conjunto me embelesaba.
En suma, no salí de casa de Antella con el sosiego con que había entrado, y al volverme a Liria con la imaginación puesta en Dorotea no veía ni hablaba sino de ella. «¿Qué es esto, mi amo?—me dijo Escipión mirándome como suspenso—. Mucho le ocupa a usted la hermana de don Juan. ¿Le habrá inspirado a usted amor?» «Sí, amigo—le respondí—, y estoy corrido de ello. ¡Oh Cielos! Yo, que desde la muerte de Antonia he mirado mil hermosuras con indiferencia, ¿será posible que encuentre, a la edad en que me hallo, una que me inflame sin que yo lo pueda resistir?» «Señor—me replicó el hijo de la Coscolina—, parecíame a mí que debía usted celebrar esa aventura en vez de quejarse de ella. Usted se halla todavía en una edad en que nada tiene de ridículo abrasarse en una amorosa llama, ni el tiempo ha maltratado tanto su semblante que le haya quitado la esperanza de agradar. Créame usted: la primera vez que vea a don Juan pídale sin temor su hermana, seguro de que no la podrá negar a un hombre de sus circunstancias. Fuera de que, aun cuando quisiese absolutamente casarla con algún hidalgo, usted lo es, pues tiene su ejecutoria, que basta para su posteridad. Después que el tiempo haya echado a la tal ejecutoria el espeso velo que cubre el origen de todas las familias, quiero decir, después de cuatro o cinco generaciones, la descendencia de los Santillana será de las más ilustres.»
CAPITULO XIV
De las dos bodas que se celebraron en la quinta de Liria, con lo cual se da fin a la historia de Gil Blas de Santillana.
Animóme tanto Escipión a declararme amante de Dorotea, que ni siquiera me pasó por la imaginación que me exponía a un desaire. Con todo eso, no me determiné a ello sin cierto recelo. Aunque mi rostro disimulaba mucho mis años y podía quitarme a lo menos diez de los que tenía sin miedo de no ser creído, no por eso dejaba de dudar con fundamento que pudiera agradar a una mujer joven y hermosa. Sin embargo, resolví arriesgarme y hacer la petición la primera vez que viera a su hermano, el cual, por su parte, no teniendo seguridad de conseguir a mi ahijada, no estaba sin zozobra.
Volvió a mi quinta al día siguiente por la mañana, a tiempo que acababa de vestirme. «Señor de Santillana—me dijo—, hoy vengo a Liria a tratar con usted de un asunto muy serio.» Hícele entrar en mi despacho, y desde luego empezó a hablar sobre el particular. «Creo—me dijo—que no ignora usted el negocio que me trae. Yo amo a Serafina; usted lo puede todo con su padre; suplícole favorezca mi pretensión, disponiendo que consiga el objeto de mi amor. ¡Deba yo a usted la felicidad de mi vida!» «Señor don Juan—le respondí—, ya que usted ha ido derechamente al asunto, no extrañe que yo imite su ejemplo, y que, después de haberle prometido mis buenos oficios para con el padre de mi ahijada, implore los de usted para con su hermana.»
A estas últimas palabras don Juan dejó escapar un tierno suspiro, del cual inferí un agüero favorable. «¡Es posible, señor—exclamó prontamente—, que Dorotea a la primera vista haya conquistado vuestro corazón!» «Me ha encantado—le dije—, y me tendré por el hombre más dichoso del mundo si mi pretensión agradase a uno y a otra.» «De eso debe usted estar seguro—me replicó—, pues, aunque somos nobles, no desdeñamos el enlace de usted.» «Me alegro—repuse yo—que no tenga usted dificultad en admitir por cuñado a un plebeyo; esto mismo me obliga a estimarle más, porque es prueba de su buen juicio. Pero sepa usted que, aun cuando su vanidad le indujese a no permitir que su hermana diera la mano a ninguno que no fuera noble, todavía tenía yo con qué contentar su presunción. Veintiocho años me he empleado en las oficinas del Ministerio; y el rey, para recompensar los servicios que hice al Estado, me gratificó con una ejecutoria de nobleza, que voy a enseñar a usted.» Diciendo esto, saqué la ejecutoria de un cajón, entreguésela al hidalgo, que la leyó de cruz a fecha atentamente con la mayor satisfacción. «Está muy buena—me dijo al devolvérmela—. Dorotea es de usted.» «Y usted—exclamé yo—cuente con Serafina.»
Quedaron, pues, determinados de esta manera entre nosotros los dos matrimonios, y sólo restaba saber si las novias consentirían gustosas; porque ni don Juan ni yo, igualmente delicados, pretendíamos conseguirlas contra su voluntad. Volvióse este hidalgo a su quinta de Antella a participar mi pretensión a su hermana, y yo llamé a Escipión, Beatriz y mi ahijada para darles parte de la conversación que había tenido con don Juan. Beatriz fué de dictamen que se le admitiese por esposo sin vacilar, y Serafina dió a entender con su silencio que era del mismo parecer que su madre. No fué de otro su padre; pero mostró alguna inquietud por el dote que le parecía preciso dar, correspondiente a un hidalgo como aquél, y cuya quinta tenía urgente necesidad de reparos. Tapé la boca a Escipión diciéndole que eso me tocaba a mí, y que yo le daba cuatro mil doblones de dote a mi ahijada.
Fuí a ver a don Juan aquella misma tarde. «Vuestro asunto—le dije—va a pedir de boca; deseo que el mío no se halle en peor estado.» «Va que no puede ir mejor—me respondió—. No he necesitado emplear la autoridad para obtener el consentimiento de Dorotea. La persona de usted le contenta y sus modales le agradan. Usted recelaba no ser de su gusto, y ella teme con más razón que no pudiendo ofrecerle más que su corazón y su mano...» «¡Qué más puedo desear!—exclamó fuera de mí de alegría—. Una vez que la amable Dorotea no tenga repugnancia a unir su suerte con la mía, nada más pido. Soy bastante rico para casarme con ella sin dote, y con sólo poseerla quedarán colmados todos mis deseos.»
Don Juan y yo, completamente satisfechos de haber conducido dichosamente las cosas a este estado, resolvimos excusar todas las ceremonias superfluas, para acelerar cuanto antes nuestras bodas. Dispuse que mi futuro cuñado se abocase con los padres de Serafina; y convenidos en las capitulaciones del matrimonio, se despidió de nosotros, prometiendo volver al día siguiente acompañado de su hermana Dorotea. El deseo de parecer bien a esta señorita me obligó a emplear lo menos tres horas largas en vestirme, engalanarme y adonizarme, y ni aun así me pude reducir a estar contento de mi figura. Para un mozalbete que se dispone a ir a ver a su querida esto es un recreo; mas para un hombre que comienza a envejecer, es una ocupación. Con todo, fuí más afortunado de lo que esperaba; volví a ver a la hermana de don Juan, y ella me miró con semblante tan favorable, que todavía me presumí valer alguna cosa. Tuve con ella una larga conversación; quedé hechizado de su carácter y de su juicio, y me persuadí de que, con buen tratamiento y mucha condescendencia, podría llegar a ser un esposo querido. Lleno de tan dulce esperanza, envié a buscar dos escribanos a Valencia, que formalizaron la escritura matrimonial. Después acudimos al cura de Paterna, que vino a Liria y nos casó a don Juan y a mí con nuestras novias.
Encendí, pues, por la segunda vez la antorcha de Himeneo, y nunca tuve motivo para arrepentirme. Dorotea, como mujer virtuosa, no tenía mayor gusto que cumplir con su obligación; y como yo procuraba adelantarme a llenar sus deseos, tardó poco en enamorarse de mí, como si yo estuviera en mi juventud. Por otra parte, en don Juan y en mi ahijada se encendió con igual viveza el amor conyugal; y lo más singular fué que las dos cuñadas contrajeron la más estrecha y sincera amistad. Por mi parte, advertí en mi cuñado tan buenas prendas, que le cobré un verdadero cariño, que no me pagó con ingratitud. En fin, la unión que reinaba entre nosotros era tal, que cuando teníamos que separarnos por la noche para volvernos a reunir el día siguiente esta separación no se verificaba sin sentimiento; lo que dió motivo a que ambas familias nos resolviésemos a no formar mas que una sola, que tan pronto vivía en la quinta de Liria como en la de Antella, a la cual, para este efecto, se le hicieron grandes reparos con los doblones de su excelencia.
Tres años hace ya, amigo lector, que paso una vida deliciosa al lado de personas tan queridas. Para colmo de mi dicha, el Cielo se ha dignado concederme dos hijos, de quienes creo prudentemente ser padre y cuya educación va a ser el entretenimiento de mi ancianidad.
FIN DEL TERCERO Y ÚLTIMO TOMO