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El misterio de un hombre pequeñito

XIII

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En efecto, era así. El hombre pequeñito observaba la existencia recogida que sus rentas le permitían, al par que el aislamiento más compatible con la ridícula insignificancia de su persona. Durante las horas diurnas era un normal, lívido y grave, á quien la fecunda murmuración pueblerina nada concreto podía reprochar. Su vida extraordinaria empezaba de noche, con el sueño. Entonces su alma huía alborozada, como estudiante que corre al baile, y su ginecomanía ejercitábase insaciable en diversas alcobas.

Semejante á Don Juan, aquel hombre pequeñito tenía un fuerte cariño, una de esas hondas pasiones que, completando los espíritus, los saturan y aquietan; y luego, ora por ironía, ya por mera curiosidad y desocupación espiritual, varios amoríos ó caprichos con que se distraía y aliviaba de las crueles pesadumbres de aquel otro gran sentimiento no correspondido.

En todo tiempo los fenómenos misteriosos del sueño interesaron al vulgo y á los sabios. La India, la Persia, el Egipto, los hebreos más tarde, los temibles arúspices de Grecia y de Roma, concedieron igualmente á los ensueños la virtud profética; y la Edad Media repite esta creencia. La madre de Confucio se siente embarazada en sueños por un rayo de sol, y de preñez tan extraordinaria nace el reformador del pueblo chino; Baltasar recibe, mientras duerme, la revelación de que su imperio ha concluído; José explica á Faraón el sueño de las siete vacas flacas y de las siete vacas gordas; Bruto, apenas cierra los párpados, oye la voz de su destino; una vieja sueña que Julio César morirá asesinado y cuando le ve dirigirse al Senado se prosterna ante él y besándole la toga se lo advierte; á Fernando IV de Aragón, las sombras de los nobles Carvajales, á quienes mandó despeñar, se le aparecieron para anunciarle su próximo fin; á Enrique IV, una gitana le dijo que moriría asesinado, sentencia que días después ejecutaba Ravaillac...

Estas y otras muchas alucinaciones proféticas, sumadas á los extraordinarios fenómenos telepáticos que estudia la fisiología actual y á los maravillosos adelantos de la química y de la física, inducen á suponer una vida subconsciente, exclusivamente espiritual, que alterna con la de las horas de vigilia y se desenvuelve paralelamente á ella. La verdad exterior, el mundo sensible, resplandecen ante el sujeto y bañan en luz la periferia ó corteza de su espíritu. Esta parte iluminada, muy pequeña ciertamente, constituye algo somero, liviano, epidérmico: son las sensaciones del momento, los gestos últimos de la voluntad, los recuerdos más flamantes, las ideas, cábalas, inclinaciones y fantasías más nuevas. Tales elementos son conscientes y el individuo ha de ellos conocimiento pleno. Pero esto, que aparenta ser todo el espíritu, es, en realidad, la cascara del espíritu. Como el sol, que únicamente alumbra la superficie del Océano, de parecida manera la conciencia sólo ilumina la envoltura ó parte exterior del yo íntimo: el resto, cuanto el hombre ha vivido, todos los enormes almacenes de su experiencia y de su memoria, sus estudios, sus creencias, sus pasiones, abonos poderosos de su carácter, yacen silenciosos, quietos, perdidos en la caudal tiniebla de lo olvidado. No obstante ellos, desde la oscuridad, gobiernan al individuo y alimentan su ánimo, como las savias de la tierra nutren al árbol. El sujeto que siente bullir á su alrededor la vida del momento, no suele percatarse de esos influjos interiores á los que, fatalmente, obedece. Lo inconsciente es lo pasado, ¿y no tiene cada hombre el timón de su vida en su pasado?...

Con el sueño, este mundo pretérito, reducido y acorralado en lo más arcano por el vigor absorbente de las sensaciones, recobra su preeminencia y explica la nitidez, frescura y lozanía, que ofrecen en las pesadillas los recuerdos, y las extraordinarias capacidades de inducción de ciertos temperamentos para discernir rectamente lo peligroso de lo favorable y adentrarse en lo futuro. Es un estado de alma más comprensivo que el de la vigilia y, por lo mismo, capaz de mayores visiones y de síntesis más fuertes. Nada sobrehumano existe en él. Sus apariencias maravillosas no son reflejo de ningún poder oculto, diabólico ó divino, ajeno al hombre, sino eterizada frutación nacida de los hondos entresijos y preciosísimas enjundias de su propia alma.

Claro es que el mecanismo fisiológico del sueño modifica directamente tan delicado desdoblamiento espiritual. La llegada de aquel es motivada por una disminución ó aquietamiento paulatino de la circulación cerebral. En este caso, más que en otro alguno, los sistemas vascular y nervioso se influyen mutuamente: la escasez de sangre acarrea un reposo mental, y á su vez éste, pacificando su dinamismo, reclama menos la colaboración fecundante de aquélla. El sueño tuvo siempre las mejillas pálidas. Conforme la dulce catalepsia se avecina, el corazón y la respiración van tranquilizándose y la temperatura general del cuerpo decrece. El individuo siente disminuir su personalidad: ha cerrado los párpados; los ruidos exteriores parecen, por instantes, llegar á él de más lejos; lentamente sus pies, sus manos, su mandíbula, que entreabre la fatiga, dejan de pertenecerle. Si en tal momento le preguntasen su nombre, dónde está, qué piensa hacer al día siguiente, tardaría en responder. Su conciencia, cada vez más pequeña, es como fruta que fuera secándose, hasta aquel segundo en que vencida la luz pensante para extinguirse lanza un resplandor, igual á la última contorsión de una flama de aceite en la tiniebla de una alcoba. Después el sueño, imagen de la Muerte, caricatura de la Nada...

Este descaecimiento fisiológico señala en la vida espiritual dos momentos. El alma, que no es una fuerza pura y sí una especie de entelequia material, y de consiguiente mortal, aunque menos tangible y grosera que la puesta al alcance de los sentidos, vive dentro del cerebro como un telegrafista en su oficina: mientras ésta funcione, mientras sus hilos vibren recibiendo las comunicaciones del exterior, aunque sean escasas, el empleado no debe marcharse. Así el espíritu, que en tanto la carne duerme no halla ocasión de emanciparse completamente, pues raras veces el descanso de aquélla es absoluto. Por mucho que la eficacia circulatoria haya disminuído, casi siempre subsiste la necesaria para mantener en vago alerta los centros de la memoria, de la imaginación, del entendimiento y aun de la voluntad. Entumecidas las células cerebrales, funcionan torpemente, pero no callan, y los esfuerzos del espíritu por reducirlas á silencio ó despabilarlas de una vez, fracasan: son como teclas de un piano roto, sobre las cuales los dedos del ejecutante más hábil se crisparán en vano. Requeridos por aquél, los recuerdos acuden á medio vestir, descoloridos, emborronados; la fantasía, coja también, los sopla y retuerce, y con tantos añicos de imágenes traza ideaciones bárbaras. De esto proviene la horrorosa teratología de los sueños.

En las ensoñaciones cotidianas y vulgares, acuérdese ó no el individuo al despertar de lo que soñó, el espíritu nunca consigue separarse totalmente del cuerpo, y su vida, de consiguiente, queda circunscripta á la rememoración ó rumiación de sus propias ideas; y si algo extraordinario concibe ó le sucede, no es porque salga á buscarlo, sino merced á la presencia de alguna otra alma amiga ó rival, que le visite, pues él se halla en la situación de un prisionero asomado al ventanuco de su celda. Unicamente cuando el cerebro apaga todas sus luces, en los sueños profundos, en la catalepsia, remedo solemne de la muerte, y también en el sonambulismo, parodia admirable de la vida, el espíritu queda libre y dueño de acudir al sabat.

Tal era la rara disposición psíquica de don Gil, y lo que le permitía vivir una vida intensa y aparte. Poco á poco su alma, demasiado fuerte para su cuerpecillo, había ido independizándose, y apenas el cansancio físico lo postraba, desataba sus ligaduras y, como esencia que se evapora, huía de él. Lo que al principio era casualidad y suponía trabajo, hízose luego fácil costumbre. Entonces todas las imágenes de su mundo íntimo resucitaban; sus fervores y apetitos se desentumecían; era alegre, enamorado, violento, emprendedor, audaz. Esta diligencia, que en ocasiones arrastró al cuerpo y sonámbulo lo llevó por las calles, sólo podía ejercitarse en las personas dormidas y duraba hasta el amanecer. Con el canto de los primeros gallos, todo concluía. Don Gil, en realidad, únicamente estaba despierto de noche. De día, que parecía despierto, estaba dormido.

El número de sus queridas era considerable; nunca bajaba de ocho ó diez y á todas su salacidad entretenía con igual devoción.

A doña Amelia la frecuentaba por humorismo y afición graciosa á lo extravagante. También la quería por misericordia, condolido de verla tan obesa.

Mucho tiempo hacía que la viuda de Guijosa, tanto por pereza como por desilusión y empacho de todo, ni usaba corsé, ni salía á la calle.

En la juventud de esta mujer se escondía una historia. Doña Amelia, antes de casarse, tuvo un amante. Era un prestidigitador genovés, aventurero y galán, que llegó á Puertopomares con una compañía de acróbatas. Alucinada, en un rapto de locura la moza se dió á él. Fué algo irresistible y fulminante, como una caída á plomo. Durante varios días los enamorados se reunieron en una casa de las afueras, á la terminación del Paseo de los Mirlos. Mediaba el invierno y la celeridad de los crepúsculos favorecía las entrevistas. Cierta tarde, en que nevaba mucho, la joven, volviendo de una cita, resbaló y se quebró una pierna. Con el dolor perdió los sentidos, y cuando brazos piadosos la recogieron del suelo y transportaron á su casa, unas cartas que llevaba dentro del corsé descubrieron su pecado. En el pueblo decían que su madre falleció del disgusto.

También Amelia sufrió mucho; el hueso roto no acababa de soldarse; sobrevinieron complicaciones y los médicos juzgaron necesario cortar la pierna. Convaleciente todavía fué recluída, por decisión de su padre, en un convento de monjas capuchinas, de Salamanca. Allí permaneció dos años. Ya huérfana regresó á Puertopomares, y al poco tiempo un labrador rico, llamado Guijosa, desoyendo consejos malsanos, la tomó por esposa. Ella supo agradecer esta generosidad: amaba á su marido y llegó á quererle entrañablemente: era buena, fiel, económica, alegre y dócil. Vivía para él y había en este caudal derramamiento de ternura, como un deseo de borrar el pasado. La opinión, empero, nunca llegó á indultarla completamente, y cuando los vecinos que la conocieron soltera, oían resonar en las desiertas calles, ó en la iglesia, su pierna de palo, se acordaban del prestidigitador genovés. A lo largo de los años, la nieve producía en ellos igual evocación.

—Una nevada como ésta—decían—cayó la tarde en que Amelia, la mujer de Guijosa, se rompió la pierna.

Y, sonriendo, contaban las historia.

El temprano fallecimiento de Guijosa, llenó de lutos el corazón de doña Amelia, y como no tenía hijos, su pena fué mayor. No salía ni siquiera á misa; no hablaba con nadie. Hízose silencio su dolor, y su pesadumbre y su quietud se resolvieron en obesidad. Comenzó á engordar y en menos de un año su antigua belleza rubia, que fue grande y picante, se arruinó. Creció la carne alrededor de los ojos, los carrillos se hincharon, la línea, antes grácil, de la garganta, naufragó en la flacidez de una papada bovina; desvanecióse el cuello y la cabeza quedó asentada sobre la convexidad rojiza, siempre sudorosa, de la espalda. Los brazos rollizos, el pechazo abultadísimo y temblón, el vientre pomposo como una cúpula, las caderas enormes, los muslos semejantes á troncos de un viejo bosque sagrado, componían un bloque recio y amorfo. Cuando se quedaba dormida en su sillón, las babas que hilo á hilo fluían de la rota granada de su boca, anegaban la hendidura profunda de los senos. Doña Amelia, á los treinta y cinco años, llegó á pesar ciento sesenta kilos, y de tan infortunada manera habíase desenvuelto su carnaza, que, cuando quiso salir del aposento donde á raíz de la muerte de Guijosa permaneció encerrada varios meses, no cupo por la puerta. Sus familiares, para libertarla, decidieron arrancar los batientes y aun demoler el tabique, si era necesario; mas ella no lo consintió, recelando las habladurías irónicas del público, y sostenida también por la secreta esperanza de adelgazar.

Doña Amelia pasaba las tardes en su balcón, sentada de espaldas á la calle. Un día vió al hombre pequeñito, don Gil la miró y aquella noche soñó con él. Fué una alucinación libertina de la que la viuda de Guijosa, cuyos nervios olvidaron el amor hacía tiempo, despertó avergonzada. ¿Cómo pudo producirse tan goloso quebranto? Y sus mejillas honestas se acaloraban cual si alguien la hubiese sorprendido desnuda. Sin embargo, la dulce ensoñación se repitió otra y muchas veces; y no merced á esas ideaciones difíciles que la lujuria de las personas dormidas compone, sino del modo más hacedero y corriente. Era ella que, obligada por la sofocante opresión de su obesidad, dormía pecho arriba, y don Gil que aparecía de pronto y, como esposo, sin otros requerimientos, avisos ni preámbulos, se acostaba á su lado. Doña Amelia veía su cabeza lívida junto á la suya, y su alucinación era tan precisa que reiteradamente llegó á sentir á la altura de sus rodillas, el contacto de los pies, generalmente fríos, del enano. Habiéndose habituado á estas visitas, llegó á desearlas. La noche en que don Gil no se presentaba, la viuda de Guijosa dormía mal y á la mañana siguiente estaba triste.

Otro de los hogares predilectos de don Gil Tomás, era el de doña Virtudes. Conoció á sus hijas Enriqueta y Micaela en el bautizo de un niño de don Valentín, habló con ellas y aquel diálogo le encendió el espíritu y sirvió de simiente á su amoroso antojo. Efectivamente había motivos para que la casita limpia y recogida del callejón del Misionero brindase á su laboriosa curiosidad puntos de vista interesantes.

Una honda tristeza—tristeza de almas—llenaba aquel hogar. Esta emoción fluía del carácter y austero empaque de su dueña. Como su cuerpo, alto, rectilíneo y avellanado, era su espíritu, y así su gravedad no significaba dulzura, cordialidad y templada melancolía, sino concisión, acritud, cortesía fingida y hostil. ¡Doña Virtudes! Jamás en nadie rimaron tan bien el carácter y el nombre. Cuantas personas la conocieron joven, aseguraban que la viuda del notario Castro siempre había sido igual. Todo en ella, por tanto, era lógica, consecuencia y armonía. Si nunca faltó á sus deberes conyugales, ni descuidó sus hijos ni su hacienda, tampoco en ningún momento rompieron la anquilosis de su alma, ni la gracia de una frivolidad ni la poesía de un capricho. Era limpia hasta la exageración, económica al extremo de vivir más cerca de la pobreza que de la confortable holgura que sus rentas la permitían, ordenada y minuciosa con un acompasamiento cotidiano y sin misericordia. Bajo su aspecto tranquilo doña Virtudes, que dió á su vida el isocronismo de un aparato de relojería, era una pobre mujer enormemente desgraciada. Su desgracia provenía de que no amaba; doña Virtudes no quería, no sabía querer; sus buenas acciones y el cariño que, sinceramente, pensaba dedicar á sus hijas y á otras personas, eran otros tantos reflejos ó variantes de la absorbente y acendradísima devoción que se profesaba á sí misma. Por eso cuanto la circuía sufría la aridez lapidaria de su voluntad, la dureza fiscal de su corazón que envejeció sin conocer las mieles inefables de la transigencia, del olvido y de la risa. Aquella honda tristeza que irradiaba su alma, como castigo y maldición del cielo á su alma volvía.

Tenía la viuda de Castro un perro pequeñín, al que con sus habilísimas manos fabricó una capa ó chaleco de paño negro adornado por un cordoncillo rojo; lo único que no le puso á tan pintoresca prenda, acaso por falta de tela á propósito, fueron bolsillos. El pobre «Tarara», que así se llamaba el can, era esclavo de aquella prenda ridícula que le endosaban todas las mañanas para mayor pulcritud y ornato de la casa, y tal vez por un alarde de honestidad. Ya vestido, «Tarara» no debía rascarse, ni echarse á dormir, como no fuese en la yacija que la previsión de su ama le tenía dispuesta debajo del fregadero, ni revolcarse entre la hierba del jardín. Tampoco podía ladrar ni brincar sin exponerse á severísimos latigazos. Correrías y distracciones de otra índole, ni por pienso. El desdén que á doña Virtudes la inspiraban los hombres, quería que «Tarara» lo aplicase á las perras. De tanta castidad y de tan riguroso encierro, el animalito enfermó; no acababa de morirse, pero nunca tenía salud: llevaba el rabo caído, los ojos mustios y en los días húmedos su cuerpo miserable se agitaba con el temblor de la perlesía. A los ocho años aun guardaba intacto su recato: era, dentro de su noble raza, una especie de San Luis Gonzaga, dicho sea sin resquicio de burla y estimando igualmente las buenas cualidades que tuviese el santo y que tuviera el perro.

Este régimen inflexible que afligía á «Tarara», alcanzaba á cuantos animales, chicos y grandes, vivían con él. Bajo la sedante penumbra conventual de las habitaciones, los pájaros cantaban á horas fijas y siempre á media voz. En la huerta, las gallinas y las palomas también estaban alicaídas. Los conejos, habituados á una alimentación absolutamente reglamentada, habían acompasado sus movimientos y expansiones. Hasta el pececillo que nadaba dentro de un globo de cristal, sobre la mesa del comedor, parecía aburrirse.

Rigores semejantes experimentaban todos los individuos y objetos de aquel hogar: la severidad, el orden más estricto, derramaban por las paredes una frialdad dura. A través del tiempo y de los acontecimientos, prósperos ó adversos, más trascendentales, los muebles y hasta los cachivaches nimios, ocupaban invariablemente los sitios en que, al comprarlos, fueron colocados. Había un lugar para cada objeto, y una hora, siempre la misma, para cada acción: la hora de tomar el desayuno, de lavarse, de almorzar; la hora de salir al jardín, de encender la luz, de tocar el piano. Nada rompía aquella disciplina entumecedora. El único hijo varón de doña Virtudes, que vivía en el extranjero dedicado al comercio, después de ocho años de ausencia, regresó unos días al lado de su madre y de sus hermanas. Micaela y Enriqueta lloraban de júbilo. Doña Virtudes, muy contenta también, abrazó y besuqueó al mozo con toda la ternura de que su carácter entonado y vertical era susceptible. Transcurridos los primeros momentos, el forastero pensó en asearse y pidió un cepillo.

—¿Dónde lo dejaste, cuando te fuiste de aquí?—preguntó la anciana.

Quedóse el interpelado atónito; luego frunció las cejas; reflexionaba y las viejas imágenes de su infancia vivida entre aquellos muros firmes, inmutables, como los muros de las cárceles, resucitaban sobresaltadas en su memoria. De pronto, vió claro.

—¡Como no esté en el hueco de la ventana del gabinete!...

Su madre sonrió contenta de que aquellas primeras impresiones perseverasen en él, no obstante los viajes y el tiempo.

—Vé—repuso—que allí lo encontrarás.

Esta fanática regularidad de costumbres trascendió y fué célebre en Puertopomares; los vecinos la glosaban y era motivo tan pronto de compasión como de risa. La casita del callejón del Misionero, con sus dos ventanas enrejadas, su ancha puerta siempre cerrada y su tejaroz muy saledizo, tenía el frontispicio melancólico y umbroso de un convento ó de una prisión, el aspecto amustiado del lugar donde está cumpliéndose una injusticia ó un dolor. Ante ella los mendigos pasaban de largo. El pueblo, con su gracia y su admirable buen sentido, designaba aquel hogar inflexible donde todo parecía cumplirse militarmente y á toque de corneta, «la Casa-Cuartel de doña Virtudes».

Esta inhumana aspereza de costumbres determinó en Enriqueta y Micaela una intensa reconcentración de caracteres, una superabundancia de vida interior. Hablaban poco y eran muy comedidas en sus ademanes y modo de vestir, pero la jovialidad y avispada brillantez de sus ojos claramente designaban el íntimo alboroto de sus pensamientos y apetitos.

Un interesantísimo drama psicológico separaba á las dos hermanas; una gesta entre sus deseos y deberes respectivos, que era también un duelo de vanidades.

Enriqueta, la más joven, vencía á la primogénita en belleza, estatura y señoril presencia: tenía el mirar seguro y dominador, la boca impertinente, grave el carácter, los cabellos de ébano, las actitudes teatrales. Con su hermosura corría parejas su elación. Por egolatría, Enriqueta de Castro apenas tuvo novios, y entre éstos ninguno hubiera podido vanagloriarse de haberla hurtado el más leve favor. Sin embargo, su irreductible castidad no era convicción ética, sino orgullo. Reconocíase muy bella, muy alta y sin necesidad, por tanto, de atizar el infierno de las concupiscencias masculinas con coqueterías y miradas; á su juicio, mostrándose sólo hacía bastante. Dar la mano, sonreir, interesarse en alguna conversación, constituían otros tintos sacrificios para su altivo ánimo. Se adoraba y nunca sintió amor por nadie. Su moral, todo su carácter, habían cristalizado en un gesto soberbio.

Micaela, rubia y nacarina como una muñeca, era linda también, pero brillaba menos: la perjudicaban la tacañería de su estatura, la línea irregular de su nariz y la amplitud demasiado carnosa de su espalda. Al lado de su hermana, en todas partes solicitada y preferida, Micaela sufrió muchas humillaciones. Sin embargo, los galanes que cortejaban á Enriqueta, concluían enamorándose de Micaela. Esta era la lucha íntima, el terrible torneo sin palabras que separaba á las hermanas. Los hombres que procuraban inútilmente emocionar la sensibilidad de Enriqueta, sin advertirlo quizás, iban acercándose á la primogénita y buscando en ella un refugio, un consuelo, un alivio. Micaela brillaba menos, pero era más humana, más mujer. Su emotividad acaso fuese una disposición de temperamento, tal vez un cálculo. Ella comprendía que á la pasión que ruje y lo exige todo, conviene, á prudentes intervalos, concederla algo para enardecerla y obligarla á seguir pidiendo, pues, flaco y muy para poco es el deseo que sintiéndose correspondido con redoblados ahincos no suplica y procura. La devoción que á primera vista no alcanzaba su belleza, la obtenían luego sus dádivas. La actitud soplada, el cuello erguido, el entrecejo duro, de Enriqueta, parecían decir:

«Soy más hermosa que tú...»

A cuya afirmación rotunda, un poquito cruel, los ojos azules y la boca encendida y festera de su hermana, respondían:

«No me importa; todos tus adoradores lo serán míos, cuando yo quiera...»

Y así era, en efecto, pues los hombres, generalmente más sensuales que artistas, más devotos de la carne pecadora que del mármol, prefieren á la venustidad inabordable las dulzuras de la fragilidad.

El espíritu galán de don Gil advirtió en seguida esta interesante contienda moral y luego de estudiar bien á las dos mozas, para mejor conocerlas, tomó de ellas posesión sabrosa.

Al revés de lo que le hubiese acaecido de correr aquella doble aventura dentro de su verdadera forma corporal, don Gil halló más emociones y mayores motivos de curiosidad en Enriqueta que en su hermana. Para Micaela, que antes de conocer á Romualdo había tenido un amante, las salaces asiduidades del hombre pequeñito no podían ofrecer un interés excepcional: recibiólas, de consiguiente, sin sorpresa, sin humillación, y apenas recordaba de ellas cuando al otro día se miró al espejo. Para Enriqueta, en cambio, fueron un latigazo de llamas, una trepidación hondísima que removió y escandalizó su virginidad.

Conocía de vista á don Gil y parecíale feo y ridículo; sin embargo, cuando soñó hallarse entre sus brazos, no quiso defenderse, ó, más exactamente, la caliente acometida del sátiro fue tan inesperada y tan dulce, que no pudo rechazarla. ¿De dónde venían aquel estremecimiento inefable, aquella suavísima congoja, que, cubriéndola de mador las sienes, tan rudamente alborotaban sus sentidos y el latir de su corazón? Y cuando la misma violencia de su voluptuosidad la despertó, ¿por qué sentía vergüenza?... Poco á poco, intentó explicarse aquellas alucinaciones; pero así como nadie logró determinar la línea en que la vigilia y el sueño se funden, tampoco pudo ella saber la manera y momento en que la impura emoción se producía. Únicamente precisaba los hechos. Su espíritu dormía; de pronto, su conciencia experimentaba la noción de hallarse inmergida en una densa sombra; á su alrededor todo callaba, todo era negro. Luego, por un lado, aquella fortísima tiniebla palidecía, y sus ojos, esos ojos con que las almas ven aunque los párpados estén cerrados, vislumbraban una mancha glauca y amorfa, un temblor indeciso, una especie de nimbo espectral. Acompañaba á este fenómeno un miedo raro de amante que espera la hora de la cita; un miedo dulce, que más tenía de voluptuosidad que de angustia. Hasta que, súbitamente, aparecía don Gil, y Enriqueta, tiritando de horror, contemplaba sobre el terciopelo rosa y blanco de sus senos el espanto de aquella cabeza amarilla.

Resentida su salud y atropellada en su orgullo, la joven procuró desvanecer el sucio sortilegio. Sentíase vejada, asqueada, irritadísima consigo misma. ¿Cómo suprimir estos desvaríos que ella, recordando ciertas lecturas, achacaba á una turbación medular? También la encolerizaba su predilección por lo feo. ¿Por qué no ligaba sus ensueños á cualquiera de los buenos mozos que conocía y gustaban de ella; á Luis Olmedilla, por ejemplo, ó al mismo don Juan Manuel, que, aunque viejo, era gracioso, limpio y galán, y no al descolorido, caricaturesco y misterioso don Gil?...

Su decisión fué tan firme, que varias noches consecutivas resistió al sueño. Se acostaba, encendía una luz y leyendo esperaba la salida del sol. Pero otro día, no bien cedió al cansancio, el hombre pequeñito reapareció y tornó á lograrla, tan prestamente como si paso á paso hubiese acechado el dulce momento. Esta lucha con la virgen orgullosa y rebelde, encantaba á don Gil.

Sin embargo, María Jacinta, la unigénita de don Artemio Morón, interesábale infinitamente más, y no porque aquella delgada y frágil criatura, con sus ojos distraídos y dulces y sus mejillas eucarísticas, se acercase á la saludable belleza de Enriqueta de Castro, sino porque la acuidad de su sensorio y los refinamientos malsanos de su imaginación, le allanaban la tarea. La conquista de María Jacinta no le costó trabajo; la señorita Morón era una neurótica expuesta á frecuentes crisis de ninfomanía. Los primeros responsables de estos desarreglos y perversiones eran Luis Olmedilla, Romualdo y otros individuos de buen humor que todas las noches, á última hora, concurrían á la Fonda del Toro Blanco. A estas tertulias iba muchas veces don Artemio, y como siempre pecó de distraído, sus amigos le deslizaban furtivamente en los bolsillos del gabán láminas y libros pornográficos, con la miserable intención de que luego María Jacinta los viese. Así sucedía, efectivamente: en la quietud de la botica la virgen curiosa releía aquellas páginas infames, y se abrasaba en la contemplación de los grabados obscenos. De este modo conoció todos los momentos, todos los desvaríos, del dulce secreto. Una noche, hallándose dormida, sintió en su vientre la presión de un cuerpo, y sobre los riñones la caricia de unas manos, y entreabriendo los párpados creyó ver á don Gil. El hombrecito de color de miel no necesitó esforzarse para ir tan lejos; cuando llegó, la seducción de la doncella, gracias á la labor preparatoria de los ociosos del Toro Blanco, estaba hecha.

Con ser tan abundante el tragín seductor de sus noches, aun quedábanle tiempo y ganas á don Gil para nuevos devaneos, y así, de cuándo en cuándo, visitaba á Flora, la prima de María Jacinta, que también era muy guapa; á las hijas de don Valentín, Serafina y Mercedes; á las señoritas de Fernández Parreño, y aun se atrevió á turbar diferentes veces el reposo de doña Evarista, tan desengañada y separada del amor por lo mismo que siempre vivió de él.

Dentro de esta existencia, colmada aparentemente de satisfacciones, don Gil Tomás no era feliz. De día su carácter mostrábase reservón, callado, ecuánime y un poco triste. Cuando el solitario del Paseo de los Mirlos se autoinspeccionaba, refería su tristeza al aislamiento de su vida y á su aburrido holgar. Su pena, sin motivo, sin término, sin nombre, parecía derivarse de su inacción.

—¡Si yo pudiese trabajar en algo!—meditaba.

En realidad, su melancolía era el reflejo ó la sombra que irradiaba sobre sus vigilias el grave misterio de su vida nocturna. Don Gil era desgraciado de día porque también lo era de noche, y esta congoja noctámbula enfermaba sus nervios. El hombre pequeñito estaba enamorado, á perder, de doña Fabiana, la esposa del albeitar. Apenas cerraba los párpados, su alma retorcíase, como sobre un potro, en el ardientísimo deseo que aquella mujer, gruesa, trigueña, con su húmeda y encendida boca y sus hermosos ojos aterciopelados y maternales, le sugería.

Pero á semejanza de lo que hubiese ocurrido en la realidad diurna, tangible y soleada, en el mundo de los sueños don Ignacio Martínez defendía á su consorte. Sorprende el paralelismo, la armonía casi perfecta, con que el sujeto desenvuelve su actividad en ambos estados: trepidan los nervios, la inteligencia conoce, mide y calcula la razón, ordena la voluntad, y todas las facultades, todas las ideas, todos los recursos, vehemencias, astucias, fintas y disimulos del ánimo, entran en juego como si el individuo estuviese despierto.

Generalmente el espíritu de don Gil ignoraba dónde pudiera hallarse el de doña Fabiana, aunque presumía, conocidas su apacibilidad y virtud, que no se alejaría mucho de su cuerpo. En averiguarlo, el hombre pequeñito, cuya alma espiaba desde lejos cuanto hacía la de don Ignacio, empleaba horas interminables. La esperanza de poder acercarse á Fabiana un momento le sostenía. Unas veces vigilaba desde el taller del veterinario, resistiendo el hedor del piso cubierto de estiércol; otras escondíase en el despacho ó se aventuraba rampante á la hila de los muros tapizados de hiedra, del jardín: dormían los pájaros en sus jaulas; bajo la luna, las columnas de las galerías pintaban largas sombras oblicuas en el limpio solado; goteaba misteriosamente la fuente... Cierta noche consiguió llegar al dormitorio de doña Fabiana y verla en su lecho, al lado de su esposo y de su hija; la niña ocupaba una cuna.

Con esa portentosa facilidad—rapidez de luz—de los espíritus, don Gil lo apreció todo: la amplitud del aposento, la distribución de los muebles y de las puertas. También comprendió que el alma tranquila y feliz—alma sin deseos—de doña Fabiana, estaba allí, acurcullada dentro de su cuerpo dormido. Vibraba el hombre pequeñito de lascivia y pavura. ¡Oh! ¡Si hubiera podido abordarla y sigilosamente dejar en ella, como un veneno, el recuerdo de su posesión!... Pero pronto finaron sus cábalas, porque el alma del veterinario volvía, y tuvo que escapar.

Don Ignacio, efectivamente, parecía recelar algo; en sueños, su voluntad conservaba el impulso y la exaltación agresiva de cuando estaba despierto; tenía celos y no sabía de quien. Era un caso interesante de adivinación magnética. Muchas noches su mujer le despertaba, asustada de oirle barbotar palabras de cólera y amenaza, y rechinar los dientes.

—¿Qué tienes?—le decía—; oye... ¿Me oyes?... ¡Estás soñando!...

El abría los ojos; destosía; se incorporaba.

—Sí—repetía—es verdad... estaba soñando...

Pero en aquel instante, por suerte del hombre pequeñito, todas las rudas imágenes que trastornaban el alma de Martínez se habían borrado. Algo, sin embargo, semejante á un légamo de mal humor, dejaban en él estas pesadillas. Al día siguiente su carácter agriado padecía tempestades terribles de cólera, que él achacaba á un exceso de bilis. Todo le irritaba entonces, la emprendía á puntapiés con los muebles, no soportaba que nadie le contradijese y se mordía todas las uñas. Era un prurito de reñir, de romper.

Por las mañanas, Antoñita, que era muy avispada y graciosa, conocía si su padre estaba ó no de buen humor por la cola de «Bock», el fosterrier que dormía en la alcoba familiar.

Salir «Bock» del aposento con el rabo entre piernas, era señal infalible de tempestad; le habían pegado; el amo estaba furioso, quería pelea. En cambio, si el animal llevaba el rabo en alto, podía asegurarse que don Ignacio se levantaba contento. Esta ingeniosa observación de la niña la comprobó su madre; la asociación y sincronismo de ambos hechos llegó á ser evidente y constante; la presión moral de Martínez se reflejaba, como sobre un barómetro, en la cola del perro.

Don Gil y don Ignacio salían juntos algunas noches del Casino, unas veces con don Valentín, otras solos, y en el silencio de la calle Larga las pisadas seguras del veterinario sonaban marciales; los pies diminutos de don Gil, por el contrario, caminaban sin ruido. Martínez hablaba alto, tosía, gesticulaba levantando los brazos y con los puños apretados. El enano, impasible y amarillento, se limitaba á oir. En la Glorieta del Parque se despedían, y el hombre pequeñito seguía hacia su casa.

Su figura, su palidez, el misterio de su cara que nunca había reído, el cenobítico retraimiento de sus costumbres, la emoción de asco y miedo que todas las mujeres, unidas á él por un concubinaje absurdo, experimentaban al verle en la calle, eran pormenores que lentamente iban afianzando sus prestigios de brujo. El pueblo recordaba siempre la muerte de Manuel Ayala y el sueño profético de Ursula Izquierdo, y la imaginación fértil de los comentaristas empeoraba los hechos. A pesar de no haber causado mal á nadie, al menos de un modo fehaciente y preciso, sus convecinos, supersticiosamente, se apartaban de él. Era el brujo, el morabito jorguín portador de la mala sombra; el jettatore cuyos ojos impasibles, color de cobre, al mirar, repartían el mal hechizo.

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