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El misterio de un hombre pequeñito

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Pilar y Maximina charlaban en voz queda mientras cosían á la luz de la lámpara. Pilar era regordetilla y tenía los cabellos negros, crespos y lustrosos, de las cíngaras; Maximina, por el contrario, era rubia, alta, pálida y señoril. Cuando momentos antes Pilar, un poco despeinada y con ojos de tristeza, penetró en la estancia, su compañera la interrogó:

—¿Ya se ha dormido?

—Sí.

—¡Pronto le llegó el sueño esta noche!...

—Afortunadamente...

Y ya no hablaron más del hombre pequeñito. Pusiéronse ambas á zurcir porque aquella faena, dando ocupación á sus manos, distraía de soslayo su pensamiento y con la distracción iba el alivio. Todas las prendas que repasaban pertenecían á don Gil: eran calcetinitos, calzoncillitos, camisitas, elásticas, de inverosímil parvedad. En el silencio nocturno, lejos, al otro lado de la Glorieta del Parque, resonaba acompasadamente el martillo del veterinario. Vibró la voz del sereno:

—¡Las once... y nublado!

—Las once ya—repitió Pilar.

—Pues don Ignacio trabaja todavía.

—Sin duda por ser mañana jueves, día de feria.

—Es verdad.

Hablaron de las faenas menudas de la casa.

—¿Quién va á lavar esta semana?—preguntó Maximina.

—Me corresponde lavar á mí.

—¿Hay jabón?

—Me parece que no.

Se interrumpieron para contar las once campanadas del reloj del comedor; latían límpidas, argentinas, debilitadas por la distancia.

—El amo ha dicho que quiere almorzar mañana paella—continuó Maximina.

—Bueno: sacrificaremos el pollo blanco; es el más grande y el más peleador; á sus hermanos no los deja vivir.

Fuera de la casa susurraba un rumor pertinaz de marea, una inquietud de agua corriente, producida por el viento entre los árboles.

—Mañana tendremos mal tiempo—observó Pilar.

—Creo lo mismo.

Callaron las dos azafatas y á la vez levantaron la cabeza, y sus miradas quedaron fijas en un punto del muro. Inmediatamente sus ojos se buscaron.

—¿Has visto?

—Sí.

Examinaron la lámpara.

—¿Habrá sido un temblequeo de la luz?

—No, sé.

Era un vapor tenue, una especie de mancha amarilla levísima, la que un segundo—sólo un segundo—imaginaron ver resbalar por la blancura de la pared. Las pestañas, en el abrir y cerrar automático de los párpados, suelen echar sobre las pupilas una sombra así. Lo extraño, lo alarmante, fué que, simultáneamente, idéntico fenómeno se hubiese producido en las dos.

Maximina, con un movimiento nervioso, tiró su costura al suelo, como disponiéndose á huir.

—Tengo miedo—dijo—; eso es el amo, que se ha marchado.

A Pilar, las manos, de terror, se la habían puesto frías y blancas.

—¿Dices que es el amo?

—Estoy segura. Vé á ver.

—¿A dónde quieres que vaya?

—A su cuarto.

—Yo, no me atrevo.

Maximina, cuyo miedo, por instantes, se convertía en curiosidad y valor, se levantó.

—Vamos las dos.

Cogió á su compañera de un brazo, queriendo llevarla consigo. Pilar la rechazó fácilmente; su pánico habíase trocado en fuerza hercúlea.

—¡Yo, no voy... yo no me muevo de aquí!

Levantaba la voz como si, verdaderamente, se hubiesen quedado solas. Por nada se atrevería á penetrar en el dormitorio de don Gil. Maximina la miró con odio y desdén:

—¡Cobarde!... Iré yo sola.

Dirigióse hacia la habitación del enano, que estaba contigua, empujó suavemente la puerta y, sin entrar, miró. La cabeza, grande y amarilla, de don Gil, reposaba sobre las almohadas.

Pilar, reanimada por el bizarro ejemplo de su compañera, la había seguido. Preguntó:

—¿Está?...

Maximina volvió á cerrar la puerta y, muy pálida, se retiraba de puntillas.

—Sí... está...—balbuceó.

Hizo un gesto y bajando mucho la voz:

—Como estar... ¡sí que está!... Y, sin embargo, no está. ¿Tú comprendes?...

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