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Antaño i Ogaño

DON GUILLERMO. (1860.)

Reading edition

Quid Romæ faciam, mentiri nescio. Juv.

I. El Aguila.

Mui mal pintada era la que llenaba una gran enseña que estaba enclavada encima de una puerta de la calle de Cochrane, en Valparaiso; pero en su pechuga, i como guarecido por sus enormes alas, mostraba un escudo en forma de corazon azul, tachonado de estrellas blancas, que bien decian que el dueño de la fonda de adentro era uno de esos orgullosos ciudadanos de la feliz rejion de América que riegan el San Lorenzo i el Mississippi.

En una tarde de invierno húmeda i nebulosa, trasminaba aquel caramanchel de un espresivo olor a café, que provocaba i atraia a cuantos marineros navegaban el lodo de aquellos andurriales. Yo, que habia lanzado en ese océano las enormes lanchas que llevaba por zuecos, caí tambien en la tentacion i me zampucé en la ahoyada fonda, no sin que el umbral me descubriera la cabeza e hiciese rodar mi sombrero por el barro, pues aquella puerta estaba calculada para hombres bajos i de gorra de lana, i no para los que, aunque pigmeos, cubrimos nuestras cabezas con un cubo de felpa.

Esto supuesto, imajinaos cuál no seria mi admiracion al ver en el recinto de la sala junto a una mesa a un enorme yankee plegado en tres dobleces sobre la silla que le servia de sustentáculo, i pendiente de una nariz colosal que podria haber servido de centro i arco a dos ojos del puente grande del Mapocho.

Lo primero que se me ocurrió, despues de mi sorpresa; fué preguntarme por dónde habria entrado allí aquel jigante. Pasé en revista puertas i ventanas, tragaluces i escotillas, todos los agujeros de la fonda; i se aumentó mas mi confusion cuando ví que por la mayor de aquellas avenidas, apénas cabia la nariz de mi hombre. Decididamente, le habian puesto allí para edificar la casa. Solo cuando se me vino esta reflexion, digna de Descartes, me tranquilicé, cual el porfiado matemático que no se tranquiliza, sino despues de haber resuelto un problema, haciendo un millon de garabatos.

Entónces pensé en acercarme a aquella maravilla para verla, oirla i palparla; i así como que no quiere la cosa, me senté a su mesa con gran confianza. Una mirada tranquila i llena del portentoso yankee me inundó todo entero. Quedé calado, es decir, conocido hasta el fondo: i le inspiré la misma simpatía que él habia despertado en mi corazon.

«Mozo, traiga usted café», esclamé casi asustado; i mi vecino, poniendo su enorme cachimba entre sus enormes lábios, volvió a mirarme con agrado, como si se alegrara de retirar su vista de los grotescos marineros que llenaban el recinto i espesaban la atmósfera con sus emanaciones tabacosas.

El no era marinero, visiblemente: su porte era grave, semblante pálido i sereno, sonrisa natural en su boca, pelo a la Caracala, i su cuerpo antidiluviano envuelto en un hermoso sobretodo camaleon a la Benjamin Constant. Tenia delante su café casi agotado, i mas que destilada una botella que debió ser de jinebra, cuando se la pasaron llena.

El vapor embalsamado del café que me servian flotó entre nuestras caras, pero sin ocultarme su nariz; nos mirábamos al traves, i ámbos aspirándolo esclamamos: ¡Qué café! El con voz baja, sin duda por temor de hacer estallar los vidrios a soltarla entera, i yo en mi tiple usual. Estaba establecida la corriente eléctrica de la amistad con aquella sola esclamacion en que se habian encontrado nuestros bellos espíritus: nos comprendiamos; pero yo si que comenzaba a dudar de la solucion de mi problema i no acababa de comprender cómo habia entrado allí aquel hombre acompañado de su nariz i de su paltó.

—¡Qué buen café! me dijo, con un acento casi paternal.

—Excelente, le repliqué, i como estaba yo preocupado con mi problema, agreguéle esta pregunta—¿Ha entrado usted a tomarlo?

—Sí, señor, desde que salí, acostumbro entrar aquí todas las tardes a tomar este buen café. ¡Hacia tantos años, tan largos años que no lo tomaba! esclamó con acento dolorido.

—¿Usted sale? le pregunté yo sorprendido, ¿entra a tomar este buen café?

—Sin duda, me replicó; desde el primer dia de mi salida, pasé en la tarde por aquí, por recorrer las calles, i el aroma de este café despertó mi antigua aficion a tan rica bebida, i me entré sin titubear. Pedí café, i bebí cuanto me sirvieron. ¡Hacia tantos años que no gustaba este néctar celestial!...

—¿Por dónde entró usted?

—Por la misma puerta que usted, i sin perder el sombrero, como usted.

—¡Cosa estraña! Es tan baja esa puerta, i esta casa es tan estrecha que...

—Sí, pero no hai estrechuras para quien ha vivido tantos años como yo bajo tierra, dijo dando un suspiro de lo mas hondo de su pecho.

—Ya... No le será difícil a usted entrar por cualquier parte, ¿no es esto? ¿Pero ha entrado usted por allí? dije, señalándole la puerta.

El hombre volvió entónces a inundarme con una mirada, requirió su cachimba, cabalgó su pierna derecha sobre la izquierda, i como descontento de mi estupidez miró a otra parte.

—¿Es usted chileno? me preguntó mirándome de reojo.

—Neto, le respondí con orgullo.

—Se conoce, me dijo, lanzando una bocanada de humo, i escanciándose el concho de su cafetera en la taza. Volvió a suspirar, i despues de una pausa, que me tenia aterrado, tornó a mirarme con amor, i agregó: ¿Conoce usted los restaurants de la ciudad? ¿Sabe usted dónde se sirva tan buen café, con mas decencia i con ménos concurrencia de marineros?

—No, señor, pero es probable que en casa de Guinodie se halle tan bueno como aquí.

—¿Será algun restaurant frances el que usted me nombra?

—Sí, caballero; el mejor, segun creo, de la ciudad.

—No me gusta; será farsa de café lo que allí sirven: prefiero tomarlo bajo el pabellon de las estrellas, aunque sea entre marineros; al fin estos son hombres que andan sin máscara, i que no están en escena, sino cuando se columpian en las gavias tomando o soltando rizos.

—No ha entrado usted nunca al café de Guinodie?

—No, sin duda, desde que salí no he entrado mas que aquí, i al hotel de Europa donde alojo.

—Sí, eso se comprende, el hotel de Europa es el que está en la plaza Municipal, uno de puerta mui grande i de patio, ¿no es así, caballero?

—Justo, ese es el hotel de Europa. Pero al parecer usted está preocupado, jóven, con las puertas anchas i las pequeñas. ¿Le ha causado mucha impresion el coscorron que se dió en el umbral de ésta al entrar? Serénese usted, nadie se fijó en eso, i aquí entre ingleses no tiene usted que temer. Nosotros no nos curamos de los golpes que cada hijo de vecino se da donde puede. Cada uno es dueño de golpearse cuando Dios le deja de su mano.

Este lenguaje me sorprendió. ¿Quién será este hombre? decia yo entre mí. Yo le he tomado por yankee al ver su estravagante figura, i sin embargo, él habla de Dios, cosas poco conciliables, a no ser que sea un yankee rico, que son los únicos que creen en Dios, porque necesitan ser ricos para pensar en tener una relijion. Ahora se hace el ingles, i eso es mas difícil de creer, porque un ingles no habla jamas el español, como este lo habla, a no ser que haya nacido en Jibraltar o en otra parte de la Península. ¿Quién será este hombre? Estas reflexiones me calentaban la cabeza, i para salir de una vez de mis aprietos, hube de abordar de frente la dificultad.

—¿Es usted norte americano? le pregunté.

—Por afeccion i casi por principios, porque he pasado en Estados Unidos lo mejor de mi vida, ántes de venir a Valparaiso.

—¿Está usted aquí mucho tiempo ha?

—No tengo cuenta del tiempo que hace. He sabido despues de mi salida que está corriendo el año 41, i solo ahora principio a contar fechas.

—¿Pero ha estado usted siempre en Valparaiso?

—Supongo que sí, porque fué aquí donde llegué de Inglaterra, mi patria: aunque el Valparaiso de hoi no es ni siquiera una sombra del Valparaiso que ví a mi llegada.

—¿Piensa usted permanecer aquí?

—No precisamente aquí, porque debo principiar desde mañana una eterna peregrinacion entre Valparaiso i Santiago.

Volví a callarme, confuso con semejantes respuestas, ¡Quién es este hombre, Dios mio! esclamaba en el fondo de mi alma, ¿Cómo podré descubrirlo? ¿De dónde ha salido? ¿Qué ocupacion tiene? Abismado estaba yo en mis reflexiones, cuando él se levantó pagó su puesto i salió despidiéndose de mí con una insinuante cortesía.

No quedé ménos asombrado, cuando advertí que no tenia la talla estraordinaria que yo le habia visto, sino un cuerpo airoso, elegante i de una altura no tan enorme. Su andar era grave, de paso largo i casi rápido. Llegó a la puerta i la salvó con mas facilidad que yo dejándome abrumado bajo el peso de mi curiosidad.

II. La segunda tarde.

La curiosidad suele ser una pasion en algunos, aunque siempre lo es en todas: la caja de Pandora fué abierta por pura curiosidad; la primera manzana que se gustó en el mundo fué comida tambien por pura curiosidad. Es verdad que fueron mujeres las que tales atentados cometieron; pero tambien es cierto que los hombres no les van en zaga; con la diferencia de que la historia no nos señala grandes crímenes cometidos por curiosidad, cuyo autor no sea una mujer. Testigo, el pecado de comer manzanas, que ha cundido desde la madre Eva, que dió el ejemplo, hasta nuestros dias, de un modo espantoso i con un contajio inevitable, que no perdona edad ni sexo.

No es tan peor que la curiosidad no produzca tales estragos cuando anima a los hombres: al fin no les pica a estos sino por esplorar i descubrir rejiones desconocidas, donde no pocas veces se pierden, como Sir John Franklin en las nieves polares, i tantos otros que en alas de la filosofía o en los lomos del Pegaso han ido a parar a las mas ardientes alturas de una cabeza caliente.

Como quiera que sea, la curiosidad es el instinto mas útil que tiene la especie humana: sin él no habriamos habitado este mundo del bien i del mal, i habriamos tenido que pudrirnos en la eterna primavera del paraiso terrenal; sin él careceriamos de tantos descubrimientos como han hecho los curiosos en los dominios del espíritu i en las rejiones del globo.

Ese instinto me disculpe, pues al dia siguiente de mi escena con aquel hombre tan curioso, yo no pensaba, ni veia, ni oia, ni hacia cosa alguna que no fuese para satisfacer la ardiente curiosidad con que tal ente me habia contajiado. En la tarde de ese dia llovia, como es uso en Valparaiso, de atravieso, i de arriba abajo, i aun de abajo para arriba, en fuerza de un huracan antojadizo que soplaba sin sujetarse a lei ni a regla ninguna: entónces no sirven zuecos ni paraguas, sino una buena resolucion para lanzarse en aquellas calles, que rivalizan con el mar por sus corrientes. Tuve esa resolucion, i a las cuatro estaba ya instalado en la misma mesa del Aguila, donde habia conocido al objeto de mi pasion.

La fonda estaba poco visitada, i el patron mascaba tabaco, apoyando toda su mole sobre sus propios brazos, que tenia cruzados i juntos sobre el mostrador, a cuyo respaldo estaba en pié. Miraba tristemente a la puerta, por donde entraban a veces en lugar de parroquianos, fuertes ramalazos de lluvia impelidos por el viento. Su mirada era fija i parada, como de ojos sin vida, su rostro era atezado, redondo i peludo, cruzado por una ancha boca de la cual arrojaba amenudo torrentes de zumo de tabaco mascado. Un gorro lacre de marinero coronaba aquel cuadro.

Pasada una hora comencé a desesperar de mi esperanza, i como habia bebido i pagado bastante café, me creí con derecho de interpelar al patron; i lo hice mui afablemente, hablando del tiempo, tema obligado en todos los casos en que no hai de que hablar, o en que uno necesita introducirse a platicar con otro. Mas el patron no me respondió: lo único que hizo fué mirarme con ese desprecio con que los ingleses o sus descendientes los yankees, miran a todos los que les hablan en español. Picado un poco mi amor propio, volví a levantar la voz, repitiendo en ingles lo que ántes habia dicho en español: el patron, entónces, soltó las amarras a sus ríjidas e inmóviles facciones, i tejió conversacion con la mayor familiaridad, como si estuviera con un antiguo conocido.

—Dígame usted ¿quién es ese hombre con quien tomé café ayer en esta mesa?

—¡Oh! ese es un hombre que ha venido varias veces a tomar café al Aguila.

—¿No le conoce usted?

—¡How! sí, mucho: hace dias que viene aquí, i todos mis parroquianos le han visto tomar café i jinebra.

—¿Cómo es su nombre?

—Mr. Livingston. ¡Oh! paga mui bien i bebe mucho, i paga siempre en onzas antiguas.

—¿Pudiera usted darme noticias de él?

—¡Oh! Mr. Livingston toma mucho café, parece un frances, pero paga mui bien.

—¿Mr. Livingston es ingles?

—¡Oh! Habla ingles mui bien.

—¿De dónde ha venido aquí?

—Viene del hotel de Europa, todos los dias a tomar café.

—¿Pero de dónde, de qué pais ha venido a Valparaiso?

—¡How! Mr. Livingston ha llegado mucho tiempo ha; pero solo en estos últimos dias se ha hecho parroquiano del Aguila, por el buen café que aquí se sirve.

Cansado ya de interrogar a aquella mole tabacosa, i sin esperanzas de adelantar en mis investigaciones, determiné irme al mismo hotel de Europa, resolucion suprema, que me presentaba el camino mas corto para llegar a mi descubrimiento. Despedíme del patron, i eché a nadar hácia la plaza de la Municipalidad. El patio del hotel estaba inundado i su escalera azotada por la lluvia; pero nada me arredró. Penetré por pasadizos oscuros i silenciosos hasta el hogar de la patrona, conducido por un muchacho de la casa.

Era aquella una francesa, con gorra por supuesto, i de formas ópticas mui raras, pues representaba ni mas ni ménos una de esas muñecas encaramadas en una bala, que se mueven en todas direcciones, segun el impulso. Sin poderme definir su aspecto i sin darme cuenta de sus líneas, porque la luz era mui opaca, me le fuí al abordaje inmediatamente, con la palabra se entiende: ella me recibió el ataque con una inundacion, con un diluvio de frases de todos calibres, que, aseguro, me aterró; i si mi curiosidad no hubiera sido tan grande, me habria dado por derrotado por aquella voz tiple, que salia de una larinje que no tendria ménos de setenta años de uso continuo.

Al nombrarle a Mr. Livingston, ella, como si hubiese estado enamorada del ingles, suspiró con ternura, i entre esclamaciones i aspavientos me aseguró que habia partido esa misma mañana para Santiago, sin mas ropa que su sobretodo i una frazada; i como se suelta la tarabilla, cuando principia a rodar la piedra del molino, ella se soltó diciendo:—«I mire usted, caballero, don Guillermo, que así se llama Mr. Livingston, no se ha ido como quien es, sino a pié, a pesar de que tiene bastante dinero para pagar todos los carruajes que quiera. Tomó su ropa al hombro i con su cara siempre risueña echó a andar, despues de pagar su cuenta en el hotel. Mr. Livingston es hombre mui estraordinario, habla con los espíritus, no duerme, se rie solo, se pasea a la media noche, se encierra de dia, no tiene equipaje, i sin embargo le sobra el dinero en su faltriquera; habla todas las lenguas, todo lo sabe, no tiene curiosidad por nada, cuenta muchas historias, pero no habla con todos. Solo a mí me abria su corazon, solo conmigo conversaba; ya se ve, hace tantos años que nos conocemos... Cuando yo llegué a Chile con mi Ferran, siendo yo todavía mui jóven, él era cajero de la casa de Monsieur Waddington, i fué uno de los primeros huéspedes que tuvimos en el hotel de Francia, que estableció Ferran. Entónces le conocí, le traté i fuimos grandes amigos. Un dia de esos se desapareció de repente, i no volví a verle mas hasta hace pocos dias que se apareció aquí. Yo le hice saber que me hallaba viuda, porque a Ferran se le ocurrió destaparse la cabeza de un pistoletazo; le conté mi historia, él me oyó no mas, i hoi se ha ido sin volver a conversar mas de estas cosas»... La patrona dió un suspiro i yo me sentia mareado...

III. El camino de Valparaiso.

No canto el polvo, nó, que envuelve a los viajeros en un dia de verano, ni aquellos interminables lodos en que se atascan en un dia de julio. Nó, eso seria cantar al gobierno o a sus injenieros, que se recrean en remover durante el buen tiempo cuanta tierra hai en el camino, o en acarrearla por carretadas, para que haga bastante barro en el invierno. Cada loco con su tema: yo respeto la de nuestros tutores[1], i por eso debo acatar tambien su ciencia de componer carreteras i de construir ferrocarriles: a bien que el costo no sale de su bolsa, sino de los ataditos que el pobre hace en la punta de un mal pañuelo, para tener con que pagar peajes, barreras i sisas.

Mi cantar no es en sí bemol, como se necesitaria para espresar las angustias del triste caminante que tiene que dejarse despeñar por aquellas cuestas, haciendo esguinces a las carretas que se agolpan, gozando de la plena independencia de locomocion que les deja la lei para andar como quieran en los caminos, rabie quien rabiare.

Mi cantar es ménos sério, ménos triste, pues templo i modulo mi rabel para recordar a todos cuantos han atravesado el susodicho camino de Valparaiso una cosa que todos han visto, en la cual todos han fijado su atencion, sobre la cual todos han discurrido a su modo por un momento, i la cual todos olvidan hasta que vuelven a verla otra vez.

Esa cosa es un hombre indefinible que marcha i marcha siempre a pié por las veredas del camino, haya sol o llueva a torrentes, haya lodo o tierra en que envolverse. El marcha siempre con paso igual i seguro, sin mirar a su alrededor, sin volver sus ojos a ninguna parte. Lleva la cabeza inclinada en ademan de ir absorto en un pensamiento terrible. Su tez es blanca, como la de los habitantes del norte de Europa, i sus lacias canas caen a confundirse con una barba blanca en que se divisan todavía los visos dorados de un cabello que fué rubio en otro tiempo. Su estatura elevada va un poco disimulada por una lijera inclinacion hácia adelante, i por una frazada que lleva colgada en el hombro. El largo i añoso poncho que le cubre deja ver a veces los faldones de un paletot, último recuerdo de una condicion perdida.[2]

¿Quién es ese hombre? se preguntan todos los pasajeros que le encuentran o le alcanzan, i si la pregunta se dirijo alguna vez al cochero o postillon, el pregunton observa que el postillon o el cochero se recata un poco, se sonrie como con miedo, i agrega un no sé, o cuando mas esplícito anda, dice que es un ingles que anda siempre por el camino, que no pára en ninguna parte, i que apénas llega a Santiago, vuelve a salir para Valparaiso, i en esta ciudad entra tomando la playa, i sale en seguida sin que nadie sepa a dónde se dirije.

Alguna vez se presenta al caminante la ocasion de dirijir la palabra a aquel hombre raro; entónces vé un semblante apacible que se sonrie i unos ojos azules que miran con dulzura, pero no entiende las breves palabras que modula el peregrino, sin detener su paso rápido i firme. Si uno es bastante jeneroso para alargarle una moneda, el peregrino estiende la mano i la recibe, sin variar su actitud; i si el que ha usado esa jenerosidad, pudiera observar al peregrino mas adelante, le veria llegar a un rancho del camino, agasajar a los perros, acariciar a los niños i dar la moneda que acaba de recibir a alguno de los pobres habitantes de la choza, siguiendo despues su camino con el mismo paso firme i seguro que traia.

Pero sea dicho en verdad: no hai jente ménos observadora ni mas indiferente que la que transita aquel camino. Si el transeunte es chileno, ya se sabe que no se le ha de dar nada de nada, que mira sin ver lo que va encontrando, i que si ve lo que mira, no surje en su opaco espíritu ni una observacion, ni un pensamiento. Ni es mas observador si es estranjero: el ingles va despreciándolo todo i absorto en el negocio que le hace caminar: el yankee va despedazando el coche con su navaja, i mirando la comarca, se imajina como la escuatriaría si Chile se anexara a las estrellas: el frances va como una tarabilla i levantando el codo a cada instante para besar su botella; el aleman, va criticando cuanto mira; el español, contando andaluzadas o elojiando su península; i el italiano va cantando o platicando por boca i narices sobre la independencia de Italia.

Así es que el peregrino hace jeneralmente su camino como por un desierto; i tan seguro va de eso, que amenudo se rie solo i habla con los espíritus, sin curarse de los transeuntes: él es el señor del camino, está allí como en su casa, i conversa con los duendes que le asisten como si no estuviera en público.

Mas no se ha escapado de mi curiosidad, pues aunque pertenezco a la mas honorable de aquellas nacionalidades, i tengo mucho de su característica indolencia, poseo tambien bastante necedad para preciarme de que no se me va ninguna, i no era posible que el perpetuo viajero se escapase a mi curiosidad.

Así sucedió que estando yo de paso en Casa Blanca, i estacionado en la puerta de la posada de don Duardo, como le dicen los cocheros, admirando con todas las fuerzas de mi espíritu los insondables barriales de las calles de aquel pueblo en un dia de invierno, pasó por allí el peregrino con su cabeza inclinada i meditabunda, con paso tranquilo i seguro, como si pisara en un pavimento de mármol. Mi primera mirada cayó de lleno sobre su nariz, que era bastante hermosa para llevarse la preferencia, i luego la recorrí por la vasta mole de su cuerpo, creyendo reconocer al mismísimo hombre que tanto me habia interesado en otro tiempo en la fonda del Aguila. Quise llamarle por su nombre, pero algo misterioso debió operarse en mi espíritu en ese momento, porque me sentí mudo i sobre todo me creí atraido tras de los pasos del peregrino como por una fuerza irresistible.

Dí las órdenes convenientes a mi conductor para que, si no volvia a encontrarme, entregase mi equipaje en Santiago, i tomé la direccion a esta ciudad a pié, siguiendo al viajero a cierta distancia. Al salir de las goteras del pueblo, cosa que conocí, no por la ausencia de tejados, sino porque disminuia el barrial, apuré el paso, i llegando a una distancia conveniente de mi perseguido, esclamé:

—Don Guillermo, óigame usted una palabra.

El viajero paró, i volviendo hácia mí con benevolencia, me dijo:—Yo tambien le he reconocido a usted, a pesar de que no le he visto sino un sola vez en la fonda del Aguila: ¿qué quiere usted?

—Hacer el camino con usted para conversar largo, mui largo, porque me muero de deseos de ser su amigo....

—I de saber mi historia ¿no es esto? me interrumpió el peregrino sonriéndose.

No pude negárselo. Le confesé mi interes, mi curiosidad, i le rogué que me abriese su corazon como a un amigo. Muchas fueron las condiciones que me puso, muchas las pruebas que me exijió de lealtad, muchas las preguntas que me hizo para comprender mi carácter; pero ello es que marchamos juntos, i tardamos tres dias en llegar a la capital, tres dias durante los cuales ví i oí las cosas mas asombrosas que jamas he visto i oido, tres dias durante los cuales se trasformó cien veces Mr. Livingston, tres dias en fin en que yo fuí tambien a mi turno metamorfoseado a cada paso por mi compañero, i permanecí invisible para todo el mundo, hasta para mi cochero, que buscándome, me alcanzó i no me vió, dejándome abandonado en el camino.

Ahora, que me he humanizado de nuevo i que he recobrado mis facultades, voi a contar lo que oí i ví, por si hai curiosos, como yo, que deseen saber el sino de aquel hombre misterioso, o por si hai quien quiera leer cosas estupendas sin daño de nadie i sin peligro.

IV. La Cueva del Chibato.

Para saber i contar i contar para saber que no ha mucho tiempo habia al pié de un cerro de la ciudad de Valparaiso una cueva al parecer mui somera, pero que en realidad era honda como la eternidad. Esta cueva estaba situada en el centro de la poblacion i en un paraje que era de paso obligado para todos los transeuntes, pues nadie podia ir del Puerto al Almendral i del Almendral al Puerto sin atravesar la estrecha garganta que formaba el cerro de la cueva con el mar, i sin mojarse a veces los piés en las olas que llegaban a estrellarse, en tiempos de crece, contra el morro.

Ahora ha variado todo eso, pues merced a la poderosa voluntad de un millonario, el morro fué recortado i la cueva tapiada i convertida en un sólido edificio de bóveda destinado a guardar los tesoros de un banco. Pero vamos hablando de los felices tiempos en que aquel Creso no habia cerrado todavía la cueva, para dejar en eterna prision lo que ella contenia. Entónces no habia la hermosa calle que hoi se ve allí, ni habia vecinos que habitasen los contornos, ni gas, ni aceite que alumbrase la oscuridad de las noches: así es que aquel paraje era peligroso a ciertas horas i no podia un cristiano arriesgarse a atravesarlo impunemente.[3]

La poblacion entera de Valparaiso sabe que, en la época a que nos referimos, habia dado a la cueva su nombre i mucha celebridad cierto chibato monstruoso que por la noche salia de ella para atrapar a cuantos por allí pasaban. Es fama que nadie podia resistir a las fuerzas hercúleas de aquel feroz animal, i que todos los que caian en sus cuernos eran zampuzados en los antros de la cueva, donde los volvian imbunches, si no querian correr ciertos riesgos para llegar a desencantar a una dama que el chibo tenia encantada en lo mas apartado de su vivienda.

Los que se arrojaban a correr aquellos peligros tenian que combatir primero con una sierpe que se les subia por las piernas, i se les enroscaba en la cintura i en los brazos i en la garganta, i los besaba en la boca; despues tenian que habérselas con una tropa de carneros que los topaban, atajándoles el paso, hasta rendirlos; i si triunfaban en esta prueba, tenian que atravesar por entre cuervos que les sacaban los ojos, i por entre soldados que los pinchaban. De consiguiente, ninguno acababa la tarea i todos se declaraban vencidos ántes de llegar a penetrar en el encanto. Entónces no les quedaba mas arbitrio para conservar la vida que dejarse imbunchar, i resignarse a vivir para siempre como súbditos del famoso chibato, que dominaba allí con voluntad soberana i absoluta, como muchos sultanes de este mundo.

Es pues escusado decir que nadie volvia de la cueva a referirnos sus misteriosas peregrinaciones, i que todas esas historias que contaba el pueblo se sabian solo por revelacion o intuicion. Pero lo cierto es que casi no habia familia que no contase la pérdida de algun pariente en la cueva, ni madre que no llorase a algun hijito robado i vuelto imbunche por el chibato, pues es de saber que éste no se limitaba a conquistar sus vasallos entre los transeuntes, sino que se estendia hasta robarse a todos los niños mal parados que encontraba en la ciudad. I como Valparaiso es ciudad en donde hormiguean los niños, i como hai tantos niños que tienen madres tan descuidadas, si las tienen; i como para remate hai tantísimos niños que se distraen con cualquier friolera, o que corren tras cualquier monada, aunque los imbunchen, el chibato hacia una abundante cosecha, de modo que si no le tapan la cueva, talvez tendria imbunchada a toda la poblacion a estas horas.

Fácil es imajinarse que el animal no se echaria por esas calles en su forma propia i natural a caza de muchachos; i así es la verdad, pues cuentan las buenas madres robadas, que son brujas i tambien de vez en cuando brujos machos, quienes roban chicos en la ciudad. Eso puede probarnos que el señor de la cueva tenia i tiene a su servicio algunas viejas, que precisamente han de serlo las brujas, que se ocupan en sonsacar muchachos; i sin duda tendrá tambien brujos jóvenes que sonsacan muchachitas para llevárselas a sus dominios. Pero seguramente esos fieles servidores que salian de la cueva no debieron entrar allí de otra parte, i sin duda fueron criados i nacidos en aquella rejion, o a lo ménos formados imbunches en edad temprana, para no tener inquietudes en el mundo esterior, ni adherirse a partidos estraños, ni a intereses ajenos de los de su poderoso señor.

V. A picos pardos.

¿Quién no ha andado alguna vez a picos pardos? Confesémoslo llanamente: nadie deja de ser quien es ni deja de cumplir su sino en este mundo por haberse hecho gato alguna vez en su vida. Alejandro Magno no dejó de ser el mas célebre de los filibusteros de la antigüedad, ni sus capitanes dejaron de ser famosos guerreros por haberse andado a picos pardos, aquel con Taltestrida, reina de las amazonas, i éstos con las trescientas damas que de tan largas distancias acarreó consigo aquella reina de puro enamorada. Ni Julio César ha dejado de trasmitimos su gloriosa fama, a pesar de que se echaba tan a menudo a picos pardos, que llegó a ser el terror de los maridos romanos, i mereció que sus soldados le anunciasen de vuelta de sus triunfos, clamando:—Romani, servate uxores, adducimus Calvum, dicho que con su acostumbrada sabiduría nos recuerda el sério señor de Brantome.

Pero basta de erudiciones profanas, que no necesitamos de ellas para escusar a don Guillermo Livingston por haberse anublado alguna vez en aventuras nocturnas. Mr. Livingston, a quien ya conocemos de vista, era ántes de ser embrujado un hombre formal a las derechas. Cajero de una casa de comercio de Valparaiso, tenia hácia sus veinticuatro años tanto aplomo como un hombre de ochenta. A las cuatro de la tarde terminaba sus tareas i se instalaba en el hotel de Francia, donde comia sin hablar con nadie i sin beber un gota de vino. Concluida esta segunda faena, se acampaba en el meson a platicar con madama Ferran i a tomar café hasta las ocho, hora en que se retiraba a su cuarto a leer i a dormir.

Pero un dia de esos hubo una linda almendralina que tuvo bastantes atractivos para arrancar algunas chispas eléctricas del helado corazon de nuestro conocido, i ya desde entónces se alteró un tanto su ríjido método de vida. Madama Ferran fué quedando poco a poco privada de aquellas sabrosas conversaciones de la tardecita, i la arenosa calle del Almendral contó un paseante mas, que como todos hacia su vuelta al Puerto mas que de prisa al anochecer.

Andando el tiempo, se estrecharon tambien las relaciones de Mr. Livingston con la almendralina, i su amor llegó naturalmente i por sus pasos contados al periodo de la cristalizacion, periodo crítico en el cual está espuesto un amante ingles, mas que ningun otro, a perder la chaveta. Afortunadamente nuestro amigo no alcanzó a perderla, pues no alcanzó a salir de sus casillas mas que una sola vez.

I esa fué con ocasion de una cita. La bella almendralina, a pesar de que se llamaba Julia, habia sido no solo parca, sino pertinaz en no conceder a su enamorado, no digamos un favor, ni tan siquiera un dedo de sus blancas manos, para consuelo. Esto habia traido mui intrigado a don Guillermo, pues habiendo aprendido en sus estudios históricos que el emperador Severo habia perdonado a su infiel consorte solo porque se llamaba Julia, hallando mui natural que lo fuese una mujer de este nombre, el ingles comenzaba a dudar de la esperiencia del emperador, puesto que hallaba una Julia que parecia Lucrecia. Para salir de sus dudas i aprensiones, tomó la línea recta de todos los enamorados, procurándose una entrevista a la media noche. Durante muchos dias atacó en este sentido su inespugnable fortaleza, i al fin hubo de conseguir lo que tanto apetecia: Julia habia consentido en esperar a nuestro amigo en el huerto de su casa a las doce de una noche de verano, que para mayor fortuna era oscura.

Don Guillermo principió su tocador esa noche a las ocho, habiendo comprado en el dia por primera vez en su vida algunos perfumes que le costaron bien caros, tales como jabon de almendra, opiata i agua de la banda de cincuenta grados. A las once, despues de mil interrupciones durante las cuales tuvo el enamorado brillantes ilusiones, ardientes soliloquios i no pocos ardientes suspiros, el tocador estaba concluido, i Mr. Livingston quedó de punta en blanco, aunque con fraque negro i guantes de castor verdes, que estaban mui en moda en el año de gracia de 1828.

Entónces Mr. Livingston pensó en su seguridad personal, sabiendo que no era mui prudente arriesgarse por aquellas calles oscuras a ninguna hora de la noche, sin llevar armas que aumentasen la fuerza del transeunte nocturno. Un par de cachorritos de bolsillo, bien cargados a bala, formaban el arsenal del ingles: no se conocia entónces la invencion de Colt, i era preciso limitarse a dos tiros, fiando lo demas a la Providencia.

Ya está nuestro aventurero en la calle a picos pardos. El corazon le latia con violencia i las piernas le flaqueaban, sin embargo de que no tenia que andar ménos de veinte cuadras para llegar al paraiso donde debia tentar a la primera Julia de este mundo que, en su concepto, habia necesitado de tentaciones.

Habia una profunda tranquilidad, i el triste silencio de la noche solo era interrumpido por el leve ruido que se prolongaba en toda la playa al impulso de la mansa resaca de un mar apacible. No se oia ni sentia nada en las calles, i don Guillermo pisaba despacito, como si hubiera temido alterar el sueño de la ciudad con el sonido de sus botas.

VI. En la puerta del horno se quema el pan.

Nuestro ingles habia ya tomado viento. Desvanecidas las primeras impresiones que le causaran la soledad i el silencio de la calle, marchaba con rapidez i seguridad; como por un terreno conocido, i con la confianza, o mejor dicho, con el descuido que es natural en el que va entregado a su pensar.

En ese momento discurría Mr. Livingston que el emperador Severo podia haber tenido mucha razon, i se le hacia viva la parada; pues se imajinaba encontrar una Julia, que aunque no era como la romana, por no tener un marido emperador, podia ser de la propia naturaleza que aquel atribuia a todas las que responden a tan dulce nombre.

Cuando mas le halagaba esta ilusion, llegó a aquel paraje donde el mar estendia sus espumas casi hasta el cerro; i por no humedecerse las plantas o por conservar el lustre de sus botas, se inclinó a la derecha, rozándose con el morro de la Cueva del Chibato,[4] i al darle vuelta, recibió en el pecho un golpe violento que le hizo saltar hácia atras como cuatro varas. Si Mr. Livingston hubiera sido ménos fuerte i no tan ájil, seguramente habria quedado tendido exánime, al recibir tan feroz topetada.

Un instante le bastó para recobrarse de la sorpresa e incorporarse con un cachorro en cada mano, como valiente que era; pero tambien otro instante le bastó para quedar temblando de piés a cabeza, al verse frente a frente de un cabron enorme, que tenia el volúmen de un toro i los cuernos de un ciervo, i que miraba al ingles con dos ojazos como brasas que alumbraban todo el contorno. I así medio desatentado Mr. Livingston i maquinalmente le disparó sobre la ancha i coronada frente uno de sus cachorros: el golpe de la bala sobre el cráneo fué como el eco de la esplosion, pero instantáneamente tambien rebotó la bala contra don Guillermo, colándosele derecha en la boca, que la tenia entreabierta por la sorpresa. El ingles, dando una estupenda gargajeada, escupió con fuerza la bala, que fué a parar a los piés del chibo; pero al mismo tiempo vió que las facciones de éste se contraian con una risa atroz, de la cual no pudo dudar cuando sintió que de aquel hocico enorme salia un balido como carcajada.

Veinte topedadas como la primera habria aguantado el animoso jóven por no ser el blanco de tan tremebunda carcajada; pero no por eso sucumbió. Antes bien, su noble sangre le hirvió en el pecho, i con redoblado coraje le asestó otra vez en la frente su segundo balazo. El rebote de la bala tomó esta vez otro jiro, pues Mr. Livingston sintió que se le dormia la pelotilla en un ojo, i casi ciego con el golpe i la rabia, se arrojó sobre el cabron, i aferrándose de los cuernos con todas sus fuerzas, le dió una sacudida como para traerlo al suelo. El animal estuvo a punto de ceder, pues alcanzó a inclinar la cerviz; pero a su vez dió tambien un sacudon que hizo describir al ingles una voltereta, formando en el aire con todo su cuerpo un círculo perfecto, cuyo centro estaba en las manos, que permanecieron aferradas a los cuernos, porque los guantes verdes le servian para ello maravillosamente.

Puestas otra vez sus plantas en suelo firme, don Guillermo volvió a la carga con mas fiereza para derribar a su adversario; pero entónces fueron mas impotentes sus fuerzas, porque fastidiado el chibo con tanta obstinación, movió su cabeza con un poco mas de desenfado i tiró al enamorado jóven por los aires cuan largo era, haciéndole describir un arco que fué a terminar en la playa, en el instante mismo en que el mar la bañaba con una oleada hermosa i repleta.

El estirado cuerpo del ingles, estendidos brazos i piernas, hendió violentamente las aguas, i éstas, al retroceder mansamente a su centro, juguetearon sobre él, rizándose i formando gorgoritos, sin desquiciarle de la arena, donde se habia posado.

La linda imájen de Julia atravesó por la mente de Mr. Livingston como un vapor que se disipa, i un hondo suspiro que se exhaló de su pecho, parece que se habia llevado su último aliento, pues quedó inmóvil como un cadáver.

VII. Nadie sabe para quién trabaja.

Ese es un adajio vulgar que encierra mas filosofía que la facultad designada con este nombre en la Universidad de Chile. No es esto decir que no sean mui filósofos sus miembros, pues a buen seguro que hartarian a desvergüenzas a cualquiera que se les atreviera, no siendo el gobierno, que cuando la autoridad hace o dice lo que quiere, no hai filosofías que se tengan, pues ella es mas filósofa que Aristóteles.[5]

¿Quién no ha esclamado alguna vez herido con el cruel dolor de un desengaño?:—¡Nadie sabe para quién trabaja! Pero quién ha escarmentado jamas al ver pasar el fruto de sus sudores a otro, que viene con sus manos limpias a gozarlo? Ya se ve, es una lei natural la que nos hace aprovecharnos sin saber leer ni escribir de lo que otro nos deja sin comerlo ni beberlo, pero lei mui dispareja. Hai hijos de la dicha destinados a vivir del trabajo ajeno, pero a su lado estamos otros que sobre perder siempre lo que es nuestro, no nos hallamos nunca un centavo ajeno, ni encontramos jamas un zonzo que nos regale, o que pierda para nosotros lo que está de Dios que pierda para otros.

Este mundo es una gran colmena de abejas que melifican para otros; pero para muchos es tambien un ancho redil de carneros que llevan el vellon para sus amos, i no hai pocos para quienes es un espacioso establo de bueyes que se pintan solos para arrastrar el arado en beneficio ajeno. Lo que Maron decia que les pasaba a todos esos animales, nos sucede literalmente a los cristianos. Allá a los que no tienen la fé de Cristo les pasa algo peor: testigos el Asia, el Africa i la Oceanía enteras, donde el hombre no puede volar como las abejas, ni balar libremente como los carneros, ni rumiar en tranquilo descanso como los bueyes. No dejaria, sin embargo, de sucedemos a nosotros eso mismo, si el poder de los que mandan fuese místico, o si los que hacen profesion de lo místico, fuesen mandones: donde quiera que la relijion es gobierno, o que el gobierno es el sacerdote, allí el hombre no solo está espuesto a llevar el vellon como los carneros, sino que, lo que es peor, si escapa de sus iguales, no escapa del amo comun, que a nombre de Dios le convierte en bestia harto ménos limpia i noble que las abejas, que los carneros i los bueyes del cantor de Arcadia.[6]

Para aprovecharse de aquella dispareja lei de nuestra naturaleza, toda la dificultad consiste en hacerse zángano, sin parecerlo. Pero el zángano nace como el poeta i no se hace como el orador: la gran mayoría nace para abejas, i por eso es que no hai quien escarmiente al saber por esperiencia en cabeza propia que nadie sabe para quien trabaja. El que nació para trabajar tiene que criar hijas bonitas para el zángano, tiene que ahorrar i atesorar para el zángano, tiene que envejecer i gastar las fuerzas de sus miembros o los alientos de su espíritu para que goce el zángano. I es tal el imperio de esta lei, que a sabiendas el avaro vive en la miseria por guardar para los zánganos, el usurero aprieta la soga a los ahorcados para capitalizar para los zánganos, i el rico tonto se desvive i madruga i se fatiga de la noche a la mañana i de la mañana a la noche, tan solo para que gocen los zánganos que, despues de su muerte, van a dividirse la herencia.

¡Como ha de ser! El refran dice:—«Dios te dé ovejas o hijos para ellas;»—pero no dice:—«i lobos para comerlas,» porque esto no hai necesidad de desearlo, pues lo que sobra son lobos en este mundo pecador.

Así le sucedió al interesante Mr. Livingston, segun lo supo mucho tiempo despues por un cura que encontró de paso para el otro mundo. Siguiendo la relacion de este santo varon, sucedió que a las once i media de aquella noche terrible, salió Julia haciéndose que andaba en puntillas i se encaminó a una higuera de su huerto, la cual daba frente a un portillo por donde debia entrar su desgraciado amante, a gozar de la entrevista que tanto le habia costado conseguir. Pero el cuarto de donde salió la hermosa Julia no quedaba solo: sentados allí en estrecho círculo cuchicheaban la mamá de la doncella, el cura de la parroquia i dos amigos de éste. Habia un complot. Se trataba de sorprender a la niña, que se haria la sorprendida, en el momento de abandonarse dulcemente en los brazos de su amante, que realmente iba a ser pillado en todo el rigor de la palabra, pues se trataba nada ménos que de cazarle, i casarle infraganti. La mamá habia tenido buen cuidado de ocultar el nombre herético del novio, por evitar los escrúpulos del señor cura; pero valiéndose del ascendiente que tenia en su ánimo, le habia persuadido de que la cosa era mui llana de hacer, i le habia asegurado la soltería del amante de Julia.

El perro de la casa, que era tan celoso como su ama vieja, dió unos cuantos ladridos al sentir ruido en la huerta, hasta que olfateó el perfumado ambiente de su ama niña; pero eso bastó para que se desgañitaran los perros de la vecindad, que siendo leales vasallos de un tio de Julia, callaron cuando tambien les dió en las narices el aroma de la familia.

—Así ladran los perros cuando sale a verme Julia, dijo entónces el hijo del tio, que a la sazon estaba en pié todavía picando un pliego de papel, donde iba a poner, entre corazones i flechas picadas, unos versos para su prima.

Decir i hacer, todo fué uno: el primo salió de su cuarto, apénas lo intentó; saltó la cerca de su huerto i estando en el vecino, creyó ver con los ojos del alma a su adorada Julia, levantando con la mano el mismo traje de muselina con que la habia visto en la tarde, para sacar con mas libertad un lindo pié calzado con zapatitos de cabritilla bordados i ligados a la mórbida pierna con atacados de cinta negra que subian cruzándose para arriba. Era el momento en que Julia llegaba a la higuera, temblando de emocion i sin oir ni ver nada de lo que pasaba.

Lo que no sabemos decir, porque la historia calla en este punto, es si el primo era el sustituto de don Guillermo en el corazon de Julia, o si estaba colocado mas alto. Lo cierto es que uno i otro la adoraban, i ella los amaba a ámbos, al uno por ser su primer amor i al otro por ser su amor segundo, bien que la mamá no estaba por los primeros amores, porque, segun su esperiencia, se contraian sin cálculo i a riesgo de no tener en un matrimonio mas que pan i cebollas.

Cuando ménos lo pensaba Julia, se halló entrelazada por los brazos de su primo, que entre sorprendido i enojado la reconvenia porque no le habia avisado que iba a salir. Julia callaba, porque no sabia que responder; pero dando a su desagradable sorpresa todo el aire de una emocion amorosa, le hizo creer que iba a confesarse al dia siguiente, i que por el calor, habia salido a examinarse debajo de la higuera.

A esto se siguió un ardiente escopeteo de súplicas mutuas, la una porque la dejaran sola, i el otro porque le dieran una muestra mas de amor, aunque fuese a riesgo de aumentar el catálogo del exámen de conciencia. No habia remedio: Julia necesitaba terminar pronto aquella escena, ántes que llegase Mr. Livingston; i acababa de abrir sus brazos al primo, cuando cayeron sobre la pareja, como llovidos, la mamá, el cura i los testigos.

Allí fué Troya: ciega la mamá de entusiasmo al ver el acierto de sus planes, hizo su papel como lo tenia estudiado, sin conocer a su sobrino; i dando el último golpe maestro, declaró que aquello no se arreglaba sino con un casamiento incontinenti, porque el honor de su hija no podia quedar en peligro i en descubierto ni un momento mas. No se queria otra cosa el primerizo de Julia; así es que sin vacilar respondió tres veces «sí quiero» a las tres preguntas sacramentales que el cura le habia dirijido ántes que escampase el torbellino de la tia. Julia estaba aturdida, pero como el cura contaba de antemano con su consentimiento, no atendió a sus respuestas balbucientes, i dió su bendicion, desahogando la relijiosa espansion de su corazon con un suspiro.

El cura quedaba satisfecho de poner con dos dedos una barrera insuperable al pecado mortal. Julia se desmayaba en los brazos de su novio. I la mamá, que acababa de reconocer a su sobrino en un cabeceo que tenia por maña i costumbre en todas circunstancias, corrió despavorida pidiendo luces a gritos....

El cura, despues de muerto, no refirió mas de esta historia a Mr. Livingston; pero éste creia mui probable que, cuando las aguas del mar se entreabrieron para dar un lecho en las arenas a su cuerpo arrojado al aire por el Chibato de la cueva, Julia entreabria tambien sus sábanas para dar un lecho abrigado i muelle al marido que acababa de cazar a la media noche.

Todo puede suceder, porque nadie sabe para quien trabaja; pero como hai en este mundo una justicia que tarde o temprano nos mide con la misma vara que nosotros medimos, es de presumir que no se casara impunemente aquel primo, que tenia una maña tan sintomática, i que sin saber lo que pensaba el emperador Severo, casaba con una Julia medio desmayada, a la media noche i debajo de una higuera que ella habia elejido de árbol de la ciencia para otro Adan.

VIII. El De profundis.

Pero, a propósito, ¿qué es de Mr. Livingston, a quien hemos dejado despatarrado en la playa despues de su descomunal pelea con la fiera de los cuernos?

¡Lo que son las mujeres, Dios mio! ¡Qué admirable poder tienen para hacernos olvidar lo que mas nos interesa! Si el estudiante deja sus libros i muchas veces cuelga sus estudios por seguir un palmito de rosa; si el marido deja sus lares en completo abandono, arrastrado por unos ojos que le hacen comprender la sabiduría de la poligamia; i si hasta los viejos dejan a un lado la salvacion de su alma por perderla en una mujer que los aguanta, ¿qué mucho es que un narrador deje a su héroe estirado en el agua, miéntras da cuenta a sus oyentes de una Julia que se habia atravesado en su cuento?

Previa esta escusa, vamos ahora a ver como se encuentra tirado largo a largo don Guillermo, ya no en la playa, sino en el suelo de un De profundis, que no sabemos si es cuarto o cueva, o si es un sepulcro o un cajon de coche u otra cosa parecida. Es aquello una cavidad rectangular donde el cielo, las paredes i el suelo son de pura piedra azuleja, sin grieta, ni abertura, ni puerta, ni ventana. Por dónde ha entrado allí el cuerpo de nuestro amigo, no lo sabemos. Por dónde entra ahora una vislumbre rojiza que alumbra la estancia, tampoco. ¿Qué sitio es aquel, a qué casa, palacio o cárcel pertenece? ménos. Pero ya que nada sabemos, observemos; pues la observacion es el principio del saber.

Mr. Livingston parecia vivo: su cara estaba hácia arriba i sus facciones enérjicas i regulares tenian un tinte sañudo que revelaba ira. Su cuerpo hermoso i esbelto tenia el aplomo de una persona que duerme.

De repente levanta una pierna i la posa sobre la otra; estira un brazo, luego el otro, como desperezándose, i los cruza sobre el pecho a diferencia de Durandarte que, alargando uno de los suyos, decia: «paciencia, i barajar.» Un hondo suspiro anuncia que ya vuelve en sí. Abre los ojos, discurre la vista por la estancia: se toca, se siente empapado i lleno de arena; busca su reloj, no lo halla; mete sus dedos al bolsillo del chaleco, no encuentra su dinero; requiere su meñique en busca de un anillo de oro que llevaba destinado a la cita, i ve que habia desaparecido. Todo le anunciaba que habia caido en poder de bandoleros i que lo del chibato, cuyo recuerdo se le avivó al instante, no era mas que una farsa de Caco.

La prudencia le aconsejó entónces un reconocimiento del sitio. Se levantó, lo vió i tocó todo, i se persuadió, de que estaba en una hermeticidad de viva piedra, que no tenia salida alguna i aun le pareció ver escrito de color oscuro el terrible

Lasciate ogni speranza, voi che entrate.

Abrumado, confuso, sin poder darse cuenta de su situacion, se quedó en pié, estático, la vista fija, la boca entreabierta i los brazos cruzados sobre el pecho. Pero Mr. Livingston estaba constipado, i fué repentinamente asaltado de un furioso estornudo que le hizo dar señas de vida. Instantáneamente se cuajó toda la roca de cabezas humanas que estornudaban a reventar. El ingles se espantó; aparta sus ojos de las murallas, mira al cielo i lo ve apiñado de cabezas estornudantes; baja la vista i ve el suelo cobijado de caras que todavía estornudan.

Don Guillermo cerró los ojos, recapacitó un poco, i juzgó que era juguete de una ilusion. Mas sereno, volvió a mirar, i advirtió que todas las caras le hacian guiñadas, visajes i muecas, i que le sacaban unas lenguas largas, húmedas i amoratadas. ¡Qué horror! Volvió a cerrar los ojos, i un momento mas de reflexion, le dió nuevo valor. Entónces meditó, apeló a todos sus recuerdos científicos i trató de indagar cuáles eran los medios naturales que podrian producir aquel fenómeno. El no queria consentir en que aquello fuese una cosa sobrenatural, ni abandonaba la presuncion de hallarse en una guarida de bandidos, que trataban de aterrorizarle despues de haberle robado. La calidad de la luz que le alumbraba i la singular arquitectura de aquel De profundis o caverna le sujirieron la idea de que cuanto veia era un efecto de óptica producido por algun hábil prestijitador que habria entre los ladrones.

La dificultad estaba esplicada. El ingles abrió entónces los ojos mui tranquilo, i casi risueño volvió a mirar las caras que siempre le sacaban la lengua i le visajeaban. Dió unos cuantos pasos, i le pareció que pisaba en carne viva. Se acercó a la muralla de enfrente, i dirijiéndose a la cara mas atroz que le pareció, trató de apretarle las narices, pero la cara le tiró un tarascon, haciendo una horrible contraccion de enojo; los dientes se chocaron como las muezas de una tenaza, i Mr. Livingston vió que habia escapado sus dedos merced a su lijereza. Esta realidad que destruia su esplicacion científica, le contrarió i le enfureció de tal modo, que dando a fondo un trompis a toda fuerza contra la cara que le hacia frente, se hizo pedazos el puño en la roca, como si no existiera aquel tapiz de cabezas humanas que veian sus ojos.

Mas su furia, no tanto por el dolor, se convirtió en nuevo espanto, cuanto porque observó que al dar su trompis, todas las cabezas habian achatado i estirado sus narices hácia la boca i habian echado barbas largas i cuernos retorcidos, convirtiéndose en cabrones de todos colores i aspectos. Aquellos cuernos se tocaban, eran una realidad visible como la que presenta a la simple vista cualquier animal cornudo. No habia remedio. Falto ya de ciencia i de coraje, nuestro héroe se declaró vencido, con el dolor de no poder repetir el dicho de Francisco I en Pavia, dicho que tantos otros repiten aunque no venga al caso, i que habria sido una blasfemia en esta ocasion, porque no era mui digno de un ingles el dejarse vencer por chibos, ni mui honroso para un amante rendido el caer agoviado bajo un diluvio de cuernos.

Don Guillermo se sentó en el suelo, entrelazó sus manos delante de sus rodillas, inclinó la cabeza como para ocultar su impotencia, i esperó resignado lo que sucediera.

IX. Comienza a aclarar.

El corazon humano es mui leal, no hai duda; pero no sabemos por qué el de Mr. Livingston palpitó al recuerdo de Julia, cuando su dueño habia quedado poco ménos que en cuclillas, al aspecto de tantos cuernos. A esa hora tal vez la bella almendralina, imposibilitada ya para tomar el velo de monja, i durmiendo en el brazo izquierdo de su primo i marido, soñaba con el ingles, pagando el primer tributo a la infidelidad conyugal. ¡Pero quién es dueño de un ensueño! ¡Ni quién es árbitro de los augurios del porvenir! El cuadro que se representaba a los ojos del amante abandonado podia coincidir con el que pasaba por la imajinacion dormida de la infiel querida; pero si era una amenaza para el marido, bien podia ser tambien un emblema de lo que sucedia el amante. Talvez aquello no era otra cosa que una espresion de la doble infidelidad de Julia, que traicionando a un querido, soñaba con traicionar tambien al otro. En todo caso, ello no seria mas que una corroboracion de la teoría del emperador romano sobre las Julias.

Mr. Livingston estaba realmente abatido. Amaba de buena fé, aunque no habria querido casarse de buenas a primeras. Al fin era comerciante i sabia que no se debia comprar sin muestras, sino cuando la especie es mui barata i no cuesta tanto como la libertad de un soltero. En eso meditaba, i no sabiendo si habia hecho bien o mal, desahogó su incertidumbre, sacudiendo la cabeza i dando un suspiro. No tan pronto abrió los ojos, cuando vió que se adelantaba hácia él un hombre de fraque negro como él, que marchando hendia la roca de la muralla como si fuera una nube o una sutil neblina.

Era el recien venido un hombre de regular estatura, flaco i nervudo, de pelo de color incierto por las canas que se le entreveraban, i de patilla angosta i mas canosa que la cabeza. Sus ojos grandes daban a su cara un aspecto agradable i risueño.[7] Restregándose las manos como con gusto, le dijo con familiaridad:

—¿Cómo va, don Guillermo?

—¿Quién es usted? contestó éste sorprendido de hallar allí quien le conociera.

—Soi un escribano, añadió el otro sonriéndose.

—¿Qué tiene que hacer conmigo i en este sitio un escribano?

—Es que va a venir el juez del crímen a interrogar a usted.

—¡El juez del crímen! ¡A mí, que no soi delincuente! ¡Que soi por el contrario víctima de un atentado atroz!

—No se asuste usted... Estos tienen la costumbre de entregar al juez del crímen a todos los que caen en sus manos. Pero ya se reformará eso: están pensando en someter a consejo de guerra a todos los que son de otro color. Ya eso será mas llano i ménos molesto para nosotros, porque un fiscal militar no tiene mas que atender a su formulario, para sacar culpable al interrogado, i sea o no inocente, pone su conclusión fiscal pidiendo que se le pase por las armas.

—¿Pero, por Dios, de qué se trata? esclamó Mr. Livingston desesperado al oir hablar de procesos i acusaciones.

—Tranquilícese usted, le dijo amablemente el escribano; sométase a todo lo que le manden, hágase el leso no mas, i verá como lo pasa bien. Cuando me atraparon a mí, quisieron hacerme imbunche para que hiciera mi noviciado, pero yo me allané a todo, i luego me dieron el mismo puesto de escribano que tenia allá en el mundo.

Estupefacto Mr. Livingston, preguntó con voz ronca de terror.—¡I qué! ¿Acaso no estamos en el mundo?

—Nó, en el de allá arriba, nó. En el de aquí abajo, sí; respondió el escribano.

—Luego estoi en una cueva de ladrones, esclamó el ingles; ya lo creia yo al encontrarme sin mi dinero ni mis alhajas.

—Nó, no son ladrones. Le han quitado a usted eso, porque los jenios están mui necesitados. ¿No ve usted que tienen que hacer tantos gastos? Antes están pensando ahora en aumentar los derechos de importacion, en ponerlos a la exportacion de la plata i demas productos del pais, i aun en restablecer la bula de la Santa Cruzada para aumentar las entradas, porque de otro modo es imposible conservar el órden.

Al oir esta respuesta del escribano, don Guillermo quedó mas confuso que cuando se desengañó de que las cabezas i caras que le burlaban no eran efecto de la óptica. Se calló aterrado, i el escribano le miró con compasion.

Despues de una larga pieza de silencio, miró al curial como implorando una esplicacion, i preguntándole adonde estaban.....

El escribano le comprendió i le dijo:

—Estamos no se adónde, don Guillermo, pero dicen que este pueblo es el de los jenios de la colonia, que se han refujiado aquí desde la revolucion de la independencia, i que desde aquí trabajan por inspirar a los de arriba, por conquistar prosélitos i por hacer la contra-revolucion para reconquistar su poder. Yo no sé lo que haya en esto de cierto; yo veo todo lo que se hace aquí, i sé que es una pura picardia; pero...

—¡I cómo no huye usted! le interrumpió el ingles sublevado en lo mas noble de su corazon, al oir aquel lenguaje.

—Es imposible. Esto no tiene salida.

—¡Por qué no resiste usted, por qué se somete a servir a la iniquidad!...

—Qué quiere usted, don Guillermo, si le pagan bien a uno, i uno es pobre. No hai mas que aguantar.

Nuestro amigo vió que esa era la filosofía de todos en el mundo de donde venia, i comprendió que en aquel mundo subterráneo se encontraba con conocidos. El escribano era hablador, como muchos de su oficio; se revelaba sin embozo, i censuraba sin cautela a sus soberanos, como muchos empleados públicos vituperan al gobierno de que dependen, sin perjuicio de votar por él en las elecciones i de obedecerlo ciegamente en los mismos actos que le vituperan. Su filosofía es la del escribano: ¡que quiere usted, somos pobres i nos pagan! ¡Como si la pobreza autorizara la maldad!

Pero con todo, Mr. Livingston no podia todavía atar los hilos que recojia. Lo que le descubria la afable locuacidad del interlocutor, quedaba oscurecido por la redundancia. Era necesario hacerlo que tuviese mas precision en sus respuestas.

—Por fin, insistió el ingles, ¿en qué pais estamos?

—En el pais de Espelunco,[8] replicó el escribano con alguna solemnidad, voz que se deriva de la latina Spelunca, que significa Cueva. Aquí se usa mucho el latin, pues para ser buen Espelunco, es necesario siquiera poder leer los salmos del santo rei profeta i asistir a maitines.

—¡Cómo! ¿Se usan tambien esas cosas por acá?

—Sí, señor, todo lo que va en derrota por allá arriba tiene aquí su refujio, principalmente la relijion.

—¡Hum! I dígame usted, ¿qué papel hace aquí ese chibato que me ha atacado a mí esta noche, i qué son esa multitud de cabrones que habia en estas murallas cuando usted entró?

—Ese chibato es el diablo, i los que se asomaban por aquí son sus ayudantes, que jeneralmente sirven de público en este tribunal para preparar el ánimo de los neófitos.

—¿Cómo se comprende esa asistencia de los demonios con las cosas relijiosas de que usted me habla?

—¡Oh! Eso es mui fácil de comprender. Como aquí se sirve a Dios, trabajando para que triunfe el espíritu antiguo tan atacado por la revolucion, es sin duda lícito poner en juego al diablo i todas las cosas, porque todo depende en este mundo i el otro de Dios. Fuera de que el diablo no hace aquí nada que no sea bueno: su oficio es reclutar jente, como le ha reclutado a usted, i luego abatirles la soberbia para que se rindan por el terror. Hai muchos dóciles como yo, que al instante nos allanamos a servir la causa. Hai otros mas renitentes, porque no han nacido con vocacion para ser Espeluncos: a esos se les somete al procedimiento de imbuncharlos, lo mismo que a los chicos que se pescan, a los cuales se les hace imbunches para contar despues con mas seguridad con sus servicios.

—Tenga usted la bondad de esplicarme ese procedimiento i su objeto.

—Imbunchar se llama coserle al paciente con hilo fuerte i buena aguja todos los agujeros, salidas i entradas de su cuerpo, teniéndole así cierto tiempo de noviciado, privado de los cuatro sentidos mas peligrosos, que son ver, oir, oler i gustar, hasta que, olvidado del uso de esos sentidos, se le puede imprimir el carácter e inclinaciones de un buen Espelunco.[9] El tacto esterno se les deja libre, porque hai una tradicion entre los Jenios de la colonia, segun la cual no podrá desencantar a la libertad del encanto en que ellos la tienen, sino el hombre que sea capaz de vencer sin fuego ni hierro i solo con el empleo de sus fuerzas corporales a cuatro monstruos que la guardan. Por aquí verá usted que no hai peligro en dejar a los neófitos el uso de sus manos, brazos i piernas.....

La palabra del escribano fué interrumpida por la repentina aparicion en la estancina de todas las cabezas cornudas que se habian ántes ocultado.

X. El interrogatorio.

Aquellas palabras i la variacion de escena hicieron creer a don Guillermo que soñaba. Cuando el entendimiento por sí solo no puede darse razon de un fenómeno, se rinde al prestijio del misterio i cree en lo sobrenatural; pero hai hombres, como nuestro ingles, que por educacion i por carácter rechazan toda intervencion sobrenatural en las cosas de esta vida, i cuando no comprenden un hecho porque sus luces no les alcanzan o porque su corazon no ayuda al juicio, lo llaman ensueño o lo creen una ilusion del arte. Era esa la situacion de don Guillermo en los momentos en que el juez del crímen se acercaba a él hendiendo la roca, como la habia hendido el escribano, cual si fuera una neblina.

Era de aspecto sério el nuevo personaje, de cara pelada i llena, de ojos capotudos i despreciativos, i de boca que anunciaba soberbia en sus pliegues. Tenia este hombre un aire glacial i por su sequedad i sus maneras parecia como hecho a propósito para el oficio.[10]

—¿Promete usted decir verdad en todo lo que se le pregunte? fué lo primero que dijo, clavando una mirada amenazadora en don Guillermo; i habiendo éste respondido afirmativamente, agregó: está bien, pero tenga entendido que si no declara la verdad, le hago azotar por mano del verdugo.

A semejante amenaza, se enrojeció el rostro del ingles i sus ojos brotaron fuego; pero reprimiendo su furor, se limitó a observar que él era súbdito de S. M. la reina de la Gran Bretaña.

Esta palabra pronunciada con noble orgullo hizo a los demonios que presenciaban el acto mirarse i sonreirse complacidos, como si entre ellos i los hijos de la poderosa Albion hubiera alguna simpatía.

El juez, haciendo un mohin de desprecio, agregó:

—No hai Gran Bretaña que valga, le azoto a usted si no declara o si me anda con insolencias. Diga usted, ¿quiere seguir aquí su jiro de comercio, con tal de que sirva relijiosamente a la causa del órden, como sus paisanos, i combata enérjicamente todas las innovaciones que se hacen en nombre de la libertad i todas las pretensiones que se dirijen contra el espíritu antiguo de nuestra madre patria?

—Nó, respondió secamente don Guillermo.

—¿Cree usted en la libertad?

—Sí.

—¿Cree usted en la república?

—Sí.

—¿Seria usted capaz de servir a estas ilusiones perniciosas i de sacrificar a ellas sus intereses de comerciante?

—Sí, i mil veces sí

—Que se le peguen cincuenta azotes, dijo el juez, dirijiéndose bruscamente al escribano.

—¿Por qué? preguntó Mr. Livingston.

—Porque miente, dijo el juez: un ingles como usted no puede pensar así.

—Un ingles imbécil, concedo, agregó don Guillermo: el que solo piensa hacer dinero, puede sacrificar a su negocio la libertad i el bienestar de sus semejantes; pero el ingles que ama el nombre de su patria, hará en cualquiera parte del mundo lo que sus antepasados hicieron para conquistar la libertad de que goza la jeneracion presente, i sacrificará sus intereses por alcanzar que la humanidad entera conquiste lo que la Gran Bretaña desea, o por lo ménos lo que ésta tiene ya conquistado.

Tan enérjica respuesta hizo al juez refocilarse en su silla, al escribano rascarse la frente, i a los cabrones de la muralla repiquetear con sus cuernos por efecto de un movimiento horizontal de duda o compasion que hicieron con la cabeza.

I mirando de hito en hito a don Guillermo, el juez le preguntó:

—¿Entónces dice usted la verdad?

—Nunca digo sino la verdad pura, fué la respuesta.

—¡Luego es usted leso! le dijo el juez como sorprendido.

—Segun i conforme: yo llamo zonzos a los que ocultan la verdad o mienten, no a los que dicen la verdad, porque en la verdad no hai peligro, ni el decirla trae los males de que va aparejada la mentira, dijo el ingles con aplomo.

—Usted es un iluso, replicó el juez sonriéndose malignamente; no tiene mundo, no es hombre práctico ni positivo. ¿No sabe usted que está en un pais donde nadie puede vivir sino en el órden, i que viene de un pueblo como el que está arriba, donde basta hacerse el abogado o el secuaz de lo atrasado i del espíritu de órden antiguo para abrirse paso a la fortuna, al poder i a todo lo que hai de grande en la realidad de las cosas prácticas?

—Puede ser así, dijo un poco despechado don Guillermo, pero yo no especulo con la mentira, ni quiero elevarme en alas de una ambicion innoble, atropellando los fueros de la verdad i de la justicia.

—Decididamente usted es un leso, esclamó el juez, a no ser que sea uno de esos locos de atar que traen el caletre trastornado por las ideas revolucionarias, i que pretenden reformar el mundo, haciéndole olvidar la relijion i renegar de la obediencia pasiva a sus tutores naturales, sin cuyos bienes no hai órden ni sociedad posibles. Contra esos locos obra nuestro poder, i miéntras tengan este sagrado asilo los jenios del pasado, habrá esperanzas de que no cundan las ideas nuevas i de que se rehabiliten con todo su esplendor en América el espíritu i las costumbres de los afortunados tiempos de la colonia. Milagrosamente tenemos ardientes servidores en el pais, cuyas entrañas habitamos, i no hai peligro de que los locos de la libertad logren desencantarla del poder de la Mentira, de la Ignorancia, del Fanatismo i de la Ambicion, que son los cuatro poderosos monstruos que la guardan, devorando a cuantos tienen la locura de encararseles i de combatir con ellos.

—Yo deseo hacerlo, replicó con entereza i vivacidad don Guillermo, i sin hierro ni fuego venceré a esos monstruos, i les arrebataré su presa.

El togado i el golilla se rieron con desprecio, los demonios estiraron sus cabezas para mirar al ingles como a una cosa curiosa, i éste quedó impasible i sereno, como el que revela naturalmente i sin esfuerzo lo que pasa en su conciencia.

El juez entónces, tomando un aire sério i ceñudo i ahuecando la voz, dijo:—Yo conozco la especie de locura que usted padece, pero como cuantos han venido con ella a estas rejiones, han curado milagrosamente con una simple costura, le condeno a usted a sufrirla, con la calidad de que cuando se canse de ser imbunche i se sienta domado i dispuesto a servir a nuestra causa, avise para que se le descosa. Pero si hai en usted una tenacidad sobre natural que le mantenga firme en su locura, a pesar del imbunchaje de un año, irá usted a probar si puede desencantar a su diosa.

Un balido jeneral de las cabezas circunstantes sirvió de aplauso a esta sentencia definitiva. El juez i el escribano se eclipsaron en la roca, i una mano poderosa que apareció de lo alto pegada a un brazo colosal, agarró del cogote a don Guillermo i desapareció con su presa.

XI. Los imbunches.

¡Feliz mil veces el que nace con alma de cántaro! Para ese, el coser i hacer albardas todo es dar puntadas; i no ha menester de que a él le peguen ninguna para ajustarle a un molde. El que tiene el alma vacía se amolda a todas las ideas, o mejor dicho, recibe en su vacuidad cuanto le derraman. ¿Qué mas le da que el mundo marche al oriente que al poniente, que triunfe Dios o Lucifer, que el hombre viva en libertad o muera en la esclavitud? Para él todo es uno, porque en este número se encierra toda su filosofía.

En la Cueva del Chibato no se hacia imbunches a esa clase de hombres, porque los jenios del pasado encuentran en ellos su mejor cosecha. La gran mayoría de los seres humanos nace para la esclavitud, o por lo ménos para servir de pasto o de sosten a los tiranos. ¡Qué amarga es esta verdad! ¡Qué terrible! ¡Qué ofensiva al orgullo del hombre! ¿Pero se puede acaso dudar de ella en presencia de los millones que viven sometidos a la voluntad de un déspota, i de los millares de servidores, santificadores i cantores que halla el despotismo donde quiera que el infierno lo vomite?

Deciamos, pues, que contra esa gran mayoría no ejercian su poder los jenios de Espelunco, sino contra los rebeldes que naciendo un poco mas alumbrados, se enamoran de la libertad i sirven a su triunfo. Pero como entre éstos hai variantes, como en todas las plantas de una misma familia, sucede que muchos de los que no nacen para esclavos, son palomos a nativitate, porque tienen la condicion de seguir al primero que les hace pió, pió, pió i les arroja algunas migajas. Admirable poder del hambre sobre la naturaleza, poder que modifica hasta los instintos de la organizacion. Para éstos no habia en el pais de Espelunco ni costuras, ni suplicios, sino migajas i buen grano, pues los palomos tienen alas para trasmigrar de rama en rama en busca de su alimento.

Las costuras se reservaban solo para los espíritus fuertes, para aquellos que conciben la verdad, que la aman i la proclaman, que la sirven i se hacen crucificar por ella.

En esto estaban perfectamente de acuerdo los usos de la Cueva con los del mundo que habitamos. Alguien ha dicho con mucho acierto que en todos tiempos se ha sacrificado o quemado a los pocos hombres que han sabido alguna cosa i que han sido bastante locos para dejar desbordar sus almas i para revelar al pueblo sus sentimientos i sus miras; i no hai nada de estraño en ello, puesto que en todos los tiempos los sacrificadores i los quemadores no han podido sostener su autoridad sino a la sombra de la mentira.

El buen corazon revela la verdad a los ignorantes, i la ciencia descubre a los sabios la razon de las cosas; pero como el poder de los reyes i de los presidentes no tiene corazon, o si lo tiene, lo tiene malo i corrompido; i como anda siempre atras de la ciencia, ha sucedido siempre que los amantes de la verdad i de la razon han sido despreciados i sacrificados como locos o perturbadores del órden de cosas que se apoya en la mentira i en el mal. No parece sino que los gobiernos tuviesen constantemente a su oreja un Mefistófeles que les estuviera gritando a toda hora:—«Despreciad la razon i la ciencia, esas fuerzas supremas del hombre; dejad al espíritu de la mentira que os afiance en sus obras de ilusiones i de encantamentos;»—pues vemos en todas partes i en todos tiempos, que los que mandan se esfuerzan por sostener el error, cerrando los ojos a la luz de la ciencia que les descubre la verdad i que les revela la injusticia de sus leyes i de sus actos. ¡Ai del que tiene espíritu fuerte para proclamar la verdad! La persecucion i el sacrificio son su lote, i si tiene bastante fortuna para escapar con vida, el desencanto i el cansancio completan la obra, agotando su fé, inhabilitándole para siempre: son raros los que salvan de ese naufrajio.

Ese es el mundo; pero en Espelunco se habia perfeccionado el sistema: allí se habia sustituido la aguja a los medios ordinarios de persecucion usados por el despotismo vulgar. La aguja, este antiquísimo instrumentillo, que en los tiempos modernos ha sido tan perfeccionado, servia a los jenios del pasado para secuestrar completamente, para anular a los hombres animosos que no nacieron para la esclavitud, ni para ceder al hambre como los palomos. ¡Cuánto ganarian los gobiernos si adoptaran ese plan! Anulando a los amigos de la verdad i de la justicia, anularian tambien la libertad; secuestrándolos, no en una cárcel, sino en la sociedad misma, inhabilitándolos por medio del desprecio i del olvido, convirtiéndolos en verdaderos párias, los desarmarian i se ahorrarian de sacrificarlos pomposamente en un destierro, en un calabozo o en un patíbulo. Allá en la Cueva se hacia esto fácilmente imbunchando a los rebeldes: acá, al aire libre, se puede tambien imbuncharlos, sin coserlos, pues basta agotarles el espíritu por medio de una perpetua hostilidad.[11]

No sino, cosed a un infeliz mortal todas sus avenidas, todas sus entradas i salidas. Mantenedle así algun tiempo contrariado en todos sus instintos naturales, en todos los usos i costumbres que su organizacion le imprime, i vereis cómo su espíritu se agota, su fé se disipa, sus fuerzas se aniquilan. Esa era la suerte a que estaba sentenciado nuestro valiente don Guillermo, i los demonios, ayudantes de la justicia ordinaria de aquel pais embrujado, le habian arrancado del De Profundis en que fué interrogado para conducirle al barrio de los imbunches.

XII. Tambien hai brujas hechiceras.

¡Qué órden tan admirable reinaba en el pais de Espelunco! Allí estaba el modelo del buen gobierno, no a lo Felipe II, que era lo que en otro tiempo se llamaba buen gobierno, sino del buen gobierno a la moda, que consiste en esclavizar al pueblo i en apretarlo hasta hacerle saltar la sangre i las lágrimas a nombre de la libertad en el órden[12] i de los progresos i felicidad universal. Bien decia Mefistófeles: «La civilizacion que pule al mundo se ha estendido hasta el diablo: no se trata hoi de cuernos, de cola, ni de garras.... A ejemplo de los jóvenes, he adoptado, desde muchos años ha, la moda de las pantorrillas postizas.»

Tal ha hecho el despotismo civilizado. Es preciso ser mui torpe para despotizar hoi como el rei Bomba, para presentarse al pueblo con cuernos, garras i cola, o con otras deformidades o adefesios a la laya, cuando se puede dominar tan bien a la sombra de una palabrota, como:—«El imperio es la paz;» «Viva la federacion, mueran los salvajes unitarios;» «El principio de autoridad;» «La libertad en el órden i el órden en la libertad;» o si no, gritando como los moros que invadian la España:—«Viva la relijion, vamos robando.»

Los Jenios comprendian bien i hacian mejor su tarea. El barrio de los imbunches era un gran seminario, donde se preparaban buenos ciudadanos, pacíficos, modestos i mansos, como bueyes. A los tontos no hai necesidad de prepararlos, a los egoístas tampoco, a los ignorantes ménos, a los palomos basta arrojarles migajas; pero a los que nacen con el espíritu chispeante, es necesario apagárselo, i para ello era un escelente medio el imbuncharlos. Allí estaban los imbunches, inermes e inertes, andando a tientas i a topetones, bajo la direccion de las brujas que los cosian i que los dirijian en sus pasos dentro de aquel limbo de preparacion. Mejores directores no podian haber hallado los Jenios, si es que condicion de las brujas sea el ser engañadoras, embusteras, rabiosas, envidiosas, cobardes i aleves.

Cuando Mr. Livingston cayó allí arrojado por los demonios, torbellinos de brujas se revolvian a flor de tierra tirando hebras de hilo de una madeja sin cuento que se disputaban, se quitaban, arrojaban i enredaban; otras enhebraban convulsivamente sus agujas, i algunas las esgrimian en ademan de dar puntadas, haciendo visajes horrendos. Todas chillaban como micos, ahullaban como perros, mayaban como gatos, i gritaban i silbaban i pifiaban.

Un enjambre de brujas se echó sobre don Guillermo, cuando le vieron caer como llovido i en la misma situacion en que debió encontrarse el padre Adan, cuando se halló de repente en el paraiso, estupefacto, abismado i sin alientos para tener malicia, ni pudor, ni virtud, ni esperanza, ni fé, ni caridad. Ese interregno del alma, esa evaporacion del espíritu producida por el espanto, realzó la belleza natural del ingles, bañándole de un candor apacible, de una inocencia inefable, como la que forma aureola al niño hermoso que descansa desnudo en el regazo de su madre.

Las brujas se lo arrebataron i disputaron con una algazara propia de moros encarnizados en un combate: cual le tomaba en sus brazos, ésta le hacia saltar por el aire, aquella le peloteaba, la de mas allá volaba con él bien aferrado, hasta que una turba la alcanzaba i se lo quitaba para volar con él en direccion opuesta. Todas preparaban sus agujas, algunas le tiraban sus puntadas i todas se enredaban i estorbaban por coserle las primeras.

Pero una bruja hermosa, que tambien las hai; bruja que no merecia el nombre de tal, sino el de hechicera, porque cautivaba con sus ojos que habian robado algo a la esmeralda, porque prestijiaba con sus movimientos graciosos, i con una cabellera castaño claro capaz de enredar el alma como una mosca en la telaraña, se apodera de repente del neófito. La caterva la sigue con furor, pero ella con sus hechizos, con sus untos o sus polvos, no se sabe cómo, se convierte, i metamorfosea al ingles en un abrir i cerrar de ojos, en pájaro, i ámbos a dos tienden el vuelo, dejando el torbellino de brujas viejas i de brujas niñas revolcándose de rabia. Muchas repitieron la misma metamórfosis, pero aunque hubieran volado como el halcon, ya no era posible alcanzar a la bella pareja que se remontaba i se perdia de vista.

XIII. Lucero.

Mr. Livingston hacia de pájaro a las mil maravillas. Volaba i mas volaba al lado de su pareja, sin abrir siquiera el pico para preguntarle a donde le llevaba o para darle las gracias por su salvacion. Talvez dudaba él de poseer el habla o temia desencantar a su salvadora dando un gorjeo como el cuervo, o algun graznido como el pavon de Juno. No se habia ensayado en todas las costumbres de su nuevo estado i aceptaba su papel de pájaro volátil simplemente con toda la buena fé de un ingles honrado, i por eso no se atrevia siquiera a pensar. Fuera de esto, la novedad del encanto i el placer de dar un vuelo le traian arrobado; i en verdad que no era para ménos: verse cortando raudo los aires, dulcemente mecido por un par de alas que se balancean, es una delicia inefable que absorbe el pensamiento i apaga la gratitud i todos los sentimientos que sirven de lazo entre los hombres que andamos. Los pájaros no deben sentir, ni deben tener vigor para pensar cuando van ejecutando una operacion tan estupenda como es el volar. Sin duda esa es la razon por que no se les ve hacer las funciones serias de la animalidad, sino cuando se asimilan al hombre usando de sus dos piernas.

Así lo juzgó despues don Guillermo, cuando recordó que viendo el mundo de Espelunco, allá a lo léjos, mecerse en su atmósfera inflamada, no recibió con esa vista mas impresion que si viera a Júpiter por el tubo de un telescopio; i de aquí concluyó que para pensar, discurrir i sentir como hombre, era necesario tener la forma humana, i que fuera de esta forma el pensamiento i la sensacion cambian de naturaleza.

Otra cosa fué cuando ambos pájaros, poniendo fin a su vuelo, posaron en tierra sus piés humanos, viéndose convertidos instantáneamente en hombre i mujer situados a la puerta de un inmenso edificio. Ambos se miraron con curiosidad, despues con ardor, fascinándose el ingles con la vívida luz de los ojos de esmeralda de Lucero; i sintiendo un simultaneo latido en el corazon, se abrazaron i se estrecharon como dos amantes antiguos que se encuentran despues de una larga ausencia.

Al primer respiro que desahogó su pecho, Mr. Livingston, mirando con avidez a su pareja i asaltado por un recuerdo, le tomó la mano cariñosamente, i le dijo:

—Anjel mio, mi salvadora, ¿quién eres?, dime; tú no eres Julia ¿no es cierto?

—Nó, yo soi Lucero, respondió la hechicera: así me llaman las tias, desde que me trajeron del mundo i me enseñaron su oficio.

—¿Cuánto tiempo ha que estas aquí?

—Desde el primer año de mi edad, fuí robada de mi casa. No he conocido a mis padres i cuento ya veinte años de vida, veinte años que han sido para mí veinte siglos, i que serán una eternidad mas, si un hombre que me ame no me desencanta.

—¿Qué es necesario para desencantarte? Yo te amo; no, no, te adoro, te has hecho dueño de mi alma. ¿Qué he de hacer para salvarte, Lucero de mi vida?

—¡Ah! ¡se necesita mucho! ¡Un gran sacrificio! El que me ame ha de peregrinar veinte años sin cesar entre dos grandes ciudades de mi patria, para hallar, al fin de tres mil viajes que ha de hacer en los veinte años sin que la falte ni sobre tiempo, el talisman del PATRIOTISMO que se ha perdido en una de esas ciudades. El dia del hallazgo será dia de gloria, de contento, de paz i de fraternidad; i yo podré volver a ejercer en mi patria mis funciones, pues soi el hada del noble sentimiento perdido. El hombre que acometa tan alta empresa ha de tener un corazon formado para el amor, i no para el odio, profundas convicciones, ardiente fé en el porvenir i perseverancia incontrastable......

—Si no es necesario mas, yo soi ese hombre, esclamó con entusiasmo Mr. Livingston: ponme en camino i fia en mí, Lucero, si no se necesita otra cosa.

—Sí, hai algo mas: el hombre de que hablamos ha de pronunciar de cierto modo en cada una de las dos ciudades tres palabras sacramentales, cuantas veces llegue al término de un viaje.....

—Dímelas, interrumpió con viveza don Guillermo.

—Nó, tratemos primero de tu salvacion; despues debo probarte, i cuando tenga en tí plena confianza, sabrás esas palabras.

—¿I cómo vas a salvarme?

—Voi a pedir a los Jenios tu libertad.

—¿Qué no sabes que estoi sentenciado? Los Jenios me forzarán a cumplir mi condena, a no ser que me permitan cumplir la promesa que he hecho de desencantar a la Libertad, venciendo sin hierro ni fuego a los cuatro monstruos que la aprisionan.

Una sonrisa inefable iluminó el bello semblante de Lucero, i luego, con la ternura que inspira a una persona esperimentada la candorosa inesperiencia de un niño, tomó las dos manos de su amante i con dulzura le dijo:

—Nó, piensa primeramente en hallar el Patriotismo perdido; despues esa virtud celeste, por sí sola, completará lo obra de vencer sin hierro ni fuego a aquellos monstruos.

—Entónces es indudable, replicó Mr. Livingston, que los Jenios me someterán a la sentencia que sobre mí pesa.

—Tampoco; no lo temas, le dijo Lucero: los Jenios practican aquí lo que inspiran a sus adeptos de allá arriba: aquí la voluntad que forma las leyes está sobre las leyes, i éstas no se dictan sino para los indiferentes i para aplicarlas sin piedad a los enemigos; pero para los que las hacen i sus amigos son una regla elástica que se alarga i se encoje como conviene, conservando su forma. Un medianero rara vez deja de alcanzar lo que se desea, cuando pone en juego ciertas influencias; su empeño se convierte en interpretacion, cuando hai necesidad de salvar las formas, o simplemente en mandato, cuando la lei no se opone abiertamente. Así caen las leyes i las sentencias, i así caerá la que te condena, cuando yo haga valer mis relaciones i el interes que hai en tenerme siempre grata para que no anhele volver al imperio que me corresponde como hada del patriotismo.

—Soi tuyo, Lucero de mi alma; me entrego con amor a tu poder i sabiduría. Sálvame, que yo te pagaré con un inmenso amor; i aunque emplée toda mi vida en salvarte, moriré contento, si tú mantienes en mi ancianidad el fuego de mi corazon.

—Nó, tu alma i tu corazon no envejecerán, si te alienta mi amor; i aun cuando el tiempo blanquée tu cabeza i desgaste el vigor de tu cuerpo, yo le volveré su juventud i su hermosura con el primer abrazo que te dé allá en el mundo.

XIV. El alcázar de los Jenios.

¡Ai, desgraciado del que nace feo! ha esclamado algun poeta dominado del númen de la verdad, mas que del estro de la poesía; i en realidad que no es una ilusion poética la desgracia que trae consigo la fealdad. ¿Qué feo inspiró jamas un amor a primera vista? El feo que logra ser amado, lo consigue siempre a fuerza de mañas, o de bondad de corazon, o de injenio: por eso las mujeres que se ven conquistadas por un feo se escusan amenudo con un—«¡pero si es tan bueno!»—u ocultan su vergüenza bajo el prestijio de la habilidad o del talento de su feo. ¡Mas qué será, Dios mio, del que ademas de tener la fealdad en su cara, tiene la pobreza en el corazon i menguado el entendimiento! A ese solo puede salvarle el capricho femenil, i si no sabe esplotarlo o si no es capaz de aprovecharse de las estravagancias de una mujer, no le queda otro mundo que la celda de un convento, ni otro amor que el de Dios.

Al fin esto es algo: peor es entregarse como Calivan al amor del diablo. ¡I sin embargo, hai tantos Calivanes en este mundo, que sin ser hijos de la bruja Sycorax, tienen una intelijencia grosera, un natural ruin i una figura humana con todos los instintos i deformidades de la figura bruta! ¡Para esos, la maldicion del hombre i de la mujer! El que nace Calivan i no tiene la virtud de la conformidad, i en lugar de hacerse bueno, cultiva la envidia, i se enardece con el odio i el egoismo, es un monstruo que no merece tan siquiera los caprichos de una bella, ni las estravagancias de una fea, porque la mujer que se dejase conquistar por él, no podria disculparse con un—«¡pero si es tan hábil!»

Afortunadamente no se hallaba don Guillermo clasificado en ninguna de estas categorías de la fealdad, como fácilmente se habrá colejido al verle enamorar con solo su presencia a una hechicera tan encantadora por sus gracias como por sus artes. I aquel amor era como todos los que se descifran a primera vista: él i ella se habian leido el corazon el uno al otro, i se habian intimado i casi cristalizado, como si llevaran largos dias de buen trato i de dares i tomares.

Hallábanse los enamorados a las puertas de un inmenso edificio, que era el alcázar de los Jenios, cuando se cambiaron sus últimas promesas. Lucero penetró en el alcázar seguida de su pájaro, el cual no tenia ya ni la forma de tal, ni la del padre Adan en que habia sido cazado: era el mismo hermoso don Guillermo que solia ver en su meson Madama Ferran por las tardes, con la diferencia de que su rostro estaba ahora radiante con las luces del amor i de la esperanza, i no sombreado por las dudas que en otro tiempo le inspiraba Julia.

Lucero se perdió en aquella atmósfera crepuscular que ocupaba los antros del alcázar, dejando a Mr. Livingston en un punto de apoyo desde donde podia descubrirlo todo. No habia allí salones, ni apartamentos, ni bóvedas, ni suelo: era un espacio inconmensurable, infinito, sin luz, porque no eran sus habitantes los Jenios de la luz; ténuemente alumbrado por un claror parecido al de la incierta luna bajo la enramada de una encina, como el que alumbraba el infierno cuando el poeta lo visitó. Sombras diáfanas pero opacas circulaban lentamente, unas verticales, otras inclinadas, éstas recostadas muellemente en el ambiente, i muchas como hendiendo el aire para subir o descender: eran los Jenios, i los habia de todas dimensiones i figuras, pero conservando siempre aquella forma que los pintores dan al alma, cuando la representan desprendiéndose del cuerpo que muere. Voces metálicas, sonoras, vibrantes, como las que arranca una pasion ardiente, surjian de todas partes, al parecer en confusion.

Pero esa confusion era aparente: cuando don Guillermo fué recobrando el imperio de su discernimiento i el uso de sus sentidos, libre ya del estupor que le habia causado la novedad i estrañeza del espectáculo, observó que en todo reinaba un órden admirable, i que los Jenios, poseedores del portentoso poder de abrazar aquella inmensidad con una mirada, con su voz, con su atencion, se comprendian sin estorbo, i se ocupaban familiarmente de sus tareas sublimes. La intelijencia humana del ingles no alcanzaba a descifrar otra cosa, sino que desde aquel centro inconmensurable partia la inspiracion para el mundo profano; pero no podia esplicarse cómo, ni podia distinguir a los mensajeros que trasmitian los apotegmas con que resonaban los antros. A juzgar como puede hacerlo un mortal, se trataba allí de muchos puntos simultáneamente.

En algunos círculos se ocupaban al parecer en dictar la Constitucion política de un pueblo, pues se oia vibrar una o muchas voces que esclamaban:

«Aquella es la mejor de las constituciones políticas, que mas fácilmente puede ser desobedecida i burlada por los que mandan, mediante una sábia interpretacion, o merced a alguna cláusula que destruya las garantías que ella concede.»

«Los abusos de la autoridad son santos, o por lo ménos inocentes: cuando se trata de evitar el uso de la libertad i los abusos de los que obedecen.»

«La fuerza del poder no debe buscarse en la opinion ni en el concurso de los intereses de todos, sino en las armas i en los tesoros; pues la resistencia a las pasiones ajenas i a los intereses ajenos es la mejor política de los que mandan.»

En otras partes se oian proclamaciones que parecian consejos:

«No hai leyes buenas, se decia, si son malos los hombres encargados de aplicarlas: corromped el corazon de los hombres i no tendreis que temer de las reformas.»

«Enseñad a esperarlo todo de la voluntad de los que mandan, i así acostumbrareis a los hombres a respetar la autoridad en las personas que la ejercen i no en las leyes.»

«Haced a los hombres desleales, disimulados e hipócritas, egoístas, orgullosos e intolerantes, i así tendreis defensores contra toda novedad que hiera el sistema actual de vida.»

«Entristeced al pueblo, quitadle todas las ocasiones en que pueda holgarse su espíritu, con el pretesto de atacar los vicios i de evitar la corrupcion, i así lograreis inspirarle aquellas virtudes.»

«Protejed i fomentad la relijion, como aliada del poder, porque miéntras mas relijioso es el pueblo, mejor podrán vuestros aliados ayudaros a conservar el órden.»[13]

Mas allá se oia que se trataba de prescribir el escudo de armas de una nacion, pues una voz sonora esclamaba de este modo:

«El emblema de un gran pueblo que está bajo nuestros auspicios, no debe componerse del árbol de la libertad ni de los Andes i el sol. Es necesario que los símbolos sean mas adecuados, i si se han de buscar en la naturaleza, debe elejirse una ave de rapiña i un cuadrúpedo montaraz, huraño i tan inútil, que ni siquiera haya sido visto por los hombres: orladas esas criaturas por dos ramas de laurel entrelazadas, formarán un verdadero jeroglífico de ese pueblo.....»[14]

Una luz mas viva ajitó el aire i Lucero, radiante i veloz, apareció a los ojos del ingles, que atónito i abismado, contemplaba i oia con toda su alma lo que pasaba i se decia. Los ojos claros de la hada i su semblante abierto i espresivo, derramaron el consuelo i la esperanza en el corazon de su enamorado.

—Ya estás libre, le dijo, pero necesitas llenar una condicion de ceremonia.

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