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Teatro selecto, tomo 1 de 4

EL PRÍNCIPE CONSTANTE.

Reading edition

PERSONAS.

Don Fernando, príncipe. Don Enrique, príncipe. Don Juan Coutiño. El rey de Fez, viejo. Muley, general. Celin. Alfonso, rey de Portugal. Tarudante, rey de Marruecos. Brito, gracioso. Fénix, infanta. Rosa. Zara. Estrella. Celima. Soldados portugueses. Cautivos. Moros.

La escena es en Fez y sus contornos, y en los de Tánger.

La accion principia en el año 1437.

JORNADA PRIMERA.

Jardin del rey de Fez.

ESCENA PRIMERA.

Cautivos, que salen cantando; ZARA.

Zara.

Cantad aquí, que ha gustado, Miéntras toma de vestir Fénix hermosa, de oir Las canciones, que ha escuchado Tal vez en los baños, llenas De dolor y sentimiento.

Caut. 1.º

Música cuyo instrumento Son los hierros y cadenas Que nos aprisionan, ¿puede Haberla alegrado?

Zara.

Sí: Ella escucha desde aquí. Cantad.

Caut. 2.º

Esa pena excede, Zara hermosa, á cuantas son, Pues solo un rudo animal, Sin discurso racional, Canta alegre en la prision.

Zara.

¿No cantais vosotros?

Caut. 3.º

Es Para divertir las penas Propias, mas no las ajenas.

Zara.

Ella escucha, cantad pues.

Cautivos

(Cantando.) Al peso de los años Lo eminente se rinde; Que á lo fácil del tiempo No hay conquista difícil.

ESCENA II.

ROSA.—Dichos.

Rosa.

Despejad, cautivos; dad A vuestras canciones fin; Porque sale á este jardin Fénix á dar vanidad Al campo con su hermosura, Segunda aurora del prado.

(Vanse los cautivos.)

ESCENA III.

FÉNIX, ESTRELLA y CELIMA, como acabando de vestir á la Infanta.—ZARA, ROSA.

Estrel.

Hermosa te has levantado.

Zara.

No blasone el alba pura Que la debe este jardin La luz ni fragancia hermosa, Ni la púrpura la rosa, Ni la blancura el jazmin.

Fénix.

El espejo.

Estrel.

Es excusado Querer consultar con él Los borrones que el pincel Sobre la tez no ha dejado. (Danle un espejo.)

Fénix.

¿De qué sirve la hermosura (Cuando lo fuese la mia), Si me falta la alegría, Si me falta la ventura?

Celima.

¿Qué sientes?

Fénix.

Si yo supiera, ¡Ay Celima! lo que siento, De mi mismo sentimiento Lisonja al dolor hiciera; Pero de la pena mia No sé la naturaleza; Que entónces fuera tristeza Lo que hoy es melancolía. Solo sé que sé sentir; Lo que sé sentir no sé; Que ilusion del alma fué.

Zara.

Pues no pueden divertir Tu tristeza estos jardines, Que á la primavera hermosa Labran estatuas de rosa Sobre templos de jazmines, Hazte al mar: un barco sea Dorado carro del sol.

Rosa.

Y cuando tanto arrebol Errar por sus ondas vea, Con grande melancolía El jardin al mar dirá: «Ya el sol en su centro está: Muy breve ha sido este dia.»

Fénix.

Pues no me puede alegrar, Formando sombras y léjos, La emulacion, que en reflejos, Tienen la tierra y el mar; Cuando con grandezas sumas Compiten entre esplendores Las espumas á las flores, Las flores á las espumas; Porque el jardin, envidioso De ver las ondas del mar, Su curso quiere imitar; Y así el céfiro amoroso Matices rinde y olores, Que soplando en ellas bebe, Y hacen las hojas que mueve Un océano de flores; Cuando el mar, triste de ver La natural compostura Del jardin, tambien procura Adornar y componer Su playa, la pompa pierde, Y á segunda ley sujeto, Compite con dulce efeto Campo azul y golfo verde, Siendo, ya con rizas plumas, Ya con mezclados colores. El jardin un mar de flores, Y el mar un jardin de espumas: Sin duda mi pena es mucha, No la pueden lisonjear Campo, cielo, tierra y mar.

Zara.

Gran pena contigo lucha.

ESCENA IV.

EL REY, con un retrato.—Dichos.

Rey.

Si acaso permite el mal, Cuartana de tu belleza, Dar treguas á tu tristeza, Este bello original (Que no es retrato el que tiene Alma y vida) es del infante De Marruecos, Tarudante, Que á rendir á tus piés viene Su corona: embajador Es de su parte; y no dudo Que, embajador que habla mudo, Trae embajadas de amor. Favor en su amparo tengo: Diez mil jinetes alista Que enviar á la conquista De Ceuta, que ya prevengo. Dé la vergüenza esta vez Licencia: permite amar A quien se ha de coronar Rey de tu hermosura en Fez.

Fénix.

(Ap.) ¡Válgame Alá!

Rey.

¿Qué rigor Te suspende de esa suerte?

Fénix.

(Ap.) La sentencia de mi muerte.

Rey.

¿Qué es lo que dices?

Fénix.

Señor, Si sabes que siempre has sido Mi dueño, mi padre y rey, ¿Qué he de decir? (Ap. ¡Ay Muley! ¡Grande ocasion has perdido!) El silencio (¡ay infelice!) Hace mi humildad inmensa. (Ap. Miente el alma, si lo piensa; Miente la voz, si lo dice.)

Rey.

Toma el retrato.

Fénix.

(Ap.)Forzada La mano le tomará; Pero el alma no podrá.

(Disparan una pieza.)

Zara.

Esta salva es á la entrada De Muley, que hoy ha surgido Del mar de Fez.

Rey.

Justa es.

ESCENA V.

MULEY, con baston de general.—Dichos.

Muley.

Dáme, gran señor, los piés.

Rey.

Muley, seas bien venido.

Muley.

Quien penetra el arrebol De tan soberana esfera, Y á quien en el puerto espera Tal aurora, hija del sol, Fuerza es que venga con bien. Dáme, señora, la mano, Que este favor soberano Puede mereceros quien Con amor, lealtad y fe Nuevos triunfos te previene. (Ap. Y fué á serviros, y viene Tan amante como fué.)

Fénix.

(Ap. ¡Válgame el cielo! ¿qué veo?) Tú, Muley (estoy mortal), Vengas con bien.

Muley.

(Ap.) No, con mal Será, si á mis ojos creo.

Rey.

En fin, Muley, ¿qué hay del mar?

Muley.

Hoy tu sufrimiento pruebas: De pesar te traigo nuevas, Porque ya todo es pesar.

Rey.

Pues cuanto supieres dí; Que en un ánimo constante Siempre se halla igual semblante Para el bien y el mal.—Aquí Te sienta, Fénix.

Fénix.

Sí haré.

Rey.

Todos os sentad.—Prosigue, Y nada á callar te obligue,

(Siéntanse el Rey y las damas.)

Muley.

(Ap. Ni hablar ni callar podré.) Salí, como me mandaste, Con dos galeazas solas, Gran señor, á recorrer De Berbería las costas. Fué tu intento que llegase A aquella ciudad famosa, Llamada en un tiempo Elisa, Aquella que está en la boca Del Freto Hercúleo fundada, Y de Ceido nombre toma; Que Ceido, Ceuta, en hebreo Vuelto el árabe idïoma, Quiere decir hermosura, Y ella es ciudad siempre hermosa. Aquella, pues, que los cielos Quitaron á tu corona, Quizá por justos enojos Del gran profeta Mahoma, Y en oprobio de las armas Nuestras, miramos ahora Que pendones portugueses En sus torres se enarbolan, Teniendo siempre á los ojos Un padrastro que baldona Nuestros aplausos, un freno Que nuestro orgullo reporta, Un Cáucaso que detiene Al Nilo de tus victorias La corriente, y puesta en medio, El paso á España le estorba. Iba con órdenes pues De mirar y inquirir todas Sus fuerzas, para decirte La disposicion y forma Que hoy tiene, y cómo podrás A ménos peligro y costa Emprender la guerra. El cielo Te conceda la victoria Con esta restitucion, Aunque la dilate agora Mayor desdicha; pues creo Que está su empresa dudosa, Y con más necesidad Te está apellidando otra; Pues las armas prevenidas Para la gran Ceuta, importa Que sobre Tánger acudan; Porque amenazada llora De igual pena, igual desdicha, Igual ruina, igual congoja. Yo lo sé, porque en el mar Una mañana ví (á la hora Que, medio dormido el sol, Atropellando las sombras Del ocaso, desmaraña Sobre jazmines y rosas Rubios cabellos, que enjuga Con paños de oro á la aurora Lágrimas de fuego y nieve, Que el sol convirtió en aljófar), Que á largo trecho del agua Venía una gruesa tropa De naves; si bien entónces No pudo la vista absorta Determinarse á decir Si eran naos ó si eran rocas; Porque como en los matices Sutiles pinceles logran Unos visos, unos léjos, Que en perspectiva dudosa Parecen montes tal vez, Y tal ciudades famosas, Porque la distancia siempre Monstruos imposibles forma; Así en países azules Hicieron luces y sombras, Confundiendo mar y cielo, Con las nubes y las ondas, Mil engaños á la vista; Pues ella entónces curiosa, Sólo percibió los bultos Y no distinguió las formas. Primero dos pareció, Viendo que sus puntas tocan Con el cielo, que eran nubes De las que á la mar se arrojan A concebir en zafir Lluvias que en cristal abortan; Y fué bien pensado, pues Esta innumerable copia Pareció que pretendia Sorberse el mar gota á gota. Luégo de marinos monstruos Nos pareció errante copia, Que á acompañar á Neptuno Salian de sus alcobas; Pues sacudiendo las velas, Que son del viento lisonja, Pensamos que sacudian Las alas sobre las olas. Ya parecia más cerca Una inmensa Babilonia, De quien los pensiles fueron Flámulas que el viento azotan. Aquí ya desengañada La vista, mejor se informa De que era armada, pues vió A los sulcos de las proas Cuando batidas espumas Ya se encrespan, ya se entorchan, Rizarse montes de plata, De cristal cuajarse rocas. Yo, que ví tanto enemigo, Volví á su rigor la proa; Que tambien saber huir Es linaje de victoria. Y así, como más experto En estos mares, la boca Tomé en una cala, adonde, Al abrigo y á la sombra De dos montecillos, pude Resistir la poderosa Furia de tan gran poder, Que mar, cielo y tierra asombra. Pasan sin vernos, y yo Deseoso (¿quién lo ignora?) De saber dónde seguia Esta armada su derrota, A la campaña del mar Salí otra vez, donde logra El cielo mis esperanzas, En esta ocasion dichosas; Pues ví que de aquella armada Se habia quedado sola Una nave, y que en el mar Mal defendida zozobra: Porque, segun despues supe, De una tormenta, que todas Corrieron, habia salido Deshecha, rendida y rota; Y así llena de agua estaba, Sin que bastasen las bombas A agotarla, y titubeando, Ya á aquella parte, ya á estotra, Estaba á cada vaiven Si se ahoga, ó no se ahoga. Llegué á ella, y aunque moro, Les dí alivio en sus congojas; Que el tener en las desdichas Compañía, de tal forma Consuela, que el enemigo Suele servir de lisonja. El deseo de vivir Tanto á algunos les provoca, Que haciendo al intento escalas De gúmenas y maromas, A la prision se vinieron; Si bien otros les baldonan, Diciéndoles que el vivir Eterno es vivir con honra; Y áun así se resistieron: ¡Portuguesa vanagloria! De los que salieron, uno Muy por extenso me informa. Dice, pues, que aquella armada Ha salido de Lisboa Para Tánger, y que viene A sitiarla con heroica Determinacion que veas En sus almenas famosas Las quinas que ves en Ceuta Cada vez que el sol se asoma. Duarte de Portugal, Cuya fama vencedora Ha de volar con las plumas De las águilas de Roma, Envía á sus dos hermanos Enrique y Fernando, gloria Deste siglo, que los mira Coronados de victorias. Maestres de Cristo y de Avis Son, los dos pechos adornan Cruces de perfiles blancos. Una verde y otra roja. Catorce mil portugueses Son, gran señor, los que cobran Sus sueldos, sin los que vienen Sirviéndolos á su costa. Mil son los fuertes caballos, Que la soberbia española Los vistió para ser tigres, Los calzó para ser onzas. Ya á Tánger habrán llegado, Y esta, señor, es la hora Que, si su arena no pisan, Al ménos sus mares cortan. Salgamos á defenderla: Tú mismo las armas toma: Baje en tu valiente brazo El azote de Mahoma, Y del libro de la muerte Desate la mejor hoja; Que quizá se cumple hoy Una profecía heroica De Morábitos, que dicen Que en la márgen arenosa Del África ha de tener La portuguesa corona Sepulcro infeliz, y vean Que aquesta cuchilla corva, Campañas verdes y azules Volvió, con su sangre, rojas.

Rey.

Calla, no me digas más; Que de mortal furia lleno, Cada voz es un veneno Con que la muerte me das. Yo á sus bríos arrogantes Haré que en África tengan Sepulcro, aunque armados vengan Sus maestres los Infantes. Tú, Muley, con los jinetes, De la costa parte luego, Miéntras yo en tu amparo llego; Que si, como me prometes, En escaramuzas diestras Le ocupas, porque tan presto No tomen tierra, y en esto La sangre heredada muestras, Yo tan veloz llegaré Como tú con lo restante Del ejército arrogante Que en ese campo se ve; Y así la sangre concluya Tantos duelos en un dia, Porque Ceuta ha de ser mia, Y Tánger no ha de ser suya. (Vase.)

ESCENA VI.

FÉNIX, MULEY, ZARA, ROSA, ESTRELLA, CELIMA.

Muley.

Aunque de paso, no quiero Dejar, Fénix, de decir, Ya que tengo de morir, La enfermedad de que muero; Que aunque pierdan mis recelos El respeto á tu opinion, Si celos mis penas son, Ninguno es cortés con celos. ¿Qué retrato ¡ay enemiga! En tu blanca mano ví? ¿Quién es el dichoso, dí? ¿Quién?... Mas espera, no diga Tu lengua tales agravios: Basta, sin saber quién sea, Que yo en tu mano le vea, Sin que le escuche en tus labios.

Fénix.

Muley, aunque mi deseo Licencia de amar te dió, De ofender y injuriar no.

Muley.

Es verdad, Fénix, ya veo Que no es estilo ni modo De hablarte; pero los cielos Saben que, en habiendo celos, Se pierde el respeto á todo. Con grande recato y miedo Te serví, quise y amé; Mas si con amor callé, Con celos, Fénix, no puedo, No puedo.

Fénix.

No ha merecido Tu culpa satisfaccion; Pero yo por mi opinion Satisfacerte he querido; Que un agravio entre los dos Disculpa tiene; y así, Te la doy.

Muley.

¿Pues hayla?

Fénix.

Sí.

Muley.

¡Buenas nuevas te dé Dios!

Fénix.

Este retrato ha enviado...

Muley.

¿Quién?

Fénix.

Tarudante el infante.

Muley.

¿Para qué?

Fénix.

Porque ignorante Mi padre de mi cuidado...

Muley.

Bien.

Fénix.

Pretende que estos dos Reinos...

Muley.

No me digas más. ¿Esa disculpa me das? ¡Malas nuevas te dé Dios!

Fénix.

Pues ¿qué culpa habré tenido De que mi padre lo trate?

Muley.

De haber hoy, aunque te mate, El retrato recibido.

Fénix.

¿Pude excusarlo?

Muley.

¿Pues no?

Fénix.

¿Cómo?

Muley.

Otra cosa fingir.

Fénix.

Pues ¿qué pude hacer?

Muley.

Morir; Que por tí lo hiciera yo.

Fénix.

Fué fuerza.

Muley.

Mas fué mudanza.

Fénix.

Fué violencia.

Muley.

No hay violencia.

Fénix.

Pues ¿qué pudo ser?

Muley.

Mi ausencia. Sepulcro de mi esperanza. Y para no asegurarme De que te puedes mudar, Ya me vuelvo yo á ausentar: Vuelve, Fénix, á matarme.

Fénix.

Forzosa es la ausencia, parte...

Muley.

Ya lo está el alma primero.

Fénix.

Á Tánger, que en Fez te espero, Donde acabes de quejarte.

Muley.

Sí haré, si mi mal dilato.

Fénix.

Adios, que es fuerza el partir.

Muley.

Oye: ¿al fin me dejas ir Sin entregarme el retrato?

Fénix.

Por el Rey no le he deshecho.

Muley.

Suelta, que no será en vano Que saque yo de tu mano A quien me saca del pecho. (Vanse.)

Playa de Tánger.

ESCENA VII.

Tocan dentro un clarin, hay ruido de desembarcar, y van saliendo DON FERNANDO, DON ENRIQUE, DON JUAN COUTIÑO, y soldados portugueses.

D. Fern.

Yo he de ser el primero, África bella, Que he de pisar tu márgen arenosa, Porque oprimida al peso de mi huella Sientas en tu cerviz la poderosa Fuerza que ha de rendirte.

D. Enr.

Yo en el suelo Africano la planta generosa (Cae.) El segundo pondré. ¡Válgame el cielo! Hasta aquí los agüeros me han seguido.

D. Fern.

Pierde, Enrique, á esas cosas el recelo, Porque el caer agora, ántes ha sido Que ya, como á señor, la misma tierra Los brazos en albricias te ha pedido.

D. Enr.

Desierta esta campaña y esta sierra Los alarbes, al vernos, han dejado.

D. Juan.

Tánger las puertas de sus muros cierra.

D. Fern.

Todos se han retirado á su sagrado. Don Juan Coutiño, conde de Miralva, Reconoced la tierra con cuidado: Ántes que el sol, reconociendo el alba, Con más furia nos hiera y nos ofenda, Haced á la ciudad la primer salva. Decid que defenderse no pretenda, Porque la he de ganar á sangre y fuego, Que el campo inunde, el edificio encienda.

D. Juan.

Tú verás que á sus mismas puertas llego, Aunque volcan de llamas y de rayos Le deje al sol con pardas nubes ciego.

(Vase.)

ESCENA VIII.

BRITO.—DON FERNANDO, DON ENRIQUE, soldados portugueses.

Brito.

¡Gracias á Dios que abriles piso y mayos, Y en la tierra me voy por donde quiero, Sin sustos, sin vaivenes ni desmayos! Y no en el mar, adonde, si primero No se consulta un monstruo de madera, Que es juez de palo, en fin, el más ligero No se puede escapar de una carrera En el mayor peligro. ¡Ah tierra mia! No muera en agua yo, como no muera Tampoco en tierra hasta el postrero dia.

D. Enr.

¡Que escuches este loco!

D. Fern.

Y que tu pena, Sin razon, sin arbitrio y sin consuelo[6], ¡Tanto de tí te priva y te divierte!

D. Enr.

El alma traigo de temores llena: Echada juzgo contra mí la suerte, Desde que desde Lisboa, al salir, sólo Imágenes he visto de la muerte. Apénas, pues, al berberisco polo Prevenimos los dos esta jornada, Cuando de un parasismo el mismo Apolo Amortajado en nubes, la dorada Faz escondió, y el mar sañudo y fiero Deshizo con tormentas nuestra armada. Si miro al mar, mil sombras considero; Si al cielo miro, sangre me parece Su velo azul; si al aire lisonjero, Aves nocturnas son las que me ofrece; Si á la tierra, sepulcros representa, Donde mísero yo caiga y tropiece.

D. Fern.

Pues descifrarte aquí mi amor intenta Causa de un melancólico accidente. Sorbernos una nave una tormenta, Es decirnos que sobra aquella gente Para ganar la empresa á que venimos: Verter púrpura el cielo trasparente, Es gala, no es horror; que si fingimos Monstruos al agua y pájaros al viento, Nosotros hasta aquí no los trajimos; Pues si ellos aquí están, ¿no es argumento Que á la tierra que habitan inhumanos, Pronostican el fin fiero y sangriento? Estos agüeros viles, miedos vanos, Para los moros vienen, que los crean, No para que los duden los cristianos. Nosotros dos lo somos; no se emplean Nuestras armas aquí por vanagloria De que en los libros inmortales lean Ojos humanos esta gran victoria. La fe de Dios á engrandecer venimos. Suyo será el honor, suya la gloria, Si vivimos dichosos, pues morimos; El castigo de Dios justo es temerle, Este no viene envuelto en miedos vanos: A servirle venimos, no á ofenderle: Cristianos sois, haced como cristianos.— Pero ¿qué es esto?

ESCENA IX.

DON JUAN.—Dichos.

D. Juan.

Señor, Yendo al muro á obedecerte, A la falda de ese monte Ví una tropa de jinetes, Que de la parte de Fez Corriendo á esta parte vienen Tan veloces, que á la vista Aves, no brutos, parecen. El viento no los sustenta, La tierra apénas los siente; Y así la tierra ni el aire Saben si corren ó vuelen.

D. Fern.

Salgamos á recibirlos, Haciendo primero frente Los arcabuceros: luégo Los que caballos tuvieren Salgan tambien á su usanza, Con lanzas y con arneses. ¡Ea, Enrique, buen principio Esta ocasion nos ofrece! ¡Ánimo!

D. Enr.

¡Tu hermano soy! No me espantan accidentes Del tiempo, ni me espantara El semblante de la muerte. (Vanse.)

Brito.

El cuartel de la salud Me toca á mí guardar siempre. ¡Oh qué brava escaramuza! Ya se embisten, ya acometen. ¡Famoso juego de cañas! Ponerme en cobro conviene. (Vase.)

(Tocan dentro al arma.)

Otro punto de la playa.

ESCENA X.

DON JUAN y DON ENRIQUE, peleando con varios MOROS.

D. Enr.

A ellos, que ya los moros Vencidos la espalda vuelven.

D. Juan.

Llenos de despojos quedan, De caballos y de gentes, Estos campos.

D. Enr.

¿Don Fernando Dónde está, que no parece?

D. Juan.

Tanto se ha empeñado en ellos, Que ya de vista se pierde.

D. Enr.

Pues á buscarle, Coutiño.

D. Juan.

Siempre á tu lado me tienes. (Vanse.)

ESCENA XI[7].

DON FERNANDO, con la espada de Muley, y MULEY, con adarga sola.

D. Fern.

En la desierta campaña, Que tumba comun parece De cuerpos muertos, si ya No es teatro de la muerte, Solo tú, moro, has quedado, Porque rendida tu gente Se retiró, y tu caballo, Que mares de sangre vierte, Envuelto en polvo y espuma, Que él mismo levanta y pierde, Te dejó para despojo De mi brazo altivo y fuerte, Entre los sueltos caballos De los vencidos jinetes. Yo ufano con tal victoria, Que me ilustra y desvanece Más que el ver esta campaña Coronada de claveles; Pues es tanta la vertida Sangre con que se guarnece, Que la piedad de los ojos Fué tan grande, tan vêmente, De no ver siempre desdichas, De no mirar ruinas siempre, Que por el campo buscaban Entre lo rojo lo verde. En efecto, mi valor, Sujetando tus valientes Bríos, de tantos perdidos Un suelto caballo prende, Tan monstruo, que siendo hijo Del viento, adopcion pretende Del fuego, y entre los dos Lo desdice y lo desmiente El color, pues siendo blanco, Dice el agua: «Parto es este De mi esfera, sola yo Pude cuajarle de nieve.» En fin, en lo veloz, viento, Rayo en fin en lo eminente, Era por lo blanco cisne, Por lo sangriento era sierpe, Por lo hermoso era soberbio, Por lo atrevido valiente, Por los relinchos lozano Y por las cernejas fuerte. En la silla y en las ancas Puestos los dos juntamente, Mares de sangre rompimos, Por cuyas ondas crueles Este bajel animado, Hecho proa de la frente, Rompiendo el globo de nácar, Desde el codon al copete, Pareció entre espuma y sangre (Ya que bajel quise hacerle) De cuatro espuelas herido, Que cuatro vientos le mueven. Rindióse al fin, si hubo peso Que tanto Atlante oprimiese; Si bien el de las desdichas Hasta los brutos lo sienten; O ya fué, que enternecido Entre su instinto dijese: «Triste camina el alarbe Y el español parte alegre; ¿Luego yo contra mi patria Soy traidor y soy aleve?» No quiero pasar de aquí; Y puesto que triste vienes, Tanto, que aunque el corazon Disimula cuanto puede, Por la boca y por los ojos, Volcanes que el pecho enciende. Ardientes suspiros lanza Y tiernas lágrimas vierte; Admirado mi valor De ver, cada vez que vuelve, Que á un golpe de la fortuna Tanto se postre y sujete Tu valor, pienso que es otra La causa que te entristece; Porque por la libertad No era justo ni decente Que tan tiernamente llore Quien tan duramente hiere. Y así, si el comunicar Los males alivio ofrece Al sentimiento, entre tanto Que llegamos á mi gente, Mi deseo á tu cuidado, Si tanto favor merece, Con razones le pregunta Comedidas y corteses, ¿Qué sientes? pues ya he creido Que el venir preso no sientes. Comunicado el dolor, Se aplaca si no se vence; Y yo, que soy el que tuve Más parte en este accidente De la fortuna, tambien Quiero ser el que consuele De tus suspiros la causa, Si la causa lo consiente.

Muley.

Valiente eres, español, Y cortés como valiente; Tan bien vences con la lengua, Como con la espada vences. Tuya fué la vida, cuando Con la espada entre mi gente Me venciste; pero agora, Que con la lengua me prendes, Es tuya el alma, porque Alma y vida se confiesen Tuyas: de ambas eres dueño, Pues ya cruel, ya clemente, Por el trato y por las armas Me has cautivado dos veces. Movido de la piedad De oirme, español, y verme, Preguntado me has la causa De mis suspiros ardientes; Y aunque confieso que el mal Repetido y dicho suele Templarse, tambien confieso Que quien le repite, quiere Aliviarse; y es mi mal Tan dueño de mis placeres, Que por no hacerles disgusto, Y que aliviado me deje, No quisiera repetirla; Mas ya es fuerza obedecerte. Y quiérotela decir Por quien soy y por quien eres. Sobrino del rey de Fez Soy; mi nombre es Muley Jeque, Familia que ilustran tantos Bajáes y belerbeyes. Tan hijo fuí de desdichas Desde mi primer oriente, Que en el umbral de la vida Nací en brazos de la muerte. Una desierta campaña, Que fué sepulcro eminente De españoles, fué mi cuna; Pues para que lo confieses, En los Gélves nací el año Que os perdísteis en los Gélves. A servir al rey mi tio Vine infante.—Pero empiecen Las penas y las desdichas: Cesen las venturas, cesen. Vine á Fez, y una hermosura, A quien he adorado siempre, Junto á mi casa vivia, Porque más cerca muriese. Desde mis primeros años, Porque más constante fuese Este amor, más imposible De acabarse y de romperse, Ambos nos criamos juntos, Y amor en nuestras niñeces No fué rayo, pues hirió En lo humilde, tierno y débil Con más fuerza que pudiera En lo augusto, altivo y fuerte; Tanto, que para mostrar Sus fuerzas y sus poderes, Hirió nuestros corazones Con arpones diferentes. Pero como la porfía Del agua en las piedras suele Hacer señal, por la fuerza No, sino cayendo siempre; Así las lágrimas mias, Porfiando eternamente. La piedra del corazon, Más que los diamantes fuerte, Labraron; y no con fuerza De méritos excelentes, Pero con mi mucho amor Vino en fin á enternecerse. En este estado viví Algun tiempo, aunque fué breve, Gozando en auras süaves Mil amorosos deleites. Ausentéme, por mi mal: Harto he dicho en ausentéme, Pues en mi ausencia otro amante Ha venido á darme muerte. Él dichoso, yo infelice, Él asistiendo, yo ausente, Yo cautivo y libre él, Me contrastara mi suerte Cuando tú me cautivaste: Mira si es bien me lamente.

D. Fern.

Valiente moro y galan, Si adoras como refieres, Si idolatras como dices, Si amas como encareces, Si celas como suspiras, Si como recelas temes, Y si como sientes amas, Dichosamente padeces. No quiero por tu rescate Más precio de que le aceptes. Vuélvete, y díle á tu dama Que por su esclavo te ofrece Un portugues caballero; Y si obligada pretende Pagarme el precio por tí, Yo te doy lo que me debes: Cobra la deuda en amor, Y logra tus intereses. Ya el caballo, que rendido Cayó en el suelo, parece Con el ocio y el descanso Que restituido vuelve; Y porque sé qué es amor, Y qué es tardanza en ausentes, No te quiero detener: Sube en tu caballo y véte.

Muley.

Nada mi voz te responde; Que á quien liberal ofrece, Sólo aceptar es lisonja. Díme, portugues, quién eres.

D. Fern.

Un hombre noble, y no más.

Muley.

Bien lo muestras, seas quien fueres. Para el bien y para el mal Soy tu esclavo eternamente.

D. Fern.

Toma el caballo, que es tarde.

Muley.

Pues si á tí te lo parece, ¿Qué hará á quien vino cautivo Y libre á su dama vuelve? (Vase.)

D. Fern.

Generosa accion es dar, Y más la vida.

Muley.

(Dentro).¡Valiente Portugues!

D. Fern.

Desde el caballo Habla.—¿Qué es lo que me quieres?

Muley.

(Dentro.) Espero que he de pagarte Algun dia tantos bienes.

D. Fern.

Gózalos tú.

Muley.

(Dentro.)Porque al fin, Hacer bien nunca se pierde. Alá te guarde, español.

D. Fern.

Si Alá es Dios, con bien te lleve.

(Suenan dentro cajas y trompetas.)

Mas ¿qué trompeta es esta Que el aire turba y la region molesta? Y por estotra parte Cajas se escuchan: música de Marte Son las dos.

ESCENA XII.

DON ENRIQUE, DON FERNANDO.

D. Enr.

¡Oh Fernando! Tu persona, veloz vengo buscando.

D. Fern.

Enrique, ¿qué hay de nuevo?

D. Enr.

Aquellos ecos, Ejércitos de Fez y de Marruecos Son; porque Tarudante Al rey de Fez socorre, y arrogante El Rey con gente viene: En medio cada ejército nos tiene, De modo que cercados, Somos los sitiadores y sitiados. Si la espalda volvemos Al uno, mal del otro nos podemos Defender; pues por una y otra parte Nos deslumbran relámpagos de Marte. ¿Qué haremos, pues, de confusiones llenos?

D. Fern.

¿Qué? Morir como buenos, Con ánimos constantes. ¿No somos dos Maestres, dos Infantes, Cuando bastara ser dos portugueses Particulares, para no haber visto La cara al miedo? Pues Avis y Cristo A voces repitamos, Y por la fe muramos Pues á morir venimos.

ESCENA XIII.

DON JUAN.—DON FERNANDO, DON ENRIQUE.

D. Juan.

Mala salida á tierra dispusimos.

D. Fern.

Ya no es tiempo de medios: A los brazos apelen los remedios, Pues uno y otro ejército nos cierra En medio. ¡Avis y Cristo!

D. Juan.

¡Guerra, guerra!

(Éntranse sacando las espadas, y dase la batalla.)

ESCENA XIV.

BRITO.

Ya nos cogen en medio, Un ejército y otro, sin remedio. ¡Qué bellaca palabra! La llave eterna de los cielos abra Un resquicio siquiera, Que de aqueste peligro salga afuera Quien aquí se ha venido Sin qué ni para qué. Pero fingido Muerto estaré un instante, Y muerto lo tendré para adelante.

(Échase en el suelo.)

ESCENA XV.

Un moro acuchillando á DON ENRIQUE.—BRITO en el suelo.

Moro.

¿Quién tanto se defiende, Siendo mi brazo rayo, que desciende Desde la cuarta esfera?

D. Enr.

Pues aunque yo tropiece, caiga y muera En cuerpos de cristianos, No desmaya la fuerza de las manos; Que ella de quien yo soy mejor avisa.

(Písanle, y éntranse.)

Brito.

¡Cuerpo de Dios con él, y qué bien pisa!

ESCENA XVI.

MULEY y DON JUAN COUTIÑO riñendo.—BRITO.

Muley.

Ver, portugues valiente, En tí fuerza tan grande, no lo siente Mi valor; pues quisiera Daros hoy la victoria.

D. Juan.

¡Pena fiera! Sin tiento y sin aviso, Son cuerpos de cristianos cuantos piso.

(Vanse los dos.)

Brito.

Yo se lo perdonara, A trueco, mi señor, que no pisara.

ESCENA XVII.

DON FERNANDO, retirándose del REY y de otros MOROS.—BRITO.

Rey.

Rinde la espada, altivo Portugues; que si logro el verte vivo En mi poder, prometo Ser tu amigo. ¿Quién eres?

D. Fern.

Un caballero soy; saber no esperes Más de mí. Dáme muerte.

ESCENA XVIII.

DON JUAN, que se pone al lado de DON FERNANDO.—Dichos.

D. Juan.

Primero, gran señor, mi pecho fuerte, Que es muro de diamante, Tu vida guardará puesto delante. ¡Ea, Fernando mio, Muéstrese ahora el heredado brío!

Rey.

Si esto escucho, ¿qué espero? Suspéndanse las armas, que no quiero Hoy más felice gloria; Que este preso me basta por victoria. Si tu prision ó muerte Con tal sentencia decretó la suerte, Da la espada, Fernando, Al Rey de Fez.

ESCENA XIX.

MULEY; despues DON ENRIQUE.—Dichos.

Muley.

¿Qué es lo que estoy mirando?

D. Fern.

Sólo á un rey la rindiera; Que desesperacion negarla fuera.

(Sale Don Enrique.)

D. Enr.

¡Preso mi hermano!

D. Fern.

Enrique, Tu voz más sentimiento no publique; Que en la suerte importuna Estos son los sucesos de fortuna.

Rey.

Enrique, Don Fernando Está hoy en mi poder; y aunque mostrando La ventaja que tengo, Pudiera daros muerte, yo no vengo Hoy más que á defenderme; Que vuestra sangre no viniera á hacerme Honras tan conocidas Como podrán hacerme vuestras vidas. Y para que el rescate Con más puntualidad al Rey se trate, Vuelve tú; que Fernando En mi poder se quedará, aguardando Que vengas á libralle. Pero díle á Duarte, que en llevalle Será su intento vano, Si á Ceuta no me entrega por su mano.— Y agora vuestra Alteza, A quien debo esta honra, esta grandeza, A Fez venga conmigo.

D. Fern.

Iré á la esfera cuyos rayos sigo.

Muley.

(Ap.) Porque yo tenga, ¡cielos! Más que sentir entre amistad y celos.

D. Fern.

Enrique, preso quedo. Ni al mal ni á la fortuna tengo miedo. Dirásle á nuestro hermano Que haga aquí como príncipe cristiano En la desdicha mia.

D. Enr.

¿Pues quién de sus grandezas desconfía?

D. Fern.

Esto te encargo, y digo Que haga como cristiano.

D. Enr.

Yo me obligo A volver como tal.

D. Fern.

Dáme esos brazos.

D. Enr.

Tú eres el preso, y pónesme á mí lazos.

D. Fern.

Don Juan, adios.

D. Juan.

Yo he de quedar contigo: De mí no te despidas.

D. Fern.

¡Leal amigo!

D. Enr.

¡Oh infelice jornada!

D. Fern.

Dirásle al Rey... Mas no le digas nada, Si con grande silencio el miedo vano Estas lágrimas lleva al Rey mi hermano.

(Vanse.)

ESCENA XX.

Dos moros.—BRITO.

Moro 1.º

Cristiano muerto es este.

Moro 2.º

Porque no causen peste, Echad al mar los muertos.

Brito.

En dejándôs los cascos bien abiertos A tajos y á reveses;

(Levántase, y acuchíllalos.)

Que ainda mortos somos portugueses.

JORNADA SEGUNDA.

Falda de un monte cercano á los jardines del rey de Fez.

ESCENA PRIMERA.

FÉNIX, y luego MULEY.

Fénix.

¡Zara! ¡Rosa! ¡Estrella! ¿No Hay quien me responda? (Sale Muley.)

Muley.

Sí, Que tú eres sol para mí Y para tí sombra yo, Y la sombra al sol siguió. El eco dulce escuché De tu voz, y apresuré Por esta montaña el paso. ¿Qué sientes?

Fénix.

Oye, si acaso Puedo decir lo que fué. Lisonjera, libre, ingrata, Dulce y süave una fuente Hizo apacible corriente De cristal y undosa plata; Lisonjera se desata, Porque hablaba y no sentia: Süave, porque fingia; Libre, porque claro hablaba; Dulce, porque murmuraba; É ingrata, porque corria. Aquí cansada llegué, Despues de seguir ligera En ese monte una fiera, En cuya frescura hallé Ocio y descanso; porque De un montecillo á la espalda, De quien corona y guirnalda Fueron clavel y jazmin, Sobre un catre de carmin Hice un foso de esmeralda. Apénas en él rendí El alma al susurro blando De las soledades, cuando Ruido en las hojas sentí. Atenta me puse, y ví Una caduca africana, Espíritu en forma humana, Ceño arrugado y esquivo, Que era un esqueleto vivo De lo que fué sombra vana, Cuya rústica fiereza, Cuyo aspecto esquivo y bronco Fué escultura hecha de un tronco Sin pulirse la corteza. Con melancolía y tristeza. Pasiones siempre infelices, (Para que te atemorices) Una mano me tomó, Y entónces ser tronco yo Afirmé por las raíces. Hielo introdujo en mis venas El contacto, horror las voces, Que discurriendo veloces, De mortal veneno llenas, Articuladas apénas, Esto les pude entender: «¡Ay infelice mujer! ¡Ay forzosa desventura! ¿Que en efecto esta hermosura Precio de un muerto ha de ser?» Dijo, y yo tan triste vivo, Que diré mejor que muero; Pues por instantes espero De aquel tronco fugitivo Cumplimiento tan esquivo, De aquel oráculo yerto El presagio y fin tan cierto, Que mi vida ha de tener.— ¡Ay de mí! ¡que yo he de ser Precio vil de un hombre muerto! (Vase.)

ESCENA II.

MULEY.

Fácil es de descifrar Ese sueño, esa ilusion, Pues las imágenes son De mi pena singular. A Tarudante has de dar La mano de esposa; pero Yo, que en pensarlo me muero, Estorbaré mi rigor; Que él no ha de gozar tu amor Si no me mata primero. Perderte yo, podrá ser; Mas no perderte y vivir: Luego si es fuerza el morir Ántes que lo llegue á ver, Precio mi vida ha de ser Con que ha de comprarte, ¡ay cielos! Y tú en tantos desconsuelos Precio de un muerto serás, Pues que morir me verás De amor, de envidia y de celos.

ESCENA III.

DON FERNANDO, tres cautivos.—MULEY.

Caut. 1.º

Desde aquel jardin te vimos, Donde estamos trabajando, Andar á caza, Fernando, Y todos juntos venimos A arrojarnos á tus piés.

Caut. 2.º

Solamente este consuelo Aquí nos ofrece el cielo.

Caut. 3.º

Piedad como suya es.

D. Fern.

Amigos, dadme los brazos; Y sabe Dios si con ellos Quisiera de vuestros cuellos Romper los nudos y lazos Que os aprisionan; que á fe Que os darian libertad Ántes que á mí; mas pensad Que favor del cielo fué Esta piadosa sentencia; Él mejorará la suerte, Que á la desdicha más fuerte Sabe vencer la prudencia. Sufrid con ella el rigor Del tiempo y de la fortuna: Deidad bárbara, importuna, Hoy cadáver y ayer flor, No permanece jamás, Y así os mudará de estado.— ¡Ay Dios! que al necesitado Darle consejo no más, No es prudencia; y en verdad, Que aunque quiera regalaros, No tengo esta vez qué daros: Mis amigos, perdonad. Ya de Portugal espero Socorro, presto vendrá: Vuestra mi hacienda será; Para vosotros la quiero. Si me vienen á sacar Del cautiverio, ya digo Que todos ireis conmigo. Id con Dios á trabajar, No disgusteis vuestros dueños.

Caut. 1.º

Señor, tu vida y salud Hace nuestra esclavitud Dichosa.

Caut. 2.º

Siglos pequeños Los del Fénix sean, señor, Para que vivas. (Vanse los cautivos.)

ESCENA IV.

DON FERNANDO, MULEY.

D. Fern.

El alma Queda en lastimosa calma, Viendo que os vais sin favor De mis manos. ¡Quién pudiera Socorrerlos! ¡Qué dolor!

Muley.

Aquí estoy viendo el amor Con que la desdicha fiera De esos cautivos tratais.

D. Fern.

Duélome de su fortuna, Y en la desdicha importuna Que á esos cautivos mirais Aprendo á ser infelice; Y algun dia podrá ser Que los haya menester.

Muley.

¿Eso vuestra Alteza dice?

D. Fern.

Naciendo infante, he llegado A ser esclavo; y así Temo venir desde aquí A más miserable estado; Que si ya en aqueste vivo, Mucha más distancia tray De infante á cautivo, que hay De cautivo á más cautivo. Un dia llama á otro dia, Y así llama y encadena Llanto á llanto y pena á pena.

Muley.

¡No fuera mayor la mia! Que vuestra Alteza mañana, Aunque hoy cautivo está, A su patria volverá; Pero mi esperanza es vana, Pues no puede alguna vez Mejorarse mi fortuna, Mudable más que la luna.

D. Fern.

Cortesano soy de Fez, Y nunca de los amores Que me contaste, te oí Novedad.

Muley.

Fueron en mí Recatados los favores. El dueño juré encubrir; Pero á la amistad atento, Sin quebrar el juramento, Te lo tengo de decir. Tan solo mi mal ha sido Como solo mi dolor; Porque el Fénix y mi amor Sin semejante han nacido. En ver, oir y callar Fénix es mi pensamiento; Fénix es mi sufrimiento En temer, sentir y amar; Fénix mi desconfianza En llorar y padecer; En merecerla y temer Aun es Fénix mi esperanza; Fénix mi amor y cuidado; Y pues que es Fénix te digo, Como amante y como amigo, Ya lo he dicho y lo he callado. (Vase.)

D. Fern.

Cuerdamente declaró El dueño amante y cortés: Si Fénix su pena es, No he de competirla yo; Que la mia es comun pena. No me doy por entendido; Que muchos la han padecido Y vive de enojos llena.

ESCENA V.

EL REY.—DON FERNANDO.

Rey.

Por la falda deste monte Vengo siguiendo á tu Alteza, Porque, ántes que el sol se oculte Entre corales y perlas, Te diviertas en la lucha De un tigre, que ahora cercan Mis cazadores.

D. Fern.

Señor, Gustos por puntos inventas Para agradarme: si así A tus esclavos festejas. No echarán ménos la patria.

Rey.

Cautivos de tales prendas Que honran al dueño, es razon Servirlos desta manera.

ESCENA VI.

DON JUAN.—Dichos.

D. Juan.

Sal, gran señor, á la orilla Del mar, y verás en ella El más hermoso animal Que añadió naturaleza Al artificio; porque Una cristiana galera Llega al puerto, tan hermosa, Aunque toda oscura y negra, Que al verla se duda cómo Es alegre su tristeza. Las armas de Portugal Vienen por remate della; Que como tienen cautivo A su Infante, tristes señas Visten por su esclavitud, Y á darle libertad llegan, Diciendo su sentimiento.

D. Fern.

Don Juan amigo, no es esa De su luto la razon; Que si á librarme vinieran, En fe de mi libertad, Fueran alegres las muestras.

ESCENA VII.

DON ENRIQUE, vestido de luto, con un pliego.—Dichos.

D. Enr.

(Al Rey.) Dadme, gran señor, los brazos.

Rey.

Con bien venga vuestra Alteza.

D. Fern.

¡Ay Don Juan, cierta es mi muerte!

Rey.

¡Ay Muley, mi dicha es cierta!

D. Enr.

Ya que de vuestra salud Me informa vuestra presencia, Para abrazar á mi hermano Me dad, gran señor, licencia. ¡Ay Fernando! (Abrázanse.)

D. Fern.

Enrique mio, ¿Qué traje es ese? Mas cesa: Harto me han dicho tus ojos, Nada me diga tu lengua. No llores, que si es decirme Que es mi esclavitud eterna, Eso es lo que más deseo: Albricias pedir pudieras, Y en vez de dolor y luto Vestir galas y hacer fiestas. ¿Cómo está el Rey mi señor? Porque como salud tenga, Nada siento. ¿Aun no respondes?

D. Enr.

Si repetidas las penas Se sienten dos veces, quiero Que sola una vez las sientas.— Tú escúchame, gran señor; (Al Rey.) Que aunque una montaña sea Rústico palacio, aquí Te pido me des audiencia, A un preso la libertad, Y atencion justa á estas nuevas. Rota y deshecha la armada, Que fué con vana soberbia Pesadumbre de las ondas, Dejando en África presa La persona del Infante, A Lisboa dí la vuelta. Desde el punto que Duarte Oyó tan trágicas nuevas, De una tristeza cubrió El corazon, de manera Que pasando á ser letargo La melancolía primera, Muriendo, desmintió á cuantos Dicen que no matan penas. Murió el Rey, que esté en el cielo.

D. Fern.

¡Ay de mí! ¿Tanto le cuesta Mi prision?

Rey.

De esa desdicha Sabe Alá lo que me pesa. Prosigue.

D. Enr.

En su testamento El Rey mi señor ordena Que luego por la persona Del Infante se dé á Ceuta. Y así yo con los poderes De Alfonso, que es quien le hereda, Porque solo este lucero Supliera del sol la ausencia, Vengo á entregar la ciudad; Y pues...

D. Fern.

No prosigas, cesa, Cesa, Enrique; porque son Palabras indignas esas, No de un portugues infante, De un maestre, que profesa De Cristo la religion, Pero áun de un hombre lo fueran Vil, de un bárbaro sin luz De la fe de Cristo eterna. Mi hermano, que está en el cielo, Si en su testamento deja Esa cláusula, no es Para que se cumpla y lea, Sino para mostrar solo Que mi libertad desea, Y esa se busque por otros Medios y otras conveniencias, O apacibles ó crueles. Porque decir: «Dése á Ceuta,» Es decir: hasta eso haced Prodigiosas diligencias. Que un rey católico y justo, ¿Cómo fuera, cómo fuera Posible entregar á un moro Una ciudad que le cuesta Su sangre, pues fué el primero Que con solo una rodela Y una espada enarboló Las quinas en sus almenas? Y esto es lo que importa ménos. Una ciudad que confiesa Católicamente á Dios, La que ha merecido iglesias Consagradas á sus cultos Con amor y reverencia, ¿Fuera católica accion, Fuera religion expresa, Fuera cristiana piedad, Fuera hazaña portuguesa Que los templos soberanos, Atlantes de las esferas, En vez de doradas luces, Adonde el sol reverbera, Vieran otomanas sombras; Y que sus lunas opuestas En la iglesia, estos eclipses Ejecutasen tragedias? ¿Fuera bien que sus capillas A ser establos vinieran, Sus altares á pesebres, Y cuando aquesto no fuera, Volvieran á ser mezquitas? Aquí enmudece la lengua, Aquí me falta el aliento, Aquí me ahoga la pena; Porque en pensarlo no más El corazon se me quiebra, El cabello se me eriza Y todo el cuerpo me tiembla. Porque establos y pesebres No fuera la vez primera Que hayan hospedado á Dios; Pero en ser mezquitas, fueran Un epitafio, un padron De nuestra inmortal afrenta, Diciendo: «Aquí tuvo Dios Posada, y hoy se la niegan Los cristianos, para darla Al demonio.» Aun no se cuenta (Acá moralmente hablando) Que nadie en casa se atreva De otro á ofenderle: ¿era justo Que entrara en su casa mesma A ofender á Dios el vicio, Y que acompañado fuera De nosotros, y nosotros Le guardáramos la puerta, Y para dejarle dentro A Dios echásemos fuera? Los católicos que habitan Con sus familias y haciendas Hoy, quizá prevaricaran En la fe, por no perderlas. ¿Fuera bien ocasionar Nosotros la contingencia Deste pecado? Los niños Que tiernos crian en ella Los cristianos, ¿fuera bueno Que los moros indujeran A sus costumbres y ritos Para vivir en su secta? ¿En mísero cautiverio Fuera bueno que murieran Hoy tantas vidas, por una Que no importa que se pierda? ¿Quién soy yo? ¿soy más que un hombre? Si es número que acrecienta El ser infante, ya soy Un cautivo: de nobleza No es capaz el que es esclavo; Yo lo soy: luego ya yerra El que infante me llamare. Si no lo soy, ¿quién ordena Que la vida de un esclavo En tanto precio se venda? Morir es perder el sér, Yo le perdí en una guerra: Perdí el sér, luego morí: Morí, luego ya no es cuerda Hazaña que por un muerto Hoy tantos vivos perezcan. Y así estos vanos poderes, Hoy, divididos en piezas, Serán átomos del sol, Serán del fuego centellas.

(Rompe el pliego que traia Don Enrique.)

Mas no, yo los comeré Porque áun no quede una letra Que informe al mundo que tuvo La lusitana nobleza Este intento.—Rey, yo soy Tu esclavo, dispon, ordena De mí; libertad no quiero, Ni es posible que la tenga. Enrique, vuelve á tu patria: Dí que en África me dejas Enterrado; que mi vida Yo haré que muerte parezca. Cristianos, Fernando es muerto; Moros, un esclavo os queda; Cautivos, un compañero Hoy se añade á vuestras penas; Cielos, un hombre restaura Vuestras divinas iglesias; Mar, un mísero, con llanto, Vuestras ondas acrecienta; Montes, un triste os habita, Igual ya de vuestras fieras; Viento, un pobre con sus voces Os duplica las esferas; Tierra, un cadáver hoy labra En tus entrañas su huesa: Porque rey, hermano, moros, Cristianos, sol, luna, estrellas, Cielo, tierra, mar y viento, Fieras, montes, todos sepan Que hoy un príncipe constante, Entre desdichas y penas, La fe católica ensalza, La ley de Dios reverencia; Pues cuando no hubiera otra Razon más que tener Ceuta Una iglesia consagrada Á la Concepcion eterna De la que es Reina y Señora De los cielos y la tierra, Perdiera, vive ella misma, Mil vidas en su defensa.

Rey.

Desagradecido, ingrato A las glorias y grandezas De mi reino, ¿cómo así Hoy me quitas, hoy me niegas Lo que más he deseado? Mas si en mi reino gobiernas Más que en el tuyo, ¿qué mucho Que la esclavitud no sientas? Pero ya que esclavo mio Te nombras y te confiesas, Como á esclavo he de tratarte: Tu hermano y los tuyos vean Que ya como vil esclavo Los piés ahora me besas.

D. Enr.

¡Qué desdicha!

Muley.

¡Qué dolor!

D. Enr.

¡Qué desventura!

D. Juan.

¡Qué pena!

Rey.

Mi esclavo eres.

D. Fern.

Es verdad, Y poco en eso te vengas; Que si para una jornada Salió el hombre de la tierra Al fin de varios caminos, Es para volver á ella. Más tengo que agradecerte Que culparte, pues me enseñas Atajos para llegar A la posada más cerca.

Rey.

Siendo esclavo tú, no puedes Tener títulos ni rentas. Hoy Ceuta está en tu poder: Si cautivo te confiesas, Si me confiesas por dueño, ¿Por qué no me das á Ceuta?

D. Fern.

Porque es de Dios, y no es mia.

Rey.

¿No es precepto de obediencia Obedecer al señor? Pues yo te mando con ella Que la entregues.

D. Fern.

En lo justo Dice el cielo que obedezca El esclavo á su señor; Porque si el señor dijera Á su esclavo que pecara, Obligacion no tuviera De obedecerle; porque Quien peca mandado, peca.

Rey.

Daréte muerte.

D. Fern.

Esa es vida.

Rey.

Pues para que no lo sea, Vive muriendo; que yo Rigor tengo.

D. Fern.

Y yo paciencia.

Rey.

Pues no tendrás libertad.

D. Fern.

Pues no será tuya Ceuta.

Rey.

¡Hola!

ESCENA VIII.

CELIN, moros.—Dichos.

Celin.

Señor...

Rey.

Luego al punto Aquese cautivo sea Igual á todos: al cuello Y á los piés le echad cadenas; A mis caballos acuda Y en baño y jardin, y sea Abatido como todos; No vista ropas de seda, Sino sarga humilde y pobre; Coma negro pan, y beba Agua salobre; en mazmorras Húmedas y oscuras duerma; Y á criados y á vasallos Se extienda aquesta sentencia. Llevadlos todos.

D. Enr.

¡Qué llanto!

Muley.

¡Qué desdicha!

D. Juan.

¡Qué tristeza!

Rey.

Veré, bárbaro, veré Si llega á más tu paciencia Que mi rigor.

D. Fern.

Sí verás; Porque esta en mí será eterna. (Llévanle.)

Rey.

Enrique, por el seguro De mi palabra, que vuelvas A Lisboa te permito; El mar africano deja. Dí en tu patria que su Infante, Su Maestre de Avis, queda Curándome los caballos; Que á darle libertad vengan.

D. Enr.

Sí harán, que si yo le dejo En su infelice miseria, Y me sufre el corazon El no acompañarle en ella, Es porque pienso volver Con más poder y más fuerza, Para darle libertad.

Rey.

Muy bien harás, como puedas.

Muley.

(Ap.) Ya ha llegado la ocasion De que mi lealtad se vea. La vida debo á Fernando, Yo le pagaré la deuda. (Vanse.)

Jardin.

ESCENA IX.

CELIN; DON FERNANDO, de cautivo y con cadenas; despues, CAUTIVOS.

Celin.

El Rey manda que asistas En aqueste jardin, y no resistas Su ley á tu obediencia. (Vase.)

D. Fern.

Mayor que su rigor, es mi paciencia.

(Salen varios cautivos, y uno canta miéntras los otros cavan en el jardin.)

Caut. 1.º

(Canta.) Á la conquista de Tánger, Contra el tirano de Fez, Al infante Don Fernando Envió su hermano el Rey.

D. Fern.

¡Que un instante mi historia No deje de cansar á la memoria! Triste estoy y turbado.

Caut. 2.º

¿Cautivo, cómo estais tan descuidado? No lloreis, consolaos; que ya el Maestre Dijo que volveremos Presto á la patria, y libertad tendremos. Ninguno ha de quedar en este suelo.

D. Fern.

(Ap.) ¡Qué presto perdereis ese consuelo!

Caut. 2.º

Consolad los rigores, Y ayudadme á regar aquestas flores. Tomad los cubos, y agua me id trayendo De aquel estanque.

D. Fern.

Obedecer pretendo. Buen cargo me habeis dado, Pues agua me pedís; que mi cuidado, Sembrando penas, cultivando enojos, Llenará en la corriente de mis ojos. (Vase.)

Caut. 2.º

A este baño han echado Más cautivos.

ESCENA X.

DON JUAN y otro cautivo.—Dichos.

D. Juan.

Miremos con cuidado Si estos jardines fueron Donde vino, ó si acaso éstos le vieron; Porque en su compañía Ménos el llanto y el dolor sería, Y mayor el consuelo.— Dígasme, amigo, que te guarde el cielo, Si viste cultivando Este jardin al maestre Don Fernando.

Caut. 2.º

No, amigo, no le he visto.

D. Juan.

Mal el dolor y lágrimas resisto.

Caut. 3.º

Digo que el baño abrieron, Y que nuevos cautivos á él vinieron.

ESCENA XI.

DON FERNANDO, con dos cubos de agua.—Dichos.

D. Fern.

Mortales, no os espante Ver un maestre de Avis, ver un infante En tan mísera afrenta; Que el tiempo estas miserias representa.

D. Juan.

Pues señor, ¡vuestra Alteza En tan mísero estado! De tristeza Rompa el dolor el pecho.

D. Fern.

¡Válgate Dios, qué gran pesar me has hecho, Don Juan, en descubrirme! Que quisiera ocultarme y encubrirme Entre mi misma gente, Sirviendo pobre y miserablemente.

Caut. 1.º

Señor, que perdoneis humilde os ruego Haber andado yo tan loco y ciego.

Caut. 2.º

Dános, señor, tus piés.

D. Fern.

Alzad, amigo, No hagais tal ceremonia ya conmigo.

D. Juan.

Vuestra Alteza...

D. Fern.

¿Qué Alteza Ha de tener quien vive en tal bajeza? Ved que yo humilde vivo, Y soy entre vosotros un cautivo: Ninguno ya me trate Sino como á su igual.

D. Juan.

¡Que no desate Un rayo el cielo para darme muerte!

D. Fern.

Don Juan, no ha de quejarse desa suerte Un noble. ¿Quién del cielo desconfía? La prudencia, el valor, la bizarría Se ha de mostrar ahora.

ESCENA XII.

ZARA, con un azafate.—Dichos.

Zara.

Al jardin sale Fénix mi señora, Y manda que matices y colores Borden este azafate de sus flores.

D. Fern.

Yo llevársele espero, Que en cuanto sea servir, seré el primero.

Caut. 1.º

Ea, vamos á cogellas.

Zara.

Aquí os aguardo miéntras vais por ellas.

D. Fern.

No me hagais cortesías: Iguales vuestras penas y las mias Son; y pues nuestra suerte, Si hoy no, mañana ha de igualar la muerte, No será accion liviana No dejar hoy que hacer para mañana.

(Vanse el Infante y todos haciéndole cortesías, y quédase Zara.)

ESCENA XIII.

FÉNIX, ROSA, ZARA.

Fénix.

¿Mandaste que me trajesen Las flores?

Zara.

Ya lo mandé.

Fénix.

Sus colores deseé. Para que me divirtiesen.

Rosa.

¡Que tales, señora, fuesen, Creyendo tus fantasías, Tus graves melancolías!

Zara.

¿Qué te obligó á estar así?

Fénix.

No fué sueño lo que ví, Que fueron desdichas mias. Cuando sueña un desdichado Que es dueño de algun tesoro, Ni dudo, Zara, ni ignoro Que entónces es bien soñado; Mas si á soñar ha llegado En fortuna tan incierta, Que desdichas le concierta, Ya aquello sus ojos ven, Pues soñando el mal y el bien, Halla el mal cuando despierta. Piedad no espero ¡ay de mí! Porque mi mal será cierto.

Zara.

¿Y qué dejas para el muerto, Si tú lo sientes así?

Fénix.

Ya mis desdichas creí. ¡Precio de un muerto! ¿Quién vió Tal pena? No hay gusto, no, A una infelice mujer. ¿Que al fin de un muerto he de ser? ¿Quién será este muerto?

ESCENA XIV.

DON FERNANDO, con las flores.—FÉNIX, ZARA, ROSA.

D. Fern.

Yo.

Fénix.

¡Ay cielos! ¿Qué es lo que veo?

D. Fern.

¿Qué te admira?

Fénix.

De una suerte Me admira el oirte y verte.

D. Fern.

No lo jures, bien lo creo. Yo pues, Fénix, que deseo Servirte humilde, traia Flores, de la suerte mia Jeroglíficos, señora, Pues nacieron con la aurora, Y murieron con el dia.

Fénix.

Á la maravilla dió Ese nombre al descubrilla.

D. Fern.

¿Qué flor, dí, no es maravilla Cuando te la sirvo yo?

Fénix.

Es verdad. Dí, ¿quién causó Esta novedad?

D. Fern.

Mi suerte.

Fénix.

¿Tan rigurosa es?

D. Fern.

Tan fuerte.

Fénix.

Pena das.

D. Fern.

Pues no te asombre.

Fénix.

¿Por qué?

D. Fern.

Porque nace el hombre Sujeto á fortuna y muerte.

Fénix.

¿No eres Fernando?

D. Fern.

Sí soy.

Fénix.

¿Quién te puso así?

D. Fern.

La ley De esclavo.

Fénix.

¿Quién la hizo?

D. Fern.

El Rey.

Fénix.

¿Por qué?

D. Fern.

Porque suyo soy.

Fénix.

¿Pues no te ha estimado hoy?

D. Fern.

Y tambien me ha aborrecido.

Fénix.

¿Un dia posible ha sido A desunir dos estrellas?

D. Fern.

Para presumir por ellas, Las flores habrán venido. Estas, que fueron pompa y alegría Despertando al albor de la mañana, A la tarde serán lástima vana, Durmiendo en brazos de la noche fria. Este matiz, que al cielo desafía, Iris listado de oro, nieve y grana, Será escarmiento de la vida humana: ¡Tanto se emprende en término de un dia! A florecer las rosas madrugaron, Y para envejecerse florecieron: Cuna y sepulcro en un boton hallaron. Tales los hombres sus fortunas vieron: En un dia nacieron y espiraron; Que pasados los siglos, horas fueron.

Fénix.

Horror y miedo me has dado, Ni oirte ni verte quiero; Sé el desdichado primero De quien huye un desdichado.

D. Fern.

¿Y las flores?

Fénix.

Si has hallado Jeroglíficos en ellas, Deshacellas y rompellas Sólo sabrán mis rigores.

D. Fern.

¿Qué culpa tienen las flores?

Fénix.

Parecerse á las estrellas.

D. Fern.

¿Ya no las quieres?

Fénix.

Ninguna Estimo en su rosicler.

D. Fern.

¿Cómo?

Fénix.

Nace la mujer Sujeta á muerte y fortuna; Y en esta estrella importuna Tasada mi vida ví.

D. Fern.

¿Flores con estrellas?

Fénix.

Sí.

D. Fern.

Aunque sus rigores lloro, Esa propiedad ignoro.

Fénix.

Escucha, sabráslo.

D. Fern.

Dí.

Fénix.

Esos rasgos de luz, esas centellas Que cobran con amagos superiores Alimentos del sol en resplandores, Aquello viven que se duele dellas. Flores nocturnas son; aunque tan bellas, Efímeras padecen sus ardores; Pues si un dia es el siglo de las flores, Una noche es la edad de las estrellas. De esa, pues, primavera fugitiva Ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere: Registro es nuestro, ó muera el sol ó viva. ¿Qué duracion habrá que el hombre espere, O qué mudanza habrá, que no reciba De astro, que cada noche nace y muere?

(Vanse Fénix, Zara y Rosa.)

ESCENA XV.

MULEY.—DON FERNANDO.

Muley.

A que se ausentase Fénix En esta parte esperé; Que el águila más amante Huye de la luz tal vez. ¿Estamos solos?

D. Fern.

Sí.

Muley.

Escucha.

D. Fern.

¿Qué quieres, noble Muley?

Muley.

Que sepas que hay en el pecho De un moro lealtad y fe. No sé por dónde empezar A declararme, ni sé Si diga cuánto he sentido Este inconstante desden Del tiempo, este estrago injusto De la suerte, este cruel Ejemplo del mundo, y este De la fortuna vaiven. Pero á riesgo estoy, si aquí Hablar contigo me ven; Que tratarte sin respeto Es ya decreto del Rey. Y así, á mi dolor dejando La voz, que él podrá más bien Explicarse como esclavo, Vengo á arrojarme á esos piés. Yo lo soy tuyo, y así No vengo, Infante, á ofrecer Mi favor, sino á pagar Deuda que un tiempo cobré. La vida que tú me diste, Vengo á darte; que hacer bien Es tesoro que se guarda Para cuando es menester. Y porque el temor me tiene Con grillos de miedo al pié, Y está mi pecho y mi cuello Entre el cuchillo y cordel, Quiero, acortando discursos, Declararme de una vez. Y así digo, que esta noche Tendré en el mar un bajel Prevenido; en las troneras De las mazmorras pondré Instrumentos, que desarmen Las prisiones que teneis. Luégo, por parte de afuera, Los candados romperé: Tú con todos los cautivos, Que Fez encierra hoy en él, Vuelve á tu patria, seguro De que yo lo quedo en Fez; Pues es fácil el decir Que ellos pudieron romper La prision; y así los dos Habremos librado bien, Yo el honor y tú la vida; Pues es cierto que á saber El Rey mi intento, me diera Por traidor con justa ley, Que no sintiera el morir. Y porque son menester Para granjear voluntades Dineros, aquí se ve A estas joyas reducido Innumerable interes. Este es, Fernando, el rescate De mi prision, esta es La obligacion que te tengo; Que un esclavo noble y fiel Tan inmenso bien habia De pagar alguna vez.

D. Fern.

Agradecerte quisiera La libertad; pero el Rey Sale al jardin.

Muley.

¿Hate visto Conmigo?

D. Fern.

No.

Muley.

Pues no des Que sospechar.

D. Fern.

Destos ramos Haré rústico cancel, Que me encubra miéntras pasa. (Escóndese.)

ESCENA XVI.

EL REY.—MULEY.

Rey.

(Ap. ¿Con tal secreto Muley Y Fernando? ¿Y irse el uno En el punto que me ve, Y disimular el otro? Algo hay aquí que temer. Sea cierto, ó no sea cierto, Mi temor procuraré Asegurar.) Mucho estimo...

Muley.

Gran señor, dáme tus piés.

Rey.

Hallarte aquí.

Muley.

¿Qué me mandas?

Rey.

Mucho he sentido el no ver A Ceuta por mia.

Muley.

Conquista, Coronado de laurel, Sus muros; que á tu valor Mal se podrá defender.

Rey.

Con más doméstica guerra Se ha de rendir á mis piés.

Muley.

¿De qué suerte?

Rey.

Desta suerte: Con abatir y poner A Fernando en tal estado, Que él mismo á Ceuta me dé. Sabrás, pues, Muley amigo, Que yo he llegado á temer Que del Maestre la persona No está muy segura en Fez. Los cautivos, que en estado Tan abatido le ven, Se lastiman, y recelo Que se amotinen por él. Fuera desto, siempre ha sido Poderoso el interes; Que las guardas con el oro Son fáciles de romper.

Muley.

(Ap. Yo quiero apoyar agora Que todo esto puede ser, Porque de mí no se tenga Sospecha.) Tú temes bien, Fuerza es que quieran librarle.

Rey.

Pues sólo un remedio hallé, Porque ninguno se atreva A atropellar mi poder.

Muley.

¿Y es, señor?

Rey.

Muley, que tú Le guardes, y á cargo esté Tuyo; á tí no ha de torcerte Ni el temor ni el interes. Alcaide eres del Infante, Procura el guardarle bien; Porque en cualquiera ocasion Tú me has de dar cuenta dél. (Vase.)

Muley.

Sin duda alguna que oyó Nuestros conciertos el Rey. ¡Válgame Alá!

ESCENA XVII.

DON FERNANDO.—MULEY.

D. Fern.

¿Qué te aflige?

Muley.

¿Has escuchado?

D. Fern.

Muy bien.

Muley.

¿Pues para qué me preguntas Qué me aflige, si me ves En tan ciega confusion, Y entre mi amigo y el Rey, El amistad y el honor Hoy en batalla se ven? Si soy contigo leal, He de ser traidor con él; Ingrato seré contigo, Si con él me juzgo fiel. ¿Qué he de hacer (¡valedme, cielos!), Pues al mismo que llegué A rendir la libertad, Me entrega, para que esté Seguro en mi confianza? ¿Qué he de hacer si ha echado el Rey Llave maestra al secreto? Mas para acertarlo bien, Te pido que me aconsejes: Díme tú qué debo hacer.

D. Fern.

Muley, amor y amistad En grado inferior se ven Con la lealtad y el honor. Nadie iguala con el Rey; El solo es igual consigo: Y así mi consejo es Que á él le sirvas y me faltes. Tu amigo soy; y porque Esté seguro tu honor, Yo me guardaré tambien; Y aunque otro llegue á ofrecerme Libertad, no acetaré La vida, porque tu honor Conmigo seguro esté.

Muley.

Fernando, no me aconsejas Tan leal como cortés. Sé que te debo la vida, Y que pagártela es bien; Y así lo que está tratado, Esta noche dispondré. Líbrate tú, que mi vida Se quedará á padecer Tu muerte: líbrate tú, Que nada temo despues.

D. Fern.

¿Y será justo que yo Sea tirano y cruel Con quien conmigo es piadoso, Y mate al honor cruel Que á mí me está dando vida? No, y así te quiero hacer Juez de mi causa y mi vida: Aconséjame tambien. ¿Tomaré la libertad De quien queda á padecer Por mí? ¿Dejaré que sea Uno con su honor cruel, Por ser liberal conmigo? ¿Qué me aconsejas?

Muley.

No sé; Que no me atrevo á decir Sí ni no: el no, porque Me pesará que lo diga; Y el sí, porque echo de ver Si voy á decir que sí, Que no te aconsejo bien.

D. Fern.

Sí aconsejas, porque yo, Por mi Dios y por mi ley, Seré un príncipe constante En la esclavitud de Fez.

JORNADA TERCERA.

Sala de una quinta del rey moro.

ESCENA PRIMERA.

MULEY, EL REY.

Muley.

(Ap. Ya que socorrer no espero, Por tantas guardas del Rey, A Don Fernando, hacer quiero Sus ausencias, que esta es ley De un amigo verdadero.) Señor, pues yo te serví En tierra y mar, como sabes, Si en tu gracia merecí Lugar, en penas tan graves Atento me escucha.

Rey.

Dí.

Muley.

Fernando...

Rey.

No digas más.

Muley.

¿Posible es que no me oirás?

Rey.

No, que diciendo Fernando, Ya me ofendes.

Muley.

¿Cómo, ó cuándo?

Rey.

Como ocasion no me das De hacer lo que me pidieres, Cuando me ruegas por él.

Muley.

¿Si soy su guarda, no quieres, Señor, que dé cuenta dél?

Rey.

Dí; pero piedad no esperes.

Muley.

Fernando, cuya importuna Suerte, sin piedad alguna Vive, á pesar de la fama, Tanto que el mundo le llama El monstruo de la fortuna, Examinando el rigor, Mejor dijera el poder De tu corona, señor, Hoy á tan mísero sér Le ha traido su valor, Que en un lugar arrojado, Tan humilde y desdichado, Que es indigno de tu oido, Enfermo, pobre y tullido, Piedad pide al que ha pasado; Porque como le mandaste Que en la mazmorra durmiese, Que en los baños trabajase, Que tus caballos curase Y nadie á comer le diese, A tal extremo llegó, Como era su natural Tan flaco, que se tulló; Y así la fuerza del mal Brío y majestad rindió. Pasando la noche fria En una mazmorra dura, Constante en su fe porfía; Y al salir la lumbre pura Del sol, que es padre del dia, Los cautivos (¡pena fiera!) En una mísera estera Le ponen en tal lugar, Que es, ¿dirélo? un muladar; Porque es su olor de manera, Que nadie puede sufrille Junto á su casa; y así Todos dan en despedílle, Y ha venido á estar allí Sin hablalle y sin oílle, Ni compadecerse dél. Sólo un criado y un fiel Caballero en pena extraña Le consuela y acompaña. Estos dos parten con él Su porcion, tan sin provecho, Que para uno solo es poca; Pues cuando los labios toca, Se suele pasar al pecho Sin que lo sepa la boca; Y áun á estos dos los castiga Tu gente, por la piedad Que al dueño á servir obliga; Mas no hay rigor ni crueldad, Por más que ya los persiga, Que dél los pueda apartar. Miéntras uno va á buscar De comer, el otro queda Con quien consolarse pueda De su desdicha y pesar. Acaba ya rigor tanto: Tén del Príncipe, señor, Puesto en tan fiero quebranto, Ya que no piedad, horror; Asombro, ya que no llanto.

Rey.

Bien está, Muley.

ESCENA II.

FÉNIX.—Dichos.

Fénix.

Señor, Si ha merecido en tu amor Gracia alguna mi humildad, Hoy á vuestra Majestad, Vengo á pedir un favor.

Rey.

¿Qué podré negarte á tí?

Fénix.

Fernando el Maestre...

Rey.

Está bien; Ya no hay que pasar de ahí.

Fénix.

Horror da á cuantos le ven En tal estado; de tí Sólo merecer quisiera...

Rey.

¡Detente, Fénix, espera! ¿Quién á Fernando le obliga Para que su muerte siga, Para que infelice muera? Si por ser cruel y fiel A su fe, sufre castigo Tan dilatado y cruel, Él es el cruel consigo, Que yo no lo soy con él. ¿No está en su mano el salir De su miseria, y vivir? Pues eso en su mano está, Entregue á Ceuta, y saldrá De padecer y sentir Tantas penas y rigores.

ESCENA III.

CELIN.—Dichos.

Celin.

Licencia aguardan que des, Señor, dos embajadores: De Tarudante uno es, Y el otro del portugues Alfonso.

Fénix.

(Ap.)¿Hay penas mayores? Sin duda que por mí envía Tarudante.

Muley.

(Ap.)Hoy perdí, cielos, La esperanza que tenía. Mátenme amistad y celos, Todo lo perdí en un dia.

Rey.

Entren, pues. En este estrado (Vase Celin.) Conmigo te asienta, Fénix. (Siéntanse.)

ESCENA IV.

DON ALFONSO y TARUDANTE, cada uno por su parte.—Dichos.

Tarud.

Generoso rey de Fez...

D. Alf.

Rey de Fez altivo y fuerte...

Tarud.

Cuya fama...

D. Alf.

Cuya vida...

Tarud.

Nunca muera...

D. Alf.

Viva siempre...

Tarud.

(A Fénix.) Y tú de aquel sol aurora...

D. Alf.

Tú de aquel ocaso oriente...

Tarud.

A pesar de siglos dures...

D. Alf.

A pesar de tiempos reines...

Tarud.

Porque tengas...

D. Alf.

Porque goces...

Tarud.

Felicidades...

D. Alf.

Laureles...

Tarud.

Altas dichas...

D. Alf.

Triunfos grandes...

Tarud.

Pocos males...

D. Alf.

Muchos bienes...

Tarud.

¿Cómo miéntras hablo yo, Tú, cristiano, á hablar te atreves?

D. Alf.

Porque nadie habla primero Que yo, donde yo estuviere.

Tarud.

A mí, por ser de nacion Alarbe, el lugar me deben Primero; que los extraños Donde hay propios, no prefieren.

D. Alf.

Donde saben cortesía, Sí hacen; pues vemos siempre Que dan en cualquiera parte El mejor lugar al huésped.

Tarud.

Cuando esa razon lo fuera, Aun no pudiera vencerme; Porque el primero lugar Sólo se le debe al huésped.

Rey.

Ya basta, y los dos ahora En mis estrados se sienten. Hable el portugues, que en fin Por de otra ley se le debe Más honor.

Tarud.

(Ap.)Corrido estoy.

D. Alf.

Ahora yo seré breve: Alfonso de Portugal, Rey famoso, á quien celebre La fama en lenguas de bronce A pesar de envidia y muerte, Salud te envía, y te ruega Que pues libertad no quiere Fernando, como su vida La ciudad de Ceuta cueste, Que reduzcas su valor Hoy á cuantos intereses El más avaro codicie, El más liberal desprecie; Y que dará en plata y oro Tanto precio como pueden Valer dos ciudades. Esto Te pide amigablemente; Pero si no se le entregas, Que ha de librarle promete Por armas, á cuyo efecto Ya sobre la espalda leve Del mar ciudades fabrica De mil armados bajeles; Y jura que á sangre y fuego Ha de librarle y vencerte, Dejando aquesta campaña Llena de sangre, de suerte, Que cuando el sol se levante Halle los matices verdes Esmeraldas, y los pierda Rubíes cuando se acueste.

Tarud.

Aunque como embajador No me toca responderte, En cuanto toca á mi Rey, Puedo, cristiano, atreverme, Porque ya es suyo este agravio, Como hijo que obedece Al Rey mi señor; y así Decir de su parte puedes A Don Alfonso, que venga, Porque en término más breve Que hay de la noche á la aurora, Vea en púrpura caliente Agonizar estos campos, Tanto que los cielos piensen Que se olvidaron de hacer Otras flores que claveles.

D. Alf.

Si fueras, moro, mi igual, Pudiera ser que se viese Reducida esta victoria A dos jóvenes valientes; Mas díle á tu Rey que salga Si ganar fama pretende; Que yo haré que salga el mio.

Tarud.

Casi has dicho que lo eres, Y siendo así, Tarudante Sabrá tambien responderte.

D. Alf.

Pues en campaña te espero.

Tarud.

Yo haré que poco me esperes, Porque soy rayo.

D. Alf.

Yo viento.

Tarud.

Volcan soy que llamas vierte.

D. Alf.

Hidra soy que fuego arroja.

Tarud.

Yo soy furia.

D. Alf.

Yo soy muerte.

Tarud.

¿Que no te espantes de oirme?

D. Alf.

¿Que no te mueras de verme?

Rey.

Señores, vuestras Altezas, Ya que los enojos pueden Correr al sol las cortinas Que le embozan y oscurecen, Adviertan que en tierra mia Campo aplazarse no puede Sin mí; y así yo le niego, Para que tiempo me quede De serviros.

D. Alf.

No recibo Yo hospedaje ni mercedes De quien recibo pesares. Por Fernando vengo: el verle Me obligó á llegar á Fez Disfrazado desta suerte: Ántes de entrar en tu corte Supe que á esta quinta alegre Asistias; y así vine A hablarte, porque fin diese La esperanza que me trajo; Y pues tan mal me sucede, Advierte, señor, que solo La respuesta me detiene.

Rey.

La respuesta, rey Alfonso, Será compendiosa y breve: Que si no me das á Ceuta, No hayas miedo que le lleves.

D. Alf.

Pues ya he venido por él, Y he de llevarle: prevente Para la guerra que aplazo.— Embajador, ó quien eres, Véamonos en la campaña. ¡Hoy toda el África tiemble! (Vase.)

ESCENA V.

EL REY, FÉNIX, MULEY, TARUDANTE.

Tarud.

Ya que no pude lograr La fineza, hermosa Fénix, De serviros como esclavo, Logre al ménos la de verme A vuestros piés. Dad la mano A quien un alma os ofrece.

Fénix.

Vuestra Alteza, gran señor, Finezas y honras no aumente A quien le estima, pues sabe Lo que á sí mismo se debe.

Muley.

(Ap.) ¿Qué espera quien esto llega A ver y no se da muerte?

Rey.

Ya que vuestra Alteza vino A Fez impensadamente, Perdone del hospedaje La cortedad.

Tarud.

No consiente Mi ausencia más dilacion Que la de un plazo muy breve; Y supuesto que venía Mi embajador con poderes Para llevar á mi esposa, Como tú dispuesto tienes, No, por haberlo yo sido, Mi fineza desmerece La brevedad de la dicha.

Rey.

En todo, señor, me vences; Y así por pagar la deuda, Como porque se previenen Tantas guerras, es razon Que desocupado quede Destos cuidados; y así Volverte luégo conviene Ántes que ocupen el paso Las amenazadas huestes[8] De Portugal.

Tarud.

Poco importa, Porque yo vengo con gente Y ejército numeroso, Tal, que esos campos parecen Más ciudades que desiertos, Y volveré brevemente Con ella á ser tu soldado.

Rey.

Pues luégo es bien que se apreste La jornada; pero en Fez Será bien, Fénix, que entres A alegrar á esa ciudad. Muley.

Muley.

Gran señor.

Rey.

Prevente, Que con la gente de guerra Has de ir sirviendo á Fénix, Hasta que quede segura, Y con su esposo la dejes.

Muley.

(Ap.) Esto sólo me faltaba, Para que, estando yo ausente, Aun le falte mi socorro A Fernando, y no le quede Esta pequeña esperanza. (Vanse.) . . . . . . . . . . . .[9]

Una calle de Fez.

ESCENA VI.

DON JUAN, BRITO, y otros CAUTIVOS, que sacan á DON FERNANDO, y le sientan en una estera.

D. Fern.

Ponedme en aquesta parte, Para que goce mejor La luz que el cielo reparte.— ¡Oh inmenso, oh dulce Señor, Qué de gracias debo darte! Cuando como yo se vía Job, el dia maldecia; Mas era por el pecado En que habia sido engendrado; Pero yo bendigo el dia Por la gracia que nos da Dios en él; pues claro está, Que cada hermoso arrebol Y cada rayo del sol, Lengua de fuego será Con que le alabo y bendigo.

Brito.

¿Estás bien, señor, así?

D. Fern.

Mejor que merezco, amigo. ¡Qué de piedades aquí, Oh Señor, usais conmigo! Cuando acaban de sacarme De un calabozo, me dais Un sol para calentarme: Liberal, Señor, estais.

Caut. 1.º

Sabe el cielo, si quedarme Y acompañaros quisiera; Mas ya veis que nos espera El trabajo.

D. Fern.

Hijos, adios.

Caut. 2.º

¡Qué pesar!

Caut. 3.º

¡Qué ánsia tan fiera!

(Vanse los cautivos.)

D. Fern.

¿Quedais conmigo los dos?

D. Juan.

Yo tambien te he de dejar.

D. Fern.

¿Qué haré yo sin tu favor?

D. Juan.

Presto volveré, señor; Que sólo voy á buscar Algo que comas, porque Despues que Muley se fué De Fez, nos falta en el suelo Todo el humano consuelo; Pero con todo eso iré A procurarle, si bien Imposibles solicito, Porque ya cuantos me ven, Por no ir contra el edito, Que manda que no te den Ni agua tampoco, ni á mí Me venden nada, señor, Por ver que te asisto á tí; Que á tanto llega el rigor De la suerte. Pero aquí Gente viene. (Vase.)

D. Fern.

¡Oh si pudiera Mi voz mover á piedad A alguno, porque siquiera Un instante más viviera Padeciendo!

ESCENA VII.

EL REY, TARUDANTE, FÉNIX, CELIN.—DON FERNANDO, BRITO.

Celin.

Gran señor, Por una calle has venido, Que es fuerza que visto seas Del Infante y advertido.

Rey.

(A Tarudante.) Acompañarte he querido, Porque mi grandeza veas.

Tarud.

Siempre mis honras deseas...

D. Fern.

Dadle de limosna hoy A este pobre algun sustento: Mirad que hombre humano soy, Y que afligido y hambriento, Muriendo de hambre estoy. Hombres, doleos de mí, Que una fiera de otra fiera Se compadece.

Brito.

Ya aquí No hay pedir de esa manera.

D. Fern.

¿Cómo he de decir?

Brito.

Así: Moros, tened compasion, Y algo que este pobre coma Le dad en esta ocasion, Por el santo zancarron Del gran profeta Mahoma.

Rey.

Que tenga fe en este estado, Tan mísero y desdichado, Más me ofende, más me infama.— Maestre, Infante.

Brito.

El Rey llama.

D. Fern.

¿A mí? Brito, haste engañado: Ni Infante ni Maestre soy, El cadáver suyo sí; Y pues ya en la tierra estoy, Aunque Infante y Maestre fuí, No es ese mi nombre hoy.

Rey.

Pues no eres Maestre ni Infante, Respóndeme por Fernando.

D. Fern.

Ahora, aunque me levante De la tierra, iré arrastrando A besar tu pié.

Rey.

Constante Te muestras, á mi pesar. ¿Es humildad ó valor Esta obediencia?

D. Fern.

Es mostrar Cuánto debe respetar El esclavo á su señor. Y pues que tu esclavo soy, Y estoy en presencia tuya Esta vez, tengo de hablarte: Mi Rey y señor, escucha. Rey te llamé, y aunque seas De otra ley, es tan augusta De los reyes la deidad, Tan fuerte y tan absoluta, Que engendra ánimo piadoso; Y así es forzoso que acudas A la sangre generosa Con piedad y con cordura; Que áun entre brutos y fieras Este nombre es de tan suma Autoridad, que la ley De naturaleza ajusta Obediencias; y así lêmos En repúblicas incultas, Al leon rey de las fieras, Que cuando la frente arruga De guedejas se corona, Es piadoso, pues que nunca Hizo presa en el rendido. En las saladas espumas Del mar el delfin, que es rey De los peces, le dibujan Escamas de plata y oro Sobre la espalda cerúlea Coronas, y ya se vió De una tormenta importuna Sacar los hombres á tierra, Porque el mar no los consuma. El águila caudalosa, A quien copete de plumas Riza el viento en sus esferas, De cuantas aves saludan Al sol es emperatriz, Y con piedad noble y justa, Porque brindado no beba El hombre entre plata pura La muerte, que en los cristales Mezcló la ponzoña dura Del áspid, con pico y alas Los revuelve y los enturbia. Aun entre plantas y piedras Se dilata y se dibuja Este imperio: la granada, A quien coronan las puntas De una corteza, en señal De que es reina de las frutas, Envenenada marchita Los rubíes que la ilustran, Y los convierte en topacios, Color desmayada y mustia. El diamante, á cuya vista Ni áun el iman ejecuta Su propiedad, que por rey Esta obediencia le jura, Tan noble es, que la traicion Del dueño no disimula; Y la dureza, imposible De que buriles la pulan, Se deshace entre sí misma, Vuelta en cenizas menudas. Pues si entre fieras y peces, Plantas, piedras y aves, usa Esta majestad de rey De piedad, no será injusta Entre los hombres, señor: Porque el ser no te disculpa De otra ley, que la crueldad En cualquiera ley es una. No quiero compadecerte Con mis lástimas y angustias Para que me des la vida, Que mi voz no la procura; Que bien sé que he de morir De esta enfermedad que turba Mis sentidos, que mis miembros Discurre helada y caduca. Bien sé que herido de muerte Estoy, porque no pronuncia Voz la lengua, cuyo aliento No sea una espada aguda. Bien sé al fin que soy mortal, Y que no hay hora segura; Y por eso dió una forma Con una materia en una Semejanza la razon Al ataud y á la cuna. Accion nuestra es natural, Cuando recibir procura Algo un hombre, alzar las manos En esta manera juntas; Mas cuando quiere arrojarlo, De aquella misma accion usa, Pues las vuelve boca abajo Porque así las desocupa. El mundo, cuando nacemos, En señal de que nos busca, En la cuna nos recibe, Y en ella nos asegura Boca arriba; pero cuando, O con desden ó con furia, Quiere arrojarnos de sí, Vuelve las manos que junta, Y aquel instrumento mismo Forma esta materia muda; Pues fué cuna boca arriba Lo que boca abajo es tumba. Tan cerca vivimos, pues, De nuestra muerte, tan juntas Tenemos, cuando nacemos, El lecho como la cuna. ¿Qué aguarda quien esto oye? Quien esto sabe, ¿qué busca? Claro está que no será La vida: no admite duda; La muerte sí: esta te pido, Porque los cielos me cumplan Un deseo de morir Por la fe; que, aunque presumas Que esto es desesperacion, Porque el vivir me disgusta, No es sino afecto de dar La vida en defensa justa De la fe, y sacrificar A Dios vida y alma juntas: Y así aunque pida la muerte, El afecto me disculpa. Y si la piedad no puede Vencerte, el rigor presuma Obligarte. ¿Eres leon? Pues ya será bien que rujas, Y despedaces á quien Te ofende, agravia é injuria. ¿Eres águila? Pues hiere Con el pico y con las uñas A quien tu nido deshace. ¿Eres delfin? Pues anuncia Tormentas al marinero Que el mar de este mundo sulca. ¿Eres árbol real? Pues muestra Todas las ramas desnudas A la violencia del tiempo, Que ira de Dios ejecuta. ¿Eres diamante? Hecho polvos Sé pues venenosa furia, Y cánsate; porque yo, Aunque más tormentos sufra, Aunque más rigores vea, Aunque llore más angustias, Aunque más miserias pase, Aunque halle más desventuras, Aunque más hambre padezca, Aunque mis carnes no cubran Estas ropas, y aunque sea Mi esfera esta estancia sucia, Firme he de estar en mi fe; Porque es el sol que me alumbra, Porque es la luz que me guía, Es el laurel que me ilustra. No has de triunfar de la Iglesia; De mí, si quieres, trïunfa: Dios defenderá mi causa, Pues yo defiendo la suya.

Rey.

¿Posible es que en tales penas Blasones y te consueles, Siendo propias? ¿Qué condenas, No me duelan, siendo ajenas, Si tú de tí no te dueles? Que pues tu muerte causó Tu misma mano y yo no, No esperes piedad de mí; Ten tú lástima de tí, Fernando, y tendréla yo. (Vase.)

D. Fern.

(A Tarudante.) Señor, vuestra Majestad Me valga.

Tarud.

¡Qué desventura! (Vase.)

D. Fern.

(A Fénix.) Si es alma de la hermosura Esa divina deidad, Vos, señora, me amparad Con el Rey.

Fénix.

¡Qué gran dolor!

D. Fern.

¿Aun no me mirais?

Fénix.

¡Qué horror!

D. Fern.

Haceis bien; que vuestros ojos No son para ver enojos.

Fénix.

¡Qué lástima! ¡qué pavor!

D. Fern.

Pues aunque no me mireis Y ausentaros intenteis, Señora, es bien que sepais, Aunque tan bella os juzgais, Que más que yo no valeis, Y yo quizá valgo más.

Fénix.

Horror con tu voz me das, Y con tu aliento me hieres. ¡Déjame, hombre! ¿qué me quieres? Que no puedo sentir más. (Vase.)

ESCENA VIII.

DON JUAN, con un pan.—DON FERNANDO, BRITO.

D. Juan.

Por alcanzar este pan Que traerte, me han seguido Los moros, y me han herido Con los palos que me dan.

D. Fern.

Esa es la herencia de Adan.

D. Juan.

Tómale.

D. Fern.

Amigo leal, Tarde llegas, que mi mal Es ya mortal.

D. Juan.

Déme el cielo En tantas penas consuelo.

D. Fern.

Pero ¿qué mal no es mortal, Si mortal el hombre es, Y en este confuso abismo La enfermedad de sí mismo Le viene á matar despues? Hombre, mira que no estés Descuidado: la verdad Sigue, que hay eternidad; Y otra enfermedad no esperes Que te avise, pues tú eres Tu mayor enfermedad. Pisando la tierra dura De contínuo el hombre está, Y cada paso que da Es sobre su sepultura. Triste ley, sentencia dura Es saber que en cualquier caso Cada paso (¡gran fracaso!) Es para andar adelante, Y Dios no es á hacer bastante, Que no haya dado aquel paso. Amigos, á mi fin llego: Llevadme de aquí en los brazos.

D. Juan.

Serán los últimos lazos De mi vida.

D. Fern.

Lo que os ruego, Noble Don Juan, es que luego Que espire me desnudeis. En la mazmorra hallaréis De mi religion el manto, Que le traje tiempo tanto; Con este me enterraréis Descubierto, si el Rey fiero Ablanda la saña dura, Dándome la sepultura; Y señaladla; que espero, Que aunque hoy cautivo muero, Rescatado he de gozar El sufragio del altar; Que pues yo os he dado á vos Tantas iglesias, mi Dios, Alguna me habeis de dar.

(Llévanle en brazos.)

Playa distante de la ciudad de Fez.—Es de noche.

ESCENA IX.

DON ALFONSO, soldados con arcabuces.

D. Alf.

Dejad á la inconstante Playa azul esa máquina arrogante De naves, que causando al cielo asombros, El mar sustenta en sus nevados hombros: Y en estos horizontes Aborten gente los preñados montes Del mar, siendo con máquinas de fuego Cada bajel un edificio griego.

ESCENA X.

DON ENRIQUE.—Dichos.

D. Enr.

Señor, tú no quisiste que saliera Nuestra gente de Fez en la ribera, Y este puesto escogiste Para desembarcar: infeliz fuiste, Porque por una parte Marchando viene el numeroso Marte, Cuyo ejército al viento desvanece, Y los collados de los montes crece. Tarudante conduce gente tanta, Llevando á su mujer, felice Infanta De Fez, hácia Marruecos... Mas respondan las lenguas de los ecos.

D. Alf.

Enrique, á eso he venido, A esperarle á este paso; que no ha sido Esta eleccion acaso; prevenida Estaba, y la razon está entendida: Si yo á desembarcar á Fez llegara, Esta gente y la suya en ella hallara; Y estando divididos, Hoy con ménos poder están vencidos; Y ántes que se prevengan, Toca al arma.

D. Enr.

Señor, advierte y mira Que es sin tiempo esta guerra.

D. Alf.

Ya mi ira Ningun consejo alcanza. No se dilate un punto esta venganza: Éntre en mi brazo fuerte Por África el azote de la muerte.

D. Enr.

Mira que ya la noche, Envuelta en sombras, el luciente coche Del sol esconde entre las sombras puras.

D. Alf.

Pelearemos á oscuras; Que á la fe que me anima, Ni el tiempo ni el poder la desanima. Fernando, si el martirio que padeces, Pues es suya la causa, á Dios le ofreces, Cierta está la victoria: Mio será el honor, suya la gloria.

D. Enr.

Tu orgullo altivo yerra.

ESCENA XI.

DON FERNANDO.—Dichos.

D. Fern.

(Dentro.) ¡Embiste, gran Alfonso! ¡Guerra! ¡guerra!

D. Alf.

¿Oyes confusas voces Romper los vientos tristes y veloces?

D. Enr.

Sí, y en ellos se oyeron Trompetas que á embestir señal hicieron.

D. Alf.

¡Pues á embestir, Enrique! que no hay duda Que el cielo ha de ayudarnos hoy.

(Aparécese el Infante D. Fernando, con manto capitular, y una hacha encendida.)

D. Fern.

Sí ayuda, Porque obligando al cielo, Que vió tu fe, tu religion, tu celo, Hoy tu causa defiende. Librarme á mí de esclavitud pretende, Porque, por raro ejemplo, Por tantos templos, Dios me ofrece un templo; Y con esta luciente Antorcha desasida del oriente, Tu ejército arrogante Alumbrando he de ir siempre delante, Para que hoy en trofeos Iguales, grande Alfonso, á tus deseos, Llegues á Fez, no á coronarte agora, Sino á librar mi ocaso en el aurora.

(Vase.)

D. Enr.

Dudando estoy, Alfonso, lo que veo.

D. Alf.

Yo no, todo lo creo; Y si es de Dios la gloria, No digas guerra ya, sino victoria. (Vanse.)

Vista interior de los muros de Fez.

ESCENA XII.

EL REY y CELIN; y en lo alto estará DON JUAN y UN CAUTIVO, y un ataud en que parezca estar el Infante.

D. Juan.

Bárbaro, gózate aquí De que tirano quitaste La mejor vida.

Rey.

¿Quién eres?

D. Juan.

Un hombre, que aunque me maten, No he de dejar á Fernando, Y aunque de congoja rabie, He de ser perro leal Que en muerte he de acompañarle.

Rey.

Cristianos, ese es padron Que á las futuras edades Informe de mi justicia; Que rigor no ha de llamarse Venganza de agravios hechos Contra personas reales. Venga Alfonso agora, venga Con arrogancia á sacarle De esclavitud; que aunque yo Perdí esperanzas tan grandes De que Ceuta fuese mia; Porque las pierda arrogante De su libertad, me huelgo De verle en estrecha cárcel. Aun muerto no ha de estar libre De mis rigores notables; Y así puesto á la vergüenza Quiero que esté á cuantos pase.

D. Juan.

Presto verás tu castigo, Que por campañas y mares Ya descubro desde aquí Mis cristianos estandartes.

Rey.

Subamos á la muralla A saber sus novedades.

D. Juan.

Arrastrando las banderas Y destemplados los parches, Muertas las cuerdas y luces, Todas son tristes señales. (Vanse.)

Vista exterior de los muros de Fez.

ESCENA XIII.

Tocan cajas destempladas; sale DON FERNANDO delante, con una hacha encendida, y detras DON ALFONSO, DON ENRIQUE y SOLDADOS, que traen presos á TARUDANTE, FÉNIX y MULEY; despues EL REY y CELIN.

D. Fern.

En el horror de la noche, Por sendas que nadie sabe, Te guié: ya con el sol Pardas nubes se deshacen. Victorioso, gran Alfonso, A Fez conmigo llegaste: Este es el muro de Fez, Trata en él de mi rescate. (Vase.)

D. Alf.

¡Ah de los muros! Decid Al Rey que salga á escucharme.

(Salen el Rey y Celin al muro.)

Rey.

¿Qué quieres, valiente jóven?

D. Alf.

Que me entregues al Infante, Al maestre Don Fernando, Y te daré por rescate A Tarudante y á Fénix, Que presos están delante. Escoge lo que quisieres: Morir Fénix, ó entregarle.

Rey.

¿Qué he de hacer, Celin amigo, En confusiones tan grandes? Fernando es muerto, y mi hija Está en su poder. ¡Mudable Condicion de la fortuna, Que á tal estado me trae!

Fénix.

¿Qué es esto, señor? Pues viendo Mi persona en este trance, Mi vida en este peligro, Mi honor en este combate, ¡Dudas qué has de responder! ¿Un minuto, ni un instante De dilacion te permite El deseo de librarme? En tu mano está mi vida, ¿Y consientes (¡pena grave!) Que la mia (¡dolor fiero!) Injustas prisiones aten? De tu voz está pendiente Mi vida (¡rigor notable!), ¿Y permites que la mia Turbe la esfera del aire? A tus ojos ves mi pecho Rendido á un desnudo alfanje, ¿Y consientes que los mios Tiernas lágrimas derramen? Siendo Rey, has sido fiera; Siendo padre, fuiste áspid; Siendo juez, eres verdugo: Ni eres Rey, ni juez, ni padre.

Rey.

Fénix, no es la dilacion De la respuesta negarte La vida, cuando los cielos Quieren que la mia acabe. Y puesto que ya es forzoso Que una ni otra se dilate, Sabe, Alfonso, que á la hora Que Fénix salió ayer tarde, Con el sol llegó al ocaso, Sepultándose en dos mares De la muerte, y de la espuma, Juntos el sol y el Infante. Esta caja humilde y breve Es de su cuerpo el engaste. Da la muerte á Fénix bella: Venga tu sangre en mi sangre.

Fénix.

¡Ay de mí! Ya mi esperanza De todo punto se acabe.

Rey.

Ya no me queda remedio Para vivir un instante.

D. Enr.

¡Válgame el cielo! ¿qué escucho? ¡Qué tarde, cielos, qué tarde Le llegó la libertad!

D. Alf.

No digas tal; que si ántes Fernando en sombras nos dijo Que de esclavitud le saque, Por su cadáver lo dijo, Porque goce su cadáver Por muchos templos un templo, Y á él se ha de hacer el rescate.— Rey de Fez, porque no pienses Que muerto Fernando vale Ménos que aquesta hermosura; Por él, cuando muerto yace, Te la trueco. Envía, pues, La nieve por los cristales, El enero por los mayos, Las rosas por los diamantes, Y al fin, un muerto infelice Por una divina imágen.

Rey.

¿Qué dices, invicto Alfonso?

D. Alf.

Que esos cautivos le bajen.

Fénix.

Precio soy de un hombre muerto; Cumplió el cielo su homenaje.

Rey.

Por el muro descolgad El ataud, y entregadle; Que para hacer las entregas A sus piés voy á arrojarme.

(Quítase del muro.—Bajan el ataud con cuerdas por el muro.)

D. Alf.

En mis brazos os recibo, Divino Príncipe mártir.

D. Enr.

Yo, hermano, aquí te respeto.

ESCENA XIV.

EL REY, DON JUAN, cautivos.—Dichos.

D. Juan.

Dáme, invicto Alfonso, dáme La mano.

D. Alf.

Don Juan, amigo, ¡Buena cuenta del Infante Me habeis dado!

D. Juan.

Hasta su muerte Le acompañé, hasta mirarle Libre, vivo y muerto estuve Con él: mirad dónde yace.

D. Alf.

Dadme, tio, vuestra mano; Que aunque necio é ignorante A sacaros del peligro Vine, gran señor, tan tarde, En la muerte, que es mayor, Se muestran las amistades. En un templo soberano Haré depósito grave De vuestro dichoso cuerpo.— A Fénix y á Tarudante (Al Rey.) Te entrego, Rey, y te pido Que aquí con Muley la cases, Por la amistad que yo sé Que tuvo con el Infante. Ahora llegad, cautivos, Vuestro Infante ved, llevadle En hombros hasta la armada[10].

Rey.

Todos es bien le acompañen.

D. Alf.

Al són de dulces trompetas Y templadas cajas marche El ejército con órden De entierro, para que acabe, Pidiendo perdon humilde Aquí de sus yerros grandes, El lusitano Fernando, Príncipe en la fe constante.

Notes in this chapter

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