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Teatro selecto, tomo 2 de 4

AMAR DESPUES DE LA MUERTE. (continued 2)

Reading edition

Garcés.

De vos creo Que aquesta merced me haréis, Ya que obligado me habeis.

Alcuzc.

(Ap.) ¡Ley ser morir el más feo!

Garcés.

Sepa á quién debo el vivir.

D. Álv.

Yo no soy más que un soldado, Que aventurero he llegado...

Alcuzc.

(Ap.) ¡Ley el más feo morir!

D. Álv.

Solamente con deseo De hallar á un hombre: esta ha sido La ocasion que me ha traido.

Alcuzc.

(Ap.) ¡Ley ser morir el más feo!

Garcés.

Quizá yo os podré decir Dél. ¿Cómo se llama?

D. Álv.

No Lo sé.

Garcés.

¿En qué tercio llegó A esta ocasion á servir?

D. Álv.

No lo sé.

Garcés.

¿Qué señas tiene?

D. Álv.

No sé.

Garcés.

Pues bien le halleréis, Si su nombre no sabeis Ni señas, ni con quién viene.

D. Álv.

Pues sin saberle las señas, Nombre, ni con quién está, Le he tenido hallado ya.

Garcés.

No son enigmas pequeñas Las vuestras; pero no os dé Cuidado, pues en sabiendo Su Alteza este caso, entiendo Que me dé vida, porque Me tiene á mí obligacion Tan grande, que si no fuera Por mí, no entrara en Galera; Y esa perdida ocasion Hallar podremos los dos; Que de quien sois obligado, He de estar á vuestro lado Al bien y al mal, vive Dios.

D. Álv.

En efecto, ¿que vos fuisteis El que entraisteis en Galera?

Garcés.

¡Pluguiera á Dios no lo fuera!

D. Álv.

¿Por qué, si esa hazaña hicisteis?

Garcés.

Porque desde que yo en ella El primero puse el pié, No sé qué influjo, no sé Qué hado, qué rigor, qué estrella Me persigue, que no ha habido Cosa que á la suerte mia, Desde aquel infausto dia Mal no me haya sucedido.

D. Álv.

¿De qué os nace ese recelo?

Garcés.

No sé sino es de que allí Muerte á una morisca dí, Y se ofendió todo el cielo, Porque su hermosura era Su traslado.

D. Álv.

¿Tan hermosa Era?

Garcés.

Sí.

D. Álv.

(Ap.¡Ay perdida esposa!) ¿Cómo fué?

Garcés.

Desta manera: Estando de posta un dia, Entre unas espesas ramas. Que á los lutos de la noche Iban pisando las faldas, Prendí á un morisco. No quiero (Que estas son cosas muy largas) Deciros que me engañó, Llevándome entre unas altas Peñas, adonde sus voces Convocaron la Alpujarra; Que huyendo dél, me escondí En una gruta; pues basta Decir que esta fué la mina, Que en una peña cavada, Monstruo fué que concibió Tanto fuego en sus entrañas. Yo fuí quien noticia della Traje al señor Don Juan de Austria, Y yo fuí quien al ingenio La noche estuve de guardia, Yo quien de la batería Mantuve siempre la entrada A la otra gente, y yo, en fin, Quien por medio de las llamas Penetré la villa, siendo Su racional salamandra, Hasta que llegué, pasando Globos de fuego, á una casa Fuerte, que sin duda era De la gente plaza de armas, Pues allí se avanzó toda.— Pero parece que os cansa Mi relacion, y que no Teneis gusto en escucharla.

D. Álv.

No es sino que divertido Acá en mis penas estaba. Proseguid.

Garcés.

Llegué, en efecto, Lleno de cólera y rabia, A la casa de Malec (Que era en fin toda mi ánsia El palacio ó casa fuerte), Al tiempo que ya su alcázar Don Lope de Figueroa, Lustre y honor de su patria, Rendido tenía y sitiado Del fuego por partes várias, Y muerto al alcaide. Yo Que entre el aplauso buscaba El provecho, aunque mal juntos Provecho y honor se hallan, Ambiciosamente osado Discurrí todas las salas, Penetré todas las piezas, Hasta que llegué á una cuadra Pequeña, último retrete De la más bella africana Que vieron jamás mis ojos. ¡Ah! ¡quién supiera pintarla! Mas no es tiempo de pinturas. Confusa, al fin, y turbada De verme, como si fueran Las cortinas de una cama De una muralla cortinas, Detras se esconde y ampara.— Pero con llanto en los ojos, Y sin color en la cara Os habeis quedado.

D. Álv.

Son Memorias de mis desgracias, Muy parecidas á esas.

Garcés.

Tened, tened confianza, Si es por la ocasion perdida: Quien no la busca, la halla.

D. Álv.

Decís verdad. Proseguid.

Garcés.

Entré tras ella, y estaba Tan alhajada de joyas, Tan guarnecida de galas, Que más parecia que amante Prevenia y esperaba Bodas que exequias. Yo viendo Tal belleza, quise darla La vida, como al rescate Saliese fiadora el alma. Apénas, pues, me atreví A asirla una mano blanca, Cuando me dijo: «Cristiano, Si es más ambicion que fama Mi muerte, pues con la sangre De una mujer más se mancha Que se acicala el acero, Estas joyas satisfagan Tu hidrópica sed, y deja Limpio el lecho, la fe intacta De un pecho, donde se encierran Misterios que áun él no alcanza.» —Llegué á los brazos...

D. Álv.

Espera: Escucha, detente, aguarda, No llegues á ellos.—¿Qué digo? Mis discursos me arrebatan La voz. Proseguid; que á mí Eso no me importa nada. (Ap. ¡Pluguiera á amor, pues más siento Ya el quererla que el matarla!)

Garcés.

Dió voces en la defensa De su vida y de su fama: Yo, viendo que ya acudia Otra gente, y que ya estaba Perdida la una vitoria, No quise perderlas ambas, Ni que los otros soldados Conmigo á la parte entraran; Y así, trocando el amor Entónces en la venganza (Que fácilmente al afecto De un extremo al otro pasa), Arrebatado no sé De qué furia, de qué saña Que me movió el brazo entónces (Aun repetido es infamia), O por quitarla una joya De diamantes y una sarta De perlas, dejando todo Un cielo de nieve y grana. La atravesé el pecho.

D. Álv.

¿Fué Como ésta la puñalada?

(Saca un puñal y hiérele.)

Garcés.

¡Ay de mí!

Alcuzc.

Aquesto estar hecho.

D. Álv.

Muere, traidor.

Garcés.

¿Tú me matas?

D. Álv.

Sí, porque esa beldad muerta, Esa rosa deshojada, El alma fué de mi vida, Y hoy es vida de mi alma. Tú eres el que busco, tú Tras quien me trae mi esperanza A vengar á su hermosura.

Garcés.

¡Ah, que me coges sin armas Y con traicion!

D. Álv.

Nunca consta De términos la venganza. Don Álvaro Tuzaní, Su esposo, es el que te mata.

Alcuzc.

Y yo ser, perro cristiano, Alcuzcuz, que en el pasada Ocasion lievar alforja.

Garcés.

¿Para qué vida me dabas Si me habias de dar muerte?— ¡Ah posta, posta de guardia! (Muere.)

ESCENA XIX.

DON JUAN DE MENDOZA, soldados.—DON ÁLVARO, ALCUZCUZ; GARCÉS, muerto.

Mendoza.

(Dentro.) ¿Qué voces son estas? Abre La puerta; que Garcés llama, A quien yo vengo á buscar.

(Salen Don Juan de Mendoza y soldados.)

¿Qué es esto?

(Quita Don Álvaro la espada á un soldado.)

D. Álv.

Suelta esa espada. Señor Don Juan de Mendoza, Yo soy, si el verme os espanta, Tuzaní, á quien apellidan El rayo de la Alpujarra. A vengar vine la muerte De una beldad soberana; Que no ama quien no venga Injurias de lo que ama. Yo en otra prision á vos Os busqué, donde las armas Iguales los dos medimos, Cuerpo á cuerpo y cara á cara. Si en esta prision venís A buscarme vos, bastaba Venir solo, pues que sois Quien sois, que esto sólo basta. Pero si es que habeis venido Acaso, nobles desgracias Defiendan los hombres nobles: Hacedme esa puerta franca.

Mendoza.

Yo me holgara, Tuzaní, Que en ocasion tan extraña Con reputacion pudiera Guardaros yo las espaldas; Mas ya veis que hacer no puedo Al servicio del Rey falta, Y es su servicio mataros Cuando en su ejército os hallan: Y así, he de ser el primero Que os mate.

D. Álv.

No importa nada Que la puerta me cerreis. Que yo la haré á cuchilladas... (Acuchíllanse.)

Un sold.

Muerto soy. (Huye, y cae dentro.)

Otro.

De los abismos Es furia que se desata.

D. Álv.

Ahora vereis que soy El Tuzaní, á quien la fama Apellidará en sus triunfos El vengador de su dama.

(Huyen los soldados.)

Mendoza.

Primero verás tu muerte.

Alcuzc.

Pregunto: el de mala cara ¿Es ley morir?

ESCENA XX.

DON JUAN DE AUSTRIA, DON LOPE, y soldados.—DON ÁLVARO, DON JUAN DE MENDOZA, ALCUZCUZ; GARCÉS, muerto.

D. Lope.

¿Qué es aquesto? ¿Quién este alboroto causa?

D. Juan.

Don Juan, ¿qué es esto?

Mendoza.

Es, señor, Una cosa bien extraña. Es un morisco que viene Solo desde la Alpujarra A matar un hombre, que Dice que mató á su dama En el saco de Galera, Y le ha muerto á puñaladas.

D. Lope.

¿Tu dama habia muerto?

D. Álv.

Sí.

D. Lope.

Bien hiciste.—Señor, manda Dejarle; que este delito Más es digno de alabanza Que de castigo; que tú Mataras á quien matara A tu dama, vive Dios, O no fueras Don Juan de Austria.

Mendoza.

Mira que es el Tuzaní, Y que será de importancia Prenderle.

D. Juan.

Date á prision.

D. Álv.

Aunque tu valor lo manda, No estoy dese parecer; Y por tu respeto basta Que la defensa que intento Sea volverte la espalda. (Vase.)

D. Juan.

Seguidle todos, seguidle.

(Entranse todos siguiendo á Don Álvaro.)

Vista exterior de los muros de Berja.

ESCENA XXI.

DOÑA ISABEL y soldados moriscos en el muro; despues, DON ÁLVARO, DON JUAN DE AUSTRIA y soldados.

D.ª Isab.

Haz con esa seña blanca Llamada al campo cristiano.

(Sale Don Álvaro.)

D. Álv.

Entre picas y alabardas He rompido, hasta llegar A los piés desta montaña.

Un sold.

(Dentro.) Antes que éntre en la espesura Un mosquete le dispara.

D. Álv.

Todos sois pocos: cercadme.

Morisco.

A Berja subid.

D.ª Isab.

Aguarda. ¡Tuzaní, señor!

D. Álv.

Lidora, Toda esa gente, esas armas Tras mí vienen.

D.ª Isab.

Pues no temas.

(Vanse del muro ella y los moriscos.)

D. Juan.

(Dentro.) Tronco á tronco y rama á rama Talad el campo hasta hallarle.

(Salen Don Juan de Austria y soldados, y por otro lado Doña Isabel y moriscos.)

D.ª Isab.

Generoso Don Juan de Austria, Hijo del águila hermosa Que al sol mira cara á cara, Todo ese monte que ves Rebelde á tus esperanzas, Una mujer, si la escuchas, Viene á ponerle á tus plantas. Doña Isabel Tuzaní Soy, que aquí tiranizada, Viví morisca en la voz Y católica en el alma. Mujer soy de Abenhumeya, Cuya muerte desdichada Ensangrentó su corona Con su sangre y con sus armas; Porque viendo los moriscos Que general perdon dabas, Trataron rendirse: tal Es de un vulgo la inconstancia, Que los designios de hoy Intentan borrar mañana. Y viendo que Abenhumeya Con valor les afeaba Su cobardía, al entrar La compañía de guardia, Su capitan le tomó Las puertas, y hasta la sala Del dosel, entró diciendo: «Date por el Rey de España. —¿Prenderme á mí?» dijo entónces, Y al ir á empuñar la espada, Diciendo á voces la gente: «¡Viva el sacro nombre de Austria!» Un soldado en la cabeza Empleó la partesana; Que como de la corona Juzgó vivir adornada, Fué capaz sujeto á un tiempo De la dicha y la desgracia. Cayó en la tierra, y cayeron Con él tantas esperanzas Como suspenso tenían El mundo con sus hazañas; Que al amago ántes que al golpe, Pudo titubear España. Si el venir, señor, adonde, Puesta á tus heróicas plantas Del valiente Abenhumeya La corona ensangrentada, Te merece un perdon, puesto Que hoy á los demas alcanza; Goce de su indulto el noble Tuzaní; que yo postrada A tus piés, más que el ser reina Estimara ser tu esclava.

D. Juan.

Poco has pedido en albricias: Hermosa Isabel, levanta. Viva el Tuzaní, quedando La más amorosa hazaña Del mundo escrita en los bronces Del olvido y de la fama.

D. Álv.

Dame tus piés.

Alcuzc.

Y mé ¿estar Perdonado?

D. Juan.

Sí.

D. Álv.

Aquí acaba Amar despues de la muerte Y el sitio de la Alpujarra.

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