MERCEDES.
Reading edition
I.
Corria el año 1831, i Alejo cursaba estudios mayores en Santiago de Chile. Hacia cuatro años que habia llegado a esa ciudad, niño aun, solo, sin guia i armado de una recomendacion que le aseguraba la asistencia que un estudiante forastero puede necesitar en una gran ciudad para completar su carrera.
Vivia en un barrio apartado i solitario, algo mas, un barrio peligroso; i aunque él era valeroso, o a lo ménos indolente, cuidaba sin embargo de que las sombras de la noche no le tomaran fuera de su casa. Todos los vecinos hacian lo mismo.
Las historias de los peligros de aquella calle venian de mui atras. Se contaba que en otro tiempo una viuda la cuidaba de noche, viuda terrible, espantosa, que perseguia a todos los transeuntes. Un respetable vecino de Santiago, don José Olmedo, salia una madrugada al campo por esa calle, su caballo se espantó al enfrentar un matorral, i miéntras don José le afirmaba las espuelas, la viuda saltó a las ancas, saliendo de entre las ramas. El jinete quiere derribarla i su brazo se estrella con un cuerpo de bronce, duro i helado, que le hiela a él la sangre i le heriza los pelos. El caballo no podia correr a pesar del látigo i la espuela: solo marchaba jadeando i casi doblándose con el peso de la viuda. Al salir de la calle, la vision se desmontó tranquilamente i desapareció.
Hacia tiempo que los vecinos no tenian noticias de la viuda; pero casi todas las mañanas, cuando Alejo salia hojeando su libro para recordar la leccion, las comadres del barrio le referian que el penitente habia desnudado a alguno o le habia herido, o se habia contentado con quitarle la bolsa.
Entónces estaban en uso unas bolsas de tejido de malla, que eran una comodidad para el penitente.
Este recorria la calle con el busto desnudo, un fustan blanco a la cintura i la disciplina en la mano; pero llevaba una máscara. Los vecinos sentian desde su encierro los azotes que se descargaba sobre las espaldas, i los que se arriesgaban a transitar por allí los oian desde léjos. Al encontrarlos el penitente, los detenia con esta frase sacramental:—La bolsa o la vida.—El transeunte largaba la primera i confiaba a la lijereza de sus piernas la segunda.
Alejo hacia bien en encerrarse temprano. ¿Qué curiosidad podria tener de ver a un penitente, él que habia visto tantos en sus cuatro años de residencia en la capital?
Aislado, desconocido, habia seguido a las turbas con su libro debajo del brazo, para ver fusilar al teniente Villegas en la plaza de San Pablo, a los oficiales Trujillo i Paredes en el Tajamar; a un negro del Pudeto en el Basural, por atentado de lujuria contra su señora.
Luego habia estado en la plaza por la madrugada, i en el cuartel de San Pablo por la tarde, el dia de la sublevacion de la escolta de coraceros. Ese dia se habian cerrado las aulas, pero el café de la Nacion habia abierto sus mesones de balde a todo el mundo, inclusos las estudiantes. Alejo habia llenado con toda servidad su deber; sin abandonar su libro i sin dejar de hacer honor a cuanta botella se habia destapado, estuvo en el ataque de la tarde colgado a una reja de ventana para verlo en todos sus detalles. ¿Que mas podia haber hecho?
En la derrota de las tropas cívicas en la Aguada, él estuvo divertido detras de unas tapias; i al dia siguiente fué de los que mas gritó en la plaza, unido al pueblo, contra el batallon sesto i los dragones vencedores de la víspera.
Durante la campaña del ejército del Sud en Ochagavia, a fines de 1829, Alejo, aunque el colejio estaba cerrado casi todos los dias, llegaba a sus puertas relijiosamente con su libro estrechado al pecho. ¿Las hallaba con llave? Seguia de paso redoblado hasta los Olivos de Ovalle, donde acampaba el ejército constitucional, i allí pasaba hasta la tarde, siguiendo con vivo interes todos los encuentros diarios, los tiroteos de avanzadas, las escaramuzas i los asaltos. Al anochecer estaba encerrado, estudiando con toda atencion, i sin curarse del penitente de su calle.
Alejo hallaba a Santiago mui divertido, mui alegre, i no tomaba a lo sério nada de lo que veia. Solo dos cosas le habian impresionado vivamente, un muerto i una casa misteriosa. Ninguna relacion habia entre ambas cosas, pero en su memoria estaban asociadas. El recuerdo del muerto le hacia estremecer i le asaltaba a menudo, sobre todo en la cama. La casa misteriosa le causaba una curiosidad que rayaba en inquietud.
II.
Era una mañana fria del invierno de 1828. Alejo entraba a la plaza de la Independencia por la calle de las Monjitas, recitando de memoria su leccion i apresurando el paso para llegar a tiempo al colejio. El frio le hacia dar diente con diente, pero él, mui en cuerpo, estrechaba sus codos para abrigarse i apretaba las manos sobre el pecho.
Al enfrentar al pórtico de la cárcel, un grupo de curiosos le llama la atencion. Rodeaban un cadáver que estaba estendido de espaldas sobre el empedrado. En ese tiempo se esponian allí los muertos que se encontraban abandonados. Hoi parece que es costumbre conducirlos al hospital, como a los enfermos.
Alejo se acercó, miró i quedó absorto. El muerto era un jóven de veintidos años, de elevada estatura, bello i elegante; pelo negro, abundante i sedoso, como sus patillas; largas i crespas pestañas. Su traje era rico i esquisitamente arreglado: pantalon bombacho, al uso de la época, de color tórtola i menudamente plegado en la cintura; fraque azul de botonadura dorada, camisa bordada i chaleco amarillo. Una gruesa cadena de oro, terminada con tres enormes sellos de lo mismo, pendia de la relojera del pantalon i se estendia hasta el suelo en que yacia el cadáver.
No habia sangre. ¿Cómo habia muerto?
Uno de los soldados de la guardia satisfizo la curiosidad.
—La herida está en la espalda, dijo, i debe haber sido de daga, porque es mui chica i no tiene sangre.
—Pero ¿dónde fué encontrado?
—En la calle de Santa Rosa afuera, cerca del Cequion, añadió el mismo soldado; i los serenos de la calle han declarado que tarde de la noche vieron salir en un caballo colorado a un hombre flaco, que llevaba a otro por delante, sujetándolo con mucho trabajo, porque se iba para los lados como borracho. Despues volvió solo el mismo hombre en su caballo.
—¡Pobrecito! esclamaron algunos, ¡Dios lo haya perdonado! ¡Tan niño! ¡Tan buen mozo!
Alejo callaba, siempre absorto, i devoraba todos los detalles del cadáver con sus miradas, ¡Esta cadena! decia para sí, yo la he visto, pero ¿a dónde? Todos las usan iguales, mas una noche yo he encontrado a un jóven alto como este, que me llamó la atencion porque iba de prisa i llevaba una cadena parecida que se cimbraba i sonaba al andar. ¿Seria este mismo? ¿Cuándo fué eso? Sí, hace pocas noches, cuando se me pasó la hora viendo jugar una partida de billar en el café de la Nacion. El jóven iba, sí, por mi calle. ¡Ah! El penitente, ya estoi. Pero no, el penitente le habria quitado por lo ménos el reloj.
Alejo se retiró del pórtico despues de largo tiempo i siguió su camino, siempre absorto en sus reflecciones. ¡Nó, no puede ser, decia continuando su monólogo; hai tantos iguales! ¡Fuera malos juicios! Yo no he de ser el juez de este crímen. ¡Qué jóven tan hermoso! ¡Qué bien vestido! Debe ser mui conocido. ¡Pues sí, yo creo haberlo visto muchas veces!...
Balbuceando estas i otras frases, llegó al colejio. La hora habia pasado. Alejo volvió a su casa dominado de la misma impresion. No pudo estudiar. El cadáver estaba tenazmente a su vista. En la tarde se le pasó tambien la hora, i faltó al colejio. Por la noche se sintió mal, tomó la cama; pero su sueño fué una larga pesadilla con el muerto.
En 1831, todavía tenia viva la imájen del cadáver, i no habia acontecimiento de los muchos que habia presenciado, en aquella época ajitada, que le hiciera olvida al muerto. Lo mas raro es que jamas habia podido adquirir la menor noticia que le aclarase el misterio. Muchas veces habia escuchado con interes las conversaciones del café sobre el muerto, pero lo único que habia sacado en limpio era que nadie, ni la misma justicia, habian podido adquirir dato alguno sobre el asesinato. El jóven habia sido mui conocido i estimado; pero Alejo no habia sabido de él otra cosa que su nombre. Se llamaba Manuel P.... Todo lo demas que habia oido eran conjeturas, como las que él mismo habia formado. El nombre de su calle no habia figurado jamas en las hablillas del café.
III.
Aquel muerto habia quitado muchas horas al estudio i al sueño de Alejo.
No se las habia quitado ménos la casita misteriosa de su barrio. Pero ¿qué tenia de particular esa casa? Nada. Unicamente se distinguía de los demas caserones vetustos del barrio, interceptados por anchos solares tapiados o aportillados, en que tenia al frente un altillo, un solo balconcito, que eternamente estaba cerrado. Así lo estaba tambien la puerta de calle, que era talvez la mas alta i decente de toda la calle.
Alejo conocia a todos los vecinos, o mejor dicho, sabia quiénes eran. Pero siempre que preguntaba quién vivia en la casita, le respondian que unos viejos godos, Como la mayor parte de los propietarios del barrio. Su nombre no lo sabian, o las vecinas se disputaban entre sí sobre cuál era el verdadero.
Cualquier jóven habria pasado por alto estas menudencias.
Pero Alejo era curioso, i sobre todo mui inclinado a lo misterioso. Regularmente se sentaba en el umbral de su puerta de calle a leer o estudiar, pero atisbando siempre la casita, i jeneralmente despues de largas horas, tenia que entrarse, sin haber visto nada, sin haber siquiera sentido moverse las puertas de la casa misteriosa.
Al fin se propuso olvidar esa pesadilla, i se impuso el deber de no mirar a la casita; pero sus ojos le desobedecian, la curiosidad le vencia, i él tenia que renovar con juramento todos los dias su propósito.
Un domingo de otoño, Alejo subió al cerro de Santa Lucía a tomar su paseo de descanso. Los rayos tibios del sol de la tarde inundaban la ciudad i la campiña, i el aura ténue i deliciosa refrescaba el ambiente. Las arboledas i las viñas amarillaban al lado de los verdes potreros, al Oriente i al Sur; el rio corria solitario i serpenteaba a lo largo del tajamar, dejando a la orilla opuesta un blanco pedregal que se iba a perder en las lejanas arboledas de San Cristóval; i al poniente estendia la ciudad sus largas calles de techos brillantes, sobre los cuales se alzaban los templos i uno que otro edificio público. ¡Hermoso panorama! Alejo estaba embebido, i sobre todo no podia apartar sus ojos de los claustros del Cármen Alto, que tenian para él el atractivo del misterio por su soledad, apénas interrumpida de tarde en tarde por el bulto de una monja que se escurria a lo largo de un corredor. Alejo pensaba en la austeridad de aquel aislamiento, i esta idea le recordó aquella casita, que tambien estaba aislada allí en su barrio.
La tenia a sus piés, la dominaba con su vista. ¡Prodijio! ¡qué veo! esclamó Alejo.
En efecto, un batiente de la puerta del balcon estaba despejado. Se afirmaba contra la hoja una mujer que, leyendo un libro, estaba como escondida, dando su frente al cerro, pero sin que saliese ni siquiera el ruedo de su vestido al balcon. Desde la calle era imposible verla. Pero desde los altos peñascos en que estaba sentado Alejo, se la veia como era, pequeña de estatura, pero mas bella que el lucero que aparece al alba coronando los Andes.
Alejo creia verla tan bien como si la tuviera a su lado; veia el jiro luminoso de sus grandes ojos sobre el libro, sus lábios entreabiertos, su perfilada nariz, su tez de rosa; creia sentir su respiracion i ver las oscilaciones de su ancho seno, que apénas estaba velado a medias por el corpiño gracioso de su vestido.
El sol llegaba ya a su ocaso i Alejo no sentia el tiempo. Solo despertó de su arrobamiento cuando la bella lectora cerró su libro, paseó sus ojos por el cielo, suspiró mirando a los peñascos en que estaba Alejo, i como sorprendida juntó violentamente la puerta.
Desde entónces, Alejo estableció su bufete de estudio en los peñascos de Santa Lucía; pero jamas volvió a ver a aquella mujer, que ya era ídolo de su alma. El misterio se complicó.
IV.
Alejo tenia una alma tan ardiente como sensible. Estaba en la edad en que se ama todo, si se tiene un corazon bien puesto, como el suyo. Los espíritus tímidos o apocados no conocen esa época de la vida. La pasan entre la fé ciega i el miedo, habituándose al cálculo. Calculan para defenderse contra los fuertes de su círculo. Calculan para ocultar sus inclinaciones i sus sentimientos de miedo de que se les castigue en esta o en la otra vida. Calculan, en fin, para pasarlo bien con Dios i con los hombres, porque temen al uno i a los otros. En ellos prende de veras el santo temor de Dios, que es el arte de saber vivir.
I ellos son despues los hábiles, los afortunados en la sociedad. El corazon jeneroso i desprendído, el espíritu independiente i noble, que no aprendió a calcular desde temprano, que se dejó arrebatar por el ideal de lo bello, de lo bueno, de lo justo, entra a la sociedad a luchar, no a eludir las batallas de la vida, a sacrificarse, no a medrar.
Alejo era de estos últimos, i su juventud despuntaba entre el ardor de las pasiones jenerosas i el anhelo por lo grande, por lo desconocido, lo maravilloso, lo bello. Su curiosidad por aquella casa misteriosa se habia satisfecho, convirtiéndose en un amor, tanto mas ardiente, cuanto era imposible. Desde entónces compartió su tiempo entre sus libros i su bella desconocida; pero a menudo era ésta la que ocupaba mas su espíritu, i su imájen andaba siempre barajado con los temas de sus estudios.
Todos los dias ideaba i abandonaba nuevos proyectos para penetrar el misterio, para llegar hasta aquel ánjel de sus ilusiones. Pero en vano. El tiempo trascurria, i él no adelantaba.
Habia momentos de desesperacion, de cruel desengaño, pero su amor volvia con mas violencia i le reanimaba. Hacia un bello aprendizaje de constancia, que talvez, mas tarde, debia servirle en mucho, aunque no fuera mas que para investigar una idea, como ahora investigaba un amor de niño.
Salia una mañana de su barrio a la hora de costumbre, a las siete, i tuvo un encuentro que habia dejado de llamarle la atencion, porque era casi diario. Pero esta vez iba enardecido, casi iracundo.
El insomnio de la noche le habia fastidiado, i pasaba por uno de aquellos instantes de decepcion, que le habrian hecho incomodarse del aire.
Al salir a la calle encontró a un viejo a quien encontraba siempre casi en el mismo sitio.
Era un viejo albino, de ojos colorados, como los de un conejo blanco. Sombrero bajo i una capa cuesco de lúcuma, que jamas se apartaba de sus hombros, hiciera frio o calor, i que cubria su cuerpo vestido de chaqueta i de calzon de pana negra. El calzon se ajustaba a la rodilla con una hebilla de acero i dejaba libres unas medias blancas como la nieve, que terminaban en zapatones de pana igual a la del traje.
—Esta estampa me choca, murmuró entre dientes Alejo. Es un viejo brujo que debe vivir por este lado. ¡I que no haya sido yo capaz de averiguar quién es! Lo he de seguir, aunque falte a clase.
Dicho i hecho. Volvió sobre sus pasos, i tuvo que acortarlos al tenor de los del viejo.
—¡Que haya todavía estafermos a la laya! pensó Alejo. ¡I conservan sus vestidos! ¡Todo pasa sobre ellos, como sobre esa piedra de esquina!
Distraido así, se acercaba en ocasiones demasiado al viejo, i paraba para tomar distancia. Pero en una de las veces en que mas se le habia acercado, sin saberlo, el viejo paró, sacó una llave, abrió una puerta, i al entrar se encontró con otro hombre flaco, seco, de color verdoso, que le dice:
—Buenos dias, Miguel, ¿ya oíste tu misa?
—Sí, Ramiro, contestó el albino, i te encomendé a Dios.
Ambos se cruzaron, la puerta se volvió a cerrar, i Alejo estaba en el mismo umbral, convertido en estátua de piedra. Ramiro le miró al soslayo i dijo:
—¿Qué quiere este babieca?
Pero siguió su camino.
Cuando volvió Alejo de su vértigo, de su pasmo, esclamó:
—Luego esta escena se repite todos los dias! ¡I miéntras yo estoi en el colejio!... ¡Qué estúpido! Nunca he acechado a estas horas. ¡Tal vez ella tambien sale!...
La puerta en que esclamaba de este modo, la puerta que se habia abierto i cerrado, para dar paso a Miguel i a Ramiro, era la puerta de calle de la casita del misterio.
Alejo echó casi a correr para alcanzar a Ramiro, que tenia tranco largo, porque era alto i de largas piernas, i le llevaba mucho adelantado.
Queria verle de cerca, saber a dónde iba i averiguar quién era.
A las cuatro cuadras estuvo cerca de él; pudo estudiarle. Llevaba fraque verde oscuro de angostas puntas que le pasaban de las corbas, i de ancha solapa cuyos pequeños picos se le veian desde atras recostados sobre los hombros. Sombrero alon de campana, pantalon de brin blanco, i grueso garrote por baston.
Alejo acortó el paso i guardó una respetuosa distancia. A dos cuadras de la plaza, en la calle de la Catedral, Ramiro se paró, abrió una puerta de par en par, i entró. Alejo pasó despues, mui quedito, i vió que aquel cuarto era una fábrica de tacos de billar i de otros útiles de lo mismo.
—Este hace tacos i tambien bolas, dijo para sí. ¿I aquel chonchon de ojos de ají ¿qué fabricará? ¡El misterio se aclara! ¡Paciencia i esperar! Yo no tengo que barajar como Durandarte en la cueva!...
V.
En el poco tiempo trascurrido desde que le atrapó el amor en las rocas de Santa Lucía, Alejo se habia transformado. Su alma habia abandonado aquellos vagos horizontes en que revolotea el alma de un jóven, cuando es ardiente, como las mariposas amarillas de verano en un jardin.
Tenia un horizonte fijo, volaba el rededor de una sola flor.
I esa flor le hacia pensar sériamente.
No solo eso: le hacia tambien calcular sus propias fuerzas; i como entre las que el amor emplea, figuran en primera línea las de los atractivos personales, el espejo pasó a serle tan importante como sus libros, i el sastre entró a ser uno de sus primeros ausiliares. Tenia la esperanza de que su bella desconocida le mirase i le viese en la ocasion ménos pensada.
Dejó de vagar por las calles en las horas de ocio. Dedicó las primeras de la noche al café, i casi abandonó las relaciones de sus camaradas de estudio.
El café de la Nacion i el de Hévia, que acababa de establecerse en la plaza de la Independencia, eran entónces de la primera sociedad. Los comerciantes i los jóvenes de mundo los invadian a todas horas. Los aristócratas i sus retoños acudian a refrescar por la noche, i a pasar algunas horas en tertulia. Para éstos, aquellas casas hacian el oficio que hoi desempeñan los clubs.
La juventud de Santiago no estaba por esos años tan adelantada como ahora. Quizá la aristocracia tendria en ella algunos estafadores que la representaran. Talvez no faltaban cortabolsillos elegantes, de esos que, llevando nombre i fisonomía de caballeros, despojan de su reloj al primero de los suyos que encuentran beodo, o que escamotan su portamonedas al primero que entra en una partida de juego por aturdirse i pasar mejor su noche. Eso es de todos los tiempos i paises, i las familias que se dicen nobles no se preocupan de tener en su seno un calavera, porque saben que para él no se han hecho las leyes. Lo que era desconocido entónces entre los jóvenes era ese tipo aristocrático del letrado injerto en jesuita, que profesa i mantiene la relijion de sus padres, ardiendo en odios piadosos, i que no vé el progreso ni halla la libertad fuera de la iglesia romana.
Aquellos jóvenes no adoraban al Papa, ni al becerro de oro. Eran mas bien jentiles que sacrificaban a Venus, a Terpsícore i a Baco; eran unos perdidos que no sabian especular, haciéndose los santurrones o los siervos del poder para enriquecerse i hacer carrera. No hablaban ni del confesor, ni de sermones, ni del retiro de los domingos, ni de los herejes, ni de los gobiernos ateos, ni de los escándalos de los impíos.
Hoi se sabe vivir mejor.
Un devoto, o como se dice un pechoño, no solo cuenta con los respetos, sino con la proteccion de todos los poderes i de los potentados. Un rico con solo serlo, es respetado, aplaudido, adulado: nadie tiene que averiguar como llegó a la fortuna. Para él todos los aplausos, todos los elojios, todas las atenciones; así como para el que ejerce algun poder, sobre todo si tiene un gran poder. Para el verdadero mérito, hai siempre alguna palabra de desprecio, siempre algun desden, si no alguna calumnia. ¿Qué mérito puede haber sin poder o sin riquezas? ¿Prueba que lo tiene quien no ha alcanzado a hacer fortuna, quien no ha logrado un alto empleo?
En aquel tiempo, un usurero, un estafador de los que amasan riquezas a costa de los sudores i de las lágrimas de los pobres, i quizá de algo mas, era simplemente un ladron, i no se le estimaba de otro modo. Las lenguas andaban sueltas, no al oido, sino al aire libre, contra los bribones, porque siempre el brazo estaba listo para sustentar las sentencias de la opinion. El arte de don Basilio no estaba todavía en uso. La calumnia i la maledicencia andaban solo en letra de molde, pues la prensa no era aun el instrumento de la verdad i de la discusion, sino una máquina de hacer ruido i de arrojar lodo, sin ser visto; allí se parapetaban los calumniadores.
Hoi ha variado todo eso. Solo calumnia o ultraja en letra de molde el que emplea la prensa para representar el pasado; i ello es lójico, porque no se puede defender el atraso contra las invasiones del progreso i de la libertad, sin mantener la prensa diaria en su situacion incipiente. En los tiempos que recordamos, la sociedad vieja estaba vencida i carecia de defensores en la prensa. Ni aun en Francia habia aparecido entónces el escritor católico, ese que hoi en todas partes se llama diarista clerical, cuya definicion nos da en estos términos un pintor de costumbres: «El diarista clerical es una especialidad aparte, como escritor, que adora las polémicas i las querellas empenachadas de injurias i de palabrotas. Fuera de la esfera de sus ideas, no hai salvacion. En lugar de esponer los principios conservadores i relijiosos en lenguaje sencillo, prefiere morder a sus adversarios mas abajo de los riñones. Las cuestiones de forma, las cuestiones secundarias—he ahí su estribillo. Sublevar desacertadamente cuestiones inútiles, espinosas, en que Roma i el clero no llevan la ventaja—he ahí su fuerte. Su oficio es irritar a todo el mundo i no convencer a nadie»... Este tipo de la edad moderna no era conocido.
Aquella era una sociedad en embrion. Como entónces no habia sino mui pocas fortunas i el poder aun no se habia consolidado, el imperio no pertenecia ni a los gobernantes, ni a los ricos. Estos apénas comenzaban a emprender para alcanzarlo i hacerlo suyo en todas partes, de arriba a abajo.
Aquella sociedad era de todos, pertenecia a todos, i como no habia quien la dominase, quien la empujase por una sola vía, cada cual hacia de las suyas i era señor de sí mismo. Por consiguiente habia una franqueza casi salvaje, sin disimulo, sin hipocresía, sin sujecion a conveniencias determinadas, ni a creencias regladas.
La juventud no era brillante, sino atolondrada. Hablaba recio i claro, aunque sin presuncion. Le faltaban todas las condiciones del buen tono: la voz ronca, el hablar traposo, desgalichado, desganado, que sienta tan bien a un elegante, sobre todo cuando afecta suficiencia i decide majistralmente hasta sobre lo que sucede en la luna; el andar en el paseo, como en casa, hablando a gritos i riendo a carcajadas, lo que es una gracia; el tutear a todos i maldecir de todos; el mirar con cara abobada, pero con ojos de maton, sin saludar. Le faltaban en fin todas las gracias de la buena nobleza i todos los síntomas del buen tono. No andaba en coches, porque no los habia; ni oia su misa los domingos, porque no necesitaba ir al templo para hacer negocio o para ver a las amigas; ni salia atropándose i encimándose de la platea del teatro, ántes de caer el telon, para verlas salir, formándoles calle en el vestíbulo. Era aquella una juventud perdida, que frecuentaba el café, que charlaba i discutia en público sobre todo, hasta de relijion i política, que paseaba a caballo i en carreta, a la luz del medio dia, i que bailaba todas las noches, en todas las casas, sin necesidad de soirée, de sarao, ni de ambigú.
Ya se puede comprender qué haria en aquella sociedad, sin tutores ni directores, un jóven como Alejo, que no los tenia de su parte, porque parece que sus padres le habian lanzando solo a aquel gran mundo, confiando quizá demasiado en su juicio i en su aficion al estudio.
Pero Alejo creia que podia ser buen estudiante i tener un amor, aunque fuese platónico, para entretenerse agradablemente. I con efecto, él nunca faltaba a sus deberes, a pesar de que amaba locamente, i de que jugaba al billar en el café, poniéndose a veces su mejor camisa, para jugar una partida a fraque quitado, como lo hacian los elegantes de la época en las noches de verano. Alejo usaba diariamente el fraque, como todos, i para tiempos frios no le faltaba su chaqueta ricamente encordonada, para debajo del capote de pañon con tres o cuatro esclavinas sobre la espalda.
No habia nadie que no le conociera, quien no gustara de su osadía i despercudimiento; pero él preferió a los tertulianos del café de la Nacion, porque eran pipiolos, i por supuesto jente mas abierta que la que rodeaba las mesas del gran patio del café de Hévia, donde no se hablaba mucho de amores ni de política. Aquí solia llegar con otros estudiantes, i regularmente veia al fabricante de tacos de billar, solo, fumando, pensativo i tocando alguna marcha sobre la mesa con sus dedos encorvados.
¡Qué hombre tan seco, tan verde de cara, tan anguloso, tan militar en su porte! ¿Quién es este? decia siempre Alejo a sus compañeros. ¡Quién sabe! respondian los otros con desden, porque entónces no habia costumbre de averiguar quién era un vecino a quien se le ocurria andar por la calle, o entrar al café, o pasearse en el tajamar. Con ménos poblacion, Santiago era ménos curioso de saber la vida i milagros de sus habitantes.
VI.
Eso así, Alejo tenia una costumbre contraria, la de seguir la pista a Ramiro i al viejo albino, para conocer quiénes eran, de dónde venian i adónde iban. Diariamente saludaba con gran cortesía al albino,—¡Dios lo guarde, señor don Miguel!—Pero a Ramiro, no se atrevia ni a mirarle de frente.
El albino le contestaba cariñosamente, i a fuerza de oirle saludar, ya le conocia desde léjos cuando le encontraba por la mañana, o le veia, a pesar de sus ojos de sangre, arrodillado cerca de él en la Merced, oyendo misa. Siempre que Alejo podia, entraba a la Merced a observar al viejo, i cuidaba de pasarle la mano mojada en agua bendita, cuando, al salir del templo, se acercaba don Miguel a la pila.
Un domingo salieron juntos, saludándose como antiguos amigos.
—Parece que llevamos el mismo camino, dijo el viejo.
—Como no, señor don Miguel, le respondió Alejo; si somos vecinos, i yo lo conozco a usted tanto, i lo quiero de gracia.
—Dios se lo pague, amiguito. Eso prueba buen corazon, i su Divina Majestad premia siempre a los niños que honran a los pobres viejos ciegos, como yo.
—No diga usted eso, señor; usted no es un pobre viejo, sino un caballero de respeto que merece honra i consideracion.
—¡Qué bien hablado el muchacho! Tú no debes ser de estos tiempos, hijito; pues eres el único de quien oigo tales cosas. Todos los dias me empujan i me insultan en la iglesia i en la calle. No oigo otra cosa: allá va la lechuza—quita allá lechuza...
—Vea usted que desvergüenza! Disimule usted, señor don Miguel, no haga caso de eso.
—¡Oh! si yo les hiciese caso, ya estaria loco, como mis hermanos. Se lo ofrezco todo a Dios, i paso mi camino; llego a casa i me encierro hasta el otro dia. De casa a la iglesia, i de la iglesia a casa. Hace muchos años que no salgo de aquí, ni sé cómo está la ciudad.
—Pero el señor Ramiro sí que anda mucho, ¿Me parece que vive con usted?
—Sí, a veces llega a comer o a dormir. Como es casado con mi sobrina Mercedes...
—¡Pobre señorita! Tan sola que lo pasa. No se la ve nunca. ¡Parece que no hubiera mujer en la casa!
—Así es. Ni ella ni su madre se mueven, ni siquiera a misa. O son judías o locas. Yo no las entiendo. La Mercedes no baja de su cuarto, ni siquiera a comer. Los domingos suele bajar a saludarnos.
—¿Qué hace sola?
—Se lleva leyendo, i siempre manda buscar papeles, como ese que llevas en la mano. ¿Qué papel es ese?
—El Trompeta, continuacion del Defensor de los Militares, señor don Miguel. Un papel mui bien escrito, que le gustaria mucho a la señorita Mercedes.
—¿De los militares? ¡Será de los insurjentes! ¿Cómo pueden defender a esos condenados?
—Nó, señor, no se trata de insurjentes, sino de los caidos, de los nuestros, que tarde o temprano han de volver...
—Los nuestros no caen, niño de Dios. ¿Qué estás creyendo tú en los triunfos de los insurjentes? ¡Dios no lo permita! Dios no lo permita, repetia el albino, abriendo la puerta de calle, i cerrándola despues de él i de Alejo, que se habia deslizado con él del modo mas natural.
Al entrar en la salita, el viejo fué interrumpido en sus imprecaciones contra los insurjentes por otra vieja que le preguntaba a quién traia. Miguel presentó a Alejo, como vecino i antiguo conocido, i la señora hizo que el jóven se sentara cerca de ella.
La sala era pequeña i tenia una tarima, como de un pié de alto, que cubria una tercera parte de su ancho, i estaba colocada desde la puerta de entrada hasta la cabecera de la pieza. Sobre la tarima se estendia una alfombra de motas de todos colores, mui espesa i blanda, i a la orilla de la pared corria una hilera de taburetes forrados en baqueta. Al estremo se sentaba la señora sobre unos cojines de filipichin rojo. El resto del ajuar eran taburetes de brazo arrimados a la pared, i una mesa de nogal, de patas arqueadas i talladas, que sustentaba, al arrimo de la pared, un rico crucifijo de marfil, dos urnas a los lados con la Vírjen i San Juan, i algunas conchas de perla que servian como de floreros. Los ladrillos del piso estaban soplados.
El albino arrojó su capa i su sombrero i se sentó en la tarima de medio lado, afirmando su mano izquierda de plano sobre la alfombra. Una muchacha de pollera azul le pasó mate i un pan blanco, que el viejo partió con trémula avidez.
La señora tenia su blanca cabeza cuidadosamente peinada. Un paño blanco doblado en triángulo le ceñia el cuello i cubria el seno, formando armonía con un estrecho vestido de angaripola de fondo rojo oscuro, con flores blancas i azules. Su semblante era dulcísimo i lleno de inocencia.
VII.
Doña María, que así se llamaba aquella amable matrona, hizo a Alejo un fuego graneado de preguntas, i en dos por tres le averiguó sus antecedentes i consiguientes, su pasado, presente i porvenir, i hasta sus intenciones; congratulándose mui cordialmente de que el muchacho no fuera insurjente i de que se le mostrara afecto a la causa, como se decia entónces, i firmemente persuadido, como lo estaban la vieja i el viejo, de que Quintanilla se mantenia fuerte en Chiloé, i de que los patriotas habian sido deshechos en abril del año treinta sobre la misma Cancha Rayada, donde lo habian sido en marzo de 1818.
Alejo se portaba sériamente, i aunque era un patriota exaltado, i mas que eso, un pipiolo intachable, se hizo el godo i juró por el rei Fernando. El mate, entre tanto, pasaba de mano a mano entre el viejo i la señora, i Alejo sintiéndose mas fuerte en su repugnancia a la bombilla, que en su patriotismo, habia resistido tenazmente a las invitaciones que se le hacian para que aceptase un matecito. La sirvienta debia cebarlos mui sabrosos, porque los tomadores se mostraban complacidos i hacian gargantear la bombilla de lo lindo.
Entre mate i mate, doña María esclamó:—«¡Mira, chivata, todavía no le has llevado el chocolate a tu amita!»—Su merced dijo que bajaria a tomarlo aquí—respondió la muchacha.
Al acabar la frase, una lijera sombra se deslizó en la sala, i ántes de que nadie se fijara, Mercedes estaba saludando a su madre i abrazándola. Miéntras la señora le contestaba i la reconvenia por que no habia bajado el dia anterior, Mercedes en pié, puesta blandamente su mano derecha sobre el hombro izquierdo de su mamá, se quedó mirando con sorpresa, pero con graciosa dulzura, a Alejo, que en pié tambien i lánguido de emocion esperaba un saludo.
—Siéntese usted, caballero, le dijo Mercedes, rechazando con la mano a la muchacha que le presentaba el chocolate, i señalándole la mesa para que colocase el plato. Luego saltó de la tarima i fué a sentarse frente a frente de Alejo, en un taburete al lado de la mesa.
—Aquí tienes, dijo la señora, a un vecinito nuestro, que se ha hecho amigo de Miguel. Pobre niño, solo i forastero...
—Estoi reconociéndolo, replicó Mercedes con viveza.
—¿A mí, señorita? añadió Alejo sorprendido.
—A usted, caballerito. ¿No vive usted mas arriba, casa de...?
—Justamente, señorita; pero estraño tener la dicha de que usted me conozca.
—¿Por que? ¿No pasa usted tantas veces al dia por mi ventana?
—Pero como la ventana está siempre cerrada...
—I los postigos tienen vidrieras, que dejan ver para fuera, i hasta me permiten verlo a usted estudiando entre los peñascos del cerro... ¿No tiene usted allá su estudio?
—¿Entre los peñascos estudia don Alejo? preguntó la señora, riéndose.
—¡Qué lindo nombre! esclamó Mercedes. ¿Usted se llama Alejo?
—¿Le gusta a usted de veras? contestó éste.
—¡Mucho! ¡Tengo los recuerdos mas gratos de un Alejo que me ha gustado tanto! ¿Conoce usted Alejo o la casita en los bosques? Justamente aquel dia, hace meses, ¿recuerda usted? aquel dia en que usted miraba desde los peñascos del enfrente, yo leia esa novela i estaba afirmada en la puerta de mi balcon, gozando de aquella tarde tan deliciosa...
—Yo era entónces actor en otra novela que podria titular—Alejo i la casita misteriosa, replicó el jóven con intencion.
Una graciosa risotada de Mercedes, que le hizo descubrir sus dientes de plata mate i su boca de corales, dejó frio i casi avergonzado al pobre enamorado. Mercedes comprendió, i agregó:
—Escríbala usted. Yo me rio porque recuerdo que en aquel instante era tambien personaje de otra novela que ideaba. ¿Qué papel tiene usted en la mano?
—El Trompeta.
—¡Ah! mi papel. ¿Trae mucho de bueno?
—No he leido mas que una graciosa letrilla que tiene este estribillo:
«El uno se llama Diego, El otro José Tomás.»
—Tenga usted la bondad de leerla.
Alejo leyó con esa voz fresca i plateada de un pecho bien organizado, con aquella uncion que se les derrama a los enamorados. A cada verso Mercedes reia i apostillaba con agudeza, i cuando acabó la lectura esclamó:
—¡Qué bien lee usted, Alejo! ¡Oh si yo tuviera quien me leyera así!...
—Nada mas fácil, señorita. Para mí seria una dicha ser su lector en las horas desocupadas que tengo, en la noche por ejemplo.
—Usted ganaría en eso, dijo doña María, pues dejaria de ir al café, i no lo pasaría tan solo. Figúrate, Mercedes, que no tiene con quien hablar en su casa, ni amigos en el barrio, ni niños conocidos, i se ve obligado a ir al café, a riesgo de adquirir malas costumbres, o de que una noche lo encuentre el penitente, i...
—Sí, añadió Mercedes, véngase usted a casa, no tiene mas que llamar a la puerta.
—Que siempre está cerrada, dijo la señora, desde que murió el finado...
—I que no se abrirá, segun dice su merced, hasta que vuelvan a gobernar los godos, añadió Mercedes. Pues ahora ya están en el gobierno. ¿Qué son ese Diego i ese José Tomás de que habla la letrilla? ¿No son i han sido godos toda su vida?
—No está en eso la monta, dijo el albino que hasta entónces habia permanecido callado; lo que importa es que se sometan a su señor natural, porque nosotros ni el reino ganaremos nada con que ellos sean realistas, si se usurpan el poder real.
—¿Para qué estamos con esas? esclamó doña María, la puerta no está cerrada de dia sino por tu marido, ¡que no quiere que nadie entre en la casa!...
Mercedes se puso pálida i un lijero tinte violado coloró sus párpados; pero mostrando una habilidad ejercitada, se echó a reir, i probó con hechos convincentes que todos tenian la culpa del encierro misterioso: su mamá por el duelo, su tio i su mamá de miedo a los ladrones, ella por hábito de soledad i encierro, su marido por celos infundados; i en fin, todos porque se sentian mejor en el aislamiento de su pobreza...
Alejo, mostrándose satisfecho con las esplicaciones, afectó una injenuidad infantil, i les refirió, causándoles gran hilaridad, que él habia vivido tan preocupado con aquel encierro, que durante algunos años, la Casita misteriosa habia sido su pesadilla.
—¡Ya está deshecho el encanto, disipado el misterio! acentuó Mercedes con gracia fascinadora. Puede usted venir a la Casita misteriosa como a la suya; la puerta se abrirá apénas usted la toque, i adentro hallará jente pobre i sencilla que le ofrece cariño i amistad.
Alejo lució su donaire espresando sus agradecimientos, i creyendo oportuno aquel momento para retirarse produciendo buen efecto, hizo una despedida tan graciosa, que dejó encantados a los ancianos i fascinada a Mercedes.
VIII.
I ya era tiempo. La visita se habia prolongado un tanto. Pero Mercedes estaba tan encantadora, que el dia entero no le habria bastado al estudiante para admirarla i adorarla.
I en efecto que Mercedes era bonita.
Sus ojos coronados de crespas i largas pestañas, i algo relevados, despedian luces a torrentes, i su aire espresivo, su habla viva i dulce la daban un atractivo tan poderoso, que casi no se podia estar con ella, sino oyéndola i admirándola.
Vestia entónces traje celeste de anchas i enfaroladas mangas, i de falda tan alta, que dejaba ver un pequeño pié calzado de zapato de cabritilla bordada, i su pierna cubierta de una rica media de seda encarnada, sobre la que cruzaban anchas cintas negras, sujetando el calzado. Una bufanda de punto, crespa i elástica, de seda rosa i verde, apénas velaba su ancha escotadura, cayendo desde el cuello a la falda. Su pelo profuso, negro i sedoso estaba arreglado en gruesos crespos sujetos en peinetas sobre las sienes, i atras recojido en trenzas al rededor de una peineta de carei tan ancha como su cabeza i alta, en forma de corona de condesa.
Mercedes no salia de casa, pero diariamente consagraba a su tocador algunas horas, teniendo a menudo que desnudarse, por la noche, sin que otros ojos que los suyos hubiesen gozado de su tocado i de su belleza.
Su salita, adornada con ajuar moderno, tenia en un rincon un tálamo matrimonial de bronce, que parecia poco usado, i al lado una pequeña alcoba que le servia de dormitorio a ella sola.
Todo estaba allí bien colocado, todo limpio i brillante, i las flores vivas, cuidadosamente colocadas en ramilletes sobre pequeños floreros, embalsamaban el ambiente.
Los libros, únicos compañeros de aquella preciosa solitaria, se veian en las mesas i en las sillas, i uno o dos estaban siempre en el costurero de caoba, revueltos con cintas i muselinas, con carreteles i almohadillas.
El marido solia llegar. No era su costumbre; i cuando llegaba a aquella perfumada estancia, era para dormir la siesta, entre una i dos de la tarde, o para pasar la noche solo en el tálamo.
Cuando llegaba, Mercedes estaba siempre recojida en su alcoba.
Nunca se veian, cuando mas se oian. ¿Por qué esa incomunicacion? No lo sabemos.
Lo cierto es que Ramiro, cuando estaba en casa, solo charlaba con la suegra i el tio, i no subia a dormir la siesta, sino cuando aquellos se dormian ántes, i no le prestaban una almohada para echarse sobre la alfombra de la tarima.
Ramiro tuvo noticias de la nueva amistad, i oyó callado i hosco los elojios que su suegra hizo del vecino. Despues subió a los altos con pesados pasos, se acercó a una de las mesas de arrimo donde habia tintero i algunos cuadernillos de papel, tomó la pluma i con buena letra española trazó esta línea:
«¿Hai otra vez moros en la costa? ¡Cuidado!»
No volvió hasta los cuatro dias a la misma hora, i acercándose a ver lo que habia escrito, halló debajo, de puño i letra de Mercedes, esta respuesta:
«El tigre sueña. Tiembla de una paloma. ¡Qué risa!...»
El semblante cetrino del fabricante de tacos se puso anaranjado, i eso fué lo único que reveló su vergüenza, porque no se movió un solo músculo de su cara, i sus ojos quedaron firmes i airados como siempre.
Dió la vuelta i se echó a la cama, donde permaneció despierto, pero inmóvil, por mas de una hora.
Se levantó, se acercó de nuevo a la mesa, volvió a leer, i salió, sonriéndose i meneando la cabeza.
Ninguno de sus movimientos se habia ocultado a Mercedes.
Durante aquellos cuatro dias, Mercedes, sin embargo, no habia podido olvidar a la paloma con la cual soñaba el tigre.
Mercedes soñaba tambien con ella, i casi no se habia apartado del postigo de su ventana, con el libro o la costura en la mano, pero sin leer una línea, ni dar una puntada.
¿Qué se habria hecho Alejo? No le habia vuelto a ver.
IX.
Era que Alejo tenia el pudor del niño, i mas que todo se estimaba demasiado para arriesgarse a pasar por importuno. Su eclipse no era efecto de un cálculo de enamorado. Nadie sufria mas que él, eclipsándose en aquellas circunstancias; pero tuvo bastante fuerza para no hacerse sentir de Mercedes, i hasta para no pasar por su balcon en esos dias, sin embargo de que de noche no apartaba su vista de la luz que alumbraba la estancia de Mercedes, hasta que las vidrieras de la ventana dejaban de reflejarla.
No sabia a qué horas debia hacer su segunda visita, i esta fué una cuestion que le preocupó tanto, que por resolverla no estudiaba ni atendia a las esplicaciones de su profesor. Al fin se decidió por las horas del medio dia, i se acercó una vez temblando a tocar la puerta de calle.
La muchacha le abrió, i en cuanto le reconoció le dijo:
—Suba arriba, señor, que mi amita Mercedes me ha mandado que le diga que allá lo recibe.
La sangre de Alejo estaba paralizada. Un vértigo le turbaba la cabeza i la vista. Al subir la escalera dió unos cuantos tropezones con paso pesado, de modo que Mercedes se perturbó, i arrojando el libro que tenia en las manos, se levantó murmurando esta frase:—«¡Ramiro a estas horas!» i corrió a encerrarse en su alcoba, donde se puso en acecho.
Al entrar a la estancia, Alejo respiró, ensanchando sus pulmones con aquel ambiente embalsamado que se respira en el hogar de una mujer bonita i elegante. Se apretó los ojos, casi los enjugó, volvió en sí, i no viendo a nadie, se apoyó en el sillon de Mercedes. Levantó un pañuelo que habia caido, lo acercó dulcemente a sus lábios, respiró su aroma i quedó extasiado. El pañuelo se le desprendió i volvió a caer en el momento de aparecer Mercedes, radiante i llena de contento, en la puerta de su dormitorio, saludándole con toda la espansion de una mujer que comprende que es adorada.
—¡Qué mal cumple usted! dijo Mercedes tomando su asiento i señalando otro a Alejo. ¿Ahora no mas se acuerda usted de que me prometió ser mi lector?
—No he tenido tiempo, murmuró Alejo avergonzado.
—¡Hola! ¿Le falta a usted el tiempo para mí? I de noche, ¿qué hace usted?
—Señorita, dijo Alejo con viveza, no sé disimular, no soi para rodeos. No he venido de...
—De cortedad, acabó Mercedes.
—Algo mas, de vergüenza, de miedo talvez.
—¡Miedo! ¿A qué, a quién? preguntó Mercedes un poco sobrecojida.
—No lo sé. Es lo cierto que no deseo otra cosa que venir aquí, i sin embargo no puedo. Hai algo que no me esplico i que corta a cada instante mi determinacion.
—¡La falta de costumbre! Es que todavía no sabe usted visitar, no sabe usted tener amistades, exclamó riéndose Mercedes; pero, observando que Alejo se avergonzaba, agregó: ¿quiere usted que yo sea su maestra? Venga aquí como a su casa, i le aseguro que en mui breve tiempo se acostumbrará usted al trato de señoras. Yo no soi de sociedad, no tengo mundo; pero al fin soi diferente de sus condiscípulos, únicas personas a quienes usted trata; i quizas, quizas podré acertar a iniciar a usted en el trato con las damas. Seria una dicha para mí que usted mas adelante, cuando sea un jóven notable en los estrados, se acordase de que una pobre ermitaña como yo le dió las primeras lecciones.
Esto, dicho con candor i amabilidad, cayó sobre el espíritu de Alejo como el riego sobre una flor marchita a las horas en que el sol se pone. Su cabeza se irguió, se estremeció de vida i de placer, sus ojos se purificaron, i su voz i sus palabras brotaron entónces seguras i sonoras.
Alejo tuvo confianza. Replicó a las ofertas de Mercedes con gracia i desenvoltura; pero calló, quedó meditabundo i sério. Una idea le habia asaltado. «¿Puedo yo ofender con mi amor a una mujer tan noble, tan buena, tan afectuosa conmigo, siendo esta mujer la esposa de otro?»
—¿Qué tiene usted? le dijo Mercedes; parece que piensa usted en la ruina del mundo.
—Talvez pienso en lo que lo arruina, replicó Alejo.
—¿En el odio, en las venganzas, en los crímenes de la ambicion, de la codicia, de la ingratitud?
—¡En los de la traicion! agregó con énfasis el estudiante, i Mercedes palideció.
—¿Cuándo se hace traicion? esclamó Mercedes serenándose.
—Cuando se falta a la fé jurada, cuando se promete para no cumplir, cuando se finje para engañar, contestó Alejo.
—¿I si jura usted o promete sin saber lo que hace, por obedecer?
—Yo distinguiria. Cuando se jura o promete sin saber lo que se hace, yo absolveria la falta. Pero cuando se jura o promete por obedecer, porque obedeciendo sacamos algun provecho, entónces queda ligada nuestra voluntad i no podemos faltar sin hacer traicion.
—¡Qué severo es usted, Alejo!
—Mas yo he salido de mi cuestion. No hablaba de esa especie de traicion. Me referia a la que se hace engañando. ¿Le parece a usted, Mercedes, que uno seria inculpable, finjiendo amistad para conseguir la satisfaccion de otra pasion, como la de la codicia, por ejemplo?
—¡Seguramente que no! Pero parece usted un estudiante de moral. Yo tenia un hermano mui querido que cuando estudiaba moral en el Instituto, me hacia leer sobre las pasiones el cuaderno impreso por su profesor don Miguel Varas, i allí se hablaba de la amistad como usted me está hablando.
—Justamente. Ese es mi estudio ahora. ¿Pero no cree usted que mi observacion es justa?
—A no dudarlo, Alejo. Mas ¿quiere usted decirme cómo es que usted ha saltado tan alto, para salir de una conversacion tan llana como la que teníamos?
—¡Qué quiere usted! no sé hablar de otra cosa que de lo que tengo entre manos. I como usted me brindaba tan sinceramente su amistad, no estrañe que al jurar acá en mi pecho ser su verdadero amigo, haya yo remontado el vuelo hasta hablar de las traiciones que pueden hacerse a un juramento.
—¿Luego usted estaba jurándome amistad entre sí?
—No, precisamente. Estoi dudoso. No me atrevo todavía a hacerle a usted ese juramento.
—¿Es posible, Alejo? ¿No se atreve usted a ser mi amigo?
—¡Ah! No diga usted eso, Mercedes, no sé lo que seré para usted. Seré un esclavo. No mas por ahora. No me pregunte ni me exija mas. No sabria qué responder, qué hacer. ¡Hablemos de otra cosa!...
Mercedes, disimulando un suspiro con una risa de encantadora gracia, tomó el libro que estaba en su costurero, i hojeándolo dijo:
—«Sampreerá a Julia.» Vaya, mi esclavo, mi favorito esclavo blanco, lea usted ahí...
Alejo leyó con amor i dulzura una carta de la Julia de Rousseau, miéntras Mercedes plegaba unos encajes, dándole furtivas miradas, i revelando a cada paso las impresiones i observaciones que le sujeria la lectura.
Al acabar la carta, Alejo esclamó:
—¿Se podrá engañar así a una niña inocente i pura? ¿No es esto hacer traicion?
—El hombre que seduce por darse el placer de una conquista, dijo Mercedes, es simplemente un infame, algo mas que un traidor. El que ama de veras, el que en amores no hace el oficio del cazador, acechando la tórtola para dispararle, es otra cosa...
—I el que ama sabiendo que no debe amar, que no puede amar, llega a ser tan infame como el que finje amor para seducir, agregó Alejo.
—¿Pero se puede vencer un amor verdadero por la sola consideracion del deber? preguntó Mercedes.
—Ahí está la virtud, la fuerza de espíritu para vencer al corazon, para sofocar los afectos estraviados.
—¡Bella teoría! ¡Pero cuán difícil en la práctica! Yo creo que nadie es mas filósofo que el amor, Alejo, para argüir i contestar las razones del deber.
—No lo he experimentado. Talvez eso depende de la fuerza moral de cada cual, de las circunstancias de cada caso. Yo no sé qué hacer. No sabria qué hacer si amara a una mujer que no fuese libre para corresponderme...
—A una mujer casada. Yo, por ejemplo. ¿No es esto?
—Sí, por ejemplo. Si yo la estimara i la respetara como la estimo a usted i la respeto, no me atreveria a amarla. Tendria fuerza para no amarla.
—¡Solo por estimacion, no por respeto al matrimonio! ¿Es así?
—Mercedes, el matrimonio es un pacto, un compromiso de lealtad entre los esposos, con el cual nada tienen que ver los estraños, sobre todo si no deben amistad al marido.
—¿Eso le enseña a usted su profesor de filosofía? ¡Jesus! qué teorías!
—No precisamente. Es lo que discurro.
—¡De modo que si usted no estimase a la esposa, ni tuviese amistad con el marido, se permitiria amarla!
—Creo que no podria amarla sin estimarla. Desde que la amara de veras la estimaria, i huiria de hacerla faltar a su deber. Pero si mi amor fuera pura galantería, talvez procederia de otro modo.
—Parece que usted ha pensado mucho sobre el asunto. ¡Tiene ideas tan fijas!
—Lo he pensado, i he tenido gran interes en pensarlo.
—¿I se ha puesto usted en el caso de un matrimonio descompuesto, que exista solo en el nombre?
—Seria inútil. Estimando i respetando a la mujer a quien se ama, la situacion es igual, porque tanto vale hacerla faltar a su esposo, como hacerla faltar a la sociedad.
—Le repito a usted que es mui severo, Alejo.
—Talvez de palabras. No sé si podré practicar mis ideas.
—Justamente ese es un punto que discutí muchas veces con mi pobre hermano. El tenia convicciones fijas. Salido al mundo, se echó de lleno en la gran política. No le veíamos en casa sino al levantarse. Algunas mañanas estaba profundamente triste.—¡Cómo tiene uno que modificar sus ideas en el mundo! me decia; no te puedes imajinar, Mercedes, cuánto tengo que sufrir. Casi nadie piensa como yo; a cada paso tengo que hacer cosas que no apruebo.—Eso solo prueba tu debilidad, le replicaba yo. Sometes tus convicciones al interes de los demas, en lugar de convencerlos.—Pero no es posible vivir con los demas, me decia él, sin cederles, sin seguir la corriente.—Eso harán los egoístas, los especuladores, objetaba yo; un hombre de carácter puede condescender, puede sacrificarse, pero en sus conveniencias, mas no en sus ideas: es preciso hacer lo que se dice i decir lo que se hace.
Alejo escuchaba con admiracion aquellas palabras de Mercedes, las cuales caian una a una estereotipándose en su mente.
Mercedes calló, enjugando una lágrima que le arrancaba el recuerdo de su querido hermano; i Alejo, sin poder reprimirse, le arrebató una mano i estampó en ella un ardiente beso.
—¡Sí! dijo, juro practicar siempre mis ideas, i en esto seré, Mercedes, su fiel discípulo, mas que en aprender el trato de las damas.
—Será usted, Alejo, un desgraciado. El mundo no sufre a los hombres que tienen ideas propias, i se subleva contra toda superioridad. ¡Testigo ese pobre muchacho, cuyo recuerdo me hace llorar todos los dias!
—¿A dónde está ahora?
—En el destierro... ¡Talvez para siempre!...
—¡Ah! ¡si yo pudiera reemplazarle! exclamó Alejo con viveza.
—¡Imposible! dijo Mercedes sollozando.
—Sí, imposible es ocupar su lugar en el corazon de usted, Mercedes; pero no es imposible que yo la ame a usted como él, mas todavía, si un hermano puede adorar a una hermana...
El horizonte de aquellos dos interlocutores se habia estrechado, se habia oscurecido. Cuando ámbos volvieron en sí, Alejo estaba de rodillas inundando de lágrimas las manos i el regazo de Mercedes.
Mercedes le miraba con lánguida sonrisa i con ojos velados por el llanto i profundamente dulces...
X.
Aquella primera visita habia fijado de un modo definitivo las relaciones de Alejo i de Mercedes.
Esta le amaba como ama una mujer de gran corazon i de espíritu independiente, con pasion i sin reserva. Alejo amaba a Mercedes como a una hermana de alta superioridad, con acendrada veneracion i no poca admiracion.
Ambos amores estaban en contraste, pero solo era Mercedes quien lo notaba i quien se sentia contrariada.
Alejo aprendia mucho con su trato, i ella se habituaba poco a amarlo como hermano, i se enorgullecia de su superioridad sobre aquel niño cuyo corazon disciplinaba, i a cuyo espíritu abria anchos horizontes.
La intimidad crecia. Muchas veces Alejo, despues de hacer una larga lectura que encantaba a Mercedes, o despues de discutir con ésta los temas de sus estudios, reclinaba la cabeza en el blando regazo de su amiga i se dormia sintiendo un beso en la frente, o desmayándose bajo la cariñosa mano de Mercedes que resbalaba por sus cabellos i jugaba con ellos.
Pero en ocasiones el corazon se sobreponia al espíritu, i entónces Mercedes era la que mas se dejaba arrastrar por él, en tanto que Alejo era el que con mas severidad refrenaba sus ímpetus, pues su voluntad era poderosa. De esas luchas ardientes, mudas pero violentas, Alejo salia siempre satisfecho de haber cumplido su juramento de venerar al ídolo de su alma. Mercedes le admiraba i sin decir por qué, ni sin que viniera al caso, terminaba siempre con esta esclamacion, que Alejo no comprendia i que ya le era habitual:
—¡Tú vas a ser un grande hombre!
No sabemos cuánto tiempo duró aquella escuela de amor i de virtud entre esta mujer estraordinaria, que unia a todas las graciosas i dulces debilidades de su sexo un espíritu elevado, i aquel estudiante que se estrenaba en la vida equilibrando las fuerzas de su corazon con las de su alma, para hacerlas marchar unidas i mas poderosas. Lo cierto es que aquella jimnástica hizo un hombre de un niño de diez i ocho años.
Alejo no aspiraba mas que a ser digno de Mercedes, e idolatraba en ella.
XI.
I bien lo probó en cierta ocasion.
Era el medio dia de un domingo de verano, i los salones del café de Hévia estaban llenos de jentes que tertuliaban o jugaban al billar. El café de la Nacion habia decaido con el partido pipiolo: uno que otro rezagado se veian en sus mesas, mústios i hablando jeneralmente en secreto.
El gobierno pelucon triunfaba en toda la línea, persiguiendo sin piedad a los vencidos, dispersándolos o encarcelándolos. En el café de Hévia no se oia mas que su elojio, i eran naturalmente sus mas ardientes partidarios los políticos del café.
Entre éstos figuraba como el primero, por su locuacidad i arrogante presencia, un jóven que acababa de volver a Chile, despues de haber derrochado una fortuna en el estranjero, i que pretendia recobrarla al calor del sol que se levantaba. Era un espadachin de primera fuerza, i entre sus muchas aventuras, la que le allegaba mas fama era la de haber dado muerte en duelo a dos hermanos que, pretendiendo vengar el honor de una hermana seducida por él, le habian desafiado, cada uno en distinta ocasion i en paises diferentes. Todos le respetaban o le temian, i el gobierno le trataba como a uno de sus mejores adeptos.
Aquel domingo el brillante seductor jugaba guerra, en una mesa con Alejo i otros, habiendo colgado su frac verde de botones de oro, para lucir una camisa de estopilla ricamente bordada.
Se hablaba mas de política que de los lances del juego, i el seductor tenia la palabra, justificando el destierro de muchos pipiolos notables, sobre todo el del hermano de Mercedes, a quien maldecia cada vez que le nombraba. Alejo le habia replicado varias veces con moderacion i firmeza, i sus réplicas habian enardecido al novel pelucon, que dando suelta a su lengua, agregó:
—Una cosa buena tenia ese infame gallego, su hermana jemela, a quien le hice el amor algunos dias, i me gustó; para qué lo he de negar.
—¡Un caballero no habla así de una señora! dijo Alejo con serenidad, mirándole de frente.
—¡Pero sí de una mujer! replicó con insolencia el politicastro, al tiempo que Alejo le quebraba la punta de su taco en la cabeza.
El agredido tiró un estileto italiano i se lo perdió en el hombro izquierdo al estudiante, cayendo en el acto derribado i con la cabeza abierta por la masa del taco que éste le descargó con violencia.
Toda la concurrencia del café se agolpó al sitio de la catástrofe, i la atencion jeneral se contrajo al caido, creyéndole muerto.
Alejo salió sin ser sentido, i despues que pasó la primera sorpresa, i se vió que el caido estaba vivo i sin peligro, todos los circunstantes buscaban al estudiante para felicitarle, i no se alzaba una voz que no fuera en su defensa.
Entre tanto, él habia llegado a casa de un su amigo, que tenia la gracia de ser uno de los dos únicos estudiantes de medicina que habia en aquel tiempo, i allí sentado en una silla, medio desnudo, habia recibido la primera curacion de su peligrosa herida, para tomar despues la cama, haciendo decir en su casa que le habia atrapado el contajio de la escarlatina, que hacia poco habia diezmado la poblacion de Santiago.
XII.
Ramiro, constante parroquiano del café, conoció aquella aventura a las pocas horas, pero guardó silencio.
Mercedes, ignorante de lo sucedido, comenzó a inquietarse de la ausencia de Alejo, cuando pasó sin verle tres dias. ¿Es posible, decia ella, que haya salido de vacaciones mi Alejo sin despedirse? ¿A dónde se ha ido? En la semana anterior todo fué ocuparse de sus exámenes, pero llegaba aquí por momentos a noticiarme sus triunfos. El dia en que dió su exámen final en público i a presencia del presidente i los ministros, vino a descansar en mis faldas. Desde entónces no le he visto a derechas. Ahora ha desaparecido. ¿Habrá mandado por él su familia sin dejarle tiempo de venir?
Tales conjeturas quitaban a Mercedes su tranquilidad, su sueño. Los dias corrian, i ella no tenia noticias de su querido. Al fin arriesgó un billetito primorosamente escrito i doblado con amor; pero se lo devolvieron con la respuesta de que Alejo no estaba en casa. Le fué imposible resistir mas: bajó su escalera, i corrió a la casa vecina, en la cual no tenia relaciones. Entró temblando de amor, de dudas, de vergüenza, i se quedó estática, desvanecida, cuando supo que Alejo tenia la escarlatina i que estaba asistido con esmero paternal en casa del doctor Moran.
Sin ser dueña de sí misma, Mercedes salió de allí, i a poco despertó en los umbrales de una casa situada a las espaldas del templo de la Merced, donde era recibida con esquisita urbanidad i conducida al lecho de Alejo.
El momento fué solemne. Ambos se abrazaron en silencio, i pasados algunos minutos, Mercedes se desplomó en la silla de la cabecera sollozando. Los circunstantes guardaron silencio respetuoso, pues conocedores de la aventura del café, respetaban aquellas lágrimas, que juzgaron derramadas por la gratitud, no por el amor.
Alejo se habia desmayado. La fiebre le devoraba, la inflamacion de su herida era mortal. Los médicos estaban en junta, el doctor Moran sostenia que debia abrirse de nuevo la herida i prolongarse, so pena de perder al enfermo; i agregaba que si su hijo hubiera hecho aquello desde el principio, el jóven estaria ya sano.
—¡Lo salvaremos, padre mio, lo salvaremos! repetia el hijo; pero los demas doctores opinaban que la operacion, aunque indispensable, era sumamente peligrosa. Sin embargo, el anciano Moran no desmayaba. Con el ascendiente que le daban su talento, su lenguaje enfático i persuasivo, sus ojos vivaces i espresivos, su cabeza de nieve que formaba contraste con el color moreno de su semblante, dominó a la junta e hizo adoptar su parecer.
Todos los doctores llegaron al lecho del enfermo, cuando él habia vuelto de su desmayo i cambiaba algunas palabras con su madre, una señora jóven i hermosa, i con Mercedes, cuya belleza se realzaba con el dolor. El doctor Moran principió por hacer salir a la primera i a los demas circunstantes, pero Mercedes persistió en permanecer al lado de su amigo, i éste lo exijió tambien, diciendo que estaba dispuesto al trance.
Hechos los preparativos, el viejo doctor esclamó con voz acentuada:
«Nunc opus, Eneas! Nunc pectore firmo.»
—Eso me sobra, replicó Alejo. Tengo mucha voluntad de vivir; i tendió a Mercedes su mano derecha con una sonrisa encantadora.
Mercedes estrechó aquella mano de fuego con efusion, i al sentir el rasgo de la horrible cuchilla, dada con mano firme por el anciano, reclinó su frente sobre la de su querido, i casi selló sus lábios con su boca de rosas.
Alejo no habia hecho mas que suspirar, pero de nuevo se habia desmayado. Mercedes cayó de rodillas i sin color.
El doctor Moran la alzó con dulzura, i la condujo afuera, persuadiéndola con amabilidad de que debia retirarse.
Mercedes se encontró sola en el patio. Todas las puertas estaban cerradas, i no se atrevió a tocar a ninguna. Una hora pasó allí enjugando sus lágrimas, hasta que salieron los médicos de la junta a montar a caballo para retirarse.
—¿Vive? preguntó temblando al mas anciano.
¡Todavía! le respondió éste, agregando que nada se podia asegurar hasta que pasaran veinticuatro horas; pero que era necesario mucho silencio i que nadie se acercase al lecho del moribundo...
Mercedes salió desolada tras de los médicos a la calle. El sol reverberaba en las dos aceras. Todo estaba solo. No se oian mas que los galopes de los doctores que se retiraban por diferentes rumbos.
Cuando llegó a su casa, el postigo de la puerta de calle estaba entornado. Subió a su aposento i se echó en su sillon, sin sentido i agobiada de calor i de fatiga.
XIII.
¿Quién no conoce esas horas de dolor, en las cuales no se vive, ni se muere? Todos los instintos se apagan, el alma no tiene mas que una sola idea, si tiene alguna.
Una especie de vapor envuelve nuestro sér, una noche tenebrosa, en la cual no reluce mas que una sola estrella, la del dolor.
El tiempo pasa lento i pesado; pero el corazon no lo siente, i aun lo halla corto para su pesar.
Así habia pasado aquel dia infausto para Mercedes, i las sombras de la noche habian oscurecido su salon, sin que ella lo notase.
Mas de repente un prolongado silbido la despierta i sobresalta. Fija su oido, i terminado el silbo, cantaba el sereno del barrio:
«¡Ave María purísima! ¡Las diez han dao i nublaaaao!»
Mercedes salta de su sillon i en pocos momentos mas, penetraba en puntillas en la casa del doctor Moran.
Todo estaba en silencio i a oscuras. Pero en la puerta del aposento que conducia al de Alejo, a un lado habia un brasero encendido con tetera encima de las brasas, i al otro lado una mujer sentada en una silleta pequeña.
Mercedes se acercó lentamente, la mujer se levantó, i respondió a sus preguntas, noticiándola de que el enfermo estaba malo, i que solamente entraban a su cuarto la madre i el doctor jóven, que no se separaban del lecho.
Mercedes rogó a la mujer que le permitiera estar con ella i ayudarla a trasnochar.
La mujer le cedió su sillita de paja i se sentó a su lado en el suelo.
El silencio era profundo. La noche estaba borrascosa i el calor sofocante. A menudo relampagueaba, i la luz eléctrica iluminaba aquellos dos bultos negros.
La mujer, como acabando de rezar, se santiguó, i suspirando dijo por lo bajo:
—La noche está de muerte.
Mercedes se estremeció i preguntó:
—¿Cree usted que morirá Alejo?
—Así dicen, señorita, i tendremos otra ánima que pene en esta casa, ademas de las muchas que ya hai.
—¿Aquí hai ánimas que penan?
—¡Ah! no se puede figurar su merced cómo nos tienen; pero el patron no crée, i cada vez que la señora le cuenta alguna mano, se echa a reir i nos trata de tontas i majaderas. Yo creo que este caballerito enfermo se va a morir, porque desde que está aquí, entran hasta de la calle las ánimas.
—¡Cómo es eso! replicó con viveza Mercedes.
—Sí, señorita. Nunca se habia visto lo que ahora. Algunas noches se aparece aquí en el patio, sin saber cómo, una fantasma que pregunta por el enfermo i se desaparece. Nadie sabe quién es, ni se le puede ver la cara.
—¿Vendrá esta noche?
—Puede ser, porque hace dos o tres noches que se aparece. Vea, señorita, hablando del rei de Roma: allí la tiene en el zaguan. ¡Madre mia del Cármen, favoréceme! ¡Jesus, Jesus!...
Un hombre alto, mui alto i seco, acechaba desde el zaguan i los primeros rayos de la luna que entraban por la puerta de la calle dibujaban su sombra.
Luego, paso a paso se acercó a las dos mujeres i en voz mui baja preguntó:—¿Cómo está el jóven?
La cuidadora, haciendo la cruz con una mano i tapándose los ojos con la otra, le respondió:
—No pasa de esta noche.
El fantasma quedó inmóvil i medio inclinado hácia las mujeres. Mercedes se cubrió con su mantilla.
Momentos despues, el fantasma estiró su largo brazo i asiendo del puño a Mercedes, la levantó i arrastró con él a la calle, diciéndole:
—¡Tú no debes estar aquí, imprudente!
La luna menguante se elevaba sobre los Andes entre nubes negras, cuyos bordes teñia de ópalo i zafiro, e iluminaba la vereda del sur de la calle de la Merced.
—Vamos a la sombra, dijo Ramiro, sin soltar el puño de Mercedes, que temblaba de coraje.
—¡Me persigues hasta en mi dolor, hombre siniestro! dijo Mercedes casi llorando.
—No, cálmate, Mercedes. Comprende. Piénsalo bien. ¿No basta que yo sea el órgano de tu gratitud?
—¿Mi gratitud? ¡Quieres decir de mi amor! ¿Tú el órgano de mi amor?...
—Espera. Sé que amas a ese muchacho; pero ¿puede convenirte a tí ni a mí que el mundo crea que él ha hecho eso porque es tu amante? ¡Qué gracia tendria entónces! Por el contrario, nadie sabe que te conozca, i todos creen que ha obrado de puro noble i valiente. Precisamente por eso paso siempre a informarme de su salud i hoi he estado al morirme de cólera, al saber que tú habias venido.
Mercedes calló. No entendia ni una palabra de este lenguaje, i pensó un momento que su marido estaba loco. Pero a medida que éste insistia en persuadirla de que no debia ver a Alejo, comprendió que habia algo de mui grave, que ella no conocia i se interesó en la conversacion de Ramiro.
Cuando llegaron a la casa, ya Mercedes estaba instruida de la aventura del café, i su corazon latia con violencia.
El español entró a su aposento, diciéndole con toda la dulzura de una fiera:
—Prométeme, mujer, no ir otra vez a casa del enfermo. Yo te traeré noticias de él...
—¡No puedo! Me moriria si no fuera a verlo siquiera una vez al dia...
—Pues, ¡muérete! No irás, yo cargaré la llave de la puerta, dijo Ramiro, cerrando con ímpetu la de la alcoba.
Todo quedó en silencio en la habitacion. A lo léjos se oia el triple i sonoro tañido de la campana de las Capuchinas, que llamaba a los maitines de la media noche.
Mercedes sintió la necesidad de Dios, i cayó de rodillas a pedirle favor, a rogar por la vida de su amigo.
XIV.
Al dia siguiente, Ramiro estaba sentado en uno de los salones de billar del café de Hévia. Era domingo.
Varios estudiantes, que aun permanecian en Santiago, jugaban una partida con gran ruido i algazara.
—¿Qué será del defensor del gobierno? decia uno de los jugadores.
—¿Cuál, preguntaba otro, el de la camisa de estopilla?
—Sí, agregaba un tercero, el de la cabeza abollada.
—¡Oh! Dicen que ha habido que raparle a navaja i ponerle un parche de mate, esclamaba aquél.
—No, decia el de mas allá, yo he visto en la calle al tal asesino. Sale de noche, pero todavía con la cabeza atada. Ha hecho cama muchos dias, i lo ha asistido el médico de palacio.
—¿Quién? ¿Indelicato? Por supuesto, su compañero en la tertulia de Portales, esclamaba uno de los jugadores, gritando en seguida: Pásame la de Alejo, billarero, que esa es la que merecen todos esos tunantes.
El billarero le alargaba la maza, i el estudiante ántes de tirar, la blandió en señal de amenaza.
—¿Que será del pobre Alejo? dijo en voz baja el otro jugador, al picar de pasa-bola la suya, i se quedó mirando su rumbo con todos sus sentidos.
Todos callaron.
—¿Ninguno ha ido hoi a saber de él? esclamó un momento despues otro estudiante que no jugaba.
—¿Para qué? dijo uno. ¿Para recibir la tremenda noticia, i pasar un mal dia de fiesta?—En ese momento entraba otro, i varios de los de adentro le preguntaron a un tiempo: ¿Has sabido de Alejo?
—Debe de ser alma del purgatorio en este momento, respondió el que llegaba. No me he atrevido a ir a saber de él.
—¿Por qué lo dices?
—Porque anoche estuve en una casa, donde el doctor Polar estaba descuerando al viejo Moran, porque se habia salido con hacer una operacion, contra el parecer de todos los médicos. Ellos opinaban que debia desarticularse el brazo, por lo imposible que era penetrar en la fosa del estileto del asesino, para abrir de nuevo la herida; pero el viejo se salió con la suya, echándose toda la responsabilidad. ¡Quién sabe!
—¡Morir tan jóven!... ¡Pero con honor!...
Ramiro, que habia permanecido impasible, se conmovió al oir tal esclamacion, i salió de prisa del salon.
Ninguno de los circunstantes sabia que ese hombre era el marido de la mujer, cuya honra habia defendido Alejo. Pero, sin saber por qué, todos le miraron a un tiempo, cuando se levantó.
—¿Quién será ese pejegallo? dijo riendo uno de los estudiantes.
—¡Algun espía!
—Compañero del de la camisa bordada.
—Justamente, debe serlo, esclamó uno de los jugadores. Jamas habia visto en los billares a ese as de bastos, sino en las mesas del patio. Pero desde el suceso de Alejo, su presencia aquí parece suplir la ausencia del de la cabeza remendada.
La partida se terminaba en ese momento.
—En fin, dijo uno, tirando el taco: no se diga de nosotros que somos indolentes i mataperros. Vamos todos a saber de Alejo. Si el viejo Moran ha acertado su cuchillada, seguimos de largo hasta los baños de Alexandri, donde acabaremos alegres el dia, para irnos esta noche al Parral de Gomez.
—¿I si el viejo ha echado bolas a la raya? preguntó el último llegado.
—Tambien seguiremos de largo, pero solo a bañarnos. Haremos duelo por ese bravo muchacho; i escarmentaremos en él. Por lo que a mí toca, aunque hable de mi madre el primer pillo que llegue, me callaré la boca. ¡Pues ahí es nada, que por cosa de mas o ménos le entierren a uno el puñal, i lo despachen en los albores de la vida!
—¡Qué bestia! esclamó aquél. Hablas como un canalla!
—¿Así piensan en el Maule? preguntó otro.
—Cada uno para sí i Dios para todos, respondió el interpelado. Ya pasaron los tiempos de don Quijote.
—Pero el tiempo de los caballeros i de las almas nobles no pasa nunca, concluyó el que le llamaba bestia.
Los estudiantes salieron, sin cuidarse de los que oian su conversacion, i al salir por el gran patio, encontraron a Ramiro que volvia sereno i casi alegre a tomar asiento en una de las galerías del jardin.
—¡A dónde iria tan de prisa este lagarto? esclamó uno de los estudiantes.
—A saber de Alejo, respondió con fisga otro, sin saber que acertaba en la verdad.
Al cruzar para los viejos portales de la plaza, los estudiantes vieron pasar al galope, en un caballo blanco, al doctor Moran i esclamaron: parece que va contento el señor don Pedro. ¡Buenas señas!
La caravana se dirijió a la calle de la Merced.
XV.
Varios dias habia pasado Mercedes en su estrecha prision. Ya no tenia lágrimas en los ojos. La fiebre la consumia.
Ramiro, que contra sus hábitos habia estado mas a menudo en casa, durante esos dias, se habia acercado algunas veces al dormitorio de Mercedes, i dando tres golpecitos en la puerta, le habia dicho secamente:—«El enfermo está fuera de peligro.»—«Tu amigo convalece rápidamente.»
Cada vez que Mercedes oia algunas de estas palabras, esclamaba:—«¡El tigre se divierte!»—«¡El infame se burla!»
El silencio volvia a reinar en los aposentos, i solo era interrumpido por hondos suspiros, por ayes de angustia, por sollozos sofocados.
Mil medios habia tentado Mercedes para salir a la calle, pero en vano. Hasta habia creido posible lanzarse por el balcon.
Mediante la bondad de su madre, a quien habia confiado su pesar, se habia aprovechado de las salidas indispensables de la muchacha sirvienta, para informarse de Alejo; pero sin avanzar nada.
En la casa vecina, la muchacha no habia podido penetrar. Estaba sola i permanecia cerrada.
En casa del doctor Moran, que la sirvienta habia tardado en hallar, nunca le daban contestaciones fijas, i siempre la habian despedido en la puerta.
Al fin un dia Mercedes oyó decir a su tio el albino, que en la noche precedente habia estado en los Desagravios, en la Merced.
—¿Cómo pudo usted salir de casa, mi tio? preguntó Mercedes.
—Por la puerta, dijo don Miguel secamente.
—¿Pues qué, ya no tiene la llave Ramiro?
—Nó, hace dias que me la entregó, diciéndome que ya no la necesitaba.
—¿Se fijó usted, mi tio, en la casa que está a los piés de la iglesia? ¿Notó usted algo?
—¿Cual, la del médico? Sí, estaban tocando el piano creo que bailaban.
Mercedes se cubrió con las dos manos la cara.
—¡Oh mundo! esclamó. ¡Ayer un muerto, i hoi música i baile!
—El muerto al hoyo i el vivo al pollo, dijo sonriéndose don Miguel.
—¿Podriamos ir, mamita, a los Desagravios esta noche? preguntó con cariño Mercedes, i agregó: ¿no le parece a usted que Ramiro no me prohibirá ir a la iglesia?
—¡Quién sabe! esclamó la señora. ¡Hace tanto tiempo que no puedo salir a la iglesia!
—Por favor, dijo Mercedes, abrazándola; iremos al paso, se apoyará su merced en mí, i descansaremos donde sea necesario.
—Anda, mujer, añadió don Miguel. Cuando la hija te pide que vayas a la iglesia, es porque Dios habla por su boca.
La señora se inclinó hácia su hija i la dijo en voz baja:
—¿Por qué no vas tú sola? Desde que tu marido ha dejado la llave i no te vijila, se entiende que no reina su prohibicion.
—No obstante, mamita, le respondió Mercedes estrechándola, no me atrevo a salir sola, ni quiero rebajarme a preguntar a ese hombre si puedo salir. Acompáñeme su merced. ¡Haga este sacrificio por su hija desgraciada!
Mercedes se inclinó llorando sobre el seno de su madre. Esta la besó en la cabeza i le dijo:
—Cálmate. Iremos al anochecer.
—Al cabo Dios tocó tu corazon empedernido, esclamó el albino, levantándose de la mesa, donde los tres habian hecho su comida.
Mercedes estaba ya mas familiarizada con la idea de la muerte de su querido. Habia pagado el primer tributo de angustias i de desesperacion que produce la separacion eterna de un ser amado; le quedaba aquel dolor que es tanto mas sereno miéntras mas profundo, en el cual suele cebarse el corazon. Por eso anhelaba conocer los detalles de la muerte de Alejo. La curiosidad la molestaba cada dia mas, desde que su marido habia dejado de dar los tres golpes en su puerta para decirle en seguida una frase de consuelo, que ella recibia como un sarcasmo.
Al anochecer de aquel dia, bajaban lentamente por la vereda del sud de la calle de la Merced dos mujeres de luto, con lijeras i angostas mantillas sobre la cabeza que cubrian los perfiles de sus rostros.
Las chilenas no acostumbraban entónces vestirse de monjas, con anchos mantos, para asistir al templo.
De trecho en trecho se paraban a descansar. Una de ellas, que era la madre de Mercedes, se apoyaba en ésta, i se sentaba si el sitio ofrecia un asiento.
Al entrar en la cuadra de la Merced, ambas afirmaron su marcha. Mercedes se sintió fuertemente conmovida al oir el piano de la casa del doctor, cuyos acordes en ese instante parecian estar en la calle, porque estaban todas las puertas abiertas. Las ventanas del estudio estaban de par en par, i adentro conversaba en alta voz el anciano con varios amigos. ¡Qué contraste para el pobre corazon de aquella hermosa!
Mercedes no sabia cómo hacer. ¿Entraria en la casa? ¿Llamaria para tomar informes del primero que saliera? ¿Pasaria de largo, perdiendo el objeto de su escursion?...
Pero al enfrentar a la puerta, el doctor jóven salia i se encontró frente a frente de Mercedes. Esta tuvo valor i le detuvo.
—Por favor, señor, le dijo, ¿podria usted oirme una palabra?
El jóven vaciló un momento. Mas al reconocerla, esclamó:
—¡Oh qué fortuna! Desde hoi tengo una carta para usted, señorita, i me proponia hacerla llegar a sus manos esta noche misma. Me encaminaba a buscar su casa.
—¡Una carta! repitió Mercedes.
—Sí, de Alejo, que me escribe por primera vez, desde que nos separamos.
Mercedes sintió paralizarse la sangre de sus venas. No comprendió nada i se quedó mirando estupefacta al jóven.
—¿No oyes? la dijo la señora sacudiéndola: ¡una carta de Alejo!
—Sí, de Alejo, continuó el jóven, que está de carnaval en Rancagua, en donde ha asistido a dos bailes de máscaras. Su familia vino con él a pasar allí los últimos dias, despues de haber estado un mes en la hacienda donde yo lo dejé ya sano.
—¡Sano! repitió Mercedes conservando la carta en la mano con la misma actitud en que la habia recibido.
—¿No lo crees? ¡Qué niña! esclamó la señora sacudiéndola del brazo otra vez.
—¡Oh! Su sanidad quedó asegurada al otro dia de la terrible operacion, prosiguió el jóven. Luego creimos conveniente sacarlo al campo, e hicimos con la familia el viaje en carreta. Yo no me vine sino cuando ya lo dejé paseando a caballo. El me encargó que la visitara a usted, i me confieso reo de la falta. Pero entre tanto pasaremos adentro. No se diga que yo las recibo a ustedes en la calle.
—No, gracias, contestó la señora, es imposible...
La despedida fué cariñosa, ménos de parte de Mercedes, que apénas tuvo alientos para dar las buenas noches.
Ambas volvieron sobre su camino. Mercedes anhelante, ahogada en suspiros i lágrimas, arrastraba mas bien que conducia a su madre.
—¡Vive! esclamaba a veces. ¡Alejo vive! ¡Dios mio! i estrechaba a su corazon la carta i la besaba con efusion.
—Sí, añadia la señora, vive. Dios es justo. Ya lo decia yo; ese jóven no podia morir.
La mañana siguiente era espléndida. Una lijera tormenta de verano la habia refrescado i las auras jugueteaban sin rumbo.
Los balcones de Mercedes estaban abiertos.
Ella vestia de blanco i tenia todo su negro i joyante cabello estendido sobre las espaldas. Un lijero tinte violado en sus párpados, resto de su agudo pesar, formaba contraste con la alegría que se irradiaba de su bello semblante.
Eran las diez de la mañana i a esas horas todavía leia Mercedes, por milésima i una vez, las siguientes líneas:
«¿Qué es de tí, hermana querida, mi Mercedes, mi amiga idolatrada? ¿Por qué no me has escrito?»
»¿Sabes por qué no lo habia hecho yo ántes de ahora? Porque estaba en una hacienda, donde ademas de no conocerse el papel, ni mas plumas que las de las aves del corral, no me dejaban hacer otra cosa que pasear i aburrirme.
»La última noticia que tuve de tí, era que habias sido arrebatada del patio del doctor, una noche, por un fantasma que te arrastró por los aires, despidiendo raudales de chispas.
»Todos los dias hacia yo repetir esta conseja a mi sirvienta, testigo de vista. Su seriedad nos hacia reir, pero su fé solia ser contajiosa, pues mi madre i la señora del doctor no se reian en ocasiones.
»Al tiempo de mi partida, dejé encargo de que te avisaran, dándote mi direccion para que me escribieras. Por eso es que no he podido esplicarme tu silencio.
»¿Te diré que pensaba i pienso en tí a toda hora, i que mi alma te pertenece aun en sueños? Si así no hubiera sido, no habria yo convalecido. Queria vivir para tí. Queria sanar para tí. ¿Tengo yo otro halago en la vida?
»Me parece que te oigo a cada momento, i a menudo, aun estando profundamente pensativo, me sobresalto, porque siento que tú murmuras mi nombre a mi oido. ¡Te amo tanto Mercedes!
»Pero no. No tengo para qué escribirte una carta de amor.
»Ni sé hacerlo, ni tú necesitas que lo haga.
»He tomado la pluma para notificarte que estoi bueno i próximo a trasladarme a Santiago. Pero no ya para vivir cerca de tí. Sigo a mi familia a otra casa.
»¿Mas me será posible verte, como ántes?
»Se me olvidaba esto, que es lo que me preocupa, i lo que mas necesito comunicarte.
»Estoi lleno de sobresalto, desde que recibí la carta que te incluyo. Es de tu marido i te aseguro que me da miedo. Ya te he dicho otras veces que el único hombre que me ha inspirado terror en mi vida es él. Hará conmigo lo que promete?
»Mira, mi adorada Mercedes, tú debes creerme que por tí moriria con placer. Mas despues de haber sacrificado mi corazon por honrarte i ser digno de tí, ¿es posible arriesgar la vida para deshonrarte i perderte?
»No sé qué hacer. No hallo otro arbitrio que entenderme con él i exijirle que fíe en mi probidad, i me permita verte. No me siento capaz de adoptar un plan para burlar su vijilancia, porque desde que nuestra amistad fuera furtiva, declinaria, i mi Mercedes dejaria de ser mi ánjel.
»Seria necesario que yo te amara ménos, para prostituirte. ¿I podria yo arrancar del trono de mi corazon, para arrastrar en el fango, al sér que mas venero, a la mujer que mas amo, a esa alta intelijencia que ha abierto los horizontes de mi espíritu, que ha educado mi corazon, que me ha hecho lo que soi?...
»Necesito de tí. Ya lo ves. Principié alegre esta carta, i ahora me siento abrumado de pena, de incertidumbre. La luz de alegría que me iluminaba al saludarte, se ha convertido en tinieblas. Se me ha cerrado el mundo. ¿No lo ves? Necesito de tí.
»¿Cuándo hablaremos? Te buscaré el siguiente dia de mi llegada, el primero del entrante, a las tres de la tarde. ¿Oyes? Creo que a esa hora podremos estar solos. Hablaremos. Definiremos nuestro porvenir.
»Adios, hasta entónces. Te abrazo desde este momento. Entónces te dará un beso tu
Alejo.»
¡Alma de oro! esclamó Mercedes. ¿Hai álguien mas noble en el mundo? ¿Ni mas inocente, ni mas puro? ¡No, ídolo mio, no serás tú el sacrificado! ¡Antes que esa fiera te toque, yo la enfrenaré!... ¡La haré caer a mis piés!
¿Es esto posible? ¿que se haya atrevido este infame a escribir esa carta al que por defender mi honor, el de él, ¡del infame! ¿hubo de perder la vida? ¡Alma de cieno!... ¡Oh cuánta es mi desgracia!...
I Mercedes estrujaba la carta de Ramiro a Alejo; i despues la estendia i la releia con una risa sarcástica en su graciosa boca:
«Señor D. Alejo.
»Mui señor mio i mi dueño:
»Como usted ya está bueno, segun se me asegura, creo de mi deber advertirle que en llegando a ésta, será usted perseguido por aquel asesino del café. Si usted quiere salvarse, es necesario que le desafíe ántes i tenga seguro que le admite.
»En tal caso, yo reclamo su lado, pues ningun otro que yo debe ser su padrino. Mas ántes es preciso que usted reciba algunas lecciones. Yo sé estocadas que nadie conoce, i puedo adiestrarle a usted en dos horas.
»Con esto pago a usted mi deuda, i a fuer de caballero leal, debo declararle que allí terminarian nuestras relaciones.
»Conozco sus amores con mi esposa, i no está en mi dignidad tolerarlos. Espero que usted será bastante caballero para no ponerme en el caso de probarle que tengo un pulso mas certero que el de aquel tunante. Que no le vea a usted, por Dios, en mi casa, ni cerca, pues no quisiera cumplir el juramento que le hago, de cortar con el acero los amores que usted, si es honrado, debe cortar voluntariamente. Soi de usted
Ramiro.»
¡Los amores!—¡Mi esposa!—¡A fuer de caballero leal! repitió Mercedes sonriendo.
I en efecto, la carta está calculada para inspirar terror a un niño como Alejo. ¿Niño? Nó. Es un hombre. Es valiente. Pero es mas que todo caballero i honrado. Sí, ¡es necesario salvarlo del tigre! Lo salvaré.
No debo pagarle su amor, su jenerosidad, su defensa de mi honor con esponerlo a ser... ¡Ah! ¡Sí, Dios mio! ¡A ser asesinado! ¡A mis plantas! ¡Por mí!...
Nó. Valor. Soi yo quien debo sacrificarme. Sí, me sacrificaré. Salvaré a mi hermano, a mi querido Alejo. Es fácil. Lo veré ... sí, una sola vez. Me despediré de él para siempre!...
Mercedes lloró. Mas tranquila despues, se levantó casi contenta.
Qué ¿no podré yo amarlo, sin tenerlo a mi lado? ¿No podré adorarlo desde léjos? Oh, sí: lo amaré siempre. Sabré de él. Sus triunfos serán mi alegría. Lo buscaré, lo miraré a la distancia. Lo adoraré i no lo perderé...
Mercedes dejó las cartas i pasó a su tocador; al mirarse en el espejo esclamó:
¡Oh! sí. Entónces se criaban hijas bonitas para darlas al primer mastin que las apetecia. ¡Qué tiempos! ¡I hai mujeres casadas a la antigua española que son felices! ¡Almas de cántaro!... ¡Ya se vé, no les habrá tocado un taco de billar por marido! ¿Qué un taco? ¡Un asesino!...
Calló i se estremeció.
XIV.
El dia de la cita se acercaba, i entre tanto Mercedes leia siempre las cartas i meditaba. El tono de su mirada i la tranquilidad de su semblante anunciaban que habia tomado una resolucion.
Llegado ese dia que era de fiesta, los transeuntes pudieron verla a cada instante en su balcon, primorosamente ataviada i espléndidamente hermosa.
Entre tres i cuatro de la tarde, la calle estaba solitaria, i Mercedes distinguió mas con el corazon que con los ojos, a Alejo que se acercaba lentamente i como receloso: al instante bajó a la puerta de calle. Allí esperó tranquila, serena.
Alejo, al verla, se precipitó, i llegó tendiéndole los brazos. Mercedes le tomó de la mano sin desplegar sus lábios, i le condujo a su salon, cerrando cuidadosamente la puerta tras de sí.
Un abrazo mudo, estrecho, prolongado, precedió a las caricias i a las lágrimas de aquellas dos almas ardientes que se idolatraban.
Entre risas i suspiros, Mercedes hizo a su querido la historia de sus sobresaltos durante la ausencia. Alejo la escuchaba enternecido, i le pedia perdon, culpándose a sí solo de no haber tenido cuidado de informarla directamente, cuando ella le suponia muerto.
—Ahora, tenemos que fijar nuestro porvenir, dijo Mercedes, sobresaltándose instantáneamente.
Pesados pasos hacian crujir la escalera.
Mercedes toma violentamente a su querido i le empuja a la alcoba. Allí le encierra en un ancho ropero tallado i cuajado de labores de concha de perla, i coloca la llave en su pecho. Alejo habia obedecido en silencio. Mercedes se habia recostado en su lecho.
En ese momento, la puerta de la alcoba se abre, Ramiro aparece airado, ceñudo.
Mercedes se endereza con mirada furibunda, blandiendo convulsivamente en su mano derecha, que apoya de puño en la cama, un pequeño i agudo puñal.
—¿Qué quieres? le dice.
—Nada, creí que no estabas sola, respondió el español, dando vuelta la espalda i cerrando de nuevo la puerta.
Por un momento se sintieron los pasos de Ramiro. Luego el ruido del tálamo indicó que se echaba a reposar, como solia hacerlo a veces.
Ella permaneció en la misma actitud, pensativa, con los ojos fijos en la puerta, inmóvil, sus lábios entreabiertos. Pasó mucho tiempo.
Reinaba un profundo silencio, que solo era interrumpido a veces por el que reposaba en el salon. A cada ruido, Mercedes se ajitaba, acechaba, i en cierto momento se acercó a su puerta en el ademan de la fiera que se lanza sobre su presa.
Allí quedó fija como una estátua, pálida, los ojos desencajados, un pié hácia adelante, su mano derecha hácia atras, pronta a levantarse para descargar el puñal.
Los pasos de Ramiro, que se repitieron, no la conmovieron. Esos pasos se sintieron de nuevo en la escalera. Mercedes abrió su puerta i salió espiando.
Cuando él estuvo en el patio, ella volvió i se encontró de sorpresa con Alejo, que habia abierto por dentro el ropero i la seguia de cerca.
Ambos se encontraron. El puñal cayó i Mercedes estalló en sollozos i convulsiones violentas, cayendo tambien al suelo...
Alejo la colocó en el sillon i le suministró los recursos que tuvo a mano para mitigar el ataque. Cuando Mercedes pudo respirar i dar espansion a sus suspiros i lágrimas, él la cubrió de caricias.
Los últimos lampos del crepúsculo de la tarde alumbraban aquella escena.
Mercedes jemia aun i por momentos se sofocaba. El se puso de rodillas, para estrecharla mejor. Mas ella, lanzando un ¡ai! profundo, se levantó bruscamente esclamando:
—¡No! ¡No! Por Dios, Alejo, no: él estaba así cuando ese monstruo lo asesinó a mis piés...
—¿Quién? gritó Alejo, levantándose, i volviendo a sentar a Mercedes.
Esta se incorporó, tomó aliento i haciendo sentar a su lado a Alejo, continuó:
—Sí. Es preciso que lo sepas todo. Tu eres el único que puede absolverme.
—Habla, alma mia. Tú no puedes tener secretos para tu hermano. Confia en mí, le dijo Alejo acariciándola.
—Mi primera culpa es tu amor, Alejo idolatrado. Antes no fuí culpable. Solo fuí coqueta por curiosidad, yo no lo amé jamas. Admití sus obsequios, como una muchacha que desea conocer qué es el amor. El me perseguia i te juro que yo a veces me sentia contrariada, i le oia sin atencion, i aun le dejaba mi mano por indolencia. Jamas le cumplí sus deseos, diciéndole que le amaba. ¡Te lo juro por nuestro amor, Alejo mio!
Mercedes calló i lloró. Alejo no sabia qué pensar.
—Mas una tarde como esta, continuó Mercedes, cubriéndose la cara i llorando amargamente, el llegó aquí a estas horas. Me halló en este sillon i se precipitó a mis piés, repitiéndome sus protestas de amor. Yo principié por reir. Luego sentí vergüenza i gran inquietud. Traté de levantarlo. Quise levantarme yo misma i él me sujetó. Esta lucha no me dejó oir...
Los sollozos ahogaban a Mercedes. Alejo estaba estupefacto. Mercedes continuó con palabras entrecortadas i apénas perceptibles:
—Mi marido habia penetrado hasta aquí... El no lo vió... Yo dí un grito; i le ví caer en el estrado... atravesado de una puñalada...
—¡A quién! gritó Alejo.
—A Manuel...
—¿A Manuel P.?... interrumpió Alejo.
—Sí, murmuró Mercedes.
—¿Cuyo cadáver fué espuesto en el pórtico de la cárcel al dia siguiente? volvió a interrogar Alejo.
—Sí, repitió Mercedes. Sí, pero ese cadáver estuvo aquí muchas horas. Yo me habia desmayado. Cuando volví en mí, me hallé a oscuras i encerrada. No tenia como encender luz. Abrí los balcones. Con la vislumbre de la calle distinguí el cadáver en el mismo sitio. Vacilé, pero con la intencion de salvarlo aun, me acerqué, lo toqué i sentí que estaba yerto. Volví a caer sin sentido.
Alejo estrechó a Mercedes a su corazon i lloró con ella.
—¡Pobre hermana mia! Tranquilízate. No hables si te mortificas.
—No, Alejo mio. Debes saberlo todo... Yo me habia refujiado de terror a mi dormitorio, i aunque apretaba los ojos, veia todavía el cadáver de aquel desgraciado. Me desesperaba... ¡Ah! ¡no puedo recordar esas horas!... Tarde de la noche, sentí pasos. El tigre llegó hasta mí, i tomándome de un brazo me condujo diciendo: «¡Ayúdame a bajar a tu amigo!...» El arrastró el cadáver escalera abajo i me forzó a conducirlo hasta el patio, donde estaba un caballo ensillado... El asesino colocó a su víctima en la montura, no sé cómo, i montó detras. «Abre la puerta» dijo, «ciérrala otra vez i espérame aquí mismo.» Al venir el dia volvió, i fué a reconocer si quedaba sangre en algun sitio. No halló nada...
El silencio sucedió por largo tiempo entre los dos interlocutores. Mercedes sollozaba. Alejo estaba abismado. Habia plena oscuridad. De repente, Mercedes se levantó i tomando a Alejo de la mano, le dijo: