DON GUILLERMO. (1860.) (continued 2)
Reading edition
—¿Cuál es? Ordena, Lucero, i serás obedecida.
—Los Jenios te conceden su indulto, pero debes solicitarlo en una representacion respetuosa, en que implores perdon.
Una sombra siniestra cubrió la frente de Mr. Livingston, que bajó los ojos como pesaroso i triste.
—¿Qué te sucede, esclamó Lucero, dudas?
—No dudo, dijo él siempre mústio; ¿pero de qué imploraré perdon? ¿Cuál es mi culpa? ¡Hai mucho de indigno en la víctima que pide perdon a quien oprime sin razon i sin mas lei que la de la fuerza!
Lucero se entristeció, pero reanimándose súbitamente, replicó:
—Una gracia se pide siempre al poderoso.[15]
—Es verdad; observó Mr. Livingston, pero yo no creo que deba pedir gracia, cuando me hallo en el caso de reclamar justicia; i cuando no tengo quien me la haga, ni puedo valerme por mí propio, me resigno a mi suerte, ántes que implorar favor, porque un favor solo ha de pedirse o recibirse, cuando es grato deberlo.
—Comprendo tu dignidad, le dijo Lucero, oprimiéndolo cariñosamente con su brazo; i no solo la comprendo, sino que te amo ya demasiado para que pueda imponerte un sacrificio, ni contrariar tus sentimientos. Pero si no te libertas por este medio, tienes que arrastrar grandes peligros para conseguirlo con una fuga: yo te acompañaré, porque nuestra causa es comun, i padeceré contigo. ¡Vamos!
—¡Imposible! Tampoco debo yo imponerte a tí sacrificios, déjame solo.....
—Me los impones sin ofenderme, i yo los acepto con amor i con la esperanza de que traerá tu libertad mi triunfo. Déjame el placer de ser tu guia, tu salvadora, que él es mas grande que las penas que tenga que sufrir por tí. ¡Vamos! ¡Adelante!
XV. Digresiones.
No sabemos cuanto tiempo habia pasado desde que don Guillermo fué trasportado como cuerpo muerto de la playa del Pacífico a los antros de la Cueva del Chibato, ni cuanto va trascurriendo desde que emprendió su fuga con Lucero, desde los umbrales del Alcázar de los Jenios en busca de su libertad. Si, como creian los antiguos, el espacio i el tiempo no son mas que simples relaciones de los seres; o si el tiempo como creen otros, no es mas que la determinacion de la duracion, hecha por el entendimiento i revestida de formas por la imajinacion, de todos modos, no podemos saber cómo consideraban esas cosas los habitantes de Espelunco; pues ni conocemos asertivamente sus relaciones, ni tenemos datos sobre el modo como contaban la duracion. Lo mas probable es que no les hubiese alcanzado la correccion Gregoriana, por católicos que fuesen, i que, por consiguiente sus meses i sus años fuesen mui diferentes de los nuestros. ¿Quién sabe si aquel año de noviciado que hacian sufrir a los imbunches no era un siglo? ¡Ya se vé que eso no habria sido tan malo, pues hai espíritus tan tenaces que no se doman jamas! Testigo aquel porfiado prisionero de Chillon, de quien nos cuenta Byron, i a quien no le bastaron ocho años de argolla para dejar de ser republicano; i tambien aquel otro viejo empecinado a quien no abatieron diez i seis años de silencio forzado, ni tres de reclusion rezando los salmos penitenciales, para que dejase de hacer alarde de sus herejías, esclamando e pur si muove, cuando se levantó del sitio en que le puso arrodillado la santa Inquisicion para que abjurase sus errores. ¡Rara condicion la de algunos hombres que no saben jamas amoldarse a las circunstancias para pasarlo bien, i que prefieren sacrificarse por una quimera de esas que se llaman teorías o utopias! Bien merecido tienen su mal, i ellos solos lo sufren, con la maldicion del diablo i la befa de la jente sensata que sabe vivir. Nosotros los hombres prácticos, los vividores, como se decia al estilo antiguo, no debemos incomodarnos por mejorar el mundo: si somos súbditos, bien nos viene el obedecer i callar, porque donde manda capitan no manda marinero, i porque al fin i al postre no hai nada mejor que el gobierno; i si por fortuna somos mandones o estamos en peligro de serlo, ahí está nuestro modelo, el ladino Sancho, que cuando se las soñaba en el reino de Micomicon, esclamaba: «¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá mas que cargar con ellos i traerlos a España, donde los podré vender i a donde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar un título o algun oficio con que vivir descansado todos los dias de mi vida? No sino dormíos, i no tengais injenio ni habilidad para disponer de las cosas, i para vender treinta o diez mil vasallos en dácame esas pajas: por Dios que los he de volar, chico con grande, o como pudiere, i que por negros que sean, los he de volver blancos o amarillos: ¡llegaos, que me mamo el dedo!» Así han dejado a los pueblos, mamándoselo, algunos ex-presidentes i ministros americanos que se han ido a vivir descansados todos los dias de su vida a Europa, i a gozar de los frutos de su injenio, que no lo tuvieron ménos grande que Sancho. ¿Hai mas que imitarlos? ¡Bueno es el mundo i bien se está San Pedro en Roma!
Otra cosa que ignoramos es el cómo la hermosa Lucero inició a su querido en sus hechicerías, enseñándole a metamorfosear su figura instantáneamente, a volar por lo alto como pájaro, a arrastrarse como culebra por lo bajo i a resbalarse como pez entre las manos. Ya se ve que todo eso i mucho mas era preciso a quien tenia que andar asendereado i perseguido en un pais donde la policía estaba servida por brujos capaces de dar caza al mismo Cojuelo, si hubiese ido a incomodar i a alterar el órden. Semejante policía no cabeceaba ni roncaba, cuando estaba de servicio, ni incomodaba con pitos ni gritos a los vecinos que la pagaban, ni mostraba su valor sableando a los inermes i estropeando a los beodos, ni probaba su vijilancia dejando robar a los ladrones, sin prenderlos, i aprisionando o espiando a los enemigos de la autoridad que no hacen daño.[16] Nó, aquello era otra cosa, i don Guillermo tenia mucha necesidad de las artes de su dulce amiga para escapar del peligro de las agujas, de que ya le habia salvado una vez.
¡Ah! cuánto dieran algunos de por acá para alcanzar a poseer esas artes diabólicas! Pero es el caso que debe haber mucho de cierto en lo que pensaba de nosotros el padre Malebranche, cuando sostenia que el alma no obraba de manera alguna sobre el cuerpo, i que Dios es el único que obra sobre el alma i sobre el cuerpo: así es que, por mas que uno desee volverse perro para amar i no sentir, o moscon para fastidiar al prójimo, jamas lo consigue, porque Dios no quiere, i porque el cuerpo solo puede acordar sus movimientos al pensamiento mediante la accion divina. No queda mas recurso que un pacto con el diablo. ¿Pero esto quién lo consigne, ni quién puede verle la cara a ese ánjel? Desde que él acabó sus tareas en el mundo, se jubiló i desapareció para siempre: hoi ya ni se acuerda de nosotros. Estuvo tanto tiempo enseñándonos i nos enseñó tanto, que viendo que en maldades i necedades podiamos darle lecciones, se restregó las manos complacido i se retiró a descansar. Solo allá, de tarde en tarde, cuando aparece un Fausto en el mundo, cosa que no se ha visto mas que una vez, i en Alemania, suele darle el padre viejo permiso para venir a acompañarle.
Ahora hai quien evoca los espíritus i tiene comercio con ellos, pero ese es un negocio absolutamente yankee que no se puede hacer en todas partes ni por todos. Santos i notabilísimos varones ha habido que lo han tomado a lo sério, i aun han lanzado contra los que lo hacen anatemas i escomuniones. ¡Pero quién tiene la fé o las creederas que estos santos necesitan tener! Los yankees de los espíritus se han de estar riendo de esas creederas, como se rien de los que les compran los jamones i moscadas de madera que venden tan barato.
Como quiera que sea, si no hai cuerpo que no tenga su espíritu, en ese grande i admirable órden de la naturaleza, lo cierto es que hai muchos humanos que al parecer no tienen el suyo, a no ser que lo tengan tan escondido como las rocas o los árboles. Pero tanto el arte de evocar esos espíritus ocultos, como las demas artes diabólicas, no se pueden aprender fácilmente en el estado actual de cosas. Desde que la filosofía ha dado al traste con la fé, los brujos han ido a esconderse en los antros de la tierra, i quien no tenga la fortuna de Mr. Livingston, no puede ponerse al habla con ellos ni aprender sus hechizos.
Mas, en obsequio de la verdad i en honor de nuestro héroe, debe reconocerse que lo de brujo no disminuyó en un ápice sus instintos de buen ingles, pues lo primero que hizo en el pais de su peregrinacion, fué instruirse del estado en que se hallaban las garantías de habeas corpus, ya que tanto le interesaba conservar el suyo. Pero halló que en materia de prisiones, aquello era una atrocidad, porque sobre estar habitualmente presas, como en un convento, aquellas jentes, sucedia que no habia brujo ni bruja, como quien dice perro ni gato, que no tuviese la facultad de mandar a la cárcel i aun de condenar a muerte a cualquiera estante o habitante, aunque no fuese mas que por verle mala cara. La seguridad individual no era allí conocida, sino por los servidores de los Jenios, que, al fin como de la carda, estaban exentos de los percances que ellos eran encargados de hacer sufrir a los demas. El ingles se asustó de ver que el habeas corpus estaba suspenso sin ceremonia, i nunca perdió el susto por mas que procuraba imitar a los paisanos suyos que por allí encontraba enteramente conformes i contentos con esa inseguridad: pero no advertia que esos eran tambien de la carda, miéntras que él habia desechado las propuestas de afiliacion que en otro tiempo le hizo el juez del crímen de Espelunco.
Pero en cuanto a libertad de pensamiento, era eso otra cosa: los Jenios dejaban la libertad de pensar i la de hablar por lo bajo cuanto se quisiera, con tal que no se pasara de la conversacion privada; i era libre el chismeo i el cuchicheo hasta lo infinito, i se podia hasta soplar a la oreja un venticello de aquellos cuya fuerza describia don Basilio tan sabiamente. No, en ese punto estaban todos a sus anchas i contentos, i hasta se les dejaba campo abierto para hacerse oradores públicos, si querian, pues no se prohibia el hablar a gritos ni a los histriones, ni a los predicadores, ni a los panejiristas del gobierno de los Jenios, siempre que en todas esas loas fuesen estos loados i no enlodados.
La misma libertad existia para el pensamiento escrito: ¡gracias a Dios, existia la libertad de imprenta! La censura estaba rigurosamente abolida para ántes i despues del parto: la autoridad no censuraba ántes de la publicacion lo que parian los escritores, pero tampoco permitia publicar ningun parto que la censurase a ella. La lei era pareja i por consiguiente justa, pues cuando un gobierno no censura previamente las obras, tiene justicia para no permitir la publicacion de escritos en que lo censuren a él o a sus amigos. ¡Qué cosa mas racional! Pero sobre ser justo este plan, produce ademas una ventaja inapreciable, tal es la de que no pueden aparecer otras publicaciones que las que la autoridad fomenta o tolera; i si alguna de estas saca a veces los piés del plato, hai razon para que las otras i la autoridad se le vayan encima, las primeras con el peso de la injuria i la calumnia, i la segunda con su pesantez específica i cuantitativa, para castigarla i anonadarla, pues que faltó al pacto i perturbó el órden.[17]
Mas don Guillermo, ingles al cabo, no comprendia esta libertad de imprenta i se imajinaba que mas bien era una libertad de mentir por escrito con patente autorizada, pues observaba que los escritores eran verdaderos prestijiadores que embaucaban a sus lectores, variando el sentido de las cosas, adulterando los hechos i convirtiendo en liebres todos los gatos. Segun él, habia una perfecta contradiccion entre los hechos que tocaba en la sociedad i los artículos que leia en la prensa; pues miéntras que en aquella todo era malo, atrasado i podrido, para esta no habia gobierno mas justo i liberal, ni mejor administrador, ni pueblo que hiciera mas progresos ni que fuese mas afortunado que el de Espelunco.
Solo un ingles puede tener la estravagancia de no conocer que hai un derecho natural tan sagrado como el de la defensa propia, i es el del propio elojio. Los ingleses no conocen cuánto cinismo i perversidad hai en revelar nuestros vicios, i en descubrir nuestras lacras, pues ellos hallan mui natural i puesto en razon el censurar a sus gobiernos i el criticar sus vicios sociales. ¡Que falta de patriotismo tan imperdonable! ¡Qué ingratitud! Maldecir de su propia madre, acusando sus vicios, i atacar a su gobierno descubriendo sus pasteles, son verdaderos parricidios que merecen el terrible consorcio del jimio, del gallo i la culebra. Pero los ingleses no solo cometen esos crímenes diariamente, sino que asilan en su tierra a todos los perseguidos i les dejan ámplia libertad para que maldigan de sus gobiernos i desacrediten a su patria, revelando al mundo lo que como buenos patriotas debian callar, basta que se trate de los suyos, pues entre buenos hermanos todo debe quedar en casa. No hai emigrado en Inglaterra que no haya gozado de esa libertad de desacreditar: los españoles de Fernando VII, los franceses de Napoleon, los napolitanos del rei Bomba i hasta los arjentinos de Rosas. ¡Qué mucho, si los malos se dan la mano i se protejen! Pues esos mismos emigrados cometen cuando pueden en sus paises los mismos crímenes, echando sin vergüenza a la estampa sus vicios sociales, i celebrando a los escritores que lo hacen hasta elevarlos a la categoría de clásicos! ¿No han hecho eso los españoles con su Larra i los franceses con una caterva de escritores parricidas? ¿No han elevado estátuas a Voltaire, a Cervantes i a otros maldicientes de este jaez? ¿I los ingleses no se llenan la boca con los nombres del dean Swift i del cura Sterne, dos sacerdotes protestantes tan deslenguados i sarcásticos contra las costumbres de su tiempo, como el benedictino Rabelais?[18]
Pues esa perversidad era lo que echaba de ménos el ingles entre los virtuosos habitantes de la Cueva, quienes, si como criaturas frájiles, tenian sus defectos, como buenos cristianos se los disimulaban, i como buenos patriotas los callaban para no desacreditar su Cueva ni a sus amos.
Viciado por su educacion el criterio de don Guillermo, i agriado su ánimo por la persecucion de que era víctima, no podian ser acertados los juicios que se formaba del pais que recorria; i haciendo abstraccion de ellos, para salvar nuestra responsabilidad, así como de las cuestiones de tiempo i modo que pueden suscitarse sobre la duracion de su peregrinacion en la Cueva i sobre su aprendizaje de las artes diabólicas, sigamos sus pasos hasta el punto donde le encontramos al principio, i basta de digresiones.
XVI. Primer cuadro.
—Grandes voces. ¡No hai que salir! ¡De aquí no nos moverémos! ¡Estamos en paz! ¡aquí no hai riñas ni bulla! Afuera los brujos; ¡Muera la policía![19]
—Un jefe. ¡Sí saldrán! ¡No se permiten reuniones! ¡Afuera, afuera!
Suenan los sablazos. Un gran grupo de hombres sin armas se echa sobre los sableadores, que retroceden.
—Algunas voces de estranjeros. ¡Por aquí, por aquí! ¡Viva la autoridad! ¡Favor a la lei! ¡Rodeadlos, tomadlos presos...!
Reforzados los brujos por los estranjeros, dispersan el gran grupo en fracciones que huyen, i aprehenden a varios hombres que amarran i conducen a la prision. Los ausiliadores quedan en el mismo sitio i dos jóvenes, al parecer estranjeros tambien, se acercan i les hablan en lengua estraña.
—Varias voces. Tienen razon esos pobres diablos. Estaban quietos i no daban motivo.
—Uno de los jóvenes. ¿Entónces, por qué ayudasteis a perseguirles?
—Una voz. Porque es necesario apoyar a la autoridad.
—El otro jóven. ¿Aunque no tenga razon?
—Otra voz. Ciertamente.
—Primer jóven. Habria sido mejor no mezclarse. Nosotros debemos prescindir i mantener neutralidad en todos los asuntos del pais.
—Otra voz. Ménos cuando se altera el órden i se pone en peligro nuestra propiedad.
—Segundo jóven. Podemos defender nuestra propiedad, no hai duda; pero cuando se halle atacada. La lei i el gobierno nos protejen, i es preciso confiar en esa proteccion, ántes de anticiparnos a su accion. Si con el pretesto de evitar un peligro, nos creemos autorizados para tomar parte en las cuestiones intestinas, podremos equivocamos mui a menudo i nos espondrémos a atacar a nuestra vez el derecho de otros.
—Otra voz. No importa: lo que nos conviene es la estabilidad del que manda, sea quien fuere, i cualquiera que sea su conducta. Nosotros no debemos mezclamos en las cuestiones intestinas para averiguar quién tiene razon o a qué lado está la justicia; pero sí debemos en todas circunstancias apoyar a la autoridad, reforzar el poder, aunque sea el de Lucifer, porque eso es lo que conviene a nuestros intereses.
—Otra voz. ¡All right! No discutamos al aire: ¡vamos!
Los dos jóvenes se separaron i siguieron hasta entreverarse en los grupos de jente del pueblo que llenan una espaciosa calle, i que marchan cabizbajos en una misma direccion.
—Un hombre. ¡Buen dar, amigos, que no podamos divertirnos onde nos dé la regalada gana!
—Otro. Ni cuando ni como queremos, sino como quieren los brujos.
—Un viejo. Toa la via ha sio lo mesmo: no hai mas que aguantar. Para morir nacimos i para sufrir vivimos.
—Una vieja. Como los burros: en eso nos parecimos i en la paciencia. Bienaventurados los que lloran.
—Un mozo. Porque llorarán siempre.
—La vieja. Bienaventurados los que han hambre i sed de la justicia porque ellos serán hartos.
—El mozo. Para allá me las guardes. Somos pocos todavía; cuando seamos hartos se nos quitará la sed.
—El hombre. No hai mas que ir al garito: allí sí que es permitido divertirse.
—El otro. ¡I caer en el garlito! ¡Qué se ha de hacer!
—Uno de los jóvenes. ¿Por qué no les permiten divertirse donde ustedes quieran?
—El viejo. Así está mandao, señor.
—El jóven. ¿Quién lo manda?
—La vieja. ¡Quien puede! Aquí manda no quien quiere, sino quien puede.
—El otro jóven. ¿Quién es el gobernador de esta ciudad?
—Un hombre. ¡Quién sabe! Yo no lo conozco ni sé quién es.
—Varias voces. Ni yo tampoco. Yo ménos.
—La vieja. Yo no conozco mas que a algunos de los brujos que cuidan del órden.
—El mismo jóven. ¿Pero sabrán ustedes por qué les permiten ir al garito i no a otra taberna?
—El mozo. ¡Miren qué gracia! Porque si allí pierde uno la plata que le adelantan, tiene que quedar obligao a servir!
—El mismo jóven. ¿En qué?
—La vieja. ¡Preguntón es el jutre!
—El hombre. En ir afuera a trer niños.
—El otro. I hombres que hacer imbunches.
—El viejo. Para aumentar los vasallos.
Una vocería interrumpe el diálogo: es orijinada por una riña que se traba entre varios grupos. Todo se conmueve: los niños silban, las mujeres chillan i los hombres gritan, se revuelven, se entreveran, se golpean. Ayes i blasfemias se perciben en medio de la grita. Algunos hombres ensangrentados huyen. El tumulto se aplaca poco a poco; pero la policía no parece. Solo quedan hombres jadeantes i de miradas atroces. Algunos arreglan sus vestidos, otros rien a carcajadas, i no pocos hai sérios i tristes.
Los jóvenes que se habian visto envueltos en el torbellino, reconocen que han sido despojados por manos diestras de los adminículos que guardaban sus faltriqueras. Pero continúan mezclados con los grupos i siguen la marcha, anudando su diálogo, o mas bien empezando otro, porque sus interlocutores han desaparecido.
—Primer jóven. ¿Por qué ha sido la riña?
—Una mujer. Porque un hombre quiso vengarse de otro.
—El segundo jóven. Contadnos eso.
—Un hombre. ¡Con cuánto lo manda!
—Primer jóven. Lo suplicamos: no tendriamos con qué mandarlo. Nos han dejado los bolsillos pelados.
Una carcajada universal estalló al oir esta gracia.
—Otro hombre. ¡Chuparse el deo no mas! Otra risotada acompañada de rechifla casi hizo avergonzarse a los preguntones. Una mujer comprendió la situacion de los jóvenes i se interesó por ellos, esclamando:
—Yo les contaré, pero vamos andando. Todos se pusieron en marcha. A los lados de los jóvenes caminaban mujeres i niños que los miraban con curiosidad. A alguna distancia iban hombres silenciosos que los miraban de reojo.
—La mujer. No era naa, sino que un hombre habia jurao que otro se la habia de penar; lo encontró agora, i le metió el belduque.
Los amigos salieron a la defensa i se formó el pleito.
—El segundo jóven. ¿Qué le habia hecho el otro?
—La mujer. Le habia levantao el testimonio de que era desertor, i por eso le habian pegado muchos palos i lo habian tenio preso hasta agora.
—El primer jóven. ¿I le habian tomado preso por el falso testimonio?
—La mujer. No, señor, aquí agarran jente para que sirva, i así lo habian tomao.
—Otra mujer. Pero como cualquiera puede libertarse, dando un tanto en plata, éste iba a dar lo que le tocase, i entónces el otro, que es un testimonero, lo acusó en falso.
—El primer jóven. ¿Por qué fuerzan así a la jente?
—Un hombre de atras. Porque somos pobres, i para el pobre no hai mas que zanja i horca.
—El mismo jóven. Se reclama......
—Una voz. ¡A quién!
—Otra voz. ¡Contra quién!
—Muchas voces. ¡Para el pobre no hai justicia!
—Uno de los jóvenes al otro. Silencio, mas cautela, porque aunque éstos no conocen a la autoridad, sino que la aborrecen, nunca falta entre ellos algun traidor que la busca para denunciar estas conversaciones, pues saben que esos denuncios se pagan jenerosamente.
Estas palabras no fueron oidas mas que por el otro jóven. El silencio sucedió por algunos momentos. Un silbido trajo otros, una palabra lanzada al aire provocó otras, i sin embargo de que todos marchaban en paz, comenzaron a elevarse algunos terrones i piedrecitas que caian perpendicularmente sobre los jóvenes.
Así continuaron hasta que fueron desapareciendo casi todos por la puerta de una fonda, dentro de la cual habia gran ruido i movimiento.
Los dos jóvenes que habian entrado tambien tranquilamente, sin hacer caso de las provocaciones, se instalaron en una mesa que estaba sola; pero los circunstantes no podian reconocer en ellos a los que les habian hecho compañía por la calle, pues eran enteramente distintos en fisonomía.
—Uno de los jóvenes al otro. ¿Observas a algunos de esos hombres que entran a aquel caramanchel i salen de allí contando dinero?
—El otro jóven. Si, he visto a varios. ¿Se da acaso dinero en ese cubichete?
—Nó, se presta, con la condicion de devolverlo ántes de salir de este sitio. El que recibe se pone a probar fortuna en el juego, i si pierde, tiene que pagar el préstamo con su persona.
—¿Cómo así?
—Quedando obligado a servir en todo lo que lo ocupen los Jenios, principalmente en perseguir i cazar mas hombres en el mundo para aumentar el número de los que aquí sufren.
—¿No acaban de quejársenos esos mismos porque no se les hace justicia? ¿No deploran su situacion, mostrando su odio contra la opresion que sufren? ¿Cómo es entónces que lo olvidan todo por satisfacer un vicio, i venden su misma libertad?....
—¿No comprendes que todas esas contradicciones i esas miserias son efecto puro de la ignorancia? Esos hombres no conocen el poder de los Jenios, sino por el mal que les hace; i, sin embargo, olvidan ese mal, por dar rienda a su egoismo, i sirven lo mismo que aborrecen.
—¡La ignorancia!
—Sí: observa la verdad de lo que te he dicho ya. Aquellos monstruos que encantan i aprisionan a la libertad, no son sino una alegoria de la verdad. Esos monstruos existen en la sociedad, son la sociedad misma, porque en ella están la ignorancia, la mentira, el fanatismo i la ambicion: circulan en su sangre. Recuerda lo que has visto, observa lo que ves. ¿No viste ya la ambicion entronizada, trabajando por sostener su imperio? ¿No viste ya la mentira infiltrada en la prensa i en la sociedad? Vé ahora la ignorancia encarnada en el pueblo mismo: observa mas i la irás encontrando en todas partes entrelazada fuertemente, de un modo indisoluble, con la mentira i el fanatismo. ¿Comprendes ahora cómo es que esos monstruos no pueden ser combatidos ni vencidos con el hierro i el fuego? ¿Comprendes que para vencerlos por la fuerza seria preciso decapitar a la sociedad entera?
—¡Sí, Lucero: tú me iluminas, pero abates mi espíritu con tan terribles verdades, que me dan a conocer que la libertad no puede salvarse de sus enemigos, que la libertad es imposible!....
—No, Guillermo:¡la libertad no es imposible! ¿Por qué desesperas? La libertad es la justicia misma i existe en la naturaleza del hombre. Es cierto que ella aborrece la violencia, porque su triunfo no es la fuerza; pero aunque lentamente, tarde o temprano, se abre paso ayudada por la ilustracion que mata la ignorancia, alumbrada por la verdad que ahuyenta la mentira. Cuando la accion de estos ajentes es dirijida por el patriotismo, ese amor celestial, esa caridad fecunda, que armoniza nuestro interes con el de todos i que enjendra la noble ambicion de enaltecer la patria que nos dió el ser, entónces no se hace esperar el triunfo de la justicia; de la justicia que, inspirando seguridad a todos, derrama en la sociedad la confianza, la tranquilidad i el contento, que dan dignidad al hombre i brillo a las naciones. ¡Ese es el imperio de la libertad!
XVII. Segundo cuadro.
De noche ya, van entrando en una ciudad, opaca i silenciosa, un viejo i un jóven. El primero tiene narices para dar i prestar, i el segundo, aunque niño todavía, muestra unos ojos claros, tan poderosos i ardientes, como si fuera mujer. Sí, porque los hombres, aunque tengan ojos hermosos, jamas los tienen poderosos como las mujeres.
Entran ámbos a una casa que estaba iluminada i concurrida.
—¿Hai posada para dos viajeros? preguntó el viejo.
—Como no, le respondieron, i para mas tambien: entren ustedes al salon: por aquí, inter se les prepara un cuarto. ¿Con dos camas, no es esto? Porque ustedes no deben ser la pareja de macho i hembra que acaba de venir a buscar la policía.....
Estas palabras fueron dichas por el fondista adentro del gran salon, donde habia muchos parroquianos. Todos levantaron la cabeza hácia la puerta por donde entraban los viajeros, i muchos se miraron entre sí, como de intelijencia mutua.
El niño que acompañaba al viejo, haciéndose mas indiscreto que el fondista, replicaba a éste:
—Pierda usted cuidado: tras de la misma pareja andamos nosotros, porque somos ajentes secretos, como muchos de estos señores que están aquí.[20]
El fondista se descubrió i saludó a los recien venidos, cosa que no habia hecho ántes, porque no les habia adivinado la autoridad. Ellos, por su parte, tomaron asiento mui familiarmente alrededor de la mesa a donde estaban los demas velando un tazon, o mas bien, abismados en la llama de un tazon de ponche.
—¡Loado sea Dios! dijo uno cuando se estinguió la llama.
—¡Cómo tarda esa en quemarse! dijo otro.
—Esto es siendo espíritu, agregó un tercero. ¡Cuánto tardaria el cuerpo de un hereje cuando se usaba la hoguera!
El viejo, como si hubiera tenido algo de hereje, esclamó conmovido:
—¡Afortunadamente, hoi no se quema a nadie!
—Quienes pierden con eso, replicó el niño, son los mirones. ¿Qué mas le da al que muere que le maten a fuego de leña o de fusil, a hierro de cuchillo o a soga? Todo es morir: la muerte es la que espanta, la que encanece todos los cabellos en una noche, no el instrumento.
Todos callaron, como aterrados por la locuacidad del niño, quien, sin ser invitado, se sirvió ponche i continuó.—El hombre necesita matar a su semejante, porque solo la muerte sacia su orgullo: si hubiera un dolor mas supremo que la muerte, el poder del hombre no se saciaria con ella, i la muerte dejaria de ser pena capital, quedando al nivel de cualquiera otra de esas penas que no satisfacen. En otro tiempo la relijion servia de pretesto para quemar, porque no se hallaban bastantes delincuentes en el órden ordinario. Felipe II, ese corazon seco, que solo estaba apasionado de su autoridad, i que castigaba con la muerte cualquiera contradiccion a su poder, no teniendo rebeldes que ahorcar, fué a buscar en las hogueras de la inquisicion, una satisfaccion a su orgullo: por eso la fomentó i por eso esclamaba que mas queria no tener ningun vasallo, que tenerlos herejes. Desacreditado aquel pretesto, la autoridad ocupó el lugar de la relijion: hoi no se usa de la hoguera para castigar la opinion relijiosa; pero se usan muchos jéneros de muerte para castigar las opiniones políticas. ¡I se dice que han mejorado las costumbres!
—A mí poco me importa que se empeoren, esclamó uno de los circunstantes, escanciándose una buena parte de la ponchera. Todos imitaron su ejemplo, i otro, mirando el fondo de su vaso despues de haberlo apurado, agregó:
—¡Quisiera Dios mostrarme mi porvenir en el asiento de este vaso!
—Eso es lo que interesa, i no la mejora de las costumbres, dijeron varios con algazara.
—Por eso hacen ustedes bien en mirar el concho, agregó el viejo, porque el vaso suele decirlo todo cuando se llena i se vacía repetidas veces.
—En lo que hacen mal, observó el niño, es en pedir a Dios que muestre el porvenir. Dios no se ocupa en eso, ni tiene para qué pensar en el porvenir de bribones como nosotros. ¿Quieren ustedes que yo evoque al Diablo para que nos cuente nuestro horóscopo?
—Sí, sí, repitieron todos; veamos cómo.....
El niño trazó encima de la mesa, con una varita que sacó de su ropa, dos triángulos inversos, i dijo: esta es la cruz de Salomon. Despues hizo tres círculos concéntricos a la cruz, i puso sobre ésta la ponchera. Vació una botella de ron, allegó la luz i revolvió con la varita, recitando entre dientes un conjuro. De repente surjió una hermosa llama de fondo azul i flancos amarillentos, que dió a todos los semblantes un color lívido i cadavérico: las luces de la sala se apagaron solas, i las sombras de los que rodeaban la mesa, se retrataron tremulosas i jigantescas en las murallas.
Todos miraban de hito en hito la llama i con unas caras ávidas i desconcertadas. El viejo solo tenia un aire tranquilo i meditabundo.
En el centro de la llama comenzó a delinearse un objeto. Todos se apiñaron, devorando con los ojos la figura, hasta que apareció bien perceptible en el puro azul de la luz una máscara roja, de cuya ancha boca salian siete lenguas, i cuyos costados estaban guarnecidos de multitud de orejas.
—¡Qué es eso! ¿Quién es ese? preguntaron varios precipitadamente.
—¡Todos! respondió el niño.
—No, no, no; ese no puede ser el porvenir de todos, gritaron muchos. Toda la vida no hemos de estar escuchando, chismeando i mintiendo; esta es una carrera como cualquiera otra. Nuestro horóscopo no es ese.
—No, es el presente, replicó el hechicero: cada cual verá su horóscopo en su vaso. Apronte cada uno el suyo, voi a servir para que bebamos.
—Empecemos por el principio, esclamó uno, el primero toca al mas anciano. Despues continuarémos a la redonda: vamos, número uno; i señaló al viejo.
Este alargó impasible su vaso. La máscara habia desaparecido, i la llama del tazon borbollaba formando jirones, círculos i tirabuzones, como impulsada por un fuego activo. El niño llenó el vaso que se le presentaba, cayendo el licor como si hubiera sido de rubíes derretidos, i coronando los bordes una ténue llamarada azul, que poco a poco fué condensándose i mostrando una figura.
Era un viejo de estatura elevada, pero inclinado hácia adelante. Parecia absorto con un pensamiento terrible. Sus lacias canas bajaban hasta confundirse con su blanca barba. Tenia un ancho sombrero, cargaba sobre su hombro una manta, i llevaba un largo bordon en la mano derecha.
Todos miraban con curiosidad, pero el asombro se pintó en los semblantes, cuando vieron que el viejo se trasformaba en un hermoso jóven que dando la mano a una mujer radiante de belleza, se elevaba con ella hasta confundirse en una estrella vivísima que iluminó por un momento la estancia, dejando a los circunstantes deslumbrados.
—¿Qué es eso? preguntaron varios.
El niño respondia con un sonrisa, i el viejo dijo secamente que él comprendia su horóscopo i no tenia para qué revelarlo.
—¡Número dos! gritaron todos, i el que se sentaba al costado del viejo alargó su vaso. La misma operacion se repitió pero la llama dibujó otra figura, que no fué comprendida a primera vista, i que despues de examinada apareció ser una banda o faja bicolor enredada en un baston.
Hubo un silencio profundo. Todos miraban la figura i cavilaban, hasta que álguien dijo con énfasis: «¡Eso significa poder, autoridad, mando!»—I una carcajada universal estalló como eco de esas palabras.
Varios.—¡Hombre! ¡Tú con poder! ¡Tú mandatario! ¡A los cincuenta años de vicios, de pereza i de miserias! ¡Cómo puede ser cierto este horóscopo! Ja, ja, ¡jaaa!
Número 2.—Vamos por partes, mis amigos: ¿acaso no estoi yo en carrera como ustedes? ¿No puedo llegar adonde ustedes se proponen? ¿Qué mas tienen ustedes que yo? La mayor o menor edad, no importa: aunque han dado en creer que los jóvenes son mejores para el mando porque son mas enérjicos, cuando no son mas que atolondrados. Puesto en el caso, yo probaria que solo en mi edad se encuentra la verdadera enerjía, ¡i demostraria que hai siúticos capaces de mucho!
Uno.—¿Eso quién lo duda? Pero tú debes tener pé líquida, porque hai siúticos i psiúticos...
Otro.—¡No toquemos esas cuestiones de nobleza!
Varios.—¡Que bestia! ¿Qué tiene que ver con esto la nobleza?
Número 2.—Ahora no hai mas nobleza que la del vicio o el talento. La nobleza de pergamino está en derrota. Cualquier hombre como yo puede elevarse i hacer fortuna por el trabajo.
Todos.—¡Ja, ja, ja, jaa! ¡En qué trabajas tú! ¡Ni tú! ¡ni tú tampoco!
Uno.—¡Ni nadie! ¿Quién de nosotros sabe hacer nada? ¿Quién quiere trabajar? Vamos claro: cuando se nos ofrece una mayordomía, la desechamos por el poco sueldo i mucho trabajo. No aprendemos oficio, porque es indigno de nosotros, aunque nuestros padres hayan sido zapateros. Ni queremos trabajar bajo la dependencia de otros, porque hemos nacido para patrones. Pero lo que hai de cierto en todo esto es que no sabemos hacer nada, que no queremos hacer nada, i que solo aspiramos a tener fortuna por medios cómodos, por caminos fáciles, sin trabajo, aunque sea a costa de la honradez i de la decencia....
Varios.—¡Cierto! ¡Es verdad! ¡Bueno ha estado el sermon! ¡Qué se repita! Número 2 tiene la palabra.
Número 2.—Entendámonos: cuando yo he hablado de trabajo, es porque he tomado la palabra en su sentido mas lato. Todos trabajamos: el que entre nosotros sobresale por su talento o educacion tiene la breva segura, es verdad, con solo alistarse entre los servidores de la buena causa, pero sin embargo no deja de tener que trabajar. El que no pese aquellas ventajas, como yo, debe trabajar el doble, primero para congraciarse con los que mandan, a fin de conseguir un destino, i despues para acreditarse de buen servidor. ¡Cuánto no tendré yo que hacer todavía para poner mi crédito a la altura en que debe estar el de un candidato al mando político de un pueblo! Yo trabajaré en ello, no hai duda, alcanzaré lo que otros muchos: por eso he dicho que un hombre como nosotros puede elevarse por el trabajo. Estas ajencias en que andamos, son un trabajo como cualquier otro. ¡I para qué habriamos de tener este cargo, sino hubiéramos de subir! Valdria mas entónces seguir la carrera de la virtud, que aunque no conduce a los puestos públicos ni a la fortuna, nos llevaria siquiera al cielo, aunque tarde. Si queremos lo positivo, lo mas pronto i bueno en este mundo pecador, es necesario sacarle el quilo al vicio, i para esto es necesario trabajar. ¿Me entienden ustedes? ¿Me he esplicado? ¡Caballeros! El siútico deja de serlo, cuando mejora su traza, cuando cambia su tipo, que es puramente transitorio; i para esto es necesario trabajar, no en tareas manuales, que son pesadas i duras; ni en faenas serviles, que son indignas de nuestras aspiraciones; ¡en algo mas grande i de pronto lucro!
Uno.—¿Pero en qué, si no tenemos una profesion ni talentos, ni cabeza para nada?
Número 2.—¡Vean qué bruto! ¿Qué no sabes que la maldad i el vicio han sido siempre necesarios al sosten de las grandes causas? Un jeneral en campaña necesita de los espías para triunfar; la inquisicion fomentaba i pagaba a los delatores; el despotismo necesita de muchos ajentes: esto sin contar el interes individual, que tambien echa mano mui amenudo de los servicios de un bribon. ¿Para qué necesitamos de profesiones ni de talentos? Yo tengo el talento de la maldad, i eso me basta.....
Muchos.—¡Es claro! ¡Es evidente! ¡Tiene mucha razon! ¡Has hablado como un libro! ¡Vamos a otra cosa! ¡Número 3, número 3!
Este puso su vaso. La llama de su líquido representó al instante un grupo informe, que poco a poco fué aclarándose i dibujando charreteras, espadas i trofeos militares.
Nueva algazara de risas, hurras i esclamaciones.
—Señores, pido la palabra, gritó uno: el niño nos embroma: no dudo yo de que un calavera sin oficio ni beneficio tenga talento para distinguirse de algun modo, aunque sea un triste ajente de maldades, i que a fuerza de constancia llegue a ennoblecerse i a procurarse un destino que le eleve a la majistratura i a los honores: ese tunante de Número 2 puede llegar a ser gobernador de alguna ínsula, aunque no tenga otro talento que el del vicio, porque yo, como Sancho Panza, he visto ir mas de dos asnos a los gobiernos; i que llevasen a éste no seria cosa nueva. Pero que este otro salvaje pueda llegar a los honores militares, nequaquam: eso no me entra a mí, porque para ascender en la milicia, cuando no se tiene valor, se necesita siquiera no ser un tonto como Número 3.
Número 3.—Nadie es tonto para su negocio, amigo; i yo tengo para mí que el niño no nos engaña i que mi horóscopo puede ser cierto; pues aunque no soi militar, ni ganas tengo de serlo, no estoi léjos de llegar a ser coronel de milicias siquiera. Todo está no mas en que al diablo se le antoje, pues si yo me doi maña para meter bulla a tiempo, i para acreditarme de buen servidor, aunque no sea mas que de correveidile o de patrullero en épocas de bochinche, no está léjos que me emplumen i que salga cierto mi porvenir.
El niño.—Lo que está escrito, está escrito: yo no quito ni pongo rei. El diablo es quien les predice a ustedes la buena ventura: pero si no lo creen, asunto concluído.
Todos.—No, no, siga usted, hasta ver el porvenir de todos.
El niño.—No es posible, la llama casi no arde ya, solo hai para tres, i acabemos.
Los tres números siguientes ponen sus vasos: la llama del cuarto representa una pluma negra, grande i gruesa; la del quinto, una soga, i la del sesto, otra pluma mas chica jaspeada de blanco i negro. Todos se paralizan sin comprender lo que ven. Un rato de silencio....
Uno.—Lo de la soga está claro: éste va a parar en verdugo o va a morir ahorcado.
Otro.—¡Sin duda! I bien lo merece. ¿Pero qué quiere decir esa pluma de jote i esa otra de pavo?...
Número 4.—Que seremos escritores con el tiempo i la voluntad de Dios.
Otro.—Solo así, obrando Dios un milagro, pueden ustedes ser escritores.
Número 6.—Hombre, no seremos escritores de pluma de acero, ni de pluma bien cortada; pero, ¿por qué no lo hemos de ser de pluma de jote o de pavo? La cosa no es difícil. Yo por ejemplo me siento con vocacion para cronista o para corresponsal de un diario?....
Número 4.—I yo para historiador....
Número 6.—Ustedes son desconfiados i mas que todo intolerantes: si supieran que Rousseau empezó a escribir a los cuarenta años de edad, no estrañarian que nuestro porvenir sea el de escritores, porvenir que sin duda es el de mas fácil realizacion. ¿Qué se necesita para ser escritor? Nada mas que voluntad, porque el papel i plumas abundan, i las palabras sobran. ¿Qué mas hai que poner por escrito lo mismo que hablamos? Si yo fuera diarista, escribiria contra los abogados, contra los literatos i contra los que pretenden monopolizar las plumas que Dios ha dado a todos los pájaros de este mundo i que ha hecho del dominio comun, como el aire i la luz. Escribiria....
Número 5.—¡No sigas, hombre! ¡Qué hablas de escribir tú, cuando no sabes ni ortografía, ni siquiera tienes buena letra! Para escribir, se necesita tener alguna educacion.
Número 4.—Tú estás chafado, porque te ha salido una soga en tu llama. No eres voto. Si te hubiera salido una pluma, comprenderias, como nosotros, que no se necesita saber escribir para ser corresponsal o cronista de un diario: así se principia la carrera, i uno comienza a hacerse espectable, vistiéndose al efecto de negro, andando con paso sério i con cara feira por la calle. ¿Qué educacion ni ortografía se necesita para alabar a la autoridad por angas o por mangas, para dar cuenta de las muertes repentinas, de los albañales o pantanos, de los ascensos civiles i militares, i de todas las demas porquerías, calumnias, mentiras i adulaciones al poder con que se llena la prensa diaria? ¡Al fin, para ser historiador, como yo deseo, se necesita algo mas! Pero tambien se puede salir del paso con solo parlotear un poco, sobre todo si se escribe para el otro mundo, es decir, para América. Cuando yo sea escritor, enseñaré a los americanos que «la principal mision del partido conservador de esos paises, es la de restablecer, en la civilizacion i en la sociabilidad, el espíritu español para combatir el espíritu socialista de la civilizacion francesa;» no el espíritu español actual, porque la España tambien está fuera del buen camino, sino el de la España del tiempo de la colonia. ¡Yo haré ver a aquellas pobres jentes que al meterse a improvisar repúblicas con las reminiscencias del contrato social i el ejemplo del réjimen anglo-americano, se han olvidado de una sola cosa, i es que para constituir democracias se necesitan pueblos![21]
El viejo.—¡Bravo! No tiene usted mas que escribir lo que dice i ya está realizado su horóscopo. Pero no olvide de decirles a los americanos que aunque sus pueblos no eran educados para la democracia, cuando establecieron sus repúblicas, eran, sin embargo, buenos, dóciles i bien intencionados; que con esto tenian bastante para principiar, porque siempre se ha de principiar por algo; i que si en los cuarenta años que llevan de vida política, no los hubieran corrompido i estraviado, pervirtiendo su espíritu, desmoralizándolos, i acostumbrándolos a ver en las formas republicanas una farsa i en el poder un negocio de granjería, ya estarian mui adelantados en la carrera pública, mui acostumbrados a su sistema republicano, porque no hai nada que eduque mejor i con mas prontitud al pueblo que la práctica leal i real de sus derechos. Para constituir democracias, se necesitan pueblos, es verdad, pero mas que todo se necesita que los que las constituyen sean honrados i comprendan con amor la forma. Si los norte americanos, en lugar de sus Washington i Jefferson, hubieran tenido los mandones que han deshonrado a la América española, sus pueblos no habrian servido tampoco para la democracia ni para gobierno alguno.
Número 4.—¡Eso no! ¡Es usted un animal! No diré yo semejantes disparates, porque perderia mi carrera. Diré al contrario que los americanos han hecho mui bien en corromperse, en pervertir i desacreditar la forma republicana, en llegar a ser ingobernables por su falta de fé, de patriotismo i de principios fijos, porque eso es lo que conviene para el triunfo de la reaccion del espíritu antiguo de la colonia: así seré premiado, laureado, encumbrado a los mas altos puestos. I tú, número 6, si llegas a realizar tu vocacion de cronista, no salgas de este tema, que así serás grande!
Número 6.—I alcanzarémos, hijo, a poseer la gloria mas brillante de estos tiempos, ¡la gloria literaria!.....
Número 2.—¡Error craso! ¡no es la gloria literaria la mas brillante, es la del mando!
Número 3.—¡Mentira insolente! ¡Es la gloria militar! ¿Qué puede compararse a la aureola deslumbrante del guerrero?
Uno.—¡Eso es cuando es guerrero, cuando el militar tiene el talento de la destruccion i el valor de una fiera, pero no cuando es un cobarde i un bestia como tú!
Número 3.—¡Qué engaño! Ese talento i ese valor se suplen, amigo mio, con un poco de maña: si encuentro a tiro a una tropa de enemigos, indefensos, me los como, aunque sean mis hermanos; o si se presenta la ocasion de hacer una delacion, la hago aunque arda Troya. En uno i otro caso gano grados i honores, i no necesito talento para destruir, ni valor para pelear. Mas hace un tonto con un poco de trapacería a tiempo, que un cuerdo con su talento. ¡Sobre todo, hijos de mi alma, tengamos confianza i audacia, que la fortuna ha de fortalecernos a todos, pues que del pueblo salen i han salido siempre los grandes hombres!
El viejo.—Sí, pero cuando el pueblo es ignorante i sus hijos corrompidos i egoístas, en lugar de dar grandes hombres, da grandes malvados....
La ponchera voló por la cabeza del viejo a estas últimas palabras, estinguiéndose la débil llama que aun le quedaba. La oscuridad fué profunda. Las blasfemias i gritos fueron aterrantes. Las puertas del salon estallaron súbitamente, i la policía se presentó intimando silencio.....
El niño.—Por aquí, Guillermo.....
El viejo.—Sálvame, Lucero.....
Ambos se escurrieron como sombras por la oscuridad, i dejaron a la policía i a sus ajentes secretos ocupados en un prolijo registro de la fonda.
XVIII. Huye, que solo aquel que huye escapa.
Puestos en salvo i en la calle los dos fujitivos, Lucero declaró que era indispensable que ámbos se separasen para distraer la atencion de la policía, que naturalmente debia fijarse en todas las parejas que encontrara, puesto que era una pareja lo que buscaba.
El ingles recibió con pesar esta órden i aun se atrevió a objetarla con la consideracion de que era mucho peor que aprendiesen a uno solo. Pero Lucero le convenció, ménos con argumentos, que con el ascendiente que sobre él tenia, i le persuadió a separarse.
Si tú caes, le decia, quedo yo libre para trabajar en tu salvacion. Pero si a mí me toca esa mala suerte, tú debes solo pensar en hallar la salida de la Cueva para ir al mundo a emprender la peregrinacion que ha de salvarme. Harias mal en emplear aquí tu tiempo para arrancarme de mi cautiverio: no lo conseguirias; i aunque tuvieras la felicidad de romper mis prisiones, no podrias desencantarme miéntras aquí permanecieras. Haz lo que te digo, sigue fielmente mis instrucciones, si no has de volverme a ver en estos lugares; no dejes nunca de tenerme sobre tu corazon. Si perdieras mi recuerdo, no solo serias ingrato para mi amor, sino traidor a tus convicciones i a la santa causa que has jurado. Vete i no olvides un momento ni mis consejos ni mi amor.
Dijo, i ámbos se estrecharon mudamente, confundiéndose en un espíritu sus dos almas en aquel momento de efusion íntima i completa. Despues, cada uno caminaba en opuestas direcciones al punto de reunion que se habian señalado, pero por un movimiento eléctrico i simultaneo, los dos volvian a mirarse de cuando en cuando i a suspirar, hasta que se perdieron de vista.
Hicieron bien: las calles estaban atestadas de brujos que acechaban i que se aprontaba listos para lanzarse sobre la primera pareja que hubieran husmeado. La policía de aquel lugar estaba montada a la francesa, es decir, no porque anduviese a caballo, que eso habria sido a la chilena, sino porque sus ajentes eran invisibles: no gastaban uniforme, ni porte ni armas militares, ni pitaban, ni gritaban, ni miraban a lo turnio por las calles; sino que eran mansos i vestían i andaban como todos i entre todos.
Don Guillermo apresuró su paso, i en pocos minutos llegó al lugar de la cita, que estaba fuera de la ciudad.
Entretanto la poblacion estaba como si le hubieran tocado arrebato: todos corrian, pero a esconderse, porque uno de los jefes de los brujos, estimulado por su propio miedo, i no por el de nadie, habia desplegado una enerjía estraordinaria para perseguir i aprehender a todos los vivientes, como suelen hacer los cazadores de jilgueros, que por tomar uno de uña blanca, arrastran con todos los que se acercan a la trampa. I en efecto que el tal jefe hacia mui bien, porque solamente con un arrastre semejante podia alcanzar a cojer algo de lo que deseaba. Así lo comprendieron las estranjeros de Espelunco, que no los nacionales, siempre tardíos e injustos para apreciar el mérito de sus compatricios, pues aquellos con esa imparcialidad que es natural en todos los traficantes, votaron una accion de gracias en favor del distinguido jefe, haciéndose los ecos de la poblacion entera. Eso se llama hacer justicia a tiempo. Un soberano premia con decoraciones i títulos a sus beneméritos servidores: así el pueblo debe premiar a los que se han distinguido en su servicio, aunque sea apaleándolo, decian los estranjeros con ese aplomo que Dios les ha dado. Pero no fué esto todo: los autores de tan bello pensamiento tuvieron ademas la habilidad de asociar a su manifestacion a los mismos que habian sufrido en aquella batida del jefe, o a los que la habian reprobado, lo cual no era difícil de lograr en aquel pais, que como inculto que era, abundaba en imbéciles, pues tales bichos tienen de comun con el poleo, eso de multiplicarse en las tierras incultas hasta el estremo de infestarlas.[22] Contra la imbecilidad no hai mas remedio que la cultura: la imbecilidad es el verdadero pecado orijinal de la humanidad, la fuente de todos los vicios i errores, de todas las faltas i crímenes, pues que todo eso tiene su asiento en la flaqueza de espíritu, que es el patrimonio comun del hombre, i que no se corrije sino a fuerza de educacion i de cultivo.
La noche estaba fria, pues aunque primavera en aquel pais, era ya una de esas altas horas en que la tierra comienza a despedir vapores húmedos que destemplan la atmósfera, i afectan el sistema nervioso de los que no están recojidos en su cama. Don Guillermo se sentia enteramente crispado por un calofrio mortal, i trató de guarecerse en el alfeizar de una enorme puerta que vislumbró cerca. Pero allí seguia tiritando, a pesar de que estaba resguardado; i entónces comenzó a comprender que su calofrio partia del corazon. En efecto Lucero tardaba mucho ya para que su enamorado no estuviera rodeado de temores i aprehensiones, que le hacian afluir a borbollones la sangre al corazon, helándole las estremidades i la superficie.
¿Qué hacer? pensaba el ingles: si voi a buscarla, me espongo a que ella venga, i no encontrándome en el sitio, se alarme i vuelva al pueblo en busca mia. Todo parece ya en silencio. ¿Habrá terminado la San Bartolomé que los brujos han representado esta noche? ¡Ah! ¡Qué va a ser de mí si pierdo a mi Lucero! Esa mujer es el complemento de mi ser: su corazon es parte de mi corazon, su intelijencia es la luz de mi intelijencia, su vida es mi vida. No, con esa mujer no se cumplirá jamas en mí aquella eterna lei que hace que el corazon aborrezca hoi lo que ayer deseaba con fervor. Esa lei se ha hecho para el curso ordinario de la vida humana, i en esa lei está el principio de actividad que lleva al hombre siempre tras de lo mejor, en pos de la perfeccion. Pero cuando uno ha encontrado esa perfeccion i la siente en todo su ser, el corazon late satisfecho i no se cansa ni sacia jamas con la felicidad.
I tenia razon de sobra Mr. Livingston, porque hai ocasiones, aunque raras, en que dos seres se complementan como un tornillo con su tuerca; de modo que si llegan a encontrarse i a concertarse, quedan como en su centro, como queda el tornillo cuando se le ajusta la tuerca, i el corazon deja de volar tras de las ilusiones que lo arrebatan, cuando todavía no ha encontrado otro corazon que lo complete.
Esa era su situacion respecto de Lucero, i he allí la razon por qué tiritaba con solo la aprehension de perder a su hechicera.
En estos i en otros pensamientos converjentes al quicio sobre que rodaban todas las ideas de nuestro ingles, fueron pasándose las horas, hasta que los primeros albores de la mañana comenzaron a desprenderse de las montañas i a inundar el valle. Los pajarillos, desperezándose i sacudiendo su plumaje, lanzaban las primeras notas del armonioso concierto con que saludaban el alba. La brisa embalsamada ajitaba los follajes; i las flores, como sensibles a su aliento, se elevaban para alcanzarla, sacudiendo las gotas de aljófar que durante la noche habian inclinado sus corolas hácia el suelo. Ruidos indefinibles se alzaban por todas partes, porque la naturaleza toda comenzaba a despertar.
Don Guillermo estaba arrobado, porque esas grandes escenas de la naturaleza tienen el poder de arrebatarnos la atencion i de hacernos olvidar aun los pensamientos que dan aliento a nuestra existencia. Todo renace, decia él, todo se renueva cuando la naturaleza sacude el sueño de la noche. ¿Qué es el hombre en ese cuadro portentoso que se reproduce sin cesar siempre bello, siempre fresco i nuevo? No es mas que esa flor, no es mas que ese árbol, que esa avecilla: ¡ínfima parte de un todo infinito, detalle insignificante, elemento perecedero i frájil, que no se renueva i que solo aparece por algunos instantes a embellecer un punto del inmenso cuadro de la naturaleza, que no perece jamas, i que se muestra cada vez mas jóven, lozana i brillante!.....
Pensamientos son estos capaces de quitar el frio a cualquier cristiano; pero como don Guillermo era protestante, no se le alcanzaba que el rei de la creacion, destinado por Dios para la vida eterna, no puede ni debe ser considerado como una avecilla destinada a ser comida en estofado, o como una flor, que si llega a tener buen fin no es otro que el de perecer disecada en el álbum de un enamorado. El hombre, aunque pecador, debe ser mas respetado: basta que todo le pertenezca en este mundo i el otro, segun lo ha dicho no sé que santo. Don Guillermo pensaba en aquellas herejías naturalmente, i por eso no perdia el frio que le tenia yerto i sin accion.
Súbitamente se abre de par en par la puerta en que estaba apoyado, i por poco hubo de caer, al sentirse flaquear en cuerpo i alma, pues que a mas del espanto natural que esto le producia, perdia el punto de apoyo que habia hallado en la puerta cerrada.
Una especie de hombre fué lo que vió detras Mr. Livingston, cuando volvió sus ojos espantados, i luego otro, i otro mas, todos vestidos uniformemente i con aire i actitud iguales.
—Recóbrese, hermano, le dijo uno de ellos, i pase adelante, si se le ofrece algo.
—Gracias, replicó el ingles medio aturdido, debo permanecer aquí.
—Es inútil, agregó otro, porque la persona a quien usted espera no vendrá. Anoche ha sido aprehendida, a poco de separarse de usted, i usted mismo lo habria sido, si no hubiese salido tan pronto de la ciudad.
Don Guillermo ocultó su rostro en sus dos manos, como para esconder la impresion dolorosa que le causaron estas palabras. Quedó irresoluto, perplejo, temiendo que aquello fuese otra prision donde se le hacia entrar con buenos modos para que no se alarmase. Casi estuvo a punto de echar a correr para salvarse, pero vió que no tenia para donde. El valle era allí estrechísimo i cerrado por altos cerros, que describian en su curso el estremo de una elipse, cuya parte abierta se prolongaba por el lado donde estaba situada la ciudad. ¿Será este el término de la Cueva, pensaba entre sí Mr. Livingston, o será la entrada?
Los personajes que tenia al frente le miraban como adivinándole sus pensamientos. Entre usted le dijo uno, talvez estaria usted mas seguro entre nosotros que aquí afuera; no tema usted nada, que estamos dispuestos a ampararle.
Mal de su grado hubo de corresponder el ingles a tan bondadosa oferta i siguió los pasos de sus nuevos protectores que le conducian en silencio.
XIX. Vida contemplativa.
Nada mas propio de un amante desgraciado que meterse en un convento: testigo de ello la célebre poetisa cubana que cuando enviudó por primera vez se retiró a las monjas i no salió de ellas, sino cuando le volvió el estro del consuelo i se reconcilió con el mundo. Otros muchos testigos podrian citarse en apoyo de esa verdad; pero para qué se necesita mas testimonio que el de una mujer que por sí sola equivale a un rejimiento. El dolor, con ser la lei primordial de nuestra flaca naturaleza, es sin embargo siempre una cosa nueva para nosotros, siempre nos toma desprevenidos, i nunca, a pesar de su frecuencia, nos produce efectos análogos, sino bien diferentes i aun contradictorios. En unos desarrolla la sociabilidad hasta el punto de confundir sus efectos con el miedo, porque el dolorido no puede quedarse solo un momento, i halla su alivio en la compañía de otro ser que le comprenda; pero en los enamorados, el dolor desarrolla la mas seca misantropía, los hace ariscos i fieros, insociables i fastidiosos, hasta que pára con ellos en algun convento, como en busca de arrepentimiento, o les inspira el saludable deseo de suicidarse, como para libertar a la especie humana de un ente inútil. Todo eso es natural i sucede porque debe suceder: luego no debemos condenarlo; ni tampoco debemos admirarnos de que nuestro héroe se hubiese hallado tan bien i tan a sus anchas en aquella especie de convento donde le dejamos entrando, que pasados algunos dias, ya no pensaba en salir, porque solo allí podia llorar con libertad la pérdida de su Lucero. I afortunadamente lloraba, que así pudo salvarse de la enfermedad propia de los de su raza, que se suicidan hasta por libertarse del trabajo de abrocharse los pantalones. ¡Qué sábia es la naturaleza! Solamente a los ingleses les ha regalado esa enfermedad que se llama esplin, porque solo ellos son los mas orgullosos de los hombres, i por tanto los que mas necesitan de un mal que les haga comprender que son tan miserables como los demas humanos. Así nos ha dado tambien a los españoles la manía de gobernar demasiado, porque precisamente somos los mortales mas ingobernables, cuando tenemos libertad, acostumbrados por tantos siglos como estábamos a ser arreados a látigo en todo i para todo. Este mal de nuestra casta ha sujerido a algunos sábios el dislate de que no somos aptos para el sistema republicano ni para ejercer nuestros derechos: con la misma lójica podriamos discurrir que el esplin hace a los ingleses incapaces para la cocina, i esto no seria tan erróneo, porque todavía no se ha visto entre los ingleses ni un Botargus, ni un Brillat Savarin, ni un Soyer.
Pero don Guillermo no pasaba todo su tiempo en llorar, que al fin los ojos son una brillante porcion de la humanidad, i naturalmente cumplen tambien con la lei de cansarse de hacer siempre una misma cosa. Largos i frecuentes ratos empleaba en sabrosas i sábias conversaciones con sus albergadores, pero sin llegar jamas a comprenderlos a derechas. Al principio tomólos por escribas i fariseos por lo doctos i leguleyos que eran, i tambien por ciertos ribetes de hipócritas que les hallaba; pero luego varió de parecer i los calificó decididamente de Esenios. No era mui versado el ingles en materias de cultos, ni mucho ménos en conocer órdenes relijiosas, pues todo su saber no pasaba en el asunto de ciertas reminiscencias bíblicas; pero creia encontrar en sus huéspedes los mismos principios i sistema que aquella secta judía profesaba. Hacian vida comun, sin comunidad de bienes; se trataban como hermanos i tenian su espíritu de cuerpo, sin fraternidad; creian en la inmortalidad del alma, pero negaban absolutamente el libre arbitrio, i por tanto nuestra responsabilidad personal, como los Esenios; pues sostenian que todos nuestros actos i pensamientos son el resultado necesario de un órden superior que no comprendemos ni podemos variar; practicaban el celibato, pero sin negar ni desconocer las ventajas del matrimonio, sino solo por motivos de pureza, a diferencia de aquel mozo de perros de que nos habla Victor Hugo, que habia renunciado a varios matrimonios ventajosos, i se habia consagrado a cuidar perros, por la sencilla razon de que estos tienen solo siete especies de rabia i la mujer mil.
Como quiera que fuese, los Esenios de la Cueva, ya que por tales los tomó quien pudo observarlos de cerca, eran allí una potencia, en cuanto no se movia una paja sin su voluntad en todos aquellos contornos: ellos dirijian las conciencias i las opiniones, o mas bien eran los dueños del pensamiento, porque presentándose como ministros de Dios i como intérpretes de su divina voluntad, su palabra era la lei, i su persona merecia una especie de adoracion, como que era el reflejo del poder eterno en cuanto repartian a su arbitrio la bienaventuranza o la perdicion. I para que su analojía con los Esenios antiguos fuese mas perfecta, tenian el mismo talento organizador, pues por medio de asociaciones piadosas, reglamentaban la caridad en su práctica, el sentimiento relijioso en todas las formas imajinables, hasta las de la idolatría, i todos los demas sentimientos i deberes, i aun los usos, trajes, maneras i modales, proporcionándose así un ejército de devotos que no les costaba un centavo, i consiguiendo por medio del ascendiente relijioso mucho mas que cuanto pudo alcanzar Pedro el Grande con todo su poder, cuando se propuso domesticar a los rusos. De esta manera les pertenecia a ellos, mucho mas que a los Jenios, la sociedad entera de Espelunco, i si habia jentes en quienes no tenia mucho prestijio el poder de los Esenios, esas jentes, sin embargo se sometían a él por no aparecer como rebeldes i conservar su buen crédito, o por no chocar lo que en su lenguaje llamaban preocupaciones del vulgo, i que, a pesar de creerlas tales, acataban i reverenciaban como verdades, como justas i sábias creencias.[23]
Don Guillermo, hombre poco vividor, nada práctico, como hemos podido ya conocerlo, no podia estar en paz con las jentes que por indolencia soportaban i aun aprobaban lo que su conciencia rechazaba i su juicio condenaba como malo. A él no le causaba estrañeza que los Esenios no se contuvieran en el verdadero límite de su ministerio, i que arrastrados por la facilidad de conquistar poder, fuesen hasta sojuzgar la razon i pervertir el buen sentido con supercherías i mentiras: al fin en eso no hacian ni mas ni ménos que lo que hace todo ambicioso sin nobleza i todo el que especula con el engaño. Pero lo que no podia soportar era que hombres que se daban el aire de tales, reconociendo aquella invasion i condenándola en secreto, se abstuviesen de elevar su voz i su poder contra ella i la tolerasen con indiferencia o con respeto, ya por indolencia, ya por no poner en peligro su nombre o su quietud. En esto pensaba como ingles de educacion i honradez, pues que en su pais son mui raras esas transacciones de la indolencia i del egoismo con la maldad o el error, o a lo ménos no son tan frecuentes como en los pueblos de nuestra projenie, i tal suponemos al de la Cueva, donde la indolencia raya en imbecilidad i el egoismo en crímen.
Estas i otras observaciones de nuestro héroe casi son capaces de hacernos creer que los habitantes de la Cueva eran medio porros, pues vivian embaucados, imbunchados i estraviados en todos sus actos i pensamientos i a todas horas. Don Guillermo, que habia conocido al pueblo i a los hijos del pueblo cuando corria la caravana con Lucero, estaba últimamente entre los Esenios colocado mui ventajosamente para tratar i conocer a la flor i nata de aquella sociedad, i hallaba que no era ella ménos que el pueblo pobre la víctima de la ignorancia, de la mentira, del fanatismo i de la ambicion. En todas las clases notaba la misma indolencia, el mismo egoismo, el mismo descontento i malestar moral; la misma falta de principios, la misma carencia de amor i de fé por alguna idea o sistema, i por fin, la misma ansiedad por algo nuevo, por algo que variase la situacion social entera: i en nada contribuia la fé relijiosa para consolar ese eterno dolor, porque en realidad no existia tan siquiera esa fé, i lo que se tomaba por tal no era otra cosa que miedo a la vida eterna en unos, especulacion en muchos, i en los mas, principalmente en las mujeres, necesidad de un principio, de un sentimiento, de algo en que ocupar la actividad humana que no hallaba en aquella sociedad muerta para todo lo bueno i lo grande ni empleo, ni estímulo, ni asiento.[24]
Es cierto, decia entre sí don Guillermo: si las jentes de allá arriba son como éstas, no pueden ni con mucho tener el sentimiento del patriotismo. ¿Qué atractivo para el espíritu, qué goce para el corazon pueden hallar en una sociedad semejante? Fuera de los afectos domésticos, no hai nada que ligue al individuo con la patria, nada que halague siquiera su orgullo nacional; i fuera de los goces íntimos, el corazon no encuentra ni gloria que lo haga palpitar, ni grandeza que lo atraiga, ni belleza moral que despierte su amor hácia la patria, ni goces ni bienestar que lo adhieran al lugar de su residencia. El hombre se apega a las cosas por el sentimiento, i cuando la sociedad que nos da el ser no tiene medios de insinuarse en nuestros corazones, i por el contrario, nos hace pesada la vida, no puede ni debe contar con nuestro amor. ¡Apostaria que no hai un habitante de Espelunco que no desee ser estranjero!...
El trato con Lucero habia hecho filósofo a Mr. Livingston, i el retiro del claustro en que vivia, el silencio de sus parques i jardines, i mas que todo las penas que le atormentaban, le hacian meditar i moralizar a menudo, i aprovechar las lecciones de la esperiencia: es cosa sabida i mui repetida que los viajes i las desgracias enseñan mas que una biblioteca.
Pero habia una cosa que le hacia perder sus ínfulas de filósofo i le hacia reir en medio de su dolor, i era la pretension que tenian algunos caballeros de los que frecuentaban su asilo de querer hallar un remedio a aquellos males sociales en la monarquía o en el gobierno de un rei.[25] No estaban contentos con la oligarquía de los Jenios, i querian un solo dueño, una familia consagrada que les diera gobernantes de casta, a modo de los aficionados a las riñas de gallos que buscan el pollo fino i lo cultivan desde que es huevo, hasta que tiene estacas que afilarle, con la diferencia de que los galleros se comen en cazuela los pollos que salen malos, miéntras que los monarquistas son comidos vivos por el rei de casta que sale bribon.
Don Guillermo no discutia con estos políticos, sin embargo de que departia a menudo con ellos, paseándose en los jardines o descansando en los hogares de los Esenios. Ni como discutir con hombres que leian los escritos de algunos españoles a quienes se les ha ocurrido justificar las crueldades de don Pedro el colorin, porque con ellas se proponia dar unidad a la autoridad real; o rehabilitar a Felipe II, porque tambien se proponia otras grandes cosas, como si el fin justificase todos los medios, o como si esos grandes fines no hubieran podido conseguirse sino con enterrar hombres vivos i con quemar en la hoguera, perseguir i espatriar a jeneraciones enteras. Naturalmente esos políticos debian estar enamorados de los gobiernos fuertes, i llamar a Felipe, con cierto obispo electo de acá arriba, el pio, humano i liberal monarca, justificándole porque otra reina herética mató mas cristianos, como si un bandido pudiera escusarse con presentar otro mas bandido que él.[26] Con su pan se lo coman, decia entre sí el ingles: si éstos creen que porque hai grandes naciones bajo el gobierno monárquico, deben esa grandeza a la monarquía i no a una antigua i vasta civilizacion i a otras causas benéficas que se han desarrollado a pesar de esta forma de gobierno, yo les daria que viniesen a remover con veinte yuntas de reyes los hondos males que aquejan a este pais. Nó, no es el despotismo de uno o de muchos, cualquiera que sea su forma, el que puede estinguir la ignorancia, desterrar la mentira, atajar los avances del fanatismo i evitar los estravíos de la ambicion en una sociedad, sino el gobierno que, naciendo del pueblo, respeta su oríjen i corresponde al pueblo, protejiendo sus derechos, haciéndole justicia, sirviéndole con amor, i cimentando su autoridad en el interes comun, en la union de las opiniones, en la fraternidad que surje naturalmente de la concordia i armonía de todas las aspiraciones.
Algun egoismo habia al parecer en esta reserva de Mr. Livingston, pero aun sin atenerse al refran que dice: en el pais a donde fueres haz lo que vieres, él necesitaba mucha circunspeccion para no chocar a los que le retenian en un asilo tan seguro, del cual no se atrevia a fugar, miéntras no tuviese siquiera algun conocimiento de la topografía de aquella comarca, para dirijirse en busca de la salida de la Cueva.
¡Terrible situacion la de nuestro amigo! Era víctima del amor como Abelardo, un Abelardo prisionero, sin saber donde, como Monte-Cristo; un Monte-Cristo pobre como Aman; un Aman lleno de paciencia i de esperanza, como Job; un Job dispuesto a sacrificarse por salvar a un pueblo como Marco Curcio. ¿Qué va a ser de él? ¿Cuándo podrá salvarse? ¿Cuál será el premio de tanto sufrimiento?
XX. Tercer cuadro.
Era una tardecita de invierno, i el sol habia traspuesto los montes vecinos, dejando los parques i jardines de los Esenios iluminados con los últimos reflejos que todavía inundaban la bóveda celeste. Pero la oscuridad invadia ya las grutas i cenadores, los bosquecillos i los laberintos de aquella deliciosa mansion. Un aire sutil penetraba por los ramajes i enfriaba el ambiente.
Don Guillermo, que meditaba o penaba solitario en aquellos sitios, se retiró a los claustros, sintiendo la necesidad de abrigo. Allí notó un movimiento desusado: multitud de notables de la ciudad llenaban los corredores, i secreteaban como tratando sobre algun gran acontecimiento. Poco a poco fueron desapareciendo, pues entreverados con los Esenios, entraban a un salon reservado, i cerraban tras de sí la puerta.
El ingles quiso mostrarse desentendido de todo i ganó otro claustro, tomando una galería en alto que corria al costado del salon i que estaba ya oculta entre las sombras de la noche. Allí se puso a pasear a lo largo i cabizbajo, sin tener en su mente idea fija ninguna: estaba en una de aquellas situaciones en que suele uno encontrarse cuando se propone averiguar un misterio i no halla por donde principiar, ni tiene luz alguna que le dé entrada a la cuestion que quiere resolver. Pero habiéndose acordado ya su vista con la oscuridad del sitio, al poco rato de estar allí, divisó un bulto que le sorprendió, i que estaba inmóvil cerca de una puertecita aislada que habia como única abertura del largo paño de muralla que formaba aquel corredor. Aproximóse a él, i vió claramente que era un viejecillo pequeño, enjuto, de mala pinta, narigon i de ojos grandes que relampagueaban en la oscuridad, como los del tigre. Una conmocion involuntaria le heló la sangre i le hizo dar un chasquido en el corazon.
El viejo, sonriéndose i en una jerga poco intelijible, le preguntó:
—¿Has perdido tú un rosario?
—No, respondió don Guillermo un poco amostazado.
—Ahí está uno colgado en el tirador de esa puerta, le dijo el viejo, i si tú lo quitaras i lo arrojaras bien léjos, me harias un gran servicio.
El ingles, lleno de sospechas, se acercó a la puerta, pasando por detras de su interlocutor, por precaucion, i notó que ademas el viejo tenia en sus espaldas una enorme joroba. Descolgó el rosario, i conoció, en el tacto, que era de cuentas de Jerusalem i que tenia en su estremo una cruz i un corazon pequeño de paño, que sin duda contenia alguna reliquia. Al volverse al viejo, como señalándole el rosario, notó, item mas, que el hombrecillo era cojo, pues dió un paso hácia atras con una pierna tiesa e inflexible que parecia de palo.
—¿Crees tú en la virtud de ese sartal católico, apostólico, romano? le preguntó el viejo.
—No, dijo el protestante, porque no creo que nuestro Señor lo haya autorizado, ni en las sagradas escrituras se encuentra nada que lo autorice.
—Arrójalo, entónces.
—Será mejor colocarlo en esta baranda, replicó el ingles, acercándose a la de los balcones del corredor; basta que haya aquí una cruz.
—Lo mismo da; pero allá, bien léjos, añadió con sonrisa el viejo i haciendo chispear sus ojos: ese talisman no me dejaba abrir la puerta. Me has hecho un favor, porque me interesa mucho asistir de tapado a la conferencia que hai adentro de esa sala. ¿Quieres tú asistir tambien?
Don Guillermo no queria otra cosa, pero dudando aceptar la invitacion que le hacia un desconocido, que no le habia sido presentado, le dijo:
—No sé si deba, pues no sé con quién hablo, aunque me trata de tú.....
—¡Hum! esclamó el viejo, ¡escrúpulos de ingles! I resbalando hácia atras su pierna de palo, hizo un esguince en forma de cortesía, i añadió accionando con su mano derecha: Tengo el honor.... Soi el señor Asmodeo, interventor en todos los negocios humanos, i que ya una vez, hace trece años, tuvo que ver contigo, hijo mio.
Otro tiriton volvió a retirarle la sangre de las estremidades al ingles, al oir esta peregrina presentacion. Se quedó estático, i miéntras tanto el viejo se acercó a la puerta, la tocó con dos dedos para abrirla de par en par sin ruido, i volviendo a repetir su cortesía con el cuerpo i la mano derecha, le dijo:
—Come in, come along, conmigo.....
Don Guillermo titubeó; estuvo a pique de arrancar. Pero luego tuvo una corazonada, i siguió a su cortes compañero, entrando a una tribuna alta i balconada que daba vista al interior de una sala espaciosa i de muros altos, sin adorno arquitectónico de ninguna clase.
El viejito se sentó en un taburete de los que allí habia, puso su pierna buena sobre la mala, sacó de su bolsillo una ancha cartera roja, cuyo lápiz revisó, i apoyando su barba en el puño cerrado de su derecha, inundó la sala con sus ojos grandes i redondos, que lanzaban rayos siniestros i que se armonizaban con una perpetua sonrisa que pendia de sus finísimos lábios.
Allá, en el fondo del salon, se divisaba una larga mesa cubierta con tapete verde i rodeada de sillones del mismo color, en los cuales estaban como incrustados los Esenios i los caballeros. A lo largo de la mesa corrian en hileras veinte blandones de metal con sendas hachas de cera verde coronadas por una llama azulada, que despedia reflejos inciertos i que apénas aclaraba los ángulos i la bóveda del salon.
¡Miren qué cuadro! dijo Asmodeo. ¡Miren qué caras! Ninguno de los convidados tiene ni lo negro de la uña del padre Schwartz, pero no por eso dejarán de ir a hacer tertulia en los infiernos a este reverendo inventor de la pólvora. Unos son panzones, otros enjutos; unos viejos, otros mozos; unos soberbios, otros humildes; pero de todos ellos no se puede hacer un buen demonio. I diciendo esto, comenzó a escribir en su cartera, con mano convulsa, pero lijera, veloz, rápida, como si fuera movida por vapor; i sin dejar la operacion, preguntó a don Guillermo: ¿Qué dices tú de esto, hijo?
Mr. Livingston se iba familiarizando con un viejo tan afable, lijero i gracioso; i tomándole por un instante por taquígrafo de algun diario como el Times, le correspondió con esta otra pregunta:
—¿Toma usted apuntes para publicar esta sesion?
—¡Qué disparate!, le replicó el viejo con una mirada que avergonzó al ingles. ¿Me has visto cara de chorlito o de escritor que es lo mismo? Mira, en este pais no hai ente inverosímil de esos que estás mirando que no sepa hacer su negocio mejor que los escritores, pues estos nenes cifran toda su dicha en verse reproducidos por la estampa, i por tal de publicar sus ideas en urdiembre, se despestañan i gastan su dinero, tiempo i salud, a sabiendas de que nadie los lee, ni entre ellos mismos, porque nadie sabe leer, aunque algunos sepan decorar. ¡Con qué! ¿Me ves pinta de pertenecer a esa especie de locos? Vamos atendiendo a la sesion: allá tienes un tonel que habla.
I en efecto, un señor casi cuadrado, que se divisaba de frente, llevaba la palabra en ese momento. «Yo vivo retirado del mundo i pensando solamente en estar bien con Dios; pero no por esto me liberto de vejaciones atroces. No hago mal a nadie.....»
—Pero tampoco haces bien, refunfuñaba entre dientes Asmodeo, rasguñando, que no escribiendo en su cartera; ni eres capaz de dar un grano de trigo al gallo de la pasion, porque piensas que con solo rezar por tu alma cumples con el que está allá arriba.
«Yo, agregaba otro de los notables, he consultado con mi conciencia mui detenidamente i hallo que la resistencia es un deber.»
—Así puedes hallarte sábio en tu conciencia, gruñia Asmodeo, porque tú te la formas a tu paladar, pues la conciencia no es sino la opinion que cada cual se forma segun sus creencias, errores, gustos e inclinaciones.
Otro convidado tomó la palabra, protestando que él no pensaba mas que en sus negocios, sin mezclarse en nada, i que, sin embargo, sufria mucho en su persona e intereses.
Pero Asmodeo le acotaba:—Piensas en tus negocios, pero mucho mas en los ajenos, porque tienes los instintos de la sanguijuela, a pesar de tu figura de tábano.
«Yo, esclamaba, uno, hago todo el bien que puedo;» porque estás cansado de hacer mal i temes a la muerte, añadia el viejo siempre tomando notas.
«¡Para qué cansarnos, señores!» gritó con énfasis otro. ¿Quiénes mas acreedores a respeto i consideracion que nosotros, que siempre hemos apoyado el poder i permanecido devotos a nuestra relijion?...
—Sí, dijo Asmodeo riéndose, la devocion es vuestro fuerte. Sois devotos al poder porque os gusta gobernar o porque sacais siempre piltrafas de estar bajo el ala del poderoso; i sois devotos a la relijion de puro miedo al infierno, porque os imajinais saldar con golpes de pecho vuestra larga cuenta con el diablo, i no por amor a Dios ni a su lei, que no conoceis ni por las tapas. En el fondo no teneis mas que egoismo i presuncion, indolencia i orgullo.
—¿I es posible, preguntó el ingles, que todos sean tan malos?
—No, replicó Asmodeo, hai tambien buenos, i con esos no hablo, porque están en minoría, i se limitan a llorar i deplorar la corrupcion jeneral. Allá en el cielo se duerme mucho, amigo, o se pasa el tiempo mui bien entretenido, pues nunca se acuerdan de las cosas de acá abajo i dejan a los buenos sin proteccion, i a los malos sin atajo: por eso es que nuestra cosecha es siempre mejor i mas abundante que la del padre viejo, i por eso es que mas gobernamos nosotros en el mundo que el Dios de los buenos.
En ese momento tomaba la palabra uno de los Esenios, encantando con su dulce semblante i sus suaves ademanes a la concurrencia; pero arrancando al viejito algunas esclamaciones, como éstas: ¡Brigand! ¡Bribon! ¡Rascal! ¡Impostore! ¡Conspirador! ¡Traditore!
«Confiando nosotros, decia aquel, en el parecer que uniformemente han mostrado todos estos respetables señores, hemos tomado algunas medidas preventivas. Entre otras, por ejemplo, hace tiempo que retenemos aquí a un estranjero que era perseguido con una hechicera que le acompañaba en su fuga. Una noche en que hubo de ser aprehendido, pudimos obrar de modo que lo fuese su compañera, i él quedase libre i asilado entre nosotros.» (Esto es contigo, dijo Asmodeo al ingles.) «Este hombre puede servirnos mucho. Estando a nuestra disposicion i en nuestra casa misma la salida de la Cueva, porque nosotros dirijimos la inspiracion de los Jenios al mundo, i mantenemos la comunicacion con esas rejiones, podemos facilitarle la salida con la condicion de que nos procure el auxilio de los de afuera para derrocar a los Jenios i establecer nuestro poder.» (Don Guillermo no respiraba: no era mas que orejas para oir i ojos para mirar.) «Este hombre necesita vengarse de su larga peregrinacion en la Cueva, se afiliará con entusiasmo a nuestro servicio. Nosotros poseemos la clave del sistema sobrenatural de que los Jenios se valen para influir en las cosas humanas, pero no tenemos la fuerza necesaria para derrocarlos, para ocupar su lugar i ejercer su poder. Apelemos a la alianza con los hombres que en el otro mundo profesan nuestra doctrina. Pero para llevar a cabo el plan, es necesario que podamos disponer de un caudal, que lo formemos entre todos»...
El discurso fué interrumpido por los regüeldos de un notable a quien le habia dado flato.
—¡Fuit Illium! dijo Asmodeo, ardió Troya, i se echó a reir convulsivamente.
El enfermo se habia levantado de su asiento, i con él casi todos los concurrentes. Algunos de ellos, ganando la sombra de los otros, se acercaban a la puerta mui disimulados i desfilaban para afuera. Otros se ponian en corrillos a conversar por lo bajo con gran seriedad; aquellos se paseaban, i muchos, contajiados por el flato, comenzaron a sentirse indispuestos. En un cuarto de hora mas, habiendo ya mui pocos concurrentes, el senescal de los Esenios creyó prudente aplazar la reunion para otro dia, i el salon quedó desierto i a oscuras. La reunion habia terminado sin acuerdo ninguno, sin resultado, repentinamente, como termina la sesion de una cámara, cuando se ve en apuros un ministro que dispone de la campanilla. Talvez los Esenios i sus afiliados no tenian hábitos parlamentarios, o talvez entre estos últimos habia costumbre de salvar un compromiso o de conjurar un peligro, recurriendo al flato.
Como quiera que sea, los dos espectadores de este espectáculo se habian quedado en la tribuna el uno riéndose i refunfuñando, i el otro estupefacto, como una estátua de piedra, i casi en ayunas del contenido i significacion de lo que acababa de ver.[27]
XXI. En donde se ve que no es malo salir como se ha entrado.
—¿En qué piensas, Guillermo? decia Asmodeo un momento despues a su compañero, sacudiéndole de un brazo; i éste alumbrado en medio de aquellas tinieblas por los dos carbunclos que usaba por ojos el otro, tomó un asiento, como fatigado i siguió pensando, puesto un dedo en la sien i la vista fija en el suelo.
—¿Piensas quedarte aquí? No puede ser porque voi a cerrar la puerta, agregó el viejo.
—Nó, al contrario, dijo el ingles: pienso en irme ahora mismo. ¿Como ha podido escapárseme la salida de la Cueva?, puesto que está en esta misma casa, que tanto he recorrido i examinado. ¿Qué misterio es este? ¿Miente acaso el Esenio que acaba de hacer esa revelacion?
—Dice la verdad, replicó Asmodeo, i tú debes haber pasado mil veces por esa salida sin reconocerla: está al fin del parque mas inmediato. ¿Pero por qué no esperas a que te nombren embajador?
—¡Si hubiese de ser para que todos cayeran, esperaria! ¡Mas, la salida! ¡¡Dios mio!!...
—Cuidado con esas esclamaciones, si quieres hallar la salida.
—¿Por qué? ¿Podria señalármela usted?
—Es claro que sí. Favor por favor: tú me has abierto la puerta de esta tribuna; yo te abriré la otra. Pero necesitas, no solamente el valor que tenias cuando entraste a la Cueva, sino otro tanto mas: vas a atravesar un camino espantoso. Yo te acompañaré con una condicion...
—No admito condiciones: fio en mi valor i en mi porvenir.
—Corriente. Voi solamente a ponerte en la puerta; favor por favor i estamos a mano. Vamos.
—Vamos pronto.
I salieron de la tribuna, cerrándose tras de ellos suavemente la puerta. Bajaron de la galería, tomaron un claustro, se introdujeron por un pasadizo, pasaron una puerta, otra mas i despues otra; todavía un callejon i salieron a un parque cuyos frondosos árboles dormian en silencio, sin que la mas lijera brisa ajitase su follaje. El silencio era profundo; solo se oia el golpe de la pierna coja de Asmodeo en el suelo limpio i endurecido de la avenida de árboles que habian tomado. El viejo marchaba a paso redoblado adelante, i el ingles tenia que apurar el suyo para no quedar atras.
Al fin de la avenida, se esplanaba el lugar, pues terminaba la arboleda i solo tenian a su frente un cerro elevadísimo que parecia tocar las estrellas con su cumbre. Mr. Livingston veia levantarse sombras vaporosas por todos lados, i comprimió sus ojos con la mano, para persuadirse de que esos fantasmas eran una ilusion de su vista. Pero cuando volvió a mirar, los halló mas cerca, i no pudo ménos de esclamar:
—¡Estamos perdidos, nos han rodeado los Esenios!
—No hai cuidado, son mis espíritus, que me hacen los honores de ordenanza, esclamó el viejo, al momento de llegar a tocar una enorme roca que se avanzaba del cerro, como centinela. Aquí esta la puerta: busca un boton que debe estar ahí.
Don Guillermo recorrió con su mano durante algunos minutos el paraje que se le indicaba i halló un punto redondo que le pareció de fierro.
—Aquí está, dijo conmovido.
—Apriétalo, le replicó Asmodeo; i el peñasco dió una media vuelta sobre su eje, a la presion violenta que el ingles hizo en el boton, dejando en su base una abertura oscura i renegrida, larga i angosta, que seguia en su curso la curva de la figura de la roca.
—Entra, agregó Asmodeo, i buenas noches; hasta mas ver.
El ingles intentó darle la mano en muestra de agradecimiento, pero él le volvió su joroba mirando hácia el parque i silbando despacito un aire de «Roberto el Diablo».
Bajó Mr. Livingston lleno de emocion, i adentro sintió una atmósfera tibia i seca que le paralizó.
—¡Adelante, derecho, sin titubear, valor!... le gritó de afuera Asmodeo.
El obedeció, i sintiendo el suelo firme i parejo bajo su planta, echó a andar con rapidez. Despues de algun tiempo de marcha no interrumpida, notó que la oscuridad no era tan profunda ni el silencio tan continuado, pues que algunos ruidos indefinibles herian su oido. Pensó en Lucero, suspiró por ella con dolor i con esperanza, i recordó la descripcion que en otro tiempo le habia hecho del camino de la salida i las instrucciones que le habia dado. Pronto debo encontrar, dijo entre sí, al monstruo de la ignorancia.
Un rujido espantoso aturdió a don Guillermo, pero no conmovió su corazon. Sintió que le repelian con violencia, i fijando con toda intensidad su vista, vió delante de sí que la bóveda de la caverna habia desaparecido, i que marchaba por una agostura aclarada por una vislumbre opaca que dejaba ver a uno i otro lado elevadísimas murallas de roca. A pocos pasos mas, ya no pudo andar sintiendo sus piés enlazados como por un anillo de hierro. Cruzó ambas manos sobre el pecho i esperó. El anillo de hierro subia lentamente, pero mas bien eran nuevos anillos los que le abrazaban las piernas, puesto que mas arriba del primero que le ligó los piés, sentia otro i otros que se le enroscaban i apretaban, produciéndole una impresion de hielo que le daba un frio mortal a pesar de sentirse empapado de sudor. Un jadeo silbante i áspero, como el del boa constrictor, llegaba a sus oidos, i sentia un hálito pestífero, cuando los anillos le subian ya hasta la cintura.
El peso de los anillos casi le doblaba, i al mover sus brazos para balancearse i equilibrarse, sintió con ellos la cabeza enorme de la serpiente que le envolvia i tocó la forma i la morbidez glacial de su cuerpo. Entónces los levantó hácia arriba para que en ellos se enroscase el monstruo i preservar su cuello de la estrangulacion. Así sucedió, i aquella serpiente atroz dobló sobre el codo del brazo derecho su cabeza de un pié de largo, con ojos de áscuas, de boca abierta i de lengua de saeta que movia horizontalmente con velocidad, i la colocó cerca de la cara del animoso ingles.
«¡La luz de la Justicia, el ardor del Patriotismo i el poder de la Democracia disipan las tinieblas, i aniquilan la ignorancia!» dijo el héroe con voz trémula i pausada.
La serpiente dió un silbo parecido al que hace la tempestad en la jarcia de un navío, i se desplomó al suelo...
El héroe quedó inmóvil algunos instantes i repitiendo—Justicia, Patriotismo, Democracia, emprendió su marcha rápida i segura hácia adelante.
Una luz viva i rosada inundaba entónces aquel estrecho sendero por donde apénas cabian cuatro hombres de frente. A uno i otro lado se notaba la superficie desigual i ondulada de la montaña, que al parecer habia sufrido un rajamiento obrado por un cataclismo, como se ve en la angostura de Chañarcillo i en las gargantas del Caspio. Los ángulos i demas formas salientes de un lado correspondian a las hendiduras i curvas del otro; i el perfil de ambas líneas culminantes era igual, i ese perfil se divisaba a una elevacion prodijiosa.
Mr. Livingston abarcó de una mirada la fisonomía del lugar, i siguió las ondulaciones del camino, sin saber lo que habia detras del punto que le interceptaba la vista. Pero marchaba con valor i confianza, a pesar de que todavía sentia helada su sangre, húmeda su frente, i se miraba las manos como si fueran de mármol.
A medida que avanzaba, notó que la vereda se ensanchaba, pero que la luz disminuia i se ponia de un tinte incierto que estraviaba la vista i hacia vacilar la cabeza. Trató de sobreponerse a aquel prestijio i redobló su paso; pero al dar vuelta una curva de la montaña, se halló con tres caminos. Paróse dudoso i casi se aflijió: no sabia cuál de esos caminos debia tomar, i habia perdido la direccion del rumbo que traia.
Una mujer bellísima se presenta en el punto que hacia centro a los caminos. Vestia ropas lucientes i ricas, tachonadas de máscaras i lenguas rojas, mostraba solo una pierna por la abertura de su túnica talar, porque la otra le cojeaba; i llevaba en la mano un haz de pajas ardiendo, cuyas llamas deslumbraban i perturbaban la vista del viajero.
—¿A dónde vas? le preguntó con una sonrisa que descubria una boca negra i oscura.
—En busca del Patriotismo, respondió con severidad don Guillermo.
—¿Para qué? ¿Con qué fin?
—Porque esa virtud nos traerá la luz de la Justicia i el poder de la Democracia, que hacen triunfar la verdad i matan la mentira!
—¡Marchad! dijo ella i se estinguió repentinamente la llama del haz de pajas, despidiendo humo renegrido i hediondo.
—¿Cuál es el camino? preguntó el viajero.
—El de la derecha...
—¿I por qué no el de la izquierda?
—El que queráis, dijo la bella, i dió vuelta las espaldas, ocultando con el manto su pierna coja.
Pero el ingles miró con vista fija i cierta, i distinguió bien que el camino del centro estaba iluminado, miéntras que los otros eran oscuros, diferencia que ántes no habia notado, porque su vista vacilaba i la llama del haz de pajas la estraviaba. Entónces tomó con denuedo la senda iluminada, miéntras que la Mentira se perdia en las sinuosidades lóbregas del camino de la derecha, i se oia el gárrulo sonido que hacia al andar con sus vestidos.
La luz fué mas viva i dorada por algun tiempo i la angostura mas ancha i derecha, pero allá a lo léjos se divisaba una columna negra que cerraba el camino en toda su altura, como si fuera su término. Así anduvo el viajero una inmensa distancia, hasta que vió distintamente que la columna no era un cuerpo perpendicular, como le habia parecido, sino una abertura profunda, que indicaba que el camino continuaba oscuro como una caverna, estrecho i sinuoso. Por un instante sintió que el corazon se le oprimia, pero un rayo de su mente le representó la imájen de Lucero i cayó sobre su corazon, desahogándolo i dándole contento.
¡Adelante! dijo, i penetró en las tinieblas. Pero al punto tropezó en un estorbo, i una voz gutural, ronca i desapacible como la que sale de un pecho enfermo, esclamó:—«Cuidado con mi pierna, que es la mala, mi buen Guillermo! Eres valiente i sagaz. ¡Bravo! Has dado pruebas mas espléndidas que las que dió en su mocedad nuestro hijo Napoleon el Grande. ¡Eres mas grande tú! ¡Eres un Wellington! I a propósito, ¿sabes que ese diantre de viejo se conserva todavía en todos sus brios i comiendo uvas como un viñatero?»
Mr. Livingston habia reconocido al mismo Asmodeo, su compañero en la tribuna, que estaba allí sentado en el suelo i que le miraba con sus ojos redondos i ardientes.
—¿Qué hace usted aquí? le preguntó sorprendido.
—Hijo, le respondió, me adelanté a tí luego que te ví triunfar de la sierpe, pues te habia seguido desde la entrada, i aquí me he puesto a esperarte.
—¿Para qué?
—Para aconsejarte que no sigas adelante. Me das lástima, i me intereso por un valiante como tú.
—Estoi decidido: yo no vuelvo a la Cueva, suceda lo que sucediere.
—¡Ah, tú no sabes lo que te espera!
—Pero usted lo sabe i me lo dirá.
—Me gusta tu confianza. Pues, hijo, aquí, en esta noche de mar en tempestad en que vas a entrar, te encontrarás con una bandada; nó, con una turba, ménos: con una atmósfera de cuervos voraces que te harán pedazos i para quienes no valdrán los conjuros que te ha enseñado Lucero.
—Yo venceré, pasaré adelante.
—Lo creo, tú te volverás águila, porque puedes hacerlo i pelearás, hasta salir desplumado. Pero mas adelante i en el término de la salida, no te valdrá ninguna brujería, ningun ensalmo, ningun valor. Allí el suelo está erizado de bayonetas, al estremo de no haber donde pueda pisar un mosquito; i la atmósfera está cruzada en todas direcciones de balas de todos los calibres imajinables, que te matarían aunque te volvieras pulga. Hijo, yo te lo digo con esperiencia: con los cuervos i los soldados que manejan aquellas armas no hai medio, pues que los unos pican i los otros matan todo lo que no les pertenece. Lo mejor es no hacerles frente, no luchar con ellos a la descubierta, i dejarlos que solos entre sí se piquen i se destrozen, porque cuando tienen enemigos que combatir, se unen i se hermanan respectivamente a las mil maravillas.