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Antaño i Ogaño

EL DIARIO DE UNA LOCA.

Reading edition

I.

¡Ah! Estoi sola. ¡Gracias a Dios!...

Son las dos de la mañana. ¡Qué lindo es mi reloj! ¡Pobre muchacho! El me lo regaló el dia en que se casó con mi hija. ¿Qué será de ella? ¿Adónde estará?...

¡Ah! Estoi libre, ¡sola!... Pero no, esa monja horrible, mi guardian, está allí. Está tranquila, merced a mi estúpido sueño, i no estoi libre. Esa pesada puerta está con llave, ni es posible moverla siquiera. Pero la ventana ¡oh, qué alegría! ¡De par en par! ¡Dios mio! ¡Qué reja tan enorme!

Habrán sabido sin duda que mi mas vehemente deseo, mi deseo de tantos años, es matarme. ¡Mas no saben que soi tan cobarde! Mil veces he podido acabar con esta vida espantosa, ¡pero he tenido miedo!...

¡El suicidio! Sí, recuerdo las palabras de aquel célebre escritor, amigo de mi marido. ¡Qué bella era aquella tarde! Vino de visita i lo recibimos en el corredor de la quinta, con vista al rio.

Recuerdo que estábamos tomando mate. El sol se habia escondido en la pampa, i las aguas del Plata se dilataban a nuestra vista mansas i blancas, formando un inmenso horizonte. ¡Qué fisonomía tan enérjica la de aquel hombre! No recuerdo su nombre, pero tengo viva su imájen, ¡i sus palabras resuenan todavía en mis oidos!...

«Los pesares profundos, dijo, matan o enloquecen, cuando no hai fuerza de espíritu para recibirlos de frente i sonreirles. Los cerebros débiles se dejan dominar por la idea del dolor i se gastan o se desorganizan, hasta el punto de hacerse maniáticos, o de debilitar el organismo i hacerlo pasto de las enfermedades naturales o artificiales. El suicidio es una enfermedad artificial, voluntaria.»

¡Cierto! Mi organismo firme i robusto me ha salvado de las enfermedades naturales, i de esa enfermedad artificial, que se llama suicidio. El ha predominado por su fuerza vital, i ha hecho prevalecer sobre el deseo de morir la necesidad de vivir. Mi cobardía no es mas que esa necesidad imperiosa de vida que tiene mi sér. Pero mi cerebro es débil, i no se ha resistido a la locura....

¿Será cierto que estoi loca?

¡Qué noche tan oscura! ¡Que calor tan sofocante! El Pan de Azúcar se vé aquí cerca, como una sombra jigantesca. La bahía de Botafogo apénas se dibuja por la oleada fosfórica de la orilla. El mar no hace ruido. Pero esa luz blanca que estalla pausadamente, de cuando en cuando, contra la ribera, indica los latidos de su hondo seno.

Sí, estoi en Rio, lo conozco. Allí se ven las luces de la calle, que se reflejan en los boscajes inmóviles de los jardines. Todo duerme. Pero yo velo, i casi siempre estoi velando, cuando todos duermen.

¿Será cierto que soi loca?

¿Qué se han hecho los mios? ¡Ah! Dicen que han muerto! ¡I me han dejado aquí, sola, en una casa de locos!

Lo recuerdo bien. Si estuviera loca, no lo recordaria. O será que cuando lloro mucho, despierto de mi locura. Sí, mi pañuelo está empapado de lágrimas. Siempre está así, cuando me pongo a pensar i a escribir. I ántes de llorar ¿qué ha sido de mí? ¿He estado dormida, o he estado loca? Pero lo recuerdo bien: un dia me llevó mi marido a una gran casa. Bajamos del coche. Entramos a un gran vestíbulo. Subimos las escaleras. Allí habia otro vestíbulo espacioso con dos estátuas bronceadas que representaban hombres vestidos a la moderna. Parecian negros. ¿Serian estátuas de negros? Tambien habia una estátua blanca que dijeron era del emperador. Nos recibieron mui bien....

Desde entónces no recuerdo mas. Los recuerdos me vienen solamente cuando he llorado mucho. ¡Oh, el llanto es el rocío del alma! La mia está seca i helada como un páramo. Necesita de ese rocío para vivificarse.

Sí, comprendo. Soi loca. Por eso me trajeron aquí. Lo recuerdo bien. Llegué buena, pero profundamente triste. Algo de mui raro sentia yo en mi pecho. Hubiera dado mi vida en aquel momento por llorar, ¡i no podia!...

¡Qué multitud de fisonomías! En un salon habia muchos hombres a lo largo de una mesa. Los ví al pasar. Todos jesticulaban i trabajaban; pero estaban en silencio, i unas monjas de caridad los vijilaban. Mas allá entraban en ese momento a otro salon muchas mujeres en fila, todas vestidas uniformemente, i venian custodiadas tambien por monjas. Contigua a la salita a que me condujeron (¡oh! ¡es esta misma, la misma colgadura, los mismos muebles!) habia otro aposento en que se paseaba con lijereza una mujercita fea, de ojos saltados, vestido aseado; pero era horrible. Dijeron que era una portefía rica, que se llamaba... no sé cómo. Entramos aquí, nos sentamos, ¿i entónces?... ¡Entónces!

¡Ah! Sí, él. Pasó ese infame. Lo ví, la misma figura, la misma sotana, el mismo breviario en la mano... ¡Oh! Sí, lo ví. ¡Infame! ¡Sacrílego! ¡Demonio! ¡Satélite infernal de mi hermano! ¡Ah! ¡Ah! ¡Me muero! ¡Socorro!... ¡Quita allá, monja del diablo!... ¡Yo no te llamo, no te quiero!...

II.

Bueno: que se vaya en paz. Pobre monja. Es bondadosa. Con qué risa tan cordial me contaba el trabajo que le costó sujetarme anoche, i cuánto habia hecho por hacerme callar. Dice que la ultrajé mucho: pero lo decia con una alegría que muestra el candor de su alma, que da donosura a su seco rostro i gracia a su enorme boca llena de raros dientes. ¡Pobre monja! ¡Qué paciencia necesitan estas mujeres para soportar su oficio!

Son las dos de la tarde en mi lindo reloj. He dormido mucho; pero tengo fiebre. ¡Ah! ¡qué seca está mi mano, qué negra i arrugada! Soi vieja, sí, vieja de cuerpo; pero mi pobre corazon se resiste a envejecer.

Es él quien me atormenta. Es él quien tiene la memoria de lo pasado. Es él quien ama todavía. Mi razon solo le ha servido para ocultar sus deseos, para disfrazar sus latidos, para disimular sus arranques, sus delirios, sus dolores; pero jamas lo ha dominado, jamas le ha puesto freno.

¡Ah, corazon! ¿Por qué no envejeces como mi cara, como mis manos? Si hubieras envejecido, yo habria sido feliz. Mi vida habria corrido tranquila como el Plata, luciente como ese pequeño golfo que diviso al traves de la reja, serena como el Illimani...

¡Ah! Mi cerro, mi monte querido, el compañero de mi infancia, el blanco de las profundas miradas de mi juventud. ¡Mi cerro! ¿Te acuerdas de mí? Yo miraba tu blanca cabeza todas las mañanas al levantarme, i me estasiaba contemplándote. Cuando el sol del ocaso te doraba, tú atraías mis ojos i hermanabas tu eterna juventud con mi juventud pasajera. Yo tambien resplandecia entónces. ¿Te acuerdas? Cuando una cortina de gasa cubria tu inmensa majestad, yo estudiaba los graciosos pliegues de tu velo para imitarlos en mi traje.

Todos me llamaban bonita. Talvez lo seria. Nó, realmente lo era. Este elevado talle que aun me queda era flexible i gracioso como una tierna tacuara. Mi color i mi cútis, enrojecidos por el dolor, eran de rosa: i mis ojos, cárdenos i marchitos ahora, tenian tus luces i tus relámpagos, hermano mio, caro Illimani...

Tú estás siempre allá, inmóvil en tu base de oro. Yo soi un tizon de tus yaretas arrancadas para el fuego. Nunca me lo imajiné. Creia vivir siempre contigo, i siempre como tú. ¡Cuántos juramentos hice a tu presencia, creyéndolos eternos, como tú eres! ¿No te acuerdas? Una noche pasaba yo a tu vista, descansando amorosamente en el brazo de Fructuoso. La luna lo abrazaba todo con su luz de turquesa, i tú apagabas sus ondas con el reflejo de tu cumbre nevada.

—Mira como se hermanan, me decia Fructuoso, la luz del Illimani con la de la luna. Se podria señalar la línea en que se confunden.

—Son la imájen de tu alma i la mia, le replicaba yo, con aquel acento imperceptible que solamente oyen los corazones que se adoran.

—Pero la imájen mengua i desaparece, Pepa querida,—dijo él suspirando como quien llora.

—I vuelve siempre, eternamente, i no acabará jamas, como mi amor, le repuse, estrechando su brazo dulcemente.

En ese momento paraba nuestra comitiva i guardaba silencio para oir. Nosotros, que íbamos adelante tambien paramos. Se sentia una sonora guitarra, pulsada con maestría. Aquellos acentos eran deliciosos. Yo temblaba i no era dueña de mí. Una voz varonil i dulce, acompañada de la música, cantaba un yaraví cuyos últimos versos se me quedaron grabados en el corazon:

El que jura amor eterno, Triste, se olvida De que amor no es el infierno, Sino la vida.

I esclamé entónces con toda la fuerza de mi alma:

«Prefiero que el mio sea un infierno para que no acabe.»

—No, alma mia, será un cielo, que tambien es eterno, murmuró Fructuoso a mi oido.

¿Cuál de los dos anunció la verdad en aquel momento de felicidad, de que tú fuiste testigo, Illimani portentoso?

Mi deseo se cumplió. ¡Mi amor ha sido i es un infierno!...

Estoi loca. En los accesos de mi mal debo amar furiosamente. Las palabras i los actos que me recuerda la monja, como para correjirme, lo dicen. El llanto apaga ese incendio: pero entónces quedo amando, como ahora, con el dolor punzante del recuerdo, con el fuego concentrado de un volcan que se esconde debajo de su cráter. Siempre mi amor es un infierno...

¡Ah! Si yo pudiera salir de aquí, navegar libremente en ese lindo golfo, sentada a bordo de esos pequeños vapores que lo cruzan, oyendo la música de las harpas i violines de los italianos, que ganan su vida tocando! ¡Qué feliz fuera yo!

Allí aparece uno. Rompe audaz las olas serenas, levantando espumas. ¡Cuál viene la jente! ¡Qué movimiento, qué alegría! Pero no se acerca aquí. Esta playa es desierta. ¡Han aislado la mansion de la locura!...

¿Por qué no aislan tambien las ciudades? ¿No son todos locos? ¡Oh, sí, el mundo tambien está aislado! Será porque está habitado por locos. ¿A quién hacia yo mal? ¿No devoraba en silencio mi dolor? ¿No callaba? ¿No me ocultaba para llorar? ¿Por qué me han puesto aquí? ¿Quién podrá libertarme, si todos los mios han muerto?...

¡Sí! ¡Fructuoso! ¡Oh qué muerte tan horrible! ¡El clérigo! Allí, allí aparece...

No, no os alarmeis, sor María. Entrad sin cuidado. No estoi loca. Hablaba sola, porque estoi escribiendo lo que hablo. Sentaos, i dejadme llorar, las lágrimas me ahogan...

III.

Mucho lloré ayer, i despues me dormí profundamente. ¿Qué será el llanto, qué serán las lágrimas?... ¿Por qué el dolor del alma se desahoga mas por los ojos que por los suspiros del corazon? Parece que el fuego del alma produce la lluvia como los rayos de que se corona el Illimani producen los torrentes que se desbordan de sus faldas. Aquí tambien el fuego de este cielo abrasador sofoca a veces, i cuando los rayos estallan con su espantoso estampido en la cumbre del Corcobado, el cielo se deshace en lágrimas, i con el fresco de la humedad, se restablece la calma. ¿Será que él tambien padece i llora como yo?...

¡Ah! ¡Es preciso no llorar! Quien llora como yo, es encerrado en un asilo de locos... Los cuerdos no lloran, rien de todo. Para ser cuerdo, es necesario no tener fuego en el alma. Eso que llaman gran mundo en la sociedad tiene un páramo en su cerebro, siempre helado, siempre yerto, jamas ardiente.

¡Prefiero ser loca...!

Pero esta mañana se ha admirado el doctor de mi mejoría, i le repetia a sor María: «que ella duerma, cuidad de su sueño, que duerma mucho, aunque llore mas. Los ojos, cansados de llorar, se cierran pronto... Hacedla pasear por las galerías»...

¡Pasear! ¿Para qué? Para presenciar aquel cuadro espantoso?

Los locos desfilaban a hacer su almuerzo en el comedor. Iban callados i en órden, como los niños de un colejio. Abajo, en ese hondo patio, separado por rejas de las galerías que lo rodean, habia unos cuantos, de ropas desgarradas, de caras siniestras, dispersos i léjos unos de otros. Ni se miraban. Uno vestia casaca. Era militar. Su alma, sin duda, no fué un páramo...

¿Quiénes son esos? pregunté a sor María, que me hablaba en ese momento de la Vírjen.

—Son los furiosos,—me respondió.

—¡Ah! ¿Tan pocos hai?

—Todos los demas, añadió ella, con cierta intencion, están en sus celdas separadas, i tienen cada uno un guardian... como yo...

¿Seré yo furiosa? dije entre mí...

A las sazon les tiraban el almuerzo por la verja a los furiosos. El militar lo arrojó con la punta del pié, se quitó la casaca, la dobló con prolijidad, i poniéndola de cabecera, se tendió en las piedras.

Los otros comieron. ¡No he visto jamas nada mas horrible! Solo el tigre come así, devorando, aspirando el alimento, mirando a todas partes, gruñendo tal como si hubiera otro tigre para arrebatárselo, lanzando rayos por los ojos. En un minuto no habia nada sobre las losas, i los furiosos gruñian todavía. Estaba allí solamente el animal. El espíritu se habia volatilizado...

Me admiré. Me aflijí, temblé de miedo...

—¿Así como yo? pregunté a sor María, llena de vergüenza.

—¡Oh! ¡No, señora mia, mi pobre señora! Usted no come cuando está con el accidente, me replicó la monja.

—¿Hago como el militar?

—¡Sí, mi señora, pero nadie la vé, sino yo, que la cuido, yo que la quiero tanto!...

—¿Quién es ese oficial?

—Un frances, un compatriota mio, que dejó aquí un navío que vino a repararse, de paso para la Guayana, llevando prisioneros del golpe de Estado. El pobre se volvió loco a bordo. Solo se enfurece el 2 de cada mes, i se lleva tres dias combatiendo por la república.

—¿Tambien enloquece el amor a la libertad?...

—Debe ser así, porque en mi pais hai muchos de esos locos...

—Los tiranos no enferman así, porque la locura es su elemento. Están como el pez en el agua. Son los reyes de los locos, de toda esa turba que se cree cuerda, porque no tiene alma, i que hace casas como esta para los que la tienen. Vamos, sor María, me siento mal...

IV.

En efecto, aquello me enfermó. He reposado. Sor María me ha dejado sola.

¡Qué dia tan espléndido, pero cuán ardiente! No, hai brisa. El golfo no se mueve. He ahí a Rio de Janeiro, con sus colinas resplandecientes de verdura i cuajadas de blancos edificios. Allá el Rosario, mas acá las palmas del Largo de Machao, todos esos boscajes que suben son los jardines de Larangeiras. ¡Qué lindas quintas! Mas acá se perfila el barrio de Botafogo, con sus elegantes casas aisladas i rodeadas de verdes mangueiras, de plateadas magnolias, i de aquellos arbustos de hojas purpurinas i amarillas, que tan bello contraste forman entre esos abundantes i ricos colores. ¡Qué naturaleza!

¡I esa es la mansion de un pueblo de cuerdos, que ha construido en este sitio un palacio para sus locos! ¿Adónde está la razon, allá o aquí? Allá, si la razon consiste en ajustar la vida a las conveniencias del egoismo i a las exijencias de la sociedad: aquí, si únicamente tienen alma los que saben pensar i sentir sin egoismo, sin esclavitud, sin miedo, sin estupidez.

¡La humanidad no piensa, i se llama racional i se dice la reina del mundo! Solo piensa una mínima porcion, i de esos que piensan, los unos no hacen mas que estudiar el modo de esclavizar el espíritu i de sujetar a la sociedad a un sistema de ideas i de intereses, propio para dominarla: los demas que piensan, i no piensan de ese modo, son locos.

Pero todos sienten i se dejan llevar de sus instintos. El que sabe gobernarlos en provecho propio, saciándolos en secreto, i disimulándolos en público, para ajustarse a las conveniencias de la sociedad, ese es cuerdo.

En eso consiste la racionalidad, la superioridad del hombre. Solo los brutos no calculan, ni especulan con sus instintos. Tambien los locos... El cerebro que no calcula i se deja dominar de una idea, de una pasion, es cerebro descompuesto. Va al hospital.

¿Tiene una la culpa de ser así? ¿Por qué nos aprisionan entónces, como a los criminales? ¡Ah! porque somos bestias feroces, no somos racionales... El cerebro desorganizado carece de razon...

Yo no soi racional, porque me he dejado dominar de un amor tan inmenso como desgraciado...

¡El era tan hermoso, tan valiente, tan noble! La primera vez que lo ví, muchacho aun, con su uniforme punzó, a la cabeza de un batallon vistosamente vestido, me pareció un ánjel que irradiaba, que deslumbraba... Mi primer movimiento fué entrar a mi aposento i postrarme delante de la Vírjen, con el corazon anhelante, a pedirle que salvara de la muerte a aquel precioso jóven, que le tuviera de su mano en los combates, en los peligros de la guerra.

Volví a los balcones, en el momento de la partida. Iban a la campaña del Perú. Todo era movimiento en aquella plaza, todo bullicio; pero las músicas militares llenaban el aire con sus melodías, i parecia que lloraban. Sus acentos atravesaban el alma i humedecian todos los semblantes con dulces lágrimas.

Fructuoso montaba un potro blanco, que no marchaba sino que piafaba.

Frente a mis ventanas estuvo mucho tiempo, i yo me extasiaba mirándolo.

El sol reflejaba mas sobre el blanco mate de su cara, que sobre sus bruñidas armas. Parecia tranquilo, pero triste i severo. Su cabeza levantada dejaba ver toda su hermosura.

Sus ojos se fijaron muchas veces en mí, i cuando los mios se encontraron con ellos, me parece que se unieron i confundieron dos rayos de luz, que él cortó, moviendo graciosamente su espada para saludarme...

¡Ya nos amábamos!...

Una hora despues estaban desiertas la plaza i las calles. Pero yo creia divisar todavía a Fructuoso entre la nube del polvo que dibujaba por la senda del Alto la columna en marcha.

Me parecia oir todavía la vaga armonía de la música que se despedia, i sentia mi corazon opreso con aquella angustia del amor en ausencia.

El recuerdo de ese dia me hace llorar i mis lágrimas van borrando lo que escribo. ¿Este dolor tan dulce será locura?...

V.

Basta de lágrimas. Pero, no; quiero reanudar esos recuerdos.

Yo no sé tampoco si viví o no durante aquellos largos meses que pasaron hasta que Fructuoso volvió con los laureles de Yanacha i Socabaya.

Era coronel i estaba aun mas bello, mas dulce, mas adorable.

Tenia veintitres años, i no habia una mujer que no se muriera por él.

En el primero de los grandes bailes con que se celebraban aquellos triunfos, se atraia todas las miradas. Allí estaba la corte de la Gran Confederacion. El Protector i sus jenerales brillaban por el oro de sus trajes i la pedrería de sus cruces.

Fructuoso, vestido sencillamente, brillaba entre todos por la elegancia de su porte, por la serenidad i hermosura de su rostro.

El Protector lo presentó a mi madre i a mí, i cuando él estrechó mi mano, pidiéndome una contradanza, me desvanecí, no sé si de gloria o de amor...

Cuando bailábamos, me dijo él:

—Usted es la reina del baile, segun el voto de todos; pero yo la he visto a usted mas bella i mas deslumbradora en otra ocasion.

—¿Cuándo?

—En aquel momento de mi partida a la campaña. Cuando nuestras miradas se cruzaron, confundiendo nuestras almas en un ardiente amor.

—¡Señor!

—¿Para qué disimular? Nuestros corazones se comprenden, i no es justo que nosotros los tiranicemos, haciéndolos disfrazar su intimidad.

En efecto. Desde este instante nos hablamos i nos comunicamos como si hiciera largos años que nos tratábamos. Eramos uno.

Seis largas filas de contradanza, infinitos grupos de cuadrillas se organizaban en aquel vasto recinto, cubierto de luces i de flores que enbalsamaban el ambiente, i a mí me parecia estar sola con él.

Nada veia, sino su dulce fisonomía; nada escuchaba, sino sus encantadoras palabras al traves de los vivaces compases de la música.

Cuando paseábamos, yo reclinada en su brazo i lánguida de emocion, se abrian para darnos paso aquellas turbas de oficiales brillantes i alegres, que parecian saludar con entusiasmo una nueva aurora de amor que se levantaba; i yo entónces veia la aprobacion i el aplauso en todos los semblantes.

Si era tan simpática la union de nuestros corazones, ¿por qué fué despues tan cruelmente desgarrada, por qué he venido a llorarla en una casa de locos?

¡Oh! El amor feliz es simpático, no hai duda; pero cuando la desgracia lo hiere, todos apartan de él sus miradas. La sociedad no gusta de la desgracia, no quiere que la imájen del dolor se le presente en su camino. Por eso hace hospicios. Por eso no se acuerda de los que lloran, i los deja rezagados a un lado de la senda, para que mueran léjos de su vista.

Su caridad consiste en tener depósitos para que el dolor se albergue léjos, mui léjos de su bullicio.

¡Maldita sociedad! ¡Amasijo de egoismo, de estupidez i de fatuidad! Yo no te necesito para llorar. El horrible crímen que tronchó los lazos de mi amor fué tu triunfo. Si no lo aplaudiste, como aplaudes toda infamia, lo aprobaste; o callaste de miedo, ¡lo que es peor! La virtud que habia estrechado aquellos lazos fué la víctima. ¿Cuándo has tendido tu mano a la virtud? Jamas, sino cuando esperas que te aplaudan, ¡o cuando ganas!

La virtud que tú respetas es la que te humilla, la que te amenaza, esa virtud que te habla a nombre de Dios, ¡i que a nombre del infierno te esclaviza! ¡Qué bien te conocen tus amos, los que te despotizan!...

VI.

Hoi ha leido al doctor algunas pájinas de mi diario.

—¡Bien! esclamó. Dejadla escribir, sor María. La pluma, el llanto i el sueño van a curarla pronto. Ya lleva una semana de mejoría, i todo se debe a...

—Acabad, doctor, agregué yo. ¿A qué se debe?

—Dejadme mirar vuestros ojos. ¡Ah! Estais tranquila...

¿No es así? Parece que ese apóstrofe que lanzasteis a la sociedad os desahogó. Lanzad cuantos os vengan a la imajinacion. Vaciad vuestra alma en el papel. Prefiero verla en tinta, ántes que en lágrimas...

—Dejad las chanzas, doctor. ¡Decidme a qué se debe todo!...

—¡Eh! Ya vais a tomar otro barreno. Todo se debe a que os quité de la vista al que habiais tomado...

—No entiendo, doctor. Por piedad, hablad claro. Ya sabeis que la mejor panacea que tomo es vuestra conversacion, i ella no ha sido jamas enigmática. La claridad de vuestras ideas es lo que ha iluminado mi espíritu. Hablad, hablad...

—No tengais aprensiones, señora. Principiad a curaros de vuestra susceptibilidad. Lo que he dejado de deciros es una nimiedad. Atendedme, pero prometedme no preocuparos. He notado que muchas veces os causaba el acceso un pobre loco que paseaba libremente por estas galerías, i he dispuesto lo pongan en otra parte. Eso es todo. ¿Comprendeis?

—¡Un clérigo!...

—Sí, un clérigo. Sentaos. Perdeis el color, ¡Dios mio! Fijaos bien en mis palabras. Desechad recuerdos. Ese clérigo os recordaba algo, pero no es él quien puede haberos hecho mal. Es un pobre que tiene la rareza de haber pasado de tonto a loco. Nunca ha salido del Brasil. No podeis haberle hallado en otra parte.

—No por cierto. Es que se parece a otro que a decir verdad no me ha hecho mal; a otro que ayudó a bien morir a...

—¡Señora! Fijaos en mí. No recordeis nada. ¡Agua, sor María! El pomo...

—¡I despues se reía!...

—¡Tomad un poco de descanso! Hablemos de otra cosa. Es un rico olor el de ese pomo, ¿verdad? ¡Venid, venid a la ventana, el emperador pasa! Va a la Lagoa, al Jardin de Plantas....

Este es el diálogo que he tenido con el doctor esta mañana. Lo he copiado por encargo suyo. Quiere ver si es exacto i darme en premio patente de sanidad. Si os falta un ápice, me dijo, si hai inexactitud, es prueba de que aun estais mal. Yo no recuerdo si mediaron otras palabras. No sé que refirió sobre la visita del emperador al jardin...

—¡Oh! ¡si tuviera yo una persona que me hablara así, como ese viejo doctor, tan alegre, algunas horas todos los dias! El portugues me parece una lengua hermosísima en su boca. ¡Qué bien habla! ¡Como resplandecen sus lucientes ojos en su negra cara i bajo esa cabellera blanca como la nieve! Es un médico mui sabio. Es médico de locos...

¡Qué diferencia con sor María! Siempre me habla de Dios en su jerga gabacha, sin salir de su tema. Quiere convencerme de que Dios prueba a sus criaturas mandándoles fuertes pesares, horribles pasiones, grandes dolores. ¡Qué ocupacion! Yo habria preferido que no me probase! Si él sabe que soi débil, ¿por qué me puso entre el crímen i el amor? ¿Por qué no inspiró mejor al criminal, para ahorrarme el dolor en mi inocencia, para ahorrarme la locura!...

¿Esta monja sabrá mi historia tal vez? En mis raptos de dolor se me habrá escapado. Siempre alude a lo mal que hace una mujer cuando ama sin reserva, i sin temor de Dios, a un hombre. ¿Será necesario amar a medias, sujetar el amor al temor de las iras de Dios?

Talvez se podrá hacer eso, cuando se ama tranquilamente, sin obstáculo, a un hombre que debe ser esposo; o cuando se ama a un hombre con quien no podremos unirnos jamas; i es necesario que la razon prevalezca para salvarnos de una vergüenza, de una deshonra...

¿Pero era alguna de esas mi situacion?

Yo respeté las leyes de Dios i del honor, miéntras mi amor era aplaudido de todos, miéntras mi madre lo bendecia, i Fructuoso era mi prometido. Entónces corrian felices nuestros dias. Fructuoso me trataba libremente i queria hacer bendecir nuestra union ántes de que se emprendiera una nueva guerra. Se decia que los chilenos trataban de declararla a la Confederacion.

Un dia llegó mi hermano, del ejército. Yo temblé; sabia que odiaba entrañablemente a mi prometido. Fructuoso desapareció durante largos dias. Yo estaba llena de angustias. Mi madre se mostraba severa: mi hermano mústio i sañudo. Al fin, recibí furtivamente una carta que conservo en la memoria:

«Mi Pepa querida, ídolo mio, insisto en escribirte, aun que no me contestes. Tal vez no has recibido mis cartas; pero creo que esta llegará a tus manos. Tu madre me ha intimado romper toda relacion contigo. Tu hermano se ha atrevido a declararme que me matará si intento verte. He tenido que sufrir el ultraje. Es tu hermano. Por conservar tu amor, toleraria que él me matara.»

«Somos nuevos Romeo i Julieta, pues mi tio i tu hermano son Mantegon i Capuleto. Esto lo dice todo. ¿Qué haremos? Necesitamos ponernos de acuerdo. Pienso que la nueva campaña que se anuncia pueda obrar un cambio eficaz.

«Yo partiré al Perú i despues de la guerra, tal vez tu hermano se saciará de honores i de poder, i los pagará concediéndome tu mano. Mi tio, estoi seguro, lo olvidará todo por nuestra felicidad.

«Alma mia, mi Pepa, ten valor. No para reñir, nó; una lucha ahora romperia para siempre nuestras esperanzas. Confia i espera. Mas es necesario que ordenemos de acuerdo nuestro plan, para vencer a nuestro enemigo.

«Si no puedes escribirme, está todo perdido. Es preciso que nos veamos. Habla con esa buena amiga que te entregará esta carta con un millon de cariños de tu—Fructuoso.»

Esa carta me lo revelaba todo. No sé por qué me reí al leerla, si de furor o de amor. ¡Mi hermano! ¿Qué títulos tenia él para dominarme así? ¿Era mi padre? ¿Por qué me hacia la víctima de sus odios? Mi anciana madre podria cederle. Yo, nó, mil veces nó. Desde ese momento lo miré frente a frente, desafiándolo, i delante de él mismo interpelé a mi madre sobre su intimacion a Fructuoso.

La señora calló i se deshizo en lágrimas. El quiso tratarme como a un soldado, haciéndome callar i obedecer. ¿Para qué recordar aquel ardiente diálogo? El tuvo que callar i aceptó mi declaracion de guerra con su mirada i un movimiento de cabeza, sin decirme una palabra. Tal vez no quiso aumentar el dolor de mi madre que tenia su cara cubierta con el pañuelo en que enjugaba su llanto...

VII.

Ayer estuve mal. Los recuerdos que escribí el dia anterior me hicieron daño.

El doctor ha estrañado mucho el quebranto, i como es mi confidente, tuve que confiarle la causa. Leyó i me consoló. El quiere que me habitúe a hacer estos recuerdos con tranquilidad, que tenga valor i serenidad para afrontar el pasado. Su conversacion me ha fortalecido, i él me ha prescrito que la narre aquí: es su receta.

—No recordeis, me ha dicho, esa catástrofe que tanto os espanta, i que yo no quiero saber. Contadme solamente vuestro amor. Su recuerdo puede ser un bálsamo para vuestro corazon. ¿Os visteis con Fructuoso?

—Sí, muchas veces, a pesar de la vijilancia de mi hermano, que me tenia rodeada de guardianes i de espías.

—Los guardianes son temibles. Los espías nó.

—Con efecto, los espías fueron pronto mios o de Fructuoso. Los guardianes se olvidaban de su cargo, cuando se ausentaba mi hermano.

—¿I vuestra madre?

—Ella me queria, me hacia justicia, i tal vez se imajinaba que al fin se santificaria nuestra union. Pero no creo que supiera que Fructuoso me veia.

—Era peligrosa vuestra situacion. Una jóven no puede exponerse jamas a un amor clandestino.

—Lo sé, ¿pero tenia ya lo culpa? ¿Deberia yo apagar, aniquilar mi amor, en obsequio de los odios de mi hermano? ¿Deberia someterme a su capricho i condenar a mi amante a un eterno olvido? ¿Qué razon habia para exijirme tal sacrificio? ¿Qué conveniencia? Mi amor no habria sido amor, si hubiera cedido a semejante obstáculo... Al contrario, él se exaltaba i se hacia mas ardiente a presencia de tal injusticia.

—Comprendo. Era lo natural, sobre todo cuando no mediaba el respeto al amor o al interes de nuestros padres que en ocasiones merece el sacrificio de una hija amante.

—¡Oh! si esa hubiese sido mi situacion, Fructuoso mismo me habria fortalecido para arrastrarla. Era tan noble, tan leal; i me amaba tanto que, apesar de no ser otra la causa de nuestra desgracia que un capricho indigno de respeto, él me trataba siempre como a la esposa que queria recibir pura i honrada.

—¡Admirable jóven!

—¿No es cierto? Si, ¡era admirable, era adorable!..... El primer beso que estampó en mi frente fué tan puro como su amor, i no se ocultó de nuestra amiga confidente.

—¿I cómo creeis no haberos salvado de una vergüenza?

—Por que al fin fuí madre... Si ello es mi vergüenza, no la siento. Si es una falta, la he purgado mui severamente...

—Nó, no lloreis, amiga mia, haced vuestros recuerdos con tranquilidad. Referídmelo todo.

—La última noche, víspera de la partida de Fructuoso a la segunda campaña al Perú, la pasé en sus brazos, desvanecida, extasiada... No tengo ideas fijas... Ni quiero tenerlas... ¿Fuí débil? No lo sé. Pero, ¡Dios mio!...

—¡Basta, no lloreis! Yo os absuelvo con toda la efusion de mi amistad paternal.

—¡I vos llorais tambien, i no quereis que yo llore! Todos me han absuelto. ¡Mi madre, mi pobre madre tambien! ¡Ménos mi hermano!...

—¿Volvisteis a ver al padre de vuestro hijo?

—Sí. Fructuoso volvió con los restos de ejército de Yungai. La campaña habia sido desgraciada. Mi hermano se aprovechó de aquella inmensa desgracia de la patria para llenar su ambicion. Se hizo poderoso...

—Se frustró el plan de vuestro novio...

—Sí, pero él creyó alcanzar mi mano a fuerza de constancia. Se sometió a todo, continuó en el servicio bajo las órdenes de su enemigo, con la esperanza de reducirlo a fuerza de sumision i lealtad... ¡Ah! ¡no puedo mas! ¡Doctor mio, me viene a la memoria aquella horrible catástrofe! ¡Favor, piedad! . . .

—Llorad, llorad ahora. Venid aquí, a la ventana, respirad la brisa del mar, enjugad vuestros ojos... Tomad este calmante, que os hará dormir dulcemente. Vamos a olvidar todo eso. Solamente os prescribo que me narreis otro dia, con calma, vuestro matrimonio, vuestra peregrinacion al Plata, cosas así, que os sean gratas, que no os hagan llorar. Recostaos. Yo i sor María vamos a velar vuestro sueño...

VIII.

¡Mi hijo! ¡ah! ¿vive aun o muere? Nada sé de él. ¿Se parecerá a su padre? ¿Será bello, valiente, noble, como él? ¡Tener un hijo, saber que vive, i no conocerlo, no saber como es, no haberle oido jamas!... ¿Hai una cosa mas rara?

Mi voto mas ardiente es que mi hijo no sea jamas el satélite de un déspota. El debe vengamos, i para vengamos tiene que ser el azote de todos los tiranos, ¡el paladin de la inocencia i de la justicia!

¡Los tiranos! ¿Hai nada mas horrible? ¿Hai nada mas irracional? ¿Cómo es necesario ser para vivir odiando, para vivir matando, para vivir en lucha constante con todos i con todo, con la justicia, con la honra, con la amistad, con el amor?... ¿Cómo se esplican esos odios tenaces, fervientes, implacables, que la política aborta, i que, unidos en una alma de fiera, producen lo que se llama un déspota? ¡I para estos locos no hai hospicios! ¡Solo hai honores, riquezas, sumision, humillacion, vileza! ¡Ah! ¡que mi hijo. Dios mio, no sea jamas, el siervo de una locura semejante!...

Si él tiene en su alma una chispa de la mia, sabrá ántes morir que someterse a esa infamia, que es propia, solamente de esa turba de tontos i egoístas que llaman pueblo.

Yo, ¡jamas me sometí, jamas me humillé! Si el cielo no pone en mi camino a un hombre de gran corazon, que, por amor o por lástima, me sacara de la esclavitud; ¡juro que todavía jemiria en ella, pero sin someterme!

—Tu matrimonio esta arreglado, me dijo un dia mi hermano, ¡consiento en él!...

—¡Hola! ¿Consientes? le contesté yo, lo mismo daria que no consintieras, si él, tan caballero, como es, quiere salvarme de tu opresion.

—¿Todavía estás loca? Yo no te oprimo.

—Pero has asesinado mi corazon, me has vuelto loca. Mi desgracia es tu obra. Sacrificaste mi amor en aras de tus odios.

—Quise vengarte i salvarte de la perdicion.

—¿Vengarme? ¿de qué? ¿de ser amada? ¡Hipócrita! ¿Salvarme de la perdicion? ¿Quién me perdió si fuí perdida?, sino tu infamia, tus odios, ¡tu venganza!...

—Te perdió quien te sedujo, i el que seduce a una niña es un criminal.

—Tú lo dices. ¿I el que seduce a las esposas de los servidores, de los amigos? ¿I el que no se sacia jamas de seducir, prevalido del poder?...

—Ese tiene el derecho de hacer todo lo que dices, porque puede.

—¡Pero no debe asesinar a azotes al que supone amante de su mujer! ¡Ni debe matar a sus propios hijos, por suponerlos de otro hombre! Ni debe asesinar al esposo de la hermana...

—¡Estás mas loca que nunca! Te haré encerrar otra vez, en el acto, hasta que te vuelva la razon...

—¡Oh! Nó; ahora no. Soi la prometida de un hombre jeneroso, que me salvará, i ¡a quien tú no podrás asesinar!...

—¡Loca! ¡Necia! ¡Ese hombre sabrá tu historia repugnante i te abandonará!

—Ya sabe mi historia desgraciada, no repugnante, i a pesar de eso me toma por esposa i me salvo de tí...

—¿Quién se la ha referido, dí, habla?...

—Solo un infame puede imajinar que una mujer desgraciada sea capaz de engañar al hombre noble que se compadece de ella i que liga a ella su suerte. ¿Te imajinas que yo callaria i no revelara mi pasado al amigo jeneroso que me ofrece su mano? ¿Crees que yo le haya mentido amores, o le haya ocultado la verdad? Le he abierto mi corazon, le he presentado mi pasado. ¡Todo lo sabe, ménos, sí, te lo juro, ménos tu crímen!...

—¡Ah! ¡Respiro! Has obrado como quien eres, como la hermana de un hombre como yo...

—Si hubiera obrado como tu hermana, habria mentido, habria engañado, habria traicionado, habria...

—Calla, Pepa. Tu odio a mí te pierde. Esa es tu locura. Sé racional por tu propio interes. Vamos a separarnos. El dia de tu matrimonio será para mí el principio de mi descanso. No volvamos a hablar. ¡Por nuestra santa madre, te pido que me olvides!...

—¡Perdonarte, sí. Olvidarte, no! ¿Cómo puede olvidar la víctima a su verdugo?

—Muriendo.

—Matándola. Tú debes saberlo. ¿Por qué no me has muerto a mí? Harto lo he deseado. He deseado mas. He querido matarme yo misma. Desde que tú asesinaste mi corazon, hace ya algunos años, no he tenido otro anhelo...

—No estarias ahora de novia.

—Sí, no estaria ahora obligada a asirme de esa única tabla de salvacion. Si quieres, la trueco por la muerte. Me caso por salvarme de tí. Por conseguir lo mismo, me mataria, dejaria con gusto que me mataras; i talvez seria mejor. ¡Quién sabe lo que me va a suceder!

—¡Eso no me importa!—dijo él dando vuelta las espaldas, i retirándose despechado, talvez furioso.

Yo quedé desahogada. Hacia años que no hablaba con él, que ni lo miraba siquiera.

No sé cuánto tiempo habia pasada encerrada, sin mas asistencia que la de dos cholas, que cuidaban de mí, i que a menudo lloraban conmigo... Decian que estaba loca. Tomaban por locura mi dolor; pero era porque no se queria que mis lamentos revelasen la verdad. Al fin me sacaron a la sociedad. ¿Seria porque habia dejado de lamentarme? Talvez. Ya entónces mi dolor era mudo, impotente, resignado, no hacia daño...

En la sociedad, fuí muda. Tenia la relijion del dolor i me encerraba para rendirle culto, el culto de mis lágrimas. Todos me compadecian, i no disimulaban su compasion. Cada cual se esmeraba en protestarme sus buenos deseos. ¡Qué consuelo! El desgraciado sabe bien lo que valen los buenos deseos de los felices. Le dan risa. Solo estima las simpatías de otros desgraciados.

¿Mi marido lo seria? ¿Por qué simpaticé con él? ¿Por qué me comprendió él, i se intimó conmigo? Tal vez porque era jeneroso, i no sabia mentir los buenos deseos con que ofenden los afortunados.

El dia de nuestro enlace volví a hablarle, a decirle la verdad, porque aun era tiempo de que desistiese de tomarme por esposa. El se reia con aquella injenuidad que le hacia tan amable. Me dijo que le bastaba que yo le tomase como libertador, aunque no lo amara, que su oficio era libertar, i que en esta vez lo ejercia conmigo porque me amaba. Si soi capaz de libertar a los que no conozco, me agregó, ¿con cuánta mas razon no me sacrificaria por libertar a la mujer que amo i a quien elijo por compañera de mi vida? Pepa, tranquilizaos, ¡me vais a deber amor i libertad!

Así fué. Cumplió como caballero. Pero como el cielo no me ahorró dolores, tambien me arrebató a mi libertador...

IX.

¡Oh, qué sublime! ¡Todo está iluminado por la luz de la borrasca!

Son las dos de la mañana. Es imposible dejar de contemplar este espectáculo, por mas que el doctor me ordene dormir en paz toda la noche, sin levantarme.

La tempestad asusta. A mí me deleita. Una luz verdosa, pero vivamente ajitada, intermitente, fosfórica ilumina todo el horizonte. Es un relámpago perpetuo. El trueno no acaba, redobla en todos los ámbitos, i solo es sobrepujado por el estampido de los rayos que caen acá, allá, mas léjos, en todas direcciones, describiendo violentos ángulos con su fuego, i bordando las nubes con cintas i culebrillas rojas i azuladas. Es un solo trueno, un solo relámpago, pero los rayos i centellas son a millares.

El mar ajita sus olas, que parecen de fuego i de esmeralda. Es una esmeralda en combustion, que se liquida i hierve. Sus resplandores dibujan la ribera, e inundan los edificios i los árboles, que parecen fantasmas que danzan i se ajitan convulsivamente.

La lluvia es un torrente que se desploma. ¿Por qué no hunde este asilo i la ciudad misma bajo su peso? ¡Cómo reiria el Gigante! ¡Ese Gigante recostado sobre la sierra que circunda la bahía! ¿Estará en este momento siempre tendido, siempre dormido? ¿No se ajitan, ni se desplegan su enorme nariz i su puntiaguda barba con una risa atroz?

¡No, ya el cielo se apaga, el trueno se retira, la tempestad corre, i solo deja en pos el torrente que se desprende de las nubes!

¡El pecho se ensancha! ¡Qué grato es respirar este ambiente húmedo i fresco! ¡Qué léjos se oye el trueno! ¿Por qué pasa con tanta lijereza la borrasca? Ya el mar no se vé. ¡Se oye solamente, como se oyen rodar los torrentes que bajan de la montaña!...

¡Imájen de la vida! El cielo tropical es el remedo de nuestra vida. Aunque seamos de los polos, de las alturas o del llano, nuestra vida tiene borrascas como las de este cielo. ¡Cuando las borrascas son perpétuas, oh, viene la locura!...

¿No ha bastado para enloquecerme una sola que demoró sobre mí mas de lo que debiera? ¡I aun hoi todavía pesa sobre mi corazon!

Ayer escribia para mi doctor la historia de mi matrimonio. Ese episodio fué en la borrasca de mi vida el viento que refresca, pero el trueno no cesó. Aunque a lo léjos, su estampido no se apagó, como se ha apagado ahora el de la borrasca que acaba de pasar.

El cambio de vida, la variacion de la escena reaccionaron en mí favorablemente. Viví consolada, pero siempre triste. El bullicio de la sociedad me distrajo, sin impresionarme. Las nuevas relaciones me impusieron deberes que me fastidiaron i que por lo mismo distrajeron mi dolor.

Mi llegada al Plata fué de buen agüero. Llegué en dias de fiesta, que a mí me parecieron de alarma, de conflicto. Las calles se veian llenas de jentes que corrian, de corrillos que discutian, de transeuntes que se atropellaban, de pesados carretones que asordaban el aire, de carruajes que volaban. Todo era por que se aproximaban las dos de la tarde, hora en que el cañon del Parque anunciaba que estaba abierto el carnaval. Aquellos dias de agua, de ruido i de algazara, de mascaradas, de bailes i saraos me impresionaron vivamente; pero me iniciaron en la vida alegre de aquella risueña cuidad, vida que restituyó la calma a mi espíritu, aunque no cauterizó jamas su herida.

Cuando pasó la novedad de mi instalacion, cuando mis ojos se habituaron a aquel inmenso horizonte, cuando se me hicieron familiares el rio, la pampa, los boscajes de la ribera, entónces mi imajinacion me trasportó al Illimani. Yo no veia lo que me rodeaba. Solo veia a mi patria, sus altas cumbres, sus torrentes, sus profundos senos... Una cruel memoria volvió a atormentar a mi pobre corazon.

X.

Un afan, al cual nunca me habitué, i un amor cuyos encantos se disiparon, fueron la principal ocupacion de mi vida durante aquellos años de calma.

El afan de disimular el tenaz recuerdo de mi pasado. El amor del ánjel que vino a consagrar mi union, el amor de mi linda hija.

Dedicada a los deberes de mi estado, tenia siempre en mi alma la punzante espina de mi dolor. Nada lo calmaba, i a todo instante vivia en mortificante alarma, temiendo que mi marido sorprendiese mi pena. Conversaba, sin ideas fijas; trabajaba, absorta en mis recuerdos; paseaba sin ver el paisaje, dormia despertando sobresaltada de temor de que mi ensueño me denunciara; i cuando oia música, huia con cualquier pretesto, para que las lágrimas no me traicionaran.

¡Qué afan tan crudo! Era mi locura. Todos lo veian al traves de mi triste semblante, de mis lánguidas miradas, i me preguntaban qué tenia, qué sufria, haciéndome estremecer con esta terrible pregunta. Solo mi marido no me lo preguntaba jamas. Lo sabia todo.

Entre tanto mi hija crecia, i sus gracias, su anjelical belleza, crecian con ella. ¿Pero mi maternal cariño bastaba a consolarme? Nó. Miéntras mas dulce i graciosa me parecia, mas temia que ella, como yo, llegase a ser víctima de un amor desgraciado. Miéntras mas cariñosa era conmigo, mas me recordaba a mi otro hijo, perdido para siempre. No sabia como inspirarla, como dirijirla. Su enseñanza me era grata, pero su educacion, la formacion de su espíritu me arredraba, porque temia contajiarla con mi locura...

Esta niña, me decia su padre, solo hace su voluntad. No hai quien la dirija.—Déjala que goce, le contestaba yo, es única i puede ser la reina de mi casa. ¡Quién sabe que porvenir la espera!

Ella no fué desgraciada, como yo lo temia. Su primer amor fué bendecido por nosotros. No hubo un tirano que la sacrificase a sus venganzas. Mi ambicion fué satisfecha. Pero parece que con ello tomó nueva fuerza mi antiguo dolor.

¿Por qué sucede esto? me preguntaba yo. ¿Es acaso envidia de la felicidad de mi hija lo que aviva en mí el dolor de mi desgracia? Nó, no era envidia. La hija que se emancipa por el matrimonio no pertenece ya a su madre. Es la rama de un árbol trasplantada a otro terreno feraz; ésta i el árbol paternal son dos seres distintos, por mas que la sávia de su vida sea una misma. Desprendida de mí aquella parte de mi sér, separado de mí aquel ánjel, que no debia jamas participar de mi dolor, yo tambien me sentí libre para sufrir, i mi terrible recuerdo, comprimido por tan largo tiempo, volvió a dominar mi corazon. El temor de disgustar a mi marido se disipó. Me habia habituado a creer que él era el único de quien no podia ocultarme, i naturalmente pasé a no poner cuidado en disimular delante de él.

Los años no habian bastado. La edad habia sido ineficaz. ¿Pero qué pueden los años, ni la edad, cuando se ama a una sombra ensangrentada, cuando se ama a un cadáver destrozado en medio del bullicio i de la curiosidad de un pueblo? ¿Es ese un amor que se apaga, un amor que se olvida? ¿Hai algo en el mundo, algo en la vida, que sea capaz de hacer olvidar la imájen de un patíbulo?

Mi linda hija pudo eclipsar esa imájen. El eclipse terminó. La imájen brilló de nuevo. Sola yo, mi recuerdo empezó. Me faltó la fuerza para dominarlo. Me entregué a él, i las forzosas ausencias de mi marido quitaron toda valla a mi dolor. Los dias huyeron de mí. No los sentí, no los ví, no supe si pasaban. Solamente recuerdo que algunas veces me rodeaban en mi lecho mi marido, mi hija, mis amigos, que me trataban como enferma, que se alegraban de poder hablar conmigo, i me preguntaban qué sentia, qué necesitaba.

No sé cuanto tiempo pasó así, ni recuerdo cómo llegué aquí. Pero ahora debo estar sana, puesto que siento los dias, veo la luz, respiro la brisa del mar por la noche, siento las tempestades i me recreo en ellas, escribo i lloro, sabiendo lo que hago. El doctor tambien lo dice, que estoi buena...

¡Oh! El entra, le mostraré mi última frase...

XI.

Mucho temo que ella sea tambien la última de su diario. ¡Pobrecita! Pobre mujer, tan noble como desgraciada.

Yo talvez tengo la culpa. He apurado demasiado.

¿Cómo es posible que un médico viejo i esperimentado, como yo, haga esto?

Pero ella estaba ya en la plenitud de su razon. Se habia habituado a escribir con calma sus impresiones, sus recuerdos; i hablaba conmigo, abriéndome su corazon i su clara intelijencia, con tanta lucidez, que me imajiné que ya era tiempo de probar su situacion. La prueba era sensible. Me proponia hacerla que me refiriese con calma la catástrofe cuyo recuerdo le habia causado la locura.

Lo hizo así aunque con rapidez, sin detalles, porque era necesario no apurar demasiado su sensibilidad. Pero al fin su tierno corazon estalló... La furia ha reaparecido. La fiebre la devora. Su estado es alarmante.

Miéntras velo su vijilia, ese sopor que la fiebre causa en su cerebro, voi a continuar su diario. Ella tendrá placer de ver trazado por mí su terrible diálogo, cuando mejore. Tal vez, leyéndolo una i otra vez, a mi lado, con mis consuelos i reflexiones, se acostumbre a afrontar su espantoso recuerdo.

—Ved lo que acabo de escribir, me dijo ayer, cuando entré a verla.—«El doctor tambien lo dice, que estoi buena.»

—Sí, le contesté. Efectivamente, hace tiempo que no sorprendo en vos ningun síntoma de vuestro mal. Ahora mismo leo aquí que decis que amais a una sombra ensangrentada, que recordais un patíbulo; i a pesar de eso, veo que continuais vuestra narracion con toda cordura. Esto es un progreso inmenso.

—¿Lo creis así? Pues entónces estoi buena. Escribí eso sin llorar, i recordé sin estremecerme el último instante de mi amor. Podria referíroslo, aunque talvez lloraria...

—Lo que no seria peor. Hace dias que no llorais, me parece...

—Eso no. Lloro diariamente, i casi siempre despierto por la noche llorando, porque sueño con Fructuoso muerto.

—¿Nunca dejareis de representárosle así?

—¡Jamas! No puedo recordarlo jamas, sino en sus últimos momentos.

—¿Qué murió a vuestro lado?

—¡Oh! No...

—No contengais vuestras lágrimas. Desahogad el corazon, pobre amiga mia. ¿Tal vez hubo jente bastante temeraria que os hizo la historia de su muerte?, o vos lo fuisteis para oirla o leerla. ¿Pero no seré yo tambien un temerario al haceros hablar de esto?

—Nó, no, doctor. Es preciso que lo sepais todo. Lo necesitais para curarme. Si hubo temeridad, solo fué de mi parte. En la víspera de aquel terrible dia, presté el oido imprudentemente a una conversacion que ciertos infames satélites de mi hermano tenian en una antesala.

Uno se jactaba de haber prestado una declaracion en las mismas palabras que estaban en el papel que se le habia dado. Otro le reprochaba que esa fidelidad podia ser causa de que fusilaran al coronel injustamente. No será mia la culpa, replicaba el primero; he cumplido con la órden que se me dió, aunque sé que el coronel es inocente, i que si lo fusilan es en castigo de su amor... No por conspiracion, pero a mí, ¿qué me importa? Al contrario, me darán un grado, para que calle...

Esta conversacion me hizo estremecer. Hacia muchos dias que no sabia de Fructuoso, que no hallaba noticias suyas. Mi inquietud fué terrible. No comí, no dormí; lloré, me desesperé, i llegué al estremo de intentar salir a la calle esa noche, a las tres de la mañana, en busca de Fructuoso. No lo conseguí. No pude forzar ninguna puerta, ni escalar ningun techo, ni seducir a ningun sirviente, a ningun soldado...

Al dia siguiente, apénas se abrió mi casa, salí para ir a la iglesia. En la puerta de calle, un soldado me detuvo, diciéndome que no se podia salir. Todo fué inútil. Nadie me obedeció, nadie me oyó siquiera.

Volví a mi aposento, llorando amargamente. Me eché en un sofá, fuera de tino, llena de dudas, de aprehensiones, de temores, que desechaba o admitia, que combatia o aceptaba. Un coronel, víctima inocente. Pueden haber varios. ¿Por qué ha de ser Fructuoso? Pero será fusilado en castigo de su amor... ¿Acaso los amores no son parte principal de la política de mi hermano? ¡Habrá tantos castigados por causa de su amor! ¿Por qué ha de ser precisamente Fructuoso?...

I estas reflexiones eran justas en ese momento. La plaza, las calles estaban de fiesta: destacamentos militares con sus músicas, jentío, bullicio, gritos, silbos, risas de alegría. Todo era movimiento i algazara. No era dia de castigo, no era posible que se tratara de ajusticiar a nadie. ¿El pueblo podia estar tan alegre?

Casi me tranquilicé. Pero temblaba de acercarme al balcon, aunque la curiosidad me devoraba. La música habia cesado, el bullicio se apagaba. Yo daba un paso al balcon i dos atras. Algo me sujetaba. No sabia qué. La angustia me sobrecoje de nuevo. Me reprendo. ¡Qué cobardía! ¿Por qué me formo fantasmas? ¡Estoi loca! ¡Vamos, serenidad!...

¡Un redoble! Una voz de mando, ruido de armas! Silencio... Un tambor sordo se acerca, tocando una marcha que aun ahora me retumba en el corazon—tan—tamatan—tan... ¿Qué será? ¿Por qué ese silencio? ¡Ese tambor siniestro!...

Me lanzo a la ventana. Miro: era él, Fructuoso, sí, Fructuoso, rodeado de soldados; un clérigo con un Santo-Cristo en las manos le acompañaba i le hablaba. El marcha sereno, firme, airoso. Al pasar me saluda con la mano, llevándosela al corazon. Pasa... Yo no creo lo que veo. No lo comprendo. No me lo esplico. No sé, no...

—Basta, basta, amiga mia, no continueis.

—Sí, no continué. Me desvanecí. Me doblé, me desplomé sin vida; pero veia, oia, sentia... Silencio profundo. Una descarga, música, bulla...

—¡Oh, estoi despierta! Era todo ilusion. Me levanto, pero como de una pesadilla, con un vértigo que me despedaza la cabeza. Miro, veo gran movimiento; allí, allí, donde mismo le habia conocido seis años ántes, bizarro, deslumbrador; sí, allí donde el sol me habia iluminado su bello semblante; allí mismo estaba sentado en un banquillo, su bella cabeza inclinada hácia atras, su pecho desgarrado, cubierto de sangre...

Todos pasaban. El clérigo, rodeado de varios, con el crucifijo en una mano, un libro en la otra, accionaba con viveza i reia a carcajadas...

Sí, reia como yo... ¡Ahaaaa, jajaja!...

—No, Pepa, amiga mia, no riais...

—¡Qué no veis que es la carcajada de las lágrimas!... ¡I vos no reis, vos! ¡Ahora! todos rien, el clérigo, los hombres, las músicas, los niños. ¿No los veis? ¡La sangre hace reir, las lágrimas hacen reir, el gusto hace reir, el dolor hace reir!... ¿I por qué no? ¿Qué le importa al mundo que muera un hombre querido, un hombre inocente? ¿No mueren los malvados? ¿Por qué no han de morir los buenos? Todo da risa, todo da llanto. ¿I qué diferencia hai entre el llanto i la risa? ¡Oh! miradle, allí, venid a la ventana i vereis que no miento. ¿No es verdad que está lleno de sangre? ¿No es verdad que rodean el patíbulo muchos curiosos, que se retiran, unos callados, otros hablando, riendo; sí, todos rien, como el clérigo, como su Santo-Cristo, como yo. ¡Aha-ja-ja-ja!...

—Sor María, ayudadme a levantarla; pongámosla en su lecho; está desmayada...

XII.

Me fué imposible contenerla. Su narracion nerviosa, intermitente, violenta, no me daba lugar. La impresion misma que me causaba, me impedia dominar el caso: la sensibilidad triunfaba de la ciencia. Yo no era médico en aquel instante. Su delirio la abatió, i a mí me despertó. Pero todo fué inútil, ineficaz, en aquel momento de crisis. La fiebre ha sobrevenido. El letargo cerebral ha dominado. ¡Ah! ¡si él bastara a restablecer el organismo! La reaccion suele restablecer las funciones... Pero la debilidad, la atonía...

¡Oh! no, ella despierta, se incorpora, se sienta, su mirada no está turbada. Voi, amiga mia...

XIII.

Sí, fuí a su lecho...

¡Pero para recojer su último suspiro!

—Doctor, me dijo, estoi buena. Me habeis vuelto la razon, pero para morir. Me siento morir... No con el corazon desgarrado por las balas, como él. ¡El mio está sano para consagrarle su último suspiro!... ¡Dios bendiga a mis hijos! Dios los salve de la infamia, que es la locura de los cuerdos...

Su voz se apagó. Su busto cayó dulcemente sobre el lecho. Era un cadáver...

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