XII
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La tragedia que por las noches, á vuelta de numerosos y crueles ensueños, iba devanándose en la casa del chopo, continuaba su curso.
Tan fuerte y constante era la sugestión de don Gil sobre los hermanos Paredes, que estos empezaron á confundir las fantasías de sus horas de descanso con las pertinaces y homicidas meditaciones de sus vigilias, hasta no saber distinguir entre lo soñado y lo mucho malo que discurrían con los ojos abiertos. El propósito de deshacerse del señor Frasquito ofrecíase á la estrechez de sus magines por momentos más llano, razonado y viable. Unas veces suponían que la constancia de tal obsesión motivaba las pesadillas con que el hombre pequeñito les atormentaba, cual si éstas no fuesen más que simulación ó resultado de aquélla; otras admitían la existencia objetiva del alma de don Gil, creían que, efectivamente, el espíritu del enano iba á visitarles y, de consiguiente, que, cuanto sus oscuros cerebros maquinasen despiertos, era reflejo, comentario ó consecuencia naturales de lo que aquél les hubiese dicho en el terrible hilar de sus noches. La idea criminal no cejaba. Rita, en su casa, mientras cosía, ó junto al fogón, ó delante del lavadero, conforme sus manos nervudas manejaban las ropas chorreantes de agua enjabonada, retorciéndolas como si fuesen cuellos, repetía abstraída:
«Hay que matarle...»
A lo largo de los caminos á Toribio Paredes, en tanto seguía el paso lento de sus mulas cargadas, sucedíale lo propio.
«Hay que matar á Frasquito»—pensaba.
Era un imperativo que ya resonaba dentro de él, bajo su cráneo, cual eco ó voz de su cerebro; ora vibraba á su lado, junto á sus oídos, bisbisado por la platicadora brisa. Menudearon tanto las visitas de don Gil Tomás, que perdieron su misterio amedrentador y llegaron á ser familiares. Muchas veces, desde sus camas respectivas, los dos hermanos hablaban de don Gil, que aparecíase á ellos no bien sus espíritus conciliaban el sueño. En el silencio de las alcobas, separadas por un sutil tabique, todo vibraba claramente.
—Rita—murmuraba Toribio.
—¿Qué?
—¿Me oyes bien?
—Te oigo.
—¡Si supieses lo que me ha dicho!...
Ella se incorporaba suavemente, para no despertar al señor Frasquito que dormía á su lado; estiraba el cuello y en la oscuridad, la fiebre de escuchar, contraía sus labios.
—¿Qué ha sido?... dí...
Pero Toribio callaba siempre. Eran tan horrorosos sus pensamientos, que el concertarlos y reducirlos á palabras ponía espanto en su corazón.
Sólo es secreto lo que nunca bajó de la frente á la boca. Fiel á este criterio, el bujero musitaba evasivas.
—Es largo de contar; ya lo sabrás mañana.
Con esta suprema taimería de mostrarle al hombre la ruta del crimen lucrativa y expedita, al par que acrecentaba en la mujer la codicia y los deseos de independencia, don Gil iba acercándose poco á poco al desenlace de su venganza.
Una tarde Toribio Paredes, volviendo de la estación, tropezóse en la Glorieta del Parque con Maximina, la más joven de las dos criadas que servían á don Gil. Contaría veinte años. Era rubia, de buen talle, pulcra en el vestir y muy alindada de manos y de rostro. Hacía tiempo que el Rojo clavó en ella la intención, y aunque feo y talludo consiguió llevar sus afanes tan adelante, que, ni aun casándose, hubiera podido ir más lejos. El descubrimiento y divulgación de esta historia se debió á don Artemio, quien, una madrugada, mucho antes de que asomase el sol, desde la puerta de su farmacia vió á Toribio salir furtivamente del domicilio de don Gil y alejarse volviendo la cabeza, mientras Maximina le sonreía desde una ventana.
En medio de la Glorieta, bajo las miradas de los transeuntes y con estudiada llaneza amistosa, Paredes interpeló á la muchacha. La noche antes había soñado con don Gil, y tuvo su alucinación una evidencia tan avasalladora, un relieve tan manifiesto y al alcance de sus ojos y de sus manos, que al desvanecerse dudó de si fuese el espíritu de don Gil ó el mismísimo don Gil, en carne mortal, quien durante largo rato estuvo al pie de su cama entreteniéndole con terribles propósitos. El bujero quería cotejar horas para salir de dudas; necesitaba saber si había soñado ó si, efectivamente, había visto...
A sus preguntas respondió Maximina con perfecta seguridad y negativamente. A la una de la madrugada, hora en que Paredes, guiándose por aquélla en que despertó de su pesadilla, decía haber visto al hombre pequeñito en la calle Larga, don Gil hallábase acostado y apaciblemente dormido.
—Anoche, precisamente—agregó la azafata—, el amo no salió; estuvo leyendo un rato, de sobremesa, y se acostó temprano.
—¿A qué hora?
—Serían las diez.
Por la mezquina frente de Toribio cruzaron, casi á la vez, una vacilación y una malicia.
—¿Y cómo sabes que á la una don Gil dormía?...
Maximina titubeó, no queriendo decir la verdad, demasiado áspera para confiada así, á tenazón, en oídos amantes. Mintió un poquito.
—Porque cuando Pilar y yo nos retirábamos á nuestra alcoba, fuí á la del amo á informarme de si necesitaba algo, y le oí roncar.
Toribio no preguntó más. El sincronismo de su pesadilla con el sueño de don Gil, demostrábale que podía ser, efectivamente, el alma del enano, y no la obsesión de su recuerdo, lo que tantas noches iba á turbarle. Así convencido, despidióse de su coima hasta la madrugada, y por la tarde, como se dirigiese al Café de la Coja, la muñidora casualidad púsole frente á frente de don Gil.
Según costumbre, el hombre pequeñito iba solo y despacio, vestido de negro, casi inmóviles los brazos colgantes, los menudos pies descubriéndose y ocultándose, al andar, bajo las perneras, el hongo de duro fieltro echado hacia atrás, vencido por la exuberancia del frontal bombeado y amarillo. Toribio experimentó un vehemente deseo de hablarle, de acercarse un poco al misterio, interrogándole habilidosamente. La hora y la soledad del sitio le eran propicios; don Gil, además, no le negaba á nadie su saludo. Las diferencias, sin embargo, de educación, abolengo y riqueza, que entre ambos había, represaban al pañero. Al cabo, el venenoso aguijón de la curiosidad, el bien justificado ahinco de saber por qué don Gil solicitaba el inmediato exterminio del señor Frasquito, vencieron su reserva. Con pretexto de ofrecerle unas mercaderías recién llegadas, le abordó: hízolo cohibido y destocándose torpemente, mientras con un pie se rascaba la corva de la pierna que le servía de apoyo.
El hombre pequeñito correspondió al ofrecimiento de Paredes con frases sucintas y urbanas, asegurándole que, por el momento, nada apetecía. Preguntóle luego por su familia, cuyo requerimiento permitió á Toribio llevar el diálogo á donde lo reclamaba su interés.
Rita y sus hijos marchaban regularmente; quien estaba muy mal era Frasquito. Hipócrita y sagaz, para mejor asegurarse del odio de don Gil hacia el enfermo, Toribio arqueó las cejas, suspiró tan ruidosamente como si fuera á rompérsele el pecho, y dió otras muestras de atroz pesadumbre.
—El pobrecito—dijo—empeora de día en día. Le agarró el reuma y tomóle tal cariño que no quiere dejarle. ¡Con la voluntad de mi cuñado para el trabajo! Porque Frasquito tendrá sus defectos, pero á buscavidas pocos le ganan. Yo le compadezco. ¡Lo que rabiará viéndose imposibilitado de acompañarme! El infeliz sufre en sus huesos que, según dice, le duelen como si fueran á partírsele y sufre en su carácter, que jamás supo estarse quieto.
Don Gil recomendó á su interlocutor los salicilatos. Sonrió Toribio.
—¿Usted sabe las pesetas que llevo gastadas en salicilatos? Don Artemio puede decirlo mejor que yo.
—¿Y el yoduro?...
—Igual.
—Creo que el yoduro realiza milagros...
—No importa, señor Tomás. En este caso lo peor no es la enfermedad; lo peor es que mi cuñado tiene una debilidad: la bebida. Ya se lo habrán dicho... Yo calculo que bebe, sólo de aguardiente, de dos cuartillos y medio á tres cuartillos diarios. Y el alcohol es muy malo para los reumáticos.
Aunque el pañero orientaba sus investigaciones por diferentes caminos, nada observó en don Gil adverso al señor Frasquito; antes sus palabras y miradas decían su deseo sincero, cordial, de verle pronto remediado para servicio y contento de los suyos.
«No le odia»—pensaba Toribio.
Ya se despedía don Gil, cuando Paredes abordó bruscamente el secreto que le obsesionaba. Ladino comenzó á reir, dando tiempo á que su buen humor sirviese de exordio ó preparación á sus palabras. Luego mostróse obligado á razonar su hilaridad.
—Me reía de los disparates que se sueñan...
Interrumpióse avizorando la emoción que hubiesen determinado estas palabras. El hombre pequeñito le miraba impasible y su mirar expectante equivalía á una declaración de inocencia.
—Figúrese usted, don Gil—prosiguió—que anoche, á poco de acostarme, las doce y media ó la una de la madrugada serían, soñé con usted. Le vi entrar en mi cuarto, sentarse á los pies de mi cama y decirme como si estuviese usted muy informado de cuanto mi cuñado, con su enfermedad y sus borracheras, me hace sufrir: «¿Por qué no le matas?...» Yo le respondí: «Don Gil, siendo usted tan cristiano viejo, ¿cómo me aconseja una atrocidad así?...» Y usted: «Por tu bien: yo te aseguro que si matases al señor Frasquito nadie lo sabría.»
Aun puso el hermano de Rita á estas explicaciones nuevas añadiduras y apostillas, y según hablaba, el semblante alimonado del hombre pequeñito iba avasallando su imaginación: otra vez padecía el imperio jorguín de sus pupilas cobreñas, de sus labios, rojos y herméticos, que nunca habían reído, y el asco y miedoso poder de toda su exigua persona; y tan idénticos eran aquel don Gil Tomás que tenía delante y el don Gil de sus pesadillas, que unos momentos ambas imágenes se ayuntaron y superpusieron, y creyó soñar.
Nada, sin embargo, sacó Toribio en limpio de sus diestras trapacerías y embozadas pesquisas, pues los ojos de su interlocutor no delataron la menor turbación; antes expresaban la desgana con que don Gil, cediendo sólo á dictados de su buena crianza y comedimiento, aveníase á escuchar tan necias historias. Era, pues, indudable, que de cuanto concernía á la vida noctámbula de su espíritu, el enano del Paseo de los Mirlos estaba inocente.