EL MAYOR MONSTRUO LOS CELOS.
Reading edition
PERSONAS.
El Tetrarca Herodes. Otaviano. Aristóbolo. Filipo, viejo. Tolomeo. Un capitan. Polidoro, gracioso. Mariene. Sirene. Libia. Arminda. Soldados romanos. Soldados judíos. Músicos. Criados. Judíos, damas. Acompañamiento.
La escena es en las cercanías de Joppe, en Ménfis y en Jerusalen.
JORNADA PRIMERA.
Sala de una quinta á orillas del mar en la playa de Joppe (ó Jafa.)
ESCENA PRIMERA.
EL TETRARCA, MARIENE, LIBIA, SIRENE, FILIPO, criados, músicos.
(Música.)
La divina Marïene, El sol de Jerusalen, Por divertir sus tristezas, Vió el campo al amanecer. Las aves, fuentes y flores La dan dulce parabien, Repitiendo, por servirla, Al aire una y otra vez: Sea triunfo de sus manos Lo que es pompa de sus piés. Fuentes, sus espejos sed, Corred, corred, corred: Aves, su luz saludad, Volad, volad: Flores, paso prevenid, Vivid, vivid.
Tetrarc.
Hermosa Marïene, Á quien el orbe de zafir previene Ya soberano asiento, Como estrella añadida al firmamento: No con tanta tristeza Turbes el rosicler de tu belleza. ¿Qué deseas? ¿Qué quieres? ¿Qué envidias? ¿Qué te falta? ¿Tú no eres, Amada gloria mia, Reina en Jerusalen? Su monarquía, En cuanto ciñe el sol, el mar abarca, ¿No me aclama su ínclito monarca, Como dan testimonio Letras de Marco Antonio Y firmas de Otaviano, Porque los dos intentan, aunque en vano, Repartir el imperio Que dilata y extiende su hemisferio Desde el Tíber al Nilo? Y yo, con cauto pecho y doble estilo, ¿De Antonio no defiendo La parte, porque así turbar pretendo La paz, y que la guerra Dure, porque despues cuando la tierra De sus huestes padezca atormentada Y el mar cansado de una y otra armada, Pueda yo declararme, Y en Roma, tú á mi lado, coronarme? Tu hermano y Tolomeo, ¿No son á quien les fío mi deseo Y ley de mi albedrío, Pues con los dos socorro á Antonio envío? Y en tanto ¡oh cielo hermoso! Que al triunfo llega el dia venturoso, ¿No estás de mí adorada? ¿De mis gentes no estas idolatrada? ¿No habitas esta quinta, Que sobre el mar de Joppe el cielo pinta? Pues no tan fácilmente Se postre todo el sol á un accidente; Liberal restituya tu alegría Su luz al alba, su esplendor al dia, Su fragancia á las flores, Al campo sus colores, Sus matices á Flora, Sus perlas á la aurora, Su música á las aves, Mi vida á mí, pues con discursos graves A celos me ocasionan tus desvelos.— No sé qué más decir, ya dije celos.
Mariene.
Tetrarca generoso, Mi dueño amante y mi galan esposo, Ingrata al cielo fuera Y á mi ventura ingrata, si rindiera El sentimiento mio A pequeño accidente su albedrío. La pena que me aflige, De causa ¡ay cielos! superior se rige, Tanto, que es todo el cielo Depósito infeliz de mi desvelo, Pues todo el cielo escribe Mi desdicha, que en él grabada vive En papel de cristal con letras de oro. No con causa menor mi muerte lloro.
Tetrarc.
Ménos entiendo ahora yo y más dudo El mio y tu dolor; y si es que pudo Tanto mi amor contigo, Hazme ya de tu mal, mi bien, testigo. Sepa tu pena yo, porque la llore, Y más tiempo no ignore Muerte, que ya con mis sentidos lucha.
Mariene.
Nunca pensé decirlo; pero escucha. Un doctísimo hebreo Tiene Jerusalen, cuyo deseo Siempre ha sido, estudioso Apresurar al tiempo presuroso La edad, como si fuera Menester acordarle que corriera. Este, pues, vigilante, En láminas leyendo de diamante Caracteres de estrellas, Hoy los futuros contingentes dellas A todos adelanta: Tanta es la fuerza de su estudio, tanta, Que es oráculo vivo De todo ese cuaderno fugitivo Que en círculos de nieve Un soplo inspira y un aliento bebe. Yo, que mujer nací (con esto digo Que amiga de saber), docto testigo Le hice de tu fortuna y mi fortuna, Porque viendo que al orbe de la luna Hoy empinas la frente, El futuro previne contingente. Con el mio juzgó tu nacimiento, Y á los delirios de la suerte atento, Halló... Aquí el labio mio Torpe, muda la voz, el pecho frio, Se desmaya, se cansa y desfallece, Y aquí todo mi cuerpo se estremece. Halló, en fin, que sería Trofeo injusto yo ¡qué tiranía! De un monstruo el más cruel, horrible y fuerte Del mundo: halló tambien que daria muerte (¿Qué daño no se teme prevenido?) Ese puñal, que ahora traes ceñido, A lo que más en este mundo amares. ¡Mira si tales penas, si pesares Tan grandes, es forzoso Que tengan mi discurso temeroso, Muerta la vida y vivo el sentimiento! Pues infaustos los dos, con fin sangriento, Por ley de nuestros hados, Vivimos á desdichas destinados: Tú, porque ese puñal será homicida De lo que más amares en tu vida; Y yo, siendo con llanto tan profundo, Trofeo del mayor monstruo del mundo.
Tetrarc.
Bellísima Marïene, Aunque ese libro inmortal En once hojas de cristal Nuestros discursos contiene, Dar crédito no conviene A los secretos que encierra; Que es ciencia que tanto yerra, Que en un punto solamente Mayores distancias miente Que hay desde el cielo á la tierra. De esa ciencia singular Sólo se debe saber El mal que se ha de temer, Mas no el que se ha de esperar. Sentir, padecer, llorar Desdichas que no han llegado, Ya lo son; pues tu cuidado No puede haberte oprimido, Despues de haber sucedido, A más que haberlas llorado. Y si ahora tu desvelo Lo que ha de suceder llora, Tú haces tu desdicha ahora Mucho primero que el cielo; Que llorar con desconsuelo, Por imaginada ó dicha[7], Una distante desdicha, Ya es acercarla en rigor; Y no hay desdicha mayor Que el esperar la desdicha. Con otro argumento yo Vencer tu dolor quisiera: Si ventura acaso fuera La que el astrólogo vió, ¿Diérasla crédito? No, Ni la estimaras ni oyeras; ¿Pues por qué en nuestras quimeras Han de ser escrupulosas, Las venturas mentirosas, Las desdichas verdaderas? Dé crédito el cauto igual Al favor como al desden: Ni aquel dudes porque es bien, Ni este creas porque es mal: Y si en argumento tal No estás satisfecha, mira Otro que al discurso admira. Esta prevista crueldad, O es mentira ó es verdad: Dejémosla si es mentira Pues nada nos asegura, Y á que sea verdad vamos, Porque siéndolo, arguyamos Que es el saberla ventura. Ninguna vida hay segura Un instante: cuantos viven, En un principio perciben Tan contados los alientos, Que se cumplen por momentos Los números que reciben. Yo en aqueste instante no Sé si mi cuenta cumplí, Ni si la debo; tú sí, A quien el cielo guardó Para un monstruo: luego yo Llorar debiera ignorante Mi fin; tú no, si este instante A ser tan dichosa vienes, Que seguro el vivir tienes, Pues no está el monstruo delante. Y pasando al fundamento De lo que sabes de mí, ¿Cómo es compatible, dí, Que aqueste puñal sangriento Dé en ningun tiempo violento Muerte á lo que yo más quiero, Y á tí un monstruo? Ver no espero Cosa de mí más querida; Luego amenazan tu vida Aquel monstruo y este acero. Pues si hoy el hado importuno, Que es de los gentiles dios, Te ha amenazado con dos Fines, no temas ninguno. No hay más rigor para el uno Que para el otro piedad: Luego será necedad Temer, al rigor atenta, Cuando es fuerza que uno mienta, Que el otro diga verdad. Y porque veas aquí Cómo mienten las estrellas, Y que triunfar puedo dellas, Mira el puñal... (Desenváinale.)
Mariene.
¡Ay de mí! Tente, señor.
Tetrarc.
¿De qué así Tiemblas, dí?
Mariene.
Mi muerte advierte Mirarle en tu mano fuerte.
Tetrarc.
Pues porque no temas más, Desde hoy inmortal serás, Yo haré imposible tu muerte. Sea el mar, campo de hielo, Sea el orbe de cristal, Deste funesto puñal, Monstruo acerado del suelo, Sepulcro.
(Arroja el puñal por una ventana.)
ESCENA II.
TOLOMEO, dentro.—Dichos.
Tolom.
(Dentro.) ¡Válgame el cielo!
Mariene.
¡Oh qué voz tan triste he oido!
Filipo.
Aire y agua han respondido Con asombro ó con desmayo.
Libia.
El trueno fué de aquel rayo Un lastimoso gemido.
Mariene.
¿Qué mucho que á mí me asombre Acero tan penetrante, Que hace heridas en las ondas, Y impresiones en los aires?
Tetrarc.
Los pequeños accidentes Nunca son prodigios grandes. Acaso la voz se queja... Y porque te desengañes, Iré á saber lo que ha sido, Penetrando á todas partes Las entrañas de los montes, Los cóncavos de los mares.
(Vanse todos, menos Mariene y sus dos damas.)
ESCENA III.
MARIENE, LIBIA, SIRENE.
Mariene.
Toda soy horror.
Libia.
El mar Es monumento inconstante De un mísero, que rendido Entre sus espumas trae.
Sirene.
Ya tu esposo, el gran Tetrarca, Con generosas piedades Movido, al bajel humano Ha dado puerto en la márgen.
Mariene.
El puñal que fué cometa De dos esferas errante, Arpon del arco del cielo, Clavado en un hombro trae.
Libia.
Tolomeo es. ¡Ay de mí! (Ap. Mas bastaba ser mi amante Para ser tan infelice.) ¡Qué prodigio tan notable! ¡Qué espectáculo tan triste!
Mariene.
¡Qué asombro tan admirable! Vamos de aquí, que no tengo Animo para mirarle.
(Vase con sus damas.)
ESCENA IV.
EL TETRARCA, FILIPO, y los criados, que traen á TOLOMEO, con el puñal clavado en un hombro.
Tetrarc.
Ya del mar estais seguro, Infelice navegante. ¡Así la mortal herida Diera treguas á mis males!
Tolom.
Detente, señor, detente: Este puñal no me saques, Porque al ver la puerta abierta, Sus espíritus no exhale El alma. Ya que los cielos Solamente en esta parte Son piadosos, pues me dan Para verte y para hablarte Tiempo, no se pierda el tiempo. Mi muerte y la tuya sabe.
Tetrarc.
¿Tolomeo?
Tolom.
Sí, señor.
Tetrarc.
Llevadle de aquí, llevadle A curar.
Tolom.
Aqueso no; Que cuando el riesgo es tan grande, Ménos importa mi vida Que la tuya; y así, ántes Que acaben mi poco aliento Desdichas que son tan grandes, Oye las tuyas, señor; Y cuando helado cadáver, Me falte tiempo al decirlas, Al saberlas no te falte. Otaviano en tierra y mar, Ondas ocupando y valles, Llegó á Egipto: salió Antonio Con tu socorro á buscarle, De Cleopatra acompañado En el Bucentoro, nave Que labró para él Cleopatra De marfiles y corales. A los principios fué nuestra (¡Fuerte pena, injusto trance!) La fortuna; pero ¿cuándo Estuvo firme un instante? Enojáronse las ondas, Y el mar, Nembrot de los aires, Montes puso sobre montes, Ciudades sobre ciudades. La armada del enemigo, Como estaba hácia la parte Del puerto abrigada, en él Quiso el cielo que se ampare. Mas la nuestra, dividida, Deshecha y sin órden, sale A la campaña del mar, Donde impelida mi nave, Caballo fué desbocado, Que no hay freno que le pare. Atormentada en efecto, Desmantelado el velámen, Los árboles destroncados, Enmarañados los cables, Y trayendo, finalmente, Arena y agua por lastre, A vista ya de las torres De Jerusalen la grande[8], Fué rüina en un escollo, Y aquí una tabla á los ayes Repetidos fué delfin Enseñado á sus piedades. ¿Quién crêrá que la fortuna, En un hombre que se vale De la piedad de un fragmento, Pudiera hacer otro lance? Yo lo afirmo, pues yo ví De acero un cometa errante Contra este humano bajel, Correr la esfera del aire. Este pues que de mi vida Tasando está los instantes, Sólo el decir me permite Que tu enemigo triunfante Queda en Egipto, y Antonio O rendido ó muerto yace; Que de Aristóbolo, hermano De tu esposa, no se sabe; Y en fin, que tus esperanzas Como el humo se deshacen. Y ya que de tus desdichas, Siendo el todo, no soy parte, Dáles sepulcro á las mias; Aunque las mias son tales, Que ellas se harán su sepulcro, Pues tienen para labrarle Sangre y acero, y podrán Enternecer un diamante; Que áun los diamantes se rinden Al acero y á la sangre.
Tetrarc.
Ser un hombre desdichado Todos han dicho que es fácil, Y yo digo que es difícil, Porque es estudio tan grande Aqueste de las desdichas, Que no le ha alcanzado nadie.— Quitadme ese asombro, ese Funesto horror de delante. Llevadle donde le curen... Y aquese puñal... guardadle, Que importa saber qué debo Hacer dél; que ya él me hace Tenerle por prodigioso.— ¡Ay Filipo! hagan alarde Mis suspiros de mis penas, Mis lágrimas de mis males.
(Llévanse los criados á Tolomeo.)
ESCENA V.
EL TETRARCA, FILIPO.
Filipo.
Señor, los grandes sucesos Para los sujetos grandes Se hicieron, porque el valor Es de la fortuna exámen. Ensancha el pecho, que en él Cabrán todos tus pesares, Sin que á la voz ni á los ojos Se asomen.
Tetrarc.
¡Ay! que no sabes, Filipo, cuál es mi pena, Pues quieres darla esa cárcel.
Filipo.
Sí sé, pues sé que has perdido Tal república de naves.
Tetrarc.
No es su pérdida la mia.
Filipo.
Serálo el mirar triunfante A tu enemigo.
Tetrarc.
No tengo Miedo á las adversidades.
Filipo.
De Aristóbolo tu hermano, Ni de Marco Antonio sabes.
Tetrarc.
Cuando sepa que murieron, Tendré envidia á bien tan grande.
Filipo.
Los prodigios del puñal Preñeces[9] son admirables.
Tetrarc.
Al magnánimo varon No hay prodigio que le espante.
Filipo.
Pues si prodigios, fortunas, Pérdidas y adversidades No te rinden, ¿qué te rinde?
Tetrarc.
¡Ay, Filipo! no te canses En adivinarlo, puesto Que miéntras no adivinares El amor de Marïene, Todo es discurrir en balde. Todos mis intentos son Entrar con ella triunfante En Roma, porque no tenga Que envidiar mi esposa á nadie. ¿Por qué ha de gozar belleza Que no hay otra que la iguale (Error del mérito), un hombre, Que hay otro que le aventaje? Piérdase la armada, muera El César Antonio, falte Aristóbolo, Otaviano De un polo á otro polo mande, Con trágicas prevenciones Hoy los cielos me amenacen, Vuelva el prodigioso acero A mi poder; que á postrarme Nada basta, nada importa, Siempre con igual semblante; Sino solamente el ver Que yo no he sido bastante A hacer reina á Marïene Del mundo; y en esta parte Dirás, y diránlo todos, Que es locura: no te espantes, Que cuando amor no es locura, No es amor; y el mio es tan grande, Que temo (advierte, Filipo) Que pasando los umbrales De la vida, y que llegando De la muerte á esotra parte, Ha de quedar en el mundo Por un prodigio admirable De las fortunas de amor A las futuras edades. (Vanse.)
Sala de un palacio de Ménfis.
ESCENA VI.
OTAVIANO, soldados romanos.
Otavian.
Felice es la suerte mia, Pues de Egipto victorioso, Dilato la monarquía De Roma, dueño famoso De los términos del dia. Cante pues victoria tanta La fama, y en testimonio De que á todas se adelanta, Sean triunfo de mi planta Hoy Cleopatra y Marco Antonio. Presos á los dos procura Llevar mi heroica ventura, Porque, lidiador bizarro, Sean fieras de mi carro El poder y la hermosura.
ESCENA VII.
POLIDORO, ARISTÓBOLO, un CAPITAN.—OTAVIANO, soldados.
Capitan.
Aunque habemos discurrido De Cleopatra el gran palacio, Hallarla no hemos podido, Ni á Antonio, porque su espacio Laberinto de oro ha sido. Solamente hemos hallado A Aristóbolo, cuñado Del que hoy en Jerusalen Tetrarca asiste, de quien Nos informó este criado.
(Señalando á Aristóbolo.)
Tu contrario fué; y así, Porque averigües aquí Sus designios, le traemos De la parte en que le habemos Hallado. Llega. (A Polidoro.)
Polidor.
(Ap.¡Ay de mí!)
(Ap. á Aristóbolo.)
¿Cuál diablo me metió, cuál, Cielos, en engaño igual? ¿No son notables errores Que otros vivan de traidores, Y yo muera de leal?
Aristób.
(Ap. á Polidoro.) Si así la vida me das, No temas: seguro estás, Que yo á tí te la daré. Disimula.
Polidor.
Yo lo haré, Hasta que no pueda más.
Aristób.
Grande César Otaviano, Cuyo renombre inmortal El tiempo asegure ufano En láminas de metal, Que intente borrar en vano: No manches, no, riguroso Los aplausos que has tenido Con sangre; que es ser piadoso Vencedor con el vencido, Ser dos veces victorioso.
Otavian.
(A Polidoro.) Aunque pudiera ¡oh valiente Aristóbolo! vengarme En tu vida dignamente De tí y tu hermano, mostrarme Quiero piadoso y clemente. Álzate del suelo, y pues El fin de mis glorias es Entrar en Roma triunfante Con Marco Antonio delante, Y con Cleopatra á los piés, Díme dónde están; que no He sabido de ellos yo Desde que aquel Bucentoro, Armada nave de oro, De la batalla salió.
Polidor.
Yo de los dos te dijera, Si yo de los dos supiera; Pues por mis discursos hallo Que hiciera más en callallo Yo, que en decírtelo hiciera; Mas desde que llegué aquí, Nunca más á los dos ví.
Otavian.
Eso no es agradecer Mi piedad. Yo he de saber Dellos, y ha de ser así.— ¡Hola!
Capitan.
Señor.
Otavian.
Al infante Aristóbolo llevad A una torre, y ni un instante Goce de la claridad Del sol: la noche le espante Por eterna.
Polidor.
Aquí llegó, Señor, de tu engaño el fin. (Ap. á él.)
Aristób.
(Ap. á Polidoro.) Sufre.
Polidor.
¿Torre obscura yo?
Otavian.
Llevadle.
Polidor.
(Ap.El demonio sin Duda me Aristoboló.) Que yo...
Capitan.
Calla.
Polidor.
¿Qué es callar? ¡Vive Baco, que he de hablar! ¿Yo príncipe? Muy errado, Muy cerrado y muy culpado Soy...
Otavian.
¿Qué teneis que esperar? Y ese criado, primero Padezca un tormento fiero, Ó muera en él de leal.
Polidor.
¿Qué es tormento? (Ap. Mal por mal, Torre pido, noche quiero.) Vamos á la torre: yo Soy Aristóbolo, no Príncipe errado, segun Decia. (Ap. Sin duda que algun Ángel me Aristoboló.)
Aristób.
Enfrena un poco el rigor, Sabrás de los dos, señor; Y de mi voz advertido, Oirás que los dos han sido Funestos triunfos de amor. Apénas rota su armada Vió Antonio, cuando la alada Nave, haciéndose á la vela, Nada pensando que vuela, Vuela pensando que nada; Pues con ligereza suma, Pez sin escama nadaba, Ave volaba sin pluma, Tan veloz, que no le ajaba Un solo rizo á su espuma. A Ménfis en fin llegó, Donde rehacerse pensó De la pérdida y tornar A la campaña del mar, Que tantas desdichas vió; Mas viendo que le seguias A Ménfis, y que traias De tu parte á la fortuna, Pues al orbe de la luna Con alas suyas subias; Lamentando mal y tarde La pérdida de su gente, Sin que á ser despojo aguarde, Del extremo de valiente Dió al extremo de cobarde; Pues ciego y desesperado, Al panteon, colocado[10] A egipcios reyes, entró Y una sepultura abrió, Donde vivo y enterrado, Dijo, sacando el acero: «Nadie ha de triunfar primero De mí que yo mismo: así Triunfo yo mismo de mí, Pues yo mismo mato y muero.» Cleopatra que le seguia, Viendo que ya agonizaba, Bañado en su sangre fria, Cuyo aliento pronunciaba Más, cuanto ménos decia: «Muera (dijo) yo tambien; Pues por piedad ó por ira, No cumple con ménos quien Llega á querer bien, y mira Muerto á lo que quiso bien.» Y asiendo un áspid mortal De las flores de un jardin, Dijo: «Si otro de metal Dió á Antonio trágico fin, Tú serás vivo puñal De mi pecho; aunque sospecho Que no moriré, á despecho De un áspid, pues en rigor, No hay áspid como el amor, Y há dias que está en mi pecho.» Y él con la sed venenosa Hidrópicamente bebe, Cebado en Cleopatra hermosa, Cristal que exprimió la nieve, Sangre que vertió la rosa. Yo lo ví todo, porqué Así como aquí llegué, El palacio examinando, A Aristóbolo buscando, Hasta el sepulcro me entré, Donde él rendido al valor, Y ella postrada al dolor Yacen, porque de esta suerte Aun no divida la muerte A dos que junta el amor.
Otavian.
Aquí dió fin mi esperanza, Aquí murió mi alabanza, Pues por asombro tan fuerte, No ha de pasar mi venganza Los umbrales de la muerte. Ya triunfar de ellos no espero; Que yo solamente quiero Saber qué intento ha obligado Al Tetrarca tu cuñado Para que sañudo y fiero Te enviase contra mí.
Polidor.
Si tú estás diciendo aquí Que es cuñado, ¿no es error Preguntarme qué es, señor, Su intento? Pues digo así Que lo que á esto le ha obligado, Es el verme de esta suerte, Pues solo me habrá enviado A que tú me des la muerte, Propia alhaja de un cuñado.
Capitan.
Si examinar su intencion Quieres, yo te la diré, Pues con aquesta ocasion Este cofre les quité. Joyas y papeles son Las que hay en él.
Otavian.
Muestra á ver. —Cifra es del mayor poder Su inestimable riqueza; Mas la pintada belleza De una extranjera mujer
(Saca del cofrecillo un retrato.)
Es la más noble y mejor Joya, y la de más valor. No ví más viva hermosura, Que el alma de la pintura.
Aristób.
(Ap.) Atento el emperador Mira el retrato fiel; Mas ¡ay fortuna cruel! Ver los papeles porfía. ¡Mal haya el hombre que fía Sus secretos á un papel!
(Saca Otaviano del cofrecillo una carta.)
Otavian.
(Lee.) «En esta faccion está el fin de mis deseos, pues no espero para declararme emperador de Roma, sino que Otaviano, rendido ó preso...» ¿Qué tengo que saber más? Y pues sospechoso estás, Y aun convencido conmigo, Miéntras pienso tu castigo, En una torre estarás.
Polidor.
No son buenos pensamientos Andar pensando tormentos. ¿No será mucho mejor, Que no castigos, señor, Pensar gustos y contentos?
Otavian.
Llevadle de aquí.
Polidor.
Escuchar Debes que...
Otavian.
No hay que aguardar.
Polidor.
Sí hay.
Otavian.
Dí.
Polidor.
Solamente digo Que no hay que esperar castigo, Pues no me dejas hablar.
(Los soldados se llevan á Polidoro.)
ESCENA VIII.
OTAVIANO, ARISTÓBOLO, EL CAPITAN.
Otavian.
(Al Capitan.) Tú partirás al momento Con gente y armas, y atento A mi cesárea obediencia, Traerás preso á mi presencia Al Tetrarca; que es mi intento Que como á César me dé Del tiempo que ha gobernado Residencia: y tú, porque En efecto eres criado, En quien tal lealtad se ve, Darte libertad espero; Pero por rescate quiero Que ya liberal me des El decirme cúyo es Este retrato.
Aristób.
(Ap.Aquí muero De confusion: si le digo Quién es, á amarla le obligo; Desesperarle es mejor. Halle imposible su amor Al principio: así consigo Su quietud.) Esa pintura, Sombra ya de una escultura, Ceniza de un rayo ardiente, Es memoria solamente De una difunta hermosura.
Otavian.
¿Muerta es esta mujer?
Aristób.
Sí.
Otavian.
(Ap.) ¿Para qué, amor, ¡ay de mí! Sin esperanzas la veo?
Aristób.
(Ap.) Bien se logró mi deseo.
Otavian.
Libre estás, véte de aquí. (Vase Aristóbolo.)
ESCENA IX.
OTAVIANO.
La muerte y el amor una lid dura Tuvieron sobre cuál era más fuerte, Viendo que á sus arpones de una suerte Vida ni libertad vivió segura. Una hermosura amor divina y pura Perficionó, donde su triunfo advierte; Pero borrando tanto sol la muerte, Triunfó así del amor y la hermosura. Viéndose amor entónces excedido, La deidad de una lámina apercibe, A quien borrar la muerte no ha podido. Luego bien el laurel amor recibe, Pues de quien vive y muere dueño ha sido, Y la muerte lo es sólo de quien vive. (Vase.)
Campo en las inmediaciones de Jafa.
ESCENA X.
LIBIA.
Por las faldas lisonjeras De estos elevados riscos, Que son del puerto de Jafa Enamorados Narcisos, A divertir mis pesares Melancólica he salido, Por no escuchar los ajenos, Pudiendo llorar los mios. Sola estoy, salga del pecho En acentos repetidos Mi dolor. ¡Ay Tolomeo! En tanto que lloro y gimo Desdichas tuyas, admite Este llanto que te envío. Bastaba quererte bien, Para que (¡rigor impío!) Te sucediese mal todo, Tropezando en tus peligros. Cuando victorioso (¡ay triste!) Te esperaba el pecho mio, Dulce fin de tus amores, ¡Muerto has llegado y vencido!
ESCENA XI.
MARIENE, SIRENE.—LIBIA.
Sirene.
Casta Vénus de estos montes, Si á divertir has venido Con la música y las flores Los ojos y los oidos, La atencion vuelve y la vista A ese bruto cristalino, Pues son flores sus celajes Y música sus bramidos.
Mariene.
Nada puede para mí Servir, Sirene, de alivio.
ESCENA XII.
EL TETRARCA, FILIPO.—Dichos.
Filipo.
Este es, señor, el puñal, Que ya una vez despedido De tu mano, vuelve á ella.
Tetrarc.
Ya con asombro le miro Como á fatal instrumento. Mas dí, ¿cómo se ha sentido Tolomeo?
Filipo.
No es la herida, Señor, de tanto peligro, Como la falta de sangre.
Tetrarc.
Marïene.
Mariene.
Esposo mio.
Tetrarc.
Girasol de tu hermosura, La luz de tus rayos sigo, Bien como la flor del sol, Cuyos celajes y visos, Iluminados á rayos, Tornasolados á giros, Le van siguiendo, porque Iman del fuego atractivo, Le hallan su vista ó su ausencia, Ya luciente, y ya marchito.
Mariene.
Ya que del fuego te vales, Sea amor ó sea artificio, Yo tambien; pues como aquella Ave que tuvo por nido Y por sepulcro la llama, Enamorando el peligro, Bajel de púrpura y oro, Bate los remos de vidrio; Así yo que á tantos rayos Vida, muriendo, recibo, Hasta que abrasada muera, Me parece que no vivo.
Tetrarc.
Dejadnos solos.
(Vanse Filipo, Libia y Sirene.)
ESCENA XIII.
EL TETRARCA, MARIENE.
Tetrarc.
Ya pues Que serán mudos testigos De mis lágrimas y voces Estos mares y estos riscos, Salgan, Marïene hermosa, Afectos del pecho mio En lágrimas á las ondas, Y á las peñas en suspiros. Este sangriento puñal, Sacre de acero bruñido (Que no con poca razon Sacre de acero le digo, Pues cuando desenlazado De mi mano le despido, Con la presa vuelve á ella, En sangre y horror teñido), Es aquel que la dudosa Ciencia de un astro previno Para homicida de quien Más adoro y más estimo. Y aunque es verdad que constante A peligrosos jüicios No doy crédito, y desprecio Los contingentes delirios Del hado y de la fortuna (Dioses que coloca[11] el vicio), No sé qué nuevo temor En mi pecho ha introducido Verle volver á mi mano, Que ya le temo y le admiro; Y entre el miedo y el valor, Ya cobarde, ya atrevido, Sitiado dentro de mí, Me quiero dar á partido. Porque aunque bien yo no creo Los acasos prevenidos, No los dudo; que no ignoro Que ese estrellado zafiro, República de luceros, Vulgo de astros y de signos, A quien le sabe leer Es encuadernado libro, Donde están nuestros alientos Asentados por registro. Y así, ni dudando bien, Ni bien creyendo, imagino Que debe el varon perfecto A los sucesos previstos Darlos al crédito en una Parte, y en otra al olvido: Aquí para no esperarlos, Y allí para prevenirlos; Pues señor de las estrellas, Por leyes de su albedrío, Previniéndose á los riesgos, Puede hacer virtud del vicio. Yo, pues, entre dos afectos Vacilante y discursivo, Ni creyendo ni dudando, El puñal á tus piés rindo. Tú eres, bellísima hebrea, La luz hermosa que sigo, La beldad que sola adoro, La imágen que sola admiro. No es posible que yo quiera, Si inmortal al tiempo vivo, Otra cosa más que á tí; Tanto, que mil veces digo Que el mayor monstruo del mundo Que te amenaza á prodigios, Es mi amor, pues por quererte, A tantas cosas aspiro, Que temo que él ha de ser Ruina tuya y blason mio. Pues si lo que yo más quiero Eres tú, y el cielo mismo No puede hacer que no seas, Sin borrar lo que ya hizo; Tú eres á quien amenaza Ese hermoso basilisco, Que en tus piés se disimula Entre dos cándidos lirios. Yo quise hacer imposible Tu muerte, cuando atrevido Arrojé al mar el puñal; Pero habiendo una vez visto Que áun en él no está seguro, Pues por casos exquisitos Podrá llegar donde estés Siempre ignorando el peligro: Para más seguridad Tuya, cuerdo he prevenido Que tú, árbitro de tu vida, Traigas tu muerte contigo; Que mayor felicidad Nadie en el mundo ha tenido, Que ser, á pesar del hado, El juez de su vida él mismo. La parca, que nuestras vidas Tiene pendientes de un hilo, Para que el tuyo no corte Pone en tu mano el cuchillo. En tu mano está tu suerte: Vive tú sola á tu arbitrio, Pues si acercas el aliento, Podrás embotarle el filo. Si es verdad ó si es mentira El hado, no lo averiguo, Mas prevengo los dos males; Pues prudente y advertido, Si es mentira la sospecha, De que la temas te alivio; Si es verdad, con la razon A hacerla mentira aspiro. Luego, mentira ó verdad, Para todo prevenido, Yo no puedo darte más Que tu vida: esta te rindo. Este acero y este amor Son hoy tus dos enemigos: Pues miéntras yo te corono De mil laureles invictos, Triunfa tú dese, y al fin Dueño tú de tu albedrío, Guárdate tu vida tú, Huye tú de tu peligro, Hazte tú tu duracion, Lábrate tú tus designios, Cuéntate tú tus alientos, Y vive al fin tantos siglos, Que este amor y este puñal Triunfen de muerte y olvido.
Mariene.
Oye, señor, oye, espera; Que aunque agradezco y estimo El don que á mis plantas pones, Ni le acepto ni le admito; Que de púrpura manchado Y entre flores escondido, Tanto me estremezco, tanto En verle me atemorizo, Que muda y helada creo, Torpe el labio, el pecho frio, Que soy de aquesos jardines Estatua de mármol vivo. Mas rompiendo á mi silencio Las prisiones y los grillos Con que en cárceles de hielo El temor los ha tenido, Quiero declararme, y quiero Argüirte que no ha sido Cuerda determinacion (Si bien de tu amor indicio) La que contigo has tomado Y ejecutado conmigo. Dejo á una parte si es bien El darse por entendido Hoy mi amor de que yo sea Del tuyo sujeto digno; Y creyéndote cortés (Pues por amante y marido Me está tan bien el creerlo), En mi argumento prosigo, Sin tocar si es bien ó mal Tampoco haberlo creido; Pues por verdad ó mentira, Ya tú en esta parte has dicho Que el prevenirlo es cordura, Esperarlo desatino, Y providencia discreta No esperarlo y prevenirlo. Y así, esto aparte dejando, Vuelvo á mi argumento, y digo: Si ese sangriento puñal Es el que cruel y esquivo El hado esquivo y cruel Contra mi pecho previno, ¿Quién te persuadió, Tetrarca, Quién te informó, quién te dijo Que era la seguridad De mi vida traer conmigo La ejecucion de mi muerte, Y que podrán ser amigos, Ni hacer buena compañía La vida y el homicidio? Si este mi suerte amenaza Con asombros, ¿es arbitrio Para excusar que se encuentren, Hacer que anden un camino Los dos, siguiéndose siempre El acaso y el peligro? ¿Fuera buena prevencion En el humano sentido, Para estorbar que se abrase Este supremo edificio, Acompañarle del fuego? ¿Fuera acierto conocido Para excusar que un espejo No se quiebre, junto á él mismo Poner piedras en que encuentre? Pues piensa que es esto mismo Lo que intentas, pues intentas Que nunca estén divididos Ese puñal y este pecho; Y han de ser siempre enemigos, Por más que juntos los vea, Seguridad y peligro, Vida, muerte y impiedad, Sombra y luz, virtud y vicio, Homicidio y homicida, Torre y fuego, piedra y vidrio. Confieso que la razon Es fuerte, cuando advertido Dices que no es ocultarle Remedio, cuando le vimos Volver del mar á tus manos; Y que será gran martirio, Confieso tambien, estar Dudando siempre afligido Un pecho, «¿quién será ahora Dueño de los hados mios?» Pero entre apartarle tanto Que ignore quién habrá sido, Y acercarle tanto, que Sepa que viene conmigo, Hay un medio, que es ponerle Con tal dueño y en tal sitio, Que lo sepa y no lo tema. Tú lo has de traer ceñido; Pues si del juicio me acuerdo, El mágico no me dijo Que tú darias la muerte A lo que más has querido Con él, sino que con él Moriria; y pues colijo Que otro podrá aborrecer Lo que tú quieres, delito Fuera, echándole de tí, Dar armas á tu enemigo, Pues podrá venir á manos De quien me haya aborrecido. Y así, señor, yo te ruego, Y así, señor, te suplico Que tú, alcaide de mi vida, Traigas el puñal contigo. Con eso seguramente Sabré que aquel tiempo vivo Que tú le tienes. Que escuches El argumento te pido. O tú me quieres ó no: Si me quieres, no peligro, Pues á lo que tú más quieres No has de dar muerte tú mismo. Si no me quieres, no soy A quien arrastra el destino De tu amor, y al mismo instante De la amenaza me libro. Luego olvidada ó querida, Mi seguridad te pido, Mis temores desvanezco, Mis quietudes facilito, Mis deseos aseguro, Mis contentos solicito, Mis recelos acobardo, Mis esperanzas animo, Cuando tu amor y mi vida Triunfen de muerte y olvido.
Tetrarc.
Tanto tu vida deseo, Que á ser tu alcaide me obligo. ¡Ojalá fuera verdad, No prevencion, este estilo, Para que nunca murieras! Y así á tus voces movido, En tu nombre, dulce esposa, Segunda vez me le ciño. (Tocan dentro cajas.) Pero ¡válganme los cielos! ¿Qué alboroto, que rüido Es este?
Mariene.
El cielo parece Que se hunde de sus quicios.
Tetrarc.
¡Qué asombro!
Mariene.
¡Qué confusion!
ESCENA XIV.
FILIPO y LIBIA, cada uno por su lado.—EL TETRARCA, MARIENE.
Filipo.
Señor.
Libia.
Señora.
Tetrarc.
Filipo, ¿Qué es esto?
Mariene.
¿Qué es esto, Libia?
Libia.
No sé si sabré decirlo.
Filipo.
Gente del emperador Otaviano, tu enemigo, A Jerusalen ocupa; Y ya todos sus vecinos, Sabiendo que Antonio es muerto, Parciales y divididos Te buscan para prenderte, Diciendo á voces que has sido La causa de sus traiciones.
Mariene.
¡Ay de mí!
Tetrarc.
¡Pierdo el sentido!
Mariene.
Huye, señor: ese monte Sea tu sagrado asilo, Porque mejor las desdichas Se vencen en los principios.
Tetrarc.
¿Qué es huir? Viven los cielos, Que tengo de recibirlos.
Mariene.
Mira, señor...
Tetrarc.
¿Qué he de ver?
Mariene.
Que es un vulgo...
Tetrarc.
Ya lo miro.
Mariene.
Alborotado.
Tetrarc.
¿Qué importa?
Mariene.
Tu vida...
Tetrarc.
Mi vida libro...
Mariene.
¿Cómo?
Tetrarc.
Poniéndome...
Mariene.
¿Dónde?
Tetrarc.
Delante dél.
Mariene.
Es delirio.
Tetrarc.
No es.
Mariene.
¿Por qué?
Tetrarc.
Porque con verme, Verás que su orgullo rindo.
(Vuelven á tocar.)
Adios, esposa, que ya Segunda vez dan aviso Las cajas.
Mariene.
Tente.
Tetrarc.
¿Qué temes?
Mariene.
Temo, señor, tu peligro, Que vas solo.
Tetrarc.
No voy tal: Tú vas, señora, conmigo, Y este acero, que me basta (Si es de la muerte ministro) A ser asombro del mundo, A ser rayo, á ser prodigio.
JORNADA SEGUNDA.
Sala del palacio de Ménfis.
ESCENA PRIMERA.
Dos soldados romanos, con un retrato grande de Mariene.
Sold. 1.°
Ya que en sus melancolías No hay cosa que le divierta Más, que en varios trajes ver Repetida esta belleza, Y este es el primer retrato De cuantos de la pequeña Lámina al lienzo pasó Del noble arte la excelencia, Pongámosle de su cuarto Sobre el marco de esa puerta, Para que cuando entre y salga A todas horas le vea.
Sold. 2.°
Bien has prevenido.
Sold. 1.°
Pues Sea presto, que ya llega. (Cuélganle.)
Sold. 2.°
Con la prisa que me das, No sé si bien puesto queda. ¡Quiera Dios que no se caiga, Vencido el clavo ó la cuerda!
ESCENA II.
OTAVIANO.—Dichos.
Otavian.
(Para sí.) Pasion tan desesperada, Que al primer paso tropieza En un imposible, y cae En otro, queriendo ciega Dar una esperanza viva En una hermosura muerta, Bien se ve que no es pasion, Sino locura, y de tema Tan invencible, que triunfos, Aplausos, lauros y empresas No la alivian, puesto que Ni todo ni parte sean A echar de mí una aprension Tan rebeldemente necia.
Sold. 1.°
Como mandaste, señor, Que en todo Ménfis se hicieran De este pequeño retrato
(Vuélvele el pequeño.)
Várias copias, traje esta,
(Señala el grande.)
Por ser la más parecida.
Otavian.
Dices bien, pues no pudiera Haberla mejor sacado El pincel, cuando corriera Las líneas y los bosquejos Al lienzo desde mi idea. ¿Que nunca me hayas sabido, O con maña ó con cautela, De Aristóbolo, quién fuese Alma de deidad tan bella?
Sold. 1.°
Con ese intento mil veces A la torre que le encierra De guarda entré; pero nunca Lo supe; que de manera Aristóbolo ha perdido El juicio desde que en ella Está, que es en vano ya Que á nada en razon atienda.
Otavian.
¿Qué dices?
Sold. 1.°
Que solamente Desatinos dice y piensa.
Otavian.
No me espanto ¡ay infelice! Si la causa que le fuerza A perder el juicio ha sido Perder esta hermosa prenda. ¿Cómo es compatible, ¡oh rara Beldad! que un delirio sientan Dos, el uno porque te halle, Y el otro porque te pierda? ¡Qué mal hice cuando necio, De amor y de su violencia, Culpé á Antonio que adorase A aquella gitana,[12] á aquella Que en los teatros del mundo Hizo la mayor tragedia! ¡Oh qué bien vengado está De mi altivez y soberbia! Pues para mayor trofeo, Con instrumento se venga Tan fácil como un retrato, Y ese de una beldad muerta.
(Tocan dentro cajas destempladas.)
¿Pero qué es aquesto? Cuando Triste pronuncia mi lengua Muerta beldad, me responden Las cajas y las trompetas Destempladas. ¿Si los cielos, Si los montes, si las selvas, Si los vientos, si los mares, Cuando mi voz les acuerda De igual pérdida la ruina, Compadecidos celebran De esa difunta hermosura Repetidas las exequias?
(Vuelven á sonar las cajas.)
Otra vez ¡piadosos cielos! Suena el rumor de más cerca. Ved quién ese pavor causa.
Sold. 1.°
Mucho extraño que las señas No te lo digan, pues es Ceremonia usada esta De los bárbaros gitanos, Siempre que rendida ó presa Alguna persona real En su corte sale y entra.
Otavian.
¿Pues quién entra ó sale hoy, O preso ó rendido en ella?
ESCENA III.
UN CAPITAN.—Dichos.
Capitan.
(Que ha oido la pregunta de Otaviano.) El Tetrarca, á quien tú diste Orden de que yo le prenda. Y viendo cuánto supone Virey que por tí gobierna, Usando la ceremonia De que con sus armas venga, Y con salva se reciba, Bien que trágica y funesta, Llega á tus piés.
(Vuelven á tocar cajas destempladas.)
ESCENA IV.
EL TETRARCA, en medio de soldados.—Dichos.
Otavian.
Más estimo Ver postrada esa soberbia, Que el alto triunfo con que Roma recibirme espera. Quede él solo, y los demas Salgan, Patricio, allá fuera; Que por si acaso mi enojo Tras sí mis acciones lleva, No quiero que nadie airado Con un rendido me vea. Templad vos, pues sois mi espejo, Mi cólera.
(Mira el retrato que tiene en la mano.)
Tetrarc.
(Ap.¡Suerte adversa! ¿A qué más pudo llegar De tus ceños la influencia?) Invicto Otaviano, cuyo Nombre en láminas eternas El tiempo escriba, dictado De las plumas y las lenguas, A tus piés llego ofendido, Porque para que vinieran Mi lealtad y mi valor A rendirte esta obediencia, No era menester que fuesen Por mí; que el que se respeta Por fuerza cuando por gusto Puede, á sí mismo se afrenta, Pues quita á la voluntad Lo que le añade á la fuerza. Dáme tu mano. (Ap. Mas ¡cielos
(Otaviano le alarga una, y el Tetrarca al ir á besársela repara en el retrato que Otaviano tiene en la otra.)
Divinos! al besar ésta, ¿Qué es lo que en la otra miro? ¿Habrá en el mundo quien beba Dos venenos á dos manos, Y á un mismo tiempo los sienta En los labios y en los ojos?)
(Vuelve Otaviano la espalda, y Heródes le sigue de rodillas.)
Otavian.
Si informado no estuviera De mi razon, á la tuya Bastante crédito diera; Pero si son destempladas Cláusulas, que no concuerdan, Esa afectada humildad Con tu traidora soberbia; No violencia, no rigor La prevencion te parezca; Que con vasallos que son De los de viva quien venza, Fuerza es que la voluntad Se aproveche de la fuerza.
Tetrarc.
(Ap. ¡Mortal estoy! Dadme, dioses, Valor, que quizá no es ella.— ¡Que agora me la ocultase!) Si contra mí te aconseja Quien pretende...
Otavian.
No presumas Que mal advertido hiciera Extremos tales; de tí Sé la ambicion con que intentas Conspirar al sacro imperio, A cuyo efecto la guerra Mantenias, dando á Antonio Los socorros para ella. Estas firmas te convencen: De ellas lo sé. Llega, llega, Míralas bien, tuyas son. Míralas.
(Saca unas cartas, y preséntaselas puestas encima del retrato.)
Tetrarc.
Ya miro, al verlas, Mi muerte más declarada De lo que áun tú mismo piensas, Pues... yo... si...
Otavian.
Esa turbacion Es ya segunda evidencia. Pero quien á un Idumeo Honró, baja estirpe hebrea, Rebelada de sus nobles Tribus, esto y más merezca. Y así, miéntras el castigo A los demas escarmienta, Sabe que soy Otaviano, Que soy el único César De Roma, y el Nilo y Tíber Humildes mis plantan besan; Y que á cuantos contra mí Con traiciones, con cautelas Quieran conspirar, negando A mi poder la obediencia, Seré yo quien los corone De laurel, para que sean, Con un impulso á mis plantas, Con una accion á mis huellas, Dos trofeos de una vez, Mi laurel y su cabeza.
(Vase Octaviano hácia la puerta sobre la cual está el retrato.)
Tetrarc.
(Ap.) ¡Que esto escuchen mis oidos, Y aquesto mis ojos vean, Sin que el dolor me despeñe! Yo he de morir, cosa es cierta, A sus manos ó á mis celos: Pues él á mis celos muera, Y á mis manos; que una vida Tan grande, no es bien se venda A menor precio.
(Al entrarse Otaviano, va á herirle Heródes; cae el retrato en medio de los dos, y se queda clavado en él el puñal.)
Otavian.
(Volviendo.)¿Qué es esto?
Tetrarc.
Desesperada impaciencia, Que ha de costarme el decirla Aun mucho más que el hacerla.
Otavian.
¡Tú con el desnudo acero, Cuando yo la espalda vuelta, Y entre tu acero y mi espalda Esta hermosa imágen puesta! ¡Turbado tú, yo seguro, Y ella herida! ¡Tú con muestras De venganzas, yo de agravios, Y ella de piedades! ¡Muerta Tú la accion, yo vivo al riesgo, Y ella ofendida! Vive ella (Que como á deidad que adoro, Bien puedo este obsequio hacerla), Que este sacrílego acero, Ya que horrores representa, El instrumento ha de ser, Pues lo fué de tu violencia,
(Quita el puñal del retrato.)
De tu castigo: vea el mundo Que el que me agravia, me venga. ¡Hola!
ESCENA V.
EL CAPITAN, soldados.—OTAVIANO, EL TETRARCA.
Capitan.
Señor.
Otavian.
A la torre, Donde su hermano se encierra, Llevad tambien al Tetrarca, Donde sólo un criado tenga De los que le hayan seguido.
Tetrarc.
Cuando mi sepulcro sea, La vida debo á un puñal, Yo le pagaré con ella.
Otavian.
Y yo la vida á un retrato; Y pues que de otra manera No puedo, con adorarle Tambien pagaré mi deuda. (Vanse.)
Prision en una torre de Ménfis.
ESCENA VI.
Dos soldados, y POLIDORO, paseándose.
Sold. 1.º
Grande es tu melancolía.
Polidor.
¿Melancolía decís, Bergantonazo? Mentís.
Sold. 1.º
Pues ¿qué es eso?
Polidor.
Hipocondría; Que un príncipe como yo No habia de adolecer Vulgarmente, ni tener Mal que tiene un sastre.
Sold. 1.º
No Te enojes de eso.
Polidor.
Sí quiero, Que estar triste solamente, No es achaque competente De un príncipe prisionero: Y más si se considera La grande superchería Con que de noche y de dia Me tratan.
Sold. 2.º
¿De qué manera?
Polidor.
¿De qué manera, picaño? ¿Qué príncipe se perdiera, Donde una infanta no hubiera Que condolida á su daño Con músicas le avisara Desde el cubo del terrero, Y á pagar de su dinero Las guardas le sobornara, Para que una noche oscura, En dos caballos los dos, Por parque, á la paz de Dios Se fuesen á su ventura?
Sold. 2.º
Si estuviera por acá (Ap. Así saber algo trato) La dama de aquel retrato. Quizá ella...
Polidor.
Claro está Que mirara por su honor; Y caso que allá estuviera Preso un infante, y no hubiera Tenídole mucho amor; Las desdichas acabadas De esta mi prision cruel, Por no haberse ido con él La matara yo á patadas, Segun la adoro; y sospecho Que si donde estoy supiera, Estrafalaria viniera Por mí.
Sold. 2.º
Lo medio está hecho, Porque yo compadecido Aderezo te traeré De escribir. (Vase.)
Sold. 1.º
Yo un propio haré, Al punto que haya sabido Dónde se ha de encaminar La carta.
Polidor.
¿Qué dices?
Sold. 1.º
Digo Lo que por tí á hacer me obligo.
Polidor.
Mil abrazos te he de dar Miéntras, habiendo avisado Y librádome mi dama, Te hago el hombre de más fama.
Sold. 1.º
No es aquese mi cuidado; (Ap. Que más que espero de tí, De Otaviano espero, pues Con eso sabrá quién es Dueño del retrato.) (Sale el Soldado 2.º)
Sold. 2.º
Aquí Hay ya de escribir recado.
Polidor.
¿Con su tinta y pluma?
Sold. 2.º
En él Se dice todo.
Polidor.
¿Hay papel?
Sold. 2.º
Tambien.
Polidor.
¿Batido y cortado?
Sold. 2.º
No, pero el que bastará.
Polidor.
¿Polvos?
Sold. 2.º
Polvos hay.
Polidor.
¿Oblea, Lacre y sello?
Sold. 2.º
Sí.
Polidor.
Pues ea, Llegadme el bufete acá. (Llégansele.) La silla. (La llegan.)
Sold. 2.º
Ya está llegada.
Polidor.
¿Papel, tinta y pluma aquí No hay? ¿Polvos y sello?
Los dos.
Sí.
Polidor.
Pues áun no tenemos nada.
Sold. 1.º
¿Qué falta que prevenir?
Polidor.
Lo mejor.
Sold. 2.º
Sepa qué fué, Volando por ello iré.
Polidor.
El que yo no sé escribir.
Sold. 1.º
¿Ahora sale con eso El tonto...
Sold. 2.º
El loco...
Sold. 1.º
El menguado?
(Maltrátanle y échanle á rodar la capa y el sombrero.)
Polidor.
¿Quién vió príncipe aporreado?
ESCENA VII.
EL TETRARCA, EL CAPITAN.—POLIDORO, los dos soldados.
Capitan.
Esta es la torre en que preso Aristóbolo está: en ella Dejarte el César mandó.
Sold. 2.º
(Aparte á su compañero.) Gente en la prision entró.
Sold. 1.º
No vean que le atropella Nuestro enojo; que han mandado Con respeto le tratemos.
Sold. 2.º
Que le servimos mostremos.
(Vuelven á poner á Polidoro la capa y el sombrero, fingiendo que le sirven.)
Capitan.
¿Cómo tu Alteza ha pasado La noche?
Polidor.
Mal, y peor La mañana; que á porrazos Aquestos picaronazos Me han muerto. (Da tras ellos.)
Capitan.
Tente, señor; ¿Qué haces?
Polidor.
Reñir, vive Apolo, A manera de valiente Al uso, que habla si hay gente, Y calla cuando está solo.
Capitan.
Advierte que á estar contigo Viene el Tetrarca tu hermano.
Polidor.
¿El Te... qué?
Capitan.
El Tetrarca.
Polidor.
(Ap.) En vano Es ya excusarse el castigo De haber tal engaño hecho.
Capitan.
(A Heródes.) Llegad: bien podeis llegar Con Aristóbolo á hablar.
(Adelántase Heródes.)
Tetrarc.
(Ap. ¡Qué miro! Mas sospecho Que hay algun secreto aquí, Pues con su nombre no ignoro Que esté preso Polidoro Para grande fin; y así, Disimular me conviene.) Dáme en mis últimos plazos, Aristóbolo, los brazos...
Polidor.
(Ap.) Borracho el Tetrarca viene: ¡Aristóbolo me llama!
Tetrarc.
Ya que en mis penas el cielo No me deja otro consuelo Que ver mentida la fama Que de tu muerte corrió.
Polidor.
(Ap.) ¡Vive Dios, que insiste en ello! ¿Qué fuera que sin sabello[13] Fuese Aristóbolo yo?
Capitan.
(Ap. á los soldados.) Dejarlos solos es bien, Que hablen los dos, pues es llano Que á algun efecto Otaviano Quiso que juntos estén.
(Vanse el Capitan y soldados.)
ESCENA VIII.
EL TETRARCA, POLIDORO.
Tetrarc.
¿Estamos ya solos?
Polidor.
Sí.
Tetrarc.
¿Qué es aquesto, Polidoro?
Polidor.
Un fingimiento que lloro.
Tetrarc.
¿De qué suerte?
Polidor.
Escucha.
Tetrarc.
Dí.
Polidor.
Porque este traje lucido Me dió mi amo, es lo primero; Que parece caballero Un pícaro bien vestido. Lo segundo, porque el dia Que el César triunfante entró, Y á Antonio y Cleopatra halló En su fatal bobería, Prisioneros nos hicieron, Y como iba galan yo, Con la caja en que guardó Cartas y joyas, creyeron Que era Aristóbolo. Él El engaño prosiguió, Con que él me Aristoboló, Y yo le Polidoré. Qué fué dél, no sé; que están Mis ánsias con luz tan ciega, Sin ver si vienen ni van, En un callejon Noruega, Aprendiendo á gavilan.
Tetrarc.
Ya que de aqueso informado Estoy, á un lado te aparta: Que tengo que hablar conmigo.
Polidor.
Esa es la dicha más rara De un buen hablador, hallarse Con quien no le diga nada, Y le oiga cuánto él diga. (Vase.)
ESCENA IX.
EL TETRARCA.
Ya que solo me veo, salgan En lágrimas y suspiros, Sin estruendo de palabras, A los labios y á los ojos Tan cautelosas mis ánsias, Que saliendo de ella, áun no Las eche ménos el alma. ¿Qué es esto, cielos, qué es esto, ¡Ay de mí! que por mí pasa? Que bien será menester Que vuestra autoridad valga Mi crédito, porque es tal El tropel de mis desgracias, Que áun pasando á la experiencia, Se me queda en la ignorancia. Dejo aparte que del sacro Laurel pierda la esperanza; Dejo haberme convencido De mis designios mis cartas; Dejo el castigo forzoso De accion tan desesperada Como que á morir matando Me despeñase mi saña; Pues la desesperacion, Designios y ambicion paran Solo en pensar que ya tengo El cuchillo á la garganta; Y voy á que otro dolor Es tal, que el morir no basta Para acabar con él, puesto Que en mi frase se adelanta De á la garganta el cuchillo; Pues dirá desde hoy mi patria Que, el cuchillo al corazon, Murió su infeliz Tetrarca. Al corazon dije, y dije Bien; que él es á quien traspasa Ver en poder de Otaviano A Marïene retratada, Y en dos partes, como quien Dice que la luna clara De un espejo, si está entera, Hace un rostro, y si quebrada, Dos; mostrando que en abusos De supersticiones várias, El espejo que se quiebra Siempre agüeros amenaza; Y es el mayor haber visto A Mariene con dos caras. Bien discurro yo que en una Hermosura soberana, Por soberana hermosura Solamente la retratan, Sin más intencion que el serlo, O la excelencia ó la gala Del artífice; bien creo Que al verla, el no recatarla De mí, es ignorar quién sea; Que ser mi esposa y mostrarla Era cosa muy indigna Para hecha cara á cara, Cuando no por mí, por ella; Pero todo esto no salva El que no tenga interior Afecto ¡ay de mí! de amarla Quien no contento con una En la mano, otra en la sala, Jura por ella el haber De tomar de mí venganza. Y pasando á que el puñal En su pecho... (Tocan cajas dentro.) ¿Mas qué cajas A marchar tocan? ¿Habrá Quien en esta triste estancia Me diga qué marcha es esta?
ESCENA X.
FILIPO.—EL TETRARCA.
Filipo.
Sí.
Tetrarc.
¿Quién?
Filipo.
Yo, á quien adelanta Su lealtad á ser, señor, El criado que se manda Que sólo te asista.
Tetrarc.
¡Oh, cuánto El ser tú quien me acompaña, Estimo!
Filipo.
No es leal el que No lo es hasta las aras; Y así, aqueste breve tiempo Que le queda á tu esperanza De vida (pues se presume Que ántes que de Egipto salga Otaviano, su rigor En tí ejecute), mis canas, Mi amor, mi fe, mi alma y vida Vienen á ver qué me encargas.
Tetrarc.
¿Tan breve y tan cierta es Mi muerte?
Filipo.
El que su jornada Apresure, lo adivina.
Tetrarc.
¿Cómo?
Filipo.
Como hace la marcha Á Jerusalen, por si hay, Muerto tú, novedad.
Tetrarc.
Calla, Filipo, no me lo digas; Que tú eres el que me matas Antes que él.
Filipo.
¿Yo, señor?
Tetrarc.
Sí, Pues tú el morir me adelantas. ¡Á Jerusalen el César, Donde (¡los cielos me valgan!) Halle á Marïene viva, Quien la idolatró pintada! ¡Él victorioso, yo muerto, Y ella querida! ¿Qué aguarda Mi desesperado amor?
(Quiere quitar la espada á Filipo.)
Filipo.
¿Qué haces?
Tetrarc.
Quitarte la espada Para arrojarme sobre ella; Que más valor y más causa Tengo yo que Antonio.
Filipo.
Mira...
Tetrarc.
Sí haré, si me das palabra De hacer por mí una fineza.
Filipo.
No habrá cosa que no haga Yo por tí.
Tetrarc.
¿Si es prodigiosa?
Filipo.
Ningun prodigio me espanta.
Tetrarc.
¿Si es terrible?
Filipo.
Que lo sea.
Tetrarc.
¿Cruel?
Filipo.
¿Qué importa?
Tetrarc.
¿Temeraria?
Filipo.
Valor tengo para todo.
Tetrarc.
¿Fiera?
Filipo.
Nada me acobarda.
Tetrarc.
¿Y si es bárbara?
Filipo.
Tampoco.
Tetrarc.
Pues escucha. Pero aguarda, Que es tal la resolucion, Que para representarla A los teatros del mundo, Como al fin trágica farsa, Pues hay recado, quiero ántes, Con escribirla ensayarla.
(Pónese á escribir.)
Filipo.
(Ap.) ¿Qué será resolucion, Que con prevenciones tantas Piensa? Apénas dos renglones Escribe y cierra la carta, Cuando á mí vuelve.
Tetrarc.
Oye agora.
Filipo.
Sí haré con vida y con alma.
Tetrarc.
Si todas cuantas desdichas, Si todas cuantas desgracias Ha inventado la fortuna, Deidad de los hombres vária, Se perdieran, todas juntas Hoy en mí solo se hallaran; Que soy epílogo y cifra De las miserias humanas. Yo que ayer de Marïene Esposo y galan, con raras Muestras de amor coroné De victorias mi esperanza; Hoy lloro agravios, sospechas, Temores, desconfianzas Y... celos iba á decir; Pero imaginarlos basta. Yo que ayer de Palestina Gobernador y monarca, No cupe ambicioso en cuanto El sol dora, y el mar baña; Hoy pobre, triste y rendido, Entre dos fuertes murallas Aprisionándome el vuelo, Tengo abatidas las alas. Yo que del laurel sagrado Ayer pretendí las ramas Siempre verdes, á pesar De los rayos que las guardan; Hoy, segur suya mi acero, Veo que sus pompas tala, Solamente por llegar Embotado á mi garganta. ¡Pluguiera al hado! ¡pluguiera Al cielo que aquí pararan Sus presagios, y que en mí Se desmintiera la ingrata Indignacion de un destino! Pues muriendo yo á la saña Del temple infausto, pudiera Persuadir á la ignorancia, Que ya de lo que más quise Ejecutó la amenaza. Mas ¡ay triste! ¡ay infelice! Que no soy yo á quien más ama Mi misma vida, supuesto Que tambien ella tirana Me aborrece por ser mia; Y no con morir acaban Mis desdichas, que inmortales Mas allá de morir pasan. Otaviano... Al pronunciarlo, Valor y aliento me faltan. Otaviano adora... ¿Cómo Lo diré sin que me añada Dolor á dolor?—Adora A Marïene; pintada Dos veces la ví, y dos veces A él gentil, pues idolatra Una vez á un sol sin luz, Y otra á una deidad sin alma. ¡Mal haya el hombre infeliz, Otra y mil veces mal haya El hombre que con mujer Hermosa en extremo casa! Que no ha de tener la propia De nada opinion; pues basta Ser perfecta un poco en todo, Pero con extremo en nada; Que es armiño la hermosura Que siempre á riesgo se guarda: Si no se defiende, muere; Si se defiende, se mancha. No pues mi ambicion, Filipo, No mi atrevida arrogancia, No el ser parcial con Antonio, No mi poder, no mis armas, Me aflige, me desespera, Me precipita y me arrastra; Sino el ser de Marïene Esposo. ¡Oh caigan, oh caigan Sobre mi mares y montes! Aunque si de ofensas tantas El peso no me derriba, No me rinde, no me agrava, El de los montes y mares No me agobiará la espalda. Y así, viendo cuánto á instantes Mi vida cuenta la parca, Y cuánto á brazo partido En esta lóbrega estancia Luchando estoy de mi muerte Con las sombras y fantasmas; Viendo, en fin, que apénas hoy En una pública plaza Seré horror de la fortuna, Seré del amor venganza, Cuando él sea ¡ay infeliz! (Pues á Jerusalen marcha, Donde es fuerza que la vea) En tálamos de oro y grana, Heredero de mis dichas, Dueño de mis esperanzas; Muero de agravios y celos Que matan, porque no matan. Dirásme que ¿qué me importa, Pues con la vida se acaban Las desdichas? ¡Ay Filipo, Cuánto esa opinion engaña! Que amor en el alma vive, Y si ella á otra vida pasa, No muere el amor, sin duda, Puesto que no muere el alma. El ¿no nace de una estrella, Ya propicia ó ya contraria? ¿Pues cómo faltará amor, Miéntras la estrella no falta? ¿Quieres ver cuál es la mia? Pues si pudiera apagarla Hoy con el último aliento Lo hiciera, porque faltara Del cielo, y otro ninguno En su gracia ó su desgracia No naciera como yo, Porque como yo no amara. Y en fin, ¿para qué discurre Mi voz? ¿para qué se cansa? Otra pena, otro dolor, Otro tormento, otra ánsia En el corazon no llevo, Sino sólo ver que aguarda Marïene á ser empleo De otro amor, de otra esperanza. Sea barbaridad, sea Locura, sea inconstancia, Sea desesperacion, Sea frenesí, sea rabia, Sea ira, sea letargo, O cuanto despues mis ánsias Quisieren; que todo quiero Que sea, pues todo es nada, Como no sean mis celos; Y así, pues que la palabra Me has dado de obedecerme, Haz lo que mi amor te encarga. Vuelve á Jerusalen, vuelve A la esfera soberana Del mejor sol de Judea; Y en diciéndote la fama Que he muerto, en el mismo instante Con mortal eclipse apaga A la tierra el mejor rayo, Al cielo la mejor llama, Al campo la mejor flor, La mejor estrella al alba. Tolomeo, que quedó Por capitan de mis guardas, Y siempre á Mariene asiste Sin poder seguirme, á causa De quedar convaleciente De aquella herida pasada, Dará la ocasion, á cuyo Fin, para él es esta carta: (Dásela.) Dél te fía, pues no dudo, Previstas las circunstancias De un veneno ó de un dogal, Que él te guarde las espaldas. Muera yo, y muera sabiendo Que Mariene soberana Muere conmigo, y que á un tiempo Mi vida y la suya acaban; Pero no sepa que yo Soy el que morir la manda: No me aborrezca el instante Que pida al cielo venganza. No te acobarde lo horrible De una historia tan extraña; Que cuando murmuren unos Que hubo quien dejó por manda Un homicidio, creyendo Que así sus penas engaña, Que así sus quejas desmiente, Que así desdice sus ánsias, Y que así enmienda sus celos, Otros habrá que le aplaudan; Pues no hay amante ó marido (Salgan todos á esta causa) Que no quisiera ver ántes Muerta, que ajena su dama.
Filipo.
Bien quisiera responderte; Mas no es posible, que baja Mucha gente á la prision.
Tetrarc.
Por si vienen por mí, salga Mi valor á recibirlos. Tú, cobrando la ventaja Que puedas, parte, Filipo, Al instante.
Filipo.
Señor...
Tetrarc.
Calla, Que sé que tienes razon; Pero no puedo escucharla.
Filipo.
Ni yo decirla, que llega Ya la gente.
Tetrarc.
Esferas altas, Cielo, sol, luna y estrellas, Nubes, granizos y escarchas, ¿No hay un rayo para un triste? Pues si ahora no los gastas, ¿Para cuándo, para cuándo Son, Júpiter, tus venganzas? (Vanse.)
Playa de Jaffa.
ESCENA XI.
ARISTÓBOLO, MARIENE, LIBIA, damas y soldados judíos.
(Tocan cajas.)
Aristób.
Dáme otra vez los brazos, Porque coronen tan hermosos lazos Hoy la esperanza mia.
Mariene.
Mi vida, hermano, á tu valor se fía: Publiquen, pues, tus glorias, Que victorias de amor son mis victorias.
Aristób.
Ya que por la lealtad de Polidoro (Como te dije) con mi nombre preso, De un infeliz á otro infeliz suceso, Pude llegar donde tu luz adoro, Y donde á tu obediencia y tu decoro Atenta dignamente Nuestra nacion, de su alistada gente General me ha nombrado, Cumpliré la palabra que te he dado De morir animoso, O traerte libre á tu adorado esposo.
Mariene.
¡Oh, cúmplamela el cielo! Y pues el campo de cristal y hielo De aquí á Egipto es tan breve Por ese pasadizo que de nieve, O se encrespa ó se eriza, Cuando el copete de su frente riza, Presto la nueva espero De que mi amor desempeñó tu acero.
Aristób.
Si tu amor va conmigo, Fácil empresa, fácil triunfo sigo.
(Vuelven á tocar cajas.)
ESCENA XII.
TOLOMEO.—Dichos.
Tolom.
Ya el campo cristalino Tanto pez de madera, ave de lino, Admite en sus esferas, Que parecen las ondas lisonjeras, Ocupando horizontes, Una vaga república de montes. Y pues noble no queda, Que excusarse á tan alta faccion pueda, Que me des te suplico Licencia...
Mariene.
Antes de oirla, la replico. Capitan de mis guardas te ha dejado Mi esposo; su palacio te ha fiado. No es asistirme á mí ménos ufana Faccion que esotra.
Aristób.
Dice bien mi hermana; Y pues el cargo, que os quedeis abona, Mirad que me mireis por su persona.
Tolom.
Obedecerte espero.
Mariene.
Y yo veros partir á todos quiero, Porque os den para iros, Agua mis ojos, viento mis suspiros.
(Vuelven á tocar la caja, y vanse Mariene, Aristóbolo, las damas y los soldados.)
ESCENA XIII.
TOLOMEO, LIBIA.
Libia.
Permita la ocasion á mi deseo El que de tu salud ¡oh Tolomeo! El parabien te dé; si bien pudiera Dármele á mí mejor de que no hubiera Marïene admitido La fineza de ir; que hubiera sido Doblada la dolencia Consolar un dolor con una ausencia.
Tolom.
Agradezca, señora, El favor toda una alma que te adora; Y pues como á milagro Suyo, mi vida á tu deidad consagro, Crê que el morir sentia, No, Libia hermosa, no porque moria, Sino porque sin verte, Pagaba con dos vidas una muerte.
Libia.
Responderte quisiera; Mas la Reina, que ocupa la ribera, Me echará ménos: sólo te prevengo Que ya falseada para vernos tengo Del jardin esta llave.
Tolom.
Si ser amor ladron de casa sabe, Dáme la llave ahora, Y apénas desdoblar verás, señora, La falda que arrugó la noche fria, Sobre la hermosa variedad del dia, Cuando entre en el jardin, y sean sus flores Los testigos no más de tus favores, Siendo sus pompas bellas, Si flores para tí, para mí estrellas.
Libia.
Toma, y advierte no entres (que quejosa De tí Sirene, y de mi amor celosa Anda) hasta... Mas no puedo Proseguir: adios, pues.
Tolom.
Confuso quedo. Oye, espera.
Libia.
No faltes desta parte; Que yo, si puedo, volveré á informarte.
(Vase.)
ESCENA XIV.
TOLOMEO, y despues, FILIPO.
Tolom.
Aunque en la paz me quedo, Temer más guerra en mis sentidos puedo Que tienen mar y tierra, Pues incluyen más guerra Que tierra y mar el ánsia y el cuidado Del que aquí aborrecido y allí amado, Lidia con su deseo, Siendo Sirene y Libia...
Filipo.
(Dentro.)Tolomeo.
Tolom.
¡Cielos! ¿Llamáronme?
Filipo.
Sí.
Tolom.
¿Quién?
(Sale Filipo con una banda en el rostro.)
Filipo.
Un hombre que ha llegado En un barco que ha volado Desde el mar de Egipto aquí, Y que sin ser conocido De otro (á cuyo fin cubierto El rostro, ha tomado puerto En sitio más escondido), A solas tiene que hablaros. Seguidme.
Tolom.
¿No me direis Quién sois?
Filipo.
Despues lo sabreis.
Tolom.
(Ap. ¿Quién vió sucesos más raros?) Guiad, pues.
Filipo.
Sí haré, que ninguno Me ha de ver hablar con vos. (Vanse.)
Otro punto de la costa, más retirado.
ESCENA XV.
TOLOMEO, FILIPO.
Tolom.
Ya estamos solos los dos, Y el sitio es tan oportuno Que es apartado lugar.
Filipo.
Pues leed ese papel; Que en viendo lo que hay en él, Tenemos mucho que hablar.
Tolom.
Cada punto, cada instante Añadís al corazon Otra nueva confusion.
Filipo.
Aun más quedan adelante. Lêd, que más duda os espera Por piadoso ó por cruel.
Tolom.
Del Tetrarca es el papel, Y dice... (Lee para sí.)
Filipo.
(Ap.)Desta manera, Descubriendo su intencion, Lo que hay en él he de ver, Para ver qué debo hacer.
Tolom.
Notable es mi confusion. (Lee.) «A mi servicio conviene, »A mi honor y á mi respeto, »Que muerto yo, con secreto »Deis la muerte á Marïene.» Hombre, que de asombros lleno Traes en carta tan sucinta, Del rejalgar de su tinta, Conficionado el veneno; Si conjuracion ha sido La desta temeridad, Y á examinar mi lealtad De parte suya has venido; No sólo en lo que contiene Mi honor convendrá[14]; mas piensa Que he de morir en defensa De mi reina Marïene. Y pues traidor, vive Dios, Eres (que no te encubrieras El rostro, si noble fueras), Y estamos solos los dos, Te tengo de hacer pedazos Entre mis brazos.
Filipo.
No harás, Que yo no esperaba más Para darte mil abrazos. (Descúbrese.)
Tolom.
¡Filipo! (¡qué es lo que veo!) ¡Tú sospechoso! (¡qué miro!) Ya con más causa me admiro, Con más razon no lo creo.
Filipo.
El Tetrarca para tí Con esta carta me envía; Que de los dos solos fía La accion que contiene en sí. Muerto él, nos manda que muera Marïene; pero ya Que de tu valor está Vista la fe verdadera, Quédese el caso encubierto; Que si él vive, estarlo es bien, Y si acaso muere, ¿quién Ha de obedecer á un muerto?
Tolom.
Dices bien; pero aun es mucha Mi duda: sepa qué es esto. ¿Quién en tal furor le ha puesto?
Filipo.
Si quieres saberlo, escucha. Otaviano enamorado De un retrato que...
Tolom.
Detente, Que por aquí viene gente.
Filipo.
A los dos nos ha importado Que no me vean, y así, Por desmentir la sospecha, Quédate á hacer la deshecha, Y vénte despues tras mí; Que en ese monte te espero, Y mil prodigios sabrás. (Vase.)
ESCENA XVI.
TOLOMEO.
¿Qué tengo que saber más, Si ya de lo que sé muero? Mariene era, ya torció A los jardines el paso; Y yo suspenso del caso Que me ha sucedido, no Sé de una accion tan cruel Cuántas cosas anticipo. Vuelvo á seguir á Filipo, Volviendo á lêr el papel.
ESCENA XVII.
SIRENE.—TOLOMEO.
Sirene.
Decidme si por aquí Ha pasado Marïene; Que en su seguimiento... Pero Si hubiera visto quién eres, Ni áun esto te preguntara, Por no hablarte, por no verte.
Tolom.
Espera, Sirene, aguarda.
Sirene.
¿Para qué, tirano aleve, Ingrato, falso, inconstante?
Tolom.
Para que sepas, Sirene, Que los hombres como yo, Con principales mujeres Bien pueden no ser amantes, Pero no el no ser corteses. Yo, por soldado, no tuve Inclinacion...
Sirene.
Cese, cese Tu voz, que áun satisfacciones De tí no quiero.
ESCENA XVIII.
LIBIA, que se queda retirada, escuchando á TOLOMEO y SIRENE.
Libia.
(Ap.)¡Valedme, Cielos! ¡Qué escucho! Mas ¿cómo Lo dudo? pues claramente Dice que la satisface La que dice que no quiere Oir satisfacciones.
Tolom.
Ya Que aquesta ocasion ofrece El acaso de encontrarme, Por mí mismo has de oirme: atiende.
Sirene.
No haré tal; que cortesana Yo tambien, no quiero hacerte El pesar de que no leas El papel que te divierte Tan á solas; y así es bien (Porque él sea el que me vengue, Mostrando cuán poco ó nada Mis vanidades lo sienten) Que pues leyéndole te hallo, Que leyéndole te deje. (Vase.)
ESCENA XIX.
TOLOMEO, LIBIA.
Libia.
(Ap.) ¿Qué papel, cielos, será El que la venga y la ofende?
Tolom.
Haces bien, pues, aunque vuelva A lêrle una y muchas veces, Una y muchas volveré A dudar lo que contiene.
Libia.
(Ap.) Mi sufrimiento ¿qué aguarda?
Tolom.
(Lee.) «A mi servicio conviene...»
Libia.
(Adelantándose y asiendo á Tolomeo el papel.) Suelta, ingrato.
Tolom.
¿Qué es aquesto?
Libia.
Saber qué papel es este.
Tolom.
Pues no lo has de saber, Libia.
Libia.
¿Cómo no?
Tolom.
Si es que merece Algo contigo mi honor, Si me estimas, si me quieres, Débate yo la fineza De no verle.
Libia.
¿Qué es no verle? Si lo que á decirte vuelvo Es que en el jardin no entres, De cuya puerta la llave Mi amor te entregó imprudente, Hasta que una seña mia Te asegure de Sirene, Porque quejosa de tí, Y de mí celosa, suele Estar en él á deshoras; ¿Cómo, dí, ingrato, pretendes, Hallándote con la misma De quien recatarte debes, Dándola satisfaciones, Y diciéndola que aqueste Papel la venga de tí, Que sin mirarle le deje?
Tolom.
Aunque tienes razon, Libia, Vive Dios, que no la tienes. El papel ni á ella ni á tí Toca, y en fin no has de verle.
Libia.
He de verle.
Tolom.
Mira...
Libia.
Aparta.
Tolom.
Considera...
Libia.
Quita.
Tolom.
Advierte, No desatento...
Libia.
¿Tú?
Tolom.
Sí.
Libia.
¿De qué suerte?
Tolom.
Desta suerte.
Libia.
¿Tú conmigo tan grosero?
Tolom.
¿Tú conmigo tan aleve?
Los dos.
Suelta el papel.
(Parten entre los dos el papel.)
ESCENA XX.
MARIENE, TOLOMEO, LIBIA.
Mariene.
¿Qué papel?
Tolom.
(Ap.) ¡Grave mal!
Libia.
(Ap.)¡Desdicha fuerte!
Tolom.
¿Qué pudiste engendrar, Libia, Sino áspides y serpientes?
Libia.
¿Qué más áspides que celos?
Mariene.
¿Pues qué atrevimiento es este? ¿Así mi esplendor se agravia? ¿Así mi sombra se ofende? ¿Mi decoro se aventura, Y mi respeto se pierde? ¿En mi casa, y á mis ojos, Vuestras acciones se atreven A profanar un palacio, Templo de honor tal, que á verle El sol no entrara, á no entrar Con disculpa de que viene A darle la luz; que el sol Aun no entrara de otra suerte? Dáme esa parte tú, y tú Esotra: de ellas conviene Informar á mi recato.
Tolom.
Que es una víbora advierte, Que dividida en mitades, Con cualquier extremo muerde.
Mariene.
Véte tú, Libia, de aquí.
Libia.
(Ap.) Piedad es el que me ausente, Por no verla tan airada. (Vase.)
ESCENA XXI.
MARIENE, TOLOMEO.
Mariene.
Tú tambien, ¿qué aguardas? Véte.
Tolom.
Si por ventura han podido Mis servicios merecerte Sola una merced que sea Capaz de muchas mercedes, Rompe ese papel, y no Le leas, señora: atiende Que cuanto por verle ahora, Darás despues por no verle.
Mariene.
¿Qué deseo de mujer Se rindió al inconveniente?
Tolom.
El que advertido de mí Sepa que, á fin diferente De que llegase á tus manos, Está inficionado ese Papel de un mortal veneno, Tan rigoroso y tan fuerte, Que matará á quien le mire, Que es la causa porque el lêrle A Libia le defendia, Viendo que entre estos laureles Era ella quien le habia hallado, No siendo ella á quien previene Matar mi fe en tu servicio; Que hay en él algun aleve, Con quien se escribe Otaviano. Y así, que de tí le eches, Con lágrimas á tus piés, Te suplico humildemente.
Mariene.
Quien advierte de un peligro Nunca suplicando advierte, Porque el beneficio manda, Y no ruega: luego mientes; Que si estos extremos haces Cuando me acuerdas los bienes, ¿Qué dejas que hacer, qué dejas Cuando los males acuerdes? Letra del Tetrarca es, Con que ya se desvanece El que fuese tuyo, y ya, Que viva ó muera, he de lêrle.
Tolom.
¡Ay infelice de tí!
Mariene.
Dice á partes desta suerte: Muerte es la primer razon Que he hallado: honor contiene Esta. Marïene aquí Se escribe. ¡Cielos, valedme! Que dice mucho en tres voces Marïene, honor y muerte. Secreto aquí, aquí respeto, Servicio aquí, aquí conviene, Y aquí, muerto yo, prosigue. Mas ¿qué dudo? ya me advierten Los dobleces del papel Adonde están los dobleces, Llamándose unos á otros. Sé, oh prado, lámina verde, En que ajustándolos lea.
(Pone los pedazos en el suelo, y júntalos.)
(Lee.) A mi servicio conviene, A mi honor y á mi respeto, Que muerto yo, ¡hados crueles! Deis... ¡con qué temor respiro! Deis la muerte á Marïene. Bien dijiste que era fiero Tósigo y veneno fuerte, Puesto que si no me mata, Por lo ménos lo pretende.— ¿Quién este papel te dió?
Tolom.
Filipo, que con él viene De Egipto. Pero, señora, Estar satisfecha puedes De su lealtad y la mia, Pues los dos...
Mariene.
Otra vez mientes; Que ni él ni tú sois leales. Pues cobardes, pues aleves, O viva ó muera, no sois, Como debeis, obedientes Al precepto de mi esposo. ¿Quién más es cómplice en este Secreto?
Tolom.
Nadie, señora.
Mariene.
Pues mira lo que te advierte Mi voz, que ninguno sepa, Ni áun Filipo, que á entenderle Llegué yo.
Tolom.
Un mármol seré. (Vase.)
ESCENA XXII.
MARIENE.
¡Oh infeliz una y mil veces La que se ve aborrecida De la cosa que más quiere! ¿En qué, amado esposo mio, En qué mi vida te ofende, Que te pesa de que viva La que de adorarte muere? Cuando yo tu libertad Trato, y á imperios de nieve Doy, Semíramis de ondas, Babilonias de bajeles; Cuando en mi imaginacion, Despues que vives ausente, Adorando estoy tu sombra, Y á mis ojos aparente, Por burlar mi fantasía, Abracé el aire mil veces; ¿Tú en una obscura prision, Funesto mísero albergue, En vez de abrazar mi imágen, Estás trazando mi muerte? O te quiero ó no. Si no Te quiero, ¿no es más decente A un noble, que de mujer Que le olvida no se acuerde? Y si te quiero, ¿por qué, Despues de muerto, pretendes Que muera? ¿No sabré yo, Sin mandarlo, obedecerte? Luego olvidando ¡ay de mí! O queriendo, de una suerte Ofendes tu vanidad, O mi gratitud ofendes. Si del mundo el mayor monstruo Me está amenazando en ese Encuadernado volúmen, Mentira azul de las gentes, Y tú me matas, será Bien decirse de tí que eres El mayor monstruo del mundo. ¡Mas ay! que en llegando á este Término, no se qué nuevo Espíritu me enfurece; Y pues me tocan al alma Afectos tan diferentes De los mios, ¡plegue al cielo, Fementido esposo aleve, Que el socorro que te envío Nunca á tomar puerto llegue! Entre las Sirtes y Scilas De Egipto á pique le echen Los zozobrados embates, Los contrastados vaivenes De las ráfagas de Eolo, O los sepulcros de Tétis. No sólo en tu libertad Milite, pero de suerte Irrite á Otaviano, que Apresurando tu... ¡Tente, Lengua! no su muerte digas; Basta que él diga mi muerte; Que una cosa es ser quien soy, Y otra ofenderme él. ¡Oh plegue Al cielo que victoriosa Tan en su favor navegue La armada de tu socorro, Que sobre el puerto de Ménfis En tan grande estrecho ponga La confusion de sus gentes, Que temerosa de que Las mias sus muros entren A sangre y fuego, á partido Reducidas, me lo entreguen Vivo, para que á mis brazos...! Pero ¿qué digo? Suspende, Lengua, otra vez el acento, Si no es que decir intentes: «A mis brazos, para que Vengativa é impaciente En ellos le haga pedazos.» —¡Ay de mí! ¡qué fácilmente De un extremo á otro se pasan En afectos de mujeres Las lástimas á ser iras, Y los favores desdenes! De mujeres dije; pero Dije mal, que excluirse deben Las mujeres como yo De lo comun de las leyes. Y pues piadosas en una Parte y en otra crueles Mis ánsias lidian, en tanto Tropel como me acomete De divididos afectos, De encontrados pareceres Y opuestas obligaciones; ¡Déme el cielo industria, déme Medio el hado, para que Tanto unas como otras temple, Que como esposa ofendida, Y como reina prudente, Cumpla con el mando, y cumpla Conmigo, cuando á ver lleguen Cielo, sol, luna y estrellas, Astros y signos celestes, Montes, mares, troncos, plantas, Hombres, fieras, aves, peces, Que como reina perdone, Y como mujer me vengue!
JORNADA TERCERA.
ESCENA PRIMERA.
Judíos, músicos, y luego MARIENE, soldados romanos, EL CAPITAN, y OTAVIANO.
Judíos.
(Dentro.) Viva Otaviano.
Músicos.
(Dentro.)Viva.
Judíos.
(Dentro.) Y en los campos de Oriente...
Músicos.
(Dentro.) Y en los campos de Oriente...
Judíos.
(Dentro.) Ciñan su augusta frente...
Músicos.
(Dentro.) Ciñan su augusta frente...
Judíos.
Sacro el laurel, pacífica la oliva.
(Tocan cajas destempladas.)
Mariene.
(Dentro.) La aclamacion festiva Convertida en lamento De mísero concento, Diga en mi pena fiera Que muera yo donde mi esposo muera.
Solds.
(Dentro.) A tierra, á tierra.
(Salva y chirimías dentro.)
Capitan.
(Dentro.)Marche, Inspirado el clarin, herido el parche, A la ciudad en órden nuestra gente.
(Salen Otaviano, el Capitan y soldados romanos.)
Otavian.
Salve, tú, oh gran metrópoli de Oriente, Jerusalen divina. Salve, oh tú, emperatriz de Palestina Y del Asia señora, Que en el rosado imperio del aurora, Con luciente voz muda El sol en su primera edad saluda. Salve otra vez, y admite Tu César, cuyo nombre, que compite Al tiempo y al olvido, Dos veces al laurel restituido, Pisa tu arena: una En favor del poder y la fortuna; Y otra, por más blasones, A pesar de traidoras sediciones; Pues cuando presumias Que del romano yugo sacudias La cerviz con haber hoy enviado A Aristóbolo tanto leño alado A librar tu Tetrarca, Yo como en fin caudillo de la parca, Habiéndole encontrado en el camino, Y á fuerza del destino Dejádole su armada En las costas de Jafa derrotada, Llego á tí, donde intento Que el primer escarmiento Que tu muralla vea, De tu Tetrarca la cabeza sea; A cuyo fin, por más infeliz suerte, Su muerte dilaté, porque su muerte Le dé terror más fiero, Y más al filo de este infausto acero[15], Desagraviando de camino aquella Que ofendió, soberana deidad bella. De ese, pues, bajel donde Más le sepulta el buque que le esconde, A tierra le sacad con el criado, Que tambien, por haberme á mí engañado, Y que él era Aristóbolo fingido, Ha de morir. ¿Mas qué confuso ruido
(Vanse los soldados, y suenan á un lado cajas y á otro música.)
De músicas en una Parte se escucha? ¿Quién (en otra alguna Sedicion) cajas toca destempladas, Repitiendo encontradas, Allí con voz altiva...?
Judíos y Músicos.
(Dentro.) Viva Otaviano, viva.
Otavian.
Y allí con voz severa...
Mariene.
(Dentro.) Y muera yo donde mi esposo muera.
Capitan.
De la ciudad abiertas A tu salva, señor, miro dos puertas Que de aquí se divisan, Y várias de un extremo en otro avisan; Que por una de hombres el festivo Vulgo, aclamando tu renombre altivo, A recibirte sale; Y porque el llanto al regocijo iguale, Por otra, negros lutos arrastrando, Y haciendo las mujeres nuevo bando, Salen tambien diciendo, En ambos coros uno y otro estruendo...
Judíos y Músicos.
Viva Otaviano, viva; Y en los campos de Oriente Ciñan su augusta frente Sacro el laurel, pacífica la oliva.
Mariene.
(Dentro.) La aclamacion festiva, Convertida en lamento De mísero concento, Diga de otra manera, Que muera yo donde mi esposo muera.
ESCENA II.
Salen, por un lado, FILIPO, con una fuente y en ella unas llaves, y TOLOMEO con otra, y en ella un laurel; y por el lado opuesto, MARIENE y damas, vestidas de luto, con un velo en el rostro; judíos, músicos.—Dichos.
Tolom.
Pues la ciudad no tiene Más medio, aunque lo sienta Marïene, Fuerza es rendirnos. Llega, Y tú las llaves y el laurel entrega.
Filipo.
(A Otaviano.) En albricias del fin de penas tantas, Jerusalen, señor, hoy á tus plantas Sus llaves rinde...
Tolom.
Y su laurel y oliva...
Los dos.
Diciendo á voces...
Todos.
Otaviano viva.
Mariene.
A tus piés infelice Llega tambien quien afligida dice, Bien que en cláusula ménos lisonjera, Que muera yo donde mi esposo muera.
Otavian.
En extremos tan raros, Que agradeceros tengo y que estimaros A vosotros;—mas no que agradeceros
(A Mariene.)
Ni estimaros á vos, llegando á veros Con señas tan funestas, De mis aplausos perturbar las fiestas.— Marche el campo.
(Vuelve la espalda, y ella le detiene.)
Mariene.
Primero Me has de escuchar.
Otavian.
Si enternecer no espero Mis iras, ¿para qué con ellas luchas?
Mariene.
¿Para qué tú gobiernas si no escuchas?
Otavian.
Dices bien, oirte quiero; mas no ignoro Que tampoco es respeto ni decoro Que tapada escucharte haya, sin verte.
Mariene.
Tambien tú dices bien: ahora advierte.
(Quítase el velo.)
Otavian.
(Ap.) ¡Cielos! ¿qué es lo que veo? ¿De cuándo acá tomó cuerpo el deseo?
Mariene.
(Ap.) ¡Cielos! ¿qué es lo que miro? Todo el aliento al corazon retiro Al verme en su presencia descubierta.
Otavian.
(Ap.) ¿No es esta la beldad que adoré muerta?
Mariene.
(Ap.) Suspensa al verle quedo.
Otavian.
(Ap.) Al mirarla, ni crêr ni dudar puedo.
Tolom.
(Ap.) ¿Qué extremo es este? ¡Ay infeliz! sin duda Viene á que el César á vengarla acuda De aquel rigor. ¿No basta, pena mia, Presa á Libia tener desde aquel dia, Sino querer ahora Descubrir el secreto?
Filipo.
(Ap.)Pues ignora A qué fué mi venida, No hay que temer, segura está mi vida.
Mariene.
(Ap.) Mal cobarde me aliento.
Otavian.
(Ap.) Mal osado me animo.
Mariene
(Ap.) Mas ¿por qué me reprimo?
Otavian.
(Ap. ¿Pero por qué lo que he de estimar siento?) Mujer, ¿qué quieres?
Mariene.
Que me estés atento.
Otavian.
¿Qué aguardas pues?
Mariene.
Escucha. (Ap. Mucha es mi turbacion.)
Otavian.
(Ap.) Mi pena es mucha, Pues la muerta ceniza es viva llama.
Mariene.
Inclito César, cuya heroica fama...
ESCENA III.
Soldados que traen al TETRARCA y á POLIDORO.—Dichos.
Un Sold.
Con el criado aquí el Tetrarca viene.
Tetrarc.
(Ap á Polidoro.) ¡Qué miro! ¿con el César Marïene? ¿Pues no bastaba ¡cielos! Ir á morir, sino á morir de celos?
Polidor.
¿Qué son celos? ¡pluguiera A Baco, para mí celos hubiera, Y no hubiera un garrote Que anda desde la nuez hasta el cogote, Ya haciéndome cosquillas!
Otavian.
Su castigo Diré despues: prosigue.
Mariene.
Ya prosigo. Inclito César cuya heroica fama Al alcázar se eleva de la luna, Cuando con labios de metal te aclama Su Júpiter, y dios de la fortuna: Si cuando él á relámpagos se inflama, El íris le serena, en mi importuna Suerte que eres mi Júpiter se vea, Y el íris de mi paz tu laurel sea. Y pues tu nombre en láminas se escribe, Que el tiempo que más vuela, que más corre, Ni con las torpes alas le derribe, Ni con las plantas trágicas le borre; Vive piadoso, generoso vive. Y del sol coronada la alta torre Que al águila de Roma le dió nido, Verás triunfar del tiempo y del olvido. Yo soy la desdichada Marïene... Dijera bien la desdichada esposa De ese, contra quien ya tu ceño tiene Blandida la cuchilla rigorosa. Si una línea de púrpura detiene Del más noble animal la más furiosa Accion, deten tú el paso á tus enojos, Pues son líneas de púrpura mis ojos. Mas ¡ay! que en vano á tus piedades pido La vida que has de darme generoso; Que eres Rey, y has de ser compadecido; Que eres valiente, y has de ser piadoso; Que eres noble, has de ser agradecido; Que eres tú, y has de ser tan victorioso Que conozcas que alcanza ménos gloria El que con sangre mancha la victoria. No pues el que te espera heróico asiento Construyas en cadalso duro y fuerte, No el triunfal carro en triste monumento, No el fausto en ceremonias de la muerte, No la música en mísero lamento, No la felicidad en triste suerte, La gala en luto, en pena la alegría. No eches á mal tan venturoso dia. Entra triunfando, pero no venciendo, Entra venciendo, pero no vengando; Que más aplausos has de ganar, entiendo, Perdonando, señor, que castigando: Halle piedad la que lloró pidiendo, Halle piedad la que pidió llorando; Y pues son dos, siquiera una reciba, O que yo muera, ó que mi esposo viva.
Tetrarc.
(Ap.) ¿Quién de dos muertes sitiada Vió su vida tan á un tiempo, Que negada ó concedida, De cualquiera suerte muero?
Polidor.
(Ap.) ¡Hay tal infamia! ¡que llore Por su marido, pudiendo Llorar por mí, que á estas horas Más de sentenciado tengo La cara que él!
Otavian.
(Ap.Bien se deja Ver que Aristóbolo al trueco Del criado, y ver que estaba En el retrato suspenso, Fingiendo ser muerta, quiso Desvanecer mis afectos. Por mí, por ella y por él Importa que satisfecho Viva, pues ha de vivir. ¿Adónde hallará el ingenio Disculpas para un marido Que es plática de tal riesgo, Que áun satisfaciendo agravia? Mas no hablando con él, puedo Darle á él la satisfaccion.) Alzad, señora, del suelo. Una vida me pedís, Y aunque es verdad que lo siento, Enmiende el pesar de oiros El gusto de obedeceros. Mas no me lo agradezcais; Que si una vida os ofrezco, Es porque os debo una vida, Sin saber á quién la debo. Vuestro hermano, entre otras joyas, Perdió este retrato vuestro, Y sin saber cúyo fuese (De que hago testigo al cielo, Y á cuantos dioses adoro), Sólo por ser tan perfecto, Mandé á un pintor que me hiciese Dél una imágen de Vénus. Esta pues, constituida Ya una vez en deidad, viendo Un peligro en que me hallaba (Decir cuál fuese no quiero, Porque olvidaré el perdon Si del delito me acuerdo), Dél me libró; de manera, Que aunque Vénus fuese el dueño Del acaso, fuisteis vos Del acaso el instrumento; Y así en términos pagando El haberos interpuesto Entre otro acero y mi vida, He de hacer con vos lo mesmo, Hoy que os advierto interpuesta Entre otra vida y mi acero. Viva vuestro esposo, y no Solamente viva, pero A su honor restituido; Y por no dejar á riesgo Vuestros ojos de que lloren Otra vez, ni oiros ni veros En mi vida... (Ap. La voz miente, No el alma.) perdon concedo A vuestro hermano, y á cuantos En este levantamiento Cómplices fueron; y en fin, Porque ni al llanto ni al ruego Quede nada que pedirme, Aun vuestro retrato os vuelvo; Que no es decoro ser mio, El dia que sé que es vuestro. Tomad, pues. (Dásele.)
Mariene.
Vivas los siglos Del Fénix.
Tetrarc.
Y tan eternos Como deseará esta vida, Que ya como tuya ofrezco, Porque el ser dádiva tuya Le crezca el merecimiento A Marïene.
Mariene.
¡Felice, Dulce esposo, amado dueño, El dia que vuelvo á verte En mis brazos! Quien en ellos... (Ap. Mas no, que el de mi decoro No es el de mi sentimiento.)
Tetrarc.
(Ap.) ¡Qué dichosos desengaños! Haber sabido, el primero, El acaso del retrato, Y el segundo hallar secreto Aquel rigor que fié De Filipo y Tolomeo.
Tolom.
(Ap.) Ya ¿qué tengo que temer? Pues anda tan fina, es cierto Que tener quiere su enojo En la cárcel del silencio. ¡Y luégo dirán que no hay Mujer que guarde secreto! Así me sucedan bien Los medios que tengo puestos En la libertad de Libia, De que avisada la tengo Con el mismo que esta noche Ha de abrir el aposento Para que pueda librarla.
Otavian.
Mi tienda armad; que no quiero Entrar en Jerusalen Hasta que el recibimiento De imperial triunfo aperciba. (Ap. Hermoso prodigio bello, ¿Qué me sirve haberte hallado, Si cuando te hallo te pierdo?)
Mariene.
Hasta dejarle en su tienda, Vamos todos.
Tetrarc.
Yo el primero, Como el más interesado, Seré quien vaya diciendo: ¡Viva Otaviano!
Todos.
(Música.)Viva, Y en los campos de Oriente Ciñan su augusta frente Sacro el laurel, pacífica la oliva. ¡Viva Otaviano, viva!
(Vanse todos, menos Polidoro y unos soldados.)
ESCENA IV.
POLIDORO, soldados.
Sold. 1.º
¿Por qué vos, pues perdonado Estais, en su seguimiento No vais, dándole con todos Las gracias?
Polidor.
Porque no quiero; Que tan gran superchería Como conmigo se ha hecho, No se hiciera, vive Apolo, No digo yo con un negro, Pero ni con un capon, Que áun es muchísimo ménos, Cuanto va desde ser hombre, A sólo empezar á serlo.
Sold. 1.º
¿Qué superchería?
Polidor.
¿No fuisteis Vos quien me dijo, viniendo, Que venía á ser ahorcado?
Sold. 1.º
Yo lo dije.
Polidor.
¿Pues qué es ello? ¿Es bien hacerme caer En falta con todo un pueblo, Que estaba ya convidado? ¿Es juego de niños esto? —Venga usted á ser ahorcado. —Vaya usted, que ya está absuelto.— ¿Qué ha de decirse de mí, Sino que soy un grosero, Y no valgo cuatro cuartos Para ahorcado? Y fuera desto, ¿Qué ahorcado no es como un pino De oro, en el comun lamento De las viejas que le lloran? ¿Está por ventura el tiempo Para no ser pino de oro, Siquiera por un momento? La costa que tenía hecha, De más de cuatro mil gestos, Para escoger los que habia De ir por el camino haciendo, ¿Qué he de hacer della? Y despues, ¿Qué dirán de mí los ciegos, Que la jácara tendrán Escrita ya de mis hechos? Ello, he de morir ahorcado; Que mi honra es lo primero: Y así, ustedes no se cansen, Que aunque les pese, he de hacerlo. Pues luégo ¡es bobo el delito, Sino oir al pregonero: «Esta es la justicia, á este hombre Por príncipe contrahecho!»
Sold. 1.º
Ande el menguado.
Sold. 2.º
Este es loco.
Polidor.
Hablemos bien, caballeros; Que no es loco ni menguado Quien tiene mi entendimiento.
Sold. 1.º
Dejarle para quien es.
Polidor.
Han de ahorcarme, ó sobre eso Me mataré con mi padre, Con mi tio y con mi abuelo: Y para satisfacer Hoy á todo el universo De que no queda por mí, A voces iré diciendo: «Esta es la justicia, á este hombre Por príncipe contrahecho.»
Sold. 1.º
Pues por vida...
Polidor.
¿Qué me jura?
ESCENA V.
ARISTÓBOLO.—Dichos.
Aristób.
Polidoro, pues ¿qué es esto?
Sold. 2.º
No es nada.
Polidor.
No sino mucho.
Aristób.
¿Qué es, dí?
Polidor.
Un atrevimiento, Y un desacato muy grande, Que aquí contigo se ha hecho; Pues siendo yo tu persona Ahorcarme quisieron éstos, Y no pudo ser á mí Cuando yo no era yo mesmo, Porque hacía tu papel.
Aristób.
Pues si conmigo es el duelo, Satisfecho le perdono, Porque no te quejes dellos. ¿Dónde está el Emperador?
Sold. 1.º
En su tienda.
Aristób.
Pues yo quiero Irle á agradecer la vida A la piedad de su pecho.
Polidor.
Yo sabré de aquí adelante El papel que represento. (Vanse.)
Aposento retirado en el palacio de Heródes, en Jerusalen.
ESCENA VI.
EL TETRARCA, MARIENE, acompañamiento.
Tetrarc.
Despues de darme la vida, Que yo tan á costa compro De los agravios que callo, De las desdichas que lloro, Torciendo las blancas manos, Humedeciendo los ojos, Turbada la voz del pecho, Pálido el color del rostro, Hasta el palacio has llegado, Y en él á lo más remoto De sus cuartos. Pues ¿qué es esto? Mira que es afecto impropio Del beneficio cobrarle Tan presto: no rigoroso Tu pecho aquel bruto sea, Que viendo el veloz arroyo De una fuente inficionado Del áspid, noble y piadoso La enturbia porque no beba El caminante, que absorto De ver enturbiar la plata, Que le brindó con sonoro Acento á beber cristal En penada copa de oro, Maldice al bruto, ignorando El favor: yo así dudoso, No agradeceré la vida, Si con agravios la logro; Que es turbar los beneficios Embozarlos con enojos.
Mariene.
Ya hemos llegado hasta el cuarto Prevenido. Salíos todos.
(Vase el acompañamiento.)
Tú tenme abierta esa puerta, En tanto que yo dispongo Cerrar esotra.
Tetrarc.
(Ap.)¿Fortuna, Qué es esto?
Mariene.
Ya estamos solos.
Tetrarc.
¿Qué miras?
Mariene.
Miro el puñal, Que del reloj presuroso De mi vida fué el volante.
Tetrarc.
En un peligro notorio De mi vida, le perdí.
Mariene.
Pues escucha.
Tetrarc.
Ya te oigo.
Mariene.
Bien pensarás, oh cobarde Amante, oh tirano esposo, Aleve, cruel, sangriento, Bárbaro, atrevido y loco, Bien pensarás que pedir A aquel monarca famoso, A aquel valiente romano, A aquel capitan heróico, Cuya vida el ave sea Que en sagrado mauseolo Nace, vive, dura y muere, Hijo y padre de sí propio, La tuya, comprada á precio De suspiros y sollozos, Ha sido piedad y amor De mi pecho generoso; Pues no ha sido, no, piedad, Ni amor, afecto rabioso Y venganza sí, porque No hay otro estilo, no hay otro Camino de castigar Un ingrato pecho, como Pagarle con beneficios, Cuando ofende con enojos; Que merced hecha á un ingrato, Más que merced es oprobio. No pues por librarte, no, Del veneno riguroso Turbé el cristal, aprendiendo Piedades del unicornio; Antes, para que le bebas, Te le enturbié con embozos; Y al reves de la piedad De aquel animal piadoso Procedí, pues él cubrió El beneficio de polvo, Y yo de halagos la ofensa: ¡Mira lo que hay de uno á otro, Que él desdora las piedades, Y yo las crueldades doro! No me diera, no, venganza Verte morir, cuando noto Que es la muerte en los afanes Ultima línea de todos; Verte vivir, sí, ofendido, Aborrecido y quejoso; Porque en el mundo no hay Castigo más riguroso Para un ingrato, que verse Olvidado de lo propio Que se vió amado: el que llega Á esto, ¿cómo vive? ¿cómo? Fuera desto, por mí misma, Por mi honor, por mi decoro, Pedí tu vida, encubriendo Las causas con que me enojo, Que saben todos quién soy, Y quién eres uno solo; Y no por ganar con uno, Habia de perder con todos. Tu vida pedí en efecto, Porque sepas que no ignoro Que has vivido en esta ausencia De mi muerte cuidadoso. Este papel, esta firma Te convenza. ¡Con qué asombro Le miras, quedando viva Estatua de nieve y plomo! En mi mano está: no tienes Que examinar estudioso Cómo vino á ella, porque La tierra, viendo el adorno Y la hermosura que debe A ese cristalino globo, Que parte la luna á giros, Que el sol ilumina á tornos, Le ofreció de no encubrirle Nada en su centro más hondo; Que áun los cielos, con ser cielos, Dan las mercedes á logro. ¿Tú eres (¡aquí de mi aliento!) Tú (desmayo al primer soplo, Con mis lágrimas me anego, Con mis suspiros me ahogo) De Jerusalen Tetrarca? ¿Tú eres rama de aquel tronco? ¡Qué bien dice aquel que dice Que eres bajo y afrentoso Idumeo, cuya cuna Bárbara es! ¿Qué más apoyo Desta opinion, que tus celos, Infames como alevosos? ¿Qué fiera la más cruel, Qué bruto el más riguroso, Qué pájaro el más aleve, Qué bárbaro el mas ignoto Mató muriendo? pues ántes De hombres, fieras y aves oigo Que mueren dando la vida. Dígalo en bramidos roncos La víbora, que mordiendo Sus entrañas, poco á poco Se despedaza, sacando Muchas vidas de un aborto. Dígalo el ave que muestra El pecho en mil partes roto, Y por dar la vida, muere Desangrada entre sus pollos. Dígalo el bárbaro, pues Que al peligro más notorio Expuesto el pecho, á su espalda Pone á su esposa, y piadoso Es escudo de su vida Contra la pluma y el plomo. Mas tú, más que todos fiero; Mas tú, más bruto que todos; Mas tú, más bárbaro, en fin, No solo apénas, no solo Favoreces lo que amas; Pero avaro de los gozos, Aun muriendo no los dejas: Bien como el que codicioso Amante de sus riquezas, Porque no las goce otro, Manda que despues de muerto Le entierren con su tesoro. Supongo que fué fineza Este decreto, supongo Que fué con celos; que nada Quiero dejar en tu abono: ¿Quién muriendo, pues, previno Avariento ó cauteloso, Llevar desde aqueste mundo Prevenciones para el otro? Si es nuestra vida una flor Sujeta al más fácil soplo De los alientos del austro, De los suspiros del noto, Que en espirando ella, espira Todo cuanto vemos, todo Cuanto gozamos; ¿qué error Dispuso que tú celoso Prevengas para el sepulcro Las riquezas y los gozos? ¿Qué hazaña de amor es esta? Y pues examino y toco Que podrá vivir mi pecho Más seguro y más dichoso Aborrecido que amado, Desde aquí á mi cargo tomo El hacer que me aborrezcas; Que aunque pudiera con otro Medio huir de tí, y vivir En el clima más remoto (Donde el sol avaramente Dispensa sus rayos rojos, Ú donde pródigo abrasa Menudas arenas de oro) Más feliz sin tí y conmigo, No he de dar con tal divorcio Que decir al mundo, y esto Se quedará entre nosotros. En tu vida, ni en mi vida Me has de mirar sin enojos, Me has de hablar sin sentimientos, Me has de escuchar sin oprobios, Ver sin suspiro los labios, Ver sin lágrimas los ojos; Y este obscuro velo puesto Siempre delante del rostro, Estorbará el que te vea, Siendo mis reales adornos Eternamente este luto; Y en aquese cuarto solo Viviré con mis mujeres Guardando viudez en todo. Y nunca me entres en él, Que por los dioses que adoro, Que de la más alta almena Me arroje al sepulcro undoso Del mar, donde infelizmente Me oculte en su centro hondo. Y no me sigas, porque Te miro con tanto asombro, Con tanto temor te hablo, Con tanto pavor te oigo, Que pienso que ya se cumple De aquel judiciario docto El hado; pues si él me dijo Que tu acero prodigioso, Y el mayor monstruo del mundo Me amenazan, hoy conozco La verdad, pues si entras dentro, Huyendo del uno al otro, O me ha de matar tu acero, O el mar, que es el mayor monstruo.