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El misterio de un hombre pequeñito

VII

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No eran aún las nueve cuando don Gil subía las escaleras del Casino. Teodoro, que estaba barriendo el zaguán, caminó tras él, para servirle. Iba en mangas de camisa; llevaba un plumero en el sobaco izquierdo y sobre el flaco pestorejo y á modo de bufanda, un trapo de sacudir el polvo.

—Voy con usted, don Gil—dijo—, porque supongo que querrá usted tomar algo.

—Sí; tomaré un ajenjo.

El hombre pequeñito cruzó el salón de baile, que rápidamente iba llenándose de sol, y en la galería buscó una mesa desde donde atalayar la esplendidez majestuosa del vasto panorama, verde, plata y azul. Sobre el intensísimo añil celeste, las montañas, cubiertas de tupidos bosques, se recortaban magníficamente. En la blanda lozanía vernal de la vega albeaban numerosas casitas; enfrente de la estación había detenido un tren de mercancías, y el humo de la locomotora elevábase verticalmente en la atmósfera tibia y quieta. Don Gil ocupó una silla y se quitó el sombrero, que colocó cuidadosamente en un velador próximo.

Tuvo entonces un suspiro largo, entrecortado y gozoso, de descanso. Apoyó los pies sobre el travesaño delantero de la silla y con un pañuelo enjugóse el sudor de su frente pálida. Su cabeza era tan grande para la parvedad del enlutado cuerpecito, que las orejas y los hombros casi se hallaban en la misma línea perpendicular.

Teodoro se le acercaba con el servicio del ajenjo.

—Mucho ha madrugado usted hoy, don Gil.

—Me eché á la calle muy antes de que saliera el sol. Más de tres leguas llevo andadas.

—¿De paseo, verdad?

—De paseo: ir á Torres de la Encina y volver.

—Hace usted bien; el ejercicio es el mejor médico. A don Juan Manuel también le gusta levantarse temprano. ¿No le ha visto usted hoy?

—No.

—Va mucho por ahí, porque en el término de Torres de la Encina tiene un olivar.

—A quien he saludado en el Camino Bajo de la Estación, es al señor Frasquito Miguel.

—Iría á Navahonda.

—No lo sé.

—¿Llevaba el carro?... Pues entonces iba á Navahonda, por leña. Va todas las semanas.

Don Gil aderezó su ajenjo y pidió los periódicos del día. Trájoselos Teodoro y seguidamente marchóse á proseguir el barrido y buena limpieza del local. Un gran silencio llenaba el Casino. En el ambiente blanco de la galería, el hombre pequeñito, amarillento, encogido y trajeado de negro, parecía un niño enfermo. Absorto en la lectura de El Adelantado, diario conservador de Salamanca, don Gil no vió á un hombre que, habiéndole observado unos instantes desde la puerta del salón, se retiró sin ruido. A intervalos prudentes el enano suspendía su lectura, empuñaba la botella del agua y vertía algo de su contenido sobre el terrón de azúcar puesto en un tenedor colocado sobre los bordes de la copa. El agua, filtrándose á través del azúcar, caía gota á gota, y abajo, en el fondo del vaso, el verdor del ajenjo insensiblemente palidecía. La figura inmóvil de don Gil daba á la sencilla operación una expresión medrosa y rara, un enigma de maleficio.

Terminada su faena, Teodoro reapareció y fué á sentarse al extremo opuesto de la galería. Encendió un cigarro. Sus ojos azules, dóciles, buenos, iban de un lado á otro, con la satisfacción de la labor realizada, y á ratos se detenían en don Gil. Desde allí sólo podía verle la mitad inferior de las piernas; el cuerpo se disimulaba tras el periódico abierto.

Teodoro pensaba:

—Verdaderamente, el pobre es muy pequeñito...

Luego, su ánimo siempre fiel al cumplimiento de sus deberes, examinaba lo hecho: la escalera y el portal ya estaban barridos; había fregado los espejos y cepillado el paño de las mesas de billar; únicamente le quedaban por sacudir la cocina y la sala de juego. Este honrado monólogo interior lo interrumpía de vez en vez don Gil, quien, para continuar leyendo, daba á El Adelantado un nuevo doblez.

Entonces Teodoro volvía á decirse:

—¡Pero qué chiquito es!...

A media mañana don Gil Tomás, que había concluido de beber su ajenjo, dejó los periódicos, se puso el sombrero y se deslizó de la silla abajo. Primero apoyó en el suelo un pie, después el otro.

Teodoro también se levantó, servicial y reverente.

—¿Ya se marcha usted?

—Sí; me voy á casa. Hasta luego.

—Hasta luego ó hasta mañana.

—Adiós, Teodoro.

Salió y caminó por la calle Larga. La convicción de que era ridículo le cohibía y no miraba á nadie. Cerca de la Fonda del Toro Blanco, en el portal de la ferretería de don Isidro Peinado, vió á María Jacinta, la hija del boticario, y á otras dos muchachas. Saludólas tocándose con una mano el ala del sombrero.

—Buenos días.

—Buenos días, don Gil...

De rubor, como amapolas, se pusieron las tres.

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