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El tío Traga-santos cerró por dentro la puerta de la ermita, reforzándola con los bancos y oyendo á la irritada muchedumbre gritar: «¡Cerquemos la ermita de paja y leña y peguémosle fuego, para que muera achicharrado en ella ese hipócrita y pastelero tío Traga-santos!»; el pobre tío Traga-santos cogió la preciosa imagen de San Isidro, y saltando por la ventana de la trasera con felicidad tan milagrosa, que nadie le vió, ni se hicieron él ni el Santo el menor daño, logró salir á la vega á la luz del fuego que devoraba el hermoso edificio levantado por él sobre un montón de gloriosas ruinas, á costa de tanto amor y trabajo, y tomó el camino de la inmigración al compás de las maldiciones é improperios del vulgo, cuyo amor había creído alcanzar con el ten-con-ten, ó lo que es lo mismo, procurando complacer á todos, sin ocurrírsele que sólo se debe complacer al que lo merece.
VINO Y FRAILES
Por Don Narciso Campillo{114-1}
I
¿En dónde pasa la acción de esta verídica historia? En cualquier sitio delicioso de cualquiera provincia de España. En todas ellas hubo docenas de docenas de conventos, cuyos piadosos moradores atravesaban este valle de lágrimas sostenidos por su fe y por los copiosos tragos y valientes tajadas con que procuraban conservarse robustos para entrar con pie firme en la mansión de los bienaventurados. Así es que en los solemnes días de procesiones y oficios religiosos, cuando los frailes salían juntos en comunidad y cruzaban grave y lentamente {114-2} plazas y calles precedidos de estandartes, cantores y músicas, admirábase{114-3} la gente devota de verlos tan lucios, gordos y colorados, á pesar de los ayunos, maceraciones y cilicios que debían de sufrir, atribuyendo sus esféricas panzas, bermejos rostros y anchos cogotes á la influencia y acción de la divina gracia, tranquilidad de conciencia y justo galardón de evangélicas virtudes.
No seré yo, pecador, quien lo niegue; aunque sospecho que la regalona vida y suculenta mesa tendrían en ello no pequeña parte; que el jamón y el vino crían carne y sangre con más eficacia que todas las antífonas, jubileos y responsorios. Á lo menos, tal es la común opinión de fisiólogos y médicos; pero no entraré yo á sustentarla para que no me roan los huesos tachándome de incrédulo y materialista y tal vez de otras cosas peores. He reparado que según disminuye la fe, aumenta el número de los que dicen que la tienen; y ya no hay podrido que no finja escrúpulos de doncella, ni deje de establecer cátedra de religión y moral, censurándolo todo y admirándose de todo como si hubiese caído de las celestes regiones y temiera manchar la túnica de su inocencia al contacto de este mundo pecador y terrestre. De semejante cuadrilla conozco muchos cómicos. Dios los aplaste y luego los perdone,{115-1} y vamos á mi cuento.
Era cosa extraña que hallándose el monasterio de Nuestra Señora del Valle en uno de los lugares más sanos, ventilados y hermosos de toda España, siempre hubiese en él un crecido número de enfermos. Singularmente al llegar la primavera menudeaban las dolencias de carácter inflamatorio, y cada apoplegía que estallaba era un súbito escopetazo que se llevaba un fraile al sepulcro, sin darle cinco minutos para rezar un Padre Nuestro. El médico, persona entendida y de conciencia, y que, hubiese{115-2} poco ó mucho trabajo, cobraba por años á cuota fija, calentábase la mollera discurriendo sobre la causa de tales enfermedades. ¿Estaba en la atmósfera? Nada tan puro como los aires de aquel convento, situado en el campo á legua y media del más cercano pueblo, en un cerro ventilado y alegre y en medio de frondosas arboledas. ¿Consistiría en las aguas? ¡Pero si las aguas bajaban de la próxima sierra, delgadas, copiosas y tan cristalinas que ni con la imaginación podían suponerse mejores! ¿Los alimentos? Algún abuso habría en la cantidad; mas en la calidad eran dignos de servirse en mesas de reyes. ¿La estrechez de la regla, las penitencias, los ásperos cilicios? El médico sabía muy bien que no había tales carneros; y aunque los hubiera, semejantes austeridades enflaquecen y momifican el cuerpo, siendo más propias para dejarlo cacoquimio y exangüe, que para sobrecargarlo de carnazas y acres y gruesos humores. Ningún cenobita de los antiguos tiempos tuvo jamás barriga prominente ni mofletes rubicundos, aunque al retirarse de la sociedad para vivir angélicamente en el desierto, estuviese reventando de puro gordo. Los rábanos, berengenas, lechugas y otros manjares por el mismo órden con que se alimentaban los penitentes solitarios, eran poco adecuados para criar mantecas; y aunque algunos tenían un cuervo ú otro caritativo pajarraco que diariamente les llevaba un pan, tampoco medraban mucho, pues el pan seco, más que otra cosa, es mortificación y abstinencia.
Pero los frailes del Valle bebían vino, y añejo, y puro, y potencioso, y capaz de resucitar á un difunto con sólo arrimarle á la nariz una copita. ¡Ah! ¡el vino, el vino! Ahí estaba la cola del lagarto y el punto de la dificultad. El galeno dábase palmadas en la ancha frente, indignado contra sí mismo por su torpeza. ¿Cómo no lo había conocido antes? ¿De qué otra cosa podía provenir aquella tendencia inflamatoria y pletórica tan común entre los monjes? No le quedaba duda: del vino. Además de ser generoso y añejo, lo bebían á todo pasto, en anchos y profundos tazones, á gaznate abierto y codo levantado, sin regla ni medida. Padre había{116-1} en la comunidad que no recordaba ya el sabor del agua; pero que sabía en cambio de memoria las vigas del refectorio con todas sus cabeceras, entalles y labores.....
El médico, hombre de conciencia y amigo de la verdad, creyó cumplir un deber dando cuenta de sus observaciones al Prior del convento, que tal vez y sin tal vez era en la casa el menos devoto de Baco, hasta el punto de que solía bautizar su vino, con grave escándalo de la comunidad, partidaria del vino moro y aborrecedora de las mezclas. El Superior no dijo palabra á nadie, limitándose á poner en su vino más agua todavía para ver si lograba conseguir algún fruto con la muda elocuencia del ejemplo. Pero aunque se hubiese bebido el estanque de la casa, que no era flojo, como destinado á criar hermosas truchas, no por eso habría fundado escuela ni aun sacado el menor discípulo. El vino seguía bajando á raudales por aquellas gargantas, y la enfermería cobrando su acostumbrado tributo.
Entre tanto acercábase la fiesta de nuestro señor San Juan, en cuyo día{117-1} la comunidad acostumbraba celebrar capítulo donde los padres graves discutían todo lo relativo al orden y acertado gobierno del convento, así en la esfera espiritual como en la temporal y económica. Ciertamente no eran tales asambleas en muchas ocasiones lo pacíficas que es de suponer entre clérigos regulares, y las crónicas de los institutos religiosos y la tradición de personas ancianas conservan la memoria de algunas de estas reuniones que terminaron trágicamente como el famoso Rosario de la Aurora. Los frailes son hombres, y es muy cándido el creer que al encajarse los hábitos y entrar en la clausura dejan á la puerta su carácter, instintos y pasiones, transformándose de repente en ángeles ó cosa parecida. Así, pues, y por el fundado temor de armar un tiberio, moderábanse los más vehementes, exponiendo con templanza sus opiniones; y aun los rectores, abades, priores ó provinciales se tentaban la ropa y lo meditaban despacio antes de proponer cualquiera reforma, por leve que fuera, ó de soltar alguna especie capaz de ser interpretada en mal sentido por los hermanos; y hacían bien, que no siempre está la Magdalena para tafetanes.
No es de extrañar, por tanto, que llegado el día del capítulo fuese manifestando el P. Prior todos los puntos que habían de tratarse, dejando deliberadamente para lo último la reforma vinífera que pensaba plantear pro salutem etiamque mores, quiero decir, en beneficio de la salud y aun de la moral de los asociados. Pero como las cosas llegan alguna vez por mucho que se retarden, llegó también el momento de manifestarla, y no le faltó, ciertamente, la destreza más exquisita al hacerlo.
Después de una introducción ó exordio elogiando el tino y la prudencia con que había resuelto el capítulo cuestiones delicadas, celebró que todos los ánimos estuviesen unidos para cuanto fuese provechoso espiritual ó temporalmente á la orden, comparándola á una gran madre cuyo mejor adorno y corona son los buenos y virtuosos hijos. Añadió con humildad que se creía inferior en doctrina y merecimientos á otros muchos insignes varones allí presentes, y que por su parte procuraba suplir la falta de otras excelencias y altas dotes á fuerza de entusiasmo y celo por la comunidad que, aunque indigno, tenía la honra de dirigir, etc., etc.
Mientras iba ensartando estas cosas con voz insinuante y melíflua, le oía el capítulo como quien oye llover desde lugar cubierto; unos parecían mirar con grande atención las pinturas de los muros y bóveda, medio dormidos otros cabeceaban haciendo reverencias, y muchos con las manazas cruzadas sobre la barriga y hartos ya de plática, decían para su sayo: «¿cuándo se acabará esto y tocarán á refectorio?» Pero el discurso no llevaba trazas de concluirse tan pronto; antes, al contrario, de unas reflexiones nacían otras; como las aguas vivas de manantial abundante, las palabras con rapidez asombrosa brotaban de los labios del orador, que siempre había sido hombre de gran facundia, y en aquella ocasión lo era más todavía, de suerte que el aburrido auditorio tenía casi agotada la paciencia, y sólo por ciertos respetos no daba mayores señales de su disgusto.
—¡Vamos, predicar á frailes! ¡Ni al que asó la manteca se le ocurre cosa igual!
—¿De dónde habrá sacado el P. Prior tanta letra menuda? ¿Se estará ensayando ahora para algún sermón de empeño?
—Este hombre es muy capaz de estarse hablando seis horas sin escupir siquiera. Y luego en el refectorio nos servirán todas las cosas apelmazadas ó frías, ó pasadas de punto, ó... Esto es deplorable.
Tales pensamientos y otros de la misma estofa dominaban en el seráfico auditorio. Conociéndolo el orador, hubiera hecho alto y puesto punto final á su elocuencia; mas no tuvo tanta oportunidad, y siguió adelante. Por fin, entró de lleno en el asunto: descritas la posición escogida y condiciones higiénicas del convento, la vida ordenada y sana alimentación de los religiosos, no pudo menos de manifestar su extrañeza ante el excesivo número de ingresos en la enfermería, y especialmente porque todos ó casi todos los padecimientos fuesen de la misma índole y carácter inflamatorio, no pocas veces de terminación funesta. Que siendo para él, añadió, caso de conciencia el atajar mal tamaño, lo había consultado con personas de reconocido saber y consejo; de cuya consulta resultaba causante de aquellas dolencias inflamatorias y congestiones apopléticas el vino{120-1} puro y añejo y potencioso que sin tasa alguna los monjes bebían. Que, por tanto, era indispensable reducirlo en cuanto á la cantidad, y aguarlo en cuanto á la calidad, no dudando de que así lo harían todos los padres como varones prudentes y virtuosos que eran.
Al llegar aquí no hubo ya dormilones, indiferentes ni medio dormidos; antes, cada cual abría los ojos como una liebre, fijándolos en el orador con cierta expresión de asombro y de lástima propia de quien contempla á un hombre que repentinamente acaba de perder el juicio. ¡Mermar el vino! ¡Aguarlo! ¿Habría nadie{120-2} escuchado atrocidad semejante? Violentos murmullos interrumpieron el discurso, que no pudo reanudarse: los frailes dejaron sus asientos y se arremolinaron por grupos, voceando y gesticulando sin hacer más caso del Superior que de la carabina de Ambrosio; los de un corrillo pasaban á otro, como consultándose mutuamente; la confusión y el tumulto crecían por instantes; el Superior, turbado ante aquella especie de motín, no sabía qué hacerse; hasta que, por último, dominando toda la gresca y baraúnda, se oyeron las voces de «¡Silencio! ¡Callad! ¡Que hable el P. Procopio! ¡Silencio!»
Era el tal P. Procopio un desaforado jayán, cetrino y barbudo, más adecuado para llevar una casa sobre la espalda ó tirar de una carreta, que para gozar en contemplaciones místicas y éxtasis divinos. Su entendimiento era el de un toro de ocho años y su fuerza también, sobre todo cuando se ponía ó lo ponían colérico; por cuya razón era muy respetado y temido, y ninguno quería contradecirle aunque dijese una barbaridad, y solía decirlas de monumental calibre. Este P. Procopio asumió el parecer de la comunidad, y restablecido el silencio clamó con voz tonante:
—Padre Prior, puro y sin tasa, y caiga el que caiga.{121-1}
II
Indudablemente fué el P. Procopio eco fidelísimo de la opinión general. Mientras el Prior con su larga y pulida perorata sólo consiguió fastidiar al auditorio, él con cuatro palabras resolvió la cuestión, y á poco más se ve{121-2} paseado triunfalmente en hombros por todo el convento. Excusado parece añadir que siguió la cosa como antes; el vino añejo se repartía con profusión para sumirse por los cien abismos de aquellas insaciables gargantas; las inflamaciones y apoplegías continuaban, y jamás se desocupaba la enfermería. Precisamente una de las primeras víctimas de su intemperancia fué el mismísimo P. Procopio, que á las pocas semanas del famoso capítulo mencionado reventó como una bomba..... Quien no conozca á los frailes, quizá imagine que este trágico ejemplo pudo introducir en ellos alguna enmienda; sin embargo, en honor de la verdad debo decir que no la hubo. Cuando una columna de ataque se propone tomar un fuerte por asalto, avanza con paso ligero despreciando la metralla que barre hileras de hombres; si unos caen hechos pedazos, otros y otros llegan y pasan sobre los cadáveres y la sangre, y saltan fosos, y escalan empalizadas y reductos hasta clavar su bandera en lo más alto de la fortaleza enemiga. Pues los frailes son una milicia también, y no menos tenaz que la del ejército. Obligado á escoger entre ambas, me quedaría sin las dos, aunque la primera me parece más temible; y cuando así lo digo, estudiado lo tengo. Pero vayan las digresiones á un lado, y siga adelante la historia.
El débil P. Prior de Nuestra Señora del Valle, que no se atrevió á cortar con mano firme el inveterado abuso de que fue campeón el P. Procopio, resignó su cargo á causa de sus muchos años, y se retiró á pasar tranquilo en otro convento los que le quedasen de vida. Claro está que alguien había de sustituirle para que la comunidad no quedase convertida en un cuerpo acéfalo y disparatado. Pero este alguien, este nuevo Prior, no era un anciano irresoluto y fatigado por la edad, ni menos un blandengue, ni tampoco un devoto contemplativo y extático, siempre con la imaginación en las esferas celestiales. Al contrario, era hombre joven todavía, pues apenas andaba en los cuarenta; poco erudito y muy despejado, de imperiosa y breve palabra, y sobradamente capaz de sujetar y meter en cintura á un convento de frailes y también á una horda de piratas. Decíase de él por lo bajo que en su borrascosa mocedad había sido contrabandista y que yendo y viniendo de Ronda á Gibraltar y de Gibraltar á Ronda con su potro corredor y su trabuco naranjero, había llenado aquella ancha zona de su alto nombre y sus épicas hazañas. Decíase además que no conocía los PP. de la Iglesia, dogmáticos ni apologistas; que estaba ayuno de Biblia Sacra y expositores, y que sólo sabía un poco de moral y el suficiente latín para leer el oficio de la misa y las horas canónicas. No le calumniaban en esto último: el nuevo Prior no era docto letrado, ni mucho menos; pero en cuanto á lo de contrabandista, no estaba del todo averiguado que lo hubiera sido, aunque dándolo como cierto y seguro, tampoco sería maravilla; que en las vueltas y mudanzas del mundo ladrones han llegado á santos, y hombres virtuosos acabaron en ladrones. Hasta el fin de la comedia no se sabe el desenlace.
Vino, pues, el Prior nuevo precedido de esta fama: anduviéronse los frailes con gran pulso para no deslizarse en la menor cosa, y el convento por lo tranquilo parecía una balsa de aceite. Una balsa de aceite en la superficie, que por el fondo rugía la borrasca. Sin hacerlo punto discutible ni decir palabra á fraile alguno, había dispuesto el nuevo Prior que se sirviera en la mesa del refectorio el vino aguado, y en tal extremo como para refrescar el estómago en vez de acalorarlo. El despensero guardaba cuidadosamente las llaves de la bodega, y por nada del mundo hubiera faltado á la consigna. Verdad es que la salud de la comunidad había mejorado y eran pocas las camas ocupadas en la enfermería; pero en tan grande ventaja no paraban mientes los frailes, sino que andaban resentidos y furiosos contra el nuevo jefe. ¡Aguarles el vino! ¡Meterse á reformador sin consultar con nadie! Y encima de esto y por contera y remate, ¡no tener palabra ni ojos sino para el mando y para lanzar miradas que dejaban al más osado hecho una estatua de piedra! Vamos, esto era fenomenal é intolerable.
Para tomar el pulso al tonsurado ex-contrabandista y probarle la paciencia, eligieron y diputaron los frailes al más atrevido, quien de propósito cometió una falta leve, y reprendido por ella contestó al P. Prior una tontería. Pero se arrepintió bien pronto de su ligereza, cuando sintió sobre sí una mirada fulminante y oyó una voz severa diciéndole:
—Hermano, durante un mes tendrá su celda por encierro y ayunará á pan y agua. Desde hoy comienzan la reclusión y el ayuno. Váyase en paz.
Y como el castigado hiciese ademán de responder presentando alguna excusa, añadió el P. Prior:
—Sean cuarenta los días de reclusión y ayuno.
Y hora tras hora se cumplió íntegra la sentencia; y como un hermano llevase á hurtadillas al castigado algo más sustancioso que pan y agua, el P. Prior, que era un Argos, lo supo y le recetó otro mes de igual penitencia. Y ésta se cumplió también, y con más rigor todavía.
Vieron, pues, los frailes que era digno el Prior de su fama y que sentaba la mano de firme por la cosa más leve. Tenía un modo de mandar, que imponía la obediencia; y si como superior era inflexible, como hombre debía ser un león. Aunque hubiese resucitado el difunto Padre Procopio trayendo consigo una docena de PP. de su misma calaña, todos ellos ante la mirada fulmínea del Prior habrían bajado las suyas como doctrinos. Bien supo lo que hizo el P. Provincial cuando le encargó el gobierno de Nuestra Señora del Valle.
La cuestión vinífera continuaba en el mismo lamentable estado. Aquellas anchas y profundas tazas del refectorio, marcadas piadosamente con las iniciales de la sacra familia, J. M. J., ya no encerraban generoso vino, consolador de penas y fatigas, sino una especie de aguachirle semejante al de los barreños que en las tabernas sirven para fregar los vasos. Escondidamente, pues no podía ser de otro modo, murmuraban de ello los frailes atribuyéndolo á tacañería más bien que á higiene, y trataban de elegir unos cuantos que en comisión representativa y á nombre de todos, manifestase el descontento de la comunidad al mismo P. Prior, suplicándole volviesen las cosas al antiguo ser y estado. Mas aunque aplaudían la idea de la manifestación, no encontrando otra mejor para el fin propuesto, ninguno quería echar el cascabel al gato; esto es, ninguno quería llevar la palabra ante el P. Prior, cuyas malas pulgas tenían presentes. Por último, acordáronse de un virtuoso anciano, muy querido de todos por su carácter angelical, y respetado de sus mismos superiores por ser el más antiguo y el más docto de los monjes, crónica viva y archivo ambulante de la historia, usos y tradiciones de la casa. Llamábase este bondadoso varón el P. Cándido; mas no lo era en tal punto que desconociese lo arduo y enojoso del encargo{125-1} que le daban. Por lo cual, exigió al aceptarlo, que habían de acompañarle á la celda prioral los seis individuos de la comisión: él llevaría la palabra, y los otros, si era necesario, apoyarían cuanto dijese. Convenido así, fijaron la entrevista para aquella misma tarde á la hora en que el P. Prior volviese de su acostumbrado paseo. No anduvieron desacertados en elegir tal oportunidad: ciertamente nunca el ánimo del hombre se halla tan propicio á conceder cualquiera favor, como después de haber comido bien y paseado por un campo delicioso, gozando y admirando á la puesta del sol las hermosas y melancólicas perspectivas de la naturaleza.
Aquel día, como los demás, salió el P. Prior á dar su vespertino paseo. Iba solo y pensativo, lo cual no extrañó á ninguno de los que le vieron salir, por la sencilla razón de que siempre iba lo mismo. Engolfado en sus cavilaciones, andaba ligero unas veces y otras se detenía de pronto, haciendo rayas y figuras en la tierra ó círculos en el aire, como mágico antiguo, con un palitroque ó báculo que en la mano llevaba. Así distraído se alejó algo más de lo acostumbrado, y al levantar los ojos vió cerca de sí un muchachuelo tendido sobre la hierba, cuidando de un escaso rebaño de cabras, y muy entretenido en tallar con la navajilla algunas labores en un palo. Por desechar fatigosos pensamientos, ó porque la cara viva y picaresca del muchacho le agradase, el P. Prior quiso darle conversación y se entabló el diálogo de esta manera:
—Hola, muchacho, ¿guardas cabras?
—No, señor, que son bueyes.
—¡Cómo bueyes! Si son cabras, y las estoy viendo.
—Pues, lo que su merced ve ¿para qué lo pregunta?
Mordióse los labios el fraile, y al cabo de un momento dijo al pastorcillo:
—Pareces muy despierto, y tal vez pudiera yo hacer algo por ti. ¿Cómo te llamas?
—¡Otra! ¿Pues, no pregunta cómo me llamo?... De ninguna manera. Los que me llaman son los que me necesitan.
—Tienes razón, niño, tienes razón. Y ese angosto sendero que penetra en el bosque ¿adónde va?
—Á ninguna parte, Padre, que se está muy quietecito. Los que andan por él son los que van y vienen. Ya tiene su merced bastante edad para saberlo.
—Oye, ¿qué debe hacerse con los pilluelos desvergonzados?
—Meterlos á frailes.
Aquí el Prior no fué dueño de contenerse, y con paso ligero se encaminó al muchacho, resuelto á plantarlo de un puntapié en la copa de un pino. Sólo que el pastorcillo era mucho más ágil, y cuando el fraile llegó adonde él estaba, ya en pocos brincos había puesto por medio cuarenta pasos y había desliado la honda de la cintura, y sin saber jota de la historia sagrada preparábase á repetir el lance de David contra el gigantazo de Goliat. Sobradamente lo conoció el religioso, y conoció también que no podría echar la uña á semejante diablejo, que impávido y ojo alerta le esperaba con la piedra calzada en la honda; por lo que descompuesto y colérico, gritóle en son de despedida.
—Adiós, hijo de un ladrón.
—Vaya su merced con Dios, Padre, respondió el angelito.
Excusado me parece ponderar el efecto que en un hombre de carácter enérgico y además acostumbrado al mando harían las insolencias de aquel rapazuelo montaraz y deslenguado. Alguna cosa hubiera dado por echarle encima los diez mandamientos; en cuyo caso, aunque luego se hubiese arrepentido, por el pronto lo estruja{128-1} como una breva. Afortunadamente para entrambos cuidó muy bien el muchacho de no ponerse á tiro, y silbando á su ganado, desapareció por el bosque.
—¡En mi vida me ha sucedido otra!{128-2} murmuraba el Padre Prior, volviéndose á su convento. Ese tuno debe tener metida en su cuerpecillo toda entera una legión de diablos. Yo se los iría sacando con una vara de acebuche si lo pillara entre cuatro paredes, por muy agarrados que estuvieran.{128-3} ¡Atreverse conmigo, con un religioso! Pero... lo cierto es que á su edad hubiera yo apedreado al Preste Juan de las Indias. El mundo siempre es igual, porque... voto á...
Y lo soltó redondo con todas sus letras. Gracias á que por allí no había ningún par de orejas que pudiese oirlo, y así se excusó el escándalo. Entretenido con su monólogo acababa de tropezar en firme contra una piedra, y como llevaba el pie desnudo en flexible sandalia, se lastimó no poco los dedos y aun creyó ver estrellas por el aire, sin que hubiese anochecido todavía. Los soliloquios distraen y tienen estas contras. Cojeando y con la vista en el suelo y cara de vinagre llegó al monasterio, atravesó el espacioso patio y subió la ancha escalera. No contestó á los hermanos que al pasar le saludaban, y se encerró en su celda de golpe y porrazo. Abrió un libro devoto y lo volvió á cerrar sin haber leído cuatro renglones: empezó una carta, y apenas hubo puesto delante de sí el papel y mojado la pluma en el ancho canjilón de loza que le servía de tintero, desistió de su idea y comenzó á recorrer la celda agitado y nervioso, como tigre enjaulado. Mala cara tenía entonces: más bien qué superior de una orden monástica, parecía un facineroso. Y no era que le hubiese puesto así la desfachatez y osadía del pilluelo, ni algún otro especial motivo; sino que estaba de malísimo humor, porque lo estaba: sabe Dios el depósito de bilis que tendría{129-1} en el cuerpo.
Entre tanto, la comisión representativa que había concertado hablarle aquella tarde sobre el asunto del vino, iba subiendo lentamente la magnífica escalera, deteniéndose á cada cuatro ó cinco peldaños para conferenciar sobre el modo de abordar la cuestión á fin de que tuviese mejor éxito, y se oían cosas por el estilo:
—Conviene pasarle la mano por el lomo, adularle y á cada tres palabras llamarle Reverencia. Más alcanza un sombrero saludando, que seis espadas amenazando.{129-2} ¿He dicho bien?
—Sí, sin duda; pero no tan calvo que se le vean los sesos.{129-3} Entre correr y parar, hay un término medio, que es andar. Si todo se vuelve lametones y cortesías, no nos hará caso y quizá, quizá nos mande noramala. Es menester alguna firmeza, que vea cierto carácter, ¿eh? Vamos, ¿cómo va usted á entrarle, P. Cándido?
—Descuide, hermano, que yo le diré lo que me parezca justo y adecuado á la ocasión. Pero nuevamente advierto á ustedes que hemos de entrar todos en la celda prioral, como representantes de la comunidad que ahora somos, y que habéis de aprobar y apoyar lo que yo diga; pues de otro modo parecería la queja cosa particular mía, cuando no lo es, y sí{129-4} de la corporación entera.
—Pues eso ¿qué duda tiene, P. Cándido? Nosotros entraremos acompañándole, y á todo lo que diga, diremos amén, y aun le apoyaremos con las reflexiones que se nos ocurran.
—Entonces no hay más que hablar: en marcha y manos á la obra.
Acabaron de subir la escalera, cruzaron una extensa galería y se detuvieron cuchicheando ante la puerta del Padre Prior. Éste oyó el murmullo y desde adentro preguntó con voz tonante:
—¿Quién anda ahí? ¿Qué se ofrece?
Al solo eco de aquella voz terrible intimidáronse los frailes, y dos de ellos con ligero paso emprendieron la retirada. Frunció las cejas el P. Cándido, y aunque le disgustó aquella torpe fuga, llamó con los nudillos á la puerta diciendo en tono dulce y reposado:
—Alabado y bendito sea{130-1}...
—Por siempre, contestaron de adentro, y la puerta se abrió toda con ímpetu. Entonces vió el Prior al Padre Cándido y á otros cuatro religiosos que detrás de él como que{130-2} procuraban ocultarse. Y añadió:
—¿Qué hay ahora, P. Cándido? ¿No le tengo dicho que haga y deshaga en la biblioteca lo que estime conveniente? ¿Ó es que se ha propuesto freirme la sangre á puras consultas? ¿Y qué nueva pejiguera traen esos acompañantes que parecen estatuas?
Aunque parecían estatuas, no lo eran; pues se escabulleron como el humo otros dos, y sólo quedó una pareja detrás del P. Cándido, que respondió:
—Padre Prior, no vengo por asuntos de la biblioteca.
—¿No? Pues entonces ¿qué se le ofrece? Huéleme á impertinencia, y le advierto que... Pero, vamos, ¿se puede saber lo que hay?
—Si su Reverencia no me deja hablar, no lo sabrá nunca, respondió el P. Cándido con firmeza. Vengo en comisión con estos hermanos á nombre de la comunidad, para decir á su Reverencia que ese vinillo que ahora se nos pone...
—¡Dos mil demonios carguen con usted,{131-1} P. Cándido! El vinillo, el vinillo... clamaba el Prior, acompañando sus palabras con un puñetazo sobre la mesa, que retumbó como un trueno y ahuyentó á los dos últimos frailes que habían permanecido á la puerta. Y avanzando como energúmeno hacia el quejoso, preguntaba con voz ronca y descompuesta:—Vamos, ¡el vino! ¿Qué tiene el vino?
Volvió la cara en esto el P. Cándido y se halló solo con el tremendo Prior. Sus compañeros le habían abandonado, como suele decirse, en las astas del toro. Aquí le faltó su entereza y sólo pudo responder tartamudeando:
—El vino, P. Prior... verdaderamente... no tiene nada... ¿qué ha de tener?... Nada... Mas... digamos que... conviene distinguir... El vino será bueno, es muy bueno... pero... mis compañeros... los frailes... son unos canallas.
EL CASTELLANO VIEJO
Por Don Mariano José de Larra{132-1}
Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera de vivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que no he abandonado mis lares ni un solo día para quebrantar mi sistema, sin que haya sucedido el arrepentimiento más sincero al desvanecimiento de mis engañadas esperanzas. Un resto, con todo eso, del antiguo ceremonial que en su trato tenían adoptado nuestros padres, me obliga á aceptar á veces ciertos convites á que parecería el negarse{132-2} grosería, ó por lo menos ridícula afectación de delicadeza.
Andábame días pasados por esas calles á buscar materiales para mis artículos. Embebido en mis pensamientos, me sorprendí varias veces á mí mismo riendo como un pobre hombre de mis propias ideas, y moviendo maquinalmente los labios: algún tropezón me recordaba de cuando en cuando que para andar por el empedrado de Madrid no es la mejor circunstancia la de ser poeta ni filósofo; más de una sonrisa maligna, más de un gesto de admiración de los que á mi lado pasaban, me hacía reflexionar que los soliloquios no se deben hacer en público; y no pocos encontrones que al volver las esquinas di con quien tan distraída y rápidamente como yo las doblaba,{132-3} me hicieron conocer que los distraídos no entran en el número de los cuerpos elásticos, y mucho menos de los seres gloriosos é impasibles. En semejante situación de espíritu ¿qué sensación no debería producirme una horrible palmada que una gran mano, pegada (á lo que por entonces entendí) á un grandísimo brazo, vino á descargar sobre uno de mis hombros, que por desgracia no tienen punto alguno de semejanza con los de Atlante?
No queriendo dar á entender que desconocía este enérgico modo de anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había creído hacérmele más que mediano, dejándome torcido para todo el día, traté sólo de volverme por conocer quién fuese tan mi amigo para tratarme tan mal; pero mi castellano viejo es hombre que cuando está de gracias no se ha de dejar ninguna en el tintero.{133-1} ¿Cómo dirá el lector que siguió dándome pruebas de confianza y cariño? Echóme las manos á los ojos, y sujetándome por detrás,—¿Quién soy? gritaba, alborozado con el buen éxito de su delicada travesura. ¿Quién soy?—Un animal, iba á responderle; pero me acordé de repente de quién podría ser, y sustituyendo cantidades iguales,—Braulio eres, le dije. Al oirme, suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la calle, y pónenos á entrambos en escena.—¡Bien, mi amigo! ¿Pues en qué me has conocido?—¿Quién pudiera sino tú...—¿Has venido ya de tu Vizcaya?—No, Braulio, no he venido.—Siempre el mismo genio. ¿Qué quieres? es la pregunta del español. ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! ¡Sabes que mañana son mis días?—Te los deseo muy felices.—Déjate de cumplimientos entre nosotros; ya sabes que yo soy franco y castellano viejo: el pan pan, y el vino vino;{133-2} por consiguiente exijo de ti que no vayas á dármelos; pero estás convidado.—¿Á qué?.—Á comer conmigo.—No es posible.—No hay remedio.—No puedo, insisto temblando.—¿No puedes?—Gracias.—¿Gracias? Vete á paseo;{134-1} amigo, como no soy el duque de F., ni el conde de P... ¿Quién se resiste á una sorpresa de esa especie? ¿Quién quiere parecer vano?—No es eso, sino que...—Pues si no es eso, me interrumpe, te espero á las dos; en casa se come á la española;{134-2} temprano. Tengo mucha gente: tendremos al famoso X., que nos improvisará de lo lindo;{134-3} T. nos cantará de sobremesa una rondeña con su gracia natural; y por la noche J. cantará y tocará alguna cosilla.
Esto me consoló algún tanto, y fué preciso ceder: un día malo, dije para mí, cualquiera lo pasa;{134-4} en este mundo para conservar amigos es preciso tener el valor de aguantar sus obsequios.—No faltarás si no quieres que riñamos.—No faltaré, dije con voz exánime y ánimo decaído, como el zorro que se revuelve inútilmente dentro de la trampa donde se ha dejado coger.—Pues hasta mañana; y me dió un torniscón por despedida. Vile{134-5} marchar, como el labrador ve alejarse la nube de su sembrado,{134-6} y quédeme discurriendo cómo podían entenderse estas amistades tan hostiles y tan funestas.
Ya habrá conocido el lector, siendo tan perspicaz como yo le imagino, que mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer á lo que se llama gran mundo y sociedad de buen tono; pero no es tampoco un hombre de la clase inferior, puesto que es un empleado de los de segundo orden, que reune entre su sueldo y su hacienda cuarenta mil reales de renta;{134-7} que tiene una cintita atada al ojal y una crucecita á la sombra de la solapa; que es persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de ninguna manera se oponen á que tuviese una educación más escogida y modales más suaves é insinuantes. Mas la vanidad le ha sorprendido por donde ha sorprendido casi siempre á toda ó la mayor parte de nuestra clase media y á toda nuestra clase baja. Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país. Esta ceguedad le hace adoptar todas las responsabilidades de tan inconsiderado cariño: de paso que defiende que no hay vinos como los españoles, en lo cual bien puede tener razón, defiende que no hay educación como la española, en lo cual bien pudiera no tenerla; á trueque de defender que el cielo de Madrid es purísimo, defenderá que nuestras manolas son las más encantadoras de todas las mujeres; es un hombre, en fin, que vive de exclusivas, á quien le sucede poco más ó menos lo que á una parienta mía, que se muere por las jorobas, sólo porque tuvo un querido que llevaba una excrescencia bastante visible sobre entrambos omóplatos.
No hay que hablarle, pues, de estos usos sociales, de estos respetos mutuos, de estas reticencias urbanas, de esa delicadeza de trato, que establece entre los hombres una preciosa armonía, diciendo sólo lo que debe agradar y callando siempre lo que puede ofender. El se muere por plantarle una fresca al lucero del alba,{135-1} como suele decir, y cuando tiene un resentimiento, se le espeta á uno cara á cara:{135-2} como tiene trocados todos los frenos, dice de los cumplimientos que ya sabe lo que quiere decir cumplo y miento;{135-3} llama á la urbanidad hipocresía, y á la decencia monadas; á toda cosa buena le aplica un mal apodo; el lenguaje de la finura es para él poco más que griego; cree que toda la crianza está reducida á decir Dios guarde á ustedes al entrar en una sala, y añadir con permiso de usted cada vez que se mueve, á preguntar á cada uno por toda su familia, y á despedirse de todo el mundo; cosas todas que así se guardará él de olvidarlas, como de tener pacto con franceses.{136-1} En conclusión, hombre de estos que no saben levantarse para despedirse sino en corporación con alguno ó algunos otros; que han de dejar humildemente debajo de una mesa su sombrero, que llaman su cabeza; y que cuando se hallan en sociedad, por desgracia, sin un socorrido bastón, darían cualquier cosa por no tener manos ni brazos, porqué en realidad no saben dónde ponerlos, ni qué cosa se puede hacer con los brazos en una sociedad.
Llegaron las dos, y como yo conocía ya á mi Braulio, no me pareció conveniente acicalarme demasiado para ir á comer; estoy seguro de que se hubiera picado: no quise sin embargo excusar un frac de color y un pañuelo blanco, cosa indispensable en un día de días en semejantes casas. Vestíme sobre todo lo más despacio que me fue posible, como se reconcilia al pie del suplicio el infeliz reo, que quisiera tener cien pecados más cometidos que contar para ganar tiempo: era citado á las dos, y entré en la sala á las dos y media.
No quiero hablar de las infinitas visitas ceremoniosas que antes de la hora de comer entraron y salieron en aquella casa, entre las cuales no eran de despreciar todos los empleados de su oficina, con sus señoras y sus niños, y sus capas, y sus paraguas, y sus chanclos, y sus perritos; déjome en blanco los necios cumplimientos que dijeron al señor de los días; no hablo del inmenso círculo con que guarnecía la sala el concurso de tantas personas heterogéneas, que hablaron de que el tiempo iba á mudar, y de que en invierno suele hacer más frío que en verano. Vengamos al caso: dieron las cuatro y nos hallamos solos los convidados.{137-1} Desgraciadamente para mí, el señor de X., que debía divertirnos tanto, gran conocedor de esta clase de convites, había tenido la habilidad de ponerse malo aquella mañana; el famoso T. se hallaba oportunamente comprometido para otro convite; y la señorita, que tan bien había de cantar y tocar, estaba ronca en tal disposición que se asombraba ella misma de que se le entendiese una sola palabra,{137-2} y tenía un panadizo en un dedo. ¡Cuántas esperanzas desvanecidas!
—Supuesto que estamos los que hemos de comer,{137-3} exclamó Don Braulio, vamos á la mesa, querida mía.—Espera un momento, le contestó su esposa casi al oído; con tanta visita yo he faltado algunos momentos de allá dentro y...—Bien, pero mira que son las cuatro...—Al instante comeremos.
Las cinco eran cuando nos sentábamos á la mesa.—Señores, dijo el Anfitrión al vernos titubear en nuestras respectivas colocaciones, exijo la mayor franqueza: en mi casa no se usan cumplimientos. Ah! Fígaro,{137-4} quiero que estés con toda comodidad: eres poeta, y además estos señores, que saben nuestras íntimas relaciones, no se ofenderán si te prefiero; quítate el frac, no sea que le manches.—¿Qué tengo de manchar? le respondí mordiéndome los labios.—No importa, te daré una chaqueta mía; siento que no haya para todos.—No hay necesidad.—Oh! sí, sí, ¡mi chaqueta! Toma, mírala: un poco ancha te vendrá.—Pero, Braulio....—No hay remedio; no te andes con etiquetas.
En esto me quita él mismo el frac, velis nolis, y quedo sepultado en una cumplida chaqueta rayada, por la cual sólo asomaba los pies y la cabeza, y cuyas mangas no me permitirían comer probablemente. Dile las gracias; al fin el hombre creía hacerme un obsequio.
Los días en que mi amigo no tiene convidados se contenta con una mesa baja, poco más que banqueta de zapatero, porque él y su mujer, como dice, ¿para qué quieren más? Desde la tal mesita, y como se sube el agua del pozo, hace subir la comida hasta la boca, adonde llega goteando después de una larga travesía; porque pensar que estas gentes han de tener una mesa regular, y estar cómodos{138-1} todos los días del año, es pensar en lo excusado. Ya se concibe, pues, que la instalación de una gran mesa de convite era un acontecimiento en aquella casa; así que se había creído capaz de contener catorce personas, que éramos, una mesa donde apenas podrían comer ocho cómodamente. Hubimos de sentarnos de medio lado, como quien va á arrimar el hombro á la comida, y entablaron los codos de los convidados íntimas relaciones entre sí con la más fraternal inteligencia del mundo. Colocáronme por mucha distinción entre un niño de cinco años, encaramado en unas almohadas que era preciso enderezar á cada momento porque las ladeaba la natural turbulencia de mi joven á látere, y entre{138-2} uno de esos hombres que ocupan en el mundo el espacio y sitio de tres, cuya corpulencia por todos lados se salía de madre de la única silla en que se hallaba sentado, digámoslo así, como en la punta de una aguja. Desdobláronse silenciosamente las servilletas, nuevas á la verdad, porque tampoco eran muebles en uso para todos los días, y fueron izadas por todos aquellos buenos señores á los ojales de sus fraques como cuerpos intermedios entre las salsas y las solapas.
—Ustedes harán penitencia, señores, exclamó el Anfitrión una vez sentado; pero hay que hacerse cargo de que no estamos en Genieys:—frase que creyó preciso decir. Necia afectación es ésta, si es mentira, dije yo para mí; y si verdad, gran torpeza convidar á los amigos á hacer penitencia. Desgraciadamente no tardé mucho en conocer que había en aquella expresión más verdad de lo que mi buen Braulio se figuraba. Interminables y de mal gusto fueron los cumplimientos con que para dar y recibir cada plato nos aburrimos unos á otros.—Sírvase usted.—Hágame usted el favor.—De ninguna manera.—No lo recibiré.—Páselo usted á la señora.—Está bien ahí.—Perdone usted.—Gracias.—Sin etiqueta, señores, exclamó Braulio, y se echó el primero con su propia cuchara. Sucedió á la sopa un cocido surtido de todas las sabrosas impertinencias de este engorrosísimo, aunque buen plato: cruza por aquí la carne; por allá la verdura; acá los garbanzos; allá el jamón; la gallina por derecha; por medio el tocino; por izquierda los embuchados de Extremadura. Siguióle un plato de ternera mechada, que Dios maldiga,{139-1} y á éste otro y otros, y otros; mitad traídos de la fonda, que esto basta para que excusemos hacer su elogio; mitad hechos en casa por la criada de todos los días, por una vizcaína auxiliar tomada al intento para aquella festividad, y por el ama de la casa, que en semejantes ocasiones debe estar en todo, y por consiguiente suele no estar en nada.
—Este plato hay que disimularle, decía ésta de unos pichones; están un poco quemados.—Pero, mujer...—Hombre, me aparté un momento, y ya sabes lo que son las criadas.—¡Qué lástima que este pavo no haya estado media hora más al fuego! se puso algo tarde.—¿No les parece á ustedes que está algo ahumado este estofado?—¿Qué quieres? una no puede estar en todo.—¡Oh, está excelente, exclamábamos todos dejándonoslo en el plato, excelente!—Este pescado está pasado.—Pues en el despacho de la diligencia del fresco dijeron que acababa de llegar; ¡el criado es tan bruto!—¿De dónde se ha traído este vino?—En eso no tienes razón, porque es...—Es malísimo.
Estos diálogos cortos iban exornados con una infinidad de miradas furtivas del marido para advertirle continuamente á su mujer alguna negligencia, queriendo darnos á entender entrambos á dos que estaban muy al corriente de todas las fórmulas que en semejantes casos se reputan en finura, y que todas las torpezas eran hijas de los criados, que nunca han de aprender á servir. Pero estas negligencias se repetían tan á menudo, servían tan poco ya las miradas, que le fué preciso al marido recurrir á los pellizcos y á los pisotones; y ya la señora, que á duras penas había podido hacerse superior hasta entonces á las persecuciones de su esposo, tenía la faz encendida y los ojos llorosos.—Señora, no se incomode usted por eso, le dijo el que á su lado tenía.—¡Ah! les aseguro á ustedes que no vuelvo á hacer estas cosas en casa; ustedes no saben lo que es esto; otra vez, Braulio, iremos á la fonda y no tendrás...—Usted, señora mía, hará lo que...—¡Braulio! ¡Braulio!
Una tormenta espantosa estaba á punto de estallar; empero todos los convidados á porfía probamos á aplacar aquellas disputas, hijas del deseo de dar á entender la mayor delicadeza, para lo cual no fué poca parte la manía de Braulio y la expresión concluyente que dirigió de nuevo á la concurrencia acerca de la inutilidad de los cumplimientos, que así llama él al estar bien servido y al saber comer. ¿Hay nada más ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más crasa ignorancia de los usos sociales, que para obsequiarle le obligan á usted á comer y beber por fuerza y no le dejan medio de hacer su gusto? ¿Por qué habrá gentes que sólo quieren comer con alguna más limpieza los días de días?
Á todo esto, el niño, que á mi izquierda tenía, hacía saltar las aceitunas á un plato de magras con tomate, y una vino á parar á uno de mis ojos, que no volvió á ver claro en todo el día; y el señor gordo de mi derecha había tenido la precaución de ir dejando en el mantel, al lado de mi pan, los huesos de las suyas, y los de las aves que había roído; el convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se había encargado de hacer la autopsia de un capón, ó sea gallo, que esto nunca se supo: fuese por la edad avanzada de la víctima, fuese por los ningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás parecieron las coyunturas.—Este capón no tiene coyunturas, exclamaba el infeliz sudando y forcejeando, más como quien cava que como quien trincha. ¡Cosa más rara! En una de las embestidas resbaló el tenedor sobre el animal como si tuviera escama, y el capón, violentamente despedido, pareció querer tomar su vuelo como en sus tiempos más felices, y se posó en el mantel tranquilamente como pudiera en un palo de un gallinero.
El susto fué general, y la alarma llegó á su colmo cuando un surtidor de caldo, impulsado por el animal furioso, saltó á inundar mi limpísima camisa: levántase rápidamente á este punto el trinchador con ánimo de cazar el ave prófuga, y al precipitarse sobre ella, una botella que tiene á la derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando su posición perpendicular, derrama un abundante caño de Valdepeñas sobre el capón y el mantel; corre el vino, auméntase la algazara, llueve la sal sobre el vino para salvar el mantel; para salvar la mesa se ingiere por debajo de él una servilleta, y una eminencia se levanta sobre el teatro de tantas ruinas. Una criada toda azorada retira el capón en el plato de su salsa; al pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia maléfica de grasa desciende, como el rocío sobre los prados, á dejar eternas huellas en mi pantalón color de perla; la angustia y el aturdimiento de la criada no conocen término; retírase atolondrada sin acertar con las excusas; al volverse tropieza con el criado, que traía una docena de platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, y toda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso estruendo y confusión.—¡Por San Pedro! exclama dando una voz Braulio, difundida ya sobre sus facciones una palidez mortal, al paso que brota fuego el rostro de su esposa.—Pero sigamos, señores, no ha sido nada, añade volviendo en sí.
¡Oh honradas casas, donde un modesto cocido y un principio final constituyen la felicidad diaria de una familia, huid del tumulto de un convite de días! Sólo la costumbre de comer y servirse bien diariamente puede evitar semejantes destrozos.
¿Hay más desgracias? ¡Santo cielo! ¡Sí, las hay para mí, infeliz! Doña Juana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y con su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar y tragar; el niño se divierte en despedir á los ojos de los concurrentes los huesos disparados de las cerezas; D. Leandro me hace probar el manzanilla exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conserva las indelebles señales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sin cesar y me hace cañón de su chimenea; por fin ¡oh última de las desgracias! crece el alboroto y la conversación; roncas ya las voces piden versos y décimas, y no hay más poeta que Fígaro.—Es preciso.—Tiene V. que decir algo, claman todos.—Désele pie forzado; que diga una copla á cada uno.—Yo le daré el pie: Á don Braulio en este día.—Señores, ¡por Dios!—No hay remedio.—En mi vida he improvisado.—No se haga usted el chiquito.—Me marcharé.—Cerrar{143-1} la puerta.—No se sale de aquí sin decir algo.
Y digo versos por fin, y vomito disparates, y los celebran, y crece la bulla y el humo y el infierno. Á Dios gracias logro escaparme de aquel nuevo Pandemonio. Por fin, ya respiro el aire fresco y desembarazado de la calle; ya no hay necios, ya no hay castellanos viejos á mi alrededor.
—¡Santo Dios! yo te doy gracias, exclamo respirando, como el ciervo que acaba de escaparse de una docena de perros, y que oye ya apenas sus ladridos; para de aquí en adelante no te pido riquezas, no te pido empleos, no honores; líbrame de los convites caseros y de días de días: líbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento; en que sólo se pone la mesa decente para los convidados; en que creen hacer obsequios cuando dan mortificaciones; en que se hacen finezas; en que se dicen versos; en que hay niños; en que hay gordos; en que reina, en fin, la brutal franqueza de los castellanos viejos. Quiero que, si caigo de nuevo en tentaciones semejantes, me falte un roast-beef, desaparezca del mundo el beef-steak, se anonaden los timbales de macarrones, no haya pavos en Perigueux ni pasteles en Perigord, se sequen los viñedos de Burdeos, y beban en fin todos, menos yo, la deliciosa espuma del Champagne.
Concluida mi deprecación mental, corro á mi habitación á despojarme de mi camisa y mi pantalón, reflexionando en mi interior que no son unos todos los hombres, puesto que los de un mismo país, acaso de un mismo entendimiento, no tienen las mismas costumbres ni la misma delicadeza, cuando ven las cosas de tan distinta manera. Vístome y vuelvo á olvidar tan funesto día entre el corto número de gentes que piensan, que viven sujetas al provechoso yugo de una buena educación libre y desembarazada, y que fingen acaso estimarse y respetarse mutuamente para no incomodarse, al paso que las otras hacen ostentación de incomodarse, y se ofenden y se maltratan, queriéndose y estimándose tal vez verdaderamente.
EL BESO
Por Don Gustavo Adolfo Bécquer{145-1}
I
Cuando una parte del ejército francés se apoderó á principios de este siglo{145-2} de la histórica Toledo, sus jefes, que no ignoraban el peligro á que se exponían en las poblaciones españolas diseminándose en alojamientos separados, comenzaron por habilitar para cuarteles los más grandes y mejores edificios de la ciudad.
Después de ocupado el suntuoso alcázar{145-3} de Carlos V, echóse mano de la casa de Consejos; y cuando ésta no pudo contener más gente, comenzaron á invadir el asilo de las comunidades religiosas, acabando á la postre por transformar en cuadras hasta las iglesias consagradas al culto. En esta conformidad se encontraban las cosas en la población donde tuvo lugar el suceso que voy á referir, cuando una noche, ya á hora bastante avanzada, envueltos en sus obscuros capotes de guerra y ensordeciendo las estrechas y solitarias calles que conducen desde la Puerta del Sol{145-4} á Zocodover,{145-5} con el choque de sus armas y el ruidoso golpear de los cascos de sus corceles que sacaban chispas de los pedernales, entraron en la ciudad hasta unos cien dragones de aquellos altos, arrogantes y fornidos, de que todavía nos hablan con admiración nuestras abuelas.
Mandaba la fuerza un oficial bastante joven, el cual iba como á distancia de unos treinta pasos de su gente hablando á media voz con otro, también militar á lo que podía colegirse por su traje. Éste, que caminaba á pie delante de su interlocutor, llevando en la mano un farolillo, parecía servirle de guía por entre aquel laberinto de calles obscuras, enmarañadas y revueltas.
—Con verdad, decía el jinete á su acompañante, que si el alojamiento que se nos prepara es tal y como me lo pintas, casi casi sería preferible arrancharnos en el campo ó en medio de una plaza.
—¿Y qué queréis, mi capitán? contestóle el guía que efectivamente era un sargento aposentador; en el alcázar no cabe ya un grano de trigo cuanto más{146-1} un hombre; de San Juan de los Reyes{146-2} no digamos, porque hay celda de fraile en la que duermen quince húsares. El convento á donde voy á conduciros no era mal local, pero hará cosa de tres ó cuatro días nos cayó aquí como de las nubes una de las columnas volantes que recorren la provincia, y gracias que hemos podido conseguir que se amontonen por los claustros y dejen libre la iglesia.
—En fin, exclamó el oficial después de un corto silencio y como resignándose con el extraño alojamiento que la casualidad le deparaba, más vale incómodo que ninguno. De todas maneras, si llueve, que no será difícil según se agrupan las nubes, estaremos á cubierto y algo es algo.
Interrumpida la conversación en este punto, los jinetes, precedidos del guía, siguieron en silencio el camino adelante hasta llegar á una plazuela, en cuyo fondo se destacaba la negra silueta del convento con su torre morisca, su campanario de espadaña, su cúpula ojival y sus tejados de crestas desiguales y obscuras.
—He aquí vuestro alojamiento, exclamó el aposentador al divisarle y dirigiéndose al capitán, que después que hubo mandado hacer alto á la tropa, echó pie á tierra, tomó el farolillo de manos del guía, y se dirigió hacia el punto que éste le señalaba.
Como quiera que la iglesia del convento estaba completamente desmantelada, los soldados que ocupaban el resto del edificio habían creído que las puertas le eran ya poco menos que inútiles, y un tablero hoy, otro mañana, habían ido arrancándolas pedazo á pedazo para hacer hogueras con que calentarse por las noches.
Nuestro joven oficial no tuvo, pues, que torcer llaves ni descorrer cerrojos para penetrar en el interior del templo.
Á la luz del farolillo, cuya dudosa claridad se perdía entre las espesas sombras de las naves y dibujaba con gigantescas proporciones sobre el muro la fantástica sombra del sargento aposentador que iba precediéndole, recorrió la iglesia de arriba abajo y escudriñó una por una todas sus desiertas capillas, hasta que una vez hecho cargo del local, mandó echar pie á tierra á su gente, y hombres y caballos revueltos, fué acomodándola como mejor pudo.
Según dejamos dicho, la iglesia estaba completamente desmantelada; en el altar mayor pendían aún de las altas cornisas los rotos jirones del velo con que le habían cubierto los religiosos al abandonar aquel recinto; diseminados por las naves veíanse algunos retablos adosados al muro, sin imágenes en las hornacinas; en el coro se dibujaban con un ribete de luz los extraños perfiles de la obscura sillería de alerce; en el pavimento, destrozado en varios puntos, distinguíanse aún anchas losas sepulcrales llenas de timbres, escudos y largas inscripciones góticas; y allá á lo lejos, en el fondo de las silenciosas capillas y á lo largo del crucero, se destacaban confusamente entre la obscuridad, semejantes á blancos é inmóviles fantasmas, las estatuas de piedra que, unas tendidas, otras de hinojos sobre el mármol de sus tumbas, parecían ser los únicos habitantes del ruinoso edificio.
Á cualquiera otro menos molido que el oficial de dragones, el cual traía una jornada de catorce leguas en el cuerpo, ó menos acostumbrado á ver estos sacrilegios como la cosa más natural del mundo, hubiéranle bastado dos adarmes de imaginación para no pegar los ojos en toda la noche en aquel obscuro é imponente recinto, donde las blasfemias de los soldados que se quejaban en alta voz del improvisado cuartel, el metálico golpe de sus espuelas que resonaban sobre las antes losas sepulcrales{148-1} del pavimento, el ruido de los caballos que piafaban impacientes, cabeceando y haciendo sonar las cadenas con que estaban sujetos á los pilares, formaban un rumor extraño y temeroso que se dilataba por todo el ámbito de la iglesia y se reproducía cada vez más confuso repetido de eco en eco en sus altas bóvedas.
Pero nuestro héroe, aunque joven, estaba ya tan familiarizado con estas peripecias de la vida de campaña, que apenas hubo acomodado á su gente, mandó colocar un saco de forraje al pie de la grada del presbiterio, y arrebujándose como mejor pudo en su capote y echando la cabeza en el escalón, á los cinco minutos roncaba con más tranquilidad que el mismo rey José{148-2} en su palacio de Madrid.
Los soldados, haciéndose almohadas de las monturas, imitaron su ejemplo, y poco á poco fué apagándose el murmullo de sus voces.
Á la media hora sólo se oían los ahogados gemidos del aire que entraba por las rotas vidrieras de las ojivas del templo, el atolondrado revolotear de las aves nocturnas que tenían sus nidos en el dosel de piedra de las esculturas de los muros, y el alternado rumor de los pasos del vigilante que se paseaba envuelto en los anchos pliegues de su capote, á lo largo del pórtico.
II
En la época á que se remonta la relación de esta historia, tan verídica como extraordinaria, lo mismo que al presente, para los que no sabían apreciar los tesoros del arte que encierran sus muros, la ciudad de Toledo no era más que un poblachón destartalado, antiguo, ruinoso é insufrible.
Los oficiales del ejército francés, que á juzgar por los actos de vandalismo con que dejaron en ella triste y perdurable memoria de su ocupación, de todo tenían menos de{149-1} artistas ó arqueólogos, no hay para qué decir que se fastidiaban soberanamente en la vetusta ciudad de los Césares.{149-2}
En esta situación de ánimo la más insignificante novedad, que viniese á romper la monótona quietud de aquellos días eternos é iguales, era acogida con avidez entre los ociosos; así es que la promoción al grado inmediato de uno de sus camaradas, la noticia del movimiento estratégico de una columna volante, la salida de un correo de gabinete ó la llegada de una fuerza cualquiera á la ciudad, convertíanse en tema fecundo de conversación y objeto de toda clase de comentarios, hasta tanto que otro incidente venía á sustituirle, sirviendo de base á nuevas quejas, críticas y suposiciones.
Como era de esperar, entre los oficiales que, según tenían de costumbre, acudieron al día siguiente á tomar el sol y á charlar un rato en el Zocodover, no se hizo platillo de otra cosa que de la llegada de los dragones, cuyo jefe dejamos en el anterior capítulo durmiendo á pierna suelta y descansando de las fatigas de su viaje. Cerca de una hora hacía que la conversación giraba alrededor de este asunto, y ya comenzaba á interpretarse de diversos modos la ausencia del recién venido, á quien uno de los presentes, antiguo compañero suyo de colegio, había citado para el Zocodover, cuando en una de las boca-calles de la plaza apareció al fin nuestro bizarro capitán despojado de su ancho capotón de guerra, luciendo un gran casco de metal con penacho de plumas blancas, una casaca azul turquí con vueltas rojas y un magnífico mandoble con vaina de acero, que resonaba arrastrándose al compás de sus marciales pasos y del golpe seco y agudo de sus espuelas de oro.
Apenas le vió su camarada, salió á su encuentro para saludarle, y con él se adelantaron casi todos los que á la sazón se encontraban en el corrillo, en quienes habían despertado la curiosidad y la gana de conocerle los pormenores que ya habían oído referir acerca de su carácter original y extraño.
Después de los estrechos abrazos de costumbre y de las exclamaciones, plácemes y preguntas de rigor en estas entrevistas; después de hablar largo y tendido sobre las novedades que andaban por Madrid, la varia fortuna de la guerra y los amigotes muertos ó ausentes, rodando de uno en otro asunto la conversación, vino á parar al tema obligado, esto es, las penalidades del servicio, la falta de distracciones de la ciudad y el inconveniente de los alojamientos.
Al llegar á este punto, uno de los de la reunión que, por lo visto, tenía noticia del mal talante con que el joven oficial se había resignado á acomodar su gente en la abandonada iglesia, le dijo con aire de zumba:
—Y á propósito de alojamiento, ¿qué tal se ha pasado la noche en el que ocupáis?
—Ha habido de todo, contestó el interpelado; pues si bien es verdad que no he dormido gran cosa, el origen de mi vigilia merece la pena de la velada. El insomnio junto á una mujer bonita no es seguramente el peor de los males.
—¡Una mujer! repitió su interlocutor como admirándose de la buena fortuna del recién venido; eso es lo que se llama llegar y besar el santo.{151-1}
—Será tal vez algún antiguo amor de la corte que le sigue á Toledo para hacerle más soportable el ostracismo, añadió otro de los del grupo.
—¡Oh! no, dijo entonces el capitán; nada menos que eso. Juro, á fe de quien soy, que no la conocía, y que nunca creí hallar tan bella patrona en tan incómodo alojamiento. Es todo lo que se llama una verdadera aventura.
—¡Contadla! ¡contadla! exclamaron en coro los oficiales que rodeaban al capitán; y como éste se dispusiera á hacerlo así, todos prestaron la mayor atención á sus palabras, mientras él comenzó la historia en estos términos:
—Dormía esta noche pasada como duerme un hombre que trae en el cuerpo trece{152-1} leguas de camino, cuando he aquí que en lo mejor del sueño me hizo despertar sobresaltado é incorporarme sobre el codo un estruendo horrible, un estruendo tal, que me ensordeció un instante para dejarme después los oídos zumbando cerca de un minuto, como si un moscardón me cantase á la oreja.
Como os habréis figurado, la causa de mi susto era el primer golpe que oía de esa endiablada campana gorda, especie de sochantre de bronce, que los canónigos de Toledo han colgado en su catedral con el laudable propósito de matar á disgustos á los necesitados de reposo.
Renegando entre dientes de la campana y del campanero que la toca, disponíame, una vez apagado aquel insólito y temeroso rumor, á coger nuevamente el hilo del interrumpido sueño, cuando vino á herir mi imaginación y á ofrecerse ante mis ojos una cosa extraordinaria. Á la dudosa luz de la luna que entraba en el templo por el estrecho ajimez del muro de la capilla mayor, vi una mujer arrodillada junto al altar.
Los oficiales se miraron entre sí con expresión entre asombrada é incrédula; el capitán, sin atender al efecto que su narración producía, continuó de este modo:
—No podéis figuraros nada semejante á aquella nocturna y fantástica visión que se dibujaba confusamente en la penumbra de la capilla como esas vírgenes pintadas en los vidrios de colores que habréis visto alguna vez destacarse á lo lejos, blancas y luminosas, sobre el obscuro fondo de las catedrales.
Su rostro ovalado en donde se veía impreso el sello de una leve y espiritual demacración, sus armoniosas facciones llenas de una suave y melancólica dulzura, su intensa palidez, las purísimas líneas de su contorno esbelto, su ademán reposado y noble, su traje blanco y flotante, me traían á la memoria esas mujeres que yo soñaba cuando casi era un niño. ¡Castas y celestes imágenes, quimérico objeto del vago amor de la adolescencia! Yo me creía juguete de una alucinación, y sin quitarle un punto los ojos, ni aun osaba respirar, temiendo que un soplo desvaneciese el encanto. Ella permanecía inmóvil.
Antojábaseme al verla tan diáfana y luminosa que no era una criatura terrenal, sino un espíritu que, revistiendo por un instante la forma humana, había descendido en el rayo de la luna, dejando en el aire y en pos de sí la azulada estela que desde el alto ajimez bajaba verticalmente hasta el pie del opuesto muro, rompiendo la obscura sombra de aquel recinto lóbrego y misterioso.
—Pero... exclamó interrumpiéndole su camarada de colegio, que, comenzando por echar á broma la historia, había concluido interesándose con su relato: ¿cómo estaba allí aquella mujer? ¿No la dijiste nada? ¿No te explicó su presencia en aquel sitio?
—No me determiné á hablarla, porque estaba seguro de que no había de contestarme, ni verme ni oirme.
—¿Era sorda?
—¿Era ciega?
—¿Era muda? exclamaron á un tiempo tres ó cuatro de los que escuchaban la relación.
—Lo era todo á la vez, exclamó al fin el capitán después de un momento de pausa; porque era... de mármol.
Al oir el estupendo desenlace de tan extraña aventura, cuantos había en el corro prorrumpieron en una ruidosa carcajada, mientras uno de ellos dijo al narrador de la peregrina historia, que era el único que permanecía callado y en una grave actitud:
—¡Acabáramos de una vez! Lo que es de ese género, tengo yo más de un millar, un verdadero serrallo, en San Juan de los Reyes; serrallo que desde ahora pongo á vuestra disposición, ya que, á lo que parece, tanto os da de una mujer de carne como de piedra.
—¡Oh! no... continuó el capitán, sin alterarse en lo más mínimo por las carcajadas de sus compañeros: estoy seguro de que no pueden ser como la mía. La mía es una verdadera dama castellana que por un milagro de la escultura parece que no la han enterrado en un sepulcro, sino que aun permanece en cuerpo y alma de hinojos sobre la losa que la cubre, inmóvil, con las manos juntas en ademán suplicante, sumergida en un éxtasis de místico amor.
—De tal modo te explicas, que acabarás por probarnos la verosimilitud de la fábula de Galatea.
—Por mi parte, puedo deciros que siempre la creí una locura; mas desde anoche comienzo á comprender la pasión del escultor griego.
—Dadas las especiales condiciones de tu nueva dama, creo que no tendrás inconveniente en presentarnos á ella. De mí sé decir que ya no vivo{154-1} hasta ver esa maravilla. Pero... ¿qué diantres te pasa?... diríase que esquivas la presentación. ¡Ja! ¡ja! ¡ja! Bonito fuera que ya te tuviéramos hasta celoso.
—Celoso, se apresuró á decir el capitán, celoso... de los hombres, no... mas ved, sin embargo, hasta donde llega mi extravagancia. Junto á la imagen de esa mujer, también de mármol, grave y al parecer con vida como ella, hay un guerrero... su marido sin duda.... Pues bien... lo voy á decir todo, aunque os moféis de mi necedad... si no hubiera temido que me tratasen de loco, creo que ya lo habría hecho cien veces pedazos.
Una nueva y aun más ruidosa carcajada de los oficiales saludó esta original revelación del estrambótico enamorado de la dama de piedra.
—Nada, nada; es preciso que la veamos, decían los unos.
—Sí, sí, es preciso saber si el objeto corresponde á tan alta pasión, añadían los otros.
—¿Cuándo nos reuniremos á echar un trago en la iglesia en que os alojáis? exclamaron los demás.
—Cuando mejor os parezca: esta misma noche si queréis, respondió el joven capitán, recobrando su habitual sonrisa, disipada un instante por aquel relámpago de celos.—Á propósito. Con los bagajes he traído hasta un par de docenas de botellas de Champagne, verdadero Champagne, restos de un regalo hecho á nuestro general de brigada, que, como sabéis, es algo pariente.
—¡Bravo! ¡bravo! exclamaron los oficiales á una voz, prorrumpiendo en alegres exclamaciones.
—¡Se beberá vino del país!
—¡Y cantaremos una canción de Ronsard!
—¡Y hablaremos de mujeres, á propósito de la dama del anfitrión!
—Conque... ¡hasta la noche!
—Hasta la noche.
III
Ya hacía largo rato que los pacíficos habitantes de Toledo habían cerrado con llave y cerrojo las pesadas puertas de sus antiguos caserones; la campana gorda de la catedral anunciaba la hora de la queda, y en lo alto del alcázar, convertido en cuartel, se oía el último toque de silencio de los clarines, cuando diez ó doce oficiales que poco á poco habían ido reuniéndose en el Zocodover, tomaron el camino que conduce desde aquel punto al convento en que se alojaba el capitán, animados más con la esperanza de apurar las prometidas botellas, que con el deseo de conocer la maravillosa escultura.
La noche había cerrado sombría y amenazadora; el cielo estaba cubierto de nubes de color de plomo; el aire, que zumbaba encarcelado en las estrechas y retorcidas calles, agitaba la moribunda luz del farolillo de los retablos, ó hacía girar con un chirrido agudo las veletas de hierro de las torres.
Apenas los oficiales dieron vista á la plaza en que se hallaba situado el alojamiento de su nuevo amigo, éste, que les aguardaba impaciente, salió á encontrarles; y después de cambiar algunas palabras á media voz, todos penetraron juntos en la iglesia, en cuyo lóbrego recinto la escasa claridad de una linterna luchaba trabajosamente con las obscuras y espesísimas sombras.
—¡Por quien soy! exclamó uno de los convidados tendiendo á su alrededor la vista, que el local es de los menos á propósito del mundo para una fiesta.
—Efectivamente, dijo otro, nos traes á conocer á una dama, y apenas si con mucha dificultad se ven los dedos de la mano.
—Y sobre todo, hace un frío, que no parece sino que estamos en la Siberia, añadió un tercero arrebujándose en el capote.
—Calma, señores, calma, interrumpió el anfitrión; calma, que á todo se proveerá. ¡Eh, muchacho! prosiguió dirigiéndose á uno de sus asistentes, busca por ahí un poco de leña, y enciéndenos una buena fogata en la capilla mayor.
El asistente, obedeciendo las órdenes de su capitán, comenzó á descargar golpes en la sillería del coro, y después que hubo reunido una gran cantidad de leña que fué apilando al pie de las gradas del presbiterio, tomó la linterna y se dispuso á hacer un auto de fe con aquellos fragmentos tallados de riquísimas labores, entre los que se veían por aquí parte de una columnilla salomónica, por allá la imagen de un santo abad, el torso de una mujer, ó la disforme cabeza de un grifo asomado entre hojarasca.
Á los pocos minutos una gran claridad, que de improviso se derramó por todo el ámbito de la iglesia, anunció á los oficiales que había llegado la hora de comenzar el festín.
El capitán, que hacía los honores de su alojamiento con la misma ceremonia que hubiera hecho los de su casa, exclamó dirigiéndose á los convidados:
—Si gustáis, pasaremos al buffet.
Sus camaradas, afectando la mayor gravedad, respondieron á la invitación con un cómico saludo, y se encaminaron á la capilla mayor precedidos del héroe de la fiesta, que al llegar á la escalinata se detuvo un instante, y extendiendo la mano en dirección al sitio que ocupaba la tumba, les dijo con la finura más exquisita:
—Tengo el placer de presentaros á la dama de mis pensamientos. Creo que convendréis conmigo en que no he exagerado su belleza.
Los oficiales volvieron los ojos al punto que les señalaba su amigo, y una exclamación de asombro se escapó involuntariamente de todos los labios.
En el fondo de un arco sepulcral revestido de mármoles negros, arrodillada delante de un reclinatorio, con las manos juntas y la cara vuelta hacia el altar, vieron, en efecto, la imagen de una mujer tan bella, que jamás salió otra igual de manos de un escultor, ni el deseo pudo pintarla en la fantasía más soberanamente hermosa.
—En verdad que es un ángel, exclamó uno de ellos.
—¡Lástima que sea de mármol! añadió otro.
—No hay duda que aunque no sea más que la ilusión de hallarse junto á una mujer de este calibre, es lo suficiente para no pegar los ojos en toda la noche.
—¿Y no sabéis quién es ella? preguntaron algunos de los que contemplaban la estatua al capitán, que sonreía satisfecho de su triunfo.
—Recordando un poco del latín que en mi niñez supe, he conseguido, á duras penas, descifrar la inscripción de la tumba, contestó el interpelado; y á lo que he podido colegir, pertenece á un título de Castilla, famoso guerrero que hizo la campaña con el Gran Capitán. Su nombre lo he olvidado; mas su esposa, que es la que veis, se llama doña Elvira de Castañeda,{158-1} y por mi fe que si la copia se parece al original, debió ser la mujer más notable de su siglo.
Después de estas breves explicaciones, los convidados, que no perdían de vista al principal objeto de la reunión, procedieron á destapar algunas de las botellas y sentándose alrededor de la lumbre, empezó á andar el vino á la ronda.
Á medida que las libaciones se hacían más numerosas y frecuentes, y el vapor del espumoso Champagne comenzaba á trastornar las cabezas, crecían la animación, el ruido y la algazara de los jóvenes, de los cuales éstos arrojaban á los monjes de granito adosados en los pilares los cascos de las botellas vacías, y aquéllos cantaban á toda voz canciones báquicas y escandalosas, mientras los de más allá prorrumpían en carcajadas, batían las palmas en señal de aplauso, ó disputaban entre sí con blasfemias y juramentos.
El capitán bebía en silencio como un desesperado y sin apartar los ojos de la estatua de doña Elvira.
Iluminada por el rojizo resplandor de la hoguera, y á través del confuso velo que la embriaguez había puesto delante de su vista, parecíale que la marmórea imagen se transformaba á veces en una mujer real; parecíale que entreabría los labios como murmurando una oración; que se alzaba su pecho como oprimido y sollozante; que cruzaba las manos con más fuerza; que sus mejillas se coloreaban, en fin, como si se ruborizase ante aquel sacrílego y repugnante espectáculo.
Los oficiales que advirtieron la taciturna tristeza de su camarada, le sacaron del éxtasis en que se encontraba sumergido, y presentándole una copa, exclamaron en coro:
—¡Vamos, brindad vos, que sois el único que no lo ha hecho en toda la noche!
El joven tomó la copa, y poniéndose de pie y alzándola en alto, dijo encarándose con la estatua del guerrero arrodillado junto á doña Elvira:
—¡Brindo por el emperador,{160-1} y brindo por la fortuna de sus armas, merced á las cuales hemos podido venir hasta el fondo de Castilla á cortejarle su mujer, en su misma tumba, á un vencedor de Ceriñola!
Los militares acogieron el brindis con una salva de aplausos, y el capitán, balanceándose, dió algunos pasos hacia el sepulcro.
—No... prosiguió dirigiéndose siempre á la estatua del guerrero, y con esa sonrisa estúpida propia de la embriaguez... no creas que te tengo rencor alguno porque veo en ti un rival... al contrario, te admiro como un marido paciente, ejemplo de longanimidad y mansedumbre, y á mi vez quiero también ser generoso. Tú serías bebedor á fuer de soldado... no se ha de decir que te he dejado morir de sed, viéndonos vaciar veinte botellas... ¡toma!
Y esto diciendo llevóse la copa á los labios, y después de humedecérselos con el licor que contenía, le arrojó el resto á la cara, prorrumpiendo en una carcajada estrepitosa al ver cómo caía el vino sobre la tumba goteando de las barbas de piedra del inmóvil guerrero.
—¡Capitán! exclamó en aquel punto uno de sus camaradas en tono de zumba, cuidado con lo que hacéis... Mirad que esas bromas con la gente de piedra suelen costar caras.... Acordaos de lo que aconteció á los húsares del 5.º{161-1} en el monasterio de Poblet.... Los guerreros del claustro dicen que pusieron{161-2} mano una noche á sus espadas de granito, y dieron que hacer á los que se entretenían en pintarles bigotes con carbón.
Los jóvenes acogieron con grandes carcajadas esta ocurrencia; pero el capitán, sin hacer caso de sus risas, continuó siempre fijo en la misma idea:
—¿Creéis que yo le hubiera dado el vino á no saber que se tragaba al menos el que le cayese en la boca?...
¡Oh!... ¡no!... yo no creo como vosotros que esas estatuas son un pedazo de mármol tan inerte hoy como el día en que lo arrancaron de la cantera. Indudablemente el artista, que es casi un dios, da á su obra un soplo de vida que no logra hacer que ande y se mueva, pero que le infunde una vida incomprensible y extraña; vida que yo no me explico bien, pero que la siento, sobre todo cuando bebo un poco.
—¡Magnífico! exclamaron sus camaradas, bebe y prosigue.
El oficial bebió, y fijando los ojos en la imagen de doña Elvira, prosiguió con una exaltación creciente:
—¡Miradla!... ¡miradla!... ¿No veis esos cambiantes rojos de sus carnes mórbidas y transparentes?... ¿No parece que por debajo de esa ligera epidermis azulada y suave de alabastro circula un flúido de luz de color de rosa?... ¿Queréis más vida?... ¿Queréis más realidad?...
—¡Oh! sí, seguramente, dijo uno de los que le escuchaban; quisiéramos que fuese de carne y hueso.
—¡Carne y hueso!... ¡Miseria, podredumbre!... exclamó el capitán. Yo he sentido en una orgía arder mis labios y mi cabeza; yo he sentido este fuego que corre por las venas hirviente como la lava de un volcán, cuyos vapores caliginosos turban y trastornan el cerebro y hacen ver visiones extrañas. Entonces el beso de esas mujeres materiales me quemaba como un hierro candente, y las apartaba de mí con disgusto, con horror, hasta con asco; porque entonces, como ahora, necesitaba un soplo de brisa del mar para mi frente calurosa, beber hielo y besar nieve... nieve teñida de suave luz, nieve coloreada por un dorado rayo de sol... una mujer blanca, hermosa y fría, como esa mujer de piedra que parece incitarme con su fantástica hermosura, que parece que oscila al compás de la llama, y me provoca entreabriendo sus labios y ofreciéndome un tesoro de amor... ¡Oh!... sí... un beso... sólo un beso tuyo podrá calmar el ardor que me consume.
—¡Capitán! exclamaron algunos de los oficiales al verle dirigirse hacia la estatua como fuera de sí, extraviada la vista y con pasos inseguros... ¿qué locura vais á hacer? ¡Basta de broma y dejad en paz á los muertos!
El joven ni oyó siquiera las palabras de sus amigos, y tambaleando y como pudo llegó á la tumba, y aproximóse á la estatua; pero al tenderle los brazos, resonó un grito de horror en el templo. Arrojando sangre por ojos, boca y nariz había caído desplomado y con la cara deshecha al pie del sepulcro.
Los oficiales, mudos y espantados, ni se atrevían á dar un paso para prestarle socorro.
En el momento en que su camarada intentó acercar sus labios ardientes á los de doña Elvira, habían visto al inmóvil guerrero levantar la mano y derribarle con una espantosa bofetada de su guantelete de piedra.
LA LEVA
Por Don José María de Pereda{163-1}
I
Enfrente de la habitación en que escribo estas líneas hay un casucho de miserable aspecto. Este casucho tiene tres pisos. El primero se adivina por tres angostísimas ventanas abiertas á la calle. Nunca he podido conocer los seres que viven en él. El segundo tiene un desmantelado balcón que se extiende por todo el ancho de la fachada. El tercero le componen dos buhardillones independientes entre sí. En el de mi derecha vive, digo mal, vivía hace pocos días, un matrimonio, joven aún, con algunos hijos de corta edad. El marido era bizco, de escasa talla, cetrino, de ruda y alborotada cabellera; gastaba ordinariamente una elástica verde remendada y unos pantalones pardos, rígidos, indomables ya por los remiendos y la mugre. Llamábanle de mote el Tuerto. La mujer no es bizca como su marido, ni morena; pero tiene los cabellos tan cerdosos como él, y una rubicundez en la cara, entre bermellón y chocolate, que no hay quien la resista.{163-2} Gasta saya de bayeta anaranjada, jubón de estameña parda y pañuelo blanco á la cabeza. Los chiquillos no tienen fisonomía propia, pues como no se lavan, según es el tizne con que primero se ensucian, así es la cara con que yo los veo. En cuanto á traje, tampoco se le conozco determinado, pues en verano andan en cueros vivos, ó se disputan una desgarrada camisa que á cada hora cambia de poseedor. En invierno se las arreglan, de un modo análogo, con las ropas de desperdicio del padre, con un refajo de la madre, ó con la manta de la cama.
El Tuerto era pescador, su mujer es sardinera, y los niños... viven de milagro.
En la otra buhardilla habita solo otro marinero, sesentón, de complexión hercúlea, y un tanto encorvado por los años y las borrascas del mar. Usa un gorro colorado en la cabeza y un vestido casi igual al de su vecino el Tuerto. Tiene las greñas, las patillas y las cejas canas. No sé de cierto cómo tiene la cara, porque es hombre que la da raras veces, y no he podido vérsela á mi gusto. Se llama de nombre tío Miguel; pero responde á todo el mundo por el mote de Tremontorio, corruptela de promontorio, mote que le dieron en su juventud por su gigantea corpulencia y por su vigor para tirar del remo contra corrientes y celliscas. Á la edad que cuenta, lleva hechas dos campañas de rey; es decir, le ha tocado la suerte de servir en barco de guerra, dos veces, á cuatro años cada una. La última campaña la hizo en la Ferrolana, y con esta fragata dió la vuelta al mundo, con el cual viaje acabó de conquistar el prestigio que le iban dando entre sus compañeros sus muchos conocimientos como marinero, su valor, su buen corazón... y sus férreos puños. Se conserva soltero, porque entre su lancha, sus campañas y sus redes, que teje con mucho primor, nunca le quedó un cuarto de hora libre para buscar una compañera.
Por último, en el cuarto segundo habita un matrimonio contemporáneo del tío Miguel; y si no tan robustos como éste, los dos cónyuges están aún más desaliñados que él, y tan canos, tan curtidos y arrugados. De este matrimonio nació el Tuerto de la buhardilla, quien al lado de su padre aprendió á tirar del remo, á aparejar sereña, á ser, en fin, un buen pescador. El padre del Tuerto, tío Bolina llamado, porque siempre al andar se ladeó de la derecha, sigue, á pesar de sus años, bregando con la mar, como el tío Tremontorio; y no por afición á ella, como diría muy serio un poeta del riñón de Castilla ó de la Mancha,{165-1} acostumbrado á mandar las maniobras y á conjurar tormentas desde un escenario, ó en el estanque del Retiro, sino porque viven de lo que pescan, y sólo pescan para vivir exponiendo la vida cien veces al año en el indómito mar de Cantabria, sobre una frágil lancha.
Dados estos pormenores, debo decir al lector, por si se ha sorprendido al verme tan enterado de ellos, que ni yo los he buscado ni los personajes descritos han venido á traérmelos: ellos, solitos, se han colado por la puerta de mi balcón, de la manera más sencilla.
La aludida casa está separada de la en que escribo por la calle, que no es muy ancha; y mis vecinos, lo mismo en invierno que en verano, saldan todas sus cuentas y ventilan los asuntos más graves, de balcón á balcón.
Por ejemplo:
Se acerca un día la hora de comer. En la buhardilla del Tuerto se oyen gritos y porrazos de su mujer, y lloros y disculpas de los chiquillos que los reciben.
No se ve la escena, porque lo impide el humo de la cocina que sale á borbotones por el balconcillo, conductor único que para él hay en la casa.
La mujer del tío Bolina está clavando unas rabas de pulpo en la pared de su balcón, para que se oreen. Su nuera aparece en el suyo, más desaliñada que nunca, con la cara roja como un pimiento seco y con la crin suelta, en medio de una espesísima nube de humo, ¡aparición verdaderamente infernal!; saca medio cuerpo fuera de la balaustrada, y con voz ronca y destemplada grita, mirando al piso segundo:
—¡Tía!...
Debo advertir que éste es el tratamiento que se da, entre la gente del pueblo de este país, por los yernos y nueras, á las suegras.
La vieja del segundo piso, sin dejar de clavar las rabas, al conocer la voz de su nuera, contesta de muy mala gana:
—¿Qué se te pudre?{166-1}
—¿Tiene un grano de sal para freir unas bogas?
—No tengo sal.
—Salu{166-2} es lo que no había de tener usté,—refunfuña la mujer del Tuerto.
—Vergüenza es lo que á ti te falta,—gruñe, al oirlo, la vieja.—Y sábete que tengo sal, pero que no te la quiero dar.
—Ya me lo figuro, porque siempre fué usté lo mismo.
—Por eso te he quitao el hambre más de cuatro veces, ¡ingratona,{166-3} desalmada!
—Lo que usté me está quitando todos los días es el crédito, ¡chismosona, más que chismosa!; y si no fuera por dar al diablo que reir, ya la había arrastrao por las escaleras abajo.
—Capaz serás de hacerlo ¡bribonaza!; que la que no quiere á sus hijos, mal puede respetar las canas de los viejos.
—¿Que no quiero yo á mis hijos?... ¿Que no los quiero?—ruge la de la buhardilla, puesta en jarras y echando llamas por los ojos.—¿Quién será capaz de hacerlo bueno?
—Yo—replica con mucha calma la vieja;—yo que los he recogido muchas veces en mi casa, porque tú los dejas desnudos y abandonaos en la calle cuando te vas á hacer de las tuyas de taberna en taberna... ¡borrachona!
—¡Impostora... bruja!—grita al oír estas palabras, descompuesta y febril, la mujer del Tuerto.—¿Yo borracha? ¿Cuántas veces me ha levantado usté del suelo, desolladora? Y aunque fuera verdá, á mi costa lo sería: á denguno le importa lo que yo hago en mi casa.
—Me importa á mí, que veo lo que suda el mi hijo{167-1} pa ganar un peazo de pan que tú vendes por una botella de aguardiente, en lugar de partirle con tus hijos. Por eso los probes angelucos{167-2} no tienen cama en que dormir, ni lumbre con que calentarse, ni camisa que poner;{167-3} por eso no tienes tú un grano de sal y me la vienes á pedir á mí... Cómpralo, ¡viciosona!... Pero vienes tú de mala casta para que seas buena.
—Mi casta es mejor que la de usté, por todos cuatro costaos. Y yo en mi casa me estaba. Él fué á buscarme.
—Nunca él hubiera ido... bien se lo dije yo: «¡Mira que ésa es callealtera, y no puede ser buena!»
—Los de la calle Alta tienen la cara muy limpia, y se la pueden enseñar á todo el mundo... algo mejor que los de acá abajo... ¡flojones, más que flojones! que se han dejao ganar tres regatas de seguido por los callealteros... Ésa es la rescoldera que á usté le pica; pero por más pedriques que echen en Miranda y más velas que pongan á los Mártiles,{168-1} san Pedruco el nuestro los ha de echar á pique.
—San Pedro no puede amparar nunca á gente tan desalmada como tú; y si se perdieron las regatas, Dios sabe por qué fué.
—Por falta de puños, pa que usté lo sepa.
—Grita, grita más alto; que te lo oiga el tu marido que por allá abajo asoma, y mira después onde te metes.
—Yo digo la verdá aunque sea delante del mi marido,—replica la de la buhardilla, mirando de reojo á una esquina de la calle y bajando la voz así que ve al Tuerto.
La vieja del segundo clava la última raba, y sin mirar hacia su nuera, vase retirando del balcón dejando fuera estas palabras:
—Anda, anda á prepararle la comida, ¡borrachona!
La aludida en ellas desaparece también, metiéndose furibunda por lo más espeso de la columna de humo que sigue saliendo de la cocina, después de haber despedido á su suegra con estos piropos:
—¡Bruja, brujona!... vaya á discurrir los cuentos que le ha de decir al mi marido... ¡chismosa, infamadora!
Antes de pasar más adelante, debe saber el lector que, desde tiempo inmemorial, existe entre los mareantes de la calle Alta y los de la del Mar, barrios diametralmente opuestos de Santander, una antipatía inextinguible.
Cada barrio forma cabildo aparte, y no han querido para los dos un mismo patrono. San Pedro lo es de la calle Alta, ó Cabildo de Arriba, y la calle del Mar, ó Cabildo de Abajo, está encomendado al amparo de los santos mártires Emeterio y Celedonio,{168-2} á cuyas gloriosas cabezas, de las que se cuenta que llegaron milagrosamente á este puerto en un barco de piedra, ha dedicado, construyéndola á sus expensas, una bonita capilla en el barrio de Miranda, dominando una gran extensión de mar.
Con estos datos no se extrañará ya que mis dos vecinas, después de apostrofarse recíprocamente, como lo hacen en la primera parte del diálogo transcrito, puedan hallar ofensivo á su dignidad el ser callealteras ó el dejar de serlo.
Y prosigamos.
Llega á su casa el Tuerto. (Y adviértase que el humo se va disipando, y no impide ya que yo vea la escena, con todos sus pormenores.) Quítase el sueste, ó sombrero embreado, de la cabeza; coloca sobre un arcón viejo el impermeable de lona que llevaba al hombro, y cuelga de un clavo un cesto cubierto con hule y lleno de aparejos de pescar. Su mujer desocupa en una tartera desportillada un potaje de berzas y alubias, mal cocido y peor sazonado; pónelo sobre el arcón, y junto á él un gran pedazo de pan de munición. El Tuerto, sin decir una sola palabra, después que sus hijos han rodeado la tartera, empieza á comer el potaje con una cuchara de estaño. Su mujer y los chicuelos le acompañan, por turno, con otra de palo. Conclúyese el potaje. El Tuerto espera algo que no acaba de llegar; mira á la tartera, después al fondo de la olla vacía, y, por último, á su mujer. Ésta palidece.
—¿Ónde está la carne?—pregunta, al cabo, con voz ronca el pescador.
—La carne...—tartamudea su mujer,—como ya estaba cerrada la tabla cuando fuí á buscarla, no la traje.
—¡Mentira!... Yo te di ayer al mediodía dos reales y medio{170-1} para comprarla, y la tabla no se cierra hasta las cuatro. ¿Ónde tienes el dinero?...
—¿El dinero?... el dinero... en la faltriquera.
—¡Bribona, tú la{170-2} has hecho hoy... y yo te voy á abrir en canal!—grita exasperado el Tuerto al notar la turbación, cada vez más visible, de su mujer.—Á ver el dinero, digo, ¡pronto!
La interpelada saca, temblando, unos cuartos de su faltriquera, y sin abrir toda la mano, se los enseña á su marido.
—¡Ésos no son más que ocho cuartos... y yo te dejé veintiuno!... ¿Ónde están los otros?...
—Se me habrán{170-3} perdido..., que yo tenía los veintiuno esta mañana...
—No puede ser: yo te di dos reales en plata.{170-4}
—Es que... los cambié en la plaza...
—¿Qué ha hecho tu madre esta mañana?—pregunta rápido el Tuerto al mayor de sus hijos, cogiéndole por un brazo.
El chiquitín tiembla de miedo, mira alternativamente á su padre y á su madre, y calla.
—¡Habla pronto!—dice el primero.
—Es que me va á pegar madre, si lo digo,—contesta, haciendo pucheros, el pobre chico.
—¡Es que si callas, te voy á deshacer yo la cara de una guantá!
Y el muchacho, que sabe por experiencia que su padre no amenaza en vano, á pesar de las señas que le hace su madre para que calle, cierra los ojos y dice rápidamente, como si le quemaran la boca las palabras:
—Mi madre trajo esta mañana un cuartillo de aguardiente, y tiene la botella escondía en el jergón de la cama.
El Tuerto, oída esta última palabra, tumba de un sopapo á sus pies á la delincuente, corre á la cama, revuelve las hojas de su jergón, saca de entre ellas una botellita blanca que contiene un pequeño resto del delatado contrabando, vuelve con ella hacia su mujer, y arrojándosela á la cabeza en el momento en que se incorporaba, la derriba de nuevo y salpica á los chiquillos con el líquido pecaminoso. Gime, herida, la infeliz; lloran asustados los granujas, y el iracundo marinero sale al balconcillo renegando de su estrella y maldiciendo á su mujer.
Tío Tremontorio, que vino de la mar con Bolina y el Tuerto, se halla en su balcón tejiendo red (su ocupación preferida cuando está en casa) desde el principio de la reyerta de sus vecinos, y tirando de vez en cuando un mordisco á un pedazo de pan y á otro de bacalao crudo, manjares que constituyen su comida ordinariamente. No se da con el Tuerto por advertido del suceso que acaba de ocurrir y del que se ha enterado perfectísimamente, pues no le gusta meterse en lo que no le importa; pero el irascible marido, que necesita dar salida al veneno que aun le queda en el cuerpo, llama á su vecino, y de balcón á balcón entablan este diálogo á grandes voces:
—Tío Tremontorio, yo no puedo con esta bribona, y voy á hacer un día una barbaridá..... ¡Me valga Dios, qué pícara!... ¿Qué va á ser de estas criaturas el día que la suerte me saque de casa?... porque el demonio no tiene por ónde desechar á esta mujer.{171-1} La semana pasá la entregué veinticuatro riales pa que vistiera á los hijos... ¿usté los ha visto? pos tampoco yo. La borrachona los consumió en aguardiente. Peguéla una trisca que la dejé por muerta, y á los tres días me vende una sábana por media azumbre de caña; doila ayer veintiún cuartos pa carne, y bébelos tamién... Y á too esto, las criaturas esnudas, yo sin camisa, y sin atreverme, si á mano viene, á echar un vaso de vino un día de fiesta.
—¿Por qué no la conjuras, tiña? Pué que sea mal-dao.
—¡Si llevo gastao, tío Tremontorio, un costao en esos amenículos! Llevéla, á má é{172-1} tres leguas de aquí, á que un señor cura, que icen que tiene ese previlegio, la echara los Avangelios;{172-2} leyóselos, dióme una cartilla bendecía y un poco de ruda, cosílo too en una bolsa, colguésela al pescuezo, costóme la cirimonia al pie de un napolión... y ná: al día siguiente cogió una cafetera que no se podía lamber.{172-3} Yo la he dao aguardiente cocío con pólvora, que icen que es bueno pa tomar ripunancia á la bebida, y á esta condená paece{172-4} que le gusta más desde entonces. He gastao en velas pa los Santos Mártiles, á ver si la quitan el vicio, un sentío..., y como si callara... Ya no sé qué hacer, tío Tremontorio, si no es matarla, porque es mucho el vicio que tiene. Fegúrese usté que dempués que la di el aguardiente con pólvora, la entró un cólico que creí que reventaba. Como yo había oído que el aguardiente es bueno pa quitar el dolor de barriga, poniendo por fuera unos paños bien empapaos en ello, calenté en una sartén como medio cuartillo; y cuando estaba casi hirviendo, llevélo así á la cama onde se estaba revolcando la muy bribona. Mándola que tenga un poco la sartén mientras yo iba al arcón á buscar unos trapos, vuelvo con ellos... ¿creerá usté, ¡puño!, que ya se había trincao{173-1} el aguardiente de la sartén, abrasando como estaba? ¡Hombre, si esto es más que maldición de Dios!