TEXAS
Reading edition
XXI
Texas.—Recuerdos históricos.—Aspecto de las llanuras de Texas.—Gérmenes de pueblos.—Algodon, cebada, maíz.—Manzanas.—Grande estacion.—Minger-Hotel.—S. G. Benavides.
El Estado de Texas linda por el Norte con Arkanzas; por el Este con el Estado de la Luisiana; por el Sur con el Estado de Tamaulipas de la República Mexicana y Golfo de México, y por el Oeste con Coahuila, Chihuahua y Nuevo-México.
Texas tiene, sobre la mayor parte de los terrenos de nuestra República, la ventaja de encerrar en su seno rios hermosos y navegables, beneficio que es acaso el único que falta en nuestro suelo privilegiado. Texas, por su feracidad y riqueza, por su clima y situacion, cuenta con todos los elementos para prosperar como nacion en la agricultura, la industria, el comercio y la navegacion.
Al aparecer ante el mundo la Nacion Americana, despues de haberse emancipado tras una lucha gloriosa con la Inglaterra, la acompañaron felices auspicios, los elementos constitutivos de su sér social la pusieron en vía de progreso sorprendente; y orgullosa con su prestigio y su pujanza, la hizo soñar, si no con el dominio, con la preponderancia absoluta en el Nuevo Mundo.
No se ocultaron las miras ambiciosas de la nacion naciente al célebre conde de Aranda, quien dijo: "Esta nacion ha nacido pigmeo; tiempo vendrá que llegue á ser gigante y aun coloso muy temible en aquellas vastas regiones. Su primer paso será apoderarse de las Floridas, para dominar el Golfo de México."
"A dos pueden reducirse sus ideas sobre este punto, decia el sabio Sr. Iglesias en un Estudio sobre el orígen de la guerra de Texas, de donde extracto algunas de estas noticias: una á sujetar á sus leyes y dominacion toda la América hasta el Istmo de Panamá; otra á abrirse paso por tierra hasta el Mar Pacífico, y hacerse de buenos puertos que pusieran en boga su navegacion. De esta suerte, establecida una comunicacion fácil, y de pocos dias entre ambos océanos, ninguna nacion podria competir con ellos: la misma Inglaterra tendria que ceder el campo á su afortunada rival; y ésta, dueña del comercio del mundo entero, poco tardaria en tocar el punto de engrandecimiento á que aspira."
Sea de esto lo que fuere, y sin poner de manifiesto las violencias de la fuerza ni la perfidia de la diplomacia, los americanos se hicieron dueños de las Floridas, el Oregon y la Luisiana.
Con pretexto de cuestiones de límites, avanzaron sus líneas los americanos, arrancaron á España los tratados de 1795 y 1802, y tendieron sus redes sobre el resto de las Floridas y de Texas.
Pretendian los americanos, con notoria injusticia, que los límites de la Luisiana eran el Rio Bravo del Norte, y de hecho comenzaron las tentativas de posesion, teniendo lugar un encuentro ruidoso en la mision de los Adaes, en que se manejó brillantemente el marqués de San Miguel de Aguayo.
El 22 de Febrero de 1819, el Gobierno de Washington, con el representante de España, D. Luis Onis, celebró un tratado en que se fijaron como límites de la Luisiana, el rio Sabina, y que se daban por terminadas todas las diferencias sobre este punto, afirmándose sólidamente la paz.
Entre tanto, México consumó su independencia: el primer anhelo de nuestra patria fué estrechar los vínculos con una nacion que realizaba los progresos que eran el ideal de nuestros padres.
Por su parte los Estados-Unidos se apresuraron á reconocer nuestra Independencia, y en este trabajo se hizo acreedor á nuestra gratitud Mr. Henry Clay, que siempre mostró las más vivas simpatías por México.
Para afianzar relaciones que tenian al parecer principios tan fraternales, enviamos en 1824, en calidad de Ministro plenipotenciario, á D. Pablo Obregon, y recibimos con el mismo carácter á Mr. J. R. Poinsett, que ha dejado entre nosotros funesta celebridad.
Despues de varias contestaciones, en 1832, se ratificó el tratado, y para algunos ilusos quedaron terminadas las cuestiones entre los Estados-Unidos y México.
Durante la época colonial, la suma prevision y energía del Gobierno español impidieron los motivos de conflicto. Se establecieron misiones y puntos de vigilancia, se rechazó la introduccion de extranjeros al territorio, y hasta 1819 no se dió á Moisés Austin la autorizacion para establecer en México una colonia, debido á que Austin se presentó con los suyos, como víctimas de sus creencias cristianas.
En 1820, Estéban Austin, hijo de Moisés Austin, dió principio á una vasta empresa de colonizacion entre los rios Bravo y Colorado.
La Independencia abrió de par en par nuestras puertas á la emigracion, se celebraba con ahinco ese grande elemento civilizador, y no se puso coto en cuanto á la liberalidad de las concesiones.
No obstante, alguna prevision sobre la futura suerte de la frontera, dictó restricciones que pronto echaron por tierra los entusiastas, aunque ciegos defensores de la soberanía de los Estados.
La Legislatura de Coahuila, que lo era ya de Texas, por haberse reunido en un Estado ambas provincias, expidió en 24 de Marzo de 1825, su ley de colonizacion, en que decretaba: Que todos los extranjeros que en virtud de la ley general de 18 de Agosto de 1824, deseasen establecerse en los terrenos del Estado de Coahuila y Texas, eran libres para hacerlo y se les invitaba por esa ley á verificarlo.
Además de las franquicias que se otorgaban á los colonos y de no pedirles remuneracion alguna por las tierras que ocupasen, se les exceptuó de toda contribucion por diez años, no dejando en realidad vínculo alguno con la patria que los adoptó como hijos.
Los colonos, en su mayor parte americanos, no hicieron caso alguno de nuestras leyes, se organizaron como en su patria nativa, y aun la abolicion de la esclavitud en México, ya los tenia rebelados de hecho, pues conservaban sus esclavos, aunque despues se invocaron otros pretextos, como la prohibicion de venta de terrenos del General Bustamante, la actitud resuelta del General Teran y la caida de la Federacion.
Al fin, agotados los medios de conciliacion con los texanos, despues de promesas y concesiones que nos hubieran sido, á más de funestas, humillantes y estériles, se abrió la campaña al mando del General Santa-Anna.
Las victorias del General Urrea (7 de Marzo de 1836) en San Patricio, el combate sangriento del Refugio, la ocupacion de la bahía del Espíritu Santo, la rendicion del Cópano y otras brillantes acciones, levantaron nuestro nombre y auguraban un éxito feliz á nuestras armas.
Santa-Anna, desde Béjar, destacaba una division al mando de Ramirez y Sesma, que marchó al Rio Colorado, y otra al mando de Gaona, que se dirigió á Nacogdoches. Filisola debia reunirse en Austin, capital hoy de Texas, á Ramirez y Sesma.
Por aquellos dias murió el Presidente interino Barragan, y entró al ejercicio del poder D. José Justo Corro.
Santa-Anna, que era el presidente propietario, al saber las noticias que acabamos de mencionar, se propuso marchar á México; pero al verificarlo, supo que el General Ramirez y Sesma se encontraba amagado por el enemigo, sin poder atravesar el Rio Colorado. Santa-Anna acudió al lugar del peligro, proveyó de medios para que atravesasen las fuerzas el rio, y ocupó Austin, que habian abandonado los texanos despues de incendiarla.
Houston, jefe de los rebeldes, se resolvió á disputar un paso del rio de San Jacinto; Santa-Anna se aprestó á librar en aquel punto una batalla....
En esa batalla sucumbieron nuestras armas, no sin recomendar la gloria nombres como el de Luelmo, acreedores á los honores de los héroes.
Los Estados-Unidos, entre tanto, propalando que veian como neutrales aquella lucha, protestando que sus fuerzas se limitaban al simple cuidado de sus fronteras, apoyaban con todo su poder á los texanos, cubriéndolos el General Gaines, que al fin consumó la violacion de nuestro territorio, ocupando Nacogdoches. Con este motivo dice el Sr. Iglesias:
"Para disculpar aquel atentado, los Estados-Unidos no alegaron más fundamento que el de que México no podia impedir á los indios de su territorio que hicieran excursiones hostiles contra sus conciudadanos. Este principio chocaba con las reglas establecidas en el derecho internacional, segun el que, un pueblo no puede ocupar militarmente el territorio de los demás con el pretexto de que defiende su frontera.
"Agregábase á esto que ese pretexto, que aun suponiéndolo verdadero, no hubiera nunca servido para justificar aquel hecho atentatorio, carecia de todo fundamento. Las hostilidades de los indios eran supuestas, ningun riesgo corrian las fronteras de los Estados-Unidos, el peligro que se aseguraba era inminente, no existia mas que en las suposiciones gratuitas de los gobernantes."
México, representado dignamente por el Sr. D. Manuel E. Gorostiza, reclamó con dignidad y firmeza, y los ministros Gorostiza y Ellis, representante en México de los Estados-Unidos, se retiraron de sus puestos, sin obtener solucion satisfactoria las reclamaciones.
No obstante haber motivos más que suficientes para un rompimiento, México atendió las quejas de los americanos por sus supuestos perjuicios, y se obligó á pagar cerca de tres millones de pesos, haciendo desembolsos y aun imponiendo préstamos para el pago de los abonos.
Las principales potencias habian reconocido entre tanto la Independencia que proclamó Texas, los Estados-Unidos disimularon y como que vacilaron; pero creyendo percibir aprestos de guerra de parte de México, arrojaron la careta y declaró su ministro Shannon que la política de la Union habia sido, hacia veinte años, apoderarse de Texas, y que cualquiera agresion de México contra Texas, se considerase como ofensa propia.
México, en vez de una declaracion de guerra, protestó contra la agresion de Texas á los Estados-Unidos.
El 1.º de Marzo de 1845 declaró la Cámara de diputados de Washington incorporado Texas á los Estados de la Union Americana y consumada la usurpacion inícua.
Santa-Anna habia sido derribado del poder por la revolucion del 6 de Diciembre de 1844.
El gabinete del Sr. D. J. Joaquin de Herrera defendió, como base de su política, el pensamiento de conformarse ántes con la independencia de Texas, que con su incorporacion á los Estados-Unidos. La oposicion se desencadenó frenética contra ese pensamiento.
El Gobierno persistió en su política, tomó en consideracion, autorizado competentemente, las proposiciones hechas por Texas, en que se comprometia á no agregarse á ningun otro país.
Ingiriéronse en estos negociados los Estados-Unidos. México rehusó recibir al Ministro Slidell y se sostuvo en su resolucion.
En tan graves circunstancias, se pronunció (1846) Paredes contra Herrera, derrocando la administracion de Diciembre.
Hiciéronse entónces sensibles agresiones de americanos en varios de nuestros Estados, recibió el Gobierno autorizacion de repeler la fuerza con la fuerza, y entre tanto, siguiendo los Estados-Unidos con su conducta pérfida, protestaban el deseo de evitar todo rompimiento, á la vez que sus buques ocupaban nuestras costas y sus tropas avanzaban en nuestro suelo.
Por fin, la invasion se presenta en toda su brutal desnudez: el General Taylor atropella nuestro suelo, con el pretexto de defender los límites de la Luisiana, y despues de combates sangrientos, en que se salvó la honra de México, se terminó la lucha, borrando el tratado de Guadalupe de nuestro mapa, uno de los territorios más privilegiados por Dios, y haciendo aparecer, la usurpacion y la violencia, enriquecido el pabellon de las estrellas con la estrella de Texas.
En 1847, se calculaba la poblacion de Texas en 20,000 almas.
Con los anteriores recuerdos y otros que me callo, porque estoy hasta aquí (señalándome el copete) de sério y prudente, dí mis primeras ojeadas al Estado de Texas.
Tendidas llanuras, cercas, limitaciones pintorescas y sementeras deliciosas.
De trecho en trecho descubriamos un gran jacalon: era una estacion de ferrocarril, ó como quien dice, el venero de pobladores que convertirán en pueblos florecientes aquellas comarcas.
Montado á caballo un gran jacalon sobre unos morillos, se distingue á distancia la estacion.
Su parte interior se divide por un tabique de tablas; en una seccion hay un cuarto en que se toman y se dejan los equipajes portátiles y que sirve para los viajeros. Del otro lado, es decir, en la otra seccion, hay un pequeño mostrador coronado por su reloj de palo, y aquella es la oficina ferrocarrilera; en uno de los rincones de la pieza funciona el telégrafo que es un contento, y de partes afuera del jacalon, coquetea el bar-room en amigable ayuntamiento con latas, comestibles, zapatos, sombreros y lo que podriamos llamar una tienda mestiza.
Generalmente cercan la estacion dos barandales de latas, por cuyo centro entran y salen los wagones y se hace su carga y su descarga.
A corta distancia de la estacion se perciben los grandes almacenes.
Y en la llanura descombrada, como sobrepuestas y al trasladarse, se ven filas de carretas, barriles, tercios é instrumentos de labranza.
Las carretas tienen cierta ordenacion como para una feria; arriba, bajo el toldo y en el suelo, entre las ruedas, está alojada una familia, y otra, y otra más, que entran y salen como abejas en sus colmenas.
A poca distancia se ven construyendo armazones de casas, y hay casitas á medio construir y construidas, con sus amplios corredores, sus columnas, su pórtico, sus vidrieras y persianas, y los anuncios de la comodidad y el bienestar.
Y así como de las habitaciones rodantes ó sean carretas, salian figuras carnavalescas y estrambóticas de hombres y mujeres, viejos como sacos destripados, muchachas con su gardesoleil como unas escobas, y muchachos enjutos y cabelludos como limpia-chimeneas, en los corredores habia sus preciosos niños con sus aros y sus carretelitas, sus ladies airosas y sus campesinos de sorbete, pipa en boca, calzon remangado y botazas hasta las rodillas.
Lo singular era que en las casas por hacer, en las carretas y en los palos clavados en el suelo, habia sus rubros que decian: Grande hotel continental—Academia de música—Galería de pinturas—Correo—Empresa de gas—Avenida Fulton—Sucursal del Banco H***, etc., etc.
El pueblo nace de en medio de sus elementos de vida y desarrollo; es un canevá el terreno, en que borda la poblacion, que lleva en cada uno de sus gérmenes la dote de condiciones políticas y sociales, para desenvolverse independientemente cada familia y robustecerse instantáneamente por el conjunto.
Así son multitud de pueblecitos como la Troupe, Palestine y no sé cuántos más.
Grandes estancias de ganado, espaciosos campos sembrados de algodon, milpas de maíz como en nuestra patria; de entre esas milpas ví salir dos rancheros sobre sus sillas de montar, á la mexicana, sus sombreros anchos como nuestros rancheros y su fisonomía y aspecto como de gente del Bajío; quise gritarles un adios, amo que los dejara boquiabiertos; pero me contuvo Francisco, para que fijase la atencion en unas manzanas y duraznos lindísimos que llevaban en sus cestos unas preciosas muchachitas que venian de un mercado cercano....
A las oraciones de la noche tocábamos en la grande estacion de San Antonio, y de ella fuimos trasladados al Minger-Hotel, donde habia concurrencia inmensa y estupendo movimiento de viajeros.
Minger-Hotel está situado en una altura, al frente de una extensa plazuela que lleva su corriente á la calle principal de San Antonio.
La fachada del hotel está hermoseada por corpulentos árboles; el despacho, que está en el tránsito de la calle al patio, es amplio, le limita largo mostrador y da al patio por uno de sus extremos, teniendo á su frente salones para los viajeros.
El patio del hotel es cuadrado; tiene su barandal de fierro, corrido en todo el cuadrado, y sus cuartitos pequeños, pero aseados.
En la parte inferior, contiguo al patio, está el gran comedor con sus rasgadas ventanas, sus mesas albeando y su competente servidumbre.
A nuestra llegada, el hotel se hundia á gritos; poco ántes de nosotros habia caido como una manga de agua una de esas falanges de viajeros que hacen por aquel tiempo alegres excursiones, y que son la cosecha y el regocijo de los grandes hoteles.
Cantos, disputas, carreras del despacho á los corredores, de los corredores al comedor....
En el hotel no habia desocupado un hueco en que cupiese un grano de trigo; pero los dueños se habian procurado unas piezas vacías á donde confinaban á los huéspedes sobrantes, con dependencia del hotel. Allí fuimos consignados; Francisco fué renegando.
Ocupamos un cuartito pequeño con catres por todas partes, arrimamos á las paredes nuestros equipajes y nos propusimos descansar.
La pieza en que estábamos era baja, las puertas que daban á la calle quedaron completamente abiertas, porque el cuarto era un horno.
Mucho mejoraron en aquellas circunstancias nuestra situacion, las atenciones del Sr. General Benavides, quien con finura extrema hizo que se nos atendiese y que al dia siguiente se nos alojase convenientemente.
El calor nos empujaba del cuarto; Francisco se sepultó en su catre, como quien se suicida. El General Benavides y yo quedamos en plática en unas sillas que sacamos á la calle; yo, al último, me mantuve en vela, dando rienda suelta á mis recuerdos.
XXII
Recuerdos.—Instalacion.—Paseo matutino.—Antiguos conocidos.—Suvervielle.—M. Poinsart.—El Dr. Cupples.—Comida en su casa.—María.
El año de gracia, que maldita la que me hizo á mí, de 1866, me dió conocimiento mi asendereada fortuna con San Antonio de Béjar, con tan villano tino y con espíritu tan decidido de quemarme la sangre, que era precisamente cuando despejándose nuestro cielo de las negras nubes de la intervencion francesa, el regocijo nacional regaba de flores el regreso triunfal de Juarez al palacio de los Moctezumas.
El ilustre general Patoni y yo, con nuestras familias, abandonamos el Paso del Norte en Diciembre de 1865, atravesamos con inauditas penalidades el desierto, en una travesía que duró más de un mes, y nos reconciliamos con el mundo habitado hasta el 5 de Febrero de 1866, dia del protomártir aquel á quien reverdeció la higuera.
Caimos mi compañero de viaje y yo en San Antonio de Béjar en un hotelito de mediana fortuna, dirigido por una matrona francesa entendida y amable, con su servidumbre de negros, su comida á la francesa y sus huéspedes, en su mayoría mexicanos, con excepcion de Mr. Cupples, eminente médico inglés, severo y taciturno, que tenia por su cuenta un departamento del hotel.
Los huéspedes mexicanos que alegraron nuestra llegada, eran el General Gonzalez Ortega, D. Benito Zenea, oficial del Ejército, los Generales Poucel D. Fernando, Carbajal Antonio y no recuerdo quiénes más.
Como es nuestra pícara costumbre, á los pocos dias se relajaban las prescripciones de la casa, se introducian en la mesa nuestros platos favoritos, se cantaban al piano nuestras canciones, y el sabio médico inglés jugaba juegos de prendas con los emigrados de México, guisando en inglés los chistes mexicanos.
Hondas eran las penas que á varios de nosotros aquejaban, pero valerosa la lucha, en que al fin se sobreponia la juventud, y sobre todo, el orgullo de que ninguna de nuestras frentes se habia doblado al yugo ignominioso del invasor extranjero.
San Antonio constaba entónces de una sola calle amplia y regular, en que se caracterizaba la fisonomía americana. Calle con sus edificios altísimos, sus ventanas de persianas verdes, sus amplias banquetas ó aceras y sus tiendas de grozeries, bar-rooms y almacenes.
Fuera de la calle y á la vista, con irregularidad completa, veíanse estancias aisladas, iniciativas de calles, dilatadas cercas, sembrados, y casas de comercio, ya como en llanos y plazuelas, ya entre arboledas y jardines.
En las dos extensas plazas del centro de la poblacion se distinguian, como mal avenidas con su ayuntamiento, casitas bajas y accesorias como las de nuestros pueblos, y edificios opulentos llenos de letreros, muestras y muebles americanos.
La iglesia cristiana de la antigua mision aparecia como fuera de quicio, como un sordo en un concierto, con su chaparra y sólida arquitectura, sus dos torres con sus campanas y su aspecto como de la parroquia de Mixcoac, sin barda y sin accesorios.
Análoga á la heterogeneidad de las casas era la de los habitantes: estaban como en lucha el sombrero ancho y el fieltro, la blusa y la chaqueta, la calzonera y el pantalon ajustado, la bota grosera y el zapaton desgobernado, el albardon y nuestra silla de montar.
En el mercado, en los campos, en todas partes, se notaba la propia lucha; pero con dolor se palpaba la desventaja de la competencia, la decadencia y el naufragio de nuestra raza.
De las alturas de la ciudad parecia descender, como torrente, la invasion americana, que iba arrollándolo todo, quedando en pié vacilantes algunas propiedades mexicanas de gente de algun viso; pero los infelices, despreciados, perseguidos, sin el auxilio del idioma, sin leyes y sin jueces, se refugiaban en los afueras de la ciudad, donde el barrio mexicano presentaba tristísimo aspecto.
A las orillas del cenagoso arroyo de San Pedro, entre las quiebras de un desigual lomerío, bajo enramadas, toldos de lona y de cueros, en tertulia perpétua con perros, caballos y mulas, se albergaba la poblacion mexicana, sucia y desnuda, llena de miseria y desprecio.
Muchos, para sustraerse de la situacion descrita, imitaban el trage y los modales de la peor canalla, bebian con temeridad, usaban navaja, calzaban botas groseras, se ponian en cuclillas (postura muy yankee), á las puertas de las tabernas, y se convertian en espías y enemigos de los mexicanos.
Suelen las grandes corrientes arrastrar troncos y amontonar las basuras que barre, en sus orillas; así quedaba la poblacion, como testimonio palpitante de lo que se espera á nuestra raza.
Llegaba á tal punto el desprecio y la humillacion de los mexicanos, que habiendo invadido en aquellos dias el cólera la ciudad, se cebó en ellos la epidemia; la misma caridad les mostraba desdenes.
El Dr. Cupples se hizo notable y cobró títulos á mi gratitud eterna, porque abandonando sus visitas lucrativas y costeando de su peculio abrigos y medicinas, se dedicó á ser la salvacion y el amparo de los mexicanos, como lo fueron Suvervielle, el gran Víctor Considerant, de quien tengo la honra de ser amigo, y mexicanos como Douai, Elliot, Leal y los Sres. Miguel y Juan Manuel Gonzalez, modelos de generosidad y nobleza.
Cuando la epidemia se mitigó; cuando parecia haberse aplacado la horrorosa plaga, se anunciaba en los periódicos:
"El cólera se va: demos gracias á la Providencia divina. Ya solo mueren algunos negros, y siguen muriendo los mexicanos."
Acababan de pasar la guerra del Sur y la bonanza del algodon: la primera destruyendo grandes fortunas y dejando en la orfandad muchas familias; le segunda derramando por todas partes cuantiosas riquezas é improvisando caudales en toda nuestra frontera y hasta Monterey y el Saltillo.
Al revés de California, en Texas, los hijos de mexicanos en general, borraban y como que escondian los recuerdos de sus padres, y éstos hacian más hondo é implacable su odio á los yankees.
La razon de esta diferencia es muy obvia. Los mexicanos enriquecidos de California se elevaron á una decente posicion social, en medio de personas de todas las naciones: en Texas se abatieron bajo el yugo yankee, porque hasta hoy es cuando se está desarrollando el elemento aleman.
Era objeto de nuestro especial cariño, en el hotel que he descrito, una niña, nietecita de M. Jecks, que entónces tendria de seis á siete años.
Blanca, de azules ojos, rubia y tan espigada, ligera y gallarda, que la comparacion con su conjunto seria grosera, si no apelara al recuerdo del celaje leve, dorado por los primeros rayos del sol, ó de la espuma flotante cuando se desliza, dejando apénas huella sobre las olas.
¡Qué alegre la contemplábamos! ¡cómo el doctor y yo, suspendiéndola de los bracitos, le fingiamos vuelo y reiamos de su reir estrepitoso y sincero!
Algun tiempo vivimos en el hotel; despues nos establecimos en una casa sola con su cercado de verjas de hierro, sus amplios departamentos y su jardin espacioso.
En esa casa pasamos cerca de ocho meses Patoni y yo con nuestras familias, el pundonoroso y patriota general Poucel y Benito Zenea, veracruzano entusiasta y á quien todos queriamos mucho.
Estos eran en confuso los recuerdos que evocaba yo en Minger-Hotel, miéntras los criados acarreaban nuestros baúles y maletas y nos estableciamos en nuestros respectivos cuartos en toda forma.
Apénas cumplí con las reglas de mi poco fervoroso culto á la diosa del tocador, cuando salí á la calle en pos de mis recuerdos y de mis amigos y conocidos.
¡Cuán otro estaba San Antonio y qué sorprendente habia sido su desarrollo en ménos de doce años!
A los lados de la calle principal de uno y otro viento hay risueñas estancias, frondosas arboledas y calles como en Orleans y otras ciudades americanas.
Las toscas cercas y corrales se habian trasformado en barandales y jardines, atravesaban vistosos carruajes la ciudad y me parecia más que duplicada la poblacion.
Dirigíme á la casa de M. Suvervielle: su misma escogida librería, su botella de rapé en el escritorio, su ancha poltrona, sus golosinas en la pieza interior.
—Ah de casa!
—Allá van.
Fresco, regordete, alegre, con sus pantuflas y su sombrero de jipijapa.
—Oh, mi D. Guillermo!
Otros cincuenta abrazos.
—Siéntese vd., mande vd.: aquí, como siempre, es de vd. toda la casa.
—No me detengo, voy en pos de Poinsart y de Cupples.
A cincuenta pasos, tomando por la calle real, medio hundida, descubrí la casita de madera de Poinsart, mecánico excelente.
Es M. Poinsart chiquitin, colorado, alegre, de nariz roma y movimientos listos, recalca la r para hablar, sus pequeñitos ojos son el asiento de la malicia y el buen humor.
Entre exquisitas pinturas, relojes, formones, máquinas para destilar agua, telescopios y serruchos, tiene M. Poinsart sus poetas favoritos, ostenta su intimidad con Beranger, tutea á Voltaire y se da sus ratos de solaz con Alfonso Karr, con Dumas y con Alfredo de Musset.
Al descubrirme, me saltó al cuello este viejo querido, me tomó del brazo y no lanzamos nuestra primera palabra sino frente á dos vasos de cerveza, riendo sin saber de qué, pasando alegre revista de nuestros amigos y extraviando la charla por los más escondidos vericuetos de la íntima confianza....
—¡Eh! amigo Elliot, aquí, aquí, venga vd., aquí está D. Guillermo.
Y Elliot, que es un gordiflon muy campechano, se entró en mangas de camisa, como andaba en la calle, en el bar-room, y quedamos aplazados para cuando volviese de la casa de mi Dr. Cupples.
La botica en que refrescaba en los dias de grandes calores habia desaparecido; la opulenta casa de los Sres. Gonzalez estaba trasformada en oficinas militares y despacho del General Ord, la reducida piececita del Correo era una casa de comercio y el Correo tenia su edificio separado, elegante, y con todas las dependencias que exigia el acrecimiento de la poblacion.
Llegué por fin solitario, apoyado en mi baston, silencioso y meditabundo, al que fué nuestro hotel y hoy es habitacion del Dr. Cupples.
La casita desaparece casi en raudales y cortinas de follaje que cuelgan y se balancean sobre el jardin más lleno de vistosas flores y más esmeradamente cultivado que se puede imaginar.
Lo que ántes era patio posterior, era jardin tambien, pero lleno de corpulentos árboles con sus calzadas de menuda arena, sus kioskos y sus enredaderas en los pilares del corredor inferior.
La aparicion en tropel de mis recuerdos; la ausencia eterna de mi adorada compañera de infortunios; la separacion de mis hijos; el fin trágico de Patoni; la situacion de Ortega, todo me preocupó y llenaba mi alma de tal modo, que no percibí que Katty, que es ya una lindísima señorita, desde el corredor superior de la habitacion apartaba las yerbas y veia y seguia los movimientos del viejo, que con los ojos clavados en el suelo permanecia mucho tiempo entregado á profunda contemplacion.
Sin duda para saber quién era el visitante inmóvil, hizo algun ruido; levanté mis ojos, oí mi nombre, y la linda muchacha vino gritando regocijada los nombres de María y de mis hijos: como si hubiera sido mi hija, queria darme el brazo, quitarme el sombrero, llevar mi baston, que me rodearan las criadas y criados, y que Lora, su mamá, que fué de nuestra familia, hiciese festin y mandase llamar al doctor.
¡Qué lindo se platica cuando las palabras solo son pretextos de lo que se dice y siente el corazon! ¡qué de palabras cortadas! ¡qué de risas intempestivas! ¡qué quererlo saber todo y que todos escuchen lo que á nosotros nos halaga y saboreamos como empapado en almíbar!
Venia en la calle el doctor, y Katty ya me anunciaba como una feliz nueva, viniendo á mis brazos el noble y generoso amigo, á enorgullecerse de tener lugar distinguido en mi corazon.
El Dr. Cupples es inglés de sangre pura y aristocrática: su cútis es suavísima como la de la más cuidada señorita; sus cabellos, en hilos de oro y plata, embellecen su frente luminosa, y en su mirada se abre paso la sabiduría, entre los reflejos de la bondad.
La voz de mi doctor es apagada y quejosa, pero llena de dulzura; todo lo grande del sentimiento; todo lo más elevado de la ciencia, tienen su culto en aquel noble corazon y en aquella clara inteligencia.
—¡Oh, D. Guillermo! ¡mi D. Guillermo!
—No quiere tomar nada, dijo Katty.
—Vea vd., D. Guillermo, su cuarto, su mesa y las plumas con que escribia.
—Lora, ve á traer esa buena cerveza que es la del Sr. D. Guillermo: ¿dónde está su equipaje? ¿ya avisaron lo que come D. Guillermo?
Y todo eran finezas y todo cariño. Anuncié la visita del Sr. Gomez del Palacio; se recibió con júbilo la noticia y quedamos aplazados para comer en familia, frente al jardin, pasándose invitacion especial á Gomez del Palacio y á Mr. Suvervielle, que es conocedor de nuestras costumbres, de nuestras leyes y de los negocios de la frontera, como muy pocos mexicanos.
A mi regreso al hotel, iba entrando, ya en el Correo para hacer conocimiento con el nuevo edificio, ya á una fondita en la que me llamaron la atencion las banderas mexicanas, y tiene el nombre de "San Luis Potosí," ya á la casa de Elliot, ya á una tienda en que abracé á Pascual Hernandez y departimos contentos, recibiéndole ofrecimientos generosos.
En el hotel me entregaron una tarjeta del Sr. General Ord, que habia estado dos veces á buscarme.
Con motivo del paso de las fuerzas americanas á nuestras fronteras, habia yo escrito en El Sun de Nueva-York, tres ó cuatro artículos vehementes en contra del atentado, y habia rechazado aseveraciones deshonrosas del Senador Sleicher, al parecer enemigo irreconciliable de México.
Yo no tenia deseo de ver al General Ord; pero aquella demostracion de finura, me hizo concertar con Gomez del Palacio nuestra visita para el siguiente dia.
Otra de las tarjetas era del Sr. Leal, mexicano y padre de una familia adorable, en que forman atmósfera deliciosa la bondad y la alegría.
Por el momento, la gran cuestion era comer con el doctor y su familia; expuse á Francisco mi compromiso, suplicándole á nombre de mis amigos que nos acompañase.
Limpieza suma, manjares excelentes, amigos alegres, señoras como ángeles.
A las pocas palabras, el doctor y Francisco eran como viejos amigos. Suvervielle dió suelta á su verba francesa, Katty hacia sus monerías y se volvia niña de seis años, como cuando le enseñaba yo las primeras palabras que supo en español.
En la tarde y la noche de ese dia me ocupé en buscar á un amigo á quien me recomendó Cárlos Mejía, quien lo es mio muy querido y una de las personas que mejor conocen los Estados-Unidos, y á quien no da la valía que merece su excesiva modestia.
A ese caballero y á mi hermano Francisco Urquidi, debo las siguientes noticias de Texas, extractadas del discurso del Gobernador Kubber para la exposicion de Filadelfia, en Setiembre de 1876. Atencion al extracto:
"Historia.—Al anexarse Texas á la Union se reservó la propiedad de todos sus terrenos públicos, que ascendian entónces á cerca de 200.000,000 de acres, y el derecho de dividir su territorio cuando fuese su voluntad hacerlo entre los demás Estados, lo cual no tendrá efecto, dice el discurso, hasta que se olvide San Jacinto y el martilogio del álamo, porque la anexacion nada costó á este Gobierno, y Texas pagó su propia deuda, que importaba algunos millones.
"Area del territorio y topografia.—Texas es el más grande de los Estados americanos, mayor en extension que Nueva-York, Pensylvania, Ohio, Virginia, Maryland, Delaware y los seis Estados de Nueva-Inglaterra juntos—más de 175.000,000 de acres de tierra—274,360 millas cuadradas de territorio.
"Topográficamente se divide Texas en tres partes:—1ª. La orilla del mar del Sabina al Rio Grande.—2ª. Las tierras altas ó medianía de Texas, que constituyen la mayor superficie del Estado, y que se eleva de 500 á 800 piés sobre el nivel del mar, conteniendo gran variedad de terrenos accidentados, con colinas y valles, alternando bosques y llanuras, regados por mansas corrientes.—3ª. Los grandes llanos, inclusive el llano estacado y las tierras planas que se extienden largamente por el Oeste y el Noroeste, cuyos llanos están interrumpidos aquí y allí por elevadas cadenas de montañas, en las cabeceras de los rios Colorado, Pecos y Brazos: la primera y segunda de estas clasificaciones topográficas, no tienen igual en riqueza, fertilidad de tierra y salubridad de clima. La tercera y última division es aún la morada del salvaje, y más hácia el Oeste el criadero del búfalo.
"Salubridad.—Como prueba de ello se asegura que más de 20,000 personas viven actualmente á campo raso en las praderías de Texas, etc., etc. La mortalidad es de ménos de diez y seis al millar anualmente.
"Produccion.—Texas ha cosechado este año más de 680,000 balas de algodon. Una quinta parte del territorio puede producir una cosecha anual mayor que la de todas las tierras del globo. En las épocas más recientes ha aumentado mucho la produccion del trigo, y en el año pasado se aproximó á 10.000,000 de buchels. El algodon, el trigo, el maíz, el centeno, la avena, el arroz, la cebada y la azúcar, se producen una al lado de otro en los mismos fértiles campos.
"Temperatura y lluvia.—Segun las observaciones de varios años hechas en San Antonio, Italia no podria presentar una tabla tan extraordinaria de temperatura media, humedad relativa del aire y lluvias, como la que proporcionan dichas observaciones, y que hacen que aquella ciudad pueda llamarse la más sana del mundo.
"Adelantos interiores.—La primera milla de ferrocarril se construyó en 1853; despues se han construido cerca de 3,000 millas, se ha adelantado en todo género de industria, el remover obstáculos de sus rios navegables y la irrigacion de sus llanuras occidentales, siendo la consecuencia haber adquirido millones de riquezas, una poblacion industriosa y haber extendido sus fronteras hácia el Oeste, 200 millas en veinte años.
"Educacion. Escuelas libres.—Las escuelas están dotadas con el producto de las tierras que les están destinadas, á razon de 221,400 acres por una Universidad del Estado, y 17,212 acres por cada condado, en los cuales hay 168 organizados, á que corresponden 20.000,000 de acres que se arriendan, por término medio, á $3-1/2, ó sea 61,992 pesos para cada condado. En la actualidad las tierras de la Universidad producen 749,000 pesos.
"Riqueza y poblacion.—Existen sin enajenar 75.000,000 de acres de tierras públicas: la propiedad importaba, en 1850, 51.000,000 de pesos; en 1860, 194.000,000; en 1870, 274.000,000; en 1875, 275.000,000; en 1876, 300.000,000. Se cosecha algodon anualmente más que en ningun otro Estado, llegando á la cantidad de 680,000 balas. Su exportacion anual de ganado se estima en 6.000,000 de pesos; de lana, en 15,000; cueros, 1.800,000 pesos; carne de res, 1.300,000 pesos; frutos y otros artículos, 3.000,000. La poblacion, en 1850, era 212,000; en 1860, 600,000; en 1870, 818,000; en 1876, 2.000,000 aproximadamente. Segun los últimos datos oficiales, el aumento anual de poblacion, solamente por la inmigracion, es de 250,000 personas.
"Adelanto moral.—Un gran respeto por la religion y la ley.—70,000 bautistas, 70,000 metodistas, 140,000 católicos, etc.—2,000 predicadores del Evangelio y 50,000 asistentes á las escuelas dominicales, que están aprendiendo á recordar á su Creador en los dias de su juventud.
"Emigracion y tolerancia.—Se invita á los emigrantes ofreciéndoles la más cordial hospitalidad y la mayor tolerancia respecto de opiniones políticas y religiosas, para que de todas partes de la tierra vengan á vivir y morir por Texas y la Union, en gloria de la paz y en defensa de su bandera."
POBLACION DE SAN ANTONIO.
Americanos, ingleses é irlandeses4,450
Alemanes, incluyendo los alsacianos5,100
Polacos48
Franceses65
Suizos38
Mexicanos, españoles é italianos4,950
Negros1,650
Total de la poblacion16,301
Antes, en todo el Estado, como hemos dicho, habia veinte mil almas.
Era el 2 de Agosto, dia para mi corazon de muy tiernos recuerdos; era el cumpleaños de mi María, consagrado en otro tiempo á los goces íntimos de mi modesto hogar, y hoy á la exhumacion dolorosa de recuerdos adorados.
Apénas anocheció, me dirigí entre las sombras al lugar en que habité con los mios.
Las calles estaban solitarias y un tanto oscuras. Los árboles eran como fantasmas, destacándose más negros en el horizonte oscuro, y produciendo el rumor de sus hojas algo como el murmurio de la voz humana.
Llegué á la casa, no como ántes aislada, sino perdida entre otras habitaciones con sus pórticos alegres, sus jardines, sus enverjados de palo y sus cercados de chopos y de lilas.
En algunas de esas habitaciones habia luz; se veia á la mamá tejiendo, á los muchachos corriendo y haciendo bulla, al viejo repantigado en su silla, con los piés en alto y los brazos levantados, sosteniendo su periódico.
A pesar de la oscuridad, reconocia los escaloncitos de la escalera en que Patoni se sentaba, recordaba su melena de cabello rubio, su nariz roma, su dentadura blanca, su carcajear sincero y estrepitoso, sus ímpetus de leon, su alma de niño.
Veia clarísimo á Poucel con su nariz puntiaguda, sus ojos verdes, perfectamente ajustado el raido vestido, lleno de pundonor, sufriendo sus penurias sin exhalar una queja ni permitir consuelo; lo veia frente á su libro de matemáticas ó jugando ajedrez con Zenea, moreno, soberbio, de ensortijado cabello, franco y susceptible, arrebatado y fiero contra la mala suerte.
Me parecia oir en el jardin los gritos de mis hijos, tartamudeando su inglés con sus amiguitos, que venian en parvadas á inquietarlos para las travesuras.
Y así, absorbido, á la luz de las estrellas, al rumor de los árboles, á la vista de la masa negra de los edificios de la ciudad, que destacaba sus torres, sus cúpulas y chimeneas, dejando ver en las alturas una que otra luz resplandeciente de los veladores, ó de algun mirador dominante.
Allí, como una aparicion dulce, dulcísima y serena, con la majestad de su virtud y con el prestigio que le da la inmensa ternura de mi corazon.... fué mi entrevista con el alma de mi María....
De esa entrevista quedaron como pálidos recuerdos, los siguientes versos:
A MI MARIA.
Amor, de mi alma, mi vida, Culto de mi corazon, Santa memoria escondida En mi honda veneracion, De luz eterna circuida. —— Vengo á implorar reverente Un destello de luz pura, Una gota de ternura Que refresque el labio ardiente Empapado en amargura. —— No te requiebra mi canto Que vil cruzó por la orgía Rasgando tu régio manto; Te habla la voz de mi llanto, Escúchala, mi María. —— Si obstinado enmudecí Sin confiar mi voz al viento, Desde que tu luz perdí Es que como ora mi acento Lo hallaba indiano de tí. —— De tí, esencia de mi sér, Alma de mi corazon Bajo forma de mujer; Mi cielo, mi inspiracion, Mi santidad de placer. —— Y no causa mi inquietud, Que mi mano entumecida Resbale en el ataúd; Es que le falta á mi vida La aureola de tu virtud. —— Es que en mi profundo duelo Murió olvidado el hogar, Do eras ángel de consuelo, Y tu semblante mi cielo, Y tus rodillas mi altar. —— Es que en mi pecho no siento Tu dulce faz, amor mio, Y que en mi hondo desvarío, Te llamo, y en el vacío Muere sin eco mi acento. —— Hoy en mi cruda afliccion Cuando la borrasca impía Destroza mi corazon, Te me apareces, María, Como celeste vision. —— Surges divina en mi mente Cual rayo de blanca aurora En el tenebroso Oriente, Y tienes, reina y señora, Mi adoracion reverente. —— ¿A dónde está la terneza Que era mi alivio y mi encanto En mis horas de tristeza? ¿Dó de tu alma la grandeza, Mi escudo contra el quebranto? —— ¿Dónde en la tranquila calma Mis canciones amorosas Cayendo al cristal de tu alma, Como al pié de esbelta palma Riegan pétalos las rosas? —— En la ventura lucia Tu amor tierno, y la exaltaba En la adversidad sombría; Tu alma de luz me llenaba Y augusta resplandecia. —— Cuán dulce era despertar Tras sosegado dormir, Y tu mirada encontrar, Y verte, mi bien, sonreir Tu blanca mano al besar. —— Oh! cuán dulce en el desvelo, Presa del intenso mal, Junto al lecho con anhelo Verte arcángel de consuelo Con ternura celestial. —— Sér de mi sér, dulce abrigo De mis horas de amargura, Venga tu recuerdo amigo, Ya que estoy muerto contigo En tu misma sepultura. —— Mi niña, mi amor, María, Ven de tu adorado en pos; Tu luz de cielo á mí envía.... Yo por tí conocí á Dios, Porque en tí resplandecia. G. Prieto. Las once de la noche.
XXIII
Visita al general Ord.—Su familia.—Paseo vespertino.—Encuentro con M. Rève.—El Album de M. Rève.—El Sr. Leal.—En el campo.—Adioses.—El Dr. Cupples.—Otra tertulia.
Uno de nuestros primeros cuidados al siguiente dia de la comida en la casa del doctor, fué corresponder sus visitas al Sr. General Ord, persona que, como he dicho, habia tenido la bondad de buscarnos dos distintas ocasiones.
Nos informamos de que era muy madrugador y de que la hora más cómoda para recibir en su casa, eran las nueve de la mañana.
La habitacion del General Ord distará de Minger-Hotel cosa de cien pasos. Está situada la casa en un verde prado y tiene su pórtico, sus ventanas con sus celosías verdes en sus dos pisos, sus amplios corredores sombreados por tupidas enredaderas, y los adornos rústicos á que son muy afectos los americanos.
Apénas anunciamos nuestra visita, cuando salió el mismo General á recibirnos, llevando de la mano á una preciosa niña de doce años, esbelta y ligera como una cervatilla, vestida de blanco y sus anchos listones azules flotando, pendientes de su sombrerillo de paja.
Saludó el General en inglés á Gomez del Palacio; yo fuí saltando con mi ignorancia, como lo tenia de costumbre.
Entramos á un fresco saloncito con vistas al campo; en el centro del saloncito, en una mesa, habia grandes álbums, al fondo un hermoso piano.
Presentónos el General á su señora, alta y airosa matrona, que jugaba con otra niña risueña y traviesa.
La señora entabló conversacion con Gomez del Palacio, muy agradablemente, y yo tuve ocasion de retratar á mi sabor al General Ord.
Es el General de mediana estatura y configuracion comun, el pelo entrecano y caido sobre la morena y modesta frente, la nariz roma, la fisonomía semi-redonda.
Hay al frente de la casa de Correos, un sastre á quien todos llamamos el maestro Lima, que tiene perfecta semejanza con el General Ord.
Grueso chaqueton azul envolvia su busto hasta muy abajo de su cuadril; su pantalon era de dril blanco con pronunciadas rodilleras; su sombrerillo de paja con su liston negro.
—Sr. General, le dije, vd. sabe español y no es justo que me haga tartamudear este inglés, que me va á producir una enfermedad de garganta.
El general rió de buena gana, y primero fingiendo sorpresa y despues desembarazado y alegre, empeñó conmigo su conversacion.
El General Ord es reposado y frio; su instruccion me pareció profunda y variada, y en cuanto á sus conocimientos históricos, me complació la exactitud de sus juicios.
Gomez del Palacio se habia captado el cariño de las niñas, y la señora le trataba como á un antiguo amigo.
Propuso el General que almorzásemos juntos en nuestro hotel, que era donde asistian á su familia, y allá nos dirigimos en alegres pláticas.
Francisco tomó á la señora del brazo, y el General y yo los escoltamos.
Entónces aventuré con suma precaucion algunas palabras sobre nuestra frontera: por lo poco que hablamos conocí que el General estudia perfectamente la cuestion que le está encomendada, conoce todos los vados del rio, los accidentes del terreno, los jefes de los indios, y uno á uno los habitantes de los ranchos que colindan con el rio.
De nuestros generales, de sus costumbres, de sus relaciones, tiene abundantísimas noticias, aunque cuida con suma sagacidad de no dar á sus estudios otro carácter que meras indagaciones conexas con su carácter militar.
Sobre algunos puntos me pareció su juicio parcial, y con una imprudencia de que me arrepiento, le dije:
—No hay indios ni bandidos, señor General; hay política, hay tierras, hay zona libre, hay géneros de algodon, y hay intereses.... y no derechos.
El General, riendo, pero un tanto contrariado, me dijo:
—Hábleme vd. de soldado.... de soldado....
—Pues, paso redoblado.... y á almorzar.
Fué muy agradable nuestro almuerzo: la familia nos ofreció su casa con estimacion particular, y quedamos en vernos otra vez ántes de partir.
En la tarde de ese dia procuré aislarme: pretendia como reconstruir con mis recuerdos el tiempo pasado; queria, por uno de esos artificios frívolos del dolor, recorrer los mismos lugares que en otros tiempos, evocar las propias ideas y esperar que un soplo de resurreccion me devolviese los objetos que ha perdido para siempre mi corazon.
Cuando el tiempo deja en pié la ruina; cuando sobreviven la piedra y el árbol, como que quedan séres á los que interrogar por el pasado: es el cadáver dando testimonio de la vida que pasó; pero cuando todo desaparece y se sustituye en metamórfosis imposible, entónces el muerto es quien presencia esa fatal evolucion; es la renovacion completa de otros séres, de otros edificios, de árboles pobladores de los ántes desiertos campos; el contrasentido lo formamos nosotros, el advenedizo es ese viajero de otra capa geológica del tiempo, á quien recibe con indiferencia este mundo, en que no tenemos sino una representacion inconsecuente.
Así es la vejez, y ella, no mi persona, parece pasear por aquellos lugares trasformados. Tomé, entre estancias con jardines, entre calles de árboles gigantescos, el rumbo solitario, en otro tiempo, de una tristísima llanura, al norte de la ciudad.
No existia la llanura; amplio camino limitado por las cercas de los sembrados, me condujo al lugar en que tenia costumbre de sentarme en 1866, y donde confiaba á Dios y al espacio las hondas tribulaciones de mi alma.
El lugar á que me refiero está á dos millas poco ménos de la ciudad.
En aquel sitio, entónces de soledad grandiosa, al frente de horizontes que permitian vislumbrar el infinito, dejaba como flotar mi espíritu en esa voluptuosidad del ensueño, en que parece que nos arrullan cantos de otros mundos, que nos ofrecen sonriendo la inmortalidad.
Me sacó de mi meditacion el galopar lejano de un caballo, cuyo ginete tenia el aspecto de los rancheros de mi país; aquel hombre llamó mi atencion, y la llamó más, porque se dirigia resueltamente á mí. Acercóseme, en efecto, me preguntó mi nombre, se lo contesté; puso en mis manos una carta, leí el sobre, y cuando levanté los ojos, el hombre habia desaparecido. Despues supe que era dependiente de un amigo mexicano que tenia un rancho á tres leguas de San Antonio.
Abrí curioso mi carta, y contenia otra de México; la desdoblé ansioso y cayó un papelito al suelo, papelito que yo recogí.
Eran unos signos, que no letras, de una mano idolatrada, inciertos, borrados con lágrimas; eran los últimos adioses de mi santa madre, que habia muerto levantando su cabeza adorada para oir mis pasos....
No, no es posible que renueve aquí aquel momento de dolor infinito; me siento herido del espectáculo de mi angustia....
Las moradas campestres sonreian á lo léjos blanqueando entre los árboles, feraces sementeras con sus matices de esmeraldas y oro, se tendian en los campos con pompa risueña, los ganados se congregaban con sus mil sonorosos ecos, para descansar en sus establos, y pura y silenciosa en el cielo de Occidente, la estrella vespertina brillaba en el cielo como simbolizando el recuerdo sagrado de la mujer de cuyas entrañas recibí la vida.
Contra uno de los postes de uno de los cercados, coloqué mi cartera, saqué mi lápiz, y tracé los versos que siguen, como quien deja una flor, despues de besarla reverente, sobre un sepulcro querido. Dicen los versos:
A MI MADRE.
Madre, mi santa madre, mi luz de aurora, Mi linfa trasparente de fuente pura, Bendicion de mi vida, reina y señora De mi ternura. —— Estrella de mi cielo de dulce niño, Regazo en que sonriendo quieto dormia, Búcaro de azucenas para el cariño Del alma mia. —— De Dios sobre tu frente miré el reflejo, Apacible brillando sobre mi cuna, Cual matutina estrella sobre el espejo De la laguna. —— Contra tí me abrigabas en el tormento, Tu pecho haciendo escudo de mi cabeza, Arrullo enamorado, flor de contento De mi pobreza. —— ¿Oyes, madre, estos ecos en que suspira El canto que los otros estro creyeron? Son tus besos que vibran sobre mi lira, De tí nacieron. —— Tú me viste de hinojos, Vírgen del cielo, Balbutiendo sus preces en tu presencia; Tú eras límpido arroyo cruzando el suelo De mi inocencia. —— Mi amor, mi linda madre, ¿por qué en tu pecho Hirió sin que lo viese la fatal suerte....? Tendiéndome los brazos sobre tu lecho, Te halló la muerte.... —— ¡Perdon! yo dí á tus canas luto y quebranto, La hiel de mis pesares fué tu bebida: ¿Lo ves? sufro el castigo.... mira mi llanto, Madre querida. —— Sola, sin mí luchando con el ahoguío, Del morir doloroso con voz doliente, Delirando clamabas: "Deja, hijo mio, Besar tu frente." —— Ampárame piadosa, mis pasos guía, Veme por tí de hinojos, madre y señora; Y contigo en los mundos de eterno dia, Mire la aurora....! ——
La caida de las sombras, no me permitió continuar.
En una tabaquería de la calle principal, abrí, por la bondad de amigos mexicanos, el despacho de los recuerdos de la crónica y de la guerra.
M. Suvervielle, á quien ya conocemos y á quien todo el mundo llama D. Antonio con la mayor familiaridad; M. Poinsart, picante y decidor; Elliot, bebedor empedernido de cerveza; Leal, amante de México como pocos, armábamos grescas de hundirse el mundo.
A ese punto regresaba despues de mi paseo vespertino; pero ántes de poner el pié en el quicio de la puerta, me asió de los brazos, como con dos tenazas de hierro, un personaje al que voy á tener el honor de presentar á mis lectores.
Trátase de un hombrecillo de quien de pronto no se pueden descubrir sino dos ojos de azul de cielo, que se ven como claros de firmamento entre desgarradas nubes, y echo mano de la comparacion porque no sé cómo describir una cara llena de manchones y calados de tizne, en la que lo único que alcanza claridad, son los ojos.
De debajo de un retruécano de fieltro, que llamaremos sombrero, desgobernado y caido por todas partes, se descuelgan, danzantes y haciendo columpio, guedejas de blancos cabellos.
El cuello, que tiene el aspecto de un clarin boca arriba, está triunfante de dos picos que han salvado los límites de una pechera de cuero, sosteniendo la existencia oculta de la camisa.
Velludos brazos al descubierto, pretina insuficiente dejando en huelga el abdómen, zapatazos de aplanar losas, con la punta hácia arriba, y el tacon avergonzado cubriéndose con la planta.
Tal es mi amigo, frances de orígen, maquinista famoso, adorador de Víctor Considerand y de Alfredo de Musset, mi íntimo amigo desde 1866 y hombre de capacidad privilegiada.
—Este es el plagio, M. Guillermo, y vd. viene á tomar la goutte conmigo, á mi pobre casa, que vd. conoció, á la orilla del rio, á dos pasos de su hotel.
—M. Rève, (así llamaba yo á mi amigo por lo soñador y por lo ideal), allá voy; pero aviso primero á Francisco.
—No, amigo mio, nuestros amigos esperan impacientes, y sobre todo, mis niñitas que he mandado que no se acuesten hasta que vd. las conozca y les dé su beso de bendicion.
—En marcha, M. Rève, en marcha, y no necesitaba vd. tanto para derretir mi corazon de mantequilla. Veamos á mi linda paisana (porque de México es la hermosa señora de M. Rève), que me conozcan las chicas, les haré suertes y les contaré cuentos, y nosotros, dije tarareando La Descente aux Enfers de Beranger
"Tant q'on le pourra, larirette On se damnera lariza, L'on trinquera, Chantera, Aimera, etc."
Caminamos alegres á la casita de M. Rève, situada á poca distancia del hotel, escondida en una quiebra de la loma que da al rio y tocando en él su precioso jardin.
Para llegar á la casa se desciende entre árboles, y se baja un alto y tendido escalon, y en el declive ó rambla que va al rio, perdida entre enredaderas y árboles frutales, circundada de vistosísimas flores, está la casita blanca con sus persianas verdes, su pórtico gracioso y sus chimeneas arrojando humo.
M. Rève llegó armando zambra, corrian á competencia sus niñas, el perro iba y venia, caracoleaba entre la gente y se empinaba sobre sus patas traseras para alcanzar el pecho de mi amigo: la señora se adelantó tambien como una chica, gritando: "Fidel, Sr. Fidel, muy bien venido, venga vd. aquí con sus amigos." Triple salva de palmadas y vivas nos recibieron.
M. Rève, despues de un rato de ausencia, volvió limpio, cepillado, peinado y vestido como cualquier prójimo de los que pisan alfombras y se pavonean derramando en los salones esencias de buen tono.
La casita estaba como escondida entre las flores, las piezas son pequeñas, pero reverberando de limpieza y de propiedad y buen órden.
Los amigos que me esperaban eran los mismos que en otro tiempo me llenaron de atenciones; se notaban más canas, más hondas las arrugas de la frente; pero aquellos veteranos del trabajo reian, decian sus chistes picarescos y tenian el corazon abierto de par en par para las expansiones de los tiernos afectos.
Hablábamos de todo, reiamos sin saber de qué; en marcha triunfal invadimos una mesita redonda en el comedor, en la que presidia, entre ramos de frescas flores, un candelabro con una pirámide de luces en el centro, y la señora y las niñas desaparecieron, no sin quedar comprometido á visitarlas al siguiente dia.
Entónces tuvo todo su vuelo la charla; hablóse del prodigioso movimiento de la poblacion. Supe allí que las relaciones con Chihuahua no se interrumpian, y que por el contrario, inmigraban muchos peones de aquellos pueblos, atraidos por la alza de sus jornales.
—¡Oh! los jornales por un lado y la leva por otro, han traido aquí muchos mexicanos.
—Por lo demás, aquí no se ha observado en todo su rigor el sistema yankee que vd. conoce. Ellos, en sus adquisiciones en otros puntos, han hecho la division de tierras; agentes y jueces dependen del Gobierno general: hácese la division, se proclama una ley de impuestos, gravando las tierras no cultivadas é imponiendo graves penas á los que no cultiven; así se verifican los robos con todo el aparato de la justicia; suele acudirse á la autoridad; la autoridad, como los jueces, deciden en favor del Estado y nace el pingüe tráfico de las tierras plumas: por ejemplo, desplumar con este procedimiento á los hacendados mexicanos, seria cosa de un abrir y cerrar de ojos.
Dióse otro giro á la conversacion, se repitieron los bríndis, y M. Rève, en un momento en que consideró su efecto teatral, se levantó, fué á las piezas interiores y volvió conduciendo un hermosísimo álbum que colocó sobre la mesa.
Tenia el álbum, en las caras exteriores de la pasta, dos miniaturas deliciosas de paisajes.
—Aquí tiene vd., M. Guillermo, este álbum que está muy bonita, y que yo compra, porque vd. trabaque por mí. Yo quiere de la poesía de vd.; pero no por el vieco Rève ni por su casita, y sus niñitas y su moquier, que estás muy particular; yo quiere un versa de fantasie poetique.
—Recuerdos de la patria, decia uno.
—Recuerdos de la juventud, decia otro.
—¡Oh, no! M. Prieto; vd. me pintas un vieca muy enamorado, y botellas y muchachas bonitas, y siempre no estás contenta, porque es vieco, y porque no tiene contra el alma.
—¡Magnífico! Venga la pluma, déjenme poner mi tren de escribir sobre la chimenea, y allí escribo y vdes. siguen charlando, y me dan aviso cuando se trate de beber.
M. Rève, loco de contento, me surtió de lo que necesitaba, y yo, sin más ni más, abriendo el libro, dejé caer sobre sus tersas hojas los siguientes versos, en medio de los ¡hurras! los repetidos bríndis y las frecuentes interrupciones:
DECIMAS.
Pedí ¡insensato! al contento Sus goces, ¡vano delirio! Y fué añadir el martirio A lo intenso del tormento. Entre el loco aturdimiento De la fugaz alegría, Mi placer aparecia Cual desgarrado celaje Esparcido en el ropaje De la tempestad sombría. —— Me brindaban con un cielo Entre lúbricos excesos, Mujeres que con sus besos Iban á matar mi duelo, Y fué amargo el desconsuelo, Cuando las ví indiferente, Y me hirieron hondamente Los garfios de mi suplicio, Aun pegando contra el vicio Las arrugas de mi frente. —— Ave de incierto destino Que dulces cantos exhala, Cuando entrega incauta el ala Al revuelto torbellino, Arroyuelo cristalino Que su corriente serena Va sepultando en la arena Buscando lechos de flores, Alma tierna y sin amores Que se consume en la pena, —— ¿Por qué al Champaña espumante Le pides olvido infiel, Cuando lo tornas en hiel Con ese llorar constante? ¿No miras en tu semblante Sombras de la senectud? ¿No ves que á la juventud Espantáras, libertino, Viendo tuerces el camino Al lecho del ataúd? —— ¡Piedad! piedad! solo pido Con el alma dolorida, Dar raudales de mi vida Por una gota de olvido, Quedar un tanto dormido Sin que me punce el furor De recuerdos de dolor Que se ceban en mi daño, Aunque le llame en mi engaño Al opio asesino, amor. —— Aguila que al cielo mira Herida y de luz bañada, Y es más triste su mirada Si mirando al sol espira; Rama que en los mares gira Al vago soplar del viento, Y es en su luchar violento, Sobre las olas infieles, Recuerdo de los verjeles Que fueron nuestro contento. —— Me escuchas ¡oh jóven bella! Y á mí tu voz no se atreve, Porque te convierte en nieve Lo acerbo de mi querella. Acércate y atropella Mi dolor con tu alegría, Dime mi bien, vida mia, Deja besar tu cabello, Deja que esconda en tu cuello Mi semblante y mi agonía. —— Vibra en tu cútis la vida Como en pétalos de rosa, Con el íris luminosa Gota de agua suspendida. Deja el alma enloquecida Adormecerse en tu encanto, Deja que me envuelva el manto Que receloso te viste.... Tiemblas, ¡ay! fué que sentiste Sobre tu cuello mi llanto! —— Sí, tiembla! tiembla, mujer! Torna mi llanto irrision, Que profana la ilusion El que degrada el placer. Vende el mágico poder De tus auroras tempranas, De tus caricias livianas, De tu hechizo, de tu rango, A quien no arrastre en el fango La santidad de las canas. —— Deja que la vieja encina, De su follaje entre el velo, Descubra con luz divina Pedazos de azul de cielo, Deja con su triste duelo A mi corazon desierto, Deja que mi labio yerto Gima por la airada suerte, Porque puedo sorprenderte Con las caricias de un muerto. —— ¡Oh! no, vivir es gozar, Y son bellos, alma mia, Los cánticos de la orgía Cuando gime airado el mar. Dulce me será espirar Del contento en el exceso, Contemplando tu embeleso Y exhalando enloquecido El alma, no en un gemido, Sino en la llama de un beso. —— Venga la dicha suprema Que la locura desata.... Pero tu contacto mata Y esa mirada me quema. Maldicion, odio, anatema, Son tu mirar y tu aliento; En tí busqué aturdimiento Porque estaba delirando, Y miro que estoy llorando Del dolor de mi tormento. G. Prieto.
No es describible el entusiasmo de mis amigos y las expresiones de gratitud de M. Rève, quien ofreció que nadie más escribiria en aquel libro, que él habia comprado como una cajita de oro para guardar un recuerdo de M. Guillermo.
Despues de las doce de la noche, y cuando las calles estaban totalmente oscuras, volví al hotel, donde hallé á Francisco muy preocupado con la cuestion del viaje.
En efecto, todas las facilidades que se ofrecen al viajero para trasportarse; toda la conciencia que adquiere de que está en vecindad inmediata y como unido á cualquier punto de los Estados-Unidos; la misma idea de la distancia que se limita y se borra al frente de una vía férrea, desaparecen luego que los vehículos escasean y que la corriente de transeuntes queda como arremolinándose y buscando salida por el conducto reducidísimo de un carro, un coche de colleras ó un guayin, como aquí sucede.
El guayin hacia viajes dos veces por semana y tardaba en su correría de treinta y seis á cuarenta horas, de San Antonio á Piedras Negras, tocando en Fort Clark por una molestísima desviacion.
El guayin de Texas es como los que conocemos, de nueve asientos estrechísimos, con sus cortinas embreadas, su pescante y su estructura de cajon.
Pero uno es describir el mueble, y otro pasar en él treinta y seis horas mortales, en aquella prision rodante.
De todas maneras, la suerte quiso que demorásemos nuestra marcha por falta de vehículo, y así, no hubo más que apechugar con la situacion y pasar el tiempo lo ménos mal que fuese posible.
Entre las visitas que nos honraron, recibimos la de M. Douay, antiguo amigo de mi familia, persona de clarísima inteligencia y de excelente corazon.
La conversacion de M. Douay nos convenció de la necesidad de sostener en San Antonio activos agentes mercantiles, de que fuesen familiares á nuestros hombres públicos los periódicos de Texas, haciendo que se leyesen en las Cámaras, en las Bibliotecas, etc.; y recogí datos de mi amigo, que pienso utilizar en mis estudios económicos.
A las cuatro de la tarde, el Sr. Leal estaba en nuestro hotel con el objeto de presentarnos á su familia.
Compónese la familia del Sr. Leal, de su señora, un jóven de veinticinco años y una elegante y hermosa señorita.
La familia es netamente mexicana: desatóse la parvada de recuerdos de México, aleteando contenta y llevándonos por todos los lugares más gratos á nuestro corazon.
En el interior de la casa se ven flores por todas partes, cuadros con vistas de México, retratos de mexicanos notables amigos de la familia; y por aquí tejidos de gancho, por allá canastitas de abalorio en los estantes, los trastos con la simetría que suelen colocarse por nuestras señoras en el tinajero, coqueteando la loza de Guadalajara y la de Zinzunza, como representando orgullosa la nacionalidad de la familia.
La señorita cantó y tocó el piano con rara habilidad, el Sr. Leal hablaba de sus viajes y de las campañas de los indios, el chico nos queria instruir del estado actual de Texas, y la señora y yo traiamos al retortero memorias de épocas felices en nuestra patria y entre las personas que nos eran más queridas.
A la caida del sol vino un carruaje por nosotros; las señoras nos hicieron compañía y salimos á recorrer los alrededores de la ciudad.
Ya hemos dicho que la trasformacion ha sido completa: toda la orilla del rio la bordan arboledas y jardines, fincas de campo y estancias deliciosas; por todas partes deja sus huellas la abundancia y la paz, y en algunos puntos parece que ha servido de abono la extinguida miseria, para que aparezca más hermosa y floreciente la poblacion.
La visita del Sr. Leal nos fué en extremo grata.
Entre tanto, á nuestro regreso al hotel se nos dió parte de que quedaban allanadas todas las dificultades, y que dentro de tercero dia partiriamos para Piedras Negras.
Hicimos nuestros aprestos al siguiente dia, y en la noche nos dirigimos á despedirnos de M. Cupples.
La noche estaba oscurísima; aunque en la calle principal habia algunos billares y bar-rooms con luz, al torcer para la casa del doctor se veia negro el horizonte y flameando debilísimo el gas de los faroles, entre el ramaje de los árboles.
Penetramos por el jardin como en excursion misteriosa; tanto así era el silencio que por todas partes reinaba.
Tocamos la puerta; un criado diligente nos abrió y subió con nosotros la escalera.
En la casa se nos esperaba: el saloncito estaba iluminado, la luz que salia de las ventanas resbalaba en los profusos cortinajes de enredaderas del corredor.
Katy y su mamá, despues de saludarnos, sirvieron el café, como de costumbre, diciéndome que el doctor estaba un tanto indispuesto.
La conversacion, con pretensiones de animada, caia en el silencio.... y volvia trabajosa y como por llamaradas á encenderse, para agotarse de nuevo.
Al fin, la señora nos dijo que el doctor acababa de tener uno de sus terribles ataques del pecho que lo ponian á la muerte, y que aun no estaba fuera de peligro.
Katy lloraba, la señora hablaba de la diversion que se nos tenia preparada, y en la que habia puesto tanta diligencia el doctor, quien decia con mucha gracia, "que le habiamos llevado un cargamento de felicidad."
Ofrecimos nuestros servicios; no eran necesarios: Katy me presentó su álbum, y yo no sé qué escribí bajo la dolorosa impresion que me dominaba: puso en mis manos la linda jóven una coleccion magnífica de poetas ingleses, en una lujosísima edicion.
Hondamente conmovidos nos despedimos Gomez del Palacio y yo de nuestros amigos, y cautos, silenciosos, conteniendo el aliento, comenzamos á bajar la escalera; ántes de tocar su término oimos un ruido, alzamos los ojos, y como un fantasma envuelto en su blanca sábana, sobre la que resbalaba la luz como en el mármol, apareció en lo alto de la escalera el doctor, que pálido, desencajado, saltó del lecho á darnos la mano de amigos de su corazon.
Las señoras le contuvieron, nosotros nos precipitamos para desaparecer; pero el doctor hizo un empuje y cayó cerca del término de la escalera, sacando por entre el barandal su brazo descarnado, pero como de alabastro, y diciéndonos:
—Amigos, adios.... mi D. Guillermo, adios.... mucho feliz México.
La noche, la luz única, el cadáver viviente que me despedia, el lugar aquel tan poblado de recuerdos, la conmocion del gran corazon de Francisco, me hicieron una impresion terrible.
Llegamos al hotel: Francisco se encerró á muerte en su cuarto sin hablar palabra; á mí me ahogaba la congoja.
Saqué una mecedora al corredor, y allí permanecí como enajenado, como hundido en estupor profundo mucho tiempo.
—Oiga vd., M. Praits, me dijo un desconocido que estaba, como yo, en el corredor tomando fresco.
—¿Qué mandaba vd., caballero?
—Que vd. se va mañana, y que quiero vd. tome un trago de esta cerveza, por Pancho y Manuelito que son muy queridos.
En efecto, era un jóven de la casa de Miguel y Juan Manuel Gonzalez que, como he dicho, fueron la providencia de los mexicanos que estuvimos en Texas en 1866.
Venciendo el estado de mi espíritu, entré al cuarto de Henry.
—Vd. alemana?
—No, Henry, bebo mejor la de San Luis. ¿De dónde viene vd. ahora?
—De la Laguna.
—Siempre el comercio.
—Sí, señor; pero ahora está perdido.
—¿Cómo hace vd. su comercio en la frontera?
—Yo de cualquier modo; pero en lo general es otra cosa.
—Veamos, cuénteme vd. algo, porque sabe que soy curioso.
—Pues otro trago, y abra vd. los oidos.
Los propietarios ó cultivadores de tierra de Texas tienen una manera de comerciar; otra los comerciantes extranjeros ó americanos no relacionados con México, y otra los rayanos ó comerciantes mezclados entre mexicanos y texanos.
De los primeros tiene vd. conocimiento por las noticias estadísticas, y ese tráfico está íntimamente enlazado con la activísima especulacion de tierras, que asciende á millones, y que da el cimiento sólido de la propiedad á esa increible inmigracion que cada dia se hace más importante, más rica y fecunda.
El solo cultivo del algodon bastaria para dar verosimilitud á esas trasformaciones casi instantáneas de desiertos en pueblos florecientes.
La vía férrea que une á Texas y sus puertos con el Sur y el centro de los Estados-Unidos, comunica preponderancia creciente á esa parte de la Union, desarrollándola en el sentido político y mercantil, de un modo que no me atrevo á explicar, porque Dios no me ha dado chirúmen para meterme en honduras.
Por ahora, y respecto de México, como para la comunicacion fácil y barata tienen los pueblos americanos el ferrocarril, á él acuden para el cambio de sus productos; y por agua, con el auxilio de ese propio ferrocarril, estarán en comunicacion con nuestras costas del golfo.
Los productores de Texas buscan sus mercados en el Norte y el centro de los Estados-Unidos, y esta asercion la puntualizan las tablas de su tráfico, y á esta clase me refiero respecto de los comerciantes no relacionados con México.
Es corto el número de comerciantes que solicitan efectos mexicanos para venderlos en los Estados-Unidos, y el tráfico, que no es muy cuantioso, consiste en pieles de chivo y lana en greña.
—Respecto de los rayanos, continuó el negociante, se toca la gran cuestion de contrabando, y eso tiene mucho que saber.
—Cabalmente es sobre lo que quisiera rectificar mis ideas, expuse yo.
—La cuestion de contrabando, siguió mi amigo, tiene tales proporciones, ha servido de muletilla ó comodin á tan encontrados intereses, se ha ligado á otros de un modo tan extraño, que cuando se le dan soluciones sencillas, una especie de desencanto nos sobrecoge, y creemos parto de nuestra ignorancia la aclaracion, sin ambages ni misterios.
Ante todo, es necesario fijarnos en la posicion geográfica.
Las poblaciones mexicanas que están á la orilla del rio, distan unas de otras, en sus cercanías á Matamoros, pocas leguas, como Reynosa, doce; Camargo, ocho; Mier, cuatro; Guerrero, trece ó catorce; pero aunque la distancia de unas á otras poblaciones es corta, el intervalo es de desierto cubierto de chaparros, de suerte que la vigilancia siempre es difícil.
De Mier á Guerrero hay doce leguas de desierto; de Guerrero á Laredo sesenta leguas, y de este punto á Piedras Negras, la misma distancia, poco ménos.
En esas cien leguas, que tienen de intermedio dos poblaciones aisladas, el rio abunda en vados que se atraviesan á pié, á caballo, en carreta y como se quiere. ¿Qué costo no tendria el establecimiento de líneas de resguardo eficaces? ¿A cuánto ascenderia el mantenimiento de cantones? ¿Cómo se haria eficaz un sistema de contraresguardos como los carabineros españoles, ó como las primeras líneas fiscales de Francia?
Al frente de cada poblacion mexicana hay una poblacion americana rodeada de rancherías, en donde pueden depositarse efectos que se sustraigan á toda inspeccion y hacerse impunemente el fraude.
El arancel americano permite el libre tránsito, por los Estados-Unidos, de los artículos que de allí y Europa van á consumirse á otros pueblos, y al atravesar la frontera, cubriendo toda responsabilidad con un certificado que acredite que han pasado el rio.
A veces una misma familia ocupa localidades de uno y otro lado del rio, sin que persona alguna extraña intervenga en sus tráficos.
Además de lo expuesto, hay hacendados de la frontera mexicana, que vienen muy frecuentemente á San Antonio á proveerse de efectos. A poca distancia del rio están sus tierras, y en ellas el seguro contra toda pesquisa.
Algunas fuerzas militares, sin respeto y sin dependencia del Ministerio de Hacienda, pueden impunemente favorecer el fraude, y ya se ha dado caso de que el comerciante haya hecho sus ajustes dentro de un cuartel, teniendo con eso todo género de garantías.
Por otra parte, como ese tráfico clandestino protege muchos intereses y sirve de sostén á muchas personas, poblaciones enteras se alian á los contrabandistas, los amparan y ocultan, llegando al extremo de que los comerciantes de buena fé no encuentran sirvientes, porque todos sirven con más gusto y mayor lucro á los contrabandistas.
La falta de atencion y la escasez de dotaciones á los contraresguardos, así como las circunstancias de emplearse personas que no conocen aquellas localidades, facilita la corrupcion de los empleados, y así el fraude es mucho más seguro.
Ultimamente ha aparecido y se ha hecho sensible otra causa accidental, que es decisiva en materias de contrabando, y es la falta de puntualidad en las pagas al ejército que guarnece la frontera.
Remitidos los libramientos por el Ministerio de Hacienda, los Jefes se ven precisados á descontarlos con pérdidas enormes; ¿y qué más motivo de desequilibrio y perturbacion que ese comercio?
Por último, la existencia de efectos sin salida en los Estados-Unidos, con especialidad de tejidos de algodon, hace que los comerciantes americanos, urgidos por la realizacion, den sus efectos á un ínfimo precio, á veces con enormes pérdidas, y esto desequilibra todo cálculo y hace irresistible el contrabando.
Por lo mismo, combinar la vigilancia con la baja del arancel, y por medio de un tratado hacer la vigilancia recíproca de las dos orillas del rio, es el medio único de atenuar los males inmensos del contrabando.
—Bien parlao, dijo uno de los convidados, cebando su vaso de cerveza; pero si ahora están las cosas tan turbias mediando el desierto, más lo estarán con la inmigracion: hay una sola línea de ferrocarriles que conduce más de treinta colonos diariamente.
—Eso, eso, dijo otro, mexicano por más señas; pero protegerá el Gobierno de los Estados-Unidos, les dispensará del pago de contribuciones, tendrá agentes y direccion, todo bien pagado y en regla.
—Nada de eso, dijo un Miguelito, listo como una avispa y que se habia enriquecido haciendo de corredor en estos negocios; nada de eso, el Gobierno general no tiene que ver en estas cosas.
El colono acude al Gobierno del Estado dueño de las tierras, se dirige al agrimensor, compra á treinta y dos centavos el acre, é inmediatamente y casi á la vez que construye su casa, siembra trigo, algodon, y plantea su cria de ganado. Las harinas de Texas se consideran supremas y han merecido premio en la última exposicion.
—Todo eso, interrumpió un viejo, depende de que aquí las aguas son abundantes y México tiene muy contados puntos en que puede hacer esas hazañas la colonizacion. De todas maneras, ella, al querer ó no, independiente de todo cálculo, tendrá que modificar el modo de ser de la frontera mexicana.
—Ayuda mucho al desarrollo prodigioso de Texas, la afluencia de comerciantes de los Estados del Norte y del N. O. que se instalan en éste.
Aquí se encuentra vd. poderosos capitalistas del Missouri, hijos del Norte: son los banqueros, y el tráfico con esos pueblos es cuantiosísimo. No hace seis meses, Fortwotch apénas contaba tres mil habitantes, poco más: hoy tiene ocho mil.
Las orillas del Rio Colorado rebosan en vida, Galveston es un puerto importantísimo, y á Austin no lo conoceria vd.: teatros, colegios, iglesias, monumentos, paseos y mejoras, brotan como por encanto, procediéndose como por improvisaciones, de un modo que deslumbra y aturde.
—Entre tanto, Sr. D. Guillermo, me decia tristemente el viejo, si fuera vd. por donde transitábamos, en la ribera de San Pedro, ya ni las tristes barracas, ni los humildes corrales, ni los insuficientes antros en que vivian los mexicanos, han quedado en pié; y unos fragmentos de ranchería, unos resíduos, es todo lo que queda de nuestra raza y de los señores de aquellas tierras.
Como el gravámen del impuesto se agrava á los terrenos cultivados, y los mexicanos están en la miseria, los remates fiscales fungen de despojo y de confiscacion, y la ley es un instrumento terrible que consuma el robo con todas las fórmulas de la equidad y el bien.
Esta conversacion nos entristeció hondamente, y nos separamos silenciosos evitando cada quien la despedida.

LIT. H. IRIARTE, MEXICO Guillermo Prieto
XXIV
De San Antonio á Eagle Pass (Paso del Aguila).—Castroville.—Orvalde.—Blaskville.—Fort Clark.—Paso del Aguila.—Noche.—La patria.
DE SAN ANTONIO A PIEDRAS NEGRAS.
Es un huacal que de afrenta Puede servir á los pollos, Y no menciono á los cerdos Porque ofendo su decoro. Es una jaula á que falta, Para ser jaula de locos, Con su chicote un loquero, El estanque y refectorio. Ese horror de cuatro ruedas, Ni es galera ni es birlocho; Con terror le ve el viajero Y las mulas con sonrojo.... Sin cortinas, es la fiebre, Con cortinas, calabozo; Es disparate con ruedas, Es una trampa de lobos Que se encuentra de carruaje Sin saber cuándo ni cómo. En ese nos embutimos Al salir de San Antonio, Con dos ancianas, un negro, Dos carreros y dos gordos. Eramos por todos nueve, Pero en el valer diez y ocho, Contando con adiciones De canastos y envoltorios. Apénas entrado hubimos, Y ya el carruaje era un horno. ¡Qué bufar de aquellas brujas, Qué resoplar de los gordos! ¡Qué rebullidas del negro, Y de todos, qué sofoco! De cuatro encendidas pipas, Porfiaban de humo los chorros. Era el chicharron humano En el festin del demonio! Y era un fandango de piernas, Y de brazos y accesorios, Que en las secciones del cuerpo, Rompiendo mares de estorbos, Juraban su independencia De apreturas y rescoldos. Cada vaiven da materia Para llenar quince tomos: Por aquí gritan las viejas, Por allá ruedan los gordos: El negro pega unos saltos Cual sus abuelos los monos, Y el que no resulta herido, Es que está al perder un ojo. ¡Qué comer! sagrado cielo! Mejor nos fuera rastrojo, O pedernales refritos Con ensalada de abrojos. Eran pedazos de oreja De caballo, pelos de oso, Cola de pegar maderas, Hule con astas de toro, Jabon con hiel y vinagre Y de asafétida trozos. Item; glóbulos de acíbar, Item, caprichos de corcho, Y por líquido elemento Los intestinos de un pozo, Con tremendos guzarapos Negros, morados y rojos. Item, un whiskey, que el bruto Que apechuga con un sorbo, Queda como sin aliento, Con lágrimas en los ojos, Y extendiendo las dos manos Solicitando socorro. Y es tan horrenda pintura, Como canto melodioso Comparada con la noche Que fué nuestro purgatorio. El negrazo patiabierto Forma á las ancianas biombo, Y sus enormes botazas Se nos plantan en el rostro: Este sube, el otro baja, Hipa el uno, tose el otro, Y se chocan contra el techo Piernas, sorbetes y gorros. Al rezongar del negrito Hacen bajo los dos gordos, Con roncar tan desalmado, Tan majadero y tan bronco, Que en competencia el rebuzno Pareciera melodioso, Y el chirriar de la carreta, Y la algazara del gongo. Así pasaron las horas, Sospechando cada prójimo (Presa casi de la asfixia Y tostado en aquel horno), Ver en carbon convertidos Piés y manos, pecho y ojos, Hasta que salió la aurora Poniendo cara de tonto, Sobre un llano tan ingrato, Tan seco y tan de mal modo, Como se junta una suegra Con aborrecido novio, Como se juntan dos plagas, Como se besan dos monstruos. La luz alumbró en el coche Horrores, del mundo asombro: Por aquí gorros ajados, Por allí pálidos rostros; Los flacos cual para-rayos, Casi desnudos los gordos; Y ligas, guantes, tirantes, Como de un guiso en el bodrio, En lagos de mantequilla Que el conductor codicioso Puso á nuestros piés en botes Y que derritió el bochorno. Con todo, al mirar la aurora, "¿Llegamos?".... dijimos todos, Y el conductor nos responde Bostezando perezoso: "Poco tiempo, otro poquita, Como te vas San Antonio." —— Humanidad desdichada, Condenada cual nosotros A pasar este suplicio, A bramar en este potro, Pídele á Dios que esta tierra, Que no pisan ni los lobos, Vergüenza de los desiertos, De los reptiles emporio, O se acorte ó mar se vuelva, O la cierna un terremoto Y del mapa desparezca, Donde está dejando un hoyo. Fidel.
Fuera de toda broma, el camino, si así puede llamarse la travesía de grandes llanuras, es infernal.
En un espacio de sesenta leguas aproximativamente, hay cuatro pequeñísimas poblaciones y los desmantelados lugares en que se remudan las postas.
En esos parajes se detiene la diligencia unos cuantos minutos; los pasajeros entran en tropel á una desajuarada pieza. En el centro de ella hay una mesita insuficiente; á poca distancia se rebullen contra el brasero unas arpías.
En la mesa impera un jarron de agua negra con el nombre de café. Vense sembrados en la mesa platitos pequeños con tiras de jamon como cortezas de árbol, maíces en crudo cuasi, yema de huevo hecha picadillo, una especie de balas de masa que llaman pan; y si la posta tiene mucho lujo, un pedazo de carne dura medio revolcada en grasa, ceniza y cochambre, que llaman biftek. La agua es salobre, mordente, y poblada de gusanitos inquietos.
Las poblaciones más regulares son Castroville, Orvalde, Blaskville, Fort Clark y Paso del Aguila.
Pero solo en esta última poblacion es en la que se descansa despues de un golpeo de dos dias.
Aunque no faltan conatos de poblaciones nuevas y cultivo, son grandes los tramos de desierto, y el aspecto de los habitantes es triste, bárbaro, presentando el interior de las chozas espectáculos de verdadera miseria.
A veces, como inesperada, á la orilla de un camino se ve una tienda de groceries, ó como si dijéramos, mestiza: á ella se agolpa la gente y hay su remedo de tráfico.
En más de veinte años Castroville, por ejemplo, ha tenido corto desarrollo; los carros de Durango y Chihuahua dan alguna vida á esos lugares, y se la da el contrabando, no en direccion de Piedras Negras como se cree generalmente, sino en la de Laredo por un extremo, y por el otro sobre la Laguna, para dominar Zacatecas, San Luis y Durango, sin necesidad de atravesar el desierto que media entre el Saltillo y San Luis.
A Piedras Negras llegamos á las once de la noche, es decir, cuarenta y seis horas de aporreo contundente.
El Grande Hotel de Eagle Pass, que tiene por frontera Piedras Negras del lado de México, es un corral inmenso que tiene por límite un tendido jacalon: en el corral hay macheros, cuadras y bodegas, y á la habitacion la divide un abierto pasadizo en piezas para los propietarios, y comedor y pieza de dormir de los mártires viajeros.
A nuestra llegada, anunciada con gritos y silbidos, aparecieron algunos hombres en pechos de camisa, á la usanza de Tierracaliente, con chanclas hechas de desechos de botas y botines, mangas de camisa remangadas, brazos velludos, cabezas alborotadas y rostros tostados por el sol y por el whiskey.
Hablaban aquellas gentes á la vez todos los idiomas; pero á derechas, ninguno de los conocidos.
A medida que desembarcábamos del vehículo, entre muchachos, mastines y acarreadores entrometidos, nos señalaban para embodegarnos una pieza que por todo mueble tenia de esos catres de tijera y lona, sin más adminículos.
Pero es el caso que muy poco se cuidaba nadie de que hubiera correspondencia entre el número de huéspedes y el de catres; así es que era muy comun ver que entraba uno á adjuntarse muy orondo al otro que reposaba en profundo sueño, y solia celebrar su advenimiento con un puñetazo.
La poblacion de Eagle Pass se halla frente por frente de Piedras Negras, dividiendo á ambas el rio Bravo del Norte, que corre como en una hondonada entre ambas riberas accidentadas y llenas de desigualdades y malezas.
A trechos se ven las casitas entre las zarzas, como un rebaño esparcido; á veces forman calle en que abundan cantinas y lugares de tráfico.
Pero todo signo de propiedad, elegancia y hasta el recuerdo de las ciudades de los Estados-Unidos, parece extinguirse; es el fondo de la coladera, el resíduo de la poblacion, la orilla del mar en que se depositan espumas y basuras.
En el sitio de la guarnicion militar se percibe más esmerada cultura.
Desde la loma en que está colocado el gran jacalon que era nuestro hotel, más bien se sospecha que se percibe Piedras Negras.
Distínguese el lado mexicano como detrás de un muro, la plaza es extensa y cuadrada, con sus casas bajas de cal y canto, risueñas, abiertas de par en par y con la fisonomía característica de nuestras poblaciones.
Yo tenia que atravesar arena y algo de mal país para percibir, como un enamorado, mi tierra; y luego que la encontré frente á frente, le dije una de piropos y de ternezas, que quedé como fortalecido y contento.
Desde San Antonio habia yo escrito á mi nombre y al de Francisco al General Naranjo, mi amigo muy querido, que nos ajustara un carricoche y unos prácticos del terreno: sus contestaciones fueron de lo más satisfactorias, y el coche fué de más, porque gran parte del camino la hicimos en su carruaje y rodeados de toda clase de atenciones.
Luego que amaneció el 6 de Agosto del año del Señor de 1877, escribí un papelito al Sr. Zartuche, administrador de la aduana, para que se sirviese ordenar lo conveniente para el traslado de nuestros equipajes, que podia cargar con desembarazo una golondrina.
La respuesta fué que esperásemos al Sr. Zartuche, que se disponia á ir por nosotros para acompañarnos.
—Pero, hombre, me decia Francisco, ¿te has vuelto loco? mírate revolviendo tu maleta mártir, mírate sacando de su inercia eterna al escarmenador y al cepillo. ¿Qué te sucede?
—Acicálate tú tambien, vamos á abrazar á la niña: estamos de galanes y de novios.
Y de facto, nos poniamos de veinticinco alfileres, y garbeábamos como unos pollos en aquel reducido espacio que nos dejaban los catres y los yankees medio despatarrados y desnudos.
—El criado me ha dicho, decia yo, dirigiéndome á Francisco y á riesgo de que se diese una cortada, que Naranjo mandó traer unas buenas sandías para que refresquemos al llegar: ahí está con él ese heróico General Falcon, honra de nuestra patria, tan fino y caballeroso como siempre.
—¿Y el coronel Nuncio, está? me dijo Pancho, desviando la navaja de su cara.
—Ahí lo tienes, tan seco, tan pelon y tan aparentemente brusco; pero es finísimo: todo lo que tiene de temerario en la guerra, tiene de dulce y de caballeroso en el trato familiar. Y ¿sabes? el viejo Resendis, tan querido de Juarez, ahí está tambien. Anda, yo te anudaré la corbata.
—Déjame en paz.
—Oigo el carruaje. Aquí! aquí! yo soy, Sr. Zartuche, ese Fidel muy campechano y muy de su tierra: venga vd. por aquí.
Es el Sr. Zartuche un anciano florido y de cara abierta y bondadosa; sus patillas, como dos motas de algodon; sus canas, cayendo en hilos de plata sobre su frente tostada por el sol. Zartuche es la misma probidad y el carácter más noble que se puede imaginar.
Yo dejé mi equipo á la buena de Dios, y escalé el carruajito como mejor pude. Francisco saludó y guardó las atenciones que es debido.
Llegamos á la orilla del rio: del otro lado habia algunos curiosos. Descendí del carruaje y me puse de pié en el chalan: veia rielando el sol en las aguas; la orilla de la patria como que se me acercaba tendiéndome sus brazos: me ahogaba la emocion. Cuando salté á tierra, volví mis ojos, y de rodillas, brillando el sol en sus canas y su hermosa frente, ví á Francisco besando la tierra de nuestra patria.
No por imitacion, sino por un acto que no podré explicar, me descubrí tambien y apliqué mis labios á esta patria tan bella, tan llena de infortunios, pero que se hace amar como ninguna otra patria de la tierra.
Miéntras Francisco saludaba y le rodeaban de atenciones nuestros amigos, yo, al rayo del sol y recargado en un desnudo tronco medio hundido en la arena, escribia mi saludo á la patria, cuyo nombre sagrado quiero que cierre, como un broche de diamante, el humilde trabajo que tuve la osadía de titular: Viaje á los Estados-Unidos:
A MI PATRIA.
Quiero pegar reverente, Patria, mi labio á tu suelo, Miéntras me envuelve tu cielo Con su claridad fulgente. —— Que en la eternidad de lloro Que derramé en el tormento, Fué de consuelos tesoro Soñar con este momento. —— Y siguiendo la ilusion, En dolorosa porfía, Despedazarse sentia De angustia mi corazon. —— Pensando constante en tí En mi soledad oscura, Me fingia mi locura Que hablabas dentro de mí. —— De mi mal en los excesos, Pidió mi voz dolorida A Dios, no dicha, no vida.... Tu tierra para mis huesos. —— ¿Cómo la luz te alumbró Y tus campos renovaste? ¡Oh patria! ¿pues qué, encontraste Quien te amara como yo? —— Cuántos arrullos sentidos, Cuántos ecos hechiceros, Cuántos trinos de jilgueros Enamorando en sus nidos, —— Te ha guardado el corazon En ignorados cantares: Tu nombre confié á los mares Con entusiasta emocion. —— Y cuando más sin fortuna, En las playas de Occidente, Alumbró mi triste frente Con tibio rayo la luna, —— Al resoplar el vapor, Que de las ondas triunfaba, Sollozando le contaba Tus encantos y mi amor. —— ¡Oh! qué acerba soledad Sin tí surge del bullicio! ¡Oh! qué atroz es el suplicio, Oh patria, de tu orfandad! —— Asusta la vária suerte Con su inconstancia temida, Tiene más ansias la vida, Tiene más sombras la muerte! —— Y quejoso y lastimero Nos dice el viento al pasar: "¿Qué sombra te ha de abrigar? ¿Quién conoce al extranjero?" —— ¡Si supieras cuál sufrí! Si dijera el labio mio Cómo del alma el vacío Es espantoso sin tí! —— A tu vista palpitante Olvido del hado el ceño.... Dí que mi ausencia fué un sueño, Repítelo, patria amante! —— Patria de Hidalgo y de Juares, Patria de amor, patria mia, La patria de mis cantares, La patria de mi María, —— Con rendida adoracion Beso tu sagrada arena: Está de tí mi alma llena, Te canta mi corazon! Guillermo Prieto. Piedras Negras, Agosto 6 de 1877.
FIN DEL TOMO TERCERO Y ULTIMO