DON GUILLERMO. (1860.) (continued 3)
Reading edition
—Es cierto que yo no debo combatir ni resistir.
—Ya, pero tampoco debes siquiera presentarte a esos monstruos en ningun caso. Un hombre cuerdo no lo hace jamas. Lo que importa es huir bien léjos de ellos, dejarlos aislados, solos, que se devoren en su propio fuego.
—¿Qué hacer entónces?
Asmodeo se quedó pensativo un rato. Luego continuó:—Hombre, yo te salvaría, pero no puedo hacer nada de valde, i tú no admites condiciones. ¿Me darías tu alma?
—La tengo dada a Lucero.
—Para dirijirla solamente, para ser tu padre espiritual.
—Lucero me dirije.
—¡Qué diablos!... Pero me ayudarias allá en el mundo en algunas cosas que yo te encargaria de vez en cuando?
—Eso sí, con tal de que no me estraviase de mi principal mision.
—¡No hai temor! Yo tengo hecho ya el ánimo a ver triunfar la democracia. Los hombres son hombres siempre, i tanto me da pescarlos en China como en Inglaterra, en Turquía como en la Union Norte Americana. Vamos, manos a la obra.
El viejecillo se levantó, i dando una cabriola, volvió las espaldas al ingles. Súbitamente se desprendieron de su joroba dos enormes alas de murciélago, que desplegó con natural donaire. En la articulacion superior de esas alas aparecieron dos pequeños cuernos rosados que las coronaban graciosamente.
—Ya está, esclamó, échate sobre mí i aférrate de esos cuernecitos. Cuernos de cabron fueron los que te simbraron a la playa del mar cuando entraste a la Cueva, i cuernos de murciélago son los que te sacan para lanzarte a la ceja de la cordillera. Lo mismo da, i saldrás como has entrado.—Dijo i partió volando hácia arriba como una bomba arrojada por el mortero.
El vuelo fué atroz, violento, mas veloz que el huracan, mas impetuoso que el rayo. Don Guillermo, aferrado de los cuernos i tendido en las espaldas de Asmodeo, sentia silbar el aire en sus oidos, veia precipitarse como una ilusion las montañas hácia abajo, i un vértigo doloroso le quitó el sentido. El instinto o mas bien la crispadura de sus nervios, le mantuvo asido a los cuernos.
Asmodeo llegó arriba i sentó airoso su planta. Sacudió el cuerpo i tiró su carga al suelo. El ingles estaba exánime, lívido, sin pulso. El viejo le echó una mirada al soslayo, sonriéndose; i haciendo una castañeta con ambas manos, ahuecó su boca dándole el sonido burlesco de un calabozo, i se lanzó a la Cueva como un águila sobre su presa...
XXII. 1841.
El sol estaba en su zenit, i desprendia a torrentes sobre la tierra esa luz caliente, confortante, clara, nítida, espléndida con que nos regala en un dia de junio, cuando el suelo está ennegrecido por la lluvia, i los árboles en esqueleto nos presentan su triste desnudez.
La bóveda celeste ostentaba toda su pureza, ni un vapor la empañaba, i su limpio azul relucia mas, en vez de atenuarse, con el esplendor del sol. La vista podia dilatarse i penetrar bastas las últimas ondas de aquel éter dulcísimo que azula nuestro cielo en un dia de invierno.
Ese calor vivificante obró en los miembros ateridos de nuestro héroe, que vuelto en sí, recobró todo su vigor i se puso de pié. Estaba en la cumbre de una montaña, a cuyo pié se estendia manso, inmenso i portentoso el océano: allá a lo léjos se divisaba una franja de espuma blanca como la nieve, describiendo el mismo curso de la base de las colinas, que formaban una estensa bahía. En el fondo aparecian como columnas flotantes algunos buques que surcaban las olas, i otros se veian de costado ostentando todo el lujo de sus velas, como las gaviotas que se columpian en sus alas desplegadas. Al pié de la montaña se elevaban columnas de humo, i en los últimos declives se distinguian casas apiñadas, cuyos techos de diversos colores estaban limpios como despues de un aguacero.
Don Guillermo suspiró con efusion inefable, i sintió que las lágrimas se le agolpaban i le eclipsaban la vista. Se arrodilló i oró......
Despues de pasada esta primera impresion consagrada a Dios, reconoció que estaba en una senda que se prolongaba por toda la ceja de la montaña i descendia al mar.
—¡Este es el camino de Carretas, dijo; no hai duda! ¡¡¡Allí está Valparaiso!!!....
I corrió como un niño hácia abajo, lanzando gritos de alegría i ajitando sus brazos de contento. Despues de largo tiempo, se sintió fatigado; paró, se sentó en una peña, i desde allí descubrieron sus ojos una ciudad estensa, cuyas calles se prolongaban a la orilla del mar, formadas por edificios elegantes, limpios i de variados colores. Sintió el bullicio, i en las casas que faldeaban las colinas mas próximas, vió el movimiento de los habitantes.
—¡Nó, esclamó tristemente, nó; Valparaiso no es ese, no es tan grande, no es así! ¡Adonde estoi!
Mucho rato estuvo absorto, pero sin pensar en nada; i al fin su vigorosa intelijencia despertó.
Se puso en marcha de nuevo, pero pausadamente i aun con tristeza. Así comenzó a penetrar por entre las primeras casas, i no siéndole estraño el tipo de las jentes que encontraba, paró enfrente de unas mujeres que cosian tomando sol a la puerta de una habitacion.
—¿Qué barrio es este, niñas? les preguntó en buen español.
—El cerro de Carretas, señor, le respondieron con afabilidad.
—Gracias, dijo, i siguió su camino.
—Mira, ¡qué gringo tan buen mozo! oyó que decia una mujer.
—¡Qué pálido! ¡De dónde vendrá! decia otra.
Don Guillermo iba mas tranquilo, i su continente era ya el de un hombre que ha sufrido grandes desgracias, mas calmado.
El sol descendia tras de la punta de Curaumilla, cuando el ingles bajaba las últimas laderas de la quebrada del Arrayan i penetraba por callejuelas estrechas i barrosas.
Despues de algunos minutos desembocaba a la plaza Municipal i se dirijia sin vacilar a la calle de la Planchada. Multitud de jentes cruzaban en todas direcciones, pero nadie se dignaba echar una mirada sobre el viajero. Entre tanto él los miraba a todos i a cada momento creia encontrar a algun antiguo conocido; el corazon le palpitaba con violencia, la cabeza se le reventaba i sentia vahidos que le hacian sudar, las piernas le flaqueaban: tal era la fuerza de su emocion al verse salvo en los mismos sitios donde ántes soñó venturas.
De repente i casi maquinalmente, paró en el hotel de Francia, en cuya ancha puerta habia unos franceses con sendos i poco fragantes puros en la boca, hablando todos a un tiempo, sans façon, como si estuvieran en casa. El ingles entró derecho, i ellos, haciéndole paso, le miraron de alto a abajo, no sin fijarse en el hermoso sobretodo que le cubria su elevado cuerpo, hasta mas abajo de las rodillas.
En el patio se presentó un mozo, i Mr. Livingston se dirijió a él preguntándole por madama Ferran.
—Ya no está aquí, señor, le dijo aquel, tiene ahora el hotel de Europa.
—¿A dónde?
—En la plaza Municipal, a la entrada de la calle de los Alamos.....
Mr. Livingston dió media vuelta i desanduvo su camino, volviendo a llamar la atencion de los franceses de la puerta, que le tomaron entónces por capitan de buque.
Llegó a la casa señalada, i apénas entró al patio sintió que madama Ferran llenaba todos los ámbitos de la casa con su voz sonora, dando órdenes desde los altos. Subió la escalera, siguió el rumbo de la voz, i llegó hasta la persona que la producia. La voz paró un momento, pero luego se desató como una catarata. La servidumbre entera se puso en movimiento. Corrian luces por todas partes, tronaban los pisos entablados con las carreras, tropezaban los mozos llevando ropas de cama, bandejas, cubiertos i uno de ellos se despeñó escalera abajo, impulsado por madama Ferran que le mandaba a la cocina.
Un cuarto de hora despues todo estaba tranquilo.
Pasados algunos dias, en una tarde húmeda i nebulosa, Mr. Livingston estaba tomando café en el Aguila i sucedia lo que se refirió al principio.
XXIII. 1860.
Pronto se enterarán diez i nueve años contados desde aquella tarde. Mr. Livingston habrá hecho hasta entónces dos mil ochocientos cincuenta viajes entre Santiago i Valparaiso, i habrá repetido en cada una de esas ciudades mil cuatrocientas veinte i cinco veces tres palabras misteriosas.
¿I nosotros qué hemos hecho? Nada. ¡Un solo viaje! ¿Para atras o para adelante? Ese es el problema. Los descontentos, que son muchos, dicen que para atras. Los contentos, que son pocos, dicen que para adelante. Mr. Livingston, que nos ve con ojos serenos, talvez creerá que principiamos a andar cuando él emprendió su peregrinacion, pero que a pocos pasos que dimos tropezamos i nos caimos de cabeza en un abismo.
¿Pero cuáles serán esas tres palabras sacramentales que el ingles pronunciará todavía ciento cincuenta veces hasta enterar sus veinte años de peregrinacion? ¿Serán las mismas que pronunciaba al salir de la Cueva—justicia, patriotismo, democracia? No lo sabemos; puede ser que sean, si es cierto que el amor a la patria, cuando es puro i verdadero, estimula al patriota a practicar la justicia i a buscar la felicidad de la patria en el triunfo de la democracia.
Lo que es indudable, porque Lucero lo dijo, es que el dia en que se halle el patriotismo perdido, será dia de gloria, de contento, de paz i de fraternidad.
Entónces talvez se aclarará el problema ántes indicado, i sabremos si hemos vivido hácia atras, como Quevedo; si hemos ido adelante como la tortuga, o si hemos estado en un abismo como suelen estar los zapos entumecidos i sin accion en las entrañas de la tierra.
Mr. Livingston viaja todavía. Su constancia es un ejemplo. Hoi se le ve ya estenuado de fatiga, flaco i andrajoso. Su color se ha atezado, sus ojos se han apagado. La melancolía mas profunda se pinta en su semblante. ¿Acaso desespera de hallar lo que busca? ¿Morirá ántes de ese dia de gloria que le anunció Lucero?.....
Hace mui pocos dias que un coche paraba en el camino de Valparaiso, i un ingles de figura respetable sacaba medio cuerpo por la portezuela para llamar a don Guillermo. Este se acercó triste, mirando al suelo, i saludó. El del coche le paso su mano estendida i cubierta de monedas; el peregrino tomó una sola.
—¿Cuál es su nombre? le preguntó aquel en ingles.
—Pagan (peegan), respondió éste i saludando siguió su camino.....
¿Por qué ese otro nombre? ¿Cuál es el verdadero?
Como quiera que sea, Livingston o Pagan, él es digno de las bendiciones del cielo.[28]
Postdata.
Esa fué la última vez que vimos a nuestro héroe. El nombre de Pagan que habia tomado simbolizaba su idolatría, i la espresion inefable de su rostro perfilado i trasparente indicaba cuán ardiente era la fé que tenia en su ídolo.
Yo participaba de su fé, i hubo momentos en que me aluciné, creyendo que él habia triunfado, llenando su mision. ¡Engaño cruel! En 1868 he sabido que el pobre loco habia muerto despeñado en una cuesta del camino de Valparaiso por una carreta, ¡ántes de completar sus tres mil viajes sagrados! El talisman del patriotismo quedó siempre encantado i Lucero perdida en las tinieblas. Lo que yo creia un triunfo no habia sido otra cosa que el claror deslumbrante del haz de pajas de la Mentira.[29]
¡Funesta desgracia! El héroe habia vencido a la Ignorancia i a la Mentira con una firmeza incontrastable, i se habia salvado del poder de la Ambicion i del Fanatismo con un valor de todos los diablos. ¡Trabajo perdido! Su admirable constancia no alcanzó a desencantar al Patriotismo, i la verdad, la justicia i la democracia quedarán todavía en los abismos, hasta que las levante de allí otro héroe que no muere jamas, que tiene mas firmeza i mas valor que un hombre solo; otro héroe que ha atravesado los siglos luchando por aquellos bienes, a quien los griegos llamaban Demos, talvez por lo que tiene de demonio, i a quien nosotros llamamos Pueblo, en nuestro lenguaje moderno.