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Viaje a los Estados Unidos, Tomo III

NUEVA-YORK (CONTINUACION)

Reading edition

I

City-Hall.—Plaza de Franklin.—Los periódicos.—Una cana al aire.—El gran Mercado.—Una dedicatoria á mis comadres.—"Grozeries."—Los trastos.—Las carnicerías.—Puestos.—Juguetes.—Cuanto Dios crió.—Los pollos colgados.—Un purgante.—Hermosas vistas.—"Revalufia" del mundo, la mar....—Una mexicana como una flor.

Quise hacer uso de mi varita de virtud ayer (la carta de M. Bryant), visitando á City Hall, ó casa municipal; pero visitándola de paso, para recoger órdenes especiales para visitar las prisiones.

City Hall está situada al principio de lo que se llama parte baja de la ciudad, esa parte irregular, es decir, en la frontera de las leyendas del crímen, en los recuerdos de los pobladores primitivos de las guerras, los grandes incendios y los asaltos y batallas tremendas.

Corriendo sesga y magnífica la calle de Broadway que conocemos, y va de Sur á Norte, se desvía, ó mejor dicho, hace campo al Oriente á una dilatadísima plaza, que así se llamaria si no estuviera trasformada en cuatro alegres prados tapizados de verde césped, sembrada de altísimos árboles que la sombrean, y adornada de arbustos, flores, bancas y fuentes de fierro.

Los tránsitos son muy anchos, de asfalto, que aquí no padece los accidentes que le conocemos, por la sencilla razon que no lo han sabido hacer los que lo han querido introducir en México, sino que presenta superficies tersas, sólidas y de perfecta elegancia.

De trecho en trecho se abren las calzadas en espaciosas vías, dejando claros ó glorietas en que en bancas se sombrean los ociosos; son los arbolitos de México, con la sencilla diferencia, pero diferencia importantísima, de que en los Estados-Unidos no hay huérfanos del presupuesto.

En el centro de los cuatro prados, y entre la frondosa arboleda, en un claro que es por sí una plaza, se levanta City Hall.

El edificio es de órden corintio, de atrevidas formas y de una amplitud soberbia.

Puede decirse que el edificio se compone de tres secciones: la fachada y dos laterales.

Descansa su frente en una extendida escalinata de mármol que da á un pórtico saliente de robustas columnas; se deprime y salen en seguida los baluartes ó edificios laterales, formando el grandiosísimo conjunto. Ciñe el primer cuerpo de esta imponente fábrica una balconería lujosísima con sus crujías de mármol.

La masa del suntuoso palacio, la realza una elevadísima cúpula, impera sobre el conjunto una estatua gigantesca de la Justicia. Pusieron á la diosa á tanta altura, acaso para que no estorbe en sus negocios á los hombres que se agitan á sus piés.

El edificio es de mármol y fierro.

Los arcos de que está formado, sus bóvedas y sus gruesas paredes, lo hacen en el interior sombrío.

En esto de lo sombrío, hablando del interior de grandes edificios y de habitaciones, no se me debe dar mucho crédito; á mí me parece todo sombrío.

La falta del patio, quita, ó borra mejor dicho, una de las facciones más prominentes de los edificios, y acaso tenga más influencia de lo que á primera vista parece en las costumbres.

Los amplios corredores llenos de flores, de cuadros, de arbustos; los extensos patios, en que se expansen los moradores concentrándose en el hogar, acaso son más característicos de lo que creemos.

El patio, recuerdo del serrallo y del castillo feudal, conservacion obstinada de la individualidad autonómica de la familia, comunica á ésta una fisonomía especial.

En la casa con patio se vive; en estos roperos de palo ó de piedra parece que se quedan á guardar las gentes, que realmente viven en la calle, y la calle es el tránsito de todo el mundo, ó un gran patio que no pertenece á nadie.

Parecen hechas las casas para comer y dormir: son como hoteles.

A mí todas esas casas me parecen hechas bajo el tema de buques: los mismos cuartijos y encrucijadas, los mismos barandales simétricos.

Si fuera dable que las casas se trasportasen con una asa en el techo, se llevarian como un canasto ó una porta-vianda.

La gente se enfardela; al salir se desempaca. El aire le tiene que pedir permiso al portero.

Dejemos estas consideraciones para otra vez, que hemos entrado á la oficina del Mayor de la ciudad.

Uno de estos irlandeses, que forman la magnífica y nunca bastantemente elogiada policía de la ciudad, nos dijo que el Corregidor (Mayor) habia salido; hicimos á un dependiente de la oficina nuestro pedido y nos sirvió con suma complacencia.

A la salida, y parado con la espalda al pórtico, pude disfrutar la vista del Parque y sus alrededores.

City Hall, en una de sus fachadas, ve al Sur.

A mi derecha corria tempestuoso el raudal de gentes y carruajes de Broadway, como siempre, como en riña, como con furia, como urgidos por la inundacion y espoleados por la llama. Los que cruzan se ven como algo que se parece á la insurreccion y á la locura, y azotarse contra las esquinas los piés derechos de los faroles, los pinos que sostienen los alambres telegráficos y que vienen desde la Noruega.

Al frente, y sin simétrica proporcion, se asienta el Correo, que ya hemos descrito, como una inmensa Catedral.

A la izquierda, quebrándose é interrumpiéndose en la desproporcion más accidentada, como las hojas sueltas de biombos de distintos tamaños, queriendo formar semicírculo, se ven los alcázares que tiene el arte de Guttemberg y forman la plaza de la prensa, presidida por la estatua de Franklin.

El Sol, El Mundo, El Tiempo, todos los atletas están allí de pié y como sobre las armas, sobresaliendo La Tribuna, edificio que compite en altura con los demás, y cuya torre descuella, como llevando al espacio la noticia del tiempo, su reloj magnífico.

Si una plaza sola de nuestra ciudad, la pudiéramos rodear de nuestros templos más elevados como Catedral, la Profesa, San Francisco, Santo Domingo, Minería, tendriamos acaso idea de las alturas de los edificios de City Hall en su conjunto.

La plaza de Franklin está cruzada por una parrilla de rieles, que conduce como rios los wagones á Broadway, retrocediendo para perderse en distintas direcciones.

Antes de regresar de mi paseo, me detuve ante la estatua de Franklin, para tributarle mis homenajes de respeto.

Es hermosa y despierta ideas sublimes una montaña cubierta de nieves eternas; es augusta la contemplacion de un templo; pero es para mí como el más grandioso espectáculo la presencia de un hombre recto que ha consagrado su existencia al bien. Franklin es de esos astros que convierten en sublime el horizonte de la grandeza humana.

Nació el legislador del rayo en 1706, cerca de Boston, de padres tan humildes, que el comercio de velas y jabon á que estaban dedicados, apénas les daba para subsistir.

En sus primeros años se hizo Franklin impresor, alternando con su trabajo los estudios en que conquistó tan alto puesto en la inmortalidad.

Sabio, moralista eminente, patriota esclarecido, Franklin, como Washington, Hamilton y otros, es una de esas columnas de granito en que descansa la verdadera gloria del pueblo americano.

Ahora sí que voy á soltar la cana al aire; estoy de paseo y me acompañará á mi excursion una mexicana; esto es, llevaré á la patria del brazo á dar una vueltecita por los mercados.

Ya columbramos el otro dia los Mercados de Washington y Fulton; pero fué por fuera, como quien dice, y sin tiempo para imponerse de cuál es la clueca y la ponedera, y cuál el barracan y el señor de los anillos.

Se me va á despedazar el corazon con los recuerdos de mis comadres. Voy á apurar un verdadero cáliz de amargura, porque no me ciega la pasion; pero al mercado van las hembras con sartenes y canastos y los chicos van tras ellas ardiendo como unos diablos. Vamos al mercado.

Bien visto, aquí no se necesita mucho del mercado: á cada dos pasos se encuentra uno entre tiendas de ropa, mercerías y hoteles, una carnicería con sus percheros á la calle, con carneros tamaños de gordos. Y á propósito, vdes. me van á perdonar el lenguaje de esta parte del mercado, porque lo dedico á las mujeres pobres de mi tierra (aquí en la oreja se los diré).... ya no se los digo: pus bueno, á ellas se los dedico con sus riquilorios, y su puntuacion y sus granitos de ajonjolí.

Las Grozeries á derechas son tiendas del tlaco de la manteca, ó cuantimás, tiendas mestizas; aquí todo es papel y todas son cajitas y todo es guante, digámoslo así, pus parece otra cosa.

Los efectos están al granel, nada de mostrador; cajitas por allí, y sartas de sombreros ó zapatos por el otro lado: no es mentira, hasta en medio de la banqueta. Eso sí, allí se encuentra un cristiano cuanto Dios crió, todo al estilo de éstos.

¡María Santísima! ¡qué de botes y cajitas como una condenacion! Pues como iba yo diciendo, hay frijoles, y garbanzos, cebollas, pikles: ¿saben vdes. que es eso? Son encurtidos, como los chilitos en vinagre; pero como están entre vidrieras, se dan tono.

Poco le inteligen éstos á las cazuelas y las ollas; todo es fierro: de más á más, éstos no entienden de una taza de caldo para abrigar el estómago; se lo abrigan con un pedazo de toro, que les va embistiendo por allá dentro.

Y vean vdes.: no desdeñan éstos la hoja de lata, bien que les cuadra para las coladoras, que ni de léjos pueden acabalarle á nuestros cedazos, ni á los rayos en que se raspa el coco. ¡Qué coco! como no saben de dulces.... para éstos, todo el dulce se les va en pinturas: los postres son como quien se come una tlapalería.

Hablando con verdad, la mayor parte de los trastos no los entiendo, parece que están en inglés, mala la comparacion. De platos, no crea vd. que gastan muchos. Me temo que un dia inventen un sombrero que les sirva de todo y para todo. Ellos cogen, en estas almuercerías del mercado, tomates, echan mantequilla, despues sal, despues vinagre, despues aceite, despues melaza.... y ese es un guiso, que se engullen en los vivos aires; pero, no es mentira, sorbiéndose trozos que no caben en las dos manos, y se van limpiando los dedos con un papel ó contra la puerta, diciendo oll right, como tres claveles.

Las carnicerías dan gusto, siempre están albeando y ni pizca se trasciende del mal olor; sacan con sus cuchillos unas tiritas como listones, unas lonjas como pliegos de papel, y ¡qué carne! ¡deliciosa! eso sí que no se puede negar. Sobre ella caen chorritos de agua que es un primor.

Todo eso es chistoso: las naranjas están muy empapeladas en sus cajitas; las cerezas en unas canastillas preciosas, lo mismo que las fresas.... ¡y qué tono de las manzanas! ¡y qué garbo de los limones! ¡y qué aquello de las piñas tan forliponas y haciendo fortuna!.... con decir que los cacahuates andan en coche, ¡ya se dijo todo!

No digan vdes. que los dejo con la palabra en la boca; pero vuelvo en ménos que canta un gallo.

Estando en la calle con mi amabilísima paisana, que se llama Adela, y es como un grano de oro, empezamos con—"¿A dónde vamos?" y—"A donde vd. determine."

—¿Vd. quiere ir al Mercado?

—Por supuesto, y no quiero Mercado Catherine, aunque dicen que tiene 242 casillas ó tiendas, ni el Centre que cuenta 348, ni Clinton, ni Esse, porque todos son de poco más ó ménos.

—Iremos al de Fulton, me dijo la amable señorita; me han dicho que se edificó en 1821 y que importó la obra 220,000 pesos.

—Yo quiero ver el Mercado de Washington, que es el de más nombradía; aquí llevo las apuntaciones de lo que dice mi querido Antonio Bachiller respecto á él.

El Mercado de Washington es propiamente el conjunto de dos mercados, que tienen 1,772 casillas, ó como si dijéramos, tiendas y puestos.

En cuanto á lo que en ese mercado y el de Fulton cabe y se consume, es para alabar á Dios: figure vd. lo que dicen los libritos que tratan de esto: 70,000 reses vacunas por semana; 3,000 carneros; 20,000 cerdos, y otros animales que próximamente ascienden á tres millones. Las aves se calculan en 6.000,000 y los huevos en 10.000,000 al mes.

Se calcula que se venden diariamente 7,000 pesos de papas y 5,000 de granos. En 2.500,000 pesos se valúa la venta anual de manzanas; peras, 100,000 pesos; 200,000 melocotones; fresas, 600,000. El monto de las frutas importadas, como piñas, cocos, naranjas, etc., etc., ¡¡¡ascendió á 1.250,000!!!

Pero adviertan los lectores que todo es aparte de trescientos mercados privados en que hay lo propio que en estos mercados grandes, y no se lleva cuenta porque eso seria cosa de nunca acabar.

Sigamos con el paseo al Mercado.

La parte exterior son aceras, con sus cortinas cada puesto para defenderse del sol.

Cada puesto desparpaja y como que pone en las manos de los que pasan los artículos que contiene, sin contar con que á cada dos pasos se hunde el suelo y se percibe desde afuera que brotan por aquellas trampas, los zapatos, y los sombreros, y los trastos de hoja de lata, y los fardos, como de otros tantos manantiales.

Los juguetes, sobre todo, tienen gran boga, y llueven los carritos, carretelas y carretones, desde para dormir al recien nacido, hasta perniquebrar al muchacho travieso.

Y todo esto se va viendo miéntras el tumulto de la calle está en su apogeo con los transeuntes y con que cada carro es un puesto que lleva andando una colina de zanahorias, un campo de ejotes, un camellon de cebollas, y borregos y becerros que se denuncian con unos balidos y berridos que se meten por el alma.

A medida que se penetra, se van extendiendo en hileras interminables los mostradores, que tienen en grupos cenefas y bambalinas de jamones, y esto es como una cuadra, y lo mismo quesos y mantequillas que forman calles, como quien anda por una ciudad de jamon y otra de mantequillas y quesos.

Entrase al recinto ó ciudad interior, y en grandes mostradores forrados de zinc, con mangas que derraman leves corrientes de agua purísima, entre trozos de hielo, allí están los pescados, es decir, un mar de pega. Desde unas béstias que asustan por su grandeza, sus bocazas pazguatas y sus ojos empañados, hasta pescadillos que parecen de chanza y pueden servir como de cañuteros.

En esta seccion están esas ranas medio peladas que calosfrian, esas jaivas que parecen raíces, esas culebras, esos engendros raros del agua, que no sé cómo hay pícaros que se los engullen; y esas inmensas tortugas bocarriba, bolsudas, con sus cuellos cortos, sus manos como aletas, sus ojos pequeños como rendijas, su cabeza aplastada de víbora.

Las carnes ocupan sendas calles en percheros que suben al cielo, porque se trata de un edificio altísimo; los mostradores están forrados de zinc; los carniceros, sin el delantal, pudieran estar sentados en una tertulia de buen tono.

Cada seccion del buey y del carnero están expuestas con suma coquetería, como quien dice: "cómeme."

Lo que se llama menudo, me parecieron sobre un mostrador piezas de muselina y de encajes.

En esa seccion, y como se cuelgan los mundos de oblea en nuestras funciones, como formando adornos y nublando el aire, graduados como de quinqués y de candiles, formando como bosques por allá arriba, están los pollos y guajolotes pelados, suspendidos de las patas y sus cuellos colgando. Es una nublazon de guajolotes y de pollos.

Al centro, en extensísimo cuadrado, hay verdaderas tiendas de semillas á pedir de boca, y entre cristales; de suerte que se les saluda con cierto aquello, y como á novios en la iglesia, al frijolito pinto, blanco, y al gordo, á los garbanzos que están en minoría, y las lentejas y las habas que apénas chistan.

Adela, con mucha oportunidad y buen juicio, me iba instruyendo.

—De esos limones se hace mucho consumo y son muy baratos; con aquellas como tijeras de palo se exprimen; tiene una media esfera la tijera en un extremo, que da sobre el huequecito que con su coladera está en la otra; se aprieta, y sale hasta la última gota de jugo.

Aquellos pollitos que parecieron á vd. pichones, continuaba, son pollos de primavera de que se hace mucho consumo en este tiempo.

El pollo, lo mismo que el guajolote, se vende por libras, á quince centavos la libra. Esto tiene sus variaciones.

Esa yerba es chicoria; con esa se da color al café, que en general no es bueno, es una yerba amarga.

Los camotes son carísimos, la gente pobre casi nunca los come.

La manteca se vende derretida ó en banda, esto es, adherida á la piel del cerdo.

Esos como moldes de palo en que paró vd. la atencion, son para dar formas elegantes y realzar figuras en la mantequilla.

Esas como cucharas de alambre son para batir huevo; y hay otras maquinitas, pero son más caras.

En el centro de la plaza hay sus fondas pequeñas para lunche, ó como quien dice, pistos; pero no hay licores.

Habrá vd. notado que no hay trastos de barro, todo es fierro ú hoja de lata. La hoja de lata es baratísima.

Ese es ruibarbo.

—Adela.... no me lo miente vd., no me lo miente, porque con eso rellenan sus paids estos herejes, y me han costado muy caro. Eso en cualquiera parte es un purgante indecente.

—En efecto, usan esa yerba en sus pasteles.

Yo me salí para penetrar en una especie de rinconada que da á la calle, y á donde penetran los carros.

Allí están los grandes almacenes de papa, de fresas, de todos los granos, y aquellos encierran inmensas riquezas.

Yo estaba aturdido, rompiendo olas de gente, haciendo rodar canastos, metiéndome en encrucijadas de barriles y tercios: salí no sé por dónde, y alcé la vista.

Estaba á la orilla de la inmensa bahía, que es un mar en que se pueden dar cita todas las embarcaciones del mundo; junto de mí se mecian esos alcázares de las aguas, formando bosques sus palos y cordajes, saludando sus banderas de todos los países de la tierra.

Illustration from Viaje a los Estados Unidos, Tomo III

VIAJE DE FIDEL LIT. H. IRIARTE, MEXICO El Parque Central.

Monstruos acuáticos, viajeros del abismo; unos, como animales desconocidos; los otros, como aves abriendo las alas de sus blancas velas.

A lo léjos, y como saliendo del mar, las arboledas, las cúpulas, el caserío, las torres como barcos más gigantescos, como si anduvieran sobre las olas; en un extremo Broklyn; en el otro las colinas y campiñas de New-Jersey; al frente, los fuertes con sus monstruos de bronce, como bostezando á la orilla de las aguas.

La mano ejercitada de los conocedores, señala al rededor de aquel mercado los buques que contienen los efectos que producen afanosos los Estados del Oeste, que son granos, harinas, carnes saladas, madera de construccion, verduras y flores.

Más adelante se ve descargando su plomo el Missouri; el Lago Superior su cobre; Virginia y Mariland agitan como palmas sus hojas de tabaco, en competencia con los gigantes del Kentuky.

La Nueva Inglaterra hace alarde en el muelle de sus pescaderías y sus manufacturas; Pensylvania, titánica, espera que se acerquen á sus naves los mercaderes por su carbon y su fierro; los Estados del Sur ofrecen en el altar de los cambios, como prenda de reconciliacion, su algodon y su arroz; y California deja caer á los piés de la metrópoli del cambio, sus vinos, su oro y sus millones de plata.

Nueva-York, como en medio de una corte de soberanos, recibe esos productos y esparce en cambio sus frutas, los vinos de la Francia, el café del Rio Janeiro ó de Java, el azúcar y las frutas de la Florida y de la Habana, el thé de China y del Japon, venido de San Francisco, las lanas de la Plata y Australia, los tejidos de Europa y los perfumes de la India.

El estúpido proteccionismo americano tiene una derrota contínua con ese espectáculo de los cambios.

Adela estaba satisfecha de verme tan pregunton y tan entrometido. Yo no sé cómo explicar á tan distinguida señorita mi gratitud.

¡Con qué sencillez, con qué buen juicio y con qué gracia me hacia sus explicaciones: yo hubiera querido que todo el mundo la oyera, y cuando todos los yankees estuvieran abriendo la boca, ponerle un rótulo en la frente que dijera: "Esta chicuela es mexicana.... y una de las que hay á cientos en mi tierra, que desparraman la sal!"....

Despues que salimos del Mercado, y andando por las calles, me decia:

—Ya vd. ve: en nuestra tierra (y ese "nuestra tierra" me sabia á cielo), se critica y se pone en ridículo al que anuncia su comercio con un objeto de él; por ejemplo, una penca de maguey en una pulquería. Aquí todo es de bulto: el relojero, el fabricante de sombrillas, el zapatero, todos ponen como rótulos, sombrillas, sombreros y zapatos; y hasta caballos enjaezados, los carroceros y talabarteros.

—Hay ciertas señales ú objetos que son de convencion general. ¿Recuerda vd.?

—Sí, señor, recuerdo. Esas astas ó morillos con listas azules, encarnadas y blancas, son de las barberías ó peluquerías.... Cuando vea vd. un almirez monstruoso colocado sobre una puerta, ni que preguntar: esa es botica.

En las calles, sobre las banquetas, interrumpiendo el paso, hay muñecos desastrados de la talla humana. Ya es un indio comanche, ya un negrito que parece que le va á saltar á vd. al cuello, ya un inglés con tanta panza, ya un chino con bigotazos que barren el suelo: ya me sé que son tabaquerías.

Entre las muestras, siguió Adela, no me negará vd. que son primorosos esos vestidos de papel que visten los figurines, y que imitan perfectamente la muselina y la seda, con la ventaja de ser tan exactas las proporciones del vestido, que pudieran servir de patrones.

Eso es precioso: en cambio, nada más soso y más sin gracia que las muestras de las tabernas ó bar-rooms, sea que representen vasos colorados rebosando espuma, como la cabellera cana, como un viejo frenético, y su número cinco en el centro; sea que tenga la muestra la figura de un payaso con las piernas abiertas, sacando tamaños dientes.

II

La gran tienda de Stward en Broadway.—Lord y Taylor.—Ropa hecha.—Ropa-vejeros.—El Cementerio de Greenwood.—Un romance.

Ya que tuvo el lector la paciencia de acompañarme al Mercado; ya que fué tan complaciente que no se asustó con su nomenclatura y sus detalles, demos por vía de descanso una ojeada á establecimientos de otro género. Las tiendas de ropa, por ejemplo, y los depósitos de ropa hecha.

Entre los primeros descuella sin rival la tienda de Stward, que es aquel grande edificio que distinguimos en Broadway, de cristales, fierro y mármol, ocupando una manzana entera sus columnas, sus pórticos, sus hileras de arcos con ventanas rasgadas, y su magnificencia indescribible.

En el interior forman calles las armazones y mostradores con sus asientos de trecho en trecho, de la forma de los asientos redondos y giratorios que se usan frente á los pianos.

Centenares de dependientes por la parte exterior de los mostradores, sirven á la concurrencia inmensa y de exquisita elegancia que se agolpa á la tienda, y entra y sale por las muchas puertas que tiene á todos los vientos.

Hay departamentos enteros servidos por jóvenes, en quienes compite la educacion finísima, con la hermosura.

En el centro de las calles de estantes y mostradores, se abre una rotonda espaciosa cubierta de cristales, que derrama su luz vertical sobre los cinco anillos de los pisos, cada cual con sus columnas y barandales elegantes.

Cuando se contempla ese centro, que es como un teatro ó como un templo; cuando se está bajo la atrevida cúpula de fierro y vidrieras, se confiesa sin embozo que aquel es el primer establecimiento del mundo en su género.

Las calles paralelas de esta alcaicería de cristales, porque así la quiero llamar para inteligencia de México, cada una tiene en su calle especialidad para las ventas.

En una calle solo se venden casimires, paños y lienzos para vestidos de caballeros.

En otra calle ó seccion hay tan solo tápalos en que compiten la cachemira, la seda con bordados, los chales, capotas, albornoces y capas.

Más adelante, en una seccion servida por señoras, caen en los mostradores á raudales, listones, cintas, encajes, sedas, botones, broches, embutidos y los accesorios todos del trage femenil.

Como entre nubes se percibe la concurrencia, en una esquina en que las blondas impalpables, el punto levísimo, las gasas que parecen desvanecerse en el aire, alzan su vuelo.

Blanquea la lencería, duermen los terciopelos, se inclina uno bajo los gorrillos buscando un rostro de ángel escondido entre las sedas, listones, encajes y flores.

De los barandales de los balcones del inmenso salon circular penden telas de inestimable valor, alfombras persas, remedos fantásticos de gibelinos y cachemiras, de las que un tápalo solo tiene el valor de cinco mil pesos.

Los dependientes se cuentan por cientos, la realizacion por miles, el capital por millones.

La materializacion de todos los ensueños, la complacencia de todos los caprichos, la satisfaccion de todas las necesidades, están contenidas allí; la pompa de la jóven, la impertinencia de la vieja, el abrigo del anciano, el chiqueo del niño.

Despues de celebrada cada venta, el dependiente que la verifica da un signo, y el dinero se paga al cajero que concentra la contabilidad, lo que hace que cada dependiente asuma la responsabilidad de sus operaciones, que se establezca la emulacion y que el balance pueda hacerse momento á momento. Este mecanismo es lo propio en cada seccion.

Es notable que muchas veces, con su cuenta de pago, atraviesen la multitud las personas, á hacer su exhibicion, con una religiosidad que admira é infunde respeto por la moralidad de estas gentes.

En ese particular, y aunque esta sea una divagacion, poco hay que sea comparable con lo que aquí se ve.

En las cajas de los correos que están al pié de los faroles de las calles, no caben los periódicos; eso no importa, la gente los amontona, sellados y listos por la parte exterior, sin que nadie se atreva á tocarlos.

En los ómnibus, hay cajitas en que el público mismo deposita el dinero, y no se da caso de reclamo porque la negligencia ó la malicia se sustraigan al pago. Yo he visto á un muchacho encontrarse un guante en una banqueta, en la plaza de Union Square. Vagó el chico con el guante en la mano, no halló á su dueño y lo clavó con un alfiler á un árbol, donde vino á recogerlo una señora despues de media hora.... Por supuesto que hay sus rateros.... pero.... no se quebranta con jactancia el sétimo mandamiento.

Despues del establecimiento de Stward, debe mencionarse el de Lord y Taylor.

Se dignó mostrarme esa tienda el Sr. Delmote, nativo de la Habana, con singular cortesía.

Lo que llaman el bassement ó subterráneo, son amplísimos salones con robustas columnas. Están los salones, aun á la mitad del dia, iluminados por gas.

Allí ví en mamparas encuadernadas como libros, las muestras de los hules para el suelo; allí camas de primavera con una tela de alambre como colchon de verano; allí camas á dos pesos, formadas de tablitas flexibles y mullidas como plumas.

Se asciende por elevador á los varios pisos del edificio.

Uno de estos pisos está reservado á corsés de todas las formas, listos para recibir hasta las confidencias de un esqueleto y trasformar las momias en beldades.

Hay por centenares crinolinas, tontillos y cosas que figuran como perfecciones y presentan allí su triste realidad.

El departamento superior lo ocupan los muebles, con sillones que ponen en olvido las fatigas, tocadores que adulan, lechos que hacen cerrar voluptuosamente los ojos, de dulce y apacible sueño.

En los establecimientos de ropa hecha y sastrerías para hombres, se deja entender que hay muros de chalecos, torres de pantalones y montañas de levitas. Vease si no, la sastrería de Deblin y C.ª, y la de Brooks.

Son como la contrapartida de tanto lujo, como la caricatura de tan deslumbradoras grandezas, como la carcajada homérica de esas manifestaciones de opulencia, las roperías ó establecimientos de segunda mano (Second Hand).

Aquello sí que es gresca; es, como quien dice, las casas de inválidos de la ropa.

Se anuncian las crinolinas suspendidas á las puertas haciendo la rueda, abiertos de brazos sacos y levitas, moviéndose cancaneros los pantalones, y los sombreros de los dandys y los gorrillos de las ladys gesticulando, con el pelo raido, con las plumas tiñosas y como mojadas.

Esa segunda mano es la charlatanería del trapo, el cinismo del forro humano, pero á la vez la chanza y el fraude, el panteon y la orgía....

Es un meeting de viejos verdes contando sus aventuras.

Y no solo son vestidos, sino que figuran en el pandemonium, anteojos y soguillas, guantes y anillos, cruces y relicarios con todo y retrato, anteojos de teatro y libros hasta por un centavo....

Hé ahí la filosofía hecha trapo, el amor enseñando el cobre, la gloria ántes de envolver botones, el desengaño en su expresion más grotesca.... Y sin embargo, esos despojos reaparecerán sobre las formas humanas..... como nuevos.

Los ropa-vejeros no son desconocidos en ninguna parte; cada tienda de empeño en México, es un establecimiento semejante á los descritos. Pero la dedicacion á la segunda mano, la especificacion del tráfico, es lo que llamó mi atencion en Nueva-York. Este tráfico es especialmente de los judíos.

Habia diferido mi visita al Cementerio de Greenwood: las disposiciones de mi espíritu han sido tales, los dolores que he apurado tan acerbos, que sentia miedo de una entrevista con la muerte.

Sin embargo, la fama que disfruta el Cementerio es tal, que fué necesario resolverme á una excursion á Broklyn, lugar en que está situada la maravilla del descanso eterno.

Era un domingo: apénas salió la luz, cuando atravesé solitario las calles silenciosas, como si hubiese sido abandonada la ciudad en la noche: dirigíme por el embarcadero de Hamilton, atravesé el rio, entré en un wagon, y héme, al doblar una calle, á la entrada del Cementerio.

Es un gran pórtico compuesto de una magnífica portada gótica, con dos edificios laterales del mismo órden.

Las puertas y sus agudos remates, las verjas y las alturas cónicas con primorosas molduras, constituyen por sí una augusta belleza.

Si fuera posible colocarse en una altura que dominase el conjunto, la impresion seria extraña y grandiosa.

Veríase en terreno extraordinariamente accidentado, un inmenso parque sembrado de arboledas gigantescas y sombrías, con sus eminencias, con sus laderas que forman como escalones, con sus cuencas y bajíos, que se tienden en apacibles vegas y duermen cristalinas fuentes de monótono y triste murmurar.

El terreno, donde no lo cruzan las anchas calzadas de asfalto ó arena, está alfombrado de verde césped, cuidado con tal esmero y pulido con tan exquisita diligencia, que se distingue aterciopelado y luminoso donde los llenos de la luz le bañan y donde rompen los rayos del sol las sombras que dibujan en el suelo, la forma y los trémulos follajes de los árboles.

El parque, austero, pero de sorprendente hermosura, está cortado por calles y avenidas; pero no como una ciudad, sino como el panteon de una ciudad.

Es á su vez el Cementerio una como poblacion de granito y de mármol; un bosque de pirámides y de columnas, como si la piedra floreciese; una petrificacion de séres humanos, inmóviles, llenos de majestad: tales se presentan arcángeles y estatuas en aquel cortejo silencioso de la muerte.

En cada paso se presenta un aspecto nuevo de aquella mansion silenciosa é imponente.

En aquella sucesion de hondonadas y colinas, ya tiene uno á sus piés templetes, obeliscos y pórticos, ya en gradacion ascienden como por fajas entre los árboles, grandiosos monumentos coronados en sus alturas por guerreros, por mujeres con los brazos extendidos, con arcángeles prontos á emprender su vuelo.

A la entrada se toma un carruaje que por veinticinco centavos hace la excursion del Cementerio. El conductor tiene la obligacion de ir haciendo notar al viajero los sepulcros y monumentos más célebres. Hace su oficio el cicerone como de rutina, con su voz indiferente y sin acentuacion, como automática.

El coche avanza rodando sordamente; se detiene á cada instante el cicerone, pronuncia un nombre y da lugar á la meditacion.

Aquella luz que intensa reverbera para alumbrar la nada; aquel silencio que es por sí una pompa; aquellas aguas que remedan á lo léjos la plegaria, y aquella grandiosidad de monumentos, producen una impresion única y sublime.

A la entrada tomó el guía el rumbo sur del Cementerio: las losas de mármol del suelo, como que repercutian acentos de otros mundos; era la palabra muerta tambien en un idioma extraño, el clamor perdido de la nada.

De repente, como una ráfaga de luz, iluminaba mi memoria un nombre.... era el de Morse, el inventor del telégrafo, que vive en espíritu, conduciendo la palabra al través del espacio y por el fondo del mar.

Su monumento es soberbio; son las fases cóncavas de una pirámide triangular.

En la portada de un monumento que no pude distinguir con propiedad, habia un grupo magnífico.

Era un ángel arrancando á un niño de los peligros de la vida, pronto á levantar el vuelo con él; era la salvacion y la felicidad; pero á los piés del ángel, arrodillada y loca de dolor, con el cabello esparcido, la garganta henchida de sollozos, los ojos sin luz, pero con lágrimas, como que pretende detener al ángel, como que es mortal, y como que á una madre nada consuela de la muerte de un hijo.

Apéeme del carruaje y seguí á pié mi camino; quedaba por momentos el sendero que recorria, solitario, poblado de mármoles, sin más ruido que el de mis pasos, que parecian ecos que venian de la region de las eternas sombras.

Gorchatz, el compañero de Talberg y de Litz, descansa allí; la Europa lo admiró mucho tiempo, vibraban en los salones sus notas voluptuosas, fomentando el arrebato del baile.... ni un suspiro de sus delicadas concepciones, ni un rumor de sus cantos deliciosos.

Pero, ¡singular supervivencia del talento! aquel, como otros nombres, resonaban en todos los labios; era como la sustraccion de la muerte, como un triunfo del olvido su mencion.

Entre otros monumentos relucientes como de nieve, estaba uno que todo viajero menciona y en el que todos se detienen á pagar un tributo de ternura: recuerda los bomberos. Quien dice bombero, dice el atleta que lucha contra la llama, el que profesa la religion del bien y del amor, arrostrando temerario el peligro. Bombero es sinónimo de salvador.

¿Quién no ha visto á estos héroes, en medio de los horrores del incendio, cruzar entre el humo, abalanzarse al muro que se derriba, colgarse de la soga que va á salvar un náufrago de la vida, envuelto en el martirio?

Se prodiga la existencia, se lucha brazo á brazo con el más feroz de los elementos; y si se restituye un padre á una familia; si se reintegra el hogar; si la alegría se reconcilia con aquellas víctimas, entónces, la recompensa es ese espectáculo de ventura que llena y alumbra el alma con luz divina.

El monumento recuerda un bombero que colocó un niño sobre su pecho: el bombero se dejó caer de espaldas, despedazándose, pero salvando al niño.

La gratitud pública repite ese tradicional episodio: cuando humeaba la piedra, cuando las víboras de fuego ceñian el edificio haciéndolo bambolear como ébrio; cuando se hundian con estrépito los techos, y los gemidos cruzaban el viento, y los alaridos de angustia y dolor hacian temblar la ciudad entera; cuando este espectáculo de destruccion se enseñoreaba y sobrecogia de espanto, se notó en las alturas de un edificio un niño que corria en las citarillas salientes á la calle, próximo á perecer, tan rubio, tan hermoso, tan delicado.... Uno de los bomberos lo percibe.... no vacila un instante, escala, se encarama, las piedras que se desmoronan esperan que pase para caer.... parece que le hace paso la llama.... desparece entre el humo.... la ansiedad por su vida es mortal.... el humo se disipa; él aparece en la altura con el niño en los brazos.... una ráfaga de felicidad iluminó las almas.... el descenso comienza.... va descendiendo entre una granizada de piedras, de cristales despedazados, de plomo y hierro fundido.... hubo un momento en que el tránsito fué imposible.... faltaba piso, la ceja de pared que sustentaba al héroe, se desgranaba.... el niño veia absorto á su salvador, le tenia abrazado su cuello.... la muerte era indefectible: todos llevaron las manos á sus ojos para no presenciar la horrible catástrofe.... entónces el bombero cogió al niño, lo acomodó sobre su pecho, como en una cuna, puso en hueco sus brazos para defenderlo, y se precipitó de espaldas desde la inmensa altura.... haciendo que de sobre su cuerpo despedazado se quitase al niño, sano y salvo.... El hecho es de aquellos que son gloria y orgullo de la humanidad. El monumento de los bomberos es hermoso, y es hermoso porque motiva la eterna ovacion que justamente se rinde á esa institucion sublime.

El monumento consiste en una columna piramidal que descansa en un macizo pedestal de mármol, con planchas de granito. El bombero tiene una expresion sublime. Uno de sus brazos rodea al niño, defendiéndole de la llama; en la otra tiene la trompeta que distingue al bombero, y cuelga á su lado una linterna. Sobre las cuatro pilastras de otro monumento, se extiende una pequeña bóveda, y en ella hay figuras alusivas al Cuerpo de Bomberos.

Siempre siguiendo entre lápidas, obeliscos, estatuas y pirámides, me detuve á leer el epitafio de un bravo marino, que él propio construyó su sepulcro y lo tuvo en espectativa de su mansion, diez y ocho años.

El monumento de la jóven Carlota Canda, es una grandeza de Greenwood; es casi un templo ceñido con su balaustrada de fierro y custodiado por ángeles.

La jóven á quien se dedica el monumento, tenia diez y siete años; las gracias coronaban su frente; la felicidad tendia á sus piés alfombras de flores.

Regresaba de un baile con su padre y una amiga. En el baile habia sido el rayo de sol, el canto de jilguero, el celaje de oro de la reunion.

Detúvose el carruaje que la conducia cerca de Broadway: el padre descendió á dejar á la amiga; el cochero dejó el pescante; cayeron las riendas; los caballos, desbocados, azotaron el coche contra una esquina; la niña cayó al suelo despedazándose el cráneo.

En medio de la magnificencia de este monumento, se oye gemir á la piedra, se ve llorar el mármol; el dolor paternal se ve extendido en aquel refinamiento artístico.... es una novedad del dolor; martiriza aquella riqueza.

En el gran Cementerio, muy particularmente en los escalones superiores de las altas columnas, se ven puertas de granito, tan misteriosas y severas, que son propiamente pórticos de las sombras, puertas de recepcion de la eterna noche.

Esas puertas conducen á subterráneos en que se conservan en lechos de mármol los cadáveres perfectamente embalsamados y en sus cajones, que tienen una ventanilla de cristales por donde asoma el muerto. A aquellos subterráneos alumbrados con gas, que se modifica segun la voluntad, suelen concurrir familias á platicar con sus muertos....

Los lotes del Cementerio cuestan, en general, cuatrocientos pesos; pero la Compañía que dirige el establecimiento, ha hecho donacion de un trecho espacioso de terreno para que se sepulten los niños pobres, y así se verifica en efecto.

Nada de monumentos ni inscripciones, ningun indicio de la vanidad humana en esa seccion del Cementerio. Lecho comun de musgo, mortaja de césped humilde, algunas flores. Y sin embargo, la ternura maternal, esa glorificacion del amor, ese heroismo oscuro de la abnegacion, se encarga de comunicar encanto indecible á este lugar.

La vida que se extingue al nacer; la llama que espira al encenderse, iluminando el borde de cristal de la infancia, que unió su cuna á su tumba; la sonrisa y el gemido en un mismo estremecimiento del labio; la mirada y la lágrima.

En el agrupamiento de las escasas flores; en el conato de coronita medio deshojada y puesta con esmero, como si al través de la tierra sintiese la madre el cútis de la frente del niño.

Con cristales y cuentas de vidrio, con fragmentos anónimos de objetos relucientes, ha hecho, sobre aquellos montoncitos de tierra, nichos el amor, y bajo de ellos están los juguetes de los niños, sus arlequines, sus esferitas de goma, sus caballitos, sus trompos.... esos eran sus juegos: con pretexto de ellos se hacia ostentacion de las gracias; y se ve, se tienta, que aquellas chucherías, que aquellos primores, han sido regados con lágrimas.... ¿por qué morir? y ¿por qué ese supérfluo relámpago de vida si se ha de perder en la eterna sombra? ¿Por qué esa inconsecuencia del ser?

¡Madre de mi alma si tú me vieras perdido en esta extranjería de muerte; si vieras que interrogo las tumbas para que me traigan, aunque hecho cadáver, un recuerdo de la patria; si me vieras ébrio de hiel, sintiendo como losa de sepulcro el cielo, y la multitud en que me pierdo como sombra!......

Me duele la luz, me duele el aire, tiene quejidos esa fuente, estas tumbas son más hondas y más oscuras.... tragarian mi recuerdo.... aquí se cae.... en las tumbas de mi tierra se duerme.... en los sepulcros de mi patria hay polvo que nos ama......

Yo no sé cuánto tiempo duró mi letargo de dolor. Cuando volví en mí, estaba haciendo compañía á un desterrado de Cuba.... D. Miguel Aldama....

A la salida del Cementerio, desde un claro que deja la altura, se percibe Broklyn, que es tendidísima ciudad entre los árboles, con sus divisiones regulares, sus mil torres, astas y veletas: parece que allí ha dicho su última palabra la grandeza; pero se anda un poco más y teniendo como un pedestal aquella altura de la muerte en que se siente el soplo de lo eterno.... á nuestros piés percibimos magnífico el mar.... el mar sepultándose en un horizonte en que parece tender sus alas el infinito......

A mis piés, y tocando las aguas la tierra de los sepulcros, habia algunas barcas vacías, juguete de las olas.... parecia que ellas habian sido las conductoras de los muertos y que se entregaban abandonadas al acaso....

Yo no puedo hacer comparaciones; pero sí puedo decir que el Cementerio de Greenwood, cuando le comunique su majestad el tiempo, para que no se crea en este pueblo movedizo que tambien tienen hotel los muertos, será uno de los lugares que honren al mundo.

Ahora tiene el Cementerio 21,000 y tantos sepulcros.

Al leer á Francisco mis apuntaciones sobre el Cementerio, me decia:

—Es una lástima que para ver esa maravilla no te hubiera acompañado un guía experto: te hubiera hecho notar, entre mil espléndidos monumentos, el erigido á los heróicos pilotos que en una noche tempestuosa se lanzaron fuera de la bahía á salvar un buque náufrago, pereciendo en la demanda.

Hubieras detenido tus pasos para anotar el sepulcro del marino que construyó su monumento creyendo próxima su muerte, y esperó la tumba diez y ocho años á su ilustre huésped, que está representado en una soberbia estatua que tiene el sextante en la mano.

Hay otros cementerios, continuó Francisco, como Evergreen, situado en el mismo Broklyn, que tiene un aspecto rústico que encanta, Cipres Hill, Wood Lawn, á siete millas del puente de Harlem, New-York, Bay y sobre todo el Calvary, en que se entierran exclusivamente los católicos. Los sepulcros rodean una pequeña montaña y el conjunto del lugar tiene grandiosa majestad.

Habrias llamado la atencion sobre que el sistema de nichos, hijo en mucha parte de la codicia clerical, es de todo punto desconocido.

Ese empacamiento de los difuntos, esas casas de vecindad de los restos humanos, desnuda de su grandiosidad el culto de las tumbas.

Se recorre un panteon como una librería, viendo los rubros de las obras que guarda la armazon.

En el sepulcro de la tierra se improvisa el altar; parece que la restitucion del polvo al polvo se hace más patente; la flor es el recuerdo y la lágrima.

Yo no sé en qué disposicion de espíritu visité á Greenwood, que me sentí muerto; parece que celebraba el duelo de mis propios funerales.

Extinguirse entre la soledad de la multitud; extinguirse sin que nos acaricie la idea de la vista de los que nos sobreviven en espíritu y quedan calentando en sus corazones nuestra memoria; morir sin esa revelacion de la inmortalidad que se llama el recuerdo, es naufragar con el alma, perderse en un infinito de olvido.

Entónces nos lloramos; pero esas lágrimas las orea el viento; cuando las enjuga una mano querida, sentimos como una iluminacion en nuestro espíritu.

En vano la filosofía describe la muerte como término forzoso, como condicion de la renovacion del sér; en vano nos redime el sepulcro de una existencia eterna con sus eternos dolores, cuando la mano temblorosa de la caducidad no puede llevar á nuestros labios la copa de goce alguno; siempre que el sentimiento nos domina; siempre que rotas las ligaduras de la escuadra y el guarismo, la alma se habla con su lógica peculiar, Dios resplandece en nosotros y el espíritu ansía por relaciones y consuelos que no podrá suministrarle nunca el universo material.

Yo he sentido mi polvo mezclado á esta tierra, he visto mi tumba como una usurpacion; el hielo de la extranjería de la muerte ha llevado el frio á mis huesos; y advenedizo de la misma nada, á mí tornaba mi duelo como el polvo que se lanza contra el viento y ciega nuestros ojos. Mejor dicho; mi duelo era á los que no lloraban por mí sobre mi desconocida losa.

Sentia mi corazon enfermo, mi salida del Cementerio era como una exhumacion. Creia en mi alucinacion de muerte, y habia visto hecho cadáver el Parque Central.

En la noche á él me dirigí, y consigné mis impresiones allí, de esta manera:

ROMANCE.

Están en el ancho espacio Tan apiñadas las sombras, Que en vez de cielo se mira La ciudad bajo una losa, Y sus gigantes palacios Calles en la altura forman, Que detienen las miradas Y que el horizonte angostan, Como se ve desde el fondo De barranca pavorosa, Las quiebras y los senderos Que en la cima hacen las rocas. Sartas de luz los faroles Forman de una acera y otra, Y en el centro las tinieblas Van corriendo silenciosas; Pero la luz es tan viva Y á trechos tal se amontona En capelos de cristales, En urnas tan primorosas, Y en mil globos luminosos De llamas verdes y rojas Y de intenso azul de cielo, Que vaga la vista absorta Entre ese hervor de colores Que saltan entre las sombras, Y que como en festin de hadas La negra tiniebla tornan. Al descender los declives De las calles espaciosas, Se va entre dos firmamentos De llamas deslumbradoras; El uno de dosel funge, Y el otro sirve de alfombra. En relieve se sospecha Con alguna luz traidora Que dejó como perdidas Sus claridades dudosas, Ya la mezquita del moro, Ya la gentil sinagoga, Ya la catedral romana Ostentando pompas góticas. En medio de esos conjuntos De masas que se amontonan, Abren sus brazos las plazas En anchuras espaciosas, Y los árboles se miran De pié, sin verse sus hojas, Murmurando sus acentos En acompasadas notas. Entre los arbustos lucen Y bajo las ramas brotan Centellas que se derraman Y que tiemblan silenciosas, Dejando rastros de fuego En las fuentes bullidoras, Que polvareda de plata Vuelven las aguas que arrojan. —— Iba solitario al Parque A esconder mis amarguras, Que cuando el alma padece En la sombra se refugia. Esa mansion de placeres Con sus fuentes de aguas puras, Sus salones voluptuosos Y sus enramadas rústicas; Esa estancia de delicias, Con sus lagos que deslumbran, Sus glorietas, sus estatuas, Sus calzadas y sus grutas; Donde la beldad ostenta, Sedas, encajes y plumas, Donde la infancia dichosa Trisca con alegre bulla... La contemplé desde fuera Triste como negra tumba Circundada de fantasmas, Que así en su torno se agrupan De los chopos, los ramajes Que en lo oscuro se dibujan. Al interior penetrando, Con la claridad confusa De insuficientes faroles Que entre las ramas se ocultan, Produciendo sus reflejos La indecision y la duda, Observé como corriente De gentío que iba en busca De la sombra del misterio Que se escurre, que se ofusca, Bien al borde de los lagos, Ya entre las ramas profusas De los sauces, ya en las rocas Que parece se derrumban En los extendidos prados Y al borde de las lagunas. ¡Cómo el murmullo del habla Con el susurrar se aduna! ¡Cómo las fuentes perdidas En las tinieblas oscuras, Miman con sus blandos cantos A las parejas que cruzan!.... Como sintiendo sin vista Del Parque la galanura, ¡Qué suspiros encendidos! ¡Cuántas risas de ventura De mil parejas que aisladas Están en medio á la turba, Como cruzando invisibles Celebrando su fortuna, Triunfantes de las pesquisas Y de la luz importuna! Era el Parque una belleza A quien negro velo anubla, Y al que ha visto sus encantos Con sospecharlos se abruma. Entre esas hondas tinieblas Que á la pasion no perturban, Que las risas estremecen Y que las flores perfuman, Aislado junto de un lago Que indeciso se columbra Entre macizos de ramas, La alma triste, la voz muda, Sin un eco que sonase Para mí como en la tumba, Dí rienda suelta á mis ansias, Dije: ¡"oh patria!" con angustia, Las manos llevé á mis ojos Con mis tormentos convulsas, Y sentí que al retirarlas Con mi llanto estaban húmedas. Guillermo Prieto. Nueva-York.—Junio, 1877.

III

Adioses de mis amigos.—La bahía.—La estatua de la Libertad.—Jersey.—Adios.—Fábrica de pianos de Stenway.—La maquinaria.—Varias manipulaciones.—Reflexiones sobre el pueblo americano.—La parte baja de la ciudad.—La Tesorería.—La Aduana.—Observaciones sobre la tarifa americana.—Cifras de las exportaciones é importaciones.—Otra vez el inglés.—El castellano viejo.

Mis amigos Alfonso, Pablo y Manuel, partieron al fin para nuestra patria: la noche precursora de su partida, entre los baúles, algunos amigos que quedábamos en el destierro y los criados que en tragin afanoso cruzaban de un cuarto á otro, se oian los encargos á las personas amadas, las recomendaciones encarecidas y palabras que volaban á morir en la sombra de los tristes recuerdos.

De repente, las explosiones del buen humor se disipaban y caia sobre todos ese silencio que se acentúa tan hondamente en el prólogo de todas las separaciones.

Alguno mandó traer Champaña; la presencia en frio de aquellos estímulos del contento, no sé por qué convirtió en más sombrío el cuadro: chistes que en otras circunstancias habrian hecho una revolucion de risas y de bullicio; alusiones que se habrian propagado como llama, caian como á plomo, sin efecto alguno, para dejar imperando un dolor que, á solas, hubiera hecho derramar lágrimas á todos los circunstantes.

Alguno preludiaba una cancion, otro al empacar un retrato buscaba un tema de contento con recuerdos felices.... y el silencio, esta tiniebla del espíritu, avanzaba lento, envolviendo hasta los últimos destellos de alegría.

Muy temprano, en la mañana, todos estábamos listos.

Acudimos á los vaporcitos de Jersey.

La mañana estaba nublada; á nuestra izquierda, multitud de buques de todas las naciones hacian flotar al aire sus banderas; se veia la isla del Gobernador, puesto militar de la federacion, en que existe un destacamento de fuerzas permanentes, vestidas constantemente de lujo y haciendo el servicio siempre con la mayor severidad.

Del lado opuesto está el islote de Bell, donde debe, como formando pórtico en la bahía, colocarse la colosal estatua de la Libertad, regalada por la Francia, y cuyo brazo con su antorcha, figura hoy como un colosal monumento en la Plaza de Madisson.

La estatua, colocada sobre su pedestal, debe alcanzar una altura de doscientos veinticinco piés; se distinguirá desde el mar, en el confin del horizonte, como una aparicion humana entre las aguas y los cielos: será magnífica.

Al frente de nuestro barco, en amplio semicírculo y sobre una loma que domina la bahía, se ostenta la ciudad de Jersey como sobre una cortina de árboles, con sus chimeneas, sus torres y sus cúpulas fantásticas. Abajo del escalon del pedestal que forman árboles y verjeles á la ciudad, hay una faja de muelles, como otras tantas puertas de salida para todas las naciones del globo.

En el gran salon contiguo al paradero de los trenes del ferrocarril, que conduce más directamente á Orleans por Filadelfia y Washington, se hallaban el Sr. Iglesias, su hijo, Gomez del Palacio, Schleidem, mexicano lleno de nobles cualidades, y yo.

Repicó la campana fatal: una voz anunció la hora suprema, y entre el tropel que corria á tomar los carros como por asalto, se perdieron nuestros adioses. A poco el resoplar del vapor, la esquila de la máquina, el ruido de las ruedas y el humo, envolvieron el ruidoso tren, huyendo un conjunto del que quedaban desgarrados girones de humo, que disipó el viento....

Cuando recuerdo las atenciones que á esos generosos amigos (iba á decir hijos) debí, su solicitud cariñosa, su chiqueo, siento duelo horrible en mi alma.

Ellos calentaban con sus esperanzas y su contento mis viejos años; ellos fortalecian mi ánimo cuando casi me vencia la mano de dolores implacables; ellos me formaban una atmósfera de patria cuando la frente pálida de la nostalgia venia á presentar á mi lado el esqueleto de mis recuerdos, sobre la tumba de mis esperanzas.

Tan nobles, tan sufridos, adivinando mis deseos, convirtiendo en motivos de contento la satisfaccion de mis caprichos, ¿cómo no consagrarles en estas desordenadas memorias mi gratitud, aunque su ternura y relaciones tengan interes tan solo para mí? ¿cómo no perdonar quien esto leyere el extravío de mi corazon, mi complacencia con un sentimiento que me aprieta el alma y me domina....?

Que vayan felices; que los vientos les halaguen apacibles y el mar sea como persona amiga que les lleve á los brazos de la patria; que en el seno de sus familias, en su hogar, cuando rodeados de los que les aman, cuenten sus aventuras, vuelvan los ojos y en algun lugar vacío busquen el semblante del viejo amigo que vivió léjos de la patria, con ellos, la tierna vida de familia, y que les está recordando, sin ver lo que escribe, porque están hechos lágrimas en mis ojos sus recuerdos.... La Providencia los acompañe; ella los restituya sanos y contentos á sus hogares!......

Vagando al acaso en la parte alta de la ciudad, donde están aún en lucha hombres y rocas; lucha que como que brotan del suelo á presenciar estupendos edificios; donde desemboca el túnel que ha venido como una serpiente subterránea del seno de las calles populosas; donde empinados puentes de distancia en distancia ven inclinar el plumero de llamas de la locomotora, que parece un gigante fantástico que saca á flor de tierra la cabeza; como una ballena de fierro que fué dotada de vida para atravesar en alas del relámpago las entrañas de la tierra, vagaba, digo, por esos lugares, cuando mi amigo Buzeti, un jóven mexicano con quien haremos amplio conocimiento, me puso en la puerta de un establecimiento grandiosísimo, y me dijo:

—Va vd. á conocer la fábrica de pianos de Stenway.

Ya recordará vd. los pianos de Stenway; son en México los de más alta nombradía; sus vibraciones brillantísimas son pompa y vida de los más opulentos salones. En Paris merecieron el primer premio.

El edificio que vamos á visitar, visto por la espalda, hace los tres lados (tres cuadras) de un cuadrado perfecto.

En el centro hay varios edificios, y uno especialmente llama la atencion; él encierra la gran rueda motriz y la maquinaria anexa, que es como un edificio de acero con sus balaustradas y escaleras de fierro.

Era nuestro guía un jóven campechano, alegre, y tan simpático, que me parecia castellano su inglés peliagudo, y digo peliagudo, porque se trata de un aleman: el inglés completado con aleman, es como una copa de whiskey completada con espinas de pescado.

La fábrica tiene cinco pisos visibles, en los que trabajan quinientos operarios como titanes, con su acompañamiento de escoplos, serruchos, cepillos, martillos y otros ruidos de imposible clasificacion.

Como ya se supone el lector, cada operacion de las que requiere la estructura de un piano, es una galera inmensa y un taller en que giran en los techos esas arañas de acero, esas víboras de cuero que se descuelgan y se enroscan, esas escuadras como duendes abiertos de piernas, y esa poblacion de endriagos y visiones animadas del mundo de las máquinas: brazos, dedos, codos, esófagos, cabellos, todo vive por su cuenta y riesgo, sin cuidarse de todos los demás, como si viésemos á nuestros brazos y á nuestras piernas proclamar su independencia, ó como sí en un panteon armaran gresca los fragmentos humanos, tomando cada cual su camino segun su capricho.

Asenté por primera partida en mis apuntaciones una máquina para desbastar la tabla en bruto.

Es una rueda clavada en un eje perpendicular, con dos fajas de acero; de la primera penden cuatro como ganchos, que desbastan la tabla; la segunda faja es el cepillo. Con aquella primera sacudida queda la tabla como seda, y entra como una hoja de papel á otra máquina como de imprimir, de donde sale tersa por ambos lados.

Las maderas que se usan para los pianos, despues de dos años de depósito y preparaciones, son: palo blanco, roble, pino, caoba, rosa y ébano.

Las sierras que se emplean son como sogas ó rosarios, que caen sobre una rueda y cuelgan haciendo destrozos.

Para que no quede ni resquicio de polvo de aserrín en la madera, usan una especie de fuelle de palo; pero no propiamente fuelle, más bien jeringa, que desempeña la funcion de la limpieza á las mil maravillas.

Desde esos primeros talleres comienza la obra laboriosísima de ensamblar las hojas de madera con los hilos de ella, en distintos sentidos, para evitar que se tuerza, poniendo en el centro de las ensambladuras maderas durísimas que las ligan.

La cola de que se sirven es la famosa de Pilles Cuple; viene en marquetas, y se amolda segun las necesidades de los talleres.

Los preciosos calados de las tablas que sirven de respaldo al teclado en la parte interior del piano, se delinean por hábiles dibujantes, y con sierras como hilos se ejecutan esas maravillas de madera que avergüenzan á la filigrana y al encaje.

Los martinetes se forran en una especie de fieltro sólido como piedra y del grueso de tres dedos; forrado el palo de donde se sacan los martinetes, entra en una prensa de presion tan poderosa, que sale el conjunto como una hoja de espada.

En este departamento hay una máquina curiosísima, invencion de un hijo del Sr. Stenway, así como otra delicadísima para las oquedades de los tornillos de la guitarra del piano.

Toda esta gran seccion de la fábrica está destinada á la construccion de esa multitud de articulaciones, músculos, nervios y tendones de esa mano prodigiosa que produce las armonías en el interior del instrumento.

En estos gabinetes anatómicos, verdaderamente científicos, hay compases, escuadras y todo lo concerniente á tan delicado trabajo.

Los cuartos en que se fabrican las cuerdas están aislados, y se emplean en ellos, como en todas estas secciones, hombres de talentos especiales, muy bien pagados.

En una ala entera de uno de los amplísimos pisos divididos por calles de extensos salones, se verifica la animacion del piano.

Todos los tendones, la osamenta, los nervios y los cartígalos, están amontonados: las teclas de marfil que se fabrican como quien hace mosaico; las de ébano, que se pulen como joyas; el martinete y el resorte, que podrian figurar como dijes en el tocador de una reina, todos estos objetos se compaginan, se organizan, se concatenan, adquieren forma, se estremecen y rompen en un canto cuando la mano del hombre pasa sobre ellas, como el soplo de Dios sobre el barro cuando crió al hombre.

El piano de que oimos los primeros vagidos, tenia el número 33,592.

—Vé, le dije, atraviesa los mares, lleva á otras regiones tus cantos voluptuosos y tus himnos; vé, poeta, á perecer derramando tus armonías y dando vida á las creaciones del talento. Sé la gala del salon, la orquesta del hogar, el confidente de los ensueños....

La operacion del barniz consta de dos partes: en una se barniza la caja dos veces y se raspa en seguida, para que los poros más invisibles desaparezcan; la tercera mano de barniz es la que queda, presentando la caoba ó la rosa como bajo de cristales.

Hay inteligentes que presentan como rivales de los pianos de Stenway los de Weber; pero en México no se cree así, y lo comprueba el más alto precio á que se venden los primeros y á la confesion universal de que sus voces son muy brillantes.

Los pianos de Stenway tienen cinco patentes de honor y son celebrados en todo el mundo musical.

El edificio en que se venden los pianos de Stenway está en la calle 14, es de mármol blanco, contiene los almacenes de pianos y además la gran sala música construida con todas las reglas de la acústica, y que se considera con justicia como una de las primeras del mundo en su género. En ella se han hecho las primeras exhibiciones del Teléfono.

Al salir de la fábrica tuve el gusto de ofrecer mis respetos á uno de los hijos del Sr. Stenway, y dar las gracias á mi inteligente cicerone, cuya finura me ha dejado los más agradables recuerdos.

Quiero darme cuenta á mí solo de las causas de la prosperidad de este pueblo; quiero estudiar afanoso el secreto de su desarrollo sorprendente, para formar conciencia, y despues de purificado mi criterio, llevar á mi país la buena nueva de su propia regeneracion. ¡Mis esfuerzos son inútiles!

Cada vez que estoy á mis solas, entro en mí, sondeo las partes componentes de este pueblo, se me figura á veces que una ciega admiracion me arrastra, otras que un sentimiento injusto de repulsion me domina, y termino por apartar el lienzo y arrojar de mi mano los pinceles, corrido de pretender llamar retrato la monstruosa figura que abortó mi mano.

Es cierto que los que tenemos la tradicion latina, es evidente que los que nos hemos instruido con la educacion romana, y los que hemos abierto los ojos de la razon bajo el influjo de la religion cristiana, no nos es dado ser imparciales en nuestras apreciaciones.

Hemos tenido ensueños de libertad, tentativas de igualdad, teorías de la intervencion del pueblo en sus negocios, y todos esos elementos han constituido y constituyen en el crítico una segunda naturaleza.

Teorías incompletas, doctrinas leidas, sistemas con inconstancia planteados, se ponen frente á frente de prácticas sostenidas, expeditas y que producen sus efectos en medio de aparentes contradicciones.

El protestantismo deja el campo abierto á las instituciones civiles, no se mezcla para nada con los gobiernos, buscando los vínculos de confraternidad en la moral universal; la religion protestante, por la naturaleza de su sér y sean las que fueren sus aberraciones, no permite esos conflictos entre los poderes temporal y eclesiástico, que tantas rémoras oponen á la paz y al progreso de las naciones.

La libertad pone al individuo en posesion de su sér, reconoce sus derechos como hombre y los proclama inviolables: íntegro el hombre, funciona vigoroso; y como para que sean expeditas estas funciones, tiene que respetar los fueros de otro hombre colocado en las propias condiciones, se produce la igualdad y con ella las sublimes armonías del progreso indefinido de los pueblos.

Las instituciones en ese conjunto están hechas, viven en observancia, la ley es el yeso que se coloca sobre la fisonomía de ese pueblo, y ese molde es tan propio, es tan suyo, que no le lastima ni importuna, ni le impide su accion cuando se sirve de él.

En los gérmenes primitivos de este pueblo estaban encerrados sus elementos todos de grandeza: la libertad religiosa; porque en pos de ella habian atravesado los mares los primeros pobladores, y llegó con ella á estas playas la libertad civil, porque al constituirse, ejercieron sus derechos en la ancha base de las funciones municipales, miniatura del gobierno y la igualdad; porque ni el sacerdocio reclamaba fueros, ni la casta distinciones, ni habia mas que un punto único y una mira única, que era el bien comun. No es, pues, la diferencia entre los Estados-Unidos y nosotros, que á ellos los uniese y á nosotros nos desuniese la federacion: la diferencia es, que ellos eran hombres y conocian y sabian ejercer sus derechos, y nosotros éramos poco ménos que esclavos, enervados por una tutela de trescientos años.

Cuando la aglomeracion de gente y la distancia hicieron necesarias más complicadas relaciones, no tuvo que hacer nada; lo que en las sociedades antiguas se llamó el poder público, ese poder existia en todos y cada uno de los americanos, y existia en ejercicio constante; la agregacion de pueblos fué, como la de las individualidades, desde el hombre al municipio, al Estado; eran entidades perfectas, una sola era hábil para fungir con la misma aptitud que el conjunto.

La grande obra de Washington y de los constituyentes americanos, estuvo en reconocer con lisura esa verdad y hacer del gobierno general el policía que cuidara del órden y el portero que diese aviso á las naciones extranjeras de la voluntad de sus señores, sin entrometerse en todo.

El señorío del individuo le dotó, es cierto, de preciosos derechos; pero tambien le sujetó á grandes necesidades; valía por sí; era forzoso que subsistiese por sí; el trabajo fué una de sus condiciones de vida, y no el trabajo fincado en la ajena explotacion, porque se encontraria con la misma repulsa, sino el trabajo como fondo comun de la sociedad.

El que labraba los campos, el que atravesaba los mares, el que pedia á la ciencia sus revelaciones, vivian en el seno de una familia, en que tenian todos la misma representacion, las mismas aspiraciones, el propio grado de responsabilidad. Existia el pueblo: era una verdad que los que lo componian lo sentian, y los que lo veian tuvieron que admirarlo.

Cada cosa que pertenecia al individuo, tuvo que mirarse con indiferencia casi, porque el individuo era responsable de sus acciones: lo que tenia que ver con la sociedad, era notado por todos. La opinion no fué solo un juicio, sino el anuncio de lo que se ejecutaria en un caso dado.

Así nacido, creado y funcionando el pueblo, formando la caudalosa corriente: sus aberraciones, sus enfermedades, no tienen influencia, como no influye en el curso de las aguas la hoja que se desprende del árbol, ni el fango que enturbia á veces su superficie.

La democracia se ha realizado, y esta realizacion la presenta con caractéres distintos de todo punto de los caractéres con que conocemos en la historia á los pueblos que no tienen de tales mas que el nombre.

Las clases, conforme á la tradicion en las sociedades antiguas, sobresalen, son el todo; ellas engendran eminencias que proyectan su sombra en las masas y las convierten en enfermizas y en viciosas.

La categoría del cielo consagrando la perversion del espíritu en el secuestro de la conciencia; la categoría militar haciendo del asesinato una profesion y un taller de violencias el cuartel, haciendo la disciplina un instrumento de asfixia; la categoría de la sangre, llevando á los destinos públicos la pereza, la ignorancia, la lujuria y el robo; la categoría del saber haciendo de las aulas estancos de la luz, cuando no oficinas de falsificadores de la verdad.

Y para sostener á estos enjambres de farsantes y verdugos, el pueblo, á su vez ignorante, rencoroso, paga, pero se hace incompatible con las otras fracciones sociales, con intereses opuestos al suyo.

En esta democracia militante, las religiones en su concurrencia, compiten por beneficios reales; la escuela, el hospital, el taller, son objeto de su cuidado; y cuando pretende entrar, como el cristianismo, en terreno vedado, entónces la opinion lo contiene y la indiferencia lo restituye á sus rieles pacíficamente.

El elemento militar perturba y amenaza, pero tambien sin consecuencia: todo se reduce á pérdidas del tesoro, á disimulos en el presupuesto; pero el país es tan rico, que el propio despilfarro no importa un menoscabo.

¿Y las clases? ¿y la nobleza? ¿y toda la nomenclatura de saltimbanquis que son el azote de los pueblos? Esos no existen; y los vagos y los arbitristas pasan cayendo, fatigados en su camino, en medio de la rechifla universal.

Pero adviértase que esos caballeros de industria de las compañías fantásticas, de las empresas temerarias, esos alquiladores del viento, esos consocios del sol y del mar, son individuales, es decir, la espina, el grano, la verruga, no la sociedad americana.

Esas individualidades efímeras son las que extravían á los viajeros, con mucha especialidad á los de la raza latina, y es porque existe lo que se ve y lo que no se ve, como en uno de los preciosos sofismas de Bastial: se ve á la mujer pública en toda su desvergüenza, invadiendo las calles, asaltando los paseos, reclamando fueros y consideraciones; no se ven cientos de maestras en las escuelas públicas, modelos de saber, de recogimiento y de virtud; no se fija la atencion en las obreras de Haster; no se ven salir en las noches de la casa de Stuart, por cientos, las que fungen de dependientes y se concilian el respeto universal por su dignidad y compostura.

Se ve á los mil petardistas que explotan el humbug, y no los grandes inventos que honran á la humanidad.

Se ve al banquero que despide al mendigo de su puerta, y no al que envía cientos de miles para las bibliotecas, para las escuelas y casas de beneficencia.

En este particular es tan falible el juicio, que á primera vista, en un teatro, en un paseo, hay un personaje que comete inconveniencias de educacion impasables; muchas veces se indaga, y es porque el personaje de bejuquillo de oro y anillo de diamantes, es el carnicero, el herrero, el zapatero; y la gran señora á quien acaba vd. de ceder el asiento en un wagon, al siguiente dia la encuentra vd. barriendo los corredores de su hotel, ó va entrando en nuestro cuarto en demanda de nuestra ropa sucia para lavarla.

Como el trabajo y las empresas son más lucrativos que los empleos; como éstos no reconocen propiedad; como las consideraciones sociales están en razon de la independencia del individuo, éste tiene un modo de vivir ó lo busca, sin que se finque el modo de ser de una clase determinada de los empleos, y este es un elemento trascendental de paz.

El juez, el general, el presidente el dia que termina su encargo, vuelven á su taller en medio de la consideracion universal; el capitan que atraia las miradas en la mañana, va en la tarde con un tablon al hombro, sin esfuerzo y sin que nadie se fije en él.

En una palabra; nosotros, es decir, los pueblos hispano-americanos, como me hacia observar hablando de esto mi amigo Jacinto Gutierrez, venezolano ilustre, por nuestra tradicion y á causa de nuestra propia independencia, presentamos constantemente el espectáculo del pueblo en su tendencia á elevarse, y las clases en su afan de deprimirlo: el pueblo, un instante levantado, pero sin cimientos, sin bases sólidas, sucumbiendo para volverse á levantar de nuevo; y en este vaiven, un corto número de hombres de ideas verdaderamente liberales, segun la feliz expresion de Gomez del Palacio, luchando por hacer entrar en el carril del progreso social á los millones que tienen fuera de él los vicios de la educacion, la abyeccion y la barbarie.

Por fortuna del lector, y tambien mia, han tocado á mi puerta: digo por fortuna, porque terminan las soporíferas observaciones que me preocupaban y que continuaré cuando tema ménos que ahora aburrir á mis lectores.

Me proponia visitar la Aduana y estudiarla con el detenimiento posible.

Las cuestiones económicas en este, como en todos los pueblos, son tan importantes, que bien merecian dedicarles algunos ratos de disertaciones que son de otro lugar; y no tenga esto como una amenaza el lector, sino como motivo de expediciones á que me llevaba el deseo de hacer algo útil. Por otra parte, mi manía han sido esta especie de trabajos, y nadie tiene el corazon tan duro que no disimule las flaquezas de su prójimo de vez en cuando.

Me conducia en mi excursion el Sr. Macías, redactor del Comercio, persona en quien compiten el talento con la esmerada educacion.

La Aduana está situada en la parte baja de la ciudad, al Este, es decir, allí donde á sus anchas retozó el desórden cuando los primeros pobladores de esta isla se instalaron en ella, echando, como quien dice, por el atajo.

Hace poco, la parte que ahora recorriamos era la corte de los milagros de la ciudad.

Por aquellas vecindades está la calle, de la que hacia, en 1869, la siguiente pintura la Guía de Nueva-York:

"Los cristales de las ventanas que no están rotos, se han vuelto opacos con la porquería que los cubre, reemplazando con frecuencia el vidrio que desapareció, algun sombrero viejo ó algun hediondo trapo, que impide á un tiempo la entrada del aire y de la luz. De vez en cuando alguna mujer desaseada y á medio vestir, asoma la cabeza por una de aquellas ventanas, para mirar vagamente y con aire perezoso, la desapacible perspectiva que desde allí se ofrece, ó para reprender agriamente, con abundancia de juramentos, á algun chiquillo de los de la calle que ha quebrantado los preceptos paternales.

"Cruzan del uno al otro lado de la callejuela, un sinnúmero de cuerdas cubiertas de harapos, que se supone haber sido lavados y que cuelgan allí para secarse y para mantener en estado contínuo de humedad el piso de la calle, saturando con sus líquidos desprendimientos, tan desagradables al olfato como perjudiciales á los sombreros y á los trages, á los muchachos que juegan debajo, ó á algun desgraciado transeunte que se ve en la precision de arrostrar aquella lluvia grasienta y hedionda. En la parte ancha de la calle hay siempre una muchedumbre que pudiera proporcionar materia al génio especial de un Hogart ó de un Dickens.

"Vense allí carretones que sirven de pescadería ambulante, desde donde se venden peces cuyo olor indica la larga fecha que hace han abandonado su elemento, y otros vendedores que llevan sus mercaderías en otros carretones semejantes, con verduras que de todo tienen ménos de verde; que ó son lo que debieran ser las legumbres, ó están tan sazonadas, que han llegado al estado de fermentacion. Operarios sin trabajo, ladrones sin ocupacion, individuos ébrios de ambos sexos que se dirigen dando traspiés á sus habitaciones, ó más bien cuevas respectivas, abrazando cariñosamente frascos ó botellas de veneno, con el título de whiskey; criaturas prematuramente desarrolladas y arrugadas que ofrecen el doloroso aspecto de séres enanos y raquíticos: tales son los humanos elementos de aquel repulsivo vecindario."

Como he dicho, estas son las vecindades del rumbo que atravesamos; vecindades muy mejoradas, y en las que seria hoy pálido y sin verdad el cuadro que acabamos de copiar.

Trátase del laberinto de los bancos, de los tesoros de la gran ciudad y de las oficinas más importantes: la Tesorería y la Aduana.

En calles desiguales que se abren y se cierran por sus esquinas, entre alturas y depresiones de terreno, se va á ese asombroso manantial de dinero que se llama la Aduana de Nueva-York.

Es un edificio de granito de aspecto sombrío en su entrada, como si hubiera comprendido el arquitecto que se trataba de la inquisicion del comercio.

Las robustas columnas que forman el pórtico son estrechas, y en el mismo pórtico, entre las columnas del centro, está incrustada en fracciones la escalera que conduce al primer cuerpo del edificio, porque su bassement ó piso subterráneo es altísimo.

El salon del despacho es de forma circular, de mucha elevacion, y tiene de trecho en trecho columnas que dan á amplísimos salones.

En el piso del despacho, en círculo corrido, hay grandes bufetes de caoba con sus frentes cerrados y sus puertecillas en forma de arco, por donde solo puede asomar una persona á hablar con el empleado. Me parece inútil decir que el gentío era inmenso: estaban agolpados los hombres frente á las mesas, con sus sombreros puestos y sus papeles en las manos, en número como de mil personas, y eran las doce de la mañana, hora que menciono por ser de un calor insoportable, y por lo mismo, menor que á otras horas la concurrencia.

Sin trabajo alguno preguntamos por el jefe, para quien llevábamos recomendacion, y nos dirigieron al segundo piso del edificio, despues de atravesar un patio estrecho con fajas de tránsitos, que no me atrevo á llamar corredores.

La seccion del edificio por donde transitamos, está destinada á la contabilidad y al asesor ó fiscal que ordena la cuenta.

El jefe á quien fuimos presentados, es aleman de nacimiento, regordete, moreno, un tanto calvo, de ojos negros y de fisonomía abierta y marcial.

Se dice que este personaje, que á las primeras palabras se comprende que es un hombre lleno é inteligente, es notable economista y persona muy despierta en toda clase de negocios.

El Sr. Macías tuvo la dignacion de llevar la palabra: le expuso el objeto de mi visita, que no era otro sino ver las oficinas de la Aduana y adquirir datos para juzgar con fundamento de nuestras relaciones mercantiles, cultivando estudios á que soy aficionado.

Con este motivo, entró en explicaciones el jefe que me pareció al frente de la oficina de contabilidad, y trayendo el Informe estadístico de comercio y navegacion que comenzó en 30 de Junio del año pasado y debe terminar en 1.º de Julio como nuestros años fiscales, me hizo notar algunos artículos de comercio activo de México, como café, cueros de res, caballos, henequen y palo de tinte, que representaban, con otros artículos que no menciono, la suma de diez millones de pesos poco más ó ménos.

En cambio, yo le recordé cifras en que convino, de las que resulta que los americanos no importan á nuestro suelo ni dos millones de pesos, y si se pusiera millon y medio, andaria mucho más acertado. Este resultado le hizo sonreir y yo le hice notar que las cifras citadas ponian de manifiesto los absurdos económicos de su tarifa.

—Se ha nombrado, me dijo, una comision ad hoc para que emita su juicio sobre nuestro arancel; tiene concluidos sus trabajos, y la próxima legislatura hará rebajas muy notables.

La tendencia de este gobierno, como la de todo gobierno bien intencionado, debe ser, me dijo, estrechar los vínculos por medio de relaciones de igualdad, y eso deberá hacerse con México por medio de un tratado en que se concilien todas las ventajas, de una manera amiga: un sistema como el del Zollwerein, haria efectivas todas las libertades....

Yo no repliqué, porque sentia que mi asiento se hundia y que me faltaba la razon.

Un sistema en que gozáramos todas las libertades por medio de un tratado como el del Zollwerein, es nada ménos que la pérdida de nuestra independencia; ó así fué, ó así lo comprendí: el caso es que abrevié mi visita y me propuse imponerme con alguna otra persona de la cuestion de aduanas, ó no imponerme, que de cóleras estoy harto, y masco la bílis por estas calles de Dios. ¿Querer que México sea la India de esta Nueva Inglaterra? ¡Un demonio!

El jefe á quien fuimos recomendados, me hizo instancia para que repitiese mi visita; me obsequió con algunos documentos importantes, y yo salí ardiendo mi alma de aquel magnífico edificio.

La Zona, un mercado en que no se tenga concurrencia para dar salida á los artículos que produce este suelo; el proteccionismo que unos cuantos propagan en mi país, ciegos y obstinados, este será el cáncer que devore á México.

¡Mantengamos nuestras prohibiciones, alcemos nuestras tarifas de modo que se repudie toda concurrencia hasta buscar el nivel de los Estados-Unidos, y entónces seremos la India de esta Nueva Inglaterra!

¡Qué distinto rumbo nos marca el dedo certero de la libertad! Abatidas nuestras tarifas hasta donde más fuese posible, con puertos de depósito en todo el golfo y franquicias las más amplias en toda la frontera, el comercio para los Estados-Unidos tomaria el rumbo de México, y se verificaria una revolucion grandiosa en todos los pueblos hispano-americanos; por sí mismas se efectuarian entónces mejoras que abortan en especulaciones desastradas; se protegerian naturalmente industrias naturales que no necesitan fomento alguno; la alza del salario seria la regeneracion eficaz de nuestro pueblo, y el roce con las otras naciones, el elemento más poderoso de fuerza y de progreso.

A los artesanos politicastros, á los periodistas que por la curva de las juntas buscan las curules, á la masonería electoral, han de parecer muy amargas mis verdades y me producirán injurias; pero la evidencia de mis raciocinios tendrá apoyo un dia en todos los hombres rectos é ilustrados de mi patria.

Durante los once meses corridos del presente año fiscal, el valor de las exportaciones ha ascendido á 560.000,000 de pesos, ó sea un aumento de 165.000,000 comparado con el de igual época del año anterior. El de las importaciones ha sido de 430.000,000 ó sea una diminucion de 24.000,000. La exportacion del oro subió á 49.000,000 y la importacion á 39.000,000.

La parte digna de recorrerse como dependencia de la Aduana, son los almacenes en que se hace el despacho, y de ellos haré otro dia una descripcion á mis lectores.

Al regresar de mi excursion, me guarecí del sol infernal que derretia los sesos, en la oficina consular.

Juan Navarro, aparte de ser un sabio, es un hombre de muy buena sociedad y el platicador más divertido y más sazonado que vdes. pueden imaginar: conversaba con Mariscal y con Francisco Gomez del Palacio, diestros como ellos solos para esgrimirla sin hueso y dar riquísimas tintas á la caricatura de la palabra, cuando se trata del humbug y del escabroso idioma de Washington Irving.

Conmigo es el tema eterno de conversacion el inglés, porque saben y palpan mi dificultad infinita para pronunciarlo.

Pero les replicaba yo:

—Cuando una palabra tiene el hilo y el chisgo de nuestro idioma, pase, se da uno sus trazas para comprenderla; cuando la palabra es de todo punto diferente, entónces se da uno sus mañas para buscarle punta; pero yo no me puedo conformar con que comencemente de un colegio, sea fin de su año escolar y no principio: claim, reclamo y no clamor, y que cuando me digan cinic, me quede como una lechuga, porque me quieran decir hombre de experiencia y desengañado. ¿Cómo me puede entrar en la cabeza que descriminate sea distinguir y separar, sin tener nada que ver con la criminalidad?

—Más te escuecerá, me decia Francisco, que te llamen á tí Mr. Praits, á Negrete Negrito, á Iglesias Aiglisaias, á mí Pelesaio y á Diaz Daiaz.

—Para eso de entenderse con americanos, no hay como el castellano viejo, dijo Navarro, y si no me creen, díganme lo que opinan de la historia que voy á referir.

—Historia de españoles de fé son la materia inagotable de tus cuentos, como de Fernando Calderon los legos.

—Escuchen vdes:

Recien llegado, hace años, á esta ciudad, un dia estaba muy reposado y silencioso en un baño público, cuando de repente oí recias pisadas que revelaban largo y holgado calzado, y oí que sonaban las palmas de la mano como llamando.

—¡Ah de casa! dijo una voz acentuadísima de la Península Ibérica.

—Santos y buenos dias.

Se oyó salir á la irlandesa de servicio.

—Hijita, le dijo mi español, póngame vd. un baño con el agua tibiecita, al calor del cuerpo.... por allí, por aquel rinconcillo.

La irlandesa, en el asendereado inglés que les es natural á los de su raza, le decia que si queria solo agua fria, para abrir, segun su voluntad, las llaves....

—Eso es, todo lo alistas.... que sea de lino la sábana.... ¿de la sábana me hablabas?

Emprendióse un altercado en que cada cual hablaba lo que le parecia.... yo, á medio vestir, saqué la cabeza fuera de la puerta.

Encontréme con un hombre con un sombrero á la Pipelet, panzon, mofletudo, con su vestido de rayadillo, su amplia alpargata y su paraguas encarnado bajo el brazo.

—Caballero, me dijo, ¿vd. quiere hacer el favor de decir por qué no me hace caso este pedazo de canto?

—Porque no se entienden, le dije, porque vd. le habla de la sábana y ella de la agua fria. Ya está el baño, vaya vd. por allí.

—¡Bendito sea Dios, hombre! ¡bendito sea! porque encontré persona de chirúmen; pues vea vd., en mi tierra, por negada que sea la persona, cuando uno pide agua, aquel á quien se dirige la palabra sabe á poco más ó ménos que de agua se trata; pero aquí todo anda al revés....

—Consuélate con las observaciones del español.

Así concluyó Navarro.

Illustration from Viaje a los Estados Unidos, Tomo III

VIAJE DE FIDEL LIT. H. IRIARTE, MEXICO Casa del Ayuntamiento.

IV

Instruccion pública.—Broad de Educacion.—Asistencia de niños.—Lecciones sobre las cosas.—Informe.—Carácter de la instruccion pública.—Carreras especiales.—Escuela normal.—Publicaciones y objetos de instruccion para los niños.—Educacion de la mujer.

Aunque mi propósito es escribir especialmente sobre la educacion de los Estados-Unidos, no para darla á conocer en México, porque eso se podria conseguir ventajosamente teniendo á la vista los luminosos escritos de mi distinguido amigo el Sr. Bachiller ó los concienzudos estudios de Hipau, y sobre todo la voz viva y las aplicaciones luminosas de Mantilla, sino como motivo para observaciones aplicables á mi país, no quiero dejar pasar sin notarlo el Informe que acaba de publicar la Direccion de Instruccion Pública.

Segun el Informe de la Direccion de Instruccion pública, hay en Nueva-York 308 escuelas, repartidas del modo siguiente:

Escuelas de gramática para niños 46

Para niñas 46

Para ambos sexos 12

Primaria de departamentos 66

Escuelas separadas 46

Para niños de color 7

Escuelas incorporadas 46

Escuelas nocturnas 35

Escuela de náutica 1

Escuela normal 1

Escuela para maestros 1

Colegio de perfeccionamiento 1

308

La asistencia de niños fué de 252,155: concurren constantemente un 72% y llega al 90, de suerte que la pérdida se valúa en un 10%.

Las escuelas están servidas por 335 maestros, de los cuales 132 se emplean en las escuelas nocturnas, y 2,912 preceptoras.

Las escuelas son visitadas constantemente por empleados de la Direccion, quienes tienen el deber de examinar las clases, y hacer por escrito sus observaciones sobre asistencia, disciplina, aprovechamiento, estado del edificio y cuanto se cree conducente.

De los informes recibidos en el año, resultó que los cursos de instruccion eran muy complicados, no habiendo proporcion entre los esfuerzos de los niños, el costo de las escuelas y los resultados. Esto dió lugar á consultas y discusiones luminosísimas, de que resultaron reformas en todos los ramos, simplificando métodos y suprimiendo las materias no necesarias.

Uno de los puntos en que más se fijaron, fué en el sistema objetivo que aquí se llama lecciones sobre las cosas: el Informe hace observar que ha producido en muchos casos la confusion de las ideas de los niños, que recarga su inteligencia de un tecnicismo que los puede convertir en charlatanes.

Dedúcese del Informe, que el sistema objetivo puede fungir de dos maneras: ó dando al niño nociones generales de las artes y las ciencias, ó ilustrando sus conocimientos escolares, sirviendo á la explicacion como la estampa sirve al texto, pero siempre acomodándose á la inteligencia del niño, sin confundirlo; de suerte que no solo se requiere en el maestro vasta instruccion en lo que explica, sino conocimiento profundo de la capacidad de cada niño, buen sentido, y esto es muy raro: por lo mismo, en la reforma se ha limitado mucho esta enseñanza.

De la lectura rápida del Informe se notan cosas que merecen la atencion.

Es el Informe un libro en que constan las varias observaciones que se han hecho sobre la enseñanza, la disciplina, la inversion de fondos, el estado material de los edificios y las mejoras que es necesario introducir.

La lectura de este Informe, lleno de minuciosos detalles, de sagaces apreciaciones, y en que se revela una dedicacion religiosa, me ha hecho dar cuenta á mí mismo de peculiaridades en que no me habia fijado constantemente.

El gran negocio de la instruccion pública es no solo de interes, sino de accion universal; no es la creencia, es la manifestacion activa de una funcion vital del conjunto de la sociedad.

Esta accion se renueva y vivifica con el nombramiento popular.

Dividida la ciudad en distritos peculiares de enseñanza, cada distrito hace su eleccion de tres individuos para la Direccion general.

Este cuerpo es, para expresarme á mi modo, el cuerpo legislativo de la enseñanza: él nombra comisionados ó ejecutores de sus órdenes, y así se cria un poder ejecutivo; pero la autoridad local nombra inspectores y los padres de familia tambien; de suerte que estas distintas fuentes de poder, forman la vigilancia recíproca.

Los fondos los constituyen propiedades, donaciones y suministraciones del presupuesto; pero una vez decretada la suma, la inversion depende de este cuerpo legislativo peculiar.

Los comisionados fungen cada uno en comision diversa; de suerte que dada la asignacion de un libro, el señalamiento es de una comision, de otra el número, de otra la paga, y se necesitaria una série de difíciles combinaciones para llegar al robo en un solo distrito.

Comunicado por todos y siendo negocio de todos la instruccion, el Estado sigue el movimiento, y las distintas religiones cooperan, desapareciendo el inconveniente formidable de que una sea la tendencia social y otro el interes religioso, y nazca esa pugna entre los intereses nacionales y los de secta, disputándose el corazon del niño.

Dotada con riqueza la escuela gratuita; estando bajo el cuidado y vigilancia del padre de familia; con los mejores maestros; con más ricos instrumentos que los que puede costear un particular, la escuela gratuita es la escuela comun; allí nace casi espontáneo el pueblo, y tiene su fuente la más pura democracia.

No hay decentes ni pobres; todos reciben el pan de la enseñanza sentados á una misma mesa; el talento y la aplicacion reclaman sus fueros con los mismos títulos; en las distribuciones de la escuela se cobra el hábito de acatar la autoridad independiente de la posicion del individuo; estrecha vínculos la simpatía á despecho de las desigualdades de fortuna; en la escuela, de una manera insensible, armónica y poderosa, se hace la patria.

La dotacion de la instruccion es un conjunto puesto á la disposicion de todos y para que todos gocen de él en toda su extension, y en este conjunto en que está desde lo primitivo hasta lo sublime de la enseñanza primaria, tienen acceso todos los niños y niñas, sin distincion alguna.

Las desigualdades, las diferencias, el límite señalado al niño entre la más rudimental y la mayor suma del tesoro de la instruccion, lo crian las circunstancias privadas del niño, no el Estado.

El Estado ve futuros ciudadanos, es decir, hombres que deben ser aptos para gobernarse por sí mismos, ya como particulares, ya representando á la nacion; y en esto no cabe pensar en pobre ni en rico, en artesano ni en músico, ni en astrónomo, sino en ciudadano y en miembro activo de una sociedad que se gobierna por sí.

Nosotros, por la educacion latina, por el espíritu de historia, por la reminiscencia de las clases, tenemos un molde para pobres, otro para ricos, uno para tontos, otro para hábiles; y eso es crear la rivalidad, y la casta, y las distinciones anárquicas en el corazon de la sociedad.

Aquí se ha pensado en el curtidor Grant, lo mismo que en el sastre Jhonson, y lo propio en ese sastre que en el inmortal Washington Irving: los elementos que da el Estado son para todos iguales. De ahí la manera viril de ser de la mujer que á nosotros nos sorprende, y que encomendamos al ridículo de puro no comprenderla.

Por esta razon las carreras especiales no son de cuenta del Estado: en ellas impera la ciencia; en la escuela comun, la patria.

La escuela normal es el cimiento y el complemento á la vez, con que se corona y en que descansa este sistema magnífico; ella conserva y enriquece el depósito sagrado de los conocimientos; ella envía apóstoles de la luz por todas partes; ella inunda los espíritus y los dirige al bien; ella discute, con los datos que le suministra la experiencia, sobre los medios de llevar á su mayor altura y comunicar más subido esplendor, al astro que hace cada dia más sorprendentes los adelantos de la nacion.

Convertido en objeto de predilectos cuidados el niño, y siendo universal el interes que por él se toma, la especulacion misma se plega y sigue la corriente.

Es inmenso el número de publicaciones y de objetos para los niños, que pueden tener aplicacion á la enseñanza: periódicos bajo todas sus formas, libritos de cuentos morales llenos de láminas y primores, barajitas con figuras históricas, manuales de juegos de sociedad en que se recorre la geografía, se juega con la aritmética y se comenta la historia nacional en la chanza y en la travesura, y en todo está el designio de hacer del niño un hombre útil á sus semejantes y á su patria.

Repito que no es con el saco de viaje en la mano como se deben ampliar estas observaciones; pero no puedo resistir á la tentacion de hacerlas, porque en semejantes materias nada es despreciable.

Respecto á las niñas, hay igual ó mayor dedicacion; por regla general puede decirse, que la mujer en los Estados-Unidos es más culta y entendida que el hombre, aunque ménos reflexiva y de ménos sentido práctico. Aun en cuanto á la hermosura, no hay proporcion entre el número de mujeres realmente lindas, y hombres hermosos; y no porque éstos sean desgarbados y bausanes en general, sino porque no tienen gracia ni belleza sus facciones.

A las niñas se les ejercita desde muy temprano en el gimnasio: los aros y la cuerda son vulgares; corren como cabras y patinan, de hacer la desesperacion de un saltimbanqui.

De todo esto resulta que sean sanas, bien formadas, de admirables colores y que produzcan generaciones de atletas.

Escriben con perfeccion; para la contabilidad son solicitadas por su dedicacion y limpieza; no son extrañas á la música, aunque no brillen en ese arte divino, y corren en la danza parejas con el viento.

La mujer bien educada de esta tierra, es adorable de amabilidad y de cultura.

V

Despacho de la Aduana.—"Poblic Store."—"Delivery Office."—Puerta de salida.—M. Clark.—M. Grogan.—Depósitos del agua.—Division en secciones para el despacho.—Vigilancia.—"Luck up."—Reflexiones.

Al fin logré mi objeto de ver á mi sabor y hacerme cargo, como Dios manda, de las operaciones de la Aduana, en la parte de lo que llamamos el despacho, y en eso he empleado casi todo el dia.

El Sr D. Pedro Córdova, corredor muy acreditado y persona en quien no supe qué admirar más, si su bondad para conmigo ó la suma de sus excelentes conocimientos, ha puesto á mi alcance las operaciones aduanales con la mayor lisura y con paciencia inagotable.

El llamado Poblic Store, ó sea el edificio formado ad hoc para el despacho aduanal, está cercado por calles de tráfico activísimo, que son, como hemos dicho en otra parte, una prolongacion del Mercado de Washington. Omnibus, wagones, carruajes, girando entre tercios, barriles, pacas y carros numerosos con verduras, entre cuyos objetos hierve este inmenso gentío de dia de juicio, que da á toda concurrencia aspecto tumultuario.

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