MERCEDES. (continued 2)
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—Ahora, hermano mio, ¡sálvate! ¡Quizá yo no podré defenderte! Vamos, despidámonos para siempre... Acepta el juramento que te hago de ser tuya, aunque vivamos separados. Si te compadeces de mí, haz que yo pueda verte alguna vez...
Mercedes conducia al mismo tiempo a Alejo por la escalera, i llegó así, hasta la puerta de calle, que abrió con cautela.
—Nó, Mercedes, dijo Alejo: nos volveremos a ver i convendremos en la manera de vernos en adelante. Yo no puedo despedirme así de tí. ¡Imposible!
—Para verme, replicó Mercedes, espera a que yo te cite. Ahora apresúrate. El va a llegar...
Se abrazaron i Alejo partió paso entre paso, todavía abismado.
Marchaba así por la calle, cuando de sorpresa se siente detenido al frente por un hombre.
—¿Viene usted de casa, amigo? le pregunta Ramiro.
—¿Solo usted vive en esta calle? le contesta Alejo.
—¡Cuidado! esclamó el español.
—¿Amenazas? dice Alejo. ¿Tú, infame asesino, amenazarme a mí? Te he de arrastrar de la lengua al patíbulo, ¡canalla! ¡Cuidado que me molestes, i que yo sepa que molestas a tu desgraciada esposa por celos conmigo!
El español habia saltado hácia atras. Estaba inmóvil, estático.
¡Paso! esclama Alejo apartándole con violencia. ¡Que no te vea yo otra vez, porque irás a pagar en el banquillo tu crímen!
Alejo prosiguió de prisa. El español quedó allí como un poste.
XVIII.
¡Hace cuarenta años!
¿Se han vuelto a ver Alejo i Mercedes?
Jamas...
¿Se han olvidado?
Nunca...
Las crónicas refieren que el español desapareció desde aquellos momentos. Hai quien asegura que realizó su negocio, que partió a Valparaiso, i se embarcó, no se sabe para dónde.
¿Tendria miedo al patíbulo?
Mercedes le vió desaparecer, pero temió una acechanza. Creia verle llegar todos los dias.
Talvez por eso no dió la cita prometida.
I Alejo, ¿por qué no volvió a ver a Mercedes?
¿Cuáles fueron las reflexiones que le hicieron dominar su pasion?
Talvez, la misma fuerza de voluntad, que empleó para conservar pura a Mercedes, le sirvió para apartarse de ella para siempre.
Pero él mismo se sorprendió muchas veces al rededor de la casita misteriosa, sin saber cómo.
Las puertas permanecian cerradas, siempre cerradas, como en la época en que Alejo viera aquel cadáver en el pórtico de la cárcel...
Mercedes se habituó al aislamiento. El se acostumbró a no turbar su encierro. Los triunfos de escuela, i talvez puede decirse, nuevos amores distrajeron el alma del estudiante.
Pasado el tiempo, Alejo miró todo aquello como una novela.