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Viaje a los Estados Unidos, Tomo III

NUEVA-YORK (CONTINUACION) (continued 3)

Reading edition

De 1874 á 1875 se vendieron nueve millones de acres.

El precio de las tierras es en lo general un peso veinticinco centavos por acre, y en las inmediaciones de los caminos de fierro dos pesos cincuenta centavos por acre.

Pero, continuó Francisco, con la elocuencia natural que tiene cuando se exalta, no pierdas de vista que estos no usan jamás la palabra colonizacion; nada indica sumision ni dependencia: el ingreso del extranjero es insensible y asegurado por hechos positivos.

Si emigra el extranjero á su país despues de naturalizado y allí se le molesta, se le ampara como americano con toda la energía del poder nacional. Así sucedia cuando los alemanes, huyendo de la conscripcion de la guerra, vinieron y se naturalizaron: al regresar á su país se les quiso perseguir, y allí los amparó el poder americano.

¿Qué más? Shurtz, el sabio ilustre, el orador eminente, el ministro del Interior hoy, ha llegado aquí como un fugitivo escapando como liberal á una cruel persecucion.

El menestral europeo que nació en una condicion humilde; el agricultor que hizo brotar de la tierra regada con su sudor, los títulos que merecen la honradez y el trabajo, no puede alternar con la gente decente: se le despide de los salones aristocráticos, se le humilla, y solo por contadas excepciones se le admite en el ejercicio del poder.

Aquí, al llegar, se siente soberano; á los seis meses se le llama á la eleccion: con la excepcion única de la presidencia, puede figurar en todos los rangos de la administracion; y cuando despues de seis meses en su pueblo, nota algo que le repugne, el municipio le abre las puertas, y puesto que paga su agua, y su luz, y su empedrado, y su policía, están á su alcance los goces sociales, de una manera fácil y segura.

Uno de los más poderosos elementos de verdadera grandeza están en estas leyes, que para un americano son prácticas y convierten en la gran nacionalidad del mundo la nacionalidad americana....

—Francisco, déjame por vida tuya enviar en deseo y aplicarme algunas docenas de azotes por estas leyes de colonizacion, agencias, direcciones, folletos, colonias y toda esa multitud de supercherías de que todavía tenemos lleno el chirúmen....

—Yo te he dicho ideas muy generales: si quieres estudiar la materia, lee á Chevalier (Cartas sobre los Estados-Unidos); lee Un Reporter, publicado en 1872, escrito por Young, ó por lo ménos el Atlantic Montly de Abril de 1872, en donde hallarás verdadera instruccion.

—Ya leeré todo eso; pero aquí he indicado lo bastante para llamar la atencion sobre la materia y para que no se duerman mis lectores.

Y ya era tiempo que dejara la pluma, pues por segunda vez tocaba la puerta Andrés Aznar, para llevarme á la parte baja de la ciudad, del lado del Este.

Desde que se llega á City Hall se conoce que se ha tocado, sin dejar Broadway, en una region de actividad suma: por millares acude la gente, rebosa en las banquetas, hormiguea en las plazas y hierve entre carros, ómnibus, tilburys, carrillos de mano y cuanto mueble rodante se ha inventado en esta bendita tierra.

Gigantes edificios, ó mejor dicho, alcázares en que el crédito ejerce su poder mágico en Bancos, Sociedades y Compañías; palacios en que se asienta dominante el cálculo para combatir la tempestad, contrariar el fuego y desarmar á la muerte de su saña destructora; y para hablar en plata, Bancos, Sociedades de seguros, Compañías de telégrafos, de ferrocarriles, de gas. Es decir, la especulacion con la vida, con el viento, con la llama, con las ilusiones y con las esperanzas, y todo en accion; de suerte que cruzan los aires viajeros por los elevadores, suben, bajan y se derraman de las escaleras y brotan de los bassements á incorporarse con los raudales que cruzan y se escurren por las bocacalles.

Estas bocacalles, en la parte que recorriamos, llevan á calles tortuosas, desordenadas, de angostas banquetas y piso desigual, llenas de lodo y estorbos, interceptadas por carros y caballos, presentando fachadas, y torres, y aceras curvas y sesgas que forman verdaderos laberintos: allí se apiña aún más el gentío, y es una de empellones y codazos, que magulla el cuerpo.

En aquellos callejones, no obstante, continúan las tiendas deslumbradoras de riqueza: muebles, relojes, carros, joyerías, ropa hecha, frutas y grandes almacenes de todas clases, haciendo sus enfardelamientos, sus cargas y descargas, en medio de la banqueta, sin cuidarse maldita la cosa de los transeuntes.

—Esta es la calle de Woll: se compone casi en su totalidad de Bancos, me decia D. Andrés; antiguamente, como vd. sabe, se proclamaba la libertad de los Bancos; es decir, que Perico el de los Palotes podia, si queria, sin satisfacciones ni escrúpulos, poner su Banco y emitir sus billetes, ó sea papel moneda circulante, segun el crédito ó la voluntad de la Compañía.

Muchas veces una caja de fierro, un mostrador y unos cuantos libros, fué el capital del Banco, porque el resto del aparato lo daba la casa. Las quiebras se repitieron y el contagio de los desfalcos producia el pánico, ó como quien dice, el terror á las pérdidas, motivo de grandes trastornos.

Ahora cada propietario ó Compañía deposita en el Gobierno una suma en papel que sirve de garantía á las operaciones del Banco, y tienen otras seguridades las transacciones. En cambio, los banqueros tienen mayor preponderancia, como que la concurrencia es menor.

No obstante, puede calcularse en 300 millones de pesos el giro activo de los Bancos, lo que no es un grano de anís.

Las mil transacciones se purifican y rectifican diariamente en la Casa de liquidacion, que es exactamente como el Clearing-House de Lóndres. Es decir, casa en que á una hora dada, asisten los dependientes y cambian sus bonos, liquidando y pasando las sumas que uno da á la cuenta del que recibe, y vice versa, resultando cambios de muchos millones diarios, lo que es poderosísimo aliciente para la circulacion.

Hoy existen en la ciudad 72 Bancos de depósito y descuento, y 42 Cajas de ahorros.

El interes del dinero ha oscilado entre el 5 y el 7%, de algunos años á esta parte.

El Banco de Nueva-York, el de América, el del Comercio, son magníficos; son verdaderos templos, y el lujo ha agotado sus recursos en esos establecimientos.

—Ese grande edificio que está vd. queriendo reconocer, me decia D. Andrés, es la Aduana: tiene 200 piés de largo, 171 de ancho, 77 de altura. En el salon en que vió vd. tanta gente, caben tres mil personas, el costo del edificio fué un millon ochocientos mil pesos.

Vd., continuó D. Andrés, que siempre se está fijando en las irregularidades de la arquitectura, vea con cuidado ese edificio: es la Tesorería. ¡Qué correccion de pórtico! ¡cómo no desmiente una línea el órden dórico de las columnas de ocho varas de altura y más de cinco piés de diámetro! Se sube al pórtico por 18 escalones de granito.

El arquitecto, Juan Frases, hizo una copia feliz del Partenon de Aténas: no tiene vd. un trozo de madera de una pulgada en todo el edificio. Hay quien asegure que se depositan en él, dia á dia, las dos terceras partes de las rentas de los Estados-Unidos.

—Advierto á vd., le dije á D. Andrés, que voy sudando la gota tan gorda y que estoy rendido.

—He querido, me dijo, torciendo una esquina, traer á vd. á la gran Casa de Hallen (y como esta hay muchas), á que vea la multitud de máquinas para la agricultura. En México, continuó, ¿conocen vdes. esas máquinas?

—Sí, señor, se conocen muchas; pero, como secretos, no están al alcance de todas las fortunas; los dueños de las fincas suelen comunicarse sus ensayos, y si resultan felices, se los guardan para obtener ventajas en su explotacion: despues de mucho indagar, sabe un curioso que en tal calle ó en tal almacen hay unas máquinas.

X

Casa de Hallen.—Zapatos para caballos.—Máquina pulverizadora.—Molino de viento aplicado al riego.—Recuerdos.—Los cepillos de dientes.—Los wagones.—Reloj inspector.—Mi tertulia.—Los criados.

Entramos á la Casa de Hallen, que se compone de grandes galeras con toda clase de instrumentos y máquinas para la agricultura.—Ví en las paredes podaderas y tijeras adheridas á palos que prolongan sus piernas, y con las que se alcanzan grandes alturas.

Zapatos para el resguardo de los piés de los caballos, que hacen fáciles sus curaciones. Esqueletos de alambre para enredaderas y adorno de jardines.

—Ahí tiene vd. todo un trapiche, me dijo, al alcance de las fortunas más módicas. Esos alambiques duplican el rendimiento de las mieles.

Ese rastrillo para desenyerbar, apénas vale nueve pesos.

Este curioso aparato es para hacer mantequilla; lo mueve un perro, que al querer ó no, da vuelta á ese cilindro.

Esa parrilla con picos de fierro es una rastra: tiene diez piés de ancho, se mueve expedita con un solo caballo: cuesta solo veinte pesos.

La máquina que está á su espalda de vd., es lo que se llama grada pulverizadora. Pulveriza perfectamente la tierra, funciona muy bien en terrenos húmedos. No obstruyen su marcha las raíces: vale treinta pesos.

Cardadores, sembradores, todo lo que quiere decir ahorro de trabajo, produccion mayor, baratura, está previsto y conciliado en aquellos esclavos bienhechores del hombre.

Me puso frente á un molino de viento para examinarlo á mi sabor. En mis tránsitos por este país, en medio de risueñas sementeras, como complemento de paisajes encantadores, sobresaliendo de las casas, en vecindad con los palomares y las torres, le habia visto en movimiento, dando singular animacion á la finca rústica.

Sobre dos piés que unidos á una escalera de mano forman una pirámide que con robustos travesaños se convierte en sólida torre, se eleva un gran disco hecho como de los simétricos radios de una rueda: los ejes en que encaja el radio sostienen una gran pala como la cola de un cometa; de esa cola depende un fierro vertical que engancha con el émbolo de una bomba.

El molino se mueve con el viento más suave; cuando el viento es fuerte, gira expedito, y si es impetuoso, sigue la corriente del aire ó se plega sin sufrir deterioro alguno.

Este precioso molino, que he visto funcionar admirablemente y que está vulgarizado en todas partes, seria en México de infinita utilidad.

En esas poblaciones y llanuras sin agua, en donde son tan profundos los pozos, en donde la noria y el acarreo de mano hacen tan exiguos los depósitos de agua; en donde hombres y animales se rinden de fatiga, teniendo que trabajar mucho para arrancar un cántaro del fondo de un abismo, y donde la esterilidad precursora de la hambre, convierten en raquíticos, enfermos y sucios, pueblos enteros; se veria en cada molino un Moisés que refrigerara los hombres y cubriera de fertilidad la tierra, ó por lo ménos, que aliviara á los viajeros y evitara la muerte de los ganados.

Muchas veces en un llano árido y quemándome el sol, he esperado á que se dé agua á los animales que me conducian, presenciando la tarea de los sirvientes.

Otras veces me he detenido á ver á un muchacho tirando de una cuerda, desde el brocal de un pozo, y andando con el cordel que pasaba por la ruidosa carretilla, haciendo empuje con el hombro y el cuerpo, echado hácia adelante para sacar una bota que no bastaba para apagar la sed de un caballo, y cuántas ahora, aquí, me he puesto al frente de un raudal perenne, pensando en México, á ver trabajar este inanimado obrero, al que se le contempla casi con reconocimiento, porque es el dispensador del bien.

D. Quijote en las aspas de los molinos veia brazos amenazadores de gigantes: el brazo del molino americano, nos llama para refrigerarnos, y agita su pandereta en los aires como una gitana enamorada, para regocijarnos.

Los precios de los molinos, desde la fuerza de medio á cinco caballos, es desde noventa hasta quinientos cincuenta pesos; pero estos últimos se aplican á toda especie de maquinaria.

—Y no obstante la abundancia de máquinas, me decia D. Andrés, ya sabrá vd. que aquí es donde más alta remuneracion tiene el trabajo; y si no, vea vd. la lista de salarios que casualmente traigo en el bolsillo.

Sacó su enorme cartera del bolsillo D. Andrés, cartera que balija parecia, y me leyó:

POR DIA.

Albañiles, carpinteros, torneros, herreros, toneleros, ebanistas, pintores de brocha gorda, canteros, hojalateros, sastres y zapateros$2 50 á $3

En las fábricas el salario es á doce pesos por semana, y para las artes mecánicas se calcula en veinte pesos.

No quise abusar más tiempo de la bondad de los señores de la Casa de Hallen. D. Andrés me impuso de la facilidad con que habia logrado situar muchas de aquellas máquinas en Campeche y Yucatan.

Tengo entendido que sin esfuerzo alguno podria formarse en nuestra Biblioteca una seccion con todos los avisos que aquí se riegan en los suelos y que se dan á los que pasan. Eso, solo por el atractivo de las figuras, seria una instruccion, haria llegar á conocimiento de todos, mejoras y progresos de todo punto desconocidos.

Al regresar por entre el tejido de callejones y vericuetos, fuí testigo de una escena que me hizo olvidar un tanto mi fatiga.

En la esquina de una de esas calles angostas y pendientes, al rayo del sol quemante, sobre un cajon de vino, con una mesita de tijera al frente, un yankee en toda la gloria del humbug proclamaba las excelencias de unos polvos maravillosos para poner los dientes como el marfil; suavizar los labios como pétalos de rosa y perfumar el aliento.

El hombre hablaba como un energúmeno y sudaba á mares.

En mangas de camisa y sombrero alto, pelo rubio, nariz aguzada, un cuello como barnizado con tierra roja, escaso bigote rubio.

Usa chaleco negro, y de sus ojales penden toda especie de colgajos que remedan medallas, entre ellas una de la Vírgen de Guadalupe, y un peso español, son sus distinciones de honor, al decir de las gentes; se pasaba el cepillo por los dientes y salia un liston, ó unas letras de oro, ó una pluma: la gente estaba lela.... endiosada.... habia aplausos y silbidos, que aquí es otra variante del aplauso.

Hablando, hablando, se apoderó de un muchacho que estaba cerca, se lo sentó encima, lo sujetó, y ántes que pudiera volver en sí el chico, ya le habia metido el cepillo con polvos en la boca y le habia dado algunos restregones; el muchacho, entre llorando y riendo, mostraba una dentadura deliciosa.... la gente aplaudia.... y yo me retiré, porque aquel caribe, una vez enfurecido, podia seguir barriendo las dentaduras de todos los circunstantes.

Cuando doblé la esquina, ya habia tres muchachos pelando los dientes, como avisos animados de la mercancía del embaucador.

En la noche tomé uno de los carritos, con mil trabajos, y me dirigí á mi tertulia de los viérnes.

He dicho que cogí el carrito con mil trabajos, porque no obstante haber carros en todas las Avenidas, ménos en la Quinta y en varias calles, y no obstante que en la doble vía se suceden sin interrupcion esos carros, formando líneas en contínuo movimiento, los carros están constantemente llenos, y á ciertas horas son asaltos, aprensamientos y luchas formales las que se tienen que emprender para trasladarse de un lugar á otro, por el módico precio de cinco centavos, en trayectos que pasan de dos leguas algunos de ellos.

El conductor del wagon jamás rehusa viajeros, aunque el vehículo rebose en gente y vayan en racimos en las plataformas y escaleras.

Lleno el número de asientos de cada carro, la gente se coloca de pié dominando á los que van sentados, y se afianza á unos palos que hay en la parte superior del wagon con unas argollas de cuero. Así, la parte excedente, ó va como racimos colgada en un perchero, ó se abre de brazos, y es una preciosa procesion de Cristos la que se presenta á la vista; en el invierno suele la alta temperatura, que en todos sentidos produce la aglomeracion de gente, tener sus atractivos; pero en verano, el rosbeef humano es, bajo todos sus aspectos, desagradable.

La controle de los entrantes y salientes la marcan una especie de horario y minutero en una como carátula de reloj: á cada pasajero que entra, tira el conductor de un cordel, suena una campana y marca el minutero una línea; el horario señala con números los centenares de viajeros.

En uno de los dias de la semana anterior, un solo carro de diez asientos de la Cuarta Avenida, habia conducido mil quinientos pasajeros.

Adviértase que la Cuarta Avenida no tiene en toda su extension el tráfico que la Quinta, la Sétima y Octava; en la Sexta están en movimiento carros de dos pisos; el superior con sus asientos al aire libre y su toldo. Se asciende á ese primer piso por escaleras exteriores á que trepan, las ladies esencialmente, con el mayor desembarazo.

En mi tertulia me esperaban las excelentes personas con quienes ya tienen conocimiento mis lectores, y que me han procurado los únicos goces parecidos á los goces de familia que haya en Nueva-York.

D. Ramon, D. Pedro, Doña Ambrosia, Adela, Pepita, me recibieron con su amabilidad de costumbre. Hablábase de modas, de guisos, de teatros y no sé cuántas cosas más; pero en lo que se fijaban muy esencialmente, era en las criadas.

—Tener uno servidumbre irlandesa ó americana es mucho cuento, es buscar á quien servir. La criada se ajusta de diez á catorce pesos, pide su programa como un ministro de Estado, y no la saca vd. de ahí ni para poner á un niño un babero.

—Por supuesto que en ese programa no entra, continuó D. Ramon, estar en la casa por la noche, y esto es lo que más escuece á mi Sra. Doña Ambrosia.

—A la oracion de la noche, recamareras y fregonas se lavan, se asean, se plantan su gorrillo y recorren las calles como la señora más encopetada.

—Yo no soy para esas cosas, porque hasta en el cielo hay jerarquías: habla vd. con una criada, y se alista á tomar asiento; cuando vd. va á buscar á otra, está con el periódico ó con la pluma en la mano: ¡igualadas! y cada una se sueña mujer del Presidente de la República.

—En California, dije yo, habia una señora mexicana muy distinguida, que daba lecciones de español y de música, sosteniendo con este recurso, muy decentemente, su familia: faltóle una criada, y se presentó, como todas, de sombrilla, guantes y muy desembarazada, una hija del país.—¿Cuánto quiere vd. de salario? le dijo la señora.—Me he propuesto servir á vd. por solo la comida.—¿Cómo así?—Lo que vd. oye, señora; pero luego que acabe yo mi trabajo, y despues de vestirme, me dará vd. lecciones de español y de música, con toda dedicacion.

—No siga vd., Fidel, no siga, me dijo Doña Ambrosia, porque se me alborota la bílis; yo hubiera echado á rodar las escaleras á esa insolente.

—¡Insolente! ¿por qué? ¿porque proponia un cambio de servicios, tan honroso el uno como el otro? Confiese vd. que lo que nosotros queremos son esclavos, y que nos asombra verlos entre gentes; ¿por qué la criada no ha de ver el teatro ni concurrir al paseo?

—La casa es su oficina, decia Don Ramon como en broma, cultiva relaciones y familia, se sujeta al pacto celebrado, y esto es todo. En la casa se regularizan las costumbres.

—Mucho que se regularizan: á la oracion de la noche no arde lumbre en ninguna parte; y ya vd. lo habrá visto, el dia que hay una necesidad, uno va á las grozeries por lo más preciso.

—Pues yo en los hoteles en que he estado he visto servir á las irlandesas, como no es decible, y en general son laboriosas, seguras, y la que se aquerencia en una casa, es inmejorable.

—Hay de todo, replicaba Doña Ambrosia, y como vdes. no lidian con ellas.... No, yo no estoy por esas igualdades.

—Entremos en cuentas: ¿qué tenemos de más que los criados? ¿No valen más un cochero honrado, un cocinero hábil y cumplido, un cargador puntual, que multitud de vagos petardistas y demás gente perdida? Entre nosotros, ese cochero y ese camarista es un animal doméstico: aquí es un hombre.

Por otra parte, la criada presa es perezosa y ladina; no habla á la señorita como igual, pero la adula y se convierte en su complice, ó bien chismea y se hace el espía de la vieja. El nene de la casa no la pedirá en matrimonio, pero la seducirá como un vil y se le lanzará con infamia de la casa, aunque lleve consigo algo muy allegado á la familia.

—La educacion latina y colonial, decia D. Pedro. ¿Cómo atreverse á pensar los siervos? ¿cómo vestir el lacayo como el señor? De ahí esas libreas que hacen de cada criado un polichinela, que lleva como una patente de degradacion á cuestas. Ese cochero de escarapela de cintas y alamares, ese joquey vestido de encarnado, es el hazme reir.... Aquí el cochero viste lo propio que cualquier diputado, porque es lo mismo, y el dependiente de hoy, puede ser nuestro juez mañana. En Nueva-York se usa la librea, sin que por esto deje el cochero su carácter de ciudadano: la librea es más bien institucion de lujo europeo.

—Así es en todo, replicaba Pepita: nosotros teniamos distinciones para todo; aquí todo se iguala. Vd. lo ve, teniamos la costumbre de ver al vecino de limpiabotas; hizo un viaje, volvió poderoso y acaba de mudarse á la Quinta Avenida, á una casa mucho mejor que esta.

—Decimos igualdad, clamamos por ella y nos espanta verla aquí realizada, decia D. Pedro.

—Bueno será todo esto, decia D. Ramon; pero la educacion es una distincion que se impone, aunque dominen las ideas más liberales.

—Para eso que la eleccion depende de uno, replicaba Juanito; y cuando se elige mal, nadie tiene la culpa sino el que eligió.... ¿Vdes. conocen á mi amigo Eduardo Piña?

—Lo conozco, dijo D. Pedro, es un excelente muchacho: se hace notable, sobre todo, por su finura y moderacion.

—Pues oigan vdes., continuó Juanito, lo que le aconteció, á los muy pocos dias de llegado aquí. No sabia palabra de inglés y vagaba deslumbrado con las muchas mujeres que pululan por todas partes en esta ciudad.

Una tarde encontró en un carrito una jóven de singular hermosura; la vió, coqueteó, sonrió.... la jóven salió del carro y él en pos de ella; anduvo un poco, tomó otro carro, y Eduardo la siguió frenético: al bajar por segunda vez, le dijo: "Yo amo á vd.," únicas palabras que sabia de inglés: ella sonrió, y á poco caminaban del brazo como Julieta y Romeo: al pasar por uno de esos restaurants, que son como desbordamientos de luz vivísima, como Dios dió á entender á Eduardo invitó á su adorado tormento á tomar alguna cosa, haciéndole señas, ó como pudo. La jóven aceptó; penetraron salones, subieron escaleras, y en un gabinete reservado, un criado oficioso sirvió ostiones, Champaña y no sé cuántas cosas más, porque ya sabemos que tienen diente devorador por aquí las hijas de Eva: terminado el refrigerio, como es costumbre, el criado presentó en un platillo de plata su cuenta. Eran seis pesos y no sé cuántos centavos.

Sacó Eduardo un billete de á diez pesos: la jóven lo tomó y le dirigió la palabra al criado: el criado replicó, Eduardo no entendia una sílaba; pero veia algo de descompasado en la señora de sus pensamientos; acudió gente; á Eduardo se le figuró que el criado faltaba al respeto á la señora y se dispuso á arremeter con él, todo en medio de gritos y de escándalo, en que mi pobre amigo tenia fiebre.... sobre todo porque no entendia una sílaba.... por fin, vino el administrador de la casa, que sabe algo de frances, y explicó á Eduardo que la señorita creia exagerada la cuenta, y defendia á capa y espada unos veinticinco centavos.... Eduardo hubiera dado lo que llevaba en el bolsillo por haber evitado el escándalo.... ella estaba rabiosa, y á pesar de la conformidad de Eduardo, defendia sus intereses como una verdulera....

—Ya vd. lo ve; y si Eduardo fuera de ménos talento, diria que las damas americanas son pleitistas y furibundas como unas arpías. Aquella era una honrada cocinera.

—Añada vd. á eso, dijo Adela, que hay muchas criadas de buena educacion, y de modales que en nada se diferencían de los usados en la buena sociedad.

—Por qué no dices de una vez, que aquí se le ha hecho á la gentuza la suya, y así te quitarias de distinciones. ¿Dónde está la gente fina y de título?.... y no la hay. ¿Cuál es la clase media? y ni quien conteste. ¿Dónde está la canalla?.... pues si aquí no hay canalla; y tienen vdes. que pierde la cabeza el más pintado, porque uno tiene la costumbre de ver las cosas de otra manera.

—En efecto, señora, lo que hay aquí es pueblo, que es lo que se encuentra con gran dificultad en nuestra tierra y en la de Fidel, repuso D. Pedro.

—¡Ave María Purísima! dijo Doña Ambrosia, ya vamos á entrar en la política, que á todos nos pone de mal humor.

—Ya no sigo, Sra. Doña Ambrosia, repuso D. Pedro; pero otro dia hablaremos de la gente fina y de las categorías sociales.

XI

Pick-nick marino.—Rockway.—Los muelles.—El vapor "Plimouth."—Paisajes.—Bañadores.—Pavilion Baths.—Cantina.—Museo.—Fonda.—Los baños.—Modorra.—Un romance.—Regreso.—Las Tumbas.—Laberinto.—Asco y degradacion.—Una cita de poetas.—Jacinto Gutierrez.—Perez Bonald.—El Café Delmónico.—Lectura de mis versos.

Ayer sí que estuvo el diablo en holgorio: paseo en el mar, baile, baños; ¡cuántas cosas juntas para echar, no una cana al aire, sino todas las canas, y gastar todo un tintero de tinta color de rosa!

Trátase de un gran Pick-nick: yo tenia premeditada semejante excursion, habia recorrido con avidez el Heraldo, y me habia fijado en un paseo á Rockway, que es uno de tantos preciosos islotes que bordan y alegran la bahía.

Ya hemos dicho al hablar de los Pick-nick de San Francisco y de Orleans, que ó esa diversion se hace á escote y en familia, ó es una empresa la que toma á su cargo procurar el local y la música, ó como éste, el empresario del Pick-nick toma el vehículo para determinado lugar.

Fué domingo ayer: á las nueve de la mañana mi caballeroso amigo Buzeti estaba listo, con todas las instrucciones correspondientes.

El vapor de rio es de los más elegantes; el precio, de tránsito cincuenta centavos; la música la del regimiento 23, famosa por sus walses y por sus cuadrillas de Orfeo en los Infiernos.

Como todos los domingos, la ciudad estaba desierta. Atravesamos calles y más calles solitarias, tomamos por el frente de los muelles, despues cruzamos la série de calles con sus tejados y sus hileras de pequeñas puertas que forman el sucio Mercado de Washington. En el mercado no habia una sola persona; los clavijeros vacíos, los mostradores solitarios: yo no he visto esqueleto más triste que el de ese mercado.

Del otro lado de la calle silenciosa, es decir, en la bahía, se oian músicas, y colgando de los altos palos de los buques flotaban grandes banderas y banderas pequeñitas, en cordeles que bajan desde lo más alto al casco del buque, recordando á todas las naciones de la tierra.... la bandera de México no se veia allí. Estas banderas con cria me caen en gracia.

A la entrada de cada muelle habia gente agolpada buscando el Pick-nick de su eleccion. Descendian de los carruajes y desembocaban de las bocacalles los paseantes, en lo general en familia: el padre cargando á los nenes y llevando á otro de la mano, con sus botecitos de hoja de lata con comida; la mamá con un bolson ó con un canasto, tambien con municiones de boca; de vez en cuando una suegra, tambien oficiosa y útil, porque es de advertir que la suegra en este país es un animal de todo punto domesticado.

En pocos grupos amigos íntimos, casi en ninguno convidados.

Rios de gente corrian en los muelles, al punto que solo para Rockway y sus inmediaciones partieron ese dia más de cuarenta mil personas. Para Corregisland y los otros puntos de recreo, más de cien mil.

El vapor que nos condujo se llama el "Plimouth:" es un vapor de rio de grandes dimensiones y sin duda destinado para largas travesías. Amplio salon con alfombras, lleno de espejos, sofás y sillas lujosísimas, toldo á proa sombreando extensas y cómodas bancas, amplios corredores cubiertos de sillas, y en la parte baja la tabaquería y el bar-room, la venta de carnes frias y los puestos con dulces, flores y frutas.

En la parte baja del buque, entrándose por un pórtico de columnas graciosas y estatuas colosales, se extiende en amplísimo salon el comedor, con su mesa redonda y sus mesillas aisladas, con sus jarrones de flores y sus grandes ventanas, desde donde se ven los mil encantadores paisajes que va recorriendo el vapor.

Entre el mugir de las embarcaciones que llegaban y partian; al ruido de las campanas de los templos; á los ecos de las músicas marciales de los otros vapores, emprendimos la marcha cerca de dos mil personas, con la novedad que, aunque repetida siempre, siempre se produce á la vista de esas ciudades flotantes y de esa multitud de sombrillas, sombreros de paja, gorros con flores, cintas, velos y gasas.

Los bosques de mástiles hacian ver, como tras de una celosía, por un lado Broklyn, por el otro Jersey, entre sus arboledas; al frente, los fuertes; á los lados, los botes mil y los barquichuelos, con sus velas tendidas rozando las aguas.

El conjunto era como el de una plaza pública; los niños atravesaban corriendo; las jóvenes y los jóvenes pasaban coqueteando; las ancianas y la gente séria leia sus periódicos, y las madres de familia batallaban con sus bebes y los tenian en su regazo dándoles el pecho. Y no obstante la multitud, el gentío era silencioso; no iba, lo trasladaban, estaba allí como pudiera en cualquiera otra parte.

—Vea vd., me decia mi compañero, aquella que parece gran señora, que cuando levanta su brazo ostenta sus muchas pulseras con campanillas y monedas, signo de sus muchos adoradores: es una obrera.... veale vd. las manos que oculta siempre con el pañuelo.

—¿Y esos jóvenes de sombreros de paja y bastoncillos, zapato bajo y medias de colores?

—Son sastres, empleados de las tiendas de abarrotes, conductores de ferrocarriles: de á legua se les distingue.

—Hombre, si no puede ser: esa es mucha seda, y mucho lujo, y mucho abanico.

—Pues es lo que le digo á vd.: yo no respondo de cómo estarán los retretes de estas hermosuras, ni las pobrezas que por allá revelarán camas y ajuares, sartenes y percheros; pero en la calle, todas son grandes señoras.

—Vea vd., ese es el calavera ordinario que da cada silbido que crispa las carnes, zapatea como un arlequin y retoza como quien es.... Pero vea vd. qué aspecto ofrece (dejando este salon), la inmensidad del mar.

Vea vd. aquella multitud que parece devorada por las olas.

En efecto, bajo un escalon de verdura que baja á la playa oriental, se extiende una inmensa faja de arena, y se percibe, como saliendo de las olas, un inmenso letrero que dice: Northon and Murray Pavilion Baths.

Aquel y otros establecimientos de baños son frecuentados los domingos por más de cien mil personas. Corona la gente el escalon bajo toldos y sombrillas, y los nadadores se lanzan á las olas, variando al infinito los espectáculos.

El hombre usa para bañarse los calzones de punto que conocemos; las mujeres, sacos oscuros, pero no tan celosos, que no dejen percibir en toda su belleza las formas de estas mujeres hechiceras.

Sonó al fin el vapor, como relincha un caballo que reconoce su establo. Miéntras llegábamos, yo improvisé el versito que sigue:

AL FRENTE DEL HUDSON (ROMANCILLO)

¡Qué alegres las barcas Que van por el rio, Las velas tendidas Y sueltos los rizos! ¡Qué airosos vapores Sonando sus pitos! ¡Qué naves inmensas! ¡Qué excelsos navíos! ¡Qué bellas las lomas Ceñidas de pinos! ¡Qué torres gigantes De cuellos erguidos, Que al aire levantan Agudos sus picos! La faja de arena, Que es orla del rio, De pórticos fila Formando están lindos; Y á sus anchos muelles En raudal contínuo, Descienden saltando Mujeres y niños, Y viejos y bebes, Que van en carritos.... De prisa viajeros Se miran prolijos, Cargando sus sacos En eterno ahoguío, Que en las estaciones El último aviso Se da, y ya los trenes Están en camino. En mezcla confusa Llevó el torbellino, Los tiernos adioses Del padre y del hijo, Que el blanco pañuelo Sacó entre el gentío, Del barco en que parte Para el mundo antiguo. Y en aquel tumulto, Casi á un tiempo mismo, Se ve del que llega Feliz el arribo, Los viejos contentos, Saltando los chicos, Brincando entre todos El fiel falderillo Que pega en el trage Del amo el hocico.... Volviéndose el rostro Del sol á los visos, Se ven bañadores Jugando en el rio. ¡Qué Adanes tan guapos! Y qué Evas, ¡San Críspulo! Las Evas rechonchas, ¡Jesus, qué suplicio! Me atacan los nervios, Me dan calosfrio.... ¿Por qué las ballenas Se ponen vestido? ¿Por qué la marmota No apela al suicidio, Para su volúmen No dar al ludibrio?.... Y todo lo mira Cuando pasa, el rio, Y á la mar camina, Siguiendo su giro, Hasta que á sus brazos Se entrega rendido, Y muere besando Su seno infinito. Fidel.

Rockway es un pueblecito en miniatura: se ve la lucha de muelles, hoteles y casas de campo, entre el arenal, las arboledas y las rocas; los muelles tienden sus brazos desde la playa; las ventanas y miradores sonríen al viajero. Por entre los árboles asoman las casas y sobresalen sus techos de las copas de los más elevados, blanqueando con alegría entre la verdura.

Tiene el pueblo soberbios restaurants y buenas cantinas, mostradores con soda, juegos de bolos, museo y baños.

En una ceja de tierra, y pronta para partir á Long-Island, esperaba la locomotora, bufando impaciente por partir.

Nosotros paramos en el hotel más afamado, que aloja personas distinguidas durante la estacion de los baños. En el extensísimo corredor que ve al mar, se suelen dar bailes magníficos.

Las dos mil personas que contenia el buque se vertieron como un torrente, dispersándose y tomando cada cual su camino; muchos se dirigieron á la sombra de los árboles á hacer en grupos sus almuerzos.

La calle única que merezca este nombre, no obstante lo sofocante del sol, estaba inundada de gente de paraguas ó sombrillas, que son adminículos indispensables allí, en todas las situaciones de la vida.

Ví el Museo, el Museo de segunda mano, el Museo tendejon, el burlote de Museo: un juil, una cresta de gallo, un gato: yo no sé lo que me pareció todo aquello; era como una de esas gracias que á todos dejan sérios; era como si cualquiera pusiese Museo, al cuarto que más desechos y tarantines tuviese en su casa....

—Hombre, salgámonos de aquí, le dije á mi compañero, que tengo la bílis en las pestañas.

—American plan, me respondia mi amigo, conteniendo la risa.... Veamos si los baños nos presentan mayor diversion.

En efecto, el espectáculo, para mí, tenia más novedad.

Hombres y mujeres se bañaban juntos, y ya he descrito los trages; pero como el mar es bravo y tienen miedo las chicas, por cubrirse bien el pecho, se descubren las rodillas.... y ya solté esa especie de versito para los aficionados.... pero así es la verdad.

La leve envoltura de la bañadora se embebe tanto tanto, que aquello es una temeridad.... En las delgadas suele haber pliegues discretos y follaje púdico; pero en las gordas ¡santo cielo!...... esas gordas son una bola de gusto....

Y en este particular, la enjundia y el aquello de la civilizacion produce tales fenómenos, que personas del bello sexo que pudieran salir del baño al encuentro de su ropa, casi desapercibidas.... salen y rodean por donde la multitud, en semicírculo, disfruta del espectáculo de la natacion. Esos cuadros al natural no tienen precio. El yankee suele ver esto medio dormido.... y al presenciar algo de un mundo desconocido, exclama con imperturbable flema: oll right! y sigue mondando un limon con su enorme navaja.... pero no todo está tan frio, y los vejetes y los chicos de trueno.... se sacuden.... y mucho que se sacuden....

Yo no sé, pero la opinion unánime es que los baños son divertidos.... y á mí, para no mentir, me parecieron tambien muy divertidos.

Almorzamos en el restaurant: nos invadió la modorra, porque el sol era tremendo, y esperamos para regresar, las cuatro de la tarde.

—Vd. se ha fastidiado, me decia mi amigo; apénas hemos oido la música, y aquel coro destemplado no debe haber divertido á vd. mucho.

—Yo no sé, tal vez el estado de mi espíritu; pero la gente me ha parecido triste, no se comunican unos grupos con otros, casi no hablan, ni los amantes, que siempre tienen algo que decirse....

La tarde era magnífica. Algunas parejas aisladas habian tomado sus botes, y se veian á distancia bogando en el mar.

El caballero alquila el bote, se quita la levita y empuña sus remos; la dama, esbelta, audaz y generalmente enamorada, se sienta en la popa sombreándose con su paraguas, y así se entregan al desierto de las aguas.... Esos paseos me parecieron llenos de encantadora poesía.

—No crea vd., continuaba B***, que no se conformaba con mi tristeza, que todos los Pick-nicks son así. Muchos los forman familias, de las que cada una da un platillo para la mesa. En los Pick-nicks de franceses reina la alegría, no cesan las canciones, y los bailes tienen animacion, á la luz de la luna que ilumina el mar....

Aburrido de no entender palabra ni conocer á nadie, me senté en un rincon y consagré, en mi cartera, los recuerdos de mi expedicion á Rockway, del modo siguiente:

ROMANCE.

Banderas de mil colores Asidas á sus cordeles, Van saludando los mares Y se van meciendo alegres Sobre del bajel de fuego Que tiene color de nieve, Donde del canto los ecos Van en el viento á perderse. Como inundacion invade El barco todo la gente, Y del fondo á la cubierta, Sube, baja, corre, hierve. Lindas matronas en brazos Llevan á sus lindos nenes, Y á otros los dejan que sueltos Sobre las alfombras jueguen. En el salon está el piano, Y en su torno, hermosas vense, Entre gigantes estatuas Y en espejos relucientes, Mujeres como deidades, Hombres que en bolsas y pliegues, Si no huelen á tabaco, Es porque á whiskey trascienden. Ellos con holgados trages, Ellas con sus trages leves; Pero en número tan grande, Que arrebatarse parecen El aire, cuando se escurre De carne entre las paredes. Cruzan el concurso inmenso Mil traficantes que venden Unos, estroberys (fresas), Los otros bizcochos (queques), Otros candís (charamuscas) Y otros cerveza con nieve. Esto es bar-room ambulante, Refrigerio de las ladies, Porque abajo, en las cantinas, Barriles desaparecen, En esos tubos inmensos Que de cuello el nombre tienen De yankee, donde licores A borbotones se absuerben; Pero en medio del tumulto, Cuando los cantos no hienden Los aires, ¡qué silenciosas Y qué tristes van las gentes! Ellas hacen sus negocios Y ellos comen y se duermen, O ellos y ellas el Heraldo Casi de memoria aprenden. Ni un semblante, ni un acento Mi triste pecho conmueve: ¿A dónde dejaré el alma Que mis recuerdos no lleve? Inquieto al venir estuve.... Inquieto estoy por volverme.... ¡Ay de mí! que á todas partes La inquietud me sigue siempre! Fidel. Julio 15 de 1877.—A bordo del "Plimouth," bahía de Nueva-York.

Antes de escribir los últimos versos del anterior romance, estaba llamándome B*** para que saliese á ver la multitud de vapores, embarcaciones pequeñas y botes que iban cruzando las aguas por donde nosotros bogábamos.

El espectáculo era animadísimo: pescadores, simples paseantes, muchachos audaces, marineros en asueto, familias pobres con sus chicuelos al borde del bote, ó haciendo saltar las aguas en leves glóbulos, poniendo su mano contra la corriente.

A nuestra vista, los remeros levantaban sus remos en señal de respeto; los pañuelos y los sombreros se agitaban, unos chicos enarbolaban sus camisas, y nos saludaban sus mangas desgobernadas....

Anclamos en Brockyn, tomamos por ese laberinto de callejones que miran al Este, culebrean, se embrollan y parecen extenderse cerca de City Hall; pero saltan por su espalda, se enmarañan y complican, desembocando al fin á Broadway, que atraviesan como en fuga para perderse por el laberinto del Weste. La mayor parte de esas calles son como hechas en máquina: todas, las mismas paredes de ladrillo, las mismas hileras de ventanas con sus persianas verdes. Y la parte baja, tendajos, casas de empeño, y grozeries, entre almacenes, fábricas y templos.

Las Tumbas, esa prision pavorosa, con sus gruesos pilares, cuadrada, maciza, como sentada tras de sus hierros, y á medio cubrir con el manto de yerba que cuelga como desgarrado á su espalda.

En un salon colocado inmediatamente á la derecha de la entrada, es donde há lugar el primer exámen de los que caen bajo la accion de la justicia. Llámase "Tombs Police Court," ó "Juzgado de Policía de las Tumbas," y allí toma asiento todas las mañanas un Juez de Distrito que escucha los cargos que presenta la policía contra los arrestados y dispone de la suerte ulterior de éstos. En los casos de menor cuantía, tales como embriaguez, conducta desordenada ó vagancia, aquel magistrado tiene la facultad de imponer multa, sumaria ó prision, ó perdonar la falta.

Las órdenes de encarcelamiento son para el juicio ulterior del reo, por uno de los varios tribunales superiores; pero el único de éstos que administra justicia en las Tumbas, es el Tribunal de Sesiones especiales, ó "Court of Special Sessions." Dos jueces presiden este tribunal, los mártes, juéves y sábados de cada semana, para resolver sobre los delitos de pequeños robos, asaltos y atropellos personales, y otros menores. El conocimiento que dichos jueces tienen de las clases y hasta de los individuos, la mayor parte reincidentes, cuyos desmanes tienen que castigar, les permite apreciar los distintos casos imparcialmente y aplicar el condigno castigo, y si las influencias políticas no se emplearan algunas veces en torcer el curso de la Justicia, esos jueces llegarian á ser el terror de los malvados, purgando en gran manera á la sociedad de los muchos que la infestan, confiados en la impunidad que dicha influencia política les ofrece. Muchos de esos criminales salen de este tribunal para ir á ocupar las celdas ó calabozos; pero la mayor parte de éstos recibe sus huéspedes del Tribunal de Sesiones generales y demás tribunales superiores. La distribucion y arreglo del interior de las Tumbas, en la parte carcelaria, se diferencían poco de los demás establecimientos de su clase, carecen de comodidades y tienen poca ventilacion.

La aglomeracion de presos, no solo perjudica la higiene sino que en lo moral tiene pésima influencia.

Hay once calabozos especiales destinados á los reos de prision perpétua ó pena de muerte. Otros seis calabozos se dedican para compurgar delitos de cierta gravedad, y los seis restantes sirven como de hospital.

En la parte superior hay ochenta y dos celdas. Cada preso cuesta al condado treinta centavos próximamente por su manutencion.

El patio interior que rodea los calabozos, es el lugar en que se aplica la última pena, y aun cuando nada denota el destino que de vez en cuando está llamado á ejercer, la lobreguez que lo domina, las barras de hierro que cierran los estrechos huecos por donde apénas penetran el aire y la luz en los calabozos, al parecer incrustados en las sólidas murallas de piedra gris, y las ideas que naturalmente surgen en la mente del que la curiosidad lleva á aquel sitio, le imprimen un sentimiento involuntario de terror, cada vez que el eco se despierta en aquel lúgubre recinto, al ruido de los pasos.

Las calles angostas y torcidas, la soledad, la suciedad y la basura, dan triste aspecto á esas calles que rodean las Tumbas, que parecen de una ciudad en que residen el hambre y la peste.

La vejez de la mayor parte de estos edificios es espantosa; las falsificaciones de piedra que hacen tan buen efecto cuando las casas están nuevas, se ponen en evidencia: es la costra, es la llaga, es la hérpes en las escaleras, el tumor en las cornisas, el mal de San Lázaro en las puertas y ventanas.

Por allí resulta reja de palo la que se creia pared; más arriba la torre es el costillar de un esqueleto; cuelgan las duelas al suelo; las puertas, las celosías, aparecen como sobrepuestas, como si se quisieran reacomodar sobre un cráneo facciones de otro rostro humano.

Al abrirse un cimiento, se forma ante todo un estanque en seco, que es el basamento; despues se levanta un cono de ladrillo; esa es la cloaca y lo único que sobrevive entre aquella osamenta de astillas, ladrillos rotos, chirlos de papel dorado, pero de un oro sarcástico, terrible, como es terrible un rizo rubio y sedoso flotando sobre un cráneo.

A veces una puerta corrediza da paso á un callejon, despues á un corral coronado de esas habitaciones en alto, habitadas por grupos, por resíduos, por palizadas de gente, por trasformaciones de alacranes, mestizos, sapos y tortugas, que sin perder del todo su forma, pertenecen á la humanidad.

La decadencia del sombrero, la caducidad de la seda, la petrificacion del zapato y la trasmutacion de la piel humana en pellejo, en badana, en corteza y en cuarzo. Yo no he visto nada de más tremendamente hediondo ni espantable que hombres, y mujeres, y cosas, como las que yo percibí en aquella madriguera de la embriaguez y de la calentura perniciosa.

Comí de prisa, porque me esperaban mis amigos Jacinto Gutierrez y Perez Bonald, para tomar un refresco en el Café Delmónico.

Permítanme mis lectores que les presente á mis amigos, y descansaremos despues en el café.

Es el Sr. D. Jacinto Gutierrez y Coll un hombre de cerca de cuarenta años, pequeño de cuerpo, de color moreno, profusa barba y ojos negros y grandes llenos de vida; nació en Venezuela, donde hizo brillantes estudios, completó su educacion en Paris, donde estuvo como secretario de la legacion de su país, encargado de negocios, y desempeña actualmente en Nueva-York el Consulado general de Guatemala.

El Sr. Gutierrez es notable poeta: nutrido en la escuela francesa, debe á ella sus bellezas y sus defectos; es correctísimo, pule con amor sus frases y las redondea con delicadeza exquisita, engastando en ellas joyas de valía, hasta ser como una filigrana, cuajada de piedras preciosas, cada una de sus composiciones.

La patria, los íntimos dolores del alma, el amor, forman las cuerdas más preciosas de su lira.

Habla con pasion; de su entendimiento concentrado se lanzan relámpagos de fogosa elocuencia por intervalos; y á la claridad de esos relámpagos, se percibe la lucha del poeta con el filósofo y el escéptico.

El Sr. Perez Bonald es un hombre de treinta y cinco años, venezolano tambien, alto, blanco, de frente despejada, insinuante y afable.

El Sr. Bonald está dedicado al comercio, sus ocios los entrega á la literatura y cultiva con muy buen éxito la poesía.

Posee varios idiomas, y entre ellos el aleman, con notable perfeccion. La dote más sobresaliente de su alma, es la admiracion por el ajeno mérito. Exento de toda pretension, ignorante con sinceridad de su elevado mérito, hizo culto de su cariño á Heim, y el gran poeta ha tenido un intérprete fiel de sus inspiraciones singulares.

La traduccion de las poesías del Voltaire aleman, hechas por el Sr. Perez Bonald, acaba de ver la luz pública en Nueva-York, en medio de los entusiastas elogios de la prensa.

El Café Delmónico, uno de los más espléndidos de esta ciudad de esplendores, está situado en la Quinta Avenida y consta de tres secciones.

El gran Salon del Restaurant, con sus pequeñas mesas, sus alfombras, sus espejos, sus torrentes de luz de gas y su tapicería deslumbradora.

Los gabinetes reservados ó retretes en que se aisla una pareja de amigos ó una familia, verdaderos nidos del placer y del bienestar, y el café, vastísimo salon lleno de columnas y sembrado de pequeñas mesas, á la usanza de México, con su gran cantina surtida de licores delicados, refrescos, café y chocolate, que aquí se acostumbra aguado, sin dulce y tomado con cuchara.

El servicio no deja que desear: los criados visten con perfecta elegancia, presentan sus cuentas escritas en un platillo de plata. En el café se fuma libremente.

Instalámonos en una mesilla del café: el Sr. Gutierrez me habia leido sus versos, que yo habia admirado; el Sr. Bonald me habia obsequiado con un tomito de su preciosa traduccion. Nuestra cita era para que yo les leyese algunas de mis coplas; y no obstante haber hecho pocas y la mayor parte improvisadas, con lápiz, en la cartera, sobre la rodilla, la instancia fué tal, que rayaba en descortesía mi resistencia.

Pedimos refresco: saqué mi carterita y un rollo de manuscritos, y hénos ahí delirando, soñando, iniciando á aquella familia tierna y entusiasta que me deparaba el destino, en mis más íntimos dolores....

Olvidé el café y las conveniencias todas; leia como si no tuviera auditorio; leia como quien tiene la conciencia de que por primera vez se le comprende. Era la lectura cansada; pero yo seguia, sin considerar que del mismo Homero habrian fastidiado dos horas de versos.... Pero ya los literatos y los conocidos no existian; eran los confidentes; eran los amigos; era el viejo marino que contaba sus naufragios á los que solo conocian del mar los esplendores y las brisas.

Insensiblemente nos veiamos el espíritu: la patria inspiraba; la raza reclamaba sus fueros; las auras de los primeros años replegaban el ala, para besar nuestras frentes enamoradas con el canto de nuestros recuerdos.

El café habia quedado medio solitario cuando acabé de leer, en medio de testimonios de generosa estimacion, que nunca olvidaré.

Illustration from Viaje a los Estados Unidos, Tomo III

VIAJE DE FIDEL LIT. H. IRIARTE, MEXICO El Capitolio de Washington.

XII

Mataderos de reses.—Su descripcion.—El verdugo de los toros.—Un cambio de frente.—El Dr. Agramonte.—El Lic. Agramonte.—El Puente de Harlem.—Alrededores y descripcion del puente.—Medicinas de patente.—Estudios médicos.—Hospital de mujeres.—Visita á varios departamentos.—Consultas y beneficencia.—La señorita Jhonson.

Hoy es mal dia, dije á mi querido Buzeti al verlo entrar por mi puerta. Hoy es dia negro, es el santo de mi hija y tengo el alma como un calabozo.

—Por lo mismo nos vamos, me dijo mi caballeroso compañero, y nos vamos muy léjos, vamos á ver un matadero de reses. Lo que vd. oye, continuó mi amigo. Vd. ha manifestado su deseo feroz de ver esas escenas de sangre, y nos vamos ahora á buscar la Segunda Avenida.

Y diciendo y haciendo, dejamos el cuarto, y remando y codeando, llegamos á la Primera Avenida, tristona y desmantelada, atravesada por un solo carrito que conduce poca gente.

Llegamos á la Segunda Avenida y al punto designado para ver la matanza; pero nada me indicaba que estuviésemos en el lugar buscado, y es de advertir que caminaba con suma atencion, porque acababa de leer en un periódico las torerías que hizo una de esas víctimas de la gula humana, quebrantando su encierro y embistiendo con cuanto se le ponia delante, al extremo de haber algunos muertos y muchos contusos y desquebrajados.

Hizo alto Buzeti á la puerta de una larga bodega bien envigada, y en la que se veia delicado aseo. La bodega tenia salida por una hilera de puertas, y de la parte interior, entre ellas, habia pequeñas mesas como para escribir de pié.

La extensa galera está dividida por un corrido cancel de tablas que da á la mitad de la pared.

Entre el techo y el cancel hay líneas paralelas formando como caminos para rieles, y en que realmente ruedan aparatos que dan á carretillas suspendidas del lado opuesto del cancel de la bodega.

—Este es el matadero, me dijo mi guía, presentándome á un jóven elegantemente vestido y de cumplida educacion.

Frente á cada una de las puertas que dan á la calle, hay puertecillas de madera en el interior que comunican con la otra seccion, de las dos en que á la bodega divide el cancel.

Abrió, una puertecilla el jóven administrador de la casa y nos encontramos al lado opuesto de la galera, con sus puertas como la parte de la calle. Sobre cada puerta hay una garrucha; en el suelo, junto al quicio de cada puerta, hay un gran círculo giratorio de gruesos tablones y vigas.

Un callejon de la extension de la galera, perfectamente enlosado, sirve de patio al matadero.

Al lado opuesto del callejon hay una série de toriles que dan á otras tantas puertas comunicadas con igual número, que se comunican con la espalda de la casa. Por allí entra el ganado colocándose en su toril, de una en una las reses.

Muy pocos dependientes, calzados bien, vestidos de negro, con sus camisetas limpias y algunos con un pequeño delantal, hacen el servicio.

En el fondo de la pieza estaba un banco: en él se veia un anciano de barba blanca, con manchones negros de pelo ensortijado blanco, nariz afilada, ojos hundidos, frente taciturna; tenia un larguísimo cuchillo despuntado en la mano. Aquel es el matador, el verdugo de los toros.

Corre paralelo á los quicios que dan al patio, un caño en comunicacion con los grandes depósitos de agua que hay en todas las alturas.

De las garruchas de la galera parten unos cables que caen en los toriles; allí se laza por las astas á la víctima, se abre la puerta y la carretilla se mueve hasta llevar al toro al círculo giratorio; da una vuelta el toro, resulta colgado de los piés y con la cabeza sobre el quicio que da al caño. Entónces llaman al verdugo, cargado de hombros, con unas largas botas en las que están introducidos sus pantalones, con un fieltro negro, cuyas alas pequeñísimas caen sobre sus cabellos canos y su frente.

El verdugo, veloz como no lo puede calcular la imaginacion, degüella al toro: la sangre surge en un chorro humeante que recibe un criado en una cubeta, porque esa sangre se remite á las refinadurías de azúcar.

La sangre que cae en el caño desaparece por torrentes de agua. El círculo de madera gira de nuevo y quedan en la galera interior las secciones en que se destaza la res.

La operacion completa no dura diez minutos, y se pueden matar veinticinco reses á la vez. Es decir, ciento cincuenta toros en una hora.

La carne se coloca en la seccion de la galera que da á la calle, donde acuden á repartirla los carros, despues de hechas las apuntaciones respectivas en las varias mesitas ó escritorios de que hablamos al principio. Hay multitud de mataderos en Nueva-York como los descritos, que abastecen la gran ciudad. El matadero principal, que tiene otra forma, está entre Jersey y Newark.

El verdugo me hizo una impresion singular: su tremendo cuchillo es como una prolongacion de su mano; apénas permite que se vea, y no lo suelta jamás. Es todo él tan fino, que no le iguala la mejor navaja de barba. Los cuchillos de que se sirve esa casa, vienen de Paris á precios verdaderamente fabulosos.

Dimos las gracias al jóven que nos mostró el establecimiento, y tomamos el camino del hotel.

Apénas ponia yo el pié fuera del wagon para dirigirme á mi hotel, cuando una voz me dijo á mi espalda:

—Ahora suba vd. en ese otro wagon que regresa.

Volvíme á ver quién me daba órdenes tan terminantes, y ví el cuerpecillo flaco, los ojos azules y la poblada patilla rubia del Dr. Enrique Agramonte, persona que honra por sus talentos y virtudes el nombre de Cuba, su patria, en la Ciudad Imperio.

El Dr. Agramonte es hermano del héroe ilustre Lic. Ignacio Agramonte, uno de los primeros y más esclarecidos caudillos de la independencia de Cuba: hizo sus estudios en su patria.

Cuando en 11 de Noviembre de 1868 estalló el grito de Bayamo en el glorioso levantamiento del Camaguey, se vieron á los dos hermanos Agramonte, que habiendo dejado su posicion social y sus fortunas, empuñaron las armas como últimos soldados y figuraron en esa série de combates que forma un proemio brillante á la Iliada de la independencia de aquella perla de las Antillas.

El padre y las hermanas de los jóvenes patriotas vinieron á residir á Nueva-York.

Orador elocuentísimo, sabio en el consejo y arrojado en la lucha, el Lic. Agramonte prestó eminentes servicios á la patria, hasta ser llamado al ministerio, que renunció por seguir al frente de las tropas, entre las que gozaba merecido prestigio.

Encontrábase la lid muy empeñada, cuando recibieron los hermanos Agramonte la noticia de la muerte del padre y del desamparo en que la familia quedaba.

Con tan funesto motivo, vino á Nueva-York mi amigo D. Enrique. Aquí recibió la noticia de la muerte de D. Ignacio, acaecida en la sangrienta batalla del Sinaguayu (11 de Mayo de 1873), cargando á la bayoneta al frente de sus tropas, y dejando en la desolacion á su familia y su esposa, que vió el cadáver del que tanto amaba, cuando aún brillaba en el cielo de su corazon la luna de miel.

Mi amigo Enrique, hecho cargo de la familia, recurrió á su profesion, en que sobresalia: se opuso á una cátedra en uno de los hospitales de más nombre, y la obtuvo, siendo cada dia más considerado en esta sociedad por su ciencia y virtudes.

Tal es el chico que me hizo retroceder en mi camino. Obedecí á su indicacion, y en el wagon me dijo:

—Voy á Harlem: miéntras hago mi visita, vd. verá el puente, y entretanto charlaremos.

Atravesamos calles y más calles al Norte de la ciudad, hasta que despues de mucho andar paró el carro, que llevaba traza de estar en movimiento por toda la eternidad.

Amplísimo es el rio Harlem, límite Norte de la célebre isla de Manhattam.

A la opuesta orilla hormiguean entre los árboles las casas y las fábricas. A mi derecha atravesaba, materialmente casi sobre las aguas, un ferrocarril; á mi izquierda se tendia el rio cruzado de botes y de vapores en movimiento.

A mis piés, en una hundicion de terreno, bajo un amplio tejado, está un salon contiguo á un elegante restaurant, donde por la parte que da al rio se sirven limonadas y helados.

Sobre el rio está el embarcadero y el punto de alquiler de los botes; á poca distancia el muelle para los vapores que atraviesan aquellas aguas.

El puente, aunque de maciza construccion, no corresponde en belleza á sus costos, pero es digno de las miradas del viajero. Tiéndese de uno al otro lado del rio en una extension de más de doscientas varas, formando una calzada de madera con rejas de fierro. La calzada tendrá veinte varas. En su centro forman calle tres arcos de cada lado colocados de modo que entre los arcos y el barandal, quede amplio tránsito para la gente de á pié, miéntras van por el centro los carruajes. De los tres arcos de cada lado, dos tienden sus curvas á la altura de tres varas y el central de seis.

Por la parte exterior del puente que ve á las aguas, descansa su macizo maderámen en gruesas columnas de fierro que encajan en el rio. En el centro son cuatro las robustísimas columnas, y las coronan rieles circulares con ruedas, adheridas al reverso de esa parte del puente.

Sobre los arcos centrales de este monumento se levanta una casita de madera que domina el rio, y donde se hace el servicio del puente.

Apénas se anuncia una embarcacion, cuando como por mágia se desarticula el puente: toda la parte central, con la casa, los viajeros y carruajes, vuela sobre las aguas y queda suspendida siguiendo la corriente, miéntras altivo y resoplando cruza el vapor. Entónces vuelve á girar la parte separada, y se ajusta y continúa el tránsito.

El espectáculo fué para mí de todo punto inesperado; me tocó girar en la parte que se abre, y ví cruzar, como en un desvanecimiento, casas, árboles, navíos, caballos y carruajes.

El Puente de Harlem excita con mucha razon la curiosidad de los viajeros.

Regresó el doctor en compañía de un estudiante de leyes, habanero despierto, audaz, abusando del acento del país natal y dando suelta á esa suficiencia y á ese desenfado, patrimonio de los primeros años.

—Quite vd. de ahí, hombre, estos no son estudios ni valen un ardite, principalmente tratándose de medicinas.

Aquí el primer perillan que coge un poco de tizne de la cocina, le echa agua y unas gotas de álcali, ya puede pedir patente y salir por esos mundos de Dios curando con su Black watter, lo mismo los callos que la retina del ojo.

—No niego que hay mucho humbug y mucha droga; pero hay sabios de primer órden en el ejercicio de mi profesion.

—Yo no me meto en personalidades, replicaba el letrado de Puerto Príncipe; pero vd., caballero, decidirá. (Aquí fueron los saludos y las presentaciones.)

—Figure usted, siguió diciendo con suma animacion: aquí, para el estudio de la medicina, á nadie se pregunta, ni de dónde vienes, ni qué sabes. A Perico el de los Palotes se le viene á las mientes ser médico, y no hay más sino que se inscribe á los cursos.

Los cursos duran tres años: comienzan el 1.º de Setiembre y concluyen en fin de Febrero. En resumidas cuentas, en año y medio se recorre toda la ciencia médica, y no puede darse más diabólica aplicacion al vapor.

Las lecciones son orales, cada profesor tiene su ramo: se para en la tribuna cada maestro, y con una celeridad de que ni idea puede formarse, lanza como con jeringa una peroracion, y.... termina la cátedra.

Los exámenes son mucho, muy ligeros, se pasan en un trago, y la ciencia, encargada de la conservacion y de la vida del hombre, entra por la puerta de la superficialidad y de la charla, y sale por la de los negocios, como si se tratase de traficantes.

—Te confieso, decia Enrique, que no hay mucho de exagerado en esa pintura; pero lo que callas es que tiene tal valía eso de que el hombre asuma la responsabilidad de sus acciones, que hay médicos eminentes, y entre ellos pueden citarse á Alfred Post, Martin Payne; al catedrático de anatomía, Winter; á Loomis y otros muchos que comprenden sus deberes como maestros y que profesan la santa religion de la ciencia.

—Te he dicho, replicaba el estudiante, que yo no me meto con las individualidades. Nada de eso; te digo que he visto tal tempestad de médicos y tan bárbaros muchos de ellos, que en mi tierra ni como albéitares figurarian.

Las mismas oposiciones, no se hacen por gloria ni porque ellas produzcan remuneracion, nada de eso; es uno de tantos recursos de avisar al público que allí hay un médico ménos adocenado que los otros, y eso trae clientela.

—Ya vd. lo ve, dije yo, el público y siempre el público, que es el marchante, es el que tiene de calificar la obra.

—Los exámenes, siguió Enrique, depuran la charla, y en ese punto nada más noble que el proceder de estos hombres: para la ciencia no hay extranjeros; los puestos más distinguidos son para hombres que no son hijos del país, pero sí eminentes profesores. Ya verá vd. el hospital de Belevue y otros establecimientos, y me dirá si se ve con desden la ciencia.

Yo veo el Colegio Médico diariamente, y admiro su regularidad y sus adelantos constantes.

En el gran salon de lecturas caben holgadamente quinientos estudiantes.

La sala de diseccion admira por sus combinaciones de luz y por la manera con que está ventilada.

En aparatos, instrumentos y alivio del enfermo, existe allí cuanto ha inventado la ciencia, sin ponerse jamás coto ni medida en los gastos.

Ahora, en cuanto al sistema de estudios, diré á vd. que el año escolar se divide en tres sesiones. Preliminar de invierno, Regular de invierno y Sesion de primavera. La última sirve como de repaso á las anteriores.

Las lecturas preliminares en Setiembre, ó primeras sesiones de invierno, son de clínica, recorriéndose los ramos que van á estudiarse en lo futuro.

De Octubre á Febrero, esto es, en el período de sesiones regulares, se dan cinco lecturas diarias, que abrazan un curso completo de medicina y cirujía, acompañada de la práctica en el Hospital de Belevue y en las consultas de los pobres.

Despues de hechos estos cursos, el candidato obtiene su diploma firmado por el Canciller de la Universidad, el Dean de la facultad médica y cuatro ó más profesores. El total costo de una recepcion, son treinta pesos.

—Enrique, dijo su compañero interrumpiéndole, tú nos vas á espetar todo el Informe del año pasado, y Fidel está queriendo dormirse.

Así era la verdad; pero no estaba tan dormido que no cogiera al vuelo la promesa que me hizo Enrique de visitar al siguiente dia el Hospital de Mujeres, situado en la calle 59, al Este de la ciudad.

—Hasta mañana, Enrique.

—No hay que olvidarlo. A las diez en punto.

El Hospital de Mujeres es de los establecimientos mejor servidos en Nueva-York, emporio realmente de los establecimientos de caridad y beneficencia.

La fábrica es de ladrillo, inmensa y monótona, en alas como hundidas, con su pórtico al centro, sus bastiones á los extremos, su desvan de zinc en la altura, su barandal de hierro al pié, ciñendo su alfombra de césped.

A la entrada me señaló Enrique, porque Enrique Agramonte fué mi cicerone, algunos salones aislados con altos y amplios respiraderos.

—Esos salones, me dijo mi guía, son destinados á las enfermedades que producen pestilencia ó contagio, y ya vd. ve, separacion tan obvia produce no solo comodidad, sino grandes bienes, porque aquí son desconocidas las enfermedades que abundan en los hospitales, como peculiaridad de esa falta de distincion.

Entramos al hospital: por supuesto que carece de patio, y este me parece grave inconveniente, aunque le ví subsanado con otras muchas ventajas.

En el salon de recepcion estaba una señora escribiendo, y al solo verla, me prendó su compostura, la decencia de su porte, la amabilidad exquisita de su trato.

Es la señorita Jhonson, que así se llama la persona á quien nos dirigimos, una de las empleadas subalternas que dependen de la Junta Directiva del hospital, compuesta de señoras de distincion.

Alta, con el cabello cano cayendo en esmerados rizos sobre su frente de nieve, ojos negros, y los destellos últimos de una notable hermosura. Oyó nuestra pretension, quiso complacernos ella misma, se inclinó al suelo, alzó un extremo de su vestido con sumo garbo y se dispuso á conducirnos, con tal gracia y desembarazo, que, ¡vamos! me subyugó.

Antes de emprender nuestro viaje por elevador y escaleras, nos mostró grandes lápidas de mármol en que estaban inscritos muchos nombres.

—Esos nombres, le dijo á Enrique, son de los creadores y sostenedores del establecimiento, porque el Gobierno compra con una pequeña subvencion el derecho de asistencia hasta para veinte enfermas.

Los socios, porque allí no se decantan los bienhechores, que dan por una vez dos mil pesos, pueden mandar cinco enfermas, es decir, tienen cinco camas disponibles en este hospital.

Ahora verán vdes. poquísimas enfermas; en esta estacion se trasladan á lugar ménos caliente, y entre tanto, como vdes. ven, se hacen las reparaciones del edificio.

En cada uno de los cinco pisos á que ascendimos por un elegante elevador, hay celdas para las enfermas de más distincion, cuartos para las consultas de los médicos, salas con sus útiles para operaciones y comedores para las enfermas convalecientes; todo sin lujo, pero con extraordinario aseo, decencia y propiedad.

En los cuartos ó celdas se ven muebles en que se ha consultado la comodidad, el desahogo y hasta el solaz de las enfermas. La ventilacion de estos cuartos, lo mismo que la de todo el edificio, consiste en séries de combinaciones á cual mejor y más oportunas.

Unas veces la parte superior de la vidriera que forma semicírculo se abre hácia arriba, como un labio, y establece corrientes con ventiladores que se hallan al ras del suelo, sin que se sienta el menor aire en las camas de las enfermas.

En otras piezas, en sus rincones, están incrustados tubos con horadaciones que hacen que el viento circule en la direccion que se desea.

En el descanso de cada piso están situados los cuartos para las veladoras ó vigilantes, además de las que velan á las enfermas.

Inmediato á cada salon se ve en cada piso un grande almacen con ropa, colchones y lo necesario para mantener en estado perfecto de aseo todas y cada una de las camas.

La lavandería, la cocina y las dependencias todas de este hospital, son la realizacion del ideal, todo lo que pueden tener de más práctico la caridad y el bien.

Enrique me decia:

—Como este hospital hay muchos: el de Belevue es un modelo, y hay verdadero esplendor en cuanto á los aparatos é instrumentos médicos que se fabrican en los Estados-Unidos con toda perfeccion, aunque haya persona que prefiera los franceses.

En estas conversaciones descendimos las escaleras todas, siempre conducidos por nuestra amable guía.

Estábamos en un extenso salon dividido por hileras de columnas y dispuesto con extraordinaria decencia, con sillas, mesas y cierto aparato de bienestar.

—Este es el bassement, me dijo la señorita Jhonson, y el salon el que se destina á las consultas de los pobres.

Los médicos todos del establecimiento tienen obligacion de pasar aquí cierto tiempo atendiendo á las consultas de los infelices, suministrándoles la casa, las medicinas y los cuidados en operaciones ligeras.

—Además, añadió Enrique, hay multitud de boticas que tienen sus asignaciones para los pobres, sostenidas por las Juntas de caridad. Es increible el número de personas que disfrutan de este beneficio, que en obsequio de la verdad, desempeñan siempre con el mayor gusto y con provecho, porque aquí la gran dificultad es darse á conocer.

Nada es exagerado, continuó con calor Enrique, de cuanto hayan dicho á vd. respecto de beneficencia y caridad en Nueva-York.

Como vd. ha visto, la grande iniciativa parte del impulso privado: el Gobierno se adhiere á lo establecido, desprendiéndose de la administracion oficial.

Con razon ha dicho el sabio Sr. Bachiller, que no es posible, en su juicio, que en ninguna otra parte del mundo tenga representacion más completa la beneficencia.

Las religiones todas compiten con ahinco en hacer prosélitos en el terreno del amor y del bien; la ciencia y la caridad en emulacion perpétua, inquieren todos los dolores para aliviarlos, todas las penas para prodigarles consuelo. Los ancianos, los ciegos, los dementes, el huérfano, la mujer abandonada, todos, ántes de hundirse, encuentran una mano que los salve.

En las inmediaciones de los templos; en los lugares más risueños por su posicion; en islas como Blackwell's, en medio de los campos, se levantan verdaderos palacios en que el amor brinda refugio á todas las miserias humanas.

Ya vd. ha visto el Instituto de ciegos; el de sordo-mudos es igualmente hermoso; en el Asilo de huérfanos se da educacion, hasta los 14 años, á 900 hospicianos. En el edificio de niños vagabundos se alimentan más de 700, año por año.

El término medio de emigrantes socorridos en su hospital peculiar, es de 450 personas. En la casa de industria, seiscientos niños han hallado amparo y trabajo.

Y todo esto sin ostentacion, brillando en todas partes el órden y la moralidad más pura, sin que nadie haga objeto de su explotacion, ni relacione con su posicion oficial, esta dedicacion santa al amor de los que sufren.

Alta, muy alta idea se cobra de los Estados-Unidos, con especialidad en un hospital y en una escuela. La libertad hace allí el apoteósis sublime del bien: la religion misma, como que se desprende de la influencia del interes sacerdotal, para entrar en la sacrosanta comunion de amor en que Dios se complace.

Los Informes de beneficencia y de educacion, puede presentarlos este pueblo como sus verdaderos títulos para ocupar rango eminente entre los pueblos más civilizados del globo; y esto lo escribo cuando rebosa hiel mi corazon, por lo injusto y lo depravado de la política de los politicastros, y de algunos gobiernos americanos respecto de mi patria.

La señorita Jhonson respondia á mis preguntas, completadas con señas; me explicaba, me tenia encantado con su finura, me estaba muriendo por aquella viejecita tan pura y tan linda.

Por supuesto que al despedirme, le solté una arenga que me tiene hasta ahora dulces los labios.

XIII

Mi tertulia.—Charla benéfica.—Iglesias Bautistas.—Casamientos.—Entierro.—Pick-nick.—"Reception,"—La Policía.—Las Comisarías.—Penitenciaría.—Blakwell's.—Barbaridades.—Huelgas de obreros.—Matanzas y horrores.—Un "meeting."—Mi viaje.—Mi tertulia.—Otra vez los huelguistas.—Reflexiones sobre los obreros.

Quede rendido de mi visita al Hospital de Mujeres: en la noche, y por vía de descanso, fuí á la casa de D. Ramon, en donde estaba, como nunca, animada la tertulia.

El calor era sofocante: á la entrada de la casa, que no puede llamarse zaguan, estaban las señoras y señores formales; las señoras, en una especie de balconcillo contiguo, tenian sus sillones; el resto de la concurrencia estaba en tapetes, sentada en los peldaños de la escalera. Los chicos subian y bajaban entre la concurrencia, juguetones y risueños.

—Mucho se habrá vd. entretenido en el Hospital de Mujeres, me dijo D. Pedro: cada uno de esos establecimientos tiene mucho que estudiar.

—En efecto, repuse yo; pero quedé rendido: al menor esfuerzo, me sale lo viejo por todas las costuras.

—¿Hay muchas enfermas? preguntó D. Ramon.

—No las pude contar, repliqué, porque han ido al campo, como es costumbre.

—No vaya vd. á creer, interrumpió Doña Ambrosia: ¿ve vd. ese gimnasio, y esas espaldas, y esas fuerzas de gañanes que tienen las mujeres? pues realmente son muy enfermas. Vd. figúrese: á los ocho dias de recibir éstas un niño de Francia, andan saltando como unas cabras por esas lomas.

—Vea vd., á mí me dijeron, que aquí reinan las intermitentes, las perniciosas, las reumas, la dicteria....

—Señores, dijo Adela, nos vamos á enfermar si seguimos platicando así. Fué vd. con tanto gusto al hospital, y no quiso ir al bautizo del otro dia que le habria divertido mucho más.

—Figúrese vd., dijo Juanito, que le dieron una zabullida en un estanque á la interesada, que se quedó tiesa.

—¿Qué me está vd. diciendo?

—Lo que vd. oye. En esas iglesias, así se hace, que lo diga D. Pedro.

—Son las Iglesias Bautistas, que como vd. sabe, tienen por institucion el bautizo de los adultos.

—En el centro de la iglesia hay un estanque con agua.

—Muy fria por supuesto, dijo Doña Ambrosia.

—Sobre el estanque se ponen unas tablas y se hace el bautizo, añadió D. Pedro.

—Papá, cuéntele vd. bien á Fidel; porque ha de saber vd. que hay muchísima concurrencia y cantos de dulcísima armonía. Cuando yo asistí á esa ceremonia, el sacerdote y una lindísima jóven de diez y seis años, estaban en el tablado.

—Iba la jóven vestida de blanco, como una nube, repuso Doña Ambrosia.

—Sus largos cabellos caian sobre los encajes y la trasparente muselina, añadió Juanito.

—Cuando nadie lo esperaba, cogió el padre de la nuca á la muchacha, y ¡zas! de sopeton la sumió en el estanque, dándole un sustazo de muerte: al padre no le sucedió nada, porque iba forrado de hule, dijo D. Pedro.

—Pues la muchacha estuvo de fortuna: yo he visto esa ceremonia en Washington: la tabla en que está de pié la catecúmena y descansa en el estanque, se zafa repentinamente, ella se sumerge, y aquello sí es cajeta: la rociada que llevan los concurrentes es para resfriarlos.

—Pues yo he visto más, exclamó Juanito: yo he visto en medio del invierno conducir en carretadas los negros, á bautizarlos en el Potomac, donde rompian el hielo con las cabezas: aquello sí era de encoger al más pintado. En cambio, los bautizos de los católicos se hacen como en todas partes.

—¿Y los matrimonios? pregunté yo esperanzado en saber algo de costumbres.

—De los matrimonios puede decirse, me respondió D. Pedro, como del bautizo: la ceremonia es con arreglo á los ritos religiosos.

—Hablemos de protestantes, dijo Adela, deseosa de complacerme y con la viveza que le es genial. Se anuncia el matrimonio, poniéndose á la entrada de la casa una cortina é instalándose en la propia casa dos policías.

En la puerta de la iglesia se pone tambien cortina.

La novia va vestida de blanco, como el dia de la primera comunion....

—Pero en la iglesia, todo es muy desairado, observó Doña Ambrosia: figúrese vd. que no hay arras, ni hay velacion, ni nada; se cambian muy friones los anillos, y se acaba todo.

—Pero, dijo D. Ramon, al salir á la iglesia, se les echa á los novios flores á manojos, y se deslizan sus botellitas de Champaña entre las ruedas del coche.

—Eso no es nada, insistió Doña Ambrosia; tambien dirá vd. que entre las flores suelen arrojar un zapato.

—Eso quiere decir, exclamó Adela con malicia, que aunque sea en un pié, debe salir á la calle la mujer.

—Ese es el orígen del refran de la mujer casada: "los piés quebrados y en casa," que tiene su equivalente en español.

—Si se llevara á cabo ese refran aquí, las mujeres se morian.... para una mujer, encerrarla es como enterrarla viva.

—Y ahora que hablamos de entierros, seguí yo, ¿es cierto que luego que muere alguno se le sepulta en hielo?

—Es mucha verdad, contestó Doña Ambrosia: ¡figúrese vd. qué sorbete!.... ¡si tienen estos hombres cosas!....

—Eso tiene la ventaja de que á nadie se le entierre vivo.... del mal, el ménos.

—Ya se ve.... el más vivo espicharia con semejante refresco.

—Hay tambien su comitiva de duelo.

—Muy corta, cuando en la casa mortuoria hay proporciones; porque en la casa se alquilan los coches: cuando son pobres, cada cual lleva su coche.

—Pero ya habrá vd. visto; la gente va como de paseo tras el carro fúnebre: no se conoce el luto, las mujeres y los niños parece que se van á un dia de campo. No, esa sí es una falta de caridad y de respeto al muerto, dijo Doña Ambrosia: ya se ve, llevan á la iglesia el cadáver y allí le descubren, y cada quien lo está mirando y observando como si se tratara de una estatua.

—Pues á mí eso me agrada, dijo Juanito.

—Pues hay gustos que merecen palos, dijo Doña Ambrosia amostazada.

Yo, queriendo que no degenerara en tristeza la conversacion, pasé bruscamente de uno á otro punto, diciendo á D. Pedro:

—De lo que no tengo ni remota idea es de un baile en una casa particular, si no es en San Francisco, en casas mexicanas.

En Orleans asistí, como aquí, á Pick-nicks de carácter público, y no á los dias de campo de familias, que contribuyen con un manjar para sus comidas íntimas, como suele suceder entre nosotros.

El Pick-nick se verifica en un jardin; se canta, se baila, cuchichean los novios y los niños juegan alegres.

Hay diversiones de esas que tienen carácter de jamaicas, como hemos visto en Orleans; y por último, en el mar, como la de Rockway Island, de que he hablado; pero baile en forma, no lo conozco.

—Yo he asistido, me dijo Adela, á lo que se llama Reception, que es en realidad un gran baile en que se ostenta lujo y esplendor.

El Reception es de dia, á las dos ó tres de la tarde. La señora de la casa, que es quien ha hecho la invitacion, recibe á los invitados á la puerta del salon, con ramos de flores que les distribuye.

Se baila sin cesar cuadrillas y wals: la danza es desconocida casi.

En una de las piezas interiores hay una gran mesa con exquisitos manjares y vinos, entre los que el Champaña hace el principal papel.

No hay asientos al rededor de la mesa: las personas que desean refrigerarse visitan el comedor, comen con la premura que devora un lunche un hombre de negocios, y sigue bailando, no como quien ha comido, sino como á quien se ha dado cuerda.

—Pero esos bailes, que duran hasta las nueve de la noche, solo se verifican en invierno. En la presente estacion no se visita; se quitan las alfombras y se envían á que se renueven, se pintan las casas, se reparan los muebles y todo el mundo está en el campo y en los baños, en que como en Saratoga, se vive la vida del hotel y es un perpétuo festin la temporada.

Eran las doce de la noche: los cafés y parques tenian concurrencia y se oian á lo léjos las locomotoras, rugiendo como leones.

Una de las cosas que más elogia y que más complacen al viajero que visita Nueva-York, es la policía, comenzando por el personal que siempre es escogido, aun tratándose del físico de sus individuos.

Visten levita y pantalon azul con botones de plata, guantes blancos de algodon y un sombrero de fieltro con sus borlitas de oro. Por toda arma usan una especie de grueso bolillo de dos tercias de largo, suspendido á su mano con un cordon.

Estos hombres rondan dia y noche la ciudad, aun los policías de los parques y paseos, que se distinguen porque su uniforme es gris y usan cachucha.

El Mayor ó Prefecto de la ciudad, elige los Jefes y la Junta de Comisarios.

Hay superintendente, un secretario y una fuerza de poco ménos de dos mil hombres, con 35 capitanes, 133 sargentos, 75 vigilantes y 80 ordenanzas. El total de los empleados en este ramo, son 4,000 hombres.

El Cuerpo de policía se compone de hombres en todo el vigor de la edad, y se buscan verdaderos atletas, que dan gusto de ver.

Nada más interesante que ver á los policías entre la maraña de coches y el indescriptible tragin de Broadway, que cruzan por entre carros y caballos, llevando del brazo á un ciego, cargando un niño, y amparando, siempre respetuosos, á una jóven.

La generalidad paga con afecto las atenciones de estos caballeros, porque tal nombre puede dárseles, y aun la gente viciosa les considera, con excepcion de los ébrios, que ponen á prueba su paciencia.

Por lo que á nosotros toca, jamás hemos visto á un policía maltratar á un preso; nunca esa familiaridad repugnante con la gente perdida; en ninguna circunstancia faltando á las leyes de la buena crianza y del deber, abusando de la autoridad.

A todas horas del dia y de la noche se les encuentra por todas partes y es de su deber guiar al viajero, lo que para los extranjeros aumenta más la simpatía.

Las comisarías, que tienen funciones como en México, están situadas convenientemente en la ciudad, en número de treinta y seis, y son oficinas en toda forma. La oficina que yo ví en la calle de Greenwich, tiene su amplio despacho, con las mesas cercadas de un barandal de madera, su reloj y su telégrafo para comunicarse con la oficina de City-Hall, dar avisos, pedir auxilios, acudir al llamado del superior, etc. Este telégrafo presta á la ciudad servicios importantísimos.

Contiguo al despacho hay un salon con asientos, y otra sala pequeña en que los heridos reciben los primeros auxilios.

Dividido por un pasadizo pequeño, pero embutido entre los muros del edificio, como un gran dado en su holgada caja, hay un edificio pequeño formado de celdillas en que se asegura á los reos hasta por una noche, miéntras se les conduce á su destino.

El piso del cuarto es como un ataúd, con una puerta de barras de hierro; no podrian caber dos personas de frente dentro de aquellos cuartos, que son oscuros y malsanos. En uno de ellos habia detenido un niño porque habia cortado unas flores.

A mí me pareció cruel aquel modo de detener, aun á personas declaradamente criminales: cualquiera de las jaulas de fieras del Parque Central, me pareció en mejores condiciones de vida.

Habia visitado ántes en Blakwell's la Penitenciaría. Blakwell's es una isla en que hay hospital y edificios destinados á la beneficencia y al trabajo.

Allí se encuentra la casa de dementes, la de trabajo, el hospital y la penitenciaría, en que se tiene una detencion temporal.

La isla está al Este, y entre arboledas y risueños prados casi desiertos, se descubren los grandes edificios de piedra de cantería oscura, que negrea tristemente, como que va á morir en ellas la luz, y donde parecen condenadas á la expiacion las cortinas de enredaderas que trepan las paredes, dejando los claros de las ventanas, como hay muchas casas en la ciudad.

Desgraciadamente, la persona con quien hablé en la penitenciaría de Blakwell's, es de las muy pocas que he encontrado en los establecimientos públicos, ásperas y poco atentas con las órdenes y recomendaciones que yo llevaba; así es que ví mal el edificio y no puedo entrar en pormenores como quisiera. Diré, no obstante, lo que ví.

Figurémonos una inmensa galera de robustas paredes, con sus hileras de ventanas y su techo altísimo.

Dentro de la galera está construido el edificio, que es un cuadrilátero de piedra, de celdas en ala, con sus escaleras y su corredor de hierro en la parte exterior.

Ese cuadrilátero queda como una gran caja dentro de la galera, sirviéndole en la parte exterior de salones y de tránsitos á la vez.

El interior de las celdillas tiene el ancho de poco más de vara; yo me puse en las sienes las palmas de las manos, y tocaba con los codos los muros. El largo será de dos varas. En uno de los rincones hay una ironía de cama.

Todo lo demás del sepulcro es desmantelado: la luz le viene de la pieza exterior.

La puerta la forman barras de hierro, cubiertas de modo que solo queda un boquete para la respiracion de la fiera. Una gruesa barra de hierro asegura la puerta.

Parece que la prision es accidental y que en ella residen por vía de pena correccional; pero yo ví en las puertas papeles que indicaban la permanencia en aquellos nichos de panteon, de cinco ó seis meses, aunque esto no es comun.

Aquella soledad, aquellos muros, aquella escasa luz, me parecieron peores que la misma muerte.

Dicen que la prision no es solitaria, y en efecto, ese sistema está del todo abolido; pero lo existente es brutal, es salvaje; convierte en afectacion hipócrita el cuidado del pájaro y del niño y la institucion caritativa para los animales.

Y por más que repugne y que parezca increible, se hace aquí la apología de los azotes de Delaware: hay Estados en que se sujeta al reo con un corbatin de hierro á la pared, y los ahorcados son comunes, habiendo en este acto sacrílego verdadero lujo de barbarie y de degradacion humana. ¡Qué vergüenza! !qué humillacion! !qué afrenta para el hombre el de ese columpio infame desde el que parece que la barbarie en triunfo hace el apoteósis de la pena de muerte y desafía á la civilizacion y á la humanidad!

Hay veces que se tiene á los sentenciados meses enteros en espectativa del suplicio, y ántes de morir se les toma medida para el cajon en que los entierran.

Hace pocos dias hubo once ahorcados, y diremos algo de esta historia por la trascendencia que está teniendo.

Es el caso, que con motivo ó pretexto de la parálisis de los negocios, se habia hecho en varias negociaciones el rebajo de diez por ciento en los salarios, rebajo muy sensible, porque aquí son poderosas las necesidades del obrero. En varias fundiciones y fábricas, al mismo tiempo de amenguarse el salario, se aumentó el trabajo y en alguna se hizo notable el mal trato á los obreros.

Es de advertir que en este país hay sus imitaciones europeas, en cuanto á colisiones (Trait d'union), semejantes á las ligas inglesa y francesa que produjeron la internacional, y que entre las importaciones han tenido la de comunistas alborotadores y feroces, aunque con ménos éxito, por las condiciones de felicidad en que se encuentran los pueblos.

Los obreros de las fundiciones de Macburg (Pensylvania), protestaron y se levantaron contra la disminucion de sueldo y el aumento de trabajo; los dueños se opusieron, hubo desórdenes y asesinatos, y de resultas de ellos fueron condenados á muerte once obreros de los de mayor inteligencia y prestigio, que representaban en las colisiones.

Las ejecuciones se hicieron con todo el lujo de barbarie que hemos descrito, y estuvo al estallar una insurreccion universal, porque operarios en el ferrocarril, fundidores, herreros, carboneros y toda esta especie de gremios, tienen poderosas ligas.

Al fin estalló la huelga en los caminos de fierro y minas de carbon de Macburg, Pittsburgo y toda Pensylvania; y como si hubieran sido regueros de pólvora los rieles, se propagó el incendio de una tremenda insurreccion.

Destrozáronse trenes de mercancías, incendiáronse wagones y se lanzaron ardiendo á los grandes depósitos; millares de hombres se precipitaban contra la fuerza armada que simpatizaba en algo para con los insurrectos, y el incendio, la matanza y el desencadenamiento de todo lo que hay de más feroz en el tumulto, se vió en grandes focos, y tiene, con razon, en alarma y en espanto á la sociedad entera.

El telégrafo, instante por instante, trasmite relaciones de horrores que vocean los muchachos.

En las mañanas, en las tardes, á deshora de la noche, los papeleros infatigables, van como con teas encendidas difundiendo la alarma.

Ayer 25 publicó El Herald, como encabezamiento de su periódico, con letras colosales como aquí se acostumbra, lo siguiente:

Un dia de alto en la historia del derramamiento de sangre.

Alborotos en Siracusa, Albany, Chicago y San Luis.

El Nueva-York central en huelga.

Delaware, Lackwana y el Oeste se unen.

Extiéndese el alboroto en el Oeste.

Un tren con milicia detenido.

Efectos de la detencion de los fletes.

Escasez de carbon y fierro, fábricas cerradas en Pittsburgo.

La harina subiendo, los duraznos pudriéndose.

50,000 hombres próximos á lanzarse al tumulto.

Una voz para las fábricas.

Entrevista con el jefe Arturo, de la locomotiva de Brotherhood.

La situacion en Nueva-York.

Un gran "meeting" convocado por los comunistas.

Formidables precauciones para conservar el órden.

Ataque en San Francisco de alborotadores contra los chinos.

El texto de lo escrito corresponde á los rubros: cuéntanse por millones las pérdidas; y las hondas lacras, y los grandes elementos de vida de esta sociedad, se ponen de manifiesto en estas circunstancias formidables.

La preponderancia tiránica de los ricos que fungen en grandes Compañías, con intereses opuestos á los de la comunidad; aristocracia del peor género, que tuerce la marcha gubernativa y todo lo corrompe: los grandes errores económicos que reivindican en un solo instante los principios de la ciencia, hacinan combustible que estalla con la más leve chispa.

La cuestion del Sur solapada, pero cuyas causas subsisten enérgicas, irritadas por la tarifa, que no es sino una máquina de opresion del Sur, todo está en fermento y todo escribe con letras de fuego y de sangre, lecciones que no deberian desaprovechar los serviles admiradores de esta gran nacion.

Y si hemos puesto delante de los ojos el reverso de la medalla, en el anverso figura el imperturbable acatamiento á la ley y la fé en los principios.

Anoche, en medio de la excitacion universal, se verificó un meeting de comunistas: nadie pensó en que se estorbase á los ciudadanos pacíficos el ejercicio de su derecho. Se tomaron precauciones, y eso fué todo.

En cuanto á la fé en los principios, no se ha pensado en aumentar el ejército; no se ha pedido socorro á la fuerza para que salve á los menores de edad, como lo habriamos hecho nosotros. En Pittsburgo, los ciudadanos en masa se han armado; ellos acuden al peligro; se arman, vigilan, se muestran hombres, se bastan á sí mismos, á pesar de las defecciones de algunos; y esto es ser pueblo, y pueblo grande y digno de la libertad.

Las vociferaciones de la prensa se valorizan por el buen sentido, alimentado por la instruccion universal, y los grupos de alborotadores pasan como compañías de cirqueros, en medio de la indiferencia de la gran masa que garantiza la paz.

En las fábricas, otra es la cuestion; pero con todo, no tenderá sus brazos la Comuna, no encenderá sus hogueras el petróleo, no recorrerá la internacional los pueblos, con su cortejo de furias del hambre.

Franceses, irlandeses y alemanes comunistas, vagos de todas las naciones, derraman en frio sus reminiscencias; y aunque la parálisis de los giros es una gran calamidad, se espera que sea la perturbacion un mal pasajero, y se vuelven los ojos á los buenos principios para encontrar de una manera cierta la paz.

Yo tenia dispuesto mi viaje para el dia de ayer. Los trastornos que acabo de referir me tienen como preso, devorando el fastidio.

—Todo eso que vd. escribe, me decia Doña Ambrosia los otros dias, está muy bueno y á mí algunas cosas tal parece que las estoy mirando, sin quitarles pelo ni tamaño; pero convenga vd. en que se le va la mano en la miel cuando describe á las mujeres, y no es eso bueno, aunque la pique de galante.

—Pues yo no he visto nada de eso, dijo Adela, agitando su abanico y dejándose ir hácia adelante en su mecedora.

—Oh! si en esos cuadros de Fidel, las ladies son divinas: ¡qué airosas! ¡qué instruidas! ¡qué expeditas!

—Y no lo podemos negar, mamá; sorprende el número de mujeres hermosas; y si no, dé vd. una vueltecita por Broadway cualquier sábado, y deslumbra tanta elegancia y tanta hermosura.

—Todo estará muy bueno; pero vd. no ha pintado una mujer dándole el brazo al hombre y el hombre dejándose llevar, como no está en el órden; nunca ha dicho vd. que señoras que por tales pasan, alzan sus piés como cualquier macho y los ponen á la bartola miéntras leen su periódico; y en esto del abanico, se lo pegan como clavado en medio del pecho, y allí sacuden, sin aquel garbo ni aquel no sé qué de nuestra raza.

—Pero, mamá, esas son pequeñeces que no hay para qué mentar.

—Tampoco dice Fidel, continuó implacable Doña Ambrosia, que mucha de esa suelta y de esa libertad de los niños, depende de que no los soportan dentro de las casas, en donde acaban con las alfombras y hacen guerra á los muebles y al aseo; hay muchos bordings en que no se admiten á los huéspedes con hijos: sobre todo, mal se avienen esos chiqueos con señoras que andan en la calle.

—Está muy bien: podrá suceder lo que vd. dice, mamá, replicó Adela; pero pierde de vista aquí á los muchos aventureros y gente ordinaria, que hace cosas que les achacan á los extranjeros, como por ejemplo eso de la bebida. Bebe más siempre un irlandés que dos yankees: si no, vea vd. ese vecino.

El vecino es un propietario que pasaba casi en paños menores y sin sombrero, con su inmensa jarra en la mano, y de varias casas salian gentes con jarrones semejantes, como en procesion, por el Leager Ber.

—Espanta lo que se bebe aquí diariamente: D. Pedro tiene pruebas, por esos libros que él lee dia y noche, que este es el país del mundo en que se bebe más.

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