LA DEVOCION DE LA CRUZ.
Reading edition
PERSONAS.
Eusebio.
Curcio, viejo.
Lisardo.
Octavio.
Alberto, sacerdote.
Celio. Bandoleros.
Ricardo.
Chilindrina.
Gil, villano gracioso.
Bras. Villanos.
Tirso.
Toribio.
Julia, dama.
Arminda, criada.
Menga, villana graciosa.
Bandoleros.
Villanos.
Soldados.
La accion es en Sena y en sus contornos.
JORNADA PRIMERA.
Arboleda inmediata á un camino que se dirige á Sena.
ESCENA PRIMERA.
MENGA, GIL.
Menga.
(Dentro.) ¡Verá por dó va la burra!
Gil.
(Dentro.) Jo, dimuño; jo mohina.
Menga.
Ya verá por dó camina: Arre acá.
Gil.
¡El diabro te aburra! ¿No hay quien una cola tenga, Pudiendo tenella mil? (Salen.)
Menga.
¡Buena hacienda has hecho, Gil!
Gil.
¡Buena hacienda has hecho, Menga, Pues tú la culpa tuviste! Que como ibas caballera, Que en el hoyo se metiera Al oido la dijiste, Por hacerme regañar.
Menga.
Por verme caer á mí, Se lo dijiste, eso sí.
Gil.
¿Cómo la hemos de sacar?
Menga.
¿Pues en el lodo la dejas?
Gil.
No puede mi fuerza sola.
Menga.
Yo tiraré de la cola, Tira tú de las orejas.
Gil.
Mejor remedio sería Hacer el que aprovechó A un coche, que se atascó En la corte esotro dia. Este coche, Dios delante, Que arrastrado de dos potros, Parecia entre los otros Pobre coche vergonzante; Y por maldicion muy cierta De sus padres (¡hado esquivo!) Iba de estribo en estribo, Ya que no de puerta en puerta; En un arroyo atascado, Con ruegos el caballero, Con azotes el cochero, Ya por fuerza, ya por grado, Ya por gusto, ya por miedo, Que saliesen procuraban: Por recio que lo mandaban, Mi coche quedo que quedo. Viendo que no importan nada Cuantos remedios hicieron, Delante el coche pusieron Un harnero de cebada. Los caballos, por comer, De tal manera tiraron, Que tosieron y arrancaron; Y esto podemos hacer.
Menga.
¡Que nunca valen dos cuartos Tus cuentos!
Gil.
Menga, yo siento Ver un animal hambriento, Donde hay animales hartos.
Menga.
Voy al camino á mirar Si pasa de nuestra aldea Gente, cualquiera que sea, Porque te venga á ayudar, Pues te das tan pocas mañas.
Gil.
¿Vuelves, Menga, á tu porfía?
Menga.
¡Ay burra del alma mia! (Vase.)
ESCENA II.
GIL.
¡Ay burra de mis entrañas! Tú fuiste la más honrada Burra de toda la aldea; Que no ha habido quien te vea Nunca mal acompañada. No eres nada callejera: De mijor gana te estabas En tu pesebre, que andabas Cuando te llevaban fuera. Pues ¿altanera y liviana? Bien me atrevo á jurar yo Que ningun burro la vió Asomada á la ventana. Yo sé que no merecia Su lengua desdicha tal; Pues jamás por habrar mal Dijo: Aquesta boca es mia. Pues como á ella la sobre De lo que comiendo está, Luego al punto se lo da A alguna borrica pobre. (Ruido dentro.) Mas ¿qué ruido es este? Allí De dos caballos se apean Dos hombres, y hácia mí vienen, Despues que atados los dejan. ¡Descoloridos, y al campo De mañana! Cosa es cierta Que comen barro, ó están Opilados. Mas ¿si fueran Bandoleros? ¡Aquí es ello! Pero lo que fuere sea, Aquí me escondo: que andan, Que corren, que salen, que entran.
(Escóndese.)
ESCENA III.
EUSEBIO, LISARDO.—GIL, escondido.
Lisardo.
No pasemos adelante, Porque esta estancia encubierta Y apartada del camino, Es para mi intento buena. Sacad, Eusebio, la espada; Que yo de aquesta manera, A los hombres como vos Saco á reñir.
Eusebio.
Aunque tenga Bastante causa en haber Llegado al campo, quisiera Saber lo que á vos os mueve. Decid, Lisardo, la queja Que de mí teneis.
Lisardo.
Son tantas, Que falta voz á la lengua, Razones á la razon, Y al sufrimiento paciencia. Quisiera, Eusebio, callarlas, Y áun olvidarlas quisiera; Porque cuando se repiten, Hacen de nuevo la ofensa. ¿Conoceis estos papeles?
Eusebio.
Arrojadlos en la tierra, Y los alzaré.
Lisardo.
Tomad. ¿Qué os suspendeis? ¿Qué os altera?
Eusebio.
¡Mal haya el hombre, mal haya Mil veces aquel que entrega Sus secretos á un papel! Porque es disparada piedra Que se sabe quién la tira, Y no se sabe á quién llega.
Lisardo.
¿Habeislos ya conocido?
Eusebio.
Todos están de mi letra, Que no la puedo negar.
Lisardo.
Pues yo soy Lisardo, en Sena, Hijo de Lisardo Curcio. Bien excusadas grandezas De mi padre consumieron En breve tiempo la hacienda Que los suyos le dejaron; Que no sabe cuánto yerra Quien, por excesivos gastos, Pobres á sus hijos deja. Pero la necesidad, Aunque ultraje la nobleza, No excusa de obligaciones A los que nacen con ellas. Julia, pues (¡saben los cielos Cuánto el nombrarla me pesa!), Ó no supo conservarlas, Ó no llegó á conocerlas. Pero al fin, Julia es mi hermana; ¡Pluguiera á Dios no lo fuera! Y advertid que no se sirven Las mujeres de sus prendas Con amorosos papeles, Con razones lisonjeras, Con ilícitos recados, Ni con infames terceras. No os culpo en el todo á vos; Que yo confieso que hiciera Lo mismo, á darme una dama Para servirla licencia. Pero cúlpôs en la parte De ser mi amigo, y en esta Con más culpa os comprehende La culpa que tuvo ella. Si mi hermana os agradó Para mujer (que no era Posible, ni yo lo creo Que os atrevierais á verla Con otro fin, ni áun con este; Pues ¡vive Dios! que quisiera, Ántes que con vos casada, Mirarla á mis manos muerta): En fin, si vos la elegisteis Para mujer, justo fuera Descubrir vuestros deseos Á mi padre, ántes que á ella. Este era término justo, Y entónces mi padre viera Si le estaba bien el darla, Que pienso que no os la diera; Porque un caballero pobre, Cuando en cosas como estas No puede medir iguales La calidad y la hacienda, Por no deslucir su sangre Con una hija doncella, Hace sagrado un convento; Que es delito la pobreza. Aqueste á Julia mi hermana Con tanta prisa la espera, Que mañana ha de ser monja, Por voluntad ó por fuerza. Y porque no será bien Que una religiosa tenga Prendas de tan loco amor Y de voluntad tan necia, Á vuestras manos las vuelvo, Con resolucion tan ciega, Que no sólo he de quitarlas, Mas tambien la causa dellas. Sacad la espada, y aquí El uno de los dos muera, Vos, porque no la sirvais, Ó yo, porque no lo vea.
Eusebio.
Tened, Lisardo, la espada, Y pues yo he tenido flema Para oir desprecios mios, Escuchadme la respuesta. Y aunque el discurso sea largo De mi suceso, y parezca Que, estando solos los dos, Es demasiada paciencia; Pues que ya es fuerza reñir, Y morir el uno es fuerza; Por si los cielos permiten Que yo el infelice sea, Oid prodigios que admiran Y maravillas que elevan; Que no es bien que con mi muerte Eterno silencio tengan. Yo no sé quién fué mi padre; Pero sé que la primera Cuna fué el pié de una Cruz, Y el primer lecho una piedra. Raro fué mi nacimiento, Segun los pastores cuentan, Que desta suerte me hallaron En la falda de esas sierras. Tres dias dicen que oyeron Mi llanto, y que á la aspereza Donde estaba, no llegaron Por el temor de las fieras, Sin que alguna me ofendiese; Pero ¿quién duda que era Por respeto de la Cruz, Que tenía en mi defensa? Hallóme un pastor, que acaso Buscó una perdida oveja En la aspereza del monte, Y trayéndome á la aldea De Eusebio, que no sin causa Estaba entónces en ella, Le contó mi prodigioso Nacimiento, y la clemencia Del cielo asistió á la suya. Mandó en fin que me trajeran A su casa, y como á hijo Me dió la crianza en ella. Eusebio soy de la Cruz, Por su nombre, y por aquella Que fué mi primera guía, Y fué mi guarda primera. Tomé por gusto las armas, Por pasatiempo las letras; Murió Eusebio, y yo quedé Heredero de su hacienda. Si fué prodigioso el parto, No lo fué ménos la estrella Que enemiga me amenaza, Y piadosa me reserva. Tierno infante era en los brazos Del ama, cuando mi fiera Condicion, bárbara en todo, Dió de sus rigores muestra; Pues con solas las encías, No sin diabólica fuerza, Partí el pecho de quien tuve El dulce alimento; y ella, Del dolor desesperada, Y de la cólera ciega, En un pozo me arrojó, Sin que ninguno supiera De mí. Oyéndome reir, Bajaron á él, y cuentan Que estaba sobre las aguas, Y que con las manos tiernas Tenía una Cruz formada Y sobre los labios puesta. Un dia que se abrasaba La casa, y la llama fiera Cerraba el paso á la huida, Y á la salida la puerta, Entre las llamas estuve Libre, sin que me ofendieran: Y advertí despues, dudando Que haya en el fuego clemencia, Que era dia de la Cruz. Tres lustros contaba apénas, Cuando por el mar fuí á Roma, Y en una brava tormenta, Desesperada mi nave Chocó en una oculta peña: En pedazos dividida, Por los costados abierta; Abrazado de un madero Salí venturoso á tierra, Y este madero tenía Forma de Cruz. Por las sierras De esos montes caminaba Con otro hombre, y en la senda Que dos caminos partia, Una Cruz estaba puesta. En tanto que me quedé Haciendo oracion en ella, Se adelantó el compañero; Y despues dándome priesa Para alcanzarle, le hallé Muerto á las manos sangrientas De bandoleros. Un dia, Riñendo en una pendencia, De una estocada caí, Sin que hiciese resistencia, En la tierra; y cuando todos Pensaron hallarla ajena De remedio, sólo hallaron Señal de la punta fiera En una Cruz que traia Al cuello, que en mi defensa Recibió el golpe. Cazando Una vez por la aspereza Deste monte, se cubrió El cielo de nubes negras, Y publicando con truenos Al mundo espantosa guerra, Lanzas arrojaba en agua, Balas disparaba en piedras. Todos hicieron las hojas Contra las nubes defensa, Siendo ya tiendas de campo Las más ocultas malezas; Y un rayo, que fué en el viento Caliginoso cometa, Volvió en ceniza á los dos Que de mí estaban más cerca. Ciego, turbado y confuso Vuelvo á mirar lo que era, Y hallé á mi lado una Cruz, Que yo pienso que es la mesma Que asistió á mi nacimiento, Y la que yo tengo impresa En los pechos; pues los cielos Me han señalado con ella, Para públicos efectos De alguna causa secreta. Pero aunque no sé quién soy, Tal espíritu me alienta, Tal inclinacion me anima, Y tal ánimo me fuerza, Que por mí me da valor Para que á Julia merezca; Porque no es más la heredada, Que la adquirida nobleza. Este soy, y aunque conozco La razon, y aunque pudiera Dar satisfaccion bastante A vuestro agravio, me ciega Tanto la pasion de veros Hablando de esa manera, Que ni os quiero dar disculpa, Ni os quiero admitir la queja; Y pues quereis estorbar Que yo su marido sea; Aunque su casa la guarde, Aunque un convento la tenga, De mí no ha de estar segura; Y la que no ha sido buena Para mujer, lo será Para dama: así desea, Desesperado mi amor Y ofendida mi paciencia, Castigar vuestro desprecio, Y satisfacer mi afrenta.
Lisardo.
Eusebio, donde el acero Ha de hablar, calle la lengua.
(Sacan las espadas, y riñen; Lisardo cae en el suelo, y procurando levantarse, torna á caer.)
¡Herido estoy!
Eusebio.
¿Y no muerto?
Lisardo.
No, que en los brazos me queda Aliento para... ¡Ay de mí! Faltó á mis plantas la tierra.
Eusebio.
Y falte á tu voz la vida.
Lisardo.
No me permitas que muera Sin confesion.
Eusebio.
¡Muere, infame!
Lisardo.
No me mates, por aquella Cruz en que Cristo murió.
Eusebio.
Aquesa voz te defienda De la muerte. Alza del suelo; Que cuando por ella ruegas, Falta rigor á la ira, Y falta á los brazos fuerza. Alza del suelo.
Lisardo.
No puedo; Porque ya en mi sangre envuelta Voy despreciando la vida, Y el alma pienso que espera Á salir, porque entre tantas No sabe cuál es la puerta.
Eusebio.
Pues fíate de mis brazos, Y anímate; que aquí cerca De unos penitentes monjes Hay una ermita pequeña, Donde podrás confesarte Si vivo á sus puertas llegas.
Lisardo.
Pues yo te doy mi palabra, Por esa piedad que muestras, Que si yo merezco verme En la divina presencia De Dios, pediré que tú Sin confesarte no mueras.
(Llévale Eusebio en brazos.)
Gil.
¡Han visto lo que le debe! La caridad está buena; Pero yo se la perdono. ¡Matarle y llevarle á cuestas!
ESCENA IV.
BRAS, TIRSO, MENGA, TORIBIO.—GIL.
Toribio.
¿Aquí dices que quedaba?
Menga.
Aquí se quedó con ella.
Tirso.
Mírale allí embelesado.
Menga.
Gil, ¿qué mirabas?
Gil.
¡Ay Menga!
Tirso.
¿Qué te ha sucedido?
Gil.
¡Ay Tirso!
Toribio.
¿Qué viste? Dános respuesta.
Gil.
¡Ay Toribio!
Bras.
Dí, ¿qué tienes, Gil, ó de qué te lamentas?
Gil.
¡Ay Bras, ay amigos mios! No lo sé más que una bestia. Matóle y cargó con él, Sin duda á salar le lleva.
Menga.
¿Quién le mató?
Gil.
¿Qué sé yo?
Tirso.
¿Quién murió?
Gil.
No sé quién era.
Toribio.
¿Quién cargó?
Gil.
¿Qué sé yo quién?
Bras.
¿Y quién le llevó?
Gil.
Quienquiera. Pero porque lo sepais, Venid todos.
Tirso.
¿Dó nos llevas?
Gil.
No lo sé, pero venid, Que los dos van aquí cerca. (Vanse.)
Sala en casa de Curcio, en Sena.
ESCENA V.
JULIA, ARMINDA.
Julia.
Déjame, Arminda, llorar Una libertad perdida, Pues donde acaba la vida, Tambien acaba el pesar. ¿Nunca has visto de una fuente Bajar un arroyo manso, Siendo apacible descanso El valle de su corriente; Y cuando le juzgan falto De fuerza las flores bellas, Pasa por encima dellas Rompiendo por lo más alto? Pues mis penas, mis enojos La misma experiencia han hecho; Detuviéronse en el pecho, Y salieron por los ojos. Deja que llore el rigor De un padre.
Arminda.
Señora, advierte...
Julia.
¿Qué más venturosa suerte Hay, que morir de dolor? Pena que deja vencida La vida, ser gloria ordena; Que no es muy grande la pena Que no acaba con la vida.
Arminda.
¿Que novedad obligó Tu llanto?
Julia.
¡Ay, Arminda mia! Cuantos papeles tenía De Eusebio, Lisardo halló En mi escritorio.
Arminda.
¿Pues él Supo que estaban allí?
Julia.
Como aqueso contra mí Hará mi estrella cruel. Yo (¡ay de mí!) cuando le vía El cuidado con que andaba, Pensó que lo sospechaba, Pero no que lo sabía. Llegó á mí descolorido, Y entre apacible y airado, Me dijo que habia jugado, Arminda, y que habia perdido: Que una joya le prestase Para volver á jugar. Por presto que la iba á dar, No aguardó á que la sacase: Tomó él la llave y abrió Con una cólera inquieta, Y en la primera naveta Los papeles encontró. Miróme y volvió á cerrar. Y sin decir nada (¡ay Dios!) Buscó á mi padre, y los dos (¿Quién duda es para tratar Mi muerte?) gran rato hablaron Cerrados en su aposento; Salieron, y hácia el convento Los dos sus pasos guiaron, Segun Octavio me dijo. Y si lo que está tratado Ya mi padre ha efectuado, Con justa causa me aflijo; Porque si de aquesta suerte Que olvide á Eusebio desea, Ántes que monja me vea, Yo misma me daré muerte.
ESCENA VI.
EUSEBIO.—Dichas.
Eusebio.
(Ap. Ninguno tan atrevido, Si no tan desesperado, Viene á tomar por sagrado La casa del ofendido. Ántes que sepa la muerte De Lisardo Julia bella, Hablar quisiera con ella, Porque á mi tirana suerte Algun remedio consigo Si, ignorado mi rigor, Puede obligarla el amor Á que se vaya conmigo; Y cuando llegue á saber De Lisardo el hado injusto, Hará de la fuerza gusto Mirándose en mi poder.) Hermosa Julia.
Julia.
¿Qué es esto? ¿Tú en esta casa?
Eusebio.
El rigor De mi desdicha y tu amor En tal peligro me ha puesto.
Julia.
Pues ¿cómo has entrado aquí Y emprendes tan loco extremo?
Eusebio.
Como la muerte no temo.
Julia.
¿Qué es lo que intentas así?
Eusebio.
Hoy obligarte deseo, Julia, porque agradecida Des á mi amor nueva vida, Nueva gloria á mi deseo. Yo he sabido cuánto ofende Á tu padre mi cuidado: Que á su noticia ha llegado Nuestro amor, y que pretende Que tú recibas mañana El estado que desea, Para que mi dicha sea, Como mi esperanza, vana. Si ha sido gusto, si ha sido Amor el que me has mostrado, Si es verdad que me has amado, Si es cierto que me has querido, Vente conmigo; pues ves Que no tiene resistencia De tu padre la obediencia, Deja tu casa; y despues Que habrá mil remedios piensa; Pues ya en mi poder, es justo Que haga de la fuerza gusto, Y obligacion de la ofensa. Villas tengo en que guardarte, Gente con que defenderte, Hacienda para ofrecerte Y un alma para adorarte. Si darme vida deseas, Si es verdadero tu amor, Atrévete, ó el dolor Hará que mi muerte veas.
Julia.
Oye, Eusebio.
Arminda.
Mi señor Viene, señora.
Julia.
¡Ay de mí!
Eusebio.
¿Pudiera hallar contra mí La fortuna más rigor?
Julia.
¿Podrá salir?
Arminda.
No es posible Que se vaya; porque ya Llamando á la puerta está.
Julia.
¡Grave mal!
Eusebio.
¡Pena terrible! ¿Qué haré?
Julia.
Esconderte es forzoso.
Eusebio.
¿Dónde?
Julia.
En aquese aposento.
Arminda.
Presto, que sus pasos siento.
(Escóndese Eusebio.)
ESCENA VII.
CURCIO.—JULIA, ARMINDA; EUSEBIO, escondido.
Curcio.
Hija, si por el dichoso Estado que tú codicias, Y que ya seguro tienes, No das á mis parabienes La vida y alma en albricias, Del deseo que he tenido No agradeces el cuidado. Todo queda efectuado, Y todo tan prevenido, Que sólo falta ponerte La más bizarra y hermosa, Para ser de Cristo esposa: Mira ¡qué dichosa suerte! Hoy aventajas á todas Cuantas se ven envidiar, Pues te verán celebrar Aquestas divinas bodas. ¿Qué dices?
Julia.
(Ap.)¿Qué puedo hacer?
Eusebio.
(Ap.) Yo me doy la muerte aquí, Si ella le dice que sí.
Julia.
(Ap. No sé cómo responder.) Bien, señor, la autoridad De padre, que es preferida, Imperio tiene en la vida; Pero no en la libertad. ¿Pues que supiera ántes yo Tu intento, no fuera bien? ¿Y que tú, señor, tambien Supieras mi gusto?
Curcio.
No, Que sola mi voluntad En lo justo, ó en lo injusto, Has de tener tú por gusto.
Julia.
Sólo tiene libertad Un hijo para escoger Estado; que el hado impío No fuerza el libre albedrío. Déjame pensar y ver Despacio eso; y no te espante Ver que término te pida; Que el estado de una vida No se toma en un instante.
Curcio.
Basta que yo lo he mirado, Y yo por tí he dado el sí.
Julia.
Pues si tú vives por mí, Toma tambien por mí estado.
Curcio.
¡Calla, infame! ¡calla, loca! Que haré de aquese cabello Un lazo para tu cuello, Ó sacaré de tu boca Con mis manos la atrevida Lengua, que de oir me ofendo.
Julia.
La libertad te defiendo, Señor, pero no la vida. Acaba su curso triste, Y acabará tu pesar; Que mal te puedo negar La vida que tú me diste: La libertad que me dió El cielo, es la que te niego.
Curcio.
En este punto á crêr llego Lo que el alma sospechó, Que no fué buena tu madre, Y manchó mi honor alguno; Pues hoy tu error importuno Ofende el honor de un padre, A quien el sol no igualó, En resplandor y belleza, Sangre, honor, lustre y nobleza.
Julia.
Eso no he entendido yo, Por eso no he respondido.
Curcio.
Arminda, salte allá fuera. (Vase.)
ESCENA VIII.
CURCIO, JULIA.
Curcio.
Y ya que mi pena fiera Tantos años he tenido Secreta, de mis enojos La ciega pasion obliga A que la lengua te diga Lo que te han dicho los ojos. La señoría de Sena, Por dar á mi sangre fama, En su nombre me envió A dar la obediencia al papa Urbano Tercio. Tu madre, Que con opinion de santa Fué en Sena comun ejemplo De las matronas romanas, Y áun de las nuestras (no sé Cómo mi lengua la agravia; Mas ¡ay infelice! tanto La satisfaccion engaña), En Sena quedó, y yo estuve En Roma con la embajada Ocho meses; porque entónces Por concierto se trataba Que esta señoría fuese Del pontífice: Dios haga Lo que á su estado convenga, Que aquí importa poco ó nada. Volví á Sena, y hallé en ella... Aquí el aliento me falta, Aquí la lengua enmudece, Y aquí el ánimo desmaya. Hallé (¡ay injusto temor!) A tu madre tan preñada, Que para el infeliz parto Cumplia las nueve faltas. Ya me habia prevenido Por sus mentirosas cartas Esta desdicha, diciendo Que, cuando me fuí, quedaba Con sospecha; y yo la tuve De mi deshonra tan clara, Que discurriendo mi agravio, Imaginé mi desgracia. No digo que verdad sea; Mas quien tiene sangre hidalga, No ha de aguardar á creer, Quel imaginar le basta. ¿Qué importa que un noble sea Desdichado (¡oh ley tirana De honor! ¡oh bárbaro fuero Del mundo!) si la ignorancia Le disculpa? Mienten, mienten Las leyes; porque no alcanza Los misterios al efecto Quien no previene la causa. ¿Qué ley culpa á un inocente? ¿Qué opinion á un libre agravia? Miente otra vez; que no es Deshonra, sino desgracia. ¡Bueno es que en leyes de honor Le comprenda tanta infamia Al Mercurio que le roba, Como al Argos que le guarda! ¿Qué deja el mundo, qué deja, Si así al inocente infama, De deshonra, para aquel Que lo sabe y que lo calla? Yo entre tantos pensamientos, Yo entre confusiones tantas, Ni ví regalo en la mesa, Ni hice descanso en la cama. Tan desabrido conmigo Estuve, que me trataba Como ajeno el corazon, Y como á tirano el alma. Y aunque á veces discurria En su abono, y aunque hallaba Verisímil la disculpa, Pudo en mí tanto la instancia Del temer que me ofendia, Que con saber que fué casta, Tomé de mis pensamientos, No de sus culpas, venganza. Y porque con más secreto Fuese, previne una caza Fingida, porque á un celoso Ficciones sólo le agradan. Al monte fuí, y cuando todos Entretenidos estaban En su alegre regocijo, Con amorosas palabras (¡Qué bien las dice quien miente! ¡Qué bien las cree quien ama!) Llevé á Rosmira, tu madre, Por una senda apartada Del camino, y divertida Llegó á una secreta estancia Deste monte, á cuyo albergue El sol ignoró la entrada, Porque se la defendian Rústicamente enlazadas, Por no decir que amorosas, Árboles, hojas y ramas. Aquí, pues, adonde apénas Huella imprimió mortal planta, Solos los dos...
ESCENA IX.
ARMINDA.—Dichos.
Arminda.
Si el valor, Que el noble pecho acompaña, Señor, y si la experiencia Que te han dado honrosas canas, En la desdicha presente No te niega ó no te falta, Exámen será el valor De tu ánimo.
Curcio.
¿Qué causa Te obliga á que así interrumpas Mi razon?
Arminda.
Señor...
Curcio.
Acaba; Que más la duda me ofende.
Julia.
¿Por qué te suspendes? Habla.
Arminda.
No quisiera ser la voz De mi pena y tu desgracia.
Curcio.
No temas decirla tú, Pues yo no temo escucharla.
Arminda.
A Lisardo, mi señor...
Eusebio.
Esto sólo me faltaba.
Arminda.
Bañado en su sangre traen, En una silla por andas, Cuatro rústicos pastores, Muerto (¡ay Dios!) á puñaladas; Mas ya á tu presencia llega: No le veas.
Curcio.
¡Cielos! ¿Tantas Penas para un desdichado? ¡Ay de mí!
ESCENA X.
GIL, MENGA, TIRSO, BRAS y TORIBIO, que traen á LISARDO muerto en una silla.—Dichos.
Julia.
Pues ¿qué inhumana Fuerza ensangrentó la ira En su pecho? ¿Qué tirana Mano se bañó en mi sangre, Contra su inocencia airada? ¡Ay de mí!
Arminda.
Mira, señora...
Bras.
No llegues á verle.
Curcio.
Aparta.
Tirso.
Detente, señor.
Curcio.
Amigos, No puede sufrirlo el alma. Dejadme ver ese cadáver frio, Depósito infeliz de heladas venas, Ruina del tiempo, estrago del impío Hado, teatro funesto de mis penas. ¿Qué tirano rigor (¡ay hijo mio!) Trágico monumento en las arenas Construyó, porque hiciese en quejas vanas Mortaja triste de mis blancas canas? ¡Ay amigos! decid: ¿quién fué homicida De un hijo, en cuya vida yo animaba?
Menga.
Gil lo dirá, que, al verle dar la herida, Oculto entre unos árboles estaba.
Curcio.
Dí, amigo, dí, ¿quién me quitó esta vida?
Gil.
Yo solo sé que Eusebio se llamaba Cuando con él reñia.
Curcio.
¿Hay más deshonra? Eusebio me ha quitado vida y honra.
(A Julia.)
Disculpa agora tú de sus crueles Deseos la ambicion; dí que concibe Casto amor, pues, á falta de papeles, Lascivos gustos con tu sangre escribe.
Julia.
Señor...
Curcio.
No me respondas como sueles: A tomar hoy estado te apercibe, O apercibe tambien á tu hermosura, Con Lisardo temprana sepultura. Los dos á un tiempo el sentimiento esquivo, En este dia sepultar concierta, El muerto al mundo, en mi memoria vivo, Tú, viva al mundo, en mi memoria muerta. Y en tanto que el entierro os apercibo, Porque no huyas cerraré esta puerta. Queda con él, porque de aquesta suerte, Lecciones al morir te dé su muerte. (Vanse.)
ESCENA XI.
JULIA; LISARDO, muerto; EUSEBIO.
Julia.
Mil veces procuro hablarte, Tirano Eusebio, y mil veces El alma duda, el aliento Falta, y la lengua enmudece. No sé, no sé cómo pueda Hablar; porque á un tiempo vienen Envueltas iras piadosas Entre piedades crueles. Quisiera cerrar los ojos A aquesta sangre inocente, Que está pidiendo venganza, Desperdiciando claveles: Y quisiera hallar disculpa En las lágrimas que viertes; Que al fin heridas y ojos Son bocas que nunca mienten. Y en una mano el amor, Y en otra el rigor presente, A un mismo tiempo quisiera Castigarte y defenderte; Y entre ciegas confusiones De pensamientos tan fuertes, La clemencia me combate, Y el sentimiento me vence. ¿Desta suerte solicitas Obligarme? ¿Desta suerte, Eusebio, en vez de finezas, Con crueldades me pretendes? Cuando de mi boda el dia Resuelta esperaba, ¡quieres Que en vez de apacibles bodas, Tristes obsequias celebre! Cuando por tu gusto era Á mi padre inobediente, ¡Lutos funestos me das En vez de galas alegres! Cuando, arriesgando mi vida, Hice posible el quererte, ¡En vez de tálamo (¡ay cielos!) Un sepulcro me previenes! Y cuando mi mano ofrezco, Despreciando inconvenientes De honor, ¡la tuya bañada En mi sangre me la ofreces! ¿Qué gusto tendré en tus brazos, Si para llegar á verme Dando vida á nuestro amor, Voy tropezando en la muerte? ¿Qué dirá el mundo de mí, Sabiendo que tengo siempre, Si no presente el agravio, Quien le cometió presente? Pues cuando quiera el olvido Sepultarle, sólo el verte Entre mis brazos, será Memoria con que me acuerde. Yo entónces, yo, aunque te adore, Los amorosos placeres Trocaré en iras, pidiendo Venganzas; pues ¿cómo quieres Que viva sujeta un alma A efectos tan diferentes, Que esté esperando el castigo Y deseando que no llegue? Basta, por lo que te quise, Perdonarte, sin que esperes Verme en tu vida, ni hablarme. Esa ventana, que tiene Salida al jardin, podrá Darte paso; por ahí puedes Escaparte; huye el peligro, Porque, si mi padre viene, No te halle aquí. Véte, Eusebio, Y mira que no te acuerdes De mí; que hoy me pierdes tú Porque quisiste perderme. Véte, y vive tan dichoso, Que tengas felicemente Bienes, sin que á los pesares Pagues pension de los bienes. Que yo haré para mi vida Una celda prision breve, Si no sepulcro, pues ya Mi padre enterrarme quiere. Allí lloraré desdichas De un hado tan inclemente, De una fortuna tan fiera, De una inclinacion tan fuerte, De un planeta tan opuesto, De una estrella tan rebelde, De un amor tan desdichado, De una mano tan aleve, Que me ha quitado la vida Y no me ha dado la muerte, Porque entre tantos pesares Siempre viva y muera siempre.
Eusebio.
Si acaso más que tus voces Son ya tus manos crueles Para tomar la venganza, Rendido á tus piés me tienes. Preso me trae mi delito, Tu amor es la cárcel fuerte, Las cadenas son mis yerros, Prisiones que el alma teme, Verdugo es mi pensamiento; Si son tus ojos los jueces, Y ellos me dan la sentencia, Por fuerza será de muerte. Mas dirá entónces la fama En su pregon: «Este muere Porque quiso,» pues que solo Es mi delito quererte. No pienso darte disculpa; No parezca que la tiene Tan grande error; sólo quiero Que me mates y te vengues. Toma esta daga, y con ella Rompe un pecho que te ofende, Saca un alma que te adora, Y tu misma sangre vierte. Y si no quieres matarme, Para que á vengarse llegue Tu padre, diré que estoy En tu aposento.
Julia.
¡Detente! Y por última razon, Que he de hablarte eternamente, Has de hacer lo que te digo.
Eusebio.
Yo lo concedo.
Julia.
Pues véte Adonde guardes tu vida. Hacienda tienes, y gente Que te podrá defender.
Eusebio.
Mejor será que yo quede Sin ella; porque si vivo, Será imposible que deje De adorarte, y no has de estar, Aunque un convento te encierre, Segura.
Julia.
Guárdate tú, Que yo sabré defenderme.
Eusebio.
¿Volveré yo á verte?
Julia.
No.
Eusebio.
¿No hay remedio?
Julia.
No le esperes.
Eusebio.
¿Que al fin me aborreces ya?
Julia.
Haré por aborrecerte.
Eusebio.
¿Olvidarásme?
Julia.
No sé.
Eusebio.
¿Veréte yo?
Julia.
Eternamente.
Eusebio.
Pues ¿aquel pasado amor...?
Julia.
Pues ¿esta sangre presente...?— La puerta abren: véte Eusebio.
Eusebio.
Iré por obedecerte. ¡Que no he de volverte á ver!
Julia.
¡Que no has de volver á verme!
(Suena ruido, vanse cada uno por una parte, y entran el cuerpo algunos criados.)
JORNADA SEGUNDA.
Monte.
ESCENA PRIMERA.
RICARDO, CELIO, EUSEBIO, en traje de bandoleros, con arcabuces.
(Suena un tiro dentro.)
Ricardo.
Pasó el plomo violento Su pecho.
Celio.
Y hace el golpe más sangriento, Que con su sangre la tragedia imprima En tierna flor.
Eusebio.
Ponle una cruz encima, Y perdónele Dios.
Ricardo.
Las devociones Nunca faltan del todo á los ladrones.
(Vanse Ricardo y Celio)
Eusebio.
Y pues mis hados fieros Me traen á capitan de bandoleros, Llegarán mis delitos A ser, como mis penas, infinitos. Como si diera muerte A Lisardo á traicion, de aquesta suerte Mi patria me persigue, Porque su furia y mi despecho obligue A que guarde una vida, Siendo de tantas bárbaro homicida. Mi hacienda me han quitado, Mis villas confiscado, Y á tanto rigor llegan, Que el sustento me niegan. No toque pasajero El término del monte, si primero No rinde hacienda y vida.
ESCENA II.
RICARDO, bandoleros; ALBERTO, preso.—EUSEBIO.
Ricardo.
Llegando á ver la boca de la herida, Escucha, capitan, el más extraño Suceso.
Eusebio.
Ya deseo el desengaño.
Ricardo.
Hallé el plomo deshecho En este libro que tenía en el pecho, Sin haber penetrado, Y al caminante solo desmayado: Vesle aquí sano y bueno.
Eusebio.
De espanto estoy y admiraciones lleno. ¿Quién eres, venerable Caduco, á quien los cielos, admirable Han hecho con prodigio milagroso?
Alberto.
Yo soy, oh capitan, el más dichoso De cuantos hombres hay; que he merecido Ser sacerdote indigno, y he leido En Bolonia sagrada teología Cuarenta y cuatro años con desvelo. Dióme Su Santidad, por este celo, De Trento el obispado Premiando mis estudios; y admirado Yo de ver que tenía Cuenta de tantas almas, Y que apénas la daba de la mia, Los laureles dejé, dejé las palmas, Y huyendo sus engaños, Vengo á buscar seguros desengaños En estas soledades, Donde viven desnudas las verdades. Paso á Roma á que el Papa me conceda Licencia, capitan, para que pueda Fundar un órden santo de eremitas; Mas tu saña atrevida Quita el hilo á mi suerte y á la vida.
Eusebio.
¿Qué libro es este, dí?
Alberto.
Este es el fruto, Que rinde á mis estudios el tributo De tantos años.
Eusebio.
¿Qué es lo que contiene?
Alberto.
Él trata del orígen verdadero De aquel divino y celestial madero En que animoso y fuerte, Muriendo, triunfó Cristo de la muerte. El libro, en fin, se llama «Milagros de la Cruz.»
Eusebio.
¡Qué bien la llama De aquel plomo inclemente, Más que la cera, se mostró obediente! ¡Pluguiera á Dios, mi mano, Ántes que blanco su papel hiciera De aquel golpe tirano, Entre su fuego ardiera! Lleva ropa y dinero Y la vida; sólo este libro quiero. Y vosotros salidle acompañando Hasta dejarle libre.
Alberto.
Iré rogando Al Señor te dé luz para que veas El error en que vives.
Eusebio.
Si deseas Mi bien, pídele á Dios que no permita Muera sin confesion.
Alberto.
Yo te prometo Seré ministro en tan piadoso efeto, Y te doy mi palabra (Tanto en mi pecho tu clemencia labra) Que si me llamas en cualquiera parte, Dejaré mi desierto Por ir á confesarte: Un sacerdote soy; mi nombre Alberto.
Eusebio.
¿Tal palabra me das?
Alberto.
Y la confieso Con la mano.
Eusebio.
Otra vez tus plantas beso.
(Vase Alberto con Ricardo y los bandoleros.)
ESCENA III.
CHILINDRINA.—EUSEBIO.
Chilind.
Hasta venir á hablarte, El monte atravesé de parte á parte.
Eusebio.
¿Qué hay, amigo?
Chilind.
Dos nuevas harto malas.
Eusebio.
Á mi temor el sentimiento igualas. ¿Qué son?
Chilind.
Es la primera (Decirla no quisiera), Que al padre de Lisardo Han dado...
Eusebio.
Acaba, que el efecto aguardo.
Chilind.
Comision de prenderte ó de matarte.
Eusebio.
Esotra nueva temo Mas, porque en un confuso extremo, Al corazon parece que camina Toda el alma, adivina De algun futuro daño. ¿Qué ha sucedido?
Chilind.
Á Julia...
Eusebio.
No me engaño En prevenir tristezas, Si para ver mi mal, por Julia empiezas. ¿Julia no me dijiste? Pues eso basta para verme triste. ¡Mal haya amén la rigurosa estrella Que me obligó á querella! En fin, Julia... prosigue.
Chilind.
En un convento, Seglar está.
Eusebio.
¡Ya falta el sufrimiento! ¡Que el cielo me castigue Con tan grandes venganzas, De perdidos deseos, De muertas esperanzas. Que de los mismos cielos, Por quien me deja, vengo á tener celos! Mas ya tan atrevido, Que viviendo matando. Me sustento robando, No puedo ser peor de lo que he sido. Despéñese el intento, Pues ya se ha despeñado el pensamiento. Llama á Celio y Ricardo. (Ap. ¡Amando muero!)
Chilind.
Voy por ellos. (Vase.)
Eusebio.
Vé, y diles que aquí espero.— Asaltaré el convento que la guarda. Ningun grave castigo me acobarda; Que por verme señor de su hermosura, Tirano amor me fuerza Á acometer la fuerza, Á romper la clausura, Y á violar el sagrado; Que ya del todo estoy desesperado. Pues si no me pusiera Amor en tales puntos, Solamente lo hiciera Por cometer tantos delitos juntos.
ESCENA IV.
GIL, MENGA.—EUSEBIO.
Menga.
¿Mas que encontramos con él, Segun mezquina nací?
Gil.
Menga, yo ¿no voy aquí? No temas ese cruel Capitan de buñuleros, Ni el hallarlo te alborote; Que honda llevo yo y garrote.
Menga.
Temo, Gil, sus hechos fieros; Si no, á Silvia á mirar ponte, Cuando aquí la acometió; Que doncella al monte entró, Y dueña salió del monte, Que no es peligro pequeño.
Gil.
Conmigo fuera cruel, Que tambien entro doncel, Y pudiera salir dueño. (Reparan en Eusebio.)
Menga.
(A Eusebio.) ¡Ah señor! que va perdido, Que anda Eusebio por aquí.
Gil.
No eche, señor, por ahí.
Eusebio.
(Ap.) Estos no me han conocido, Y quiero disimular.
Gil.
¿Quiere que aquese ladron Le mate?
Eusebio.
(Ap.Villanos son.) ¿Con qué podré yo pagar Este aviso?
Gil.
Con huir De ese bellaco.
Menga.
Si os coge, Señor, aunque no le enoje Ni vuestro hacer ni decir, Luego os matará; y creed Que con poner tras la ofensa Una cruz encima, piensa Que os hace mucha merced.
ESCENA V.
RICARDO, CELIO.—Dichos.
Ricardo.
¿Dónde le dejaste?
Celio.
Aquí.
Gil.
(A Eusebio.) Es un ladron, no le esperes.
Ricardo.
Eusebio, ¿qué es lo que quieres?
Gil.
¿Eusebio le llamó?
Menga.
Sí.
Eusebio.
Yo soy Eusebio; ¿que os mueve Contra mí? ¿No hay quien responda?
Menga.
Gil, ¿tienes garrote y honda?
Gil.
Tengo el diablo que te lleve.
Celio.
Por los apacibles llanos Que hace del monte la falda, A quien guarda el mar la espalda, Ví un escuadron de villanos Que armado contra tí viene, Y pienso que se avecina; Que así Curcio determina La venganza que previene. Mira qué piensas hacer: Junta tu gente, y partamos.
Eusebio.
Mejor es que agora huyamos, Que esta noche hay más que hacer. Venid conmigo los dos, De quien justamente fío La opinion y el honor mio.
Ricardo.
Muy bien puedes, que por Dios Que he de morir á tu lado.
Eusebio.
Villanos, vida teneis, Sólo porque le lleveis A mi enemigo un recado. Decid á Curcio que yo Con tanta gente atrevida Solo defiendo la vida, Pero que le busco no. Y que no tiene ocasion De buscarme de esta suerte, Pues no dí á Lisardo muerte Con engaño ó con traicion. Cuerpo á cuerpo le maté, Sin ventaja conocida, Y ántes de acabar la vida, En mis brazos le llevé Adonde se confesó, Digna accion para estimarse; Mas que si quiere vengarse, Que he de defenderme yo.— Y agora porque no vean
(A los bandoleros.)
Aquestos por dónde vamos, Atadlos entre estos ramos: Vendados sus ojos sean, Porque no avisen.
Ricardo.
Aquí Hay cordel.
Celio.
Pues llega presto.
Gil.
De San Sebastian me han puesto.
Menga.
De San Sebastian á mí. Mas ate cuando quisiere, Señor, como no me mate.
Gil.
Oye, señor, no me ate, Y puto sea yo si huyere. Jura tú, Menga, tambien Este mismo juramento.
Celio.
Ya están atados.
Eusebio.
Mi intento Se va ejecutando bien. La noche amenaza oscura Tendiendo su negro velo. Julia, aunque te guarde el cielo, He de gozar tu hermosura. (Vanse.)
ESCENA VI.
GIL, MENGA, atados.
Gil.
¿Quién habrá que ahora nos vea, Menga, aunque caro nos cueste, Que no diga que es aqueste Peralvillo de la aldea?
Menga.
Véte llegando hácia aquí, Gil, que yo no puedo andar.
Gil.
Menga, vénme á desatar, Y te desataré á tí Luégo al punto.
Menga.
Ven primero Tú, que ya estás importuno.
Gil.
¿Es decir, que vendrá alguno? Pondré que falta un arriero Las tres ánades cantando, Un caminante pidiendo, Un estudiante comiendo, Una santera rezando, Hoy en aqueste camino, Lo que á ninguno faltó; Mas la culpa tengo yo.
Una voz.
(Dentro.) Hácia esta parte imagino Que oigo voces; llegad presto.
Gil.
Señor, en buen hora acuda A desatar una duda, En que ha rato que estoy puesto.
Menga.
Si acaso buscais, señor, Por el monte algun cordel, Yo os puedo servir con él.
Gil.
Este es más gordo y mijor.
Menga.
Yo, por ser mujer, espero Remedio en las ánsias mias.
Gil.
No repare en cortesías, Desáteme á mí primero.
ESCENA VII.
CURCIO, OCTAVIO, BRAS, TIRSO, soldados.—GIL, MENGA.
Tirso.
Hácia aquesta parte suena La voz.
Gil.
¡Que te quemas!
Tirso.
Gil, ¿Qué es esto?
Gil.
El diablo es sutil; Desata, Tirso, y mi pena Te diré despues.
Curcio.
¿Qué es esto?
Menga.
Venga en buen hora, señor, A castigar un traidor.
Curcio.
¿Quién desta suerte os ha puesto?
Gil.
¿Quién? Eusebio, que en efeto Dice... Pero ¿qué sé yo Lo que dice? Él nos dejó Aquí en semejante aprieto.
Tirso.
No llores, pues, que no ha estado Hoy muy poco liberal Contigo.
Bras.
No lo ha hecho mal, Pues á Menga te ha dejado.
Gil.
¡Ay Tirso! no lloro yo Porque piadoso no fué.
Tirso.
Pues ¿por qué lloras?
Gil.
¿Por qué? Porque á Menga me dejó. La de Anton llevó, y al cabo De seis, que no parecia, Halló á su mujer un dia; Hicimos un baile bravo De hallazgo, y gastó cien reales.
Bras.
¿Bartolo no se casó Con Catalina, y parió A seis meses no cabales? Y andaba con gran placer Diciendo: ¡Si tú lo vieses! Lo que otra hace en nueve meses, Hace en cinco mi mujer.
Tirso.
Ello no hay honra segura.
Curcio.
¿Que esto llegue á escuchar yo Deste tirano? ¿quién vió Tan notable desventura?
Menga.
Cómo destruirle piensa; Que hasta las mismas mujeres Tomaremos, si tú quieres, Las armas para su ofensa.
Gil.
Que aquí acude es lo más cierto; Y toda esta procesion De cruces que miras, son, Señor, por hombres que ha muerto.
Octavio.
Es aquí lo más secreto De todo el monte.
Curcio.
(Ap.)Y aquí Fué ¡cielos! donde yo ví Aquel milagroso efeto De inocencia y castidad, Cuya beldad atrevido Tantas veces he ofendido Con dudas, siendo verdad Un milagro tan patente.
Octavio.
Señor, ¿qué nueva pasion Causa tu imaginacion?
Curcio.
Rigores que el alma siente Son, Octavio; y mis enojos, Para publicar mi mengua, Como los niego á la lengua, Me van saliendo á los ojos. Haz, Octavio, que me deje Solo esa gente que sigo, Porque aquí de mí y conmigo Hoy á los cielos me queje.
Octavio.
Ea, soldados, despejad.
Bras.
¿Qué decís?
Tirso.
¿Qué pretendeis?
Gil.
Despiojad, ¿no lo entendeis? Que nos vamos á espulgar.
(Vanse todos, ménos Curcio.)
ESCENA VIII.
CURCIO.
¿A quién no habrá sucedido, Tal vez lleno de pesares, Descansar consigo á solas Por no descubrirse á nadie? Yo, á quien tantos pensamientos A un tiempo afligen, que hacen Con lágrimas y suspiros Competencia al mar y al aire, Compañero de mí mismo En las mudas soledades, Con la pension de mis bienes Quiero divertir mis males. Ni las aves, ni las fuentes Sean testigos bastantes: Que al fin las fuentes murmuran, Y tienen lengua las aves. No quiero más compañía Que aquestos rústicos sauces; Pues quien escucha y no aprende, Será fuerza que no hable. Teatro este monte fué Del suceso más notable, Que entre prodigios de celos Cuentan las antigüedades, De una inocente verdad. Pero ¿quién podrá librarse De sospechas, en quien son Mentirosas las verdades? Muerte de amor son los celos, Que no perdonan á nadie, Ni por humilde le dejan, Ni le respetan por grave. Aquí pues, donde yo digo, Rosmira y yo... De acordarme, No es mucho que el alma tiemble, No es mucho que la voz falte; Que no hay flor que no me asombre, No hay hoja que no me espante, No hay piedra que no me admire, Tronco que no me acobarde, Peñasco que no me oprima, Monte que no me amenace; Porque todos son testigos De una hazaña tan infame. Saqué al fin la espada, y ella, Sin temerme y sin turbarse, Porque en riesgos de amor nunca El inocente es cobarde: «Esposo, dijo, detente; No digo que no me mates, Si es tu gusto, porque yo ¿Cómo he de poder negarte La misma vida que es tuya? Solo te pido que ántes Me digas por lo que muero, Y déjame que te abrace.» Yo la dije: «En tus entrañas, Como la víbora, traes A quien te ha de dar la muerte. Indicio ha sido bastante El parto infame que esperas. Mas no le verás, que ántes Dándote muerte, seré Verdugo tuyo y de un ángel.» «Si acaso, me dijo entónces, Si acaso, esposo, llegaste A creer flaquezas mias, Justo será que me mates. Mas á esta Cruz abrazada, A esta que estaba delante, Prosiguió, doy por testigo De que no supe agraviarte Ni ofenderte; que ella sola Será justo que me ampare.» Bien quisiera entónces yo, Arrepentido, arrojarme A sus piés, porque se vía Su inocencia en su semblante. El que una traicion intenta, Ántes mire lo que hace; Porque una vez declarado, Aunque procure enmendarse, Por decir que tuvo causa, Lo ha de llevar adelante. Yo, pues, no porque dudaba Ser la disculpa bastante, Sino porque mi delito Más amparado quedase, El brazo levanté airado, Tirando por várias partes Mil heridas; pero solo Las ejecuté en el aire. Por muerta al pié de la Cruz Quedó, y queriendo escaparme A casa llegué, y halléla Con más belleza que sale El alba, cuando en sus brazos Nos presenta el sol infante. Ella en sus brazos tenía A Julia, divina imágen De hermosura y discrecion: (¿Qué gloria pudo igualarse A la mia?) que su parto Habia sido aquella tarde Al mismo pié de la Cruz; Y por divinas señales, Con que al mundo descubria Dios un milagro tan grande, La niña que habia parido, Dichosa con señas tales, Tenía en el pecho una Cruz Labrada de fuego y sangre. Pero ¡ay! que tanta ventura Templaba el que se quedase Otra criatura en el monte: Que ella, entre penas tan graves, Sintió haber parido dos; Y yo entónces...
ESCENA IX.
OCTAVIO.—CURCIO.
Octavio.
Por el valle Atraviesa un escuadron De bandoleros; y ántes Que cierre la noche triste, Será bien, señor, que bajes A buscarlos, no oscurezca; Porque ellos el monte saben, Y nosotros no.
Curcio.
Pues junta La gente vaya adelante; Que no hay gloria para mí, Hasta llegar á vengarme. (Vanse)
Vista exterior de un convento.
ESCENA X.
EUSEBIO, RICARDO, CELIO, con una escala.
Ricardo.
Llega con silencio, y pon A esa parte las escalas.
Eusebio.
Icaro seré sin alas, Sin fuego seré Faeton: Escalar al sol intento, Y si me quiere ayudar La luz, tengo de pasar Mas allá del firmamento. Amor ser tirano enseña. En subiendo yo, quitad Esa escala, y esperad Hasta que os haga una seña. Quien subiendo se despeña, Suba hoy y baje ofendido, En cenizas convertido; Que la pena del bajar, No será parte á quitar La gloria de haber subido.
Ricardo.
¿Qué esperas?
Celio.
Pues ¿qué rigor Tu altivo orgullo embaraza?
Eusebio.
¿No veis cómo me amenaza Un vivo fuego?
Ricardo.
Señor. Fantasmas son del temor.
Eusebio.
¿Yo temor?
Celio.
Sube.
Eusebio.
Ya llego. Aunque á tantos rayos ciego, Por las llamas he de entrar; Que no lo podrá estorbar De todo el infierno el fuego. (Sube y entra.)
Celio.
Ya entró.
Ricardo.
Alguna fantasía De su mismo horror fundada, En la idea acreditada, O alguna ilusion sería.
Celio.
Quita la escala.
Ricardo.
Hasta el dia Aquí le hemos de esperar.
Celio.
Atrevimiento fué entrar, Aunque yo de mejor gana Me fuera con mi villana; Mas despues habrá lugar. (Vanse.)
Celda de Julia
ESCENA XI.
EUSEBIO; JULIA, en el lecho.
Eusebio.
Por todo el convento he andado, Sin ser de nadie sentido, Y por cuanto he discurrido, De mi destino guiado, A mil celdas he llegado De religiosas, que abiertas Tienen las estrechas puertas, Y en ninguna á Julia ví. ¿Dónde me llevais así, Esperanzas siempre inciertas? ¡Qué horror! ¡qué silencio mudo! ¡Qué oscuridad tan funesta! Luz hay aquí; celda es esta, Y en ella Julia. ¡Qué dudo!
(Corre una cortina, y ve á Julia durmiendo.)
¿Tan poco el valor ayudo, Que ahora en hablarla tardo? ¿Qué es lo que espero? ¿qué aguardo? Más con impulso dudoso, Si me animo temeroso, Animoso me acobardo. Más belleza la humildad Deste traje la asegura; Que en la mujer la hermosura Es la misma honestidad. Su peregrina beldad, De mi torpe amor objeto, Hace en mí mayor efeto; Que á un tiempo á mi amor incito, Con la hermosura apetito, Con la honestidad respeto. ¡Julia! ¡ah Julia!
Julia.
¿Quién me nombra? Mas ¡cielos! ¿qué es lo que veo? ¿Eres sombra del deseo, O del pensamiento sombra?
Eusebio.
¿Tanto el mirarme te asombra?
Julia.
¿Pues quién habrá que no intente Huir de tí?
Eusebio.
Julia, detente.
Julia.
¿Qué quieres, forma fingida, De la idea repetida, Solo á la vista aparente? ¿Eres, para pena mia, Voz de la imaginacion? ¿Retrato de la ilusion? ¿Cuerpo de la fantasía? ¿Fantasma en la noche fria?
Eusebio.
Julia, escucha. Eusebio soy, Que vivo á tus piés estoy; Que si el pensamiento fuera, Siempre contigo estuviera.
Julia.
Desengañándome voy Con oirte, y considero Que mi recato ofendido Más te quisiera fingido, Eusebio, que verdadero. Donde yo llorando muero, Donde yo vivo penando, ¿Qué quieres? ¡estoy temblando! ¿Qué buscas? ¡estoy muriendo! ¿Qué emprendes? ¡estoy temiendo! ¿Qué intentas? ¡estoy dudando! ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Eusebio.
Todo es extremos amor, Y mi pena y tu rigor Hoy han de triunfar de mí. Hasta verte aquí, sufrí Con esperanza segura; Pero viendo tu hermosura Perdida, he atropellado El respeto del sagrado, Y la ley de la clausura. De lo cierto ó de lo injusto Los dos la culpa tenemos, Y en mí vienen dos extremos, Que son la fuerza y el gusto. No puede darle disgusto Al cielo mi pretension; Ántes de esta ejecucion, Casada eres en secreto, Y no cabe en un sujeto Matrimonio y religion.
Julia.
No niego el lazo amoroso, Que hizo con felicidades Unir á dos voluntades, Que fué su efecto forzoso; Que te llamé amado esposo, Y que todo eso fué así, Confieso; pero ya aquí, Con voto de religiosa, A Cristo de ser su esposa Mano y palabra le dí. Ya soy suya, ¿qué me quieres? Véte, porque el mundo asombres. Donde mates á los hombres, Donde fuerces las mujeres. Véte, Eusebio; ya no esperes Fruto de tu loco amor; Para que te cause horror, Que estoy en sagrado piensa.
Eusebio.
Cuanto es mayor tu defensa, Es mi apetito mayor. Ya las paredes salté Del convento, ya te ví; No es amor quien vive en mí, Causa más oculta fué. Cumple mi gusto, ó diré Que tú misma me has llamado, Que me has tenido encerrado En tu celda muchos dias: Y pues las desdichas mias Me tienen desesperado, Daré voces; sepan...
Julia.
Tente, Eusebio, mira... (¡ay de mí!) Pasos siento por aquí, Al coro atraviesa gente. ¡Cielos, no sé lo que intente! Cierra esa celda, y en ella Estarás, pues atropella Un temor á otro temor.
Eusebio.
¡Qué poderoso es mi amor!
Julia.
¡Qué rigorosa es mi estrella! (Vanse.)
Vista exterior del convento.
ESCENA XII.
RICARDO, CELIO.
Ricardo.
Ya son las tres, mucho tarda.
Celio.
El que goza su ventura, Ricardo, en la noche oscura, Nunca el claro sol aguarda. Yo apuesto que le parece Que nunca el sol madrugó Tanto, y que hoy apresuró Su curso.
Ricardo.
Siempre amanece Más temprano á quien desea; Pero al que goza, más tarde.
Celio.
No creas que al sol aguarde Que en el oriente se vea.
Ricardo.
Dos horas son ya.
Celio.
No creo Que Eusebio lo diga.
Ricardo.
Es justo; Porque al fin son de su gusto Las horas de tu deseo.
Celio.
¿No sabes lo que he llegado Hoy, Ricardo, á sospechar? Que Julia le envió á llamar.
Ricardo.
Pues si no fuera llamado, ¿Quién á escalar se atreviera Un convento?
Celio.
¿No has sentido, Ricardo, á esta parte ruido?
Ricardo.
Sí.
Celio.
Pues llega la escalera.
ESCENA XIII.
JULIA, EUSEBIO, á una ventana.—RICARDO, CELIO.
Eusebio.
Déjame, mujer.
Julia.
Pues cuando Vencida de tus deseos, Movida de tus suspiros, Obligada de tus ruegos, De tu llanto agradecida, Dos veces á Dios ofendo, Como á Dios, y como á esposo, ¡Mis brazos dejas, haciendo Sin esperanzas desdenes, Y sin posesion desprecios! ¿Dónde vas?
Eusebio.
Mujer, ¿qué intentas? Déjame, que voy huyendo De tus brazos, porque he visto No sé qué deidad en ellos. Llamas arrojan tus ojos, Tus suspiros son de fuego, Un volcan cada razon, Un rayo cada cabello, Cada palabra es mi muerte, Cada regalo un infierno: Tantos temores me causa La Cruz que he visto en tu pecho. Señal prodigiosa ha sido, Y no permitan los cielos Que, aunque tanto los ofenda, Pierda á la Cruz el respeto. Pues si la hago testigo De las culpas que cometo, ¿Con qué vergüenza despues Llamarla en mi ayuda puedo? Quédate en tu religion, Julia: yo no te desprecio, Que más agora te adoro.
Julia.
Escucha, detente, Eusebio.
Eusebio.
Esta es la escala.
Julia.
Detente, Ó llévame allá.
Eusebio.
No puedo, (Baja.) Pues que, sin gozar la gloria Que tanto esperé, te dejo. ¡Válgame el Cielo! caí. (Cae.)
Ricardo.
¿Qué ha sido?
Eusebio.
¿No veis el viento Poblado de ardientes rayos? ¿No mirais sangriento el cielo Que todo sobre mí viene? ¿Dónde estar seguro puedo, Si airado el cielo se muestra? Divina Cruz, yo os prometo, Y os hago solemne voto Con cuantas cláusulas puedo, De en cualquier parte que os vea, Las rodillas por el suelo, Rezar un Ave María.
(Levántase, y vanse los tres, dejando la escala puesta.)
ESCENA XIV.
JULIA. (En la ventana.)
Turbada y confusa quedo. ¿Aquestas fueron, ingrato, Las firmezas? ¿Estos fueron Los extremos de tu amor? ¿Ó son de mi amor extremos? Hasta vencerme á tu gusto, Con amenazas, con ruegos, Aquí amante, allí tirano, Porfiaste; pero luego Que de tu gusto y mi pena Pudiste llamarte dueño, Ántes de vencer, huiste. ¿Quien, sino tú, venció huyendo? ¡Muerta soy, cielos piadosos! ¿Por qué introdujo venenos Naturaleza, si habia, Para dar muerte, desprecios? Ellos me quitan la vida; Pues que con nuevo tormento Lo que me desprecia busco. ¿Quién vió tan dudoso efecto De amor? Cuando me rogaba Con mil lágrimas Eusebio, Le dejaba; pero agora, Porque él me deja, le ruego. Tales somos las mujeres, Que contra nuestros deseos, Aun no queremos dar gusto Con lo mismo que queremos. Ninguno nos quiera bien, Si pretende alcanzar premio; Que queridas despreciamos Y aborrecidas queremos. No siento que no me quiera, Sólo que me deje siento. Por aquí cayó, tras él Me arrojaré. ¿Mas qué es esto? ¿Esta no es escala? Sí. ¡Qué terrible pensamiento! Detente, imaginacion, No me despeñes; que creo Que si llego á consentir, Á hacer el delito llego. ¿No saltó Eusebio por mí Las paredes del convento? ¿No me holgué de verle yo En tantos peligros puesto Por mi causa? ¿Pues qué dudo? ¿Qué me acobardo? ¿qué temo? Lo mismo haré yo en salir Que él en entrar: si es lo mesmo, Tambien se holgará de verme Por su causa en tales riesgos. Ya por haber consentido La misma culpa merezco; Pues si es tan grande el pecado, ¿Por qué el gusto ha de ser ménos? Si consentí, y me dejó Dios de su mano, ¿no puedo De una culpa, que es tan grande, Tener perdon? ¿Pues qué espero?
(Baja por la escala.)
Al mundo, al honor, á Dios Hallo perdido el respeto, Cuando á ceguedad tan grande Vendados los ojos vuelvo. Demonio soy, que he caido Despeñado deste cielo, Pues sin tener esperanza De subir, no me arrepiento. Ya estoy fuera de sagrado, Y de la noche el silencio Con su oscuridad me tiene Cubierta de horror y miedo. Tan deslumbrada camino, Que en las tinieblas tropiezo, Y áun no caigo en mi pecado. ¿Dónde voy? ¿qué hago? ¿qué intento? Con la muda confusion De tantos horrores, temo Que se me altera la sangre, Que se me eriza el cabello. Turbada la fantasía, En el aire forma cuerpos, Y sentencias contra mí Pronuncia la voz del eco. El delito, que ántes era Quien me animaba soberbio, Es quien me acobarda agora. Apénas las plantas puedo Mover, que el mismo temor Grillos á mis piés ha puesto. Sobre mis hombros parece Que carga un prolijo peso Que me oprime, y toda yo Estoy cubierta de hielo. No quiero pasar de aquí, Quiero volverme al convento, Donde de aqueste pecado Alcance perdon; pues creo De la clemencia divina, Que no hay luces en el cielo, Que no hay en el mar arenas, No hay átomos en el viento, Que, sumados todos juntos, No sean número pequeño De los pecados, que sabe Dios perdonar. Pasos siento. Á esta parte me retiro En tanto que pasan, luégo Subiré sin que me vean. (Retírase.)
ESCENA XV.
RICARDO, CELIO.—JULIA, retirada donde no los ve.
Ricardo.
Con el espanto de Eusebio Aquí se quedó la escala, Y agora por ella vuelvo, No aclare el dia, y la vean Á esta pared.
(Quitan la escala, y vanse; Julia llega donde estaba la escala.)
Julia.
Ya se fueron: Agora podré subir Sin que me sientan. ¿Qué es esto? ¿No es aquesta la pared De la escala? Pero creo Que hácia estotra parte está. Ni aquí tampoco está. ¡Cielos! ¿Cómo he de subir sin ella? Mas ya mi desdicha entiendo; Desta suerte me negais La entrada vuestra; pues creo Que, cuando quiero subir Arrepentida, no puedo. Pues si ya me habeis negado Vuestra clemencia, mis hechos De mujer desesperada Darán asombros al cielo, Darán espantos al mundo, Admiracion á los tiempos, Horror al mismo pecado, Y terror al mismo infierno.
JORNADA TERCERA.
Monte.
ESCENA PRIMERA.
GIL, con muchas cruces, y una muy grande al pecho.
Gil.
Por leña á este monte voy, Que Menga me lo ha mandado, Y para ir seguro, he hallado Una brava invencion hoy. De la Cruz dicen que es Devoto Eusebio; y así He salido armado aquí De la cabeza á los piés. Dicho y hecho: ¡él es pardiez! No encuentro, lleno de miedo. Donde estar seguro puedo; Sin alma quedo. Esta vez No me ha visto; yo quisiera Esconderme hácia este lado, Miéntras pasa; yo he tomado Por guarda una cambronera Para esconderme. ¡No es nada! Tanta púa es la más chica: ¡Pléguete Cristo! más pica Que perder una trocada, Más que sentir un desprecio De una dama Fierabras, Que á todos admite, y más Que tener celos de un necio.
ESCENA II.
EUSEBIO.—GIL, escondido.
Eusebio.
No sé adónde podré ir: Larga vida un triste tiene, Que nunca la muerte viene Á quien le cansa el vivir. Julia, yo me ví en tus brazos Cuando tan dichoso era, Que de tus brazos pudiera Hacer amor nuevos lazos. Sin gozar al fin dejé La gloria que no tenía; Mas no fué la causa mia, Causa más secreta fué; Pues teniendo mi albedrío, Superior efecto ha hecho Que yo respete en tu pecho La Cruz que tengo en el mio. Y pues con ella los dos, ¡Ay Julia! habemos nacido, Secreto misterio ha sido Que lo entiende sólo Dios.
Gil.
(Ap.) Mucho pica, ya no puedo Más sufrillo.
Eusebio.
Entre estos ramos Hay gente. ¿Quién va?
Gil.
(Ap.)Aquí echamos Á perder todo el enredo.
Eusebio.
(Ap.) Un hombre á un árbol atado, Y una Cruz al cuello tiene: Cumplir mi voto conviene En el suelo arrodillado.
Gil.
¿Á quién, Eusebio, enderezas La oracion, o de qué tratas? Si me adoras, ¿qué me atas? Si me atas, ¿qué me rezas?
Eusebio.
¿Quién es?
Gil.
¿Á Gil no conoces? Desde que con el recado, Aquí me dejaste atado, No han aprovechado voces Para que álguien (¡qué rigor!) Me llegase á desatar.
Eusebio.
Pues no es aqueste el lugar Donde te dejé.
Gil.
Señor, Es verdad; mas yo que ví Que nadie llegaba, he andado, De árbol en árbol atado, Hasta haber llegado aquí. Aquesta la causa fué De suceso tan extraño.
Eusebio.
(Ap. Este es simple, y de mi daño Cualquier suceso sabré.) Gil, yo te tengo aficion Desde que otra vez hablamos, Y así quiero que seamos Amigos.
Gil.
Tiene razon; Y quisiera, pues nos vemos Tan amigos, no ir allá, Sino andarme por acá, Pues aquí todos seremos Buñoleros, que diz que es Holgada vida, y no andar Todo el año á trabajar.
Eusebio.
Quédate conmigo, pues.
ESCENA III.
RICARDO, BANDOLEROS; JULIA, vestida de hombre, y cubierto el rostro.—EUSEBIO, GIL.
Ricardo.
En lo bajo del camino Que esta montaña atraviesa, Ahora hicimos una presa, Que segun es, imagino Que te dé gusto.
Eusebio.
Está bien, Luégo della trataremos. Sabe agora que tenemos Un nuevo soldado.
Ricardo.
¿Quién?
Gil.
Gil: ¿no me ve?
Eusebio.
Este villano, Aunque le veis inocente, Conoce notablemente Desta tierra monte y llano, Y en él será nuestra guía: Fuera desto, al campo irá Del enemigo, y será En él mi perdida espía. Arcabuz le podeis dar Y un vestido.
Celio.
Ya está aquí.
Gil.
(Ap.) Tengan lástima de mí, Que me quedo á embandolear.
Eusebio.
¿Quién es ese gentil hombre Que el rostro encubre?
Ricardo.
No ha sido Posible que haya querido Decir la patria ni el nombre; Porque al capitan no más Dice que lo ha de decir.
Eusebio.
Bien te puedes descubrir, Pues ya en mi presencia estás.
Julia.
¿Sois el capitan?
Eusebio.
Sí.
Julia.
(Ap.)¡Ay Dios!
Eusebio.
Díme quién eres, y á qué Viniste.
Julia.
Yo lo diré, Estando solos los dos.
Eusebio.
Retiraos todos un poco. (Vanse.)
ESCENA IV.
JULIA, EUSEBIO.
Eusebio.
Ya estás á solas conmigo; Sólo árboles y flores Pueden ser mudos testigos De tus voces; quita el velo Con que cubierto has traido El rostro, y díme: ¿quién eres? ¿Dónde vas? ¿qué has pretendido? Habla.
Julia.
Porque de una vez (Saca la espada.) Sepas á lo que he venido, Y quién soy, saca la espada: Pues desta manera digo, Que soy quien viene á matarte.
Eusebio.
Con la defensa resisto Tu osadía y mi temor; Porque mayor habia sido De la accion, que de la voz.
Julia.
Riñe, cobarde, conmigo, Y verás que con tu muerte Vida y confusion te quito.
Eusebio.
Yo por defenderme, más Que por ofenderte, riño, Que ya tu vida me importa; Pues si en este desafío Te mato, no sé por qué; Y si me matas, lo mismo. Descúbrete agora pues, Si te agrada.
Julia.
Bien has dicho, Porque en venganzas de honor, Sino es que conste el castigo Al que fué ofensor, no queda Satisfecho el ofendido. (Descúbrese.) ¿Conócesme? ¿qué te espantas? ¿Qué me miras?
Eusebio.
Que rendido A la verdad y á la duda En confusos desvaríos, Me espanto de lo que veo, Me asombro de lo que miro.
Julia.
Ya me has visto.
Eusebio.
Sí, y de verte Mi confusion ha crecido Tanto, que si ántes de agora Alterados mis sentidos Desearon verte, ya Desengañados, lo mismo Que dieran ántes por verte, Dieran por no haberte visto. ¿Tú, Julia, en aqueste monte? ¿Tú con profano vestido, Dos veces violento en tí? ¿Cómo sola aquí has venido? ¿Qué es esto?
Julia.
Desprecios tuyos Son, y desengaños mios. Y porque veas que es flecha Disparada, ardiente tiro, Veloz rayo, una mujer Que corre tras su apetito, No sólo me han dado gusto Los pecados cometidos Hasta agora, mas tambien Me le dan, si los repito. Salí del convento, fuí Al monte, y porque me dijo Un pastor, que mal guiada Iba por aquel camino, Neciamente temerosa, Por evitar mi peligro, Le aseguré y le dí muerte, Siendo instrumento un cuchillo Que él en su cinta traia. Con este, que fué ministro De la muerte, á un caminante Que cortésmente previno En las ancas de un caballo, A tanto cansancio alivio, A la vista de una aldea, Porque entrar en ella quiso, Le pagué en un despoblado Con la muerte el beneficio. Tres dias fueron y noches Los que aquel desierto me hizo Mesa de silvestres plantas, Lecho de peñascos frios. Llegué á una pobre cabaña, A cuyo techo pajizo, Juzgué pabellon dorado En la paz de mis mentidos. Liberal huéspeda fué Una serrana conmigo, Compitiendo en los deseos Con el pastor su marido. Á la hambre y al cansancio Dejé en su albergue rendidos Con buena mesa, aunque pobre, Manjar, aunque humilde, limpio. Pero al despedirme dellos, Habiendo ántes prevenido Que al buscarme no pudiesen Decir: «nosotros la vimos,» Al cortés pastor, que al monte Salió á enseñarme el camino, Maté, y entré donde luego Hago en su mujer lo mismo. Mas considerando entónces Que en el propio traje mio Mi pesquisidor llevaba, Mudármele determino. Al fin, pues, por varios casos, Con las armas y el vestido De un cazador, cuyo sueño, No imágen, trasunto vivo Fué de la muerte, llegué Aquí, venciendo peligros, Despreciando inconvenientes, Y atropellando designios.
Eusebio.
Con tanto asombro te escucho, Con tanto temor te miro, Que eres al oido encanto, Si á la vista basilisco. Julia, yo no te desprecio; Pero temo los peligros Con que el cielo me amenaza, Y por eso me retiro. Vuélvete tú á tu convento; Que yo temeroso vivo De esa Cruz tanto, que huyo De tí.—Mas ¿qué es este ruido?
ESCENA V.
RICARDO, bandoleros.—Dichos.
Ricardo.
Preven, señor, la defensa; Que apartados del camino, Al monte Curcio y su gente En busca tuya han salido. De todas esas aldeas Tanto el número ha crecido, Que han venido contra tí Viejos, mujeres y niños, Diciendo que han de vengar En tu sangre, la de un hijo Muerto á tus manos, y juran De llevarte por castigo, O por venganzas de tantos, Preso á Sena, muerto ó vivo.
Eusebio.
Julia, despues hablaremos. Cubre el rostro, y ven conmigo; Que no es bien que en poder quedes De tu padre y mi enemigo.— Soldados, este es el dia De mostrar aliento y brío. Porque ninguno desmaye, Considere que atrevidos Vienen á darnos la muerte, O prendernos, que es lo mismo: Y si no, en pública cárcel, De desdichas perseguidos, Y sin honra nos veremos: Pues si esto hemos conocido, ¿Por la vida y por la honra, Quién temió el mayor peligro? No piensen que los tememos, Salgamos á recibirlos; Que siempre está la fortuna De parte del atrevido.
Ricardo.
No hay que salir; que ya llegan A nosotros.
Eusebio.
Preveníos, Y ninguno sea cobarde; Que, vive el cielo, si miro Huir alguno ó retirarse, Que he de ensangrentar los filos De aqueste acero en su pecho, Primero que en mi enemigo.
ESCENA VI.
Curcio y gente, dentro.—Dichos.
Curcio.
(Dentro.) En lo encubierto del monte Al traidor Eusebio he visto, Y para inútil defensa Hace murallas sus riscos.
Voces.
(Dentro.) Ya entre las espesas ramas Desde aquí los descubrimos.
Julia.
¡A ellos! (Vase.)
Eusebio.
Esperad, villanos; Que, vive Dios, que teñidos Con vuestra sangre los campos, Han de ser undosos rios.
Ricardo.
De los cobardes villanos Es el número excesivo.
Curcio.
(Dentro.) ¿Adónde, Eusebio, te escondes?
Eusebio.
No escondo, que ya te sigo.
(Vanse todos, y disparan arcabuces dentro.)
Otro lado del monte, en cuyo fondo habrá una Cruz.
ESCENA VII.
JULIA.
Del monte que yo he buscado, Apénas las yerbas piso, Cuando horribles voces oigo, Marciales campañas miro. De la pólvora los ecos, Y del acero los filos, Unos ofenden la vista, Y otros turban el oido. Mas ¿qué es aquello que veo? Desbaratado y vencido Todo el escuadron de Eusebio Le deja ya el enemigo. Quiero volver á juntar Toda la gente que ha habido De Eusebio, y volver á darle Favor; que si los animo, Seré en su defensa asombro Del mundo, seré cuchillo De la parca, estrago fiero De sus vidas, vengativo Espanto de los futuros, Y admiracion destos siglos. (Vase.)
ESCENA VIII.
GIL, de bandolero; despues MENGA, BRAS, TIRSO y villanos.
Gil.
Por estar seguro, apénas Fuí bandolero novicio, Cuando, por ser bandolero, Me veo en tanto peligro. Cuando yo era labrador, Eran ellos los vencidos; Y hoy, por que soy de la carda, Va sucediendo lo mismo. Sin ser avariento traigo La desventura conmigo; Pues tan desgraciado soy, Que mil veces imagino Que, á ser yo judío, fueran Desgraciados los judíos.
(Salen Menga, Bras, Tirso y otros villanos.)
Menga.
¡A ellos, que van huyendo!
Bras.
No ha de quedar uno vivo Tan solamente.
Menga.
Hácia aquí Uno dellos se ha escondido.
Bras.
Muera este ladron.
Gil.
Mirad Que yo soy.
Menga.
Ya nos ha dicho El traje que es bandolero.
Gil.
El traje les ha mentido, Como muy grande bellaco.
Menga.
Dale tú.
Bras.
Pégale, digo.
Gil.
Bien dado estoy y pegado. Advertid...
Tirso.
No hay que advertirnos. Bandolero sois.
Gil.
Mirad Que soy Gil, votado á Cristo.
Menga.
¿Pues no hablaras ántes, Gil?
Tirso.
Pues, Gil, ¿no lo hubieras dicho?
Gil.
¿Que más ántes, si el yo soy Os dije desde el principio?
Menga.
¿Qué haces aquí?
Gil.
¿No lo veis? Ofendo á Dios en el quinto: Mato solo más, que juntos Un médico y un estío.
Menga.
¿Qué traje es este?
Gil.
Es el diablo. Maté á uno, y su vestido Me puse.
Menga.
¿Pues cómo, dí, No está de sangre teñido, Si le mataste?
Gil.
Eso es fácil; Murió de miedo, esta ha sido La causa.
Menga.
Ven con nosotros, Que victoriosos seguimos Los bandoleros, que agora Cobardes nos han huido.
Gil.
No más vestido, aunque vaya Titiritando de frio. (Vanse.)
ESCENA IX.
EUSEBIO, CURCIO, peleando.
Curcio.
Ya estamos solos los dos. Gracias al cielo que quiso Dar la venganza á mi mano Hoy, sin haber remitido Á las ajenas mi agravio, Ni tu muerte á ajenos filos.
Eusebio.
No ha sido en esta ocasion Airado el cielo conmigo, Curcio, en haberte encontrado; Porque si tu pecho vino Ofendido, volverá Castigado y ofendido. Aunque no sé qué respeto Has puesto en mí, que he temido Más tu enojo que tu acero: Y aunque pudieran tus bríos Darme temor, sólo temo Cuando aquesas canas miro, Que me hacen cobarde.
Curcio.
Eusebio, Yo confieso que has podido Templar en mí de la ira, Con que agraviado te miro, Gran parte; pero no quiero Que pienses inadvertido Que te dan temor mis canas, Cuando puede el valor mio. Vuelve á reñir, que una estrella Ó algun favorable signo, No es bastante á que yo pierda La venganza que consigo. Vuelve á reñir.
Eusebio.
¿Yo temor? Neciamente has presumido Que es temor lo que es respeto; Aunque, si verdad te digo, La victoria que deseo Es, á tus plantas rendido, Pedirte perdon; y á ellas Pongo la espada que ha sido Temor de tantos.
Curcio.
Eusebio, No has de pensar que me animo A matarte con ventaja. Esta es mi espada. (Ap. Así quito La ocasion de darle muerte.) Ven á los brazos conmigo.
(Abrázanse los dos, y luchan.)
Eusebio.
No sé qué efecto has hecho En mí, que el corazon dentro del pecho, A pesar de venganzas y de enojos, En lágrimas se asoma por los ojos, Y en confusion tan fuerte, Quisiera, por vengarte, darme muerte. Véngate en mí; rendida A tus plantas, señor, está mi vida.
Curcio.
El acero de un noble, aunque ofendido, No se mancha en la sangre de un rendido; Que quita grande parte de la gloria El que con sangre borra la victoria.
Voces.
(Dentro.) Hácia aquí están.
Curcio.
Mi gente victoriosa Viene á buscarme, cuando temerosa La tuya vuelve huyendo. Darte vida pretendo; Escóndete, que en vano Defenderé el enojo vengativo De un escuadron villano, Y solo tú, imposible es quedar vivo.
Eusebio.
Yo, Curcio, nunca huyo De otro poder, aunque he temido el tuyo; Que si mi mano aquesta espada cobra, Verás, cuanto valor en tí me falta, Que en tu gente me sobra.
ESCENA X.
OCTAVIO, GIL, BRAS y los demas villanos.—Dichos.
Octavio.
Desde el más hondo valle á la más alta Cumbre de aqueste monte, no ha quedado Alguno vivo; solo se ha escapado Eusebio, porque huyendo aquesta tarde...
Eusebio.
Mientes, que Eusebio nunca fué cobarde.
Todos.
¿Aquí está Eusebio? ¡Muera!
Eusebio.
¡Llegad, villanos!
Curcio.
¡Tente, Octavio, espera!
Octavio.
¿Pues tú, señor, que habias De animarnos, agora desconfías?
Bras.
¿Un hombre amparas que en tu sangre y honra Introdujo el acero y la deshonra?
Gil.
¿A un hombre, que atrevido Toda aquesta montaña ha destruido? A quien en el aldea no ha dejado Melon, doncella que él no haya catado, Y á quien tantos ha muerto, ¿Cómo así le defiendes?
Octavio.
¿Qué es, señor, lo que dices? ¿Qué pretendes?
Curcio.
Esperad, escuchad (¡triste suceso!): ¿Cuánto es mejor que á Sena vaya preso? Dáte á prision, Eusebio; que prometo, Y como noble juro, de ampararte, Siendo abogado tuyo, aunque soy parte.
Eusebio.
Como á Curcio no más, yo me rindiera; Mas como á juez, no puedo; Porque aquél es respeto, y éste es miedo.
Octavio.
¡Muera Eusebio!
Curcio.
Advertid...
Octavio.
Pues qué, ¿tú quieres Defenderle? ¿A la patria traidor eres?
Curcio.
¿Yo traidor? Pues me agravian desta suerte, Perdona, Eusebio, porque yo el primero Tengo de ser en darte triste muerte.
Eusebio.
Quítate de delante, Señor, porque tu vista no me espante; Que viéndote, no dudo Que te tenga tu gente por escudo.
(Vanse todos peleando con él.)
Curcio.
Apretándole van. ¡Oh quién pudiera Darte agora la vida, Eusebio, aunque la suya misma diera! En el monte se ha entrado, Por mil partes herido: Retirándose baja despeñado Al valle. Voy volando, Que aquella sangre fria, Que con tímida voz me está llamando, Algo tiene de mia; Que sangre, que no fuera Propia, ni me llamara, ni la oyera. (Vase.)
ESCENA XI.
EUSEBIO, que baja despeñado.
Cuando, de la vida incierto, Me despeña la más alta Cumbre, veo que me falta Tierra donde caiga muerto: Pero si mi culpa advierto, Al alma reconocida, No el ver la vida perdida La atormenta, sino el ver Cómo ha de satisfacer Tantas culpas una vida. Ya me vuelve á perseguir Este escuadron vengativo; Pues no puedo quedar vivo, He de matar ó morir: Aunque mejor será ir Donde al cielo perdon pida; Pero mis pasos impida La Cruz, porque desta suerte Ellos me den breve muerte, Y ella me dé eterna vida. Arbol, donde el cielo quiso Dar el fruto verdadero Contra el bocado primero, Flor del nuevo paraíso, Arco de luz, cuyo aviso En piélago más profundo La paz publicó del mundo, Planta hermosa, fértil vid, Arpa del nuevo David, Tabla del Moisés segundo: Pecador soy, tus favores Pido por justicia yo; Pues Dios en tí padeció Sólo por los pecadores. A mí me debes tus lôres; Que por mí sólo muriera Dios, si más mundo no hubiera: Luego eres tú Cruz por mí, Que Dios no muriera en tí Si yo pecador no fuera. Mi natural devocion Siempre os pidió con fe tanta, No permitieseis, Cruz santa, Muriese sin confesion. No seré el primer ladron Que en vos se confiese á Dios. Y pues que ya somos dos, Y yo no lo he de negar, Tampoco me ha de faltar Redencion que se obró en vos. Lisardo, cuando en mis brazos Pude ofendido matarte, Lugar dí de confesarte, Ántes que en tan breves plazos Se desatasen los lazos Mortales. Y agora advierto En aquel viejo, aunque muerto: Piedad de los dos aguardo. ¡Mira que muero, Lisardo; Mira que te llamo, Alberto!
ESCENA XII.
CURCIO.—EUSEBIO.
Curcio.
Hácia aquesta parte está.
Eusebio.
Si es que venís á matarme, Muy poco hareis en quitarme Vida que no tengo ya.
Curcio.
¡Qué bronce no ablandará Tanta sangre derramada! Eusebio, rinde la espada.
Eusebio.
¿A quién?
Curcio.
A Curcio.
Eusebio.
Esta es. (Dásela.) Y yo tambien á tus piés, De aquella ofensa pasada Te pido perdon. No puedo Hablar más, porque una herida Quita el aliento á la vida, Cubriendo de horror y miedo Al alma.
Curcio.
Confuso quedo. ¿Será en ella de provecho Remedio humano?
Eusebio.
Sospecho Que la mejor medicina Para el alma es la divina.
Curcio.
¿Dónde es la herida?
Eusebio.
En el pecho.
Curcio.
Déjame poner en ella La mano, á ver si resiste El aliento. ¡Ay de mí triste!
(Registra la herida, y ve la Cruz.)
¿Qué señal divina y bella Es esta, que al conocella Toda el alma se turbó?
Eusebio.
Son las armas que me dió Esta Cruz, á cuyo pié Nací; porque más no sé De mi nacimiento yo. Mi padre, á quien no señalo, Aun la cuna me negó; Que sin duda imaginó Que habia de ser tan malo. Aquí nací.
Curcio.
Y aquí igualo El dolor con el contento, Con el gusto el sentimiento, Efectos de un hado impío Y agradable. ¡Ay, hijo mio! Pena y gloria en verte siento. Tú eres, Eusebio, mi hijo, Si tantas señas advierto, Que, para llorarte muerto, Ya justamente me aflijo. De tus razones colijo Lo que el alma adivinó. Tu madre aquí te dejó En el lugar que te he hallado; Donde cometí el pecado, El cielo me castigó. Ya aqueste lugar previene Informacion de mi error; ¿Pero cuál seña mayor Que aquesta Cruz, que conviene Con otra que Julia tiene? Que no sin misterio el cielo Os señaló, porque al suelo Fuerais prodigio los dos.
Eusebio.
No puedo hablar, padre, ¡adios! Porque ya de un mortal velo Se cubre el cuerpo, y la muerte Niega, pasando veloz, Para responderte voz, Vida para conocerte, Y alma para obedecerte. Ya llega el golpe más fuerte, Ya llega el trance más cierto. ¡Alberto!
Curcio.
¡Que llore muerto A quien aborrecí vivo!
Eusebio.
¡Ven, Alberto!
Curcio.
¡Oh trance esquivo! ¡Guerra injusta!
Eusebio.
¡Alberto! ¡Alberto! (Muere.)
Curcio.
Ya al golpe más violento Rindió el último aliento: Paguen mis blancas canas Tanto dolor. (Tírase de los cabellos.)
ESCENA XIII.
BRAS, y luego OCTAVIO.—CURCIO; EUSEBIO, muerto.
Bras.
Ya son tus quejas vanas. ¿Cuándo puso inconstante la fortuna En tu valor extremos?
Curcio.
En ninguna Llegó el rigor á tanto. Abrasen mis enojos Este monte con llanto, Puesto que es fuego el llanto de mis ojos. ¡Oh triste estrella! ¡oh rigurosa suerte! ¡Oh atrevido dolor!
(Sale Octavio.)
Octavio.
Hoy, Curcio, advierte La fortuna en los males de tu estado, Cuántos puede sufrir un desdichado. El cielo sabe cuánto hablarte siento.
Curcio.
¿Qué ha sido?
Octavio.
Julia falta del convento.
Curcio.
El mismo pensamiento, dí, ¿pudiera Con el discurso hallar pena tan fiera, Que es mi desdicha airada, Sucedida, áun mayor que imaginada? Este cadáver frio, Este que ves, Octavio, es hijo mio. Mira si basta en confusion tan fuerte Cualquiera pena destas á una muerte. Dadme paciencia, cielos, Ó quitadme la vida, Agora perseguida De tormentos tan fieros.
ESCENA XIV.
GIL, TIRSO, villanos.—Dichos.
Gil.
¡Señor!
Curcio.
¿Hay más dolor?
Gil.
Los bandoleros, Que huyeron castigados, En busca tuya vuelven, animados De un demonio de un hombre, Que encubre dellos mismos rostro y nombre.
Curcio.
Agora que mis penas fueron tales, Que son lisonjas los mayores males. El cuerpo se retire lastimoso De Eusebio, en tanto que un sepulcro honroso A sus cenizas da mi desventura.
Tirso.
¿Pues cómo piensas darle sepultura Hoy en lugar sagrado, Cuando sabes que ha muerto excomulgado?
Bras.
Quien desta suerte ha muerto, Digno sepulcro sea este desierto.
Curcio.
¡Oh villana venganza! ¿Tanto poder en tí la ofensa alcanza, Que pasas desta suerte, Los últimos umbrales de la muerte?
(Vase llorando.)
Bras.
Sea en penas tan graves, Su sepulcro las fieras y las aves.
Otro.
Del monte despeñado Caiga, por más rigor, despedazado.
Tirso.
Mejor es darle agora Rústica sepultura entre estos ramos.
(Colocan entre las ramas el cuerpo de Eusebio.)
Pues ya la noche baja, Envuelta en esa lóbrega mortaja; Aquí en el monte, Gil, con él te queda, Porque sola tu voz avisar pueda, Si algunas gentes vienen De las que huyeron. (Vanse.)
Gil.
¡Linda flema tienen! A Eusebio han enterrado Allí, y á mí aquí solo me han dejado. Señor Eusebio, acuérdese, le digo, Que un tiempo fuí su amigo. ¿Mas qué es esto? ó me engaña mi deseo, O mil personas á esta parte veo.
ESCENA XV.
ALBERTO.—GIL, EUSEBIO, muerto.
Alberto.
Viniendo agora de Roma, Con la muda suspension De la noche, en este monte Perdido otra vez estoy. Aquesta es la parte adonde La vida Eusebio me dió, Y de sus soldados temo Que en grande peligro estoy.
Eusebio.
¡Alberto!
Alberto.
¿Qué aliento es este De una temerosa voz, Que repitiendo mi nombre En mis oidos sonó?
Eusebio.
¡Alberto!
Alberto.
Otra vez pronuncia Mi nombre, y me pareció Que es á esta parte; yo quiero Ir llegando.
Gil.
¡Santo Dios! Eusebio es, y ya es mi miedo De los miedos el mayor.
Eusebio.
¡Alberto!
Alberto.
Más cerca suena. Voz, que discurres veloz El viento, y mi nombre dices, ¿Quién eres?
Eusebio.
Eusebio soy; Llega, Alberto, hácia esta parte, Adonde enterrado estoy; Llega y levanta estos ramos. No temas.
Alberto.
No temo yo.
Gil.
Yo sí. (Alberto le descubre.)
Alberto.
Ya estás descubierto. Díme de parte de Dios, ¿Qué me quieres?
Eusebio.
De su parte, Mi fe, Alberto, te llamó, Para que, ántes de morir, Me oyeses en confesion. Rato há que hubiera muerto; Pero libre se quedó Del espíritu el cadáver; Que de la muerte el feroz Golpe le privó del uso, Pero no le dividió. (Levántase.) Ven adonde mis pecados Confiese, Alberto, que son Más que del mar las arenas Y los átomos del sol. ¡Tanto con el cielo puede De la Cruz la devocion!
Alberto.
Pues yo cuantas penitencias Hice hasta agora, te doy, Para que en tu culpa sirvan De alguna satisfaccion.
(Vanse Eusebio y Alberto.)
Gil.
¡Por Dios, que va por su pié! Y para verlo mejor, El sol descubre sus rayos. A decirlo á todos voy.
ESCENA XVI.
JULIA, algunos BANDOLEROS; despues CURCIO y villanos.—GIL.
Julia.
Agora, que descuidados La victoria los dejó Entre los brazos del sueño, Nos dan bastante ocasion.
Uno.
Si has de salirles al paso, Por esta parte es mejor; Que ellos vienen por aquí.
(Salen Curcio y villanos.)
Curcio.
Sin duda que inmortal soy En los males que me matan, Pues no me mata el dolor.
Gil.
A todas partes hay gente; Sepan todos de mi voz El más admirable caso Que jamás el mundo vió. De donde enterrado estaba Eusebio, se levantó, Llamando á un clérigo á voces. Mas ¿para qué os cuento yo Lo que todos podeis ver? Mirad con la devocion Que está puesto de rodillas.
Curcio.
¡Mi hijo es! ¡Divino Dios! ¿Qué maravillas son estas?
Julia.
¿Quién vió prodigio mayor?
Curcio.
Así como el santo anciano Hizo de la absolucion La forma, segunda vez Muerto á sus plantas cayó.
ESCENA XVII.
ALBERTO.—Dichos.
Alberto.
Entre sus grandezas tantas, Sepa el mundo la mayor Maravilla de las suyas, Porque la ensalce mi voz. Despues de haber muerto Eusebio, El cielo depositó Su espíritu en su cadáver, Hasta que se confesó; Que tanto con Dios alcanza De la Cruz la devocion.
Curcio.
¡Ay, hijo del alma mia! No fué desdichado, no, Quien en su trágica muerte Tantas glorias mereció. Así Julia conociera Sus culpas.
Julia.
¡Válgame Dios! ¿Qué es lo que estoy escuchando? ¿Qué prodigio es este? ¿Yo Soy la que á Eusebio pretende, Y hermana de Eusebio soy? Pues sepa Curcio, mi padre, Sepa el mundo y todos hoy Mis graves culpas: yo misma, Asombrada á tanto horror, Daré voces: sepan todos Cuantos hoy viven, que yo Soy Julia, en número infame De las malas la peor. Mas ya que ha sido comun Mi pecado, desde hoy Lo será mi penitencia; Pidiendo humilde perdon Al mundo del mal ejemplo, De la mala vida á Dios.
Curcio.
¡Oh asombro de las maldades! Con mis propias manos yo Te mataré, porque sea Tu vida y tu muerte atroz.
Julia.
Valedme vos, Cruz divina; Que yo mi palabra os doy, De hacer, volviendo al convento, Penitencia de mi error.
(Al querer herirla Curcio, se abraza de la Cruz que estaba en el sepulcro de Eusebio, y vuela.)
Alberto.
¡Gran milagro!
Curcio.
Y con el fin De tan grande admiracion, La Devocion de la Cruz Felice acaba su autor.