VIII
Reading edition
Serían las siete de la mañana cuando en el vano de la ancha puerta, llena de sol, perfilóse la encorvada figura de Frasquito Miguel. Llevaba del ronzal una mula.
—Buenos días, don Ignacio.
—¡Hola, hombre, buenos días! ¡Adelante!
Los dos individuos que trabajaban en la fragua, interrumpieron su faena para saludar.
—Buen día nos dé Dios.
Cojeaba el señor Frasquito, cojeaba la caballería. El veterinario exclamó:
—¿Qué te trae por aquí?
—Pues, una desgracia que me sucedió ayer.
Los ojos del chalán pasearon por todas partes una mirada furtiva y segura. El local donde don Ignacio tenía su clínica era espacioso, el suelo de tierra, cubierto de boñigas y de estiércol, el techo bajo y envigado, renegrido densamente por el humo de la fragua. Al fondo, adosada al testero más oscuro, veíase una larga pesebrera: colgadas de las sucias paredes y en ringlera había abundante número de herraduras, y sobre los entrepaños de un armario, martillos, pinzas, un trabón inglés, especie de pulsera con que se sujeta á los caballos para castrarlos, una carátula almohadillada y otros enseres. En el espeso colchón de basura que cubría el pavimento y cedía muellemente bajo los pies, en la cálida y pestilente fermentación de tantos abonos corrompidos, bullía, semejante á una devoradora comezón, la inquietud sanguinaria de las garrapatas, de las hormigas y de las pulgas. Los escarabajos hacían su agosto; zumbaban las moscas y los tábanos. El ambiente conservaba el inconfundible olor áspero del casco quemado.
Don Ignacio Martínez, pequeño, sólido, esparrancado sobre el estiércol, en mangas de camisa y con ambos pulgares metidos en los bolsillos del chaleco, callaba esperando á que su interlocutor se explicase. Mascaba una tagarnina, que con un impaciente guiño de labios se trasladaba á cada momento de un lado á otro de la boca: tenía cargados de sueño los ojos, y el ancho rostro, que aun no había tenido tiempo de lavarse, macilento y de pocos amigos.
El albeitar hablaba siempre por estilo sucinto y conminatorio, y, salvo á quince ó veinte personas de calidad, tuteaba á todo el mundo. El señor Frasquito adelantóse algunos pasos y deslizando una mano bajo las crecidas haldas de su sombrero, comenzó á rascarse el cogote, como si aquella rascadura ayudase al nacimiento y composición de sus ideas.
—Pues, ya está usted viendo cómo viene la mula.
Mostraba el desdichado animal, que apenas podía moverse, el lado derecho cubierto desde el anca á la cruz, por una bermeja, cruel y ardentísima llaga. Tratábase de una horrible quemadura y con tan furiosa voracidad las llamas mordieron en la carne, que royéndola toda dejaron al aire los costillares. Según Frasquito Miguel explicó, el accidente había ocurrido en el camino de Navahonda á Puertopomares. Iba él durmiendo en lo alto de su carro cargado de leña. El tiro lo componían tres mulas; de julo llevaba un pollino. De súbito despertó medio asfixiado por densísimos remolinos de humo, sin que ni entonces ni luego pudiera comprender la causa del siniestro; el convoy ardía, crepitaba, hecho un volcán. Afortunadamente el señor Frasquito se recobró á tiempo, y con la inesperada agilidad que le dió el peligro saltó á tierra. El burro y las dos caballerías delanteras sacaron de su pánico fuerzas para romper los tirantes y ponerse en salvo; la mula zaguera, presa entre las lanzas del vehículo, no pudo imitarlas. Fué una escena terrible: el animal, hostilizado por el calor y los lampazos del incendio, realizaba esfuerzos supremos para zafarse; luego, cuando las llamas le chamuscaron los quijotes, su pánico trocóse en desesperación y locura, y tales fueron sus brincos y corcovas, que volcó el carro. De entre las varas de éste logró sacarlo Frasquito Miguel tras no pocos esfuerzos, tirándole á dos manos de la brida, y luego de cortar á cuchillo cuantos arreos y guarniciones lo sujetaban; pero á pesar de su caritativa diligencia, cuando lo consiguió ya las llamas hambrientas habían mordido mucho en él.
Pasados unos instantes de meditación, el veterinario exclamó:
—No comprendo cómo ocurrió el accidente que acabas de contarme. ¿Tú fumas?
—No, señor.
—¿Ni sueles llevar cerillas?
—Nunca. ¿A qué fin, si no fumo?... Pero, bien pudo suceder que á cualquiera de los mozos que ayudaron á cargar el carro se le cayese una caja de fósforos entre los haces de leña, inflamáronse aquellos después con el sol y la carga empezó á arder.
Calló, miró al suelo y sus labios apuntaron una sonrisa.
—Por cierto que ayer á poco de salir de casa me crucé en el Camino Bajo de la estación con don Gil, de quien tantas historias se cuentan, y me dije: «Mala sombra.» ¡Palabra de honor que lo pensé así!...
—¡Déjate de pataratas!—interrumpió Martínez con brusca exaltación y mordiéndose la uña del anular—; si hubieras ido andando, según era deber tuyo, no hay fuego; pero como queréis ir por atún y á ver al duque... ¡esas son las consecuencias! Bonito negocio has hecho: bien dicen que por un clavo se pierde una herradura.
Repuso el señor Frasquito:
—Tiene usted razón; pero es imposible preverlo todo, y, además, hay días en que la fatiga no le deja á uno ni tirar de los pies. En fin, ahora lo necesario es que la mula sane pronto.
Replicó don Ignacio:
—Sanará en seguida si cuidáis de que no la piquen las moscas. Tú mismo puedes curarla; todo se reduce á que la laves diariamente con ácido pícrico. ¿Has comprendido?
—Sí, señor.
—¿Quieres la receta por escrito?
—No, no hace falta: ¿ácido pícrico dijo usted?
—Eso es: ácido pícrico, al cincuenta por ciento. Ve á la botica de don Artemio y te servirán bien. Después del lavaje, y pasado un rato, cubres toda la quemadura con glicerina; más adelante, si la llaga sigue cicatrizándose, bastará secarla con polvos de almidón ó de arroz.
El animal, á quien el señor Frasquito tenía del cabestro, conservábase inmóvil, el ollar casi pegado al suelo, entornados los ojos, en una actitud de sufrimiento y pasividad. Martínez llegóse á él, frunciendo las cejas, y sus dedos tactaron inteligentes los bordes negruzcos de la herida; en la rojura de la llaga vaheante los costillares blanqueaban, con una blancura de risa. El bruto, como si despertase, realizó un esquince y alzó la cabeza; un extravío de cólera abrasó sus pupilas.
—No me detengo á curarlo—dijo don Ignacio—, porque dispongo de poco tiempo. Hoy cumple años Fabiana y tenemos invitados á comer, y luego baile. Además, ya sabes: ácido pícrico al cincuenta por ciento, es lo mejor...
Saludó Frasquito Miguel con humildad y agradecimiento, y volvióse hacia la calle, llevando el ramal de la mula por encima de un hombro. Dócilmente la bestia le siguió. Entonces don Ignacio se acordó de decir:
—¿Y en tu casa?
Detúvose el interpelado, escorzándose un poco para contestar, pero sin volver la cabeza:
—Bien todos, muchas gracias.
—¿Y tu mujer?
—Allí, la pobre, con los chicos; rabiando...
—¿Y Toribio?
—Por esos mundos, ganándose el pan. En Torres de la Encina, debe de hallarse ahora.
—Bueno, hombre; dales recuerdos.
—Gracias, don Ignacio, y á mandar... ¡Arre, Pascuala!... ¡Arre, Pascualita!...
Nuevamente la caballería caminó en pos de su amo. Este, con la anquilosis de sus piernecillas flacas, muy sobradas de horcajadura, su tórax ancho y aplastado, encorvado hacia adelante, y sus labios entreabiertos y como idiotas en la oscuridad cobreña del rostro, parecía sufrir un dolor de ijada. El lastimado animal apenas podía seguirle. Una tras otra, sus figuras tristes recortáronse en el rectángulo soleado de la puerta: cojeaba el hombre, cojeaba la mula. Desaparecieron...
Sobre el yunque, el martillo de la fragua volvió á cantar.