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El misterio de un hombre pequeñito

VI

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¿Cuántos hechos similares fueron necesarios para que el vulgo reconociese que una especie de mortal maleficio iba unido á la presencia de aquel hombre pequeño y amarillo?... Muchos debieron ser, pues el distraído espíritu popular no se fija y concreta sin una abundante síntesis de fenómenos iguales: de suerte que cuando la opinión comenzó á decir que don Gil era brujo, fué porque de súbito creyó ver en él numerosísimos rasgos y momentos que lo atestiguaban así.

Dos episodios verdaderamente impresionantes, acaecidos casi á continuación el uno del otro, y que dictados parecían por un mismo criterio de venganza, sirvieron de coyuntura ó motivo para que este supersticioso juicio se afirmase.

A los tres años de vivir don Gil en Puertopomares, tuvo la desgracia de enamorarse de Ursula Izquierdo, sobrina del rico hacendado don Rogelio Pérez Izquierdo, y una de las muchachas más lindas de la provincia. Tan urgentes, tan cegadores, fueron los deseos que su buen palmito y mucho donaire atizaron en don Gil, que no pudo éste retenerlos ocultos, y así, desoyendo las voces de su modestia, aventuróse á dejar que la cuita de su corazón le subiese á los labios festar (?) su cuita poniendo en los labios su corazón. Como era de suponer, conocidas las mezquinas trazas del galán, aquel amor no obtuvo correspondencia, y don Gil sintió germinar en sus profundos, hacia la ingrata, un rencor infinito.

Transcurrieron varios meses. Una mañana Ursula Izquierdo se levantó muy triste. Sus padres la acosaban á preguntas impresionados por aquella lividez.

—¿Qué tienes?...

—Nada; pena... ¡Nada!...

A la hora del almuerzo no quiso comer. Tenía frío, calor y, sobre todo, miedo... un miedo horrible á algo que, según ella, estaba á su lado y nadie veía. Por la tarde, en una tertulia de amigas íntimas, declaró la razón de su angustia. Pesaba sobre ella la sugestión de una pesadilla vitanda. Había soñado hallarse en un jardín con varias muchachas; todas reían, danzaban y estaban muy alegres, cuando por entre las hiedras de un cenador apareció la Muerte, embozada en un peplo blanquísimo y con las apariencias esqueléticas que le atribuyen los pintores. La Fría quedóse observando atentamente á las jóvenes, como si buscase entre ellas una víctima; todas habíanse vuelto de espaldas y procuraban esconder su rostro en el seno de una compañera. Cesaron las risas y un soplo helado atravesó el jardín; amortiguóse la luz en el espacio; palidecieron las rosas. La Muerte continuaba mirando, adelantaba el cuello y su frontal amarillo brillaba siniestro bajo la claridad de la tarde; sin duda quería ver...

A su lado, de improviso, surgió don Gil Tomás, vestido de negro y llevando sobre sus hombros tallados en forma de acento circunflejo, la enormidad de su cara color de limón. El hombre pequeñito mostrábase aliado de la Lívida; hasta la protegía.

—¿Qué quieres?—la preguntó.

Repuso la Muerte:

—No hallo lo que busco.

Y don Gil:

—Yo sé á quién buscas. ¿Era á ésta?...

Adelantóse hacia Ursula Izquierdo. La joven esperimentó una angustia indecible; quiso gritar y los músculos de su garganta, pasmados y mudos, no la obedecieron; castañetearon sus dientes; sus sienes humedeciéronse con el mador de las agonías. Procuró entonces ovillarse más, acuclillarse mejor, tapándose con las haldas de sus compañeras. Pero el enano no la perdonaba: le oyó acercarse y sintió en la nuca el contacto de su mano fría y parva.

—No te escondas—dijo don Gil—, es á ti, á quien busca la Muerte.

Tiró de ella con fuerza, obligándola á levantarse, y como Ursula, aun á despecho de su voluntad, alzase los ojos para mirar, recibió en ellos el maleficio que irradiaban las cuencas vacías de la Flaca y el desencanto nevado de su risa.

—¿Era ésta tu elegida?—insistió don Gil.

La Muerte repuso, sin aproximarse:

—Esa es.

Volvióse el hombre pequeñito hacia la víctima:

—Ya lo sabes; ahora te advierto que, para arreglar los asuntos de tu conciencia y despedirte de los tuyos, dispones de tres días.

Con esto desvanecióse la pesadilla, y la descripción que de ella hizo Ursula á sus amigas no las impresionó mayormente. La alucinación, sin duda, era interesante, estaba desenvuelta con lógica y testimoniaba el odio que roía el hermético corazón del enano; ¿pero cuántas extravagancias peores disponen y trenzan á cada instante los espíritus absurdos del sueño?... Ursula Izquierdo, sin embargo, no podía hurtarse á la emoción de una escena que vió y oyó y estremeció su ánimo, con el vigor de la verdad. Su pesadilla ocurrió en la noche de un jueves, y la joven, aunque aparentaba haberla olvidado, iba contando uno á uno los momentos de aquellos tres días que don Gil puso de término á su vida. El sábado despertóse muy contenta y por la tarde asistió á un bautizo. El lunes, sorprendidos sus familiares de no verla levantada á la hora de costumbre, fueron á su dormitorio y la encontraron muerta. El cuerpo estaba ya rígido, y la serenidad del semblante revelaba que en sus postrimeros instantes no hubo dolor. Entonces fué cuando el ensueño de Ursula Izquierdo se divulgó: las mujeres se lo referían sintiendo frío en la espalda, y cuando se tropezaban con el hombre pequeñito en la calle, se signaban, ó miraban á otra parte, esquivando la jettatura ó mal hechizo de sus pupilas color de cobre, ó procuraban agarrarse á una reja, para con el contacto del hierro evitar el aojo.

El otro hecho que ayudó á consolidar el tablado de nigromancia ó brujería en que don Gil Tomás iba colocándose, ofreció también significativa originalidad.

A pesar de la templanza que don Gil ponía en todas sus palabras y acciones, y del retraimiento y silencio en que su timidez gustaba recatarse, no faltó quien, intemperante y mal educado, le buscase camorra. Iba el hombre pequeñito por la calle Larga, en dirección al Casino. Al enfrentar la casa Correos, como fuese distraído, tropezó con un borrico bien cargado de cazuelas, botijos, pucheros, macetas y otros cachivaches quebradizos y de mucho bulto; asustóse el animal, acaso más que de la fortaleza del encontrón, que no pudo ser grande dado el poco peso de don Gil, de la extravagante figura de éste, y metiéndose alborotadamente en la acera y aculándose contra la pared rompió varios cacharros. Pateaba el bruto sobre los añicos, y con el ruido más se empavorecía y mayores eran los destrozos que sus esguinces y corcovas producían en la ancheta. El hombre pequeñito, avergonzado de su mala obra, no sabía qué hacer. En estas apareció el dueño del burro, quien trabándolo por el ronzal y administrándole algunos puntapiés en los hijares, fácilmente lo redujo á obediencia y quietud. Luego, ya enfurecido, revolvióse contra don Gil, insultándole y propasándose á tirarle de los cabezones. Varias personas, testigos de la escena, intervinieron, librándole de tanta humillación. El hombre pequeñito, convencido de su debilidad, no había intentado defenderse; ni siquiera habló; pero su ira, su rencor, su impotencia, le subieron al rostro como una ola lívida. Sus labios, sus ojos, hasta sus cejas, emborronáronse en la misma nube blanca; su biliosa amarillez hízose nieve; estaba horrible, epiléptico, fantasmal, y los transeuntes mirábanle asustados: hallaban imposible que aquel hombre, en cuya cabeza no parecía haber quedado ni una gota de sangre, estuviese vivo.

El amo del pollino se llamaba Manuel Ayala, y vivía con su mujer y cuatro hijos en una casuca de la Bajada de la Fuente. Al volver por la noche á su domicilio, refirió su disgusto con don Gil, y los incidentes del lance sirvieron, durante la colación, de asunto de plática. La mujer, no obstante, reía poco; estaba preocupada; á ella, aquel hombrecito descolorido y minúsculo la inspiraba miedo.

—Hiciste mal en provocarle—murmuró—; porque, según dicen, ese don Gil es brujo.

Noches después, Manuel Ayala se acostó recomendando mucho á su mujer que le despertase temprano, pues á las cinco de la mañana pensaba marcharse á Candelario, donde había feria. Pero, aunque dormilón, no necesitó que al otro día nadie le vocease ni rebullese, porque él mismo, expontáneamente, se levantó el primero. Y como su cónyuge se maravillase de verle tan despavilado, Ayala repuso:

—¿Y á que no sabes tú quién me ha despertado?... Pues, don Gil Tomás.

Palideció la mujer y él agregó, un tanto sorprendido de la coincidencia:

—Yo dormía profundamente... ¡como que del lado que caí anoche he amanecido hoy!... Cuando, de pronto, aparece don Gil, pero tranquilo, como si nada molesto hubiese pasado entrambos, y me dice: «Manuel, que tu mujer se ha dormido y son las cuatro y media. ¿No tenías que ir á Candelario?...» El pasmo de verle así, á dos pasos de mi cama, según estoy viéndote á ti ahora, me despertó. Me tiro al suelo, miro el reloj... y, exacto: las cuatro y media. ¿Tú lo comprendes?...

Tras un breve silencio, la esposa murmuró profética:

—Yo, en tu lugar, no iba á Candelario.

No prestó atención Manuel Ayala á estas palabras, concluyó de vestirse, aparejó el burro y fuese despidiéndose de los suyos hasta la noche. Alegre y por su pie se marchó, y muerto y atravesado en una caballería le volvieron al tramontar del sol, que en dura pelea un gitano, á quien acaso ayudaba el maleficio de don Gil, de una fiera cuchillada le partió el corazón.

De estos y otros parecidos sucesos que, apenas averiguados, iban con velocidad eléctrica de hogar en hogar, derivóse el taladrante prestigio fascinador de don Gil. Como su poder alcanzase á todos los vecinos, llegó á ser para la vida colectiva de Puertopomares como una argamasa de superstición y de dolor. Los hombres recelaban de él y la mayoría de las mujeres, que de noche sintieron sobre sus flancos el contacto de sus brazos raquíticos, le estaban sometidas por la horrible voluptuosidad del miedo y del asco.

¿Cómo explicar el origen de los ensueños plenamente y de un modo que por igual complazca á la ciencia y á la fantasía? ¿Cómo desenmarañar los linderos que separan la vida orgánica, de aquellos miríficos donde campea la conciencia?...

Para el materialismo, la actividad mental es una secreción encefálica; para el espiritualismo, el alma y el cuerpo son entidades rotundamente diferentes y hasta antagónicas, pero entre las cuales, y mientras dura el fenómeno de la vida, persisten relaciones análogas á las del jinete con su caballo, ó á las del inquilino con la casa que habita. Si la casa se derrumba, el inquilino se va; si el caballo fatigado se niega á seguir andando, el jinete desmonta y continúa solo su camino; cuando el cuerpo, sujeto á todas las lacerías y dolamas de la arcilla cobarde, envejece y retorna á la interminable pudrición de la tierra, el espíritu abre hacia la increada luz sus alas inmortales.

Pero, así como la primera de estas escuelas filosóficas deja inexplicadas las maravillas de la telepatía, los presentimientos, los sueños proféticos, las visiones á distancia y otras sutiles y multiplicadas emociones que nos rozan á cada paso como ráfagas tenues ó sigilosos latidos de un mundo que procura revelarse á nosotros, de igual modo la segunda carece de verdadera trabazón científica: pues si la materia se divorciase de la fuerza, se dividiría y subdividiría más allá del átomo; su disgregación sería infinita; y entre tanto la fuerza, por sí sola, la fuerza aislada, la fuerza «pura», ¿cómo ejercitaría su actividad si sus mismas limpieza y abstracción la incapacitaban para todo contacto físico?...

De ello dedúcese, que preferible sería colocarse en un sincretista término medio, y adoptar un criterio que hermanase esas dos orientaciones seculares del pensamiento. A saber: despojar al espíritu de sus cualidades de indivisibilidad y perpetuidad, y considerarlo como una función ó producto de la materia; pero, al mismo tiempo, atribuirle una substancia más delicada, inteligente y sutil, que la puesta al alcance de nuestros sentidos; algo, no bien estudiado aún, que participe por igual de los elementos físico y moral, y asegure, si no la inmortalidad, al menos una limitada continuación ó persistencia de la conciencia después de la muerte.

Únicamente aceptando esta hipótesis podría aclararse el enigma de los sueños, cuya pavorosa preeminencia campea en la historia de las civilizaciones antiguas y en los textos sagrados.

Para los médicos, los diversos estados del ensueño responden á ideas-imágenes producidas por cerebraciones inconscientes. Fisiólogos esclarecidos aseguran que nunca, ni aun en las horas de reposo profundo, el cerebro descansa completamente; la sangre, si bien con muchísima mayor lentitud que durante la vigilia, continúa circulando por él, lo que mantiene alerta el dinamismo de algunas células y de consiguiente cierto tragín mental. Cuando esta actividad nerviosa es muy pequeña, sus imágenes son inconexas, rudimentarias y reflejan una actitud ó momento puramente físico. Ejemplo: el brazo que un individuo, al dormirse, dejó doblado sobre su pecho, puede sugerirle después la alucinación de ir subiendo una montaña y de hallarse fatigadísimo; la persona que se acostó sedienta, no es difícil que sueñe naufragios ó imagine estar bañándose en un río; una hiperestesia hepática determinará en el sujeto ideas truculentas...

Estos casos, por sus inconexiones y su frecuencia casi cotidiana, constituyen los «estados inferiores» del sueño. Mas hay otros en que es el alma quien toma todas las iniciativas, y á veces su alboroto es tan intenso, tan radiante, que bajo su acción el dormido habla, improvisa versos y traduce libros impresos en extraños idiomas, con una rapidez y una luminosidad intelectual de que él mismo luego se pasma y admira. Tal sucede con cuantos fenómenos abarcan los interesantes capítulos del sonambulismo y de la epilepsia. A juicio de unos profesores, el sonámbulo «ve» los objetos: la puerta que se dispone á abrir, los peldaños de la escalera que bajará después; y, si le hablan, «oirá» efectivamente las palabras que tamborilearon sobre sus tímpanos y responderá á ellas. Según otros, el sensorio del sonámbulo permanece apagado y á oscuras, y, de consiguiente, su alma no «siente», sino que «recuerda», por cuanto lo que parecía sensación es obra ó fenómeno de memoria.

¿Cuál de ambas hipótesis se avecina más á la verdad?... Probablemente ésta no fraterniza con ninguna de ellas, y así, uniéndose las dos, acaso dieran la solución del misterio, porque la naturaleza esencialmente armónica, comprensiva y sintética, aborrece la estridente grosería de los radicalismos. Sin duda el sonámbulo percibe directamente la realidad objetiva, al propio tiempo que su bien despabilada energía interior rememora, imagina, discurre y apetece, exactamente como en la vigilia, pues entre todos los momentos de su alucinación hay un nexo lógico. ¿Qué importa que al despertar el individuo no recuerde nada de lo que dijo ó hizo mientras dormía? ¿Bastará esto á denegar la certidumbre de esa vida cerebral devanada bajo el misterio de la noche y á la cual el reposo del cuerpo confiere la inmóvil majestad de la muerte?...

A tan sutiles honduras psicológicas urgía acogerse para explicar la bien delineada separación entre la carne y el alma de don Gil, y aquella increíble y jocunda autonomía de su voluntad.

El hombre pequeñito no era sonámbulo; su cuerpo enano jamás salió de su hotelito del Paseo de los Mirlos, ni siquiera de su alcoba; pero, en cambio, su espíritu bordonero y licencioso, condenado parecía á la sed de Tántalo.

Esta aptitud giróvaga obra fué indudablemente de una larguísima gestación, y no comenzó á manifestarse hasta que motivos especiales de despecho y venganza, sacudiéndole terriblemente, lleváronle á disponer el temprano fin de Ursula Izquierdo y de Manuel Ayala. Desde aquel momento su alma adquirió una independencia casi absoluta, una elasticidad vencedora de cuantos obstáculos la separaban del mundo objetivo, y entonces se hizo íncubo y aclaró las sombras que tantos años ocultaron el asesinato del infortunado don Alonso. Despierto, don Gil Tomás no sabía nada, no se acordaba de nada, y su cuerpo amarillo vejetaba pacíficamente en la paz lugareña; pero, apenas dormido, su imaginación recobraba las riendas de sus desbocados apetitos, y furores corsarios de venganza y lujuria le escandecían. En la misma noche el vampiro visitaba á María Jacinta, su favorita; á Enriqueta de Castro, otra de sus predilectas, y á tres ó cuatro mozas más; y luego iba á casa de los Paredes, en quienes acuciaba, por diferentes medios, su todavía vago deseo de asesinar y robar al señor Frasquito. Para esto don Gil, que conocía las orzas verdes que el antiguo contrabandista ocultaba bajo la raigambre del chopo, le hablaba á Toribio de ellas continuamente, y así exacerbaba su codicia; á su hermana también la enaltecía la magnitud de tales tesoros, y describíala los aburrimientos de su vida, que pudiendo ser divertidísima era abominable por la blandura y apagamiento de su voluntad. Finalmente, y reconociendo la necesidad de buscarse un aliado, plantábase en Salamanca y en el domicilio de Vicente López, á quien hablaba de volver á reunirse con Rita, y de la cuantiosa fortuna que ésta iba á heredar.

La influencia de don Gil debilitábase mucho con la vigilia, pero nunca llegaba á perderse completamente. Al abrir los ojos á la luz de la mañana, algunas personas, en particular las mujeres, recordaban bien su ensueño de la víspera; otras lo recomponían borrosamente; otras, en fin, no hubiesen podido afirmar si soñaron ó no; pero, aun en éstas, las emociones de la olvidada pesadilla jamás fracasaban del todo, é iban á sumarse á ese légamo de celebraciones imprecisas, de deseos fracasados, de ideas deshechas, donde el sentido íntimo hunde sus raíces.

El mundo psíquico de cada hombre tiene profundidades incalculables, y así, lo que le sucede al individuo con el diccionario de su idioma nativo, del que sólo conoce un exiguo número de palabras, le acontece, pero en una proporción infinitamente mayor, con su vida mental. ¿Cuántos fenómenos ocurren dentro y fuera de nosotros que no vemos? Palabras y melodías, que llegaron á los oídos y no los conmovieron; tonalidades, panoramas, puestas de sol, que resbalaron inadvertidas sobre las pupilas; rebabas de deseos, de imágenes, de entusiasmos, de recuerdos, que un instante vibraron en el espíritu, pero de modo tan somero que la conciencia no los advirtió. ¿Acaso esto no rellena y colma las tres cuartas partes de nuestra zona ética? De donde dedúcese que la notoria poquedad y miopía del sentido íntimo acorta, en más de la mitad, la angustiosa rapidez de nuestra vida, pues á las horas que descuida durmiendo deben añadirse los millares de momentos por entre los cuales, sin sospecharlo, va filando el espíritu.

Los elementos subconscientes representan, dentro del individuo, las ideas de rebaño, de multitud. En una nación las capacidades directoras, los principios inteligentes y activos, están reducidos á unos cuantos cerebros: ellos marcan la orientación, el rumbo, del alma colectiva. El resto lo constituye la muchedumbre, el poder bárbaro del número; son «los ceros», los infinitos ceros, puestos á la derecha de la cifra provista de valor sustantivo. Así las imágenes y determinaciones en nuestro carácter: cada pasión, cada fanatismo, cada capricho, cada antojo detenidos un instante, como mariposa, sobre nuestras cejas; lo más inestable, lo más fugitivo y á ras de piel, por el hecho único de ser consciente, ó, lo que es igual, de vivir en la luz, supone llevar detrás, á modo de oscuro convoy, ejércitos de sensaciones y de ideas eternamente perdidas en lo tenebroso, como los cimientos bajo la tierra. En la vida moral todo es complejísimo, y lo que parecía más sencillo muéstrase luego esclavo de ramificaciones infinitas, pues cada sentimiento, como cada organismo, alimenta millones de sentimientos parasitarios que viven de él, cual los infusorios en la gota de agua. ¿Qué taumaturgo sabría dónde y cuándo comenzó á formarse el daño que, á lo largo del tiempo, ha de herirnos? ¿No es la herencia, quizás, el vehículo mejor de la muerte? Y de igual manera; ¿quién podría enumerar todos los gérmenes que justifican una lágrima ó una alegría?...

En la existencia colectiva de Puertopomares, el brujo del Paseo de los Mirlos, como muchos llamaban á don Gil Tomás, significaba la personificación ó expresión material del arcano inconsciente. Más ó menos de soslayo, su vida enigmática afectaba á la de la comunidad, porque su imagen medrosa había vibrado, siquiera un instante, en todas las memorias. Se le apreciaba, se le temía; el vulgo adivinaba en aquel cuerpecillo blandengue y en aquella cara, que no sabía reir, mociones y potencias teúrgicas de las que nadie era capaz.

Muchas veces, de noche, hallándonos en nuestra habitación sumidos apaciblemente en la lectura de un libro, experimentamos en el dorso de las manos, sobre el cuello ó á lo largo de la espalda, puntos los más agudizados de la sensibilidad tactil, un roce extraño; la presencia de algo objetivo; una emoción innegable, que positivamente viene de afuera. Sorprendidos miramos á nuestro alrededor y nada vemos, pero el débil contacto suele repetirse, distrae nuestra atención y concluye imponiéndonos la certidumbre de que no estamos solos. Imposible dudar. Alguien se ha sentado enfrente de nosotros, alguien nos mira desde la puerta que quedó entornada. ¿Quién nos acompaña? ¿Qué humanos efluvios rozan nuestra piel?... Aun la ciencia no supo decirlo: acaso almas de difuntos, vinculadas á nosotros por recuerdos de aborrecimiento ó de amistad; tal vez espíritus de personas no muertas, sino dormidas, que acuden á conocer nuestro hogar y á informarse de lo que hacemos.

Al cabo de cierto tiempo, la escuálida figurilla de don Gil, fortalecida por los casos de envolvimiento y sortilegio que se le atribuían, llegó á rendir la imaginación pública con tan vertical y absorbente tenacidad, que si alguien recibía esas, que pudieran llamarse «emociones epidérmicas de la soledad», inmediatamente se acordaba de él. Las mujeres no podían olvidarle. En el misterio de los dormitorios, era el dueño, el marido de todas, el sultán. Daba miedo. Cuando iba por la calle, su cuerpecito expandía esa emoción de oscuridad, de silencio, que dejan los entierros.

Las dos criadas, Pilar y Maximina, que compartían la intimidad del hombre pequeñito, padecían la sugestión de su rostro amarillo. Pilar era morena; Maximina, rubia. Por cobardía, más que por inclinación carnal, una tras otra le pertenecieron y continuaban bajo su dominio. Del hotelito del Paseo de los Mirlos, cuya fachada sombreaban dos copudos castaños de India, no salían casi nunca; á las ventanas, siempre celosamente cerradas, rara vez se asomaban, y, sin embargo, parecían contentas. ¿Cómo su belleza y su juventud aceptaban aquel encierro? ¿Era interesado cálculo de no separarse de don Gil, hasta su muerte, para heredarle? ¿Era amor ó sumisión carnal á su insaciable ginecomanía?

Evidentemente, en el redaño de aquella humildad había un miedo. Ni Maximina ni Pilar podían experimentar simpatía hacia el enano. Cuando éste, después de cenar, reclamaba en su alcoba la asistencia de cualquiera de ellas, la elegida le seguía sin manifiesta repugnancia, pero también sin regocijo; y apenas le dejaba dormido cuando bonitamente se escurría fuera del lecho. La idea de que don Gil Tomás era brujo y podía aojarlas, las obsesionaba, y á su lado no hubieran podido conciliar el sueño.

Además, tanto Maximina como Pilar habían comprobado que, no bien cerraba los párpados, el hombre pequeñito se quedaba frío...

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